HACIA UNA ESPIRITUALIDAD POLÍTICA POSIDEALISTA

Johann Baptist Metz

Éxodo 115 (sept.-oct.) 2012
– Autor: Johann Baptist Metz –
Terea de los ciudadanos y de los pueblos
 
NUEVO PLANTEAMIENTO DEL TEMA*

No es posible hablar de espiritualidad independientemente de la teología. Los cambios teológicos afectan a la espiritualidad. Esos cambios son conocidos si atendemos al modo cómo se ha venido haciendo teología: uno es el modo neoescolástico, definido como defensivo–tradicionalista y que implica una separación de lo espiritual y social; otro es el trascendental-idealista, definido como afrontamietno de la modernidad: subjetividad, existencialismo, secularización y civilización científica, y que coincidiría con los planteamientos del Vaticano II; y un tercero, el posidealista, que se inicia con la teología política y prosigue su elaboración con la teología de la liberación.

LOS RETOS DE LA TEOLOGÍA Y ESPIRITUALIDAD POSIDEALISTAS

El modo posidealista, que es el que ahora nos interesa, aborda el reto marxista, el reto de la catástrofe de Auschwitz –las víctimas de la historia- y el reto del Tercer Mundo, que significan un cambio de los otros dos modos.

EL RETO MARXISTA

El reto marxista nos hace tomar conciencia de que ni la teología ni la iglesia son del todo inocentes políticamente sino que tienen importantes implicaciones políticas, pues ni la religión es asunto del todo privado ni la política se secularizó por completo. La crítica marxista cuestiona además que el conocimiento teológico tenga como destinatario sólo a los obispos y no al pueblo o a una iglesia de base que es el verdadero sujeto. Por otra parte, este modo de hacer teología espiritual afecta a la verdad, en el sentido de que la verdad interesa a todos y es universal, o no reviste esa dimensión y entonces deja de interesar a todos. La “sed de justicia” y la verdad se juntan. Sin interés por la justicia no puede haber sincera búsqueda de la verdad.

El descubrimiento del mundo como historia es el descubrimiento del marxismo y éste resulta tema específico de la religión judeocristiana, ajena a la visión grecohelenística, que concuerda con un cierto evolucionismo irremediablemente cansino. Además, no hay lugar para “dos historias” dualísticamente contrapuestas sino que la historia de la salvación es la misma historia universal, marcada por una esperanza indestructible, que alcanza a los muertos y a sus sufrimientos pasados.

En una evolución en la que no hay sujeto, no hay lugar para una justicia universal, que implica las víctimas y vencidos de la historia, ni hay lugar para pensar a Dios. Sólo desde este Dios, comprometido en la suerte del mundo, es fiable el fundamento de la solidaridad y la justicia.

Este planteamiento supone un interés por una liberación universal, dentro de la cual se habla de la culpa, como atentado contra la dignidad de la libertad. Es la única forma de no falsear los hechos y de no escapar a los sufrimientos y contradicciones de la vida histórica. Negar la culpabilidad moral sería hacer imposible un proceso histórico auténtico de liberación. Las personas, como sujetos, son el verdadero lugar de la crisis y de la esperanza y se constituyen y actúan comunitariamente. La comunidad es el lugar de la responsabilidad, de la justicia y de la liberación universales.

EL RETO DE LAS VÍCTIMAS DE LA HISTORIA

Hacer teología y asumir la espiritualdiad correspondiente, no puede hacerse fuera de la historia y de las situaciones que va creando. Una de esas situaciones es la de Auschwitz, incomparable con otras por lo que tiene de provocador, al cuestionar la apatía del idealismo teológico y su incapacidad para asumir vivencias históricas. Ni la historia tiene sentido, ni se logra la verdad, ni Dios mismo puede ser implorado de espaldas a Auschwitz.

Una verdadera teología nos abre los ojos a la negatividad de la historia, a su carácter catastrófico, que nadie puede olvidar ni dejar de vivirlo con intención práctico-política. Es en la historia donde hay que buscar y dar testimonio de la verdad, donde la memoria de los hechos pasa a la conciencia y alcanza a los sujetos que los han sufrido.

Es ahí donde la teología formula una pregunta capital: ¿cómo se salvan los que sufren injustamente, las víctimas y los vencidos de nuestra historia? Olvidarlos y reprimirlos sería inhumano y equivaldría a admitir sin protestar su sinsentido. No hay progreso social que justifique la injusticia que sufrieron los muertos. El potencial de nuestras grandes palabras tiene un límite: el señalado por la memoria passionis, que obliga a preguntarnos: ¿a qué tipo de hombre caminamos: al hombre robotizado, sin problemas, sin recuerdos, sin pasión y moral, a un superhombre fuerte y sin compasión?

La viejísima cuestión de cómo justificar a Dios ante la historia del sufrimiento eleva a tema la lucha teológica, cuestión que queda sin solución desde las instancias humanas y que obliga a la teología a elaborar una esperanza, sin renunciar a “sufrir por Dios” en la historia. El grito de Jesús en la cruz se nos hace inolvidable y va contra una idea gnóstica del sufrimiento o de una explicación que mengüe la terrible dignidad del sufrimiento humano.

EL RETO DEL TERCER MUNDO

El otro reto que se le presenta hoy a la iglesia como central es la división social del Tercer Mundo dentro de unas condiciones de explotación, opresión y racismo, que exigen reformular la fe desde las categorías de la resistencia y del cambio.

Esto le exige a la iglesia reflexionar teniendo al fondo el horizonte de una historia de culpa, que no le es dado evadir con sutiles reflejos de defensa. Las víctimas de esta historia nos darán sus ojos para que podamos enjuiciarnos a nosotros mismos, practicar la conversión y penitencia y evitar encerrarnos en la religión burguesa. Entonces, y sólo entonces, crearemos dentro de estas iglesias pobres del mundo una espiritualidad política que se alimente del seguimiento de Jesús pobre, sin patria y obediente a Dios, y que tenga su opción preferente por los pobres. Seguimiento místico-político que nos hará aparecer, o así nos presentarán, como locos y rebeldes tal cual aconteció a Jesús.

Y también habremos de asumir de estas iglesias pobres un nuevo modelo de vida comunitaria, en comunión con los obispos y, a través de ellos, con la sucesión apostólica, que nos permitirá remontarnos hasta la historia de la pasión de Jesús y descubrir que esa pasión está hoy viva en los pequeños y en las bases, convirtiéndonos en sujetos, opuestos tenazmente no a la jerarquía, sino a la religión burguesa aferrada a conservar lo que ya tiene.

UNA ESPIRITUALIDAD POSIDEALISA LIBERADORA

Debemos reflexionar sobre esta teología espiritual posidealista, que resulta necesariamente liberadora, liberadora de sí misma, de su actitud defensiva en la Edad Moderna, pues tales fueron los tiempos católicos de esta moderna historia, tiempos de “contra”: la Contrarreforma, la Contrailustración, la Contramodernidad, la restauración política… Una serie de omisiones históricas que nos impidieron relacionar gracia y libertad.

A la iglesia le alcanza también el reto de ser culturalmente policéntrica frente al monocentrismo europeo y norteamericano, que sufre hoy una división propia, al término del largo monocentrismo cultural sufrido.

Este nuevo ámbito requiere que los cristianos partamos de una iglesia universal que enseñe a invocar y a presentar la gracia de Dios como liberación total del hombre y esté dispuesta a pagar el precio necesario con su resistencia y sufrimiento. ¿Asumirá la iglesia una espiritualidad que se desarrolle según el modelo posidealista?

La teología política puede ayudarnos a superar insuficiencias y cortedades, consistentes fundamentalmente en la fuga de la realidad, pues no siempre aplicamos correctamente nuestra fe y espiritualidad en la historia y sociedad. Para no volver a caer en ella, teología y espiritualidad deben confrontarse con los procesos de la Ilustración, que ponen en primer plano el primado del sujeto, de la praxis y de la alteridad; debe también ser práctica, es decir, aseguradora de la libertad y de la justicia, propia y de los otros. Es ahí, y en este momento histórico, donde los procesos culturales deben ser asumidos críticamente, evitando la pérdida del sujeto, de la creación de nuevos mitos o de una religión sin Dios.

Las víctimas de la historia no pueden estar nunca fuera del discurso sobre Dios. Los sujetos humanos históricos, despreciados y perseguidos, fueran cuales fueren, deben estar siempre en la raíz del discurso. Junto con las víctimas, la espiritualidad política pone su centro en el Tercer Mundo, el mundo no europeo en general, con su lacerante división económica y social –el conflicto Norte/Sur, hoy globalizado– y que de una manera flagrante encierra situaciones – degradación, explotación, racismo- que contradicen directamente al Evangelio.

No es posible una teología, y consiguientemente una espiritualidad, que renuncia a la crítica o no impulsa los cambios éticamentre requeridos y que resultan liberadores, por más que en su proceso pueda haber pecado y tenga necesidad de conversión.

A la nueva situación de pluralidad étnico-cultural acompaña una teología que afirma el reconocimiento de los demás en su heterogeneidad y decubre en ellos la “huella de Dios”. Mentalidad de reconocimiento, no relativista, que se mueve entre el universalismo de la razón, los derechos humanos y la autenticidad de esos mundos culturales diversos.

La teología política somete a reflexión el “eurocentrismo en pro de los demás”. Podemos añadir que es esencial que en esta reflexión no desaparezca la lacerante historia del sufrimiento de la creación, ni el miedo a afrontar sus contradicciones. En ese horizonte, ni el evolucionismo científico ni la entronización de nuestro ser finito han podio desplazar a la escatología.

…………………

*J. B. Metz, el llamado padre de la teología política, trata en estas breves reflexiones, recopiladas sinténticamente por Benjamín Forcano, de redefinir la nueva relación que religión y política –espiritualidad y política- debieran tener en el mundo moderno. (Cfr. J. B. Metz, Dios y el tiempo, pp. 119-140 y 189-216, Trotta, Madrid).

LA ESPIRITUALIDAD Y LA POLÍTICA DE LAS NUEVAS SOCIEDADES INDUSTRIALES

Marià Corbí

Éxodo 115 (sept.-oct.) 2012
– Autor: Marià Corbí –
 
Empezaremos precisando un par de nociones que son importantes para nuestro escrito: las nociones de creencia y de espiritualidad.

El término “creencia” tiene dos usos: uno corriente que comporta un supuesto, que no se necesita, no se atina o no interesa someter a crítica; y otro en el que se llama creencia al proyecto colectivo de vida revelado por Dios, que es también camino espiritual. Cuando hablamos de la religión como sistema de creencias, nos referimos a este segundo uso del término.

Cuando la religión es un sistema de creencias reveladas, se confunde la creencia con la fe y la espiritualidad. Son diferentes, aunque en unas determinadas condiciones culturales se fusionaran y la fusión duró tantos milenios como las sociedades preindustriales.

Creencia en sentido estricto es la adhesión incondicional a un sistema de interpretar y valorar la realidad, a un sistema de organización y de actuación que se tiene revelado por Dios y al que hay que someterse, si uno quiere salvarse.

En ese mismo sistema de creencias se expresa y se vive la fe y la espiritualidad. Durante la larga etapa preindustrial, no se podía concebir ni vivir la espiritualidad si no era desde el seno de la creencia y la sumisión. Si se hubiera vivido la espiritualidad libre de creencias y sumisiones, hubiera comportado un riesgo para el programa, que mantenía vivo a los colectivos. Los maestros espirituales y los místicos que se distanciaron de esos sistemas de creencias y sumisiones fueron marginados, perseguidos o muertos por las mismas autoridades religiosas.

La fe es la apertura y entrega a la propuesta de la espiritualidad que es, según la enseñanza de todos los Maestros, el tránsito desde la egocentración del pensar, del sentir y el actuar, al silenciamiento completo de esa egocentración. La egocentración genera la dualidad entre el individuo y su entorno; genera el deseo y todo lo que inevitablemente le acompaña: el temor, los recuerdos y las expectativas.

La espiritualidad, al silenciar el deseo, silencia el temor, las expectativas y los recuerdos. Con ello quiebra la dualidad entre el individuo y todo lo que le rodea y conduce a la plena unidad. La unidad es el amor. El amor verdadero no son sentimientos románticos, sino unidad. Y se trata de un amor sin condiciones, porque el que siempre pone condiciones a nuestro amor es el ego, con sus deseos y temores. Por consiguiente, quien silencia el ego, ama sin condiciones.

Será conveniente ir sustituyendo la noción de “espiritualidad” por la de “cualidad humana profunda”, porque nuestra antropología ya no es de cuerpo y espíritu y porque la noción de espiritualidad está indisolublemente ligada a la religión y, como veremos, la religión resulta inviable e inaceptable para las nuevas sociedades.

Las nuevas sociedades de innovación y cambio constante nos fuerzan a separar la espiritualidad de las creencias. Las sociedades preindustriales eran estáticas y, como tales, bloqueaban el cambio estableciendo patrones de pensar, de sentir, de actuar y organizarse inmutables, revelados por los dioses y/o por los antepasados sagrados. Había que someterse a esos patrones, porque no hacerlo podía poner en riesgo la sobrevivencia de la sociedad. Ahí se situaban las religiones. Desde ahí se tenía que vivir la fe y la espiritualidad, no había otra posibilidad.

La religión, como depositaria de la revelación, controlaba las mentes, el sentir y actuación de los colectivos. El poder político no podía quedar indiferente frente a ese hecho. Por otra parte, si la religión era un sistema de creencias impositivo, requería del pacto y la ayuda del poder. La religión se convertía en sistema axiológico y programa colectivo, contando con la anuencia y el apoyo del poder. Así se fraguó el pacto milenario de religión y poder político. Quien se alía con el poder político se está aliando con la riqueza. Culturalmente, con toda probabilidad, no hubo otro remedio. Todavía no hemos conseguido salir del todo de ese pacto, porque las iglesias no se resignan a perder el poder y la riqueza, que consideran medios imprescindibles para imponer y mantener las creencias del pueblo.

Con la entrada de la industrialización y la democracia ese pacto se debilitó, pero con el asentamiento de las sociedades de innovación y cambio continuo ese pacto ha perdido toda legitimidad, todo sentido e incluso toda posibilidad.

Las sociedades democráticas de innovación y cambio no pueden fijar la interpretación y valoración de la realidad, ni los modos de actuación y organización. Las tecnociencias alteran continuamente las maneras de vivir de los colectivos. Quienes tienen que vivir en este tipo de sociedades no pueden someterse a creencias, en el sentido que hemos expuesto; si no se puede someter a creencias, tampoco pueden tener religión, ni Dios a la manera de nuestros antepasados.

En esta situación cultural, la cohesión de los colectivos no puede conseguirse por sumisión, sino por adhesión voluntaria a un proyecto propuesto, ya no revelado sino construido por nosotros mismos. Con ello se perdió la legitimidad de la sumisión.

A las nuevas sociedades, que viven de la continua creación de conocimientos y tecnologías y de la creación de nuevos productos y servicios, que alteran continua y aceleradamente los modos de vida, no se les pueden ofrecer creencias religiosas como vía a la espiritualidad; quienes están sometidos a continuas transformaciones no pueden creer, porque las creencias fijan y ellos deben estar siempre dispuestos a cambiar cuando convenga. No nos queda otra solución que ofrecer la espiritualidad como el cultivo de la cualidad humana honda. Nunca se ha necesitado con mayor urgencia esa cualidad humana que en las nuevas sociedades de tecnociencias poderosas.

Resulta comprensible que las creencias no resulten atractivas, sino que, por el contrario, alejen a las gentes de las creencias, cuanto más jóvenes más. Las creencias y las religiones ya no tienen atractivo para los nuevos ciudadanos, en cambio sí que lo tiene la espiritualidad, entendida como una cualidad humana profunda. Ya se habla del silencio y de la meditación en muchos ambientes muy alejados de la religión.

La espiritualidad interesa cada día más, pero a condición de que se la separe de la religión, de las creencias y de las sumisiones. Si rechazan esas cosas, no es porque sean indolentes, hedonistas o malas personas, es porque no pueden hacer otra cosa.

Cuando las creencias y las religiones pierden su atractivo, pierden su poder sobre las conciencias y los comportamientos; cuando tienden a desaparecer en la gran mayoría de la sociedad, porque no se puede creer y ser, a la vez, miembros activos de las nuevas sociedades, sin esquizofrenia interior, las religiones y las creencias pierden su prestigio. En esa nueva situación el poder político pierde interés por las religiones, porque no les sirven y porque en una democracia que funcione correctamente, no las necesitan. Los estados ya no buscan el pacto con las religiones, incluso buscan cómo deshacerse del lazo que todavía les queda con la religión.

En muchas ocasiones las religiones se han convertido en un estorbo para el estado, porque intentan imponer en la sociedad criterios de pensar, de sentir, de organizarse y actuar que corresponden a formas propias de sociedades preindustriales, jerárquicas, patriarcales, impositivas y provinciales, que son por completo inadecuadas a las nuevas situaciones culturales.

En una sociedad de innovación y cambio, las creencias no se pueden imponer. La espiritualidad no puede pasar por la sumisión, sino que tiene que convertirse en atractiva por sí misma. Y para poderse hacer atractiva, lo primero que debe hacer es liberarse de todo tipo de sumisión o imposición y ligarse, por el contrario, a la indagación libre.

En las nuevas sociedades, el éxito económico de la colectividad está dependiente de la capacidad de investigación e indagación. Estas necesitan ser libres; para ello precisan de la democracia y la libertad de opinión. Se vive en el seno de un cambio continuo de las formas de pensar la realidad, generado por el crecimiento continuo de las ciencias. La evolución acelerada de las tecnologías transforma constantemente las formas de vivir, organizarse, actuar, y como consecuencia de todo ello, las formas de sentir. En esas condiciones culturales la espiritualidad sólo puede presentarse como una oferta de indagación libre, como el pensamiento y el arte.

Donde todo es movimiento, cambio y globalidad, la espiritualidad no puede verse amarrada a una interpretación y valoración de la realidad, ni a unos modos de actuación y organización, fijados de una vez para siempre e intocables.

Cuando sabemos, conscientemente o inconscientemente, que construimos nuestros saberes, nuestras tecnologías, nuestras formas de sobrevivencia, nuestros postulados y proyectos axiológicos colectivos, nuestras formas de organización y los patrones de actuación; cuando experimentamos día a día que todos nuestros modos de vida cambian continuamente, porque construimos autónomamente todos los niveles de nuestras vidas, no podemos vivir y practicar la espiritualidad desde las creencias intocables y la sumisión. Es una imposibilidad cultural. Quienes luchan contra una imposibilidad cultural, intentando volver hacia atrás la marcha de la cultura, cosechará un fracaso seguro, y será un obstáculo para un correcto y realista planteo de la cultura.

Esta situación no quiere decir que tengamos que hacer tabla rasa de todo el legado del pasado. Tenemos que aprender a heredar toda la sabiduría de las tradiciones religiosas y espirituales de la humanidad, porque vivimos en sociedades globales, pero sin sumisión de ningún tipo y sin ningún provincianismo ni exclusión. Y no hay ningún inconveniente en heredar el pasado, si no se lo liga a sumisiones y exclusiones; todo lo contrario, se reconoce la necesidad de no tener que partir de cero, sino partir del descubrimiento de la gran sabiduría de la vida y de la espiritualidad que se ofrece en todas las tradiciones religiosas y espirituales de la historia de la humanidad.

Tenemos que comprender y hacer comprender que la espiritualidad, la gran cualidad humana, no es sumisión a nada, sino indagación libre y creatividad, como las artes y las ciencias; que la espiritualidad es libertad, la única verdadera libertad, porque las restantes libertades están sometidos a las necesidades, a los deseos, a los temores y a las expectativas individuales y de grupo.

Los vivientes, como seres necesitados que somos, tenemos que hacer una lectura dual de la realidad: el viviente necesitado, por un lado, y el resto de la realidad donde satisfacemos nuestra necesidad, por otro. Un mundo construido desde esa dualidad está lleno de fronteras.

Donde hay dualidad y hay fronteras, hay temor e inquietud porque somos unos seres frágiles en un medio que es en muchas ocasiones adverso. El temor y la inquietud son agresivos.

Nos identificamos con nuestro ego, que es un paquete de deseos/temores, expectativas y recuerdos. Cuando nos identificamos con nuestro ego, cuando no lo silenciamos, cuando no morimos a él, en metáfora cristiana, somos esclavos de nuestros deseos/temores y de todo lo que ellos generan. La egocentración temerosa e inquieta genera la dualidad y el desamor.

Como hemos indicado la espiritualidad es el camino al silenciamiento del yo y, por tanto, al silenciamiento de la dualidad. Donde no hay dualidad, hay unidad y donde hay unidad hay amor. El amor rompe fronteras entre lo mío y lo de las otras personas, entre lo mío y lo del medio en que vivimos.

La espiritualidad como ligada indisolublemente a un sistema de creencias tradicionales, que se estructuran en torno de unas maneras de pensar, sentir, organizarse y actuar, adecuadas a milenios de sociedades agrarioautoritarias, patriarcales y provincianas, no tienen nada que ofrecer a la política propia de las sociedades de innovación y cambio continuo, si no son obstáculos a su libre desarrollo, por sus pretensiones de imposición.

La espiritualidad como camino a la desegocentración, a la unidad y al amor sin condiciones, sí que tiene algo que ofrecer a la política. Puede ofrecer algo que no tiene precio y que puede convivir sin ninguna dificultad con todo tipo de cultura: el interés y amor, sin condiciones, por toda criatura, por todos los asuntos de los hombres y por el medio en que vivimos.

La espiritualidad, como cualidad humana profunda, libre de todo tipo de formulaciones y dogmas intocables es espíritu de benevolencia, no son fórmulas a las que someterse, es libertad y creatividad, no fijación y sumisión.

Sin la cualidad humana honda, la gestión de las sociedades de potentes tecnociencias en continuo crecimiento estaría en manos de unos depredadores sin piedad. Esa situación pondría en serio riesgo a la sobrevivencia de la especie humana y de toda la vida en el planeta. Ya estamos viviendo los gravísimos inconvenientes de esa situación, en la falta de equidad y en la miseria de la mayor parte de la humanidad, en la extinción masiva de especies vivientes, en la degradación del medio, en el calentamiento del clima del planeta, con todas las catástrofes que eso supone.

Cuando nuestras ciencias y tecnologías no eran poderosas, la naturaleza podía, con el tiempo, reparar los desastres que los hombres causábamos. Con unas tecnociencias tan potentes como las que ya poseemos, que no harán más que acrecentar su potencia, podemos cometer errores que resulten irreparables. Ya los hemos cometido.

Las culturas del pasado podían soportar mejor que las actuales la falta de espiritualidad. Los nuevos desarrollos tecnocientíficos exigen con urgencia el cultivo serio de nuestra dimensión gratuita y absoluta.

Tenemos que crear proyectos axiológicos colectivos adecuados a esta situación; nadie ni nada los va a construir por nosotros. Tenemos que ser capaces de cuidar la cualidad de la vida humana y la cualidad del medio como si fuera un jardín.

Sólo la herencia del legado de sabiduría de nuestros antepasados puede proporcionarnos la posibilidad de cultivo adecuado de la cualidad humana necesaria para gestionar la explosión de nuevos conocimientos y tecnologías.

Precisamos una masa crítica de hombres espirituales, de sabios, para que la sociedad entera alcance unos niveles convenientes de cualidad humana. Si la sociedad, en conjunto, la tiene, tendremos políticos capaces de gestionar las nuevas sociedades; si la sociedad carece de esa cualidad, los políticos estarán a la medida de la gente. Creemos que, por desgracia, estamos ya en esta situación.

Esto es lo que la espiritualidad puede ofrecer a la política: la herencia actualizada y actuante de la sabiduría de nuestros antepasados; una herencia que es de desegocentración, de unidad y de amor por toda criatura, un amor, si es posible, sin condiciones y, por tanto, operativo, por lo menos en un número suficiente de hombres y mujeres.

LA POLÍTICA: UN PROBLEMA TAMBIÉN ESPIRITUAL

José María Vigil

Éxodo 115 (sept.-oct.) 2012
– Autor: José María Vigil –
 
¿ESPIRITUALIDAD Y POLÍTICA? UNA PAREJA RECONCILIADA

“¿Espiritualidad y política? ¿Tienen algo que ver?”. Será la reacción espontánea más probable de muchas personas “tradicionales” al leer aquí estos dos términos puestos en relación. Y ello tiene su explicación.

En buena parte del Occidente cristiano, en los últimos siglos, ante ese proceso varias veces secular de emancipación de la sociedad civil respecto al dominio y control de las Iglesias, éstas no han cesado de anatematizar la política como algo negativo, pecaminoso, como un ámbito propio de intereses mezquinos, sucios. El mismo diccionario de la Real Academia de la Lengua entiende por “política”, en una de sus acepciones, “hipocresía, astucia sin escrúpulos para llevar a cabo los propios fines”… Para muchas personas de formación cristiana tradicional, la política es algo malo, nada noble, demasiado rastrero, o más todavía: algo pecaminoso.

Por su parte, la palabra espiritualidad, durante muchos siglos, ha estado bajo el monopolio de las religiones, y en nuestra esfera cristiana occidental concretamente, la espiritualidad, remitiéndose a su propio pedigrí etimológico, ha sido realmente “espiritual”, lo que dentro del dualismo filosófico-cultural tradicional, significa lo opuesto a material, corporal, terrenal, temporal, histórico… Una persona sería tanto más espiritual cuanto más se desprendiese de lo material, de los cuidados del cuerpo, de las preocupaciones terrestres y temporales, y más se entregara a los asuntos espirituales, a las “cosas de arriba”, los asuntos de Dios, los bienes eternos, la vida futura, el más allá de la historia. Así que para un buen cristiano tradicional, o para un ciudadano culturalmente deudor de esta matriz cultural cristiana, la espiritualidad poco o nada tendría que hacer ante la política, excepto huir de ella. La espiritualidad, cuanto más lejos de la política, mejor. Ésa era la visión clásica.

Pero los tiempos han cambiado,y mucho.

Por una parte, el propio cristianismo, si miramos el Concilio Vaticano II, experimentó una conversión muy positiva hacia las realidades políticas, como puede verse muy bien expresada en la constitución pastoral Gaudium et Spes, que valora muy positivamente la política como una dimensión esencial, imprescindible para la comunidad humana, estimulando a los cristianos a participar en ella. Puede considerarse, con certeza, que una de las consecuencias de este cambio de actitud hacia lo político por parte del Concilio tuvo lugar cuando el CELAM, la Conferencia Episcopal de Latinoamérica, aplicó el Concilio a las Iglesias locales de este Continente: fue entonces cuando surgió la que se llamó Teología de la Liberación (TL), que resultó ser toda una relectura, una reinterpretación del cristianismo sobre la base -entre otras- de la aceptación consciente y prioritaria de las implicaciones políticas. La TL -que hoy día hace tiempo que ya no es sólo latino – americana, sino mundial- hace de la dimensión política el campo privilegiado para el compromiso del cristiano. La política, para el cristianismo de inspiración liberadora, a nivel mundial, ya no sería “algo pecaminoso de lo que hay que huir”, sino, más perspicazmente mirado, “algo que, precisamente porque está en pecado, necesita del compromiso de los cristianos para ser liberado de ese pecado”. En vez de una actitud de ignorancia o de huida, el cristianismo liberador actual guarda hacia lo político una relación positiva.

Los cristianos inspirados por esta corriente posconciliar liberadora se han abierto sin resistencias a la valoración positiva de lo político, valoración que el personalista Enmanuel Mounier expresaba con una frase que se hizo célebre: “Todo es político, aunque lo político no lo es todo”. Desmond Tutu, el famoso arzobispo de Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, uno de los líderes de la participación de los cristianos en la lucha política contra el apartheid, inspirado por la TL –que en Sudáfrica prefieren llamar teología “contextual”–, hizo célebre también su posición: “No sé qué Biblia leen los que dicen que la espiritualidad no tiene que ver nada con la política”. La evaluación positiva del compromiso político y la aceptación convencida de la necesidad de su mediación, forman parte del patrimonio cristiano progresista actual, hace ya unas décadas, y pese a todos los retrocesos. Afortunadamente, pues, los tiempos han cambiado.

Por parte de la sociedad civil se ha dado en los últimos años una transformación cultural semejante, y convergente. Hasta hace pocas décadas, en ambientes laicos se notaba un rechazo espontáneo, a veces apenas disimulado, hacia todo lo que sonara a “espiritualidad”, vinculada como estaba la palabra, inevitablemente, al monopolio de la misma que el cristianismo proclamaba detentar. Pero un sin fin de factores ha producido también un cambio de actitud. La antropología, la psicología, las ciencias sociales… han ido conociendo cada vez mejor el ser humano, y han ido revaluando el reconocimiento de su dimensión “espiritual”. Por todas partes está creciendo un uso notablemente laico y profano de esta palabra, espiritualidad, a pesar de su pesada historia y del mal recuerdo que lleva impreso en su propia cara, por el dualismo anti-mundano, anti-material y anti-corporal al que su raíz etimológica hace referencia explícita inevitable. La palabra estaba ya consagrada, y no es fácil encontrar una nueva que resulte satisfactoria… (las palabras con fortuna no las suelen inventar los genios, sino que nacen del subconsciente colectivo, y en este caso, probablemente, no ha dado tiempo todavía a que ello acontezca, aunque intentos no faltan). En esta situación, lo que ha ocurrido, de hecho, es que se ha preferido cambiar el significado, más que cambiar el significante, una palabra con tanto peso histórico y de sustitución tan difícil. Son infinidad los círculos profanos, laicos, arreligiosos, ateos incluso, que hoy día hablan de espiritualidad, no sólo con toda naturalidad, sino con convencimiento y queriendo marcar pauta. Obviamente, no están hablando de aquella “espiritualidad espiritualista” (vale la aparente redundancia), dualista, religiosista, eclesiástica, sino de un nuevo significado de espiritualidad, que por cierto, ha dado origen a conceptuaciones de la misma bien interesantes. Citaría aquí el caso de André Compte-Sponville y su libro “El alma del ateísmo” (L’Esprit de l’athéisme), Madrid, Paidós Ibérica, 2006, para mostrar por vía de ejemplo que incluso desde el ateísmo se asume y reivindica el significante y el significado de “espiritualidad”. Se acabaron los antiguos recelos vergonzantes sobre la espiritualidad.

Hoy, con esa y con otras palabras, la espiritualidad es un dato, una dimensión y una categoría de primera importancia tanto en la antropología como en las ciencias humanas en general y en las ciencias de la religión en particular, y todo ello en un ambiente enteramente civil, científico, liberado de adherencias teológicas y religiosas. La espiritualidad no es ya patrimonio -ni mucho menos monopolio- de las religiones, sino que hablan y debaten sobre ella con igual interés y derecho las ciencias y las corrientes y tradiciones de sabiduría, hasta el punto de que pretender abarcar la diversidad actual de espiritualidad se ha hecho sencillamente imposible.

DISTINCIÓN CAPITAL: ESPIRITUALIDAD/RELIGIÓN

En muchos pueblos la creencia tradicional ha sido que la religión estaría respaldada por una especie de preexistencia eterna, vendría directamente de Dios mismo, y sería por tanto una especie de cuerpo primordial de sabiduría, auténticamente revelado por la divina sabiduría, que resultaría ser, obviamente, el camino único para que el ser humano pueda participar de los bienes espirituales. Es decir: la religión detentaría la razón de ser de la espiritualidad y los medios para acceder a ella, y por tanto, los seres humanos podríamos participar de la espiritualidad sólo mediante la religión, o las religiones. La religión sería la que nos hace espirituales.

Hoy se piensa lo contrario. En efecto, desde los estudios de la historia, la arqueología y la antropología sabemos que la realidad es precisamente la contraria: no han sido las religiones las que nos han hecho espirituales, sino que porque somos seres con capacidad espiritual, hemos sido capaces de construir las religiones. Aquí nadie duda sobre la “precedencia entre el huevo y la gallina”; la espiritualidad es anterior a la religión. Esta especie, nuestro homo -¡et mulier!- sapiens, ha exhibido una conducta espiritual al menos en los últimos 70.000 años (nuevos datos arqueológicos van retrotrayendo la fecha hacia fechas muy anteriores), mientras que las religiones formales no han aparecido entre nosotros antes de hace sólo 4.500 años, con la era agraria.

Hemos vivido muchísimo tiempo más sin religiones que con ellas, pero siempre hemos vivido con una profunda dimensión espiritual. A la vista de las ciencias antropológico-culturales actuales, las religiones aparecen como una característica de la era agraria, es decir, como la forma concreta que la espiritualidad humana adoptó en ese trance histórico en el que nuestra especie se sedentarizó y pasó, de ser bandas nómadas de recolectores y cazadores, a formar sociedades urbanas (ciudades, que después llegarían a adquirir la fisonomía de las ciudades- Estado y de la polis). Una cosa es la espiritualidad, la dimensión trascendente de la experiencia humana, su necesidad de sentido, de valores, de sentido trascendente de lo sagrado… y otra es la forma o estructura o institución o el conjunto de elementos religiosos articulados en que en una etapa determinada de la historia cristaliza todo ese conjunto en las sociedades humanas.

Esta distinción estaría ya globalmente asumida a partir de los planteamientos actuales de la antropología. Por una parte, nadie duda de la realidad de esa dimensión “espiritual” de nuestra especie, una dimensión a la que cada vez se le otorga mayor relevancia y un creciente respeto. Aquí, la palabra “espiritual” está ya totalmente liberada de las resonancias griegas, dualistas, sobrenaturalistas o eclesiásticas en general; nos referimos a una dimensión antropológica reconocida hoy universalmente, aunque con denominaciones muy variadas. Por otra parte, se reconoce a las religiones agrarias, propias de esta época, que ha llegado hasta nosotros, y que no se consideran desprovistas de espiritualidad, obviamente, sino como mediaciones, concreciones sociohistóricas en las que la espiritualidad se expresa, se vehicula e incluso presta su servicio a la humanidad. En esta nueva visión, queda claro que la espiritualidad es una dimensión permanente del ser humano, que nos ha acompañado desde siempre, y que las religiones son concreciones, mediaciones expresas de la espiritualidad que surgieron en la época agraria y que, como la misma época agraria, todavía están con nosotros.

Para el tema que nos ocupa, de espiritualidad y política, hay en esta visión antropológica actual sobre la distinción entre espiritualidad y religión un aspecto bien importante, a saber: que, de hecho, las religiones serían una forma de la espiritualidad emparentada naturalmente con la polis de la edad agraria. Las religiones han sido, en ese sentido, unas formas de articulación de la espiritualidad muy ligadas a la polis, a la realidad política. En estos últimos milenios de nuestra historia, podemos decir que todas nuestras sociedades humanas, la polis histórica, ha sido religiosa, estructural y connaturalmente religiosa. Los primeros pueblos, las Ciudades-Estado, los Imperios, las naciones… su identidad, su sentido de pertenencia… sus conflictos, sus guerras, conquistas, invasiones, imperialismos, colonialismos… han estado todos, por ley general, marcados por las religiones. Obviamente, no siempre la motivación religiosa ha sido la única ni siquiera la más influyente, pero han estado siempre ahí, ya sea convocando a la cruzada, o simplemente bendiciendo los cañones o justificando la violencia en la conciencia de cada combatiente. Al reflexionar hoy día sobre la relación entre espiritualidad y política, no podemos olvidar que tenemos toda esta trastienda histórica por detrás.

¿CUÁL HA SIDO EL PAPEL QUE LA RELIGIÓN HA JUGADO EN LAS SOCIEDADES AGRARIAS?

Dicen los antropólogos que el paso de la sociedad paleolítica a la edad agraria ha sido el momento más traumático de nuestra historia evolutiva como especie. La humanidad pasó, de ser bandas de recolectores y cazadores, itinerantes, sin vinculación a una tierra concreta, a convertirse en grupos humanos que, por el cultivo de la tierra, se vinculaban a un territorio y comenzaban a vivir establemente en sociedad. Fue la urbanización: pasar a vivir juntos, como sociedad organizada, no como banda de primates bosquimanos errantes.

Fue un momento traumático porque la humanidad se vio en la necesidad de reinventarse a sí misma. Había que pasar a vivir estable y permanentemente juntos, inventando un derecho y unas leyes que aseguraran la posibilidad de la convivencia: la propiedad privada, que acababa de surgir debido al cultivo de la tierra, el respeto a la autoridad de la ciudad, la organización del trabajo –y fueron varios los imperios organizados en torno a los excedentes agrícolas–, la defensa mutua frente al enemigo, la cohesión social, los valores compartidos, el sentido de pertenencia y el amor al propio pueblo, por el que incluso dar la vida… Fue, efectivamente, toda una reinvención de sí misma, por parte de la humanidad.

¿Se podría haber hecho de otra manera? No sabemos. El caso es que se hizo con la complicidad de la dimensión espiritual del ser humano, que cristalizó en la aparición y el surgimento de la “religión”. Cuidado: la humanidad siempre había sido religiosa en el sentido de espiritual, dotada innatamente del sentido de trascendencia y del misterio. Era religiosa, en ese sentido, pero no tenía “religiones”. Éstas aparecieron, según parece, en ese tránsito de la edad paleolítica a sociedad urbana agraria. Apareció una nueva configuración histórica de la espiritualidad que fungió el papel de dar cohesión social, cosmovisión común, patrimonio simbólico religioso para toda la comunidad, sentido de pertenencia, valoraciones morales, sentido de identidad, de elección divina… Ha sido la religión de cada pueblo la que ha organizado y hecho posible esta nueva forma de convivencia urbana, agraria, post-paleolítica. Las religiones han sido el software de programación para los miembros de esas bandas convertidas ahora en nueva sociedad, ellas han marcado las coordenadas para los ciudadanos de la polis: nuestro Dios, sus mandatos, su revelación, su voluntad, nuestra moral, nuestra ley, nuestra misión como pueblo… La “invención” de las sociedades agrarias y su gestión histórica han sido protagonizada por las religiones. Cada pueblo, cada cultura, ha podido caminar por la historia con sus dioses patronos, con su religión. No han existido en el neolítico sociedades ateas, arreligiosas, laicas… Esto es una realidad emergente absolutamente reciente, casi casi de hoy, históricamente hablando.

Entonces, de hecho, religiones y política son una pareja milenaria… La organización y la vivencia política de los pueblos del tiempo agrario ha estado siempre regida por las religiones.

¿CUÁL SERÍA LA NOVEDAD, LA DIFERENCIA DE NUESTRA SITUACIÓN ACTUAL?

La gran novedad sería la transformación epocal que la humanidad parece estar viviendo. No vivimos sólo en una sociedad de “cambios acelerados que casi es imposible acompañar…”, como dijo en su día (1965) el Concilio Vaticano II, en una expresión casi de ingenuidad, ni en un “cambio de época” solamente, como diríamos luego en los años 90, sino que parece que estamos en un “segundo tiempo axial”. La categoría es de Karl Jaspers, en su Origen y meta de la historia (1949), y se refiere a ese período del milenio anterior a la era común en el que él ubica lo que llama el achsenzeit, el tiempo eje, o el eje del tiempo, que marca un antes y un después en la historia, un momento histórico -hablando en términos o plazos epocales- en el que la humanidad dio un enorme salto hacia adelante, transformando y madurando su conciencia, “que dio nacimiento a todo aquello que desde entonces el ser humano ha sido capaz de ser, el momento más fecundo de configuración de la conciencia de la humanidad”, que “dio pie a una estructura común de comprensión de sí mismos para todos los pueblos”. De esa configuración de la psique y de la espiritualidad colectiva humana -por decirlo en otras palabras- estamos viviendo todavía. Aquella configuración no ha cambiado en los varios milenios transcurridos. Todos los cambios épocas de cambios que hemos vivido han pasado por encima, han resultado superficiales, no han alcanzado aquel sustrato permanente.

Pues bien, la novedad es que son muchos los estudiosos que creen observar que, ahora sí, el cambio cultural actual, verdadero tsunami, sí tiene profundidad suficiente y sí está cambiando ese sustrato profundo que no ha bían llegado a alcanzar todos los cambios históricos en los últimos casi tres mil años. Estaríamos pues ahora en un nuevo tiempo axial, en otro salto evolutivo de nuestra especie hacia adelante, un nuevo proceso de transformación de la humanidad en su conciencia colectiva y en su psique colectiva y su “calidad humana profunda” (el término que Marià Corbí propone como alternativo a “espiritualidad”). Como humanidad estaríamos atravesando una “metamorfosis” tras la cual quizá nos resultemos irreconocibles a nosotros mismos. La dimensión espiritual de la humanidad, que durante todo este tiempo “postaxial” ha tenido como medios de ejercicio y de expresión principales a las religiones, estaría demandando, en fuerza de esa maduración y de ese crecimiento, nuevas mediaciones, cuyo carácter y sentido tal vez hoy apenas podemos intuir. La dinámica, la estructura, la epistemología

de las religiones de esta edad agraria estarían resultando cada vez más disfuncionales al nuevo nivel de “calidad humana profunda”, comenzando a aparecer como inaceptables y a quedar obsoletos poco a poco sus mecanismos internos de funcionamiento. Y ésta sería la explicación profunda de la crisis actual de las religiones: no el proceso de secularización, ni un supuesto materialismo hedonista de Occidente, ni tampoco los escándalos morales que se hayan podido dar en el seno de algunas de las religiones. Esta hipótesis –que quiero recordar al lector que es una opinión antropológica o científica, no teológica ni religiosa–, lógicamente, resulta inquietante para los creyentes. ¿Estamos hablando de un posible acabamiento de las religiones? Pues sí y no. Sí desde el punto de vista de la ciencia, antropológicamente hablando, en este sentido: las religiones agrarias tienen vedado su futuro en cuanto tales, en cuanto “religiones agrarias o neolíticas”, es decir, en lo que desde la antropología caracterizamos a ese concepto. O sea, no van a poder continuar ejerciendo el control axiológico sobre la sociedad humana, no van a poder continuar siendo la fuente y el respaldo de sus valores, de su identidad, de su cosmovisión. La sociedad humana ya no es la polis, sino la cosmopolita y planetaria sociedad humana de conocimiento hacia la que nos encaminamos, en la que ya no tienen cabida los métodos de control del pensamiento, las creencias, el pensamiento mítico y otros mecanismos epistemológicos consustanciales a las religiones. La sociedad humana que va viniendo ya no va a reproducirse a sí misma, como lo ha hecho en estos pasados milenios, con las religiones como sistema operativo, software programador. ¿Significa eso pues la desaparición de las religiones en el futuro? Desde el punto de vista religioso podemos responder que no. Probablemente se hará inviable que sigan adoptando su fisionomía de “religiones agrarias”, con lo que eso significa antropológicamente hablando: tendrán que superar abandonar esos mecanismos epistemológicos de funcionamiento que ya no van a ser posibles en la nueva sociedad. Pero ése es su desafío y su oportunidad. Están llamadas a transformarse, a abandonar la que ha sido su forma habitual de funcionamiento, la única que han conocido, tendrán que volver a nacer, reinventarse en cierto sentido. Sí, es un desafío grande, pero no es imposible. En una especie de pregunta-ficción podríamos preguntarnos, respecto al cristianismo concretamente, qué haría Jesús en esta coyuntura de aparente metamorfosis obligada de las religiones, ¿se acobardaría y pediría mantener al cristianismo en su estatus antropológico de “religión agraria”, o reivindicaría con coraje la necesidad de afrontar la metamorfosis confiando en que se reconozca luego a sí misma? Al fin y al cabo no sería sino una “muerte y resurrección de las religiones agrarias neolíticas”.

Pero volviendo a nuestro objetivo, podemos decir que esta nueva situación futura que se adivina predice claramente que espiritualidad y política va a ser, efectivamente, una pareja de dimensiones reconciliada, una vez liberada de la mediación “agraria” de las religiones. Es por lo que los modelos de política teocrática, de cristiandad, cesaropapistas, de monarquías y autoridades “por la gracia de Dios”, de estados confesionales… hace tiempo que están en retroceso en Occidente, y, según parece manifestar la “primavera árabe”, también de alguna manera en otras latitudes.

Por el contrario, en la medida en que se vaya desvaneciendo la capacidad de las religiones para controlar y ejercer de software de programación de las sociedades políticas, se abre el campo más y más para dar espacio a la calidad humana profunda, una espiritualidad ahora libre, sin trabas epistemológicas, sin pensamiento oficial obligatorio, sin dogmas ni límites a la búsqueda y al crecimiento, sin confesionalidades étnico-culturales, en un macroecumenismo global pluralista y unitivo.

LA POLÍTICA, UNA CUESTIÓN TAMBIÉN “ESPIRITUAL”

Ya hemos dicho que, globalmente, la gran síntesis medieval cristiana dio la espalda a la política, considerándola como perteneciente a este mundo material-carnal de intereses humanos (el “mundo” que era uno de los tres enemigos del alma), un mundo que había que despreciar (contemptus mundi) y del que había que huir (fuga mundi) en favor de las realidades eternas (la salvación del alma en el cielo, más allá de la muerte, en un segundo piso celestial). Este conjunto de actitudes no podía sino producir una “espiritualidad espiritualista” (en este caso sólo es aparente la redundancia), desvinculada y desinteresada por las “cosas de abajo”, preocupada supuestamente sólo por las de arriba, es decir, por la vida del más allá de la muerte, y por tanto, desentendida de la transformación de este mundo del más acá.

La espiritualidad correspondiente a ese tipo de religión no pudo sino llevarse mal con la política. Los cristianos de aquellos tiempos y de aquella cultura no po dían encontrar una espiritualidad cristiana adecuada que les permitiera “vivir con espíritu” su compromiso político. Lo cual era compatible con un profundo compromiso político de la institución eclesiástica con la derecha política, con los estratos sociales privilegiados y con el poder mismo, como ocurrió, innegablemente, durante tantos siglos de cristiandad, de conquistas y de imperios cristianos, de cruzadas y Estados Pontificios, y de alianzas con los poderes civiles. Esta multisecular experiencia histórica es la que resuena todavía en nuestra memoria cultural colectiva cuando nos extraña escuchar juntos los términos “espiritualidad y política”.

Pero es obvio que las cosas podían ser de otra manera, y que de hecho se dieron finalmente movimientos que adoptaron otra actitud, asumieron otro espíritu, otra espiritualidad ante lo político. Pensemos en los varios movimientos teológicos y laicales que reivindicaron diferentes teologías sectoriales, de las realidades terrestres, del trabajo, del mundo… lo que preparó el camino para que el Concilio Vaticano II dedicara todo un capítulo a “la actividad del ser humano en el mundo”, y otro a “la comunidad política”, en su famosa constitución pastoral Gaudium et Spes, que dio entrada, decididamente, a una nueva actitud, positiva, ante la política. En esta línea, uno de los primeros desarrollos de la posición conciliar fue la llamada “teología política” de Juan Bautista Metz, una propuesta política que si bien no se desarrolló mucho, es considerada por muchos como el anticipo, o tal vez el estímulo de lo que al otro lado del Atlántico sería la teología de la liberación. Hubo una multitud de desarrollos semejantes, como la teología de las realidades terrestres, la teología del laicado, la teología del progreso, la teología de la ciudad, la teología revolución, la teología de la paz… y muchas otras. Todas ellas forman parte de esa generación nueva a la que nos estamos refiriendo: una presencia de la espiritualidad en la política, no ya por la vía de la presencia poderosa y controladora de la religión en la sociedad, sino por la presencia inspiradora y desde abajo de la espiritualidad, una espiritualidad sin poder, sin control, sin dogmas, sin alianzas con el poder ni afanes de dominio, una espiritualidad como verdadera “calidad humana profunda” que se hace presente inspirando mayor calidad humana. Éste es el futuro, que ya está aquí, inicialmente.

La que sin embargo marcó época y fue, emblemáticamente, la realización cumbre en esta línea de evolución teológica, fue la teología de la liberación, que, como es sabido, más que una teología fue, sobre todo, antes que teología, una espiritualidad. Es sabido que todo gran movimiento teológico –no una simple “escuela de teología”– proviene de una experiencia espiritual que es su fuente. La TL no fue una construcción genial de algún autor o autores que hicieron escuela. La TL no es una escuela, no es una corriente de autores teológicos que desarrollan las intuiciones originales de un gran pensador o de un “círculo” de pensadores. La TL no tiene padres, en ese sentido. Fue más bien un movimiento popular, generalizado a lo largo y ancho de toda la piel de América Latina, que hizo surgir numerosas comunidades de cristianos que, precisamente, se sentían desafiados por la situación de masiva pobreza e injusticia en que se veía sumido el pueblo cristiano latinoamericano, bajo la opresión entonces de un sistema capitalista periférico dependiente.

Eran cristianos que tenían en común una nueva experiencia espiritual: la de sentirse llamados a comprometerse en la transformación sociopolítica de las condiciones socioeconómicas lacerantes que sufría su pueblo. Era una experiencia espiritual. Y era un compromiso cristiano y espiritual. Se trataba precisamente de una “lectura espiritual de la política”: las realidades políticas, que durante tanto tiempo habían sido vistas por los cristianos como “profanas”, o –como decíamos– incluso como “pecaminosas”, gracias al crecimiento de conciencia que se produjo, pasaron a ser vistas como realidades no profanas, sino espiritualmente relevantes; pasaron a ser vistas como estructuras no tanto pecaminosas -por lo que hubiera que huir de ellas-, cuanto como estructuras que estaban en pecado, por lo que había que ir a ellas y ponerlas en orden y liberarlas de ese pecado, pecado estructural esta vez.

Aunque la TL no fue una simple aplicación del Concilio Vaticano II a América Latina, sino que añadió, aportó un elemento nuevo, no cabe duda de que ese elemento estaba en germen dentro de la senda espiritual abierta por el Vaticano II, que había llegado a afirmar: “el amor es la ley de la transformación del mundo” (GS 38). En las vísperas de la aparición pública de la teología de la liberación, el Sínodo sobre la Justicia en el Mundo (1971) llegó a afirmar: “La acción en favor de la justicia y la participación en la transformación del mundo se nos presenta claramente como una dimensión constitutiva de la predicación del Evangelio, es decir, la misión de la Iglesia para la redención del género humano y la liberación de toda situación opresiva” (Introducción). El amor cristiano, que con demasiada frecuencia había sido hasta entonces asistencialista y apolítico, estaba descubriendo todo un campo nuevo para su aplicación: el campo de la política y sus estructuras. El amor cristiano, que tradicionalmente se había considerado a sí mismo un amor puramente espiritual, pasaba a ser un amor que sin dejar de ser espiritual, se hacía amor político, un amor que se hace cargo de la historia, de su injusticia y de su pecado, y se hace cargo de tu transformación. Un amor que había pasado a ser amor político, crítico, y que quería ser inteligentemente eficaz. La espiritualidad cristiana se hizo “espiritualidad de la liberación”, un espíritu que vibra con la Causa de la transformación de este mundo en la Gran Utopía, que con el lenguaje bíblico de Jesús llamamos Reino de Dios. Una espiritualidad plena y maduramente política.

Insisto: no fue una teoría, ni siquiera una teología, sino ante todo una espiritualidad; y más concretamente: fue todo un pueblo, una inmensa red de comunidades populares “en-tusiastas” (la palabra etimológicamente significa “llenas de espíritu, llenas de Dios”), rebosantes de esa espiritualidad política, todo un pueblo concientizado, que asumía su condición de oprimido y de solidario con toda opresión, y su compromiso político por su superación, y lo asumía en fuerza del mandato del amor y del anuncio de la Buena Noticia para los pobres, el Evangelio de la transformación del mundo. La pléyade latinoamericana de mártires cristianos –o más bien literalmente jesuánicos–, lo testimonia.

POS-DATA: UN CONTENCIOSO PENDIENTE: ORIENTE Y OCCIDENTE: DOS VÍAS DIFERENTES DE RELACIONAMIENTO ENTRE ESPIRITUALIDAD Y POLÍTICA

En los últimos tiempos se está dando en Occidente un encuentro intensivo con la espiritualidad oriental, cuya peculiaridad de buscar un tipo de conocimiento y de experiencia por la conciencia y la interioridad nos produce fascinación. Pues bien, en este campo de la relación entre espiritualidad y política, la diferencia entre la espiritualidad oriental y la espiritualidad de la liberación es clara.

La espiritualidad oriental –pido disculpas por atreverme a expresarlo desde fuera de esa espiritualidad– piensa que este mundo de apariencias no es fuente de experiencia espiritual. Ésta ha de ser buscada más allá de él, en su superación, tratando de conectar con la realidad que está más allá de las apariencias, la realidad última, que es Conciencia pura, a la cual no podemos acceder, pero con la cual sí podemos conectar con los métodos de la meditación, en general. La política, obviamente, forma parte de este mundo de apariencias y de objetos y sujetos, que sólo existen en nuestra interpretación…

Casi resulta irresponsable abordar este tema en tan breve espacio, pero tal vez resultara también deshonesto no citarlo siquiera en este concreto tema de espiritualidad y política. Digamos al menos una palabra breve. Desde la espiritualidad de la liberación no nos encontramos cómodos en la cosmovisión que nos parece percibir asociada a la espiritualidad no dual, con aquella concreta que vendría a sostener que este mundo, de hecho, no existiría, que todo lo que de él podemos decir y pensar sería sólo –subrayando este “sólo”– interpretación nuestra, un mundo en el que nos tenemos que mover, pero que sabemos que no existiría realmente… En esa cosmovisión, parece lógico que la experiencia espiritual sólo pueda ser realizada trascendiendo el mundo, saltando por encima de él, evadiéndolo –aunque sea “metodológicamente”– y tratando de conectar con la realidad transcendente, transfenoménica, el misterio de la Conciencia Pura, al que se accede precisamente silenciando nuestro conocimiento y dejándose invadir por la Presencia sin nombre ni forma…

Nosotros, en una concepción tal del mundo, no nos encontramos bien. Para nosotros, antes de cualquier debate epistemológico, el amor, el sufrimiento, la injusticia y la opresión de los pobres son bien reales, y también lo son las luchas de la historia. No negamos todo lo que la epistemología actual sabe y dice sobre las “modelaciones” nuestras en las que el conocimiento humano consiste; pero nada de ello quita realismo profundo y consistencia concreta a nuestra trabajada historia, a la injusticia, el dolor humano, los pobres y las víctimas. No consideramos la dimensión histórica y la perspectiva del Amor-Justicia como las únicas dimensiones que avalan “la realidad de la realidad”, pero sí reconocemos humildemente que para nuestro talante espiritual, ellas son “condiciones de posibilidad”, sine qua non, para nuestra experiencia espiritual.

Es cierto que la experiencia de conocimiento silencioso que se alcanza con los métodos de la meditación produce efectos beneficiosos en el yo, estados modificados de conciencia, como la iluminación y la compasión y muchos otros; el budismo (y otras corrientes orientales en general), presentan el esfuerzo por conseguir estos efectos, precisamente como la mejor forma de hacer el bien a los demás, presentando en consecuencia la meditación, el llamado conocimiento silencioso, no sólo como la práctica central de la que derivarán todos los demás bienes y virtudes, sino como el primer analogado de la experiencia religiosa misma: ser espiritual es practicar y vivir esa experiencia de meditación y de conocimiento silencioso.

En consecuencia, ese contexto espiritual oriental, o budista concretamente, espiritualidad y política son concebidos como radicalmente independientes. La espiritualidad nada tendría que ver con la política. La política pertenecería al mundo pasajero, al mundo material, al mundo de las apariencias cambiantes. No tendría en sí misma consistencia, ni podría ser fuente de espiritualidad. Ésta debería encontrarse y cultivarse aparte, en sus propias fuentes, al margen de la política, sin ninguna relación directa. Una vez realizada, esa experiencia espiritual redundará sobre la política, en el sentido de que habiéndonos cargado de amor y de compasión hacia todas las realidades de este mundo, también nos encontraremos más capacitados para ejercer la política con más amor, un amor cuya experiencia espiritual fontal no está en la política misma, sino precisamente en el alejamiento respecto a ella, en la experiencia espiritual de una meditación que implica silenciar la percepción de la realidad.

Para nosotros -hablo de y desde la espiritualidad de la liberación- no es así. Para nosotros, ese primer analogado de la espiritualidad no es la meditación, ni la oración, sino la práctica del Amor-Justicia, el amor expresado en la praxis de transformación histórica, la opción por los pobres, la lucha por la construcción histórica de la Utopía que con Jesús llamamos Reino de Dios, o Buen Vivir, con la espiritualidad indígena americana. Porque para nosotros la historia no es sólo un campo sin consistencia ontológico/ espiritual destinado a ser beneficiario del ejercicio de la compasión que hayamos conseguido alejándonos precisamente de la realidad política, en la oración apartada, en el silencio, en la meditación… Obviamente, valoramos –y mucho– la oración, el silencio, las técnicas de meditación, la sabiduría de todas las tradiciones religiosas… Pero nosotros, la experiencia espiritual fundante no la buscamos sólo fuera de esta historia. La vivencia del compromiso político, la lucha por la justicia, el compromiso por la transformación del mundo… implican para nosotros, directamente, experiencia espiritual, de por sí. Es ahí donde hacemos la experiencia de Dios. Es en el cuerpo de la historia donde contemplamos su “gloria” y su “silencio”, donde tocamos su lacerado y amado Cuerpo… Por supuesto que no negamos que también nos vendrá bien, adicionalmente, hacer meditación de silenciamiento de la conciencia; agradecemos mucho vivir en este tiempo en el que las religiones se han despatrimonializado y en el que podemos asumir prácticas de sabiduría de otras religiones y tradiciones. Pero para nosotras, las personas que vivimos la espiritualidad de la liberación, ya tenemos otro “lugar espiritual” donde realizamos la experiencia espiritual fundamental. La espiritualidad de la liberación lo ha dicho con lema célebre: “contemplativus in liberatione”, contemplativos en la liberación, es decir: la contemplación, la comunión inefable con la Realidad Profunda, con la trascendencia, la intentamos realizar en la inmanencia, más acá de las palabras, en el proceso mismo de la liberación, en el cuerpo trabajado y a veces en carne vida de la Historia.

Como digo, el tema es bien más complejo que lo que aquí podemos decir de él. Sólo queríamos dejar honradamente constancia de este contencioso. Seguramente estamos en un proceso, todavía en diálogo. Está a punto de salir en castellano el último libro de Paul Knitter, Sin Buda yo no podría ser cristiano… y para la próxima primavera está citado en Nueva York un nuevo coloquio entre budistas comprometidos y teólogos-espirituales de la liberación. He escrito varias veces que estos tiempos post-metafísicos y hasta post-utópicos, la TL todavía tiene pendiente, por hacer, un ajuste muy fuerte de su dimensión epistemológica, su modo de habérselas con las creencias, los mitos… incluso con los que expresan las utopías, ya sean el éxodo bíblico o el Reino de Dios de los profetas o de Jesús. El diálogo entre cristianismo liberador y budismo comprometido debe seguir avanzando, aunque –quizá es mi opinión– ni la TL ni el budismo hayan hecho una adecuada revisión crítica de su epistemología, que si bien debe evitar ser una epistemología mítica, también debe evitar ser una epistemología mística. Tenemos dos talantes diferentes, y entre talantes el puente no es sólo el diálogo, sino el aprendizaje mutuo. Por nuestra parte queremos aprender.

MANUEL FRAIJÓ

Juanjo Sánchez y Evaristo Villar

Éxodo 115 (sept.-oct.) 2012
– Autor: Juanjo Sánchez y Evaristo Villar –
 
Manuel Fraijó (Guadalcázar, Córdoba, España, 1942), teólogo y filósofo español, discípulo y amigo de grandes pensadores en el ámbito de la teología y la filosofía, como K. Rahner, W. Pannenberg, H. Küng, J. Moltmann y J. B. Metz, en Europa, y José Luis López Aranguren, en España.

Uno de los teólogos españoles con más bagaje filosófico y, desde luego, uno de los filósofos con mayor y más profundo conocimiento de la teología, Fraijó es un pensador de frontera entre la teología y la filosofía, entre la fe y la razón, la religión y la cultura, entre la vida con sus dramas y esperanzas, con sus interrogantes abiertos, y la razón atenta al dolor humano y abierta al horizonte ilimitado donde se anuncia el sentido, y con él la esperanza. Su pensamiento es, por eso, tan hondo y riguroso como abierto y sensible a lo que acucia al ser humano, a las esperanzas incumplidas de las víctimas de la historia.

Para abrir boca: con la que está cayendo en esta crisis, ¿no es extraño que se nos ocurra hablar de espiritualidad en lugar de… economía, por ejemplo?

Pienso que es el momento para hablar de espiritualidad, dado que, en nuestros días, se está cumpliendo aquello que decía Bergson, premio nobel de literatura y uno de los referentes espirituales más importantes del pasado siglo: que tenemos un cuerpo muy grande y un alma muy pequeña. Y murió en 1941 pidiendo un suplemento de alma. Es la espiritualidad que estamos buscando. Decía también Bergson que la mecánica exige una mística. Hemos desarrollado mucho la mecánica y nos falta la mística. Por eso es muy apropiado hablar hoy día de este tipo de espiritualidad. De Bergson son importantes, a mi modo de ver, dos cosas: el argumento y el testimonio. Él supo hacer ambas cosas: argumentó, por supuesto, desde la filosofía, desde las fuentes de la moral y de la religión, y dejó un testimonio que, en el campo de la espiritualidad, ha quedado como paradigma.

Procedía del judaísmo, pero, con el paso del tiempo, fue cayendo en la cuenta de que la culminación del judaísmo era el catolicismo. Y quiso convertirse al catolicismo. Pero justamente en ese momento, en el fragor de la Segunda Guerra Mundial, es cuando Hitler estaba machacando a los judíos. Bergson no dio el paso al catolicismo por fidelidad a su pueblo. Antes de su muerte dejó escrita una nota a su mujer diciendo que, llegada esa hora, llamara un sacerdote católico. Advirtiéndole, eso sí, que no se había podido convertir al catolicismo por la situación que estaba atravesando su pueblo. Y, ya anciano y gravemente enfermo, movido por esta opción y sostenido por dos familiares, se puso en cola para registrarse como judío desaprovechando “la indulgencia” de Hitler para con los judíos ilustres que residían en París.

Entiendo la espiritualidad en este sentido bergsoniano: argumento y testimonio. Algo parecido encuentro en la obra La consolación de la filosofía, de Boecio: mientras espera en la cárcel una muerte injusta, fruto de intrigas y calumnias, acude a la filosofía, buscando sentido a lo que le está ocurriendo; buscando, tal vez, el “consuelo” tan ensalzado por nuestro Unamuno (credo quia consolans, creo porque es cosa que me consuela). Es cierto que, como veremos, hay muchas clases de espiritualidad, pero es muy importante, en estos momentos, la que reclama “un suplemento de alma”.

Evidentemente, también nosotros pensamos que es momento para hablar de espiritualidad. Justamente en este tiempo de crisis. La crisis es, sin duda, fruto podrido de una profunda carencia de ética. Pero, bien pensado, ¿no podríamos decir que lo es también de una no menos profunda carencia de espiritualidad, de una falta de aquella “profundidad” de la que hablaba el gran teólogo Paul Tillich?

Sí. Me gustó mucho aquel librito de Paul Tillich titulado La dimensión perdida, que sigue teniendo actualidad. Ahí identificaba él espiritualidad con profundidad. Hablando de la espiritualidad perdida, quisiera decir varias cosas. En primer lugar, para empezar por lo positivo, estoy convencido de que ninguna persona puede vivir sin espiritualidad. La espiritualidad está en todas la personas, en todos los pueblos –todos los pueblos tienen su historia espiritual, hecha de la forma como viven y mueren, hecha de sus filoso – fías y teologías, de su literatura, su ciencia, su arte, etc.– Nadie puede vivir sin espiritualidad. En algún sentido, también la filosofía es espiritualidad. El filósofo, como el teólogo, se inclina sin cesar sobre el misterio de la vida y de la muerte. Es, según Ortega, lo que siempre hizo Dilthey. Evocando lo importante que es el misterio, escribe G. Scholem en su libro Hay un misterio en el mundo: “Si el sentimiento de que el mundo esconde un misterio desaparece alguna vez de la humanidad, todo habrá acabado. No creo, en cualquier caso, que lleguemos tan lejos”.

Precisando un poco más, y dicho de una forma algo simple, entiendo por espiritualidad “el rechazo de la tentación de la obviedad”. Todo lo que nos rodea es misterioso. Poco antes de morir, decía Severo Ochoa: “siento irme de este mundo sin saber exactamente dónde he estado”. Me impresiona que un científico de su importancia llegase a esta conclusión. Pienso, pues, que la espiritualidad es lo contrario de la banalidad. Solía decir y escribir Bloch: “la sola banalidad no salva”. La banalidad no tiene ningún carácter salvífico. El auge de la banalidad corre paralelo con la escasez de ofertas de salvación. El mismo Bloch distinguía entre “Trascender” (con mayúscula) y “trascender” (con minúscula). La Trascendencia, con mayúscula, se refiere evidentemente a Dios, y es patrimonio de los creyentes en su existencia. Pero la otra trascendencia, la escrita con minúscula, es de todos. A través de ella nos elevamos sobre el reino animal, creamos obras de arte y alumbramos el mundo de la ciencia y la técnica. El epitafio que se puede leer en la tumba de Bloch, en el cementerio de la hermosa ciudad de Tubinga, reza: “pensar es trascender”. Trascender, con minúscula, es lo que siempre hizo el gran espíritu que fue Bloch. Hay, por tanto, un trascender con minúscula que es esta apertura del espíritu a la historia, a la ciencia, a la teología, a la filosofía, al arte, a la vida, a la muerte. Entiendo que a ese “trascender” se le puede llamar “espiritualidad”, sin forzar en absoluto el concepto de espiritualidad. Y, si todavía me continuáis pidiendo aproximaciones al concepto de espiritualidad, os remitiría al bueno de Kant. Pienso, como él, que quien eleve sus ojos al cielo estrellado y contemple la ley moral dentro de nosotros es profundamente espiritual. Mirar a los cielos y practicar la “autopercatación” (Ortega) sitúa en el ámbito de la espiritualidad. Hay ya bastantes pensadores religiosos, pero también laicos, el papa actual Benedicto XVI por supuesto, pero también, por ejemplo, el pensador crítico J. Habermas, que hablan de una “secularización descarrilada”, es decir, de una secularización excesivamente plana que está conduciendo al “auge de la banalidad”, como avisaba ya el pensador griego C. Castoriadis. ¿Estarías de acuerdo con este diagnóstico? ¿Lo matizarías, acaso?

Esta pregunta me devuelve a mis recuerdos de estudiante doctorando en la Universidad de Tubinga. Hubo una época en la que, entraras a la clase que entraras (la de Küng, la de Kasper, la de Grainacher, la de Moltmann, la de Käsemann, etc.), en todas se estaba hablando de secularización. Se tenía miedo de que la secularización se convirtiera en secularismo, como temía Gogarten. Todos pensaban que la secularización es un fenómeno muy positivo, que estaba ya en el Antiguo Testamento; que la religión, y el cristianismo en concreto, necesitan la secularización. Pero se temía que ésta derivase en un secularismo que condujera al ateísmo y redujera la religión a un simple gueto.

En cambio, hace unos años, en un seminario sobre la secularización, celebrado no lejos de Tubinga, en el que participaba el teólogo protestante Pannenberg y otros grandes pensadores, no se preocupaban por el futuro de la religión, afectada por la secularización como en los años 70, sino por el futuro de la secularización misma. ¿En qué sentido? Consideraban que, en otro tiempo, la secularización fue una gran ayuda para la religión, pero, en las actuales circunstancias, es la cultura secular la que necesita del apoyo de la religión. Tengo la impresión de que así piensan también Benedicto XVI y Habermas. El título del seminario al que acabo de aludir era “salvemos la secularización”. Y la tesis era esta: las instituciones seculares (la política, la economía, la justicia, etc.) han degenerado tanto que necesitan salvación. Y la religión, en la medida en que pueda, debe ayudarlas. La tesis es que las instituciones seculares están perdiendo hoy día tal grado de legitimidad que están poniendo en peligro el futuro de la sociedad. Y ahí es donde Ratzinger y Habermas quieren introducir el tema de la religión, algo que a mí no me parece disparatado. Porque cualquier cosa que ayude -y la religión también puede hacerlo- será bienvenida. Sería lamentable que la secularización, que tanto nos costó conquistar, se convirtiera hoy en decadencia y fuente de conflictos. Sería dar la razón al islam, que considera a la secularización como la madre de todos los desaguisados. Llenos de orgullo, los musulmanes proclaman que, como ellos nunca estuvieron clericalizados, también se ahorraron la secularización. No es el caso del Occidente cristiano (ni, por cierto, tampoco del islam, pero no entraremos en ese tema) que sufrió los rigores del clericalismo, casi como forma de vida.

¿Urge, pues, una vuelta a la espiritualidad? Nos dirás -o lo pensarás- que todo depende de qué queremos decir con ello… ¿Puedes decirnos en qué consistiría ese retorno? ¿De qué hablamos cuando hablamos de espiritualidad? ¿Cual sería su meollo genuino? ¿Cuáles sus formas perversas?

En la Edad Media se definía la espiritualidad como “extensio animi ad magna” (apertura del espíritu a cosas grandes) que, a mi modo de ver, va muy unida a otras dos palabras: la “humilitas”, tan propia de la Edad Media, y la “curiositas” (curiosidad, búsqueda, afán de saber), convertida casi en lema del Renacimiento. Esta mezcla entre “humilitas” y “curiositas” puede formar parte de la definición de espiritualidad. Ambas continúan en la línea de la profundidad, de la que ya hemos hablado. Heidegger lo dijo muy acertadamente en un pequeño escrito, titulado Gelassenheit y que podríamos traducir como distendimiento, sosiego, serenidad, paz. Su tesis fundamental es que se está dando una huida acelerada del pensar. Y él distingue en el pensar dos vertientes: la que llama “pensamiento calculador” y la que denomina “pensamiento meditativo”. El pensamiento calculador lo necesitamos para vivir, sin él no habríamos accedido a la técnica ni al progreso; pero el pensamiento meditativo, contemplativo, constitutivo de la espiritualidad, lo necesitamos para acceder a la vida buena, al humanismo, a la propia interioridad.

Personalmente, yo tendría también en cuenta la distinción que hace Savater entre creyente y religioso. El creyente es el que se adhiere a un credo, a unos símbolos, a unos ritos determinados. Religioso, en cambio, es algo más difuso, más impreciso. Tiene que ver con el dicho de Goethe: si buscas el Infinito, corre tras lo finito en todas direcciones. Ser religioso es ser sensible a lo que nos supera, a lo que nos coloca al borde de lo desorbitado; es tener antenas para la gratuidad, para el amor, para lo Otro. Se puede, por supuesto, ser religioso sin ser creyente, y uno esperaría que nunca se dé el caso contrario: ser creyente sin ser religioso. Pero desgraciadamente la vida enseña que también esto es posible. Existen, aunque solo como excepción, funcionarios del altar sin mayor sensibilidad para lo religioso. Lo creen todo, pero también les resbala todo. Justo lo contrario de la experiencia que tuvo R. Otto, el gran fenomenólogo de la religión, al entrar en la sinagoga de Tánger y escuchar el tres veces “santo” de Isaías. Allí nació el título de su libro Lo santo, probablemente el libro de teología más leído del siglo XX. Fue allí donde comprendió que la experiencia religiosa posee una doble vertiente: es “fascinante” (asombrosa, iluminadora, cercana a la felicidad), pero también “tremenda” (exigente, rigurosa, próxima al temor).

También considero muy acertada, si me permitís que continúe pidiendo ayuda a los amigos de la tradición filosófico-teológica, la mirada de Walter Benjamin sobre la figura del flaneur: el flâneur es el paseante solitario en el París del siglo XIX, abandonado entre la multitud, que se va fijando en las claraboyas y en el cemento que todo lo invade. Por todas partes se alza el progreso moderno, pero Benjamin echa de menos la experiencia. El concepto de experiencia, el contacto directo con las cosas, piensa Benjamin, es algo que se está perdiendo. Esta falta de sensibilidad se manifiesta también en la ausencia de citas. Citar es un acto de espiritualidad, es tener en cuenta el pasado del que venimos. Él era un coleccionista de citas. La misión de las citas es interrumpir los discursos lineales de la modernidad. Es necesario pararse, mirar hacia atrás, como hace la cita. A esta sensibilidad la llama Benjamin “cultura del corazón”.

Como veis, amplío, tal vez salvajemente, el concepto de espiritualidad; pero soy incapaz de hablar de ella sin rodeos. Y con los rodeos continúo: en un seminario en Tubinga, al que asistió como invitado Gadamer, el gran especialista en hermenéutica, nos lanzó la siguiente pregunta: ¿Y qué entienden ustedes por hermenéutica? Todos, sin gran originalidad, fuimos respondiendo que era una interpretación de los textos, de la música, de la historia, de la vida, etc. Y, concluida la ronda, le espetó al catedrático que tenía a su lado: “¿y quién le interpreta a usted, querido colega, quién nos interpreta a todos?”. Se hizo un silencio que pareció no tener fin… Esto me trae al recuerdo que también nuestro José Luis Aranguren pedía una “última comprensión”, tal vez a la Deidad “ante la cual hayamos existido…”.

Pienso que la espiritualidad no puede ser ajena a todo lo que vengo narrando. Tampoco la considero ajena a las tres experiencias que nos legó el filósofo vienés L Wittgenstein. La primera de ellas es el asombro: uno es espiritual cuando se asombra. Por el asombro comenzó la filosofía. “Vete por el mundo y maravíllate”, escribió nuestro R. Lulio. La segunda experiencia alude al sentirse seguro pase lo que pase. La formula en tiempos de penumbra, en vísperas de partir para un campo de batalla del que no sabe si retornará. Y la tercera experiencia lleva el nombre de sentimiento de culpa. Es inútil exculparse siempre. Algo dentro de nosotros nos dice “ese hombre eres tú”.

Como complemento de la pregunta anterior, ¿nos podrías mencionar algunas de las principales corrientes de espiritualidad hoy y decirnos cuáles de ellas son más auténticas, más ricas y creativas, y cuáles serían más pobres o incluso problemáticas?

Hay una frase del filósofo judío francés Lévinas que siempre me ha impresionado. Escribe: “no hay nada en una gran espiritualidad que esté absolutamente ausente en otra gran espiritualidad”. Hay, pues, un aire de familia entre las grandes espiritualidades. El teólogo suizo Urs von Balthasar distingue tres clases de espiritualidad: la trascendental, que consiste en salir de sí mismo hacia el Absoluto; la activista, centrada en el compromiso con el mundo; y la pasiva, que sería la indiferencia frente al mundo. Tengamos en cuenta que, como afirma K. Rahner, la espiritualidad es una “ciencia no identificada, o no suficientemente identificada”. Caben, pues, muchas aproximaciones a ella.

Personalmente considero que las formas de espiritualidad van muy unidas a sus respectivas religiones. Max Weber hablaba de dos tipos ideales de religión: las proféticas y las místicas. Después de Weber hemos añadido otro tipo: el de las religiones sapienciales. Cuando se habla de la espiritualidad profética -evidentemente con variantes entre judaísmo, cristianismo e Islam, aunque también con mucho en común- se alude a espiritualidades activas, emprendedoras, transformadoras, que se vuelcan en el trabajo y en la acción. En ellas la figura central es el profeta. Cuentan también con una rica herencia dogmática, asertiva; tienen mucho que defender. De ahí que el diálogo con ellas se torne laborioso. Pero, por otra parte, son necesarios los asertos. Decía Lutero: “suprime los asertos y acabarás con el cristianismo”. Ninguna de las religiones proféticas es muda. En la medida en que han perfilado más su capital dogmático, asertivo, etc., y que lo han desarrollado más filosóficamente, como es el caso del cristianismo, es más difícil dialogar con ellas. O, al menos, es más difícil alcanzar acuerdos doctrinales (siempre serán más fáciles los acuerdos operativos). Nietzsche decía que su mayor objeción contra el cristianismo era que los cristianos están “agobiados de convicciones”. Por eso, prefería el budismo (que, además, no insiste en el concepto de pecado).

Siguiendo con nuestra clasificación, el siguiente tipo de religión es el de las religiones místicas, sobre todo el hinduismo y el budismo que son las que nos resultan más familiares. En ellas se cultiva la interioridad, la indiferencia (en el buen sentido) frente al mundo. No ignoro que hay quien acusa al budismo de la pobreza de la India. Justo porque le falta lo que tienen las religiones proféticas: el espíritu transformador, activo. De todas formas, no debemos olvidar que en Japón hay budismo y no hay pobreza. Con todo, es posible que la pasividad de las religiones místicas tenga algo que ver con la pobreza de sus gentes, no lo sé. Ciertamente lo que predomina en ellas es la contemplación, la meditación, la búsqueda de la paz, el sosiego, la tolerancia, la compasión (no son tan agresivas como han sido y siguen siendo las proféticas). Lo que más me impresiona de estas religiones es que tienen una gran confianza antropológica. Creen posible la victoria sobre nuestro agitado mundo interior. Creen que, si nos lo proponemos, podemos alcanzar el “nada te turbe” y convertirnos en señores de nosotros mismos. Hay una gran confianza antropológica en la capacidad del ser humano para conducir su propia interioridad.

En tercer lugar vendrían las religiones sapienciales, el confucianismo y el taoísmo. Hay quien no habla de religiones ni de espiritualidad, sino de sabiduría. Serían más bien filosofías, modos de afrontar la vida. En mi opinión, se puede hablar de una espiritualidad sapiencial. Lo propio de estas religiones o filosofías es el ordenar y organizar la vida de una forma sobria y prudente en todos sus aspectos; organizar la sociedad, la economía, la política, la familia, etc., de forma sabia. Y algo determinante en esta espiritualidad es el culto a los antepasados. Algo que se da también en las religiones tradicionales africanas. En ellas, cuando alguien muere, se le entierra en el propio patio de la casa o se le conduce al lugar donde nació para unirlo a la gran familia de los antepasados. Pues, mientras se recuerda el lugar y el nombre, el difunto no ha muerto del todo, es un muerto viviente. El confucianismo, que es la religión de los funcionarios chinos, es una religión urbana y muy volcada en la transformación de la civilización. En cambio, el taoísmo, que es la religión de los campesinos, desconfía mucho de la civilización y de sus logros, tiene mucho contacto con la naturaleza, desarrolla más la contemplación y la gratuidad. De modo que, más que hablar de otro tipo de corrientes dentro de la espiritualidad, considero que la espiritualidad viene dada por estos tres grandes bloques de religiones y por lo que cada uno de ellos significa.

Sin embargo, la espiritualidad no tendría por qué ser una dimensión, un cultivo reservado a las mujeres y los hombres religiosos…, ¿no te parece? Tú vienes de la teología, pero te mueves en el ancho mundo de las religiones y del pensamiento abierto y crítico. En ese ancho mundo habrás escuchado hablar, seguro, de “espiritualidad laica”. ¿Es una ficción, o acaso, incluso, una ofensa para algunos, o bien una posibilidad, incluso una oportunidad humanizadora?

La espiritualidad no es algo exclusivo de las religiones, pero sí está muy ligada a ellas. En la visita de Benedicto XVI a Francia, Sarkozy le dijo: “prescindir de la religión es una locura, un ataque contra la cultura”. Y Fernando Savater preguntaba a este propósito: “¿quién le ha dicho a Sarkozy que solo se puede buscar la espiritualidad en la religión?”. Pero, en honor a la verdad, Sarkozy solo había dicho que en la búsqueda de la espiritualidad no se debería prescindir de las religiones, algo con lo que estoy fundamentalmente de acuerdo. Debemos tener en cuenta que las religiones lo han configurado casi todo. Habría tal vez que precisar que la espiritualidad va ligada a las religiones, aunque no tanto a las instituciones religiosas. Las religiones han sido el humus, el terreno de cultivo de las culturas en las que ha emergido la espiritualidad. Los grandes sistemas filosóficos de la India coinciden con el surgir de sus grandes religiones, el hinduismo y el budismo. Y aquí mismo, en España, nuestra espiritualidad va muy ligada al cristianismo. Ser enteramente no cristiano, sostenía Kolakowski, sería no pertenecer a esta cultura. Y es que las religiones son también cultura. Son muchos los sociólogos que reconocen su contribución a nuestra concepción del orden, de la normatividad, del sentido.

Pero también hay que poner el acento en la primera parte de la afirmación anterior: la espiritualidad no es algo exclusivo de las religiones. De hecho, todo lo que he dicho hasta ahora es, también, propio de una espiritualidad laica. En otros tiempos, no tan lejanos, en el cristianismo solo se hablaba de una espiritualidad, la monástica. Ni siquiera había una espiritualidad del clero. Pero, volviendo sobre vuestra pregunta: lo que yo entiendo por espiritualidad laica lo dejó reflejado maravillosamente Ignacio Ellacuría, basándose en la filosofía de Zubiri. Ellacuría habla de la espiritualidad de hacerse cargo misericordiosamente de la realidad, algo que constituye un imperativo de la espiritualidad laica. A continuación se refiere a la espiritualidad de cargar con la realidad mediante el compromiso personal. Y, en tercer lugar, habla de la espiritualidad de encargarse de la realidad, de su transformación, de su liberación. Poco tendría yo que añadir a este hermoso credo. Es verdad que Ellacuría añade a continuación que se trata de una espiritualidad que cree en la presencia del Espíritu Santo en la vida de las personas, de las comunidades y de las instituciones. Algo que, por lo demás, no tiene por qué estar ausente de una espiritualidad laica.

Casiano Floristán –me complace tener un recuerdo cariñoso para su memoria– hablaba también de la espiritualidad litúrgica, de la espiritualidad carismática y de la espiritualidad liberadora. Citando a Gustavo Gutiérrez lo resumía todo en dos palabras: “contemplar y practicar o silencio y acción”. Es el silencio al que apelaba Wittgenstein cuando evocaba “lo inexpresable, lo inefable”. Inexpresable, según él, es el mundo, no cómo sea el mundo sino “que el mundo sea”, es decir, el hecho de que el mundo exista, de que exista algo y no nada. Esta ha sido la gran pregunta no solo para Wittgenstein, sino para toda la historia de la filosofía. Inexpresable es también la ética, inexpresable es el sentido del mundo que, según Wittgenstein, está fuera del mundo; e inexpresable es Dios, la supervivencia, la vida…Todo esto forma parte, creo, de experiencias de espiritualidad laica.

A veces, simplificando, se ha entendido por espiritualidad “rezar mucho”. Sin duda, la oración es parte esencial de la vida espiritual, incluso la oración de petición. Mediante ella no se pretende informar a Dios de lo que él ya sabe (la necesidad concreta por la que se atraviesa); el destinatario final de la oración de petición es la persona que ora y suplica. Por medio de la oración se sentirá mejor, se habrá abierto a un Tú bondadoso y personal que le proporcionará paz y sosiego. La oración no es solo, como quería Wittgenstein, “pensar en el sentido del mundo”. Es, también, lenguaje entrecortado, llanto, protesta y, tal vez, aceptación final y serena.

Existe también la espiritualidad de las grandes preguntas. Alguien ha dicho que es un privilegio de la filosofía y de la teología plantear preguntas que carecen de respuesta empírica. Y es que el ámbito de lo significativo es mucho más amplio que el de lo científico. Podría incluso darse el caso (se da) de que, aunque se hubiesen solucionado todos los problemas científico-técnicos, los humanos se siguiesen preguntando por el sentido último de la realidad y de la vida.

Y ahora, después de perfilar qué queremos decir cuando hablamos de espiritualidad y volviendo al inicio, ¿crees que la política está necesitada, hoy sobre todo, de un impulso de espiritualidad, si quieres, como lo expresaba el teólogo político Metz, de mística, una mística, evidentemente, “de ojos abiertos”, como decía él?

Me impresionó mucho que Habermas, al recibir el premio de los libreros alemanes, no tuviese reparos en aludir a la resurrección de los muertos. Ante él se encontraba el gobierno alemán en pleno, con el canciller Schroeder a la cabeza. Y nadie se extrañó (ni protestó). Y es que, cuando la espiritualidad se expone con profundidad, puede tener cabida en la política. Porque, como sostenía el filósofo crítico Max Horkheimer, una política (y una ética) que no conserve en sí un momento de teología se reduce a mero negocio. Quizás de esta separación sea más culpable la religión que la política. Porque no ha sabido llegar a la política de una forma convincente, de una forma inteligible.

En realidad, si uno repasa un poco la historia, pronto cae en la cuenta de que ni Tomás de Aquino, ni Maquiavelo, ni Leibniz, ni Hegel fueron meros catedráticos de gabinete que pasaron de puntillas sobre la configuración social, política, cultural, económica de su tiempo. Fueron auténticos ideólogos e iluminadores de lo que ocurría. Había una fusión entre política y filosofía, entre política y teología. Por ejemplo, no se comprendería hoy la Revolución Francesa sin Voltaire y Rousseau. Por eso, lo primero que hizo la Revolución fue desenterrar sus cadáveres y pasearlos solemnemente por las calles de un París engalanado; el pueblo francés reconocía que estas personas habían estado en la base de la transformación política, económica, social, y también religiosa que había originado la Revolución.

Creo que hay que ir hacia una política culta, que tenga en cuenta todas estas grandes preguntas. Una política exclusivamente economicista es un fenómeno reciente, un regalo envenenado de Bruselas. La historia es testigo de la fecundación mutua entre religión y política. Habría que volver a este tipo de fecundación. Hay un texto evangélico que nadie debería despreciar. Es una página memorable del evangelio de Mateo. Me refiero al capítulo 25 de su evangelio, un capítulo que forma parte de la Biblia del increyente y de la política, de las dos cosas. El texto nos es familiar: en el juicio final se nos preguntará si dimos de comer al hambriento, de beber al sediento, si acogimos al forastero, si visitamos a quienes están en la cárcel… Si de la Biblia solo pudiésemos salvar una página, sería necesariamente ésta. Jesús no habla ahí del judío, sino del ser humano en general. En tiempos de Jesús había 200 millones de personas sobre la tierra. Y, de esos 200 millones, Jesús se dirigió fundamentalmente a su pueblo, pero esa página está dirigida a todos y, en parte, ha configurado hasta hoy los sistemas axiológicos de Occidente.

La espiritualidad, por tanto, no tiene por qué “distraer” del compromiso por la tierra, por los seres humanos y la historia –en contra de las malas experiencias que llevaron a la crítica radical ilustrada, marxista y tantas otras…

En efecto, yo creo más bien que hay una espiritualidad de la inmediatez. Lo decía Camus: “lo urgente es curar”. Esos cinco millones largos de parados que tenemos en España están reclamando una espiritualidad y una política de la inmediatez. Pero además de esa, como en la Escuela de Frankfurt, existe otra espiritualidad y otra política que se sobrecarga con otro tipo de preguntas sobre el sentido de la vida, sobre el mal y el bien, sobre la felicidad, sobre la justicia final, etc. Creo que la política tendría que estar haciendo las dos cosas a la vez. Desde luego, lo urgente es la inmediatez, pero, al mismo tiempo, no se pueden olvidar, como pone de manifiesto el debate entre Walter Benjamin y Max Horkheimer, las preguntas sobre el futuro de las víctimas, sobre la memoria y el sentido de la historia.

Y, en un plano más concreto, estoy pensando en políticos cristianos, como Aldo Moro, un hombre de mediación, de reconciliación, el hombre que ponía paz, que sabía negociar. Algo de esto puede ofrecer la religión a la política: la cercanía, la bondad, la fiabilidad. Recuerda H. Küng que la Europa actual hubiera sido casi impensable sin el abrazo entre Adenauer y De Gaulle. Abrazo que quedó sellado religiosamente en la catedral de Reims. Ahí se escenificó el perdón entre Alemania y Francia. Sin ese perdón, probablemente no existiría hoy la Unión Europea. Esto quiere decir que el planteamiento de los grandes políticos no tiene que ser meramente burocrático y tecnológico, al estilo de la política de Bruselas, sino ético- religioso. Y aquí las religiones tienen mucho que decir.

Cabe recordar también cómo el entonces obispo de Berlín, Julius Döpfner, en los años cincuenta del siglo pasado, hizo una llamada a la reconciliación entre Alemania y los Estados del Pacto de Varsovia. No tuvo éxito, pero, después, en 1965, la Iglesia Evangélica Alemana publicó un conocido Memorándum, bien fundamentado teológica y políticamente, que puso las bases de la reconciliación entre alemanes, rusos, polacos y checos. Posteriormente se llegaría a los Pactos del Este, pero en toda aquella historia estuvo muy presente la religión. Y todos esos pactos se sellaron definitivamente cuando un gran canciller, que no era creyente pero a lo mejor era religioso, Willy Brandt, cayó de rodillas en Varsovia ante el monumento a las víctimas del nazismo. Un canciller alemán arrodillado era demasiado para muchos alemanes y Alemania se dividió entre partidarios y detractores de aquel gesto histórico. Pero, poco después, le dieron el premio nobel de la paz. ¡Qué pocos nobel de la paz se habrán dado con tanta justicia como aquel!

En definitiva, difícilmente concibo la espiritualidad al margen de las religiones, porque veo que estas lo han moldeado todo, incluida la política. Lo que no quiere decir que se trate de restaurar ahora la Democracia Cristiana o partidos parecidos. Hablo de una política profunda, con sentido, en línea con eso que hemos citado antes: “tuve hambre y me disteis de comer…” Lo que me recuerda inmediatamente aquella frase del ya citado filósofo marxista E. Bloch: “el estómago es la primera lámpara que reclama su aceite”. A pesar de múltiples esfuerzos, la realidad sigue siendo cruel. Un informe de Cristianisme i justicia indica que la escolarización primaria de todos los niños podría hacerse realidad dentro de 33 años; que la nutrición de los niños menores de cinco años podría ser posible dentro de 59 años; que la mortalidad de los niños menores de un año podría desaparecer dentro de 23 años; y, pasados 20 años, es posible que haya agua potable para todos… Estamos lejos del cumplimiento de Mateo 25.

Para concluir, quisiera aludir al libro de L. R. Dodds, Paganos y cristianos en una época de angustia. El autor informa de que los beneficios que acarreaba el ser cristiano no quedaban confinados al otro mundo; no es que la gente se hiciera cristiana para salvar su alma en el otro mundo, sino porque la Iglesia cristiana ofrecía una especie de seguridad social: cuidaba huérfanos y viudas, atendía a los ancianos, a los incapacitados, tenía un fondo común para funerales de los pobres y un servicio para las épocas de epidemia. Y Dodds acaba diciendo que tampoco eso era lo esencial que ofrecía el cristianismo, sino que su principal ayuda consistía en mitigar la soledad. Y cita a Epicteto, que habla del horrible desamparo que puede experimentar el ser humano en medio de sus semejantes. El cristianismo venía a llenar los tres ámbitos: el del alivio de la existencia presente, el del más allá, y el del desamparo y la soledad. ¡Una espiritualidad a la medida de aquellos tiempos!

Hoy, a cincuenta años del 11 del octubre de 1962, estamos recordando la apertura del Vaticano II. ¿Qué te dice la figura del Juan XXIII respecto a la espiritualidad y política de Occidente?

Fue un hito en la historia de la espiritualidad y de la política mundial. Cuando en 1963 se publicó la encíclica Pacem in terris, un canto a la libertad, al amor, a la justicia, fue un acontecimiento saludado y favorablemente acogido en todos los ámbitos políticos. Se convirtió en un vademécum para innumerables personas. Aparte de sus encíclicas, me impresionó mucho la sensibilidad de Juan XXIII frente al sufrimiento. En una ocasión le proyectaron una película sobre el holocausto. Y, al terminar la película y ver aquellos cuerpos destrozados, dijo: “hoc est corpus Christi”, y se retiró a sus habitaciones a rezar. Se comprende así que el gran rabino de Roma, rodeado de muchos otros judíos, se pasara la última noche de Juan XXIII, la que precedió a su muerte, debajo de la ventana del pontífice rezando por él. Sa – bían que era de los suyos. La gente lloraba por las calles de Roma la muerte del papa bueno. Su espiritualidad, sencilla, evangélica, solidaria, nos marcó a todos. La convocatoria del concilio Vaticano II supuso un hito memorable. José Luis López Aranguren afirmó que aquel concilio había sido el acontecimiento más importante del siglo XX. Es una lástima que cincuenta años después aquellas esperanzas se hayan visto radicalmente frustradas. Roma es al cristianismo lo que Bruselas es a la economía: una instancia fría, inmisericorde, desfasada, legalista, y ajena a las verdaderas y candentes necesidades de las personas.

Como última pregunta, nos gustaría una reflexión sobre la vinculación espiritual y política del ser humano con la tierra, la casa común. Algo sobre la relación cosmológica y planetaria del ser humano…

Es verdad que se está volviendo a una espiritualidad sencilla, casi poética y mística de la tierra. El esfuerzo de L. Boff y otros muchos movimientos ecologistas ha sido pionero. No olvidemos que, para los primeros filósofos, junto con el fuego, el agua y el aire, la tierra era uno de los elementos fundamentales. A ella volveremos al término de nuestra travesía por la historia. Estamos, pues, retornando a aquello que los primeros filósofos consideraban fundamental. Creo que esta vuelta es necesaria. Rahner reconocía que algunos símbolos de la creación ya no tienen la fuerza de antaño, pero no podemos sustituirlos arbitrariamente. El agua, el vino, el pan, el aceite tienen larga vida asegurada. No hay recambio simbólico para ellos. Rahner distinguía entre símbolo primario y símbolos secundarios. Símbolo primario es el propio ser humano, caído, indigente, roto, y sometido a las situaciones dramáticas que tan acertadamente describió Karl Jasper. Pero el símbolo secundario (el pan, el agua, el vino, el aceite, la tierra), que no quiere decir que sea menos importante, es el que viene a iluminar esas situaciones duras, amargas. Valoro mucho esta vuelta a la tierra y a los elementos y alimentos que ella produce, aunque lo ignoro casi todo sobre el tema. Tenéis que preguntar a L. Boff y a los movimientos que con entrega y desinterés han comprendido la urgencia e importancia del tema.

ESPIRITUALIDAD Y POLÍTICA

Varios Autores

Éxodo 115 (sept.-oct.) 2012
– Autor: Varios Autores –
Tiempos de Turbación
 
Espiritualidad y política marchan, al menos en el mundo capitalista, por caminos diferentes. Viajeras erráticas, avanzan, entre el general descrédito, al desencuentro. ¿Cabe soñar con un día en que rectifiquen de rumbo y se descubran como los pies necesarios para que el ser humano pueda seguir caminando? Desde Éxodo acariciamos abiertamente, en tiempos de turbulencia, este sueño.

El actual descrédito de la política, como vienen señalando implacablemente los sondeos del CIS, se ha instalado en la conciencia de la ciudadanía. Una calificación que la política se ha ido ganando a pulso: por su desvinculación del pueblo al que dice representar y al que está dejando tirado al borde del camino; por su complicidad y sumisión a los mercados y al omnipotente club de los banqueros y financieros; por su sectarismo, su corrupción y la utilización del engaño como método; por el secuestro y utilización de los medios públicos de información… Imposible reconocer en la actual imagen de la política el menor atisbo de espiritualidad.

Por su parte la espiritualidad, desvinculada voluntariamente de la política, tampoco está superando la banalidad que expresa la cultura del capitalismo neoliberal. Subsumida desde muy temprano por las religiones, éstas la han ido desligando sectariamente del mundo profano hasta convertirla en gueto de profesionales. Este matrimonio con las religiones ha ido reduciendo a la espiritualidad a los estrechos márgenes de un credo o un rito, pero también le ha ayudado, pensamos, a descubrir su verticalidad. Pero de lo que no cabe duda es que su divorcio del mundo político ha dejado a éste abandonado a su propia suerte o bien, en sentido contrario, se ha hecho frecuentemente cómplice de su injusticia. Por todo esto, tampoco la espiritualidad se libra de la sospecha y el descrédito.

El encuentro entre espiritualidad y política es hoy, a nuestro juicio, más necesario y urgente que nunca. Se trata de un patrimonio de toda la humanidad que afecta directamente al bienestar y a la convivencia entre los pueblos y culturas y que es demasiado importante como para dejarlo en manos de profesionales. Este encuentro nos va a exigir algunos movimientos que brevemente enumeramos:

En primer lugar, un esfuerzo para rescatar espiritualidad y política de su actual secuestro y volver a resituarlas en su verdadero suelo, como elementos esenciales que definen la propia identidad del ser humano que, por el mero hecho de serlo, es espiritual y político. Desgajar de él estas dos dimensiones y mantenerlas separadas nos está situando al borde de la esquizofrenia.

Necesitamos luego contextualizarlas porque somos seres en proceso, a quienes nos afectan de modo determinante tanto el espacio como el tiempo donde vivimos.

Y finalmente, no podemos olvidar que espiritualidad y política son también dos actividades destinadas a hacer la tierra más habitable. Olvidar este destino, será poner en peligro no solo la convivencia, sino también la misma tierra como casa común.