Comunismo para la ciudadanía

Carlos Fernández Liria

A derecha e izquierda del espectro político siempre es preciso admitir que existe una idea políticamente irrenunciable, la idea de una república en la que los legislados sean a la vez legisladores, es decir, la idea de una sociedad de hombres libres e iguales, de una comunidad de ciudadanos.

Sobre este tema, hace ya varios años, publiqué, junto con Luis Alegre Zahonero y Pedro Fernández Liria, un libro ilustrado por Miguel Brieva y titulado Educación para la Ciudadanía. Democracia, Capitalismo y Estado de Derecho (Akal, 2009). En el fondo, sosteníamos la tesis de que el capitalismo es incompatible con las condiciones materiales necesarias que
hacen posible la “ciudadanía”, al menos si con esta palabra nos referimos a algo que de verdad tenga que ver con lo que pensaron al respecto los filósofos de la Ilustración1. O por las mismas razones: que el capitalismo es incompatible con esa
realidad política irrenunciable a la que solemos llamar Estado de Derecho.

Nuestra postura se resume fácilmente: hay que ser comunista para defender esas cosas. De lo contrario, se trata de una farsa. El motivo de que haya que ser tan radical es que el capitalismo es radicalmente incompatible con el Estado de Derecho. Es cierto que, en general, los filósofos de la Ilustración no desembocaron en este resultado. Les faltaba un elemento para ello: haber leído a Marx. Eso hace que en muchos de ellos (por ejemplo, en Locke o en el propio Kant), el cinismo y la ambigüedad sean difíciles de distinguir. Pero, tras El Capital de Marx, es imposible ya defender al mismo tiempo la condición ciudadana y el capitalismo sin movilizar inmensas dosis de mala fe.

Nuestra tesis causó mucho revuelo en los medios de la extrema derecha neoliberal, sobre todo porque les habíamos tocado una fibra sensible: reivindicábamos el comunismo no para defender lo que ellos solían considerar los “valores comunistas”, sino,
precisamente para defender esos “valores liberales” (aunque más bien eran “republicanos”, y, además, no eran valores, sino principios) que ellos consideraban de su patrimonio. En esto habíamos dado en el clavo.

Sin embargo, en un cierto sentido, nuestra postura molestó todavía más en ciertos medios de izquierda. Nuestro acercamiento a filósofos como Kant, nuestra defensa del imperio de la ley y del concepto de ciudadanía, fue vista con mucha suspicacia,
interpretándose que nos aproximábamos a viejas posturas socialdemócratas y reformistas muy sospechosas (Bernstein, Volpe, etc.).

Es en este punto respecto al que quiero comenzar por proponer alguna aclaración. No es lo mismo defender una vía socialdemócrata al comunismo que defender una vía comunista hacia la socialdemocracia. Algunos somos comunistas para poder ser socialdemócratas, o quizás sea mejor decir para poder ser republicanos.

Hay un prejuicio muy extendido a este respecto y también un error. Más precisamente, se trata de un error muy común entre los comunistas y de un prejuicio muy interesado entre los anticomunistas. Es la idea de que los comunistas tenemos en la cabeza el proyecto de una sociedad inédita, más allá de la idea de ciudadanía o de Estado de Derecho, y, en general, de
todas las instituciones “burguesas” ligadas al pensamiento clásico republicano. Es más, en este sentido, los comunistas tendríamos una carta inesperada guardada en la manga: un nuevo tipo de hombre, un “hombre nuevo”, más allá de la ciudadanía y del derecho, más allá del imperio de la ley, al que los derechos consagrados en la condición ciudadana le vendrían pequeños. Al final, siempre se acababa por desembocar en una especie de hipotético atleta moral que haría innecesarios la ley y el derecho. Por este camino el pensamiento comunista se convirtió en el hazmerreír del siglo XX, y la cosa, en efecto, daría mucha risa si no hubiera venido políticamente acompañada de desastres antropológicos que en ocasiones rayaron el genocidio2. Aunque ahora ya no se habla tanto del “hombre nuevo”, esta idea de que el “comunismo” es un más allá de todo lo conocido y que para hacerse una idea hay que estar en condiciones de entender a Badiou o algo así, continúa aún inspirando
mucho sarcasmo. Por ejemplo, el filósofo José Luis Pardo suele burlarse de todo ello con oportuna mala leche, reclamando a estos señores que hoy han llegado a autodenominarse comunistas (Zizek, Badiou, Rancière, Toni Negri, cierta izquierda lacaniana…), una definición mínima de “comunismo” que vaya más allá de la reivindicación franciscana del hermano sol y la
hermana luna con la que termina el famoso libro Imperio 3.

Es cierto que a todo esto subyace una tozuda convicción del marxismo: la idea de que una futura sociedad comunista tendría que venir a sustituir a una sociedad burguesa respecto a la cual el Estado de Derecho no sería más que una superestructura. De este modo, en ese hipotético futuro histórico, estaríamos abocados a inventar algo mejor que el Estado y algo mejor que el Derecho, algo mejor que la “ciudadanía” (liberal, burguesa, republicana), tal y como fue pensada desde la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, algo más ingenioso incluso que los propios derechos humanos. Mejor que individuos y ciudadanos, el marxismo imaginó un futuro de camaradas.

Hay algunas versiones más actualizadas de este proyecto político, pero en el fondo es lo mismo. Pensemos, por ejemplo, en un libro de última hora: La nueva razón del mundo4, de Cristian Laval y Pierre Dardot. En definitiva, frente a la
biopolítica neoliberal que ha sustituido al Imperio de la Ley, estamos atados de pies y manos, pues no podemos reivindicar, precisamente, un Imperio de la Ley. No nos queda, pues, más que “inventar” una biopolítica de izquierdas, crear una nueva
subjetividad no liberal. Es verdad que Laval y Dardot critican a Negri por su idea de que el “hombre nuevo” ya está aquí, entre nosotros, construido por el nuevo “capitalismo cognitivo” (y que por lo tanto se trataría de darle la vuelta como un guante para obtener el comunismo)5. Dichos autores prefieren escudarse en un foucaultiano “ya lo inventaremos”6. En todo caso, la cosa está clara: se trata de inventar una gubernamentalidad de izquierdas; es lo único que puede oponerse a la
gubernamentalidad neoliberal que ha terminado con el Imperio de la Ley. “La única vía práctica”, se nos dice, “consiste en promover desde ahora formas de subjetivación alternativas al modelo de la empresa de sí”. O sea, hay que inventar una subjetividad distinta a la del “emprendedor” (ese sujeto neoliberal que ha venido a sustituir al trabajador sindicado y
protegido por convenios colectivos). Por supuesto, ni por un momento se piensa que valga con instaurar condiciones para ejercer eso a lo que siempre hemos llamado “ciudadanía”. Nada de ciudadanos. Ni que decir tiene que este sujeto alternativo estará conformado por valores comunitarios: se trata de “establecer con los demás relaciones de cooperación, de puesta en común y de compartir”7. “La invención de nuevas formas de vida sólo puede ser una invención colectiva, debida a la multiplicación y a la intensificación de las contra-conductas de cooperación”8. Así, pues, solo una religión puede salvarnos. Cada religión imagina el hombre nuevo a su manera. Y la nueva izquierda también tiene su propuesta.

En todos estos planteamientos es como si el problema se centrara en encontrar una buena idea de lo que queremos conseguir. Y lo peor viene al intentar explicitarla, porque se empiezan a barajar tópicos en los que se alude a una forma de “vida
comunitaria” que remite a Francisco de Asís, a una “democracia efectiva” o “radical”, a un “poder de las masas” o de la “multitud”, un “sin Estado, ni Ley”, una “asamblea permanente”, es decir, fórmulas demasiado negativas, vacías y generales, más propias de un programa religioso que político.

Pero es que, además de toda esta vaciedad, este diagnóstico marxista no responde a la realidad política de nuestros días. Porque, actualmente, más que faltar ideas muy imaginativas para una futura sociedad imprevisible lo que faltan son ideas muy
imaginativas para apuntalar una sociedad que conserve el sentido común. El problema ya no es el de si hay que optar por vías más o menos radicales hacia una sociedad radicalmente distinta. Se trata ahora más bien de que tenemos la impresión de que cada vez hace falta ser más radical para conservar un poco de sentido común. Hace ya tiempo que estamos en esta situación. Ya no hay opción entre reforma o revolución. Sobre todo porque ahora la revolución la están haciendo y a lo bestia los de
la clase contraria, el uno por ciento de la población más rica y poderosa. Ahora, para ser moderado, para ir un poco más despacio, para reivindicar el derecho a la reforma (por ejemplo, el derecho a reformar la Universidad o la Sanidad, en lugar de demolerlas), hay que ser muy revolucionario, muy antisistema.

Durante el 15 M se inventaron algunos lemas afortunados que describían bienesta encrucijada: “no es que seamos antisistema”, se dijo, “el sistema es antinosotros”. En efecto, estamos viviendo, a nivel mundial y a nivel nacional, una salvajada, un disparate, un chiste cruel, una broma brutal, un sarcasmo, una tomadura de pelo, un crimen. Desde que en los años ochenta comenzó la revolución de los ricos contra los pobres, el capitalismo rueda sin frenos hacia el abismo a un ritmo acelerado. Y nos arrastra a todos con él. Tiene toda la razón Naomi Klein al diagnosticar nuestro sistema económico como un “capitalismo del desastre”9. Los negocios ya no funcionan bien más que en condiciones sociales decatástrofe.

El sistema es ya tan revolucionario (de extrema derecha, pero revolucionario, al fin y al cabo), que los antisistema nos hemos vuelto conservadores. Pensemos en Juventud sin Futuro. Sus campañas (por ejemplo, “no nos vamos, nos echan”) no se han caracterizado por gritar “la imaginación al poder” ni nada parecido. La moderación de sus reivindicaciones (casa, salud, trabajo, pensión) contrasta con la radicalidad de su posible solución, necesariamente anticapitalista. Para ser moderado, para conservar un poco de modesta sensatez, actualmente hay que ser antisistema. En cambio, los apologetas del capitalismo se prestan gustosos a cualquier locura revolucionaria. Para salvar la economía huyen hacia adelante dispuestos a sacrificar la humanidad y destruir el planeta. Como dijo Walter Benjamin –pero mucho más que cuando él lo dijo–, lo que necesitamos es un freno de emergencia. Necesitamos parar esta demencia.

Benjamin pensaba que ese freno de emergencia era el comunismo. Y lo que pasa es que algunos lo seguimos pensando. Cuando al comienzo de la
crisis se dijo que el capitalismo había fracasado y que había que inventar otra cosa, cuando lo decían quienes lo decían, en los telediarios, en la
prensa más canalla del país, uno se preguntaba a qué diablos se estaban refiriendo. La receta contra la crisis, al final, ha sido más y más capitalismo. Y en verdad, no es extraño, porque el capitalismo es un sistema económico muy poco flexible, para el que no caben medias tintas.
Inventar otra cosa habría sido reinventar lo que ya estaba inventado, el comunismo. Lo que parece cada vez más difícil es empeñarse en ser anticapitalistas esquivando esa palabra maldita.

Se objetará, por supuesto, ¿pero es que vamos a negar la posibilidad misma de la socialdemocracia, la posibilidad de una vía intermedia capaz de introducir en el capitalismo un poco de sentido común? Pues, sí, en efecto, los que somos comunistas lo somos porque negamos esa posibilidad, porque la consideramos incompatible con la naturaleza misma del capitalismo. Podemos tener razón o no. Pero el asunto es si la tenemos en este punto, no en otros que se suelen esgrimir mucho más aparatosamente.

Ensayemos una definición de lo que estoy entendiendo por comunismo. No estamos ante un misterio insondable. Lo que necesitamos contra el capitalismo es algo muy concreto: una alteración radical en la propiedad de los medios de producción que haga posible a la instancia política ejercer un control democrático sobre la producción en el marco de una economía institucionalizada. El capitalismo actual está institucionalizado y dirigido políticamente por corporaciones que no obedecen a ningún poder legislativo, al margen de cualquier control democrático. Nuestras democracias son libres de todo en unas condiciones en las que no hay nada que hacer. Casi todo lo que afecta sustancialmente a la vida de las personas viene decidido por poderes económicos que negocian en secreto y actúan en la sombra chantajeando a todo el cuerpo social. Un pestañeo de los llamados mercados basta actualmente para anular el trabajo legislativo de generaciones enteras. No hay leyes, ni constituciones que puedan resistirse a la dictadura ciega de los poderes financieros. Es el Cuarto Reich. Los nuevos nazis no son menos totalitarios que los anteriores (aunque tienen un estilo muy distinto), pero sí están mucho más locos. Como ha dicho Naomi Klein, los mercados tienen el carácter de un niño de tres años. Sus rabietas viajan en tiempo real conmocionando el planeta. Ni Nerón, ni Calígula estaban tan locos ni eran tan imprevisibles.

Es verdad que en Europa hubo algo parecido a la socialdemocracia en la segunda mitad del siglo XX (de hecho ahí tenemos una buena imagen de lo que podría ser y no fue), pero, en el fondo, lo que había no era socialdemocracia, sino privilegios. Con un cierto nivel de privilegios, es cierto que el capitalismo se parece bastante a la socialdemocracia, pero el truco no es la socialdemocracia, sino los privilegios. Eso sin contar con que, desde luego, la existencia de la URSS ponía a la clase obrera europea en buena situación para negociar, cosa que ya no es así. A partir de un cierto nivel económicamente privilegiado, es muy fácil hacer pasar por una conquista democrática lo que no es más que un éxito mercantil. Todo parece entonces muy democrático, pero porque la democracia ahí es superflua (todo el mundo es libre de votar lo que quiera, pero todo el mundo prefiere votar porque las cosas sigan más o menos como están). En encubrir este hecho sangrante –literalmente sangrante– se invirtieron tales dosis de cinismo, tales montañas y cordilleras de propaganda, que aquí la discusión sí se hace de verdad difícil. En Educación para la Ciudadanía hemos llamado a este fenómeno el “espejismo trascendental de nuestra mirada política”, el “nuevo racismo de nuestro tiempo”. Señalas un coágulo del tiempo y lo consideras una obra de la libertad. Da un poco igual ya si se trata de un código genético ario conformado por la evolución natural o de una conquista aria en la historia. El caso es que determinados coágulos sanguíneos o históricos resultan ser una encarnación del lógos, un pedazo de carne en el que se materializa la razón. Con determinado nivel de privilegios históricos, si concedes a una población la libertad de reunión, de asociación, de prensa y de voto, la gente se reúne, se asocia, se expresa y vota por quedarse como estaba. La gente razona y la realidad pasa y, mira tú por dónde, la cosa coincide. Con unos cuantos pastorcitos de belén escribiendo en la prensa, el milagro se completa: se llama “estado de derecho” al resultado, suponiendo que, puesto que las personas votan y se expresan libremente para seguir como están, así sería también si votaran y se expresaran por cambiar de situación. Pero no es así: a lo largo del siglo XX, todos las victorias electorales anticapitalistas fueron corregidas de inmediato por un golpe de Estado, un bloqueo o una guerra civil financiada por los que habían perdido las elecciones. Lo que entonces se llamó democracia no fue más que el paréntesis entre dos golpes de Estado. O lo que Santiado Alba llamó la pedagogía del millón de muertos: cada cuarenta años más o menos, matas a casi todo el mundo y luego dejas votar a los supervivientes. Al final, siempre habrá intelectuales para celebrar la resurrección de la democracia. O cuando las cosas se ponen feas otra vez, como por ejemplo ahora en España, para rememorar el consenso del 78… y no, por supuesto, el del 36 10.

Lo que plantea el comunismo es que la economía no puede institucionalizarse democráticamente, sometiéndose al poder legislativo, sin suprimir la propiedad privada sobre los medios de producción, es decir, sobre las condiciones de existencia de la población. Lo sabemos por experiencia y lo sabemos también en la medida en que la economía marxista explica muy plausiblemente por qué es así. Una vez más, esto es discutible, pero el asunto es que es esto y no otra cosa lo que hay que discutir.

Así pues, el misterio se puede aclarar. ¿Quién lo iba a pensar? “Comunismo” es, en realidad, exactamente lo que pretenden ser (sin lograrlo en absoluto) nuestras orgullosas democracias constitucionales. Ya es difícil negar –cada vez hay más gente que abre los ojos– que lo que hemos venido llamando “democracias” no son sino dictaduras económicas ataviadas con una fachada parlamentaria. Lo que frente a ello llamamos “comunismo” no es, sin embargo, más que aquello que pretendíamos ser: democracias parlamentarias en las que las leyes pueden someter a los poderes económicos. Es absurdo plantear que el parlamento puede legislar lo que ya siempre se ha decidido de antemano en la Bolsa. La cosa está cada vez más clara: las leyes no pueden hablar por favor a los negocios, tienen que imponerse coactivamente. Pero para eso tienen que tener la sartén por el mango. Y el mango son los medios de producción. Eso es lo que pensamos los que nos llamamos “comunistas”.

En este punto, suele interrumpirse con una exclamación. ¿Ah sí? ¿Y qué comunistas son esos que han defendido eso? ¿No nos estamos ahora inventando un comunismo que defiende lo que jamás ha defendido ningún comunista? Pero, ¿seguro que es así? ¿De verdad que se nos ve tan solos y tan minoritarios a los comunistas que defendemos este punto de vista? ¿No será más bien que hay mucha propaganda al respecto y no precisamente en manos comunistas? De entre los autodenominados comunistas, el único político que podría haber ganado las elecciones (bien que se aplicaron para impedirlo con una buena campaña de calumnias en el grupo PRISA), fue Julio Anguita. ¿Lo que decía machaconamente Anguita –y lo que sigue diciendo– no era precisamente lo que hemos apuntado en el párrafo anterior? ¿Se recuerda a Anguita diciendo que el orden constitucional no es más que una superestructura burguesa del capitalismo destinada a ser abolida? No, el orden constitucional español es impracticable bajo condiciones capitalistas; eso es lo que no paró y no para de repetir. Al parecer, legislatura tras legislatura, a partir de la Transición, hacía falta ser comunista para decir eso… a favor de la Constitución. Y cuánto se burlaron de Anguita por aquel entonces… “Afortunadamente, no creemos que la Constitución diga lo que dice Anguita, porque, mire usted, si así fuera, habría que cambiarla”, solía replicarse desde el PSOE y el PP. Pues ya está, ya la han cambiado; y lo hicieron de común acuerdo el PSOE y el PP (316 votos a favor, y 5 en contra), un memorable mes de agosto de 2011, mientras la gente estaba en la playa. Y mira por dónde, la cambiaron precisamente para blindar la salvaje soberanía de los mercados sobre el poder legislativo.

Respecto a qué tenga que ver todo esto que venimos diciendo con aquello que se llamó “socialismo real”, hay que decir que mucho, siempre y cuando se deshagan algunos espejismos. Por ejemplo: siempre y cuando no llamemos “socialismo real” sólo a lo que se dio en aquellos países que lograron resistir algo de tiempo (entre cinco y setenta años) la agresión imperialista, sino también a todos los proyectos socialistas, comunistas o anarquistas que fueron derrotados mediante golpes de Estado, invasiones militares, bloqueos económicos, etc. El que los países socialistas no hayan sido democráticos puede significar tan sólo que no hay ningún país en guerra que pueda permitirse el lujo de la democracia. De hecho, los que lo intentaron sucumbieron bien pronto. Como ya he dicho muchas veces, el socialismo nunca pudo optar entre Allende o Fidel Castro. Era o Castro vivo, o Allende muerto.

El socialismo real nunca ha sido democrático. Lo que no se dice tanto es que, siempre que lo fue o intentó serlo, el capital logró acabar con el socialismo y con la democracia. Es esa curiosa forma por la que el capitalismo –al contrario que el socialismo– siempre ha sido compatible con la democracia. Bajo el capitalismo, los comunistas tienen derecho a presentarse a las elecciones. A ganarlas no, porque entonces se acabó la democracia, las elecciones y los derechos. Cuando se habla del socialismo real del siglo xx, se ponen como ejemplo cinco o seis dictaduras. Lo que no se mencionan son los veinte o veinticinco casos en que las democracias socialistas pagaron con golpes de Estado, guerras, bloqueos o invasiones, la osadía de pretender ser socialistas y democracias al mismo tiempo.

La historia del siglo XX  no demostró en absoluto que el socialismo fuera incompatible con la democracia. Lo que demostró es que el socialismo democrático no tenía fuerza para resistir las invasiones, las guerras y los golpes de Estado. Una y otra cosa son asuntos bien distintos. Que cada uno se pregunte por qué se empeña en no distinguirlos. Y eso que hay una posibilidad para defender lo mismo sin mentir. Pues podría defenderse que el socialismo siempre será esencialmente dictatorial porque es esencialmente inevitable que entre en guerra con los poderes económicos que dominan el planeta y, por tanto, nunca se podrá permitir el lujo de la democracia. De hecho, por ahí iban los tiros del concepto de dictadura del proletariado. Pero si se plantean las cosas así, la tesis fuerte que se está defendiendo es la de que el socialismo (al menos si se pretende democrático) no es una buena idea para ganar guerras. Si se quiere, el resultado es el mismo, pero la diferencia es que así no hace falta ser un caradura o un mentiroso para sostenerlo.

Y en eso, es verdad, los comunistas aún no hemos tenido una buena idea. No se nos ha ocurrido aún la manera por la que podríamos conservar la democracia y las libertades estando en guerra. Hay que decir que bajo el capitalismo no es en absoluto distinto. Aunque cuando va ganando (y suele ir ganando), el capitalismo puede disimular un poco. Seguramente, al socialismo le pasaría lo mismo, aunque nunca ha ido ganando. La verdad es que en este nuevo siglo, el llamado socialismo del siglo XXI en Latinoamérica –que solo ha sido una excepción en el hecho de haber logrado derrotar los golpes de Estado de rigor– no sólo no ha suprimido la democracia, sino que ha dado al mundo entero una verdadera lección de democracia. No sólo es que los países del ALBA jamás hayan sido tan democráticos como hoy en día, sino que, de hecho, no hay en el planeta países tan democráticos (ningún país soportaría la prueba de fuego de que la gente pobre gane las elecciones catorce veces seguidas, como ha ocurrido en Venezuela; o varias veces seguidas, como viene ocurriendo en Bolivia o en Ecuador).

En este terreno, si alguien tiene buenas ideas que las suelte. Los comunistas les estaremos superagradecidos. Pensemos, por ejemplo, en las iniciativas que proponen juzgar a los poderes financieros, empezando por las agencias de evaluación de deuda. No cabe duda de que estas instituciones están jugando con el destino de la población mundial para hacer sus propios negocios privados 11. Ahora bien, estas iniciativas, si quieren tomarse en serio (y no son un mero medio de seguir escribiendo artículos en El País o hablando en El gato al agua), tendrán que enfrentarse tarde o temprano al dilema de exigir algo equivalente al viejo concepto comunista de “dictadura del proletariado”. Es una total ingenuidad creer que los poderes económicos van a doblegarse a la autoridad del poder judicial, cuando no se doblegan ni ante el poder ejecutivo ni ante el poder legislativo. Sin asegurarse el monopolio en el ejercicio de la violencia, la democracia no tiene ninguna posibilidad de hacerse oír. Cómo hacer esto posible, eso sí que es un problema difícil de resolver. Y no qué debamos entender bajo el término “comunismo”.

Se puede ser muy explícito. Cabría definir un Estado comunista como un estado democrático en el que los derechos civiles, políticos y sociales básicos no dependan del impulso político (o no) de un eventual gobierno comunista, sino que se hallen consagrados como tales derechos fundamentales y amparados (con carácter incondicional) por las correspondientes instituciones de garantía. Creo que es perfectamente factible ligar esta definición de comunismo al concepto de república que se defendió en el ala derrotada de la revolución francesa. Lo han demostrado a mi entender de forma incontrovertible Toni Domenech, Florence Gauthier, Joan Tafalla, Joaquin Mirás, o, en general, el grupo editorial de la revista Sin Permiso. Se comprende que haya quien prefiera discutir con otros interlocutores más fáciles. Pero por lo menos no deberían sentirse tan cargados de razón. En su conferencia en el congreso “¿Qué es comunismo?” (UCM, 2 de diciembre de 2011), Domenech habló del comunismo “pantópico” trazando una línea de continuidad entre Espartaco, Müntzer y Robespierre (tras cinco siglos de revueltas campesinas en defensa de las tierras comunales europeas) y dejando muy claro que el trasfondo social del jacobinismo planteó muy explícitamente la cuestión de los medios de producción como condición de la ciudadanía, “en una revolución que lo único que tuvo de burguesa fue la contrarrevolución” 12. Lo del comunismo “pantópico” no es un capricho retórico. Si hay derecho a llamar a eso “comunismo” es porque, como venimos diciendo, uno no se autodenomina comunista porque quiera defender una especie de sociedad repleta de valores comunitarios que luego resultan materializarse en el Gulag. Somos comunistas porque estamos seguros de que sin una propiedad colectiva de los medios de producción no hay ninguna posibilidad para la ciudadanía. Esto no se ha expresado con estas palabras hasta Marx, pero es absurdo pensar que a lo largo de la historia no ha sido esa precisamente la convicción que ha movido todas las revoluciones desde los tiempos de Espartaco. El mérito científico y político de Marx fue explicar por qué el capitalismo era una nueva piedra en el camino, quizás la más peligrosa de todas (porque, como demostró Polanyi, era capaz, mucho más que de atentar contra la justicia social, de destruir la sociedad misma, y, tal y como el ecologismo no ha cesado de advertir, de destruir incluso el único planeta con el que contamos para la vida humana).

El problema es cómo se cuentan las cosas. Escuchando, por ejemplo, cómo se explayan Jose Luis Pardo o Savater sobre el tema, uno tiene la impresión de que las cosas son más o menos así: teníamos –no se sabe por qué– las –siempre imperfectas, pero siempre reformables– condiciones de la ciudadanía, y entonces vinieron los comunistas a proponer un paraíso de perfecciones comunitarias, movilizando para ello sangrientas revoluciones y proponiendo masas de cadáveres por el bien de la Historia 13. Y no digo que cosas así no se hayan dicho entre las filas comunistas, porque estupideces siempre se dicen en todas las corrientes políticas. Pero la realidad es muy distinta. Porque, para empezar –aunque esto es una discusión histórica– los comunistas han sido los que más han luchado por esos derechos y libertades de la ciudadanía que teníamos no se sabe por qué. Esos derechos y libertades no han llovido del cielo, sino que fueron arrancados a sangre y fuego en una batalla de clases en la que las internacionales comunistas tuvieron un papel primordial durante dos siglos. La resistencia europea contra el fascismo fue mayoritariamente comunista. Y fueron los comunistas los que derrotaron a Hitler. Sin el comunismo y los comunistas muriendo a paletadas, los derechos y libertades constitucionales en los países capitalistas habrían sido tan inexistentes como están a punto de llegar a ser ahora que los comunistas van perdiendo la batalla. Pero, como digo, esto es una discusión histórica. No se trata de contabilizar los muertos para reclamarlos como propios, sino de no insultar a los muertos contando mentiras históricas. En todo caso, en esto es muy difícil ponerse de acuerdo. Cada uno elige a sus historiadores más competentes. Aquí, existe Joseph Fontana y existe Pío Moa. También hay otros, desde luego, no digo que no.

Por parte de marxistas y no marxistas se nos objeta mucho –a Luís Alegre o a mí– que nuestra postura es cualquier cosa menos marxista. Por parte de autores marxistas, se nos ha dicho ya de todo 14. Por el otro lado, José Luis Pardo ha dicho recientemente que debemos basarnos en unos inexistentes textos de un ultimísimo Marx 15. La verdad es que ese Marx tan postrero resulta ser para nosotros el Marx de El capital, es decir, de una obra que le ocupó toda su vida y que, ciertamente, dejó inacabada (en todo caso son los últimos 24 años de su vida). Pero nuestra lectura digamos que “republicana” de Marx no nos la sacamos de la manga. Hemos intentado mostrar en un libro bastante gordo 16 que no hay otra forma de articular una lectura coherente de esa obra. Puede que estemos equivocados, pero lo primero es aislar cuál es el punto sensible de la discusión (con los marxistas y con los no marxistas). Lo que he comenzado defendiendo en estas páginas es que el comunismo no es un fin, sino un medio para conseguir otra cosa, otra cosa que, por otra parte, es tan irrenunciable que hasta los más corruptos mafiosos de nuestra casta política dicen defenderla: el orden constitucional del estado de derecho. El comunismo no es una idea mejor que el orden republicano de la ciudadanía. Es, hemos dicho, la única manera de lograr que ese orden no sea una farsa. Esta idea de que el comunismo es un medio y no un fin, la expresa Marx con una fórmula muy afortunada en un conocido texto del Libro III de El Capital:

“El reino de la libertad sólo comienza allí donde cesa el trabajo determinado por la necesidad y la adecuación a finalidades exteriores; con arreglo a la naturaleza de las cosas, por consiguiente, está más allá de la esfera de la producción material propiamente dicha. Así como el salvaje debe bregar con la naturaleza para satisfacer sus necesidades, para conservar y reproducir su vida, también debe hacerlo el civilizado, y lo debe hacer en todas las formas de sociedad y bajo todos los modos de producción posibles. Con su desarrollo se amplía este reino de la necesidad natural, porque se amplían sus necesidades; pero al propio tiempo se amplían las fuerzas productivas que las satisfacen. La libertad en este terreno sólo puede consistir en que el hombre socializado, los productores asociados, regulen racionalmente ese metabolismo suyo con la naturaleza poniéndolo bajo su control colectivo, en vez de ser dominados por él como por un poder ciego, que lo lleven a cabo con el mínimo empleo de fuerzas y bajo las condiciones más dignas y adecuadas a su naturaleza humana. Pero éste siempre sigue siendo un reino de la necesidad. Allende el mismo empieza el desarrollo de las fuerzas humanas, considerado como un fin en sí mismo, el verdadero reino de la libertad, que sin embargo sólo puede florecer sobre aquel reino de la necesidad como su base. La reducción de la jornada laboral es la condición básica” 17.

En este texto, el comunismo se plantea inequívocamente como una opción interna al orden de la necesidad. Aunque, eso sí, como una condición imprescindible para el “reino de la libertad”, un reino en el que sea posible “el desarrollo de las fuerzas humanas, considerado como un fin en sí mismo”. El capitalismo no puede reducir la jornada laboral. No puede generar ocio –más que bajo la forma bastarda del paro. No puede hablarse de ciudadanía ni de república bajo condiciones capitalistas. El comunismo es una modificación estructural fundamental en el reino de la necesidad, una modificación capaz de hacer que el desarrollo técnico e industrial produzca ocio y tiempo libre. El comunismo es –como planteó Lafarge, el yerno de Marx– el derecho a la pereza de la humanidad, ese derecho sin el cual no puede comenzar un reino de la libertad.

El éxito de la burguesía fue la derrota de la Ilustración. Para ver triunfar la Ilustración habrá que esperar a una hipotética victoria del comunismo. Lo que nos hace falta no es la superación de lo moderno, la postmodernidad, y mucho menos un comunismo que venga a crear un “hombre nuevo” y una sociedad inesperada más allá de todo lo previsto. Lo que nos hace falta es más modernidad, la modernidad misma, la modernidad al fin. En suma: la modernidad que fue derrotada cuando triunfó la burguesía.

El género humano ya ha progresado mucho hacia lo mejor 18. La ciencia progresa. El derecho progresa. Por procedimientos científicos, una vez que se ha descubierto, no es posible olvidar el teorema de Pitágoras. Por procedimientos jurídicos –con la Constitución y su referencia a los derechos humanos sobre la mesa– es imposible arrebatarle el voto a la mujer una vez que se le ha otorgado. O restaurar la esclavitud. Son cosas que para el derecho no tienen vuelta atrás. Se pueden destruir los derechos de la ciudadanía, pero es muy difícil no saber entonces lo que se está retrocediendo en derecho. La humanidad ha progresado de forma inequívoca en cosas muy importantes que han quedado incrustadas en la condición de la ciudadanía. Hay victorias que quizás sean parciales o socialmente precarias, pero que son racionalmente irrenunciables y señalan un camino inequívoco para una Ilustración de la Humanidad. Hemos prohibido la esclavitud, aunque no la hayamos vencido por completo. En la lucha de las mujeres o de los homosexuales ha habido victorias inconmensurables que han plantado cara a milenios de tradiciones y costumbres. Por ejemplo, el control patriarcal de la virginidad de la mujer con vistas al matrimonio en muchos países es ya impracticable y delictivo, ha sido prácticamente erradicado. O la estigmatización de los homosexuales. Por muy inseguras, parciales o insatisfactorias que sean estas victorias no deben nunca dejar de ser proclamadas como un ensordecedor grito popular de “sí se puede”.

El progreso es posible. Ya hemos progresado mucho. Es la prueba de que podemos progresar mucho más. Pero hay un terreno en el que no cesamos de retroceder. La ciudadanía no cesa de perder más y más terreno frente a los poderes financieros que dominan este mundo capitalista. El capitalismo ocupa cada vez más espacio en este mundo. De hecho, ya casi no cabe en el mundo, pues está en camino de destruirlo 19. Es o él o nosotros.

Y no hay que obsesionarse con el término. No hace falta inventar el postcomunismo, ni el neocomunismo. Ni siquiera hace falta empecinarnos en autodenominarnos “comunistas”. “Comunismo” es un nombre que hace honor a millones de hombres que lucharon para que este mundo no se convirtiera en esto que se ha convertido, en nuestro mundo de hoy, un mundo en el que la política está enteramente secuestrada por los poderes económicos y en el que el imperio de la ley es un puro papel mojado. Hubo, sin duda, muchos otros hombres que lucharon por lo mismo sin ser comunistas. Cuando el ser humano lucha políticamente suele luchar en general por la Justicia, la Libertad, la Fraternidad. Esto atañe a los liberales, los cristianos, los republicanos, y a los comunistas también. Pero el asunto es quiénes habían diagnosticado mejor el problema. Hoy parece difícil releer el Manifiesto Comunista y no asentir sobre ese diagnóstico. El capitalismo ha disuelto todo lo sólido en el aire. En su lugar tenemos un mundo basura. Quizás alguien pueda inventar un término más adecuado para explicar que el problema fundamental está en la propiedad privada de los medios de producción, es decir, en el capital. Yo no me resistiré mucho a un cambio terminológico. Pero el diagnóstico seguirá siendo el mismo.

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1 He continuado insistiendo en lo mismo en ¿Para qué servimos los filósofos?, La Catarata, Madrid, 2011.

2 Educación para la Ciudadanía. Democracia, Capitalismo y Estado de Derecho (Akal, 2009), capítulo V.

3 Cfr., por ejemplo, José Luis Pardo, Viejos y nuevos filósofos, El País, 18 de noviembre de 2011.

4 Laval, C., y Dardot, P., La nueva razón del mundo. Ensayo sobre la sociedad neoliberal, Gedisa, Barcelona, 2013.

5 Ob. cit., pág. 404. Cfr. también “Ya somos hombres nuevos”, entrevista de Jean Birnbaum con A. Negri, Le Monde, 13 de julio de 2007.

6 Ibíd., pág. 398.

7 Ibíd., pág. 407.

8 Ibíd., pág. 408

9 Klein, N., La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre. Paidos, 2007.

10 Cfr., por ejemplo, Jose Luis Pardo, El ciclo que viene, El País, 5 de junio de 2013.

11 ¿Qué buenas ideas se te ocurren tras ver documentales como Inside Job o The corporation?

12 Puede escucharse la conferencia en la página de La Caverna UCM http://blip.tv/lacavern a/episode-5880718.

13 Por ejemplo, José Luis Pardo, Viajeros al tren, en http://metafisicacritic aypolitica.files.wordpress.com/2012/04/viajeros-al-tren.pdf.

14 En nuestro artículo Comunismo, Democracia y Derecho se citan algunas referencias de una larga polémica. Cfr.: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=119482.

15 Burn, Baby, Burn (ponencia transcrita en: http://metafisicacritic aypolitica.files.wordpress.com/2013/05/burnbaby-burn1.pdf).

16 El orden de El Capital, Akal, Madrid, 2011.

17 Marx, K., El Capital, Libro III, Siglo XXI, volumen 8, pág. 1044.

18 En ¿Para qué servimos los filósofos? (La Catarata, 2012), he tratado este asunto con más detenimiento

19 No puede dejarse de reflexionar sobre la gráfica de Mathis Wackernagel que citaba en http://blogs.publico.es/dominiopublico/267/%C2%BFquien-cabeen-el-mundo/.

Usos y abusos de la soberanía: del pueblo agredido al poder ciudadano

José Antonio Pérez Tapias

Éxodo 119 (may.-jun.) 2013
– Autor: José Antonio Pérez Tapias –

Los ciudadanos de la Unión Europea, sobre cuyas sociedades se ceba la crisis inmisericorde que nos han echado encima, estamos como aquel personaje de la obra de Italo Calvino, El vizconde demediado, que andaba atónito por los campos tras las distintas mitades de su tío Medardo: ora tras la mitad mala del vizconde, la del Malvado, que por doquier pasaba destruyendo, ora tras la mitad benévola, la del vizconde Bueno que hacía el bien a todo el que se encontraba. Hay que recordar, por si no se tuviera presente, que el vizconde en cuestión quedó partido en dos mitades cuando fue desde Italia a Centroeuropa a la guerra contra los turcos y una certera bomba de estos le alcanzó, partiéndole justo por el medio. Cada mitad se las compuso como pudo, pero ambas decidieron volver a su lugar de origen. Después de todo, era el mismo vizconde añorando sus dominios.

NEGACIÓN DEL PUEBLO POR UN SOBERANO DEMEDIADO

Al soberano de nuestros Estados, como quiera que se lo conciba, aunque no puede entenderse de cualquier manera, le ha pasado como al vizconde del relato de Calvino. Se ha visto metido en una guerra, dura guerra por más que sea económica –ya dejó dicho Benedetti, con su certera palabra de poeta, que “las guerras nuevas no tienen semblante/ salvo el rostro sutil de las finanzas”–, y la metralla le ha partido por la mitad. Se le puede echar la culpa a la insuperable debilidad que arrastra todo ejército fragmentado, y no otra cosa es una Unión Europea solo superficialmente unida, como se puede apuntar también la escasa defensa que supone una moneda aparentemente fuerte, pero realmente muy volátil: el euro. Pero el caso es que esas causas de la desbandada de un ejército en retirada mal consuelo son para un soberano alcanzado de lleno en la batalla y partido en dos, con pocas posibilidades de que sus escindidas mitades vuelvan a reunirse armoniosamente.

Cuando la ciudadanía de esos Estados ve a sus respectivos soberanos tan dañados, trabajo le cuesta, primero, creer que quien parecía estar dotado de tanto poder como aparentaba esté ahora reducido a la más humillante impotencia; y, segundo, constatado lo anterior, ciudadanas y ciudadanos no hacen sino poner en solfa los pretendidos atributos de soberanía que la realidad se encarga de desmentir. Estados que se tenían por soberanos se hallan sutil o descaradamente intervenidos, con sus decisiones constantemente escrutadas desde instancias ajenas con escasa legitimidad democrática –como la Comisión europea– o con ninguna –como el FMI o un Banco Central Europeo en verdad sometido al control remoto del Bundesbank alemán–.

El pueblo, esa ciudadanía que se creía demos, por haber asumido que era sujeto de derechos que no solo habían de ser respetados, sino además ejercidos, especialmente los tenidos por derechos políticos de participación democrática, ha visto cómo su Estado pretendidamente soberano se ha ido quedando desnudo, como el famosísimo emperador de Andersen. La cuestión es que esa desnudez no induce ninguna conmiseración, sino, de entrada, un fuerte desapego, es más, una ácida crítica hacia los mecanismos de poder que ha dejado a la vista el despojo de los ropajes de la soberanía. Cuando a eso se le llama desafección hacia la política todavía responde al lenguaje del poder que se creía soberano, que siente cómo los ciudadanos no sólo le retiran el afecto, sino que le pierden el respeto. Es, por ello, más que desafección: es crítica sin contemplaciones.

No obstante, el pueblo, en medio de la lucha diaria por la supervivencia, todavía no se ha percatado lo suficiente del perverso juego que ha empezado a practicar con cada una de sus mitades un soberano demediado. Estas, dedicadas a tareas asumidas como propias en una guerra cruel en la que al pueblo, en nombre de los sacrificios que toda contienda bélica exige y que se ponen bajo la engañosa bandera de la “austeridad” –falseada para conseguir el engaño de las multitudes–, se presentan en su contraposición como tareas necesarias, insoslayables, para salvar a la sociedad de caer en el abismo. Así, se utilizan remedos de aquel lema que adornaba los cuarteles y con el que antaño todos los ciudadanos se topaban en cualquier rincón de su localidad, el “todo por la patria”, sin extraer las debidas conclusiones del hecho de que en esta guerra donde se nos ha metido de hoz y coz, esos ciudadanos hemos aprendido de una vez que el capital, que siempre aspira a vencedor, no tiene patria.

Así, el pueblo, en trance de verse liquidado como tal en lo que es más un democidio que lo que confusamente se quiere llamar austericidio, comprueba los alardes de cinismo de que son capaces los que detentan el mencionado poder soberano, venido a menos a fuer de su tremenda bipartición. Cuando ya nada se espera –los poetas, ¿dónde están los poetas, que bien harían en ejercer como profetas con sus insobornables denuncias?– de un poder desmentido en sus pretensiones por los hechos, a este parece no quedarle más camino que el de la mentira generalizada, el de la contradicción sin miramientos o el de una orwelliana neolengua absolutamente desvergonzada –o todo eso a la vez–. Todos los papeles están al descubierto, incluso los de un tal Bárcenas, tirando de la manta que tapaba las miserias de décadas de financiación irregular del partido hegemónico de la derecha española y españolista. Nada falta, pues, para que en respuesta al cinismo, el pueblo se instale en el descreimiento, resultado de un escepticismo que conduce a los bordes del nihilismo, sin muchas veces más trinchera para resistir que la agudeza de la ironía que a todas horas nos aprestamos a practicar.

Así, el pueblo, poco a poco, a golpe de injusto sufrimiento por los sucesivos ajustes que sobre él recaen, toma conciencia cada vez con más fuerza de lo que supone un soberano demediado, es decir, un Estado radicalmente menguado en sus funciones políticas a expensas del mercado que le domina, como se acusa sobre todo en la impotencia del gobierno de turno, incapaz de ir más allá de aplicar los mandatos explícitos e implícitos que los poderes financieros imponen. De este lado, el pueblo comprueba sobre sus doloridas espaldas cómo el soberano demediado actúa al modo del vizconde en su mitad malvada: recortes sociales y derechos ciudadanos amputados desde la despiadada ortodoxia neoliberal de un poder político, en verdad político a medias a lo más, pues sólo se limita a gestionar el avance hacia el abismo, es decir, la gran regresión a la que nos está llevando la gran depresión en la que nos han metido.

De otro lado, el pueblo también constata cómo el poder soberano reducido a la mitad, siendo generosos en la consideración, viendo que todo se hunde y el pueblo no levanta cabeza, sino todo lo contrario, trata de amortiguar el golpe desplazando a la beneficencia lo que eran políticas sociales de bienestar, así como dejando para la caridad lo que era objeto de la responsabilidad de los poderes públicos en la atención a derechos y necesidades de la ciudadanía. No escapa a la mirada de ésta, cada vez más avezada en descubrir los trucos del perverso juego de complementariedades en que las dos mitades de un Estado escindido se han embarcado, el hecho de cómo, desde el aparato estatal, desdoblado en esas dos vertientes de la más infausta Maldad y la más falsa Bondad, se reparten las funciones entre neoliberales y neoconservadores para ser unos y otros los encargados de las tareas más acomodadas a sus respectivos perfiles. Lo que la mitad maléfica destruye, la mitad benefactora trata de compensarlo, en hechos y dichos, como corresponde a una derecha que tiene claros los intereses sociales que defiende y la complementariedad de acciones y discursos que tiene que llevar a cabo para no perder pie en la lucha de clases –reactivada en tiempos de recursos escasos–, incluida la lucha ideológica, tan necesaria para el control social.

La ciudadanía, como pueblo al que ya no se le engaña, viendo la fatal esquizofrenia del Estado en el juego con cartas marcadas en el que está enfrascado –unas, del palo del Dr. Jekyll; otras, del palo de Mr. Hyde–, indaga atónita a lo largo y ancho de sus instituciones por donde pasa esa divisoria del soberano demediado. Con especial interés detiene la mirada allí donde la teoría, con su destilación en dogmas, dice que reside la soberanía nacional, la soberanía, por tanto, de ese mismo pueblo en tanto que delegada en sus representantes democráticamente elegidos, es decir, en el parlamento –o en los parlamentos, contando también los de las comunidades autónomas–. Afinando la vista, aunque sin necesidad de mucho esfuerzo, esa ciudadanía ha levantado acta de lo lejos que se van esos representantes respecto de quienes les votan, de manera que resulta francamente difícil reconocerlos como tales. Ese cuestionamiento de la representación política –no tanto en los principios, sino en su facticidad– no empece para que se perciba en quienes han sido elegidos para desempeñar ese reparto de funciones en la doble vertiente de lo claramente calificado como maligno –un proceder político impasible ante la injusticia en aras del control del déficit y la estabilidad financiera–, y lo amablemente describible, no ya como benigno, sino como ingenua bondad de una oposición atenazada. No todo se reduce a eso, pero el soberano demediado ha desencadenado tales dinámicas que esos dos polos vienen a engullir el bipartidismo y sus restos, dejando en medio el vacío de una amplia zona del espectro político donde se instalan nuevos protagonistas.

En definitiva, si puede hablarse de la impotencia resultante de esa partición a la que ha sido sometido un poder soberano que ha dejado de serlo, lo que se impone ineludiblemente es la constatación de la “furia demediadora” –como era el caso en la historia del vizconde demediado– del lado malo del poder partido, la cual, queriendo aparentar el poder que ya no tiene asume la destructiva lógica de un poder arrogante que conduce las instituciones a un autoritarismo postdemocrático –punto machaconamente subrayado, y con toda razón, por el comentarista Josep Ramoneda en muchos de sus artículos–. La ciudadanía, por tanto, incrédula respecto de doctrinas schumpeterianas sobre “destrucción creativa”, así como muy escaldada para aceptar prosaicos lemas apelando a hacer de la crisis una oportunidad, ha sacado la conclusión de que vamos por el camino equivocado de una destrucción que no deja de ser redundantemente destructora de todo un país.

El soberano demediado, en medio de la destrucción que no solo permite, sino que hasta promueve, ni siquiera respeta al pueblo a quien en su retórica considera a su vez fuente de su soberanía, es decir, soberano a su vez. Si el Estado y sus poderes ya no son en verdad soberanos, de tan intervenidos como están –soberanos e intervenidos, como magistralmente los ha vuelto a describir Joan Garcés–, y lo que les queda de soberanía se dirige negativamente hacia el pueblo ciudadano, es decir, para actuar negadoramente sobre los restos de soberanía que pudiera aún ejercer, ¿por qué seguir engañándonos con la soberanía, con lo que pensamos y decimos de ella y, peor aún, con lo que se hace con lo que de ella queda?

NECESARIA DESMITIFICACIÓN: CONTRA UNA SOBERANÍA SACRALIZADA

Visto lo visto, sorprende la mayoritaria y casi unánime posición fideísta que respecto a la soberanía se mantiene. Es cierto que de siempre, aunque de hecho no se diera en abundancia, cualquiera podía asombrarse de cómo desde los Estados y sus respectivos gobiernos, así como desde los partidos de su espectro político o, en general, desde los representantes de sus élites, se ha reivindicado con vehemencia la soberanía nacional. Pero eso que hasta podía verse como normal es lo que hoy resulta singularmente chocante. ¿Qué soberanía pueden reivindicar aquellos que consienten en que estemos intervenidos? Hace falta, ante una mirada tan patológicamente desiderativa, una doble cura: de humildad y de realismo. Para ambas cosas la terapia ha de incluir por fuerza una buena dosis de desmitificación del concepto mismo de soberanía.

Relativizar la noción de soberanía, desmitificándola o, si se prefiere, consumando respecto a ella la desacralización de la misma que se quedó a medias es lo que hay que hacer para sanear una vida política muy distorsionada por visiones del Estado apoyadas en una idea insostenible de soberanía nacional. Es de ella de donde arranca ese doble quehacer perverso que nos ha mostrado el análisis del soberano demediado: sometido a poderes económicos transnacionales –no soberano, por tanto– y crecido ante el propio pueblo al que se le roba una soberanía que, de suyo, habría de ejercerse en su nombre –un Estado impotente que abusa de su soberanía residual aplastando a quien debía ser pueblo soberano–.

El dogma de la soberanía nacional es la piedra angular que sostiene la correlación entre nación y Estado –hay que decir de camino que se constituye en piedra de tropiezo para pensar y poner en práctica un Estado plurinacional como el que en España necesitamos–. Aparte la urgencia que tenemos de revisar esa noción de soberanía para impulsar un federalismo pluralista, que ha de construirse a partir de la descentralización de un Estado que era unitario, la crítica hay que llevarla al punto en que se plantea la cuestión radical de la soberanía. Eso supone revisar el dogma, tal como lo recoge la Constitución de 1978, que dice que “la soberanía nacional reside en el pueblo español” (art. 1.2) –correlativo al que enuncia que “la Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles” (art. 2)–. Tal dogmática, que por lo demás tiene el horizonte de vigencia que pueda tener el Estado español en la forma actual, que es lo que aparece cuestionado en su perdurabilidad –a no ser que la fórmula del federalismo pluralista se abra paso–, es absolutamente cuestionable, y debe ser cuestionada.

Tal idea de soberanía, que en el caso del Estado español se afirma y se traslada a la norma fundamental de la mano de un nacionalismo españolista hegemónico, es la que no se sostiene, ni por el cuestionamiento al que la someten los hechos, ni tampoco desde un punto de vista teórico. No obstante, puede pensarse que prescindir totalmente del concepto de soberanía nos acarrearía problemas indeseables, pues todavía lo necesitamos de alguna forma para pensar el Estado. Aunque el Estadonación está sometido a fuertes tensiones –rebasado y muchos casos reducido a la impotencia en el contexto de la actual globalización económica, como estamos viendo en la terrible crisis que padecemos, pero también instrumentalizado en esa misma situación para políticas de resurgimientos nacionalistas, de tipo reactivo y compensatorio en múltiples direcciones–, el Estado no es prescindible. Es esa necesidad respecto a él lo que parece que obliga a mantener el concepto de soberanía como necesario “resto” jurídico-político, lo cual impone manejar esa soberanía sabiendo, como indica lúcidamente el filósofo catalán Rubert de Ventós hacia el final de su libro Nacionalismos, que “ninguna soberanía tendrá todos los atributos de la soberanía”. Es decir, puestos a mantener la idea de soberanía, procede hacerlo pasándola por el filtro de una crítica seria que nos la devuelva desmitificada y secularizada y, por tanto, apta para un uso relativizado de la misma.

Mientras no se consiga esa secularización definitiva de la noción de soberanía, ella estará lastrando, con su carga mítica, las posibilidades mismas de reinvención del Estado, quedando atrapado éste en las redes del nacionalismo que trata de monopolizarlo. La soberanía esgrimida por cualquier nacionalismo, que en este caso actúa servilmente hacia poderes económicos o instancias externas y autoritariamente hacia dentro, tiene mucho del fondo teológico monoteísta del que procede. Por ello una soberanía mitificada funciona en un discurso monológico, con afán monopólico e interpretada de modo compacto como indivisible, cual correspondiente al uno, ya no divino, pero sí el uno que es Estado unitario que con la soberanía también se eleva a mito –el “mito del Estado” que ya abordó Ernst Cassirer–.

Hay, pues, que empezar afrontando ese lastre de mítica heredad en moldes teológicos que sigue arrastrando la idea de soberanía, la cual, tal como venía del mundo de la religión y de las monarquías a las que pasó desde aquél, comportaba –como analiza Georges Bataille en la obra que dedicó a esclarecer “lo que entiende por soberanía”– una alienación o enajenación de lo que de suyo debía ser la soberanía de todos y cada uno de los individuos, pero que no lo era en tanto vivían en condiciones de servidumbre desde la que trasponían su soberanía al dios o al rey que los “representaba”. Una apreciación como esa da pie para aceptar la parte de razón que llevaba Carl Schmitt en su polémica Teología política al afirmar –no era el único– que “todos los conceptos centrales de la teoría del Estado son conceptos teológicos secularizados”, mas para alejarnos de inmediato de la “teología política” schmittiana. Ésta venía a sostener la idea de soberanía como secularización de la soberanía divina transferida al monarca absoluto y luego al Estado –operación tematizada por Hobbes, de quien Schmitt se sentía próximo, a diferencia de su distancia respecto al demócrata republicano Rousseau, que culmina el movimiento haciendo radicar la soberanía en el pueblo como conjunto de ciudadanos–. Lo malo es que Schmitt se aferraba a ese fondo de sacralidad, redundando en la mitificación, lo cual le hacía defender la soberanía como el poder total, no solo capaz de fundar el orden jurídico del Estado, sino de dejar en suspenso ese orden cuando discrecionalmente –arbitrariamente– lo considerara oportuno mediante el estado de excepción, poniendo entre paréntesis la misma legalidad establecida por el soberano: “soberano –era su definición– es quien decide sobre el estado de excepción”. Puesto así, lo grave que la realidad obliga a reconocer, con Walter Benjamin en sus Tesis de filosofía de la historia (8), es que el juego trucado del poder soberano hace que la regla misma acabe siendo el “estado de excepción en el que vivimos”, desde el momento en que la ley se ve constantemente traicionada desde el mismo poder que la promulga.

Los nacionalismos fascistas evidenciaron su apego al pensamiento de Schmitt, y aunque los nacionalismos de cuño liberal no manifiestan tal querencia, lo cierto es que en éstos últimos se sigue cultivando una noción de soberanía cargada de connotaciones provenientes de ese pasado teológico, no suficientemente depuradas, dando lugar en ese caso a una idea de soberanía, como hemos dicho, malamente secularizada, al menos por estarlo a medias. La ideología nacionalista se nutre de ese fondo donde arraiga una mitificación de la soberanía que, por lo demás, entronca con otras mitificaciones con las que se construye el imaginario nacionalista, tanto si es de legitimación, en el caso de nacionalismos mayoritarios e instalados en el poder de un Estado, como si es de carácter reivindicativo, como es en los nacionalismos minoritarios, aspirantes en muchos casos a Estado propio. El caso es, con todo, que tanto en unos como en otros la soberanía que a ellos se asocia, por muy mitificada que esté la idea, no deja de ser una soberanía mitificada, metida en tramposos equilibrios compensatorios entre sus dos mitades. Lo que se sigue, sobre todo por el lado de la soberanía falsamente encumbrada por el lado del nacionalismo dominante, aferrado a la obsoleta ecuación una nación, un Estado, es la ridícula pretensión –ridícula por no creíble– de pretenderse independiente, como corresponde a la soberanía defendida cual si fuera la de un “dios celoso”, pero siendo en realidad lo contrario. Esto es lo que se constata ahora en el mismo seno de una Unión Europea en la que se ha pasado de supuestas cesiones de soberanía para constituir espacios comunes de poder, a ver cómo de hecho se trata, al menos para los países periféricos del sur, de soberanía que nos es robada en procesos que se dan al margen de los procedimientos establecidos por la misma normativa de la Unión.

DEMOCRACIA O PODER CIUDADANO: ¿SOBERANÍA SIN MITOS?

No es el momento de adentrarnos por derroteros de filosofía política que nos llevarían excesivamente lejos, pero sí lo es de reparar en que, además de razones pragmáticas que invitan a flexibilizar, secularizar y relativizar un concepto de soberanía trasnochado, también hay razones de profundo calado teórico que nos dicen que la idea de soberanía que en medio de todo esto aparece una y otra vez es una idea del todo obsoleta. Una fina operación de desmontaje de un concepto de soberanía que se pretende sostener sobre unos cimientos desmoronados es la que lleva a cabo, por ejemplo, el constitucionalista italiano Luigi Ferrajoli, el cual, en un magnífico texto de 1997 sobre “La soberanía en el mundo moderno”, tomando pie de la herencia del jurista Hans Kelsen –con quien polemizaba Schmitt–, pone de relieve las contradicciones con las que carga el concepto y quien se apunte a mantenerlo inconmovible. En el Estado constitucional y democrático de derecho, el concepto de soberanía, como soberanía interna –del Estado hacia dentro– pierde su razón de ser. En este punto merecen ser transcritas estas líneas de la obra Derechos y garantías. La ley del más débil (Ed. Trotta, Madrid, 2009, pp. 138-139) del profesor italiano:

“División de poderes, principio de legalidad y derechos fundamentales constituyen, en efecto, limitaciones y en último término negaciones de la soberanía interna. Gracias a estos principios, la relación entre Estado y ciudadano deja de ser una relación entre soberano y súbdito, y se convierte en una relación entre dos sujetos que tienen una soberanía limitada. En particular, el principio de legalidad en los nuevos sistemas parlamentarios cambia la estructura del sujeto soberano vinculándolo no sólo a la ley sino también al principio de las mayorías y a los derechos fundamentales –por tanto, al pueblo y a los individuos– y transformando los poderes públicos de potestades absolutas en potestades funcionales. Desde esta perspectiva el modelo del Estado de derecho, en virtud del cual todos los poderes quedan subordinados a la ley, equivale a la negación de la soberanía, resultando excluidos aquellos sujetos o poderes que se encuentran legibus solutus; de esta forma la doctrina liberal del Estado de derecho y de los límites de su actividad se convierte también en una doctrina que rechaza la soberanía”.

En lo que respecta a la soberanía externa, también la rea – lidad actual de los Estados hace insostenible que se predique tal cual, puesto que los tratados internacionales y, más aún, la adhesión a las declaraciones de Naciones Unidas sobre Derechos Humanos que los Estados incorporan a sus constituciones como derechos fundamentales implican un límite tal a la soberanía que, en verdad, sólo se mantiene como concepto pertinente en tanto que el orden internacional sigue siendo un hobbesiano estado de naturaleza, sólo mitigado por dichos tratados y la pertenencia a organizaciones supranacionales, respecto a las cuales, no obstante, se siguen manteniendo reservas de soberanía –que en la mayor parte de los casos apenas supone capacidad alguna de ejercerla–. Con todo, es contradictoria con esa noción de soberanía hacia fuera, en las relaciones internacionales o interestatales, un concepto de ciudadanía que remite a derechos de los individuos como sujetos políticos, que de suyo implica obligaciones y responsabilidades de los Estados respecto a los ciudadanos –y no sólo sus ciudadanos, otrora súbditos– que trascienden límites fronterizos y, por tanto, delimitaciones según categorías vinculadas al concepto de soberanía externa. Junto a eso, si queda como “resto” la soberanía popular es –dice Ferrajoli– cual “un simple homenaje al carácter democrático-representativo de los ordenamientos actuales”, dado que éstos, en tanto tienen ese carácter, dejaron atrás los ribetes absolutistas que, aun secularizados, han acompañado a la idea de soberanía, incluso en la versión que quiso darle Schmitt de concepto- límite. Por tanto, con un enfoque como el ofrecido tan sugerentemente por Luigi Ferrajoli, la secularizada relativización de la idea de soberanía, su desmitificación, y con ella, la desmitificación de lo nacional-estatal, es paso obligado para salir de los falsos encantamientos políticos y laborar a favor de una política verdaderamente profana –así, la reivindicaba con acierto el politólogo francés Daniel Bensaïd–, lejos de los tintes funcionalmente religiosos que sigue presentando una política que no cesa de pedir sacrificios a los individuos o de proceder directamente a inmolarlos, sea en el culto a Leviatán, sea en el altar de Moloch.

En tanto que un pueblo agredido, como lo estamos siendo los ciudadanos en la actual crisis del sistema en el que estamos inmersos, toma conciencia de sí, de su dignidad, y es capaz de convertir su indignación en energía política transformadora, podrá poner en su sitio a los “poderes salvajes” que desde fuera y desde dentro del Estado liquidan, utilizando abusivamente los mismos poderes del soberano, lo que de soberanía le pudiera quedar a una ciudadanía expoliada y humillada. Ésta no necesita nuevos mitos, sino acopio de eso que Ernst Bloch llamaba “energías utópicas” para administrar desde la resistencia su capacidad de movilización social e innovación política, con las miras puestas en una participación democrática que sea cauce de una humilde, pero efectiva, soberanía en ejercicio desde la libertad, en igualdad y tras objetivos de justicia.

¿El pueblo soberano?

Evaristo Villar

Éxodo 119 (may.-jun.) 2013
– Autor: Evaristo Villar –
 
CUANTOS consideramos la convivencia social como un propio del ser humano consideramos que la mejor base y garantía para la dignidad y derechos de los ciudadanos es el sistema democrático; en él, el ciudadano es sujeto primordial y soberano. El Estado, con los gobiernos y políticos que nos representan, sería el último baluarte sin el cual desaparecerían nuestra razón y seguridad colectivas.

La crisis actual tiene como característica cuestionar la validez de esta convicción: nuestra autoridad democrática no nos representa, se ha instalado en una esquizofrenia que la somete a un poder extraño y superior (el capital, a quien obedece) y se alza prepotente contra la ciudadanía (a quien aplasta y miente). Un juego perverso.

Somos soberanos y estamos intervenidos. Las conquistas democráticas se evaporan ante nuestros ojos. La situación actual se debate cada vez más entre dos lógicas: la de los indignados y la de la política dominante.

¿En qué queda entonces la soberanía del pueblo y, consiguientemente, la del Estado? ¿Es un mito? ¿Hay que relativizarla y secularizarla? ¿Somos Estado y Pueblo dos sujetos con soberanías limitadas? ¿Será verdad que “ninguna soberanía tendrá todos los atributos de la soberanía” o todo se encamina a aminorar y reducir los elementos democráticos hasta lograr que sean marginales? ¿Nuestras llamadas democracias no son sino dictaduras económicas ataviadas con una fachada democrática?

Son preguntas a las que EXODO intenta responder en este número. Y los autores que colaboran, sin duda desde perspectivas y ámbitos distintos, ofrecen elementos que concitan a revisar y aunar esfuerzos en la dirección de una auténtica democracia.

Y, con respuesta convergente, EXODO promueve la crítica, la denuncia, la solidaridad, el compromiso, la esperanza, las alternativas frente a tanto poder político servil y menguado; y frente a un capitalismo que cada vez ocupa más espacio en este mundo y está en camino de destruirlo.