ESPIRITUALIDAD Y POLÍTICA

Benjamín Forcano

Éxodo 115 (sept.-oct.) 2012
– Autor: Benjamín Forcano –
20 autores, Edición a cargo de C. Cervantes, Kairos, 2011
 
Se trata de cómo aunar el arte de vivir (espiritualidad) con el arte de convivir (política), con un claro mensaje de pacifismo y no violencia. Son nada menos que 350 páginas, con la aportación singular de 20 cabezas pensantes y desde un análisis propio de la sociedad en que vivimos.

El libro representa una novedad si alcanzamos a seguirlo en lo que están hoy expresando las mentes más despiertas y solidarias. Los autores ofrecen claves que ayudan a entender la profundidad de la crisis y ofrecen soluciones para un nuevo rumbo.

Hay un punto de partida innegable: el paradigma que ha regido nuestra convivencia ha llegado a su agotamiento.

Venimos de culturas milenarias y, en especial nosotros, de la cultura occidental cristiana. La experiencia y la sabiduría acumuladas arrojan luz sobre el momento presente y demandan un paso nuevo:

“La economía contemporánea, escribe Jordi Pigem, es la primera religión verdaderamente universal. El ora et labora dejó paso a otra forma de ganarse el paraíso: producir y consumir” (p. 73).

Según Ervin Laszlo, “No podemos albergar la menor duda: si queremos vivir de un modo sostenible y en paz con los demás, debemos dar los pasos que conducen desde la conciencia tribal hasta la conciencia planetaria” (p. 119).

Encuentro especialmente interesante el análisis que hace María Corbí. Nuestra sociedad ya no vive de creencias intocables: “La nueva conciencia está en que todo debemos construírnoslo nosotros mismos, nada nos baja del cielo, ni nos es dado por la naturaleza de las cosas” (p. 82).

Esta nueva conciencia se ha extendido a todos los rincones de la tierra y es consciente de moverse en una sociedad de riesgo. Dentro de estas sociedades, las nuevas generaciones se desentienden del patrón de comprensión y valoración heredado de las religiones, dando lugar a un desmantelamiento total, como condición para asegurar que los nuevos postulados y valores broten directamente del protagonismo y responsabilidad de los ciudadanos: “En este contexto, la oferta de las tradiciones es libertad, paz y mansedumbre, distanciamiento del poder y todos sus atributos y distanciamiento de la riqueza. La espiritualidad no necesita para nada de príncipes de la Iglesia, sino de maestros del espíritu. Eso es lo que la espiritualidad puede ofrecer: cualidad humana, cualidad humana profunda. Vuelve a haber una relación entre la espiritualidad y la política, pero esta vez la espiritualidad sólo ofrece espíritu, sin el cual las nuevas sociedades no pueden funcionar correctamente” (p. 91).

En el pensamiento de unos y otros autores va apareciendo una doble constante de denuncia y propuestas. Así, por ejemplo, Joan Melé: “Hemos llegado al punto máximo de ruptura con lo espiritual, la visión materialista del ser humano y de la vida casi se ha constituido como un dogma que se impone desde una supuesta clase inteligente, que ante cualquier tipo de planteamiento espiritual exige demostraciones científicas. Como si fuera posible reducir al ámbito material algo que no lo es. Lo espiritual no se puede demostrar, sólo se puede mostrar, y luego, si se quiere, experimentarse” (pp. 167-168).

Antonio Gutiérrez-Rubí escribe: “Lo cierto es que nos sentimos perdidos. La política formal ha perdido el timón de mando de lo público. Incapaz de dirigir la voracidad de los mercados e insuficiente para representar el hambre de más democracia latente en nuestra sociedad, parece un notario de las injusticias y un administrador de las contradicciones sociales y económicas… La rebelión en estas circunstancias no es un motín contra la autoridad. Es una exigencia moral” (pp. 98-99).

Koldo Aldai y Leonardo Boff señalan como base, condición y proyecto para poder impulsar una nueva conciencia el descubrimiento de que a todos nos es intrínseca la condición de la ciudadanía universal y, con ella, la condición también universal de la dignidad humana, nos está haciendo como absurdos todos los intentos de ordenar el mundo en base a dualismos de dominación y exclusión. Nuestra cultura occidental -valiosa en muchos de sus principios y valores- está corroída por el cáncer de prácticas político-religiosas, imperialistas y colonizadoras, marcadamente eurocéntricas. “Espiritualidad y política se irán acercando más y más, pues la humanidad está dando importantes pasos en su evolución hacia la plena instauración del ideal supremos de la fraternidad humana, sentimiento que lleva implícito el otro gran ideal de la filiación divina. Somos hijos e hijas, no ya de éste o aquel Dios, del tuyo o del mío, somos hijos del Origen, de la Fuente de todo amor y de toda vida, y no importa el hombre que apliquemos a ese Alfa innombrable” (p. 199).

Para Leonardo Boff está surgiendo una nueva era humana, una nueva conciencia, marcada por el inagotable capital espiritual, que logrará que la economía sirva a la vida:“ He aquí que después de más trescientos años de exaltación de la razón asistimos a la locura de la razón, pues sólo una razón enloquecida organiza una sociedad en la cual el 20

MENSAJE DEL XXXII CONGRESO DE TEOLOGÍA

Varios Autores

Éxodo 115 (sept.-oct.) 2012
– Autor: Varios Autores –
 
Del 6 al 9 de septiembre de 2012 nos hemos reunido en Madrid cristianos y cristianas de las diferentes tradiciones eclesiales y de todos los continentes para reflexionar sobre Cristianismo, mercado y movimientos sociales, intercambiar experiencias y buscar alternativas. Queremos compartir el siguiente mensaje:

1El mercado-centrismo es la institución suprema del neoliberalismo que convierte a los seres humanos en mercancía y en piezas subalternas del sistema, identifica la justicia con el cumplimiento de la legalidad, dictada por el mercado, y reduce los derechos humanos al derecho de propiedad. El mercado genera situaciones de muerte para millones de seres humanos y para la naturaleza.

2Vemos con especial preocupación y nos provocan indignación las consecuencias de la crisis, provocada por los poderes financieros, que castiga injustamente a los sectores más vulnerables de la sociedad en todo el mundo, y de manera especial en algunos países de Europa como Grecia, Portugal y España, donde se está produciendo un espectacular incremento de la pobreza en una sociedad con recursos suficientes para satisfacer las necesidades de la población.

3En medio de esta situación valoramos positivamente los gestos de solidaridad de algunos miembros del clero y de la jerarquía eclesiástica, pero expresamos nuestro malestar e indignación ante el silencio de la Conferencia Episcopal Española, tan locuaz en otras ocasiones y ante otras cuestiones. La sociedad percibe dicho silencio como escándalo y complicidad con quienes han provocado la crisis. Nosotros lo consideramos insensibilidad ante la injusticia, alejamiento del mensaje liberador del Evangelio y falta de compasión con las víctimas. Creemos que tal actitud se debe a la cómoda instalación de la Iglesia institucional en una situación de privilegio. Lo que contrasta con los recortes en todos los terrenos.

4Nosotros mismos, los participantes en este Congreso, no estamos exentos de contradicciones e incoherencias entre nuestro modo de pensar alternativo y nuestra forma de vivir acomodaticia, nuestra actitud crítica y nuestra práctica conformista; la crítica al consumo y nuestro consumismo; la opción por los pobres y nuestra falta de testimonio de pobreza.

5La respuesta a la crisis requiere un nuevo paradigma que se traduzca en transformaciones estructurales, revolución de la subjetividad y de las conciencias, de los hábitos de vida y de las relaciones personales, bajo la guía y la prioridad de los valores éticos, presentes en todas las tradiciones religiosas, morales y espirituales, si bien con frecuencia incumplidos. Entre ellos cabe destacar: la dignidad humana frente al trato inhumano que reciben millones de seres humanos; el respeto a la vida, contra la violencia en sus diversas formas; la justicia global; la verdad, la honradez y la igualdad de género.

6Reconocemos la importancia de los movimientos sociales, que constituyen mediaciones necesarias para transformar la realidad; son alternativa al pensamiento único y a la globalización neoliberal; recuperan valores que parecían en vías de extinción y se rebelan contra una realidad caracterizada por la explotación, la dominación y la tendencia a reducir la razón a mero cálculo.

Especial significación ha reconocido el Congreso al feminismo como teoría de la emancipación y de la igualdad no clónica entre hombres y mujeres; práctica de la sororidad internacional y defensa de las reivindicaciones de las mujeres, que, con frecuencia, se ven relegadas en nombre de “intereses generales superiores”, incluso en los propios movimientos sociales.

7No podemos instalarnos en el pesimismo y el fatalismo históricos. Existen alternativas. Por eso apoyamos y hacemos nuestras las iniciativas siguientes para salir de la crisis: creación de una asamblea constituyente, desobediencia civil, banca ética, tasa Tobin, reparto del trabajo, universalización de los servicios sociales, reconocimiento de la ciudadanía a todos los residentes en nuestro territorio, pactos de ayuda mutua sin subordinación, soberanía alimentaria, cambio en los modelos de producción, etc.

8Como cristianas y cristianos nos comprometemos a:

• Recuperar la herencia de Jesús, que se caracteriza por la opción por los excluidos y marginados, la compasión como principio de actuación y la afirmación de la autoridad de los que sufren.

• Seguir el espíritu y la práctica de Jesús, que consiste en humanizar el mundo comenzando por los últimos, luchar contra el olvido de las víctimas y ponernos de su lado.

• Afirmar la incompatibilidad entre Dios y el Dinero y luchar contra el Imperio del Dinero.

• Practicar la resistencia al sistema desde la no violencia activa.

• Participar activamente en los movimientos sociales, los antiguos y los nuevos, y de manera especial en los diferentes Foros Sociales, que trabajan por “Otro Mundo Posible”, y en el movimiento de los Indignados, en cuyo horizonte se sitúa Jesús de Nazaret, Indignado con las autoridades religiosas, el patriarcado y los poderes políticos y económicos de su tiempo.

Madrid, 9 de septiembre de 2012.

LA DIMENSIÓN POLÍTICA DE LA ESPIRITUALIDAD QUE EMERGE DESDE EL MEDIO RURAL

Jerónimo Aguado Martínez

Éxodo 115 (sept.-oct.) 2012
– Autor: Jerónimo Aguado Martínez –
 
Evaristo Villar me propone escribir un artículo sobre espiritualidad y política, que nos ayude a reflexionar a partir de cómo vivimos esta dimensión desde los pueblos, en la TIERRA DE CAMPOS, comarca donde trabajo y vivo.

A Evaristo no le puedo decir que no a la propuesta planteada, aunque sí debiera de haberle dicho que un servidor no es la persona indicada para abordar su demanda. Pero lo cierto es que no me atreví a comunicárselo y decidí asumir el compromiso, aun siendo consciente de mi ignorancia sobre el tema que nos ocupa.

Adelanto pues a los lectores/as de ÉXODO que en el presente artículo sólo van algunas pinceladas de mi vivencia personal sobre la dimensión espiritual y la práctica política en el contexto de un mundo rural olvidado.

Hace cinco años el entrañable Leonardo Boff tuvo la gentileza de acercarse a uno de los proyectos en los que estamos implicados en nuestra comarca: AMAYUELAS-MUNICIPIO ECOLÓGICO. La invitación, que aceptó con mucho agrado, tenía como objetivo poder participar en EL FORO PARA EL DIÁLOGO Y LA EXPRESIÓN DE NUEVAS UTOPÍAS, donde nos habló sobre el “AMENAZADO PATRIMONIO CUMÚN DE LA TIERRA. EL DESTINO COMÚN EXIGE UN CAMBIO DE RUMBO”.

En el desarrollo de su magnífica intervención caló hondo en mi interior una de las muchas ideas que allí desarrolló, idea que venía a transmitirnos la urgente necesidad del ser humano en pleno siglo XXI de dar un paso más a lo que han significado las propuestas históricas lideradas por el movimiento ecologista internacional (REDUCIR, REUTILIZAR, RECICLAR…) para abordar los graves problemas medioambientales creados por las formas de vida promovidas por un modelo de desarrollo que se asienta en el principio del crecimiento ilimitado. Leonardo nos proponía incorporar en nuestros idearios una cuarta ERRE (¡REARBORIZAR!) para simbolizar la urgente necesidad que tiene la humanidad de RENCONTRARSE con la naturaleza de la que hacemos parte, y dar una respuesta inmediata a los daños que le hemos causado como fruto de impulsar un modelo de desarrollo económico que ha puesto por encima de todo el dinero y el lucro.

Pero además, Leonardo nos invitaba a la acción inmediata para reponer los daños causados mediante el acto personal y colectivo de REPOBLAR EL PLANETA, LA CASA COMÚN, para así poder borrar el color grisáceo que hoy contemplamos en muchos lugares del mundo, sustituyéndolo por el verde ESPERANZA de nuestros bosques y de una agricultura viva.

Si entendí bien, la propuesta de Leonardo, el acto de plantar árboles, tiene una doble dimensión, la dimensión material (REPOBLAR), que a su vez está íntimamente ligada a una práctica política (cambio de las políticas agrícolas, cambio de modelo agroalimentario y forestal,) y la dimensión espiritual, relacionada con la experiencia vital de recuperar el vínculo que los humanos hemos perdido con la MADRE TIERRA, como fruto del maltrato a la que la hemos sometido a través de todas las agresiones medioambientales que nuestro modo de producción, consumo, y de vida, lleva implícito.

Tierra de Campos es una de esas comarcas donde se puede apreciar cuánto daño hemos hecho a nuestra casa común. A los grupos de personas con los que trabajamos por defender UN MUNDO RURAL VIVO, siempre les invito a conocer in situ nuestra comarca, para que puedan ver con sus propios ojos los impactos de la actividad humana durante los dos últimos siglos, y en el caso que nos ocupa, los impactos del modelo agroexportador que nos impusieron (y nosotros lo consentimos…) haciendo desaparecer las agriculturas a pequeña escala y en manos de las gentes de nuestros pueblos. Su resultado son pueblos y territorios abandonados, culturas ancestrales aniquiladas, ecosistemas destruidos, agricultura sin agricultoras y agricultores, tecnologías agresivas para con el medio ambiente, alimentos contaminados, tierra sin olmos y sin almas…

Después de muchos años de trabajo por defender nuestros pueblos y enfrentarnos a los diversos atropellos de los grupos de poder para frenar todas las agresiones que han planificado y desarrollado contra nuestras gentes y nuestros territorios; después de construir diversidad de microiniciativas (cooperativas, proyectos de autoempleo, educación popular, recuperación de pueblos abandonados…) para dar respuesta a los problemas cotidianos de la gente, sólo la fuerza de la dimensión espiritual me ha ayudado a dar coherencia y sentido a nuestras luchas.

Esta dimensión se va descubriendo (fui descubriéndola) cuando incorporas a tus praxis cotidianas el valor de la vida, generada en la diversidad de ecosistemas donde el ser humano es uno más, y cómo ésta emerge y se multiplica en cualquier resquicio donde la solidaridad se haya antepuesto a la cultura de la competencia y el individualismo, y donde el centro de atención prioritario son las partes débiles (los primeros en ocupar un puesto en el reino siempre serán los últimos), los excluidos/as del modelo neoliberal, especializado en globalizar el hambre y el sufrimiento humano, modelo que sobrevive explotando, excluyendo y extrayendo de la madre naturaleza todo lo posible, sin reponer nada a cambio.

Yo no sé si los tratados teológicos sobre espiritualidad caminan por estos derroteros; pero sí sé que nuestra presencia y praxis política, nuestra lucha POR UN MUNDO RURAL VIVO, en una comarca desértica (humana y medioambientalmente hablando), donde intentamos crear vida donde apenas ya no la hay, sólo es posible entenderla desde una dimensión mucho más profunda que el puro activismo sociopolítico.

Defender nuestra tierra (para que algún día sea tierra de todos y de todas…) conlleva posicionarnos contra el modelo neoliberal que, junto a las grandes corporaciones del agronegocio, poco a poco ejercen un control absoluto sobre los BIENES COMUNES: la tierra, las semillas, el agua y los alimentos.

Pero también, para defender nuestra tierra, lo hacemos construyendo proyectos alternativos en manos de nuestras gentes, plantando árboles, sembrando nuestros campos con semillas locales, produciendo alimentos sanos para alimentar al mundo y no a los mercados financieros, y agradeciendo todos los días al sol la energía que nos proporciona generosa y gratuitamente.

Y todo para que algún día no muy lejano en TIERRA DE CAMPOS hayamos recuperado el verdor perdido, nuestros olmos y nuestras almas.

Gracias, Leonardo, por ayudarme a descubrir la dimensión política de nuestra espiritualidad… Desde nuestro encuentro en Amayuelas, los árboles que planto todos los años tienen otro sentido: hacer de los obstáculos nuevos caminos, pues como muy bien nos dice nuestro amigo Joaquín García Roca, a la vida le basta el espacio de una grieta para renacer.

FORO QUE CAMINA

Koldo Alday

Éxodo 115 (sept.-oct.) 2012
– Autor: Koldo Alday –
Reflexiones sobre los foros espirituales
 
Había llegado la hora de intentar el sueño de los credos reencontrados. Había que fijar un punto en el espacio y en el tiempo para el ensayo, para la prueba. Ya no sólo dialogar, ya no sólo debatir, elucubrar…, sino respirar, sentir, invocar, proclamar… juntos la hora tan postergada de la comunión.

Con el Foro espiritual de Estella hemos pretendido responder de alguna manera a algo de ese sueño. Hemos organizado ya cinco eventos que se han desarrollado en un clima de genuina, de auténtica fraternidad entre los reunidos de las diferentes confesiones.

Estamos contentos de constatar cómo la cita se ha sido consolidando edición tras edición (ahora tiene una periodicidad bianual). Gentes de diferentes filiaciones religiosas y espirituales nos manifestamos unidas por un profundo sentimiento de amor a Dios y la humanidad, unidas por unos mismos valores superiores. Somos diferentes pero estamos unidos por unos mismos valores eternos.

Es necesario que quienes hemos tomado la determinación de servir al mundo desde la fe, desde nuestra conciencia de lo trascendente, nos unamos y establezcamos una colaboración más consciente creciente. Es necesario que nos unamos quienes hemos tomado el compromiso de espiritualizar la tierra. Cuando decimos espiritualizarla nos referimos a llenarla de armonía de orden, de belleza, de genuino gozo. Cuando decimos espiritualizarla, nos referimos a llenarla de justicia, de amor, de esperanza, de paz.

Con los ideales, principios y metas que compartimos, podemos dar un hermoso testimonio al mundo. No podemos pedir a la humanidad una unión que nosotros previamente no somos capaces de gestar, no podemos pedir unos lazos de armonía que previamente entre nosotros/as no hemos sido capaces de establecer.

Las grandes civilizaciones de la tierra están llamadas a aliarse, pero cada uno de nosotros y nosotras, cada una de nuestras comunidades somos una pequeña civilización diferenciada pero igualmente destinadas a unirse. Cada comunidad religiosa y espiritual tiene su cometido, su sentido especial, pero no olvidemos que juntas también tenemos un importante cometido. Nuestras diferentes civilizaciones están llamadas a vivir en armonía, paz y gozo, estableciendo lazos de creciente confianza y cooperación…

Tenemos tanto que aprender del otro, de la otra… de su legado, de su doctrina, de sus libros, de sus vivencias y prácticas, sobre todo de su testimonio personal… Podemos equivocarnos, podemos detenernos o incluso dar algún paso para atrás, pero no nos cabe la menor duda de que el futuro se escribe en clave de unión en la diversidad, unión en la esencia y pluralidad de formas, en clave de fecundación interna, de mutuo enriquecimiento espiritual. Ese es el camino que aquí también en Estella, con la ayuda de Dios, también transitamos.

Vivimos un tiempo que sentimos suspirado y privilegiado. Intentamos dar con las claves de los nuevos espacios, sobre los que se asientan las ceremonias de la nueva espiritualidad sin nombre. El propósito quizás supere la organización de un evento puntual. Deseamos colaborar en el avance en la plasmación y concreción de las ceremonias del mañana, basadas en el principio de unidad en la diversidad.

Hemos tomado iniciativa en lo que se refiere al fomento del ancho círculo como nuevo espacio de celebración viva, profunda y espontánea entre los diferentes. Esa iniciativa respondía a una demanda que quizás sea mayor de lo que pensamos. Estella y su modo de enfocar sobre todo el aspecto ceremonial (el aspecto más innovador), puede ser un referente.

Intentamos responder a la demanda de las almas que palpitan en clave de ancha comunión. Muchos compañeros/ as demandan más encuentros participativos en la línea de lo ya avanzado a orillas del Ega. Hemos implementado claves más participativas y han funcionado. ¿No será el momento, de establecer colaboración con otras gentes? ¿No será la hora de universalizar un poco la idea del Foro? Hay compañeros/as que demandan espacios participativos y por eso el Foro sigue atrayendo. Los eventos tipo Congreso fomentan actitudes más pasivas y receptivas y su arraigo se limita al ámbito teológico-intelectual. El formato de encuentros más vivenciales, en unidad diversa, está llamado a extenderse en el futuro. Deseamos saber bien administrar el caudal de confianza ganado. Puede ser llegado el momento de nuevos pasos, de establecer líneas de colaboración con compañeros/as que trabajan en sus localidades en la misma línea.

De las claves que manejamos, una de las más importantes es, sin lugar a dudas, las danzas de paz universal. Estas danzas, que no pertenecen a ninguna tradición en particular, procuran un clima de fraternidad y de unión con el Cielo que pretendemos alentar. Esas danzas diseñadas para el acercamiento entre los credos, se adecuan a los nuevos círculos ceremoniales. ¿Habrán sido inspiradas por el Cielo y formarán parte del Plan y de la voluntad de implementación del nuevo ceremonial?

Se nos dio un prado a la orilla del Ega, se nos dio un ideal y lo hemos sembrado. El resto no es nuestro, es del Viento y de Quien lo Sopla. Sólo sepan Arriba que seguiremos sembrando…

MI ITINERARIO EN EL CUIDADO Y REORIENTACIÓN DE GENTE MARGINAL

Luis Sandalio

Éxodo 115 (sept.-oct.) 2012
– Autor: Luis Sandalio –
 
Entiendo que se me pide para estas páginas una exposición más testimonial que sistemática y desde esta perspectiva voy a hablar en primera persona sin pretender aleccionar a nadie, simplemente ofreciendo un itinerario, aún inacabado, por si a alguno le sirviere.

A la altura pues de mis cincuenta y muchos años, más de la mitad de ellos dedicado al cuidado y reorientación de gente marginal (visitando cárceles, impartiendo cursos de formación de voluntariado, acogiendo en nuestra comunidad a presos de permiso o en sección abierta o en libertad condicional…), otros tantos dedicado como cura a una parroquia y luego a acompañar, estimular y orientar la fe de los que llegan a nuestra comunidad por diferentes caminos…, otros años dedicado a estimular proyectos artísticos (teatro, cine, exposiciones…) que integren un desarrollo de la espiritualidad y un compromiso social coherente…, y después de ir dejando por escrito en diferentes géneros literarios constancia de la evolución de mis experiencias e ideas…

Me atrevo a sintetizar lo que estas dos palabras: espiritualidad y política, representan para mí en base a dos experiencias paralelas…

1ª.- El acercamiento vital y definitivo a los marginados me obligó primero a replantearme mi espiritualidad y después mi pertenencia a una institución (la iglesia oficial) que no responde con sus hechos a los principios que la hicieron nacer, de tal manera que con este replanteamiento creo haber ganado mucho en profundidad y en libertad y lo considero una gracia no merecida.

2ª.- La toma de conciencia cada vez más clara de la criminalidad de un desorden mundial establecido y legalizado, que ha desembocado en esta crisis brutal que sufrimos, me ha obligado también a replantearme un compromiso ciudadano que antes estaba adormecido o supeditado a otros valores que yo consideraba más elevados.

Respecto a la primera experiencia, me sigue afectando cada vez con mayor urgencia el desamparo, la frustración y el vacío de orfandad que ha dejado en una inmensa mayoría de personas la deriva de una iglesia oficial (y otras instituciones religiosas) que ha querido proseguir en un mundo cada vez más consciente de su adultez (no sinónimo de madurez) el trato infantilizante y regresivo aplicado tradicionalmente a sus seguidores. Se empeñan en seguir haciendo de guardería infantil para todas las edades; aunque esto ya solo sirve para la primera infancia y para la ancianidad y cada vez menos.

Esto unido a la práctica ausencia de otras alternativas que ayuden a madurar y crecer humanamente a las personas, a mí (y pienso que también a mucha otra gente) me está demandando un planteamiento nuevo en el que individual y colectivamente se afronte la espiritualidad desde una formación seria y libre, adulta y responsable, capaz de desechar sucedáneos baratos y de comprometerse en un desarrollo plenamente humano, respetuoso y enriquecido con todas las creencias, fundamentado en la búsqueda personal y probado en las batallas sociales y políticas de la vida cotidiana.

La segunda experiencia me ha obligado a estudiar campos que nunca me habían interesado (economía, política, internacionalización de movimientos sociales…) y que me han ayudado a comprender la estafa de que estamos siendo víctimas con el engaño y fracaso de todas las democracias que se han sometido vilmente al poder de las estructuras financieras y de las personas deshumanizadas que las manejan.

Este sometimiento encanallado ha cristalizado en un comportamiento mafioso, desregulador, autodestructivo y suicida que de tal manera aplasta y esclaviza al ciudadano (expoliando al mismo tiempo irresponsablemente al planeta), que nos exige con urgencia una reacción ciudadana comprometida y organizada que devuelva a la política su verdadera función de promover y defender los Derechos Humanos buscando el bien común (o sea el de todos) comenzando por los más débiles.

Esto también nos está demandando una formación exigente y seria para no sucumbir a los cantos de sirena de unos medios de comunicación miserablemente vendidos al mejor postor y poder así armarnos de criterios claros que nos ayuden a valorar el destrozo social que están provocando en el 99% de la población ese 1% de plutócratas enfermos y sus secuaces.

Es preciso cada vez más organizarse para luchar, pues hoy, como siempre, hay razones, situaciones e ideales por los que merece la pena sacrificar no solo nuestra tranquilidad o aparente seguridad (ya que bienestar no nos queda); sino la vida misma.

Para mí, personalmente, el modelo a seguir (entre otros muchos de los que tanto he ido aprendiendo) sigue siendo, y cada vez más, Jesús de Nazaret y su mensaje del Reino.

Ya para finalizar, si me preguntaran qué hacemos nosotros (Asociación Camino de Fe y Esperanza) para concretar algo de todo esto que he expresado, humildemente hablaría:

De nuestras casas abiertas para compartir la vida con los necesitados. De nuestra labor en la cárcel reorientadora de vidas.

De nuestra EXPOCÁRCEL itinerante para mentalizar a los ciudadanos del gran abismo que separa la legalidad de la Justicia y del grandísimo escándalo y daño que provoca la corrupción e impunidad de los magnates de la delincuencia que están por encima y a salvo de la ley.

De “No tenemos miedo”, un documental sobre la crisis de próxima aparición.

No es mucho; pero para nosotros es bastante y nos da energía y luz para seguir viviendo con fe, esperanza y dignidad.

EN BUSCA DE LOS HERMANOS

Gregorio Ubierna Güenes

Éxodo 115 (sept.-oct.) 2012
– Autor: Gregorio Ubierna Güenes –
 
Nuestra vida tiene o debe tener una dimensión unitaria. No se puede actuar sin pensar, ni pensar sin actuar. La reflexión y la acción deben dar unidad y sentido a la vida. De esta manera, la espiritualidad da sentido a la acción política y la política da forma a la espiritualidad. Nosotros, en Comunidades Cristianas Populares, recordamos muchas veces el método analítico del ver-juzgar-actuar.

Miramos la realidad, contemplamos el mundo, observamos el comportamiento humano, pero lo hacemos desde nuestro interior, al tiempo que también ahondamos en nuestro interior. Esa sería la parte más específica de nuestra espiritualidad: mirar desde dentro y mirar hacia dentro, para luego poder actuar con acierto fuera, en la sociedad, en la política. Para esto no hace falta ser cristiano, basta con ser una persona honesta que busca una relación armoniosa con los otros seres.

La espiritualidad es la llama de la vida, que te permite dar un paso hacia tu hermano. No se alimenta de la nada, ni de las ideas exclusivamente; es la vida social, la política, la que madura la espiritualidad. Yo soy una unidad compacta e indivisible de espiritualidad y política. Mi vida madura, se desarrolla y crece en interrelación con las otras personas. Mi riqueza interior y mi trabajo se unen a los de los otros para construir una sociedad organizada. Qué tipo de organización nos queremos dar, es lo que decidiremos con la actividad política.

Hans Kung ya pronosticó en 1990 el caos en que ahora estamos envueltos y que tiene su origen en una economía y una política sin valores morales. También Roosvelt afirmó que la moral no sólo es necesaria para ser personas honradas, sino también para hacer una buena y eficaz economía. Sin ética y espiritualidad no hay política que se precie de serlo. Nos venden una democracia basada en un estado de derecho, pero lo que impera es el estado de la ley, que silencia a los disidentes y persigue a los rebeldes. Esta democracia ha creado un poder extraño a la colectividad, hostil y hasta peligroso, que viene impuesto por la acción de fuerzas ocultas.

La democracia, o cualquier sistema de organización social que esté orientado por la espiritualidad, debe ser fundamentalmente el sistema donde todas las preguntas pueden y deben ser hechas. No vale censurar, condenar, negar; hay que preguntar por qué, aunque los hechos sean dramáticos o incomprensibles. La persona espiritual es aquélla que puede percibir siempre el otro lado de la realidad, porque la espiritualidad es la actitud que pone la vida en el centro (como dice L. Boff).

Para disipar cualquier duda, debemos afirmar con K. Marx que es la vida la que determina la conciencia y no a la inversa. La transformación social pasa necesariamente por un cambio o profundización en las dimensiones más interiores o espirituales del ser humano. Es necesario comprender de manera diferente y más correctamente la verdadera finalidad de nuestra existencia en esta tierra y la importancia de nuestros actos. La justicia no es solo un problema socio-político, sino también un problema espiritual.

Porque la dominación que ejercen los poderes fácticos sobre todos nosotros no es sólo de carácter político- económico, sino también cultural y sociológica. El problema más grave que nos concierne es que los valores de los opresores han sido interiorizados por las víctimas (como afirma N. Chomsky) y sólo desde esa dramática realidad pueden entenderse muchas actitudes y comportamientos sociales. Así puede explicarse el seguidismo y apoyo electoral que cosechan los políticos, a pesar de que casi todas las personas en privado admiten que son unos mentirosos y unos corruptos que no defienden a los ciudadanos.

Esta locura colectiva suicida es la que debemos superar en primer lugar para alcanzar la concientización, hasta interiorizar los valores alternativos y opuestos a los de los opresores. Aquí tiene que jugar un papel decisivo la espiritualidad, porque necesitamos analizar en profundidad la realidad, hacernos muchas preguntas y mirar a nuestro interior para desmontar muchos mitos y prejuicios sociales que han sido grabados en nuestra mente por la publicidad y por los medios de comunicación.

Hoy es imprescindible que la espiritualidad oriente la acción política para darle un matiz humano, para poner a la persona en el centro de todos los intereses, para combatir la política de rapiña que nos han impuesto, dominada por el materialismo, la especulación y la mentira, donde la persona es sólo un objeto que consume y produce riqueza. Debe cambiar radicalmente la concepción de la vida y de la economía. La revolución cultural es una necesidad histórica que nos debe conducir a la revolución económica y social.

Como dice Helder Cámara, “cuando sueñas solo, sólo sueñas; cuando sueñas con otros, es el comienzo de la realidad”. Es la organización social, política y económica que debe ser construida con la participación de todos y todas y que debe ser muy diferente a la que conocemos. Las decisiones importantes ya no serán tomadas por una persona ni por una élite, sino que serán debatidas y participadas por todos.

ZENDO BETANIA

Ana María Schlüter Rodés

Éxodo 115 (sept.-oct.) 2012
– Autor: Ana María Schlüter Rodés –
 
CÓMO NACE Y QUÉ PRETENDE EL CENTRO ZENDO BETANIA

El centro de espiritualidad Zendo Betania1 está ubicado en las afueras de Brihuega (provincia de Guadalajara). Fue fundado por un miembro del instituto religioso de las Mujeres de Betania, que inspiradas por el Espíritu que impulsó a Jesucristo, con mentalidad universal y abiertas a los signos de los tiempos, en medio del mundo y con gran respeto por cada ser humano y toda creencia religiosa, se dedican a promover el arte de “abrir los ojos a la realidad divina”, dando frutos concretos en la sociedad.

El Concilio Vaticano II exhortó a los cristianos que reconozcan, guarden y promuevan los bienes espirituales así como los valores socio-culturales de otras religiones (cf. Nostra Aetate, § 2) y que asuman las tradiciones ascéticas y contemplativas de las antiguas culturas en que el Espíritu ha obrado antes de la proclamación del evangelio (cf. Ad Gentes, § 18).

En este contexto hay que entender la actividad de Zendo Betania. No se practica zen cristiano ni cristianismo zen. Por el contrario, zen y fe cristiana entran en un contacto de tensión fructífera, enriqueciéndose e interpelándose mutuamente, en base a sus equivalencias y diferencias.

De esta manera, a través del zazen, se desea ayudar al hombre moderno al reencuentro con sus propias raíces profundas, en un clima de ecumenismo y de respeto hacia todas las personas y creencias. En armonía con la fe cristiana y por ende con el núcleo auténtico de toda religión. Se proyecta en una actividad cultural y solidaria con personas y poblaciones desfavorecidas. Acoge, sin distinción de sexo, de religión o de ideas políticas, a cuantos buscan su ayuda en aras del crecimiento espiritual personal, para convertirse en personas más valiosas para su entorno social y ecológico.

¿QUÉ ES ZEN?

Según unas palabras atribuidas al Bodhidharma, primer patriarca zen de China (s. VI) el zen es:

Una transmisión especial al margen de toda doctrina.

No se basa en palabras ni letras.

Apunta directamente al corazón humano y lleva a ver la realidad (kensho) y a conseguir vivir despierto (jobutsu).

Es una transmisión especial, porque no se trata de transmitir nada, sino de despertar a lo que ya está desde siempre. Es un camino de práctica, en el que prevalecen:

Zazen: sentarse a solas con el misterio.

Samu: trabajo manual hecho con devoción.

Teisho: orientación grupal por parte de quien guía.

Dokusan: acompañamiento personal. Se transmite dentro de un marco de vida ética. El zen sin vida ética lleva al desastre.

No se basa en palabras ni letras. La Realidad Última es inefable, es una y la misma siempre y a la vez, sin embargo, desde el despertar de Shakyamuni Buda (India s. V a. C.) la práctica ha ido discurriendo en un marco de enseñanzas y gestos característicos. “Si una enseñanza fuera de toda escritura no admite la enseñanza dentro de las escrituras, no es verdadera enseñanza” 2.

Si bien el cauce del zen lo constituyen una vida ética y una enseñanza correcta, el cauce, por necesario que sea, no hace al río. El agua de este río es una fuente que brota en el mismo corazón humano. La práctica del zen lo hace aflorar en la superficie. El arte zen, o zen-do, es el arte de asentarse en el hondón del alma, y su primer fruto es joriki, una fortaleza que surge de este abismarse, una mayor capacidad de concentración, de superar las distracciones de la mente y de vivir en paz en cualquier circunstancia. Pero la práctica continuada del zen, que de sata un proceso de purificación, sobre todo lleva a ver la realidad (ken-sho), es decir, a despertar, y a conseguir vivir despiertos (jo-butsu).

¿QUÉ ES VIVIR AUTÉNTICAMENTE DESPIERTOS?

Hay una ceguera o miopía que consiste en ver la realidad de un modo superficial, solamente en lo que alcanzan a comprender los sentidos y el entendimiento. Pero eso es percibir una realidad sesgada, y moverse a partir de esta percepción es obrar a ciegas, desde donde campan a sus anchas la codicia, el odio y el orgullo. Zen elimina los elementos venenosos e ilumina los sentidos, decía el Sexto Patriarca zen de China, Hui-neng (637-713).

La dimensión espiritual se escapa de los sentidos y del entendimiento, los rebasa. Es una dimensión constitutiva del ser humano, no un añadido piadoso. Ethos anthropo daimon, “la morada habitual para el hombre es lo divino”, decía Heráclito. Un filósofo ateo, André Comte- Sponville, afirma abiertamente que “la espiritualidad es el aspecto más noble del ser humano”. El olvido de la dimensión profunda conduce a una “anemia espiritual” insoportable (Mónica Cavallé), que hace que “la epidemia más grave del mundo moderno sea la superficialidad” (Raimon Panikkar), cuya consecuencia es la egocentración y el vacío.

La práctica del zen lleva al despertar, a caer en la cuenta de esta dimensión profunda. Pero un momento de caer en la cuenta no hace todavía un despierto. Si antes se era ciego por no percatarse de la realidad invisible, de res non nata, nada, no cosa, vacío para los sentidos, después de un primer momento se puede caer en un deslumbramiento y dejar de ver las cosas concretas. Todo es lo mismo, no se ven las diferencias. Todo da igual. Todo está bien. En lo social y político lleva a una inhibición desastrosa.

Por el contrario, si no se percibe la igualdad, la unidad de cuanto existe, la dualidad se pervierte en dualismo. Entonces las relaciones personales se vuelven destructivas y aparecen el dominio y la explotación. Pero, por otra parte, si se deja de percibir la dualidad, es decir, las diferencias, la unidad se pervierte en monismo, en falsa igualdad, y lleva a ignorar a la persona individual no tomándola en serio, no respetándola. No se toleran las diferencias. También en este supuesto, se deterioran las relaciones personales, pues en el fondo se niegan; y, en cuanto a la naturaleza, se la destruye porque, en semejante percepción distorsionada de la realidad, no hay nadie que destruya ni nada que pueda ser destruido.

Una percepción auténtica de la realidad en el marco de una interpretación correcta (orto-doxa dentro del marco religioso cultural respectivo) lleva a una actuación correcta (orto-praxis).

LOS CINCO RANGOS DEL DESPERTAR

El maestro zen Tosan (807-869) en sus “Cinco Rangos” 3 describe lo que es un auténtico despertar, un despertar que lleva a la acción. Habiendo llegado a un primer momento de percatarse de la realidad sin forma es necesario llegar a ver las formas en el “vacío” (primer rango). Como quien ha cogido un abanico, lo ha conseguido colocar en vertical sobre la mesa y ahora lo abre un poco, eso sería en imagen: en la vertical la inclinación. Ver las diferencias en lo uno. En el lenguaje cristiano equivale a “ver todas las cosas en Dios”.

Otro matiz es el ver en todas las cosas, formas o las diferencias lo uno (segundo rango). En lenguaje cristiano: “ver a Dios en todas las cosas”. Con la imagen del abanico sería sostenerlo hacia abajo algo abierto: en la inclinación la vertical.

Despertar auténtico siempre es en la vertical la inclinación y en la inclinación la vertical. Estos dos primeros rangos son la base para un actuar iluminado o despierto. Son la base para toda acción compasiva, no egocéntrica, en la política y en cualquier otro ámbito. No hay que quedarse en los dos primeros rangos, en el mejorarse a sí mismo sino salir afuera, hacia el otro. Entonces el abanico se abre del todo y está preparado para actuar de forma beneficiosa, aportando alivio a los demás. Se llama “salir de la vertical” (tercer rango). Se entiende a veces como unentrar- en-el-mundo-del-polvo, otras veces también como salir-del-mundo- del-polvo. Juntos significan llegar a estar en el mundo sin quedar atrapado por el mundo. Dicho en lenguaje evangélico: en el mundo pero no del mundo (cf. Jn 17,16-18).

De hecho solo en el cuarto rango se acaba de abanicar llevando frescor y solaz a quienes sufren. Se ha “llegado a la consistencia” (cuarto rango). En medio del mundo, libre del mundo. “Como loto en el fuego”, según lo expresa la tradición zen. Aquí no actúan la codicia, el odio y el orgullo que están en la raíz de las devastadoras políticas que sufre nuestro mundo.

Se ha llegado verdaderamente a casa (quinto rango”). Se actúa sin actuar. Una instancia más profunda actúa, una instancia que está en armonía con el universo. Ya no actúo yo, es Cristo quien actúa en mí, cambiando un poco lo dicho por el apóstol Pablo. Es el final, y es el principio. Fernando Urbina, en un retiro sobre San Juan de la Cruz para curas obreros, insistía en cómo la contemplación, cuando libera realmente a la persona de sus ataduras internas, la lleva a “insertar sus esfuerzos en la verdadera y real profundidad de la acción divina que impulsa silenciosamente la historia”4.

Santa Teresa dice en las Séptimas Moradas, que de la unión más íntima con Dios, “del matrimonio espiritual deben nacer obras siempre obras” 5. Para el Maestro Eckhart, Marta, una de las dos hermanas de Betania, aúna la contemplación con la acción, es virgen totalmente abierta a Dios y mujer que constantemente da a la luz obras 6.

¡Qué espectáculo tan triste y nefasto el de una política sin dimensión espiritual auténtica!

Sentarse (en zazen o de otra manera) – ver – actuar – juzgar – actuar – sentarse – ver – juzgar – actuar –sentarse – ver ….

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1 www.zendobetania.com.

2 Isshu Miura & Fuller Sasaki, The Zen Koan. Harcourt Brace Jovanovich Publishers, San Diego/New York/London 1965, 54.

3 Hisamatsu Hôseki Shinichi (trad. A. Schlüter), Los cinco rangos del maestro zen Tosan. Herder, Barcelona 2011.

4 Fernando Urbina, Comentario a Noche oscura del espíritu y Subida del Monte Carmelo de San Juan de la Cruz. Marova, Madrid 1982, 131.

5 Santa Teresa de Jesús, Las Moradas, “moradas sétimas”, capítulo 2º.

6 Meister Eckehart, Intravit Jesus in quoddam castellum, en: Deutsche Predigten und Traktate. Carl Hanser Verlag, München 1963; Predigt 2, 159-164. En: Tratados y sermones. EDHASA, Barcelona 1983, 271-280.

UNA RELACIÓN ORIGINARIA CON EL UNIVERSO

Ángels Canadell

Éxodo 115 (sept.-oct.) 2012
– Autor: Ángels Canadell –
 
1 Una de las características que definen nuestra época consiste en haber convertido la Tierra en un objeto del mercado mundial y en haber hecho desaparecer el mundo, como universo, de nuestra experiencia concreta. La mentalidad industrial ha eclipsado la sensibilidad inherente a la conciencia humana de percibir en el agua, el aire o la tierra, nuestra naturaleza común.

Desde la filosofía, la antropología, la política, la economía o la espiritualidad, todas las Instituciones han mantenido la conciencia de la radical división entre el mundo humano y el mundo no-humano y han actuado desde ese posicionamiento. Valores y derechos se consideran relativos a los seres humanos, dando por supuesta la ausencia de principio vital o consciente en los demás seres vivos o ecosistemas.

Hemos aprendido a relacionarnos instrumentalmente con todo lo vivo y reproducimos este punto de vista al tratar con nosotros mismos. El mundo no-humano, convertido en recurso, está al servicio de nuestro estilo de vida. Esta alienación básica está en el origen del deterioro del planeta.

Hemos perdido la capacidad de tener una relación original con el universo, y con la tierra. Es decir, una relación de conexión con el origen.

El lenguaje espiritual predominante en nuestra tradición también ha contribuido a ese distanciamiento en la medida en que se ha considerado al ser humano como el centro de la creación y en la medida en que se ha interpretado la trascendencia como un reino más allá y diferente del tiempo y la materia.

Así, el mismo dualismo que nos ha alejado de la Tierra, nos ha separado del principio divino inherente a todas las cosas. Tanto la ciencia como la espiritualidad se han alejado del mundo del devenir, en busca de certezas cognitivas o garantías de salvación más allá de lo concreto y cotidiano.

Estamos cambiando la química, la geografía del planeta a una escala nunca antes imaginada. ¿De qué nos sirven nuestros conocimientos si no sabemos reconducir el lugar de nuestra especie en la Tierra?

Las crisis contemporáneas nos impulsan a avanzar colectivamente hacia formas más complejas de pensar. La necesidad de una nueva visión del mundo es reconocida desde hace décadas. Es necesaria una maduración de la conciencia humana, un eslabón más del pensamiento desde donde podamos integrar las diferentes dimensiones de lo real.

La polaridad ser-devenir, así como la escisión entre sujeto y objeto, son aún el mayor escollo para avanzar hacia una nueva visión del mundo capaz de generar sentido y orientación a nuestra época.

2 La experiencia cosmológica

Necesitamos estar anclados en el universo, del mismo modo que necesitamos interpretar nuestra condición humana en él. Es inherente a la conciencia saberse finita y vinculada a lo infinito. La experiencia cosmológica, es decir, la experiencia de cómo el universo se manifiesta a la conciencia, es el punto de partida de todo andar cognitivo. Desde ella cada comunidad interpreta su paso sobre la tierra, genera un relato sobre su origen y da inicio a una cultura.

La relación originaria con el universo así como la percepción de estar alineado entre la tierra y el cielo proporcionan el primer sentido de identidad personal. Desde ese eje, el ser humano orienta sus acciones y crea proyectos de vida. La medida de lo adecuado, la proporción entre el pensamiento y la acción, entre el deseo y la realidad, vienen dadas por ese vínculo entre el lugar que nos sostiene y el horizonte que nos envuelve.

La relación entre el tiempo humano y el tiempo cósmico, la percepción de que el paso del ser humano por la tierra se inserta en unos ciclos de vida mayores que lo incluyen es una de las primeras enseñanzas que ofrece la Tierra.

Aprendemos que los ritmos biológicos son parte de ritmos cósmicos mayores y que nuestra vida depende del mantenimiento de procesos y estructuras espaciotemporales mayores. La observación del cielo es la primera escuela en todas las culturas de la humanidad. El equilibrio cosmológico constituye una pauta para el ser humano. Una pauta de estilo de vida, de salud y sabiduría.

De esa observación nace un sentido ético que acompaña a los humanos durante toda su vida. De ese sentimiento de ser parte de un todo mayor y majestuoso nace el respeto por toda forma de vida.

La experiencia cosmológica es fundadora. En el sentido de que enraíza la vida consciente y trazando la línea del horizonte delimita un mundo. Fundar mundo es la primera y más urgente tarea de nuestra civilización en la encrucijada del presente.

Con el auge de las sociedades Industriales, el sentido cosmológico de la existencia ha desaparecido de la vida cotidiana. Absorbidos por las tecnologías hemos retirado los sentidos del horizonte. Doblegados al mercado mundial, el espacio vacío como manifestación y campo de infinitas posibilidades desaparece, quedando reducido a un entorno sin otro valor que el económico.

Lo mismo sucede con la percepción del tiempo. Contemplar el cielo estrellado no es solo una experiencia estética. Es también un aprendizaje, una enseñanza de los hilos sutiles que conectan todas las cosas. Los ritmos constantes de los días y las noches. El regreso de las estaciones o el viaje diario del sol y la luna, nos muestran la naturaleza del tiempo que somos. “El tiempo es la vida del universo” decían también los antiguos griegos. Somos tiempo y siendo tiempo vivimos la vida del universo.

Cuidar el universo es cuidar esa relación íntima y originaria con el ámbito en el que venimos al ser y que nos sostiene en la existencia. Percibir, sentir, escuchar, estar atentos a ese espacio inmenso que nos envuelve y nos atraviesa; donde los seres se manifiestan y donde se desvanecen. Reconocer esa relación fundamental y adecuar la vida a su presencia.

Los retos ambientales de nuestra época requieren un cambio de visión del mundo. Desde la perspectiva estrictamente humana, contrapuesta a la Tierra y las demás especies, damos vueltas a una problemática que se retroalimenta. Se requiere dar un salto a una dimensión más amplia que incluya todo lo vivo. Entrar en una perspectiva donde la identidad humana no se defina por oposición a lo nohumano, sino como parte integrante e inseparable de todos los procesos cosmológicos.

No hay ser humano sin tierra, sin bosques. El ser humano emerge con la tierra como tiempo, siendo consciente de su impermanencia es humano en el mundo.

Humanizar significa hoy volver a los sentidos, a la percepción directa del suelo por donde caminamos, al vacío insondable del tiempo que nos constituye y a sostener la mirada del otro ser vivo como un sí mismo.

El tiempo es entero en cada uno de nosotros. El mundo es entero en cada uno de nosotros. Pero entero no significa universal. Lo entero sólo se manifiesta en lo singular. Comprender esa analogía abre un lenguaje emancipador en la relación entre las culturas y entre las personas.

¿Dónde está el mundo -kosmos- sobre el que pensaron los antiguos? ¿Quién habla hoy en día del universo si no son los físicos? ¿Dónde quedó la experiencia de ser-en-el-mundo, la experiencia cosmológica que dio lugar a todas las civilizaciones? ¿Cómo fundar una nueva cultura si no es partiendo de ese origen, si no es haciendo pie en nuestra común raíz con el universo?

El problema que se plantea aquí tiene que ver con todas las crisis de nuestra época. Un tiempo en el que la especie humana parece haber perdido todo sentido de orientación.

La imagen del mundo que heredamos de la Revolución Científica no puede cumplir esa función orientadora. Es una descripción abstracta y matemática del universo, que nos da una información importante sobre sus procesos, pero que no tiene nada que ver con la experiencia interior de ser parte del mismo.

¿Cómo habitamos el cuerpo? ¿Cómo habitamos el universo? Son dos aspectos de una misma experiencia donde el ser humano se sitúa a sí mismo, se posiciona en su existencia ante un Horizonte vital. El primer eje vertebrador es el cuerpo, la conciencia de ser un cuerpo vivo y consciente dentro de un cuerpo vivo y consciente mayor. Explorando la conciencia nos damos cuenta de la ausencia de fronteras de esa conciencia mayor. Un espacio abierto donde nacemos, somos y morimos. La experiencia de unidad que ese espacio proporciona es la mayor analogía que puedo encontrar para decir universo: El lugar donde todo converge.

El universo no es solo el conjunto de planetas y galaxias que los astrónomos detectan. Es el patrón unitario que da origen a todas las cosas. Como la unidad presente en cada número, es la estructura espacio-temporal, energética y consciente que constituye todas las cosas.

Uni-versum. Ir hacia lo uno. “Ocúpate del todo” (Periandro de Corinto), uno de los sabios de Grecia.

Cuidar es una acción de acompañamiento consciente. Culturalmente, hemos de aprender nuevamente a cuidar desde un renovado sentido de la contingencia. La fragilidad y vulnerabilidad de la vida se sostiene gracias a la inmensa red de lazos y vínculos intrínsecos. Cuando hablamos de la trama de la vida nos referimos precisamente a la mutua solidaridad entre todo lo existente. Un tejido espacio-temporal, un ámbito de inter-ser, como lo describe Tich Nath Han. Un ámbito de radical contingencia donde nada está separado, nada es autosuficiente, ni se define por sí mismo.

Podemos abrirnos a formas más maduras de comprender el mundo. ¿Necesitamos la idea de finalidad para confiar en los procesos vivos? ¿Necesitamos la idea de un yo separado para sentirnos seguros de nuestra identidad? ¿Necesitamos imaginar el ser como una garantía de eternidad opuesta al mundo del cambio?

Madurar colectivamente implica añadir un grado mayor de complejidad a estas cuestiones. No se trata de renunciar a las ideas de infinitud, identidad o plenitud. Se trata de pensar estas cuestiones desde un marco diferente.

3Pensar y escribir la continuidad entre el mundo humano y el mundo natural y cósmico 1. Una tarea que tiene como marco de referencia la no-dualidad y la interdependencia2.

El cosmoteandrismo3 es un intento de avanzar en esa dirección. Un intento de pensar la materia, la conciencia humana y la infinitud desde su constante interacción. La intuición cosmoteándrica nos dice que todo ser nace de la trama entretejida de cosmos (tiempo-espacio), conciencia (humana) y libertad (Dios) y que ninguna de esas dimensiones puede existir independientemente de las otras. La intuición cosmoteándrica detiene el impulso a huir a otro mundo, a otra dimensión que garantice el final de nuestro sufrimiento o la salvación. Deteniéndonos en el aquí y el ahora abre la puerta a pensar de modo distinto a Dios, al hombre y al mundo. El ritmo del ser, la última obra de Panikkar, constituye un intento de transformar el lenguaje teológico desde esa visión de radical interdependencia.

Desde la visión interconectada de la realidad, el cosmos no se expande mecánicamente, ni es previsible. Igual que todo ser vivo, evoluciona, en un dinamismo co-creador constante.

No se trata sólo de preservar la salud de la Tierra, sino de formar parte de un proceso común de transformación, de co-evolución, en el cual cuidamos en la medida en que accedemos a ser parte de esa evolución creativa, poniendo la libertad de ser humanos al mismo nivel que la libertad de ser de los ecosistemas, los pájaros o la atmósfera. En esa familiaridad o consanguineidad ha de nacer un nuevo equilibrio, una armonía que respete los límites y necesidades de cada ser vivo, de cada periodo de tiempo, de cada proceso vital.

Articular el lenguaje que escriba de nuevo esa continuidad es una tarea múltiple e interdisciplinar. En él, el ámbito académico tiene un papel principal; el otro viene del ámbito espiritual. Thomas Berry escribió con acierto en The Great Work que la primera tarea educativa para nuestra época consiste en escribir y explicar la historia del universo, entendiendo el universo no solo desde el aspecto físico y material, sino también en su vertiente consciente y espiritual. “El universo no es una colección de objetos, sino una comunión de sujetos”4. Escribir una nueva historia donde el tiempo humano es parte del tiempo cósmico. “Reinventar lo humano dentro de la comunidad de sistemas vivos”.

Para ello es preciso desarrollar la escucha, la atención y la percepción; alinear los sentidos con el universo para despertar la conciencia de su interrelación. Mente y materia son dos dimensiones de una única realidad que emerge de múltiples formas siguiendo procesos de autoorganización

Ni el hombre es el centro del universo, ni tampoco lo es la Tierra. Mover el punto de vista desde el cual entendemos las relaciones con el universo es condición para empezar a pensar de otro modo.

La unidad e integridad del universo ha sido reconocida en todas las tradiciones religiosas y cosmologías no modernas, incluida la occidental hasta la llegada del cartesianismo.

Situarse plenamente en la perspectiva de la no dualidad implica comprender que la especie humana tiene el mismo origen y el mismo destino que las demás especies y que es parte de la misma y única comunidad viva. El biocentrismo es una forma de designar esta perspectiva que está emergiendo como punto de referencia para las nuevas generaciones. Aldo Leopold, J. D. Thoreau, R. W. Emerson, o J. Muir, son referencias ineludibles de esta sensibilidad expresando la admiración por el misterio de la naturaleza.

Somos co-partícipes en la evolución del universo. Nuevos estudios sobre la evolución de las especies enfatizan la cooperación y el amor como elementos que rigen el cambio y conducen a estructuraciones más complejas de lo vivo. La idea de co-evolución es ampliamente aceptada en la comunidad científica. En muchos ámbitos del saber emergen formas de conocimiento en armonía con la naturaleza, no como dominio y experimentación. Vivir en comunión con los demás seres; vivir con las montañas y los océanos; con el pasado y con el futuro; es decir, tenerlos presentes en nuestro hacer.

La comunidad viva planetaria tiene su propia dignidad y espontaneidad. Está viva, participa del tiempo y la eternidad de todo el cosmos. Cada ser tiene su lugar en el universo y es en relación con todos los demás. Ser–enrelación, hacerse presente a los demás, así como la espontaneidad en la acción, son capacidades comunes a todas las formas de seres en el universo entero.

El mundo no es una colección de recursos a nuestra disposición. Hay una continuidad entre el cuerpo humano, la Tierra y el cosmos. Un origen y un destino comunes.

Si la conciencia humana es un misterio, el mismo misterio reside en la vida del universo. La división entre una mente racional regida por la voluntad de conocer y el mundo extenso de la materia ha demostrado ser totalmente errónea y debe ser transformada en una visión que responda a la conciencia emergente en este siglo XXI.

La conciencia humana nace de la misma vitalidad del universo, de la misma sabiduría intrínseca a la Tierra que otorga a los bosques la capacidad de regular los niveles de CO2. El universo es una estructura compartida. La libertad, así como la conciencia, son cualidades del universo que se manifiestan en lo humano. Ese es el sentido de la intuición cosmoteándrica que Panikkar intentó expresar a lo largo de su vida. Avanzar en esa comprensión es una tarea urgente para las nuevas generaciones, necesitadas de una nueva explicación sobre el cosmos y la mente, sobre la acción y sus límites. Tanto el conocimiento como la sociedad actuales están preparados para asumir una nueva visión del cosmos. La madurez del momento actual es visible en la capacidad de asociarse, de participar, de reclamar un cambio global en la mayor parte de la Sociedad.

Comprendernos de forma interconectada de modo que quede transformada nuestra propia comprensión de lo humano (antropología), de lo cósmico (naturaleza) y de lo divino (espiritualidad). Cada una de esas dimensiones ha de ser pensada desde la interrelación, desde la contingencia, desde la solidaridad mutua que va generando lazos, vínculos y nuevos niveles de complejidad.

La realidad es una trama, un tejido de materia, conciencia y espíritu. Comprender la realidad desde una estructura trinitaria es una constante en la humanidad. Una trama que converge en la unidad última de lo real. La coherencia no es de orden lógico, sino espiritual. Tendemos al origen, a las raíces que nos vinculan con el todo.

“Todo ser posee una dimensión a la vez trascendente e inmanente”. Del mismo modo se expresaba Dôgen en el contexto de la tradición buddhista: “Todos los seres son inobjetivables, insondables e infinitos”. Ser-tiempo es la conexión con el carácter abierto de la realidad, con su misterio y su libertad.

En las culturas indígenas vinculadas a la Tierra, es indudable el carácter consciente de todo ser. La conciencia impregna todas las cosas. Todo lo que existe en el mundo tiene una relación constitutiva con el tiempo, la materia, la conciencia y el misterio. Esa sensibilidad está extendiéndose en las sociedades post-industriales, que ven nacer un nuevo vínculo con la Tierra.

El ser humano comparte el mismo destino del universo. Está en correlación con la atmósfera, el suelo y la noche. Vivimos la misma vida en un constante intercambio mutuo.

Participamos en el dinamismo del universo; somos el universo. Ser conscientes de ese ser, desarrollar esa percepción, es nuestra responsabilidad como herederos de una larga y asombrosa historia de conocimiento racional y tecnológico. Hemos disfrutado de unas décadas de bienestar material y hemos podido reflexionar sobre el mundo. Nos toca ahora ponernos al servicio de nuestra época ampliando la conciencia de ser uno con todo.

Ser la conciencia que alcanza la plenitud del tiempo. Ser desde la unidad con todas las cosas es la vida cósmica, una perspectiva desde la cual el ego ha desaparecido.

Encontrar nuestro lugar en la naturaleza, adaptarnos a sus ritmos y procesos no significa ni volver atrás, ni reducir nuestra vida a procesos mecánicos o biológicos. Tampoco significa abandonarnos al destino que Dios reservó para nosotros. Esas dos actitudes responden a formas pasadas de la conciencia humana.

Panikkar hablaba de secularidad sagrada para referirse a la vida en el mundo vivida desde una conciencia religiosa. Un equilibrio entre la acción comprometida y el desapego interno, entre el desarrollo de nuestras capacidades profesionales y la libertad interior de estar fuera del alcance de toda dominación.

No nos han enseñado a avanzar en esa dirección, pero tenemos todos los recursos necesarios para hacerlo hoy, por nosotros mismos. Hemos tenido suficientes maestros, hemos sido cuidados por nuestras circunstancias, nos toca a nosotros ahora hablar en nombre propio poniendo ese legado a disposición de un cambio radical de visión del mundo.

Desde la ciencia contemporánea llegan nuevas formas de expresar esa complejidad. Nuevos lenguajes que integran mente y corazón; energía y conciencia y que, desde una visión holista, exploran los vínculos entre todas las dimensiones de lo real.

No ocurre lo mismo en el ámbito del pensamiento filosófico o religioso, donde hay muchas más resistencias a abrir las fronteras disciplinares y a integrar lenguajes distintos para expresar la verdad. Construimos mundos para sentirnos seguros ante la constante presencia de la impermanencia. Lo que se nos pide ahora, como condición para crear algo nuevo, es soltar el miedo a esa incertidumbre y buscar en medio del cambio, un nuevo equilibrio que permita descansar en lo que es.

Es decir, hemos de saber estar centrados en un universo que no responde a una imagen geométrica, ni a una visión ontológicamente cerrada. Un universo abierto, en constante expansión y sin embargo, limitado. El límite es el tiempo, el cuerpo y la materia, en cuyo interior reside lo abierto. Un universo que responde a nuestra propia estructura de seres físicos, conscientes y abiertos al misterio de la realidad.

El cosmos no es necesariamente el universo astronómico, físico o geográfico. Ese es el relato que nos llega del discurso científico. Pero hay muchas formas de imaginar y comprender el cosmos. Tantas como culturas. En cualquier caso, cada una de ellas necesita para ser real, ser experimentada como tal por las persones de esa cultura.

Es necesaria una nueva forma de mirar la realidad, un nuevo lenguaje y un nuevo pensamiento que nazca de ese reconocimiento, de percibir la dimensión abierta, consciente, libre e infinita que impregna todo lo que existe.

Para cuidar el universo hay que reconocerlo como tal. Hay que retirar los sentidos de la hipnótica dependencia tecnológica para ver la grandeza en lo cercano. Para que pueda emerger el fondo insondable de cada cosa.

El universo ha de ser mirado, su luz ha de poder reflejarse en cada uno de nosotros, y en la medida que se establece una relación de intimidad con cada ser, encontramos caminos adecuados de vida. Encontrar caminos adecuados es una forma de cuidar el universo.

Universo: La unidad última de lo real. Coherencia interna del cosmos. Cada persona y también cada cultura es el centro de toda la realidad

Desde una visión holística del universo, cada ser es un centro que refleja a su vez el todo. Uni-versum. Ir hacia lo uno. Una orientación hacia la que tiende la conciencia humana. Somos originados y lanzados al mundo desde ese origen. El arco de esa trayectoria es el mundo para el ser humano. Sin percibir esa relación originaria no hay mundo y sin mundo el ser humano no puede cumplir con la función de dar sentido.

Necesitamos un nuevo mito que integre la dimensión divina en el mundo sensible, en el tiempo y la materia. Necesitamos comprender que es posible la libertad en un contexto de radical interdependencia y cohesión. Para ello hay que pensar sin excluir los opuestos. Añadir un eslabón más a nuestra perspectiva ordinaria. Creo que es lo que está ocurriendo desde hace ya algunas décadas. El cambio de mitos se produce de manera muy lenta, siendo la misma vitalidad de la conciencia la que hace madurar y abrir nuevas perspectivas a la realidad.

“la vida es el tiempo del Ser”, decían los antiguos. Todo lo que está relacionado con el tiempo, está vivo. El tiempo no es un parámetro científico, es la misma vida del universo. La existencia individual es la simbiosis de cada cosa con el ser de los seres. Tiempo y espacio son símbolos de la realidad.

El sentido de la vida humana consiste, pues, en participar al máximo de la vida del Universo. En todo ser hay un principio de libertad y de vida… el problema ecológico es un problema teológico y a la inversa… Hay una dimensión de libertad y de infinitud que impregna la materia y el espíritu, los sentidos y el intelecto. La tradición griega la llamó mística; el espacio en el cual nos movemos, sentimos y pensamos, en el que vivimos y somos”5.

No estamos solos en un universo infinito, no somos una incógnita en unas coordenadas geométricas 6. No somos ajenos a los bosques y los mares. Somos relación. Somos seres-en-relación. Esta relación no es solamente humana, sino cósmica.

Es la contingencia, la limitación humana la que nos hace conscientes de la grandeza y unidad del universo. Es entrando en lo Finito, como se abren las puertas de lo infinito.

Este cambio de conciencia implica aprender a relacionarnos personalmente con la Tierra y con el cosmos. Una relación personal es una relación de reciprocidad, de escucha y de respeto. Desde la perspectiva de la interdependencia y no-dualidad el rol de lo humano en el cosmos es más bien de acompañamiento, de presencia compartida, de mutuo servicio. Estamos ante un ejercicio colectivo de integridad. Sólo recuperaremos el sentido ético desde una renovada visión de la integridad innata de todas las cosas.

Este cambio de visión requiere diálogo. Un diálogo inevitable entre ciencia y religión; entre tradiciones culturales y modernidad. Todas las tradiciones han de reinterpretarse en función de los cambios que el mundo ha vivido. Pensar desde hoy, conectarse hoy al origen del mundo y hablar desde esa experiencia actualizada. Interiorizar los cambios producidos por la secularización del mundo y abrirse a nuevas formas de nombrar lo divino.

La conciencia es el principio unificador donde convergen lo material y lo espiritual, lo intuitivo y lo científico. Las tradiciones religiosas han de ser capaces de soltar presupuestos intelectuales implícitos en muchas creencias que bloquean la experiencia de apertura constante al misterio de la realidad. ¿Qué es si no la espiritualidad sino ese constante abrirse al misterio, ese rendirse una y otra vez a la inmensidad?

Vivimos el mismo destino. Convertir el espacio en un laboratorio de experimentación y apropiación es convertirnos a nosotros mismos en objetos de cálculo y manipulación. Esa mentalidad es la que agota el planeta y termina convirtiendo en desierto la capacidad humana de comprender y autocomprenderse. Sanar esa fisura es el gran reto de nuestra época.

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1 Reinventar lo humano dentro de la comunidad de los sistemes vivos; es la tarea principal de nuestra época para Thomas Berry. (Cfr. The Great Work, editado en New York, 1999, por Random House).

2 Toda la obra de Raimon Panikkar es un intento de mostrar ese nuevo marco. (Cfr. Intuición cosmoteándrica, editado en Madrid por Trotta, 1999).

3 Cf. Panikkar.

4 Berry, Th., The Great Work, p. 82.

5 Panikkar, R., La intuición cosmoteándrica. Trotta. Madrid.

6 Así expresaba Nietzsche el nihilismo cosmológico: “Desde Copérnico, el hombre gira en el universo, desde el centro de una x” (cf. Gaia Ciencia).

ESPIRITUALIDAD PARA ESTE TIEMPO DE CRISIS

Víctor Codina

Éxodo 115 (sept.-oct.) 2012
– Autor: Víctor Codina –
 
EL DESPERTAR DE UN LETARGO

La crisis ha llegado a la zona del euro, a Europa, sobre todo a Grecia, España y Portugal; sus recortes, impuestos, deudas, rescates… afectan a todos, sobre todo a los más vulnerables. Es la crisis de Europa, del Primer mundo capitalista que ha cogido a todos por sorpresa, nadie la esperaba, se vivía tan bien en el Estado de bienestar: buenos salarios, autopistas, aeropuertos y trenes de alta velocidad, buena educación y buena asistencia sanitaria, buenos servicios y buenas pensiones, pisos de alto standing y shoppings bien abastecidos, buenas vacaciones, buen nivel de vida.

En este contexto de bienestar se vivía la fe cristiana con las dificultades de toda vida humana –tensiones sociales y problemas psicológicos, enfermedades, muertes de seres queridos (“los ricos también lloran”)–, pero era una fe que se acomodaba al estilo burgués de la mayor parte de la sociedad, una religión burguesa (J.B. Metz), con indudables gestos de generosidad para con los sectores desfavorecidos, pero siempre dentro del clima de bienestar general de una sociedad desarrollada.

Aun aceptando la cruda realidad de esta crisis, esta crisis europea no es comparable con la situación de los países del llamado Tercer mundo, de los países del Sur, donde la crisis es habitual, generalizada, ya que el subdesarrollo es integral: afecta a la salud, vivienda, educación, transportes, servicios, alimentación, estabilidad familiar, etc. Es crisis de sobrevivencia de las grandes mayorías excluidas, masas sobrantes que no cuentan en la sociedad del mercado.

En este sentido la crisis europea ha sido un aldabonazo que ha hecho despertar a la sociedad del sueño letárgico de irrealidad en el que durante años –¡siglos!– se ha vivido. Se vivía en una burbuja artificial, en “un mundo feliz”, de espaldas a la mayor parte de la humanidad. Mas aún, hoy hay sectores financieros que se han enriquecido con la crisis, siguen especulando, comprando coches de lujo y pasan vacaciones en Groenlandia o Tailandia. Continúan dormidos y satisfechos, aunque necesitan consumir drogas para superar el aburrimiento y el hastío de una vida tan chata.

MÁS ALLÁ DE LA CRISIS ECONÓMICA

Pero esta crisis no es algo simplemente coyuntural, es la crisis por muchos ya anunciada de un sistema, del capitalismo neoliberal, de la ideología del mercado que reduce a los seres humanos a mercancía, a piezas subalternas del sistema, que se limita a cumplir la legalidad formal y restringe los derechos humanos al derecho de propiedad; al mismo tiempo abusa de la naturaleza a la que explota de forma inmisericorde y mercantil. Esta crisis no es solo económica, es una crisis de humanidad, una crisis de valores, de ética, de espiritualidad, donde la riqueza y el mercado se sacralizan e idolatran. Y producen víctimas.

Cuando el teólogo católico de EEUU Michael Novak afirma que el capitalismo se fundamenta en la Trinidad y que es como el Siervo de Yahvé bíblico de Is 53 , ante el cual todos vuelven el rostro horrorizados, pero que es el único que salva… está expresando de forma cínica pero gráfica, cómo se ha sacralizado y bautizado cristianamente en el mundo occidental un sistema económico inhumano, injusto y cruel.

Desde el Sur no es difícil darse cuenta de la inhumanidad de este modelo civilizatorio. Basta hacer un “análisis coprológico”, como postulaba el filósofo y teólogo mártir de El Salvador, Ignacio Ellacuría, para constatar que el sistema capitalista genera víctimas, hasta ahora lejanas geográficamente al Primer mundo (¿qué importa que en África mueran niños de hambre?), pero ahora cada vez más cercanas a Europa y España: millones de parados, comedores populares para personas que viven en pleno centro de las ciudades, gente que escarba los contenedores de basura, dramas familiares, gente que no llega al fin de mes, los servicios de asistencia social y Caritas totalmente desbordados y sin poder dar abasto para socorrer a los nuevos pobres, muchos de ellos inmigrantes indocumentados, familias desahuciadas por no poder pagar a los bancos las hipotecas de sus pisos, etc.

Es la crisis de la civilización de la riqueza para unos pocos, crisis del humanismo consumista, crisis del cristianismo burgués que ha manipulado el evangelio para acomodarlo a sus intereses y que ha secuestrado incluso la Navidad –fiesta del compartir solidario y de la buena noticia a los pobres– en la cumbre del comercio y del mercado.

Más allá de los errores de los gobiernos políticos de turno y de las responsabilidades de los sectores financieros inescrupulosos y corruptos que han provocado este estallido, más allá de lo económico, ésta es una crisis de la cristiandad occidental, de su hybris devoradora de la naturaleza, de una sociedad individualista y materialista que se alimenta únicamente de “les nourritures terrestres” (André Gide). Cuando se identifica la fe cristiana con la bonanza material, en tiempos de crisis no hay espacio para la espiritualidad…

LA CRISIS COMO OPORTUNIDAD ESPIRITUAL

Esta crisis, por dura y trágica que sea para muchos, es una oportunidad para despertar y para abrir los ojos a la realidad. Siempre las crisis, tanto a nivel personal como epocal e histórico, son momentos propicios para la reflexión y el cambio de conducta. Es necesario hoy un cambio de paradigma civilizatorio, de sistema, hay que revertir el curso de la historia, volver a las raíces de la humanidad, a las fuentes espirituales de todas las tradiciones religiosas y espirituales y para quienes nos profesamos cristianos creyentes, volver a las fuentes del evangelio de Jesús de Nazaret.

Hemos de reconocer ante todo que esta crisis es fruto de una estructura injusta, una estructura de pecado, pecado personal y estructural que lleva a la muerte de las personas, de la sociedad y de la naturaleza. Este pecado estructural genera víctimas, pueblos crucificados a los que hemos de ayudar a bajar de la cruz.

Es preciso vivir esta crisis en espíritu de penitencia y con un deseo de conversión al Señor y a los hermanos, especialmente a los más pobres y vulnerables. Toda espiritualidad comienza por un momento ascético de conversión y de pedir perdón.

Los cristianos hemos de volver al evangelio de las bienaventuranzas, al encargo del amor fraterno, a la advertencia de Jesús de que nadie puede servir a dos señores, a Dios y a Mammón, el dios de la riqueza. Hemos de convertirnos al Señor y al evangelio del juicio final: seremos juzgados por nuestra actitud con los pobres, con los cuales se identifica Jesús.

La espiritualidad cristiana consiste en vivir según el Espíritu de Jesús, no es huir a zonas extraterrestres sino dejarnos conducir desde dentro por este mismo Espíritu que llevó a Jesús a superar la tentación de la riqueza y del prestigio davídico y a pasar por el mundo haciendo el bien liberando a las personas de toda forma de esclavitud, defendiendo la vida amenazada, ofreciendo vida en abundancia, aunque esto le llevase al conflicto y a su ejecución en la cruz. El sueño de Juan XXIII de que la Iglesia fuese ante todo la Iglesia de los pobres es un ideal que todavía queda muy lejos, el mismo concilio Vaticano II no logró asimilarlo ni se atrevió a proponerlo.

INTERLUDIO LATINOAMERICANO.

Estas páginas se escriben desde Bolivia, uno de los países más pobres de toda América Latina, actualmente en un duro y conflictivo proceso de cambio. Esta constatación puede ser importante para conocer el Sitz im Lebem, el “desde dónde” se escribe, pero también para mostrar que desde países en permanente situación de crisis es posible vivir la espiritualidad.

Soy consciente del riesgo de simplificar la realidad latinoamericana, de magnificar una Iglesia local que tiene sus pecados y deformaciones, de caer en un fácil maniqueísmo entre Primer mundo y países del Sur. No quisiera generalizar algo que en el fondo ha sido minoritario y que también hoy sufre los remezones de las diversas crisis. Pero aun con estas limitaciones y salvedades, no puedo ocultar que estos países que sufrieron la opresión de dictaduras militares, que se vieron asfixiados por el pago de la deuda externa y por los duros ajustes estructurales comandados por el Fondo Monetario Internacional y que contemplaron impotentes el expolio de sus riquezas naturales por las empresas multinacionales, etc., experimentaron de cerca la presencia de Dios: “Dios pasó por América Latina”.

La Iglesia de América latina supo discernir en el clamor de los pobres un signo de los tiempos, una señal de la presencia del Espíritu, vio en los pobres (indígenas, obreros, mujeres, niños, ancianos abandonados, campesinos, afroamericanos, mineros, jóvenes sin futuro…) el rostro del Crucificado, optó por los pobres y por la defensa de la justicia con todas sus consecuencias. Surgieron las Comunidades eclesiales de base, pobres que aprendieron a leer leyendo el evangelio, hubo una generación de obispos verdaderos pastores de su pueblo y auténticos Santos Padres de la Iglesia de los pobres, laicos comprometidos en la lucha de su pueblo, la vida religiosa se insertó en medios populares y periféricos, etc. Y naturalmente hubo conflictos tanto eclesiales como civiles y numerosos mártires por la justicia: miles de “santos inocentes” del pueblo asesinados cruelmente, líderes, mujeres, campesinos, indígenas, religiosos y religiosas, sacerdotes, teólogos y obispos.

Se vivió la espiritualidad en plena crisis y surgieron propuestas humanizadoras para un nuevo modelo de sociedad más participativa, defensora de los pobres y de las culturas, respetuosa con la tierra –¡la madre tierra!– y en sus foros sociales proclamaron que “Otro mundo es posible”. Y todo ello en un ambiente a la vez de lucha por la vida –el llamado “conato agónico” (Pedro Trigo)– pero también con sentido de alegría y de fiesta: se casan y tienen hijos, no hay suicidios colectivos, compran pan pero también flores.

Esto indica que se puede vivir la espiritualidad y más concretamente la espiritualidad cristiana, en tiempos de crisis, en tiempos de pasión colectiva. Seguramente es más fácil vivir una auténtica espiritualidad cristiana en tiempos de crisis que en tiempo de apogeo económico y bienestar material.

Hasta aquí la digresión latinoamericana. Volvamos a Europa, a España…

OPCIONES DE CARA AL FUTURO

Si la espiritualidad cristiana es vivir según el Espíritu de Jesús de Nazaret, esta crisis, además de ser una llamada al realismo y a la conversión a los valores humanos y evangélicos, nos desafía a luchar por buscar alternativas al sistema neoliberal y a la idolatría del mercado. Hay que retomar los principios básicos de la antropología y sociología cristiana. Los bienes de la tierra tienen un destino universal y no pueden ser propiedad exclusiva de unos pocos mientras otros pasan hambre; hay que defender la vida humana en todos sus ámbitos, comenzando por lo mínimo que es la comida, la salud, la vivienda, la educación, el trabajo y una vida digna para todos; hay que respetar la tierra y los recursos naturales, defendiéndolos de una explotación mercantilista al servicio de unos pocos; es necesario promover la equidad de género, buscar alternativas económicas, establecer una política agrícola industrial y laboral justa, revalorizar la vocación política hoy desprestigiada y sospechosa de corrupción y de intereses partidistas; buscar un modelo de sociedad más austera donde los bienes civilizatorios alcancen a todos, comenzando por los más débiles y vulnerables, compartir generosamente con los necesitados, etc.

Todo esto, por estar conforme con el Espíritu de Jesús, genera una auténtica espiritualidad, pues el Reino de Dios que Jesús proclama comienza ya aquí y ahora en nuestra historia, aunque su plenitud última sea escatológica, al final de los tiempos y con la segunda venida del Señor.

El silencio de Dios que se vive en el mundo occidental europeo, esta asfixiante atmósfera de indiferencia religiosa y de agnosticismo, seguramente está ligada al tipo de estructura socio-económica neoliberal imperante. Pasar de largo junto al herido del camino nunca puede acercar a Dios y al revés, en el rostro humano, en su mirada angustiosa y suplicante (Emmanuel Lévinas), Dios nos sale al encuentro. Tampoco basta acudir a otras espiritualidades y a nebulosas esotéricas si no hay un cambio de actitud ante los bienes de la tierra y ante los seres humanos.

La crisis espiritual de Europa es crisis de humanidad. Tampoco la Iglesia realiza lo que se pide en la plegaria eucarística, ser un recinto de verdad y libertad, de paz y de justicia, donde todos puedan encontrar motivos para seguir esperando.

EL ESPÍRITU VIENE EN NUESTRA AYUDA

Todo esto puede parecer duro y puede sonar a ilusión juvenil o a un ascetismo voluntarista imposible de realizar. También al joven rico del evangelio le pareció dura la exigencia de Jesús de compartir sus bienes con los pobres y luego seguirle. Y se alejó triste.

No estamos solos en esta tarea de crítica profética, de resistencia y conversión, de lucha por otro modelo social y búsqueda de alternativas. En la medida en que buscamos el Reino de Dios y su justicia, el Espíritu del Señor nos acompaña y nos guía desde dentro, todo lo demás se nos dará por añadidura.

El Espíritu es el Espíritu creador que en medio del caos cósmico original hizo surgir la vida, el que ilumina culturas y religiones, guía a Israel, culmina su acción en el misterio de la encarnación de Jesús, sobre el cual descansó en el bautismo y se derramó sin medida. Es el Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos y el que después de la Pascua hizo nacer la Iglesia, como signo visible de su presencia en toda la humanidad y la historia. Y este Espíritu de Jesús que es luz, fuerza, vida y amor, es también fuente de alegría y gozo, pues humaniza y realiza el proyecto de Dios que es vida abundante y gozo pleno para todos y representa la garantía de poder vivir según el estilo de Jesús, es decir de forma plenamente humana.

Tal vez esta crisis nos ayudará a descubrir con mayor profundidad el sentido de la vida, y nos puede abrir al Espíritu del Señor. Puede ser una terapia de shock que nos despierte de nuestro letargo burgués. Quizás ahora podamos comenzar a ser cristianos de verdad, un cristianismo que vaya más allá de dogmas, ritos y normas. Como Saulo camino de Damasco, también nosotros hemos sido derribados de nuestro bienestar y de nuestra seguridad y podemos exclamar como él: ”Señor, ¿qué quieres que haga?”.

No tenemos respuestas ni recetas mágicas. El Espíritu del Señor nos irá guiando para que con otros muchos, entre todos, descubramos lo que hemos de hacer. El tiempo de crisis es tiempo de cambio, tiempo de búsqueda, pero sobre todo tiempo de esperanza. El Espíritu viene en nuestra ayuda, pues como repite el pueblo sencillo latinoamericano “Diosito nos acompaña siempre”. Al final del invierno comienzan ya a florecer los almendros…

EL CENTRO DE LA ESPIRITUALIDAD CRISTIANA

José M. Castillo

Éxodo 115 (sept.-oct.) 2012
– Autor: José M. Castillo –
 
UN SILENCIO SOSPECHOSO

En este número de ÉXODO, inteligentemente dedicado a estudiar la relación que hay –o tendría que haber– entre espiritualidad y política, viene como anillo al dedo empezar tomando conciencia de un hecho que da que pensar. Me refiero al silencio de los obispos españoles en cuanto se refiere al doloroso y alarmante asunto que a todos tanto nos preocupa. El asunto de la crisis económica y sus aterradoras consecuencias.

Sin duda, ha habido obispos que, alguna que otra vez, han hecho alusiones a este problema tan preocupante, utilizando referencias más o menos genéricas a la doctrina social de la Iglesia; o también mediante exhortaciones, siempre comedidas para no pillarse los dedos. Pero el hecho es que, después de cuatro años arrastrando un sufrimiento que a casi todos nos afecta de manera creciente y alarmante, ésta es la hora en que nuestros prelados, que tienen la lengua tan suelta cuando se trata de ponderar las maldades del aborto y la homosexualidad, o cuando el problema está en argumentar los derechos que tiene la Iglesia para seguir disfrutando de determinados privilegios económicos, esos mismos prelados no se han puesto todavía de acuerdo para pronunciarse con claridad y contundencia sobre las muchas privaciones que el sistema económico y político les impone a los sectores más débiles de la sociedad, al tiempo que se nos ocultan las asombrosas canalladas económicas y políticas que están cometiendo quienes tienen la sartén por el mango.

Es evidente que este silencio episcopal –censurado severamente desde distintos sectores de la Iglesia y de la sociedad– resulta sospechoso. Porque no es fácil encontrarle una explicación satisfactoria. Y es que, una de dos: o los obispos no tienen nada que decir en este asunto capital; o tienen algo que decir, pero les da miedo decirlo. Como es lógico, ambas cosas son muy sospechosas e incluso alarmantes. No ya porque el silencio episcopal, en este caso y en este asunto, indicaría ignorancia o miedo. Sino por algo mucho más grave y problemático, la adulteración de la vida cristiana y hasta la perversión de la forma de vida, que, en todo caso, los “sucesores de los apóstoles” tienen la obligación grave de enseñar y transmitir.

Pues bien, al llegar a este punto, estamos tocando el nervio del problema. Me refiero, lógicamente, al problema que representa el hecho de una sociedad regida por una economía y una política desprovistas de una espiritualidad sólida y bien planteada, que, por eso mismo, sea capaz de ayudar a recomponer el tejido social y orientar la vida de los ciudadanos de acuerdo con los criterios más básicos de la honradez y la justicia.

ESPIRITUALIDAD Y FORMA DE VIVIR

La espiritualidad, como tantas otras cosas en la vida, entraña sus “peligros”. Peligros, entre comillas. Pero auténticos peligros. Y, por cierto, muy reales. Empezando por lo más elemental y no sé si hasta lo más burdo. Es evidente que resulta peligrosa una espiritualidad que contrapone el “espíritu” y la “materia”, lo “divino” y lo “humano”, lo “sagrado” y lo “profano”, lo “eterno” y lo “temporal”. Cuando se hacen estas contraposiciones, la espiritualidad desplaza de sí misma porciones y dimensiones de nuestra vida que son centrales en la existencia, en la historia y en el comportamiento de los seres humanos, tengan o no tengan creencias religiosas. Una espiritualidad así, además de inútil, es un engaño. Y un engaño peligroso. Porque hace de los “espirituales”, personas auténticamente peligrosas, ya que pueden cometer los mayores disparates con la mejor conciencia del mundo, incluso con la conciencia del deber cumplido. En este sentido, no es ningún despropósito afirmar que la fe religiosa, impulsada por un “espíritu”, o por una “espiritualidad” entusiasta y fanática, puede llegar a convertirse en un serio peligro para la pacífica convivencia entre los pueblos y entre los ciudadanos. ¿Qué entusiasmo religioso, qué fe, qué “espíritu” o qué “espiritualidad” motivaron a todos los violentos que, por defender sus creencias o sus principios, han insultado, han agredido, han torturado y hasta le han quitado la vida al que veían como el “infiel”, el “hereje” o el “pecador” impenitente? La historia de tantas violencias y crueldades, desde los antiguos inquisidores hasta las modernos talibanes, nos obliga a plantearnos esta pregunta.

Esto supuesto, sea cual sea la definición que se le dé a la “espiritualidad cristiana”, lo que importa es que, en cualquier caso, la espiritualidad se entienda como la forma de vivir de aquellas personas que se dejan llevar por el Espíritu de Dios. Lo cual quiere decir que cuando la espiritualidad se entiende y se vive como una serie de prácticas y observancias que se reducen al ámbito de “lo sagrado”, “lo religioso”, la sumisión a “lo ascético” y, en general, a todo ese conjunto de hábitos y costumbres características del mundillo de las sacristías y los conventos, en ese caso y cuando eso sucede, la espiritualidad queda anulada y, además, se convierte en la fuerza que anula a los “espirituales”, que hacen de ella una forma estéril de vivir.

Más aún, eso sería, no sólo una forma estéril de vida, sino sobre todo eso desembocaría derechamente en un estilo de vivir engañado y engañoso, que no sirve sino para recortar la libertad cristiana, como ocurría en la comunidad de Colosas, que se veía amenazada por los principios de la “filosofía colosense” (D. Dettwiler, “La carta a los colosenses”, en D. Marguerat (ed.), Introducción al Nuevo Testamento, Bilbao, Desclée, 2008, 265). Una filosofía y una forma de vida tan equivocada, que, a juicio del autor de la carta a los Colosenses, todas las observancias que se les imponían a los cristianos no vendrían a ser otra cosa que una forma de “vivir sujetos al mundo” (Col 2, 20). Y el autor de la carta a la comunidad de Colosas lo explica con ejemplos muy concretos que, en cualquier caso, se pueden aplicar a tantos y tantos “espirituales”: “No tomes, no pruebes, no toques”, de cosas que son todas para el uso y consumo, según las consabidas prescripciones y enseñanzas humanas. Eso tiene fama de sabiduría por sus voluntarias devociones, humildades y severidad con el cuerpo; no tiene valor ninguno, sirve para cebar el amor propio” (Col 2, 21-23).

Y así es, en efecto. Todo lo que no sea una espiritualidad que reproduce, en la medida de lo posible, el Bios, la “forma de vida” que llevó Jesús, tal como esa forma de vivir quedó reproducida en los evangelios, aceptados y transmitidos por la Iglesia, es una espiritualidad que se convierte en engaño y en peligro. Es más, yo no sé lo que secretamente entraña esa sedicente “espiritualidad”, pero el hecho es que, con demasiada frecuencia, los “espirituales” que cultivan ese extraño estilo de vida, lo que en realidad cultivan es una secreta autosuficiencia y un inconfesable engreimiento, que fomenta en ellos la convicción de que son seres superiores a los demás, que inconscientemente menosprecian a todo el que no vive como ellos. Es el viejo fariseísmo de nuevo cuño, que, por lo visto, encaja bien con las miserias propias de la condición humana.

Y para acabar este apartado, una observación que resulta evidente. A nadie le puede extrañar que este esperpento de espiritualidad tenga cada día menos vigencia. Sólo puede ser motivo de burla o desprecio. Y, desde luego, que a nadie se le ocurra pensar que el tejido social, y menos aún la crisis que nos azota, van a tener solución fomentando ideas, usos y costumbres que sirven, en el mejor de los casos, como argumento para el humor de los anticlericales o la curiosidad de no pocos ciudadanos. Es evidente que con eso nada más no vamos a ninguna parte. Y, en cualquier caso, parece obvio pensar que Jesús no pudo venir a este mundo para satisfacer el humor de unos o la curiosidad de otros. Sin duda alguna, la forma de vida que nos legó Jesús es algo mucho más serio y más determinante de lo que normalmente se suele pensar.

EL CENTRO DE LA ESPIRITUALIDAD CRISTIANA

Ante todo, debe quedar muy claro que lo central y determinante de la espiritualidad cristiana no está, ni puede estar, en nada que –de la manera que sea– a fin de cuentas, venga a centrar el sujeto en sí mismo. Por tanto, el centro de la espiritualidad cristiana no puede situarse ni en la “salvación”, ni en la “santificación”, ni en la propia “perfección” del sujeto, por más que, al utilizar esas palabras, estemos hablando de la perfección “espiritual”, “ascética” o “religiosa” del individuo o del grupo al que el individuo pertenece. La espiritualidad cristiana no está pensada para hacer santos, aunque bien es cierto que, cuando un ser humano toma en serio y lleva hasta el fin lo central de la espiritualidad, esa persona podrá ser presentada como ejemplo o modelo de lo que hay que ser.

De cualquier manera y en todo caso, la espiritualidad no puede tener como objetivo o finalidad centrar al sujeto en un proyecto que termina siendo el ejercicio más refinado del propio egoísmo. Porque, más bien, el proyecto de la espiritualidad es “descentrar al sujeto de sí mismo”. De forma que el proyecto de la vida de un cristiano no puede ser el interés por lo propio, sino por lo ajeno. Nunca el interés propio, por más “divino”, “espiritual” o “religioso” que pueda ser ese interés. Cuando, según los evangelios, Jesús vivía y hablaba de forma que daba pie a que la gente más religiosa de su tiempo hablara mal de él, hasta pensar y decir que estaba endemoniado, que era un blasfemo o que su conducta era un escándalo, es evidente que Jesús no buscaba ni le importaba su propia perfección, su buena imagen, la ejemplaridad de su vida o cosas por el estilo.

Jesús quebrantó, repetidas veces, las normas religiosas establecidas. Actuó de forma que llegó a preocupar e incluso irritar seriamente a los sacerdotes, a los teólogos y a los dirigentes de la religión de su tiempo. Hasta el punto de que, relativamente pronto, aquellas autoridades tan piadosas y observantes empezaron a pensar seriamente que Jesús era un peligro y había que quitarlo de en medio (Mc 3, 1-6 par). Y la cosa llegó hasta el extremo de que, con motivo de la resurrección de Lázaro, el Sanedrín se reunió de urgencia y decretó matar a Jesús (Jn 11, 47-53). Es evidente que Jesús no vivió centrado en su propia santidad. Ni siquiera en la ejemplaridad religiosa y observante de su vida. Las preocupaciones de Jesús no estuvieron centradas en él, sino en remediar el sufrimiento de los demás y así contagiar felicidad a quienes carecen de ella. Por eso se explica que a Jesús le preocupó tanto la salud de los enfermos, el hambre de los pobres y las buenas relaciones interpersonales de la gente. Estos tres temas son los tres pilares básicos sobre los que se construye el gran relato de los evangelios. Y lo más llamativo es que, precisamente por estas tres grandes preocupaciones de Jesús, por esto es por lo que la religión del templo, de los sacerdotes y de las observancias, no pudo soportar el proyecto de Jesús. Decididamente, la espiritualidad del Evangelio y la espiritualidad que brota de la religión son incompatibles. Por una razón que se comprende enseguida: la religión pone en el centro de su proyecto la “santidad” para la “otra vida”, mientras que el Evangelio centra todo el interés y los afanes del sujeto en la “felicidad” para “esta vida”.

Por esto, que acabo de indicar, se comprende que cuando el Evangelio explica en qué va a consistir el criterio determinante de los que entran o no entran en el reino definitivo y último, todo se reduce a una cosa: los que han aliviado o no han aliviado el sufrimiento humano, los que han dado de comer a los que pasan hambre, los que han vestido a los que no tienen qué ponerse, los que han acompañado a enfermos y encarcelados, los que han acogido a inmigrantes y extranjeros (Mt 25, 31-46), ésos –y sólo ésos– son los que van a encontrar el reino de Dios, es decir, la realización de los anhelos humanos más auténticos, más profundos y los únicos capaces de lograr la plenitud humana, que puede trascender la limitación inherente a lo meramente humano. En definitiva, la espiritualidad cristiana es de aquellos que se afanan por la vida de los demás. Ésos son los auténticos “espirituales”, que encuentran verdaderamente a Dios.

ENCONTRAR A DIOS EN LO HUMANO

Supuesto lo que acabo de explicar, no habrá dificultad en admitir una conclusión que es decisiva en todo este asunto. A Dios lo encontramos en nuestra propia humanidad, de forma que no podemos encontrarlo sino en lo humano. El argumento fundamental, para llegar a esta conclusión, se basa en el hecho –por lo demás elemental –de que los seres humanos no tenemos, ni podemos tener, acceso al ámbito de “lo trascendente”. Por tanto, “lo humano” es lo que constitutivamente somos; es lo que tenemos, es lo que hacemos y es lo que pensamos. El Trascendente es tal precisamente porque trasciende toda capacidad o toda posibilidad de “lo humano”. Dios se sitúa más allá del horizonte último de nuestra capacidad de ser, de hacer o de pensar. Justamente por eso es Dios. De forma que “lo humano” no puede trascender la inmanencia. Dios pertenece a un ámbito de realidad que no está a nuestro alcance, ni siquiera echando mano de la metafísica, que no pasa de ser una elaboración del pensamiento humano.

Esto supuesto, resulta capital tener siempre muy claro que las religiones nunca nos han hablado, ni han podido hablar, de “Dios en sí”. Todas las revelaciones, teofanías y manifestaciones divinas no han sido sino las “representaciones” humanas que los mortales nos hemos hecho del Trascendente. Además, si tomamos esto en serio, caemos en la cuenta de que el “Dios revelado” no es sino una representación proyectiva que los humanos, según las diferentes culturas o situaciones históricas, nos hemos hecho del Trascendente.

Así las cosas, el cristianismo ha encontrado la solución al problema de Dios en el hombre Jesús de Nazaret. El Dios, al que “nadie ha visto jamás” (Jn 1, 18), se encarnó en Jesús. Es decir, se humanizó en Jesús. De forma que, en Jesús, “lo divino” se ha fundido con “lo humano”. Y por eso Jesús pudo decir “lo que hicisteis con uno de éstos, a mí me lo hicisteis”. Jesús es, pues, la “revelación” de Dios, la “encarnación” de Dios (Jn 1, 14), la “imagen” de Dios (Col 1, 15). De ahí que el mismo Jesús pudo asegurar al apóstol que le pedía la revelación de Dios: “Felipe, el que me ve a mí, está viendo a Dios” (Jn 14, 9). Lo que, considerado desde otro punto de vista, nos lleva derechamente a la afirmación sobrecogedora que hace la carta a los Filipenses: “Él, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos” (Fil 2, 6-7). Si recordamos que el texto bíblico utiliza el verbo griego kenóo, y tenemos presente que ese verbo significa literalmente “vaciar”, llegamos a la conclusión según la cual el cristianismo afirma su fe en un “Dios kenótico”. Lo que significa y representa que los creyentes en Jesús hemos puesto nuestra fe en un Dios que se ha vaciado de sí mismo. Y, por lo tanto, nuestra fe tiene como centro un “Dios humanizado”. A Dios, por tanto, nosotros los humanos no podemos encontrarlo sino en lo humano.

POR UNA ESPIRITUALIDAD QUE TOMA EN SERIO LO HUMANO

La espiritualidad cristiana no tiene su centro en “lo santo”, ni en “lo divino”, ni en “lo sagrado”, ni en “lo religioso”. Con esto quiero decir, ante todo, que la espiritualidad cristiana no pretende hacernos ni más santos, ni más consagrados, ni más religiosos. No quiero decir, al afirmar estas cosas, que la espiritualidad cristiana se desentiende de la conducta de las personas. Todo lo contrario. De lo que se trata es de comprender y aceptar que lo central de la espiritualidad de los cristianos es precisamente su “conducta”, no su “religiosidad”, ni su “devoción”, ni las “virtudes” que se canonizan en Roma cuando un santo sube a los altares.

Para entender correctamente todo este asunto, hay que ir más al fondo del problema. Me explico. El gran tema de Dios ha sido siempre gestionado por las religiones. Pero sabemos que las religiones, precisamente para afianzarse y afirmarse a sí mismas, han establecido una contraposición neta entre “lo divino” y “lo humano”. Es más, con demasiada frecuencia, se ha llegado, no sólo a la contraposición, sino incluso a la contradicción entre “lo divino” y “lo humano”. De forma que, de una manera o de otra, las religiones han insistido en la necesidad de mortificar, limitar, mutilar y hasta negar “lo humano” precisamente para poder acceder a “lo divino”.

Seguramente, éste ha sido uno de los peores servicios que las religiones han hecho a la humanidad. De ahí, por poner un ejemplo elocuente y que nos afecta a todos, el daño que se ha hecho anteponiendo unos presuntos “derechos divinos” a los “derechos humanos”. Como es bien sabido, durante todo el s. XIX la jerarquía eclesiástica combatió los derechos del hombre y del ciudadano, que había aprobado la Asamblea Francesa en 1789. En el siglo pasado, el papado (incluido Pío XII) ignoró por completo el tema de los derechos humanos. A partir de Juan XXIII, la Iglesia católica ha defendido y elogiado los derechos humanos de forma genérica. Pero ésta es la hora en que el estado de la Ciudad del Vaticano no ha suscrito los Pactos Internacionales sobre los derechos humanos promovidos por la ONU en diciembre de 1966. Es evidente que una institución, que hoy se comporta de esta manera, por mucho que hable de Dios y de religión, en realidad, demuestra de forma patente un fallo insuperable en su forma de entender, explicar y vivir la fe en el Dios de Jesús. Semejante institución no comunica ni contagia la espiritualidad del Evangelio.

Para concluir: en estos tiempos de cambios tan radicales y de crisis tan profunda, la inmensa desgracia que estamos viviendo es el resultado de dos factores que se han unido con la fuerza brutal del poder más despótico y más canalla. Esos dos factores son: 1) la crisis económica; 2) la corrupción ética. Ambos factores, estrechamente vinculados el uno al otro, se han potenciado mutuamente el uno al otro. Hasta el punto de que el uno sin el otro no habrían sido capaces de provocar la inmensa desgracia que cubre nuestra tierra como un inmenso manto de luto y sufrimiento. Esto es lo que explica la canallada criminal que estamos soportando. No tenemos al alcance de nuestras posibilidades modificar las leyes que nos impone un sistema, el sistema capitalista, que, en sus estertores de muerte, pretende sobrevivir basándose en la corrupción ética y espiritual. De ahí que no es ningún despropósito afirmar que la crisis que padecemos se ha producido y se mantiene gracias a la descomposición ética y a la carencia de una espiritualidad cristiana centrada en lo mismo que Jesús centró su vida, su actividad y sus enseñanzas, en remediar el sufrimiento humano, en hacer más felices a los mortales y, en definitiva, en humanizar este mundo. Como Dios mismo, al encarnarse y hacerse “como uno de tantos”, fue el primero que se humanizó con todas sus consecuencias.