LA IGLESIA QUE SOÑAMOS

Varios Autores

Éxodo 95 (sept.-oct.’08)
– Autor: Varios Autores –
 
Somos un grupo de gente entre 25 y 40 años, con orígenes distintos, muchos de parroquias, pero no todos, con diferencias en muchos ámbitos de la vida, pero un deseo común: un increíble afán por crecer como personas a la luz del Evangelio de Jesús. La pregunta “¿cómo es la Iglesia con la que soñamos?, y, sobre todo, ¿cómo se construye? es algo que tenemos presente de forma continua. Somos huérfanos de otros lares a los que STA acogió y recogió, pero no somos parte de la comunidad, por decisión o indecisión propia. Recogiendo un poco las ideas de todos sale algo así.

La Iglesia en la que creemos es como las polis griegas, aunque no exactamente con su planteamiento elitista, sino como comunidad de comunidades, capaz de interpretar los signos de los tiempos. Existen muchas polis (parroquias), y todas juntas conforman una supraestructura llamada Grecia (Iglesia). Pero cada una de las polis es el verdadero núcleo de la vida de la comunidad. Las decisiones se toman en cada comunidad, de forma democrática, atendiendo a las necesidades y circunstancias de la misma, con mente abierta y esquemas adaptados a esas circunstancias. La democracia es, la mayoría de las veces, directa, aunque puede haber delegados, elegidos también democráticamente, que faciliten la coordinación intra- e interpolis. Nos gusta imaginar una Iglesia en la que Dios sea presentado también como una mujer, y dado que nadie sabe más de amor gratuito que las madres, ansiamos una comunidad en la que las mujeres, al igual que los hombres, puedan ser elegidas democráticamente.

A pesar de algunos jerarcas eclesiales, nos sentimos parte de la Iglesia, confesando, sin pisar el confesionario, que estamos más cercanos a todas aquellas personas que jamás serán noticia, que crecen junto con aquellos que sufren y no tienen esperanza. La Iglesia en la que creemos cree, a su vez, que todas las polis son igual de importantes. Es una Iglesia universal, en el mejor sentido de la palabra católica, aunque esto implique ser menos vaticana. Creemos que los que gustan de organizarse de otro modo, también tienen cabida en nuestra iglesia, porque en Grecia también caben los que no nos gustan, los distintos a nosotros… Nadie es esclavo en la polis porque no existen categorías, todos tienen la misma dignidad porque son hijos e hijas de Dios, que comparten con honestidad su fe, su vida, incluso sus bienes y que encuentran en la comunidad un punto de referencia, aunque nunca un modelo rígido.

Los miembros de la comunidad experimentan la presencia amorosa de Dios en sus vidas, y todo lo demás les viene por añadidura. Podrían aceptar cualquier idea, porque nada es imposible para Dios (así, fe y razón conviven como regalos suyos y nos ayudan a discernir), pero no son amigos de dogmas ni buscan la seguridad en los extremos. Jesús hablaba del ser hombre por encima de la ley, no al revés; creemos que a veces no hace falta tanta norma y sí sonrisas, caricias, además de, claro está, escucha y empatía.

En otro orden de cosas, nos cuestionamos el valor de la castidad; humildemente creemos que la sexualidad es algo fisiológico y de lo que habla el evangelio es de amor, creo que deberíamos reflexionar sobre su carácter opcional, así como sobre la conveniencia de permitir que los representantes de las comunidades disfruten el sacramento del matrimonio, ya que es una faceta más de los que formamos esta comunidad. En la polis no están obsesionados con el pecado ni los mandamientos. Están apasionados con Jesús y las bienaventuranzas. No añaden losas a la vida de los demás: intentan ayudarlos con las losas que les han caído, y hacerles la vida más fácil y feliz.

Asimismo en la polis intentan vivir su vida a la luz del Evangelio, palabra viva, no estanca, ni con una sola interpretación posible. La interpretación de la Palabra es un ejercicio infinitamente creativo en el que se encuentran significados relevantes para cada una de las personas de la polis. Pero, sobre todo, los miembros de la polis tienen claro que el centro de su fe no es un texto; es una persona: Jesús, y eso les ayuda a desmitificar muchas cosas. Es Jesús la clave de interpretación para los textos y para la vida.

Soñamos con unos ritos llenos de vida compartida y donde los símbolos sean válidos para nosotros hoy, con lo bueno y lo malo, donde celebremos que peregrinamos por un camino, que estamos en búsqueda. Estamos cansados y cansadas de ser papagayos, de repetir sin pensar, sin sentir. ¿No conoceríamos mejor a nuestro hermano con una homilía compartida?

Los miembros de las polis celebran juntos la novedad de la buena noticia de Jesús, que intentan vivir cada día desde la sorpresa, con responsabilidad pero con humildad, y sobre todo con alegría. También caminan por la vida con valentía y sin complejos, intentando activamente crear Reino (un mundo de dignidad para todos); dando testimonio con su vida, pero sin intentar convencer a nadie para que venga a vivir a Grecia. No les preocupa la cantidad de ciudadanos, sino la calidad de vida, tanto de los ciudadanos como de los no ciudadanos. Tampoco abandonan las polis sólo porque no están totalmente de acuerdo con lo que hay y se quejan y critican desde fuera, sino que intentan cambiarlas desde dentro.

La Iglesia en la que creemos está enraizada en la tierra, porque es aquí donde comienza la salvación de la humanidad, y confía plenamente en el hombre y en la mujer. Pero además está enraizada en la tierra porque sus delegados tienen trabajos normales, como cualquier otro ciudadano, y eso les hace estar en contacto con la realidad del mundo. Los delegados pueden ser casados, solteros, hombres, mujeres, de cualquier orientación sexual (puesto que no son sino un miembro más de la comunidad), y eso también les hace estar enraizados en la realidad de la vida.

Y es en esta vida donde los miembros de la Iglesia en la que creemos, confiando en la fuerza del Espíritu, viven desde aquello en lo que sueñan.

CÓMO NOS SENTIMOS IGLESIA DESDE REDES CRISTIANAS

Jaume Botey

Éxodo 95 (sept.-oct.’08)
– Autor: Jaume Botey –
 
Hace dos años Redes Cristianas nos presentábamos en público con una Carta de Identidad que comenzaba así: “Un amplio colectivo católico de ámbito estatal, con talante crítico y aperturista, inspirado en el Evangelio y en el espíritu del Vaticano II, ante la compleja situación que está atravesando la sociedad y la Iglesia (…), hemos decidido coordinarnos para actuar con mayor eficacia y responsabilidad, según las exigencias y posibilidades de nuestros días. Como seguidores de Jesús de Nazaret nos proponemos anunciar con alegría la Buena Noticia del Reino, presente ya como semilla en este mundo y en la Iglesia, pero abierto a su plenitud en el futuro”.

LA PRIMERA PREOCUPACIÓN ES LA CONSTRUCCIÓN DEL REINO

Con anterioridad a la presentación ante la prensa ya se habían adherido al llamamiento de Redes más de 150 colectivos de todo el Estado. Colectivos que viven su fe en el compromiso con los grupos más necesitados, que se encuentran aislados y que necesitan compartir y celebrar la Buena Noticia del Reino de Dios. Se trata de grupos de base, con poco poder tanto dentro de la Iglesia como en la sociedad, de grupos que, ante la situación progresivamente deteriorada para las mayorías de nuestro mundo, están preocupados en primer lugar por el crecimiento del Reino, que es justicia, libertad y paz, y promesa de un mundo futuro, conscientes de que este Reino de Dios no es patrimonio de nadie y es patrimonio de todos, de creyentes y no creyentes, de occidentales, de indios y musulmanes, de partidos, de sindicatos representantes de la clase obrera, de movimientos sociales, de budistas y judíos, de protestantes, de hombres y mujeres de cualquier lengua, rito, edad o confesión. Nadie tiene el monopolio de la verdad y nadie tiene la exclusiva de Dios.

Por ello, en otro documento hecho público al final de la I Asamblea del año pasado, los grupos de Redes se comprometían a “colaborar con toda la humanidad a construir un mundo más justo desde las instituciones políticas y con los movimientos sociales y a construir una ética social desde la autonomía de las ciencias sociales”, es decir, desde las instituciones del mundo laico. Nuestra vida y nuestro compromiso está codo–a–codo con los que se esfuerzan por un mundo más justo y libre, ya que la fe en Dios o la fe en Jesús no aporta mayor conocimiento, ni valores, ni soluciones, ni mayor radicalidad para enfrentarse a los graves problemas humanos. Aportan sólo un sentido, una orientación y quizá como aportación propia y original, sólo la consideración que en el Reino de Dios prometido, los pobres son los preferidos, que se trata de un mundo al revés en el que los últimos serán los primeros.

LA IGLESIA

El último punto de nuestra Carta de Identidad Redes también manifestaba el propósito de “contribuir dentro de nuestras posibilidades a la transformación radical de la Iglesia y su presencia en el mundo… porque desde el estilo que rezuma el Evangelio creemos que nuestra Iglesia necesita una transformación profunda”.

Intentamos llevar a la práctica esto a partir de “revisar nuestro estilo de vida y los medios y métodos que utilizamos en las comunidades, movimientos y grupos desde el criterio evangélico de la diaconía o actitud de servicio al otro”. El servicio al otro, la ayuda o la entrega es nuestra manera de vivir la comunión, la iglesia, y el “signo” (sacramento) fundamental de nuestra fe.

Iglesia significa comunidad. Ante el aislamiento y las soledades en las que hoy vivimos la fe y nuestras opciones fundamentales “sentimos la necesidad de relacionarnos, de poner en común preocupaciones, proyectos y esperanzas”, decíamos en el documento del final de la I Asamblea. La misma palabra de “Redes” con la que bautizamos nuestro movimiento supone voluntad de crear comunidad, lazos, encuentros, iglesia.

En el documento final de la I Asamblea decíamos también que “en la relación entre fe y mundo subsisten dos teologías y dos eclesiologías: una, desde una propuesta de liberación promueve procesos centrados en los problemas del mundo, en los laicos, los pobres y las mujeres”. La base teológica y eclesiológica de Redes parte de ahí, esta es nuestra manera de relacionarnos con el mundo y de ser iglesia. “La otra encierra a la Iglesia en sí misma, se mantiene vinculada al poder de las instituciones políticas y con miedo a mantener un diálogo maduro con la sociedad”. En esta última se sitúa la mayor parte de la jerarquía.

Afortunadamente sentimos que nuestra fe no depende de la jerarquía ni de sus actitudes o sus declaraciones extemporáneas, más preocupadas por las seguridades y privilegios que por la extensión del Reino. Para la mayoría de los ciudadanos estas actitudes son ya un escándalo. A pesar de ellos no acostumbran a ser ya objeto de nuestra lucha. Nos entristecen por lo que significa de tergiversación del mensaje de Jesús por parte de aquellos que deberían ser sus fieles transmisores y por su repercusión política. Son mensajes políticos que exigen al poder político incrementar su cuota de poder político, económico o de monopolio moral. Lógicamente, en tanto que intervenciones políticas, las juzgamos y si es necesario las combatimos desde las instituciones políticas laicas.

HEMOS SOÑADO UNA IGLESIA…

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MINISTERIOS DE LA MUJER EN LA IGLESIA

Benjamín Forcano

Éxodo 95 (sept.-oct.’08)
– Autor: Benjamín Forcano –
 
No conozco en español ningún libro que trate como éste la cuestión de los ministerios de la mujer en la Iglesia. Es crítico y valiente, y también y no menos, ponderado, imparcial y rigurosamente fiel a los datos de la Sagrada Escritura y de la Tradición.

La cuestión la trató con lenguaje solemne el Papa Juan Pablo II en su Carta “Ordinatio Sacerdotalis” de 1994, motivada seguramente por el hecho de las primeras ordenaciones sacerdotales de la Iglesia Anglicana, que causaron gran impacto. Juan Pablo II quiso eliminar toda duda y proponerla como doctrina definitiva e irreformable para todos los católicos.

Pero, no por mantenerse inalterable en la historia bimilenaria de la Iglesia, la cuestión iba a seguir quieta e intangible. La situación de la mujer, social y culturalmente, había cambiado profundamente. Su entrada en la vida pública y las aportaciones del movimiento feminista habían despertado la conciencia y habían generado potentes acciones a favor de la igualdad de la mujer, contra el patriarcalismo y machismo y contra cualquier suerte de discriminación. La emancipación de la mujer era un proceso imparable en la sociedad e iba a golpear fuertemente la conciencia eclesial.

Llegamos al Vaticano II y estos avances, aunque tardíos, se hicieron presentes en el espíritu y documentos del concilio, en los estudios de exégetas y teólogos que iban a seguir agitando la necesidad de un cambio por fidelidad precisamente a la enseñanza y práctica de Jesús.

El autor había trabajado durante años en el tema, lo tenía listo para ser publicado, pero sus superiores le disuadieron y no se lo permitieron por ser inoportuno.

Fue al poco de su muerte cuando las circunstancias concurrieron para que viera la luz.

Domiciano Fernández es claro, sosegado y terminante en una serie de puntos, compartidos por los mejores teólogos que se han ocupado del tema. 1. Considera que la “Ordinatio Sacerdotalis” de Juan Pablo II no aporta nada nuevo a lo dicho anteriormente por Pablo VI y él mismo, y resulta, por tanto, innecesaria. 2. La Carta desató la división y hubo teólogos que hablaban de tratarse de una doctrina infalible, que requería el asentimiento de todos. Otros exegetas y teólogos, incluidos instancias y organismos oficiales, pensaban que se trataba de una norma positiva, disciplinar, que podía cambiarse. 3. Su estudio sereno, unido al de otros teólogos, le hace concluir que no es una doctrina dogmática, revelada, que pertenezca al depósito de la fe, sino una cuestión abierta, y que fue más bien impuesta que aceptada libremente en la Iglesia. 4. Al no tratarse de una doctrina revelada sino discutible, su valor depende –y debe ser probado– por argumentos. Los argumentos, dados en contra de la ordenación sacerdotal de la mujer, los encuentra desde un punto de vista exegético y teológico frágiles e inconsistentes. 5. Subraya que no hay que olvidar que en la primitiva Iglesia, la presencia y liderazgo de la mujer era relevante, la llevaba a desempeñar varios e importantes ministerios. Es con el emperador Constantino que el cristianismo evoluciona hacia una religión de tipo público, se impone entonces la costumbre y norma grecorromanas de que la mujer debe permanecer y ocuparse sólo de lo privado, declinando la influencia que había tenido en la Iglesia.

Estos y otros aspectos, rigurosamente documentados, llevarán al lector a hacerse una opinión sólida sobre esta cuestión. Verá que Jesús en su tiempo eligió principalmente a varones para el colegio apostólico, ciertamente, pero no sólo ni exclusivamente y, con seguridad, hizo mucho más de lo que era común, pero posteriormente se fue introduciendo una praxis en la Iglesia que no respondía a su espíritu y principios. Aquí vale lo que enseñan la Escritura y la Tradición, a cuyo valor está ligada la autoridad del Papa. Y el autor nos remite sin prejuicios ni partidismos a esas fuentes. Sólo así podemos dejar de sostener opiniones anacrónicas o infundadas. No es poco.

OTRA IGLESIA ES CREÍBLE… Y NECESARIA

Área de Mvts. Sociales de IBdM

Éxodo 95 (sept.-oct.’08)
– Autor: Área de Mvts. Sociales de IBdM –
 
El Área de Movimientos Sociales es un espacio de coordinación dentro de la Iglesia de Base de Madrid. Nace en su V Asamblea en julio de 2002 en el contexto del rechazo a la globalización capitalista y del grito del Foro Social Mundial celebrado en Portoalegre “Otro mundo es posible” y al surgimiento en España de un fuerte movimiento antiglobalización. Esta V Asamblea se comprometió como colectivo a formar parte de este movimiento de resistencia a la globalización capitalista, como forma de hacer real la afirmación de que otro mundo no sometido a este sistema económico es posible. Se comprometió por un planteamiento de coherencia con el Mensaje de Jesús que intentamos seguir. De esta manera recuperábamos el sentido de la Utopía de la opción por los pobres y renovábamos nuestra esperanza histórica.

En relación a la Iglesia jerárquica, nos hemos sentido siempre libres para hacer y pensar por cuenta propia y, si bien no hemos roto con los obispos españoles, sí hemos sido muy críticos –en la pequeña escala en la que nos movemos– con sus planteamientos.

En este contexto, nuestra imagen de marca como Cristianos de Base en la Comunidad de Madrid, ha sido de claro compromiso con los movimientos críticos con el orden social dominante –económico, político, ideológico– y de clara propuesta por otros mundos posibles, desde planteamientos de respeto a la diversidad, horizontalidad en los procesos de decisión y compromiso crítico por la justicia.

Nuestra presencia en muchos escenarios políticos y sociales de Madrid ha reflejado una Iglesia comprometida con la justicia y las realidades duras y difíciles para los más pobres. Nos sentimos implicados en los mismos procesos con otros muchos colectivos, porque estamos embarcados en una lucha constante contra la perversidad de este sistema que domina y aplasta a la humanidad. De ahí que seamos valorados y cuenten con nosotros en un amplio espectro social y político de Madrid. Estimamos que vamos haciendo más creíble este otro modelo de iglesia que se compromete humildemente, como levadura en la masa, en los procesos de luchas liberadoras.

Lo que nos define no es lo que somos, sino lo que hacemos y por qué lo hacemos. No tenemos ningún proyecto escrito, no ofrecemos tampoco ninguna declaración de principios, pero subyace en todas nuestras actuaciones una actitud crítica frente al sistema y un deseo de cambio, que no de mejora del mismo. Concretamente, y a lo largo de estos últimos años, hemos estado comprometidos en estas luchas, entre otras:

Contra la invasión y guerra de Iraq, de Afganistán y Líbano: nos hemos manifestado en la calle contra estas guerras imperialistas que tienen como objetivo el control y saqueo del petróleo y la dominación política de toda la zona.

Concentraciones ante la embajada de Israel a favor del pueblo palestino, porque no podemos admitir el dominio y el genocidio constante producido por Israel sobre este pueblo, apoyado por las fuerzas militares de EEUU.

Hemos ofrecido un debate abierto sobre el referéndum del Tratado de Constitución Europea en febrero de 2004, facilitando la reflexión sobre este Tratado del capital y de la guerra que nos querían imponer contra todo sentido democrático.

Luchamos con otros colectivos en contra de la privatización del sistema sanitario y en general de todos los servicios públicos. Organizamos con numerosos colectivos sociales críticos el “Encuentro de Movimientos Sociales de Madrid 2006”. Uno de los objetivos del encuentro era converger en la acción y reforzar las redes, plataformas y movimientos de transformación social.

Participamos en el Foro Social Mundial, descentralizado en Madrid, en enero de 2008. Hemos contribuido a las luchas en contra del Congreso Mundial del Petróleo, celebrado en Madrid en julio de 2008. Concretamente con el Encuentro Social Alternativo al Petróleo.

En solidaridad con los inmigrantes y junto a los numerosos grupos de los mismos que se reúnen en Lavapiés, nos manifestamos con ellos, unidos a la I Asamblea de Redes Cristianas y leímos un manifiesto a favor del reconocimiento de los derechos humanos. Seguimos en contra de esa Directiva de retorno (julio 2008) que ha elaborado la Unión Europea y que trata a los inmigrantes como una especie de subpersonas.

Participamos en las Marchas a Torrejón en oposición a la OTAN y en contra de las bases americanas que todavía se mantienen en nuestro país y que son plataforma de abastecimiento de los aviones americanos que operan en el Oriente Próximo.

Hemos estado siempre presentes en las manifestaciones a favor del pueblo saharaui, sojuzgado por Marruecos, aliado de EEUU, y que el Estado español ha abandonado hace ya más de 30 años.

Colaboramos con la plataforma “Quién debe a quién”, que lucha contra la pobreza, sus causas y las dependencias económicas y sociales que impone el capital por medio de los vergonzosos préstamos del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial. La pretendida “ayuda” del capital a los pueblos empobrecidos en forma de deuda externa, además de producir un “desarrollismo” inaceptable, implantó en esos países las corporaciones transnacionales. No fue, por tanto, una exigencia de justicia, sino una estrategia capitalista para sacar beneficios.

Trabajamos, junto con otros colectivos, en la articulación de los movimientos sociales críticos de Madrid.

Los componentes del Área somos conscientes de que vamos construyendo el Reino de Dios, es decir, estamos ofreciendo nuestra pequeña aportación para ir haciendo posible la realidad de una sociedad alternativa. Nos insertamos en todos estos movimientos como ciudadanos de a pie, como levadura en la masa. A alguno se le ha oído decir “a este tipo de iglesia yo me apunto”. Nos parece que este tipo de iglesia ya va siendo creíble.

LA IGLESIA ONLINE…ENTRE EL QUIERO Y NO PUEDO

José Manuel Vidal

Éxodo 95 (sept.-oct.’08)
– Autor: José Manuel Vidal –
 
Internet es el presente más rabioso de la comunicación. Sobre todo para la galaxia juvenil (y no tan joven) que juega, se divierte, se forma, se informa y casi vive online. Para la Iglesia, la Red es una enorme oportunidad y un evidente riesgo. La oportunidad de disponer de un púlpito planetario de fácil acceso y amplísima penetración. El riesgo de no saber, no querer o no poder aprovecharlo a fondo. Con la profesionalidad y dedicación que exige. Como un instrumento mayor de evangelización.

En teoría, la Iglesia parece tenerlo claro, como siempre. No en vano es un hecho manifiesto que la Iglesia ha sido a lo largo de la historia pionera en los medios de comunicación. En todos. ¿También en la Red? “Internet puede ser un nuevo camino hacia Dios, una llamada a la Iglesia para interrogarse sobre las oportunidades que ofrecen los nuevos medios para informar, educar, rezar y evangelizar, para llevar a todo lugar la Palabra de Dios, para llegar incluso a quien vive en la soledad y que quizá no abriría nunca la puerta de su casa”. Palabras sensatas del hasta hace poco máximo responsable de las Comunicaciones Sociales del Vaticano, el arzobispo americano John O. Foley.

Y añade: “La Iglesia, en cuanto transmisora de la Revelación de Dios, tiene la tarea de comunicar la Palabra y debe alentar el uso de Internet para el bien común, para el desarrollo de la paz y de la justicia, en el respeto de la dignidad personal y con espíritu de solidaridad”.

A su juicio, la Red es “el areópago de nuestro tiempo, el instrumento para difundir el mensaje cristiano, pero es necesario educar en su utilización, pues al igual que en toda realidad que nos rodea, el elemento positivo se contrapone al negativo, creando confusión y falsos valores”. Y concluye: “Sí, Dios puede encontrarse en la red. Y entre los millones de personas que todos los días navegan en Internet, muchos pueden encontrar palabras de esperanza, confrontarse con otras experiencias culturales y espirituales, abatiendo las barreras ideológicas, hasta descubrir nuevos horizontes”.

DEL DICHO AL HECHO

En la Iglesia, las grandes proclamas de cualquier tipo no suelen plasmarse en la realidad. Entre otras cosas, porque las bonitas ideas y las sensatas manifestaciones no van acompañadas de medios humanos y materiales. Señal evidente de que no hay “voluntad política” de hacerlas realidad. Además, nadie evalúa ni pide cuentas a los encargados de hacerlas carne. Todo se queda, muchas veces, en el limbo del desideratum.

La presencia de la Iglesia en la Red adolece también de estos mismos “pecados”. Se quiere estar sin estar de verdad. Sin invertir de verdad. Proliferan las páginas web eclesiales. Cualquier institución, hasta las más pequeñas, tienen ya su página web. Miles y miles de páginas sin eco alguno y sin incidencia. Reinos de taifas. Cantidad, asombrosa cantidad, pero sin la más mínima calidad.

La presencia de la Iglesia en la Red es, pues, abundante pero mala. Mala en contenidos y hasta en estética. La mayoría de las páginas webs eclesiales adolecen de estos dos grandes defectos: acumulación exagerada de contenidos, sin apenas imágenes; lenguaje desfasado y estética ñoña y superada. Huelen demasiado a sacristía y a incienso, en el mal sentido de la palabra. Repelen en vez de atraer a los que entran en ellas en busca de algo o a los que simplemente pasaban por allí… y no volverán.

Muchos eclesiásticos, hijos de la galaxia Gutemberg, diseñan sus páginas web como hojas diocesanas pero en la Red. Y como en la Red cabe todo y no hay problemas de espacio, sucumben casi siempre a la tentación de llenarlo todo de contenidos largos, densos, sesudos, prolijos y… repelentes.

OCASIÓN DESAPROVECHADA

Internet es un medio fácil, de acceso universal y, sobre todo, económico. En estos momentos supera ya, por ejemplo, en Estados Unidos, a la prensa tradicional como fuente de información. A medida que en los países sube el nivel económico y se instalan líneas de alta velocidad, la Red se impone.

La irrupción de Internet en la sociedad de la información supuso sin duda uno de los saltos cualitativos más importantes de la historia de la comunicación humana. Auténticas autopistas informativas recorren la superficie del planeta conectando mundos hasta ahora desconocidos. Un verdadero laberinto en el que todo cabe y en el que nada se filtra. Con sus enormes ventajas y sus grandes servidumbres.

Entre las ventajas, las ya citadas: accesibilidad, gratuidad, información de ida y vuelta. Una casa planetaria. Sin tejados ni paredes. El ciberespacio como casa global. Gracias a Internet hemos podido estrechar lazos con gente con la que antes nos hubiera sido imposible mantener ningún tipo de contacto. Conocer gente, por ejemplo, hoy es mucho más fácil que en ninguna otra época de la historia del hombre. Internet lo favorece y potencia. El correo electrónico, chats, grupos de discusión y distintos sistemas para encontrar gustos e ideas similares en gente con la que difícilmente podríamos establecer contacto de otra forma. O lo último, las redes sociales.

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QUÉ IGLESIA PERSIGUE EL FORO DE CURAS DE MADRID

Benjamín Forcano

Éxodo 95 (sept.-oct.’08)
– Autor: Benjamín Forcano –
 
En muchos ambientes parece como que no importara la novedad que supuso el Vaticano II, sería como un accidente que hay que olvidar. Habría que volver a recuperar el modelo de Iglesia que por siglos nos guió. Nada mejor para readquirir claridad, estabilidad y orden.

Existe sin duda esa tendencia y se deja sentir en las decisiones que, provenientes de los dicasterios romanos, se aplican sobre todo contra quienes fundamentan y promueven la nueva eclesiología del Vaticano II. Gustará o no, pero nosotros –el Foro de Curas de Madrid– intentamos proseguir el desarrollo eclesiológico del Vaticano II.

Consideramos elemental, cuando hablamos de la Iglesia, tomar conciencia del carácter evolutivo de su configuración histórica. Cuestionamos formas de entender y ejercer la autoridad en ella que no siempre se adecuaron a lo enseñado y vivido por Jesús de Nazaret. Quien tenga esta visión, rehuirá canonizar cualquier forma histórica y, por supuesto, cuidará de no identificarla sin más con el contenido del Evangelio. Si los cristianos seguimos anclados en el modelo eclesiológico preconciliar, estamos reforzando, sepámoslo o no, el autoritarismo eclesial. Eso que supone la añoranza básica de muchos dirigentes actuales.

Nuestra opción por el modelo del concilio supone que no entendemos a la Iglesia como una realidad estática, ni deseamos que siga teniendo el peso institucional clerical que tuvo a partir del siglo IV. Por haber entendido la Iglesia desde una visión jerárquica piramidal llegamos a anular el protagonismo del pueblo y a sentar las bases de un funcionamiento antidemocrático de la Iglesia. Da que pensar que en el magisterio oficial se llegara a admitir que la Iglesia era una sociedad de desiguales, inevitablemente opuesta a la democracia y libertades modernas.

Es un hecho singular la incorporación en el 313 de la Iglesia al Estado por el edicto de Milán del emperador Constantino. Hasta tal punto llega su intromisión que es él quien convoca las concilios y se sienta en el sillón del aula conciliar. Los obispos se sienten pertenecientes a las clases distinguidas del Imperio y aceptan el uso del poder político para facilitar la aceptación de la verdad y la superación del error.

En el año 380, Teodosio declara la religión cristiana como religión oficial del Estado, prohíbe todos los cultos paganos, destruye sus templos, confirma el domingo como día legal para el descanso y, por suponerla mayoritaria en el Imperio, declara a la religión cristiana obligatoria para todos. “El cristianismo, escribe Juan L. Segundo, se oficializa y el poder político impone a la fuerza la verdad”.

De esta manera el concepto del Dios imperial “Vencedor de los enemigos” y de que “la fe se impone por obra del poder” penetra en la conciencia eclesial. Desde el siglo IV comienza a funcionar eso que llamamos “régimen de cristiandad”, donde la unidad cristiana es a la vez imperativo político e imperativo eclesial. En estas circunstancias, la jerarquía se transmuta en grandes señores del Imperio y grandes señores de la Iglesia. Se produce una especie de “faraonización” del ministerio, lo que era servicio se convierte en poder: indumentaria, insignias, títulos, etc.

En esta dirección, y entrado ya el siglo V, se da la centralización del ministerio episcopal a través de obispo de Roma. Comienza la historia del primado de Roma que, en la reforma gregoriana y en los siglos posteriores, llega a límites insospechados.

La consecuencia es que “esta conversión de la Iglesia en la religión oficial del Imperio se hace a costa de la extinción en grandes proporciones de su dimensión escatológica y profética” (Rufino Velasco).

Y llega, hacia comienzos del siglo XI, el papa Gregorio VII. Se realiza con él el mayor giro respecto a la comprensión y organización de la Iglesia: el poder espiritual de la Iglesia pasa a ser el poder de Occidente. El papa comienza a ser considerado soberano, –“basileus”– de Estados y exige para sí insignias imperiales, incluida la tiara y todo el ceremonial cortesano correspondiente. Gregorio VII asegura como nadie la monarquía papal: sobre la “piedra” que es Pedro y su sucesor, el papa de Roma, debía fundamentarse todo “orden” en el mundo: el eclesiástico y el temporal. Es en sus Dictatus papae donde enuncia sus poderes dentro de la Iglesia y sobre el orden temporal.

A modo de síntesis, estos serían los rasgos de la Iglesia Reformada de Gregorio VII y postridentina, dominante hasta el Vaticano II:

1. La Iglesia es como un Estado, en cuya cumbre está el Papa, y que justifica su hegemonía sobre los demás Estados.

2. El estatuto constituyente de la Iglesia se caracteriza por la desigualdad, a base de dos géneros de cristianos: los clérigos y los laicos.

3. En ella lo básico es la jerarquía clerical con sus diversos rangos. La desigualdad se despliega de arriba abajo, en una visión piramidal y estamental: la pirámide tiene un vértice, que es el Papa, y de él deriva el poder de los obispos, la nobleza eclesiástica y, más abajo, está el bajo clero, los llamados propiamente “sacerdotes”. Por abajo de todo está el estamento laical: vasallos, siervos de la gleba, gente menuda.

4. Esta estructura eclesiástica sería de derecho divino y, por tanto, inmutable.

5. Esta Iglesia realiza el Reino de Dios desde el “poder eclesiástico”, que descienda piramidalmente hasta los mismos fieles.

6. Para esta Iglesia, el reino de Dios es cosa “del más allá”, y no un proyecto histórico con exigencias de transformación para las personas y la sociedad presente.

7. Esta Iglesia olvida la característica fundamental del reino de Dios que anuncia Jesús: un Reino de los pobres y para su liberación.

Esta evocación de la eclesiología preconciliar nos ayuda a desmitificar una visión idealista y ahistórica de la Iglesia, demasiado absolutizada, aun en contra de orientaciones esenciales del Evangelio.

El contraste entre este tipo de Iglesia y el legado por el Vaticano II es una clave, a mi modo de ver primordial, para entender cuanto hoy está pasando en la Iglesia.

Los rasgos de la eclesiología del Vaticano II, en la que pretende inspirarse el Foro de Curas de Madrid, al igual que todos los demás cristianos, serían los siguientes.

1. El punto de gravitación en la Iglesia es la comunidad (pueblo de Dios) y no la jerarquía. Lo primero y más importante en la Iglesia es el Pueblo de Dios. Esta realidad, según el concilio, nos remite a nuestra condición común de creyentes, en la que estamos todos, en pie de igualdad. Lo sustantivo en la Iglesia es, pues, la comunidad y lo relativo la jerarquía. Una jerarquía sin comunidad es incomprensible.

2. La función de la jerarquía debe ser definida por referencia a la raíz de que proviene: Jesús de Nazaret. Él es el siervo sufriente y no el pantocrátor, señor de este mundo. La autoridad en la Iglesia se remite a un crucificado, derrotado por los poderes de este mundo. “La Iglesia entera, escribe J. Sobrino, se pone en la periferia, en la impotencia de los pobres, a los pies de un crucificado, para desde allí alimentar una esperanza cristiana y propiciar la necesaria eficacia en su acción”.

3. Desaparece la Iglesia como “sociedad de desiguales”: “No hay en Cristo y en la Iglesia ninguna desigualdad” (LG, 32). Ningún ministerio puede ser colocado por encima de esta primera y dignidad común. La secular dicotomía de clérigos/laicos debe ser reformulada desde la nueva perspectiva de comunidad y ministerios.

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LA IGLESIA CATÓLICA ANTE EL DIÁLOGO INTERRELIGIOSO

Juan José Tamayo

Éxodo 95 (sept.-oct.’08)
– Autor: Juan José Tamayo –
 
Durante los últimos cincuenta años se han producido dos transiciones de distinto signo en la Iglesia católica ante el diálogo interreligioso: la primera, del anatema al diálogo; la segunda, en sentido inverso, del diálogo al anatema. Este artículo intenta analizar ambas transiciones.

EL CONCILIO VATICANO II: DEL ANATEMA AL DIÁLOGO

El Concilio Vaticano II dio pasos gigantescos, para su tiempo, en el acercamiento a otras religiones, si tenemos en cuenta que todavía estaba vigente el axioma excluyente: “Fuera de la Iglesia no hay salvación” e imperaba la doctrina agustiniana sobre la necesidad de la gracia de Cristo para salvarse, que excluía toda posibilidad de las virtudes en los paganos así como la posibilidad de la justificación de los justos paganos.

En un clima así, la actitud acogedora del Vaticano II hacia los cristianos no católicos era el comienzo de un cambio –muy incipiente todavía– de paradigma. “La Iglesia –afirma el Concilio– se siente unida por varios vínculos con todos los que se honran con el nombre de cristianos, por estar bautizados, aunque no profesen íntegramente la fe, o no conserven la unidad de comunión bajo el sucesor de Pedro”.

Hay un reconocimiento explícito de las religiones judía y musulmana. Los comienzos de la fe cristiana se remontan a los patriarcas, Moisés y los profetas. Los cristianos son hijos de Abrahán según la fe. Los apóstoles y muchos de los primeros discípulos que anunciaron el evangelio de Cristo eran judíos, como lo fue el mismo Jesús de Nazaret. La Iglesia reconoce el patrimonio común que tiene con los judíos y deplora todas las manifestaciones de antisemitismo que se han producido en la historia.

Similar aprecio muestra el Vaticano II hacia los musulmanes, que profesan la fe de Abraham, adoran al mismo Dios misericordioso que los cristianos, veneran a Jesús de Nazaret y llevan una vida moral que se traduce en el ayuno, la limosna y la oración. El Concilio invita a superar las desavenencias y enemistades del pasado entre cristianos y musulmanes, y a promover “unidos la justicia social, los bienes morales, la paz y libertad para todos los seres humanos”.

El Concilio toma en serio las religiones orientales y descubre en ellas valores hasta entonces rechazados. Del hinduismo destaca sus investigaciones en torno al misterio divino, la inagotable fecundidad de los mitos y la búsqueda de liberación de las angustias de la condición humana. Del buddhismo subraya el reconocimiento de la insuficiencia radical de este mundo, así como la enseñanza del camino a través del que los seres humanos pueden adquirir la plena liberación.

El mundo de las religiones ya no es condenado. La Iglesia católica reconoce todo lo que de verdadero y santo hay en ellas y “considera con sumo respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas, que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces refleja un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres” y “exhorta a sus hijos a que, con prudencia y caridad, mediante el diálogo y la colaboración con los adeptos de otras religiones, dando testimonio de la fe y la vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socioculturales que en ellos existen”.

Otro documento importante del Vaticano II fue la Declaración de Libertad Religiosa, que hacía suya la doctrina de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), donde podemos leer: “Cada persona goza del derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. Este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencias, tanto de manera personal como comunitaria con otros, en público o en privado, y a manifestar su religión y creencias en la enseñanza, en la práctica, en el culto y en la observancia”. El Concilio fundamenta la libertad religiosa en la dignidad de la persona y en los derechos inalienables que de ella emanan, y la considera un derecho fundamental de la persona humana y de las comunidades, como enseguida vamos a ver.

En el plano institucional, la eliminación del adjetivo “pérfidos” aplicado a los judíos en la liturgia del Viernes Santo fue un paso adelante en el acercamiento a los judíos. El encuentro de Pablo VI con Atenágoras supuso un cambio de paradigma en las relaciones con la Iglesia ortodoxa. Cabe destacar el compromiso personal e institucional de Juan Pablo II al pedir perdón en reiteradas ocasiones —más de cien— por las actuaciones nada evangélicas de la Iglesia católica con otras religiones: cruzadas, excomuniones de reformadores, Inquisición, etc. El papa Juan Pablo II ha propiciado encuentros de oración con líderes religiosos de todo el mundo (Asís, 1986, 1999; San Pedro de Roma, 2002). En sus numerosos viajes mantuvo encuentros con seguidores y dirigentes de distintas tradiciones religiosas. Se han producido acuerdos sobre cuestiones doctrinales multisecularmente discutidas, como el de la Justificación con la Iglesia luterana y el de la Eucaristía con la Iglesia anglicana. Son todos ellos pasos firmes, sinceros, auténticos en el camino del diálogo interreligioso.

También se han producido avances en el diálogo interreligioso a través de importantes iniciativas en pro de la paz en el mundo. La propia teología de la liberación del Tercer Mundo es un buen lugar de encuentro y una excelente plataforma para el diálogo entre teólogos de distintas religiones. Cabe citar finalmente la celebración de los Parlamentos de las Religiones del Mundo durante los últimos quince años; en Chicago, (1993), en Ciudad del Cabo (1999) y en Barcelona (2004).

LA DECLARACIÓN DOMINUS IESUS: DEL DIÁLOGO AL ANATEMA

Y sin embargo, no tardaron en surgir los miedos y, en consecuencia, la marcha atrás. Por cada paso adelante que se da en el acercamiento, el diálogo y los proyectos comunes, la jerarquía católica da dos pasos hacia atrás y retrocede a la época preconciliar. Las sospechas, amonestaciones y condenas se ciernen ahora contra los escritores y teólogos católicos que han emprendido el camino del diálogo interreligioso. Tissa Balasuriya (María y la liberación humana), Jacques Dupuis (Hacia una teología cristiana del pluralismo religioso), Roger Haight (Jesús, símbolo de Dios) y Tony de Mello, cuyas obras fueron condenadas diez años después de su muerte.

El texto del más alto magisterio oficial de la Iglesia católica que dinamita los puentes del diálogo interreligioso dentro de la Iglesia católica es la Declaración Dominus Iesus, de la Congregación para la Doctrina de la Fe, publicada en 2000 bajo la presidencia del cardenal Ratzinger y ratificada por el propio Papa, que supone un paso atrás de más de cuarenta años.

Discriminación de las Iglesias protestantes y ortodoxas

La Declaración abrió una brecha muy profunda entre las iglesias cristianas que tardará en cerrarse. ¿Cómo se puede afirmar sin sonrojo que la Iglesia católica es “la Iglesia verdadera” y que las “iglesias particulares” (ortodoxas) y las “comunidades eclesiales” (protestantes y anglicanas) “no son Iglesia en sentido propio”? (n. 17). Si de las Iglesias cristianas pasamos a los no cristianos, el tono de la declaración vaticana resulta todavía más ofensivo, por no decir insultante. ¿Cómo puede afirmarse, si no, que “si bien es cierto que los no cristianos pueden recibir la gracia divina, también es cierto que objetivamente se hallan en una situación gravemente deficitaria si se compara con la de aquellos que, en la Iglesia, tienen la plenitud de los medios salvíficos”? (n. 22, subrayado mío).

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ENTRE LA ILUSIÓN DEL PODER Y LA PROFECÍA DE LA LEALTAD

Marcelo Barros

Éxodo 95 (sept.-oct.’08)
– Autor: Marcelo Barros –
 
En Córdoba, Argentina (agosto de 2008), en memoria del obispo mártir Enrique Angelelli, en Riobamba, Ecuador, en un congreso de la Iglesia de los pobres (octubre de 2008) y en Asunción, con ocasión de una reunión de cristianos llegados para participar en la toma de posesión del nuevo presidente Fernando Lugo, todos demostraron su preocupación por el autoritarismo de amplios sectores de la jerarquía eclesiástica.

El día 6 de septiembre de 2008 se cumplieron 40 años de la clausura de la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín (Colombia). Según el padre José Comblin, esta conferencia representó el nacimiento de una Iglesia católica con cara y cuerpo de los pueblos latinoamericanos y caribeños. En el mismo año de 1968 tuvo lugar en Upsala la Cuarta Asamblea General del Consejo Mundial de Iglesias con el sugestivo tema “Hago nuevas todas las cosas” (Apoc 21, 7).

Hoy nos preguntamos qué herencia queda de estas conferencias eclesiales proféticas. En la línea del “ver, juzgar y actuar”, propongo que reflexionemos, no ya sobre Medellín, sino sobre nuestra misión profética en nuestras iglesias de hoy y en el mundo actual.

1. LA FÁCIL TENTACIÓN DE UN FUNDAMENTALISMO LIGHT

En principio, fundamentalismo light es una contradicción, ya que todo fundamentalismo se caracteriza por la rigidez doctrinal y por la intransigencia de no abrir la mano de los llamados fundamentos.

Muchos estudiosos han llamado la atención sobre una crisis estructural de la mayoría de las religiones. Algunos comentan que, en la sociedad del conocimiento, las viejas religiones, pensadas para sociedades agrarias, ya no tienen sentido, a no ser que revisen todo su aparato dogmático e institucional (Mariano Corbí). Otros, principalmente latinoamericanos, hacemos un análisis más dialéctico y distinguimos entre los elementos de la religión que están en crisis y otros que parecen estar en pleno apogeo, como la religiosidad más libre y espiritualista. De cualquier modo, la mayoría está de acuerdo en que existe una crisis. En muchas Iglesias cristianas, las jerarquías procuran salir de la crisis fortaleciendo las estructuras y aumentando la rigidez de la doctrina. A esto, en la Iglesia católica, João Batista Libânio calificó de “vuelta a la gran disciplina”.

En esta onda conservadora y legalista, presente en la mayoría de las iglesias, surge el fenómeno que podríamos llamar “versión light del fundamentalismo”. En la Iglesia católica, desde el comienzo del papado Ratzinger, las ideas fundamentalistas son asumidas como oficiales. El papa actual se muestra claramente contra todo lo que el Concilio Vaticano II representó como espíritu. Está convencido de que la cultura occidental se identifica simbióticamente con la cultura cristiana y quiere salvar al mundo del pernicioso relativismo de la sociedad moderna. El hecho de que el papa asuma esa posición hace que muchos obispos y curas que, en otro contexto, podían ser más abiertos, adopten un fundamentalismo de conveniencia. “Tratar el magisterio eclesiástico del mismo modo como los protestantes fundamentalistas tratan la Biblia se constituye hoy en un verdadero fundamentalismo papal, cada día más respaldado en los medios eclesiásticos y clericales católicos”.

2. LA GENIALIDAD DEL PAPADO Y SUS CONTRADICCIONES

Ninguna otra religión o Iglesia tiene un fenómeno como el papado. Se fue construyendo durante la Edad Media, a partir del siglo IV. “Es la institución más famosa de todo Occidente”, según Toynbee.

No hay ninguna prueba histórica de que Roma haya tenido obispos antes del siglo II, y sólo más tarde los obispos de Roma asumieron, junto con toda su Iglesia local, un ministerio de testimonio cualificado de fe y de construcción de unidad, sin que eso implicara ninguna autoridad jurídica respecto a las otras iglesias. Así, el canon 28 del Concilio de Cartago, en 419, excomulga a los que apelan a Roma (CChrSL 149, 190-191). El papa era uno de los patriarcas de las sedes primadas y apostólicas. Sólo en la época del Dictatus Papae (Gregorio VII, 1087) es cuando el papa exige para sí la

autoridad absoluta e incuestionable.

A lo largo de la historia, frente a los conflictos y tendencias radicales de algunos grupos e iglesias, la Iglesia de Roma generalmente siempre ha sabido demostrar una sabiduría y un equilibrio increíble digno de elogio y agradecimiento. En tiempos del Imperio, por cierto, las iglesias locales preferían que los obispos fueran nombrados por el papa y no por los emperadores. Ahora, sin embargo, en el comienzo del siglo XXI, cuando ya no existen estos problemas políticos con los gobiernos, la centralización de Roma continúa igual y hasta más fuerte que nunca. Parece que trata de demostrar que no cree ni valoriza a las Iglesias locales. Funciona igual que todos los gobiernos absolutistas y no admite disidencia alguna y ni siquiera la diversidad. Los últimos papas, principalmente Pablo VI y Juan Pablo II, fueron conscientes de que el ministerio del papa es el mayor obstáculo para la unidad de las iglesias y el diálogo ecuménico. En 1995, Juan Pablo II pensó en “buscar juntos las formas por las que este ministerio papal pueda realizar un servicio de amor reconocido por todos (…) Es una tarea inmensa que no puedo llevar a cabo yo solo” (Ut unum sint, 95-96). Al mismo tiempo en que insistía en este diálogo, el mismo Juan Pablo II firmó el motu proprio Ad Tuendam Fidem (1998), en el cual declara:

“Para defender la fe de la Iglesia católica contra los errores que se levantan por algunos fieles, especialmente de los que se dedican específicamente a las disciplinas de la Sagrada Teología, a mí, cuya tarea principal consiste en confirmar a los hermanos en la fe (cf. Lc 22, 32), me parece totalmente necesario que en los textos vigentes del Código de Derecho Canónico y del Código de los Cánones de las Iglesias Orientales se establezcan normas por las que expresamente se imponga el deber de observar las verdades propuestas de modo definitivo por el magisterio de la Iglesia, y se indiquen también las sanciones canónicas sobre esta misma materia” (Ad Tuendam Fidem, n. 1).

El motu proprio deja claro que, a partir de ahora, los fieles no están sólo obligados a creer en el magisterio oficial y solemne que declara una verdad de fe, sino también en el magisterio ordinario del papa y de los dicasterios romanos: Can. 598 – § 1. “Hay que creer con fe divina y católica en todo lo que contiene la palabra de Dios, escrita o transmitida por la Tradición, o sea, en el único depósito de fe confiada a la iglesia, cuando al mismo tiempo es propuesto como divinamente revelado, bien sea por el magisterio solemne de la Iglesia, bien por su magisterio ordinario y universal”.

El que conteste o cuestione cualquier decisión del papa o de la jerarquía, a partir de este documento, “será castigado con justa pena” (Canon 1371).

“Se debe, por lo tanto, aceptar y creer también todo lo propuesto de manera definitiva por el magisterio de la Iglesia en materia de fe y costumbres, es decir, todo lo que se requiere para conservar santamente y exponer fielmente el depósito de la fe. Se opone, por lo tanto, a la doctrina de la Iglesia católica quien rechaza estas propuestas consideradas como definitivas”.

Evidentemente, estamos lejos del tiempo en que Pablo VI reconocía el derecho a la legítima divergencia en la Iglesia y en lo que el papa entendía que, sin un ambiente mínimo de libertad de pensamiento, no es posible la investigación teológica. El Concilio Vaticano II nos había enseñado a distingir entre la fe y la expresión de la misma, o sea, a relativizar el dogma, aunque es importante y útil. Cuando se absolutiza el dogma, se cae en el dogmatismo. El propio cardenal Joseph Ratzinger había escrito: “El derecho eclesial único, la liturgia unitaria, un mismo modelo, único, de nombramiento de obispos por Roma, a partir del centro, estas cosas no forman parte del primado, pero se advierten cuando ambos ministerios (el de papa y el de patriarca) se encuentran en una sola persona. Así, deberíamos considerar, en el futuro, una distinción más nítida entre la función propiamente dicha de sucesor de Pedro y la función patriarcal”.

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LA IGLESIA Y LOS DERECHOS HUMANOS “AD INTRA”

Mª Luisa Paret

Éxodo 95 (sept.-oct.’08)
– Autor: Mª Luisa Paret –
Liderazgo de la mujer en la Iglesia
 
INTRODUCCIÓN

Uno de los síntomas de la profunda crisis que está viviendo la Iglesia católica es el éxodo silencioso de numerosos bautizados y el no retorno de muchos creyentes que, alejados por muy diversos motivos, no encuentran alimento espiritual ni credibilidad en la institución eclesial, que sigue reclamando para sí un poder y una autoridad muy alejados de la Iglesia- Pueblo de Dios del Vaticano II. Si a esto añadimos la discriminación que venimos padeciendo secularmente las mujeres en el seno de la Iglesia, la situación es, cuando menos, preocupante.

Hablamos como cristianos y cristianas profundamente descontentos con la institución eclesial, sabiéndonos herederos de la Iglesia-Pueblo de Dios del Vaticano II, que abrió las puertas a otras formas de comprender y vivir el cristianismo haciéndose eco de la rica pluralidad de la Iglesia desde los comienzos del mismo.

Como creyentes estamos invitadas a creer y crear esta utopía y a transmitirla desde determinadas actitudes del Evangelio, porque la teología que no hunde sus raíces en la Buena Noticia de Jesús es un esqueleto sin vida. Nos mueve la esperanza de construir juntas una Iglesia que tenga también nuestro rostro haciendo una teología inclusiva y liberadora para aquellas mujeres y hombres que aún no tienen voz y cuya dignidad no ha sido reconocida.

A continuación, vamos a analizar brevemente el quehacer teológico que lleva realizando la mujer desde hace décadas, aun siendo ignorada su labor por la propia institución.

TEOLOGÍA FEMINISTA, TEOLOGÍA DESDE LA MUJER

La teología clásica no ha recogido la experiencia de fe de las mujeres que, aun formando parte de la comunidad, fueron pronto excluidas de la Palabra y del Magisterio. Las excepciones de alguna Doctora de la Iglesia no logran negar la evidencia. En el año 2004 el papa J. Pablo II nombró para formar parte de la Comisión Teológica Internacional a dos mujeres, la hermana Rutller y la alemana Bárbara Hallensleren. Después de dos mil años, la desproporción ya dice algo. La dimensión creyente de la mujer conlleva una subordinación que no se da en los organismos civiles y, si se da, prevalece el derecho de protestar contra ella .

La imposibilidad de la igualdad atraviesa y justifica teológicamente la desigualdad en todas las demás instancias, a pesar de proclamar y predicar la igualdad y dignidad de la persona. Esta contradicción no admite justificaciones. El aislamiento de la jerarquía y los funcionarios de iglesia con las realidades de una sociedad compleja impide las necesarias transformaciones formales y legales de la institución eclesial. La estructura eclesial se encuentra “fosilizada”. Además, el carácter sagrado asignado a los varones como “voluntad de Dios” hace muy difícil la necesidad de conversión, pues son éstos quienes deciden los cambios. Muchas cosas tienen que cambiar en la Iglesia católica con respecto a las mujeres.

Las mujeres no podemos seguir callando ni esperar que otros hablen por nosotras sino que hemos tomado la palabra para decir nuestra experiencia de fe y de vida. Pasar de una teología y de una praxis de exclusión en una Iglesia patriarcal a una teología de inclusión, ya que la vocación bautismal es llamada a un “discipulado de iguales”, daría a la comunidad cristiana un nuevo rostro donde todos y todas seríamos aceptados como iguales, hijos e hijas de Dios.

La Teología Feminista es, pues, una relectura del mensaje cristiano desde la óptica, la situación y la experiencia de la mujer y reclama hablar de Dios desde el sufrimiento de los inocentes. Su finalidad es la liberación de todos los hombres –mujeres y varones– de las estructuras injustas que los mantienen en situación de minoría de edad.

El objetivo es: trabajar para que se reconozca la participación plena de las mujeres en la vida eclesial y el ejercicio de cualquiera de sus ministerios. De ahí que exijamos la desaparición de todo tipo de discriminación por razón de sexo, género y estado en la Iglesia y en la sociedad.

Tratar de conseguir una mayor participación de las mujeres en los órganos consultivos, de discernimiento y de decisión, y que sean reconocidas sus aportaciones en los debates vitales de la sociedad y de las iglesias.

EXÉGESIS Y HERMENÉUTICA TEOLÓGICA FEMINISTA

Cuando las mujeres tomamos conciencia de nuestros derechos y de nuestra dignidad nos resulta difícil leer y aceptar como normativos determinados textos de nuestras tradiciones religiosas. Nos preguntamos, ¿cómo puede un texto intrínsecamente opresor ser normativo para una comunidad de fe?

La Biblia es un producto literario histórico que encarna y reproduce en muchos textos valores androcéntricos 6 que han dañado los derechos de las mujeres.

La hermenéutica teológica feminista es la interpretación de la tradición teológica reconociendo nuestros intereses, deseos y dependencias feministas. E. Schüssler Fiorenza propone la hermenéutica de la ekklesía gynaikón, expresión griega que significa “asamblea de mujeres”. Concibe la interpretación bíblica feminista desde el punto de vista retórico-emancipador:

• Desde la retórica se descubre el objetivo del texto, sus interpretaciones.

• Se trata de tomar conciencia de las estructuras de dominación y buscar la democracia radical inscrita en nuestra experiencia y en los textos.

• Explicitar los valores y perspectivas feministas desde los que afrontamos el texto bíblico.

El empoderamiento: un nuevo concepto de poder

Para Letty Russell, “empoderar” es potenciar, proveer la oportunidad para que una persona o un grupo desarrolle sus capacidades de agente activo/a en cualquier medio y asuma su protagonismo con conciencia de su capacidad y su derecho a actuar.

Las teólogas utilizan el concepto empoderar como premisa para construir nuestra autoridad. Es un despliegue de energía en continua comunicación en red. Esta alternativa al poder patriarcal, sexista, opresivo y asimétrico, no es una mera inversión ya que el empoderamiento feminista no puede entenderse manteniendo los esquemas patriarcales. Según Maritza Montero, el empoderamiento es un proceso de fortalecimiento para transformar un entorno transformándose el sujeto mismo.

Para la teología feminista, la fe es el principio teológico que une el poder al empoderamiento; es la categoría experiencial que constituye el punto de partida de toda teología. La fe necesita ser expresada en su contexto y, es, además, un pilar de empoderamiento que condiciona la autoridad y el poder.

Decíamos antes que el empoderamiento es un despliegue de energía y, como tal, nos sitúa en la misma línea de vitalidad creativa de la Ruah divina. Cuando las mujeres se empoderan se hace visible la poderosa fuerza del Espíritu, la capacidad renovadora de la vida y en la vida. Por eso, el empoderamiento va unido a la interioridad que afirma la individualidad singular de cada una. No sólo sugiere el reparto equitativo y justo del poder, sino que supone el Reinado o Basileia de Dios , que entiende el poder en términos de abundancia, no de escasez.

Como dice Celia Amorós, no sólo necesitamos el reconocimiento sino también el reparto del poder ya que la mayoría de los varones en la Iglesia católica no están dispuestos a compartirlo. Cambiar el sistema de liderazgo dentro de la Iglesia requiere una transformación del poder. Siempre hay grietas en el sistema por las que podamos entrar para cambiarlo.

Todas las actitudes que se dan hoy en la Iglesia, como la apatía, la indiferencia, la fuga silenciosa de los cristianos, la pérdida del sentido de pertenencia eclesial, etcétera, son síntomas no sólo de algo caduco que no da más de sí, sino de algo nuevo que quiere nacer y no se sabe nombrar. Es una corriente subterránea que fluye sin parar y que está gestando otro modelo de Iglesia en la que el poder y la autoridad se reformulan y se configuran con categorías nuevas.

TEOLOGÍA SISTEMÁTICA FEMINISTA

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IGLESIA Y CRISTIANISMO

Fernando Camacho Acosta

Éxodo 95 (sept.-oct.’08)
– Autor: Fernando Camacho Acosta –
 
Hace unos años un amigo mío envió a la nunciatura de Madrid, en el nombre de un inexistente colectivo de “católicos por el cristianismo”, un telegrama de protesta por la condena de un conocido teólogo que el Vaticano, por medio de la Congregación para la Doctrina de la Fe, había juzgado de heterodoxo. Con él se hacía portavoz de la repulsa que esa condena suscitaba entre aquellos católicos que, por encima de todo, querían mantenerse fieles a su vocación cristiana. De este modo, consciente o inconscientemente, puso el dedo en la llaga sobre la cuestión que nos ocupa, porque dejaba abierta la posibilidad de una escisión entre el hecho de ser católico y el de ser cristiano, es decir, entre la pertenencia a la Iglesia y la fidelidad a Jesús.

¿La Iglesia y el cristianismo son dos realidades diferentes?, ¿pueden existir la una separada del otro o viceversa?, ¿puede darse el caso de una Iglesia que no sea cristiana o de un cristianismo sin Iglesia? En primer lugar, clarifiquemos los conceptos. En el Nuevo Testamento, el término “iglesia” (en griego, ekklêsia) tiene dos acepciones principales: a) el conjunto de los seguidores de Jesús esparcidos por el mundo (iglesia universal) y b) el conjunto de los cristianos que viven en un determinado lugar (iglesia local) o se reúnen periódicamente en una casa particular para celebrar su fe (iglesia doméstica). Por eso, en los textos neotestamentarios se habla de “la iglesia” o “las iglesias”, en sentido local o doméstico (de Jerusalén, Antioquia, Galacia, Macedonia, Roma, etc.), y de “la Iglesia” como totalidad, en sentido universal o general. Cuando aquí hablamos de Iglesia lo hacemos en este último sentido.

En líneas generales, siguiendo los datos del Nuevo Testamento, podemos definir la Iglesia como la comunidad de fieles que, congregada por la fe en Jesucristo y concebida como el nuevo y definitivo pueblo de Dios, tiene por misión continuar la obra de Jesús en la historia, prolongando su presencia en ella hasta el fin de los tiempos.

Por su parte, el término “cristianismo”, acuñado por Ignacio de Antioquia hacia el año 110 d.C., hace referencia al adjetivo “cristiano”, con el que en Antioquia se denominó por primera vez a los seguidores de Jesús, el Cristo (Hch 11,26). El cristianismo designa un fenómeno religioso, histórico y sociológico, distinto del judaísmo (aunque tiene sus raíces en él), cuyo punto de partida y fundamento lo constituye la persona y la obra de Jesús de Nazaret y la fe que sus seguidores tienen en él. Simplificando mucho, podríamos decir que el cristianismo es el movimiento religioso iniciado en la historia por Jesús de Nazaret y continuado por sus seguidores, mientras que la Iglesia es la forma institucionalizada de ese movimiento.

Por consiguiente, la Iglesia y el cristianismo tienen su origen en Cristo; ambos han nacido del mismo tronco y tienen la misma pretensión: ser Iglesia de Cristo y ser el movimiento aglutinador de todos los seguidores de Cristo. Pero este “ser de Cristo” no es una pura abstracción, es algo que tiene que verificarse históricamente. Y aquí precisamente reside el problema: a lo largo de la historia tanto la Iglesia como el cristianismo han traicionado muchas veces sus orígenes cristianos y han velado el rostro de Aquel que estaban llamados a transparentar con su forma de vida y con su actividad. Este hecho nos lleva a plantearnos la cuestión de la esencia de la Iglesia y del cristianismo; es decir, la cuestión de cuáles son los elementos esenciales para que la Iglesia pueda ser considerada de verdad “Iglesia de Cristo” y el cristianismo un verdadero “movimiento cristiano”.

Por lo que respecta a la Iglesia, esos elementos esenciales serían, a mi juicio, los siguientes:

1) La Iglesia está fundada sobre la fe en Jesucristo, reconocido por ella como el rostro humano de Dios (el Hijo de Dios) y el paradigma de lo humano (el Hijo del Hombre). Según esta fe, Jesús es quien confiere a los seres humanos la plenitud de vida (el Salvador), el que los libera de sus limitaciones, sus miedos y sus esclavitudes (el Señor que hace señores, no siervos) y les abre el horizonte de una existencia plena, superadora de la muerte (la vida definitiva o eterna); él es quien los invita a participar de la nueva realidad de un mundo y una humanidad transformada y regida por el amor (el reino o reinado de Dios), implicándolos en la construcción de unas relaciones humanas justas, fraternas y solidarias.

Aunque, en sentido estricto, no puede hablarse de un acto fundacional por parte de Jesús mediante el cual instituyera la Iglesia, es indudable que él, durante su vida pública, convocó en torno a su persona a un grupo de discípulos o seguidores (Mc 1,16-20; 2,14; 3,13-19, etc.). Ellos, tras la experiencia pascual (la muerte y resurrección de Jesús), se constituyeron en una comunidad de fieles suyos que, movida por su Espíritu, se sintió llamada por Dios a continuar en la historia la tarea iniciada por Jesús y a invitar a toda la humanidad al seguimiento de él (Mt 28,16-20; Hch 1,8; 2,1-41, etc.).

Por consiguiente, la Iglesia está formada por todos los creyentes en Jesucristo que han optado personalmente por él y, como consecuencia de esa opción, expresada en el sacramento del bautismo y reafirmada en el de la confirmación, han recibido el Espíritu, la fuerza de vida y amor de Dios mismo, que han de contagiar y transmitir a toda la humanidad.

Es la fe en Jesucristo, común a todos los cristianos, la que crea la unidad de la Iglesia (una); el Espíritu que la anima, el que la hace ser fiel a Dios o a Jesús y le confiere santidad (santa); el compromiso asumido en virtud de esa fe, el que la lleva a la misión universal (católica) y la constituye en la enviada de Jesús al mundo para irlo transformando (apostólica). De ahí, las cuatro notas características de la Iglesia que aparecen en el Credo que recitamos los católicos en cada eucaristía dominical.

2) Creer en Jesucristo implica un “estar en comunión”, por medio del Espíritu, con Dios Padre y con Jesús su Hijo, y, a la vez, un “estar en comunión” con todos los seguidores de Jesús. Por eso, la comunión o koinônia pertenece a la esencia misma de la Iglesia. Ésta no se define, simplemente, como la suma de las diferentes iglesias (como si cada una constituyera una parte y todas juntas formaran el todo), sino que en cada iglesia local o particular se hace presente la Iglesia universal o católica, porque en cada una de ellas se manifiesta la plenitud de dones con que el Espíritu enriquece a la Iglesia. De tal modo, que cada iglesia local es de por sí y en sentido pleno la “Iglesia de Dios” o “de Cristo”. Por eso, el Concilio Vaticano II dirá que en las iglesias y por ellas existe “la única Iglesia católica” (LG 23). Determinar cuál de las dos realidades –la iglesia local y la Iglesia universal– prevalece sobre la otra es prácticamente imposible y llevaría a la minusvaloración de una de las dos. A este respecto, resultan esclarecedoras las palabras de Juan A. Estrada: “No se puede hablar ni de la prioridad de la iglesia universal respecto a cada iglesia local o particular, ni a la inversa, sino que se pertenece a la “Iglesia de Cristo” en una iglesia local, con una pertenencia que es, al mismo tiempo, concreta y universal. La Iglesia es un “niversal concreto”, es decir, sólo existe en cada iglesia local y sin ellas no subsiste”.

Pero, al mismo tiempo, para que cada iglesia local sea toda la Iglesia y no una parte de ella, se requiere que ésta sea integradora y esté abierta a la comunión con las demás iglesias. Esto explica que, prácticamente desde los orígenes del cristianismo, la Iglesia aparezca con una configuración colegial o sinodal, a través de la cual se expresa la comunión o corresponsabilidad de todas las iglesias y se supera el dualismo entre localidad y catolicidad o universalidad.

3) Otro de los elementos esenciales de la Iglesia de Cristo es su pluralidad. La Iglesia está animada por el Espíritu y éste es incompatible con la uniformidad; donde sopla el Espíritu reina la diversidad. Pero, contra lo que pudiera parecer, la diversidad no es ningún obstáculo para la unidad entre los cristianos. El mismo Espíritu que crea y favorece la diversidad, garantiza la unidad (1Cor 12,4). En la Iglesia cada uno ha de conservar su singularidad y ha de expresarse con la “lengua” que el Espíritu le concede (Hch 2,4), pero todos han de contribuir al bien común (1Cor 12,7), han de estar movidos por el mismo propósito de formar un solo cuerpo (1 Cor 12,12-13) y han de preocuparse solidariamente unos de otros, superando las discordias y las discrepancias (1 Cor 12,24b-26).

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