LIBROS DE ÉXODO

Benjamín Forcano

Éxodo 82 (ener.-febr.’06)
– Autor: Benjamín Forcano –
 
El autor, en un libro de 672 páginas, afronta el tema de la renuncia sexual en los hombres y mujeres del cristianismo primitivo (de los años 40 a los 430). Obviamente, dicha renuncia implica un determinado concepto de la persona, de las relaciones masculino-femeninas, de la estructura y significado de la sociedad. En la primera parte estudia el papel naciente del cristianismo en un mundo pagano, referido especialmente al mundo de la continencia, la renuncia sexual, las opciones que se ofrecían a los cristianos, la fascinación ejercida por el ideal de la virginidad en contraposición con el ideal pagano de la virginidad y las diferencias entre continentes y casados.

En la segunda parte expone el influjo espiritual de los Padres del desierto y el impacto de sus ideales ascéticos sobre la teoría y práctica de las Iglesias.

En la tercera parte se ocupa del mundo latino más próximo a los lectores occidentales mediterráneos, subrayando las actitudes de Ambrosio, Jerónimo y Agustín.

El libro sirve para entender cómo se entendía la renuncia sexual en los cinco primeros siglos y posteriormente en el mundo medieval y en el más moderno.

Para el autor muchas de las nociones sobre la sexualidad, tanto en el plano individual como social, fueron tomadas como préstamos inofensivos de un supuesto «antecedente » pagano o judío, configurados profundamente por autores exclusivamente masculinos.

Creo que el autor, de un modo sagaz y sereno, expone la visión de una época decisiva, a la ahora de incorporar muchos de sus aspectos a una visión cultural moderna. «La Iglesia primitiva, escribe, fue tan creativa debido en buena parte a que sus miembros más vocingleros estaban muy a menudo en desacuerdo entre sí. Como en la historia de las grandes revoluciones llevadas a cabo por unos pocos militantes, también debe haber lugar para la tragedia en cualquier historia sobre la renuncia sexual en la Iglesia primitiva, así como para la desilusión y para el absoluto aburrimiento por parte de la mayor parte de los creyentes carentes de heroísmo

LIBROS DE ÉXODO

Benjamín Forcano

Éxodo 82 (ener.-febr.’06)
– Autor: Benjamín Forcano –
 
La mayoría de los lectores habrán de sorprenderse por esta gran obra, y se sorprenderán gratamente. Porque el lector occidental está acostumbrado a pensar obsesivamente sobre el hecho sexual y a relacionar la sexualidad con su carácter predominantemente matrimonial y procreativo. El autor muestra que en otras culturas importantes los requisitos y definición del matrimonio son de un significado más variado.

Hay que descubrir por qué el Occidente moderno ha constituido la homosexualidad (pecado o vicio innombrable) en un tabú primario y singular, y ha profesado ante él un horror notable y no ha procedido así ante otros hechos más importantes. «El asesinato, el matricidio, el abuso de menores, el incesto, el canibalismo,el genocidio e incluso el deicidio son mencionables: ¿por qué un puñado de actos sexuales desaprobados y que no ofenden a nadie son harto más horribles que aquéllos? ¿Por qué son peores? Este horror no expresado terminó, de un modo visceral, y, en consecuencia, funcional, por convertir estos actos en los peores pecados» (pág. 24). Las uniones entre homosexuales nosotros las vemos como una exótica permisividad de nuestra época. Para el autor los hechos históricos son lo que son y, desde su investigación, concluye que «estas uniones estaban muy extendidas en el mundo antiguo. El cristianismo fue innovador en privilegiar el celibato voluntario, sugiriendo que el matrimonio heterosexual era un mero compromiso con los horribles poderes del deseo sexual. Pero las amistades apasionadas, especialmente aquellas que tenían lugar entre santos en díadas y entre vírgenes santas, continuaron fascinando a los cristianos, y con el tiempo se transformaron en relaciones oficiales de unión, que se celebraban en Iglesia, bendecidas por los sacerdotes. Está claro que la ceremonia cristiana de unión entre personas del mismo sexo funcionó en el pasado como ceremonia matrimonial gay» (págs. 473-474).

Con inteligencia y sagacidad, John Boswell , apoyado en fuentes documentales extraordinarias, presenta una tesis estremecedora: la Iglesia primitiva (siglos VI al XII) no sólo era tolerante con las relaciones románticas y eróticas entre varones, sino que las santificaba ceremonialmente. Tal tradición puede hacerla propia el colectivo gay en el momento de defender su derecho a que las parejas entre personas del mismo sexo gocen del mismo status legal que las formadas por ambos sexos.

El mismo autor, en otro de sus libros, Cristianismo y tolerancia, investiga el hecho de la tolerancia de la homosexualidad hasta la alta Edad Media, probando cómo la presencia religiosa no fue causa para su persecución y sí lo fue para otros grupos de la sociedad de entonces.

SIDA, PRESERVATIVO Y MORAL CATÓLICA

Benjamín Forcano

Éxodo 82 (ener.-febr.’06)
– Autor: Benjamín Forcano –
 
Quien no conozca un poco la historia seguramente pensará que en la Iglesia católica las normas son inamovibles. Pero nada más lejos de la realidad. En el siglo XIII bulas del Papa Inocencio IV y en el XVI del Papa León X afirmaban “ser voluntad del Espíritu quemar a los herejes” y Galileo fue censurado para evitar que la razón científica pudiera constituirse al margen del Magisterio. Más recientemente, se seguía afirmando que la Iglesia “es una sociedad de desiguales”, que “la división de clases en la sociedad es conforme a la voluntad divina”, que “la libertad religiosa era poco menos que un delirio”, que “el matrimonio era un contrato entre un hombre y una mujer para procrear”.

El concilio Vaticano II (cima del magisterio eclesial) modificó de raíz estas perspectivas. Afirmó ser ley fundamental la igualdad de todos los miembros dentro de la Iglesia (LG, 32), ser fundamental el derecho a la libertad religiosa (DH, 2) y comprender el matrimonio como una comunidad de vida y amor, teniendo razón de ser aun cuando falte la descendencia (GS, 50).

Basta contrastar los catecismos de Astete y Ripalda -que establecían como fines del matrimonio la procreación (fin primario) y la ayuda mutua y remedio de la concupiscencia (fin secundario)- con el Vaticano II para advertir la magnitud del cambio: “El amor entre marido y mujer, dice el concilio, es eminentemente humano,pues va de persona a persona con el afecto de la voluntad , abarca el bien de toda la persona y, por tanto, es capaz de enriquecer con dignidad especial las expresiones del cuerpo como elementos y señales especiales de la amistad conyugal. Este amor se expresa y perfecciona con la acción propia del matrimonio y los actos conyugales, ejecutados de manera verdaderamente humana, significan y favorecen el don recíproco, con el que se enriquecen mutuamente en un clima de gozosa gratitud” (GS, 49).

Dos cosas aparecen aquí muy claras: el matrimonio con todo su ámbito de intimidad sexual no se justifica ni se ordena a la procreación y su razón fundante es el amor, -que puede ser fecundo o infecundo- y se manifiesta en las expresiones gozosas del placer. El placer, componente y consecuencia del amor, es tan legítimo como el amor mismo. Se descarta la necesidad de justificarlo como subordinado a la procreación; es bueno, legítimo y sacramental como lo es el amor.

Artículo completo en edición impresa. Pídela aquí

LOS HOMOSEXUALES Y LA IGLESIA

Francecs Xavier Martí i Juan

Éxodo 82 (ener.-febr.’06)
– Autor: Francecs Xavier Martí i Juan –
 
Nunca ha sido fácil la situación de los homosexuales en la Iglesia. Ahora tampoco lo es. En otros tiempos la homofobia eclesiástica se daba en una sociedad homófoba y una alimentaba a la otra. Ahora, en cambio, en el mundo occidental no solamente se tolera la existencia de gays y lesbianas, sino que se reconoce su derecho a establecer uniones civiles y a adoptar niños. Por eso la persistente beligerancia de la Iglesia contra las personas “diferentes” contrasta mucho más en la actualidad.

De momento – y esto no parece que vaya a cambiar en este pontificado – si usted es homosexual, habrá de cargar con el yugo de ser considerado una persona que tiene una inclinación objetivamente desordenada. Así pues, su entrada en el Reino de los Cielos se hace por una puerta más estrecha que la de los heterosexuales.

Con todo, a muchos homosexuales cristianos no nos preocupa tanto cómo vamos a entrar en el cielo, cosa que en gran parte no depende de nosotros, sino cómo estamos en la Iglesia que ahora peregrina en la tierra.

Si usted es un cristiano que no acepta su orientación homosexual, es decir, que no cree que Dios le haya creado así, que más bien cree que usted es un defecto de la naturaleza, entonces puede sintonizar con la teoría y la práctica actual de la Iglesia respecto a los homosexuales. Puede participar activa y visiblemente en la vida eclesial y eclesiástica. Sin embargo, es mi obligación decirle que tendrá que pagar un precio muy alto: ha de abstenerse de cualquier relación sexual fuera del matrimonio canónico y no puede hacer patente su tendencia ni su conformidad con ella. Experiencias propias y ajenas demuestran que esto conlleva graves perjuicios para su salud psicológica y espiritual que en nada favorecen una vida iluminada por el Espíritu.

Si usted, en cambio, es un cristiano que se reconoce homosexual y se acepta así, tal como es, y tiene la firme convicción de que Dios le ha creado así y no le exige el celibato obligatorio a cambio de su amor, entonces – también tengo obligación de decírselo – tendrá serias dificultades para vivir en comunión plena con la Iglesia. La cosa es más grave si usted hace pública y notoria su homosexualidad o simpatiza con la “cultura homosexual”. Y más aún si forma parte de una asociación de gays y lesbianas o decide unirse civilmente con otra persona de su mismo sexo. Entonces puede que se le nieguen algunos sacramentos, que no pueda realizar actividades pastorales y que se cuestione su vinculación con la Iglesia.

Lamento la crudeza de la exposición, pero la realidad es así. A pesar de todo, hay muchos homosexuales cristianos, autoaceptados y visibles, que vivimos las dos identidades en armonía, alegría y esperanza. Con dificultades, como todos los demás; pecando, como todos los demás, pero sin llevar fardos añadidos. Desde hace unas cuantas décadas han surgido en las iglesias cristianas diversos movimientos que viven y reivindican la compatibilidad entre la fe cristiana y otras formas distintas de sexualidad. En estos movimientos consideramos que es el Dios vivo el que nos da el ser y el pertenecer a la Iglesia, más allá de las estrechas reglas eclesiásticas sobre la sexualidad, el matrimonio y la familia. Consideramos que Dios tiene un proyecto humanizador universal, basado en el amor, y que nosotros formamos parte de él. En España muchos de estos grupos están integrados en asociaciones de gays y lesbianas y coordinados por el Área de Asuntos Religiosos de la Federación Española de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales. Entre sus componentes hay laicos con distintos grados de compromiso eclesial e, incluso, algunos sacerdotes.

Creemos que el Espíritu Santo, que actúa invisiblemente y suscita en todos la verdad y el bien, reconducirá la situación de los homosexuales en la Iglesia. Mientras tanto nosotros vivimos ya en plenitud nuestra condición de homosexuales y cristianos con la mirada puesta en Cristo Jesús.

Artículo completo en edición impresa. Pídela aquí