Y de repente, Teresa (Jesús Sánchez Adalid)

Evaristo Villar

1. “El domingo 3 de junio de 1576, de madrugada, una sublime procesión sale de la catedral de Sevilla. Amanece un día pletórico de luz y en la calle hay un alboroto inusitado. Se ve gente luciendo galas de fiesta, caballeros con buenos jubones y capas… las damas han sacado de los baúles sus vestidos suntuosos de primavera… que se ponen tradicionalmente para el oficio religioso y la procesión del Corpus Christi, y que esa misma tarde vuelven a guardar hasta el próximo año. El cortejo está ya delante del palacio del arzobispo, que sale acompañado por la clerecía y se sitúa detrás de la custodia de plata, en la que va el Santo Sacramento. Las campanas repican con solemnidad, en toque de gloria. Las autoridades se congregan custodiadas por soldados en uniforme de gala. Entre música, cohetes y nubes de incienso, todos avanzan en perfecto orden” (533)…

Si algún foráneo, ignorando lo que está ocurriendo, osa preguntar “¿qué está pasando si todavía no es el Corpus?”, la respuesta podría ser unánime: Don Cristóbal Rojas de Sandoval, arzobispo y máxima autoridad religiosa en Sevilla, solo sometido a la Suprema Inquisición, “va a llevar el Santo Sacramento al convento de las monjas carmelitas descalzas que ha fundado la madre Teresa de Jesús, y que hoy se inaugura en la calle Pajarería” (534)…

Días antes, fray Tomás Vázquez, ministro extraordinario de la Suprema Insumisión, por mandato expreso y en nombre del Gran Inquisidor de todas las Españas, don Gaspar de Quiroga y Vela, le había comunicado a la monja Teresa de Cepeda y Ahumada la sentencia absolutoria, dictada el 29 de abril de 1576 por el Consejo de la Suprema y General Inquisición.

Llegada la procesión al nuevo convento de las Carmelitas Descalzas, y colocado el Sacramento en el sagrario, el arzobispo “que ha rezado de hinojos frente al altar”, se dispone a marcharse. Entonces Teresa de Jesús va hacia él, se arrodilla y le pide la bendición. “Don Cristóbal la mira, con ojos vidriosos; la bendice y, acto seguido, hace algo del todo inesperado: la toma por los codos y la alza. Ella se resiste, humildemente, pero finalmente está de pie frente a él. Entonces el arzobispo, entre el pasmo de todas las miradas, se arrodilla ante la monja y pide a su vez la bendición (535)”.

Así acaba este caso que el Inquisidor General había resuelto siguiendo el informe del dominico P. Domingo Báñez, que, fiel a su máxima Bomum est faciendum et malum vitandum, concluía su informe con estas palabras: “Para poder juzgar justamente todo lo que le sucede a la madre Teresa y aquello que escribe en su Libro de la vida, deberemos tener en cuenta la cima alcanzada por ella cuando le llega el deseo de coger la pluma para llevar al papel lo que Dios ha hecho con ella: cómo ha sido su relación con él, es decir, cómo ha sido su oración… Ella no ha buscado nada por sí misma, nada para sí. Diríase que a estas alturas de su vida Dios mismo la ha avasallado. Sin quererlo, Teresa está viviendo momentos de extraño embeleso y enajenación. El misterio la cerca, la aprisiona y la saca fuera de sí. Pero todo esto sucede dichosamente… Quien no capte esto, quien no sea capaz de verlo con los ojos del alma, no podrá entrar en el misterio de la vida de Teresa… Al leer a Teresa de Jesús se siente uno invadido por un sentimiento que se agranda y crece: Él es el protagonista de su vida. Sin Él no hay historia, no hay vida” (444).

Conocida ya la sustancia de este libro, me parece interesante declarar en esta presentación otros aspectos que pueden ayudarnos a entrar mejor en la comprensión de la obra de Jesús Sánchez Adalid. En primer lugar, la elección de un tema tan frecuentemente ignorado en la vida de Teresa; luego, unas palabras sobre el género del relato; y, finalmente, algunas impresiones personales sobre el gran esfuerzo que ha hecho el autor para acercarse y acercarnos a una personalidad tan rica y singular como la de Teresa de Ávila.

 

2. Es de agradecer a Jesús Sánchez la brillante introducción que hace en el complejo contexto de la vida de Teresa de Jesús. El contexto no es otro que la convulsa situación política y religiosa del siglo XVI, el “siglo de oro español”. Con una población de unos 6 millones de habitantes, España está viviendo una enorme efervescencia en todas las dimensiones. Política y militarmente, con Carlos V y Felipe II, está envuelta en conflictos bélicos internos con los moriscos, en Europa con la guerra de los 30 años, con América Latina con la implantación de la colonización; culturalmente con el florecer de las letras (Miguel de Cervantes), la arquitectura (Juan de Herrera), las artes plásticas (el Greco), y en la música (Tomás Luis de Vitoria). En esta agitación política y cultural sobresalen los grandes contrastes económicos, como se advierte en la Celestina o el Lazarillo de Tormes: la riqueza de los grandes y la miseria que afecta a la mayoría social. Religiosamente la convulsión que levanta la Reforma de Martín Lutero y el humanismo antifanático de Erasmo de Rotterdam provoca la Contrarreforma en el campo católico que, desde el Concilio de Trento, se traduce en un exasperante control de la ortodoxia y un dirigismo asfixiante en las prácticas religiosas. El ambiente cerrado y reactivo contra toda apertura sospechosa de modernista recrea el mejor contexto para que surjan por todas partes alumbrados, iluminados y quietistas que acaban llevando a las personas a grandes aberraciones religiosas y sociales (pp. 107, 257). La jerarquía reacciona entonces con la Inquisición.

En este contexto cerrado, dominado por el miedo y la sospecha y sometido a la omnipotencia de la Inquisición, descubre el autor a Teresa de Ávila. Entre las muchas dimensiones de esta mujer extraordinaria que se van a poner de relieve durante la celebración del presente V Centenario de su nacimiento me parece un acierto de Jesús Sánchez haber centrado su obra en el lado “más peligroso” de la santa del Ávila, el que roza y desafía, sin pretenderlo, la ortodoxia oficial. Y en este envite, Teresa va a salir, de entre aquellas aguas enturbiadas por los éxtasis, las visiones y las revelaciones de mujeres y hombres deseosos de notoriedad y de poder, “como un río limpio”, en expresión del P. Báñez (p. 447). El autor introduce en su extenso relato a tres mujeres que, por su notoriedad y excentricismo, fueron siempre una amenaza para la honestidad de Teresa, dados sus orígenes judeoconversos (542): La frailesa (94), la Beata de Piedrahita y, sobre todo, Magdalena de la Cruz (pp. 128, 151, 207). Como hemos señalado antes, de todo esto sale Teresa muy airosa gracias a la extraordinaria defensa que hizo de ella y de su experiencia mística el dominico P. Báñez ante el Inquisidor General.

En un ambiente tan enrarecido como este, contrasta el gran temple y fortaleza de esta mujer, frecuentemente enferma, que está empeñada a llevar al Carmelo a la primitiva observancia, siguiendo la reforma franciscana de Cisneros (548). De su ingenio y gracejo quedan muy buenas anécdotas. “Sabed, padre, le dice a un franciscano cuando rondaba los 50 años, que en mi juventud me dirigían tres clases de cumplidos; decían que era inteligente, que era una santa y que era hermosa; en cuanto a hermosa, a la vista está; en cuanto a discreta, nunca me tuve por boba, en cuanto a santa, solo Dios sabe”. Y esta otra dirigida a fray Juan de la Miseria que le hizo el único retrato que se conserva: “¡Me habéis pintado fea y legañosa, Fray Juan, que Dios os lo perdone!”. En otra ocasión que estaba para firmar las escrituras de compra de un terreno para la fundación de Valladolid, el notario sopló al oído de su secretario: “Por un beso de esta mujer me daría por bien pagado”. Ella que lo oyó, le acercó la cara. El notario, sorprendido, se pregunta: “¿Qué quiere?”. “Que me bese”, dice ella con dominio de la situación. Así se hizo, y ante le azoramiento del notario, ella dice serenamente: “Nunca una escritura me ha resultado tan barata”. El juicio de Fray Luis de León es contundente: “Nadie la conversó que no se perdiese por ella” (p. 458).

 

3. El género literario en que nos presenta Jesús Sánchez su imagen de Teresa de Jesús es la novela histórica. “Desde el principio, dirá, tuve claro que no debía hacer una biografía, ni una novela biográfica, ni una historia novelada. Sería una novela histórica pura: un relato de ficción incrustado en un escenario histórico que se percibe como real y que tiene detrás, aunque de manera poco perceptible, una seria investigación” (p. 555). Se trata, pues, de una ficción basada en fuentes históricas y que pretende rellenar las lagunas, siempre existentes, desde el criterio de la verosimilitud.

Por otra parte, la obra pretende constituirse en puente que permita la llegada al pasado desde el interés del presente. Y esto me parece un gran acierto. Porque no cualquier acontecimiento del pasado resulta significativo para el presente. En esto la novela histórica juega con ventaja. No tiene por qué perderse en detalles biográficos que, siendo ciertos, carecen de interés para el momento que estamos viviendo. Hay hechos históricos que, por su riqueza, proyectan su luz más allá de su acontecimiento. Su proyección se alarga en la historia humana. Y, en esto, la figura de Teresa, desde esta dimensión de su rebeldía contra una realidad corrupta y su empeño en transformarla, aun a costa de levantar sospechas entre los guardianes de las esencias patrias, es un buen ejemplo para los días que estamos viviendo. De forma más camuflada, pero al fin y al cabo un parecido contexto sociorreligioso

—de control, autoritarismo, sospecha y miedo, discriminación de género, etc.— que le tocó vivir a Teresa se ha venido reproduciendo hasta nuestros días. ¿Llamarlo Santa Inquisición? Hasta hace bien poco todo eso se llamaba en la Iglesia Santo Oficio. No obstante, al lado de estas prácticas aberrantes, siempre surge la nobleza de una figura como la de Teresa y la de un honesto testigo como el Padre Domingo Báñez, capaces de señalar proféticamente por dónde va la verdad y la humanidad más auténtica.

4. No sería justo con el extremeño Jesús Sánchez, ­teólogo y jurista, profesor en el Centro Universitario Santa Ana de Almendralejo, si no dijera que su obra, en línea con toda su producción literaria, me deja un sabor de honestidad con la historia y de enorme creatividad en la ficción. De sincero apego y hasta de amor a la protagonista del relato. No en vano dice él que “esta novela ha supuesto para mí un intenso trabajo. Hasta ahora, el mayor esfuerzo de investigación y documentación que he hecho desde que empecé a escribir novelas” (555).

Pero también hay que agradecer a Jesús Sánchez su habilidad de relator que va integrando en una dicción clara y precisa el léxico y hasta el estilo de la época que recuenta. El contexto sociopolítico y cultural religioso que se descubre deja suficientemente claro el control absoluto que ejercía la “Santa” Inquisición sobre todas las instituciones y las vidas de las personas. Desde aquí se agranda más la figura de personas que, como Teresa de Jesús, supieron mantener su libertad de conciencia aun a costa de poder acabar en las mazmorras de la Inquisición o en la hoguera. Y esta libertad de conciencia la ve clarividentemente viva y encarnada Jesús Sánchez Adalid en Teresa de Ávila.

 

2015: nihil obstat. El fin de dos milenios de exclusión para elección de mujeres al episcopado

Miguel Ángel de Prada

El 16 de diciembre de 2014 fue noticia la elección de la mujer sacerdote Libby Lane para el episcopado de Stockport en el Reino Unido. ¿Por qué fue novedad informativa la elección de una mujer para obispa en la iglesia anglicana, si otras iglesias de la misma comunión anglicana han ordenado ya a 29 mujeres? Desde la década de los 70 en muchas de las 40 provincias de la iglesia anglicana, autónomas e interdependientes en comunión con el arzobispo de Canterbury, se ha ido aprobando la ordenación de mujeres tanto al sacerdocio como al episcopado. En todas se ha producido un gran debate doctrinal y legislativo desde entonces. La primera mujer promovida al episcopado fue Barbara Clementine Harris, en la diócesis de Massachusetts, EE.UU., en 1990, en la progresista iglesia episcopaliana, rama del anglicanismo, que también ordenó como obispo al primer sacerdote homosexual, Gene Robinson, o casó a dos mujeres sacerdotes lesbianas. En este caso no “obstat sexus” ni para el acceso de las mujeres ni para la ordenación de homosexuales. También en Nueva Zelanda, la primera obispa anglicana, Penny Jamieson, lo fue en 1990. Recientemente la primera mujer en acceder al episcopado de las 12 provincias anglicanas de África, Ellinah Ntombi Wamukoya, es obispa de Swazilandia desde julio de 2012. Incluso en la tradicional República de Irlanda, la rama irlandesa de la iglesia anglicana, minoritaria en la misma, se adelantó un año (diciembre de 2013) con la elección de Pat Storkey como obispa de la diócesis de Meath y Kidere, cerca de Dublín. El proceso parece imparable y ya en diciembre de 2014, un mes después de que el Sínodo general de la Iglesia de Inglaterra autorizara la ordenación de mujeres al obispado, con la modificación de la ley canónica, a partir de 2015, ha sido elegida la reverenda Libby Lane como obispa de Stockport. El cambio del proceso legislativo comenzó en el Sínodo de 2012 tras el voto en contra por 6 votos; sin embargo, en julio de 2014, el Sínodo general anglicano dio luz verde al principio de ordenación de mujeres al episcopado, y el Comité eclesiástico del Parlamento tramitó la legislación, que el 17 de noviembre ha recibido la sanción final. La ceremonia de consagración será en la catedral de York el 26 de enero de 2015. Han pasado 20 años desde la autorización para la ordenación de mujeres, 1994, y en 2010, por primera vez, se ordenaron más mujeres (290) que hombres (273) en la Iglesia de Inglaterra. El año 2015 se adivina clave porque hay varias sedes episcopales vacantes; sin duda conoceremos más nombramientos de mujeres.

¿Novedad o presentimiento para la iglesia católica? Entre el sí y el no

Las palabras del papa Francisco en la Evangelii Gaudium dejan claro que “es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia (…), se ha de garantizar la presencia de las mujeres también en el ámbito laboral y en los diversos lugares donde se toman las decisiones importantes, tanto en la Iglesia como en las estructuras sociales” (nº 103). Es el sí. Pero inmediatamente afirma que “El sacerdocio reservado a los varones, como signo de Cristo Esposo que se entrega en la Eucaristía, es una cuestión que no se pone en discusión, pero puede volverse particularmente conflictiva si se identifica demasiado la potestad sacramental con el poder” (nº 104). Es el no. Aunque continúa: “Aquí hay un desafío para los pastores y para los teólogos que podrán ayudar a reconocer mejor lo que esto implica con respecto al posible lugar de la mujer allí donde se toman decisiones importantes en los diversos ámbitos de la Iglesia“ (nº 104) En suma, y con bastante claridad: sí pero no, aunque tal vez…

Pensando las repercusiones

Podemos aventurar que pronto veremos mujeres que han accedido al episcopado en la tele, tanto en las noticias diarias como en las tertulias habituales. Será la normalización cultural del país. ¿Pero veremos mujeres en los puestos de responsabilidad eclesial en España? Tal como ha declarado Hilary Cotton, del Movimiento Mujeres e Iglesia del Reino Unido: “No se trata de llevar una túnica morada, sino de cambiar la cultura de la iglesia para que goce de equidad”.

Sin duda ya está abierta la guerra de denominaciones: mujeres sacerdotes, mujeres sacerdotisas; mujeres obispas, obispesas… La lucha por la apropiación de la denominación mostrará, como en cualquier otro ámbito de la vida social, un proceso de normalización lingüística que no se prevé corto en el país de los eufemismos.

El cambio contra la discriminación de la mujer en las iglesias, ¿vendrá de la mano del estado? Es lo que ha ocurrido en los países escandinavos, en donde los Parlamentos (Dinamarca, 1949, y Suecia, 1958) impusieron la normalización ciudadana para el acceso al episcopado. Ambos países son de tradición luterana. El caso de Suecia es paradigmático: los obispos luteranos en 1957 votaron contra la ordenación de mujeres como pastoras y obispas pero, dado que la ley sueca exige que la legislación eclesiástica pase tanto por la Asamblea eclesial como por el Parlamento nacional, éste obligó a impedir la discriminación por sexo. En 1958 la Asamblea eclesiástica aprobó la ordenación de mujeres y en 1960 fue ordenada la primera. La legislación también admitió la “cláusula de conciencia” para los obispos que no comulgaran con el cambio. En un proceso similar, ¿la iglesia española exigirá la separación de poderes para no verse obligada a prohibir la discriminación en su seno por motivo de sexo?; ¿el estado actuará para evitar la discriminación actual en la iglesia? En suma, ¿se derogará el “obstat sexus” o, de nuevo, “con la iglesia hemos topado”?. Por más que se insista en que el debate no deba iniciarse, no se podrá encerrar bajo “siete candados como el sepulcro del Cid” porque España no es diferente. El V Centenario del nacimiento de Teresa de Ávila podría suponer un impulso hacia la equidad en la Iglesia.

Hay mucho soplo de Teresa en esta aventura

Luis Sandalio

Cuando me pidieron hablar sobre nuestra comunidad y su inspiración teresiana me pareció un disparate. Luego me explicaron lo de actualizar el mensaje y la figura de Teresa y me entró curiosidad. Después me tropecé con mi propia ignorancia sobre la Santa (cuyo conocimiento me viene más por sintonía personal que por estudio) y me entró algo similar al pánico escénico, que sólo puedo vencer confiando en la generosa comprensión de los lectores y en mi asumida ignorancia: espero pues no desbarrar demasiado.

Muchas veces he reflexionado sobre el peligro y la tentación de hacer arqueología sobre los personajes históricos luminosos que brillan como estrellas por toda la eternidad. Y soy fiel seguidor de Matsuo Bashô que nos dio un precioso consejo:

“No sigas las huellas de los sabios del pasado. Busca lo que ellos buscaron”.

Y desde aquí sí que me encuentro más cómodo para hablar de nosotros, de Teresa y de lo que ella, que tantos impedimentos, persecuciones y polémicas padeció en su época, podría hacer y vivir hoy. Pero como el espacio es muy breve, tendré que sintetizar al máximo.

De nosotros, con humildad y sencillez (“humildad es andar en verdad” decía ella y no es fácil entenderlo bien); de ella con admiración y respeto a la maravillosa obra que el Sorprendente hizo en su vida; y de lo que sería si viviera hoy con mucho temor y temblor para no desatinar.

Mi primera experiencia con Teresa ocurrió a los 15 o 16 años cuando leí el libro de su Vida y me descolocó tanto desde los primeros capítulos que tuve que acudir a mi director espiritual que se quedó perplejo cuando le dije que no sabía rezar. Le expliqué lo que estaba leyendo y se tranquilizó mientras me decía, paternal y muy seguro, que ya aprendería “eso” cuando fuera mayor.

Afortunadamente yo no me tranquilicé. Y desde entonces Teresa fue mi gran pedagoga en esto de ensimismarme hasta la hondura por donde mana Dios. Precisamente este año, que aún no ha acabado, he publicado un libro1 que habla desde nuestra propia experiencia, de unos pocos amigos que, en medio de un mundo hostil, reseco y tremendamente injusto, buscan el manantial, con la necesidad y el empeño de que hablaba Teresa:

“Ahora pues, tornando a los que quieren beber de esta agua de vida y quieren caminar hasta llegar a la mesma fuente… digo que importa mucho y el todo… una gran y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabaje lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera me muera en el camino, o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo…”2.

Y además este libro tiene una guía para comentarlo juntos desde la experiencia personal; pues leer en grupo es mucho más que comprender un libro. Se trata de formar grupitos que compartan la experiencia de buscar el manantial, lo cual puede ser al mismo tiempo un camino hacia la comunidad. Creo, humildemente, que hay mucho soplo de Teresa en esta aventura.

Después vino la comunidad. Quise hacerme carmelita; pero los planes de Dios iban por otros caminos. Sin embargo allí aprendí a conocerla mejor. Es por eso que puedo decir sin rubor que si ella viviera en nuestros días, se rodearía de letrados (a poder ser con espíritu), estudiosos del Jesús histórico, el de Nazaret, su gran amor. ¿Por qué? Porque cada vez vemos más necesario re-conocer y difundir la figura de Jesús sin apropiárnosla ni desfigurarla. Todavía sigue siendo un gran desconocido, a pesar de todos los expertos que creen saberlo todo y más sobre él.

También allí aprendí que en tiempos tan difíciles “son menester amigos fuertes de Dios”. Y después lo experimenté. No porque nos haya tocado vivir grandes calamidades (que a otros muchísimos sí); sino porque quisimos vivir con aquellos que las pasan. De ahí nuestra primera comunidad en Castro Urdiales (Cantabria) acogiendo transeúntes, mendigos e iniciándonos en el trabajo con presos y con personas que quieren desarrollar una espiritualidad de plenitud.

Este grupo, como entendía Teresa, no tiene que ser numeroso ni basar su eficacia en la cantidad, sino en la autenticidad y fidelidad al Espíritu y al plan de Dios. Ella decía que tenía que ser “gente escogida”, pero no con criterios humanos, sino con los de Dios. Quienes nos conocen se asombran de ver cómo Santi, un ganadero de toda la vida que no piensa en la jubilación, además de ser discípulo de Teresa, es nuestro mejor terapeuta con los muy complicados casos que nos llegan al “taller de reparación” (Kropotkin, que hablaba de los campesinos acogedores de enfermos mentales, le daría sin duda un medalla y S. Freud dos. Nosotros, más sencillos, nos hacemos apadrinar unas veces por Teresa y otras por Juan de Dios.)

Y hablando del plan de Dios, que nos suele dar pistas a través de los signos de los tiempos, es cierto que a Teresa, cual rosa de los vientos adversos, le afectó la terrible encrucijada de moros, infieles, judíos y herejes. Y lo mismo que en su casa paterna descubrió la gran piedad de su padre con una esclava mora (propiedad de un tío de Teresa) a la que trataba como a hija y cristiana, nosotros tenemos la casa abierta a toda clase de gentes y creencias, de los que aprendemos siempre, y en estos más de treinta años han pasado por ella gentes de los cinco continentes. De igual manera estamos abiertos a la colaboración con otras asociaciones y proyectos. Reyes está en el “Teléfono de la Esperanza” y todos los de casa colaboramos con la “Federación niños del mundo” en la parte más pesada, cuando toca cargar contenedores.

Y lo mismo que Teresa, cuyos hermanos todos “hicieron las ámericas” (uno de los cuales, Rodrigo, murió a manos de los indios en el Río de la Plata), supo cambiar de ideas y aleccionada por Fr. Alonso de Maldonado se hizo consciente del genocidio que los españoles, que se decían cristianos, ejecutaban con los indios y pudo escribir:

“no sé muchas veces qué decir, sino que somos peores que bestias…”3.

nosotros también tenemos que reconocer que hemos tenido que limpiarnos de muchos prejuicios y buscar informaciones, que los medios de comunicación sometidos al poder del dinero arteramente ocultan, para hacernos una idea más correcta del mundo que nos ha tocado vivir y de quienes lo enturbian y encanallan. Estoy convencido de que si Teresa viviera en nuestro tiempo, además de teología, estudiaría política y economía e iría de la mano –uniendo acción y contemplación- con su tocaya la Forcades.

Es desde esta dimensión comprometida y militante de donde nacen nuestros videos didácticos sobre la crisis4 y nuestra EXPOCARCEL ITINERANTE5.

Y lo mismo que Teresa fue testigo de la ruptura de Europa y de la Iglesia por las connotaciones políticas y religiosas de la reforma protestante y de aquí sacó la motivación profunda para, a pesar de todas las contradicciones de las autoridades pertinentes (el nuncio hablaba de ella como “fémina inquieta, andariega, desobediente y contumaz, que a título de devoción inventaba malas doctrinas…”), hacer lo que en ella estaba a pesar de ser mujer y ruin… con esa valentía reforzada y asentada en los sólidos cimientos de una experiencia espiritual que iba dirigiendo sorprendentemente sus pasos; digo que igual que ella supo abrir caminos de renovación para su época, también nosotros sentimos la necesidad y la urgente tarea de renovar la nuestra.

Y creemos que el camino actual pasa por desarrollar un pluralismo religioso basado sobre todo en la experiencia espiritual; pero ayudada por los estudios teológicos que purifiquen a las distintas religiones (incluida la nuestra) de sus virus y enfermedades crónicas, algunas mortales (todavía en pleno siglo XXI hay personas que se suicidan y que matan en nombre de Dios). Y basado también en el compromiso con los pueblos marginados. Pero sin olvidar la denuncia clara de los poderes financieros y la estrategia geopolítica de las potencias que se han empeñado en “comerse el mundo” como si de una hamburguesa se tratara.

Y como noto que me estoy inflando, tal vez excesivamente, en asuntos de grave importancia en los que no podemos influir todo lo que quisiéramos, aterrizo en nuestra vida limitada y sencilla con una anécdota bien reciente y finalizo así este encargo que, al menos a mí, me ha servido para dar gracias al que tantísimas ha derramado sobre nosotros.

Hoy, 24 de diciembre, mientras escribo esto desde una ermita solitaria, recuerdo el tema que el domingo pasado tocábamos en la cárcel de El Dueso, a cuya reunión semanal acuden encantados también musulmanes y gente sin religión o que no saben.

Comentábamos el verso de P. Casaldáliga: “¿Por qué ha de ser sólo nuestra tu Navidad?”. Y creo que, porque entendemos esto, que la navidad es la preferencia de Dios por los más pobres y pequeños, y su hacerse entender por ellos sin preguntarles si van o no y a qué templo, nuestra casa se abre a hermanos de todos los países y creencias. Y este domingo un rumano jovencísimo nos entregaba una carta de la que entresaco: “Se que este año ha sido muÿ duro, ÿ me he apretado los dientes al maximo, ÿ ahora solo me queda recibir la Navidad con esperanza (…) y quero agradeseros con todo mi corazon por todo lo que habeis echo por mÿ, ÿ quero que sepais que no voÿ a olvidarlo nunca ÿ una cosa mas con vosotros he aprendido que la fe hace que todo sea posible”.

Gracias también a vosotros, amigos lectores, por vuestra ­paciencia.

……………………………..

1 El Pueblo Pozos Secos. 2014. edición propia (pedidos: 942555699).

2 Camino, 35,2

3 Carta a su hermano Lorenzo de Cepeda. 17 enero 1570.

4 https://www.youtube.com/channel/UCHujR74ms47NHBR1TC02crw

5 https://www.youtube.com/watch?v=vwFCmulPNPU

Exposición para dar a conocer a la gente de la calle de todas las edades la realidad de la cárcel, su  necesaria reforma y otras alternativas que habría que poner en marcha.

Hacia una mística interreligiosa comprometida con la justicia, desde Lavapiés

Pepa Torres, Maite Zabalza, María Sierra Carrero

Desde hace más de seis años un miércoles al mes nos reunimos un grupo de amigos y amigas musulmanes y cristianos que nos hemos conocido en luchas comunes contra las políticas de fronteras. La primera vez que lo hicimos fue con motivo de una lucha contra la deportación de un grupo de bangladeshís escondidos en los montes de Ceuta. Desde los colectivos en los que participábamos entonces: La Asociación sin Papeles y Ferrocarril Clandestino, colectivos aconfesionales y de carácter laico, estábamos preparando dos encierros dentro de la campaña “No en nuestro nombre impidamos la deportación“ y al salir de una de las asambleas un amigo musulmán nos propuso que por qué no nos juntábamos los creyentes para orar juntos con el Corán y el Evangelio y coger fuerza y “paz” para prepararnos para el encierro. Así lo hicimos. Nos reunimos en nuestra casa un grupo de seis personas en torno al Corán y la Biblia, invocando a AR-RAFAT: “El que nos sustenta”, uno de los 99 nombres de Allah, y un pasaje del Evangelio que interiormente nos conectara con esta experiencia. Y así, desde entonces, nos venimos juntando, cada miércoles por la noche, para orar y compartir la mesa en torno a hechos concretos vividos en común o experiencias vitales intensas: la muerte de algún familiar, el nacimiento de un hijo, la liberación de alguien del CIE, la amistad y compromisos que nos unen, etc.

Ahora somos un grupo diverso y con cierta estabilidad. Es una experiencia de mística interreligiosa que ha brotado desde el diálogo de la vida y el compromiso con la justicia desde el entorno de nuestro barrio. Hace un año, “con temor y temblor”, nos atrevimos a dar un paso más: intentar hacer juntos y juntas una lectura creyente desde el ver, juzgar y actuar, ante un hecho de gran preocupación para nuestra convivencia, como fue la amenaza de una manifestación xenófoba que un grupo de ultraderecha convocó en Lavapiés, tras el intento fallido de quemar la sede de SOS Racismo en el barrio. La metodología que utilizamos fue una versión modificada de la revisión de vida. aunque en el Juzgar introducimos de forma conjunta algunos textos del Corán y del Evangelio. Fue una experiencia preciosa que nos ayudó a pasar del temor a la conciencia clara de participación e implicación, a encontrar juntos la forma conveniente de situarnos en los colectivos con propuestas de autodefensa no violentas y donde los y las migrantes sin papeles corrieran el menos riesgo posible.

Esta misma experiencia de búsqueda y de intentar leer creyentemente la vida desde nuestras tradiciones espirituales, sin buscar recetas, sino a encarar la complejidad de lo real, es lo que nos movió también más recientemente a hacer una lectura creyente de los atentados de París. Nos juntamos cerca de treinta personas musulmanes de origen africano y asiático y también cristianos latinoamericanos, cameruneses, españoles y una austriaca. Iniciamos la oración con el saludo musulmán: salam aleikum y la canción de Jorge Drexler: “yo soy un moro judío que vive con los cristianos“.

Nuestro VER se centró en lo que cada uno conocíamos del hecho y los sentimientos que nos inspiraba. Algunos de los aspectos que se resaltaron fueron: Doce muertos en un ataque contra el semanario francés que publicó las viñetas de Mahoma; Asalto a un supermercado judío, y muerte de 4 rehenes; Un joven musulmán de Malí salva la vida de 6 rehenes; Más de 50 ataques racistas próximos a mezquitas; Declaraciones contra la violencia de los líderes europeos y líderes de Mezquitas; Manifestación en París y cadena de políticos europeos; Tirada de 3 millones de ejemplares de la revista satírica tras el brutal atentado.

Para el JUZGAR nos ayudamos de algunas ideas tomadas de una reflexión de Felicísimo Martínez sobre el atentado titulada “Tiene que haber algo más”, y “Ocho apuntes de urgencia sobre el atentado”, de P. Honrubia y del sexto nombre de Allah, según el Islam: AS-Salam (Dador de Paz) y el encuentro de Jesús con la mujer samaritana.

En el compartir vamos coincidiendo en que:

Las religiones son un pretexto y los factores que están tras de estos hechos son económicos.

La identificación entre Islam y terrorismo es interesada.

La religión más poderosa y perversa es el capitalismo y su ­ideal de lo humano: varón, blanco, occidental y rico.

El desprecio y repliegue de las políticas de integración en Europa que genera ciudadanos de segunda y tercera categoría y el malestar de las segundas y terceras generaciones en países como Francia.

Todos los muertos no valen lo mismo, ni tampoco la libertad de expresión en todos los ­países del mundo.

A Europa sólo le duele lo que le afecta a ella misma. Está enferma de egolatría. Pero hay también otra Europa, que no es la de los políticos ni sus leyes: la del mestizaje y la de los colectivos que luchan contra las fronteras y por otro mundo posible.

La libertad de expresión tiene un límite: el respeto al otro.

Las consecuencias de estos hechos van a afectarnos mucho en la convivencia en los barrios multiculturales: policialización, recortes de libertades, vulneración de derechos humanos en nombre de la seguridad, coartada perfecta para endurecer aún más la represión y violencia en la frontera Sur (Ceuta y Melilla).

Nos adentramos en el ACTUAR recitando juntos el salmo sufì de Yunus Enre: “Con quienes aman la justicia, te llamaré, Señor, a ti”, e intentamos concretar nuestro compromiso ante esta realidad y sus consecuencias. Nuestro compartir fue en la línea de:

Seguir cuidando espacios de reflexión crítica y de compartir entre creyentes de distintas religiones o de “ninguna” y los hechos de la realidad social y política.

Defendernos juntos de las leyes injustas y los controles de identidad que se van a multiplicar en nuestro barrio.

No responder con violencia a la violencia y a la xenofobia institucional existente: exclusión sanitaria, racismo, etc., sino con el poder y la fuerza que nos da estar juntos, hacer asesorías colectivas, etc.

Abrirnos a las costumbres del país donde vivimos, convivir juntos, conocer mejor nuestras tradiciones culturales y espirituales.

Liberarnos de prejuicios y estereotipos. Vivir “mezclándonos”, siendo amigos, compañeros, aprender juntos…

Propagar estas ideas entre la gente.

Finalmente terminamos partiendo un pan marroquí y comiéndonoslo juntos mientras tararemos la canción “Todo va a ir bien” de Luis Guitarra y nos damos el abrazo de la Paz, Inshallah.

La lengua en pedazos, de Juan Mayorga

Juanjo Sánchez

“’La singularidad es subversiva’, decía Edmond Jabès. Recuerdo esas palabras –escribe Mayorga en “Espiritualidad y subversión”- cada vez que pienso en Teresa de Jesús. Nos han acostumbrado a verla como centinela de un cierto orden, pero basta abrir sus escritos y recordar el modo en que levantó sus fundaciones para reconocer en ella a una insurrecta…

Mujer contemplativa y mujer de acción, no hay en Teresa brecha entre la visionaria y la fundadora de monasterios. En Teresa la oración es acción, y cada acto es un modo de orar. Ambos están atravesados por el amor. Y ese amor hace de Teresa una subversiva que desestabiliza espíritus, pone en crisis instituciones y divide sociedades.

Teresa se nos aparece como personaje a contracorriente, intempestivo en su propio tiempo y en el nuestro. Por eso mismo es Teresa necesaria. Su interés -¿hace falta decirlo?- no depende de la creencia. Como Francisco Brines sobre Juan de la Cruz, pienso sobre Teresa que un ateo, aunque no crea en su mística, puede sentirse fascinado por el ser humano que se apoya en ella. Y puede y debe sentirse interpelado por ese ser humano…

Ganar para el teatro (su) palabra y el personaje que la acuñó fue mi primer objetivo en La lengua en pedazos. Me propuse arraigar palabra y personaje en una situación ficticia pero verosímil en cuyo centro estuviese el grave gesto de la todavía monja de la Encarnación de abrir, con gran riesgo para sí y para las que la seguían, el monasterio de San José: la primera de sus fundaciones.

Entonces apareció, en mi fantasía, el Inquisidor. Que fue creciendo hasta convertirse en el otro de Teresa, su doble: aquel con quien ella estaba destinada a encontrarse y a medirse. El Inquisidor acorrala a la monja con incómodas preguntas, la enfrenta a momentos de su vida que acaso ella querría olvidar y prende en su corazón la duda, que, como todo en Teresa, es un incendio. Y poco a poco en el diálogo entre ambos personajes va apareciendo un tercero: la lengua misma, que transforma vidas y hace y deshace mundos.

La pelea tiene lugar en la cocina del convento. Allí, “entre pucheros, anda Dios.”

La lengua en pedazos. Es el primer texto –escribe el autor en la presentación de su obra completa Teatro 1989-2014 (La Uña Rota, Madrid 2014) en El País 17-05-2014 que, además de escribir, yo mismo he puesto en escena. Lo he hecho con una compañía que llamamos La Loca de la Casa, tal como dicen que Teresa de Jesús nombraba la imaginación. Al igual que otras piezas mías, tiene forma de duelo en que se enfrentan dos personajes que, más que antagonistas, son cada uno el fantasma –el doble, el ángel demonio- del otro. Más allá de las oposiciones hombre/mujer y guardián de la Iglesia/monja desobediente, el Inquisidor es el sueño –la pesadilla de Teresa tanto como ella lo es de aquél-. Finalmente, cada uno es un ser humano que lucha consigo mismo a la búsqueda de sentido, esto es, a la búsqueda de una respuesta a la pregunta: ¿por qué vivir? La lengua es el espacio de ese combate al cabo del cual quedará dividida, herida, definitivamente abierta”.

La lengua en pedazos

Cocina del monasterio de San José

Inquisidor: “Entre pucheros anda Dios”. Se os atribuye tan curiosa sentencia. Es justo que nos encontremos aquí, entre pucheros. Porque de él se trata. ¿Sabéis quién soy?

Teresa: Sé quién sois.

Inquisidor: Entonces también sabéis por qué estoy aquí.

Teresa: Eso no lo sé.

Silencio…

Inquisidor: Veintisiete años hace que tomasteis hábito. Durante lo más de ese tiempo, tuvisteis el amor de vuestras hermanas de la Encarnación. Nadie temía que vinieseis a ser causa de controversia. Mas de un tiempo acá, desafiando a vuestra madre priora, a vuestro confesor y al provincial de vuestra orden, con otras que habéis arrastrado a vuestra parte, hacéis trato de fundar esta casa que llamáis monasterio de San José. Ya no os parece bastante buena la casa de la Encarnación, ya no os sirve para servir a Dios. Lo que habéis hecho divide a vuestras hermanas y causa escándalo en la ciudad…

He indagado cómo se ha hecho esta casa.

Con lo que tengo sabido, me sobran razones para deshacerla. No es eso, sin embargo, lo que quiero.

Quiero que vos misma cerréis la casa…

Si vos no cerráis esta casa rebelde, seré yo quien lo haga…

Teresa: Se hizo esta casa porque el  Señor lo mandó y solo se deshará si él lo manda…

………….

……………………

Inquisidor: De lo que no se puede hablar, más vale callar. Las palabras ni siquiera son sombras de aquellas cosas. Si la lengua dijera verdad sobre el cielo o el infierno, se rompería en pedazos… Querríamos llegar al borde de esta lengua y saltar y hablar desde el otro lado. Pero al otro lado, para nosotros solo hay silencio.

Teresa: No fue castigo, sino merced. Dándome a ver por vista de ojo de qué me libra su misericordia, me enseñó a perder el miedo en esta vida.

Ver aquel secreto llenó mi espíritu de desasosiego. Desasosiego de Dios, que había dado vuelta a mi corazón…

Inquisidor: Y no bastando la Encarnación para contener tanto desasosiego, abrís esta casa con que desasosegáis a vuestras hermanas…

Teresa: Las que os piden que me echéis en cárcel, ésas no me conocen…

Las que dicen que obro para ser nombrada, ésas me condenan sin culpa…

Inquisidor: Y… que escandalizáis al pueblo…

Teresa: No deseo teneros contra mí, pero no faltaré a la verdad para teneros a mi lado… No busco agradar a todo el mundo, sino solo a él, pues solo a él estoy obligada.

Sé que todos esos hombres que habéis nombrado y muchos más se nos han puesto enfrente. Espanta tanta fuerza contra unas pobres mujeres…

Yo tengo pena de la persecución que sufren quienes nos ayudan. De la que nosotras hayamos de pasar, de esa huelgo…

…………..

…………………….

Inquisidor: Nada os impide vivir en la Encarnación tan pobre como querais. ¿Por qué hacer que otras padezcan lo que vos?

Teresa: … Aquí todas sabemos los cuidados que trae tener propio y la riqueza que está en la pobreza. En esta casa ha de haber la pobreza de la cruz…

Inquisidor: Una guerra entre descalzos y calzados, ¿eso queréis abrir en el Carmelo? ¿Una guerra en la Iglesia entre calzados y descalzos?…

Teresa: Convento, Iglesia, mundo han de ser casa de iguales, como iguales nos hace a todos el bautismo.

En la Encarnación hay monjas que pagan celda grande y criadas, y hasta esclavas. Esas señoras me enseñaron lo poco en que se ha de tener el señorío. Miente el mundo llamando señor al que es esclavo de mil cosas. No habrá señoras en San José. “Entre pucheros anda Dios” también significa que todas trabajaremos en lo que podamos.

En la alegría que aquí vivimos se ve ser eso lo que conviene… El Señor, no yo, escoge las almas que trae a esta casa… No es nuestra lengua sino hablar de Dios, y no entendemos ni nos entiende sino quien la misma hable.

Inquisidor: ¿No os enseñaron a medir las palabras antes de llevarlas a la boca? Las vuestras suenan a utopía, a re pública de mujeres, a disparate…

Teresa: Nuestras vidas solo deseamos que el Señor nos ofrezca en qué perderlas. Todo se gana en perderlo por él.

……………..

………………………….

Inquisidor: ¿Qué palabras se dicen entre estos muros? ¿Qué palabras se leen? No dejaré que esta pequeña casa se haga pilar de un gran cisma. He aprendido que la mística es disfraz que suele tomar la subversión. A menudo se llama espíritu a lo que es desorden.

Teresa: A veces se llama desorden a lo que es espíritu.

……………

……………………….

Inquisidor: Si vos, con las que con vos están, volvéis ahora a la Encarnación, yo haré que os reciban y que lo hecho se olvide.

Teresa: Lo hecho nunca ha de olvidarse.

…………

…………………….

Inquisidor: ¿Nunca dudáis, Teresa? Yo sé que dudáis. Cada instante dudáis…

Teresa: Que dudo, decís. Que dudo cada instante… Si miro esta casa, me da contento haberlo contentado… Mas al poco viene el demonio a revolverme. Dice, riendo, que todo ha sido astucia suya para robarme el alma… La fe queda entonces suspendida y yo sin fuerza para defenderme de sus golpes, y en el alma la oscuridad más honda.

… No hay contento sin mudanza. Tan pronto no me cambiara por ninguno como no sé qué hacer de mí. Y el único que podría socorrerme, ahora se me oculta.

Dios se esconde al alma y hace al alma no saber de sí.

¿Dónde estás? ¿Por qué me dejas sola? ¿O es que estuve sola siempre? ¿Quién soy, si siempre estuve sola?

Dudo, sí, dudo cada instante…

… Dolor del espíritu que corta el cuerpo.

Y la lengua, en pedazos, se niega a dar palabras.

… La lengua está en pedazos y es solo el amor el que habla.

Pero nadie puede hablar de ello.

Es mejor no decir más”.

 

Las tensiones sirven para abrir nuevos caminos. Informe final sobre las religiosas de EE.UU.

Isabel Gómez Acebo

El cardenal Braz de Aviz y Mons. José Rodríguez Carballo, ofm, presentaron en Roma el informe final de la Visita Apostólica sobre las religiosas de los Estados Unidos. El informe es una descripción de la situación actual de las religiosas en la nación norteamericana -unas 50.000; eran 125.000 a mediados de los 60, y con una media de 70 años-. En total se han visitado 341 institutos a los que pertenecen estas 50.000 religiosas.

La madre María Clara Millea, ascj., japonesa, como Visitadora Apostólica, lo ha llevado a cabo con un sistema de  “entrevista de hermana a hermana“ para facilitar el diálogo, siguiendo el modelo de la visita que la Virgen María hizo a su prima Isabel. El Informe asegura que las religiosas tienen un gran aprecio por el carisma de sus fundadores y por la historia de sus Institutos y Congregaciones, después de constatar que la vida religiosa femenina en Estados Unidos sufre una crisis vocacional, palpable en la mayor parte de las congregaciones. Se da la circunstancia de que las vocaciones que surgen son de mujeres que desean recibir una mayor formación espiritual.

El texto advierte que es necesaria la implicación de la Iglesia en el fomento de nuevas vocaciones, aunque reconoce que algunas Congregaciones han suspendido sus esfuerzos para lograr nuevas novicias.

La relación entre las religiosas y obispos recibe también una atención prioritaria en el informe. Se apela a la voluntad del papa Francisco de actualizar el documento Mutuae Relationes sobre dicha materia. Se pide a las religiosas aceptar el deseo de la Iglesia de desarrollar un diálogo honesto y fructífero. Se afirma que las tensiones están siempre presentes allí donde hay vida genuina y no deben interpretarse como hostilidad sino como una oportunidad para la reflexión teológica que abra nuevos caminos a la presencia de la vida de las religiosas en el seno de la Iglesia.

 

NUNCA ES TARDE SI LA DICHA ES BUENA

Al fin, tras cinco años de sufrimiento, angustia y confrontación entre el Vaticano y las congregaciones religiosas norteamericanas se ha hecho la luz y se han levantado las espadas que estaban en alto. Tengo la impresión de que la figura del papa Francisco y los nuevos nombramientos al frente de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada, el cardenal Joao Braz de Aviz (que nunca se mostró a favor de la forma en la que se había llevado la visitación) y el secretario Rodriguez Carballo han tenido influencia en los nuevos modos. Los tres siguen la línea que marcó el Concilio Vaticano II y que es radicalmente distinta de la de su predecesor en el cargo, el cardenal Rodé, muy restauracionista.

El hecho de que el informe sobre la visitación se haya hecho con seis personas, tres hombres y tres mujeres, tras la mesa presidencial, ya dice mucho. Sobre todo porque dos de las mujeres eran Sharon Holland, representante de la LCWR, un grupo de religiosas que suma el 80% del total, y Agnes Mary Donovan, presidenta de CMSWR, que supone el otro 20%, en su mayoría contemplativas. La tercera era aún más significativa, pues era la religiosa Clare Millea, a la que Roma había encargado que llevara a cabo la famosa visitación. Cuando le tocó hablar, en un momento dado, se le quebró la voz y casi se echó a llorar, una demostración de lo duro que había sido para su persona el cargo que había asumido por obediencia.

Aparte de la emoción esta mujer tuvo la valentía de defender a las religiosas y órdenes que se habían opuesto a la investigación. Hace falta mucho valor, dijo, para resistirse a un poder omnímodo que te puede cambiar la vida pero es un camino necesario que hay que seguir si es el que te pide tu conciencia.

La idea inicial era que las monjas no conocieran el resultado de la investigación, una práctica horrible que ha seguido el Vaticano con frecuencia pero que, en este caso, ha marcado un antes y un después, ya que cada congregación podrá tener acceso al documento.

Ya no se mencionan las condenas de que las religiosas habían caído en el “feminismo radical”, un cajón de sastre que sirve para condenar las legítimas demandas de las mujeres, y en el “secularismo”, posiblemente porque a Roma le parecía mal que algunas monjas se unieran a las protestas contra la guerra, el trato a los emigrantes… Se ha pasado de puntillas sobre dos palabras muy favorecidas por los documentos vaticanos, el tema de la “complementariedad sexual” y el “genio de las mujeres” porque, al fin y al cabo, nos colocaba como el “otro”, inferior frente al varón que es la norma. Los dos sexos tenemos la misma dignidad que nos ha sido conferida por el bautismo, y los diferentes dones o carismas que ostentamos en la Iglesia nos son dados por el Espíritu y no por patrones de sexo o raza.

Empezaba el título de esta entrada con “Nunca es tarde si la dicha es buena”. Es cierto que ha cesado el clima de confrontación con lo que es positivo, pero el dolor queda y los responsables tienen que darse muchos golpes de pecho por el daño inflingido. Si esta triste historia vale para que se instaure un auténtico espíritu de colegialidad, fraternidad y cooperación en la evangelización entre todos los cristianos, algún fruto se habrá conseguido. Serán los consabidos renglones torcidos de Dios.

PREMIO A LAS RELIOSAS NORTEAMERICANAS – LCWR

 

Las monjas estadounidenses recibieron el premio “Herbert Haag” 2013. El premio les fue entregado como reconocimiento por su compromiso a favor de los pobres, de los sectores marginados y débiles de la sociedad “y por la reflexión sobre los signos de los tiempos a la luz del Concilio Vaticano II”, por lo que las monjas se han convertido en “un pilar” de la Iglesia estadounidense.

La Fundación del premio indica que “las acusaciones no han tenido fundamento y representan el resultado de un proceso de investigación que no tiene transparencia”. Además, añade que “muchos católicos, sobre todo en los Estados Unidos, han visto la intervención de la Congregación para la Doctrina de la Fe como algo escandaloso”. Ahora llega el premio de la Fundación Herbert Haag por la libertad en la Iglesia. Este reconocimiento pretende honrar la memoria del ­teólogo Haag (1915-2001), insigne biblista y reputado profesor en Tubinga.

 

La mística de ojos abiertos

Javier Melloni

La mística tiene que ver con el desplegarse de todos los sentidos en una creciente captación y entrega a lo real. Por ello no deja de ser una redundancia hablar de una mística de los ojos abiertos, porque una mística que los cerrara y que llevara al retraimiento no sería ningún camino verdadero. Pero también es cierto que comprendemos lo que se desea acentuar cuando así se especifica, porque no todas las místicas tienen la misma orientación.

Johann Baptist Metz presentó precisamente su último libro bajo este título: Por una mística de los ojos abiertos (Herder, 2013). En esta obra recoge cuanto podía esperarse de una voz que durante décadas ha recordado lo ineludible del compromiso histórico, particularmente con los más desfavorecidos, para quien quiera seguir el camino cristiano. En las últimas décadas son muchos los que han encarnado y siguen encarnando un modo de estar presentes en la realidad política y social nutrida por la mirada interior: Gandhi se entregó a la lucha no-violenta por la emancipación de su país y de los descastados; Dag Hammarskjöld creó una nueva conciencia en la cooperación internacional desde su cargo como Secretario General de las Naciones Unidas; Martin Luther King dio su vida por lograr la igualdad de derechos entre blancos y negros norteamericanos; Ignacio Ellacuría y compañeros cargaron con la responsabilidad de hacer de mediadores en la realidad de Centroamérica; la comunidad trapense de Tibhirine permaneció hasta el final en tierra islámica apostando por el diálogo interreligioso; Pedro Casaldáliga sigue siendo bardo y profeta en la selva de la Amazonía; Leonardo Boff y todo el grupo brasileño (Frai Betto, etcétera.) siguen inspirándonos con sus mensajes comprometidos por el cuidado de la tierra. Todo ello son ejemplos visibles de la fecundidad de tener los ojos abiertos hacia dentro y hacia fuera al mismo tiempo, poniendo los acentos que a cada cual le tocan vivir.

El reto que se presenta a nuestro tiempo es que la mirada hacia lo interior no se evada de la complejidad de nuestro mundo, así como la mirada hacia lo exterior no suponga un descuido del cultivo de lo interior. Nuestra tendencia por uno de los polos hace que tengamos desconfianza y reticencias respecto a los que están decantados por el otro. Acabamos de mencionar algunos referentes que ilustran lo fecunda que es una vida cuando está iluminada por esta doble visión.

Por otro lado, hablar de una mística de los ojos abiertos en el contexto del quinto centenario del nacimiento de Teresa de Jesús es hablar de ella misma, porque fue una mujer ciertamente despierta. Pero fue despierta porque despertó a algo mayor que sí misma. No bastaba con que tuviera un carácter vivaz, que lo tenía, sino que se le abrió una mirada interior que le permitió ver y vivir de otro modo. La reforma del Carmelo brota de una hondura y apertura que potenciaron lo mejor de su personalidad. La lucidez, libertad y valentía que nacieron de ahí la llevaron a la reforma de su orden religiosa. Cada cual ha de escuchar a qué reforma se le convoca. Colectivamente, lo que está en juego es una transformación de la sociedad entera, hacia ese otro mundo posible que se hace real cuando hay suficientes miradas lúcidas y vidas comprometidas para cambiar el estado actual de las cosas.

Cultivar la mirada interior para disponer la mirada exterior

Antes de referirme a lo que conviene mirar, me gustaría aclarar que el cerrar los ojos de la práctica meditativa es para abrir el ojo interior. El caer de los párpados indica el necesario apartamiento de la inmediatez para poder mirar la realidad con mayor perspectiva. Es inadecuada la comparación que se hace a veces entre Cristo muriendo en la cruz con los ojos y brazos abiertos ante el dolor del mundo y el Buda con los ojos cerrados y meditando como si se quisiera evadir del sufrimiento y del mundo. En verdad, son dos modos de estar presentes en y para el mundo: uno solidarizándose con el dolor y clamando junto con los que sufren, mientras que el otro enseña a transformarlo mediante el estado meditativo. El episodio del Éxodo en el que Moisés ora desde lo alto con las manos extendidas mientras Josué lucha en el llano (Ex 17,8-12) es otra expresión de cómo esos dos modos de estar presente son necesarios y que es importante saber cuándo es tiempo para cada uno: estar codo a codo en la trinchera y tomar distancia para poder mirar con perspectiva.

Hace algunos años un compañero jesuita que llevaba mucho tiempo en el altiplano boliviano entre los aymaras me comunicó una experiencia que vale la pena transmitir. Una mañana se acercó a uno de los poblados para consultar con uno de los ancianos un asunto de importancia. Le dijeron que don Genaro estaba ausente pero que regresaría más tarde. Al cabo de unas horas, mi compañero volvió a preguntar por él y le dijeron que todavía no había regresado. Volvió por tercera vez al final del día, pero todavía no había llegado. Mi compañero preguntó esta vez con impaciencia:

­– ¿Se puede saber dónde está?

Uno de los ancianos que estaba presente le indicó con el dedo una pequeña figura blanca en lo alto de un cerro.

– Ahí está don Genaro.

– ¿Y qué está haciendo?

– Está llenándose de luz.

Difícilmente podría decirse mejor lo que está en juego: llenarse de luz para iluminar con esa luz la realidad que se ve. ¿Qué es lo que ven unos ojos abiertos por la experiencia interior? Perciben Presencia donde la mirada ordinaria sólo vive la ausencia y captan la interconexión de todo donde la mirada ordinaria sólo ve fragmentación y caos. En lenguaje más clásico, se “ve a Dios en todas las cosas y a todas las cosas en Dios”. Esta fue precisamente una de las experiencias que tuvo Teresa de Jesús al inicio de su conversión. Explica ella misma en su autobiografía: “Estando una vez en oración, se me presentó en breve, sin ver cosa formada, mas fue una representación con toda claridad, cómo se ven en Dios todas las cosas y cómo las tiene todas en sí. Saber escribir esto, yo no lo sé, mas quedó muy imprimido en mi alma. Es una de las mercedes que el Señor me ha hecho y de las que más me ha hecho confundir y avergonzar, acordándome de los pecados que he hecho. Creo que si el Señor fuera servido viera esto en otro tiempo y si lo viesen los que le ofenden, que no tendrían corazón ni atrevimiento para hacerlo” (Vida, 40,9).

La relación que hace Teresa entre la gracia recibida y la confusión por su pecado no es secundaria. Al haber percibido que Dios está en todo, le confunde que el ser humano pueda ensuciar la sacralidad de lo existente. Si Dios está en todo, todo es sagrado, y estamos llamados a vivir de forma sagrada todos nuestros actos y relaciones. La apertura de los ojos tiene que ver con la capacidad de percibir la sacralidad de lo real, lo cual otorga a cada ser un valor infinito.

La interrelacionalidad de todAs las dimensiones

Después de los movimientos pendulares que nos han decantado por un polo a costa de descuidar el otro, el reto del momento actual es que seamos capaces de integrar las diferentes dimensiones de la realidad. Simplificadamente, podemos distinguir cuatro ámbitos: el personal, el interrelacional, el político-social y el ecológico. Hemos de aprender a cultivar esta cuádruple dimensión desde la mirada interior para percibir su interdependencia y circularidad. Esta interconexión de todo con todo y de todos con todos ha adquirido hoy escala planetaria, lo cual hace todavía más necesaria una visión profunda para poder abarcar tanta amplitud. Es necesario conjugar las oposiciones y hacerlas fecundas: conjuntar la liberación interior y el cambio de las estructuras, la reconciliación de las relaciones humanas y la reconciliación con la naturaleza, con la convicción de que las cuatro dimensiones crecen a la vez y que ninguna de ellas se puede posponer. Trabajar el conocimiento de uno mismo, fomentar la cultura de la paz para posibilitar la convivencia entre identidades culturales y religiosas, luchar por la igualdad y la justicia, y cuidar de la tierra son aspectos de una misma y única tarea: vivir en estado de apertura, de veracidad y de venerabilidad ante todo lo que existe porque se percibe que emana de una fuente común.

Acercamiento a las cuatro dimensiones

El conocimiento de uno mismo

Decía Santa Teresa que tenía por mucho más un minuto de verdadero autoconocimiento que muchas horas de oración. Cuando se abren verdaderamente los ojos, uno se ve en lo que ve. No de un modo narcisista, ya que eso nos impide cualquier ver, ahogados en el propio ensimismamiento. El verse a sí mismo en lo que se ve permite captar que uno no está separado de lo demás ni de los demás. En este camino integral es fundamental darse cuenta de que cuanto más honda es la transformación interior, mayor es la captación de lo exterior. Y es que no vemos la realidad tal como es, sino tal como somos. Cuando no somos conscientes de esto, proyectamos sobre los demás los propios conflictos y este mutuo arrojarse los demonios crea más infierno porque nadie comienza por responsabilizarse de sus asuntos no resueltos. Todos tenemos heridas que nos producen un sufrimiento permanente que, sin saberlo, condiciona nuestras reacciones y percepciones sobre los demás. El trabajo sobre uno mismo como condición de posibilidad para actuar sobre el mundo ha sido urgido de muchas maneras, no para posponer el compromiso con el mundo, sino para ser conscientes de que ambos cambios caminan juntos en todo momento. Gandhi dijo: “Sé tú el cambio que quieres ver en el mundo”.

La comprensión del sufrimiento ajeno

Cuando este trabajo está presente, se tiene mucha mayor claridad sobre lo que sucede en los demás. Se puede captar el sufrimiento ajeno porque uno está en contacto con el propio, sin eludirlo ni proyectarlo. Uno de los contemporáneos que más ha colaborado en esta toma de consciencia es Thich Nhat Hanh, monje budista vietnamita que estuvo comprometido desde la no-violencia en la guerra civil de su país, tratando de hacer de mediador entre ambos bandos. Ante la fuerza devastadora de la ira, se percató que tras ella había un gran sufrimiento que, al no saberse liberar de otro modo, generaba todavía más violencia, la cual provocaba un sufrimiento todavía mayor. De la comprensión surge el perdón y la compasión, entendiendo esta en sentido budista: amor consciente. En tal tradición, sabiduría y compasión van de la mano. Son las dos caras del mismo despertar. Cuando se comprende se ama. Sólo podemos amar lo que comprendemos, a la vez que amar nos ayuda a comprender. Tal es la base de la reconciliación y del perdón. Una reconciliación y un perdón no solo dirigidos a los agresores de la propia biografía sino también a los agresores de la biografía de la humanidad. Pertenece a la mística llegar a poder percibir que todos somos verdugos y víctimas, que no hay un nosotros y ellos sino un único nosotros. Esta percepción no desresponsabiliza a nadie ni justifica nada, sino que, al contrario, hace más corresponsable.

La comprensión de los procesos sociales

Los sistemas económico-políticos son la expresión y el resultado de un determinado estado de consciencia colectivo. El grado de depredación y de vandalismo que legitiman depende del avance o regresión de las pulsiones de toda una sociedad, incluso de una civilización. Determinadas estructuras legitiman, refuerzan y agravan tales pulsiones o las contienen y son capaces de canalizarlas hasta llegar a transformarlas. La actuación individual se inserta en un complejo sistema que refuerza o atenúa las desigualdades sociales. Captar la interrelación intrínseca entre el estado interior, la acción local y la repercusión global requiere gran capacidad de análisis, de información y de ecuanimidad tanto mental como emocional. La glocalidad es una visión nueva de las cosas que incluye también la perspectiva temporal, es decir, las actuaciones de efectos inmediatos y a largo plazo. La mirada depredadora, en cambio, es fragmentaria e inmediata. Estrecha la franja del tiempo, pierde la memoria y olvida el relevo generacional.

El respeto y la gratitud por las cosas

Todo lo que nos rodea es don de la tierra pero nos comportamos como depredadores incapaces de darnos cuenta de las consecuencias de nuestra compulsión. El daño al planeta y a los que viven junto a los lugares que codiciamos es un mismo y único daño que nos estamos infligiendo todos. Una mística de los ojos abiertos tiene que darse cuenta de los efectos de nuestra codicia y del complejo recorrido de los productos que utilizamos despreocupadamente cada día. Ya no podemos ignorar que los 100-150 gramos de cada móvil generan 80 kg de mochila ecológica, además del trastorno que causa a los países africanos la extracción del coltán necesario para nuestros aparatos. El respeto por las cosas es inseparable de las personas que están junto a ellas y tras ellas. Captar esta interrelación forma parte de una mirada integrada, iluminada y absolutamente necesaria. Todo ello ha de llevar a un cambio de vida. “Tener menos para tenerse más” dejó dicho Fecundo Cabral. O como se está difundiendo entre ciertos movimientos alternativos: “Menos es más”. Dar este giro supone un gran avance civilizatorio que todavía es contracultural. Saber ver es saber agradecer. Sólo una mirada agradecida es capaz de darse cuenta del don de cada cosa, de cada objeto que llega a nuestras manos, lo cual lleva al mismo tiempo a restituir lo que tomamos a aquellos a los que les pertenece.

Todo ello son sólo atisbos de un mirar capaz de captar el todo en la parte y la parte en el todo. Si bien la mística había sido en el pasado una cima, hoy urge que se convierta en un punto de partida, en un modo de vivir que lleve a ver a Dios en todas las cosas y todas las cosas en Dios. Dios significa aquí ese Fondo de lo real que es inseparable de las mismas cosas y que al percibirse inseparablemente en ellas, transforma nuestra forma de relacionarnos y de comportarnos con todo. Disponemos del legado de las tradiciones religiosas y espirituales de la humanidad para adiestrarnos en ello. Tradiciones que también ellas están llamadas a mirarse y venerarse mutuamente con la luz que se recibe de una mirada abierta sobre la realidad.

 

Lo que nos queda para este siglo. Mujeres, cultura e Iglesia

Silvia Martínez Cano

INTRODUCCIÓN

Muchos soñamos en una Iglesia un poco más santa que pecadora. Nos anima la esperanza que nos insufla el Espíritu de Dios, presente en nuestras vidas. También los últimos acontecimientos. Las mujeres, parte fundamental de la Iglesia, soñamos con una Iglesia rica en equidad. Sí, digo equidad, y no igualdad. Equidad porque soñamos con una Iglesia que dé a cada uno lo que necesita, que atienda en las necesidades y celebre en comunidad de hermanos y hermanas. Queremos igualdad, sí, pero más aún equidad. Equidad significa valorar a cada uno en su singularidad, y ser justos en las oportunidades, las capacidades y el trato que reciben los distintos miembros de una comunidad. La equidad subraya el carácter justo y misericordioso del Evangelio e invita a la implicación personal.

Ahora que asistimos, un tanto sorprendidos, a cambios y propuestas más cercanas a las proclamadas en el concilio Vaticano II, es fundamental preguntarse cuál es la presencia actual de las mujeres en la Iglesia y en la sociedad. No es una cuestión secundaria, como dicen algunos, que va después de hacer reformas y enfocar de nuevo la Iglesia hacia caminos evangélicos. No, es una cuestión de la que dependen en alto grado esas reformas. Debemos preguntarnos cuáles son las cuestiones teóricas y prácticas para una Iglesia de hoy y a la vez el papel que ocupamos cada uno y una de nosotros. De ello depende una Iglesia más santa, cercana a Jesús.

Los cambios no deben paralizarnos, al contrario, debemos despertar esa creatividad dormida, que procede el amor de Dios. La creatividad en nuestras relaciones sociales y eclesiales es signo de que la dinámica amorosa de Dios da fruto, en la sociedad y en nuestras comunidades. Y partiendo del cuidado de la experiencia religiosa podemos desarrollar dinámicas creativas que mejoren nuestra presencia en el mundo. Vamos a desarrollar esto un poco más. 

LA EXPERIENCIA DE LAS MUJERES, MOTOR DEL MUNDO EN CAMBIO

Hoy más que nunca nos damos cuenta de que es necesario hacer el esfuerzo de recuperar la relación osmótica entre experiencia religiosa y expresión conceptual, simbólica y material de la fe. Por un lado centrar más nuestro encuentro con Dios a través de la experiencia cotidiana, de la consciencia en cada momento del día, que es Dios quien actúa, y no a través de fórmulas y verdades doctrinales, sino de la materialidad y particularidad del día a día. Ello nos libera de ciertas creencias del ámbito religioso que consideran el lenguaje cotidiano de la calle como secundario en el conocimiento de Dios. Supeditan lo concreto, lo narrativo, a las verdades que se creen objetivas. La práctica de algunas mujeres en estos ámbitos ha puesto de manifiesto que la única manera de comprender a Dios en relación al mundo –hoy- es abriendo caminos y puertas a una experiencia de fe contextualizada y comunitaria que multipliquen las visiones de la experiencia religiosa. De esta manera, estamos construyendo un tejido de experiencias en diálogo, un tejido diverso, irregular pero tremendamente incluyente, dialógico y creativo.

Al apostar por una experiencia de Dios contextualizada estamos apostando por un amplio abanico de expresiones y metodologías de vivir a Dios en nuestras vidas. La narración, las experiencias, la palabra, la analogía, la danza, el arte, la meditación, la música, los rituales… todos ellos representan una experiencia religiosa de carácter holístico, una armonía de diferentes que entran en relación, realizando múltiples conexiones en la existencia humana que genera un nuevo lenguaje de la interpretación de la realidad.

Cuatro rasgos orientan esta vivencia experiencial de Dios: el primero es la observación de la realidad, creación de Dios y lugar de desarrollo de las vidas humanas. En esta acción somos conscientes de sus limitaciones, miserias e injusticias. La valoración posterior debe ser empática y no exhortativa, es decir, que nos sitúe en los acontecimientos.

El segundo rasgo tiene que ver con la reflexividad (reflexivity)1, que nos permite analizar experiencias y acontecimientos personales y comunitarias diferentes y contextualizarlos, agruparlos y codificarlos. De forma dinámica, -dialogando, compartiendo y analizando juntos- estamos construyendo entre todos un relato de Dios que nos sana y nos libera.

El tercer rasgo es la creatividad, que provoca cambios, transformaciones y creaciones nuevas en las formas de acceder a Dios y a lo religioso en general. La creatividad es un fenómeno humano polisémico2, en el que va a afectar lo individual, lo social, la forma de percibir, lo afectivo, la voluntad, la motivación, el contexto… En este sentido podemos hablar de Dios, que despierta la creatividad –don precioso- del ser humano, como motor creativo de la realidad.

Por último, y como consecuencia de lo anterior, el empoderamiento del sujeto individual y colectivo como demostración de que la acción de Dios en nuestras vidas y su dinámica creativa nos dota de autonomía, participación, voz y decisión. 

LA EXPERIENCIA PRODUCE VIDA

Tomar de punto de partida esta experiencia religiosa participada de las mujeres nos hace retomar la propuesta del concilio Vaticano II y seguir reflexionando y actuando. Hay muchas cuestiones eclesiales y teológicas donde las reivindicaciones de equidad no han llegado. El concilio abrió una puerta que ya no se puede cerrar y que invita lento, pero seguro, a la revisión, gracias al cambio de papa. Se impone una transformación de la Iglesia católica para un mundo diferente. Desde la experiencia religiosa de las mujeres creyentes, que ven en otras mujeres y viven en su propia vida la desigualdad, la injusticia, la discriminación, se vislumbra con claridad una serie de retos que espolean a la Iglesia en su caminar histórico. 

PRIMERA CONSECUENCIA: LOS RETOS ECLESIALES 

La primera consecuencia de la praxis de la experiencia de Dios es la transformación eclesial. Caminar hacia una nueva forma de relacionarnos y de convivir comunitariamente. Algunos retos eclesiales son:

1. Praxis comunitaria del cariño. Se trata de poner en práctica unas relaciones más fraternas, sin diferencias jerárquicas. A la luz de los textos conciliares, se impone una alteridad de encuentro, de acogida, en relaciones de equidad, donde cada uno es valorado por igual en la vocación que ha elegido. En este sentido, es necesaria un revisión de la comprensión de las vocaciones, los ministerios y los carismas, como propone LG 30-32.41. Entendernos laicos y clero como un solo cuerpo (1Cor 12,12-24) y un solo pueblo en camino (LG 13), sin distinciones de sexo o jerarquías.

2. Visibilización de la participación de las mujeres. Es necesario dar valor y prioridad a las labores de servicio, que son fundamentales para las dinámicas comunitarias de la Iglesia. Por otro lado, el reparto de estas labores catequéticas, de sacristanas, etcétera, debe ser ecuánime, de tal manera que no sólo se hagan cargo las mujeres, sino también los hombres, complementando perspectivas y experiencias. En definitiva, hablamos de un discipulado de iguales, seguidores todos de Jesús3.

3. Toma de decisiones. Muchas mujeres creyentes se hacen cargo de estas labores pastorales, mientras los hombres permanecen en puestos de decisión en consejos pastorales, cofradías, consejos diocesanos, etc., y no tanto en el trabajo grueso de atención a otros. Las posturas y visiones de las mujeres no se tienen en cuenta y se toman decisiones en muchos casos no consultadas. Es deseo de muchas y muchos tomar decisiones compartidas desde la experiencia que ambos sexos tienen con sus distintos matices.

4. Participación en órganos de coordinación y gobierno. Es por tanto inevitable plantear la participación de las mujeres en el ministerio sacerdotal. Supone el cambio comunitario a un servicio vocacionado y coordinado. Y favorecería una lectura inclusiva de la tradición histórica cristiana donde la diakonía de las mujeres y sus liderazgos femeninos fueran reales y positivos. Reivindicar el sacerdocio de la mujer no es un acto de rebeldía, ni un ansia de poder, ni de ruptura con la Iglesia, es una consecuencia de amor hacia la gran comunidad de Iglesia, una expresión del amor de Dios a su pueblo4 que se da también en las manos y el corazón de las mujeres que buscan una Iglesia evangélica, renovada y conciliar.

5. Dinámicas de encuentro y reconciliación. En una Iglesia herida por la secularización y la sospecha en la institución histórica, las diferencias entre creyentes hacen sufrir más todavía a la gran comunidad. Las mujeres creyentes han descubierto que no es posible la transformación de la Iglesia sin un proceso previo de encuentro y reconciliación. Es un reto para nosotras y nosotros fomentar una buena comunicación cuando nos encontremos, dialoguemos y estemos construyendo comunidad5.

6. El ecumenismo activo. Para estos tiempos de pluralidad y fragmentación es necesario el diálogo entre iglesias para que todos ganemos. Las mujeres creyentes llevan años practicando este ejercicio de inclusión6. En estos espacios las mujeres son protagonistas porque están pendientes de los problemas de convivencia cotidianos por su condición de vivir en las fronteras de las iglesias, de las sociedades, de las culturas. Son lugares privilegiados de conexiones7, de resistencia y de resiliencia, espacios donde recuperar el sentido del mundo y el camino de Jesús8.

7. Creatividad celebrativa y litúrgica. Transformar nuestras celebraciones con estrategias, lenguajes y rituales accesibles a los creyentes, que permitan una comprensión de lo que vivimos y expresamos. Recuperar la noción de que la Tradición se va construyendo y renovando con el paso del tiempo porque está viva en los fieles.

SEGUNDA CONSECUENCIA: LOS RETOS TEOLÓGICOS

Para un siglo nuevo (al que ya llegamos tarde) y una experiencia diversa de fe se necesita una revisión de la reflexión teológica como la Iglesia ha hecho en otros momentos. Poner palabras comprensibles al encuentro con Dios.

1. Principio de autonomía. Hasta ahora la minoría de edad eclesial ha limitado nuestra capacidad de pensar y actuar. Ser autónomos significa ser capaces de crear, innovar en reflexiones y en vivencias para que la fe fluya y esté viva. Para ello lo primero es aprender a confiar en lo potencial y no sólo en lo real (o lo que ya teníamos), teniendo siempre presente la energía maravillosa que mana del mundo y de la comunidad cristiana viva, y las posibilidades que se nos brindan para construir el Reino. En lo potencial están creciendo las visiones de Dios de la futura comunidad cristiana. Y segundo, ejercitar la labor de cuidar y favorecer su desarrollo va a contribuir a una nueva red de articulaciones sobre la experiencia de Dios9.

2. Principio de integridad de la fe. Por un lado, dotar de coherencia holística a la experiencia religiosa, favoreciendo una vivencia de la Trinidad económica que dota de libertad en el amor y no de sometimiento a la autoridad. Algunas teólogas proponen situarnos en la libertad de la complicidad con Dios10 que deja fluir su amor en cada uno de los compromisos que la persona libremente acepta. Por otro lado, incorporar la subjetividad y la alteridad como modelo trinitario de comunión11.

3. Principio de pluralidad. Las creyentes proponen para el nuevo milenio propiciar una cultura de pensamiento creativo en el ámbito teológico. Eso quiere decir que el tiempo de los eruditos en la biblioteca terminó, que el trabajo comunitario de investigación sobre Dios amplía la visión y mejora el conocimiento profundo de la verdad salvífica12. Se trata de incorporar a los métodos compilatorios y sintéticos tradicionales otros como los métodos relacionales o creativos recuperándolos de la marginalidad teológica actual. Así, creamos redes con la hermenéutica tradicional multiplicando nuestra capacidad de hablar de Dios y de sentir a Dios, sin imponer un solo camino.

4. Principio de tolerancia. Es, por tanto, necesario un diálogo intraeclesial, donde las múltiples visiones tanto eclesiológicas como teológicas de la experiencia de Dios se relacionen en armonía, se toleren y se enriquezcan unas a otras. Las creyentes apuestan por construir un diálogo teológico entre diferentes corrientes eclesiales y teológicas que puede favorecer el entendimiento y el respeto por accesos a Dios alternativos13.

5. Principio de inculturación. Es necesario revisar las categorías filosóficas que utilizamos para referirnos al mundo, a la creación y al ser humano. También es necesaria una revisión de la antropología teológica clásica, causa por su descontextualización de muchos de los problemas prácticos eclesiales entre hombres, mujeres y mundo14. No debe dar miedo al pensamiento crítico y creativo. Es necesario un cuestionamiento de los lenguajes y comprensiones con las que nos dirigimos al mundo. Pero también una generación de lenguajes entendibles, una inculturación de lenguajes15, entre fe-cultura (categorías culturales, transculturales y microculturales) que descolonice16 el mundo de la perspectiva centralista europea, entre fe-cuerpo que recupere su potencial salvador, entre fe-universo que recupere una sabiduría ecológica (Ecosofía)17 que nos permita entendernos como criaturas de Dios en un mundo en proceso de sanación18. Compasión creativa y creciente en justicia.

6. Vivencia desde la mística. Una mística de sanación de las identidades, de los cuerpos, de los que sufren, en especial de las mujeres. Ellas con su resiliencia y su empoderamiento pueden sanar la vida de la Iglesia desde sus experiencias de ser salvadas por Jesús en la dificultad19. Ellas han sido verdaderas buscadoras de Dios entre normas y dogmas que se alejaban de la relación íntima del encuentro interior. La mística se arriesga en caminos interiores personales que se entrecruzan en lo comunitario y nos convierte la mirada y los sentidos para tiempos más humanos20.

TERCERA CONSECUENCIA: LOS RETOS SOCIALES

Estamos en el año 2015 y los retos del milenio no se han cumplido. Nuestro camino parte indudablemente de la toma de posición de la Iglesia frente a la feminización de la pobreza. No es sólo económica, recorre las distintas facetas de la vida, incluida la religiosa21. La equidad entre hombres y mujeres mejora la experiencia de Dios colectiva e individual y hace que la Iglesia sea de verdad espacio evangélico.

1. Acogida en la necesidad. La Iglesia debe ser lugar de acogida para la perseguida, violentada o violada, divorciada, abandonada, engañada o simplemente ignorada. Acoger a las mujeres de las fronteras sociales es acoger a las familias y otros colectivos desfavorecidos. El trabajo en los márgenes es fundamental, en el sentido de preocuparnos menos en decir cómo se tiene que ser (espiritualidad moralista) y más en preguntar qué necesitan de nosotros (espiritualidad proactiva).

2. Diálogo en las diferencias. Pasar de la homogeneidad a la diversidad. Favorecer los diálogos con los diferentes, entendiendo que la Iglesia está formada también de singularidades que acogen a otras singularidades. Ser consciente de que la diferencia ayuda a comprender y a amar al otro con todo nuestro ser.

3. Lucha contra la pobreza. Esta lacra que aumenta constantemente se da cuando hay diferencias en la participación y protección social, en las relaciones personales, sociales y de pareja, en los liderazgos y las dinámicas grupales. La lucha contra la pobreza es la lucha del Reino de Dios, de la inclusión, de la misericordia de Dios.

4. Lucha contra la violencia. Para un fructífero siglo es necesario ponerse del lado de las víctimas. Desde dos perspectivas: como elementos de ruptura de la violencia institucional de los estados, grupos étnicos, sociales, culturales y religiosos y como puentes de diálogo y reconciliación para reducir los fundamentalismos y favorecer los mestizajes. Entenderse como cristianas y cristianos en el siglo XXI es entenderse como mediadores de justicia y de encuentro.

CONCLUSIONES: SOÑAR Y DINAMIZAR

Nos queda aprender a vivir en este tiempo y esta historia, desde las mujeres, desde otros colectivos acallados.

Nos queda aprender a tolerar la ambigüedad e incertidumbre de nuestras culturas. Aprender a dar espacio a la reflexión sobre las situaciones problemáticas de las mujeres creyentes que se presenten (ambigüedad) y a la vez favorecer un clima donde la experiencia de Dios no sea inmutable y estática (incertidumbre) sino dinámica, abierta y colectiva de forma que la diversidad nos haga crecer en el Espíritu.

Nos queda favorecer la voluntad para superar obstáculos. Desvincularnos del miedo al cambio y la tendencia al estatismo. Perseverar en la conciencia que sin la visión de todos, de las mujeres en el mundo, este parto no llegará a término. El miedo es más superable cuando se verbaliza, se le adjudican imágenes y se manipulan las mismas, desbloqueando la dificultad de hacerse cargo del obstáculo. Nos queda vencer el temor al ridículo y a cometer errores22. Muy necesario entre algunos de nosotros que pretendemos apoderarnos de Dios y su Verdad.

Nos queda desarrollar confianza en la comunidad cristiana actual, mujeres y hombres, descubriendo en ellas y ellos la capacidad de encontrar múltiples soluciones para preguntas sobre Dios. Inspirarnos en ellos y dejarnos interpelar.

Nos queda siempre Dios, creatividad amorosa infinita.

 

1 El término anglosajón reflexivity supone tomar conciencia inmediata, continua, dinámica y subjetiva de las experiencias, enlazando la acción con el pensamiento desde una visión crítica e investigativa. Cfr. Douglas Macbeth, On “Reflexivity” in Qualitative Research: Two Readings, and a Third, Qualitative Inquiry 7 (2001) 35-68, aquí 39.

2 Cfr. Howard Gardner, Mentes creativas. Una anatomía de la creatividad (Paidós, Barcelona 2002).

3 Cfr. Elisabeth Schüssler Fiorenza, Cristología feminista crítica, Trotta, Barcelona 2000, capítulo 2.

4 Suzanne Tunc, También las mujeres seguían a Jesús, Sal Terrae, Santander 1999, p. 158.

5 Rosa Mª Belda Moreno, Mujeres. Gritos de sed, semillas de esperanza, PPC, Madrid 2009, pp. 117-118.

6 Por ejemplo, el Foro ecuménico de mujeres y la Asociación de mujeres en estudios teológicos (ESWTR), ambas en Europa.

7 Mercedes Navarro, “Mujeres y religiones: visibilidad y convivencia en el sur de Europa”, en De Miguel, Atreverse… Op. cit., pp. 95-139, aquí 124-125.

8 Silvia Martínez Cano, “Jesús en las Fronteras. Otro mundo es posible desde Jesús”, en Instituto Superior de Pastoral, Hablar de Jesús hoy, Khaf, Madrid 2014, pp. 141-178, aquí 177-178.

9 Silvia Martínez Cano, “Teología, creación y creatividad”, en Carlos García de Andoín (dir.), Tiempo de disenso. Creer, pensar, crear, Tirant Humanidades, Valencia 2013, 301-329, aquí 316.

10 Trinidad León, “El Dios relacional. El encuentro y la elusividad de un Dios comunicativo”, en Isabel Gómez-Acebo (ed.), Así vemos a Dios, Desclée de Brouwer, Bilbao 2001, pp. 163-239, aquí 166.

11 Erico Hammes, “Triunidad divina versus autoritarismo”, en Concilium 332, septiembre 2009, pp. 83-94, aquí 87-88.

12 Martínez Cano, “Teología…”. Op. cit., p. 317.

13 Elisabeth A. Johnson, La búsqueda de Dios vivo. Trazar las fronteras de la teología de Dios, Sal Terrae, Santander 2008.

14 Luis Correa Lima, “Lenguaje de creación y género”, en Concilium 347, septiembre 2012, pp. 53-64, aquí 59.

15 Lucía Ramón, Queremos el pan y las rosas, HOAC, Madrid 2001, p. 175.

16 Enrique Dussel, “Descolonización epistemológica de la teología”, en Concilium 350, abril 2013, pp. 23-34, aquí 32-34.

17 Heather Eaton, “La creación: Dios, los seres humanos y el mundo natural”, en Concilium 347, septiembre 2012, pp. 65-78, aquí 67.

18 Ramón, “Queremos…” Op. cit., pp. 214-215.

19 Mª Carmen Martín Gavillero, Mujeres en el siglo XXI, Sal Terrae, Santander 2010, pp. 88-89.

20 Ibíd., p. 146.

21 Belda Moreno, “Mujeres” Op. cit., pp. 31-35.

22 Walter Kasper, “Es tiempo de hablar de Dios”, en George Augustin (ed.), El problema de Dios, hoy, Sal Terrae, Santander 2012, 26.

 

La fascinación de una mujer. Teresa y su vuelta al Evangelio

Francisco Javier Sancho Fermín

Cuando me imagino al teólogo censor leyendo las primeras páginas del Camino de Perfección de Teresa de Jesús no puedo menos que sonreírme. Aparte de innumerables tachaduras y correcciones, el censor no dejó de anotar al margen que parecía que estaba “reprendiendo a los teólogos”.

Eso acontecía hacia al año 1566, casi cuatro años después de que Teresa hubiese fundado su primer convento de San José de Ávila. Parece que su primer grupo de seguidoras no dejaban de importunarla para que les escribiera algo sobre el modo de vida y oración que debían vivir. Y Teresa, que no hacía mucho había descubierto su vocación de escritora, y la importancia y alcance del apostolado de la pluma, no tiene muchos recelos para acoger la petición de sus compañeras de camino. Aunque dadas las múltiples correcciones del censor, tendrá que redactarlo nuevamente y esperar la ansiada publicación que no pudo ser hasta después de su muerte. Pero eso no impidió que el texto circulara en múltiples copias manuscritas, tanto dentro de sus conventos como en otros ámbitos.

Camino de seguimiento y libertad

En la pequeñez del monasterio de San José de Ávila, Teresa había comenzado a degustar lo que significaba vivir la libertad. Entre esos muros elevados pudo vivir la grandeza de su ser de mujer; comenzaba a asumir su feminidad y maternidad, y se sentía cada vez más persona. Libres de la intromisión de varones clérigos o aristócratas, libres de los caprichos de una sociedad que quería imponer sus principios clasistas y excluyentes en todos los ámbitos sociales; libres de una iglesia temerosa de la relación directa y personal del hombre con Dios; libre de las honras, de los deudos…

Había nacido un espacio, no de reclusión o de alejamiento de la realidad; sino un espacio donde la mujer podía, al fin, ser mujer y persona, es decir, un individuo autónomo y capaz de relación siendo ella misma, sin necesidad de reproducir prototipos sociales o eclesiales, sin depender de la clase social en la que había nacido, sin los condicionantes de provenir de una familia de conversos o no…

No se trataba simplemente de la búsqueda de una libertad personal y de la posibilidad de ser mujer, sino de tener esa libertad para mejor servir a aquel que se convierte en el centro de su existencia y de sus seguidoras: Cristo.

La realidad eclesial no podía ser más desconfiada del valor de la mujer, y así lo denunciaba Teresa, aunque el censor trató de hacer ilegible el texto: “Confío yo, Señor mío, en estas siervas vuestras que aquí están, que veo y sé no quieren otra cosa ni la pretenden sino contentaros; por Vos han dejado lo poco que tenían y quisieran tener más para serviros con ello. Pues no sois Vos, Creador mío, desagradecido para que piense yo daréis menos de lo que os suplican, sino mucho más; ni aborrecisteis, Señor de mi alma, cuando andávades por el mundo, las mujeres, antes las favorecisteis siempre con mucha piedad y hallastes en ellas tanto amor y más fe que en los hombres, pues estava vuestra sacratísima Madre en cuyos méritos merecemos -y por tener su hábito- lo que desmerecimos por nuestras culpas. ¿No vasta Señor, que nos tiene el mundo acorraladas (…) que no hagamos cosa que valga nada por Vos en público ni osemos hablar de algunas verdades que lloramos en secreto, sino que no nos habíades de oir petición tan justa? No lo creo yo, Señor, de vuestra bondad y justicia, que sois justo juez, y no como los jueces del mundo, que como hijos de Adán y en fin todos varones, no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa. Sí, que algún día ha de haber, Rey mío, que se conozcan todos. No hablo por mí, que ya tiene conocido el mundo mi ruindad, y yo holgado que sea pública, sino porque veo los tiempos de manera, que no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres” (CE 4, 1).

Al centro la Palabra: Cristo el libro vivo

Pero aún sorprende más que una mujer, cuyo acercamiento a los Evangelios y la Sagrada Escritura era inimaginable, tuviese una visión tan clara y profética de los valores centrales del Evangelio. En el siglo XVI resultaba casi imposible que un seglar, y más aún una mujer, pudiese leer de primera mano la Palabra de Dios. El latín hacía inaccesible a la inmensa mayoría el poder entrar en la riqueza espiritual y doctrinal de las Escrituras. Apenas un pequeño grupo de clérigos y de religiosos varones podían hacer uso de ese privilegio, si antes habían tenido la suficiente formación en la lengua latina y el mínimo interés por ir a las fuentes del cristianismo.

El estallido de la Reforma Luterana y la revolución que provoca con la traducción de la Biblia hizo que la postura católica fuese todavía más intolerante frente a diversos intentos de traducción de los libros de la Escritura. Y España, con sus reyes católicos y defensores de la ortodoxia, creó una barrera prácticamente infranqueable, persiguiendo con el arma de la Inquisición cualquier tendencia que pudiese favorecer que el pueblo y las mujeres tuviesen un acceso directo a la Palabra.

En esas circunstancias asombra que una mujer como Teresa de Jesús hubiese adquirido un conocimiento tan amplio y profundo de los Evangelios. Ciertamente sabemos que en gran medida fue por vías indirectas: a través de la Vita Christi de Landulfo de Sajonia, de sermones y de otra larga serie de libros espirituales que le abrían los ojos, de un modo u otro, frente a la interpretación y aplicación práctica de muchos pasajes evangélicos.

A Teresa le sirvió de gran ayuda la formación recibida en casa desde niña. La afición a la lectura que hereda de su madre, el acceso a diversos libros espirituales en momentos críticos de su vida…, todo le sirve para despertar su espíritu y comenzar a darse cuenta que había otros caminos más allá de los oficiales y devocionales para vivir la fe y el encuentro personal con Cristo.

Teresa sufrió también la censura. En 1559 el inquisidor Fernando de Valdés publicó en Valladolid el “índice de libros prohibidos”. En esa lista aparecían autores y libros que servían de apoyo espiritual en el camino de Teresa. Juan de Ávila, Francisco de Borja, Luis de Granada… son algunos de esos nombres prohibidos. Teresa se siente desamparada y ve peligrar la posibilidad de seguir adelante en el crecimiento espiritual.

Cuando todo parecía ir en contra de la posibilidad de que una mujer se relacionase directamente con Cristo, acontece lo inesperado. El mismo Cristo interviene: “No tengas pena, que Yo te daré libro vivo. Yo no podía entender por qué se me había dicho esto… Después, desde ha bien pocos días, lo entendí muy bien, porque he tenido tanto en qué pensar y recogerme en lo que veía presente, y ha tenido tanto amor el Señor conmigo para enseñarme de muchas maneras, que muy poca o casi ninguna necesidad he tenido de libros; SU Majestad ha sido el libro verdadero adonde he visto las verdades. ¡Bendito sea tal libro, que deja imprimido lo que se ha de leer y hacer, de manera que no se puede olvidar!” (V 26, 5).

Esta experiencia teresiana encierra en sí misma un mensaje de gran centralidad en su vida. Por un lado, que a pesar de los muchos condicionantes Dios no deja de hacer su obra y de llevarla a cabo. Y que la relación personal con Cristo, a la que toda persona tiene acceso directo en la oración, se convierte en escuela viva de la Palabra. Aquí Teresa, junto con lo aprendido, será capaz de ahondar en el verdadero significado de Cristo, de su Palabra y de su misión.

Por eso la vida de Teresa será capaz de configurarse fuertemente con la verdad evangélica más profunda y auténtica, sin intermediarios o interpretaciones ideologizadas. Por eso ella puede llegar a decir de sí misma, después de que se abre conscientemente al encuentro con el Dios Padre que su vida es una vida nueva: “Es otro libro nuevo de aquí adelante, digo otra vida nueva. La de hasta aquí era mía; la que he vivido desde que comencé a declarar estas cosas de oración, es que vivía Dios en mí, a lo que me parecía…” (V 23, 1).

La relación directa entre Jesús y Teresa, forjada en una oración vivida como trato de amistad, va a fortalecer en Teresa la convicción de que el camino no se puede hacer sin tener a Cristo como amigo y como maestro. Esta amistad, junto con una mirada abierta a la realidad y necesidades de su tiempo, van a favorecer en Teresa una nueva actitud. En la oración necesariamente termina por preocuparse de los intereses de Cristo, frente a los cuales no puede permanecer indiferente. La llama apostólica se enciende con una fuerza que Teresa no puede apagar: “siempre está bullendo el amor y pensando qué hará. No cabe en sí, como en la tierra parece no cabe aquel agua, sino que la echa de sí. Así está el alma muy ordinario, que no sosiega ni cabe en sí con el amor que tiene; ya la tiene a ella empapada en sí. Querría bebiesen los otros, pues a ella no la hace falta, para que la ayudasen a alabar a Dios” (V 30, 19). Surge así en Teresa la pregunta necesitada de respuesta: “qué podría hacer por Dios” (V 32, 9).

Entregada a la causa de Cristo

La obra de Teresa no puede entenderse como un simple movimiento de Reforma interna de una Orden, sino como apoyo real y efectivo a la causa de Cristo. Se preocupa siempre de dejarlo en evidencia. Cuando funda San José recuerda que su propósito era hacer algo por Cristo, haciendo lo que estaba en sus manos, que era vivir los consejos evangélicos de la manera más perfecta posible.

Palabras que encuentran una amplia resonancia cuando Teresa comienza a escribir el Camino de Perfección: “En este tiempo vinieron a mi noticia los daños de Francia y el estrago que habían hecho estos luteranos y cuánto iba en crecimiento esta desventurada secta. Dime gran fatiga, y como si yo pudiera algo o fuera algo, lloraba con el Señor y le suplicaba remediase tanto mal. Parecíame que mil vidas pusiera yo para remedio de un alma de las muchas que allí se perdían. Y como me vi mujer y ruin e imposibilitada de aprovechar en lo que yo quisiera en el servicio del Señor, y toda mi ansia era, y aún es, que pues tiene tantos enemigos y tan pocos amigos, que ésos fuesen buenos, determiné a hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo, confiada en la gran bondad de Dios, que nunca falta de ayudar a quien por él se determina a dejarlo todo…” (C 1, 2).

A esta realidad, que pone en evidencia el “caos religioso” que se extiende por Europa, se suma la realidad del Nuevo Continente, que acrecienta en Teresa sus ansias apostólicas: “A los cuatro años (me parece era algo más), acertó a venirme a ver un fraile francisco, llamado fray Alonso Maldonado, harto siervo de Dios y con los mismos deseos del bien de las almas que yo, y podíalos poner por obra, que le tuve yo harta envidia. Este venía de las Indias poco había. Comenzóme a contar de los muchos millones de almas que allí se perdían por falta de doctrina, e hízonos un sermón y plática animando a la penitencia, y fuese. Yo quedé tan lastimada de la perdición de tantas almas, que no cabía en mí. Fuime a una ermita con hartas lágrimas. Clamaba a nuestro Señor, suplicándole diese medio cómo yo pudiese algo para ganar algún alma para su servicio, pues tantas llevaba el demonio, y que pudiese mi oración algo, ya que yo no era para más. Había gran envidia a los que podían por amor de nuestro Señor emplearse en esto, aunque pasasen mil muertes. Y así me acaece que cuando en las vidas de los santos leemos que convirtieron almas, mucha más devoción me hace y más ternura y más envidia que todos los martirios que padecen, por ser ésta la inclinación que nuestro Señor me ha dado, pareciéndome que precia más un alma que por nuestra industria y oración le ganásemos, mediante su misericordia, que todos los servicios que le podemos hacer” (F 1, 7).

Estos dos textos, que marcan dos de los principales acontecimientos de un panorama eclesial y social característico del XVI, evidencian el sentido profético y apostólico de la vocación de Teresa. Una vocación profundamente eclesial, que tratará de buscar el camino más auténtico para poder implicarse de lleno en la reevangelización de Europa y en la evangelización de los nuevos mundos.

El simple gesto de que Teresa vea su vida desde la óptica de “ayudar al Señor” y desde la vivencia de los consejos evangélicos, pone en evidencia su posición cristocéntrica y evangélica. No habla de una vida para encerrarse o hacer oración, sino de una vida cuyos valores centrales son Cristo y el estilo de vida promovido por el mismo Cristo entre sus apóstoles. Teresa sabe que eso es lo esencial. La modalidad surgirá en contacto con la realidad vigente en su época y con la necesidad de favorecer un lugar donde poder llevar a cabo esa tarea sin intromisiones ni impedimentos.

Y esa vuelta a los valores evangélicos queda plasmada todavía con más fuerza en su obra carismática. Su escrito “Camino de Perfección”, al que hacíamos alusión al inicio, pretende poner las bases de vida de sus monasterios. El proyecto inicial parece ser el de explicar el camino de la oración. Pero curiosamente Teresa no hablará de oración hasta pasada casi la mitad del libro. Y la razón es evidente. Teresa no está interesada en crear un gran tratado de oración, sino en formar orantes. Y ser orante para Teresa no significa otra cosa que ser seguidor–apóstol de Cristo. Ya en el prólogo advierte que su intención es “ayudar en lo que yo pudiere para que las almas de mis hermanas vayan muy adelante en el servicio del Señor” (n. 3); pues es la razón por la cual “el Señor nos juntó en esta casa” (C 3, 1).

Volver a los valores del Evangelio

Teresa proyecta el Carmelo como una vuelta a esos valores evangélicos que han de fundarlo todo: “Antes que diga de lo interior, que es la oración, diré algunas cosas que son necesarias tener las que pretenden llevar camino de oración, y tan necesarias que, sin ser muy contemplativas, podrán estar muy adelante en el servicio del Señor, y es imposible si no las tienen ser muy contemplativas, y cuando pensaren lo son, están muy engañadas” (C 4, 3).

Lo que cuenta para Teresa es “servir al Señor”. Y ese servicio se realiza en la configuración de la propia vida conforme a los valores evangélicos: “la una amor unas con otras; la otra desasimiento de todo lo criado; la otra, verdadera humildad, que aunque la digo a la postre, es la principal y las abraza todas” (C 4, 4).

Teresa rescata la visión evangélica de los mismos votos para la vida consagrada y para la vida cristiana en general. Al fin y al cabo son los valores que identifican a los discípulos de Cristo, los valores que se convierten en testimonio de seguimiento: el mandamiento del amor, la pobreza y confianza en Dios, y la adecuación al proyecto de Dios (la humildad).

El modo peculiar que tiene Teresa de volver a los valores que enseña Jesús quedan también de manifiesto en otros muchos aspectos que son centrales en su comprensión y vivencia del misterio.

El modo de concebir la oración en clave de amistad pone en evidencia uno de los valores centrales del Evangelio: el anuncio de un Dios padre-Abba. Teresa, en medio de un siglo tan jerarquizado como era el siglo XVI, se atreve a hablar y tratar a Dios como amigo, como alguien sumamente cercano y presente en la vida de todo hombre. Por eso no se cansa de decir que Dios es el misericordioso, el que todo perdona, el que nunca se cansa de perdonarnos: “Acuérdense de sus palabras y miren lo que ha hecho conmigo, que primero me cansé de ofenderle, que Su Majestad dejó de perdonarme. Nunca se cansa de dar ni se pueden agotar sus misericordias; no nos cansemos nosotros de recibir” (V 19, 15).

Teresa también rescata, para los hombres de su tiempo y de nuestro hoy, la visión positiva del ser humano, cuya dignidad se radica en su propio interior, en su ser imagen y semejanza de Dios, en su condición de castillo de diamante en cuyo centro habita Dios (cf. 1M 1, 1). Y esto define la condición de todo ser humano, que se convierte en el verdadero tabernáculo de la presencia de Dios.

Teresa no cae en la tentación de poner por encima del apostolado la vida contemplativa. Ella está convencida de que el valor que ha de permear las dos dimensiones del seguimiento es el amor, “que es el que da valor a todas las cosas”. Por eso, es siempre el amor al prójimo y la entrega al servicio del otro lo que califica como auténtico el seguimiento de Cristo. Por eso la plenitud de la vida mística es la plenitud de la caridad: “Para esto es la oración, hijas mías; de esto sirve este matrimonio espiritual: de que nazcan siempre obras, obras” (7M 4, 6).

 

1 Para las citas de los textos de Teresa de Jesús seguimos la edición preparada por el P. Tomás Álvarez: Obras completas, Monte Carmelo, Burgos 1978. Hacemos uso de las siglas habituales para citar los escritos de la Santa: V: Libro de la Vida; C: Camino de Perfección; F: Fundaciones; M: Moradas del Castillo Interior. Los números hacen alusión al capítulo y al párrafo sucesivamente. Al citar el libro de las Moradas el número que precede a la sigla indica la morada correspondiente.

 

“Miro como desde lo alto”: Teresa de Jesús y la libertad

Juan Antonio Marcos

 

Es posible que la vigencia y actualidad del mensaje de Teresa de Jesús, en los albores de este siglo XXI, sea más extensa y más amplia de lo que nunca antes lo había sido. Porque, si en otros tiempos su presencia fue más intensa, dicha intensidad estaba circunscrita, en puridad, al ámbito de lo doctrinal y espiritual y devocional. Solo en el pasado siglo XX comenzaron a salir a la luz estudios históricos y literarios relevantes, ensanchando la perspectiva mística y espiritual del estudio de santa Teresa, y liberando sus escritos del secuestro al que los espirituales habían sometido a esta mujer que, por otra parte, tanto se resistió en vida a perder su preciada libertad.

Y no conviene soslayar, a la hora de hablar de la libertad teresiana, los condicionantes frente a los que tuvo que luchar, aquellos que amenazaban sus anhelos de autonomía a la hora de escribir, tales como: ser orante (en un mundo de sospechas generalizadas frente a los espirituales); de origen judeo-converso (en un mundo obsesionado con la limpieza de sangre); lectora empedernida (en un mundo de analfabetismo generalizado, y de sospechas frente a la cultura); y mujer (en un mundo antifeminista). “Basta ser mujer para caérseme las alas” (V 10,7) se quejará Teresa amargamente. Ante todo mujer, sobre todo mujer. Esta fue su queja más continua, confesada, resentida y desazonada.

Desasimiento y libertad

La verdadera libertad para Teresa es la que se experimenta frente a uno mismo y frente a las cosas y frente a los demás: el no estar apegado a nada es aquí la clave. En primer lugar, libertad frente a uno mismo, porque “no hay peor ladrón” (C 10,1) dirá la Santa, que uno mismo. Criticando los cuidados excesivos (y hasta intensivos) por la propia salud afirma con no poca ironía, y dirigiéndose a sus compañeras religiosas1#:

Y no nos ha venido la imaginación de que nos duele la cabeza, cuando dejamos de ir al coro -¡que tampoco nos mata!-,un día porque nos dolió, y otro porque nos ha dolido, y otros tres porque no nos duela (CE 15,4).

Libertad también frente a las “cosas”, que quitan “esta santa libertad de espíritu” (C 10,1). Esas cosas que tantas veces nos ciegan y roban nuestra autonomía, dejándonos “como una persona que estuviese del todo atada y liada y atapados los ojos, que aunque quiere ver, no puede” (CC 21,2). En ambos casos, el remedio o receta teresiana para liberarse tanto del ego como del apego a “las cosas” lo planteará en clave positiva (“volverse a Dios”), y lo hará apelando a la esfera de los “pensamientos” como primer ámbito terapéutico:

Gran remedio es para esto traer muy continuo en el pensamiento la vanidad que es todo y cuán presto se acaba, para quitar las afecciones de las cosas que son tan baladíes y ponerla en lo que nunca se ha de acabar; y aunque parece flaco medio, viene a fortalecer mucho el alma, y en las muy pequeñas cosas traer gran cuidado; en aficionándonos a alguna, procurar apartar el pensamiento de ella y volverle a Dios, y su Majestad ayuda (C 10,2).

Libertad, finalmente, frente a los otros: “No consintamos, ¡oh hermanas!, que sea esclava de nadie nuestra voluntad, sino del que la compró por su sangre” (C 4,8). Solo esta atadura está permitida, y lo está porque es la única fuerza liberadora: es el vínculo divino el único que no solo no esclaviza, sino que potencia lo mejor de la libertad humana.

Audacia y determinación

La audacia y osadía teresianas se extienden a todos los ámbitos de la vida: en lo interior, en su aventura espiritual o mística; y en lo exterior, especialmente en su aventura fundacional. La “muy determinada determinación de no parar… venga lo que viniere”, y digan lo que dijeren, es el eslogan de Camino de perfección. Pero es más, es mucho más. La “determinada determinación” empapa la vida entera de Teresa, concebida como todo un combate, una pelea: “pelead”, “no estáis aquí a otra cosa sino a pelear” (C 20,2). Se trata además de una actitud existencial: “De mi natural suelo, cuando deseo una cosa, ser impetuosa en desearla” (CC 3,4).

Teresa habla de una “santa osadía” (en C 41,4 habla de “santa libertad”), de audacia para vivir la vida. No es este, el camino de la vida, un camino que ahorre esfuerzos. No parece que Teresa creyera mucho en la cultura del sofá o del confort. Y esto se pone de manifiesto, en primer lugar, en la atención al espacio interior de la persona, donde la invitación a la oración aparece como la eterna melodía que resuena en cada página escrita por Teresa:

Y digo que importa mucho y el todo una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabaje lo que trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino (C 21,2).

En el libro de las Fundaciones aparece también la audacia teresiana, pero ahora frente a dificultades externas: físicas, geográficas, económicas, de oposición ambiental… “No pongo en estas fundaciones los grandes trabajos de los caminos, con fríos, con soles, con nieves” (F 18,4). No hay obstáculos, ni interiores ni exteriores, ante los que Teresa haya retrocedido en su vida.

Humor y alegría

El humor teresiano aflora continuamente en ese reírse de sí misma, de la vida, de su propio lenguaje: “Riéndome estoy de estas comparaciones, que no me cuadran” (7M 2,11); “Riéndome estoy cómo él [su hermano Lorenzo] me envía confites, regalos y dineros, y yo a él, cilicios” (Cta. del 17-1-1577).

Y Teresa se ríe también de la Inquisición o del demonio, ante el que en cierto momento de su vida ya no siente ningún tipo de miedo. Y así, cuando entre en escena tal personaje, se burlará de él abiertamente: “Quiso el Señor entendiese cómo era el demonio; porque vi cabe mí un negrillo muy abominable, regañando como desesperado de que adonde pretendía ganar, perdía. Yo, como le vi, reíme, y no hube miedo” (V 31,4). Tampoco siente miedos ante la Inquisición, de la que se “ríe” sin complejos: “También comenzó aquí el demonio, de una persona en otra, procurar se entendiese que había yo visto alguna revelación en este negocio, e iban a mí con mucho miedo a decirme que andaban los tiempos recios y que podría ser me levantasen algo y fuesen a los inquisidores. A mí me cayó esto en gracia y me hizo reír”(V 33,5).

El contento interior y la alegría son también ingredientes claves de la espiritualidad teresiana. Ella habla de “alegría interior” (F 14,5), del “gozo interior” (7M 3,5; F 1,1; F 27,12). Incluso en medio de las enfermedades (tan continuas y obstinadas en esta mujer) siempre activó Teresa la alegría de vivir: “Todo lo pasé… con gran alegría” (V 6,2); “tenía males corporales más graves… los pasaba con mucha alegría” (V 30,8). Y al igual que san Juan de la Cruz, nos invita a encender el interruptor de la “alegría” desde el mismo comienzo de la aventura espiritual:

Procúrese a los principios andar con alegría y libertad; que hay algunas personas que parece se les ha de ir la devoción si se descuidan un poco (V 13,1).

Si en un sentido, el ‘contento’ se puede vivir hacia dentro, también tiene una dimensión fundamental de alteridad, de apertura a los demás. Nos referimos al ‘dar contento a otros’: “Porque en esto me daba el Señor gracia, en dar contento adondequiera que estuviere” (V 2,8); “Porque en esto de dar contento a otros he tenido extremo…” (V 3,4). El contento y la alegría, a diferencia de otros recursos de la vida humana y del mundo de los hombres, no disminuyen al darse, sino que crecen. Como ocurre con el amor: “Y crece la caridad con ser comunicada” (V 7,22).

Tolerancia y mente abierta

Casi cerrando la obra de Camino nos encontramos con un sorprendente (para las mentalidades del sigo XVI) alegato contra el “pensamiento único”, y a la par, una poderosa invitación a la apertura de mente, a la tolerancia, que diríamos hoy en día. Los textos clave al respecto los encontramos en Camino, donde Teresa nos invita a “andar con una santa [sana] libertad”, ni ‘encogidos’ ni “apretados” (C 41,4). Detrás de sus palabras está una crítica abierta y contundente frente a toda experiencia de Dios que pase por una mentalidad cerrada y fundamentalista, de estrechez de miras. Por eso recomienda: “Así que no os apretéis, porque si el alma [la persona, la vida] se comienza a encoger, es muy mala cosa para todo lo bueno” (C 41,5).

En las mentalidades cerradas y fundamentalistas (si se nos permite el anacronismo léxico) hay, dirá Teresa:

Otro daño, que es juzgar a otros; como no va por vuestro camino, sino con más santidad [dice ella con no poca ironía]…, luego os parecerán imperfectos. Si tienen alegría santa [sana], parecerá disolución…, es muy de mala digestión [lo que se “digiere” mal, termina por hacer daño]…, y “pensar” [el “daño” se sitúa aquí en el ámbito del “pensamiento”] que si no van todos por el modo que vos, encogidamente, no van tan bien, es malísimo (C 41,6).

A este respecto, léanse las diatribas de Juan de la Cruz contra la “ira espiritual” de algunos, los celosos de Dios, esos que se quieren apropiar de la virtud, esos que “se aíran contra los vicios ajenos con cierto celo desasosegado, notando a otros [señalándoles con el dedo]; y a veces les dan ímpetus de reprenderlos enojosamente, y aun hacen algunas veces, haciéndose ellos dueños de la virtud” (1N 5,2).

La tolerancia teresiana es además inseparable de una muy sana apertura mental. Y así, uno de los temas que salpica todas las obras teresianas es el de la pluralidad de caminos que recorren la vida: “Que hay diferentes caminos por donde lleva Dios” (C 5,5); “por muchos caminos lleva Dios las almas” (6M 7,12). La invitación en positivo de Teresa, que es piedra de toque y etiqueta de garantía de una fe adulta y de una mente abierta, reza así: “Mientras más santas, más conversables con sus hermanas…, ser afables y agradar y contentar a las personas que tratamos, en especial a nuestras hermanas” (C 41,7).

En defensa de la mujer

Hay al menos dos temas claves del universo sociorreligioso teresiano donde los argumentos apologéticos (“pro vita sua”) están muy presentes: la condición de “mujer” y el tema de la “oración mental”. Una preocupación sentida (y hasta resentida) por Teresa es la de su condición de mujer. Quizás estemos ante la clave más importante para comprender hoy muchas de las actitudes teresianas, dada la sociedad en la que le tocó vivir, donde sistemáticamente se despreciaba y menospreciaba a la mujer. Discriminación que estaba ya presente desde el nacimiento (cf. F 20,3)2.

Fray Juan de Salinas, uno más de la larga lista de aquellos que depusieron en los Procesos de beatificación de Teresa, dominico a la sazón que solo conocía a la madre Teresa de oídas, tras haberla tratado personalmente, y según nos cuenta el cronista, exclamó: “¡Oh, me habíais engañado, que decíais que era mujer; a la fe no es sino hombre varón y de los muy barbados”. Todo un elogio. Pero cuando el mejor piropo que se le puede dirigir a una mujer es el de llamarle varón barbado, no hace falta ser muy conspicuo para percatarse de las actitudes y mentalidades de toda una época. De ellas se quejará amargamente Teresa, en queja dirigida, indirectamente (en sutil disemia y ambigüedad), y a través de la imagen de la mariposilla (¡ella misma!) a Dios, el único que parece dispuesto a escucharla:

¡Oh, pobre mariposilla, atada con tantas cadenas que no te dejan volar lo que querrías! ¡Habedla lástima, mi Dios! (6M 6,4).

Y recuérdense las no menos furibundas palabras de Teresa frente a los inquisidores de turno, palabras tachadas en el autógrafo de Camino que se conserva en El Escorial con trazos gruesos y molestos por el censor correspondiente:

¿No basta, Señor, que nos tiene el mundo [a las mujeres] acorraladas e incapaces para que no hagamos cosa que valga nada por Vos en público ni osemos hablar algunas verdades que lloramos en secreto, sino que no nos habíais de oír petición tan justa? No lo creo yo, Señor, de vuestra bondad y justicia, que sois justo juez, y no como los jueces del mundo, que como son hijos de Adán y, en fin, todos varones, no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa (CE 4,1).

Frente a la Iglesia y sociedad que margina a la mujer, el mejor testigo que nos ha llegado es la anécdota del nuncio Felipe Sega, obispo de Piacenza, quien calificó a la madre Teresa de fémina inquieta, andariega, desobediente y contumaz, que a título de devoción inventa malas doctrinas…, que anda enseñando, en contra de lo que mandó san Pablo… Y la respuesta de Teresa a tan maliciosas palabras la tenemos en un principio hermenéutico proléptico, escrito siete años antes, en 1571, y que Dios, en su misteriosa presciencia, se lo había susurrado a Teresa al oído en respuesta anticipada a las palabras del nuncio (¡qué mejor argumento apologético que una audición divina!): Diles que no se sigan por sola una parte de la Escritura, que miren otras, y que si podrán por ventura atarme las manos (CC 16).

La respuesta de Dios (y no menos de Teresa) en realidad se podría (se puede) poner en singular, y la podemos redireccionar a un interlocutor concreto, al señor nuncio. Es como si Dios le dijera a Teresa: “Dile [al señor nuncio] que no se guíe por una sola parte de la Escritura, que mire otras, y que si podrá por ventura atarme las manos”. Es evidente que en el caso del señor nuncio no era a Dios al que quería “atarle” las manos, sino a Teresa. En virtud del recurso a la audición divina, es Dios mismo el que se identifica empática y realmente con la libertad teresiana, y esto de tal manera que robar esa libertad a Teresa (como a cualquier mujer) es robársela a Dios en persona. No importa la dignidad o “autoridad de estado” del ladrón en cuestión.

La pasión teresiana por la libertad, la grandeza de sus deseos, su determinación por afirmarlos y realizarlos, y el afán desmesurado por comunicarlos, siguen conservando su vieja fuerza después de cinco siglos de su nacimiento. Quizás ésta sea la mejor razón para seguir leyendo y admirando lo escrito por esta mujer. Y al fondo siempre esa envidiable libertad que le llevó a mirar las cosas “como desde lo alto”, viviendo con una sana despreocupación frente a dimes y diretes: Ahora ya, gloria a Dios, aunque muchos me murmuran y otros me dicen hartas cosas, muy poco se me da de todo. Por estar ya fuera del mundo y entre poca y santa compañía, miro como desde lo alto, y dáseme bien poco de que digan ni se sepa (V 40,21-22).

 

1 Cf. Marcos, J. A., Mística y subversiva. Teresa de Jesús (Las estrategias retóricas del discurso místico), Editorial de Espiritualidad: Madrid 2001, p. 144.

2 Cf. Egido, T., “Ambiente histórico”, en: Introducción a la lectura de Santa Teresa, Madrid: Editorial de Espiritualidad, 2002, pp. 121.