El problema de la autoridad en la Iglesia Católica

José María Castillo

Éxodo 118 (marz.-abril) 2013
– Autor: José María Castillo –
 
¿UNA POTESTAD ILIMITADA?

Tal como está redactado y promulgado (1983) el vigente Código de Derecho Canónico, en él se da pie para hacerse esta pregunta: ¿se atribuye la Iglesia católica a sí misma un poder sin límites en este mundo? Es evidente que en la Iglesia a nadie se le ocurre semejante cosa. Porque, entre otras razones, los católicos sabemos que la Iglesia no tiene poder para matar, odiar o hacer lo que prohíbe el Evangelio. El problema está en que, como sabemos por la historia, la Iglesia ha gestionado las cosas de manera que, con frecuencia, ha hecho (y sigue haciendo) no pocas cosas que contradicen literalmente lo que manda el Evangelio. De ahí la pregunta.

Una pregunta que tiene su razón de ser en el texto literal del Derecho Canónico. En él se afirma que el Romano Pontífice tiene una potestad “que es suprema, plena, inmediata y universal” (c. 331). Una potestad, además, “contra la que no cabe apelación ni recurso” alguno (c. 333, 3). Es más, el Pontífice (la “Primera Sede”, c. 361) “no puede ser juzgado por nadie” (c. 1404). Es decir, el papa no tiene que dar cuenta a nadie de sus decisiones. Y, lo que es más sorprendente, “es derecho exclusivo del papa ser juez” de toda decisión que se tome en asuntos espirituales o relacionados con ellos (c. 1401). O sea, en todo. Ya que cualquier decisión humana puede tener relación con asuntos que afecten al espíritu.

Pues bien, lo más llamativo es que el papa tiene un poder tal, en un campo tan ilimitado, que él es quien tiene el “derecho exclusivo” (“dumtaxat ius”) de actuar como juez de quienes quebrantan el citado canon 1401, empezando por “quienes ejercen la autoridad suprema de un Estado” (“qui supremum tenent civitastis magistratum”) (c. 1405, 1º). Con lo que el Derecho oficial de la Iglesia católica se apropia el poder de juzgar (y presuntamente condenar) a cualquier jefe de Estado, sea del país que sea y tenga la religión que tenga. Más aún, el papa “es juez supremo para todo el orbe católico, y dicta sentencia o personalmente… o por jueces en los cuales delega” (c. 1442).

Y para que no quede posible resquicio de escapatoria para limitar el poder papal, el c. 1372 establece que “quien recurre al Concilio Ecuménico o al Colegio de los Obispos contra un acto del Romano Pontífice, debe ser castigado con una censura”, que puede ser la “excomunión” (c. 1331), el “entredicho” (c. 1332) o la “suspensión a divinis” (c. 1333). Con lo que se intenta resolver “jurídicamente” un problema decisivo en eclesiología. El problema que consiste en saber quién es el sujeto de suprema potestad en la Iglesia. Un asunto que “teológicamente” no está en modo alguno resuelto. Esto quedó patente en el concilio Vaticano II (LG 22) donde se afirma que el papa es “sujeto de suprema y plena potestad sobre la Iglesia universal”. Pero es importante saber que ese poder no lo tiene sólo el papa. También lo tiene el colegio episcopal, como se dice igualmente en LG 22. Pero, entonces, ¿cómo se armonizan ambos poderes en uno? El Vaticano II lo dejó sin resolver. La Nota Explicativa Previa, que al final impuso Pablo VI (que ni él mismo la firmó), despachó el asunto recurriendo a la “potestad de jurisdicción”, que, según el c. 129, existe en la Iglesia “por institución divina”, cuando en realidad se sabe que la iurisdictio tiene su origen en el pensamiento medieval y quedó fijada por el jurista Bartolo de Sassoferrato, profesor en Bolonia a partir de 13281.

Pero hay más. Porque el papa, además de sucesor de Pedro, es jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano. Y, según el art. 1 de la Ley Fundamental de dicho Estado, “el Sumo Pontífice… tiene la plenitud de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial”. El Vaticano es, por tanto, la última monarquía absoluta que queda en Europa. En un Estado así no cabe la distinción de poderes, que es la base del Estado de Derecho.

Hay, pues, motivos para hacerse la pregunta: ¿se atribuye el papado una autoridad ilimitada? Aunque quizá a nadie se le ocurre semejante cosa, el lenguaje jurídico que utiliza el Derecho eclesiástico da pie para sospechar que, en cuanto se refiere al tema de la autoridad en la Iglesia católica, la teología admite tranquilamente una forma de expresarse que produce la impresión de manejar una mentalidad auténticamente paranoica. ¿A quién se le ocurre, a estas alturas, afirmar en documentos públicos y oficiales que él –y solamente él– tiene una potestad que es suprema, plena, inmediata, universal, que no puede ser juzgada por nadie, que además es un poder de juzgar y condenar incluso a los jefes de Estado del mundo entero, un poder además que no admite apelación o recurso alguno, y que si alguien recurre a un Concilio o a los obispos del mundo por las decisiones que toma ese poder, quien haga semejante cosa debe ser castigado? Una persona que esté en su sano juicio, ¿no diría que es un despropósito considerarse tan importante y verse tan superior al resto de los mortales? Es evidente que detrás de este lenguaje jurídico existe una mentalidad teológica, que es la que sustenta una forma de entender una “autoridad” y un “poder” que jurídicamente y teológicamente son un esperpento y un fantasma. Porque ni existe tal autoridad. Ni existe tal poder. A no ser que no hablemos de la Iglesia, sino de Dios. Y en ese caso, en realidad no sabemos de qué estamos hablando. Porque a Dios, nadie lo ha visto jamás (Jn 1, 18).

Pero, sobre todo, lo más fuerte es que un sistema de gobierno así equivale a un “poder absoluto”, en el que, entre otra cosas, la aceptación y la puesta en práctica de los Derechos Humanos se hace imposible. Es justamente lo que ocurre en la Iglesia católica. El papa concentra todos los derechos hasta tal extremo, que todos los demás católicos carecemos de derechos, si es que hablamos de “derechos” en sentido estricto.

JESÚS Y EL PODER

La palabra “poder” indica siempre una relación de dependencia. Cuando es relación entre personas, se expresa mediante el sustantivo exousía, que se puede entender también como “autoridad” 2. En todo caso, el poder o la autoridad ponen de manifiesto una “desigualdad”. El que ejerce el poder está por encima del que se somete a ese poder. De ahí la utilización, en la vida y lenguaje de Jesús, del verbo “obedecer” (hypakoúô). En los evangelios, la obediencia se aplica únicamente a los demonios (Mc 1, 27), al viento y a las olas del mar (Mc 4, 41 par), y a una planta vegetal (una morera) (Lc 17, 6) 3. Jamás ni se insinúa en los evangelios que Jesús se relacionase con ningún ser humano desde la superioridad del que manda y al que el inferior obedece. La relación de Jesús con los discípulos y con la gente se expresa siempre, en los evangelios, mediante la experiencia del “seguimiento”, que nace de la “ejemplaridad”, nunca de la “sumisión”, que es la respuesta del débil al fuerte, del pequeño al grande.

Jesús les dio “autoridad” (“exousía”) a los Doce discípulos (Mt 10, 1). Pero el evangelio puntualiza que se trata de una autoridad “para expulsar demonios y curar enfermos”. No es un poder doctrinal y, menos aún, judicial. Es un poder terapéutico, para aliviar sufrimientos y hacer feliz a la gente en sus relaciones con los demás y en su relación con Dios.

El problema, que repetidas veces aparece en los evangelios, es la resistencia que los discípulos presentaron para aceptar esta propuesta de Jesús. Desde las discusiones entre ellos sobre quién era el más importante (Mc 9, 33-37 par) hasta la ambición de los hijos de Zebedeo por los primeros puestos en el Reino (Mc 10, 35-41 par), con las severas advertencias que les hizo Jesús contra toda pretensión de parecerse a los “jefes de las naciones y a los grandes que imponen su autoridad” (Mc 10, 42-45 par). Y es sabido que, en estas resistencias al proyecto de Jesús contra la mentalidad del poder en los planes de Dios, destacó Pedro. Desde el momento en que Jesús le llamó “¡Satanás!” (Mt 16, 23 par), pasando por la resistencia a que Jesús hiciera el oficio de esclavo al lavarle los pies (Jn 13, 6-9), hasta las negaciones del mismo Pedro en la pasión. Lo que allí se planteó no fue la actitud de un cobarde, sino la reacción de un decepcionado ante el mesianismo de la ejemplaridad en el fracaso, cosa que ni a Pedro ni a los otros apóstoles les entraba en su cabeza.

El movimiento original de Jesús fue “un fenómeno de comportamiento social desviado” 4. Un movimiento que encontró en la comunidad que él reunió el sustitutivo del Templo con sus dignidades y poderes. Hasta llegar a aceptar la función más baja que una sociedad puede adjudicar: la de delincuente ejecutado 5. De forma que, a partir de semejante comportamiento, fue como Jesús entendió, vivió y ejerció una forma de autoridad que se impondría pronto sobre todos los demás poderes. Porque es una forma que no se basa en la imposición dominante de las conciencias, sino en la ejemplaridad de quien señala la conducta a seguir desde la debilidad y la pequeñez del esclavo y el subversivo, que atrae y arrastra por su bondad.

LAS PRIMERAS “IGLESIAS”

Esta idea y esta forma de ejercer la autoridad ha llegado hasta nosotros (y la hemos podido conocer) gracias a los evangelios, que nos relatan cómo pensaba y cómo actuaba el Jesús terreno. Pero ocurre que, entre el Jesús terreno y el texto de los evangelios, que nosotros hoy leemos, están las cartas de Pablo. Y esto conlleva varios hechos de suma importancia. 1) Las cartas de Pablo se escribieron entre los años 50 al 55/56 6, mientras que los evangelios se redactaron cerca de 30 años después, a partir del año 70. 2) Pablo fue el que organizó las “asambleas del pueblo” cristiano denominándolas “iglesias” (“ekklesíai”) 7. 3) Por tanto, las comunidades cristianas se organizaron como “iglesias” sin conocer –al menos en muchas de ellas– los evangelios, ya que Pablo no conoció al Jesús terreno, sino al “Resucitado” (Gal 1, 11-16; 1 Cor 9, 1; 15, 8; 2 Cor 4, 6; cf. Hech 9, 1-19; 22, 3-21; 26, 9-18). Incluso llegó a decir que el Cristo “según la carne” no le interesó nunca (2 Cor 5, 16). 4) La consecuencia lógica que esto entraña es que la Iglesia se organizó y gestionó sus estructuras básicas sin conocer a Jesús, ya que, como bien se ha dicho, “el alcance del conocimiento pasivo de la tradición de Jesús que poseyera Pablo es, en el fondo, irrelevante para la comprensión de la teología paulina” 8. Por eso las ideas sobre la comunidad cristiana, y sobre el modo de entender y ejercer el poder en las asambleas cristianas, son cuestiones que poco o nada pudieron influir en la Iglesia naciente, por más que este asunto fuera capital para Jesús en su vida terrena. Pablo no pudo sino elaborar sus ideas sobre el poder y su praxis del mismo, no desde el Jesús que anduvo por el mundo, sino desde Hijo de Dios resucitado y glorificado, Mesías y Señor nuestro (Rom 1, 4).

PABLO, APÓSTOL DE JESUCRISTO

Desde su experiencia del Resucitado, en el camino de Damasco, Pablo tuvo una obsesión. Su vida y su tarea habían adquirido una orientación nueva, que no era solamente “la fe en Jesucristo”, sino que además de eso, él había sido constituido, directamente por Dios, “apóstol de Jesucristo”. Él sabía que hubo antes de él apóstoles en Jerusalén (1 Cor 15, 8-11; Gal 1, 17-19). Como había quienes reclamaban para sí el título de “apóstol” (Fil 2, 25; 2 Cor 11, 5. 13; 12, 11, etc) 9. Pero su apostolado dependía directa y únicamente de Dios. No era obra y gracia de los hombres (Gal 1, 1; cf. 1, 11). Su juez era únicamente el Señor (1 Cor 4, 3-5). Como es lógico, en tales condiciones, Pablo tenía que imponerse. Y además imponer su autoridad en las asambleas, es decir, en la Iglesia.

Y lo hizo. Pablo no sabía que Jesús había procedido de otra forma. Para Pablo el apostolado implica un mandato recibido del Señor resucitado (1 Cor 15, 8-9); su misión como apóstol de los gentiles quedó autorizada por una revelación (Gal 1, 15 s). Puesto aparte por Dios (Gal 1, 15; Rom 1, 1), Pablo se veía investido de una autoridad especial respecto a los gentiles (Rom 1, 5. 11-15; 11, 13; 15, 14- 24). Lo que representaba, para Pablo, que cuando él predicaba, es como si Dios mismo hablara (1 Tes 2, 2-4. 13; 4, 15; 1 Cor 14, 37; 2 Cor 5,18-20). Hasta el extremo que quien niega el evangelio de Pablo rechaza a Dios (1 Tes 4, 8; Gal 1, 8) 10. En definitiva, Pablo no tenía más remedio que subrayar su autoridad apostólica para legitimar su doctrina radical, en la que, como sabemos, llega a expresiones muy fuertes 11.

Así, quedaron asentadas las bases de una concepción enteramente peculiar de la autoridad en la Iglesia. Una autoridad que Dios concede directamente a los que escoge como apóstoles. Una autoridad que se identifica con la autoridad de Dios mismo. Y una autoridad que se ve como enteramente necesaria e irrenunciable para legitimar y mantener una enseñanza, la enseñanza que imparte la Iglesia. A partir de estas bases, se entiende perfectamente la evolución que no tardó en producirse. Por supuesto, en esta forma de entender y practicar la autoridad, se encuentran una serie de componentes básicos que poco o nada tienen que ver con lo que vivió y enseñó Jesús. Es más, algunos de esos componentes se ven como difícilmente conciliables con las enseñanzas del Evangelio. Pero, como ya se ha explicado, el Evangelio llegó tarde. Cuando las comunidades o “iglesias” conocieron los evangelios, las asambleas cristianas se venían gestionando, desde hacía bastantes años, por criterios diferentes a las enseñanzas de Jesús. Pero criterios perfectamente admitidos y ya asimilados como “lo que Dios quería y había dispuesto”.

En estas condiciones, los cambios que se produjeron (probablemente) durante el siglo segundo fueron decisivos.

EL FONDO DE UN PROCESO DE PERVERSIÓN

No se trata aquí de estudiar la historia del proceso que, durante el s. II, hizo que el gobierno de la Iglesia se fuera concentrando en el obispo de Roma. Los datos seguros que sobre este asunto se conocen hasta este momento no dan para mucho 12. Ni el Fragmento Muratoti, ni la conocida afirmación de Ireneo, obispo de Lyón, según la cual todos deben estar de acuerdo con la Iglesia de Roma, que es la que tiene “la principalidad más potente”, no ofrecen una argumentación suficiente para deducir de ahí una primacía ni jurídica ni apostólica de la Iglesia romana. Tampoco en ella se alude a Pedro para justificar sus privilegios sobre las demás “iglesias” del mundo 13.

El mejor especialista que seguramente ha tenido, hasta ahora, la teología católica en cuanto se refiere a la historia de la eclesiología, Yves Congar, nos dejó un resumen condensado que ofrece mucha luz en este orden de cosas. Lamentándose de los abusos que se cometían durante el papado de Pío XII, Congar escribió en su diario: “Veo cada vez con más claridad que el fondo de todo es una cuestión de eclesiología, y me doy cuenta de cuáles son las posiciones eclesiológicas que están en causa. Mi estudio de la historia de las doctrinas eclesiológicas me ayuda a ver las cosas con toda claridad. Todo parte de esto: en Mt 16, 19 los Padres han visto la institución del sacerdocio o del episcopado. Para ellos, lo que se funda en Pedro es la ecclesía, la primacía canónica del obispo de Roma. Sin embargo, la propia Roma, y esto a partir, tal vez, del siglo II, monta las cosas de otra forma. Ella ve en Mt 16, 19 su propia institución. Para ella, los poderes no pasan de Pedro a la ecclesía, sino de Pedro a la sede romana. De suerte que la ecclesía no se forma a partir de Cristo, vía Pedro, sino a partir del papa. Para la Iglesia, estar construida sobre Pedro significa, a los ojos de los papas, recibir consistencia y vida del papa, en el cual, como en la cabeza, reside la plenitudo potestatis (potestad plena)” 14.

Es claro que el mismo Congar, años después, habría matizado mejor este juicio de síntesis, en lo que respecta al valor del texto de Mt 16, 19 15. Y en cuanto afecta a la inexplicable concentración de todo el poder de la Iglesia en un solo hombre, el papa, limitando –o incluso anulando en no pocas cosas– el poder de los laicos, de los sacerdotes y sobre todo del colegio episcopal, sirviéndose de argumentos teológicamente inexistentes, como se hizo en el Vaticano II, cosa que ya ha quedado explicada en este artículo. En todo caso, Congar acierta plenamente en su juicio cuando afirma que la teología (de la Curia Romana) defiende que los poderes que el papado se atribuye, y de facto, ejerce en todo cuanto le conviene, provienen directamente de Dios, como es el caso de la llamada “potestad de jurisdicción” a la que el c. 129 le concede “origen divino”. Es uno de tantos casos en los que “lo jurídico” se ve elevado a la categoría de “lo teológico”. Sin otro argumento plausible que (sin decirlo) eso es lo que interesa al sistema romano.

Una institución –como es el caso de la Iglesia– que es débil en su capacidad de presionar por la fuerza de los jueces y la policía, suele echar mano de la fuerza de las amenazas divinas, elevando la impresión de los castigos a la dignidad social de la persona, y a la paz de la conciencia en la intimidad del sujeto, al que se le hace sentir como “pecado” lo que en realidad es el natural “sentimiento de culpa” que nace con cada bebé como mecanismo de defensa, según explican los psicólogos.

UNA HISTORIA DE FALSEDADES

Entre las más importantes, y las que más han condicionado el creciente proceso de concentración del poder de la Iglesia en el poder papal, cabe enumerar, sin duda, la suplantación de la “auctoritas” por la “potestas” 16. El papa Gelasio (492-496) asignaba la “autoridad” al papa, mientras que lo propio del emperador era la “potestad”. La “autoridad” evoca una fuente carismática de legitimidad, en tanto que la “potestad” indica un poder sustancialmente ejecutivo. Tal era la idea de ambos conceptos en la Alta Edad Media 17. Con el paso de los tiempos, la potestas, que además se ha calificado como sacra, se ha concentrado en el papa, de modo que, sólo en el c. III de LG, se aplica al “poder jerárquico” 15 veces. Es evidente el desplazamiento del poder religioso a formas de poder político. Y no parece que sea un mero uso semántico. Es decir, la teología católica ha permitido y legitimado exactamente lo que Jesús había prohibido severamente en el Evangelio (Mc 10, 42-45 par).

Otro dato decisivo a tener en cuenta es el hecho de las Falsas Decretales, que se suelen datar hacia el año 850, y se supone que tienen su origen en Isidoro Mercator. Se trata de 313 documentos falsos en los que se atribuye a la autoridad de los papas del tiempo de los mártires el origen de las estructuras eclesiásticas del s. IX. Así, no sólo se arruinó el conocimiento histórico del ejercicio de la autoridad en la Iglesia. Además de eso, se acreditó la idea de que todas las determinaciones de la vida de la Iglesia habían brotado del papado como de su fuente. Y por si fuera poco, se impuso una concepción del papado meramente jurídica 18. De esta manera, en la Iglesia se instaló el criterio teológico de que toda su vida depende de la cabeza que es la Iglesia romana 19. Así se preparó el camino para que el papa Juan VIII (872-882) fomentase la convicción según la cual la cristiandad tenía que vivir sometida, no sólo al gobierno papal, sino además al de los príncipes cristianos 20. El terreno teológico estaba perfectamente preparado para que Gregorio VII pusiera en marcha (S. XI) la reforma decisiva que concentró todo el poder de la Iglesia en el papa. Y así se pervirtió, hasta el día de hoy, la teología y la práctica de la autoridad en la Iglesia.

CONCLUSIONES

1. Jesús no pensó en esta Iglesia que tenemos. Ni tenemos trazas de que pretendiera organizar una institución estructurada sobre la base de la sumisión a un hombre, el papa.

2. Jesús vio como la peor tentación, para el movimiento de seguidores que él puso en marcha, la pretensión de que alguno de sus seguidores quisiera situarse el primero, justificando semejante conducta en que así se mantendría la unidad.

3. Es una ley del comportamiento social que un colectivo, que quiere perpetuarse en la historia, necesita alguna forma de institucionalización. Esto supone la existencia de una autoridad central que coordine al conjunto. Desde este punto de vista, es razonable la existencia del papado.

4. Ningún papa tiene poder para actuar en contra del Evangelio.

5. La autoridad en la Iglesia no es de naturaleza jurídica o política. Urge en la Iglesia acabar con este desplazamiento de estructuras mundanas que han adulterado el significado y la importancia del “seguimiento” de Jesús como principio determinante de la vida cristiana.

6. Jesús no escogió, para el apostolado, sólo a Pedro. Jesús escogió a Doce, que la Iglesia no ha visto nunca la necesidad de perpetuarlos. Se buscó un sustituto para Judas, pero después, cuando fueron muriendo los demás, nadie pensó en elegir sucesores. En todo caso, la “sucesión episcopal”, como puesta en práctica de la “sucesión apostólica”, pertenece a la fe de la Iglesia. Y es al Colegio Episcopal en su conjunto al que corresponde coordinar la diversidad de ministerios y tareas que realiza la Iglesia. La “cabeza”, que coordina al Colegio Episcopal, desde el s. III, es el obispo de Roma.

7. Es urgente que la Iglesia modifique su teología, de forma que en ella pueda encajar y ponerse en práctica la totalidad de los Derechos Humanos. …………………….

1 P. Costa, Iurisdictio. Semantica del potere politico nella pubblicistica medievale (1100-1433), Università di Firenze, Milano 1969, 284; D. Quaglioni, Politica e Diritto nel Trecento italiano, Biblioteca 11, Firenze 1983, 20; E. Cortese, Il Diritto nella Storia Medievale, II, Il Cigno Galileo Galilei, Roma, 1999, 433.

2 W. Mundle: DTNT III, 385-393.

3 G. Schneider: DENT II, 1864.

4 W. Schottroff – W. Stegemann, Der Gott der kleinen Leute, Keiser, München, 1979, 94-120; G. Theissen, Sociología del Movimiento de Jesús, Sígueme, Salamanca, 2005, 29.

5 G. Theissen, Sociología del Movimiento de Jesús, 53.

6 F. Vouga, “Cronología paulina”, en D. Marguerat (ed.), Introducción al Nuevo Testamento, Desclée, Bilbao, 2008, 136.

7 A. Hilhorst, “Termes chrétiens issus du vocabulaire de la démocratie athénienne”: Filología Neotestamentaria I/1 (1988), 29.

8 Jürgen Becker, Pablo. El Apóstol de los paganos, Sígueme, Salamanca, 2007, 148.

9 J. Becker, O. c., 104- 105.

10 M. Y. Macdonald, Las comunidades paulinas, Sígueme, Salamanca, 1994, 78- 79.

11 Ch. Rowland, Christian Origins: An Account of the Setting and Character of the most Important Messianic Sect of Judaism, London 1985, 227-228; cf. M. Y. Macdonald, o. c., 79, n. 6.

12 Un buen resumen en Juan A. Estrada, Para comprender cómo surgió la Iglesia, Verbo Divino, Estella, 1999, 213-235.

13 J. A. Estrada, o. c., 233.

14 Y. Congar, Diario de un teólogo (1946- 1956), Trotta, Madrid, 2004, 404.

15 Este dicho puede derivar de Jesús. Pero tal perspectiva tiene cada día menos defensores. Y los mejores estudiosos ven aquí un texto redaccional. Cf. U. Luz, El evangelio según san Mateo, II, Sígueme, Salamanca, 2006, 598, con abundante y selecta bibliografía en pgs. 591-593.

16 PL 59, 42-43; 108- 109. Y. Congar, L’Eglise de saint Augustin à l’époque moderne, Cerf, Paris, 1970, 31-32.

17 A. Magdelain, “Auctoritas rerrum”: Rev. Intern. Des droits de l’Antiquité 5 (1950) = Mélanges De Vischer, 128 ss. W. Ullmann, The Growth of Papal Gouvernement…, London 1955, 20-23.

18 Y. Congar, L’Eglise de saint Augustin à l’époque moderne, 62-63. Con selecta bibliografía.

19 Y. Congar, L’ecclésiologie du Haut Moyen-Age, Cerf, Paris 1968, 230.

20 J. Rupp, L’idée de Chretienté dans la pensée pontificale des origines à Innocence III. (Tesis Pont. Univ. Gregoriana), 1939, 35-52.

Benedicto XVI ¿El Papa restauracionista que hizo posible el cambio?

Leonardo Boff

Éxodo 118 (marz.-abril) 2013
– Autor: Leonardo Boff –
 
LA CRISIS POSCONCILIAR DE LA IGLESIA

No es ninguna sorpresa la agudísima crisis que hemos venido padeciendo en la Iglesia. Se venía cerniendo desde los años 70, cuando progresivamente vimos cómo se iban apagando el espíritu y las propuestas renovadoras del Vaticano II. La sorpresa se convirtió en decepción, pues contra todo lo esperado, en ella volvían a aposentarse paradigmas doctrinales del pasado. Quedaban, es cierto, los documentos conciliares y la experiencia renovadora aplicada, pero el vendaval de la involución arrancaba o paralizaba la siembra posconciliar y agravaba el malestar.

Parecía que el concilio saldaba la hostilidad con la modernidad, sacaba a la Iglesia de su atraso y enclaustramiento y la lanzaba a situarse en medio del mundo con una actitud nueva de respeto, apertura, diálogo y colaboración, afrontando con humildad los retos del ecumenismo, del diálogo interreligioso, de la autonomía de la ciencia y de las realidades terrenales y sociales y del compromiso profético contra la desigualdad, la injusticia, la pobreza, el hambre, la tiranía de los imperios y la explotación de unos pueblos por otros. Era un florecer primaveral, rejuvenecedor, que nos llenó de optimismo.

Por eso, el parón en esos momentos hizo la crisis más aguda y llevó a muchos a decaer, frustrarse, como si la renovación fuera imposible.

La crisis posconciliar restauracionista arrastraba en su cabalgar la muerte infligida a miríadas de conciencias reilusionadas por el nuevo espíritu del concilio. Aquel cabalgar no era posible sino porque quienes lo animaban contaban con el soporte, la estructura y la inercia de una cristiandad por siglos cohesionada en otro modelo y pautas de comportamiento.

La sacudida del concilio fue enorme hacia dentro y fuera de la Iglesia, pero en el transcurso de unos pocos años vimos hasta dónde llegaba el arraigo terrible de la transformación sufrida por la Iglesia, en tiempos del papa Gregorio VII en 1077. Para defender sus derechos y la libertad de la iglesiainstitución contra los reyes y príncipes que la manipulaban, publicó un decreto bajo el significativo título “Dictatus Papae” ,“La dictadura del Papa”, por el que asumía todos los poderes, pudiendo juzgar a todos sin ser juzgado por nadie. Jean-Yves Congar, el gran historiador de las ideas eclesiológicas, consideraba ésta como la mayor revolución que ha habido en la Iglesia.

Y, en realidad de verdad, esa es la comprensión reflejada en el canon 331 del Derecho Canónico: “En virtud de su oficio, el Papa tiene el poder ordinario, supremo, pleno, inmediato y universal” y en algunos casos específicos, “infalible”. El mismo Congar escribió (La Croix, 9-8-1984): “El carisma del poder central es no tener ninguna duda. Pero no tener dudas acerca de uno mismo es, a la vez, magnífico y terrible. Es magnífico porque el carisma del centro es precisamente mantenerse firme cuando todo vacila a su alrededor. Y es terrible, porque los hombres que están en Roma tienen límites, límites en su inteligencia, límites en su vocabulario, límites en sus referencias, límites en su ángulo de visión”.

JOSEPH RATZINGER EN LA CRESTA DE LA CRISIS BAJO SU TRIPLE PAPEL DE TEÓLOGO, PREFECTO Y PAPAJ

OSEPH RATZINGER, TEÓLOGO RESTAURACIONISTA MEDIEVAL

Ratzinger, antes que Prefecto y Papa, era teólogo y habremos de ver cómo actuaron en el interior de su personalidad estas tres facetas.

Yo conocí a Benedicto XVI primero de todo como teólogo, en Alemania, en mis años de doctorado, años 1965- 1970. Pude escuchar muchas de sus conferencias. Hablando con él, se interesó por mi tesis doctoral “El lugar de la Iglesia en un mundo secularizado”, hasta el punto que me buscó una editorial para publicarla –un tocho de 500 páginas– y pagarme él mismo la edición. Después, durante los años 1975-1980, trabajamos juntos en la revista internacional Concilium, cuyos directores se reunían todos los años en la semana de Pentecostés en algún lugar de Europa, siendo yo el responsable de la edición en portugués. Con esta ocasión, mientras los otros hacían la siesta, él y yo paseábamos y conversábamos sobre temas de teología, sobre San Buenaventura y San Agustín, autores en los que él era especialista, sobre la fe en América latina…

Todo esto hizo que cuando en 1984 fue nombrado presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, yo me sintiera sumamente feliz, pensando que al fin había un teólogo al frente de dicha institución. Le escribí, pero mi contento duró poco tiempo, pues no habían pasado ni 20 días y ya me llegó una carta suya en la que me decía que, en la Congregación que él presidía, había varios asuntos relacionados conmigo, que había que resolver. Se refería, en especial, a mi libro “Iglesia: carisma y poder” (Vozes 1981; Sal Terrae 1982).

La noticia no es que me sorprendiera, pues sabía que por la publicación de mis libros, obispos del Brasil conservadores y perseguidores de teólogos de la liberación escribían a Roma expresando sus quejas y comentando el daño que mi teología podía hacer a los fieles. Y, tal como temí, esta táctica comenzó a producir un efecto de contaminación en el nuevo Prefecto. Los que le rodeaban le presionaban acendrando el peligro y escándalo de mi doctrina y él, sin verificarlo directamente, los creía y de esa manera aumentaba la predisposición contra mí.

Digo esto porque, con ocasión del libro citado, lo tuve como juez, juntamente con 13 cardenales más. Todos opinaron y decidieron en contra, excepto él, que fue discrepante de la mayoría. Él conocía otros libros míos, me había expresado que le gustaban e incluso delante del Papa Juan Pablo II me había apoyado y elogiado. Por otra parte, él fue testigo de cómo la presidencia de la Conferencia Episcopal Brasileña y dos de sus cardenales, Aloysio Lorscheider y Paulo Evaristo Arns, me defendieron y le pusieron en aprietos asegurándole que las críticas que él había hecho contra la teología de la liberación eran eco de sus detractores y no un análisis objetivo. Los tuvo en cuenta y aceptó la idea de un nuevo documento positivo. Yo mismo y mi hermano Clodovis fuimos invitados a presentar un esquema. En un día y una noche lo hicimos y lo entregamos.

A pesar de todo, me sometió a un tiempo de “silencio obsequioso”, tuve que dejar la cátedra y me fue prohibido publicar cualquier cosa. Nunca dejé la Iglesia, aunque sí dejé, dentro de ella, la función de presbítero.

A pesar de todo lo ocurrido, sigo pensando que Benedicto XVI fue un eminente teólogo, pero un teólogo nostálgico de la síntesis medieval. Su visión era restauracionista. Sus ídolos teológicos eran San Agustín y San Buenaventura, que mantuvieron siempre una gran desconfianza de todo lo que venía del mundo, contaminado por el pecado y necesitado de ser rescatado por la Iglesia. Es una de las razones que explican su oposición a la modernidad a la que ve bajo la influencia del secularismo y el relativismo y fuera del ámbito de influencia del cristianismo, que ayudó a formar Europa.

JOSEP RATZINGER, GUARDIÁN DE LA ORTODOXIA

El Prefecto Ratzinger estaba y actuaba dentro de la lógica de un sistema cerrado y autoritario, que no cultiva el diálogo y el intercambio. Quien no se alineaba plenamente con tal sistema, era natural que se sintiera vigilado y controlado. De acuerdo con esa lógica, el Prefecto Ratzinger condenó, silenció, depuso de la cátedra o transfirió a más de cien teólogos. Es triste tener que admitirlo, pero quienes están dentro de ese sistema se sienten condenados a hacer lo que hacen con la mayor buena voluntad. Pero como Blaise Pascal dijo: “Nunca se hace el mal tan perfectamente como cuando se hace con buena voluntad”. Sólo que esta buena voluntad no es buena, pues crea víctimas. A pesar de ello, no me queda más sentimiento para quienes se mueven dentro de la lógica de este sistema que la compasión y misericordia. Dicha lógica está a añosluz de la práctica de Jesús.

JOSEPH RATZINGER, UN PAPA FRUSTRADO

Desde que lo conocí, tuve la impresión de que a Ratzinger le venía grande la responsabilidad de ser Papa. Él era un profesor hecho para el estudio, la investigación y la docencia, no un pastor. Es fácil entender que enfrentarlo a otras tareas de gestión y gobierno, de relación con la gente, de solución de problemas y de conflictos, de trato con entidades de todo tipo, no era lo suyo, le hacían sentirse como forzado. Desde su timidez, yo imaginaba el esfuerzo que debía hacer para saludar al pueblo, abrazar a las personas, besar a los niños. No tenía el carisma de dirección y animación de la comunidad, como lo tenía Juan Pablo II. Entendí que, aun siendo un papa autoritario, no estaba apegado al cargo de papa.

Sin embargo, y pese a su timidez, reintrodujo la misa en latín, escogió vestimentas de los papas renacentistas y de otros tiempos pasados, mantuvo los hábitos y ceremoniales palaciegos, a quien iba a comulgar le ofrecía primero el anillo papal para que lo besase y luego le daba la hostia, cosa que ya no se hacía. Su visión era restauracionista y es un nostálgico de una síntesis entre cultura y fe que existe en su Baviera natal.

Benedicto XVI frenó la renovación de la Iglesia incentivada por el Concilio Vaticano II. No acepta que haya rupturas en la Iglesia, así que prefirió un punto de vista lineal, reforzando la tradición. Sucede que la tradición del siglo XVIII y XIX se opuso a todos los logros modernos, de la democracia, de la libertad religiosa y otros derechos. Él ha tratado de reducir las Iglesia a una fortaleza para defenderse de estas modernidades y veía el Vaticano como un caballo de Troya a través del cual podían entrar.

Desgraciadamente, pasará a la historia como el Papa que criticó fuertemente la teología de la liberación, interpretada a través de sus detractores y no a través de las prácticas pastorales y libertadoras de obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos que hicieron una opción seria por los pobres contra la pobreza y a favor de la vida y la libertad. Por esta causa justa y noble fueron mal interpretados por sus hermanos en la fe y muchos de ellos detenidos, torturados y asesinados por los órganos de seguridad del estado militar: así, el obispo Angelelli, el arzobispo Oscar Romero, Dom Helder Cámara (el mártir que no mataron) y tantos otros más. No negó el Vaticano II, pero lo interpretó a la luz del Concilio Vaticano I, que está centrado en la figura del Papa con poder monárquico, absoluto e infalible.

Así que se produjo una gran centralización de todo en Roma, bajo la dirección del papa que, ¡pobre! tiene que conducir una población católica del tamaño de la China.

LOS ESCÁNDALOS ESTA VEZ -PROVIDENCIAL VATILEAKSSE HAN HECHO PÚBLICOS Y HAN HECHO ESTALLAR LA INDIGNACIÓN DEL PAPA Y DE LA MAYORÍA DE LOS CRISTIANOS

LA IGLESIA SIEMPRE FUE CASTA MERETRIX, SANTA Y PECADORA

Las noticias se fueron sucediendo y fueron apareciendo los informes de pedofilia en tantas diócesis, de un ambiente de promiscuidad y de una red de homosexualidad gay en el Vaticano, de luchas de poder entre “monsignori”, de una atmósfera interna de sospechas, de creación de grupos enfrentados con acusaciones de relativismo y magisterio paralelo, de instalación de privilegios, hábitos, costumbres políticas palaciegas y principescas, de resistencia y oposición que prácticamente impidieron todos los intentos de reforma.

Ciertamente, quien conoce un poco de historia de la Iglesia no se escandaliza por esto. Ha habido momentos de verdadero desastre del Pontificado con Papas adúlteros, asesinos y traficantes.

Siempre se dice que la Iglesia es “santa y pecadora” y debe ser “reformada siempre”. Pero eso no es lo que sucedió durante siglos, ni siquiera después del explícito deseo del Concilio Vaticano II y del Papa Benedicto XVI.

El vicio del meretricio de la Iglesia está presente en la teología, lo aborda en detalle el teólogo Hans Urs von Balthasar (ver Sponsa Verbi, Einsiedeln 1971, 203-305). Lo critican duramente los Santos Padres y también los Santos, por ejemplo, san Antonio de Padua que escribe: “Los obispos son perros sin ninguna vergüenza”, “monos en el tejado, presidiendo desde ahí el pueblo de Dios”, “el obispo de la Iglesia es un esclavo que pretende reinar, príncipe inicuo, león rugiente, oso hambriento de presa que despoja a los pobres” (Sermones,2 vol., Lisboa, 1895, pp. 278,348).

Benedicto XVI comenta, al referirse a este tipo de denuncias: “El sentido de la profecía en realidad reside menos en algunas predicciones que en la protesta profética: protesta contra la autosatisfacción de las instituciones, que sustituye la moral por el rito y la conversión por las ceremonias”. Y refiriéndose a Pedro, ve cómo se da en él la tensión entre la traición y la fidelidad, “Pedro sigue siendo las dos cosas: piedra y escándalo” (El nuevo pueblo de Dios, 1972). Todo esto nos hace reconocer que la institución de papas, obispos y sacerdotes se compone de hombres que pueden traicionar, negar y hacer del poder religioso negocio e instrumento de autosatisfacción. Reconocer esto es terapéutico pues nos cura de una ideología idólatra en torno a la figura del papa, considerado prácticamente infalible. Hay movimientos y grupos conservadores y fundamentalistas que alimentan esta papolatría, que el Papa Benedicto XVI trató siempre de evitar.

LOS ESCÁNDALOS CONSECUENCIA DE LA CENTRALIZACIÓN ABSOLUTISTA DEL PAPADO

Todo lo dicho nos lleva a poder afirmar que el rechazo u olvido de la reforma era y es consecuencia de una causa principal: la centralización absolutista del poder papal, de un poder que hace a todos vasallos, sumisos, ávidos de estar físicamente cerca del portador del poder supremo, el Papa. Un poder absoluto limita y hasta niega la libertad de los demás, favorece la creación de grupos anti-poder, camarillas de burócratas de lo sagrado unas contra otras, practica la simonía, que es la compra y venta de favores, hace problemática la observancia del celibato dentro de la curia vaticana, promueve la adulación y destruye los mecanismos de transparencia. En el fondo, todos desconfían de todos. Y cada uno busca su satisfacción personal como puede.

Mientras este poder no se descentralice y no dé más participación a todos los sectores del pueblo de Dios, hombres y mujeres, en la conducción de los caminos de la Iglesia, el cáncer que causa esta enfermedad perdurará.

¿LA RENUNCIA DE BENEDICTO XVI DEVIENE PROFÉTICA?

Y hago está crítica como la hacen cuantos aman a la Iglesia, con un amor que no nos hace indiferentes, pues sabemos que por muchos y malos que hayan sido los errores y equivocaciones históricas, la Iglesiainstitución guarda la memoria sagrada de Jesús y la gramática de los Evangelios. Ella predica la liberación, sabiendo que son otros los que se liberan y no ella.

Pues bien, todo esto, esa gravísima madeja de vicios y pasiones, abusos e irregularidades, justo cuando parecía decidido a sanear, poner orden y emprender reformas en el Vaticano, le estalla al Papa Benedicto XVI. Y le estalla a sus 86 años, sin que antes hubiera calibrado tan de cerca la ciénaga de tanta suciedad y el escalofrío de quienes, a su sombra, urdían intereses propios y se combatían secreta e inmisericordemente.

Es aquí, creo, donde surge la renuncia íntima e inapelable del Papa. No es raro que, en estos momentos, pensara “Jamás pensé encontrarme con esto”, “dónde me he metido, Dios mío” y, abrumado y apenado, con humildad y acuerdo interior, decidiera confesar su propia impotencia, anteponer el bien de la Iglesia a su propio bien y devolverle la misión para la que no se consideraba capacitado, física ni espiritualmente.

Y, a la vez, rasgaba el velo sagrado de la omnipotencia del Papa y del Papado, lo denunciaba como causante de una situación tan desmesuradamente extraña e inhumana, tan poco evangélica, y exigía desoír cuantas falsas razones se venían dando para temer o huir de las necesarias e inaplazables reformas.

¿Sería el momento de que otros muchos abrieran su conciencia a una reforma, y reformas, humana y evangélicamente inaplazables?

El Papa Francisco. ¿Una primavera para la Iglesia?

Pedro Miguel Lamet

Éxodo 118 (marz.-abril) 2013
– Autor: Pedro Miguel Lamet –
 
El primer gesto durante la aparición en el balcón de la logia de San Pedro ha determinado la trayectoria de los últimos papas. La fragilidad de cuello tronchado y dulce voz de Luciani-Juan Pablo I auguraban la debilidad de alguien que no podría soportar el peso vaticano; las manos firmes sobre la balaustrada de Wojtyla-Juan Pablo II, su fortaleza y capacidad de liderazgo hasta el final; y la mirada viva y timidez inteligente de Ratzinger- Benedicto XVI, su índole de papa teólogo. El papa Francisco se ha anunciado al mundo sin paramentos papales, con su habitual cruz de bronce, el saludo sencillo de una sola mano y una profunda inclinación para iniciar la plegaria. Parece mostrarse como “Papa de los pobres”, humilde, próximo, humano y cercano como indica el nombre elegido del Santo de Asís. Y por su escudo papal, enamorado de Jesús y María. El habemus papam descolocó previsiones y quinielas de papables. Se convirtió desde el primer momento en una sorpresa para los miles de periodistas destacados en Roma y para todo el mundo.

A este primer gesto hay que añadir durante las primeras semanas de pontificado una actitud positiva y evangélica, que de una Iglesia que parecía fustigar a la sociedad como tarea primordial parece insistir en un mensaje de esperanza, conversión y preferencia por los pobres. Era insólito que un Papa se pronunciara respetando la conciencia de periodistas no creyentes en su audiencia a los informadores después del cónclave; que eludiera protecciones especiales en su movimiento por Roma; que rompiera el protocolo; rechazara el apartamento papal para vivir en Santa Marta; eligiera a dos mujeres, una musulmana, para el lavatorio de pies de Jueves Santo en un establecimiento penitenciario (con escándalo de un canonista profesor de San Dámaso de Madrid por “ir contra las rúbricas”), y sobre todo que sus primeros nombramientos importantes hayan sido para crear un consejo internacional de cardenales para gobernar la Iglesia, en un paso sin precedentes hacia la colegialidad.

En una “carta a Dios”, que el que suscribe publicaba antes de la elección en Internet, pedía: “un hombre con sabor a ti, sabor a Evangelio, a desprendimiento, pobreza y apertura. Un hombre que traiga esperanza y libertad a la Iglesia y al mundo, sobre todo por su ejemplo; que consiga acabar con las divisiones y corruptelas no sólo en el interior del Vaticano sino en toda la Iglesia. Que no conciba la Iglesia como castillo sino como plaza de pueblo. Que no se encierre en el Vaticano sino que baje a la calle. Que no sólo nos hable y nos guíe, sino que escuche; que llore con los que lloran y ría con los que ríen. Que todos lo reconozcamos como uno de los nuestros y sepa ayudarnos a despertar y encontrar a Dios no como una póliza de seguridad, sino como una luz que da sentido y se reparte. Pero sobre todo que dé esperanza y optimismo, o lo que es lo mismo, que crea de veras en Ti”.

¿QUIÉN ES REALMENTE JORGE MARIO BERGOGLIO?

Los gestos parecen confirmar que esta oración fue escuchada. Pero la primera pregunta que muchos se hicieron desde el primer momento es quién es realmente el nuevo Papa. Primer papa jesuita de la historia, Jorge Mario Bergoglio nació el 17 de diciembre de 1936 en el seno de una familia sencilla del barrio porteño de Flores. Era el mayor de cinco hijos nacidos del matrimonio formado por el empleado contable Mario José Bergoglio y Regina María Sívori, ambos inmigrantes italianos en Argentina, procedentes del Piamonte.

Hay en sus comienzos un inocente amor infantil: “Si no me caso con vos, me hago cura”, le dijo un día Bergoglio a Amalia, su “novia” del barrio porteño de Flores, cuando apenas contaban doce años. Luego obtuvo en la escuela secundaria industrial Hipólito Yrigoyen el título de técnico químico y respondió a su vocación sacerdotal ingresando en el seminario del barrio bonaerense Villa Devoto. A los veinte años le fue extirpado un pulmón que le impidió realizar deportes, pero no condicionó en el futuro llevar una vida normal.

En 1958 accede durante dos años al noviciado en la Compañía de Jesús. Tras sus primeros votos del “bienio” en la orden, el juniorado lo hace en Santiago de Chile, donde llevó a cabo estudios humanísticos, y en 1964 regresó a Buenos Aires para dedicarse (como “maestrillo”: experiencia como profesor antes de estudiar Teología) a la docencia de Literatura y Psicología en el colegio de El Salvador. Los estudios de Teología los realiza entre 1967 y 1970 en la Facultad de San José, San Miguel de Tucumán (norte de Argentina). Ordenado sacerdote el 13 de diciembre de 1969, viaja a España para cumplir su Tercera Probación (periodo en que los jesuitas renuevan su espiritualidad tras los estudios) en Alcalá de Henares (Madrid), bajo la dirección del instructor padre José Arroyo. Sus compañeros españoles le recuerdan como un jesuita algo tímido, austero y de profunda espiritualidad. Así concluye sus años de formación según el largo proceso que caracteriza a la Compañía, que culminó con los últimos votos solemnes con el grado de profeso el 22 de abril de 1971.

Desde el primer momento los superiores advirtieron en él grandes cualidades y una honda espiritualidad, porque lo nombraron enseguida maestro de novicios en Villa Barilari, San Miguel (1972-1973), profesor de la Facultad de Teología, Consultor de la Provincia y Rector del Colegio Máximo.

Finalmente un día de San Ignacio de Loyola, 31 de julio de 1973, el padre General lo nombra provincial de Argentina, cargo que ejerció durante seis años. Tres años después de su nombramiento y ejerciendo su cargo de responsable de los jesuitas argentinos, le toca vivir el oscuro periodo de la dictadura militar. Su gran personalidad marcó la vida de la provincia jesuítica argentina hasta el extremo de que le acusaron de dividirla. Otro gran jesuita colombiano, el padre Álvaro Restrepo, que fue nombrado provincial años después con la misión de unirla, relata que más que disidencia en dos grupos: “los modernos y a los atrasados, descubrí que era un problema de liderazgos. El argentino es muy afectivo, se entrega, necesita un líder, y en cierto momento nacieron liderazgos distintos. Unos seguían la formación de Jorge Mario y otros eran más nuevos, una generación distinta”.

Comenzaba una época trágica de desapariciones de disidentes, niños raptados, torturas y matanzas de Videla. El periodista argentino Horacio Verbitsky en su libro El silencio: de Paulo VI a Bergoglio acusa al futuro papa de haber “entregado” a dos jesuitas que fueron torturados por la dictadura militar. Eran Francisco (Franz) Jalics, de origen húngaro, y el otro Orlando Yorio, ya fallecido. Trabajaban en las Villas Miseria de Buenos Aires. Falsamente acusados de colaborar con la guerrilla, fueron arrestados durante cinco meses, atados y torturados con los ojos vendados. Restrepo los trató a ambos, y asegura: “Con Orlando me encontré tiempo después en Montevideo. Fui a visitarlo personalmente un día. Había salido ya de la Compañía, pero siguió de cura diocesano. Jalics se quedó un poco más en Argentina, antes de radicarse en Alemania, y un día fue a verme. Me dijo: ‘Con Jorge Mario no tengo sino gratitud’. Con Orlando las cosas sí quedaron así, con su salida de la Compañía”.

Bergoglio le dijo: “Ustedes se van de Argentina porque no puedo responder por la vida de ustedes aquí”. Según Restrepo los envió fuera para protegerlos. El jesuita Jalics, hoy en Hungría tras dirigir una casa de espiritualidad en Alemania, afirma: “Después de ser liberados, no estoy en grado de hacer ninguna declaración en contra del arzobispo Bergoglio. Abandoné Argentina. Después de años tuve la oportunidad de hablar con él sobre lo que había sucedido. Hemos celebrado públicamente juntos la misa y nos hemos abrazado. No queda nada que tenga que ser reconciliado. Y por lo que a mí respecta, lo considero como un incidente absolutamente cerrado. Le deseo al papa Francisco abundancia de bendición en su ministerio”.

Otro jesuita español ahora en Paraguay, José Luis Caravias, ha narrado con pelos y señales cómo Bergoglio le salvó la vida y telefoneó personalmente al padre Arrupe para que este consiguiera del Vaticano que otros compañeros fueran sacados de las cárceles.

Entre 1980 y 1986, al padre Bergoglio le toca ser rector del Colegio Máximo y de la Facultad de Filosofía y Teología de la misma casa y párroco de Patriarca San José, en la diócesis de San Miguel. En marzo de 1986 marcha a Alemania para concluir su tesis doctoral, y sus superiores lo destinaron al colegio de El Salvador, y después a la iglesia de la Compañía de Jesús, en la ciudad de Córdoba, como director espiritual y confesor.

Pocos años después, en 1992, se inicia su carrera episcopal. Primero como auxiliar de Buenos Aires. Luego, tras la muerte de su predecesor monseñor Quarracino, pasa a ocupar la sede arzobispal bonaerense, que lleva consigo convertirse en primado de Argentina. Durante el consistorio del 21 de febrero de 2001, el papa Juan Pablo II lo creó cardenal con el título de San Roberto Belarmino. Ha pertenecido a numerosas comisiones y dicasterios. Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina en dos períodos consecutivos desde 2005 hasta noviembre de 2011, Bergoglio se caracterizó desde el primer momento por su humildad, su compromiso con los más pobres y desfavorecidos, y su doctrina tradicional en moral y dogmática. Optó por promover el diálogo y acercarse a los distintos colectivos sociales, fuesen o no católicos, así como por reforzar la tarea pastoral en las parroquias, aumentando la presencia de sacerdotes en las villas o barrios marginales. Ha pronunciado vibrantes homilías contra la nueva esclavitud en las grandes ciudades, el neoliberalismo económico, la corrupción política y la ley de matrimonios de homosexuales. Defendió que los niños nacidos fuera del matrimonio fueran bautizados. Su estilo de vida sencillo ha contribuido a la reputación de su humildad: vivía en un apartamento pequeño en vez de la residencia palaciega episcopal, renunció a su limusina y a su chófer en favor del transporte público, y cocinaba su propia comida. Sus escritores preferidos son Fiódor Dostoievski y Jorge Luis Borges y en la literatura religiosa Guardini, Martini, Kasper y una española, la teóloga Dolores Aleixandre. También le gusta la ópera, y como buen argentino, el tango y el fútbol.

Durante el Cónclave de 2005, fue el segundo que obtuvo más votos (según filtraciones, 40 votos), tras el cardenal Ratzinger, y al parecer pidió a los electores que dejaran de votarle en beneficio del que sería Benedicto XVI. El pasado martes 13 de marzo de 2013, el cardenal Bergoglio era elegido papa a las 19:06 del segundo día del cónclave, en la quinta ronda de votaciones. Es el primer papa de procedencia americana y el primero no nacido en Europa, Oriente Medio o el norte de África. También es el primer pontífice hispano desde Alejandro VI y el primero no europeo desde el 741, año en el que falleció Gregorio III, que era de origen sirio, además de primer papa perteneciente a la Compañía de Jesús.

Esto último, en contra de lo que la gente cree, no produjo exultación en un primer momento entre los jesuitas, ni siquiera en el padre general Adolfo Nicolás. ¿Por qué? Primero porque el jesuita hace voto de no aceptar dignidades eclesiásticas. Segundo porque se pensó un mayor control de la orden. Tercero, por los problemas de división creados en Argentina. Pero estas nubes se disiparon desde el momento en que el nuevo papa telefoneara con sencillez a Nicolás y saliera a la puerta de Santa Marta a abrazarle. Esto y el nombramiento para secretario de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica al padre José Rodríguez Carballo, ministro general de la Orden Franciscana de los Frailes Menores, y presidente de la Unión Internacional de Superiores Generales muestra su interés por la vida religiosa frente al privilegio mantenido en anteriores pontificados a los nuevos movimientos neoconservadores.

Con todo la lectura de sus libros y entrevistas como cardenal rompen los códigos habituales de conservador y progresista. Bergoglio se sale de la foto. Todos dicen que tiene una gran personalidad muy espiritual y exige una fuerte adhesión.

DIEZ GRANDES DESAFÍOS

Esto supuesto puede decirse que parece comenzar, al menos en las formas, un nuevo periodo en la vida de la Iglesia. Pero, ¿responderá eficazmente a los desafíos que hoy tiene planteados la Iglesia? En una doble página del diario El Mundo (13-III-1913) presentaba yo lo que me parecían esos retos planteados al pontificado sintetizándolos en diez:

1. Proclamar la buena noticia. 2. Dialogar con el mundo de hoy. 3. Acelerar el ecumenismo. 4. Desbloquear la colegialidad. 5. Replantear la moral sexual. 6. Redimensionar el papel de la mujer. 7. Revisar la ley del celibato. 8. Reformar la curia romana. 9. Mejorar la comunicación y la comunión, y 10. Responder al hambre de mística y justicia.

Para los puntos 1, 2 y 9 hay buenas perspectivas. Francisco se ve como un hombre cercano, que gusta a la gente y que no parece ir tan de jerarca como de pastor. Su lenguaje es inteligible y sencillo. Está por ver si será posible un diálogo más profundo con el mundo secular y de la cultura. Pero su actitud en la manera de proclamar la buena noticia está lejos de ser condenatoria, para transmitir cercanía y esperanza a una sociedad azotada por la desigualdad y la crisis.

Todo el mundo sabe que en la Iglesia no existen conceptos como “democracia” o “soberanía popular”. Pero sí “colegialidad” o “Pueblo de Dios”. El Vaticano II dio gran importancia a la función a la corresponsabilidad del centro y la periferia, que “puede ser ejercida por los Obispos dispersos por el mundo a una con el Papa, con tal que la Cabeza del Colegio los llame a una acción colegial” (Lumen Gentium, 66). Pero de hecho el Sínodo sólo ha funcionado como órgano consultivo y no deliberativo y el papado hasta ahora ha seguido actuando como una monarquía absoluta. ¿No es hora de recuperar este espíritu de participación de la catolicidad? Lo mismo se podría hablar del concepto de Pueblo de Dios: ¿No ha llegado la hora de la mayoría de edad de los laicos para que tengan la oportunidad de aportar su experiencia y su palabra? Francisco ha pronunciado repetidas veces la palabra “periferia” y ha nombrado un consejo internacional para que le ayude en el gobierno. Es un paso.

Otra asignatura pendiente es la obsesión centrada en la moral sexual por encima de otros problemas éticos que plantea nuestra sociedad. El reciente discurso del cardenal Rouco a la plenaria episcopal española muestra esta decantación hacia el aborto, el matrimonio homosexual, etcétera. como una de las prioridades en sus exigencias a un gobierno no confesional. La Iglesia no puede renunciar al mensaje de Jesús, donde la personalización de las relaciones sexuales se ha de basar en el amor. En otras palabras la Iglesia siempre estará en contra del sexualismo sin alma hoy dominante. No se trata de renunciar al decálogo y a los ideales evangélicos, pero hay matices que deberían ser contemplados, por ejemplo en el caso de la comunión de los divorciados vueltos a casar, o el uso del preservativo en prevención del sida o como mal menor. En todo caso el nuevo papa tiene el desafío de enfocar esta moral en positivo más que como un mero catálogo de prohibiciones. ¿Lo hará?

Los últimos papas han subrayado la importancia del papel de la mujer en la Iglesia en cuanto virgen y madre. Pero, como en otros temas, evoluciona a remolque del progreso de la sociedad. Su cuota de influencia en las decisiones sobre la vida eclesial es prácticamente nula. Juan Pablo II llegó a decir a la IV Conferencia de la ONU en Pekín que “no deberían existir dudas de que sobre la base de su igual dignidad con el hombre, las mujeres tienen pleno derecho a insertarse activamente en todos los ámbitos públicos y su derecho debe ser afirmado y protegido incluso por medio de instrumentos legales donde se considere necesario”. Sin embargo el mismo Juan Pablo II en su carta apostólica Ordinatio Sacerdotalis afirma solemnemente que “con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia”. Cabe preguntarse si es una cuestión inamovible. La intervención de algunos padres sinodales apuntó a que al menos, como se puede en teoría ser cardenal sin ser obispo, podría ser esta una manera de que la mujer participara en el gobierno de la Iglesia. No parece que Francisco llegue a ordenar a mujeres, pero sí podría darles cargos de responsabilidad en la Iglesia. Algo parecido habría que decir de la ley vigente del celibato.

En lo que hay sobradas esperanzas de que el papa Francisco se meterá a fondo, porque para eso ha sido especialmente elegido, es en la reforma de la curia romana. Como toda “corte” o aparato de gobierno se presta al tráfico de influencias y poderes en la sombra. Las recientes filtraciones de los Vatileaks y la sentencia condonada al mayordomo Pauletto suenan a un cierre en falso de una corrupción interna y una guerra oscura en el interior de la curia. Seguro que Francisco ya ha abierto la famosa caja fuerte y leídos los informes secretos encargados por Benedicto XVI, que parece influyeron de alguna manera en su renuncia. Detrás están también las recientes decisiones sobre la “banca” vaticana. La reforma de la curia será, desde el punto de vista humano, su más ominoso desafío.

Por último están los desafíos de la mística y la justicia. El teólogo Karl Rahner decía que “si el siglo XX fue el siglo del hombre, el XXI será místico o no será”. Hoy el hambre de misterio se manifiesta por mil caminos: esoterismo, mancias, milienios, New Age. Muchos buscan en Oriente métodos de oración, cuando la Iglesia católica tiene una gran tradición de maestros espirituales. Hay un despertar de la conciencia, por lo que la búsqueda directa de Dios, mediante la meditación y contemplación, no puede estar reservada a los monasterios y la clausura. Dado su talento y su gran vida de oración es muy probable que Francisco hará vehicular este resurgir espiritual en medio del materialismo reinante.

Pero nunca sin olvidar a los predilectos de Jesús (“Bienaventurados los pobres”. “Los pobres son evangelizados”. “Porque tuve hambre…”, Mt 5, 1-12; 11,5; 25, 5-46 y Lc 7,22). La Iglesia se ha ocupado especialmente de la justicia en su Doctrina Social, sobre todo a partir de León XIII y a través de la educación en escuelas gratuitas y cientos de formas de beneficencia. Pero algunos la acusan de una acción de mera caridad frente al paso previo de comprometerse con la justicia, amordazando o resituando hasta casi anularlos a los teólogos de la liberación. Más allá de toda ideología o excesiva horizontalización, decía yo antes de su elección que muchos desearían que el nuevo papa pudiera ser conocido como el “Papa de los pobres”. Parece que lo será, pero es posible que más cerca de Francisco de Asís o Madre Teresa en una preferencia por los pobres, que de Romero, Ellacuría o Casaldáliga, y una opción por la justicia como consecuencia de la fe.

Pero en todo caso si el papa Francisco cambia el centro de gravedad de la Iglesia hacia los pequeños, los pobres y los que sufren, se abre un gran camino de esperanza y de gozo para los creyentes. ¿Le dejarán caminar por esta senda? La puerta apenas se ha abierto. Queda mucho por andar y por ver. Pero la sonrisa, la sencillez y la mano tendida de este hermano nuestro que se nos presenta como uno más parecen pronosticar que se puede estar acabando el frío del invierno y llegar una nueva primavera.

Nicolás Castellanos

Éxodo 118 (marz.-abril) 2013
 
¿Quién es Nicolás Castellanos?

1935: Nace en Mansilla del Páramo (León). _ 1953: Religioso agustino. _ 1959: Sacerdote. _ 1973: Provincial de los agustinos. _ 1978: Obispo de Palencia. _ 1991: Renuncia a la diócesis de Palencia. _ Marcha como misionero a los barrios pobres de Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) _ Crea y preside la Fundación Hombres Nuevos, con y para las poblaciones más desfavorecidas, con el objetivo de erradicar la injusticia y la pobreza que:

- Cuenta con la ayuda de diversos Organismos (Autonomías, Diputaciones, Ayuntamientos, Empresas,…).

- Y gestiona: _ + Más de 100 colegios. _ + Concede becas a 500 universitarios. _ + 1 hospital. _ + 5 comedores infantiles. _ + 2 centros de día para niños trabajadores. _ + 1 hogar para invidentes. _ + 1 vivero de microempresas. _ + Etc.

En 1998 es galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia. _ En 2002, la Comunidad de Castilla y León le concede el premio Valores Humanos. _ En 2006, el Gobierno español de Rodríguez Zapatero le otorga la Medalla de Oro al Trabajo.

ALGUNOS LIBROS PUBLICADOS _ – Utopía y Realidad, Hombres Nuevos // PPC, 2001, 2ª Edición. _ – Memoria, Profecía y Liberación hacia el Reino. // Paulinas, 2007. _ – Ser cristiano en el Norte, con el Sur al fondo // PPC, 2011, 2ª Edición. _ – Resistencia, Profecía y Utopía en la Iglesia hoy // Herder– Religión Digital, 2012. _ – Año de la Fe: Creyentes Nuevos, Convertidos // Verbo Divino, 2012. _ – Iniciación al Concilio Vaticano II // Verbo Divino, 2013-04-25.

¿Qué te movió, Nicolás, a hacer la renuncia a la diócesis de Palencia?

Llegó cierto momento en que mi amistad con Jesús me llevó a poner en la práctica lo que siempre había predicado: LA OPCIÓN POR LOS POBRES. Además pesaba en mí el imperativo cordial de Agustín de Hipona: “Sólo preside el que sirve”. No me veía de pastor–obispo, siendo mayor. Mi renuncia a obispo de Palencia es un paso más en mi itinerario, como persona humana, creyente, agustino–sacerdote–obispo. Un paso lógico, progresivo, consecuente con mi pasión por Jesús y pasión por la justicia en el mundo.

Desde 1992 estás en Bolivia (Santa Cruz de la Sierra). ¿Qué has encontrado en esta etapa que no tuvieras en la anterior?

La fe, en donde quiera que se practique, multiplica, enriquece, es un plus, una luz y visión nuevas. Lo mismo en el NORTE, paralizado por la cultura del miedo y de la insolidaridad, que en el SUR, que se desangra entre pobrezas, corrupción, injusticias, desigualdades, narcotráfico. Dios siempre añade, fortalece, pone gracia, nos hace agraciados, mujeres y hombres nuevos, sea en la realidad de pastor o de misionero entre los pobres.

Me sentí feliz de pastor en Palencia y soy dichoso en este barrio marginal del Plan 3000, en Santa Cruz de la Sierra, en el que el 60 % son pobres y el 40 % viven en la miseria. Allí y aquí todo es Don y todo es Gracia.

¿Qué ha supuesto para ti el haber compartido tu ministerio en dos situaciones tan diferentes?

Ha sido enriquecimiento y complementariedad de valores, de visiones, de mundos distintos, ambos con valores y contravalores.

Descubres que en el NORTE vivís bien porque en el SUR malvivimos. Nada más pisar América Latina te surgen dos preguntas: ¿Dónde dormirán esta noche los pobres? ¿Cuándo dejará la pobreza de ser la ignominia de la humanidad?

La pobreza ya no es un problema, sino el problema planetario de la humanidad. ¿Qué son los 38 millones de pobres de la Europa Comunitaria, comparado con los 1.000 millones que viven en condiciones de extrema pobreza? Este problema se resolvería si los países ricos dieran el 1% de su renta.

Desde mi situación, aportaría algunos retos que son deberes a cumplir: 1. Condonación de la deuda externa, “el rostro mortífero del sistema neoliberal”. 2. Apoyar la protección liberal de los países del SUR, que es practicar los derechos humanos, sobre todo, los derechos laborales y sindicales. 3. Creación de un fondo mundial contra la pobreza y de un sistema fiscal mundial del 1% del producto mundial y dedicarlo a la satisfacción de las cinco necesidades básicas: Alimentación, salud, agua potable, educación básica–erradicación del analfabetismo y la vivienda. 4. Reformar y democratizar las Naciones Unidas. 5. Supresión de los paraísos fiscales. 6. Cambio de las reglas del comercio internacional. 7. Pagar la deuda ecológica. 8. Suprimir toda violencia y empeñarse en la cultura de la Paz. 9. Justicia global y diálogo de civilizaciones. 10. Acabar con la corrupción y extorsión.

En tu nueva situación, ¿tiene algo que ver el Evangelio con las tareas culturales, sociales y políticas que manejas?

Por supuesto. Recuerdo a un amigo, Miguel, de Palencia, que había estado siete años en la cárcel, sólo por ser comunista, en tiempos de la dictadura, y me decía: “Estoy contigo, obispo Nicolás, los dos luchamos por el pueblo, tú desde Jesucristo y yo desde Marx, y lo hacemos como amigos”.

La primera exigencia es formar la conciencia social de los cristianos, que incluye el respeto a la persona humana y el servicio a los más pobres y marginados. Como Pueblo de Dios, podemos ayudar a rescatar proféticamente el ejercicio honesto de la política en beneficio del bien común, de los pobres, evitando caer en las simas de la corrupción. Un elemento esencial de toda evangelización es la promoción integral de TODO el hombre y de TODAS las mujeres y hombres. Entonces crear escuelas, hospitales, espacios para el tiempo libre forma parte del anuncio liberador de Jesús de Nazaret.

Tú eres hijo del concilio Vaticano II. ¿Cómo has vivido el inicio PRIMAVERAL que él supuso y la posterior involución programada por el pontificado de Juan Pablo II y el cardenal Ratzinger?

Los que vivimos ese kairós, el Concilio Vaticano II, quedamos marcados y señalados en actitudes y comportamientos. Recuerdo que cuando me llamó el nuncio Luigi Dadaglio para comunicarme mi nombramiento de Pablo VI como obispo de Palencia, ante mi resistencia habitual, me dijo: “Pablo VI nombra obispos a presbíteros que hayan asimilado las coordenadas del Concilio Vaticano II”.

Lamentablemente en los últimos 35 años: “Se ha difundido la impresión de que el impulso conciliar se ha diluido y frenado en todas direcciones, la reforma litúrgica es mutilada en su horizonte de participación. La elección de los pastores es sustraída a cualquier tipo de implicación de los fieles. La responsabilidad de los obispos reunidos en las Conferencias Episcopales está circunscrita por todas partes, humillando tradiciones venerables y carismas que podían verificar las comunidades”. Así se expresa Giuseppe Alberigo, el mejor conocedor del Concilio Vaticano II.

¿La restauración paralizó e hizo retroceder en América Latina las propuestas y avances del Vaticano II, de Medellín…?

La gran intuición de la Iglesia en América Latina y el Caribe fue la gran Asamblea de la Conferencia del Episcopado Latinoamericano, reunido en Medellín, en 1968, tres años después del Concilio Vaticano II; seguidas luego de Puebla, Santo Domingo, Aparecida. Allí asumen, disciernen e impulsan el camino pastoral y eclesiológico de Vaticano II, fieles al Espíritu Santo y fruto de su creatividad.

No se puede negar que ha habido muchas persecuciones, presiones, reprimendas, caminos cortados, documentos, como el de “Aparecida” aprobados por la colegialidad de los obispos de Latinoamérica, y sin embargo fueron corregidas y suprimidas algunas afirmaciones por parte de la Curia vaticana. No han faltado acosos a muchos teólogos latinoamericanos. Todo eso es cierto. Pero no hay camino teológico o teologal sin las huellas martiriales de la Cruz, como aconteció con Jesús de Nazaret.

“Medellín es el Pentecostés del Vaticano II en América”. Y Gustavo Gutiérrez señala: “Medellín fue una pronta y creativa recepción de la Asamblea conciliar”. Últimamente, Aparecida sigue la tradición profética de Medellín y nos deja oír la voz de nuestros obispos que nos invitan a ser cristianos y apóstoles con libertad, humildad, valentía y audacia en actitudes de hijos, samaritanos, y nunca esclavos.

¿A qué se debe la frecuente alianza de la Jerarquía con el poder y la derecha?

¿Se da una política que se pueda definir químicamente pura y sobre todo en una política liberadora?

Hoy tenemos tres propuestas:

Primera, la Iglesia tiene que aceptar la autonomía de los poderes temporales y someterse a ellos (Concilio Vaticano II);en consecuencia, hay que ir construyendo una nueva convivencia ciudadana teniendo bien claros los conceptos de laicidad, laicismo, estado laico y también el modo de estar y de actuar de la Iglesia en una sociedad democrática, laica, pluralista.

Segunda, la Iglesia, aunque ya no ejerza roles en la política, puede jugar un gran papel en la democracia. Tiene tarea en los mismos límites de la democracia, toca temas de valores, de sentido, al tomar decisiones en políticas sociales.

No basta la ingeniería social para resolver los casos de soledad de los ancianos, enfermos de sida. Las tradiciones religiosas son las que aportan esa sensibilidad y motivación para la solidaridad, honestidad, generosidad, desprendimiento, gratuidad. Deben saber los políticos y los laicismos excluyentes que la sola política no produce los valores que sostienen la misma democracia: responsabilidad, solidaridad, ética, participación… El estado neutral no ofrece visiones últimas, deja un vacío, y ahí la religión puede aportar algo con su sentido último y totalizante.

Nuestros responsables eclesiales deberían ser los que mejor cuiden de este potencial político ciudadano y los políticos no ignorarlo. Una laicidad ilustrada y responsable sabe que tiene en la Iglesia una aliada para forjar una democracia adulta y madura. Es falso que el estado laico sea ateo o esté en contra de la religión. Eso sería una perversión de la laicidad. Otra cosa es el laicismo, que llamamos excluyente, porque es beligerante, marginador y agresivo.

Por otra parte, la Iglesia tiene que respetar el Estado, sin pedir privilegios, ni mantener controles morales en una sociedad laica y democrática. Siempre existen cuestiones fronterizas, que pueden crear conflictos. No queda más remedio que llegar a un entendimiento sabio entre la Iglesia y el Estado.

Tercera, la Iglesia debe saber estar en la sociedad civil. Ya no tiene poder para intervenir en una sociedad democrática y pluralista, pero sí tiene muchas posibilidades en capacidad educativa en valores, en cuestiones de sentido, de derechos humanos, del cuidado de la naturaleza, de las causas de las justicias y atención a las personas más vulnerables.

Pero es muy importante y decisivo el modo como lo haga: de forma democrática, de igual a igual, ofreciendo y no imponiendo, desde la racionalidad, tolerancia y bondad del corazón.

La sociedad civil tiene un papel emergente. Y en ese terreno debe “jugar” el cristianismo. Si quiere mantenerse lúcido tiene que desembarazarse del mercado y del Estado y “jugar” en la sociedad civil emergente, con libertad y para la justicia; solo así es posible la fraternidad cristiana y solo así es “significativo” lo “diferencial cristiano”.

¿Estarías de acuerdo con Casaldáliga en traansferir del centro eclesial a la periferia el 70 % de las cuestiones?

Por supuesto. Se trata de un imperativo teológico, pastoral y sociológico, que nace de la eclesiología de comunión y del principio inspirador de la colegialidad. Además del Concilio, deberíamos recuperar el gesto asambleario en la Iglesia, que fue normal en los primeros siglos de la comunidad cristiana. “Lo que es de todos, tiene que ser resuelto por todos”, del Derecho Romano que pusieron en práctica hasta los papas medievales más autoritarios, Inocencio III, Gregorio VIII.

Llevado a la práctica este principio deberíamos llegar en la Iglesia a constituir LA ASAMBLEA DE TODO EL PUEBLO DE DIOS, con participación de todos. No hablo de memoria. Así lo practiqué en mis años de obispo de Palencia, con reconocimiento de todos. En “Hombres Nuevos” defendemos que hay que establecer puentes no del centro a la periferia, sino de la periferia al centro.

Hoy la Iglesia no tiene que aparecer excesivamente jerarquizada, clericalizada y centralizadora. Resulta más pedagógico no imponer, sino más bien proponer cambios de estructuras, como pide reiteradamente el documento de “Aparecida”, desarrollar otras formas para devolver el protagonismo a los laicos, a la mujer, a los jóvenes, a los movimientos sociales. Sigue vigente el símbolo Juan XXIII de abrir ventanas, porque la Iglesia huele a viejo.

¿Qué REFORMAS debieran ahora impulsarse bajo la inspiración del Papa Francisco?

Repaso y sugiero algunas de mayor calado.

- Retomar y aplicar el Concilio Vaticano II: el retorno a las fuentes, la eclesiología de comunión, mayor énfasis en el protagonismo de los laicos, que la mujer pueda intervenir a la hora de tomar decisiones en la Iglesia.

- Recuperar la preocupación de Juan XXIII y el Concilio Vaticano II de dialogar con el mundo, “coger al mundo en su carrera”. Y en este diálogo con el mundo, hacer un discernimiento sobre los nuevos signos de los tiempos: la descentralización del poder, el ecumenismo, el diálogo interreligioso, la escasez de vocaciones sacerdotales, religiosas, de compromiso laical, servicio de la comunidad cristiana en el mundo moderno, ¿y de la parroquia, qué?

- Desde el Concilio Vaticano II tenemos pendiente responder a esta pregunta: ¿Iglesia, qué dices de Dios? La cuestión de Dios tiene que pasar a primer plano. Y la respuesta tiene que ser colegial desde toda la geografía eclesial.

- La Iglesia debe, en opinión de muchos, hacer una hermenéutica integral del kerigma cristiano, desde el logos de la modernidad.

- Desde el SUR estimo que un capítulo fundamental de la agenda pastoral y social del nuevo sucesor de Pedro tiene que ser la JUSTICIA EN EL MUNDO y el PROBLEMA PLANETARIO DE LA POBREZA, IGNOMINIA DE LA HUMANIDAD.

- Como pastor, al obispo de Roma le puede la “Salus animarum”, que empieza con la promoción integral, desde ahora y desde aquí, de TODO el hombre y de TODAS las mujeres y hombres y culmina en el cielo.

- Como pastor bueno y samaritano se pregunta todas las noches: ¿Dónde van a dormir los pobres en esta excluyente civilización? Y no puede menos de reafirmar la opción preferencial por los pobres.

- Será crítico con la economía globalizada del mercado, con la violación de los derechos humanos y defensor del 75% de empobrecidos y excluidos. Todo esto exige ser audaz y valiente como María de Nazaret en el Magníficat.

- Debe pesar más su densidad de pastor que la burocracia de la Curia imponiendo un poder centralizador. Se espera que sea el obispo de Roma, en colegialidad con todos los obispos del mundo, que también son sucesores de los apóstoles.

- Hoy, que se habla de la muerte de las utopías y el fin de la historia, es la gran oportunidad de presentar la oferta gratuita no impuesta de la utopía de Jesús, la mística del Evangelio, libro abierto a la vida, a la personalización y a la más exquisita humanización, alma de esta sociedad de tecnologías punta.

No puede faltar en su agenda promover un ecumenismo real desde las bases eclesiales y en la cúspide, en donde se dé un real diálogo de escucha, compartir y decidir juntos. El diálogo con las grandes religiones pueden servir de antídoto a algunos fundamentalismos reinantes.

Un papa libre, en fidelidad al Evangelio, en esta sociedad cambiante no puede acosar a los teólogos sino instaurar un diálogo y comunión dialéctica, entrañable, crítica y profética. Los jóvenes de hoy le piden que preste atención a los cambios radicales y permanentes de la sociedad para que no se desenganchen de la Iglesia.

En el inicio de su itinerario apostólico tras las huellas de Pedro sería bueno recordar aquel axioma del gran teólogo y cardenal, Y. Congar: “La labor reformadora nace del amor a la Iglesia”.

¿Para cuándo la investigación interdisciplinar en el campo de la bioética, de la familia, de la moral sexual? ¿Por qué sobre estos temas (igualdad de la mujer, lo masculino y lo femenino, homosexualidad, aborto, divorciados dentro de la Iglesia), la Jerarquía impone un pensamiento uniforme al margen de la cultura y paradigmas actuales y se aleja de la ciencia?

El cambio cultural, introducido por la modernidad está reclamando una actualización, iniciada en el Concilio Vaticano II, tanto en la antropología como en la teología, pastoral y praxis pastoral. Las referencias tanto a la Sagrada Escritura como a las ciencias antropológicas son el gran motor de la renovación de la moral sexual.

En los temas de la sexualidad, de género, no podemos seguir anclados en el discurso medieval. Hoy existe una fuerte crisis de la moral sexual cristiana, que está pidiendo un replanteamiento serio y profundo del sentido de la sexualidad y de las normas sexuales. Se espera haya un momento de renovación. Sorprende que la voz ofiecial de la Iglesia se muestre “progresista” en moral social y en cambio, “conservadora” en cuestiones de bioética y moral sexual.

Se espera que el aire renovador del sucesor de Pedro, Francisco, aborde estos temas relacionados con la sexualidad, el tema de los divorciados, presbíteros casados, que lo podían ser aquellos “viri probati”, que durante años han acompañado a la comunidad en la fe, todo menos en celebrar la eucaristía y el sacramento de la reconciliación.

Creo, con Marciano Vidal, que “se puede explicitar en una apretada síntesis, ahora teológicamente, la cosmovisión cristiana de la sexualidad humana, con un conjunto de orientaciones, que constituirían los ‘puntos firmes’ de la visión cristiana sobre la sexualidad”.

Los responsables de la Iglesia no deben estar encerrados sobre sí mismos, sino como los profetas pensar más allá de su propia institución; tienen que “atreverse a pensar”, hablar con libertad, ser voz crítica en la Iglesia. Su fidelidad creativa no les impida hacer preguntas.

¿Cómo ves el resurgir emancipatorio de muchos países latinoamericanos?

Existen muchos signos de esperanzas y de preocupación. Resulta altamente significativo que los indígenas, las culturas originarias, se levanten y adquieran protagonismo esos pueblos y los movimientos sociales recuperen su lugar en la historia.

El objetivo hoy apunta hacia una América Latina y Caribeña unida, reconciliada e integrada; la casa común habitada por un complejo mestizaje y una pluralidad étnica y cultural. Se trata de un proceso lento, que exige mucho discernimiento entre todos, diálogo, escucha, sentarse juntos en la mesa, sin querer imponer tu visión política. Tienen que prevalecer lo que decía Aparecida: “Una y plural, América Latina es la casa común, la gran patria de hermanos”. Somos la patria grande, pero no llegaremos a serlo del todo hasta que la justicia social llegue a todos los pueblos.

La Iglesia goza de credibilidad en América Latina y el Caribe por tradición y, sobre todo, desde Medellín, ha sido morada de todos los pueblos, la casa de los pobres, sin discriminaciones ni exclusiones por motivos de sexo, raza, condición social o pertenencia nacional.

La Iglesia está presente en ese proceso de integración. Pese a muchas ambigüedades políticas, sociales, económicas, la iglesia sigue al pie del pueblo, de los excluidos y empobrecidos, proclamando la justicia social, las libertades, el estado de derecho y la opción por los pobres, hasta derramar su sangre por ellos.

En Bolivia la Iglesia es la institución junto con los Medios de Comunicación que goza de mayor credibilidad.

¿Es hora de otra Iglesia?

Varios Autores

Éxodo 118 (marz.-abril) 2013
– Autor: Varios Autores –
 
¿Es hora de otra Iglesia? ¿Qué es lo que está pasando en esta institución milenaria para que tengamos que hacernos hoy esta pregunta? En las siguientes páginas de Éxodo podrás ir encontrando algunas respuestas a este interrogante.

Es inimaginable la renuncia de un papa y a todo el mundo ha sorprendido la llegada a Roma de alguien que viene “desde el fin del mundo”. Como al paso de una intensa borrasca invernal, comienzan a borrarse los anacrónicos perfiles de un paradigma papal, monárquico y absolutista, a la vez que tímidamente parecen emerger otros nuevos, más acordes con la sensibilidad de nuestro tiempo.

La monarquía papal no es un dato originario que pertenezca a la esencialidad de la tradición de la Iglesia. Se ha venido construyendo en la historia desde el siglo XI con el “dictatus Papae” de Gregorio VII, la teocracia de la bula Unam Sanctam de Bonifacio VIII (s. XIV) y el dogma de la infalibilidad del Vaticano I (s. XIX). Se trata de una figura con rasgos faraónicos que rayan en la idolatría, y que recoge sin pudor el Código de Derecho Canónico, promulgado por Juan Pablo II en 1983. En este código de leyes, actualmente vigente, se llega a afirmar que el papa y solo él tiene potestad suprema y plena, inmediata y universal, que no puede ser juzgado por nadie y que puede juzgar y condenar, sin apelación, incluso a los jefes de Estado del mundo entero… ¡Y esta figura se ha mantenido intocable hasta la reciente renuncia de Benedicto XVI!

Aun sin datos suficientes para conformarlo, en los gestos y palabras del papa Francisco parece apuntar otro paradigma. El mismo nombre que se ha dado es suficientemente expresivo. ¿Pretende enlazar el papa Francisco con esa tradición empeñada en la renovación de la Iglesia desde la pobreza? En el cauce de esta tradición secular cobran mayor interés algunas de sus primera palabras: “quisiera una Iglesia pobre y de los pobres”. Pudieran ser estas el eco de aquellas que, según San Buenaventura, dirigió Jesús al santo de Asís: “Francisco, ve y restaura mi casa, mira que está en ruinas”

No es necesario acudir a las escandalosas revelaciones del vatileaks, donde el abuso de poder, la pompa y el dinero entre las más altas jerarquías y la pederastia afectando a un elevado número del clero, para caer en la cuenta de las actuales ruinas de la Iglesia. Estas consecuencias, miradas objetivamente, están apuntando a algo más profundo, a la imagen misma de una institución milenaria que hoy, como nunca, está siendo fuertemente cuestionada. Basta echar una mirada a los datos que nos ofrecen los frecuentes sondeos para percatarnos del clamor casi universal por un cambio de paradigma. Según José Juan Toharia (Metroscopia, abril 2013), nueve de cada diez españoles, creyentes o no, quieren ver a la Iglesia del lado de los pobres y excluidos y no de los ricos y poderosos; la quieren más austera tanto en ropajes como en ritos litúrgicos; sin privilegios y al ritmo de los tiempos que estamos viviendo. Curiosamente los zapatos remendados del papa se convierten en un símbolo bien expresivo.

A la vista de todo esto cobra sentido la pregunta que nos hacemos en Éxodo: ¿Ha llegado la hora de otra Iglesia? A nuestro juicio sí y somos conscientes de que, de no aprovechar este momento, la actual ruina seguirá imparable.