EL CUIDADO DE LA TIERRA VERSUS CRECIMIENTO ILIMITADO

Leonardo Boff

Éxodo 116 (nov.-dic.) 2012
– Autor: Leonardo Boff –
 
PUNTO DE PARTIDA: NO PODEMOS VIVIR SIN LA TIERRA

Es necesaria una transformación de nuestra manera de habitar la tierra, basada hasta ahora en una relación de dominio, lucro y competencia. Es necesaria otra visión de la realidad, nosotros no estamos ni fuera de la Tierra ni encima de ella, somos su porción consciente e inteligente, participamos de la red de relaciones que, para bien o para mal, envuelve a todos. Si contamino el aire, acabo enfermando y afectando a los demás seres vivos. Si recupero la vegetación de la ribera del río, protejo el agua, aumento su volumen y mejoro mi calidad de vida, de los pájaros y de los insectos que polinizan los árboles frutales y las flores del jardín.

Cuando los poderosos de este mundo, los que controlan las finanzas y los destinos de los pueblos, se reúnen, nunca es para discutir el futuro de la vida humana y la conservación de la Tierra. Lo hacen para tratar de dinero, cómo salvar el sistema financiero y especulativo, cómo garantizar las tasas de interés y los beneficios de los bancos. Olvidan que la Tierra puede vivir sin nosotros, como vivió miles de años, pero nosotros no podemos vivir sin ella.

Debido a la explotación abusiva de sus bienes y servicios, estamos llegando a los límites de la Tierra, que ya no consigue reponer el 30 % de lo que ha sido extraído y robado. Es éste un caminar progresivo hacia el empobrecimiento de la Tierra, alentado por gentes que no sienten la solidaridad, el cuidado y el amor hacia todos.

Nuestro sistema de vida está muriendo, no nuestra capacidad para resolver los problemas que estamos creando. Se requiere, por tanto, un nuevo modo de estar en el mundo con los Otros, con la Naturaleza, con la Tierra y con la Última Realidad; y aprender a satisfacer nuestras necesidades con sentido de solidaridad con los millones de personas que pasan hambre y con el futuro de las nuevas generaciones.

EL CUIDADO, PILAR BÁSICO PARA UN NUEVO MODO DE ESTAR EN LA TIERRA

En otros tiempos, dábamos como garantizada la vida humana de la Tierra. Hoy sabemos que la especie humana puede desaparecer. No hemos parado el proceso de agresión a la naturaleza, iniciado con nuevas tecnologías hace tres siglos. Hoy hemos tomado conciencia colectiva de que “El fin de la historia humana puede volverse posibilidad real” (Arnold Toynbee).

La Carta de la Tierra (UNESCO 2003) subraya y asume con responsabilidad esta posibilidad: “O hacemos una alianza global para cuidar unos de otros y de la Tierra, o corremos el riesgo de autodestruirnos y destruir la diversidad de la vida”.

Quienes causan las crisis que estamos padeciendo no pueden aportar solución; quienes únicamente se preocupan por el mercado y las ganancias no resuelven nada con sus medidas políticas y tecno-científicas.

Sus medidas pueden valer pero dentro de otro paradigma de convivencia con la Tierra. Dos son los valores fundamentales para garantizarnos un horizonte con futuro: la sostenibilidad y el cuidado, pero es preciso coaligarnos en torno a ellos.

- La sostenibilidad significa el uso racional de los recursos escasos de la Tierra, lo cual exige un tipo de economía respetuosa con los límites de cada ecosistema y de la propia Tierra, una sociedad que busca la equidad y la justicia mundial y un medio ambiente suficientemente preservado.

- El cuidado es una relación amorosa con la realidad. Presupone que los seres humanos son parte de la naturaleza y miembros de la comunidad biótica y cósmica, con la responsabilidad de protegerla, regenerarla y cuidarla.

Ambos valores van unidos y deben asumirse conjuntamente. Para gestionar bien los valores económicos y sociales se requieren los valores éticos y espirituales.

EL CUIDADO COMO ONTOLOGÍA DEL SER HUMANO

El tema del cuidado está presente en la cultura contemporánea, en los diversos campos de la educación, de la ética, de la filosofía, de la ecología, de la salud, de las situaciones críticas, siendo Martín Heidegger (1889-1976) quien elaboró reflexiones profundas sobre “el cuidado como ontología del ser humano”.

En 1972 el Club de Roma dio la alarma ecológica sobre el estado enfermo de la Tierra. En 1991, el programa de las Naciones Unidas elaboró una estrategia minuciosa para el futuro del planeta bajo el lema Cuidando la Tierra: “La ética del cuidado se aplica tanto a nivel internacional como a nivel nacional e individual: ninguna nación es autosuficiente, todos nos beneficiamos con la sostenibilidad mundial y todos estaremos amenazados si no conseguimos alcanzarla” (p. 13).

En 2003, la UNESCO asume oficialmente la Carta de la Tierra y en 2003 también, países de América Latina y del Caribe elaboran el documento “Manifiesto por la vida, por una ética de la sostenibilidad” donde se incluye la categoría del cuidado en la idea de un desarrollo que sea efectivamente sostenible y radicalmente humano.

El cuidado es absolutamente necesario en prácticamente todas las esferas de la existencia, desde el cuidado del cuerpo, de los alimentos, de la vida intelectual y espiritual, de la conducción general de la vida, hasta para atravesar una calle con mucho movimiento.

Pero necesitamos precisar el concepto del cuidado. Las palabras curar, curador, nos remiten a las de cuidar de, cuidador de, en el sentido de que siempre una persona cuida y vela por los intereses y por los derechos de determinadas personas o alguien que se responsabiliza del montaje y la marcha fluida de un evento.

El cuidado es una actitud natural del ser humano que implica solicitud y celo por una persona u objeto que se estima y, al mismo tiempo, preocupación por la persona amada. El cuidado hace del otro una realidad preciosa. Un dicho antiguo reza: “Quien tiene cuidados, no duerme”.

El cuidado establece un sentimiento de mutua pertenencia: participamos de los éxitos, luchas, riesgos y destino de la persona amada. Cuidar y ser cuidados son dos requerimientos fundamentales de nuestra existencia personal y social: “El bebé necesita cuidado, sin el cual no vive ni sobrevive, y la madre siente el deseo y la predisposición de cuidarle” (Winnicot).

El cuidado es tarea permanente en nuestra vida, como permanentes son los riesgos y dificultades y las situaciones imprevistas que nos acompañan. Lo importante es saber determinar cómo nos enfrentamos a estas situaciones, labrando nuestra identidad y creciendo en humanidad.

A diferencia de otros seres, los humanos dependemos más de alguien que nos cuide y supla nuestras deficiencias.

El cuidado es también precaución, que toma en cuenta los riesgos futuros, derivados de iniciativas humanas para las cuales la ciencia humana no puede asegurarnos que no pueden volver a producir daños (alimentos modificados, código manipulado de la nanotecnología…). Y si la ciencia no está en condiciones de proporcionarnos una garantía segura, la acción no está permitida.

El cuidado es tratar a la Tierra, la Gran Madre, como un superorganismo vivo que se autorregula y autoorganiza, respetando sus ciclos. Cultivamos también el cuidado cuando nos preocupamos por la enfermedad de nuestro hijo hospitalizado, por sus pequeños fracasos escolares, cuando tienen que atravesar la calle con un tráfico intenso, cuando sale de noche a la fiesta de un compañero y no sabemos qué le puede pasar al volver (asalto, bala perdida, accidente), o por cómo superará las crisis propias de la edad. Los padres se llenan de desvelo por su futuro, si entrará en la universidad, si encontrará su camino profesional.

Y nos preocupamos de establecer estrategias de precaución y prevención por el calentamiento global y degradación ecológica general, por el caos sistémico de la economía, por la inestabilidad de la paz mundial, por el hambre creciente de millones de personas, por el foso creciente entre ricos y pobres, por el destino general de los pobres del mundo, del destino de nuestra civilización y de las amenazas que pesan sobre la biodiversidad y sobre la totalidad del planeta Tierra.

Si no cuidamos, se mantendrá la amenaza de nuestra desaparición como especie.

Cuidado, pues, significa:

1. Una actitud de relación amorosa y protectora de la realidad personal y social.

2. Todo tipo de preocupación que pueda alcanzar a personas o realidades con las cuales estamos involucrados afectivamente.

3. Una vivencia de relación ante la necesidad de ser cuidado y la voluntad y predisposición a cuidar.

4. Actitudes y comportamientos que deben ser evitados por sus consecuencias dañinas, previsibles (prevención) o imprevisibles (precaución).

El cuidado-prevención y precaución nace de nuestra misión de cuidadores y guardianes de la herencia que hemos recibido del universo, y por eso pertenece también a la esencia de nuestro estar en el mundo. Somos seres éticos y responsables, es decir, nos damos cuenta de las consecuencias positivas o negativas de nuestros actos, actitudes y comportamientos.

EL CUIDADO ESTÁ PRESENTE EN TODO EL PROCESO EVOLUTIVO

El cuidado es una constante cosmológica, actuante en cuatro interacciones fundamentales: la gravitatoria, que provoca la atracción mutua entre los seres dotados de masa; la electromagnética, que produce atracción o rechazo entre los objetos con carga eléctrica; y las dos fuerzas nucleares, la débil y la fuerte, que actúan sobre los constituyentes del núcleo atómico. Todos los eventos resultan de la acción simultánea y articulada de estas cuatro fuerzas.

El cuidado estaba también presente cuando la materia alcanzó un grado elevado de complejidad y organización, permitiendo que surgiese la vida hace 3.800 millones de años. La primera bacteria con un cuidado sin gularísimo dialogó químicamente con su entorno, logró un equilibrio que le posibilitó sobrevivir y seguir evolucionando.

Este cuidado alcanzó su más alto grado cuando hace unos 7-9 millones de años irrumpió en el escenario de la evolución el ser humano. El cuidado adquirió entonces una cualidad nueva: no es sólo natural, ligado a los procesos ecológicos de la vida, sino que también tiene un propósito consciente. El ser humano se propone cuidar conscientemente de otro. El cuidado se hace amor, reconocimiento y comunión. El cuidado se muestra también como preocupación y celo por el ser al que se ama o al cual se está unido afectivamente. Cuida también de su entorno, se preocupa por los medios para subsistir. Por preocupación, evita iniciativas y actos que puedan se perjudiciales para sí y para la naturaleza.

EL CUIDADO RECUPERA LA RAZÓN SENSIBLE Y CORDIAL

Esta visión del cuidado nos lleva a superar la razón instrumental-analíticofuncional, que ha sido dominante durante estos último siglos y que representa un uso utilitarista, distante y objetivista de la realidad, más interesado en los medios que en los fines.

El cuidado se inscribe en el mundo de los fines, de las excelencias y de los valores. La sede de la realidad no es la razón sino el corazón. Es la inteligencia sensible y cordial que complementa la razón instrumental. El pathos y el afecto ganan centralidad, en tanto que la razón queda destronada de su dominancia y se la incorpora a un ámbito donde adquiere lucidez y criterios para actuar con respeto dentro de los límites de la realidad.

En la situación cultural en la que vivimos urge recuperar la razón sensible y cordial, dejada de lado por la razón científica e incluso difamada como obstáculo para la objetividad de la razón. Con esto hemos permitido que surgiese un mundo frío, calculador, abarrotado de objetos, pero sin corazón, sin sueños y compasión. Recuperar lo que hemos dejado al margen es la condición para poder sobrevivir como seres humanos de convivencia y cuidado.

Si nuestra cultura, hoy mundializada, hubiera dado centralidad al cuidado, bien como relación amorosa, bien como actitud de preocupación responsable y de precaución contra efectos perniciosos de las prácticas humanas, no tendríamos los millones y millones de personas que sufren los ecosistemas devastados y un planeta amenazado por el calentamiento global.

EL CUIDADO, UNA UTOPÍA NECESARIA

Estas y otras muchas cosas nos hacen concluir que, al hablar del cuidado, estamos hablando de una utopía, pero de una utopía necesaria. La gravedad del momento presente podemos vencerla si nos acompañan el cuidado y la sostenibilidad: ”Un mapa del mundo que no incluye la utopía no es digno siquiera de ser espiado” (O. Wilde).

La utopía nos permite proyectar escenarios esperanzadores.

Quiero terminar trayendo como ejemplo de esta tarea lo soñado por Robert Müller, funcionario de la ONU durante cuarenta años, llamado “ciudadano del mundo” y “padre de la educación global”. Él imaginó la génesis de una nueva civilización planetaria en la cual la especie humana se asume como especie junto a las demás, con la misión de garantizar la sostenibilidad de la Tierra y cuidar de ella así como de todos los seres que en ella existen.

Esta es su Nueva Génesis:

“Y vio Dios que todas las naciones de la Tierra, negras y blancas, pobres y ricas, del Norte y del Sur, de Oriente y de Occidente, de todos los credos, enviaban sus emisarios a un gran edificio de cristal situado en la orilla del Sol Naciente, en Ia isla de Manhattan, para estudiar juntos, pensar juntos y juntos cuidar del mundo de sus pueblos.

Y dijo Dios: “Esto es bueno”.

Y este fue el primer día de la Nueva Era de la Tierra.

Y vio Dios que los soldados de la paz separaban a los combatientes de las naciones en guerra, que las diferencias se resolvían mediante las negociaciones y la razón y no por las armas, y que los líderes de las naciones se encontraban, intercambiaban ideas y unían sus corazones, sus mentes, sus almas y sus fuerzas para el beneficio de toda la humanidad.

Y dijo Dios: “Esto es bueno”.

Y este fue el segundo día del Planeta Paz.

Y vio Dios que los seres humanos amaban la totalidad de la Creación, las estrellas y el Sol, el día y la noche, el aire y los océanos, la tierra y las aguas, los peces y las aves, las flores y las plantas y a todos sus hermanos y hermanas humanos.

Y dijo Dios: “Esto es bueno”.

Y este fue el tercer día del Planeta de la Felicidad.

Y vio Dios que los seres humanos eliminaban el hambre, la enfermedad, la ignorancia y el sufrimiento en todo el globo, proporcionando a cada persona humana una vida decente, consciente y feliz, reduciendo la codicia, la fuerza y la riqueza de unos pocos.

Y dijo Dios: “Esto es bueno”.

Y este fue el cuarto día del Planeta de la Justicia.

Y vio Dios que los seres humanos vivían en armonía con su planeta y en paz con los otros, manejando sus recursos con sabiduría, evitando el desperdicio, refrenando los excesos, sustituyendo el odio por el amor, la codicia por el contentamiento, la arrogancia por la humildad, la división por la cooperación.

Y dijo Dios: “Esto es bueno”.

Y este fue el quinto día del Planeta de Oro.

Y vio Dios que las naciones destruían sus armas, sus bombas, sus misiles, sus barcos de guerra, desactivando sus bases y desmovilizando sus ejércitos, manteniendo solamente policía de paz, para proteger a los buenos de los malos y a los normales de los desquiciados.

Y dijo Dios: “Esto es bueno”.

Y este fue el sexto día del Planeta de la Razón.

Y vio Dios que los seres humanos restauraban a Dios y a la persona humana como el Alfa y el Omega, reduciendo instituciones, creencias, políticas, gobiernos y todas las entidades humanas a simples servidores de Dios y de los pueblos. Y Dios los vio adoptar como Ley suprema: “Amarás al Dios del universo con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Amarás tu bello y milagroso planeta y lo tratarás con infinito cuidado. Amarás a tus hermanos y hermanas humanos como te amas a ti mismo. No hay mandamientos mayores que estos”.

Y dijo Dios: “Esto es bueno”.

Y este fue el séptimo día del Planeta de Dios”.

En la puerta de esta Nueva Génesis está escrito en todas las lenguas que existen en el mundo:

Vosotros los que entráis, no abandonéis jamás la esperanza.

DIOS Y EL MAL EN EL MUNDO: PARA UNA ECOLOGÍA MENTAL

Ariel Álvarez Valdés

Éxodo 116 (nov.-dic.) 2012
– Autor: Ariel Álvarez Valdés –
 
LA BOFETADA DEL FILÓSOFO

Hace 2.300 años, un filósofo griego llamado Epicuro se paseaba por las calles de Atenas planteando a los atenienses un inquietante dilema que nadie podía resolver, y que todavía hoy sigue perturbando a la gente. Epicuro exponía: “Frente al mal que existe en el mundo, sólo hay dos posibles respuestas: o Dios no puede evitarlo, o Dios no quiere evitarlo. Si no puede, entonces no es omnipotente, y no nos sirve como Dios. Si no quiere, entonces es un malvado, y no nos conviene como Dios”. Cualquiera de las dos respuestas hacía trizas la imagen de la divinidad.

Actualmente, frente a las desgracias que sacuden permanentemente a nuestra sociedad, especialmente las vinculadas con la naturaleza: tsunamis, terremotos, inundaciones, erupciones volcánicas, que arrasan con ciudades enteras y se cobran miles de vidas, el dilema de Epicuro sigue resonando como una bofetada en la fe de millones de creyentes, que continúan preguntándose cómo es posible que un Dios amoroso y providente pueda permitir semejantes adversidades en la vida de los seres humanos, sin decidirse a intervenir ni a ayudar.

Epicuro, con su dilema, no pretendía negar la existencia de la divinidad. Sólo llamaba la atención sobre la misteriosa presencia del mal en el mundo que, como perro de presa, acecha agazapado en los variados recodos de la vida del hombre. Sin embargo, su planteamiento llevó a mucha gente al ateísmo. Y debería llevarnos a todos a perder la fe, ya que resulta inadmisible que Dios, pudiendo evitar las calamidades que suceden, no logre hacerlo o no quiera hacerlo.

UN DIOS MALÉFICO

¿Puede resolverse el bimilenario dilema de Epicuro? Claro que sí. Para ello, debemos evitar la tentación de atribuir a Dios el mal que nos rodea. Algo muy difícil para los cristianos, ya que cuando buscamos en el Antiguo Testamento qué enseña sobre el origen del mal, la respuesta es sorprendente e incluso aterradora: Dios es quien ocasiona todos los males que hay en el mundo. Son innumerables los episodios en los que aparece Yahvé, el Dios de Israel, castigando a los hombres, aterrorizándolos, mandándoles catástrofes, pestes, sequías, e incluso fomentando la guerra entre ellos.

Vemos, por ejemplo, cómo él mandó el diluvio universal que aniquiló a casi toda la humanidad (Gn 6,7); destruyó a la ciudad de Sodoma, haciendo bajar fuego y azufre del cielo (Gn 19,24); convirtió en estatua de sal a la mujer de Lot, sólo por haberse dado vuelta y mirar hacia atrás (Gn 19,26); volvió estéril a Raquel, la segunda mujer de Jacob (Gn 30, 1-2); hizo nacer tartamudo a Moisés (Ex 4,10-12); mató a los niños de las familias egipcias (Ex 12,13); provocó las derrotas militares de los israelitas (Jos 7,2-15; Jc 2,14-15); hizo morir al hijo del rey David, porque su padre había pecado (2 Sm 12,15); causó la dolorosa división política del Reino de Israel, que tantas secuelas funestas acarreó entre los hebreos (1 Re 11,9-11); dejó ciego al ejército de los arameos, cuando atacaron a la ciudad de Dotán (2 Re 6,18-20).

MALES QUE VIENEN DEL CIELO

Pero Dios no sólo es, en la Biblia, el responsable de las enfermedades y las muertes, sino también de los desastres de la naturaleza, que aparecen directamente provocados por su omnímodo poder.

Así, es Yahvé quien envió las serpientes venenosas que mordieron a los israelitas cuando estaban en el desierto (Nm 21,6); quien produjo un terremoto para que murieran todos los que se habían sublevado contra Moisés (Nm 16,31-32); quien castigó con la lepra a la hermana de Moisés (Dt 24,9); quien mandó la peste a Israel, en la que murieron 70.000 hombres (2 Sm 24,15); quien provocó una sequía de tres años en todo el país (1 Re 17,1).

En el Antiguo Testamento, pues, todas las desgracias, los infortunios, las enfermedades y hasta la misma muerte aparecen originadas por Dios.

Tal convicción se halla claramente expuesta en el libro de Isaías, donde Dios dice: “Yo, Yahvé, creo la luz y las tinieblas; yo mando el bienestar y las desgracias; yo lo hago todo” (Is 44,7). Y en el libro de Oseas, donde el profeta exclama: “Dios nos lastimó, y él nos curará; Dios nos ha herido, y él nos vendará” (Os 6,1). Por eso el pobre salmista, de un modo patético, le recrimina al Señor: “Desde mi infancia vivo enfermo, y soy un infeliz. He soportado cosas terribles de tu parte, y ya no puedo más; me has mostrado tu enojo, y tus castigos me han destruido” (Sal 88,16-17).

NADA SIN QUE ÉL LO MANDE

De esta manera, en casi todas las páginas del Antiguo Testamento se oye hablar de la ira de Dios que se enciende contra su pueblo. ¿Cómo Israel pudo concebir una imagen tan terrorífica de su Dios? Es fácil comprenderlo. Cuando se escribió el Antiguo Testamento, las ciencias aún no se habían desarrollado. No se conocían las leyes de la naturaleza, ni las causas de las enfermedades, ni por qué sucedían los fenómenos ambientales. La misma psicología era bastante elemental, y los conceptos de libertad y responsabilidad humanas estaban muy poco desarrollados.

Esto hizo que muchos de los fenómenos que hoy llamamos naturales, y que en aquella época no tenían explicación, se los considerara sobrenaturales, y por lo tanto, venidos directamente de Dios. Por eso cualquier cosa que ocurría, buena o mala, linda o fea, feliz o desgraciada, era obra de Dios. Un israelita no podía jamás imaginar que sucediera algo en este mundo sin que Dios lo quisiera o lo provocara. Él era el dueño de todo y, por lo tanto, el autor de todo.

¡QUE NADIE SE QUEDE ENFERMO!

Cuando Jesús de Nazaret salió a predicar, la situación no había cambiado demasiado. Las ciencias continuaban en su etapa primitiva, y seguían ignorándose las causas naturales de los fenómenos que sucedían. Pero entonces Jesús aportó una idea nunca oída hasta el momento: enseñó que Dios no manda males a nadie; ni a los justos ni a los pecadores. Él sólo manda el bien.

Para demostrarlo, adoptó una metodología sumamente eficaz. Comenzó a curar, en nombre de Dios, a todos los enfermos que le traían. De este modo anunció la buena noticia de que Dios no quiere la enfermedad de nadie, y que si alguien se enfermaba, no era porque Él lo hubiera permitido. Igual actitud asumió frente a la muerte. Cuando le venían a pedir por alguien que había fallecido, jamás decía: “Déjenlo muerto, porque ésa es la voluntad de Dios”. Al contrario, lo reanimaba inmediatamente, para enseñar que Dios no manda la muerte, ni la quiere.

En sus enseñanzas exponía este mismo mensaje a sus oyentes. Un día, al pasar, sus discípulos vieron a un ciego de nacimiento, y le preguntaron: “Maestro, ¿por qué este hombre nació ciego? ¿Por haber pecado él, o porque pecaron sus padres?” (Jn 9,1-3). Y Jesús les explicó que nunca las enfermedades son un castigo por los pecados, ni son enviadas por Dios.

En otra oportunidad vinieron a contarle que se había derrumbado una torre en un barrio de Jerusalén y había aplastado a 18 personas. Y Jesús les aclaró que ese accidente no había sido querido por Dios, ni constituía un castigo por la maldad de esas personas, sino que todos estamos expuestos a los accidentes y por eso debemos vivir preparados (Lc 13,4-5).

EL PAJARITO QUE CAE

Jesús, por lo tanto, enseñó claramente que Dios no quiere, ni manda, ni permite las enfermedades. Tampoco provoca la muerte, ni los accidentes, ni ocasiona directamente los fenómenos de la naturaleza en los que tantos seres humanos pierden la vida.

Dijo que de Dios procede sólo lo bueno que hay en la vida, no lo malo; porque Dios ama profundamente al hombre y no puede mandar nada que lo haga sufrir (Jn 3,16-17).

Jesús, pues, si bien no explicó de dónde vienen las desgracias de este mundo, sí explicó de dónde no vienen: de Dios. No enseñó quién las provoca, pero sí enseñó quién no las provoca: Dios.

Sin embargo hay una frase en el Evangelio que ha llevado a la confusión a mucha gente. Hablando sobre la confianza en Dios, dice Jesús: “Ni un pajarito cae por tierra, sin que lo permita el Padre que está en los cielos” (Mt 10,29). De aquí, muchos han concluido que, si un pajarito cae por tierra (es decir, sufre alguna desgracia o accidente), es porque Dios lo ha permitido. Y por lo tanto, si alguna persona experimenta una desgracia, es porque Dios lo ha consentido.

Pero en realidad se trata de una mala traducción del texto bíblico. El pasaje original griego sólo dice que ni un pajarito cae por tierra “sin el Padre”, no “sin que lo permita el Padre”. Como a la frase le faltaba el verbo, los traductores de la Biblia pensaban que a Mateo se le había olvidado, y decidieron agregarle uno por su cuenta, de manera que la expresión quedó: “sin que lo permita”, “sin que lo quiera”, “sin que lo consienta” el Padre, atribuyéndole así a Dios las desgracias. En realidad el evangelista, al decir que el pajarito no cae “sin el Padre”, quiso decir eso: que no cae sin que Dios esté a su lado, sin que Dios caiga junto con él y lo acompañe. O sea, que Dios está cerca del que sufre; pero no que haya permitido su sufrimiento.

CUANDO DIOS ENFERMA Y MATA

A pesar de este progreso, muchos cristianos siguen pensando como lo hacían los primitivos israelitas, y conservan hondamente arraigada en su inconsciente aquella imagen del Dios al que había que responsabilizar de todos los males que suceden en la sociedad. Y aunque Jesús ya nos explicó que Dios no quiere nuestro dolor, todavía hay muchos creyentes que piensan que los sufrimientos que padecemos son enviados por Él. Es común, por ejemplo, visitar a algún enfermo, y oír a los amigos que le dicen refiriéndose a su dolencia: “Tienes que aceptar lo que Dios dispone”, como si Dios hubiera dispuesto que se enfermara. O al concurrir a algún velatorio, oímos la famosa frase de quienes van a consolar a los familiares: “Hay que aceptar la voluntad de Dios”. ¿Cómo va a ser voluntad de Dios que alguien se muera? Dios es un Dios de vida y no de muerte, decía Jesús (Mc 12,27). Dios manda la vida, nunca la quita. Ya el libro de la Sabiduría dice expresamente: “No fue Dios quien hizo la muerte” (Sb 1,13). ¿Cómo podemos culparlo a Él del fallecimiento de alguien cuando, según los Evangelios, el mismo Jesús, en nombre de Dios, devolvió la vida a tres personas que habían muerto?

Pensar que estos incidentes suceden por su voluntad es una falta de respeto a Dios, y una grave ofensa a su amor y bondad.

¿APRIETA PERO NO AHOGA?

Algunos, para justificar a Dios, lo explican diciendo: “Dios hace sufrir a los que ama”. Pero si nos ama ¿por qué nos hace sufrir? Otros explican piadosamente: “Dios aprieta pero no ahoga”. Pero ¿para qué quiere Dios apretar, pudiendo hacer las cosas con amor y ternura?

Semejante mentalidad tortuosa ha llevado a mucha gente a enojarse con Dios y a sentir resentimiento hacia ese Ser que, en vez de hacer feliz a la gente, la llena de desgracias. Y en el fondo tienen razón de enojarse y de alejarse de Él. ¿Quién tiene ganas de rezarle, o de hablarle a aquel que le mandó un terrible accidente, una enfermedad, o se llevó a un ser querido? Más que un Dios, ése es un monstruo.

EL ORIGEN DEL MAL

¿De dónde, entonces, proceden tantas desgracias y enfermedades imprevistas? Del mal uso de la libertad humana. Somos nosotros los que contaminamos el agua que bebemos, el aire que respiramos, los alimentos que ingerimos, la tierra en la que vivimos, y de esta manera producimos graves trastornos en los seres humanos, incluyendo a los niños que se están gestando.

Pero la mentalidad primitiva que aún tenemos, propia del Antiguo Testamento, nos lleva a responsabilizar a Dios. Y cuando alguien se enferma, o muere, o nace un niño discapacitado, surge la famosa frase: “¡Es voluntad de Dios!”.

Hoy sabemos, por ejemplo, que unas 250.000 personas por año mueren en el mundo a causa de enfermedades (como la malaria, el paludismo, la fiebre tifoidea, el cólera) provocadas por la contaminación que el mismo hombre realiza de las aguas. Y seguramente las familias de muchos de esos enfermos pensarán: “Debemos aceptar la voluntad de Dios”.

Cuántas mujeres culpan a Dios de su esterilidad, y se preguntan: “¿Por qué Dios me niega un hijo?”, cuando sabemos, por ejemplo, que los pesticidas químicos empleados para fumigar frutas o verduras son tóxicos y provocan graves daños en la capacidad procreadora, así como en la piel, en la sangre y en las vías respiratorias.

Y cuántos hombres se resienten con Dios por su infertilidad, cuando hoy se sabe, por ejemplo, que la ropa demasiado ajustada, o el ciclismo mal practicado, provoca microtraumas que llevan a la infertilidad masculina.

ESTADÍSTICAS HUMANAS, CULPAS DIVINAS

Los estudios médicos aseguran que el 75 % de los casos de cáncer registrados en el mundo podrían haberse evitado de manera sencilla. Y sin embargo muchos morirán preguntándose: “¿Por qué Dios me ha mandado esto?”.

Asimismo las estadísticas afirman que en Argentina mueren anualmente unas 15.000 personas, y otras 120.000 resultan heridas en los accidentes de tráfico. ¿Las causas? El 69%: por fallos del conductor; el 17%: por fallos de la ruta; el 6%: por fallos del peatón; el 5%: por fallos del vehículo; y el 3%: por agentes naturales. Pero el 100% de los afectados, en lo íntimo de su corazón, culpará a Dios por el accidente.

En nuestro país mueren 40.000 personas al año por causa del cigarrillo. Y sin embargo, en muchos de esos velorios, los amigos se acercarán a los familiares del difunto para saludarlos y les dirán: “Qué vamos a hacer, hay que aceptar la voluntad de Dios”.

En el mundo, miles de niños nacen con malformaciones, ceguera, discapacidades, debido a problemas sociales como la desnutrición, el alcoholismo crónico de los padres o la falta de vitaminas. Y miles de padres se preguntarán: “¿Por qué Dios ha querido esto para mí?”.

La tierra produce actualmente un 10 % más de alimentos de los que realmente necesita. Pero el egoísmo de los países ricos, la negligencia, la mala administración y los intereses mezquinos de algunos gobiernos hacen que unos 500 millones de personas sufran hambre en el planeta. Y, por supuesto, no faltarán los que digan: “¿Cómo voy a creer en Dios, cuando tanta gente muere de hambre?”, como si Él fuera el responsable de nuestros errores.

EDIFICIOS QUE ENFERMAN

Más aún: recientemente un grupo de especialistas ha denunciado que en las construcciones no se hace nada por evitar el “Síndrome del edificio enfermo”, que afecta a millones de personas. Porque en muchas edificaciones modernas se utilizan algunos tipos de plásticos, aglomerados, cementos de contacto y otros materiales que despiden sustancias tóxicas y cancerígenas, sin advertir a la gente de estos peligros. La cual, por supuesto, en cuanto contraiga algún tipo de dolencia grave, pensará en “la pesada cruz que Dios me mandó”.

Las grandes inundaciones, que parecen fenómenos tan caprichosos e incontrolables, y que ocasionan pérdidas millonarias y miles de muertes, tienen también su grado de responsabilidad humana. Muchas provienen de las lluvias provocadas por la acumulación de evaporación, originada en los grandes embalses de las represas hidroeléctricas construidas negligentemente por los hombres.

Los mismos terremotos, aun cuando son manifestaciones naturales, tienen un origen en el hombre. Pues cuando éste construye embalses y diques para frenar la corriente de los ríos, suele formar lagos artificiales, los cuales provocan infiltraciones de agua en las rocas subterráneas, que lubrican y facilitan su desplazamiento y originan luego los temblores de tierra.

Y hasta los huracanes y ciclones, que cobran miles de víctimas humanas, se generan en la irresponsable actitud del hombre que ha venido destruyendo incesantemente los bosques aptos para regular los vientos.

UN MUNDO SIN ENFERMEDADES

Entre los grandes logros de la humanidad figura el haber eliminado ya dos enfermedades: la viruela en 1979, y la poliomielitis que prácticamente ha desaparecido. ¿Cuántas otras enfermedades podrían suprimirse o frenarse, si en vez de gastar dinero en armas, bombas y guerras, lo empleáramos en investigar?

Pero sigue siendo Dios, en la mente de muchos cristianos, el responsable de las enfermedades, las catástrofes y las muertes que vemos a nuestro alrededor.

Alguno pensará: ¿acaso Dios no nos creó mortales? Sí. ¿Entonces él no es el responsable de que muramos? No. Él nos creó mortales, pero el “cuándo” morimos lo fijamos nosotros, con nuestras actitudes de amor o de odio, de responsabilidad o negligencia. Él no nos tiene fijado el día de nuestra muerte, como piensan algunos. En ella intervienen una serie de factores en los que entra la responsabilidad humana.

Por no haber entendido esto, mucha gente vive resentida con Dios, lo acusa de sus desgracias, y hasta lo ha eliminado de su vida.

Dios quiere el bien, ama el bien y asiste a cuantos trabajan por el bien. Y nuestra tarea es colaborar con Dios para que cada vez haya más bien a nuestro alrededor, no reprocharle la existencia del mal. Como aquel hombre que le preguntaba a su amigo: “¿Tú rezas a Dios?”. “Sí, todas las noches”. “¿Y qué le pides?”. “No le pido nada; como sé que él siempre da lo mejor de sí, simplemente le pregunto en qué puedo ayudarlo”.

MUNDOS ALTERNATIVOS DESDE EL ECOLOGISMO SOCIAL

Luis González Reyes

Éxodo 116 (nov.-dic.) 2012
– Autor: Luis González Reyes –
 
UN BREVÍSIMO ANÁLISIS DE COYUNTURA

Cualquier propuesta de organización social, política o económica debe considerar el momento histórico en el que se inscribe para responder a él. Desde esa perspectiva vamos a hacer un brevísimo análisis de coyuntura, simplemente por situar los desafíos (al menos algunos de ellos) que tiene la humanidad.

Nos encontramos, qué duda cabe, en una crisis económica de amplio calado. Una de las grandes crisis que han jalonado la historia del capitalismo2 . No solo vivimos una fuerte crisis económica, sino que esta también es social. Nunca antes en la historia del ser humano han existido unas tasas de desigualdad tan grandes. Tampoco nunca antes había existido una reparto del poder tan polarizado. Además, esta crisis social se ve agravada, por el funcionamiento del mercado capitalista y la distribución patriarcal de roles, por la crisis de los cuidados, caracterizada por la infraatención de las labores básicas de reproducción de la vida3.

Sin embargo, nada de esto es sustancialmente nuevo en la historia de la humanidad. Lo que marca un punto de inflexión nunca antes vivido a nivel global es estar alcanzando los límites de los recursos y de los sumideros (basureros) planetarios. En este marco podemos destacar tres grandes problemas ambientales: la pérdida masiva de biodiversidad, el cambio climático y el pico de máxima extracción de los combustibles fósiles (momento a partir del cual su precio aumentará irreversiblemente) 4.

La superación de estos límites marca que lo que tenemos por delante será, necesariamente, distinto de lo que hemos vivido. Ya no vamos a volver a tener un mundo con múltiples recursos por explotar, un “mundo vacío”, sino un “mundo lleno” o, mejor dicho, “saturado”. Las políticas a llevar a cabo en un mundo saturado tienen que ser, necesariamente, distintas de las tomadas hasta ahora, donde las crisis se han superado a base de conseguir reactivar el crecimiento. Esto no volverá a ser posible (a gran escala)5.

A todo esto tienen que responder las políticas que planteemos. Lo que tenemos delante es un sudoku en el que no vale solo con encajar las horizontales (los problemas ambientales, por ejemplo) sino que hay que cuadrar también las verticales (una vida digna para toda la humanidad y un sistema económico que permita alcanzarla en paz con el planeta).

LAS PROPUESTAS DESDE EL ECOLOGISMO SOCIAL

La imposibilidad de sostener el crecimiento indefinido en un planeta cuyos límites físicos estamos alcanzando deja como única opción el decrecimiento de la extracción de energía y materiales, así como en la generación de residuos. Para conseguirlo no hará falta solamente una reducción neta del consumo, sino también una apuesta por la reutilización y el reciclaje y, para ello, por la producción en base a biocompuestos. Además, decrecer implica una economía de base local que reduzca el consumo energético en transporte (pero no solo, también en embalaje, refrigeración, almacenaje…). También significa una reducción en nuestra velocidad de vida (la obsesión por los AVE y los tomates en invierno), pues a más velocidad más consumo.

Por último, todo esto requiere un crecimiento en el consumo de energía solar.

Pero el decrecimiento no es para todo el mundo, sino que es para la parte del planeta que ya consume demasiada materia y energía. Solo así quienes viven en condiciones de miseria podrán conseguir un nivel de vida digno. Es decir, que no solo hace falta reducir el consumo material y energético sino, en paralelo, redistribuir la riqueza.

Además, en un entorno de recursos escasos es imprescindible un control social de ellos para decidir colectivamente dónde los empleamos para realizar la transición hacia una sociedad que satisfaga universalmente las necesidades sin sobreexplotar el planeta. Por decirlo con un ejemplo, no debería ser la gran banca quien decida qué producir, sino que deberemos adquirir soberanía financiera para encaminar los recursos económicos, energéticos y materiales hacia las energías renovables y no hacia recuperar el crecimiento urbanístico. De manera que el cambio no es solo decrecer y redistribuir, sino también democratizar, tomar el poder colectivamente sobre nuestras vidas.

Este cambio es, necesariamente, económico, pero no solo. También es imprescindible un cambio de paradigma que lleve a repensar las necesidades básicas y la forma de satisfacerlas. Un cambio de valores que genere un cambio en las articulaciones sociales. Para ello se hace imprescindible un proceso de autorreeducación social a través de la construcción de iniciativas locales que planteen estos nuevos modos de articulación socioambiental, al tiempo que tejan las mayorías suficientes para implantar políticas en este sentido a escalas mayores.

Estos factores son, necesariamente, elementos directores de cualquier política que pretenda salir de la crisis múltiple en la que nos encontramos. Pero necesitamos concretar más, plantear medidas que aterricen estas líneas directrices y nos permitan vislumbrar cómo transitar hacia fuera de la crisis. A continuación presentamos una pequeña muestra de algunas de ellas agrupadas por su escala de aplicación: micro (nivel individual y colectivo), meso (nivel regional y estatal) y macro (nivel internacional) 6. Hay más abundancia de las relacionadas con los temas ambientales, simplemente porque son sobre las que se centra este artículo.

DECRECIMIENTO

Micro

Construir colectivamente fuentes de satisfacción no materiales.

Construir formas de compartir recursos en lugar de usarlos de forma privada. Esto es aplicable a coches, lavadoras… y no solo a libros.

Consumo limitado de carne y pescado. La limitación en la ingesta de proteínas de origen animal se justifica ya que cada kilo de carne que comemos conlleva el consumo por parte del animal de varios kilos de cereales y litros de agua.

Rodearnos de un círculo que nos incentive y ayude en el tránsito hacia una austeridad feliz (no merkeliania).

Reutilización y reciclaje:

Apostar por la reparación y la reutilización antes de por el reciclaje.

Poner un compostero en casa para reciclar los residuos orgánicos.

Usar el agua del fregadero, la ducha o el lavabo para el váter.

Biocompuestos:

Limpiadores en base al jabón y el vinagre.

Reducción de la velocidad:

Prácticas del movimiento slow food (http://slowfood.es) que surge como contestación a la fast food y el fast life.

Consumo de productos de temporada.

Limitación de los viajes en AVE y avión (y, en general, de los viajes).

Economía local:

Grupos de autoconsumo de productos agroecológicos, en los que productores/as y consumidores/as se ponen en contacto directo. Los/as productores/as cultivan bajo parámetros agroecológicos (que incluyen buenas condiciones laborales) y los/as consumidores/as garantizan un pedido regular. Al no haber intermediarios los precios de los productos son similares a los de sus equivalentes de agroindustria en un supermercado.

Apostar por el uso de la mensajería en bicicleta (http://www.grupolaveloz.com o http://www.trebol.org).

Energía solar:

Sumarse a las iniciativas que desarrollan las energías renovables a pequeña escala y de forma cooperativa, como Som Energia (http://www.somenergia.coop).

Instalación de paneles solares en nuestras viviendas.

Meso

Incentivar y dejar espacio para que vaya creciendo un sistema económico que no necesite crecer de forma continuada. En este sentido, las monedas sociales (http://www.konsumoresponsable.coop/mercado-social) que funcionan sin interés son claves. Una propuesta de cómo podría llevarse a cabo a gran escala se puede encontrar en “Nada está perdido” de Susana Belmonte.

Poner en marcha una huella ecológica de consumo máximo por persona en forma de “tarjeta de débito de impactos” o “declaración de impactos realizados al año”.

Disminuir incentivos al consumo. Un ejemplo sería la limitación y el control de la publicidad.

Reformas legislativas para una reducción y un uso más eficiente de la energía. Desde distintas organizaciones políticas, ecologistas y sindicales se ha hecho una propuesta detallada en este sentido (http://www.ecologistasenaccion.org/spip.php?article10119).

Una de esas medidas sería una política de precios (agua, energía…) que penalice el despilfarro.

Medidas de aumento de la eficiencia en todos los campos, teniendo en cuenta que son necesarias, pero no suficientes. Esto implicará la inversión pública para este fin.

Un ejemplo de incremento de eficiencia sería la rehabilitación integrada del parque residencial con el fin de conseguir una drástica reducción del consumo energético (www.cceimfundacionucm.org/ciudades).

Políticas de reducción de los residuos. Entre otras estarían las políticas de reducción del envasado mediante medidas de apoyo de la venta a granel o sistema de devolución y retorno de envases (http://www.retorna.org).

Reutilización y reciclaje:

Prohibición de la obsolescencia programada.

Recogida selectiva de residuos puerta a puerta (http://www.ecologistasenaccion.org/article1188.html).

Biocompuestos:

Ingeniería y química verde. Este tipo de producción parte de recursos naturales para producir productos biodegradables con un bajo consumo energético y sin usar compuestos tóxicos en el proceso.

Sustitución de los plásticos por polímeros de origen biológico. Esta medida, además, exigirá una reducción importante en el uso de estos compuestos pues, en caso contrario, se generarían nuevos impactos, como la deforestación de amplios territorios.

Implantación masiva de la agricultura ecológica, que consigue el control de plagas y malas hierbas sin usar compuestos tóxicos.

Reducción de la velocidad:

Prácticas del movimiento de ciudades lentas.

Una de estas prácticas es la reducción del espacio público destinado para el coche incrementando el destinado para el transporte público, la bicicleta y las zonas peatonales.

Economía local:

Urbanismo de cercanía, es decir, acercar los servicios que las personas necesitan en su día a día a desplazamientos que se puedan hacer andando. Experiencias de este tipo ya existen, por ejemplo en Friburgo.

Moratoria en la construcción de grandes infraestructuras de transporte (aeropuertos, superpuertos, autovías y autopistas y alta velocidad ferroviaria fundamentalmente).

Potenciar las redes de semillas encaminadas a salvaguardar y extender la biodiversidad de plantas alimenticias adaptadas a cada región.

Energía solar:

Prescindir progresivamente de los combustibles fósiles y de la energía nuclear en la generación eléctrica, sobre lo que ya hay varias propuestas (http://www.ecologistasenaccion.org/IMG/pdf/mix_electrico_2020.pdf, http://www.ucm.es/info/fgu/descargas/cceim/programa_energia_2020 _2050.pdf o http://www.greenpeace.org/espana/es/reports/Energia- 30-Informe-completo).

Poner en marcha una Ley de Cambio Climático encaminada a cambiar el modelo de producción y consumo español para contribuir a la estabilización de la concentración de CO2 a nivel planetario en 350 ppm (http://www.tierra.org/spip/spip.php?article1106).

Macro

Vincular las monedas a una cesta de materias primas básicas, de minerales o al tamaño de la población para, con ello, limitar el poder de consumo humano. Un ejemplo se puede encontrar en “Meter al dinero en cintura” elaborado por el grupo MaPriMi.

Biocompuestos:

Prohibición de la liberación de los organismos manipulados genéticamente, de la producción de residuos radiactivos (de las centrales nucleares), de los contaminantes orgánicos persistentes (COP)… es decir, de todo aquello que va a perdurar durante mucho tiempo en el entorno y no vamos a ser capaces de controlar.

Reducción de la velocidad:

La ralentización de la economía también implicaría la prohibición de que los bancos creen dinero saltándose los depósitos de los que disponen y de la eliminación de los mecanismos de titularización de la deuda.

Economía local:

Sistema arancelario que prime los productos cercanos. Esto implicaría medidas proteccionistas.

Inclusión en los precios de los productos de los impactos del transporte de forma que se incentiven las producciones cercanas. En otros casos no será suficiente con esto y habrá productos que, simplemente, no se podrán consumir como los kiwis cultivados en Nueva Zelanda.

Energía solar:

Dejar sin explotar el grueso de los combustibles fósiles que quedan, como promueve la iniciativa ecuatoriana Yasuní-ITT (http://www.amazoniaporlavida.org/es).

Poner un tope de uso de combustibles fósiles en la UE que vaya descendiendo progresivamente. Estas medidas se están proponiendo por una coalición de organizaciones europeas (http://www.gci.org.uk/Documents/Poster_RCC_2011.pdf) y, además, se están desarrollando en detalle por alguna de ellas (http://www.ecologistasenaccion.org/IMG/pdf/limite_uso_energia.pdf).

REDISTRIBUCIÓN

Micro

Construcción de cooperativas de producción (http://www.tangente.coop/), consumo y cuidado.

Meso

Reparto de la riqueza, lo que implicará la expropiación sin compensaciones de bienes y dinero de las personas más enriquecidas.

Imponer una renta máxima.

Y una renta básica.

Reparto del trabajo (productivo y reproductivo) a nivel social y de género. Algunas políticas podrían ser el adelanto de la edad de jubilación, la jornada laboral de 35 horas o la prohibición de horas extras.

Apostar por el transporte público, la agricultura ecológica, las energías renovables y el reciclaje, todos ellos sectores más intensivos en trabajo que sus insostenibles contrapartes.

Sistemas fiscales justos, ecologizados y redistributivos. Una propuesta de ley en este sentido elaborada por varias organizaciones se puede encontrar en: http://www.ecologistasenaccion.org/article15082.html.

Políticas de precios (agua, energía…) que no solo penalicen el despilfarro sino que incorporen criterios de justicia, a la vez que garantizan el acceso básico al recurso.

Macro

Prohibir la propiedad privada ligada a la acumulación, no al uso.

Abolición de las deudas ilegítimas y odiosas, y restitución de las deudas ecológicas, sociales y de género (http://www.quiendebeaquien.org).

DEMOCRATIZACIÓN.

Micro

Participar (o crear) organizaciones en pro de la justicia ambiental y social.

Practicar la propia capacidad para disentir y desobedecer, cuando haya buenas razones para ello.

Meso

Procesos de democracia participativa basados en la construcción del consenso y la confianza.

Articulación de mecanismos sociales de discusión científica de manera que las decisiones técnicas puedan ser participadas.

Dotar de iguales derechos a todas las personas que habiten un mismo territorio, independientemente de su origen e ingresos.

Volver a hacer público el control, en primera instancia, de los sectores estratégicos, como el energético o la banca. Que sean públicas implica que haya un control de la producción decisorio por parte de la sociedad, y una capacidad de gestión por parte de trabajadoras/es.

Responsabilizar a los fabricantes de todo el ciclo de vida del producto. Por ejemplo, las eléctricas tendrían que gestionar los impactos de los gases de efecto invernadero y de los residuos radiactivos que generasen.

Etiquetado en el que la información sobre los métodos de producción (si es ecológica, las condiciones laborales…) y transporte (distancia, medios utilizados…) sea clara y permita a la ciudadanía realizar un consumo más consciente.

Priorizar las tecnologías más sencillas (de más fácil control y menor riesgo) frente a las más complejas. Esto significaría priorizar los molinos eólicos frente a las centrales nucleares.

Macro

Iniciativas de democracia directa a escala mundial para los asuntos que conciernan a la humanidad y, en paralelo, dotación de mayor autonomía y poder de decisión a los ámbitos locales para su autoorganización. Prohibir la producción en sectores que destruyan la vida, como el armamentístico.

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1 Una versión más corta de este artículo, pero previa, se puede encontrar en el boletín ECOS publicado por la FUHEM-ecosocial.

2 Hay numerosa bibliografía que explica esta crisis. Un par de textos podrían ser: Fernández Durán, Ramón; González Reyes, Luis; Rico Amado, Luis: “Crisis global”. En Ecologista, nº 59, 2009. González Reyes, Luis: “¿El final del capitalismo global?”. En La Lletra A, Ecologista y Libre Pensamiento, 2009.

3 Sobre este tema se puede consultar: Carrasco, Cristina: “La economía del cuidado: planteamiento actual y desafíos pendientes”. En Revista de Economía Crítica, nº 11, 2011. Pérez Orozco, Amaya: “De vidas vivibles y producción imposible”. http://www.rebelion .org/noticia.php?id= 144215#sdfootnote 8sym, 2012.

4 Para un análisis de esta crisis ambiental se puede consultar: Fernández Durán, Ramón: “El Antropoceno”. Virus, 2010. González Reyes, Luis: “Sostenibilidad ambiental: un bien público global”. Iepala, 2011.

5 Para una discusión extensa sobre el panorama venidero se puede leer: Fernández Durán, Ramón: “La quiebra del capitalismo global 2000-2030”. Libros en Acción, Virus y Baldre, 2011.

6 Una versión más completa de lo expuesto a continuación se puede encontrar en: Riechmann, Jorge; González Reyes, Luis; Herrero, Yayo; Madorrán, Carmen: “¿Qué hacemos frente a la crisis ecológica?”. Akal, 2012.

RÍO+2O EN PERSPECTIVA

José Manuel Naredo

Éxodo 116 (nov.-dic.) 2012
– Autor: José Manuel Naredo –
Reflexiones sobre la “economía verde” y su medio ambiente
 
1. CONTEXTO: A MAYORES PROBLEMAS, MAYOR FUNCIÓN ENCUBRIDORA DE LA IDEOLOGÍA ECONÓMICA DOMINANTE

El hecho de que el deterioro ecológico siguiera acelerándose, tras cinco décadas de era conservacionista1 y cuatro desde la primera “cumbre de la Tierra”, celebrada en Estocolmo en 1972, induce a pensar que algo está fallando en el núcleo mismo de las llamadas “políticas ambientales” o de la más recientemente denominada “gobernanza ambiental”. Las contradicciones económico-ecológicas de nuestra época invitan a reflexionar sobre lo que he denominado “las raíces económicas del deterioro ecológico” 2 y sobre si la llamada “economía verde” –en la que la reciente cumbre de Río-2012 pone todas sus esperanzas– aborda en profundidad las causas de fondo de dicho deterioro.

Anticipemos que la paradoja verde que ha venido solapando el aumento progresivo del deterioro ecológico en un mundo en el que lo ecológico, lo verde y lo sostenible se han hecho omnipresentes en nuestros hogares, en nuestro consumo y en nuestros trabajos, encuentra su explicación en la pérdida de radicalidad de los enfoques y las políticas adoptados en este campo. El mero hecho de que la reciente cumbre de la Tierra se haya publicitado como Río+20 y no como Estocolmo+40 refleja el afán de olvidar la mayor radicalidad de Estocolmo y de dar continuidad al notable desarme ideológico practicado ya en Río 92.

A principios de la década de 1970 se dieron una serie de acontecimientos que, además de movilizar el pensamiento en medios académicos en torno a la problemática ecológica, tuvieron honda repercusión sobre la opinión pública, permitiendo retomar el debate sobre el crecimiento económico. La publicación en 1971 del I Informe Meadows, del Club de Roma, sobre “Los límites al crecimiento”, puso contra las cuerdas a la meta habitual del “crecimiento económico”, que ocupaba un lugar central en el discurso dominante 3, y trascendió a la esfera política mediante una carta enviada por Sicco Mansholt a la Comisón Europea tan sólo un mes antes de convertirse en su presidente 4. Este Informe subrayaba la inviabilidad del crecimiento permanente de la población y sus consumos: el crecimiento acumulativo continuado –y por lo tanto exponencial– solo podía darse de modo transitorio en el mundo físico.

En la década de 1970 se puso a su vez de relieve la problemática del crecimiento exponencial de la población. Como señalaba Ehrlich5 “si el crecimiento demográfico continuara (a la tasa actual) durante novecientos años, habría alrededor de 120 personas por metro cuadrado en toda la superficie del Planeta, incluidos mares y océanos”6. Si, como viene ocurriendo, esta población se asocia al manejo de cantidades per capita crecientes de recursos y residuos, el absurdo se alcanzaría en plazos mucho más cortos7 tal y como estimó el I Informe Meadows ya citado. Todo lo cual vino a evidenciar la irracionalidad que supone la mitología del crecimiento económico, que cifra la salvación de la humanidad en el continuo aumento de los “bienes y servicios” obtenidos y consumidos (acompañado de una creciente extracción de recursos y emisión de residuos). Mitología sin precedentes históricos8 que se construyó, junto con la ciencia económica establecida, sobre la metáfora de la “producción”9, que subraya solo la parte positiva del proceso económico, las ganancias de dinero y utilidad pasando por alto la contabilidad de los daños sociales y ecológicos que origina (lo que en el último siglo se viene tratando bajo los conceptos de externalidades, pasivos, o impactos ambientales).

El mencionado cambio quedaría reflejado también en la Conferencia de Río y, sobre todo, en la de Johannesburgo, que evidenció más claramente la falta de apoyo político a cualquier intento serio de reconvertir el metabolismo de la civilización industrial hacia patrones ecológicamente viables. Mientras que en la cumbre de la Tierra de 1972 se ligaba el deterioro ambiental a la extracción de recursos y a las relaciones de explotación vigentes, incluyendo así reivindicaciones políticas, en Río 1992 ya solo se hablaba de preservar la calidad del medio ambiente, mediante legislación e instrumentos de mercado; mientras que en 1972 se hacía una enumeración exhaustiva de los recursos bióticos y abióticos a proteger, en 1992 se plantea el objetivo general del desarrollo sostenible; y, sobre todo, mientras que en 1972 se hacía de la necesidad de atajar el “problema ambiental” una razón de Estado y, por ende, se tomaba a los Estados como principales responsables y garantes del cambio, mediante el manejo a todos los niveles de la planificación y ordenación del uso de los recursos y el territorio, en 1992 se habla solo de normas, estudios de impacto ambiental e instrumentos económicos, en general, relegando la responsabilidad de los Estados a su último escalón administrativo, a los ayuntamientos, a través de las “agendas 21”, para ensalzar el papel de la iniciativa privada (empresas y ONG). Con las Cumbres de Johannesburgo (2002) y Río 2012, se confirma la evolución descrita, en la que se solapan el menor respaldo político con la mayor ambigüedad y pérdida de radicalidad de las propuestas. La inversión ideológica practicada es de tal calibre que el crecimiento económico pasó de considerarse la causa del deterioro ecológico, a presentarse como su solución. La mitología del crecimiento que hace tres o cuatro décadas parecía desahuciada por la razón, sigue hoy gozando de envidiable salud. Todo lo cual sintetiza cómo, a medida que se fue perdiendo la fe en la posibilidad de reconvertir el metabolismo de la sociedad industrial, la “cuestión ambiental” ha pasado a ocupar un lugar cada vez más ceremonial en el discurso y en las instituciones oficiales.

La desatención por el estudio del uso integrado de la Tierra y sus recursos se solapó con el auge incentivado de los estudios sobre los vertidos atmosféricos y el cambio climático, como atestiguan la Conferencia de Kyoto y los sucesivos encuentros sobre el clima, hasta la fracasada Conferencia de Copenhague (2009) y más recientemente la Conferencia de Durban (2011). Se plantea la paradójica pretensión de incidir sobre los resultados últimos sin modificar sus causas más primarias, coherente con el carácter cada vez más ceremonial de las instituciones y foros oficiales relacionados con el medio ambiente.

2. CONFLICTO DE ENFOQUES ENTRE ECOLOGÍA Y ECONOMÍA (QUE ENCUBRE LA “ECONOMÍA VERDE”)

Hay que recordar, de entrada, que el razonamiento económico ordinario se fue consolidando a base de encerrarse en el universo autosuficiente de los valores monetarios y de cortar amarras con el mundo físico y territorial al que en principio estuvo vinculado (Naredo, J. M., 2003). Y que, al separarse del mundo físico y territorial, el reduccionismo monetario imperante generó un “medio ambiente” físico inestudiado que aparece plagado de recursos naturales, antes de que hayan sido valorados, y de residuos artificiales, que por definición carecen de valor monetario. Aparece así el diálogo de sordos habitual entre el enfoque económico ordinario, que razona sobre el valor monetario del reducido conjunto de objetos apropiados y valorados (cuyo flujo viene usualmente representado por el agregado de Producto, el famoso PIB, o Renta nacional) y el enfoque ecológico, que razona sobre todos los objetos físicos y territoriales que componen la biosfera y los recursos naturales. El primero trata de acrecentar, caiga quien caiga, los mencionados agregados monetarios, favoreciendo la mercantilización de la naturaleza, mientras que el segundo se preocupa de conservarla. El conflicto está servido de antemano cuando dichos agregados monetarios pueden crecer a base de explotar, vender y degradar los otros conjuntos más amplios, que no figuran en las cuentas del enfoque económico ordinario: es el conflicto entre desarrollo económico y deterioro ecológico10.

Cuando la red analítica de un enfoque deja escapar un “medio ambiente” inestudiado, caben dos formas de abordarlo. Una, tratando de extender y arrojar de nuevo la misma red analítica para atrapar determinados elementos de ese “medio ambiente”. Y dos, recurriendo a otras redes analíticas que se estiman más adecuadas para ello:

- La primera es la que utiliza la llamada “economía verde”, cuando estira la vara de medir del dinero para valorar elementos de ese “medio ambiente” a fin de llevarlos al redil de la economía ordinaria y de aplicar sobre ellos el cálculo habitual coste-beneficio, desplegando el llamado “conservacionismo de mercado”. Para ello trata de extender la propiedad y el intercambio e imputar valores monetarios a los distintos elementos y procesos que componen ese “medio ambiente”, para imponer después cobros y pagos apoyándose en dos principios: quien contamina paga (por los “daños ambientales” ocasionados) y quien conserva cobra (por los “servicios ambientales” suministrados). Asistimos así al curioso empeño de una disciplina que, sin cambiar de enfoques, trata de estudiar el medio ambiente inestudiado que ella misma había segregado. Lo grave es que el imperialismo de la ideología económica dominante es tan fuerte que incapacita a la gente para percibir que el afán de hacer ahora una economía de ese medio ambiente que escapaba a su propio objeto de estudio, es algo tan surrealista como lo sería el empeño de hacer una física de la metafísica.

- La segunda es la que aplica la llamada “economía ecológica” cuando adopta un enfoque transdisciplinar que, sin descartar el razonamiento monetario, recurre a las elaboraciones de otras disciplinas como son esa economía de la naturaleza, que es la ecología, o esa economía de la física, que es la termodinámica, para las que no existe dicho “medio ambiente” inestudiado, ya que los elementos y sistemas que lo componen forman parte de su objeto de estudio habitual. Pero, insistimos, el imperialismo del enfoque económico ordinario es tan poderoso que ha conseguido imponer sus orientaciones y su lenguaje a todo el mundo, sin que se tenga plena conciencia de ello. Anticipemos que el enfoque de la “economía ecológica” o del por mí denominado “enfoque ecointegrador”, trasciende la habitual disociación hombrenaturaleza, economía-ecología, o economía-medio ambiente, al razonar con enfoques y objetos de estudio más amplios que los de la economía ordinaria, que consideran la especie humana como parte integrante de la biosfera y a la economía como un ecosistema a analizar con todas sus piezas (físicas, socio-políticas… y monetarias). En vez de enfrentar a la especie humana con la naturaleza, este enfoque trata de establecer una simbiosis enriquecedora entre ambas. Y tampoco ve a la naturaleza como un “medio ambiente” errático e incontrolado, sino sujeta a leyes y sistemas de funcionamiento que han de tenerse bien en cuenta a la hora de gestionar.

3. PERSPECTIVAS Y ALTERNATIVAS

En principio, las dos formas arriba indicadas de abordar el “medio ambiente” no tendrían por qué entrar en grave conflicto, ni excluirse mutuamente. Pero el enfrentamiento se produce porque los partidarios de la “economía verde” y los de la “economía ecológica” abrazan, sin decirlo, opciones excluyentes. Usualmente, los primeros optan por prolongar el reduccionismo pecuniario habitual, otorgando prioridad a lo monetario frente a lo físico, mientras que los segundos optan por lo contrario: el enfrentamiento enraíza, así, con el empeño de considerar lo monetario, o lo físico, como variable independiente a la que supeditar el resto. Estas opciones entrañan consideraciones distintas del mercado: los primeros suelen tomar el mercado como panacea, los segundos como mero instrumento cuyos resultados varían en función del marco institucional. En este contexto, dar prioridad al reduccionismo monetario de la “economía verde” presupone relegar los otros enfoques.

Por otra parte, hay que subrayar que el instrumental monetario de la “economía verde” gira en el vacío si no se conecta con enfoques que le ofrezcan buenos puntos de apoyo en el mundo físico e institucional. Veamos, por ejemplo, el caso del agua. La mismísima aplicación de los principios arriba mencionados de la “economía verde” al establecimiento de cobros y pagos asociados al uso del agua, necesita apoyarse en un buen conocimiento de la realidad hídrica para que tenga efectos positivos sobre su gestión. Pero la lógica del agua rebasa por completo la pequeña fracción de la misma que puede ser objeto de compraventa o estar sujeta a tasas u otros instrumentos monetarios. Para la hidrología no hay medio ambiente que valga: razona sobre el conjunto del ciclo hidrológico, desde la precipitación, la escorrentía, la infiltración, las retenciones que tienen lugar en un territorio, con sus características climáticas, edafológicas, de vegetación, asociadas a sus ecosistemas y paisajes, hasta el agua de los mares. Solo el buen conocimiento de este contexto, permitirá establecer un marco institucional con instrumentos11 adaptados a los problemas que plantea la gestión del agua en ese territorio, para lograr la oportuna adaptación de los usos a las vocaciones y dotaciones hídricas del mismo.

Y, siguiendo con el ejemplo del agua, se ve con facilidad que no tiene sentido extender el empeño de “valorar los servicios” que ésta presta a lo largo de todo el ciclo hidrológico, empezando por la fase atmosférica del mismo movilizada por el sol y siguiendo por esos dos fenómenos básicos de la vida en los que el agua juega un papel esencial: la fotosíntesis y el intercambio iónico. Los ejercicios de valoración quedan así relegados a procesos o usos más banales o secundarios del agua.

La aplicación al agua del principio quien contamina paga, evidencia también sus limitaciones. En primer lugar resalta el sesgo de este principio, que se ocupa del deterioro ocasionado por vertido de residuos, pero desatiende el derivado del propio uso de recursos. En el caso del agua penalizaría solo al usuario que contaminara el agua, pero no al que la liquidara o consumiera por completo, evaporándola, lo cual invitaría sustituir ese principio por el más general de quien deteriora paga. Pero aun en este caso habría que conocer exactamente el deterioro que ocasiona en el agua cada uno de los usos, exigiendo una vez más respuestas que escapan al reduccionismo monetario habitual. Para llenar este vacío hemos de considerar que, como todos los fenómenos del mundo físico, el agua se mueve en el ciclo hidrológico siguiendo la Ley de la Entropía, que explica todos sus cambios de estado (nieve, hielo, vapor o agua líquida), de calidad (con más o menos sales o materia orgánica en dilución…) o de posición gravitatoria, que se operan a lo largo del mismo. Este conjunto de cambios configura un “campo de gradientes de potencial” ligados al agua que va disminuyendo, desde que ésta aparece en forma de precipitación hasta que llega al mar, donde alcanza su máximo nivel de entropía que la radiación solar invierte al devolverle (mediante la evaporación, elevación y pérdida de solutos) su nivel originario de calidad asociada a la cantidad. Así, podemos decir que esa fuente externa que es la energía solar mueve el ciclo hidrológico, como el agua mueve la rueda de un molino, y que es posible acelerar (usando), retrasar (conservando) e incluso invertir (depurando, desalando y bombeando) las pérdidas o deterioros que se operan a lo largo del mismo. El coste físico de invertir el deterioro ocasionado por cada uso es el que permitiría cuantificar sobre bases homogéneas dicho deterioro como punto de apoyo esencial para poder aplicar, con conocimiento de causa, el principio quien deteriora paga. Aunque esta metodología de cálculo ha sido aportada12, por lo común la “economía verde” la ignora y sigue enfrascada en su habitual reduccionismo monetario.

El principal problema que plantea la “economía verde” es que la monetarización de la naturaleza que propone no asegura su buena gestión, pero sí contribuye a prolongar el diálogo de sordos entre los sistemas de representación diferentes y a soslayar las raíces profundas del deterioro ecológico en curso13 que cabe resumir en dos puntos. En primer lugar, un reduccionismo monetario que valora solo el coste de extracción, no de reposición, de los recursos naturales e impone una creciente asimetría entre el valor monetario y el coste físico y humano de los procesos (a mayor coste físico y trabajo más penoso, menor valoración monetaria14). En segundo lugar, un marco institucional que avala derechos de propiedad desiguales, organizaciones jerárquicas, relaciones laborales dependientes… y un sistema financiero que amplifica enormemente la desigualdad. Con esos mimbres salen estos cestos: el resultado obligado de esas reglas de valoración y de ese marco institucional son el deterioro ecológico y la polarización social y territorial. Y mientras no se pongan en cuestión las causas, no se podrán corregir los resultados.

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1 La publicación en 1962 del libro de Rachel Carlson, Primavera silenciosa, en el que se advertía de los efectos perjudiciales de los pesticidas, es a menudo citado como el hito que marca el punto de partida del conservacionismo moderno.

2 J. M. Naredo, 2010, Raíces económicas del deterioro ecológico y social, Siglo XXI, Madrid.

3 D. H. Meadows, D. L. Meadows, J. Randers y W. W. Beherns III, 1972, The Limits to Growth, Universe Books, New York.

4 Sicco Mansholt se pronunció críticamente frente al crecimiento económico junto con André Gorz en un debate organizado por Le Nouvel Observateur (nº. 397, 1972).

5 P. R. Ehrlich, The Population Bomb, 1968 (edición francesa Fayard, Paris, 1972).

6 P.R. Ehrlich, op. cit., 1968, p. 20. Véanse también las aportaciones al respecto de I. Asimov, Las amenazas de nuestro tiempo, Plaza& Janés, Barcelona, 1980, pp. 314-315 y P. C. Putnam, The future of the Land based on nuclear fuels, 1950 (Ref. C. Cipolla, The economic history of world population, Penguin Books, Londres, 1962, p. 18.

7 M. K. Hubbert, ‘Exponential growth as a transient phenomenon in human history’, en M. A. Strom (ed.), Societal Issues, Scientific Viewpoints, Insy¡t. of Physics, Nueva York, 1974, Reed. En H. E. Daly y N. K. Tawsend (Eds.), Valuing the Earth: Economics, Ecology, The MIT Press, Cambridge, 1993.

8 La utopía de Platón, Aristóteles y cualesquiera otras formuladas hasta el siglo de las luces proponían sociedades ideales estables en población e intendencia. Hasta el advenimiento de la idea de producción y de la moderna ciencia económica a nadie que estuviera en su sano juicio se le ocurría apoyar un modelo de sociedad ideal en el crecimiento permanente de algo relacionado con el mundo físico.

9 En J. M. Naredo, op. cit., 2003, se expone cómo la noción de producción fue fruto de un maridaje entre la filosofía mecánica y la alquimia allá por el siglo XVIII, levantándose sobre ella la construcción de la ciencia económica, con su idea de “crecimiento”, pese a que la concepción que le dio origen carezca hoy de respaldo científico a la luz de las ciencias de la Tierra.

10 Analizado en Naredo, J. M. y Valero, A. (dirs.) (1999), Desarrollo económico y deterioro ecológico, Madrid, Fund. Argentaria&Visor distrib. y en Naredo, J. M. (2010), Raíces económicas del deterioro ecológico y social, Madrid, Siglo XXI Eds.

11 Sería la propia ley de aguas y sus desarrollos los que deberían adaptarse a la naturaleza del recurso y definir y regular en consonancia los condicionantes de la propiedad del agua, el régimen de concesiones, de mercados o de bancos de agua, de tarifas, de tasas, de multas, etc. Los costes, los precios y los beneficios asociados al agua no son independientes, sino que dependen del marco institucional, que permite orientar, así, de una u otra manera la gestión del agua.

12 Véase Naredo, J. M. (2007), “Documento Marco sobre Costes y Cuentas del Agua. Propuestas desde un enfoque ecointegrador”, en Seminario Costes y Cuentas del Agua en Cataluña en relación con la Directiva Marco del Agua, Agencia Catalana del Agua, Barcelona, 18 y 19 de junio de 2007. Esta metodología se comunicó en la ponencia presentada al Congreso de la Sociedad Internacional de Economía Ecológica, Nueva Delhi, 2007: Valero, A., Uche, J., Valero, A., Martínez, A., Naredo, J. M., and Escriu, J. (2007), “Fundamentals of Physical Hydronomics: a new approach to assess the environmental costs of the European Water Framework Directive”.

13 Expuestas en mi libro antes citado, Naredo, J. M., 2010, Raíces económicas del deterioro ecológico y social…

14 Esta tendencia es la denominada Regla del Notario, analizada formalmente en Naredo, J. M., 2010.

DIAGNÓSTICO DE LA INSOSTENIBILIDAD ACTUAL.

Roberto Bermejo Gómez de Segura

Éxodo 116 (nov.-dic.) 2012
– Autor: Roberto Bermejo Gómez de Segura –
Bases para (y dinámicas de) una economía sostenible
 
Nuestra civilización está en “proceso de colisión” con el mundo natural, tal como nos dice el “Aviso a la Humanidad de la Comunidad Científica” (realizado en 1992 por más de 1.500 científicos, entre ellos 102 Premios Nóbel). Resulta abrumadora la información sobre el proceso de colisión, su gravedad y, en consecuencia, se multiplican los avisos de la urgencia del cambio. Naciones Unidas viene alertándonos desde hace más de dos décadas. El Informe Brundtland (1987), de Naciones Unidas, afirma que la supervivencia de la humanidad está en peligro. El artículo 13 de la Declaración de la Cumbre de Johannesburgo (Río+10) constata que “el medio ambiente mundial sigue deteriorándose. Continúa la pérdida de biodiversidad; sigue agotándose la población de peces; la desertificación avanza cobrándose cada vez más tierras fértiles; ya son evidentes los efectos adversos del cambio del clima; los desastres naturales son más frecuentes y devastadores”. Por último, el monumental informe de Naciones Unidas sobre el estado de la Biosfera: Evaluación de los Ecosistemas del Milenio, realizado en la primera mitad de esta década por más de 1.360 expertos. Entre sus conclusiones destacan: las actividades humanas han puesto al planeta al borde de una masiva extinción de especies; y fenómenos como el cambio climático “serán de importancia secundaria comparada con los cambios en el uso de la tierra”.

Pero no estamos ante una amenaza que afectará sólo a las generaciones venideras, la generación actual está empezando a sufrir las consecuencias. Por ello son frecuentes los llamamientos a actuar rápidamente. El Informe Brundtland afirma en su “Llamamiento para la acción” (que constituye el núcleo de su mensaje): “somos unánimes en la convicción de que la seguridad, el bienestar y la misma supervivencia del planeta depende de estos cambios ya” (cambios en el modelo de desarrollo y de protección del medio ambiente). El “Aviso a la Humanidad” declara que “no quedan más que una o muy pocas décadas antes de perder la oportunidad de eliminar la amenaza que encaramos ahora y de que la humanidad se encuentre con una perspectiva inconmensurablemente disminuida” (UCS, 1992). Sin embargo, los informes citados no contemplan el límite natural más próximo: el proceso de agotamiento del petróleo y de un buen número de metales estratégicos (oro, cobre, platino, etc.), cuyo resultado más palpable es su inexorable encarecimiento.

Sin embargo, la enorme información existente sobre la gravedad del proceso de colisión y de los inicios de los impactos no ha dado lugar a políticas transformadoras. Se pueden aducir numerosas causas: la inercia de la sociedad, la limitación del horizonte temporal de los gobernantes al periodo de mandato, un conocimiento sólo parcial de los problemas, etc. Pero la causa de fondo es el conjunto de visiones y creencias que configuran el tipo de sociedad y de cultura que impera en la actualidad: el paradigma dominante.

Este pensamiento establece una jerarquía que sitúa a la especie humana por encima del resto de las especies. La biología establece que los primates constituyen la parte superior de esta jerarquía (primate viene de la palabra latina primus, primero). Ello es una herencia desacralizada de la tradición griega y judeocristiana. Para la primera la jerarquía es en orden descendente: dioses, hombre, mujer, esclavos, animales y vegetales. Para la segunda es: Dios, ángeles, humanos, animales y vegetales. El paradigma dominante desacraliza la jerarquía, lo cual eleva a la cúspide el estatus de la especie humana y le da legitimidad para someter al resto de las especies en su propio beneficio; ve la naturaleza como algo caótico y peligroso, por lo que tiene que dominarla, condición previa para acceder a sus recursos (convertir los ecosistemas en monocultivos y al mismo tiempo acceder a los recursos del subsuelo); la herramienta que lo permite es el desarrollo tecnológico y especialmente la ingeniería genética. Allenby (2009) declara que ella nos permite convertirnos en los señores de la biosfera; y, por último, la felicidad se obtiene mediante la acumulación creciente de bienes.

La hegemonía de este paradigma ha sido posible por la existencia de unos enormes recursos de minerales y, sobre todo, de energía fósil que ha venido utilizando la civilización industrial. Ésta tiene un gran poder calorífico por unidad de peso, un amplio espectro de utilizaciones y el acceso a los mismos ha sido fácil, como ha ocurrido con los minerales. Pero la escasez de los recursos principales pone en evidencia el paradigma y el modelo económico dominantes.

Este paradigma no tiene base científica. Lynn Margulis (1998) afirma que estas ideas son rechazadas como una tontería absoluta por el conocimiento científico. La antropología afirma que las sociedades primitivas tuvieron unas relaciones armónicas con la naturaleza y que eran sociedades de la abundancia. Su visión es que los seres humanos no somos dueños de la naturaleza, sino una parte de ella, por lo que hay que respetar el orden cósmico. A partir de Darwin esta concepción tiene base científica. La especie humana es una más en el proceso evolutivo de la naturaleza. Todos los seres vivos son igualmente evolucionados. Una de las “premisas clave” de la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio es que “los seres humanos son una parte integral de los ecosistemas” (2006). Sólo un ser que ha perdido la conexión vital con la naturaleza la puede identificar como un caos. La ciencia cada vez nos muestra más ejemplos sobre su realidad extremadamente compleja, precisa, armónica y coherente. Este orden es extremadamente preciso, de forma que si las constantes vitales cambiaran en una cantidad infinitesimal, todo este orden colapsaría. La misma situación se produce en el cosmos y en los átomos. Ambos colapsarían sin el ajuste preciso que se produce en más de 30 parámetros (velocidad de expansión del universo, relación de masa entre protones y neutrones, relación de carga eléctrica entre electrones y protones, etc.). Las tecnologías por sí solas no son capaces de resolver los problemas, además de que algunos cambios tecnológicos crean más problemas. La Comisión Mundial sobre Desarrollo Sostenible preguntó al Consejo Nórdico si era posible alcanzar la sostenibilidad por medio de las tecnologías y la respuesta fue negativa. La sicología rechaza que la felicidad se obtiene acumulando bienes. Al contrario, ha descubierto que las personas materialistas son infelices, tiene relaciones sociales pobres y frecuentemente tienen mala salud. La geología nos informa que muchos recursos están siendo agotados.

La naturaleza se organiza creando ecosistemas, que constituyen la unidad más básica capaz de reciclar sus nutrientes. La vida en el planeta se preserva y desarrolla debido a que los ecosistemas realizan tres funciones fundamentales, que denominamos abióticas: cierre de los flujos de los materiales; utilización de la energía solar; y actuación sobre el medio abiótico o inerte para mantener sus propiedades físicoquímicas dentro de un intervalo adecuado para la preservación de la vida. A este fenómeno se le denomina Gaia. Para garantizar las funciones abióticas (y en última instancia, para mantener la enorme estabilidad, dentro de un marco evolutivo, que ha caracterizado a la biosfera) los ecosistemas muestran unas características típicas: evolución, diversidad, estructuras jerárquicas, autosuficiencia, descentralización y competencia y cooperación, pero siendo esta última la dominante. La naturaleza tiene estructuras económicas: produce materiales mediante fotosíntesis, el consumo se produce a lo largo de la cadena trófica, la cual determina un intercambio de bienes. Y todo funciona con la energía solar. Los ecosistemas son generalmente resilientes, es decir, capaces de conservar su coherencia y funciones ante los impactos que producen las variaciones de su entorno. Y la resiliencia aumenta con la abundancia de biomasa, de especies, de redundancias, etc.

La dinámica globalizadora y de profundización en la liberalización económica del sistema económico dominante acrecienta la vulnerabilidad, dislocación e insostenibilidad de las sociedades. La vulnerabilidad es debida a creciente dependencia de las sociedades de las estructuras económicas mundiales, lo que les incapacita para hacer frente a los impactos de las crisis sistémicas. Así que carecen de resiliencia. La dislocación social es el resultado de la falta de resiliencia, de la hegemonía del individualismo y de la polarización de la riqueza. La insostenibilidad creciente es el resultado de diversos factores: la globalización aumenta el comercio internacional (esto supone más consumo energético, más infraestructuras de transporte, cadenas de producto más largas y complejas, que a su vez genera más impactos ambientales y más consumo de recursos, y los circuitos largos obstaculizan una economía circular de materiales); la competencia de los gobiernos y de las empresas por el acceso a los recursos vitales determina una enorme dificultad para pactar la puesta en marcha de medidas comunes para, al menos, paliar los problemas de insostenibilidad y otros muchos existentes. Además, el paso de un mundo hegemonizado por Estados Unidos a otro que es crecientemente multipolar está provocando la parálisis de las superpotencias para hacer frente a los problemas. Aunque también tiene la faceta positiva de que se muestran crecientemente incapaces de profundizar en la globalización, como lo demuestra el fracaso de la última Ronda liberalizadora, la del Milenio.

La aplicación de los principios de sostenibilidad a la economía actual supone la necesidad de una revolución epistemológica y no sólo para la escuela neoclásica, sino también para la escuela keynesiana o la marxista. Deberán cambiar, también, las herramientas de análisis, las relaciones con otras ciencias, los objetivos, etc. En este contexto adquieren especial relevancia los llamamientos a romper el aislamiento de la economía neoclásica del resto de las ciencias (fruto de su desarrollo en la torre de marfil del mundo monetario) y no se trata sólo de dejar de ignorarlas, sino de que algunas de ellas determinen el comportamiento de la economía. Y entre todas las ciencias de la Tierra la ecología debe desempeñar un papel central, porque es la ciencia de síntesis del mundo vivo. Pero está teniendo también un gran protagonismo la geología ante la escasez de recursos. Así que la sostenibilidad obliga a la economía a adoptar un enfoque multidisciplinar y, lo que es más importante, a desempeñar un papel subordinado con respecto a las ciencias de la Tierra y, por ello, a rebajar su actual estatus dentro de las ciencias. Keynes decía que los economistas deberían tener el estatus de los dentistas.

La revolución epistemológica supone, también, prescindir de las visiones distorsionadas de conceptos centrales como los de producción, desarrollo, riqueza, etc. Por producción se entiende el aumento de la riqueza monetaria y se le atribuye un carácter totalmente positivo, independientemente del agotamiento de recursos naturales que causa y de los impactos ambientales y frecuentemente sociales que causa. Además, no sólo se aplica a la producción de bienes sino que, también, a la extracción de recursos naturales, como el petróleo o el gas, lo cual es erróneo: no se produce sino que se extrae. El concepto de desarrollo fue adoptado por la economía ortodoxa después de la SGM para indicar el modelo de crecimiento económico de los países industrializados que, además, integra una idea ambigua de justicia social. Así que se define como países desarrollados los más industrializados y los países más o menos pobres como “países en vías de desarrollo”, para indicar que están en escalones más bajos en el proceso de industrialización. El parámetro de medición de unos y otros es la renta per cápita. Así que se descarta cualquier otra opción que, sin alcanzar una renta per cápita tan alta, sea capaz de satisfacer las necesidades básicas de toda la población. No se tiene en cuenta otras riquezas, como la satisfacción plena de las necesidades, una alta cohesión social, un alto grado de democracia, la conservación de la naturaleza, el disponer de agua y alimentos sanos, la ausencia de contaminación, etc.

La sostenibilidad obliga, también, a la economía neoclásica a sufrir otra revolución epistemológica: utilizar el cálculo físico, además del monetario. El uso de la moneda es imprescindible para organizar la economía de sociedades complejas, pero la valoración monetaria constituye un velo que impide ver la realidad biofísica. Por ejemplo, cuando un recurso escasea su precio se dispara, por lo que puede darse el caso de que crezca la valoración del mercado del mismo, así que oculta la escasez de recursos. Por lo que, para poder diseñar una economía sostenible, hay que partir del conocimiento de las dotaciones y ritmos de consumo (y por tanto de agotamiento) de materiales y energía. Para construir una economía solar, es necesario conocer el potencial de las diversas fuentes de energías renovables y el estado de las tecnologías de captación. Para mantener o mejorar los servicios que nos dan los ecosistemas hay que conocer su estado y evolución. Estos datos los aportan la biología, la ecología, la geología, la física, la química, etc. A partir de ellos la economía física debe estudiar el metabolismo de nuestras sociedades, mediante la contabilidad de flujo de los materiales (energéticos y no energéticos), como medio de definir estrategias para cerrar los flujos de los materiales y vivir de la energía solar. Por último, la misión de la economía debe ser el logro de la satisfacción universal de las necesidades esenciales en un marco de sostenibilidad. La cual obliga a todos los países cualquiera que sea su nivel de industrialización. La diferencia se da en el punto de partida.

Para finalizar, es evidente que en los intersticios de las sociedades están emergiendo experiencias basadas en el nuevo paradigma y en los principios de economía sostenible. Este movimiento transformador de base (actúa de abajo hacia arriba) se manifiesta en la enorme información existente sobre múltiples experiencias y sobre las tendencias hacia un consumo responsable, pero también soy testigo de experiencias transformadoras. En las dos últimas charlas que he dado, han intervenido personas que están desarrollando una cooperativa para producir electricidad fotovoltaica, una empresa dedicada al turismo responsable, agricultores que están produciendo alimentos orgánicos, y técnicos que están mejorando la certificación de los mismos, aparte de testimonios de consumo responsable.

En relación con la información general, destacan algunas de las muchas iniciativas a nivel local. Es de resaltar el movimiento de las Sociedades en Transición, que es el de más rápido crecimiento del mundo, basado en grupos que combinan la definición de alternativas sostenibles con aplicaciones prácticas y que están teniendo mucha receptividad en los gobiernos locales. Crecen rápidamente los municipios, regiones, pequeñas islas, que se auto – abastecen solamente de energías renovables. Crece aceleradamente la superficie dedicada a agricultura ecológica, la madera certificada como producida sosteniblemente, la de pesca sostenible, etc. Se manifiesta con fuerza creciente una amplia minoría que realiza un consumo sostenible, que frecuentemente crea asociaciones para acceder a esos bienes. El desarrollo de las energías renovables es muy rápido, a pesar de la crisis, aunque su aplicación suele hacerse de forma centralizada. Hay un enorme despliegue de otras muchas tecnologías biomiméticas.

Esta realidad es fruto del efecto combinado de la creciente gravedad de los problemas que está creando la humanidad y de una aceleración en la evolución de la consciencia humana, que va descubriendo el auténtico sentido de la vida, el descomunal esplendor de la naturaleza, la necesidad de estar inmersa en ella y de recuperarla cuando ha sido degradada, así como la necesidad de vivir en comunidad. Lo cual está provocando una importante dinámica contra el proceso de desintegración social generada por el proceso liberalizador.

JAVIER MELLONI

Juanjo Sánchez y Evaristo Villar

Éxodo 116
– Autor: Juanjo Sánchez y Evaristo Villar –
 
Javier Melloni, jesuita, teólogo y escritor, es miembro de Cristianisme i Justícia y profesor en la Facultad de Teología de Cataluña. Vive en la Cava de Sant Ignasi (Manresa), donde acompaña y reflexiona sobre las diversas manifestaciones de la experiencia de Dios. Está especializado en mística comparada y diálogo interreligioso.

“La búsqueda está en las entrañas del ser humano, de nosotros, animales de profundidades y de anhelos infinitos. Buscamos porque somos seres abiertos y esa apertura no tiene fin, como inacabable es el Misterio”.

Lo tuyo, amigo Javier, es la mística, la espiritualidad… ¿Te interesa con la misma fuerza la “ecología” o es un añadido que has descubierto con el tiempo…?

Si por ecología entendemos la conciencia refleja y reflexionada del cuidado de la tierra y el compromiso con ello, ha venido en un segundo momento, pero si la entendemos como una sensibilidad profunda por la naturaleza como lugar de experiencia de lo sagrado, ha estado en mí desde el comienzo. Salir a caminar en silencio por la naturaleza, el respeto por los animales en su hábitat, así como la fascinación por los bosques frondosos, las montañas nevadas y las dunas del desierto son cuestiones que siempre me han fascinado. Pero entiendo que, en sentido estricto, la ecología nace de esa toma de consciencia de la necesidad y urgencia de preservar el santuario de la naturaleza. Y esto ha ido viniendo con el tiempo, a medida en que todos nos hemos ido sensibilizando de la amenaza que nuestro estilo de vida supone para la tierra.

Parece claro que entre espiritualidad y ecología hay un nexo muy estrecho y lleno de sentido. ¿Se puede decir lo mismo de la relación religión y ecología?

La religión, en cuanto que religación, está intrínsecamente relacionada con el cosmos, como uno de sus tres vértices constitutivos junto con lo trascendente y lo humano. Todas las religiones establecen relaciones muy estrechas con el espacio que les circunda y su calendario está ligado al ciclo de la naturaleza. Es inconcebible una religión al margen de la naturaleza. Todos los ritos tienen tiempos y lugares naturales que las religiones sacralizan y ello es el terreno de lo ecológico.

Hay un pasaje en uno de los relatos de creación en el Génesis que, cuando menos, resulta chocante para una conciencia actual ecológica: “Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla…” (Gn 1, 28). Muchos críticos de la religión han visto ahí una de las venas de la actitud dominante que está llevando al planeta a la expoliación, al desastre… ¿Qué piensas de ello?

Habría que conocer con exactitud el término original hebreo, porque a veces se traduce también por: “tomad posesión de la tierra”. Como todo, se puede interpretar por su parte más dura, de dominio, explotación, depredación, pero también se puede comprender como una llamada a cuidar de ella, a cultivarla, a preservarla. Israel y en general los pueblos semitas, vivían en un entorno natural severo e ingrato. Ello hace que su instinto de lo sagrado se desplace hacia la trascendencia frente a esa naturaleza adversa, mientras que en otros climas donde la naturaleza es exuberante, se desarrolla más la inmanencia de lo sagrado, como en las zonas tropicales donde hay mucha vegetación, en los bosques de clima continental o en las costas del Mediterráneo, donde la naturaleza, sin ser exuberante, es muy amable. El entorno geográfico y climático condiciona la relación religiosa que se tiene con la naturaleza. Además de esto, el judaísmo y el cristianismo se extendieron primeramente por las áreas urbanas y ello hizo que la naturaleza quedara lejana y se percibiera como adversa. Pagano significa precisamente “habitante del campo”. Paganismo y culto a la naturaleza tendieron a demonizarse en el cristianismo, que es antropocéntrico e inicialmente urbano.

Seguro que hay “otras corrientes de agua”, “otras miradas” distintas, de profundo respeto y cuidado de la naturaleza, en la tradición bíblica… ¿Cuáles se rían, a tu modo de ver?

En primer lugar, todas las religiones llamadas “indígenas” o “aborígenes” tienen una relación muy estrecha con la naturaleza. Se las ha llamado también “teocósmicas”, porque el cosmos es el escenario o manifestación misma de lo divino. El hinduismo y el taoísmo también tienen una relación muy estrecha con ella. Menos, en cambio, el budismo y el confucianismo, que son religiones de la conciencia y de la virtud humana. El Islam tiene una relación peculiar con la naturaleza. Como religión semítica, gira en torno de la trascendencia de Allah, pero a la vez conserva un sustrato preislámico con los elementos naturales, como es la distinción entre alimentos puros y prohibidos, la higiene corporal, el ayuno… Todo ello indica una relación muy estrecha con los elementos del entorno.

Tú conoces muy bien el ancho mundo de las espiritualidades y de las tradiciones religiosas. ¿En cuál o cuáles de ellas ves mayor y más intensa “conciencia” o “sensibilidad” ecológica?

Como decía, hay que referirse en primer lugar a las religiones indígenas o aborígenes. Me gusta más este segundo nombre porque expresa perfectamente lo que son: ab-origen, las que están en el origen de todas las demás y también en nuestros orígenes. El vínculo que tienen con la naturaleza es substancial: se sienten y saben formar parte de ella. La comunidad humana no está separada. Lo más importante de la sensibilidad aborigen es el sentido del equilibrio y de la reciprocidad con la tierra. Perciben la naturaleza como un conjunto de fuerzas, seres y presencias que constituyen un todo del cual se ha de preservar la armonía. El ser humano forma parte de este todo, de modo que su relación con la naturaleza debe participar también de esa reciprocidad. A la tierra no se le puede pedir sin dar, no se le puede tomar nada sin retornar. Esto asegura un equilibro a corto, medio y largo plazo. Dentro de las grandes tradiciones, diría que el hinduismo es la que tiene una mayor sensibilidad con su vínculo con la naturaleza. Toda la India rezuma instinto por lo sagrado, lo cual se manifiesta en su relación con los animales, los árboles, los ríos, las montañas. Todo ello pone un límite a la depredación. El ejemplo de su veneración por las vacas responde a este equilibro, ya que al preservarlas consiguen un equilibrio en la vida de las aldeas y en la economía doméstica, ya que los productos que se derivan de ellas son mucho más importantes que si se las comieran.

¿Se ha convertido esa conciencia o sensibilidad en un compromiso y una praxis real y eficaz, también en una praxis “política” capaz de promover proyectos políticos y culturales de respeto y cuidado del planeta, y de apoyo y solidaridad con las grandes organizaciones ecologistas o verdes?

Todavía hay mucho por recorrer en este terreno. Como los grupos y plataformas interreligiosas son muy plurales, es difícil hacer una generalización. Cuando detrás de una comunidad concreta hay una amenaza real de su hábitat, los grupos interreligiosos se movilizan, pero si no, pueden quedarse más bien a un nivel de reflexión, de diálogo o de celebración, pero no todavía de acción. Con todo, en los dos últimos Parlamentos mundiales de las religiones, este tema ha estado muy presente. En el de Barcelona en el 2004, bajo el lema: “De la sabiduría de la escucha al poder del compromiso”, uno de los cuatro puntos ejes que se abordaron fue la escasez planetaria del agua. En el Parlamento Mundial de Melbourne en el 2009 el tema fue la Sanación y reconciliación con la Tierra.

A estas alturas de la conciencia planetaria, y en este contexto de crisis económica, política y cultural mundial, ¿cuáles serían a tu modo de ver los grandes retos que plantea la conservación y el cuidado del planeta a las religiones y espiritualidades existentes?

Para mí hay tres grandes retos que están interrelacionados: la interioridad, la solidaridad y la sobriedad. La primera abre la vía mística, la segunda la vía ética y la tercera la vía ecológica. Si hay capacidad de interiorización en las personas y conseguimos que nuestra civilización se haga más silenciosa, más calmada, habrá también espacio para escuchar las necesidades ajenas y compartir lo que tenemos en lugar de usurparlo, así como capacidad de contención para vivir con menos y gozar más. Decía Facundo Cabral: “Tener menos para tenerse más”. Insisto, hay una relación intrínseca entre los tres aspectos y el gran reto es cómo se interfecundan.

El diálogo interreligioso, ¿se ocupa de esos retos…, o está más bien centrado (mejor: “autocentrado”) en las propias religiones, en sus asuntos o intereses de familia, en cuestiones dogmáticas o disciplinarias…?

En los encuentros interreligiosos se tratan estos temas, pero es verdad que pueden quedarse sólo en un plano reflexivo o celebrativo y que no llegue a la práctica. Creo que otro de los retos es establecer más puentes entre los movimientos militantes socio-ecológicos y los grupos interreligiosos.

Decía Karl Rahner, poco antes de morir, que el cristiano del futuro, o es un místico o no será. ¿No se podría (¡y debería!) decir también que el cristiano del futuro, o es ecologista convencido y consecuente o no será?

¡Absolutamente! La relación con la naturaleza es una de las dimensiones de nuestra existencia. De lo que se trata es de que vayamos tomando consciencia de que nuestra vida –personal y colectiva- tiene que ver con el modo con que nos relacionamos con todo, comenzando por lo que constituye la base de nuestra supervivencia. La riqueza del diálogo interreligioso consiste en conocer cómo otras tradiciones no han descuidado lo que hemos descuidado nosotros: la veneración de la tierra como madre, tal como se percibe en las culturas indígenas. Pero esto no es sólo ecología, sino lo que Raimon Panikkar llamó ecosofía, “sabiduría de la tierra”. Este término deja más claro que no se trata de imponer o proyectar la razón humana (eco-logos) sobre la naturaleza, sino de ponerse a la escucha de su sabiduría. Es decir, no se trata sólo de una sabiduría sobre la tierra, sino de una escucha de la propia sabiduría que la tierra tiene por sí misma. Tal sería la actitud propiamente mística ante la naturaleza: más ecosófica que ecológica. Con todo, la mística se tiene que combinar con la profecía y ello hace indispensable los movimientos ecologistas militantes y comprometidos con sus denuncias.

Para terminar, ¿podemos preguntarte cómo ves el futuro de la conciencia y sensibilidad ecológica en el planeta? ¿Eres optimista o más bien pesimista? ¿En qué basas tu convicción?

Confieso que me encuentro dividido. Por un lado, es indudable que la conciencia ecológica está cada vez más difundida, y que en las cimas mundiales, los señores de la tierra la tienen presente como uno de los puntos principales de su agenda; esta sensibilidad también está en la calle, a través de la venta de productos donde se explicita si han sido elaborados según criterios ecológicos, o en las campañas de reciclaje de los residuos, etc. Pero, por otro lado, sigue habiendo una gran inconsciencia colectiva y todavía no somos en absoluto capaces de cambiar nuestro estilo de vida por razones ecológicas. Seguimos consumiendo combustible que sabemos escaso y productos que también sabemos que provocan un coste muy elevado a la tierra. No hemos dado pasos civilizatoriamente significativos. La crisis actual puede convertirse en una oportunidad para cambiar hábitos, pero esta reacción todavía sólo se ve en grupos muy minoritarios. Parece que el ser humano sólo reacciona cuando ha tocado fondo. Y eso todavía no ha sucedido.

CRISIS ECOLÓGICA

Varios Autores

Éxodo 116 (nov.-dic) 2012
– Autor: Varios Autores –
 
Llegamos con este número de Éxodo a la Crisis Ecológica, mapa como pocos para guiarnos en la magnitud y urgencia de la crisis. En otros tiempos dábamos como garantizada la vida humana de la Tierra. Hoy, la denuncia y el compromiso frente a la alarma de que la especie humana puede desaparecer va penetrando aceleradamente en la conciencia humana.

La crisis ecológica no es fruto de la casualidad ni fruto de la voluntad de los dioses. Viejas y obsoletas creencias, ignorando el avance de las ciencias y el protagonismo humano, nos hacen pensar como el filósofo griego Epicuro: “Frente al mal que existe en el mundo, sólo hay dos posibles respuestas: o Dios no puede evitarlo, o Dios no quiere evitarlo. Si no puede, entonces no es omnipotente y no nos sirve como Dios. Si no quiere, entonces es un malvado, y no nos conviene como Dios”.

Somos nosotros, con el mal uso de la libertad, los que contaminamos la Tierra y poblamos de males la sociedad. Si la Tierra produce actualmente un 10 % más de alimentos de los que realmente necesita y unos 500 millones de personas sufren hambre en el planeta, no es por culpa de Dios sino por otras causas humanas. Jesús de Nazaret anunció con vigor que Dios no manda males a nadie; ni a los justos ni a los pecadores. Él sólo manda el bien.

Es el dictamen, ahora sí científico, que 1.500 expertos y científicos en 1992 hicieron a la humanidad: “No quedan más que una o muy pocas décadas antes de eliminar la amenaza que encaramos ”. Y la Carta de la Tierra (UNESCO, 2003) subraya: “O hacemos una alianza global para cuidar unos de otros y de la Tierra, o corremos el riesgo de autodestruirnos y destruir la diversidad de la vida”.

Si es verdad que “La ciencia ecológica es la síntesis del mundo vivo”, Éxodo trata de apuntar respuesta y soluciones en esta dirección, expresadas en puntos como estos:

_ El seguir con la explotación abusiva de los bienes y servicios nos ha llevado a descubrir los “límites” de la Tierra. Los que controlan las finanzas y destinos de los pueblos se reúnen para ver cómo salvan su sistema financiero y especulativo y olvidan que la Tierra puede vivir sin nosotros, como vivió miles de años, pero nosotros no podemos vivir sin ella.

_ Es necesaria una transformación de nuestra manera de habitar la Tierra, otra visión de la realidad; nosotros no estamos ni fuera de la Tierra ni por encima de ella, somos su porción consciente e inteligente, participamos de la red de relaciones que, para bien o para mal, envuelve a todos.

_ Los valores fundamentales para garantizarnos un horizonte con futuro son: la sostenibilidad, como uso racional y solidario de los recursos de la Tierra, y el cuidado, como una relación amorosa con la realidad.