ECONOMÍA. MENTIRAS Y TRAMPAS

Evaristo Villar

Éxodo 113 (marz. abr.) 2012
– Autor: Evaristo Villar –
 
Economía. Mentiras y trampas, de Juan Francisco Martín Seco, es un gran libro didáctico sobre ese tsunami que está barriendo las confiadas playas de las sociedades occidentales, la economía.

Aparece esta obra en un contexto rabiosamente neoliberal, cuando la economía se ha impuesto abiertamente sobre la política, la libre circulación de capitales y mercados sobre los Estados, las especulación sobre la producción, la estabilidad presupuestaria y la reducción del déficit sobre el crecimiento y la generación de empleo, los recortes y la privatización de los servicios básicos (sanidad y la salud) sobre los bienes y servicios comunes y el incipiente estado de bienestar. Es pues un libro sobre las mentiras de la economía en el neoliberalismo.

En un abrir y cerrar de ojos, bajo la cobertura de la crisis que justifica todos los tijeretazos, nos hemos despertado con una clase política agresivamente decidida a hacer de capataz de unos mercaderes y banqueros sin entrañas que actúan de forma despiadada contra las mayorías sociales y el mundo laboral.

En este contexto deprimido y cada día más enrabietado, Martín Seco nos advierte que el dogma que nos están vendiendo es una “mentira y una trampa” porque, según él, “quizás en ningún otro ámbito como en el de la Economía el lenguaje se ha convertido en un medio para camuflar e incluso distorsionar la realidad, construyendo un mundo artificial, irreal y falaz, alejado de las reglas de la lógica y orientado exclusivamente a garantizar y potenciar los intereses de las clases dominantes” (p. 12). Más que nunca, hoy día, piensa el autor, la Economía ha dejado de ser una ciencia para convertirse en una idolología o “juego de leguaje”. Esta trampa, sin ir más lejos, se advierte fácilmente en la intencionada confusión que introduce la presidenta de la Comunidad de Madrid entre lo público y lo privado para justificar las privatizaciones, en concreto, la del Canal de Isabel II. Se trata, según la Sra. Aguirre, de privatizar el canal para “devolverlo –hasta ahora empresa pública, y bien rentable por cierto- a los madrileños”. Se trata del mismo engaño que ese prócer del neoliberalismo más duro que es Aznar, cuando, después de haber privatizado todas las grandes empresas públicas, no tuvo ningún rubor en decir públicamente desde Menorca en 2001: “Ya no hay empresas públicas que manejar porque las hemos devuelto a la sociedad. Ya no hay monopolios que proteger, porque los hemos abierto a la competencia. Ya no hay muchas de las reglamentaciones que hace unos años hacían de los gobernantes verdaderos señores de los sectores económicos” (p. 205). Verdadera y descarada ceremonia de la confusión.

Tampoco la UE, construida a espaldas de la ciudadanía, se escapa al juicio crítico del autor: no se puede hablar románticamente de Europa sin advertir que, de lo que en realidad se trata, es de la unión de los mercaderes. Desde el Acta Única de 1989 que introdujo la libre circulación de capitales sin armonización en materia fiscal, social o laboral hasta Maastricht, que proyectó la Unión Monetaria con un banco central cercenado en competencias y sin armonización fiscal y presupuestaria, la Unión es más una ensalada de contradicciones y carencias que de la ciudadanía y de los pueblos. Y el engaño se continuó con el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, donde ambos elementos han fallado estrepitosamente, y con el Sistema Monetario Europeo y la Unión Monetaria que ha entrampado gravemente a los países de la eurozona (p.152). En todo este proceso, fundamentalmente mercantil, con un Banco Central Europeo independiente del poder político, son los países centrales, la metrópoli, los que están empujando al resto, a las colonias, a la división y al desastre: “La canciller Merkel, afirma Martín Seco, pretende entronizar en Europa la dictadura alemana, y está imponiendo en todos los países de la Unión Monetaria una política económica radicalmente conservadora, solo comparable a la que defienden los neocom o el Tea Party en Estados Unidos” (p. 25). La actual Unión Monetaria es inviable y necesita un nuevo planteamiento.

En este contexto, Economía. Mentiras y trampas es un libro escrito en forma de diccionario. Mediante treinta y dos términos, relativos a otras tantas realidades de la disciplina económica, pretende desenmascarar “el discurso tramposo que domina hoy la economía, y que intenta dar gato por liebre” (p. 26). En un lenguaje sencillo y accesible, pero sin perder rigor, el autor quiere introducir en la economía, y a mi juicio lo consigue plenamente, aquella rara cortesía que Ortega exigía a la filosofía, la claridad.

La simple numeración de los conceptos económicos que se describen, de forma crítica, en esta obra puede darnos ya una idea de su actualidad y utilidad pedagógica. Son estos: agencias de calificación crediticia, balanzas fiscales, Banco Central Europeo, competitividad, copago sanitario, coste de oportunidad, Curva de Laffer, déficit público, empresa pública, entidades de tenencia de valores extranjeros, fondo privado de pensiones, gestión privada de la sanidad, globalización, impuesto sobre el Patrimonio, Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas, impuesto sobre Sucesiones y Donaciones, inflación, Keynes, libre circulación de capitales, mercado de trabajo, Pacto de Estabilidad y Crecimiento, Pacto de Toledo, privatizaciones, Producto Interior Bruto, Sistema Monetario Europeo, Sistema Nacional de Salud, sistema público de pensiones, sociedad de inversión de capital variable, Tasa Tobin, tipo de cambio, Unión Europea, Unión Monetaria Europea.

Señalo, finalmente, dos impresiones que me han ido creciendo durante la lectura detenida de este libro que, en su conjunto, puede considerarse como el reverso o el “anticredo neoliberal”:

Me ha ido creciendo la indignación, en primer lugar, al ir avanzando en la lectura e ir constatando cómo, detrás de cada verdad, se esconde siempre una mentira. En esta especie de ansiedad depresiva, resulta alentador escuchar el consejo que, sobre la Economía, daba el economista keynesiano Galbraith: “si alguna vez un economista le pide a usted que acepte su punto de vista como si fuera el evangelio con el pretexto de que se basa en la erudición, no le crea una palabra” (p. 27). Cada una de las treinta y dos palabras que se recogen en este diccionario destapa una trampa; no puede usted seguir creyendo a pie juntillas lo que dicen los especialistas en ocultar la verdad con palabras esotéricas.

Y en segundo lugar, también me ha ido creciendo la gratitud hacia estos verdaderos profetas de la economía real que, como el autor de este libro, han asumido el compromiso ético de abrir los ojos a los ciegos en estas materias y de advertirnos de las trampas que nos van poniendo en el camino. Saben que se enfrentan con las solas armas de la palabra a toda la presión mediática que dominan quienes se están apoderando de los bienes y de la conciencia de unas masas anestesiadas bajo la trampa de las grandes y apocalípticas palabras. Estos alternativos en economía merecen todo nuestro reconocimiento. Pero como los profanos necesitamos también herramientas para mover los pies, esperamos y deseamos que los Martín Seco del momento completen su obra escribiendo otro diccionario para una economía alternativa.

ASAMBLEA UNIVERSAL DEL PUEBLO CRISTIANO

Redes Cristianas

Éxodo 113 (marz.-abr.) 2012
– Autor: Redes Cristianas –
Llamamiento de Redes Cristianas
 
1 El cincuenta aniversario de la clausura del Vaticano II está despertando en muchas comunidades cristianas un creciente interés por un acontecimiento que se planteó en profundidad la relación de la Iglesia con el mundo. Las dos preguntas básicas que flotaban en el aula conciliar eran: “Iglesia, ¿qué puedes ofrecerle hoy al mundo?” y “Mundo, ¿qué le exiges hoy a la Iglesia?”.

Hoy, cincuenta años después, deberíamos hacernos las mismas preguntas porque tanto el mundo como la Iglesia han cambiado sustancialmente. Ante los nuevos desafíos -económicos, religiosos, políticos, culturales, científicos, etc.- a los que hoy nos enfrentamos los cristianos y cristianas, junto a muchos otros, debemos elaborar nuevas respuestas. Y para este cometido debemos tener la misma actitud honesta y creativa que entonces tuvo el Vaticano II y usar, igual que entonces, una metodología capaz de hacer razonablemente fiable la vinculación entre historia y transcendencia.

Redes Cristianas, cuya preocupación fundamental desde su origen ha sido tratar de hacer creíble la fe en cada circunstancia histórica, considera que este aniversario puede ser un tiempo oportuno para actualizar en nuestros días el espíritu de la Primera Asamblea de Jerusalén, que relatan los Hechos de los Apóstoles en su capítulo 15. En este sentido, nos hemos propuesto dedicar nuestro esfuerzo a la constitución de una base suficientemente amplia, empeñada en la búsqueda de una nueva forma de presencia cristiana en el mundo de hoy y, en consecuencia, en la reforma profunda de la Iglesia. Sintonizamos en esta búsqueda con las iniciativas que se están poniendo en marcha por otros grupos católicos de base de todo el mundo, singularmente con América Latina y con la Red Europea de Iglesia por la Libertad de la que somos parte.

2 Nuestra propuesta se dirige al mundo cristiano en su más amplio espectro y a toda persona para la cual la apuesta por la dignidad del ser humano y el sentido de la trascendencia es importante en su vida y quehacer; a todos y todas las que están contra la discriminación -singularmente la de género y la causada por la pobreza- y se esfuerzan por cambiar las estructuras injustas del mundo; a quienes les duele el silencio de la jerarquía ante la crisis y el paro, y su incapacidad para renunciar a sus privilegios; a cuantas y cuantos se desesperan por el deterioro al que la falta de conciencia ecológica está sometiendo el planeta; a las personas que quieren vivir la fe en un contexto de libertad y respeto y no lo encuentran en las instituciones religiosas; a todos aquellos y aquellas que por esta razón se han ido alejando de las iglesias, pero siguen entendiendo como válido para el mundo de hoy el mensaje del evangelio.

3 Con este espíritu, nos proponemos poner en marcha una gran Asamblea del Pueblo Cristiano. No se trata de un evento con un tiempo limitado y una fecha precisa. Lo que pretendemos es más parecido a un proceso horizontal y participativo que se puede ir ajustando a los tres años previos al cincuenta aniversario: horizontal, porque todas las voces deben ser oídas, poniendo su importancia más en lo que se dice que en quién lo dice; y participativo, es decir, asumiendo la responsabilidad que cada cual tenemos ante los demás. Con ello creemos que las fases hasta llegar a la Asamblea podrían ser:

1ª Fase 2012-2013: Constitución. El objetivo de esta fase es ponernos en relación las personas y colectivos, actualmente desvinculados, y constituir entre todos una base social amplia para llevar adelante los fines que nos proponemos. Esta base no debería sentirse limitada por ninguna frontera de país, continente o religión.

2ª Fase 2013-2014: Identificación y priorización de los desafíos. En esta segunda fase deberíamos detectar los grandes problemas de hoy y priorizar nuestra actuación en tanto que acción cristiana.

3ª fase 2014-2015: Posibles respuestas. Coincidiendo con el aniversario de la clausura del Vaticano II, deberíamos encontrar algunas respuestas que definan honestamente nuestra forma de presencia en el mundo empobrecido y en crisis sistémica y la articulación coherente de los medios para una praxis alternativa. Aquí entra la reforma de las instituciones y de las iglesias.

Los colectivos que formamos parte de Redes Cristianas hacemos un llamamiento ante esta tarea urgente que nos proponemos. Ofrecemos nuestra página web y la dirección electrónica… para ir recogiendo aportaciones y adhesiones de las personas y colectivos que se sientan interpeladas para trabajar juntas en esta tarea ilusionante y esperanzadora y lograr que la Asamblea Universal de Pueblo Cristiano sea una realidad en 2015.

REVISANDO EL 15 M: ANIVERSARIO AÚN SIN CELEBRACIONES

Juan Carlos Monedero

Éxodo 113 (marz.-abr.) 2012
– Autor: Juan Carlos Monedero –
 
Cuando estalló el 15-M, como una lluvia en mitad del desierto, nos refrescamos con su esperanza, mimamos su nube con palabras de aliento como en un escenario de sequía, y con la cara bañada por sus gotas nos decíamos: tenía que pasar. Se sabía que algo debía llegar, pero no sabíamos qué ni cuándo. Todos los indicadores nos decían: hay demasiada gente que ya no tiene razones para mantener la obediencia política. Pero la fórmula para predecir cuándo el hielo alcanzará su punto de fragilidad y se resquebrajará, por dónde se romperá o hasta dónde llegarán los fragmentos, ni existía ni existe. La ciencia social es ciencia solo por un exceso verbal.

De pronto, casi sin esperarlo, se juntaron las constelaciones y parte de los millones de damnificados del modelo neoliberal decidieron que les merecía la pena hacer algo con su enfado. La convocatoria a una concentración en el centro de Madrid, rompeolas tradicional de todas las manifestaciones en la capital, tenía, además, dos ventajas de salida, en especial para un grupo de gente algo más que descreída con el sistema político: no convocaban los partidos ni los sindicatos, sino grupos ciudadanos que habían ido acumulando su indignación. En el ambiente, además, existía algo así como una necesidad intuida de que se salía a la calle o la afonía iba a convertirse en algo crónico. Y Madrid despertó y mucha gente se dio cuenta de que tenía ganas acumuladas de opinar, de participar, de ser escuchada. En ese momento, me vino a la cabeza un nombre: la Comuna de Madrid. Una protesta ciudadana frente a la indignidad de la creciente exclusión, una suerte de defensa frente a un pulcro ejército extranjero, con sede en Bruselas y Berlín, que bombardeaba nuestras plazas con legiones de aviones financieros, trajeados y encorbatados, cargados de bombas bancarias y talones vencidos que dejaban millones de víctimas.

Se rompió una esquina del sentido común. El principal efecto de las protestas en la Puerta del Sol de Madrid tuvo que ver con la ruptura de la rutina sobre la que se ha deslizado plácidamente la democracia liberal. Si el neoliberalismo se ha sostenido sobre la mentira de la imposibilidad de la alternativa –ese mantra jaleado por Margaret Thatcher con su repetido No Hay Alternativa-, el modelo democrático ha aguantado porque se redujo a un juego entre cúpulas, prácticamente bipartidista, televisivo, descafeinado ideológicamente, financiado privadamente (o con dinero público privatizado) y ajeno a una militancia constantemente decreciente. Este quehacer construyó finalmente un cártel con una reglas tan severas que iba dejando fuera a quien no las asumiera.

Poder político, poder económico, poder europeo y poder mediático, entremezclados, se convirtieron en rigurosos guardianes de su propio privilegio. Como ocurre con los cárteles, la disciplina se fue aplicando con cada vez mayor sesgo autoritario, de manera que los que no estaban dentro, habitaban necesariamente afuera. La desafección ha sido el resultado necesario de ese desprecio. Cuando el pueblo desafecto deja hacer, hasta la doctrina democrática lo celebra (¡Todo funciona incluso sin necesidad de votar!). Pero la legitimidad difusa del sistema va debilitándose y la máquina más perfecta de producir obediencia que es el Estado, empieza a fallar, cuando la gente dice basta, como una gastada escopeta de feria. Aunque vayan a votar. Aunque voten al partido B después del fracaso del partido A. Golpe a golpe y grito a grito –que versos no hay en esas oficinas- la credibilidad del sistema se agota. Quien crea que juntar votos significa lo mismo que hace veinte años, es que no entiende nada.

El 15-M no surgió de la nada. La rabia tenía recorrido. Falló ZP, aunque se le dijo desde el minuto uno de su mandato “no nos falles”. Falló, aunque siempre puso cara de circunstancias. (luego, Rajoy hizo lo mismo pero regañando). Las concentraciones por una Vivienda digna habían venido siendo reprimidas y el “queremos un pisito, como el del principito” se quedó grabado a fuego monárquico en las conciencias de los que tenían que seguir viviendo en casa de sus padres. El rey todavía no había sido descubierto cazando a la madre de Dumbo con escopeta financiada por príncipes árabes -a los que sirve sin decoro-, pero la sospecha de los plebeyos sobre el privilegio real estaba ya rondando. Alguien dijo que los internautas eran “piratas como los terroristas” y pese a que el PP intentó ponerse de lado para que no se le viera mucho en ese asunto, quedó claro que se posicionaba con la industria y que terminaría concluyendo lo que el PSOE empezó. Llegaron a la calle, de manera masiva, reclamaciones por una memoria histórica democrática que devolviera la dignidad pública –la privada siempre la han tenido- a los 150.000 republicanos enterrados en zanjas y cunetas por defender una democracia que mereciera ese nombre, y a las que el Gobierno respondía con cicatería y la derecha con burla y desprecio. Y por querer castigar a los culpables de la guerra civil, el juez que se atrevió a tocar el franquismo y la red Gürtel se sentó en el banquillo acusado por los que ayer le apoyaban en su lucha contra ETA y su “entorno”. La Universidad sufría en sus doctas carnes la maldición señalada por Boaventura de Sousa Santos: “cada reforma, se hace para recortar derechos”, y ser mileurista, que ayer era un estigma, se convirtió en un privilegio de casta de los tocados por la fortuna. Los papeles de Wikileaks dejaban claro que los de fuera mandan dentro, los contratantes de la parte contratante sabían perfectamente que la gente tenía que aceptar lo que les ofrecieran laboralmente e iban bajando y bajando las ofertas de empleo. Torrente, el brazo tonto de la ley, dejaba de ser un concepto para ser un referente social y los productores de televisión estaban convencidos de que la gente se moría por el embarazo de Penélope Cruz, las cuitas del Gran Hermano o los vestidos exhibidos en las nupcias reales. ¿De dónde demonios ha sacado la gente de la Puerta del Sol –se pregunta Amador Fernández-Savater- esa capacidad de autoorganización? Porque en la televisión eso no lo explican. Pero algo hay siempre dormido en este pueblo inexplicable.

Las elecciones locales y regionales del 22-M de 2011 vinieron signadas por el sopor: un Partido Socialista resignado que, después de fotografiarse con los empresarios en la Moncloa, apenas acertó a balbucear: “el PP os va a golpear más fuerte que nosotros”; un PP subido, pese a la corrupción, a la ola de las encuestas, jugando a decir lo menos posible para no confirmar ninguna sospecha; una IU con dificultades para entender por qué si el discurso de las concentraciones se parecía tanto al suyo, no era capaz de recoger ese descontento; un nacionalismo de derechas disfrutando aún de los beneficios pasivos de haber estado fuera del poder (y que luego iba a desplegar su mano derecha con contundencia); y un nacionalismo de izquierdas que, en el caso de Cataluña, aún no ha entendido que ha perdido cable a tierra, y que en el País Vasco ha tenido la suerte de que unas instituciones aún ancladas en el antiguo régimen les haya hecho la campaña. Con este escenario, que las elecciones pudieran solventar los grandes problemas del país –que al final bajan a los pueblos y ciudadesquedaba lejos de foco. Luego vendrían las elecciones generales. Más de lo mismo. Los votantes del PSOE se abstuvieron. Los votantes del PP fueron en masa a apoyar al partido fundado por Manuel Fraga, y aún también acudieron a votarles ciudadanos honrados que creían que si A no funcionaba, era el momento de B. Izquierda Unida subió en escaños y votos, pero apenas arañó un 20% de los apoyos que perdían los socialistas. CiU, con su discurso anclado en las instituciones, volvería a tener un buen resultado. Luego vendría encarcelar a estudiantes, disparar balas de goma, expulsar profesores, cobrar dos veces por la sanidad o cerrar camas de hospital. Las elecciones andaluzas y asturianas cerraron la “blitzkrieg” del PP. No habían pasado 100 días y Rajoy perdía más de 400.000 votos. La prima de riesgo subía y Bruselas se mostraba menos amigable de lo imaginado. Era el momento de doblar el brazo a la gente. Entre los poderosos y el pueblo, la derecha siempre ha apostado por los poderosos. Afuera llovía, pero el 15-M, que ya había regresado para la huelga general del 29-M (en verdad nunca se fue, que estaba por los barrios encontrándose a sí mismo), andaba preparándose y buscando el ungüento para sus contradicciones. Sol volvía a querer refulgir. Si fallan los partidos, los jueces, los banqueros, los medios de comunicación, la Unión Europea, las empresas, la monarquía y la jerarquía eclesiástica, ¿qué queda sino recuperar los lugares donde nació la democracia?

La indignación de la Puerta del Sol fue un punto de bifurcación abierto después de muchas decepciones: los recortes sociales y la aceptación resignada por el gobierno de la dictadura de los mercados; los entonces cinco y hoy casi seis millones reales de parados (de los cuales, uno de cada dos son jóvenes); la ley Sinde –luego Wert-Sinde- y los recortes en las descargas en Internet, que tocó una de las pocas certezas de los jóvenes -la libertad de navegar-; la aplicación en España la misma lógica que ensombrecía a Grecia, Irlanda o Portugal; la victoria del PP, pese a la corrupción y la arrogancia de los corruptos; la aplicación traumática en la universidad del Plan Bolonia; los centenares de miles de desahucios; los desequilibrios de la ley electoral; las nuevas amenazas de despidos; los beneficios crecientes de las grandes empresas; el mantenimiento de los paraísos fiscales; los rescates bancarios o las sangrantes primas a banqueros y altos ejecutivos. Y aún tendrían que llegar las amnistías fiscales, la subida de las tasas universitarias, el repago sanitario, las rebajas salariales, los recortes en educación y sanidad… Sin contar algunas más abstractas como la usurpación de la memoria histórica, el incumplimiento de los programas electorales o la sospechada parcialidad de los jueces, junto a otras más concretas y recientes como el maltrato de la policía a los manifestantes, el uso de material antidisturbios que asesina a jóvenes o las crecientes dificultades para ejercer el derecho constitucional a la manifestación (¿dónde estaban los jueces cuando dos tránsfugas robaron las elecciones en Madrid en 2003? ¿Y no tienen nada que decir los tribunales ante la presentación de imputados en las listas? ¿Por qué no pisó la cárcel el empresario que apuñaló a una sindicalista la noche de la huelga general pero aún están presos jóvenes que participaron en piquetes? ¿Por qué se detiene al día siguiente a jóvenes que accionan simultáneamente y como protesta por los aumentos del precio del transporte en Madrid la palanca de detención del metro cuando no estaban siquiera en movimiento, mientras no hay ni un banquero encarcelado por saquear las cajas de ahorro?). Añadamos, por supuesto, el ejemplo del Sahara, de Túnez, de la Plaza Tahrir de Egipto y antes de la América Latina insurgente: esos pueblos se han levantado. ¿A qué estamos esperando nosotros? Si el 15-M de 2011 venía cargado de razones, un año después todo ha endurecido. Entendemos por qué tuvo lugar la revuelta de los indignados. ¿Y ahora?

El pueblo que se reunió en Sol no buscaba una transformación inmediata, vía electoral, de nuestro sistema político. Un movimiento de estas características nace porque ya ha descontado las posibilidades electorales de cambio. Por lo menos con la oferta disponible. Basta mirar las reivindicaciones del 15-M, construidas durante esos días por una multitud anónima, para entender que la discusión apuntaba al futuro y al corazón del sistema. De no ser así, los resultados electorales nos harían regresar a la melancolía. Lo que estaba ocurriendo no podía cambiar radicalmente, de la noche a la mañana, la comodidad de nuestras democracias. Pero el punto de inflexión ha tenido lugar. Nadie va a poder gobernar como si nada hubiera ocurrido. Hace cuatro años, cuando la crisis de Lehmann Brothers –donde trabajaba el actual Ministro de Economía-, dijeron que se iba a humanizar el capitalismo, y cuando la gente abandonó las calles, a quien refundaron fue a la ciudadanía europea que sufrió en sus carnes los planes de ajuste del FMI. Si te engañan dos veces es culpa tuya. No deja de ser una metáfora terrible que mientras el director gerente del FMI presuntamente intentaba violar a una camarera, el pueblo de Madrid salió a la calle a decir basta.

Las propuestas que empezó a apuntar el 15-M señalaban todas a un incremento de la democracia y a un mayor deseo de participación popular, así como a una reclamación radical de igualdad, rota por la grosera avaricia que construye la salida financiera a la crisis. Acabar con los privilegios de los políticos (varios trabajos, varios sueldos, ausencia de incompatibilidades, sueldos vitalicios, jubilaciones privilegiadas), poner fin a los paraísos fiscales y a los rescates bancarios, así como a las primas a los banqueros, cambios en la ley electoral que terminen con la desproporcionalidad y el bipartidismo o apostar por la democratización de los medios de comunicación. Se están recuperando las propuestas que abandonaron los sindicatos de reparto del trabajo, y también que no se alarguen las jubilaciones para que ni los viejos trabajen tanto ni los jóvenes se queden sin trabajo. Sin préstamos hipotecarios posibles, reclaman un mercado público de alquileres que permitan salir de la casa de los padres, de la misma manera que se cambie la ley que permite a los bancos, cuando no se pueden cubrir las hipotecas, quedarse con el piso y, además, seguir cobrando el préstamo (algo que, también apuntan, solventaría una banca pública). Entre las propuestas también están las ayudas a los parados de larga duración, y la necesidad de que los que más tienen paguen más, porque si los ricos siguen sin pagar impuestos, no es posible que existan políticas públicas redistributivas. Nada de esto sería posible en ausencia de información veraz, libre y plural (donde los propios periodistas, que son víctimas de sus jefes, los empresarios de medios de comunicación, puedan también recuperar la dignidad). De manera clara, saben y lo reivindican, sin un poder judicial independiente que haga real la división de poderes, la justicia seguirá siendo una burla en manos de poderes políticos enmarañados con poderes económicos. Pero nada de esto puede conseguirse si la lucha se detiene.

El principal resultado de la Comuna madrileña fue la quiebra del objetivo primordial de unas elecciones: la autorización al poder político para gobernar legítimamente al margen de las medidas que se tomen y quiénes sean los beneficiados de las mismas. El gobierno de Rajoy, con apenas cuatro meses detrás, ya siente la espada de Damocles en su cabeza. Esa placidez de las democracias satisfechas se rompió bajo los toldos improvisados de la Puerta del Sol. Después del 15-M, como aprendieron en Ecuador, Argentina o Islandia, ganar unas elecciones ya no significa sin más estar autorizado para seguir haciendo lo mismo. Así se va haciendo virtuosa la democracia. Y por eso el PP amenaza con castigar la desobediencia pacífica como si fuera lucha armada. Se trata de asustar a los que están diciendo que ya no tienen miedo. Pero esto no nos lleva a falsas ilusiones democratizadoras. Mucha gente que pasó por la Puerta del Sol acudía a un fenómeno que ya era mediático. Como podrían acudir a la boda de los Windsor o al funeral del Papa. Aunque pasar por Sol operaba cambios. Los que cayeron por allí, se dieron cuenta de que lo que se buscaba en el kilómetro cero de Madrid tiene mucho que ver con su propia vida. De ahí su fuerza simbólica. Por eso tenían que desmantelarla y, como los cuerpos sin vida de los mitos, lanzarlo al mar. Pero las olas siempre devuelven el ejemplo.

El 15-M ha tenido también quejas desde espacios progresistas. Pero las imprecaciones siempre se hacen desde el lugar del que se parte. Por eso las comparaciones no terminan de funcionar. Cuando un joven dice que los bonos con dinero público entregados a los banqueros no son ni de derechas ni de izquierdas, está diciendo: no estoy politizado como vosotros, pero tengo algo muy claro: en mi idea de democracia, hay cosas que deben quedar fuera de la disputa política. Y al igual que acabar con la pederastia no debiera ser ni de derechas ni de izquierda, que unos tengan tanto y otros tan poco está fuera de mi idea de entender la democracia. Quizá en vez de no estar politizados, estén politizados de otra manera. ¿No es momento de encontrar la traducción de esas diferentes miradas políticas? La idea de igualdad está muy fuertemente prendida en la gente joven. No han necesitado luchar por ella, pero entienden a la perfección cuando les falta. Por eso ninguno de los lemas que se leyeron en el 15-M les era indiferente: “manos arriba, esto es un atraco”; “Bob Esponja busca un trabajo digno” “Tu botín, mi crisis”, “Violencia es cobrar 600 euros”, “Esta crisis no la pagamos”. Y como si pisar esa plaza fuera tomar la píldora roja de Matrix, opera un cambio en sus conciencias. Vinieron para una cosa, pero salen con la cabeza dando vueltas. Se ha roto una rutina. Y afirman: “estoy aquí porque no estoy de acuerdo con lo que está pasando”.

La Comuna de París de 1871 recuperó un elemento democrático central endemoniado por la democracia representativa: la revocación de mandatos, enemigo del liberal “vota y no te metas en política”. Ese era y es uno de los mensajes que la Puerta del Sol vino a recuperar: si el sistema sigue siendo antinosotros, señor Presidente, señora Diputada, señora Jueza, señor banquero, señora empresaria o señor policía, toca, por supervivencia, pensar en otro sistema. Claro que la comparación con la Comuna de París es excesiva. Estamos en el siglo XXI. Pero hay elementos de democracia real que nos llevan directamente a aquello que llevó a los comuneros a las barricadas. Lo mismo que llevó a los republicanos españoles a defender en las trincheras los valores de una República que le paró tres años los pies al fascismo. Madrid resistió y luego fue arrasada. Madrid se estaba reivindicando y de ahí saltó a Barcelona, a Nueva York, a París y a Atenas. Y de esos lugares regresó la experiencia compartida con sus matices y sus enseñanzas. Los nostálgicos de sí mismos hablan de mayo del 68. Ese que no aplicaron cuando han tenido mando en plaza. Pero, por fortuna, los “ismos” envejecidos no cuentan entre los nuevos comuneros. Allí reivindicaban, sobre todo, la libertad. En la Puerta del Sol, el Movimiento 15-M reclama la igualdad y la participación. Y lo hace de manera pacífica. Recuerda que hay que reinventar muchas cosas.

Aún recuerdo la escena. Bajo los toldos que nos resguardaban de la lluvia en la Puerta del Sol, un viejo con un largo abrigo y una usada armónica empezó a tocar la Marsellesa. La luna llena hacía reflejos antiguos. Poco a poco, la gente empezó a escucharle atentamente. Cuando cesaron los aplausos se acercó pausado a la esquina donde, desde el suelo, unas jóvenes le habían escuchado con la sonrisa en la cara. Preparó la armónica golpeándola suavemente contra la palma de la mano, carraspeó y, en medio de un gran silencio, preguntó: “A ver si conocéis ésta. Es como la Marsellesa pero de aquí”. Y empezó a tocar el Himno de Riego. La idea de una asamblea constituyente estaba ya dejando sonar tus notas por la plaza.

El 15-M: una pregunta, no una respuesta

“el 15-M es emocional, le falta pensamiento. Con emociones solo, sin pensamiento, no se llega a ninguna parte”

Zigmunt Bauman

Saben los neurobiólogos que las pasiones residen en nuestro cerebro más primitivo. Toda decisión “racional” es antes “emocional”. Para contrarrestar una emoción negativa es menester tener “una emoción positiva muy fuerte”. No es una apuesta por la irracionalidad. Lo es por una “razón emocionada” para salir de las trampas de un mundo que dice que la protesta es terrorista, la risa subversiva, los parados perezosos, los estudiantes revoltosos y las mujeres reivindicativas, aligeradas. Disfrazarse de payasos para manifestarse contra los recortes sociales lleva a que las cargas de los antidisturbios validen no solamente el capital financiero, sino también la imagen de verdugos de Fofó y Miliki. Emocionalidad bien inteligente.

La izquierda sólo ha entusiasmado cuando se atrevió a brindar un mundo diferente, siempre poco concretado. “Libertad, igualdad y fraternidad” en la revolución francesa, “tierra y libertad” en la revolución mexicana, “pan, paz y trabajo” en la revolución rusa o “patria, socialismo o muerte” de los procesos cubano y venezolano. ¿Puede acaso hoy tumbarse la jaula de hierro del consumismo sin emocionar a quien va a serrar los barrotes?

El 15-M ha sido capaz de lograr lo imposible para ninguna internacional anterior: convocar la primera manifestación global contra el modelo capitalista. Y por si fuera poco, volvió a la carga con el 12-M-15-M, ya conectado con otras movilizaciones globales. Mayo del 68 duró tres meses. El 15-M, pasado un año, sigue su curso. Y fue capaz de, más allá del G-7 o del G-20, convocar un G-90. Tantos como países salieron a la calle a recuperar la democracia en donde nació: en las plazas. Un momento destituyente. Una pregunta, no una respuesta.

Frente al shock de la crisis, la reacción popular ante la dictadura de los mercados está teniendo derroteros diferentes a los tradicionales. La emoción del 15-M se parece a esa generosidad que nace de los desastres (el terremoto de México, Fukushima o los deslaves tras las lluvias). Entonces se suspenden los egoísmos. Se trata de luchar por lo básico. Ahí nace el optimismo. ¿Son acaso mejores los libros de autoayuda o la guía de las vanguardias? La alegría del 15-M desborda los diques de los partidos, de los sindicatos, de las instituciones. Los hace más útiles cuando rompe las constricciones del sindicalismo para defender la educación pública. Los desafía cuando es la misma ciudadanía la que vota y la que comparte la visión del 15-M. Se le pide mucho y muy pronto al movimiento. Vísteme despacio que tengo prisa.

Cuando un rayo cae en la noche, el campo se ilumina y hace visible lo que estaba oculto. No bastaría entornar los ojos. Hay demasiados velos. Es una cuestión de sensibilidad. La emoción hace que el dolor se convierta en saber, el saber en querer, el querer en poder y el poder en hacer. Un joven que se prende fuego porque le han quitado el medio de supervivencia, unos estudiantes que acampan en mitad de la ciudad, pobres que se enfrentan a ricos en el corazón de su caja de caudales, un desahucio al que se le ven las lágrimas, un presidente que miró a los ojos y luego engañó. Sólo la sensibilidad puede convocar a la razón ausente. Sólo la emoción puede romper la clausura del pensamiento lograda por la sobreinformación, el afán consumista, el miedo al futuro, la negación del pasado y la zozobra ante la incertidumbre y el castigo. Si el sistema sólo entiende de objetos -una hipoteca no satisfecha, una plaza universitaria costosa, un viejo, un enfermo, un inmigrante que incrementa el déficit, un interino que encarece la deuda, una protesta que enfada a los bancos- la sensibilidad devuelve a su lugar a las personas.

¿Gobernar mañana? El 15-M tendría que firmar, como el Lenin de 1917, onerosos tratados de paz. Perdería territorio, pagaría reparaciones, lastraría su vuelo. Todavía no se dirime en esas lides. No es la respuesta definitiva a la esclerosis del capitalismo neoliberal y de la democracia representativa: es el diagnóstico de su enfermedad. ¿Para qué enfermarse con ellos? No es un partido ni debe ahora mismo serlo. Un partido es un medio para un fin. El 15-M es un fin en sí mismo: una gran conversación que a fuerza de saber lo que no quiere, va a terminar sabiendo lo que quiere. Pero tiene que darse respuestas para que no sea simple humo purificador. Claro que necesita ir cerrando asuntos. Pero sin imitaciones que condenarían al movimiento a repetir los errores del pasado.

Sin líderes, sin programa, sin estructura, el riesgo de desaparición en el reflujo del movimiento está ahí. Pero la crisis del sistema y la imposibilidad de encontrar soluciones desde dentro va a seguir alimentando la búsqueda. Estructura no significa verticalismo. Es tiempo de una implicación social más horizontal. Hay que reinventar la gobernanza y hacerla democracia. Decisiones políticas nacidas de la discusión, ejecutadas por la organización y supervisadas por una discusión regresada abajo. Es momento, igualmente, de reinventar liderazgos –que no es lo mismo que líderes- en todos los rincones de la vida social. Liderazgos que se muevan en el nuevo sentido común que quiere significar el 15-M.

Frente a la libertad reclamada por el 68, ahora se reclama la igualdad. La naturaleza rota, el futuro incierto, la violencia cotidiana no soportan más las diferencias que se hacen cada vez mayores en todo el planeta. De ahí la fuerza de la camaradería en el 15-M. Por eso también la relevancia de las redes sociales, por su horizontalidad, por su relación entre iguales que se reconocen y tratan como tales. Quien piense en vanguardias clásicas está errando la mirada. Quien no entienda que hacen falta referentes comunes que ayuden a moderar las pretensiones de cada cual, también se equivoca.

En el 15-M confluyen veteranos castigados por el sistema y también clases medias enfadadas que, por vez primera, se han sentido tratadas como proletarios. Existen sujetos políticos tradicionales con nuevos sujetos que reclaman su espacio: junto a trabajadores que se sienten tales, también sentimientos ecologistas, pacifistas, cristianos de base, feministas, inmigrantes, estudiantes, internacionalistas… En el maltrato se reconocen y se reinventan. Ahí se entiende parte de la amabilidad del 15-M. La lucha contra el autoritarismo durante el siglo XX generó un tipo de partido político. La guerra fría, otro. Del 15-M saldrán maneras diferentes de organizarse políticamente. Lo relevante será ver en qué medida se genera un viaje de ida y vuelta constante al movimiento que marque con su sello las formas de hacer política. No nuevos profesionales, sino nuevos movimentistas que sepan conjugar lo mejor del conocimiento, del compromiso y de la organización.

Frente a un capitalismo rígido y cada vez menos tolerante –nada líquido, con perdón de Bauman- el 15-M articula inteligente su oposición. El sistema sabe defenderse cuando se le niega o se le combate, pero no sabe qué hacer cuando se ve desbordado. Esa ha sido la estrategia del movimiento en sus doce meses de vida. Pone patas arriba las teorías de esos intelectuales ignorados por los pueblos insurgentes que afirman: “si la realidad no se parece a la teoría, peor para la realidad”. Una realidad tozuda e irreverente, que, con perdón de los intelectuales consagrados y con el favor de los poetas, al igual que el rayo, no cesa. Es la inteligencia del movimiento de no caer en la estrategia de la violencia: ahí gana seguro el Estado. ¿O es que acaso no sabemos que la policía infiltra los movimientos e invita a la violencia? Ahí se mueve como pez –piraña- en el agua.

El 15-M agitó las plácidas aguas de la demediada democracia española y europea, recordó que nuestras democracias de baja intensidad no satisfacen ni las necesidades ni los sueños de las multitudes, ayudó a entender que hay otras miradas y que un mundo en el que quepan muchos mundos es una nueva exigencia de los que están más interesados en aquello que les une que en aquello que les separa. El 15-M se encontró hace doce meses a sí mismo y tiene que reinventarse a sí mismo a partir de ahora, cuando el shock de la crisis parece jugar a favor de los políticos y los banqueros responsables del desastre. Encontrar la forma de sumar allí donde el pensamiento y la práctica críticas se acostumbraron a restar. Reinventarse para dejar claro qué ofrece como alternativa al modelo capitalista y a la crisis neoliberal, cuál es su posición tajante frente al desastre medioambiental o al derecho de otros pueblos y de las generaciones futuras a tener una posibilidad. El 15-M siempre fue una gran conversación que sirvió para politizar a los que no lo estaban y también para repolitizar a los que venían trabajando en lo colectivo. Ahora que el poder quiere imponer un mayor silencio ¿cómo no mantener ese diálogo que nos ayudó a reconocernos?

UN AÑO DESPUÉS DEL 15M

Antonio García Santesmases

Éxodo 113 (marz.-abr.) 2012
– Autor: Antonio García Santesmases –
 
Es un buen momento —ahora que conmemoramos un año de su irrupción en la vida pública— para analizar lo ocurrido antes y después de la aparición del movimiento del 15 M y poder desentrañar algunas de las incógnitas acerca del presente y del futuro del movimiento de los indignados. La primera consideración a realizar es que estamos ante un malestar que se expresa a través de distintas formas de actuación y resistencia; un malestar que tenemos que analizar atendiendo a sus dimensiones emocionales y a los valores que pone en juego; sólo así podremos comprender la variedad de actitudes morales aparecidas a partir de su irrupción en el debate público.

I. ANTES DEL 15M

Antes del 15 de mayo del 2011 ya se habían producido distintos movimientos de contestación a la política desarrollada por el gobierno de Zapatero. Como tuve ocasión de analizar en la revista Éxodo en los artículos La necesidad de un nuevo relato (publicado en el verano del 2007) y Memoria y democracia: la pugna por el pasado (aparecido en el otoño del 2009) la polarización emocional que vivía durante mucho tiempo la sociedad española tenía que ver con el final del terrorismo de ETA, con la aparición de una nueva forma de terrorismo asociada al integrismo islámico, con las nuevas lecturas de la nación vinculadas a la aprobación de un nuevo Estatuto para Cataluña y con la recuperación de la memoria histórica.

Es este último tema la polarización emocional se agigantó por el proceso al juez Baltasar Garzón. En estas últimas semanas se ha producido el juicio y la condena de Baltasar Garzón y me parece que somos muchos los que tenemos la sensación de haber asistido a un espectáculo en el que la envidia y la venganza han campado a sus anchas. La estruendosa alegría con la que su condena ha sido recibida por los sectores ultraderechistas y la secreta satisfacción con la que ha sido asumida por algunos sectores progresistas refleja la cantidad de enemigos que había ido acumulando el hombre que se atrevió a romper con los límites del proceso de transición en España. Reconocido internacionalmente por investigar los crímenes de las dictaduras del Cono Sur es inhabilitado en su propio país cuando trata de romper la impunidad en el caso español. En la peripecia dramática vivida por Garzón tenemos una continuidad entre el tiempo anterior al 15 M y el tiempo posterior. Hay que recordar que las movilizaciones de la primavera del 2010 a favor de Garzón produjeron una avalancha mediática en contra del juez procesado, de los juristas que salieron en su defensa (Carlos Jiménez Villarejo), del entonces Rector de la Universidad Complutense (Carlos Berzosa) y de los secretarios generales de UGT y de CCOO. Aquel día de abril del 2010 en que Carlos Berzosa permitió un acto público en apoyo a Garzón en la Facultad de Medicina de la Complutense comenzó la cacería contra el rector y se incrementó la campaña de desprestigio de los sindicatos.

Recordemos que en aquel entonces se acusaba a los sindicatos de interferir en los procesos judiciales y de preocuparse por los muertos de ayer, olvidando a las víctimas de hoy, olvidando a los parados generados por la política económica del gobierno Zapatero. ¿Cómo era posible que con los millones de parados las organizaciones sindicales fueran complacientes con el gobierno y se preocuparan de reabrir las heridas del pasado, incrementando el clima guerracivilista favorecido por el gobierno?

Ese era el espíritu que fomentaba la derecha en aquellos tiempos, tiempos que hoy parecen lejanos aunque no han pasado sino dos años.

En este clima, pendientes del proceso a Garzón, esperanzados ante el final de ETA y preocupados por una sentencia del Tribunal Constitucional que nunca llegaba, se produjo el gran giro en la política económica del gobierno. En mayo del 2010 se plasmó una ruptura muy relevante en la política económica del gobierno de Zapatero. Todas las medidas de reactivar la economía fueron abandonadas y se impuso, al dictado de las instituciones europeas, una política económica que contradecía todo lo defendido anteriormente. Se procedía a rebajar el salario de los funcionarios, la cuantía de las pensiones y, poco después, se lanzaba una reforma laboral que provocaría una huelga general el 29 de septiembre del 2010.

De pronto toda la agenda política había cambiado. Eso parecía aunque la realidad era que todavía no conocíamos la nefasta sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña que provocaría un gran rechazo en la mayoría de la población catalana. No era para menos. Después de haber cumplido con todos los procedimientos y haber aprobado por referéndum la reforma del estatuto, el tribunal abría una herida que tardará en cicatrizarse, si es que se llega algún día a cicatrizar del todo.

Los dos hechos: el verse forzado a desarrollar una política económica en la que no creía y el contemplar cómo el proyecto de alcanzar un encaje satisfactorio a las demandas de Cataluña se saldaba con el fracaso marcaron un declive irreversible del proyecto de Zapatero.

Para comprender la novedad del 15 M hay que recordar que todos estos conflictos se producían dentro de lo que podríamos denominar la política institucional que afecta a las organizaciones sindicales, al poder judicial, al Tribunal Constitucional, al poder ejecutivo y a las instituciones europeas. Estamos ante conflictos entre instituciones ante los cuales los ciudadanos sólo pueden manifestarse a través de su voto, o a través de la movilización en la calle. El 15 M va a romper esta dinámica y ahí es donde está su novedad.

II. EL 15 DE MAYO DEL 2011

El cambio en la política económica del gobierno, la movilización de los sindicatos, el posterior pacto en enero del 2.011 entre gobierno y sindicatos hizo que un malestar persistente se fuera acumulando en la sociedad, un malestar que estaba a la espera de una forma de canalizar el descontento, más allá de las organizaciones institucionales, de la izquierda de gobierno y de las organizaciones sindicales. El contraste entre el mitin rutinario del primero de mayo del 2.011 y lo ocurrido 15 días después debe ser estudiado y analizado con sumo cuidado en las Facultades de Ciencia política, en los departamentos de Sociología y en las cátedras de Historia contemporánea. Cuando nadie parecía imaginarlo, cuando estábamos hartos de escuchar a sesudos analistas perorando acerca del conformismo suicida de una juventud dispuesta a ser aplastada por la crisis, sin rechistar ni oponer ninguna resistencia, en ese momento se produce una movilización durante días en Madrid, en la Puerta del Sol; una movilización que decide acampar y no se mueve de la calle aunque la Junta Electoral se pronunciara en contra de su continuidad en la plaza para no interferir en la jornada electoral. Siguieron en la plaza, se celebraron las elecciones y el Partido Socialista perdió muchas de sus alcaldías y los gobiernos autonómicos de Aragón, Baleares, Asturias, Extremadura y Castilla la Mancha, siendo derrotado estrepitosamente en el País Valenciano y en Madrid.

En aquel momento el debate se centró en comprender el alcance del fenómeno y en analizar en qué medida había influido en el resultado electoral: ¿estábamos ante algo pasajero?; ¿tenían los sectores del 15 M un programa alternativo?; ¿afectaban sus críticas a unos y a otros por igual?

Con la distancia que da el año transcurrido podemos constatar que el 15 M refleja a la perfección la contradicción en la que viven hoy los partidos socialistas, una contradicción que les afecta de una manera superior a la que afecta a otras formaciones de izquierda, a los grupos nacionalistas y a los partidos liberal-conservadores.

A los partidos socialistas les afecta de una manera especial porque evidencia el choque entre su base social y las políticas que desarrollan cuando llegan a los gobiernos. La base social de los partidos socialistas la forman trabajadores vinculados a los sindicatos, profesores de enseñanza pública, médicos de la seguridad social, algunos funcionarios, concejales de los ayuntamientos de los municipios obreros y un sector de las clases medias radicales defensoras de los derechos cívicos, de la democracia paritaria y de la laicidad. En todos estos sectores podemos encontrar a personas de convicciones religiosas vinculadas a distintos movimientos cristianos. Cualquiera que frecuente una agrupación socialista verá que es frecuente topar con un militante de UGT o de CCOO, con una feminista, con un defensor del orgullo gay y con un profesor de la escuela pública.

Todo este bloque social heterogéneo tiene poco o nada que ver con los llamados socialistas de élite que forman parte de los altos cuerpos de la administración y que acostumbran a ser muy relevantes a la hora de gestionar los departamentos económicos cuando los partidos socialistas gobiernan. Muchos de estos altos cargos proceden de las instituciones financieras o de las estructuras empresariales y si no proceden, son cooptados por estas instituciones cuando abandonan sus responsabilidades en el poder ejecutivo. Su forma de vida tiene poco o nada que ver con el bloque social de los militantes políticos o sindicales y con la inmensa mayoría de los votantes.

El problema es que cuando se produce una crisis de la magnitud de la que estamos viviendo, el sector de los militantes y de los votantes vive un choque radical entre la política que gestionan los socialistas de élite y la crítica que emana de movimientos como el 15 M. Ahí comienza el drama. Cuando el militante de base escucha cómo los acampados dicen que ni unos ni otros los representan porque “derecha e izquierda la misma mierda es” algo en su interior se rompe. Se vive entre dos fuegos y no sabe cómo actuar. Casi prefiere que termine de una vez la etapa de gobierno para olvidar la pesadilla.

Si uno repasa las intervenciones de los indignados podrá observar que muchos de ellos tenían una extraordinaria preparación y una capacidad para el debate, para la polémica y para la argumentación política francamente notable. Y precisamente porque la tenían era mucho más duro para la generación anterior soportar las críticas que ejercían a sus representantes, a sus gobernantes, a sus compañeros de gobierno. Máxime cuando muchas de esas críticas venían de unos indignados que eran sus propios hijos.

Cuando en la legislatura anterior la crispación la ejercía la derecha a partir de la memoria histórica, de la negociación con ETA, de la retirada de las tropas de Irak, el militante socialista se encontraba en su sitio: se le reprochaba ser lo que siempre había querido ser, se le criticaba por no aceptar los dictados de la jerarquía eclesiástica, de la administración norteamericana, o del nacionalismo español más rancio. De pronto, todo aquello parecía olvidado y ahora se le reprochaba ser como los partidos liberal-conservadores.

Esa herida abierta en el electorado del partido socialista se fue agrandando hasta llegar a la derrota del 20 de noviembre del 2011. No era la misma la situación de los partidos conservadores que estaban a la espera de recoger un triunfo por mayoría absoluta y de Izquierda Unida que lograría pasar de 2 a 11 diputados. También los partidos nacionalistas conservadores recogerían el malestar ante la sentencia del Tribunal Constitucional produciéndose una victoria sin precedentes de CiU en Cataluña.

Han pasado pocos meses desde aquella victoria por goleada del PP y ya se han producido una huelga general de los sindicatos y una victoria de la izquierda en Andalucía. ¿Qué está pasando?, ¿cómo es posible que en tan poco tiempo se haya producido una pérdida de apoyo tan acusado? Creo que lo que ocurre es que estamos viviendo algo que trasciende mucho la peripecia de un partido concreto (de ahí la sorpresa de los que pensaban que todo se solucionaría con la salida de Zapatero) y que afecta a nuestra inserción en Europa y al modelo de la transición política en España.

III. DESDE EL 20 DE NOVIEMBRE DEL 2011

Zapatero afirmó que jamás realizaría una política económica sin contar con el acuerdo de las organizaciones sindicales y, sin embargo, durante su mandato chocó con los sindicatos, reformó el mercado laboral en contra del criterio de las centrales y hasta decidió reformar la Constitución. Hoy nos encontramos con un Rajoy dispuesto a volver a reformar el mercado laboral, a chocar con los funcionarios y a tocar la sanidad, la educación, la universidad, la formación para el empleo, la dependencia, la ayuda al desarrollo, las subvenciones al cine, hasta llegar a recortar la subvención de las asociaciones de padres de alumnos de los centros públicos y de los centros religiosos concertados.

Una parte de su electorado lógicamente está desconcertada. No es para menos. Durante años los analistas sociales dividían la sociedad en tres grandes tercios. En el primer tercio anidaban los grandes propietarios del poder económico, del poder mediático, los artistas de renombre, los deportistas de elite y los políticos cooptados por el poder económico-financiero. En el segundo tercio se encontraban los trabajadores con empleo fijo, los sindicalistas, los funcionarios, los profesores, los profesionales de los servicios públicos y las clases medias. Estas clases medias se decantan en ocasiones por el radicalismo cívico pero en otras siguen considerándose católicas, acuden a las iglesias en los grandes momentos de su vida y prefieren que sus hijos se eduquen en colegios de la enseñanza concertada.

Este sector de las clases medias, votante habitual de los partidos liberalconservadores, comprueba con pavor que ya no se trata de ser solidario con los excluidos, con los trabajadores en paro, con los inmigrantes, como hasta ahora se le pedía apelando a un sentimiento caritativo, compasivo, fraternal. Hoy observa, con creciente estupefacción, que ellos mismos pueden verse abocados a formar parte del tercio excluido. Y es aquí donde se desatan todas las alarmas. En una situación tan dramática la incertidumbre, la angustia y la desconfianza, se van agudizando. Estamos ante un clima propicio para buscar al culpable de este desastre.

Unos lo buscan en el pasado. Todo es fruto de la herencia recibida, de la pésima política desarrollada por el gobierno anterior, de las subvenciones que se conceden a partidos y sindicatos, de un estado de las autonomías que ha crecido fomentando el despilfarro y el descontrol. Ante la huelga general del pasado 29 de marzo hemos visto cómo los sectores conservadores han intentando centrar todas sus invectivas en el papel de las organizaciones sindicales para criticar a los liberados, al papel de los piquetes, a la violencia que se ejerce sobre el ciudadano que quiere ejercer su derecho al trabajo o sobre la imagen que se transmite de España.

La argumentación no ha repercutido mucho en los sectores de izquierda pero, alimentada una y otra vez por los medios, va dando vida al relato diseñado por los sectores liberalconservadores.

La pregunta para el votante de izquierdas que veía cómo sus hijos le reprochaban que derecha e izquierda eran lo mismo y para el votante conservador que observa cómo todo sigue igual, la pregunta para uno y para otro es si todo esto tiene arreglo, o nos hemos metido en un callejón sin salida que ni en la peor de las pesadillas imaginaron los que diseñaron el euro. Y es aquí donde los problemas generados por esta política económica se vinculan al modelo de transición y a nuestra inserción en Europa.

Me parece que, ante las dificultades objetivas con las que se han encontrado socialdemócratas y liberalconservadores a la hora de ejercer el poder, el panorama político en España va a cambiar. Las dos fuerzas que en otros países han cuestionado el pacto del euro harán su aparición en España. A derecha e izquierda existen hoy fuerzas que critican el actual proceso de construcción europeo y consideran que ha llegado el momento de bajarse de un tren que nos lleva a la pérdida de soberanía y a una supeditación del poder político al poder económico. Hasta ahí llega la coincidencia. Este bajarse del tren, esta negativa puede completarse con un discurso antieuropeo xenófobo, racista, chauvinista. Es un hecho que nos recuerdan todos los días los medios liberales que nos quieren hacer creer que sólo cabe elegir entre el pacto del euro y el lepenismo.

No es cierto. Cabe propiciar una desmundialización alternativa, que en España recupere las funciones del Estado social y que asocie la salida del euro a la apuesta por un proceso constituyente que desemboque en una nueva constitución y en la creación de una tercera república.

Si a estas dos posiciones sumamos a los que consideran que ha llegado el momento, no de abandonar el euro, sino de romper con el Estado español y proclamar la independencia de Cataluña o de Euskadi nos daremos cuenta de que al debate sobre las consecuencias de la actual política económica europea se suma la revisión del actual modelo de constitución.

Todos estos temas están encima de la mesa y lo están con tal intensidad que pienso que la nueva sensibilidad que emergió a partir del 15 M se va a encontrar cada vez más dividida en sus respuestas a la crisis. Pienso que muchos de aquellos jóvenes que se movilizaron se dividirán porque las respuestas a la actual crisis van a ser cada vez más plurales. Unos optarán por reforzar a los partidos nacionalistas de izquierda, otros a una izquierda a caballo entre Izquierda Unida y los grupos antisistema y, por último, los habrá que se sumen a la izquierda institucional; mientras el PSOE esté en la oposición, se producirá una confluencia entre las demandas de los sindicatos y las propuestas parlamentarias de los socialistas.

Esta pluralidad se dará, se está dando ya, entre los sectores más concienciados, con más vocación política. Más allá de ellos, sin embargo, son muchos los jóvenes y los no tan jóvenes que no saben a qué atenerse, no saben cómo se puede salir de esta situación, y no lo saben porque, como al paciente que acude al médico ante una enfermedad grave, no les convence ni el tratamiento farmacológico ni la intervención quirúrgica.

Esa mayoría silenciosa mira con sorpresa, con perplejidad, con asombro, en ocasiones con hostilidad, a los que persisten en la resistencia y en la movilización, y a los que siguen dando vueltas a lo que nos está pasando, para tratar de afinar al máximo el análisis. Los que estamos enfrascados en percibir los matices o imbricados en las querellas inmediatas, en las respuestas coyunturales, a veces no somos capaces de percibir que una desmoralización profunda está anidando en muchos sectores de la sociedad, que piensan que toda forma de resistencia es inútil porque nada puede cambiar, porque gobiernen unos u otros todo da igual. Una desmoralización tan profunda puede conducir a un refugio en lo privado, pero también a formas imprevisibles de violencia. Los sucesos de Londres del verano pasado están ahí y no los podemos olvidar. No cabe aquí sino señalar el tema, porque ya no tengo más espacio, pero creo que es otro punto del análisis que no debemos minusvalorar.

REFORMA LABORAL Y CONSTRUCCIÓN DE LOS DERECHOS SOCIALES, POLÍTICOS Y ECONÓMICOS

Pepa Úbeda

Éxodo 113 (marz.-abr.) 2012
– Autor: Pepa Úbeda –
 
La última reforma laboral del Gobierno es un eslabón más del desmantelamiento de los derechos sociales, políticos y económicos por los que la clase trabajadora tanto luchó. Como instrumento de las aspiraciones globalizadoras -eufemismo por “imperialistas”– de la élite económica, su objetivo es la “tercermundialización” del género humano. Se comprende así el reforzamiento progresivo de organismos de carácter supraestatal dirigidos por minorías financieras y empresariales exclusivas y excluyentes. Sin “Denominación de Origen” territorial y en detrimento de las estructuras nacionales. Con ello se consigue el alejamiento entre quienes detentan el poder y sus beneficiarios –o “víctimas”–, por lo que se diluye la asunción de responsabilidades de los primeros y de compromiso de los segundos. La clase política se convierte en “mano ejecutoria” de un capitalismo cada vez más poderoso, a excepción del periodo en que las reivindicaciones proletarias frenaron sus ansias “egóticas” expansionistas. La caída del Muro de Berlín acabó con sus temores y su espíritu depredador ha propiciado la actual crisis, de efectos profundos en la clase trabajadora. Aunque haya aumentado el número de fortunas y el montante de cada una de ellas.

Ante la merma de dignidad del ser humano y de sobreexplotación del planeta que conlleva el sistema capitalista, su sustitución por una estructura más “humanizada” y “humanizante” pasa por una reflexión crítica y, al mismo tiempo, creativa. Es nuestra deuda con quienes lucharon por nosotros y con quienes están por venir. En ese sentido, algunos colectivos cristianos son ejemplo de tal actitud.

(…)

El nuevo Gobierno sacó a la luz hace dos meses escasos otra reforma laboral, considerada –incluso por ellos mismos– de enormemente “agresiva”. ¿Quién no recuerda las palabras del ministro de Economía, Luis de Guindos, al oído del comisario europeo de Asuntos Económicos, Olli Rehn?

Las medidas más polémicas impuestas por el Gobierno han sido que, sin necesidad de autorización administrativa, el despido baje a 20 días, que el improcedente pase de 45 a 33 días con un tope de 24 mensualidades y que los expedientes de regulación de empleo (ERE) sean muy cómodos para el empresariado. Dicha normativa incluirá a todos los trabajadores y se aplicará, por tanto, al personal laboral indefinido de la Administración, aunque haya accedido por oposición. Es más, desde enero de 2013, se restablece el límite de dos años para encadenar contratos temporales. Tras la reforma del PSOE y de la negociación colectiva es la más dura de todas. Además, aumenta el número de causas que lo facilitan. Si antes dependía de que la empresa demostrase pérdidas, ahora bastará con que disminuyan sus ventas o ingresos durante tres trimestres consecutivos. En el caso del funcionariado, que se produzcan causas económicas, técnicas, organizativas y de producción similares a las de las empresas.

¿Qué ocurrirá cuando aumente el paro –y, por tanto, el índice de pobreza–, caiga el consumo y las empresas entren en crisis? Las consecuencias son muy preocupantes. Entre otros motivos, porque se rompe el equilibrio de fuerzas que tanto costó conseguir. El poder empresarial se refuerza enormemente, ya que desaparece el pacto que suponían los convenios, se pierden los derechos adquiridos y la negociación entre empresa y trabajador elimina a los sindicatos como intermediarios. Y no olvidemos que afectará en profundidad a la mujer en su acceso al trabajo, pues se restringen sus derechos al cuidado de los hijos. Finalmente, el empresariado consigue el objetivo largamente perseguido desde la llegada de la democracia y se traspasan miles de millones de rentas del trabajo a las de la empresa sin negociación ni compensación alguna.

Antes de seguir adelante, sería conveniente recordar que nuestra incorporación a la construcción del “Estado de Bienestar” introducido por el “pacto keynesiano” –que reconocía la existencia de sindicatos fuertes y la negociación colectiva– tras la Segunda Guerra Mundial fue tardía. La larga dictadura franquista –que eliminó sindicatos e impuso la dictadura del capital a los trabajadores– y nuestro retraso económico fueron las causas. El pacto nos llegó con la Constitución de 1978, en la cual se regulaban las leyes que equilibraban el capital con el trabajo e incluían sindicatos potentes, el salario de los trabajadores y el “salario social” (pensiones, sanidad y educación públicas, vivienda…). La última reforma laboral acaba con todo ello, porque el Gobierno ha preferido la devaluación salarial a la monetaria, y la carga recae sobre las espaldas de la clase trabajadora. El ataque del Gobierno y sus acólitos mediáticos a los sindicatos –representantes legales de los trabajadores– favorece la asunción de esa carga sin quejas y con miedo.

La justificación del Gobierno es que, al flexibilizar el mercado laboral, disminuirá el paro. Sin embargo, a pesar de las reformas sucesivas, en los últimos dos años ha continuado la destrucción de puestos de trabajo y se anuncian 630.000 parados más para 2012.

Digámoslo con claridad. Esta reforma consiste en un abaratamiento del despido. Favorece el aumento de la tan alabada “productividad económica”, aunque facilite la ruptura del equilibrio entre la fuerza del trabajo y la del capital a favor del segundo, que ha visto aumentar de forma escandalosa sus beneficios desde que empezó la crisis. La nuestra, no la de ellos. La sociedad estadounidense, por ejemplo, ha visto cómo el aumento de productividad y de puestos de trabajo no ha conllevado una bajada del índice de pobreza, sino todo lo contrario. La desaparición de su clase media es un hecho y el crecimiento de la bolsa de “gente sin techo” es escandalosamente elevado. ¿Se trata de “importar” el modelo a nuestro continente? Pero poco a poco, para no provocar levantamientos engorrosos. Al “enemigo” se le asesina lentamente y con el veneno de la productividad económica.

(…)

Puesta en juego la supervivencia del Estado Social, la primera respuesta fueron una serie de manifestaciones masivas en 57 ciudades españolas convocadas por CCOO y UGT: más de 500.000 personas en Madrid, más de 400.000 en Barcelona, 80.000 en Valencia, 50.000 en Gijón, 70.000 en Zaragoza… La mayor de los últimos años contra la flexibilización del despido en el país de la eurozona donde más parados hay. Se trató de un ensayo de la huelga general del 29 de marzo. Convocantes y participantes fueron respaldados por políticos del PSOE e IU y representantes del Movimiento 15-M, aunque estos últimos dejaron claro que participaban por su desacuerdo con la reforma y no a favor de los sindicatos. Entre las consignas lanzadas, se reiteraron las críticas a la banca, el clero y los políticos corruptos. La previsión de seis millones de parados para finales del presente año facilitó la huelga general, cuyos resultados de todos son conocidos.

Otra expresión pública contra la reforma laboral ha sido la de la Juventud Obrera Cristiana (JOC) y la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) –parte de la Iglesia en el mundo obrero y del trabajo– el 17 de febrero pasado. Se repartió un comunicado por todas las parroquias desde la Delegación diocesana de Pastoral del Trabajo, al frente de la cual está el sacerdote Juan Fernández de la Cueva. En reflexión abierta al Consejo de Ministros, venían a decir que si con la reforma se pretendía combatir el desempleo, conseguirían incrementar el temporal (sobre todo el de los jóvenes), diversificar las modalidades de contratación a la carta, abaratar el despido, reducir el crecimiento de los salarios y devaluar los servicios públicos (sociales, educación y sanidad). En conclusión, profundizaría en el trabajo precario y en el empobrecimiento de las familias trabajadoras. Constataba, además, lo que se ha comentado sobre los Estados Unidos. En sus reflexiones aludieron a la encíclica Caritas in veritate de Benedicto XVI, donde se reclama que un trabajo digno no debe estar sujeto a las exigencias económicas, porque el ser humano es el centro de la actividad económica y laboral. Su análisis se centró en aspectos como el respeto por una “ética amiga de la persona” vinculada al trabajo; la necesidad de anteponer trabajo como principio de vida de las familias trabajadoras a las exigencias del mercado financiero, la gran empresa, las instituciones comunitarias y los organismos oficiales; la indignidad de la flexibilización del mercado laboral; la quiebra del derecho constitucional a la negociación colectiva; el hecho de ser la decimosexta reforma laboral en poco tiempo; el socavamiento de los derechos de las personas por los sucesivos gobiernos bajo el pretexto de la modernización; el sometimiento de los derechos laborales a la productividad; la dificultad y precarización del empleo juvenil; la individualización de las relaciones laborales; la responsabilidad de los gobiernos en el debilitamiento del tejido productivo y su utilización como excusa para acabar con los derechos laborales; los recortes en servicios y prestaciones sociales; la defensa que la auténtica Iglesia cristiana hace del trabajo frente al capital; la supresión gubernamental de las conquistas laborales tras muchos años de lucha aprovechando el miedo y el estado de quietud de la ciudadanía; la necesidad de concertación política internacional para subordinar la economía financiera y empresarial a la justicia social y la redistribución de la riqueza, para frenar el desmedido afán de lucro y riqueza de la economía especulativa y crear la riqueza que emana de un empleo decente y de la disminución del índice de pobreza; la necesidad de aunar los intereses de las autoridades políticas, los agentes sociales y económicos, los trabajadores y la sociedad para acabar con las causas de la crisis y superar estructuras socioeconómicas injustas que provocan deshumanización, pobreza y sufrimiento; y, finalmente, una llamada a los políticos para corregir y reorientar la reforma laboral de acuerdo con los principios anteriores, además de promover la participación en iniciativas y movilizaciones laborales convocadas por entidades comprometidas con una auténtica renovación.

La respuesta a dicho planteamiento no pudo ser más descorazonadora. El cardenal arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal, Antonio María Rouco Varela, envió un duro comunicado a todos los ámbitos de responsabilidad oficial en el que desautorizaba el texto y consideraba improcedente su difusión. Sin embargo, ante la Cadena Ser el arzobispado de Madrid declinó hacer declaraciones. Pero la Fraternidad Secular “Carlos de Foucauld” de Valencia se apresuró a responder expresando su profundo desacuerdo y estupor ante la actitud de Rouco. En síntesis, criticaba el intento de confundir el pensamiento único con el Evangelio, donde se proclaman posturas críticas y de lucha de valores que el sistema económico actual quiere anular. Con ello se consigue el vaciamiento de contenido del Concilio Vaticano II y el alineamiento de la jerarquía eclesial con la derecha política y el poder económico, además de la exclusión de personas con sensibilidad social. Sin embargo, en absoluto representaría la realidad, puesto que muchos cristianos no comparten la orientación de dicha jerarquía eclesial. Acababa exigiendo el mismo énfasis en la defensa de la igualdad y la justicia moral que pone en la moral sexual, la “defensa de la vida” y una reforma laboral que precariza la existencia humana, así como un ataque claro a quienes evaden impuestos o potencian la pobreza de la gente.

(…)

Terminaremos incluyendo el Manifiesto En defensa del Estado de Bienestar y de los servicios públicos que se dio a conocer el pasado 20 de febrero, firmado por cuarenta organizaciones, entre las que se encontraban CCOO, CEAPA y la FADSP.

Dicho Manifiesto está vinculado a un discurso del PSOE ante su pérdida de poder político. En él se propone la vuelta a un “Estado de Bienestar”, que se pactó con el capital representado por los exfranquistas, en medio de una grave crisis sistémica que amenazaba el equilibrio del bloque dominante recompuesto tras la Transición. Fue, pues, el proyecto contrarrevolucionario de la clase dominante, atemorizada por las revoluciones del siglo XX, y que sobornó a la clase trabajadora del Primer Mundo para que siguiera callando la explotación del Tercero.

Resulta cuanto menos cínico que organizaciones cercanas al PSOE y generosamente subvencionadas por él planteen ahora una política que sistemáticamente echó abajo dicho partido, como es la fiscalidad progresiva, la gestión pública de los servicios sociales y su financiación. Alabar una política de bienestar social como elemento esencial del proceso de construcción europea e incidir críticamente en los “recortes sociales” sin aludir a su política de privatizaciones en sanidad, educación y servicios sociales desde la Transición, con la continua penetración de capital privado en ellos, es pura provocación.

Es fácilmente constatable que la profundización de la crisis del capitalismo ha conllevado muchos “recortes sociales” para salvarlo y fortalecerlo por medio de una política de transferencias de la esfera social a la financiera. En el fondo, se trata de una disputa entre “pepistas” y “pseudoizquierdistas” por conseguir las prebendas que conlleva gestionar dicha política de expropiación social. ¿Podemos olvidar los conciertos en educación con la enseñanza privada, la entrada masiva de capital privado en sanidad o los precarios servicios sociales subcontratados en la era socialista?

Desde la Transición los diferentes gobiernos han servido –con sobornos que pocas veces salen a la luz– a una estrategia general del capitalismo. Se han convertido en cómplices por ocultar sus objetivos y por contribuir con el poder económico a debilitar la respuesta de la clase trabajadora ante tamaño atropello.

Los firmantes de dicho Manifiesto no ignoran que las políticas neoliberales implementadas por el capitalismo a escala mundial desde los setenta han supuesto un sistemático recorte del gasto social público. De hecho, ¿podemos olvidar que el PSOE, en 1986, nos vendió la entrada a un “paraíso” de derechos sociales y laborales a cambio de pertenecer a la OTAN?

Sin embargo, más cínica nos parece la afirmación de que las constituciones democráticas son garantes del derecho al trabajo, la vivienda, las pensiones públicas dignas, la educación y la sanidad pública cuando, en realidad, han respondido más a las políticas particulares de los partidos.

El “modelo social europeo” se nos aparece entonces como una estafa, porque la Constitución Europea es la herramienta privilegiada para imponer un modelo de capitalismo salvaje. Lo comprobamos en el duro núcleo “imperial” de Alemania, donde los derechos sociales, medioambientales y laborales están en vías de extinción y subordinados a la hegemonía de la banca y las multinacionales. ¿Es necesario insistir en la “carta secreta” de Trichet, presidente del BCE, y de Fernández Ordóñez, gobernador del Banco de España, a Zapatero exigiéndole reducir el gasto social y privatizar aún más la sanidad y la educación?

El “Estado de Bienestar” se convierte en una trampa que esquilma los derechos de los pueblos, consolida el orden establecido e impide que la clase trabajadora descubra el expolio al que se la somete. En el fondo, legitima la primacía de la competitividad laboral y la productividad económica como instrumentos supremos para generar riqueza y crear puestos de trabajo.

Solo un punto de vista internacionalista puede ayudarnos a comprender que fue la correlación de fuerzas a nivel mundial la que, tras las revoluciones y los movimientos de liberación nacional, obligó a los capitalistas a efectuar concesiones y políticas preventivas. Derribado el socialismo, sobornados los sindicatos y desarticuladas las organizaciones obreras, el capital ha iniciado la contraofensiva. Para no asustar demasiado al personal hablan de resucitar el modelo social europeo, incrementar los impuestos directos y su progresividad y crear una banca pública. Incluso la misma IU sugiere “alternativas dentro del capitalismo” (!). El problema es que nadie dice que un capitalismo globalizado da siempre la razón a los neoliberales.

No olvidemos que el tan loado “Estado del Bienestar” no puede separarse del imperialismo, puesto que las concesiones al Primer Mundo están ligadas a la sobreexplotación de las colonias, porque la redistribución internacional de salarios entre los explotados ha beneficiado objetivamente a los trabajadores del Primer Mundo. ¿Es necesario recordar la sentencia de la escuela mercantilista de que “el enriquecimiento de una nación sólo puede hacerse a expensas del empobrecimiento de otras”?

En tales circunstancias y con un intento cada vez más claro por parte de las élites empresariales y financieras de extender dicho modelo imperialista a todo el planeta, cabría que empezáramos a preguntarnos si no habría que ir más allá de la simple “remodelación” que el “Estado de Bienestar” plantea para un sistema que ha dejado de funcionar.

DEMOCRACIA PARTICIPATIVA Y REPRESENTATIVA

Enrique Dussel

Éxodo 113 (marz.-abr.) 2012
– Autor: Enrique Dussel –
 
Hay algunos temas que a partir de la praxis política actual en América Latina se debaten en el nivel teórico de la filosofía política. Ese debate teórico, en el que intervienen pensadores latinoamericanos y europeos, influye evidentemente en la praxis política concreta, ya que los agentes políticos, los ciudadanos, militantes y representantes fundan explícita o implícitamente sus prácticas políticas en sus fundamentos teóricos. Así la democracia representativa liberal pasa por ser la definición misma de la democracia en cuanto tal. Estos diagnósticos teóricos sumamente cuestionables distorsionan las prácticas políticas, dispersan los esfuerzos de militantes guiados idealistamente por principios muy generosos (aunque no hay que olvidar el dicho popular de que “el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones”), o niegan la posibilidad de funciones políticas necesarias. Emprendamos entonces nuestra meditación sobre algunos de los temas que inmovilizan actualmente las voluntades políticas y que les impiden actuar más creativa, activa, conjunta y claramente.

Por lo general se piensa que hay ciertos términos que son antagónicos, contradictorios, tales como:

Democracia participativa versus Democracia representativa

Como puede observarse hay una antitesis. Lo contrario sería mostrar que no es contradictorio, sino que debe ser articulado dialécticamente, de manera que un término enriquezca al otro y se definan mutuamente. Superaremos la oposición, el “mal infinito” de Hegel, subsumiendo los términos de la relación en una articulación que los comprende en una más rica totalidad dialéctica. La intención en este trabajo sería relacionar los términos como complementarios y no como antagónicos:

Democracia participativa articulada con Democracia representativa 2

La tesis se podría enunciar así: La representación se institucionaliza como delegación; la participación se ejerce en acto y puede institucionalizarse. Hay entonces también un potestas participativa. La función representativa es el gobierno, es decir, la realización de contenidos (momento material); la participación es propositiva (da a conocer y exige el cumplimiento de las necesidades o demandas), y, además, es fiscalizadora (vigila como un panóptico, castiga3 o reconoce y premia los méritos) (momento formal de legitimación).

Los partidos políticos son mediaciones institucionales religadas a la representación; la participación se origina en el buen juicio del sentido común ciudadano y no se identifica con los partidos (es anterior a ellos y mucho más que ellos).

La participación crítica institucionalizada, no necesita el partido (aunque no lo niega por principio), ya que es el movimiento la mediación para la crítica, la transformación y la fiscalización de las instituciones de la representación (y del Estado).

La Democracia participativa tiene prioridad absoluta sobre toda “delegación” del poder, es decir, sobre la Democracia representativa. Aceptamos, y probaremos, que efectivamente la Democracia participativa posee una anterioridad absoluta, por ser la esencia del ejercicio del poder, anterior a toda delegación (que hemos denominado potestas4).

La Modernidad tomó algunos casos de repúblicas con participación ciudadana (como Venecia por ejemplo), y, lentamente, en la lucha de la burguesía contra la nobleza, y apoyándose primero en la monarquía absoluta, irá creando tipos de democracia representativa. La Constitución norteamericana fue la primera en su tipo, ya que el Parlamento inglés, aunque de hecho la burguesía ejercía el poder, era todavía una institución representativa que apoyaba a la monarquía (y que comenzaba a manejarla a su manera). Por ello podemos decir que la Modernidad propuso una democracia representativa, manipulada por la burguesía ante el poder de la nobleza feudal en decadencia, pero se cuidó mucho de ir dando participación al pueblo mismo urbano, obrero o campesino, y a la mujer, y a otros sectores de la sociedad civil dominados, y si le fue concediendo derechos de alguna participación lo hizo de tal manera que los mecanismos de la representación le permitiera ejercer un proyecto con fisonomía de hegemónico, que siempre se volcaba al final a su favor.

Esto propició a que todos los movimientos contestatarios políticos apoyaran aspectos anarquistas, en cuanto se entendió que el gobierno adecuado y justo del pueblo era la democracia participativa directa contra la ya mencionada representación burguesa con pretensión de universalidad. Nació así la falsa antinomia entre la posición del llamado realismo político que defiende la democracia representativa (que culminará en el liberalismo) y la opción por la utopía sin factibilidad de una participación plena del pueblo defendida por el anarquismo. O se es liberal, y se apoya la democracia representativa como modo de gobierno, o se es revolucionario (o anarquista), y se apoya la democracia participativa. Repitiendo: la confrontación se define entre representación versus participación.

Sin embargo, ambos términos tomados como posiciones aisladas son inadecuadas por insuficientes, siendo la aparente oposición una falsa contradicción, porque se trata de dos términos de una relación que se codeterminan y que por ello cada una exige a la otra. En vez de ser una auténtica contradicción se trata de dos momentos que se necesitan mutuamente para una definición mínima y suficiente (necesaria) de democracia.

Hasta hoy en día, y atravesando toda la Modernidad,

a) la democracia unilateral representativa liberal ha ido mostrando sus defectos de manera creciente hasta culminar en el presente en un fetichismo monopólico de partidos políticos que corrompen el ejercicio del poder representativo delegado del Estado.

b) Mientras que b) el ideal de una plena la democracia participativa nunca ha llegado a institucionalizarse de manera efectiva por estar monopolizada por posiciones anarquistas extremas que tiene probada su imposibilidad fáctica (cuando se intenta un gobierno basado sólo en una comunidad de democracia directa en asambleas permanentes, tal como pudo ser de alguna manera los pocos meses de la Comuna de París, o durante más tiempo en la experiencia del “¡Todo el poder a los Soviets!” de la Rusia de la Revolución de Octubre).

Opinamos que la articulación de ambos momentos, es decir, de una democracia factible y legítima (por participación y representación) contiene la superación de la política burguesa moderna (y aún de socialismo real del siglo XX, que en el mayor de los casos no tuvo democracia participativa ni representativa, porque las ambiguas formulaciones de la “dictadura del proletariado” o del “centralismo democrático”, objetivamente no fueron democráticos de ninguna manera). Debe ser un nuevo modelo de sistema político articulable a una civilización transmoderna y transliberal (y transcapitalista desde el punto de vista económico). No se trata de intentar mejorar los logros del liberalismo: se trata de partir de nuevos supuestos y de articular la participación con la representación de una manera nunca imaginada por el indicado régimen liberal (pero igualmente no pensado de manera factible por el anarquismo). Es la Revolución política por excelencia, y equivalente a la puesta en común de los medios de producción y de gestión en el nivel de la Revolución económica propuesta por Marx (revolución política que el mismo Marx no logró formular de manera empíricamente posible, por sostener inadvertidamente como contradicción los dos términos de la relación: la participación versus la representación).

Es necesario comenzar una reflexión radicalmente nueva en política. Es decir, es necesario repensar la descripción misma del poder y encontrar en todos los niveles la bifurcación que vitaliza su ejercicio: la participación y la representación.

Todo lo político comienza (y termina) por la participación, ya que, contra la opinión de John Stuart Mill en su obra Consideraciones sobre el gobierno representativo 5, debemos indicar que el sistema político democrático comienza por ser el de participación directa (siendo factible sólo en el cara-a-cara de la comunidad, en la base de la sociedad política debajo del municipio o condado). Pero la imposibilidad, en el nivel de la factibilidad, de poder alcanzar la gobernabilidad, legada a la representación (en las decisiones y en el ejercicio del poder, cuando el número de los ciudadanos aumenta), impone a la participación la necesidad de pensar otro modo de organizar una democracia participativa posible institucionalmente.

Hemos indicado, y se argumenta frecuentemente, que cuando la comunidad consiste en una población muy numerosa, de decenas de millones de ciudadanos, la democracia de participación directa se torna imposible de manejar. Es por ello que para que sea posible alcanzar el consenso político se hace necesario mediar la participación de todos los miembros singulares de la comunidad gracias a un número proporcional y mucho menor de representantes. Esta solución no quita a la política de tener una clara conciencia de que la representación no es tan transparente y adecuada como la participación del miembro singular de manera directa, pero se la admite asumiendo los riesgos que supone la no identidad del representado y el representante, lo que se manifestará en una serie de posibles desajustes, como por ejemplo que el representante intente no transmitir la decisión de la voluntad de los miembros singulares en el órgano colectivo creado para que el conjunto de los representantes pueda dirimir las posiciones contrarias 6 que se presenten en el ejercicio delegado del poder. La representación es siempre entendida como una mediación ambigua que puede terminar en la fetichización, en la burocratización; es decir, en la mera manifestación de la decisión de la voluntad del representante y no de la comunidad de los singulares representados.

Entendida la representación como una institución necesaria pero ambigua, será necesario articularla con un modo más desarrollado de la participación que no sea ya la asamblea de los ciudadanos singulares de la base que proceden por democracia directa. Esto supone repensar de nuevo todo lo que hemos ya enunciado hasta este momento en nuestras anteriores obras.

En efecto, siendo la potentia el poder político en sí, cuya sede exclusiva y última es siempre la comunidad política, para devenir real, es decir, existente, debe ponerse como poder instituyente en relación a una posible potestas (que es la totalidad institucional del sistema político). Este ponerse de la comunidad política no puede ser sino participativa, en la cual los miembros singulares como tales deberán tomar las decisiones fundamentales del orden político posible. Entiéndase que ese ponerse es ontológicamente un presupuesto, aunque se cumple empíricamente de manera implícita, porque toda comunidad política realmente existente se origina ya desde una cierta institucionalidad a priori siempre históricamente organizada (aún la especie homo supone la cuasiinstitucionalidad naciente de los primates, por ejemplo, del macho dominante). Sería imposible imaginar una situación empírica tal en la que una comunidad política sin institucionalidad alguna se ponga primigeniamente en el caso de decidir qué sistema político desearía. Y, en este caso, se cumpliría el enunciado de Francisco Suárez que indicaba que el único régimen de gobierno por derecho natural (anterior a toda institucionalidad o potestas), y anterior a todo régimen histórico, es el “democrático”, ya que originariamente deberíase decidir qué sistema se adopta democráticamente. Pero debemos agregar ahora (cuestión que el moderno F. Suárez no podía imaginar) que se trata de una “democracia participativa”, es decir, sin todavía ninguna “representación” (ya que dicha representación sería el fruto de una decisión que supondría una “participación” previa).

Ontológicamente el ser humano es física o cerebralmente una cosa real singular, cuya organización metabólica o anatómica llega hasta el límite de su piel, la membrana que delimita el dentro y el fuera del viviente. Como todo ente vivo se sitúa en un lugar y en un tiempo físico preciso, que no puede ocupar ningún otro cuerpo físico real. En este nivel ingenuo de la realidad cósica del ser humano el singular está sin embargo en relación con otras cosas reales (desde el universo físico, la Tierra como el planeta donde vive, piedras, árboles, animales y otros seres humanos igualmente físicamente reales). El ser humano, dando un paso más, se relaciona con todas esas cosas de manera muy distinta a como lo hacen todos los demás seres. Por el desarrollo cerebral de su subjetividad, el ser humano es la única cosa que tiene mundo (al menos en el sentido heideggeriano), pero, además, que tiene intersubjetividad mucho más desarrollada que todos los restantes animales superiores. Por otra parte, el mundo intersubjetivo humano constituye un todo de relaciones intersubjetivas y reales que presupone una comunidad. Es decir, el ser humano singular nace inevitablemente y crece culturalmente dentro de una comunidad. La relación actual de cada singular con el todo comunitario es un momento constitutivo a priori de su propia subjetividad. Por el lenguaje el singular mantiene la comunicación dentro de ese horizonte. La participación indica la actualidad de todas las prácticas humanas en la que se pone como “parte” de dicho “todo”.

La participación es una praxis comunicativa; es un ponerse en comunicación con los otros. La participación entonces es el primer momento relacional real del singular humano en su comunidad y la constituye como tal. Es decir, si cada singular no entrara en comunicación o no participara en acciones comunes, quedaría aislado y como tal perecería; pero, al mismo tiempo, desaparecería igualmente la comunidad. La vida humana se vive comunitariamente (y sin ese accionar comunitariamente no habría vida, porque el viviente es el fruto de una inmensa cantidad de funciones cumplidas que hace que sea imposible vivir solitariamente). El “sercomunitario” es la participación misma; es decir, es el ser actualmente parte del todo que la parte siempre presupone y sin el cual no puede vivir. Repitiendo: ser-parte efectiva del todo es participar, momento sustantivo del ser humano como humano, como comunitario e histórico, cultural, político.

Por ello, la potentia o el poder político que reside en la comunidad misma es siempre participación de los singulares en el todo colectivo. Si la palabra potentia (además de fuerza) indica la posibilidad con respecto a una actualidad futura (potencia de un acto posible), la participación es exactamente la actualización de la potentia como potencia (como fuerza y como posibilidad). Hegel en su Lógica indica adecuadamente (y Marx utiliza estas distinciones ontológicas en los Grundrisse en referencia al trabajo vivo como potencia o “posibilidad”) que la posibilidad (Moeglichkeit) se sitúa antes de la futura realidad cumplida (Wirklichkeit), y además como actividad (Taetigkeit) 7. Exactamente de la misma manera la participación de los miembros de una comunidad política es el ejercicio actual de dicho poder como actividad: la actividad que consiste en poner su carnalidad concreta, su subjetividad comprometida, junto a otros miembros de la comunidad para dar existencia a la comunidad como tal. Una asamblea política no existe si no hay participantes. La participación política de cada participante constituye en acto (en griego la entelékheia) la existencia misma de la comunidad política. La participación es el modo primigenio del ser-político, y por ello del poder político. Lo político y el poder político se tejen en torno a la participación de los singulares en el todo de la comunidad. Sin participación desaparece lo político; el poder político pierde su fundamento. Participar es hacerse cargo de la comunidad como responsabilidad por los otros. Es la primera expresión de la Voluntad-de- Vida, ya que el aislado que se cierra sobre sí mismo y no colabora ni cuenta con la comunidad está en estado de suicidio autista. Hay muchas causas para la no-participación, pero todas son patologías políticas que deben evitarse. Una comunidad con poder político es una comunidad fuerte, vital, participativa, coresponsable. La Voluntad-de-Vida, la unidad producto del consenso y la abundancia de medios que factibilizan la vida política son frutos de la activa participación de los miembros singulares de una comunidad política.

El que un ciudadano excluido o indiferente participe a nueva cuenta en la comunidad política podría enunciarse de la siguiente manera (si X es el poder político de dicha comunidad, a el orden político vigente, b el orden político el futuro, y 1 una nueva participación): Xa < Xa+1 = Xb

Es un proceso de potenciación (de “empoderamiento” lo llaman algunos) o de aumento de poder de la comunidad. Cuando los marginados o excluidos de la comunidad toman conciencia de la importancia de la participación política e irrumpen colectivamente como actores colectivos en la construcción creativa de la historia aumenta el poder de los débiles. La participación (1) se transforma en plus-poder (p); es el hiperpoder del pueblo que “entra” como fuente creadora (Xa+p = Xb) y que por el “estado de rebelión” logra comenzar la transformación innovadora del orden político vigente.

Por el contrario, el hecho de que un ciudadano abandone la participación en la comunidad política (por el miedo, por ejemplo, que la tiranía impone a la comunidad para que no participe) se puede enunciar a la inversa: Xa > Xa-1 = Xb

Es así como se debilita el poder de la comunidad política y el poder aparente o fetichizado de la violencia dominadora se impone sobre el pueblo. La no-participación es pérdida de poder político.

La participación tiene entonces la significación de un existenciario (para categorizar la cuestión como M. Heidegger). El ser-con-Otros (el nosotros comunitario más allá del yo, que analiza lingüísticamente C. Lenkendorf entre los pueblos mayas) se actualiza en la participación. Es el ser de lo político, como ya lo hemos indicado. El desarrollo del concepto de “participación”, posteriormente, pasa del mero ser participativo a ponerse como fundamento (Grund), es decir, se pone como esencia. En efecto, la participación es la esencia de lo que aparece fenoménicamente en el horizonte del campo político como totalidad. Todos los entes políticos se fenomenizan, aparecen o se dejan interpretar desde el fundamento. Así las acciones y las instituciones aparecen en el campo político como modos de participación; son maneras de participar. Decimos, por ejemplo, que hay acuerdos que son legítimos. La legitimidad es un carácter del fenómeno que tiene la particularidad de lo acordado fruto de razones expresadas con participación simétrica de los afectados. No se presta atención frecuentemente que la participación es el momento esencial de la legitimidad. Sin participación no hay legitimidad, ya que no es legítimo lo decidido sin la presencia, sin la participación de aquellos que debían dar las razones que permiten acuerdos acerca de las necesidades de los afectados. Por ello lo acordado sería ilegítimo en ausencia del afectado, por su no-participación. Puede entenderse entonces que el fundamento de la legitimidad es la presencia activa (como voluntad de participación, con razones que muestran sus requerimientos) del afectado. La presencia activa en la comunidad de los que pueden presentar retóricamente argumentaciones políticas sólo se cumple empíricamente por la participación, que no es otra cosa que esa presencia efectiva como parte (el ciudadano) del todo (la comunidad). La simetría de la que se habla es el modo debido de la participación; si no se permitiera la participación mal podría hablarse de simetría. Los afectados son tales porque están sufriendo los efectos negativos de no haber podido participar en anteriores debates para defender sus derechos y recibir los beneficios que le permitirían no ser afectados. Vemos así como el concepto de participación es la sustancia de la definición de lo legítimo. Es tan obvio que pareciera no necesitar ninguna explicación.

La participación originaria no puede decirse que es ilegítima o legítima (así como no puede decirse que el trabajo vivo tiene valor de cambio). Se sitúa en otro nivel distinto al de la legitimidad, porque, como ya lo hemos anotado, es el fundamento o la esencia de la legitimidad. La participación tiene dignidad (no legitimidad) originaria, y es soberana por naturaleza. Es más, la soberanía es la auto-referencia en acto de la participación de los miembros de la comunidad, que se ponen como comunidad existente efectivamente. La comunidad se pone a sí misma como soberana (acto primero) gracias a la participación en acto de sus miembros, y en tanto tal es el fundamento de la legitimidad de la representación (acto segundo), cuando decide crear la representación como institución y elegir al representante que ejerza delegadamente el poder. Pero la soberanía misma no es legítima, si se entiende que con ello queremos expresar que es más que legítima; ya que son legítimos los actos, los efectos (leyes, instituciones, etc.) de la soberanía, de la participación en acto.

Es como si quisiera expresarse: la madre no es filial, ya que es el fundamento de la filialidad de la hija. La participación del ciudadano es un derecho inalienable instituyente (antes que constituyente), y tiene la dignidad del mismo actor político como momento constitutivo sustantivo de la comunidad política.

Es por ello que la representación, como puede observarse, viene siempre después, y será un momento factiblemente necesario, determinado por la razón instrumental, que se sitúa sólo en la potestas (el orden fenoménico fundado), es decir, momento de las instituciones creadas para poder llevar a cabo la vida política, pero de ninguna manera es su sustancia.

Mientras que la potentia o el poder político en sí de la comunidad es ya siempre esencialmente presupuesto como participación. Cuando la comunidad política de los participantes se pone como poder instituyente (es decir, decide participativamente darse instituciones) lo debe hacer desde la participación de los miembros de la comunidad. Este ponerse instituyente escinde ya la potentia y la potestas (la estructura institucional al servicio de la comunidad). La potestas o la estructura institucional debe ser democrática, pero, nuevamente, el primer tipo posible y fundamental de democracia es la democracia participativa, que es la que decide la necesidad de darse representantes para hacer factible el ejercicio del poder político en concreto. Ese ejercicio representativo tiene como esencia la representatividad o la delegación (en sentido lato y no como mandato acotado) del poder de la comunidad en una persona de la misma comunidad que siendo parte (es un singular) representa o toma el lugar (es sustitución 8) por suplencia del todo (la comunidad). Este modo de organizar el sistema político se denomina democracia representativa, que para poder ejercer el poder delegado con justicia y eficacia necesita legitimidad. Como puede advertirse la democracia representativa no es ya el nombre general o como sinónimo de la democracia en cuanto tal, sino que es un momento de la democracia como régimen integral legítimo de ejercicio delegado del poder. Nace así en la potestas o en la estructura institucional política un sistema complejo y mutuamente articulable de democracia participativo-representativa que la Modernidad burguesa, o el liberalismo, no ha sabido descubrir, y menos practicar. Pero que tampoco la izquierda ha sabido describirla adecuadamente 9, lo que la ha llevado a callejones sin salida, a aporías innecesarias, a contradicciones de lamentables efectos.

La Revolución más profunda de nuestro tiempo, del siglo XXI, será la liberación de las comunidades políticas organizadas en Estados democráticos representativos, que lentamente institucionalizarán una democracia participativa de las mayorías empobrecidas de la sociedad civil. Esto supone un crecimiento acelerado en el pueblo de la conciencia de los problemas políticos, del conocimiento de los mecanismos institucionales, de la defensa de sus derechos por los que deberá luchar. Cuando se hablaba de socialismo sólo se pensaba en la pobreza y la explotación de la clase obrera y los lumpen por el capitalismo, que ciertamente debe superarse, pero frecuentemente se ignoraba la crítica política del liberalismo (que es en el campo político el sistema análogo al sistema capitalista en el campo) desde el ejercicio originario de la comunidad del poder político por medio de una participación plena de la ciudadanía (que se debía evidenciar además en la toma de decisiones participativas en las empresas del campo económico). Marx descubrió el tema en la experiencia heroica de la Comuna de París en el 1871, pero no logró formular la cuestión institucional dentro de una teoría política que articulara participación con representación (como lo estamos intentando ahora), como lo ha demostrado Istán Mészáros en su obra Más allá del Capital 10. Esta Revolución es más profunda y de mayores consecuencias, porque es la condición de posibilidad de todas las restantes (y, además, se cumple analógicamente en todos los campos prácticos). Un pueblo en ejercicio de su soberanía (en la que consiste la auto-determinación política) puede decidir su política económica nacional e internacionalmente.

La cuestión del respeto de las minorías, por ejemplo, cuando la mayoría de partidos conservadores se imponen en el Congreso o en el Parlamento (mayoría que a veces es el “mayoriteo” partidario-político de minorías de la comunidad que sin embargo tienen en sus manos el ejercicio del poder del Estado), sólo tiene real solución por medio de la participación. Si la minoría en un órgano colectivo de representantes (que sin embargo de hecho puede ser la mayoría de la comunidad política) no puede ejercer el poder en un momento coyuntural del Congreso o de las instituciones del Poder judicial, tiene sin embargo el recurso de la activa participación por la movilización de los afectados (aunque sean minoría en un órgano estatal representativo, pueden ser mayoría en las calles porque hoy los que sufren la injusticia son las mayorías). Pero mejor sería tener instituciones de participación que fueran la voz constitucional y legal por la que se expresan ejerciendo derechos institucionales tales como la revocación del mandato, por ejemplo, que es una nueva institución política de la participación fiscalizadora, a fin de que dicha minoría sea respetada y tenida en cuenta en los órganos representativos. Sin su activa participación nunca se aceptarán los argumentos de la minoría (si es mayoría de facto) en los órganos de la representación.

Se trata entonces de usar la imaginación para proyectar un sistema político más complejo en el cual a la participación y a la representación se le asignen funciones diferenciadas, pero, sobre todo, cuando la participación alcance un grado suficiente de institucionalización (por lo que no hay que confundir institucionalidad con representatividad) en los diversos niveles en los que el ejercicio del poder político ha ido determinando su necesidad.

Demos un paso más. Es necesario ahora distinguir tres (y no dos) instancias del ejercicio del poder (de la potestas).

En efecto, la potestas como la totalidad institucional (o la objetivación de la potentia, o poder de la comunidad política) tiene tres instancias fundamentales no consideradas como tal en ninguna teoría política moderna. Se trataría de una nueva cuestión, punto de partida de la revolución política del siglo XXI.

En una primera instancia 14, por la A “participación que demanda” (primera función del Poder ciudadano), la comunidad política sede del poder político (potentia) deviene un todo auto-conciente que se exige a sí misma aquello que necesita. Es decir, los miembros de la comunidad exponen por medio de los organismos nacidos de la participación institucionalizada (en los diversos niveles del ejercicio institucionalizado del poder: potestas) sus necesidades.

Esta interpelación tiene como término a las instituciones representativas en todos los niveles, a la que se dirige revelando sus exigencias materiales, formales o de factibilidad (flecha a). Es el nuevo tema de la democracia participativa que demanda en su instancia “interpelativa”, que debe institucionalizarse adecuadamente, y que no debe permitirse que se incluya meramente en el ámbito nunca cumplido de las promesas de los candidatos de los partidos en el proceso de la propaganda preelectoral, ya que se deja a la buena voluntad de los gobernantes (momento del “pilotaje” de la representación del Estado) el momento esencial material de toda política: el cumplimiento de la voluntad como querer-vivir, es decir, como necesidades materiales de la comunidad.

En una segunda instancia, por la B “representación que gobierna” o realizadora (función propia de los tres Poderes: ejecutivo, legislativo y judicial) se manejan dichas propuestas, que son el contenido mismo del ejercicio del poder institucional o delegado, como realización propia del gobierno del Estado. Es todo el tema de la democracia representativa (única experiencia institucionalizada del liberalismo moderno).

En una tercera instancia, por la C “participación que controla” (segunda función del Poder ciudadano) se observa 15 (con poder efectivo, aún una “policía fiscalizadora”, última instancia de coacción, aún sobre la policía judicial o el ejército mismo) el cumplimiento por parte de las instituciones representativas (B) de las exigencias y necesidades propuestas por la comunidad política (A) para su cumplimiento. Aún el Poder judicial será observado por el Poder ciudadano: la función fiscalizadora es superior a la función judicativa. La Suprema Corte Constitucional (última instancia de juicio de todo el sistema político del Estado) será conformada por candidatos propuestos por el Poder ciudadano propositivo, de donde la Suprema Corte de Justicia constituye ternas, de la cual terna son electos sus miembros por votación directa de la comunidad política en su totalidad. Es todo el tema de la democracia participativo-fiscalizadora, que dirige las auditorías que vigilan a la representación.

¿Es posible institucionalizar la participación como algo diferente a la institucionalización representativa? Opino que hay muchas experiencias de diversos modos de la institucionalización participativa (desde la Asamblea comunal de la base del barrio o la aldea hasta los movimientos sociales de los más diversos tipos) que no significa una representación a partir de las exigencias políticas de los partidos políticos, y el cumplimientos de una democracia representativa (no decimos “liberal”, y aunque fuera, al faltarle su co-determinación participativa, fetichizó la representación inevitablemente).

Artículo completo en edición impresa. Pídela aquí

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1 Desearía que esta contribución sirviera como material para la discusión de los grupos de debate de los “Indignados”, con pretensión de verdad ciertamente, pero de ninguna manera con la intención dogmática de imponer temas extraños, latinoamericanos. Simplemente pienso que pueden ser útiles como humilde leña a ser consumida por el fuego del debate comunitario.

2 La lectura y debate de este artículo fue realizado en la Conferencia de Filosofía Política organizada por el Instituto de Filosofía de la Universidad de Praga, del 10 al 14 de mayo de 2011. Los concurrentes, colegas en la tradición filosófica de la Escuela de Frankfurt de Alemania, Dinamarca, Italia, Estados Unidos, República Checa, etc., produjeron un agitado debate sobre el tema, en especial cuando hice referencia a H. Chávez que no tiene “buena prensa” en la Europa social-demócrata (por desconocimiento del tema).

3 El vigilar y castigar de M. Foucault se cumple ahora no como dominación en dirección de arriba-abajo, sino como justicia de abajo-arriba, dando contenido al gobierno e impidiendo la impunidad en el momento de la corrupción o la fetichización del poder (en lo que consiste la ilegitimidad del ejercicio delegado) en los procedimientos formales.

5 J. S. Mill, 2009.

6 El presentar propuestas bien pensadas, fundamentadas y globales para toda la comunidad exige escuelas políticas y asociaciones que permitan presentar dichos proyectos. Estos deben ser los partidos políticos. Si hay uno sólo habría igualmente un solo proyecto presentado por el único partido. El Comité Central del tal partido podría argüir que tiene diferentes corrientes internas. Si dichas corrientes tienen plena autonomía de discusión serían de hecho partidos políticos. Sin embargo, de hecho y según la experiencia del socialismo real no ha podido haber dicha discusión plena y autónoma de dichas corrientes. Además los representantes de dichas corrientes no fueron elegidos directamente por la comunidad política, en tanto miembros de diferentes corrientes con proyectos diferenciados. Esta falta de pluralidad sumada a la no elección de los representantes como miembros de grupos con diferentes proyectos políticos invalida la democracia representativa en cuanto tal (no la liberal) y no es tampoco plena participación.

7 Véase en la Lógica pequeña, en la Enciclopedia, § 144 ss; en Hegel, 1970, vol. 8, pp. 284 ss, y en el mismo lugar sistemático en la Lógica de 1812-1816.

8 Y cuando esa sustitución se realiza en “el tiempo que resta mesiánico” (piénsese en W. Benjamin o G. Agamben) significa colocarse en el lugar de la víctima ante el “pelotón de fusilamiento”, del que nos hablaba personalmente E. Levinas en Lovaina en 1972.

9 Y esto por una explicable desconfianza de la representación liberal burguesa, criticada desde el horizonte de una imposible participación (de democracia participativa directa) no institucionalizada en los cuatro niveles del ejercicio del poder estatal.

10 II, cap. 11, y IV, cap. 3 (Mészáros, 2006).

11 En el caso de Venezuela las demandas o necesidades deben ser planificadas. Todo esto se decreta en la “Ley orgánica de la planificación pública y popular”, en la Gaceta oficial (Caracas), nr. 6.011, December 21, 2010.

12 Los Zapatistas en México (EZLN) en Chiapas enunciaron dos principios opuestos: entre los que ejercen el poder: “los que mandan mandan mandando”; y “los que mandan mandan obedeciendo”. Ambos enunciados se refieren al poder representativo. Uno como dominación fetichizada y el otro como poder al servicio del pueblo. Pero si nos situamos desde el pueblo mismo como poder participativo, el pueblo mismo es “el que manda mandando” y ante el cual el poder representativo debe “mandar obedeciendo”.

13 La function de control ejercida por la participación institucionalizada está legalizada en Venezuela por la “Ley orgánica de la Contraloría social”, en la Gaceta oficial, nr. 6.011, 2010, ya nombrada.

14 Todo lo referente a la institucionalización de la participación en Venezuela puede consultarse en una publicación conjunta de Leyes del Poder Popular, Asamblea Nacional, Talleres Gráficos, Caracas, 2011; véase también Víctor Álvarez R., 2010, Del Estado burocrático al Estado comunal, Editorial Horizonte, Caracas.

15 Habrá que distinguir claramente entre la acción judicativa (el “juicio”) del Poder judicial de la acción fiscalizadora (la “observación” soberana) del Poder ciudadano. Por otra parte, como el poder observacional puede culminar en la necesidad de un “juicio” (por ejemplo, en la “revocación del mandato” de un representante, y aún de un juez del Poder judicial hasta en la más alta instancia de la Corte Suprema de Justicia), habrá que aclarar qué tipo de “juicio” es éste y quién lo efectúa (porque podría ser el mismo Poder judicial con ciertas condiciones o por medio de una Suprema Corte Constitucional dependiente del Poder ciudadano, ya que no se puede pensar en un “juicio popular” inmediato o en el “linchamiento”). La gobernabilidad de la representación debe siempre asegurarse en equilibrio con la necesaria participación de la comunidad política. Las instituciones de la participación ejercen la función de “auditorías” con fuerza de ley.

EN EUROPA, LA CRISIS SE LLEMA EURO

Francisco Martín Seco

Éxodo 113 (marz.-abr.) 2012
– Autor: Francisco Martín Seco –
 
Dice el antiguo adagio griego que aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco. Según esto, parece que los dioses se han puesto en contra de los pueblos europeos y conspiran para arruinarlos, ya que sus dirigentes han enloquecido. Cuando la recesión se asoma a la economía de Europa, los gobiernos por toda solución se confabulan para endurecer los ajustes, realizar reformas regresivas como la laboral y cerrar cualquier salida que no pase por el déficit cero.

La locura, la hybris, ha estado presente, al menos desde el Acta Única en el proyecto europeo. Sus dirigentes han intentado lograr lo imposible, al tiempo que trufaban de ideología neoliberal la teoría económica. En su soberbia, descalificaron las advertencias que venían del otro lado del Atlántico, atribuyéndolas al miedo que causaba en EE UU una moneda europea capaz de competir con el dólar, y acallaron y despreciaron por todos los medios a su alcance las pocas voces que nos manifestamos contrarias en el interior, colocándolas en el saco de lo políticamente incorrecto, a pesar de que los razonamientos económicos más elementales indicaban que una unión monetaria sin unión política y fiscal estallaría a medio plazo llena de contradicciones.

En Maastricht y en todo el recorrido posterior se fijaron como objetivo, con el fin de construir la Unión Monetaria, la convergencia nominal entre las economías de los países, despreciando y pasando por alto la convergencia real y, a la hora de diseñar un banco central, prestaron atención exclusivamente al control de la inflación y se olvidaron del crecimiento. La hybris, una vez más, les cegó y no percibieron que los fracasos de los dos intentos realizados para construir un sistema de cambios fijos (Serpiente Monetaria y Sistema Monetario Europeo) eran señales inequívocas de adónde les podía conducir la Unión Monetaria si persistían en su error.

Llevados por el odio hacia lo público, en el mal llamado Pacto de Estabilidad y Crecimiento, atendieron únicamente al déficit y a la deuda pública, y no quisieron considerar que la variable importante –tal como entonces algunos ya dijimos- es el saldo de la balanza por cuenta corriente. Son el déficit y el endeudamiento exterior los peligrosos, bien tengan un origen público o privado.

Al crear en 1944 en Bretton Woods el sistema monetario internacional (sistema de tipos de cambio fijos), no tuvieron ninguna duda de que era el déficit de la balanza de pagos la variable relevante a efectos de mantener equilibrado el sistema. Keynes, con buen criterio, fue más allá y defendió que no fuesen únicamente los países deficitarios los obligados a las correcciones, sino también todos aquellos que presentaban superávit. Esta propuesta, sin embargo, no fue aceptada por EE UU, país entonces con fuerte superávit en su balanza de pagos, pero sí debería constituir ahora un claro requerimiento a Alemania.

Hoy, tímidamente, es verdad, hay quien se atreve, incluso en las más altas instancias de los organismos comunitarios, a sugerir que el factor desestabilizador es el déficit de la balanza por cuenta corriente, aunque tales planteamientos no tienen ninguna plasmación ni en el discurso oficial ni en la práctica. Los mandatarios europeos continúan poseídos por la locura y, pese a la crítica situación en que se encuentra la Eurozona, siguen impertérritos pendientes exclusivamente de la estabilidad presupuestaria, colocando más y más corsés a los países. Tal comportamiento solo puede producir un resultado: estrangular las economías. Con lo que tampoco cesará la ofensiva de los mercados que seguramente tienen más en cuenta el estado de la actividad económica que el saldo presupuestario.

A los Estados se les está privando de todo mecanismo de defensa. El mercado único les impide utilizar cualquier medida proteccionista frente a la invasión de productos extranjeros; el Acta Única, con la aceptación de la libre circulación de capitales, les veda la utilización de medidas de control de cambios; la Unión Monetaria les ha despojado de la moneda propia y por lo tanto de la posibilidad de devaluar la divisa, al tiempo que se les cierra el recurso a un banco central que les respalde. La situación de muchas de estas naciones es crítica y como única solución ahora se les ofrece un pacto por el que se les pretende arrebatar la capacidad de acompasar la corrección de sus déficits según las circunstancias y necesidades. A muchas de ellas, entre las que se encuentra España, se les está colocando una camisa de fuerza que ahoga sus economías y que ciega cualquier salida. Y todo ello sin que existan las contrapartidas necesarias: una Hacienda Pública única que pueda compensar los desequilibrios que el mercado único y la Unión Monetaria generan entre los distintos países. Se reclama a los Estados ceder soberanía, pero ¿a quién?, ¿a organismos internacionales carentes de cualquier legitimidad democrática? ¿A Merkel y Sarkozy?

Lo más grave de la situación actual es que a estas alturas continuamos errando en el diagnóstico. Seguimos pensando que el problema reside en la prodigalidad de Grecia y de otros países periféricos o que la causante de esta situación es la crisis importada de EE UU, o incluso los más críticos atribuyen la causa a la política suicida de ajustes impuesta por Alemania al resto de los países. Todos estos factores pueden ser reales y es posible que hayan contribuido a aumentar el laberinto en el que se encuentra la Eurozona, pero ninguno de ellos es la causa última. El fondo del asunto se encuentra en las contradicciones del proyecto y en la inviabilidad de una unión monetaria sin verdadera unión fiscal, a la que Alemania no estará dispuesta nunca porque toda unión fiscal, por poco progresiva que sea, conduce a fuertes flujos de recursos de las regiones más opulentas a las menos favorecidas.

En Europa, se quiera o no, la crisis se llama euro y no desaparecerá hasta que la Unión Monetaria se rompa. Los políticos se niegan a aceptar que se han equivocado. Solo los enormes intereses en juego pueden ocultar el verdadero diagnóstico, diagnóstico que estaba claro desde el principio. En el libro que acabo de publicar en la editorial Península recojo el siguiente artículo que escribí hace quince años, en el diario El Mundo:

“Haríamos mal, no obstante, en pensar que a corto plazo las contradicciones del proyecto Unión Monetaria (UM) van a generar un fuerte cataclismo económico y financiero. No es previsible, sobre todo porque las fuerzas capitalistas y empresariales están fuertemente interesadas en el proceso. Más bien puede suceder lo contrario: que la aparición del euro se salude de momento con cierta euforia financiera y económica, tal como ya está ocurriendo en estos momentos. Pero los envites económicos se dilucidan a medio y a largo plazo, y ahí sí que, ineludible y progresivamente, irán surgiendo todas las incoherencias y las lacras del diseño adoptado.

Los ciudadanos europeos se irán percatando de que la idea de democracia se les escurre poco a poco entre las manos, para quedar reducida a una palabra sin contenido, y que las decisiones económicas, aquellas que afectan fundamentalmente a sus vidas, son tomadas bien por los mercados financieros –eufemismo para indicar los poderes económicos- o bien por instituciones europeas políticamente irresponsables y sobre las que ellos no tienen ninguna influencia. Comprenderán que la UM ha servido para eliminar cualquier riesgo que pudiera acechar a los dueños del dinero, alejándoles de los peligros de la inflación o de las devaluaciones, pero a condición de ir aumentando gradualmente los de la mayoría de la población, comenzando por la amenaza del desempleo o de la precariedad laboral, y terminando por las contingencias sociales, cada vez menos cubiertas por los sistemas públicos de protección.

Los sistemas fiscales en un mercado único con libre circulación de capitales sin armonización fiscal y en el que, con enorme hipocresía, se admite la existencia de paraísos fiscales para los que no se establece la menor sanción, irán perdiendo paulatinamente progresividad y recayendo en exclusiva sobre los trabajadores, mientras las rentas empresariales y de capital se ven exentas de toda tributación ante el chantaje de emigrar a otros territorios dentro de la Unión más confortables fiscalmente.

Las enormes tasas de paro actuales, lejos de reducirse, se incrementarán espoleadas por la política deflacionista de una institución, el BCE, que tiene como única misión la estabilidad de precios, y por la carrera sin fin de los Estados por tener la menor tasa de inflación -¿hasta dónde?- con la que ganar competitividad y aumentar así su participación en ese mercado único. Ningún Estado se preocupará de agrandar la tarta, tan solo de robar un trozo de pastel al vecino. Ante una política monetaria común y la imposibilidad de modificar el tipo de cambio, los salarios se transformarán en la única variable de ajuste posible, incluso cuando el desequilibrio venga motivado por el hecho de que los empresarios pretendan obtener más beneficios.

La dimensión exigua, casi ridícula, del presupuesto comunitario imposibilita la existencia de verdaderos mecanismos de compensación interterritorial capaces de neutralizar los desequilibrios regionales que la moneda y el mercado único generarán. Los actuales fondos estructurales y de cohesión son un remedo, cuantitativamente inoperantes, pero su existencia incluso se cuestiona para el futuro. Bienvenido sea el euro, regocijémonos ahora, porque tras la euforia y el triunfalismo aparecerán muy pronto los obstáculos y las complicaciones” (El Mundo, 16 de marzo de 1998).

Creo que, por desgracia, estos vaticinios se van cumpliendo al pie de la letra. ¿Clarividencia? No. Simple realismo y carencia de intereses y prejuicios.

En estos momentos son bastantes ya los que afirman que la Unión Monetaria no es viable sin unión fiscal, lo que resulta una verdad evidente. La pena es que muchos de los que ahora lo proclaman no lo hiciesen en su momento, antes de la creación del euro. Por ejemplo, Delors y todos los que componían el gobierno español cuando se aprobó el Tratado de Maastricht. Entonces ni siquiera se aceptó una armonización fiscal y, sin embargo, todos se mostraron exultantes y se conformaron con los raquíticos fondos de cohesión.

Me temo, además, que las palabras y el lenguaje se trastocan una vez más y se emplea la expresión unión fiscal de forma caricaturesca y distorsionada. Así lo hace, desde luego, la señora Merkel cuando la reduce al mero control del déficit público. ¿Cómo se puede hablar de unión fiscal si los países tienen sistemas impositivos totalmente diferentes, con exenciones, deducciones y tipos divergentes, y juegan entre ellos al dumping fiscal? Además, aun cuando se lograse la armonización, estaríamos muy lejos todavía de constituir una unión fiscal. La armonización debería haber sido un paso ineludible antes del Acta Única y de haber aceptado la libre circulación de capitales, pero resulta insuficiente tras la Unión Monetaria. Ante las divergencias en las economías reales y la imposibilidad de devaluar, se precisa una Hacienda Pública común capaz de asumir una adecuada función redistributiva entre las regiones, y un presupuesto comunitario cuantitativamente significativo equivalente al de cualquier Estado, con potentes impuestos propios y con capacidad para atender los gastos y las prestaciones sociales de toda la Unión.

Una verdadera unión fiscal es la que se ha realizado entre las dos Alemanias, por cierto financiada en buena parte por el resto de la Unión Europea. Claro que no es esta la unión fiscal que Merkel propone, ni la que está pensando para Europa. Nunca aceptaría una transferencia de recursos tan cuantiosa entre países ricos y pobres como la que se seguiría de tal integración. Pero sin esta unión fiscal, la Unión Monetaria deviene imposible, porque lo que ahora se está produciendo es una transferencia de fondos -quizá de importe similar- en sentido inverso, transferencia a través del mercado, opaca y encubierta, pero no por eso menos real. El mantenimiento del mismo tipo de cambio entre Alemania y el resto de los países empobrece a estos y enriquece a aquella; ocasiona un enorme superávit en la balanza de pagos del país germánico mientras que en las de las otras naciones se genera un déficit insostenible. Se crea empleo en Alemania y se destruye en los demás países miembros.

En contra de lo que se cree, no son Alemania ni los demás países del norte los paganos de esta situación. No han avalado por un euro más de lo que les corresponde proporcionalmente a su tamaño, es decir, exactamente igual que Francia, España, Italia, Bélgica, etc. A los países rescatados (más que rescatados, hundidos) -tales como Grecia, Irlanda o Portugal- tampoco se les ha regalado nada, se les ha prestado el dinero a un tipo elevadísimo, y todo ello a cambio de perder la soberanía popular y por la única razón de que el BCE, por la presión de Alemania, no actúa como un verdadero banco central.

No, Alemania no es la pagana, sino la beneficiaria y receptora de fondos. En primer lugar, porque, gracias a tener atados de pies y manos a los otros países, se está financiando a un tipo privilegiado, que tiene como contrapartida las altas tasas de interés que los demás tienen que pagar. En segundo lugar y principalmente porque, al mantenerse fijo el tipo de cambio, la economía alemana gana competitividad mientras que el resto de los países la pierden. Los problemas no provienen de los dispendios y derroches de los países del sur como quiere hacer ver la canciller alemana, sino de las implicaciones previsibles de un proyecto contradictorio e insensato, la Unión Monetaria.

Lo que resulta más sorprendente es la postura de los gobiernos del resto de los países comenzando por Francia, que han asumido, en una especie de síndrome de Estocolmo, los planteamientos alemanes que conducen a sus economías al abismo; y aún más sorprendente si cabe la de todos esos comentaristas españoles que dicen ponerse en el lugar de Alemania y mantienen la tesis de la prodigalidad de los países del sur. Lo menos que se puede decir de los bancos españoles, irlandeses o italianos es que han actuado de forma irresponsable, pero no más que los alemanes o los franceses.

Aun cuando entonces casi nadie quería reconocerlo, la UM, tal como se diseñó en Maastricht y se ha desarrollado posteriormente, resulta inviable. Los acontecimientos lo están demostrando. Pero la gran mayoría continúa sin asumir el problema en toda su dimensión y piensa que se puede arreglar con parches. La única solución factible pasa por constituir una verdadera unión económica en todos sus aspectos, pero eso los países ricos no quieren ni oír hablar. Quizá sea lógico, pero en tal caso Alemania no debería haber planteado nunca una unión a la que no está dispuesta y, sobre todo, los gobiernos de los demás países no deberían haber aceptado jamás un modelo que conduce a las economías de sus respectivos Estados al abismo, ni deberían continuar mareando la perdiz con medidas traumáticas que lejos de solucionar la situación la empeoran de cara al futuro.

Los mandatarios europeos harían bien en cantar la palinodia, reconocer que se han equivocado y dedicarse a trazar con el mayor sigilo un plan coherente y lo menos traumático posible para desandar el camino andado. Aferrarse a la idea de mantener como sea la UM va a tener consecuencias muy graves para todos los países, pero en mayor medida para los periféricos que, gracias a la moneda única, presentan importantes desequilibrios y un fuerte endeudamiento.

CARLOS FERNÁDEZ LIRIA

Evaristo Villar y Juanjo Sánchez

Éxodo 113 (marz.-abr.) 2012
– Autor: Evaristo Villar y Juanjo Sánchez –
 
Profesor titular de la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, en el departamento de Metafísica y Teoría del Conocimiento. Su participación en los movimientos de oposición al llamado “proceso de Bolonia”, su libro Educación para la Ciudadanía y su participación en debates internacionales sobre la situación en Venezuela a partir del proceso bolivariano, lo han convertido en uno de los referentes de los movimientos sociales de izquierdas.

“La mejor definición de lo que está ocurriendo la hizo ese magnate de Wall Street, Warren Buffet, cuando dijo que indudablemente había lucha de clases, pero que era la suya la que iba ganando. Galbraith la definió como una revolución de los ricos contra los pobres”.

Cada día es mayor el malestar, el descontento y la indignación ciudadana frente a la praxis política: un mundo desarticulado (en la era de la globalización de las comunicaciones) y dominado por los intereses económicos de unos pocos. ¿Hacia dónde camina la política mundial actual?

No hay política en cualquier condición. Para que haya política, hacen falta algunos requisitos que remiten a eso que fue la polis griega, algo que tiene que ver con la ciudadanía: es preciso un espacio donde los ciudadanos pueden hablar de igual a igual, argumentando y contraargumentando para producir leyes. Esto es necesario para que haya política. Y esto es lo que brilla por su ausencia en el mundo actual. Las condiciones económicas en las que estamos instalados impiden por completo el protagonismo de la voz ciudadana. Nadie puede llamar política a eso que hacen los políticos profesionales actualmente, en España y fuera de España. Estar servilmente pendientes de la autorización y la presión de los mercados para saber lo que tienen que hacer, que el mensaje de los políticos sea siempre “vamos a hacer lo que hay que hacer”, “lo que no tenemos más remedio que hacer”, en vez de “vamos a hacer lo que es justo o conveniente hacer”… eso no es política. Eso es servilismo hacia una autoridad tiránica.

Pero esto, ¿lo ves como una fase de transición? ¿Llegará un momento en que esto va a cambiar o tenemos para rato?

Me disgusta decir que soy bastante pesimista. Mirando la marcha actual de mundo, encuentro que hay muchas más posibilidades de que esto termine en una catástrofe planetaria de que la humanidad logre recuperar las riendas políticas del mundo y hacer algo que se parezca a lo que llamamos el Estado de derecho. El problema está en que el capitalismo, o la estructura económica que gobierna este mundo, va muy rápido; actualmente corre a la velocidad de la luz, de bolsa en bolsa en “tiempo real”, comerciando con el futuro a través de los derivados financieros. Es decir, al capitalismo el presente siempre le sabe a poco. O se le paran los pies al capitalismo o esto no tiene remedio. Creo que el capitalismo acabará con la humanidad y con el planeta en poco tiempo. No sé cuánto: pueden ser doscientos años, cincuenta o veinticinco, no lo sé. Pero lo que sí sé es que un sistema que necesita crecer y crecer, acelerando la marcha todos los días, es incompatible con un planeta finito.

Hay que tener en cuenta que el capitalismo tiene unos pocos siglos de existencia, y eso ha bastado para que el mundo esté a punto de reventar. La humanidad lleva viviendo sobre este planeta medio millón de años. Del hombre de Neanderthal nos separan cincuenta mil años; pero trescientos años de capitalismo y el planeta no resiste. Si soy pesimista es porque la amenaza me parece muy grande. Y aunque veo la posibilidad política de pararle los pies al capitalismo, la veo cada vez más remota.

¿Y qué nos dices de la política de la Unión Europea? ¿Es cierto que la política neoliberal alemana está dominando la UE? Además de esta predominancia de Alemania, ¿en qué se está debilitando la UE para que cada día goce de menor aprecio entre nosotros?

La mejor definición de lo que está ocurriendo la hizo ese magnate de Wall Street, Warren Buffet, cuando dijo que sí, que indudablemente había lucha de clases, pero que era la suya la que iba ganando, y además, por goleada. Galbraith la definió como una revolución de los ricos contra los pobres. Esto está despertando mucha indignación, pero también el sentimiento de impotencia es muy grande. Los ricos han decidido emprender un proceso revolucionario, están dispuestos a destruir todas las instituciones democráticas que ha costado tanto tiempo edificar para proteger el trabajo, la salud, la maternidad, la educación, etc. Todo ello se está viniendo abajo con la revolución declarada por los grandes capitalistas financieros, dueños de capitales que ni siquiera se materializan en ningún proceso productivo. Hay un capital sobrante descomunal en manos de muy pocas personas. Es muy bueno ese lema que ha nacido en Wall Street “somos el 99% y vosotros sois el 1%”. Este 1% es el que ha emprendido esta revolución planetaria que va a transformar a un ritmo vertiginoso la faz del planeta. Se está desmantelando todo el tejido institucional del que Europa ha estado tan orgullosa durante las últimas décadas…

¿Qué puede quedar de Europa entonces…?

No soy economista, pero lo que leo en los economistas a los que más respeto es que Europa quizás siga siendo una potencia mundial, pero que eso es perfectamente compatible con un 80% de su población viviendo en la miseria. Lo que va a desaparecer es eso que se ha llamado la clase media europea, el Estado del bienestar. ¿Seguirá siendo una potencia mundial capaz de competir en el mundo de la globalización con otras potencias mundiales como EE.UU. o China? No lo sé. Pero eso será compatible con una población empobrecida. De hecho este es el modelo estadounidense: una potencia mundial donde hay unos cuarenta millones de pobres. Y el resto de la población tampoco es que haya disfrutado de las prestaciones que han tenido las poblaciones europeas. No hay más que ver el porcentaje de población en la cárcel que hay en EE.UU. Los datos que daba John Gray en su libro Falso amanecer eran escalofriantes. EEUU. es una gran potencia que se sustenta sobre guetos y cárceles. Y eso es perfectamente posible que nos ocurra también a los europeos.

En general, los ciudadanos y ciudadanas de nuestras modernas democracias desconfiamos de unas mediaciones que nos hemos dado para la implantación de la democracia: los gobiernos estatales obedecen a voces ajenas a los propios ciudadanos; los partidos políticos, minados por la corrupción y el clientelismo; el estamento judicial ideologizado y venal; el parlamento, generalmente enmudecido. Crece la convicción de que la política oficial definitivamente no sirve para resolver los problemas reales de la gente. ¿Qué lugar se le reserva al ciudadano en este entramado de intereses -a “la silla vacía” de la que tan certeramente hablabas en tu libro sobre Educación para la ciudadanía-? ¿Está en peligro la democracia?

Sí, está en peligro la democracia porque no queda espacio para el ciudadano. El problema es que esa “silla vacía” a la que te refieres, bajo el capitalismo está siempre ocupada. La ciudadanía es una condición humana que remite a un vacío que se llama libertad, ese agujero en el mundo que permite iniciar una nueva serie causal, inventar algo nuevo que no viene exigido por el curso de las cosas, en suma, intervenir, decidir.

Esa es la voz de la ciudadanía. Que la ciudadanía tome el poder es el viejo proyecto de Sócrates y Platón, de la Ilustración en general: poner en el centro de la ciudad esa “silla vacía” para legislar desde ahí. Los jacobinos lo explicaban diciendo que debían gobernar las leyes y no los hombres. Por supuesto, no se trata de que gobierne Dios, porque entonces gobiernan los sacerdotes. Para garantizar que gobiernen las leyes, tiene que existir un artilugio llamado división de poderes. El poder ejecutivo tiene que obedecer al poder legislativo y éste no debe ser el que juzga. Es la manera de impedir que ciertos hombres, ciertas camarillas, ocupen el lugar de las leyes y se conviertan en tiranos que imponen como leyes sus propios intereses. Eso sí, para que la división de poderes no sea un estafa, no basta con separar el poder legislativo del ejecutivo o el judicial. Es preciso que el poder así dividido sea realmente el poder. De nada vale dividir el poder político allí donde los poderes económicos son mucho más poderosos y permanecen sin civilizar en estado de puro salvajismo. En las condiciones actuales, el lugar de las leyes está siempre secuestrado por poderes salvajes que no responden ni al poder ejecutivo, ni al legislativo, ni al judicial. Son poderes económicos que no responden a ninguna disciplina constitucional. Demasiado grandes para dejarse legislar y para ser juzgados, se imponen al poder ejecutivo. De esta forma, la democracia es una ficción: el “espacio vacío” para que haya ciudadanía está ya ocupado por poderes incontrolables. Bajo el capitalismo la democracia es imposible.

Descendemos al terreno particular de la política en nuestro país. La macro política en España parece estar enfrentándose a una creciente tensión. De una parte la tendencia a debilitar las autonomías y afirmar el centralismo y, de otra, la también creciente tendencia identitaria que apunta a la desintegración. Si esta apreciación fuera cierta, ¿qué no hemos resuelto políticamente en más de treinta años de democracia? ¿Qué etapas no hemos recorrido correctamente y por qué?

Es una pregunta muy difícil. Tampoco estoy muy seguro de tener una respuesta segura a este tema. Hay ciertamente un problema muy serio. Y “quiera Dios” (o quien sea) que esto no se nos convierta en una especie de Yugoslavia. Quizás no sea para tanto. Pero si la crisis nos pone en una situación muy difícil, el Estado va a ver que no tiene más remedio que ahorrar (¿suprimiendo Autonomías?). Por ejemplo, en las próximas elecciones en el País Vasco es posible que gane Amaiur, un partido que proviene de partidos ilegalizados (lo que debería hacer reflexionar mucho sobre dicha ilegalización). Y, si no gana Amaiur, ganará el PNV, y entre Amaiur y el PNV tendrán una mayoría parlamentaria casi absoluta. Si la cosa se pone fea, ellos pueden decir: “España es un territorio que vota fundamentalmente al PP y nosotros no queremos saber nada con eso. Allá os apañéis, que nosotros seguiremos por nuestra cuenta”. ¿Cómo se va a resolver eso? Me da miedo pensarlo por las tensiones políticas espeluznantes que esto va a generar. Yo no tengo una solución. Sí es verdad que si miramos hacia atrás, hacia la época de la Transición, quizás tendríamos que haber optado por un Estado Federal o algo de ese tipo. Pero tampoco estoy seguro de eso.

Interesante. El federalismo ¿pudiera ser una buena alternativa a la actual situación?

No lo sé. Porque el federalismo, en un agravamiento de la crisis económica, también se rompería. No es lo mismo buscar modelos políticos en situaciones económicas normales que en situaciones críticas. En este momento las economías europeas están cerrándose sobre sí mismas y exigiendo soberanía frente a los mercados. Es lo que más se ha oído en la actual campaña electoral francesa: “recuperar la soberanía”. Y lo mismo piden los griegos. Porque en este momento estamos vendidos a una autoridad que nadie sabe dónde está, ni de dónde procede, que son los mercados. En esta situación es lógico que las sociedades comiencen a cerrarse sobre sí mismas. Y me temo que el mapa europeo va a cambiar mucho. Y en España nos vamos a encontrar con un conflicto muy profundo.

Vistas desde la ciudadanía, ni la reforma económica ni la laboral parecen llamadas a atajar a corto plazo los enormes costes que se están echando sobre los sectores medios y más vulnerables de la sociedad. ¿Se puede prever ya hacia dónde nos van a llevar a medio plazo? ¿Se pueden sacar ya algunas consecuencias de la huelga general del pasado 29 de marzo?

Empiezo por la segunda pregunta. En la tradición marxista y anarquista, la huelga general es la mayor manifestación de fuerza que tiene la clase obrera. En este momento, la clase obrera es verdad que tiene muy poca fuerza, con lo cual, la huelga general no da demasiado miedo. Ya dijo Rajoy que la huelga no iba a cambiar en absoluto su política. Pero, sin la huelga general, su política estaría disfrutando de un cheque en blanco. La huelga general es la única llamada de atención que se le ha dado a este gobierno. Es el único medio con el que contamos para expresar nuestro descontento y discrepancia. Es cierto que esta huelga no ha sido como para hacer temblar ni a la CEOE ni al Gobierno, pero sin la huelga general la revolución de los ricos contra los pobres estaría yendo a un ritmo mucho más vertiginoso.

Referente a la primera cuestión, creo que tenemos que hacer un pequeño ejercicio de memoria. Cuando comenzó la crisis, pongamos en el 2008, todos los periódicos dijeron que el capitalismo había fracasado, que había que buscar otro modelo económico, que habría que “refundar el capitalismo” como dijo Sarkozy… ¿Dónde ha quedado todo eso? Nadie ha vuelto a mencionarlo. Al final, resulta que el remedio para salir de la crisis es el mismo que la ha causado. Más de lo mismo. Es una huida hacia adelante. Masacrar más y más la capacidad de consumo de la población, enfriando la economía. No sé qué más pruebas necesitan los economistas actualmente para no darse cuenta de que esta política de contención del déficit no ha conseguido combatir la crisis en ningún sitio. El otro día lo dijo el conocido nobel de Economía, Paul Krugman: “pido a alguien –dijo- que me dé un solo ejemplo de un país que haya solucionado su crisis mediante políticas de contención del déficit”. Entonces, si no hay ni un solo ejemplo, ¿por qué seguimos huyendo hacia delante de esta forma?

El 25 del pasado mes de marzo hubo elecciones autonómicas en Andalucía y Asturias. A la vista de los resultados, ¿se puede pensar en algún inicio de la resurrección de la izquierda en España? ¿Qué le falta a la izquierda política en España, en Europa, para poder articular un proyecto serio e ilusionante de gobierno estatal? ¿Se puede esperar algún proyecto político alternativo al neoliberalismo reinante?

Yo me alegré muchísimo de la derrota del PP en Andalucía y en Asturias. En España tenemos la particularidad de no tener una derecha normal. El PSOE es una derecha normal, europea, civilizada. Pero el PP no lo es. En el Partido Popular se mezcla el neoliberalismo con el franquismo. Para derecha neoliberal ya tenemos al Partido Socialista. El PP, además de neoliberal y franquista, está vendido a la jerarquía eclesiástica más reaccionaria, a las sectas religiosas más peligrosas como el Opus, los Legionarios de Cristo, los Kikos, etc. En esta situación, pararle los pies a esta derecha española me parece siempre un motivo de alegría, que es lo que ha ocurrido en Andalucía y en Asturias. Junto con la huelga general ha sido una buena llamada de atención, un buen aviso al PP. Sin embargo, desde un punto de vista económico, la diferencia que hay entre el PP y el PSOE es prácticamente irrisoria. Los ministros de Economía son intercambiables. Solbes y Rato se estuvieron turnando en el Ministerio de Economía y era muy difícil notar la diferencia. Zapatero decía que tenía que hacer cosas contra su propia voluntad (como bajarles el sueldo a los funcionarios) porque los mercados lo exigían y lo mismo dice y hace hoy el PP. Dicen que están haciendo “lo que tienen que hacer”, “los deberes”, es decir, lo que los mercados les dicen que hagan. Aquí no hay política, son exigencias económicas que tienes que cumplir como un buen gestor. Los partidos socialistas europeos no van a hacer otra cosa que gestionar el mandato de los mercados. Las diferencias con la derecha serán muy pequeñas. Sin embargo, me parece un programa interesante el de Mélenchon en Francia. Él ha dejado las cosas suficientemente claras: bajo las condiciones capitalistas, esto no tiene solución; hay que cambiar el modelo económico; hay que proteger las legislaciones laborales, reforzar las instituciones democráticas, etc. Hay un resquicio de esperanza en este discurso para Europa. No estamos en una situación tan diametralmente distinta de la que se encontraba Europa en los años treinta y entonces nos encontramos con una guerra mundial.

El movimiento de los indignados y el 15 M ¿ha sido algo espontáneo, inesperado, sorprendente o tiene raíces donde entroncar en nuestra historia? ¿Cómo lo ves en el momento actual? ¿Qué futuro le espera?

El 15 M fue el resultado no de la espontaneidad sino de muchos años de trabajo en los movimientos sociales, que han trabajado desde la base, fuera de los partidos institucionales, como el movimiento antiglobalización, las ONG, los ecologistas, las feministas, los luchadores por la diferencia sexual, incluso los cristianos de base. En un momento crítico como el actual todo esto emergió y todos se encontraron en una plaza. Esto convocó a mucha gente más y se convirtió, durante algunos meses, en una gran escuela de formación política. Se creyó que de ahí pudiera salir algo así como una guerrilla de masas sin violencia, pensando que con solo mandar un mensaje por internet podríamos encontrarnos en la calle muchísimas personas, plantarse ante los desahucios, las detenciones de ilegales, en suma, concentrar millares de personas para interrumpir este desastre político en el que nos encontramos. Desdichadamente no ha sido así. Se han parado desahucios, es verdad, pero no de una forma suficientemente significativa; no se ha podido presionar a los bancos, no se han impedido detenciones de inmigrantes por la policía. En fin, el que no haya sido así, no quiere decir que no se vuelva a repetir con otras características. Dependerá de la situación económica en que nos encontremos.

Desde la inspiración cristiana de esta revista, queremos preguntarte por la presencia de los cristianos en la política actual de España y Europa. ¿Siguen teniendo una presencia relevante? ¿Qué sectores o tipo de cristianos? ¿Y en qué lugares? ¿Consideras esa presencia positiva o negativa de cara al equipamiento moral o ético de la ciudadanía y a su cohesión sociopolítica?

Los cristianos de base pueden tener un importante papel político y, de hecho, lo han tenido ya. Si no lo hubieran tenido, no habría sido necesario combatirlos de la manera en que los han combatido. El movimiento de los cristianos de base, englobado en lo que se ha llamado Teología de la Liberación, ha sido combatido muy explícitamente, con mucho dinero, incluso por la CIA. En Latinoamérica se financió a las sectas evangélicas, que fueron impulsadas para contrarrestar el avance de la Teología de la Liberación. No se reparó en medios, dinero, sectas, y a la postre, escuadrones de la muerte que se dedicaron a torturar y matar, a violar monjas, a exterminar civiles, etc. En España también ha tenido mucha importancia la Iglesia de los pobres: las Comunidades Cristianas Populares, los Comités de Solidaridad, la Iglesia de Base, grupos de Vallecas, como el de Enrique de Castro, etc. Mis padres siempre han sido católicos practicantes, pero yo diría mucho más cristianos que católicos. Todo esto no sólo me merece mi mayor respeto sino que lo veo muy esperanzador en cuanto a las posibilidades políticas que laten ahí.

Hay que reparar en que para combatir a la iglesia de los pobres, no sólo se han potenciado las sectas evangélicas. Han surgido sectas de base católicas de extrema derecha, como los Kikos, que también operan a nivel popular, compitiendo en los mismos escenarios pero para anular los efectos de la Teología de la Liberación. Para mí, la más terrible amenaza que existe hoy en el mundo cristiano son cosas tales como los Kikos. Y, por las alturas, el Opus que ha hecho un daño similar entre la gente rica. Luego, o allí donde estas sectas no son suficientes, se recurre a los escuadrones de la muerte.

Hoy hay un gran retroceso del catolicismo frente al evangelismo o las sectas como los Kikos. Pero creo que a la jerarquía eclesiástica le está bien empleado lo que le está pasando, porque tampoco protegió a la iglesia de los pobres. Todo lo contrario, se dedicaron a dictar excomuniones, a silenciar o expulsar a los representantes de un pensamiento liberador. La jerarquía no cuidó lo mejor que tenía en su parroquia, les dieron con la puerta en la narices. Por cierto, con directrices que redactó el actual papa. Porque fue él quien redactó las instrucciones contra la Teología de la Liberación y quien desde la Congregación para la Doctrina de la Fe excluyó a muchos teólogos. Y lo hizo en un momento en que la situación revestía mucha gravedad porque se dejaba a la iglesia de los pobres indefensa ante los escuadrones de la muerte. Muchos fueron asesinados. Fue famoso el gesto de Juan Pablo II señalando con el dedo a Ernesto Cardenal y diciéndole que normalizara su situación con la Iglesia. Es un gesto terrible porque se estaba jugando con fuego. No me da ninguna lástima la jerarquía católica porque lo que le está pasando se lo tiene merecido.

Pero no se trata solo de la presencia del cristianismo. La del Islam no parece que sea menos preocupante. Por ejemplo, en los países de las denominadas revoluciones árabes. ¿Qué piensas al respecto?

Las revoluciones árabes merecen la pena porque han sido contra dictaduras implacables, sanguinarias, criminales y atroces. Ben Ali era un torturador criminal; Josni Mubarak, igual; Basar al Asad es otro sanguinario dictador. Esas revoluciones están legitimadas simplemente por la crueldad de las dictaduras que han echado abajo. Otra cosa son los peligros que puedan encerrar. El protagonismo que está cobrando el islam en estas revoluciones, ¿no lo vamos a pagar muy caro en el futuro? Se está discutiendo mucho al respecto. Santiago Alba, que conoce muy bien la situación, está diciendo que el islam no debe dar miedo mientras sea el equivalente de lo que ha sido la Democracia Cristiana en Occidente. No pasa nada porque gobierne un partido islámico moderado como está pasando en Turquía. En cambio, otro analista mucho más viejo, Samir Amin, piensa que se están abriendo las puertas a un periodo indefinido de islamismo que podría cifrarse en… ¿cincuenta años? Tampoco ha sido ejemplar el predominio de la Democracia Cristiana en Europa. Y el predominio del equivalente de la Democracia Cristiana en Oriente puede ser incluso peor.

Sí quiero, con todo, decir una cosa: el radicalismo islámico tampoco es algo consustancial al islam. Fue muy financiado y construido políticamente por EE.UU. para combatir a la Unión Soviética en Afganistán. Crearon un monstruo que estamos pagando muy caro. Tampoco el islam es el origen de Al Qaeda. Inicialmente Al Qaeda fue una construcción de la CIA.

CON LOS OJOS ABIERTOS. UNA MIRADA PARA CAMBIAR DE DISCO

Yayo Herrero

Éxodo 113 (marz.-abr.) 2012
– Autor: Yayo Herrero –
 
Dice Jorge Riechmann en un poema titulado Con los ojos abiertos:

“Quiero ver todo lo que va a venir (…) quiero estar en la calle / dentro del laberinto / amaestrando el hambre y la angustia / sin ovillo de hilo y con los ojos abiertos”.

Mirar lo que nos está viniendo en los últimos meses no es fácil. La ofensiva neoliberal sobre todos los aspectos que afectan a la vida de las personas es brutal. En apenas unas semanas vemos desintegrarse delante de nosotras una buena parte de las conquistas sociales que ha costado siglos construir.

Los llamados recortes sociales son verdaderas amputaciones de las condiciones básicas de humanidad. Es la destrucción de los resquicios de reciprocidad, de los escasos retazos de solidaridad que permiten que seamos sociedad.

Mirar dónde estamos hoy es realizar un imprescindible ejercicio de amargura. Imprescindible, porque sin realizarlo, no es posible atisbar las pautas que nos permitan establecer salidas viables, porque sin abarcar la magnitud de la devastación no es posible acumular la fuerza necesaria para resistir y construir.

Con los ojos abiertos y mirando desde diferentes rincones podemos construir un relato que nos permita entender por qué vivimos en un mundo que le ha declarado la guerra a la vida y quiénes son los que han dado la orden de abrir fuego.

Para ello, es preciso salir de la respuesta a cada golpe concreto y tratar de comprender globalmente qué está pasando. Confrontar con cada medida neoliberal concreta es difícil. Este sistema necesita un órdago, ya no valen pequeñas victorias parciales, aunque no hay que despreciarlas.

Volver a las preguntas básicas. ¿Quiénes somos? ¿Qué sostiene nuestra vida? ¿Qué necesitamos? ¿Cómo podemos producirlo para todos y todas? ¿Cómo nos organizamos?

Mirar con nuestros propios ojos dónde queremos y podemos estar es un ejercicio de esperanza porque no es cierto que no haya alternativas, sólo nos falta construir poder colectivo para construirlas y para parar a ese 1% que sacrifica todo lo vivo en los altares de la acumulación.

SOMOS EN UN MUNDO CON LÍMITES Y RESTRICCIONES

Si nos preguntamos de qué depende la vida humana, nos encontramos de inmediato con dos importantes dependencias materiales.

En primer lugar, dependemos de la naturaleza. Somos parte de la naturaleza. Respiramos, nos alimentamos, excretamos y somos en la naturaleza. Sin embargo, las sociedades occidentales son prácticamente las únicas que establecen una ruptura radical entre naturaleza y cultura; son las únicas que elevan una pared entre las personas y el resto del mundo vivo.

Comprender la cultura y la naturaleza en términos de opuestos impide comprender que destruir o alterar de forma significativa la dinámica que regula lo vivo, pone en riesgo la vida humana.

La dependencia ecológica nos sume de lleno en el problema de los límites. Vivimos en un mundo que tiene límites ecológicos. Aquello que es no renovable tiene su límite en la cantidad disponible, ya sean los minerales o la energía fósil. Pero incluso aquello renovable también tiene límites ligados a la velocidad de regeneración. El ciclo del agua, por ejemplo, no se regenera a la velocidad que precisaría un metabolismo urbano-agro-industrial enloquecido. Se renueva a la velocidad que los miles de millones de años de evolución natural han determinado. Tampoco la fertilidad de un suelo se regenera a la velocidad que quiere el capitalismo global; se regenera al ritmo marcado por los ciclos de la naturaleza.

En estos momentos el metabolismo económico ha superado totalmente los límites del planeta. Hoy, ya no nos sostenemos globalmente sobre la riqueza que la naturaleza es capaz de regenerar, sino que directamente se están menoscabando los bienes fondo que permiten esa regeneración.

En cuanto a la segunda dependencia humana, hay que decir que somos seres profundamente interdependientes. Desde el nacimiento hasta la muerte las personas dependemos materialmente de tiempo que otras nos dedican. Somos seres encarnados en cuerpos vulnerables que se enferman y envejecen y la supervivencia en soledad es sencillamente imposible. Dice Santiago Alba en El naufragio del hombre, que hasta para amarse a sí mismas las personas necesitan hacerlo a través de una instancia colectiva, de una comunidad social, política y cultural elaborada mediante una acción compartida.

En términos de vida humana, los límites los marca nuestro cuerpo, contingente y finito. El sistema capitalista vive de espaldas a este hecho y considera el cuerpo como una mercancía más. “Siempre tiene que estar nuevo y flamante” (Alba, 2010). Y si no se asume la vulnerabilidad de la carne y la contingencia de la vida humana, mucho menos se reconocen aquellos trabajos que se ocupan de atender a los cuerpos vulnerables, realizados mayoritariamente por mujeres. No porque estén mejor dotadas genéticamente para hacerlos, sino por el rol que les impone el patriarcado en la división sexual del trabajo.

El sistema capitalista y la ideología neoliberal viven de espaldas a ambos tipos de dependencias e ignoran los límites o constricciones que éstas imponen a las sociedades. Operan como si la economía flotase por encima de los cuerpos y los territorios sin depender de ellos y sin que sus límites les afecten. La economía feminista señala que existe una honda contradicción entre la reproducción natural y social y el proceso de acumulación de capital (Piccio, 1992).

Compatibilizar la reproducción social y el mantenimiento de la vida con la acumulación creciente ha sido difícil siempre, el movimiento obrero, el ecologismo y el feminismo pueden dar testimonio de ello, pero cuando hablamos de un planeta parcialmente devastado y de una cantidad creciente de personas que son residuos para el sistema, es ya imposible. Ambas prioridades no pueden convivir a la vez. Si los mercados no tienen como principal objetivo satisfacer las necesidades humanas, no tiene sentido que se conviertan en el centro privilegiado de la organización social.

A partir de esta crisis económico-financiera que estallaba en 2007 y que mostraba los burdos costurones que sostienen ese sistema que se autopresenta como infalible y ante el que no hay alternativa, estamos viviendo la aplicación de lo que Naomi Klein denominaba hace unos años la Doctrina del Shock. Una aplicación que hasta ese momento sólo habíamos visto a través de las pantallas y en otros países pensando que eso nunca se iba a producir en medio de la civilizada Europa.

Las sociedades supuestamente democráticas están recibiendo una serie de golpes tan brutales y rápidos, están encarando unos hechos tan terribles, que las personas se aturden y no son capaces de calibrar el alcance de lo que está sucediendo. Ante esta pérdida del relato, de la mínima racionalidad con que comprendemos lo que pasa, el capitalismo se aprovecha para tratar de quebrar todo aquello que le pone algún tipo de freno, incluida la capacidad de construir una explicación y un proyecto alternativo.

UN GOLPE DE ESTADO GLOBAL

La forma actual que ha tomado el capitalismo es diferente de los modelos clásicos de producción y distribución que tenía el capitalismo clásico y desbarata todo lo que se había definido como estado social.

El hecho de que el sistema financiero ofrezca mayores rentabilidades a los capitalistas que el sistema productivo ha convertido la economía en un proceso loco en el que lo único que importa es producir capital para producir más capital. “Lo de menos es si por el camino se resuelven algunas necesidades” (Fernández Liria, 2010).

El capitalismo clásico ignoraba los límites ecológicos y la dependencia de los trabajos no remunerados en los hogares, pero esta nueva dimensión sigue ignorando las mismas cosas y ha ahondado y acelerado vertiginosamente el proceso de destrucción.

Si miramos lo que está pasando, nos encontramos con una situación francamente inquietante. En apenas un año, hemos visto volatilizarse muchos de los elementos constitutivos del estado de derecho.

Después del estallido financiero lo que se produce es una ruptura en el proceso de acumulación y de valorización de capital en los circuitos financieros. Era una crisis fundamentalmente del capital. Es la presión de los mercados ante su crisis la que obliga a poner en marcha una serie de políticas que permitieran regenerar rápidamente las tasas de ganancia. Y son estas políticas de recuperación de la ganancia las que implican un ataque masivo a las condiciones de vida. Tal y como señala Amaia Pérez Orozco, se colectivizan los riesgos para el capital, mientras que se recluyen, se privatizan en los hogares los riesgos para la vida.

Los golpes se suceden velozmente y como dice, hasta con un toque de chulería, el presidente de gobierno “cada viernes habrá nuevos recortes”. Apenas somos capaces de darnos cuenta de cuánto perdemos en esta sucesión de declaraciones que abren decenas de frentes en los que manifestarse y resistir.

Fue premonitoria aquella Directiva de la Vergüenza que permitía recluir a las personas migrantes que no tuvieran papeles. Hemos visto aterrados cómo deja sin atención sanitaria a 150.000 personas migrantes, cómo se pretende que aquellos jóvenes de más de 26 años que no hayan cotizado tampoco tendrán derecho a sanidad pública.

Se ha dinamitado la negociación colectiva y cada persona que trabaja debe negociar individualmente con la persona que le emplea. Con esto se rompe una de las mayores conquistas que habían logrado las luchas obreras.

Hemos visto cómo en Grecia o Italia han llegado a los gobiernos tecnócratas de Goldman Sachs que han entrado por la puerta de atrás. Sin ni siquiera participar en la parte más ceremonial de la democracia.

Se esgrimen criterios de austeridad (en realidad una llamada a la resignación ante el expolio) y se culpabiliza a una sociedad “que vivió por encima de sus posibilidades”. Se aprovecha para recuperar un añejo discurso de la domesticidad y el feminismo y el derecho a decidir sobre el propio cuerpo, se convierten en movimientos e ideas a criminalizar.

Entidades como las Agencias de Rating, privadas y fuera de cualquier control democrático, califican, basándose en criterios oscuros, el riesgo o solvencia de un país. La deuda de un estado pasa de solvente a insolvente de un día para otro y se convierte en un elemento de especulación.

Que se reforme la Ley Laboral, se recorte la ya raquítica Ley de Dependencia, que suban las tasas universitarias o se deteriore la calidad de la educación pública, depende de una esotérica prima de riesgo cuyo designio escapa al control de ningún gobierno democrático.

Muchas de las medidas anteriores se han tomado con la excusa de crear empleo, pero el hecho real es que el número de personas paradas no deja de crecer y se percibe la aparición de mecanismos de “luchas entre pobres”: personas precarias o paradas perciben como privilegiadas a aquellas que todavía tienen un contrato decente y un salario digno.

Y por si alguien pretende oponerse a estas medidas brutales, también se pretende modificar el Código Penal, de modo que la resistencia pacífica, la huelga o la protesta se conviertan en delito. Se trata de que tengamos miedo de confrontar y de que nos tengamos miedo entre nosotros, de crear la idea del “otro” violento que impida sumar poder colectivo. Parece que, como dice Fernández Liria, “para dar libertad al dinero hay que encarcelar a la gente”.

LOS ELEMENTOS INVISIBLES DE LA CRISIS

Debajo de la crisis financiera se ocultan varias dimensiones de la crisis que son estructurales y que deben estar presentes en los análisis si queremos hacer propuestas viables. Vamos a referirnos de una forma muy somera a la crisis ecológica y a la crisis de cuidados.

LA CRISIS ECOLÓGICA

En el plano ecológico, podría decirse que también se ha dado un golpe de estado en la Biosfera. Los ecosistemas han sido condenados a trabajos forzados al servicio, no del mantenimiento de la vida, sino de la acumulación.

Nos encontramos en primer lugar con la crisis energética. Incluso instituciones perfectamente alineadas con el sistema como la Agencia Internacional de la Energía (AIE) reconoce que en 2006 se alcanzó lo que se denomina el pico del petróleo, ese momento en el que se han extraído la mitad de las reservas existentes de petróleo convencional. A partir de ese momento cada año se ha venido extrayendo un 6% menos que el año anterior.

¿Qué implicaciones tiene que se esté agotando el petróleo en un mundo que podría decirse que “come” petróleo? Obviamente las consecuencias son de una dimensión enorme.

Los países denominados enriquecidos han perdido su soberanía energética. Son absolutamente dependientes de las materias primas que vienen de terceros países. Si se pusieran fronteras a las materias primas del mismo modo que se le ponen a las personas migrantes, nos encontraríamos con que las economías ricas no aguantarían mucho tiempo, porque aquello de lo que nos alimentamos, lo que sostiene nuestro sistema de distribución de bienes y servicios, las canalizaciones de suministros básicos, lo que nos viste, lo que nos mueve, depende del petróleo y viene de fuera.

Pensemos, por ejemplo, en una ciudad como Madrid, donde no se produce absolutamente nada que sirva para estar vivo, donde todo lo que necesitamos entra en la ciudad en camiones o a través de canales. Las personas recorren cada día decenas de kilómetros para ir a trabajar, a cuidar a sus familiares, o hacer la compra. Hay personas, incluso, que van y vienen todos los días desde Toledo, Cuenca o Valladolid… El sistema de movilidad es una absoluta locura que funciona sólo porque existe energía fósil barata.

Ante esta hecatombe, resurge el sueño nuclear. A parte de la peligrosidad de las instalaciones de producción de energía nuclear y los residuos que se generan y que continúan siendo peligrosos varios miles de años después, existe otro problema estructural. La energía nuclear depende del uranio, otro recurso no renovable. El pico del uranio está calculado para dentro 50-60 años, aunque algunos sectores más optimistas hablan de la existencia de reservas para 200 años, en ambos casos al ritmo de consumo actual. Huelga decir que si actualmente la producción de energía nuclear satisface aproximadamente el 2% del consumo energético, aumentar hasta un inimaginable 20% supondría en el caso de la previsión más optimista el colapso por inanición de combustible de las centrales nucleares en 20 años. Eso sí, después de haber dejado el planeta lleno de centrales peligrosas y de residuos que deberían ser gestionados los próximos milenios.

¿Qué nos queda entonces? Nos quedan las energías renovables y limpias, esas a las que el gobierno español les ha aplicado una moratoria.

Las renovables pueden dar satisfacción a las necesidades humanas, pero no con los niveles de consumo que tenemos hoy, y menos en el marco de sociedades que pretendan seguir creciendo. Basar la vida en la energía renovable y limpia no da para vuelos low-cost, no da para consumos individualizados y generalizados, por ejemplo, de aire acondicionado, no da para un uso generalizado de coche privado, no da para comer carne todos los días de la semana… Da para mantener niveles de vida dignos, pero mucho más austeros en lo material.

Es decir, que tenemos un problema estructural bastante gravey los gobiernos de momento parece que no tienen ningún plan B. Y lo único que sugieren es una huida hacia delante.

Un segundo problema ecológico central es el Cambio Climático, que ha desaparecido de las agendas políticas y mediáticas. El calentamiento global que causa un metabolismo agro-urbano-industrial sostenido sobre las energías fósiles está provocando una alteración global de los regímenes de precipitaciones (cantidad de lluvias, distribución, fenómenos catastróficos), de las dinámicas de las aguas marinas (nivel, temperatura, corrientes), de las interacciones que se dan en los ecosistemas, además de una diferente distribución de tierras y mares por el ascenso del nivel del mar.

La subida rápida de la temperatura media del planeta influye en los ciclos de vida de muchos animales y plantas que, sin tiempo para la readaptación, serán incapaces de alimentarse o de reproducirse. También supone la reaparición de enfermedades ya erradicadas de determinadas latitudes. La alteración del régimen de lluvias implica sequías y lluvias torrenciales que dificultan gravemente la supervivencia de las poblaciones que practican la agricultura y ganadería de subsistencia. El deshielo de los polos derivará en la inundación progresiva de las costas y la pérdida de hábitat de sus pobladores. La reducción de las poblaciones de determinadas especies animales y vegetales repercute en la supervivencia de otras especies dependientes de estas, y la cadena de interdependencias arrastra a todo su ecosistema. Estos cambios dificultan la producción de alimentos para los seres humanos.

De no reducir de una forma significativa las emisiones de gases de efecto invernadero la situación puede ser dramática. Pero una reducción significativa de emisiones en los países más ricos, que son los que más emiten y mayor responsabilidad histórica tienen, significa un cambio importante en los modos de producción, las tasas de ganancia, el consumo, el comercio y la movilidad en estos países. No es de extrañar que al mismo tiempo que los países pertenecientes a la Unión Europea aprueban drásticos recortes sociales para transferir riqueza de las personas a los capitalistas, en la Cumbre del Clima de Durban, los países más contaminantes se negasen a reducir sus emisiones, aunque eso ponga en una situación tremendamente vulnerable a muchas personas en los países de la periferia.

El panorama de deterioro global se completa si añadimos el aumento de incertidumbre que suponen la proliferación de la industria nuclear, la comercialización de miles de nuevos productos químicos al entorno que interfieren con los intercambios químicos que regulan los sistemas vivos, la liberación de organismos genéticamente modificados cuyos efectos nocivos cada vez están más documentados o la experimentación en biotecnología y nanotecnología cuyas consecuencias se desconocen.

La crisis ecológica también tiene su expresión en el ámbito social. El sistema económico basado en el crecimiento continuado se ha mostrado incapaz de satisfacer las necesidades vitales de la mayoría de la población. Hasta el presente los sectores sociales con más poder y más favorecidos han podido superar los límites de sus propios territorios recurriendo a la importación de biodiversidad y “servicios ambientales” de otras zonas del mundo poco degradadas y con abundancia de recursos. Pero esto está dejando de ser así, y estas áreas también se comienzan a deteriorar, agravando la situación de las poblaciones más empobrecidas del mundo que llevan ya décadas sufriendo esta guerra ambiental encubierta.

Son más conocidos los datos que muestran las enormes desigualdades sociales entre el centro y la periferia en términos de renta. Pero las diferencias en términos físicos son también enormes.

La sexta parte de la población mundial, principalmente ubicada en los países enriquecidos, consume el 80% de los recursos disponibles, mientras que los 5/6 restantes utilizan el 20% restante de los recursos.

Según el informe Planeta Vivo (WWF, 2010: 38-39), se calcula que a cada persona le corresponden alrededor 1,8 hectáreas globales de terrenos productivos por persona. Pues bien, la media de consumo mundial supera las 2,2 hectáreas y este consumo no es homogéneo. Mientras que en muchos países del Sur no se llega a las 0,9 hectáreas, la ciudadanía de Estados Unidos consume en promedio 8,2 has per capita, la canadiense 6,5, y la española unas 5,5 hectáreas.

Si toda la población del planeta utilizase los recursos naturales y los sumideros de residuos como la media de una persona española, harían falta más de tres planetas para poder sostener ese estilo de vida. Es la tónica de cualquier país desarrollado y pone de manifiesto la inviabilidad física de extender este modelo a todo el mundo.

El deterioro ambiental impacta de lleno en las comunidades humanas y sus modos de vida. En todos los lugares del mundo la irracional y creciente explotación de los recursos naturales no sólo da origen a problemas ambientales, sino también a numerosos y gravísimos conflictos sociales que Martínez Alier (2004) ha caracterizado como conflictos ecológico distributivos.

Los impactos físicos y sociales de estos conflictos han conducido a acuñar el concepto de deuda ecológica (Martínez Alier, 2004) para reflejar la desigual apropiación de recursos naturales, territorio y sumideros por parte de los países enriquecidos. Estos países habrían contraído una deuda física con los países empobrecidos al superar las capacidades de sus propios territorios y utilizar el resto del mundo como mina y vertedero.

LA CRISIS DE CUIDADOS

Del mismo modo que los materiales de la corteza terrestre son limitados y que la capacidad de los sumideros para absorber residuos no es infinita, los tiempos de las personas para trabajar tampoco lo son. Si la ignorancia de los límites biofísicos del planeta ha conducido a la profunda crisis ecológica que afrontamos, la ignorancia de la interdependencia a la que hacíamos referencia al comienzo de este texto y los cambios en la organización de los tiempos que aseguraban la atención a las necesidades humanas y la reproducción social, también ha provocado lo que se ha denominado “crisis de los cuidados”.

Por crisis de los cuidados entendemos “el proceso de desestabilización de un modelo previo de reparto de responsabilidades sobre los cuidados y la sostenibilidad de la vida, que conlleva una redistribución de las mismas y una reorganización de los trabajos de cuidados” (Pérez Orozco, 2007: 3 y 4).

En primer lugar destaca el acceso de las mujeres al empleo remunerado dentro de un sistema patriarcal. La posibilidad de que las mujeres sean sujetos políticos de derecho se percibe como algo vinculado a la consecución de independencia económica a través del empleo. Sin embargo, el trabajo doméstico no es un trabajo que pueda dejar de hacerse y el paso de las mujeres al mundo público del empleo no se ha visto acompañado por una asunción equitativa del trabajo doméstico por parte de los varones.

Dado que es un trabajo del que depende el bienestar de muchas personas y que no puede dejar de hacerse, y que los hombres no se responsabilizan de él, las mujeres acaban asumiendo dobles o triples jornadas y ajustando las tensiones de un sistema económico que se aprovecha de ese trabajo, pero que no lo reconoce.

El envejecimiento de la población, la destrucción de espacios públicos para el juego y la necesidad de supervisar el juego en la calle, las transformaciones urbanísticas y el crecimiento desbocado de las ciudades; la precariedad laboral que obliga a plegarse a los ritmos y horarios que impone la empresa y la pérdida de redes sociales y vecinales de apoyo, ha agravado las tensiones entre el mundo público de los mercados y el mundo privado de los hogares cara a gestionar el bienestar cotidiano y a resolver los problemas de reproducción social.

Los recortes sociales que estamos viviendo agravan enormemente esa situación.

Cuando el gobierno decide recortar en sanidad, congelar las dotaciones de la ley de dependencia, recortar los salarios, favorecer el despido, permitir los desahucios…

¿Dónde recaen las consecuencias de esos recortes? Aquello que los servicios públicos dejan de cubrir y que corresponde a necesidades vitales, de vivienda, de cuidados, de salud, etc., cae de lleno en los hogares. Y en los hogares nos encontramos con las corporaciones del patriarcado, que son las familias. En las familias patriarcales son las mujeres quienes asumen mayoritariamente las tensiones y una buena parte de los recortes que se están produciendo en estos momentos. No es casualidad, que cuando lo que ha aumentado fundamentalmente, sobre todo al principio del estallido de la crisis, es el paro masculino, las encuestas de uso del tiempo muestren que con los maridos en casa, el tiempo de trabajo doméstico de las mujeres aumenta. Los hombres se quedan parados pero no asumen el trabajo del hogar y son ellas las que cargan con la mayor parte de las tensiones que provoca la precariedad vital.

ALGUNAS CLAVES PARA ORIENTAR BIEN EL CAMINO

El ejercicio de amargura que hemos realizado nos muestra un escenario en el que el proceso emancipador y la transformación social no es fácil, pero también nos muestra caminos que, a nuestro juicio, son imprescindibles para orientar la acción.

CON LAS REGLAS DE JUEGO DEL CAPITALISMO NO HAY SOLUCIÓN…

Estamos atrapados en un sistema que cuando crece devasta y cuando no crece, también. No tenemos más que ver lo que pasó entre 1994 y 2007, el período de crecimiento económico. En ese período de euforia económica los salarios descendieron una media de un 15%. No en todos los sectores se perdió, pero en términos de media los salarios descendieron.

En 1994 de cada 100 euros, hablamos de media, que recibía una persona remunerada, estaba endeudada por valor de 60. Después del período dorado, cuando en 2007 explota la burbuja inmobiliaria nos encontramos con el panorama que describimos a continuación:

De cada 100 euros que tenía una persona remunerada, estaba endeudada por valor de 140. El litoral español estaba mayoritariamente cementado y “adornado” con unas casas que tienen un nivel de ocupación medio de 22 días al año. Ese proceso urbanizador ha destruido la costa irreversiblemente, y salvo que se demuela y se deje pasar mucho tiempo la costa no tiene arreglo; se han construido aeropuertos que no se usan y hacen perder dinero; trenes de alta velocidad que no pueden alcanzar la velocidad máxima porque la distancia entre las estaciones no lo permite y que tienen una fluencia escasísima; se han instalado campos de golf en zonas de fuertes sequías, justo en uno de los países a los que el Cambio Climático le va a afectar más la disponibilidad de agua; el modelo orientado a la construcción masiva de segundas residencias que iban a generar tantos puestos de empleo ha sido un fiasco y es precisamente en las regiones que abrazaron ese dogma con más fe en donde el paro azota con más virulencia…

Es decir, le hemos llamado crecimiento económico y progreso a un proceso que en realidad ha sido de expolio, de apropiación de los ahorros que tenían las personas y de dejarlas endeudadas los próximos 40 años. La sociedad supuestamente beneficiada de este crecimiento alimentaba la ilusión de sentirse inversionista. La gente se endeudaba para los próximos 40 años y se creía que invertía, cuando en realidad una minoría invertía y ha salido muy reforzada de esta crisis, y el resto lo que hacía era endeudarse, desclasarse y convertirse en esclavos.

Por tanto, nuestro sistema cuando crece, destruye, en lo social y en lo ambiental.

Pero este sistema cuando no crece también devasta. Y ahora cuando se desploma todo el sistema económico, esas personas endeudadas y muchas de ellas sin empleo, quedan en una situación absolutamente vulnerable en lo material y profundamente aturdidas y desorientadas porque no entienden nada de lo que está pasando.

Por tanto, desde nuestra perspectiva, el primer elemento que debe orientar la reflexión es que las soluciones no las vamos a encontrar dentro de este sistema. En un sistema que si crece, destruye; y si no crece, también. El 15 M lo expresaba bien cuando en las pancartas decían: “Ni cara A, ni cara B. Queremos cambiar de disco”.

El capitalismo es un sistema que invierte muchísimos recursos en autopresentarse como eterno e inevitable. “No hay alternativa”. Arropado por una tecnociencia desvinculada de la ética, formula el progreso como la superioridad sobre la naturaleza y las personas de las que, sin embargo, depende. Este autorrelato mítico es lo que permite ocultar y a la vez acelera el camino hacia el colapso natural y antropológico.

Pero el capitalismo no es una ley natural. No siempre se vivió así, más bien es un leve parpadeo en la historia de los seres humanos. Y ni siquiera se vive bajo la lógica capitalista en todo el mundo. Las relaciones en los hogares no son capitalistas, ni persiguen la maximización del beneficio (sin obviar el hecho de que se basan en la lógica de dominación patriarcal), tampoco son capitalistas las relaciones que mantienen muchos pueblos todavía hoy en el mundo.

El capitalismo no es como las leyes de la termodinámica o el hecho insoslayable de que el planeta tenga límites, es una construcción social y como tal se puede cambiar.

...Y PODEMOS EMPEZAR A CONSTRUIR OTRAS REGLAS DESDE YA

No es condición imprescindible -aunque ayudaría, tener el poder para poder construir otros proyectos y lógicas alternativas. En nuestra opinión la dicotomía estanca entre planificación política-económica y autogestión es estéril e innecesaria.

Parece evidente que afrontar problemas como el cambio climático, el declive energético o la deuda ecológica requiere articular políticas democráticas coordinadas. Darle la vuelta al modelo energético en las grandes urbes o proporcionar alimentos a toda la población del planeta en escenarios de transición hacia la sostenibilidad requiere planificar y tener una dimensión global de las necesidades que hay que satisfacer y de los recursos que existen para satisfacerlas.

Esta constatación, sin embargo, no se contrapone y de hecho es sinérgica y complementaria con la existencia, y necesidad, de una gran cantidad de iniciativas alternativas autogestionadas que en los últimos años han ido surgiendo con mucha fuerza.

Las cooperativas de consumo agroecológico resuelven hoy las necesidades de alimentación de varias decenas de miles de personas en el Estado español. Son testimonio evidente de la posibilidad de superar las ficticias divisiones entre campo y ciudad; de la capacidad de hacer política de un hecho básico como es la alimentación; rompen la lógica capitalista que ha convertido la agricultura en una actividad dependiente de subvenciones; instala una cultura de la alimentación que respeta los ritmos de la naturaleza; aglutina personas que se organizan en los barrios para participar e incidir…

Las iniciativas basadas en las finanzas éticas, como Coop 57, educan sobre el dinero y el papel que debe jugar. Consiguen financiar proyectos de la economía solidaria y canalizan el ahorro de personas hacia actividades productivas socialmente necesarias. Crean formas democráticas de organizar las finanzas…

Las redes de cuidados compartidos permiten hacer colectivo el cuidado de la vida humana, sacándolo del mundo estrictamente privado de los hogares y haciendo de él una responsabilidad social…

Las okupaciones o la oposición a los desahucios llaman la atención sobre la atrocidad de una propiedad privada ligada a la acumulación y sobre el necesario debate social que cuestione una propiedad que no esté ligada al uso. La reflexión en torno a la vivienda, en un estado lleno de casas vacías, puede conducir a la elaboración de propuestas claramente viables, porque lo que puede satisfacer la necesidad de un sitio para habitar, las viviendas, están ahí y están vacías.

Propuestas como las cooperativas integrales o el “mercado social” ponen de manifiesto que es posible organizar otras redes económicas, incluso en el corazón de la bestia. Con todas sus dificultades y contradicciones, estos espacios ofrecen un campo de práctica e investigación económica que hay que mimar.

Si hemos visto cómo el software libre, nacido a partir del trabajo autogestionado de miles de programadores que cooperan, ha sido capaz de plantarle cara a Microsoft ¿cómo no apoyar las iniciativas que nacen y flotan contra la corriente del capitalismo?

Es perfectamente posible articular dinámicas políticas globales y democráticas y a la vez potenciar los proyectos autogestionados. Los pueblos originarios lo hacen constantemente. Por una parte, mantienen su organización social y económica basadas en su conocimiento tradicional y por otra se articulan entre ellos y con sus gobiernos o contra sus gobiernos cuando se trata de luchar contra una megainfraestructura, contra el extractivismo o a favor de la nacionalización de los recursos energéticos.

Despreciar las “pequeñas” iniciativas es un error garrafal. Primero porque los seres humanos, y más en estos momentos, necesitamos experimentar la construcción de la alternativa para no caer en el derrotismo. Segundo porque se satisfacen necesidades reales de otro modo. Tercero porque la única forma de construir una nueva realidad es ensayándolo y poniéndolo en práctica.

DECRECER EN LA ESFERA MATERIAL NO ES UNA OPCIÓN

Reducir el tamaño de la esfera económica no es una opción que podamos o no aceptar. El declive energético y de los minerales, el cambio climático y los desórdenes en los ciclos naturales, lo impone. De hecho, ya se está reduciendo.

Lo que está en juego es si esa inevitable reducción se produce favoreciendo que una cantidad cada vez menor de personas sigan manteniendo sus niveles de sobreconsumo y sus estilos de vida, mientras que sectores cada vez más grandes de la población queden fuera.

Esta política es ecofascista cuando es explícita (“no hay para todos y nuestro estilo de vida no se cambia”) y también cuando se viste de todo tipo de excusas políticamente correctas, incluso de guerras humanitarias. Tal y como señala Pedro Prieto, los invasores de Iraq no sólo pretendían apropiarse de los yacimientos de crudo, sino también el que la población iraquí, que hasta entonces tenía uno de los mayores consumos per cápita de petróleo, disminuyera ese consumo hasta ratios propios de la época medieval, de tal modo que lo que dejasen de consumir, se pudiese poner a disposición de las economías que ostentan el poder.

Los recursos escasos y los procesos especulativos sobre estos recursos hacen negocio de la exclusión material de cantidades cada vez más grandes de personas. El declive material del metabolismo económico global favorece los procesos que pretenden de forma explícita o implícita “seleccionar” a través de los mercados y la guerra quién accede a los recursos. Cuando el discurso sobre la escasez de recursos explicita que sobra gente es fácil identificar el ecofascismo y rechazarlo, pero cuando se insiste en perpetuar el modelo de crecimiento económico sin tener en cuenta que ya se ha superado con mucho la capacidad de los propios territorios, lo que se hace es consolidar la práctica de la apropiación del “espacio vital” de otros pueblos. Por ello, es importante insistir hasta qué punto las economías que no comprendan los límites físicos y los asuman, aun sin quererlo, devienen en ecofascistas.

La otra opción, la nuestra, es que nos ajustemos a los límites del planeta a partir de un proceso de reducción controlada impulsada por criterios de justicia y de equidad. Y ahí es donde se juega el futuro, no en si vamos a reducir o no la esfera material, sino en si conseguimos que esa reducción se haga o no por una vía autoritaria.

En este sentido, algunas propuestas de corte neokeynesiano que buscan revitalizar la economía productiva corren el riesgo de no ser viables por falta de recursos materiales, o a pesar de su buena intención, seguir profundizando en un modelo que no se puede sostener desde el punto de vista material.

Es imprescindible contar sólo con lo que tenemos. A ninguna ama de casa se le ocurre intentar preparar cocido para cien si sólo tiene un kilo de garbanzos. Por ello, es de crucial importancia la reconversión del modelo productivo con criterios ecológicos. Por puro sentido común.

Aprender a desarrollar una buena vida con menos extracción y menos residuos es una de las claves para salir del atolladero, de forma que la buena vida sea universalizable a todas las personas. Romper el “sagrado” vínculo entre calidad de vida y consumo es una premisa inaplazable. En este camino tal y como dice Jorge Riechmann: “no tenemos valores garantizados metafísicamente pero tenemos la convivencia humana, la belleza, el erotismo, los placeres de lo cotidiano, el acompañarnos ante la enfermedad y la muerte”. Una enormidad de bienes relacionales y placeres que podemos hacer crecer hasta que nuestro cuerpo aguante.

DISTRIBUCIÓN Y REPARTO DE LA RIQUEZA

El reparto de la riqueza es nodal. Si tenemos un planeta con recursos limitados que además están parcialmente degradados y son decrecientes, la única posibilidad de justicia es la distribución radical de la riqueza.

En este sentido existen muchas propuestas elaboradas por diferentes sectores de la economía crítica. Desde las propuestas encaminadas a imposibilitar la acumulación y la especulación, por ejemplo de ATTAC; desde las propuestas de establecimiento de una fiscalidad progresiva y verde; la posibilidad de explorar la Renta Básica; el establecimiento de rentas máximas…

Es también urgente abordar un debate prohibido como es el de la propiedad. No tanto el de la propiedad ligada al uso, sino sobre todo el de la propiedad ligada a la acumulación.

La simplicidad voluntaria es una magnífica actitud pero ¿qué hacemos con quienes no lo quieren ser? Tenemos que tener instrumentos políticos, porque la única posibilidad de que haya gente que acceda a los mínimos de supervivencia es que a quien le sobra, se le anime a cederlo.

LA PRODUCCIÓN, UNA CATEGORÍA LIGADA AL MANTENIMIENTO DE LA VIDA

Cara a construir una economía centrada en la vida, que desbanque a los mercados como organizadores de los espacios y los tiempos de la gente, es fundamental deconstruir algunos conceptos que, al no ser sometidos a la crítica, sostienen la puntita del iceberg capitalista.

La producción tiene que pasar a ser una categoría ligada a la vida y su conservación y no, como ahora sucede tantas veces, a su destrucción.

En la economía convencional, la producción se mide en dinero. Da igual la naturaleza de la actividad que sostenga esa producción. Vale lo mismo producir bombas de racimo que trigo, porque como lo único que cuenta es el crecimiento económico, ni siquiera nos preguntamos qué es lo que se produce.

Para reconvertir el modelo económico en un marco de fuertes limitaciones físicas, es fundamental pensar en qué necesidades tienen que satisfacer todas las personas. Y serán producciones socialmente necesarias aquellas que satisfagan necesidades humanas sin destruir las condiciones materiales que permiten que precisamente puedan satisfacerse.

Superar la dicotomía producción-reproducción es importante. Si la economía se define como el proceso a través del cual se obtienen bienes o servicios que permiten la reproducción social, será la reproducción social, que es la finalidad, lo que hay que poner en el centro. ¿Y cómo vamos a hacerlo si el ámbito en el que se da la reproducción social, los hogares, es invisible? REPENSAR EL TRABAJO

Pensar en las necesidades a cubrir y en las producciones socialmente necesarias nos lleva a pensar directamente en los trabajos socialmente necesarios.

Existen sectores que claramente deben crecer (rehabilitación energética de la edificación, agroecología, los vinculados a los circuitos cortos de comercialización, transportes públicos, servicios sociocomunitarios relacionados con los cuidados, energías renovables, educación y sanidad, etc.). Sin embargo hay otros que deben disminuir o desaparecer porque satisfacen producciones dañinas. Las transiciones justas que protejan a las personas que trabajan en esos sectores deben ser apoyadas colectivamente y ser objeto de prioridad política, pero no se puede seguir ahondando la crisis estructural. Cuanto más se profundice, más difícil será salir de ella.

En estos momentos es importante reforzar la lucha para que no se continúe perdiendo masa salarial, pero a la vez es necesario abrir un debate sobre las diferencias salariales en función de los tipos de trabajo. Algunas propuestas de cooperativas de trueque de servicios han avanzado interesantes reflexiones sobre los diferentes valores que nuestra sociedad otorga a los trabajos remunerados y ofrecen vías para darle la vuelta a ese criterio de valoración que con frecuencia no tiene nada que ver con la necesidad social del servicio que se presta. Sólo eso explica que las personas que cuidan, por ejemplo mayores, remuneradamente, tengan los salarios más bajos y las condiciones más precarias de nuestras sociedades. Es vergonzoso que sea legal que a una empleada doméstica interna con el salario mínimo interprofesional se le pueda detraer hasta un 30% en concepto de alojamiento y manutención, mientras que a un ejecutivo de cualquier empresa, si le mandan tres días fuera de casa se le paguen las dietas y el viaje. Es la muestra de que incluso dentro de lo legal, hay personas que no son sujetos de derecho.

El reparto del empleo es un tema a recuperar y, junto a su distribución, habrá que pensar también en los trabajos no remunerados imprescindibles para la vida.

No deja de ser paradójico que cuanta más gente queda sin empleo, más aumenta la masa de trabajo neto que se realiza dentro de los hogares con unas constricciones cada vez más grandes.

LA DEMOCRACIA Y LA CONSTRUCCIÓN DE PODER COLECTIVO

Si estructurásemos las propuestas que se han venido realizando desde medios académicos, políticos, de los diferentes movimientos sociales y diversos sectores de pensamiento crítico; si trabajásemos sobre ellas y limásemos las incoherencias que puedan plantear, tendríamos con toda seguridad un programa extenso para caminar.

Puede que las propuestas no estén bien articuladas, que no compongan un relato coherente… eso está por llegar. Pero desde luego, no se puede decir que no haya alternativa.

El gran problema, a nuestro juicio, es el enorme salto que hay entre la dureza del ajuste y la capacidad para hacerle frente. El aparato neoliberal aprovecha para demoler los cimientos de cualquier estado de derecho porque piensa que es ahora cuando puede hacerlo.

Ahí es donde se encuentra el reto principal, el de poder construir una mayoría social que obligue al cambio. El 15 M ha supuesto un revulsivo importante y ha obligado a los movimientos sociales a repensarse y a trabajar juntos.

La histórica dinámica de desconfianza pesa a la hora de articular. La izquierda y los movimientos sociales tienen serias dificultades para gestionar la diversidad. Las viejas lógicas que recitan como una frase hecha “es más lo que nos une que lo que nos separa, fijémonos sólo en lo que nos une” no han funcionado. Y no han funcionado porque sistemáticamente se machaca o desprecia lo que nos separa. Lo que separa a dos colectivos que en una buena parte piensan lo mismo, es probablemente algo a lo que ambos conceden una enorme importancia. Por ello, pensamos que hay que hacer hueco a lo que nos separa. No quiere decir que lo tengamos que incorporar en nuestro colectivo como prioridad, pero sí abrirle espacio y no negarlo. Si no es imposible poder articular. Y es ahí en donde se juega todo.

El activismo social y político ofrece la posibilidad de dotar de sentido a nuestra propia experiencia. Es cierto que no va a ser una vida tranquila y descansada, pero desde luego sabremos qué y por qué lo hacemos. También sabremos que lo que hacemos lo compartimos con las mejores personas que existen, las más generosas: nuestras compañeras.

RECUPERAR LA POLÍTICA

Evaristo Villar

Éxodo 113 (marz.-abr.) 2012
– Autor: Evaristo Villar –
Tempos de posindignación
 
La política oficial se ha ganado la mala imagen que tiene. Desde la nostalgia de nuestros mayores por aquellos años de una transición al “no nos representáis” de nuestros jóvenes indignados, se extiende un manto de desafección teñido de apatía y desencanto, de descrédito y descalificación: los gobiernos obedecen a voces ajenas a la propia ciudadanía; los partidos políticos, minados por la corrupción y el clientelismo; el estamento judicial, ideologizado y venal; y el parlamento, servil y enmudecido. Cada día crece más la convicción de que la actual política oficial, sumisa a los mercados y carente de autonomía, no sirve para resolver los problemas reales de la gente y está trivializando la democracia.

Vistas las cosas desde las mayorías sociales, ni la estabilidad económica, ni la reforma laboral están sirviendo para frenar la ofensiva de los mercados y la destrucción permanente de empleo. La democracia aún no ha llegado a la política económica que, entre nosotros, ha sabido muy bien socializar las pérdidas y privatizar los beneficios.

Tampoco le va a la zaga la política oficial de la UE que, con la defensa a ultranza del “pacto fiscal” y el rechazo a la apuesta por el crecimiento y la creación de empleo, está agrandando la división entre los países del Norte y el Sur y empujando a éstos hacia el abismo. La democracia está huyendo de la UE. El nuevo imperialismo “mercozy”, dominado por el chovinismo y la fijación alemana en la reducción del déficit, está llevando a la xenofobia y sembrando de “hijos frustrados” el viejo continente. Esta política de cerrazón o “política de ermitaño” nos lleva a reconocer en Éxodo que está resucitando la lucha de clases en una evidente revolución de los ricos contra los pobres. ¡Son los tiempos de posindignación!

No es este el lugar para sacar a luz las raíces que nos han llevado al actual deterioro democrático; irán emergiendo en las páginas que siguen. Pero sí nos parece conveniente adelantar algún tipo de respuesta a la inquietante pregunta que está a la base de la programación de la revista: ¿Es posible y cómo recuperar hoy la política que se nos está muriendo?

Nuestra respuesta quiere ser clara: es posible y hay alternativas que pasan por la ruptura del discurso único y de la tiranía de los mercados; por la recuperación de la autoestima ciudadana -como hemos hecho en otras ocasiones a propósito de la paz, el feminismo o la ecología-; por la centralidad de la persona como sujeto de toda acción política; por la opción por la ética de lo público y por la recuperación de la plaza y la calle como lugares del pueblo soberano. ¡Ha muerto la política, viva la política!