CARTA ABIERTA DE MILIS THEODORAKIS Y MANOLIS GLEZOS EN DEFENSA DE GRECIA, LA DEMOCRACIA Y EUROPA

Varios Autores

Éxodo 112 (en.-feb) 2012
– Autor: Varios Autores –
 
En la acrópolis de Atenas se erigió en 1982 una lápida de bronce recordando el gesto de Manolis. El texto dice: “En la noche del 30 de mayo de 1941 los patriotas Manolis Glezos y Apostolos Sanda arrancaron la bandera de la ocupación nazi de la roca sagrada de la Acrópolis. Colocada por la Resistencia Nacional Unida 1941–1944 en 1982. Ahora, Manolis Glezos y Mikis Theodorakis, con el mismo espíritu de resistencia, han escrito la siguiente CARTA ABIERTA:

“En tiempos antiguos, la condonación por Solón de las deudas que obligaban a los pobres a ser esclavos de los ricos –la llamada reforma Seisachtheia– sentó las bases para la aparición, en la antigua Grecia, de las ideas de democracia, ciudadanía, política y Europa: los fundamentos de la cultura europea y mundial.

Luchando contra la clase de la riqueza, los ciudadanos de Atenas señalaron el camino para la constitución de Pericles y la filosofía política de Protágoras, quien dijo: “El hombre está muy por encima de todo el dinero”.

Hoy en día, los ricos están tratando de tomarse la venganza en la mentalidad humana: “Los mercados están muy por encima de todos los hombres” es el lema que nuestros líderes políticos abrazan gustosamente, aliados al demonio dinero como nuevos Faustos.

Un puñado de bancos internacionales, agencias de información, fondos de inversión, en una concentración mundial del capital financiero sin precedentes históricos, reivindican el poder en Europa y en todo el mundo y preparan la abolición de nuestros estados y nuestra democracia, con el arma de la deuda, para esclavizar la población de Europa, poniendo en el lugar de las imperfectas democracias que tenemos la dictadura del dinero y la banca, el poder del imperio totalitario de la globalización, cuyo centro político está fuera de la Europa continental a pesar de la presencia de poderosos bancos europeos en el corazón del imperio.

Comenzaron con Grecia, utilizados como cobayas para trasladarse a otros países de la periferia europea, y poco a poco hacia el centro. La esperanza de algunos países europeos para escapar eventualmente demuestra que los líderes europeos se enfrentan a un nuevo “fascismo financiero”, no haciéndolo mejor que cuando se enfrentaron a la amenaza de Hitler en el período de entreguerras.

No es una casualidad que una gran parte de los medios de comunicación controlados por el banco trate a los países de la periferia de Europa como “cerdos – pigs” y su campaña mediática, sádica y racista, vaya teñida de desprecio. Sus medios de comunicación no se dirigen sólo contra los griegos, sino también contra la herencia griega y la antigua civilización griega. Esta opción muestra los objetivos profundos y ocultos de la ideología y de los valores del capital financiero, promotor de un capitalismo de destrucción.

El intento de los medios de comunicación alemanes de humillar símbolos, como la Acrópolis o la Venus de Milo, monumentos que fueron respetados incluso por los oficiales de Hitler, no es sino una expresión del profundo desprecio de los banqueros que controlan los medios de comunicación, ya no tanto contra los griegos, sino sobre todo contra las ideas de libertad y democracia que nacieron en este país.

El monstruo financiero ha producido cuatro décadas de exención de impuestos para el capital, todo tipo de “liberalización del mercado”, una desregulación amplia, la abolición de todas las barreras a los flujos financieros y las especulaciones, los constantes ataques contra el Estado, la compra de partidos y medios de comunicación, la apropiación del excedente por un puñado de vampiros: los bancos mundiales de Wall Street. Ahora bien, este monstruo, un verdadero “Estado tras los Estados”, parece preparado para asestar un “golpe de Estado permanente” financiero y político, y para más de cuatro décadas.

Frente al ataque, las fuerzas políticas de derecha política y la socialdemocracia parecen comprometidas después de décadas de entreguismo al capitalismo financiero, cuyos centros más grandes están fuera de Europa. Por otro lado, los sindicatos y los movimientos sociales aún no están lo suficientemente fuertes como para bloquear el ataque de manera decisiva como lo hicieron muchas veces en el pasado. El nuevo totalitarismo financiero busca aprovechar esta situación para imponer condiciones irreversibles en toda Europa.

Hoy, es tan necesario como urgente la coordinación inmediata y transfronteriza de los intelectuales, las gentes de las artes y las letras, los movimientos espontáneos, las fuerzas sociales y las personalidades que comprenden la importancia del reto; necesitamos crear un frente de resistencia potente contra “el imperio totalitario de la mundialización” que está en marcha, antes de que sea demasiado tarde.

Europa solo puede sobrevivir si presenta una respuesta unida contra los mercados, un reto mayor que el de ellos, un nuevo “New Deal” europeo.

Debemos detener de inmediato el ataque contra Grecia y los otros países de la UE en la periferia, hay que poner fin a esta política irresponsable y criminal de austeridad y privatización, que condujo directamente a una crisis peor que la de 1929.

Las deudas públicas deben ser reestructuradas de forma radical en la Eurozona, especialmente a expensas de los gigantes de la banca privada. Los bancos deben volver a ser evaluados y la financiación de la economía europea debe estar bajo control social, nacional y europeo. No es posible dejar la llave financiera de Europa en manos de los bancos, como Goldman Sachs, JP Morgan, UBS, Deutsche Bank, etc. Hay que prohibir los excesos incontrolados financieros que son la columna vertebral de capitalismo financiero destructivo y crear un verdadero desarrollo económico en lugar de ganancias especulativas.

La arquitectura actual, basada en el Tratado de Maastricht y las reglas de la OMC, ha instalado una máquina en Europa para fabricar deuda. Necesitamos un cambio radical de todos los tratados, la sumisión del BCE al control político de la población europea, una “regla de oro” para un mínimo del nivel social, fiscal y medioambiental de Europa. Necesitamos urgentemente un cambio de paradigma, un retorno al estímulo de crecimiento a través de la demanda de nuevos programas de inversión europeos, las nuevas regulaciones, los impuestos y el control del capital internacional e instalación de flujos, una nueva forma de proteccionismo suave y razonable en una Europa independiente sería protagonista en la lucha por un mundo multipolar, democrático, ecológico y social.

Llamamos a las fuerzas y personas que comparten estas ideas a convergir en un amplio frente de acción europea lo antes posible, para producir un programa de transición de Europa, para coordinar nuestra acción internacional, con el fin de movilizar a las fuerzas del movimiento popular, para revertir el actual equilibrio de fuerzas y derrotar a los líderes actuales históricamente irresponsables de nuestros países, con el fin de salvar a nuestro pueblo y a nuestra sociedad antes de que sea demasiado tarde para Europa.”

RED EUROPEA IGLESIA POR LA LIBERTAD

Hugo Castelli

Éxodo 112 (en.-feb) 2012
– Autor: Hugo Castelli –
 
La Red Europea Iglesia por la Libertad (RE) es una ONG de cristianos de base con presencia en 14 países europeos. Se trata de un movimiento católico abierto a otras confesiones.

Su origen se remonta a un encuentro sobre la reforma en la Iglesia, en París en 1987, en el que el alemán Gerd Wild conoció al francés Hubert Tournès. Ambos, junto con el Movimiento Ocho de Mayo en Holanda, formaron en 1990 la “Conferencia Europea de Derechos y Libertades en la Iglesia” (CEDLE).

Aunque el origen de la RE se debe a la búsqueda de derechos humanos dentro de la Iglesia, ante el comienzo de la cerrazón del Vaticano a las libertades decretadas en el Concilio, progresivamente se ha ido ampliando hacia objetivos de justicia social en general, si bien los diferentes grupos miembros no tienen las mismas prioridades. Muchos de sus integrantes pertenecen a IMWAC (International Movement We Are Church (Somos Iglesia), fundado hace 16 años y cuyo enfoque está más dirigido a conseguir una Iglesia más participativa y democrática mediante comunicados e iniciativas ante la opinión pública, los católicos y la jerarquía episcopal. La Red Europea mantiene un contacto cada vez más estrecho con la Red Europea de Comunidades de Base, a la cual pertenecen las Comunidades Cristianas Populares y con el colectivo europeo de curas casados, al cual pertenece el MOCEOP.

Uno de los temas de reciente debate dentro de la Red Europea se plasmó en la última Asamblea Anual en mayo de 2011 en Barcelona cuando la sesión de trabajo plenaria votó en contra de la entrada de la RE en la Alianza por una Europa Laica, propuesta originalmente por el Grupo de Coordinación pero rechazada totalmente por el delegado de Somos Iglesia de Austria. A favor estuvieron solo los representantes de España. Si bien la mayoría de los que votaron en contra lo hicieron por desconocimiento del concepto de laicidad y porque una votación a favor habría supuesto el abandono de la RE por parte de los austríacos.

Se quedó en demorar la decisión a la Asamblea Anual de 2012 que tendrá lugar este mayo en Freising, Alemania, después de estudiar a fondo el significado de la laicidad. En este sentido los grupos españoles integrados en la RE tenemos ya experiencia, y muy buena, del trabajo conjunto con grupos laicos para impulsar la laicidad.

La RE es una organización totalmente democrática, con cargos elegidos de año en año en la sesión plenaria de trabajo y que no reciben ningún honorario. Hay dos órganos de gobierno: la Secretaría y el Grupo de Coordinación. Los miembros de la Secretaría lo son también del Grupo de Coordinación. La Secretaría es ejecutiva y el Grupo de Coordinación es asesor. Las decisiones o recomendaciones de cada órgano están siempre sujetas a las votaciones de los delegados en la sesión plenaria de trabajo de la asamblea anual que se realiza, normalmente, a principios de mayo para coincidir con el puente de la Ascensión (todavía vigente, al parecer, en Francia, el Benelux, Alemania e Italia).

La asamblea tiene lugar cada año en un país diferente y es organizada por los grupos de miembros del país anfitrión, con traducción simultánea y con un precio módico asimilable para las organizaciones de los delegados, porque la RE no aporta fondos para los encuentros anuales.

En el encuentro anual, la programación de los talleres y sesiones de trabajo son organizadas por la Secretaría y la jornada de estudios, excursiones y hospitalidad por el anfitrión. La jornada de estudios se centra sobre el tema que el grupo anfitrión considera de mayor interés para sus compatriotas y para la RE en general y las jornadas tienen diferente enfoque: la participación de muchos miembros locales con los delegados o la participación de los delegados en actos de celebración interreligiosa, etc.

Los talleres son propuestos a la Secretaría con una antelación de tres meses antes de la celebración del encuentro anual y sus conclusiones y recomendaciones son llevadas a la sesión de trabajo para ser ratificadas o no de acuerdo con los procedimientos establecidos en la Constitución de la RE. Normalmente, las decisiones se toman a mano alzada pero cuando sea necesario se procede a una votación formal que establece que cada país miembro tiene el derecho a dos votos, siempre que haya dos personas dedicho país presentes en la sesión de trabajo.

Al no tener que pagar sueldos ni honorarios, ni sufragar los costes de locales ni los encuentros anuales y al realizar las comunicaciones por correo electrónico, las cuotas anuales por cada país miembro son de reducido importe, dividido entre los grupos miembros que componen cada país. Cualquier organización que paga la cuota de país se puede considerar como país en la RE. Por eso, en la península hay tres territorios: Portugal, España y Cataluña. Los grupos miembros de España son: Iglesia de Base de Madrid, Corriente Somos Iglesia, Católicas por el Derecho a Decidir y Redes Cristianas; los de Cataluña: Col.lectiu de Dones en l’Església y Església Plural, y el de Portugal: Nos Somos Igreja.

El medio de comunicación entre la RE fue originalmente la publicación gratuita ‘“Euronews” que contenía informaciones escritas en francés, inglés y alemán. Tenía dos ediciones anuales: una en marzo para documentar los temas a tratar en la asamblea anual de mayo y otra en septiembre para publicar las decisiones de la sesión de trabajo de dicha Asamblea. Posteriormente se hicieron tres ediciones por separado en inglés, francés y castellano, lo que suponía un enorme trabajo para el editor.

A partir de la asamblea de 2010 se decidió sustituir el Euronews por la comunicación de noticias a través de la nueva página web: www.enre. eu. La página tiene dos secciones: una sección abierta a todos los internautas que incluye informaciones sobre los recientes encuentros y la lista de los grupos miembros de cada país con los enlaces directos a sus páginas web, y una sección de información restringida para los miembros que contiene las propuestas para debatir en el siguiente encuentro.

La Red Europea está acreditada como ONG internacional en la Asamblea de ONGI del Consejo de Europa y cada año François Becker, nuestro representante ante dicho Consejo envía un informe detallado con los enlaces en internet sobre el trabajo realizado en el procesamiento de reclamaciones sociales frente a los gobiernos europeos, la eliminación de fricciones, la promoción del diálogo entre las diferentes religiones y la no representación de las bases creyentes en la presencia de las jerarquías ante los organismos europeos. Hasta su reciente fallecimiento, Hubert Tournès ha sido secretario del grupo asesor de la Plataforma Parlamentaria Europea por la Laicidad en la Política y uno de los fundadores de la Alianza por una Europa Laica.

Tal vez deberíamos participar activamente a distancia con otros grupos miembros para conocer mejor sus actividades. Aunque la barrera ligüística supone un mayor esfuerzo para todos y todas, me parece especialmente importante afrontarlo, ya que con la actual crisis económica y el cambio climático estamos asistiendo no solo a la profunda mutación en nuestra civilización, sino también a la lucha constante para conseguir un reparto equitativo de las riquezas del planeta. La Red Europea es un medio para el diálogo internacional con otras organizaciones de base similares a las nuestras. Debemos aprovecharlo mucho más.

LAS MISIONES CATÓLICAS ESPAÑOLAS EN ALEMANIA

Javier Domínguez

Éxodo 112 (en.-feb) 2012
– Autor: Javier Domínguez –
 
No hace tantos años que nosotros éramos un país pobre, en gran medida miserable y hambriento, que tuvimos que emigrar en busca de trabajo a la próspera Europa. La emigración económica superó pronto en número al exilio político causado por la guerra.

En esta emigración económica tenemos experiencias de todos los tipos, unas dolorosas, otras esperanzadoras, que nos deben hacer reflexionar ahora en el momento en que somos el país receptor y tenemos que encontrar fórmulas solidarias que acojan a los que llegan.

Quiero fijarme en la acogida que hizo a los españoles la poderosa iglesia alemana. Sin duda tuvo sus defectos y en su momento los criticamos mucho y tuvimos serios problemas y confrontaciones. Pero una vez pasado el tiempo tenemos que reconocer que se lo tomó en serio e hizo un esfuerzo muy superior al que está haciendo la Iglesia española para recibir a los emigrantes.

La Conferencia Episcopal alemana creó un “Secretariado para extranjeros”, en el cual todos los miembros eran alemanes.

Dentro de este Secretariado hay un responsable para españoles, también alemán, que sirve de enlace entre la Conferencia Episcopal y la Misión Católica Española. (Lo fue el que había sido capellán de alemanes en España, muchos de ellos huidos después de la guerra mundial, amigo personal de Muñoz Grandes, y admirador de Franco, lo que trajo no pocos problemas.)

La Misión Católica Española tiene un Delegado en Bonn, español que sirve de enlace con el Secretariado y con los Obispos. Existen otros tres sacerdotes con responsabilidad sobre toda la República Federal de Alemania, nombrados por la Conferencia Episcopal Alemana: un responsable de formación de adultos y escuelas, un Consiliario de la JOC y un Consiliario de la HOAC.

Este Delegado español (lo fue el actual Obispo de Sigüenza-Guadalajara, que entonces era sólo Pepe Sánchez) se encarga de encontrar sacerdotes, religiosos y religiosas en España, que vayan a Alemania a trabajar en la emigración y de conseguir que los Obispos alemanes les hagan un contrato de trabajo que les permita trabajar en Alemania en la Misión Católica.

Alrededor de este Delegado hay un Consejo Pastoral cuyos miembros son: por derecho propio el Delegado y el Responsable de formación y elegidos un responsable de HOAC, uno de JOC, otro de Cursillos de Cristiandad y un sacerdote y un seglar elegidos por cada zona.

En los Obispados alemanes están las Misiones Católicas Españolas, que dependen del Obispo, que las financia generosamente.

La Iglesia alemana en un principio concibió la Misión como lugar de culto, administración de sacramentos, labor de tipo parroquial, pero los problemas que plantea la emigración son muy graves y poco a poco van dotando a las misiones, a petición y presión de los capellanes, de centros de acogida, incluso con literas, de Kindergarten, de salas de reunión, centros infantiles y juveniles, escuelas semiprivadas y más adelante de asistentes o asistentas sociales que resuelvan los problemas sociales y legales. En algunas misiones se van afianzando las organizaciones obreras cristianas, sobre todo HOAC y JOC, y las Asociaciones de Padres de Familia.

Y así surgió esta institución, digna de un estudio sociológico más profundo que es la Misión Católica Española en las ciudades alemanas. En 1972, en que se alcanza la cifra más alta de españoles trabajando en Alemania, había 78 Misiones, que atendían a 184.202 trabajadores o trabajadoras (según estadística del Ministerio de Trabajo que no incluye a los menores ni a los que tienen permiso de residencia, pero no de trabajo.)

Es decir, en cualquier ciudad en la que haya un grupo un poco numeroso de españoles, hay una misión.

Dice el Doctor Becher: “Los actuales capellanes de emigrantes españoles son líderes de grupos insuficientes, lo mismo que lo fueron los capellanes polacos entre los que emigraron de Polonia a las minas del Ruhr antes de la guerra”.

Esto, que podríamos llamar “paternalismo diacónico”, pronto sufre una evolución, propiciada por el Concilio Vaticano II un tanto tumultuosa, que presenta las mismas características sociológicas que las de las parroquias y la pastoral en los barrios obreros de Madrid, Barcelona, Bilbao, Navarra… que en Alemania se traduce en una pastoral y liturgia más cercana a las bases, la defensa de los derechos de los emigrados, la denuncia profética, y en algunas misiones, el compromiso político, la participación en los Consejos Alemanes de los Ayuntamientos como representantes de los extranjeros y el enfrentamiento a veces valiente con autoridades civiles y eclesiásticas, tanto españolas como alemanas.

Por influjo sin duda de las misiones extranjeras que lo reclamaban, el Sínodo de las diócesis de la República Federal de Alemania sacó una resolución sobre los emigrantes, que me parece que es lo más serio que ha dicho una institución europea sobre la emigración, naturalmente dentro de un marco no revolucionario sino reformista. Es un libro de 30 páginas con propuestas concretas sobre infraestructuras necesarias para acoger a los emigrantes, que en su parte teórica se asienta en este principio:

“La persona debe ser tratada como tal y no como mera fuerza de trabajo. Esto significa que la economía debe estar al servicio del hombre y no éste al servicio de la economía. Los extranjeros no son una mercancía con la que se puede comerciar según la ley de la oferta y la demanda”.

La conservadora, pero no nacional católica, Iglesia alemana tuvo el valor de enfrentarse al problema de la emigración y dotar a los emigrantes españoles de una infraestructura, en la que pudieran organizarse con libertad y autonomía y permitió, con reticencias, su evolución dialéctica.

Pienso que la Iglesia española, podría aprender algo de la Iglesia alemana en la relación con los emigrantes.

ISLANDIA. LA REVOLUCIÓN SILENCIADA.

Benjamín Forcano

Éxodo 112 (en.-feb) 2012
– Autor: Benjamín Forcano –
 
Sin que nadie lo esperara, Islandia quebró también en el 2008, sin que perteneciera a la Unión Europea. La quiebra alcanzaba a un país entero y no parecía haber nadie que pudiera administrarle la imprescindible medicina del dinero. ¿Era una fumarola pasajera o el símbolo de que otras soluciones eran posibles para la crisis que se extendía por toda Europa?

¿QUÉ PAÍS ES ISLANDIA?

Islandia es un país localizado en el extremo noroeste de Europa, entre el resto de Europa y Groenlandia. Cuenta con una población de cerca de 331.000 habitantes y un área de 103 000 km2. A causa de su localización en la dorsal mesoatlántica, es un país con gran actividad volcánica y geológica. Desde 1262 a 1944 formó parte de los reinos de Noruega y, posteriormente, de Dinamarca.

A partir del 20 de mayo de 1944, los islandeses votaron en un referéndum de cuatro días. Su voto de un 95 % logró poner fin a la unión personal con el rey de Dinamarca y convertir a Islandia en una República el 17 de junio de 1944.

Hasta el siglo XX, Islandia fue uno de los países más pobres en Europa occidental. Sin embargo, su gran crecimiento económico le llevó a ocupar el primer lugar en el informe de la ONU sobre el Índice de Desarrollo Humano de 2007/2008, y la 14ª esperanza de vida más alta en el mundo con un promedio de 80,67 años.

Muchos partidos políticos siguen estando en contra del acceso de Islandia a la Unión Europea, principalmente debido a la preocupación de los islandeses por perder el control sobre su economía y recursos naturales.

Islandia es considerado políticamente como uno de los países nórdicos, y participa en la cooperación intergubernamental a través del Consejo Nórdico. También es miembro del Espacio Económico Europeo (EEE), que permite el acceso del país al mercado interior de la Unión Europea. Sin embargo, Islandia no es un miembro de esta organización, ni cuenta con ningún ejército permanente.

EL SUEÑO NEOLIBERAL

Sin embargo, presa por los años 1980 del furor neoliberal, conoció un gran despegue económico. Las privatizaciones y los muy bajos impuestos, la apuesta en las nuevas empresas por la energía verde y la tecnología de un futuro permitieron el enriquecimiento de los islandeses, entre los que no existía ningún paro. Y la prosperidad la costeaban a base de compras y más compras de coches, casas, barcos, etc., endeudándose en divisas extranjeras. Se privatizaron también sus tres bancos en el 2003. Y los nuevos propietarios, sin regulación alguna que lo exigiese, querían rendimientos rápidos aunque fuera pagando intereses altos, por más que eran irreales. Y a la cita acudieron numerosos inversores.

Islandia pasó a vivir una orgía neoliberal. La especulación les había impedido ver que la prosperidad era aparente, pues se había traficado con aire y no con dinero real, cosa que la crisis internacional puso al descubierto: no se podían pagar los intereses desmesurados de los inversores, en su mayoría británicos y holandeses, quienes lógicamente reclamaban su dinero. Y las autoridades británicas decidieron requisar los intereses islandeses en la islas británicas (9.600 millones de euros). Miles de ciudadanos no podían retirar su dinero de sus cuentas en Londres.

En octubre de 2008 las autoridades islandesas buscan resolver el problema por sí mismas, dejan caer a sus bancos y vuelven a nacionalizarlos. La Autoridad Supervisora Financiera de Islandia utilizó el permiso otorgado por el Althing para nacionalizar los tres bancos.

Pero ya era tarde: el dinero de más de 30 banqueros, empresarios y políticos –que habían saqueado a Islandia y vivían bacanalmente– había desaparecido. Las arcas de los bancos estaban vacías y acumulaban pérdidas por valor de doce veces el Producto Interior Bruto.

Dentro de esta bancarrota, los islandeses se encuentran con que su dinero no vale nada fuera. No les queda más salida que emigrar, pero ¿con qué dinero? Y, además, los prestamistas exigen el pago de la deuda (unos 3.468 millones de euros) con un 5,5 % de intereses.

LOS CIUDADANOS SE ORGANIZAN Y DICEN NO

La economía de Islandia fue gravemente golpeada por la crisis económica de 2008-2010, debido al colapso de su sistema bancario y la subsecuente crisis económica. Antes de la quiebra de los tres bancos más grandes del país, Glitnir, Landsbanki y Kaupthing, su deuda combinada excedía en más de seis veces el PIB nacional (19.000 millones de dolares).

El 28 de octubre de 2008, el gobierno islandés aumentó la tasa de interés a un 18%, un movimiento obligado para poder conseguir un préstamo del Fondo Monetario Internacional. La inyección de dinero por parte del FMI resultó insuficiente, y produjo una gran devaluación de la moneda islandesa. El gobernador del Banco Central de Islandia declaró que el gobierno también acudió a Rusia para obtener un préstamo adicional de 4.000 millones de euros.

Consecuentemente, el país resultó terriblemente afectado por la crisis financiera de 2008, que se extendió hasta 2009. Esta crisis ha producido la emigración más grande de Islandia desde 1887.

En enero de 2009 estalla en volcán la población. El gobierno conservador se ve obligado a dimitir. A los pocos días se formó un nuevo gobierno de izquierda que inmediatamente encausó al anterior ministro de Islandia Geir Haarde, destituyó al gobernador del Banco Central, Davío Oddsson, y a varios de sus homólogos de otros bancos privados en quiebra.

En las elecciones generales de abril de 2009, una mayoría de izquierdas se instaló en el parlamento y Johanna Siguroardottir fue elegida para encabezar el gobierno, quien propicia una consulta a los ciudadanos acerca de si quieren pagar la deuda de sus bolsillos –unos 13.300 euros por cabeza– . El voto masivo, un 98 %, dice no. En 2010 se establece una asamblea constituyente de 25 miembros, “ciudadanos de a pie”, para reformar la Constitución del país.

¿BULO O REAL LA RESISTENCIA DE LOS ISLANDESES?

¿Era Islandia un precedente peligroso para el sistema que se defiende? ¿Se debía a esto el silencio que caía sobre ella?

En abril del 2010, un mes después de producirse el referéndum, entra en erupción el volcán Eyjafjallajokul e inunda de cenizas Europa. Se paraliza el tráfico europeo por semanas con una pérdida de 1.500 millones diarios. Europa entera estuvo en jaque, no se podía volar.

Islandia sigue en 2011 con la deuda enquistada. Convocados de nuevo a referéndum, un 57,7 % de islandeses rechaza pagarla, aun cuando los acreedores han hecho una considerable rebaja, ahora el interés solicitado es del 3 % (no ya el 5,5 % ) y a reintegrar en 37 años (no en 15 como la primera vez).

¿QUIÉN TOMA LAS RIENDAS EN ISLANDIA?

Los islandeses dicen no al pago de la deuda, pues el endeudamiento de sus bancos no pueden pagarlo. ¿Cómo entonces resolver el problema? ¿Puede Islandia vivir aislada o deberá entrar en la Unión Europea para valerse? ¿A qué precio? ¿Le va mejor a Grecia, Irlanda, Portugal, Italia, España?

La sociedad islandesa ha logrado que se juzgue a algunos responsables, entre ellos al jefe del Gobierno cuando se produjo el fraude. Todo un precedente. Islandia quebró, pero sus directivos pueden ir a la cárcel. No pertenecen a la Unión Europea que aprisiona a la Europa Real y por eso mismo han creado todo un mito que parece haberles permitido escapar al inmenso poder fáctico que hoy manda en el mundo.

¿Este poder se conformará o dictará replesalias?

Podemos concluir con estas palabras de Rosa María Artal: “La única salida viable es que el malestar ciudadano que emerge en volcanes aquí y allá una sus fuerzas, como comienza a hacer. Islandia fue el primero. Siguieron otros países. Y un día, aunque tarde, las cenizas de su indignación se hicieron visibles para mostrar la expresión de un malestar que a todos, de alguna manera, nos concernía” (La energía liberada, Aguilar, Madrid, 2011, p. 161).

DIFÍCIL REUBICACIÓN DE UNA EUROPA DESCOLOCADA

José Antonio Pérez Tapias

Éxodo 112 (en.-feb) 2012
– Autor: José Antonio Pérez Tapias –
 
UNA EUROPA CON RIESGO DE “DEMOCIDIO”

La sentida exclamación con la que Jürgen Habermas tituló uno de sus recientes libros –¡Ay, Europa! 1– se le ha quedado corta a él y a todos ante lo que está sucediendo en la Unión Europea al hilo de la crisis financiera, devenida económica y transmutada en terrible crisis de la deuda pública de los Estados. El filósofo alemán ha denunciado abiertamente el retroceso democrático que se está dando en Europa durante estos años, y de forma cada vez más acentuada. Él mismo puede comprobar cómo los hechos contradicen lo que hace unos años escribía con esperanzada actitud, asentada en una realidad que daba pie para sostenerla. Así, hoy no podría afirmar en los mismos términos que, a partir de la valoración peculiar que hacemos los europeos de la política y el mercado, se refuerza nuestra “confianza en el poder de configuración civilizadora que posee un Estado del que se espera también la corrección de los fracasos del mercado” 2. Antes bien, la experiencia última de los europeos es que se impone el mercado sobre los Estados, y no sólo uno a uno tomados, sino en conjunto, como es el caso de los que forman la UE. Ésta, respecto a la cual consideraba Habermas que poco a poco iba consolidando en su seno un demos europeo más allá de las fronteras nacionales y las viejas querellas de las particularidades históricas, hace que en los últimos tiempos ese mismo demos se halle sometido a presiones que lo debilitan, lo fragmentan y le enajenan la conciencia democrática compartida que se podía haber generado. El reconocernos como “ciudadanos de una misma comunidad política” 3 está ahora más lejos que hace unos años, máxime si en comunidades políticas nacionales el pueblo como conjunto de ciudadanos dispuestos a ejercer solidaria y responsablemente sus derechos se ve menospreciado o, incluso, humillado. Catapultar a un vicepresidente del Banco Central Europeo a la jefatura del gobierno griego sin mediar elecciones o, como ocurrió al poco tiempo, instalar en la del gobierno italiano a otro tecnócrata –por mucho que eso supusiera el alivio de la dimisión de Berlusconi-, son malas señales en cuanto al respeto a la democracia y a la ciudadanía. Igualmente, decidir en el seno de la Unión Europea menospreciando los poderes y cauces institucionales establecidos no es nada aleccionador. Todo lo contrario. Por ello, si Habermas podría concluir de todo esto, parafraseando a Unamuno, diciendo “me duele Europa”, también se puede colegir que estamos ante un proceso de destrucción del demos que induce a hablar –aunque el término sea un tanto fuerte- de democidio.

¿Estamos justificados para hacer un diagnóstico tan duro? Podemos estar de acuerdo en que muere la democracia si se liquida al demos, a la sociedad en tanto que pueblo capaz de ejercer su ciudadanía. Y en consecuencia podemos suscribir que hay riesgo de “democidio” cuando está en peligro la vida de la democracia como sistema político. Es verdad que dicha palabra fue acuñada, entre otros, por el politólogo R.J. Rummel para designar, como variante del genocidio, hechos criminales de un gobierno que asesina a la población de su Estado. Pero es pertinente trasladar el término, alumbrando nuevo sentido, a lo que está ocurriendo en la Unión Europea, especialmente en países del Eurogrupo. En algunos, las presiones de poderes económicos y políticos -con papel estelar de la canciller alemanasobre los países más afectados por la crisis económica, con Estados atrapados por desmesuradas deudas, están llevando a un ninguneo de sus instituciones democráticas y a un mortal socavamiento del demos como sujeto colectivo.

Estamos siendo testigos de la historia antidemocrática que se escribe al hilo de la crisis y de la manera de afrontarla por la ortodoxia neoliberal. Lo que se está haciendo conlleva retrocesos del Estado social y que la ciudadanía se vea desarticulada como demos sustentador de instituciones de autogobierno. Si el proyecto europeísta necesita una ciudadanía capaz de tejer la solidaridad transnacional y de actuar, como decía Habermas, en el espacio político de una Europa cada vez más amplia, resulta que ahora el “democidio” que se cierne sobre nosotros quiebra todo eso. Y si todo eso es para salvar al euro en medio de una crisis económica en la que Europa se ve metida hasta el cuello, la pregunta que cabe hacer, parafraseando un conocido pasaje evangélico, es: ¿para qué salvar el euro si al final se pierde el demos? Lo peor es que aún cabe otra: ¿para qué todo esto si ni siquiera está garantizado que el euro se salve?

La cuestión es que si no se salva el euro no se podrá mantener la Unión Europea. Desde ahí se explica lo que nos ocurre, habida cuenta de que la salvación de la moneda común que compartimos los diecisiete miembros del Eurogrupo pasa por resolver la crisis de deuda pública que afecta a ciertos Estados. Portugal y España seguimos en el punto de mira, temiendo el desenlace que tenga el caso de Grecia, pues no contamos con “vacuna” efectiva para evitar el contagio, dado que en la zona euro no hemos arbitrado un sistema para frenar los movimientos especulativos sobre los bonos “soberanos” de los países fuertemente endeudados. El tratamiento de conjunto impuesto por la Alemania de Merkel, consistente en un pacto de consolidación fiscal que, además de traducirse en norma constitucional de cada Estado, se refleje en los tratados de la Unión, refleja la errada estrategia de corte neoliberal que se ha impuesto en la manera de afrontar la crisis económica. Dicha estrategia, si por un lado es deudora de un fundamentalismo de la austeridad -con lo que implica de fanatismo de los recortes sociales- absolutamente nefasto para la economía misma por bloquear las posibilidades de crecimiento, por otro es promotora de escamoteo de los procedimientos democráticos que se han ido codificando en la construcción europea y a los que se deben las instituciones de la Unión. Que la democracia se sacrifica en el altar del capitalismo financiero es conclusión palmaria de lo que hasta ahora hemos vivido en una Europa que cada vez se reconoce menos a sí misma en la situación a la que ha venido a parar de manos de una crisis que le pilló a contrapié. ¿Hasta dónde llegará ese sacrificio?

EL MIEDO HACE ESTRAGOS

Los acontecimientos que estamos viviendo corresponden al peor momento de la historia en la que maduró el proyecto de la Unión Europea. Lo imprevisto se asomó a nuestra historia común, aunque no deja de ser verdad que los tratados con que se ha ido forjando el proyecto europeo llevan en su seno, desde Maastricht, las cuñas neoliberales que al final ponen en peligro toda su arquitectura. Al diseño neoliberal del Banco Central Europeo, que sigue impedido para emitir eurobonos a través de los cuales pueda quedar mancomunada la deuda pública, le acompañó la implementación de una política monetaria con centro en la moneda común, sin una política económica compartida y sin una fiscalidad coordinada. A eso se le sumó la confiada perspectiva de que la economía del capitalismo global estaba encarrilada sine die por vías de expansión y crecimiento en las que el gigante económico europeo podría desenvolverse con grandes zancadas. Bastó que cambiaran los vientos del capitalismo hasta introducirlo, por sus mismas contradicciones, en una crisis global y sistémica, para que se pusiera en evidencia la debilidad de la Unión Europea, entre otras cosas por su enanismo político. Lo grave hasta los días actuales es que la crisis económica que nos afecta se quiere resolver mediante recetas que suponen más neoliberalismo –la reforma laboral puesta en marcha por el gobierno del PP en España muestra otro caso más en ese sentido-, a la vez que la crisis política se aborda desde preocupantes dosis de nacionalismo. Éstas van desde el nacionalismo económico alemán, que ha abandonado la práctica de promover una “Alemania europea” para imponer una “Europa alemana”, hasta las acrecentadas tendencias nacionalistas de corte populista y xenófobo que se detectan por doquier, con extremos especialmente preocupantes, cual es el caso de Hungría.

El proyecto europeo, debilitado económicamente y muy tocado políticamente, está pagando las ingenuidades optimistas con que se impulsó en décadas pasadas. En ese sentido es pertinente la comparación con aquel optimismo de la belle époque que no dejó ver las catástrofes que se echaban encima de Europa. En los años de hegemonía neoliberal, de la cual resultaron fuertemente contaminados los partidos socialdemócratas, se volvió a vivir una etapa de crecimiento confiado, acompañada por la difusión de un estilo de vida culturalmente marcado por el individualismo y un consumo desaforado. De nuevo, era apropiada una descripción del ambiente de la época como la que hizo Stefan Zweig de lo que se respiraba años antes de la Primera Guerra Mundial: “El progreso se respiraba por doquier. Quien se arriesgaba, ganaba. Quien compraba una casa, un libro raro o un cuadro, veía cómo subía su precio; con cuanto mayor audacia y prodigalidad se creara una empresa, más asegurados estaban los beneficios. Al mismo tiempo una prodigiosa despreocupación había descendido al mundo, porque ¿quién podía parar ese avance, frenar ese ímpetu que no cesaba de sacar nuevas fuerzas de su propio empuje? Nunca fue Europa más fuerte, rica y hermosa; nunca creyó sinceramente en un futuro todavía mejor” 4. Si a lo que se dice en estas líneas se le añaden claves relativas a la informática y telemática que han propiciado el capitalismo financiero de nuestros días, la descripción es más que adecuada, pues ni siquiera el relativismo propio de la postmodernidad llegó a mermar la tan difundida fe social en el progreso. Sin embargo, ahora, en la Europa agobiada por la crisis, a la vez que su optimismo se le ha derrumbado, la creencia en el progreso ha dejado de ser dogma indiscutible: todo un síntoma de que un viejo paradigma ha quebrado.

Triste, sin embargo, es que a la ciega fe en el futuro le haya seguido una apocada ideología del miedo. En medio de una guerra económica en la que el mercado global es el escenario, las filas europeas, temiendo el fracaso del euro y temblando por lo que de ello se siga, no logran verse reordenadas en torno a un proyecto común que vaya más allá de mantener a la defensiva posiciones que se perciben en toda su vulnerabilidad. Con escasa capacidad de sostener planteamientos políticos comunes en conflictos internacionales -por ejemplo, en Oriente Medio- y con mermada fuerza para hacer frente a la dura competencia desde la que se reestructura el mercado mundial –competir con China se ha convertido en la madre de todas las batallas económicas–, una Europa debilitada, que ni siquiera puede hacer frente a los acosos de las agencias internacionales (estadounidenses) de calificación financiera, se ve presa de la “economía del miedo” 5. En el contexto de una “Gran Recesión” que no hace sino alentar una “Gran Depresión”, la ideología del miedo acaba plasmándose en políticas del miedo, las que perpetran las restricciones económicas, los recortes sociales y los llamados ajustes que constituyen el meollo de la “Gran Regresión” a la que nos vemos abocados. Desde el miedo, ni se puede promover la igualdad, ni se puede defender la libertad. Desde el miedo, lo que se potencia es la sumisión. Y ahí radica el gran peligro que se cierne sobre los europeos. Valen al respecto las palabras con las que el filósofo checo Jan Patocka terminaba una larga entrevista sobre “el problema de Europa”: “¡sería terrible permitir que se comprometa el futuro por la inmediatez, no ya de nuestros intereses, sino de nuestros miedos!” 6.

ECONOMÍA SOCIAL, DEMOCRACIA Y CIUDADANÍA PARA LA EUROPA DEL FUTURO

Hay que vencer el miedo para afrontar los temores que racionalmente hay que tener en cuenta. La complejidad del mundo contemporáneo no está exenta de amenazas, muchas de las cuales, como mostró Ulrich Beck con su “sociedad del riesgo” 7, inciden en el ámbito local desde su condición de globales. Es razonable, pues, atender a aquello que puede suscitar temor. Lo que es irracional es dejarse llevar por el miedo. Y Europa debe superar el miedo que la atenaza transitando por las vías políticas que le permitan afrontar exitosamente los temores que alberga. De esa forma, una Europa hoy descolocada en el mapa de la economía global por una crisis que aminora su potencial, y en el mapa político también descolocada por el desplazamiento de los ejes conforme a los cuales se pretende reordenar el mundo, a la vez que por el zarandeo sufrido desde dentro en su propia estructura institucional, debe encontrar el camino de su reubicación, consciente de la originalidad que ella misma supone como invención política supranacional, inseparable de la dificultad que lleva consigo. Si sólo atendiéramos a las dificultades, el proyecto europeo, y más aún cuando en él hay involucrados ya veintisiete países, parecería imposible de llevar a buen término: hacer de esos veintisiete miembros un conjunto polifónico que suene bien no es tarea fácil. No obstante, algo tiene el empeño cuando, aun en medio de los tiempos que corren, cuando sigue siendo atractivo –recientemente Croacia votó favorablemente al ingreso en la UE–. Considerando su originalidad, abundan a pesar de todo las razones para procurar que siga adelante como viable un proyecto de construcción política metanacional en clave democrática. Si en estos momentos, la crisis hace que se pierda de vista la profunda razón de ser del proyecto que ha alumbrado la Unión Europea, también es la hora de reafirmar su sentido con la fórmula paradójica que Étienne Balibar consagró para ello hace unos años: el proyecto de la Unión Europea es un “imposible necesario” 8.

¿Cómo volver a confiar en la viabilidad de lo “imposible necesario” del proyecto europeo? Por una parte, parafraseando a Husserl, diremos que hay que hacer frente a la crisis de los Estados europeos viendo en el fondo de ella la crisis de la humanidad europea 9. Situando en el fondo de esa crisis cuestiones que el padre de la fenomenología no atisbaba, como es la experiencia de la insostenibilidad de un punto de vista eurocéntrico, la humanidad europea, descolocada de la posición en la que quiso mantenerla su complejo de superioridad, tiene que habérselas ahora con la impotencia de la política que experimenta desde la cruda realidad de sus Estados. Una política que se subordina a la economía y unos Estados para los que la soberanía se va quedando en palabra hueca ante el sometimiento al mercado forman parte de lo que en estos últimos tiempos estamos viviendo. La crisis económica ha sacado a flote la crisis de la política, y especialmente la crisis de la representación política. No hay más remedio que buscar a la vez la salida de ambas. Es decir, sin recuperación de la democracia, las salidas económicas que se intenten serán en falso. Y eso empieza por la toma de conciencia y la acción en consecuencia de la ciudadanía de cada Estado, para desde ahí retomar el hilo de la construcción de un demos europeo que en verdad sea capaz de jugar un papel constituyente. Siendo cierto que la construcción europea requiere mejor coordinación entre Estados y entre las mismas instituciones de la Unión, y una cooperación más eficaz, puestos a acometer eso de manera que a la vez se tome en serio la superación de sus déficits democráticos, la vía para ello pasa por diseñar un modelo federalista para la estructura supraestatal que nos hemos dado. Si el recorrido que se ha esbozado a partir de ahí es largo, al menos se contará con un plano sobre el que establecer los avances que se puedan lograr.

Si refuerzo de la democracia y modelo federalista han de funcionar de cara al futuro, cierto es que desde el presente hay que resolver la crítica situación económica en que nos hallamos. Pero hay que hacerlo no contra la democracia, sino con y a favor de la democracia, lo que supone articular claves federalistas y no de imposición hegemónica de unos en relación a otros -que es como viene funcionando el tándem Merkel-Sarkozy como variante un tanto distorsionada de lo que se ha conocido como eje franco-alemán-. Comprobado que la ortodoxia neoliberal nos lleva por el camino equivocado -contando con la perversión de lo que se entiende por austeridad-, hay que reconducir la recuperación económica por otras vías, empezando por el replanteamiento del límite de déficit público al 3% del PIB en 2013, que está siendo el injustificable axioma que trae de cabeza a todos. Hay que situarse, por el contrario, en otras vías, que retomen medidas de corte keynesiano, adaptadas a la fase de globalización en la que ya estamos. Si hay que volver a “pensar Europa”, como en su momento propuso Edgar Morin 10, la “dialógica” para ello ha de contar con una economía social, y que siendo social, amén de sostenible medioambientalmente, sea competitiva. Hay que replantear muchas cosas para no vernos asumiendo un (contra) modelo chino de economía basada en relaciones laborales sin derechos sociales, a costa del modelo social europeo que era precisamente lo que se aspiraba a difundir. La Europa social ha de volver a ser parte fundamental del proyecto europeo, si queremos que tenga recorrido en el largo plazo. Un proyecto que acabe limitado a instituciones burocráticas puestas al servicio del capitalismo financiero no sólo no entusiasmará a nadie, sino que, suscitando cada vez mayor hostilidad, se irá alejando del apoyo ciudadano que la construcción europea necesita. Y sin ciudadanía, contando con que ésta ha de poder experimentar lo que implica la ciudadanía europea en cuanto a ciudadanía social, el “imposible necesario” de la Unión Europea acabará siendo inviable. La construcción europea, si por caminos neoliberales va a parar a políticas contradictorias con ese objetivo, habrá que retomarla por la vía de una socialdemocracia renovada, capaz de ofrecer alternativas consistentes en ese sentido. Por lo pronto, la experiencia de estos años de crisis ya ha traído la conclusión de que no es posible poner en marcha una política socialdemócrata puesta al día en un solo país. La socialdemocracia vuelve a necesitar el enfoque internacionalista que hace mucho tiempo perdió. Y también necesita una nueva “cultura” en los partidos que la sostengan para ser capaces de nuevas alianzas en el seno de una izquierda plural, como se da en la mayor parte de los países europeos. Las alternativas políticas no son monopolio de nadie.

Las importantes cuestiones a las que nos vemos confrontados en Europa reclaman respuestas que, a pesar de la complejidad de los asuntos a resolver, han de ser urgentes. El tiempo no es recurso inagotable y nos vemos emplazados por los ritmos de procesos que o los reconducimos o nos pueden llevar a una fragmentación del mapa europeo que no hará sino anticipar las amenazas del capitalismo con tendencias suicidas que hoy por hoy nos tiene secuestrados. Europa, afortunadamente, no está muerta, pero lo que ocurre en su seno y a su alrededor nos da pie para volver a decir, con María Zambrano, que atraviesa por una penosa agonía. ¿Será Europa capaz de resurrección? La pensadora malagueña sostuvo que sí, partiendo de que el europeo “sabe vivir en el fracaso” 11. Pero a estas alturas podemos entrever que un fracaso de Europa en lo que ha sido el valioso intento de su compleja construcción política nos arrastraría no sólo a la irrelevancia política, sino a la penuria económica a la vez que a la injusticia social.

Europa, incluso en medio de esta crisis y desde sus prosaicas realidades, no deja de ser objetivo en el que son reconocibles trazos de intención utópica. Por ello, frente al euroescepticismo que crece, bien viene reforzar el europeísmo que merece la pena aunque sea a base de interrogantes como los que hace ya algún tiempo formulaba el holandés Cees Nooteboom como epílogo a su libro sobre Cómo ser europeos: “¿Dónde está la Europa con la que hemos soñado durante tantos años? ¿Dónde ha desaparecido? ¿Quién se la ha llevado? ¿Los especuladores? (…) ¿Los políticos impotentes con sus palabras vacías? ¿Los muertos de Sarajevo? ¿Las minorías? ¿Los neofascistas? ¿El Bundesbank? ¿Los euroescépticos ingleses? ¿Dónde está? ¿En Bruselas o en Londres? ¿En Atenas o en Kosovo? ¿O quizá, a pesar de todo, en Maastricht? Si sigue en vida en alguna parte, nos gustaría recuperarla, no la Europa del mercado y de los muros, sino la Europa de los países de Europa, de todos los países europeos” 12. …………………………………………………………………………..

1 Cf. J. Habermas, ¡Ay, Europa! (2008), Trotta, Madrid, 2009.

2 J. Habermas, El Occidente escindido (2004), Trotta, Madrid, 2006, p. 52.

3 Ibíd., p. 60. 11 M. Zambrano, La agonía de Europa (1945), Trotta, Madrid, 2000, p. 85.

4 S. Zweig, El mundo de ayer. Memorias de un europeo (1944), Acantilado, Barcelona, 2010, p. 249.

5 Cf. J. Estefanía, La economía del miedo, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2011.

6 J. Patocka, “El problema de Europa” (1988), en Id., Libertad y sacrificio, Sígueme, Salamanca, 2007, p. 342.

7 Cf. U. Beck, La sociedad del riesgo (1986), Paidós, Barcelona, 1998.

8 Cf. E. Balibar, Nosotros, ¿ciudadanos de Europa? (2001), Tecnos, Madrid, 2003, p. 13.

9 Cf. E. Husserl, La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental (1957), Crítica, Barcelona, 1990.

10 Cf. E. Morin, Pensar Europa (1987), Gedisa, Barcelona, 1994.

11 M. Zambrano, La agonía de Europa (1945), Trotta, Madrid, 2000, p. 85.

12 C. Nooteboom, Cómo ser europeos (1993), Siruela, Madrid, 1995, p. 124- 125.

EUROPA Y SUS RAÍCES CRISTIANAS

Demetrio Velasco

Éxodo 112 (en.-feb) 2012
– Autor: Demetrio Velasco –
 
Es una obviedad que Europa y el cristianismo han tenido una historia común tan intensa y compleja que, difícilmente, pueden pensarse aisladamente uno de la otra y viceversa. Pero, también, sería un grave error pensarlos sin tener en cuenta que ambos están imbricados en una trama de tradiciones, aún más compleja, que ha teñido sus raíces culturales, socioeconómicas y políticas, desde sus orígenes hasta nuestros días.

Pretender responder, hoy, a las numerosas preguntas que nos plantea una Europa como la actual, que atraviesa una crisis que podemos denominar como “epocal”, exige saber de dónde venimos. Pretender trabajar en la construcción de una Europa más libre, justa y solidariamente integrada, fiel a sus mejores fundamentos y promesas, precisamente, ahora, cuando padece una grave crisis de identidad, de solidaridad y de representatividad, exige saber reconocer las virtualidades que el cristianismo puede ofrecer en dicho proceso de construcción.

Ni qué decir tiene que Europa como “proceso histórico de construcción social de la realidad que es”, nos obliga a mirar la historia del cristianismo, de las sociedades europeas, de los modelos socioeconómicos que en ellas han estado y siguen vigentes, como frutos de contextos y contingencias que bien podían haber ocurrido de otra forma, y no como expresiones necesarias de una necesidad fatal.

Dado que el objetivo de este número de la Revista Éxodo es pretender responder a la pregunta de cómo es posible que Europa haya llegado a la lamentable situación actual, bajo la hegemonía de un neoliberalismo cada vez más decimonónico (que pretende afirmar su proyecto de gobierno económico global, sin los límites legales y morales que hasta ahora han estado de alguna forma vigentes, y que persigue la liquidación de uno de los mejores logros de la tradición ilustrada: la de los derechos humanos en sus tres generaciones), y de qué papel ha jugado la religión en esta deriva, centraré mi reflexión en los siguientes puntos:

En primer lugar, describiré, de forma esquemática, el papel que ha desempeñado el cristianismo en la construcción de la Europa Moderna en su versión más economicista. Analizaré el ambiguo papel del cristianismo respecto del propietarismo burgués y de su expresión institucionalizada en la historia Europea de los últimos siglos: la del liberalismo doctrinario y del humanismo de las compatibilidades.

En segundo lugar, si queremos hacer eficaces las virtualidades de las religiones, en especial del cristianismo, para construir una Europa más universal y solidaria (inclusiva), es imprescindible levantar las hipotecas de los particularismos excluyentes (económicos, etnoculturales, religiosos) que en ella han estado vigentes desde su creación, y hacer frente al actual “fascismo social” que la amenaza en su supervivencia.

En tercer lugar, hay que ejercitar el diálogo interreligioso y ecuménico. La cuestión del pluralismo religioso y no sólo el de la pluralidad de religiones es básica para que este crisol de la diversidad que es Europa genere sociedades libres e iguales desde su diferencia.

UNA MIRADA HISTÓRICOIDEOLÓGICA AL BINOMIO CRISTIANISMO-ECONOMÍA EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA EUROPA MODERNA

Si ha sido una tesis indiscutida de la teoría sociológica y política contemporáneas que las sociedades europeas han experimentado una progresiva colonización de la vida por la lógica del economicismo, hoy, esta tesis se ha convertido en una evidencia tal, que, si tuviera que mencionar la que es la mayor amenaza para nuestras vidas, diría que es una forma perversa de economicismo: el fascismo financiero. Éste es la expresión más virulenta y peligrosa del fascismo social porque, como dice B. de Sousa Santos, es la más refractaria a cualquier intervención democrática. 1

Creo que la hipoteca de la lógica burguesa, que se ha traducido, desde sus orígenes, como una teoría política y jurídica del individualismo posesivo, ha sido tan determinante en el devenir histórico de la lógica democrática, nacida de las revoluciones liberales y, en concreto, en la construcción de la Europa actual, que hay que concluir que “la liebre liberal parece haber ganado definitivamente la carrera a la tortuga europea” 2. La Unión Europea que, en sus orígenes, tuvo diferentes formas de entender su proyecto de “mercado común”, ha visto cómo sus versiones más próximas a los ideales ilustrados y democráticos (como el de los demócrata-cristianos o el de los socialistas), han sido progresivamente derrotadas por la versión más liberal y economicista, la de los tecnócratas de Bruselas. El proyecto neoliberal de globalización ha encontrado en dicho liberalismo uno de sus mejores aliados, aunque para ello haya sido preciso volver la espalda a la construcción de una Europa democrática y social. Hoy es cada vez más difícil reconocer en el comportamiento de quienes rigen los destinos europeos (los señores del mercado y de la guerra con la connivencia de sus aliados políticos) el rastro de los ideales ilustrados y humanistas. Según un informe del Foro sobre Riesgos Globales (Foro Económico Mundial), la principal amenaza potencial de los próximos diez años es la de una regresión a situaciones propias del capitalismo salvaje. La utopía europea corre peligro de convertirse en la pesadilla de la distopía. 3

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Qué ha pasado con la utopía europea para que estemos engendrando el monstruo de la “distopía”? ¿Qué responsabilidad ha tenido el cristianismo en esta deriva antihumana y anticristiana? Creo que una mirada retrospectiva a la historia moderna europea puede ayudarnos a comprender nuestra situación.

Si tuviera que dar un nombre a la historia de esa progresiva colonización de las sociedades modernas por el economicismo, a la que me he referido antes, creo que estaría bien definida como la “historia del materialismo histórico reaccionario”, denominación que utilizaron algunos líderes revolucionarios del siglo XIX, como M. Bakunin, para denunciar la forma en que los “liberales doctrinarios”, muchos de ellos inspirados en las doctrinas cristianas, organizaron la sociedad de su tiempo y legitimaron el individualismo propietarista. Su pretendida proclama idealista se reducía a “un materialismo reaccionario revestido de deísmo metafísico y doctrinario”. La misma Iglesia católica acabaría considerando devotos hijos suyos a quienes tenían como vocación de cristianos honorables “enriquecerse a toda costa”, vaciando así de toda virtualidad sociogenética al principio genuinamente cristiano del destino universal de los bienes. No es el momento de extenderme en esta imprescindible referencia históricoideológica para comprender por qué hemos llegado a nuestra situación 4. Baste recordar que alguien tan poco sospechoso de cargar responsabilidades ajenas en el deber del cristianismo, como Juan Pablo II, decía en la Laborem Exercens (n. 13), refiriéndose al error del “economicismo”, que el materialismo práctico de los creyentes estaba en el origen del materialismo teórico de los ateos. Por mi parte, creo que el cristianismo ha sido instrumentalizado impune y secularmente por el liberalismo economicista burgués y que lo sigue siendo todavía por el neoliberalismo y el neoconservadurismo. Quizá convendría recordar, en estos tiempos en los que la prensa financiera anglogermana (WASP) ha abierto la veda contra los “cerditos europeos” católicos (PIGS), que la tradicional lectura weberiana del calvinismo ha sido desmentida en numerosos de sus tópicos por investigaciones solventes.

Personalmente, siempre me ha gustado más la interpretación de Nietzsche o de Leo Köfler, para quienes no fue una forma de espíritu religioso la que empujó al ser humano a la razón adquisitiva, sino que fue, precisamente, la desaparición del espíritu religioso la que liberó en el ser humano el demonio económico. El calvinismo, como una moral para burgueses ateoprácticos (que consideran a Dios como el “socio” de su “negocio”) o como “ascetismo mal situado” (y que sirve para alimentar el corazón de la actividad antiascética por excelencia: la avidez infinita del deseo acumulador tan bien descrita por Hobbes), sirvió y sirve, todavía hoy, para alimentar, aún más, la lógica del individualismo posesivo. Creo que incluso D. Bell, un neoconservador canónico, dijo algo parecido cuando, al hablar de las contradicciones culturales del capitalismo, apuntaba al hedonismo consumista e insolidario como el motor del sistema.

Hemos llegado hasta aquí porque Europa ha vendido su alma cristiana, tanto en su versión protestante como católica, al dios Mamón. Todas las construcciones europeas nacidas con la vocación de encarnar los ideales cristianos han estado lastradas por esta diabólica hipoteca y, con demasiada frecuencia, todas ellas han funcionado con una profunda ambigüedad que, cuando no ha minado gravemente su virtualidad transformadora, las ha esterilizado. La lucidez crítica de algunos pensadores ha expresado plásticamente esta situación. Decía J. Benavente que finalmente el burgués moderno había solucionado el terrible dilema evangélico: creer firmemente que el evangelio lleva razón diciendo que es más difícil que un rico entre en el reino de los cielos que un camello entre por el ojo de una aguja; pero, a la vez, creer más que firmemente en que un camello cargado de oro entra por cualquier sitio. No hay ojo que se le resista. Por fin, como dirá Le Goff, “la bolsa y la vida” juntas. El avaro puede dormir tranquilo. Todo se soluciona con un razonable purgatorio.

La historia del “humanismo de las compatibilidades”, aquel que denunciaba el profesor Tierno Galván, porque “al servir lo mismo para pobres que para ricos” carecía de virtualidad transformadora alguna, es el humanismo con el que, lamentablemente, durante mucho tiempo, se ha identificado el humanismo cristiano. Por eso, su sola proclama ha levantado tanta suspicacia y ha tenido tantos detractores.

Es verdad que no ha sido solo el cristianismo quien se ha convertido en instrumento legitimador del liberalismo burgués, primero, y del neoliberalismo, después, sino que ninguna de las ideologías hegemónicas que se han propuesto como alternativa al capitalismo ha sido capaz de exorcizar el demonio del economicismo. Ni los diversos socialismos, ni la hoy casi difunta socialdemocracia, ni siquiera la misma Doctrina Social de la Iglesia, han sido capaces de levantar dicha hipoteca, y quizá, por ello, seguimos en una deriva cada vez más totalitaria. La amenaza más inminente en nuestros días es la de un fascismo social cuyo rasgo más definitorio es, sin duda alguna, el del fascismo financiero, que encarna como ningún otro lo que significa sacrificar todo al dios Mamón, es decir, al dios Mercado. Significa la quiebra de lo humano, expresada como “dia-bólica”, porque profundiza la sima que separa a pobres y ricos, porque desvertebra las sociedades con la desigualdad, la exclusión, el apartheid y el genocidio, porque su forma de entender la economía poco tiene que ver con la producción y distribución de bienes y servicios orientados a satisfacer las necesidades humanas.

Antes de concluir esta mirada retrospectiva al devenir de la construcción europea, creo imprescindible señalar que no todo ha sido tan negativo, como lo dicho hasta ahora podría hacer creer.

Afortunadamente, no todo es fascismo financiero, ni todo es cristianismo legitimador del liberalismo burgués. Entre las raíces que siguen aportando savia al proyecto de una Europa más integrada, solidaria y universal, tanto el cristianismo como la razón ilustrada crítica, que también tiene su versión como economía crítica, tienen por delante un importante papel que jugar. El hecho de que, hasta ahora, no lo hayan hecho de forma históricamente suficiente, no significa que no lo puedan o no deban hacerlo todavía.

DESAFÍOS Y TAREAS DEL CRISTIANISMO EN LA CONSTRUCCIÓN EUROPEA

Después de lo dicho hasta ahora, parece una obviedad que, si Europa tiene hoy una prioridad, ésta consiste en recuperar su verdadera “alma”, o “naturaleza final”, que diría el clásico, superando inercias históricas y malformaciones casi congénitas, para llegar a ser una sociedad solidaria y democrática. Si hay una lección clara que nos enseña la historia europea y mundial, es que cuando mejor nos ha ido a los europeos ha sido cuando hemos tomado conciencia de lo que nos une, de nuestras mutuas y fecundas solidaridades. Por el contrario, cuando hemos afirmado de forma insolidaria y excluyente nuestros particularismos, socioeconómicos, políticos y religiosos, hemos acabado generando hostilidades y guerras fratricidas de carácter devastador. Esta lección no deberíamos olvidarla nadie, porque a todos nos atañe. También el cristianismo, como las demás religiones, ha desempeñado este ambiguo papel.

Para poder salir de la deriva del “fascismo social”, a la que antes nos hemos referido, es imprescindible, por ejemplo, que superemos la lógica economicista que nos ha llevado a la hegemonía del capitalismo financiero y de su idolatría mercantilista. El cristianismo debe saber hacer una crítica radical de esta “salvación por la economía de mercado” y, para ello, debe encarnar de forma históricamente suficiente su “economía de la salvación”. Pero humanizar la economía de la salvación pasa necesariamente por asumir las contradicciones, conflictos y limitaciones que toda actividad económica conlleva. El pensamiento social cristiano solamente cumplirá adecuadamente su rol cuando se convierte en la “acción crítica, práctica y transformadora” de la realidad social. No basta con apelar a “una nueva economía del don y de la gratuidad”, que las almas buenas deben ejercitar para superar las injusticias, sino que debe proponer como cuestión prioritaria e imprescindible la cuestión de la justicia social, como principio cardinal en el que deben inscribirse las demás virtudes, incluida la más sublime de todas, la caridad. Sabemos que si los cristianos hiciéramos propia esta prioridad difícilmente podríamos seguir legitimando el sistema capitalista, como lo hace buena parte de dicho pensamiento social cristiano, y estaríamos permanentemente con el grupo de los “indignados”, en vez de sentirnos recelosos ante ellos.

Creo, pues, que la aportación más urgente que el cristianismo puede y debe hacer a Europa es la denuncia sin ambigüedad alguna del capitalismo financiero actual, que afirma su hegemonía como una de las expresiones más virulentas del actual “fascismo social”. Pero, para hacerlo, los responsables de las Iglesias cristianas de Europa deben desenmascarar tanto el fundamentalismo tecnocrático y economicista del neoliberalismo como el fundamentalismo teocrático del neoconservadurismo cristiano, que en paradójica connivencia legitiman la actual situación, llegando hasta identificar la “lex mercatoria” y la ley natural. Es lamentable ver cómo el fascismo financiero, tras generar los episodios más siniestros de la crisis, acaba imponiendo sus criterios economicistas, obligando a los gobiernos de los Estados democráticos a cambiar sus constituciones, sus gobiernos, sus sistemas educativos, y, sobre todo, a aplicar ajustes socioeconómicos que bastantes analistas califican, con razón, de “crímenes económicos” y de “genocidio social”, y todo ello, con tal de garantizar la prioridad de sus ilegítimos intereses. Deben denunciar a las instituciones y personajes que, tras autocalificarse sin pudor alguno de cristianos, asisten impávidos a la evolución de la crisis que sus políticas económicas generan, y actuar frente a ellos, como mínimo, con la misma contundencia con la que actúan cuando se trata de afrontar los problemas relacionados con las llamadas “políticas del cuerpo”. Ante el escándalo de la desigualdad, deben hacer creíble que la opción por los pobres no es una consigna doctrinaria más del “humanismo de las compatibilidades”. Pero esto no será posible mientras la Iglesia se sienta cómodamente incardinada en el statu quo europeo y, menos aún, si la más alta jerarquía vaticana reacciona, como lo ha hecho recientemente, censurando una nota publicada por el Pontificio Consejo Justicia y Paz, que critica al actual sistema financiero y propone algunas medidas para cambiarlo. 5 Cuánto se echa de menos la voz profética de los responsables de las Iglesia denunciando tanto fraude fiscal, tanta corrupción, tanta mentira, como la que supone la defensa del actual fascismo social. Particularmente urgente me parece, en las actuales circunstancias, una condena de la instrumentalización que se hace de la virtud de la austeridad para justificar los intereses económicos de los más ricos, aunque sea a costa de los derechos básicos de gran parte de la población.

La prioridad de las Iglesias cristianas debe ser, ciertamente, luchar contra la deriva nihilista y relativista que está tomando Europa. Pero sin errar en el diagnóstico. La causa fundamental de dicha deriva no está, como a menudo se dice, en la pérdida de las raíces cristianas y en la galopante secularización de las sociedades, sino en un capitalismo salvaje que, como ha ocurrido desde el principio ha agostado el alma europea, utilizando incluso la religión para legitimar su lógica de individualismo posesivo y de consumismo nihilista. Hoy, más que nunca, los cristianos deberían dejar claro que la condición de la posibilidad de la fe en Europa pasa por priorizar la opción por la justicia social, luchando contra la injusticia y la desigualdad crecientes. El profesor N. Birnbaum ha escrito no hace mucho lo siguiente: “Confiábamos en aprender de los nuevos modelos sociales de un Viejo Mundo que hasta no hacía mucho tiempo parecía bastante capaz de renovarse.

Lamentablemente, los europeos tienen buenas razones para sentirse defraudados ante sus propias acciones. Curiosamente, la decepción que suscita el éxito del brutal ataque que, desde su propio seno, está sufriendo el modelo social europeo, coincide con un súbito desenterramiento del debate sobre la desigualdad en Estados Unidos. Puede que haya posibilidades fundamentales de colaboración transatlántica entre fuerzas democráticas e igualitaristas partidarias de la renovación económica y social. Pero, por el momento, el nuevo internacionalismo tendrá que esperar a conocer en qué acaban en los próximos años las luchas tan diferentes que se libran en Norteamérica y Europa” 6. Ojalá los cristianos sepamos estar presentes en estas luchas sin equivocarnos una vez más en nuestras opciones.

Otra segunda aportación que deben hacer los cristianos es la crítica a los particularismos, especialmente a los nacionalismos excluyentes, que hacen poco creíble el proyecto de una “casa común” europea. De nuevo, parece como si Europa estuviera condenada a ser rehén de los egoísmos nacionales y a tomar la dirección contraria a la que el sentido común parecería indicar. Siempre que pienso en esto, me viene a la mente el diagnóstico que en 1994 hacía el conocido sociólogo D. Bell, cuando, tras afirmar que la integración económica europea “ha zozobrado en las rocas de las diferencias nacionales”, añadía que “es posible que, hacia final de siglo y en la década posterior, surjan acciones más sostenidas hacia la integración económica europea, aunque lo más probable es una mayor desintegración política” 7.

Es un hecho que, en la medida en que parece imponerse, de la mano de A. Merkel, el proyecto de una “Europa alemana”, de carácter tecnocrático y profundamente desigualitaria, e incluso xenófoba, y los gobiernos de los demás países se resignan al vergonzante papel de cumplimentar con las maniobras tácticas derivadas de las exigencias de “los mercados”, el euroescepticismo e incluso la eurofobia están en alza. Europa se ve abocada a la marginalidad en las cuestiones de gobernanza mundial.

Ante esta situación, las Iglesias cristianas deberían alzar su voz, denunciando las estrategias nacionalistas, especialmente las que tienen efectos tan desigualitarios y excluyentes como las que se están imponiendo ahora. Y para ello deben, sí, recordar el principio de “subsidiariedad” que la Doctrina Social de la Iglesia ha defendido tradicionalmente, pero sin convertirlo en una excusa para legitimar lecturas particularistas de la soberanía política e impedir la construcción de un proyecto europeo más solidario.

En cualquier caso, como decía Duverger en el texto citado, la batalla entre federalistas y nacionalistas “no cesará nunca, porque expresa una contradicción fundamental y exclusiva del Viejo Mundo: arraigada en lo más profundo de su historia, la diversidad de los pueblos que lo componen constituye la riqueza, el dinamismo y el atractivo de sus respectivas civilizaciones. Deben mantenerse en un conjunto cuyas instituciones serían ineficaces si no fueran supranacionales, es decir, capaces de adoptar decisiones que se impongan a todos los gobiernos y no solamente a los que las han aprobado con su voto” 8.

Pero el mapa europeo no sólo es tan diverso por sus realidades nacionales, sino que es cada vez más pluricultural, debido a la presencia de extensas minorías étnicas, fruto de la inmigración. Y bien sabemos que, sobre todo en tiempos de crisis, surgen nacionalismos excluyentes que atizan los sentimientos de xenofobia y racismo y que generan dinámicas profundamente antidemocráticas. El cristianismo debe poner en juego su ADN mestizo para que las peores consecuencias de la crisis no se ceben una vez más en los más pobres.

Si esta compleja realidad europea, que refleja una realidad antropológica y cultural más amplia y profunda, quiere ser fecundamente integrada, necesita combinar identidad y alteridad mediante unos comportamientos éticos y espirituales, tanto personales como institucionales que todavía están por crear. Necesitamos imaginar modelos de integración que sean capaces de hacer plausible esta combinación, y las religiones tienen un papel relevante en este sentido.

EL DIÁLOGO ECUMÉNICO E INTERRELIGIOSO Y LA CONSTRUCCIÓN DE EUROPA

P. Ricoeur escribió en 1992 un ensayo que utilicé para un texto que escribí sobre esta cuestión y que, hoy, parece gozar de más vigencia si cabe 9. Decía Ricoeur que para lograr una adecuada combinación de identidad y alteridad es preciso aplicar tres modelos de integración que suponen un orden creciente de densidad espiritual. “El modelo de la traducción, que, como dice Ricoeur, es el primero que uno se imagina, y que parte de dos a priori: el de que Europa será ineluctablemente políglota y el de que la traducción es lo que posibilita la comunicación humana. Los supuestos imprescindibles de una buena traducción son, en primer lugar, la existencia de traductores bilingües y, en segundo lugar, la búsqueda de la mejor adecuación posible entre los recursos propios de la lengua de acogida y los de la de origen. Para hacer una buena traducción se precisa además un ethos de la traducción, un espíritu que posibilita la adecuada relación entre las culturas, que genera un transfert cultural de un universo mental al otro, teniendo en cuenta sus costumbres, sus creencias básicas, sus convicciones.

El modelo del intercambio de memorias enlaza con el anterior, ya que un verdadero transfert exige tener en cuenta que el universo mental del otro, su identidad, están constituidos por la memoria que él tiene de su propia historia, por la forma como ésta es narrada y contada. Se trata, pues, de dar un paso suplementario al de la traducción, consistente en asumir, con imaginación y simpatía, la historia del otro, a través de los relatos vitales que la conciernen. Se trata de intercambiar las memorias. Para intercambiar y cruzar las memorias hay que aprender a contar la propia historia y la del otro de “otra manera”. Contar de otra manera los acontecimientos fundacionales de la historia nacional, rescatando la posibilidad de vida e innovación que, a menudo, están sepultadas en el cementerio de tradiciones escleróticas o muertas. Con este nuevo ethos se trata de alcanzar, dice Ricoeur, la Anerkenung hegeliana en su dimensión narrativa. Se trata de abordar el fenómeno de la tradición en su dimensión verdaderamente dialéctica, que posibilite el que, a través de la reinterpretación, se dé la innovación.

El modelo del perdón es un tercer umbral de relación integradora, que posibilita revisar el pasado de una forma específica y, a través del pasado, revisar la identidad narrativa propia de cada uno. El perdón es una forma específica de intercambiar las memorias, ya que posibilita salir de un pasado que, a menudo, es un cementerio de promesas no cumplidas o de terrores vividos (provocados o sufridos) en los momentos fundacionales y de los que las comunidades humanas suelen sentirse orgullosas. El perdón permite comenzar de nuevo historias encadenadas a memorias que no se saben ni se quieren intercambiar. Se trata de “reconocer” a los otros y, además, de “comprender” su sufrimiento. Señala Ricoeur dos trampas que acechan a este modelo. La primera consiste en confundir el perdón con el olvido. Pero no se puede perdonar más que donde no hay olvido, cuando se da la palabra a los humillados. La segunda consiste en confundir el perdón con una parodia del mismo, que se ejerce sin que se den las condiciones de su ejercicio, entre otras, la petición de perdón. Por eso hay que recordar que existe un tiempo para lo imperdonable y un tiempo para el perdón. Es verdad que el perdón excede el orden político e incluso el orden moral (justicia) y que pertenece, como dice Ricoeur, a la “poética del orden moral”. Pero no es menos cierto que es imprescindible si se quiere construir un futuro nuevo. De hecho, todos hemos sabido ver el aire fresco que a la política han traído gestos como el de un W. Brandt arrodillado en Varsovia; el de V. Havel

escribiendo al presidente de la República Federal Alemana para pedirle perdón por los sufrimientos infligidos a los Sudetes tras la segunda guerra mundial; el del perdón pedido por las autoridades alemanas al pueblo judío 10. Estos tres modelos que Ricoeur aporta a la imaginación política pueden parecernos excesivos en una Europa que parece volver al “estado de naturaleza hobbesiano”, pero, esta vez, sin un Leviatán capaz de definir el derecho igual para todos. Sin embargo, creo que nos pueden servir también a nosotros de guía a la hora de pensar en el papel de los cristianos en la construcción europea. Tenemos algo significativo que decir, siempre que seamos capaces de traducir e intercambiar con los otros la memoria de nuestra identidad narrativa y de mostrar la virtualidad sociogenética del evangelio cristiano. Conscientes, asimismo, de que no estamos en el mejor momento del diálogo ecuménico y de que la deriva tradicionalista de la Iglesia católica es, en gran medida, responsable de esta situación, debemos reconocer que el ecumenismo es hoy, para las Iglesias cristianas, no sólo un imperativo del amor fundacional que las engendró, sino una exigencia ineludible para que su quehacer no sea un fracaso más del que arrepentirse. Las Iglesias deben aprender de los tres modelos antes enunciados, que sus estructuras e instituciones, con frecuencia esclerotizadas, deben relativizarse para posibilitar un ecumenismo que, reconociendo de verdad los conflictos y con voluntad de sanar las heridas, practica como mejor sabe el arte de la traducción, sin fundamentalismos ni dogmatismos; el intercambio de memorias, sin paternalismos ni frivolidades; el reconocimiento de los otros hasta la figura del perdón. El diálogo ecuménico es el mejor camino para verificar la pretensión universal del evangelio cristiano, especialmente en un contexto en el que el creciente pluralismo de nuestras sociedades necesita fórmulas eficaces de convivencia e integración.

Todos somos conscientes de que uno de los logros más importantes de las sociedades modernas ha sido el haber transformado el pluralismo, convirtiendo en un derecho saludable lo que se empezó viviendo como algo polémico y patológico. Esto fue posible, sobre todo, gracias a que se aceptó el pluralismo religioso desde la convicción de que este era la única garantía de convivencia democrática, libre e igualitaria. Pero, como ha ocurrido con los grandes logros democráticos, la experiencia nos ha mostrado que son siempre frágiles y, en este caso, debido a la misma lógica del pluralismo. La afirmación de la diferencia es siempre fuente de conflicto. Así ocurre, en nuestros días, de forma especialmente radical, debido a que el convencional “pluralismo democrático” está siendo cuestionado por un “nuevo pluralismo”, que emerge de la mano de la globalización, como multiculturalismo, políticas identitarias, repolitización de las religiones y fundamentalismos vinculados a ellas, y que amenaza con volver hacia atrás restaurando modelos teocráticos de sociedad. El fundamentalismo islámico es el ejemplo más patente, pero no el único.

El diálogo interreligioso es, hoy, un imperativo ecuménico para cualquier creyente y para cualquier iglesia que pretendan construir una Europa pacífica y solidaria, espacio de comunicación e intercambio. Pero dicho diálogo religioso no será fecundo si no está alimentado por lo que J. M. Vigil llama nueva “espiritualidad del pluralismo religioso”, entendiéndola como una nueva experiencia espiritual. Este pluralismo exige un cambio de imagen de Dios, que no escoge a unos y se olvida de otros; de una gran desconfianza hacia las actitudes de privilegio y de exclusividad; de una gran apertura a la complementariedad y a la interreligiosidad. Esta espiritualidad supone, además de una nueva praxis misionera, una relectura de la revelación, del concepto de “elección divina”, de la cristología (cuestiones de la unicidad y absolutez de Cristo), y un nuevo espíritu crítico y penitencial que conducirá a una nueva forma de verdad. Soy consciente de lo que este planteamiento supone y de que, una vez más, la ortodoxia católica lo ve más como patología que como oportunidad ecuménica 11. Pero, si queremos aportar lo mejor de nuestros talentos en la construcción de Europa, radicalmente pluralista, no tenemos otro camino que el hacernos políglotas, topopoligámicos y, como el hijo pródigo, obligarnos a buscar con humildad el abrazo del padre, que lo es de todos los seres humanos, sin distinción. Espero que haya muchos “hijos pródigos” más, como los citados en esta nota de la Comisión para la Doctrina de la Fe, porque en ellos se sigue revelando el Dios entrañable que quiere que Europa sea la “casa común” para todos sus hijos. ——————————————–

1 B. de Sousa Santos. “El fascismo financiero”, www.cartamaior.com. br. Traducido para Rebelion por Antoni Jesús Aguiló y revisado por Àlex Tarradellas.

2 M. Duverger, La liebre liberal y la tortuga europea (1992). Ariel. Barcelona.

3 “La crisis que no cesa, solo trae parón económico, desempleo e incertidumbre: está también sembrando la semilla de la llamada distopía, o antiutopía. Si la utopía es la búsqueda de un ideal imposible, la distopía es un lugar lleno de dificultades y sin esperanza. Y según el Foro Económico Mundial, las actuales corrientes fiscales y demográficas amenazan con “dar la vuelta a los avances conseguidos a través de la globalización y provocar la emergencia de una nueva clase de Estados críticamente frágiles: países que fueron ricos en el pasado y que son víctimas de la ausencia de ley y de levantamientos en la medida en que no son capaces de cumplir sus obligaciones sociales y fiscales”. Walter Oppenheimer, El País, 12/01/2012.

4 Para profundizar en el tema, ver mis dos cuadernos de Cristianisme i Justicia (Nºs 155 y 156, 2008) dedicados al individualismo propietarista y a la visión cristiana de la propiedad. Asimismo. D. Velasco, “Cristianismo y economía en la construcción europea”, en Cristianismo y Europa ante el Tercer Milenio. Universidad Pontificia de Salamanca, 1998, pp. 249- 269).

5 Pontificio Consejo Justicia y Paz. “Por una reforma del sistema financiero y monetario internacional en la perspectiva de una autoridad pública con competencia universal” (24/10/2011). Cuando redacto estas páginas, la Comisión Episcopal de la Comunidad Europea (COMECE) discute un documento titulado “Hacia un nuevo modelo económico basado en la solidaridad y responsabilidad”, en el que entre otras cosas se pide que se aplique la tasa Tobin para que, al menos en la zona euro, se asuma la deuda de forma menos injusta, y se tenga en cuenta la responsabilidad de las instituciones financieras y de los gobiernos. Esperemos que este documento no tenga que pasar también la censura preventiva de la Secretaría de Estado vaticana (requisito que deberá cumplir cualquier documento vaticano, de ahora en adelante).

6 N. Birnbaum. “La crisis de Europa vista desde Tejas”, El País, 19/11/2011.

7 D. Bell. “La Europa del siglo XXI”, Claves de Razón Práctica, nº. 44 (1994), p. 2-11.

8 M. Duverger. Ibíd., p. 101 ss.

9 P. Ricoeur. “Quel éthos nouveau pour l´Europe?”, en Imaginer L´Europe (1992). Du Cerf. Paris, p. 107-116.

10 D. Velasco. “Responsabilidad de los cristianos en la construcción europea”. Lección inaugural del curso académico 1993-1994 en la Universidad de Deusto. Anuario 1993- 1994, p. 23-38. Recojo aquí lo que decía entonces.

11 Comisión para la Doctrina de la Fe. “Nota sobre el libro del Rvdo. P. José María Vigil, CMF”. En la nota a p. n. 2. se dice: “(2) Sorprendentemente, el autor apoya muchas de sus afirmaciones en obras que han merecido una intervención doctrinal por parte de la Congregación para la Doctrina de la Fe, como son J. Dupuis, R. Haight, J. Hick, L. Boff o J. Sobrino. Los errores sobre la llamada “teología del pluralismo religioso” han sido señalados en documentos de la Congregación para la Doctrina de la Fe, como la Notificación sobre el volumen “Iglesia: carisma y poder. Ensayo de eclesiología militante” del P. Leonardo Boff, O.F.M. (11.3.1985), la Declaración Dominus Iesus (6.8.2000), la Notificación sobre algunas publicaciones del Prof. R. Messner (30.11.2000), la Notificación a propósito del libro del Rvdo. Jacques Dupuis, S.J. “Hacia una teología cristiana del pluralismo religioso”, Maliaño (Cantabria), Editorial Sal Terrae 2000, (24.1.2001), el Artículo de Comentario a la Notificación del libro del P. Jacques Dupuis “Hacia una teología cristiana del pluralismo religioso” (12.3.2001), la Notificación a propósito del libro “Jesus Symbol of God” del Padre Roger Haight, S.J. (13.12.2004). Para una síntesis de estas aportaciones y la fundamentación bíblica y magisterial de las mismas, cf. LXXXVI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, Teología y secularización en España. A los cuarenta años de la clausura del Concilio Vaticano II (Madrid, 30.3.2006.

ESPAÑA EN EUROPA HOY

Joaquim Sempere

Éxodo 112 (en.-feb) 2012
– Autor: Joaquim Sempere –
 
La relación entre España y Europa ha sido problemática desde que empezaron a constituirse los modernos estados-nación. Se puede resumir como la historia de la dificultad de España para asumir la modernidad alumbrada por Europa tras la expansión ultramarina iniciada el siglo XV.

La modernidad ha ido asociada con el retroceso de los regímenes señoriales medievales y de la influencia determinante de la Iglesia cristiana sobre toda la vida social. La burguesía –en sus múltiples encarnaciones– ha sido un grupo social decisivo en esta evolución, con el apoyo primero y el relevo después de otros sectores sociales, las clases populares, y en particular la clase obrera industrial a partir de mediados del siglo XIX.

España ha contribuido poco a esta evolución. Desde su expansión ultramarina, que comienza con la conquista de América, siguió una trayectoria muy diferenciada del resto de Europa. Un factor decisivo fue la hegemonía señorial-feudal en la vida social del país, ligada a una historia de “reconquista” tras la invasión árabe y norteafricana, que impuso el islam a buena parte de la población autóctona. Aunque la historia medieval española no debe verse, ni mucho menos, como un estado permanente de guerra, es evidente que se generó una mentalidad peculiar con un fuerte componente guerrero ligado a una identidad colectiva muy marcada por el aspecto confesional. El sarraceno era el “otro” que debía ser expulsado del país. También el judío pasó a serlo: con su expulsión en 1492, los Reyes Católicos exacerbaron la identificación de lo nacional con lo étnico, lo militar y lo religioso y con los valores e ideales del mundo feudal.

Es cierto que al norte de los Pirineos en los siglos XVI y XVII Europa estuvo desgarrada por las guerras de religión (y que la historia de Europa es una historia de guerras interminables). Pero en esa Europa la mercantilización de la sociedad había empezado ya a poner en jaque el poder nobiliario, a diferencia de lo que ocurría en Castilla, cuya aventura americana fue decisiva en el proceso, y sin embargo no asumía la nueva mentalidad mercantilista ni el racionalismo religioso de la Reforma. El incipiente desarrollo industrial y burgués castellano que tuvo lugar en el siglo XVI pronto se detuvo, y mientras más allá de los Pirineos crecía una economía mercantil y una clase burguesa que iba tomando posiciones en todos los campos de la vida social y espiritual, en España se consolidaba el poder nobiliario y la cultura guerrera, reforzados por una Iglesia intervencionista con mucho poder económico y un monopolio espiritual excluyente (recordemos la doble expulsión de judíos y musulmanes) reforzado por el brazo armado de la Inquisición, que estuvo vigente hasta 1823. (Una excepción al predominio feudal fue Cataluña, cuyo despegue comercial por el Mediterráneo desde el siglo XIII se vio frustrado por los estragos de la peste negra en el XIV. Hasta el siglo XVIII Cataluña no se recuperó económica y demográficamente, y hasta el siglo XIX no empezó a jugar algún papel en la historia española. Como Cataluña ha sido modernamente la región “más europea” de España, su encaje –o su falta de encaje— en España da claves para entender las relaciones con el resto de Europa.)

Por todo ello tuvo lugar una evolución divergente de España y Europa entre los siglos XVI y XX. Los brotes de Reforma protestante fueron en seguida abortados, y la Ilustración estuvo aquejada de raquitismo por la presión de la Inquisición y de una Iglesia católica contrarreformista. La economía burguesa no prosperaba; las ciudades no eran como más allá de los Pirineos focos de renovación social; las universidades estaban supeditadas a la Iglesia; la ciencia moderna brillaba por su ausencia. En los siglos XIX y XX la visión europea de España era la de un país exótico, atrasado, con peculiaridades premodernas muy marcadas. Un país “de charanga y pandereta” asociado a estereotipos de bravura e idealismo quijotesco alejados de la vida real y práctica. La industrialización y la modernización institucional del país han tenido lugar a trancas y barrancas. Las viejas clases dominantes han ido transmutándose en una oligarquía financiera y terrateniente de mentalidad parasitaria y con tendencia a la picaresca y a la corrupción. En este marco, no madura una sociedad civil vigorosa: el escaso desarrollo intelectual no lo facilita, la debilidad de la vida burguesa tampoco. La conciencia de este estado de cosas dará lugar a una crisis espiritual encarnada por la “generación del 98” cuando la pérdida de Cuba y Filipinas –últimos restos de un imperio en el que “no se ponía nunca el Sol”— pone al descubierto la decadencia de un país que ni halla un puesto relevante entre las naciones europeas ni acaba de tomar conciencia de su situación. La pregunta por “el ser de España” y la reflexión sobre “España como problema” se prolongará durante toda la primera mitad del siglo XX.

El propio fascismo español tuvo unos rasgos y una historia atípicos. El fascismo de Franco fue un producto genuino de una sociedad con una muy pobre sociedad civil, que movió al ejército a actuar como el principal protagonista político (sin que existiera jamás un partido propiamente dicho que no fuera mero instrumento del poder estatal militar), y además, gracias a su desfase cronológico, pudo perdurar tras la derrota militar conjunta de todos los demás fascismos europeos. Aunque la Europa supuestamente democrática se acomodó pronto a la coexistencia con el franquismo –revelando así el vigor del fondo clasista e ideológicamente reaccionario que siempre ha estado al acecho en toda Europa—, la España franquista ilustró nuevamente la heterogeneidad española, la “diferencia” española respecto al resto de Europa.

Los años de libertades políticas tras la muerte del dictador Franco –como lo habían sido de forma incipiente los de la Segunda República— han sido la época de mayores oportunidades de cara a una “normalización” europea de España. Tras la transición postfranquista, han bastado tres decenios para que la sociedad española mostrara su potencial en materia científica y tecnológica, pese al retraso acumulado. Algo parecido puede decirse a propósito de una gestión administrativa moderna y en otros aspectos de la vida civil, como el establecimiento de sistemas educativos y sanitarios a la altura del resto de Europa. Ello no obsta para que la gestión irresponsable de los fondos solidarios europeos, a menudo malgastados en obras suntuarias, autopistas poco transitadas, aeropuertos inútiles o trenes de alta velocidad sin pasajeros, se repite como una pesadilla que retrotrae a los viejos demonios, que siguen vivos.

La dictadura desapareció en una década peligrosa: la del inicio de una crisis de larga duración que impedirá la consolidación de una democracia digna de este nombre y de un movimiento político y sindical de izquierdas. Con las libertades llega la crisis económica y el paro, que obligan a estrategias defensivas de las fuerzas de izquierdas. La vitalidad democrática sufre de esta situación y hace posible que los estratos responsables de la guerra civil y la dictadura resistan los intentos de debilitamiento de su poder social.

Los últimos 15 o 20 años de franquismo habían hecho posible una modernización industrial y económica que había modificado muchas cosas en el país. Entre ellas, la sociedad española había empezado a probar las mieles del consumismo bajo la propia dictadura, sin libertades políticas. Un resultado de ello fue una mentalidad de nuevo rico no contrapesada por la dialéctica social y política que permiten las libertades. A la vieja herencia carpetovetónica de atraso cultural y social en un entorno de represión oscurantista se añadió un conformismo de nuevo cuño basado en una prosperidad burbujeante y una despolitización generalizada.

La historia hoy transcurre muy deprisa, y cuando España salía de la dictadura franquista, daba de bruces con una Europa que empezaba a ser víctima de la contrarrevolución neoliberal y del consiguiente retroceso de su vida democrática. Una población despolitizada y corrompida por la prosperidad opulenta del consumismo aceptaba la deriva impuesta primero por Reagan y Thatcher y aplaudida después por todos los poderes establecidos. Con la desregulación de la economía y la entronización del libre mercado, la democracia se ha ido vaciando de contenido. El gobierno descarado de los tecnócratas financieros iniciado a finales de 2011 por imposición directa del poder financiero deslocalizado, aceptado por una elite política europea servil, ha llevado a su punto más bajo las conquistas sociales y políticas que últimamente se pregonaban como peculiaridad europea frente al capitalismo más descarnado de los Estados Unidos.

El “Estado social de derecho” se puede describir como un sistema de derechos y obligaciones de carácter socialista que se impusieron al poder del gran capital en el marco de un gran pacto social por el cual el gran capital aceptaba elementos de socialismo (una redistribución basada en una presión fiscal igualitarista, que hace pagar porcentajes más altos a quienes más tienen) a cambio de una renuncia de los trabajadores (a través de sus sindicatos y partidos) a cualquier intento de atacar o socavar la propiedad privada de los medios de producción. Esto equivalía a la renuncia de la izquierda a todo proyecto real y efectivo de socialismo, y a su aceptación de unas reglas de juego dentro de las cuales se comprometía a jugar. Fausto vendía su alma a Mefistófeles a cambio de unas ventajas inmediatas, nada desdeñables pero precarias. Mientras fue posible la prosperidad de los “treinta años gloriosos” que siguieron a la segunda guerra mundial, el pacto se mantuvo. Pero con la crisis de los setenta y un reparto entre renta del capital y renta del trabajo que los grandes capitalistas empezaron a considerar inaceptable, el pacto se resquebrajó: la contrarrevolución liberal fue el contraataque, victorioso, que nos ha llevado a la situación actual.

Europa corre el riesgo de perder una de sus señas de identidad recientemente adquirida: un modelo de sociedad que había logrado corregir con un cierto éxito algunos de los peores rasgos del capitalismo. Con las amenazas a las libertades y a los derechos duramente conquistados, peligra uno de los rasgos identitarios de Europa. La España renacida tras la muerte de Franco había apostado fuerte por este rasgo: su europeidad está hoy asociada a él.

Pero ¿cuál es en realidad la identidad europea? ¿Tiene incluso sentido hablar de identidad europea?

Si podemos estar orgullosos de ser europeos, es porque este pequeño apéndice geográfico de la enorme masa continental eurasiática ha sido escenario de algunos progresos materiales y espirituales valiosos. Aunque con aportes indios, chinos, árabes, persas y otros, Europa fue capaz de desarrollar un pensamiento racionalista y científico; alumbró la autopercepción de los seres humanos como individuos o personas autónomas; hizo emerger una vida civil liberada de ataduras atávicas (familiares o tribales, confesionales, étnicas) en la que cada persona actúa como ciudadano libre; construyó instituciones políticas sobre la base de la ciudadanía universal sin adjetivos y basadas en las libertades políticas, civiles, culturales, etc. Estos progresos son legítimamente el orgullo de Europa. Pero las conquistas universales no son sólo para quienes las logran: son adquisiciones de la humanidad entera. De ahí la vocación universal de los avances logrados en Europa por europeos.

Europa ha mostrado su genio e ingenio. Pero la realidad tiene muchas caras: por un lado, democracia y derechos civiles; por otro, autoritarismo y totalitarismo, tan genuinamente europeos como lo otro. Durante los años veinte y treinta del siglo XX, hubo momentos en que sólo Gran Bretaña y Suecia estaban libres de fascismo: Mussolini en Italia, Salazar en Portugal, Hitler en Alemania, Dollfuss en Austria, Horthy en Hungría, Franco en España, Metaxas en Grecia, sin contar los Pétain, Quisling y demás satélites impuestos por la expansión hitleriana.

Otra cara mala de la modernidad europea ha sido la dominación colonial de medio mundo. Europa utilizó la superioridad momentánea que iba ganando sobre los demás para dominar el mundo. La expansión ultramarina seguida del colonialismo forman parte de esta historia. No tiene sentido negarla, pero tampoco aceptarla sin revisión autocrítica. La dominación, la esclavización, el saqueo, la devastación cultural, la destrucción ecológica forman parte de esta historia única e indivisible que ha desembocado en el mundo tal como lo conocemos hoy. En esta historia los demás pueblos no han sido meros sujetos pacientes. Se han defendido o se han dejado sojuzgar, han usado sus armas, a veces tanto o más crueles que las de los invasores. Han asimilado con mayor o menor presteza los avances que les venían de fuera. Pero la historia moderna del mundo no se puede narrar sólo como un contacto de culturas con mutua fecundación: ha sido más bien un choque de culturas en el que los europeos (y luego los habitantes de esa “Nueva Europa” que fue los Estados Unidos) han impuesto su superioridad.

Las enormes desigualdades entre clases y entre países, uno de los grandes problemas de hoy, tiene que ver tanto con el colonialismo –que cavó grandes diferencias entre regiones del mundo— como con el capitalismo moderno –también un retoño de Europa—. La crisis ecológica, que nos empuja a todos al abismo, es también un resultado combinado de progreso técnico y codicia capitalista (y una peculiar idea –prometeica— de la relación entre especie humana y naturaleza). Tenemos argumentos para estar orgullosos de las aportaciones europeas al mundo; pero para ser coherentes, tenemos que asumir nuestras responsabilidades como europeos ante unas amenazas globales que hemos contribuido mucho a desencadenar.

Estamos en una situación complicada. Como españoles, nuestra modernización inacabada o cojeante nos hace mirar una y otra vez hacia el Norte, hacia Europa, para inspirarnos. Pero a estas alturas del nuevo milenio, confrontados a una crisis ecológica y energética gravísima y a un ataque brutal a los derechos sociales y políticos que dábamos por definitivamente adquiridos, a la vez que “nos inspiramos” en valores que son un mérito de Europa, tenemos que observar con distancia y espíritu crítico una evolución europea que no asume los nuevos problemas, sino que nos aleja de las soluciones. Tal vez vamos a vivir una nueva situación de “normalidad” imprevista con respecto a Europa: nos veremos obligados a “homologarnos” con Europa a la vez que deberemos contribuir con los demás a alumbrar una nueva civilización, un metabolismo nuevo con la naturaleza y un orden internacional que permita a todos los pueblos de la Tierra vivir –frugalmente— en armonía en un entorno natural gravemente deteriorado por una civilización depredadora. La apuesta es difícil, pero estimulante. Europa tiene muchas bazas para desempeñar un papel dirigente en este avance. Hoy podría y debería liderarlo, encontrando en dicho proyecto sus signos de identidad. Pero puede también optar por el autoritarismo, el racismo y el exterminio del débil. Las opciones están abiertas.

UN TOQUE FINAL

Juan Diego García

Éxodo 112 (en.-feb) 2012
– Autor: Juan Diego García –
 
El cambio de los gobernantes de Grecia e Italia por funcionarios de la banca internacional aunque formalmente ha sido realizado por los respectivos parlamentos constituye en la práctica un golpe de estado mediante el cual el FMI, el BCE y los gobiernos de Alemania y Francia someten a su arbitrio unas instituciones nacionales supuestamente autónomas y destinadas a reflejar la voluntad ciudadana. Para poner las cosas en su sitio, es decir, para salvaguardar los intereses del gran capital internacional no ha sido necesaria la intervención militar como en cualquier país del Tercer Mundo (aunque en Grecia se llegó a amenazar con la intervención de los cuarteles en caso de que fallaran otras alternativas); ha bastado con la presión de las altas instacias de la UE y “los mercados” para que los gobiernos de Papandreu y Berlusconi fueran obligados a dimitir y en su lugar colocar equipos de “técnicos” ligados a la banca internacional cuya misión no será otra que asegurar el pago de la deuda a los bancos de Alemania y Francia (y de paso, abaratar el coste de la mano de obra en beneficio de los empresarios locales). En Portugal y España no ha sido necesaria una intervención tan brutal porque ambos gobiernos accedieron plenamente a las presiones y han emprendido las reformas exigidas.

Este método de poner las cosas en su sitio tiene en Grecia su versión más dramática pero resulta extensivo a toda la periferia sur del continente y hay quien sostiene que esto es solo el principio ya que ni Francia ni Alemania misma están a salvo de verse sometidas a “salvamentos” similares. Si como todo indica, la evolución económica del inmediato futuro no augura nada positivo, Grecia tan solo sería el espejo en que cada quien ha de mirarse.

Este paso insólito que lleva a los gobiernos a personajes que nadie eligió en las urnas contraviene de forma radical el ideario burgués de la democracia representativa. Las elecciones, los parlamentos y las demás instituciones que supuestamente constituyen los fundamentos del orden social moderno pierden así su legitimidad, probablemente como culminación de un proceso de desgaste sistemático del sistema político que reduce la participación ciudadana a rituales intrascendentes. De atrás viene el deterioro del principio de “una persona, un voto” en beneficio de minorías muy poderosas (el voto de un banquero vale más que el de millones de personas); de mucho antes viene que las decisiones importantes se preparen en discretos centros de poder para luego ser llevadas a su aprobación en parlamentos previamente comprometidos con esos grupos de presión; desde hace décadas se tolera la corrupción generalizada de políticos y funcionarios y es cada vez más evidente que el Estado como tal funciona como el solícito administrador de los intereses del capital y no obra en beneficio de toda la colectividad. Nada extraña entonces que cuando los gobernantes de turno se convierten en estorbos, sencillamente se procede a colocar en su lugar a los representantes directos de quienes desde siempre han decidido los destinos de la sociedad.

Porque en realidad siempre fue así aun en las democracias más sólidas, solo que ahora se hace sin tapujos, sin intermediaciones, para desilusión de quienes han creído en los supuestos principios intocables de la democracia burguesa, uno de los cuales es precisamente la neutralidad del aparato estatal, su función como instrumento imparcial en la solución de las contradicciones sociales. Colocando al frente del poder político a los representantes directos del sistema financiero por encima de todas las formalidades democráticas se rompe de manera brutal el velo ideológico liberal que adorna la democracia representativa dejando al descubierto su verdadera naturaleza.

¿Se asiste de esta manera a una especie de toque final de un proceso que el modelo neoliberal de capitalismo lleva adelantando ya hace algunas décadas? Un proceso mediante el cual se despoja de poder efectivo a las instancias políticas, es decir, se elimina de hecho todo margen de intermediación, de negociación de conflictos mientras las formas de representación se reducen a un puro juego formal destinado a cubrir las apariencias. Si los espacios de negociación de intereses se eliminan, queda entonces la protesta directa, la movilización en calles y plazas, el enfrentamiento puro y duro como la forma única de hacer efectiva la defensa de los intereses de las mayorías. Y eso es precisamente lo que está ocurriendo en el Viejo Continente y todo parece indicar que para recuperar el actual Estado del Bienestar y rehacer el pacto entre capital y trabajo (su fundamento principal) el camino no pasa por la civilizada controversia en el seno de las instituciones representativas sino por una formidable movilización ciudadana que impida a los neoliberales hacer realidad su sueño de regresar a las formas de la dura explotación del capitalismo clásico. Si los parlamentos no deciden nada, si al gran capital le resulta tan fácil pasar por encima de la supuestamente mayor instancia de la soberanía popular, a la ciudadanía tan solo le queda como camino la movilización, la protesta airada en calles y plazas, la huelga general indefinida y la desobediencia ciudadana que impida los recortes y demás medidas en curso.

La solución griega o italiana a la crisis muestra de la forma más brutal la verdadera relación entre el capital y el poder político. Pero con variaciones y matices, es lo que se impone ya en todo el Viejo Continente tal como lo muestra la reciente cumbre de la Unión Europea que determina las grandes líneas de actuación a las cuales deben atenerse los gobernantes de ahora en adelante. Unos lineamientos muy similares a aquellos que impuso el FMI a los gobiernos latinoamericanos: reducción del gasto social para garantizar el pago de la deuda externa; un ataque a fondo a las relaciones laborales a fin de ofrecer la mano de obra más barata posible; cesión vergonzosa de la soberanía nacional sometiéndose a los dictados de las llamadas “agencias internacionales”; venta masiva de las empresas públicas a grandes corporaciones sobre todo transnacionales, y todo ello acompañado de represión social y política para desbaratar sindicatos, partidos de izquierda y toda forma de asociación ciudadana que pudiera oponerse a estas medidas.

En países como Alemania se han aplicado fórmulas de duro recorte en las últimas décadas, pero el bienestar acumulado por las clases laboriosas les ha permitido cierto margen de amortiguación. Sin embargo, en el sur del continente estas medidas de ajuste se producen en condiciones bien diferentes (un Estado del Bienestar mucho más modesto) afectando de lleno a economías familiares. Si en el norte se debilita el Estado del Bienestar en el sur del Viejo Continente se corre el riesgo de que éste desaparezca por completo. No es probable que en Europa se reproduzcan los sistemas de represión que se utilizan en Latinoamérica para asegurar la aplicación de este tipo de políticas. Pero tampoco existe una garantía plena de que frente a la resistencia ciudadana el sistema se mantenga en los límites de su propia legalidad y no responda con medidas de represión que sobrepasen de largo el marco de las libertades civiles consagradas en el Estado de derecho. Si los gobiernos europeos “americanizan” aceleradamente las relaciones laborales, si los magnates del mercado consiguen imponerse sobre gobiernos y parlamentos violentando todas las normas institucionales de la democracia, si se han adherido entusiasmados al frenesí bélico de los Estados Unidos, ¿se detendrán acaso por consideraciones legales si una resistencia popular amenaza con impedir sus propósitos?

Malos vientos corren por el planeta: Guerra inminente contra Siria e Irán; despliegue de las fuerzas armadas de Occidente contra China y Rusia en una especie de renacimiento de la Guerra Fría que no pronostica nada bueno; crisis económica mundial que amenaza con una recesión profunda en las economías centrales con repercusiones nefastas en la periferia pobre del sistema; y ahora en Europa -el modelo más acabado de la democracia liberalse registran acontecimientos que no solo amenazan el relativamente alto bienestar material de sus poblaciones sino que su democracia consolidada se diluye dando paso a un sistema de gobierno plutocrático y policial.

DESDE MAASTRICHT HASTA LA CRISIS ACTUAL

Ángels Martínez Castells

Éxodo 112 (en.-feb) 2012
– Autor: Ángels Martínez Castells –
Lo que se ha ido creando y lo que se ha ido dejando de lado o excluyendo en la UE
 
El gran fracaso de la Unión Europea es no haber sabido acompañar y acompasar, a lo largo de los años, la construcción de vínculos políticos con los sociales y económicos con la ciudadanía europea como gran protagonista. Es, de hecho, la disolución de un aliento original mientras se desdibujan los contornos de lo que podía haber sido ejemplo de convivencia y modelo de civilización para otras sociedades.

Vivimos ahora en una Europa sin alma, en una Europa que se hunde en las desigualdades. La Europa que se desfigura en esta crisis pone cada día más al descubierto el desgarro de unos procedimientos democráticos vulnerados (Grecia, Italia) y las hechuras de una inmensa estafa política y social; significa la pérdida de los derechos ciudadanos que representaban una impronta y razón de ser fraguada tras las tensiones de la II Guerra Mundial y la levedad de la voluntad –que en su momento pudo ser realde construir en paz nuevas democracias europeas basadas en las políticas de bienestar y en el pleno empleo keynesiano.

Mientras que antes de los años 90 del pasado siglo la gran disyuntiva de los gobiernos (y, al mismo tiempo, su gallardete ideológico) era la prioridad a la lucha contra el paro (socialdemocracia) o la inflación (conservadores), después del Tratado de Maastricht se impusieron condiciones tecnocráticas sobre límites en el tipo de interés, déficit, deuda, inflación y tipo de cambio (en el periodo de transición), y marcaron un surco cada vez más profundo en el que se hunden, de manera desigual, los 27 países que configuran la Unión Europea y en especial los 17 de la Eurozona.

Los intereses nacionalistas y las fidelidades no sólo históricas sino, sobre todo, económicas entre clases hegemónicas nacionales y extraeuropeas impidieron que la dimensión social y política se mantuviera en primer plano e interviniera, en condiciones de igualdad, en la pauta de la construcción europea. En su ausencia, se consolidó el plano paisaje dominado por una disciplina monetaria y financiera que responde a dogmas demostrada y sobradamente equivocados. Se repetía a gran escala la historia del Tratado de Roma de 1957, que en su preámbulo afirmaba que los países signatarios estaban “determinados a establecer los fundamentos de una unión sin fisuras más estrecha entre los países europeos”: los deseos declarados quedaron en poco más de una unión aduanera. El Tratado de Maastricht fue otro grave tropiezo -y esta vez ya irremediable- en la ambición por construir en una paz perdurable una Europa que mantuviera vivo el espíritu del pacto social con el que se había saldado la II Guerra Mundial.

Por su parte, las fuerzas sociales y del mundo del trabajo –contaminadas en mayor o menor medida por los virus neoliberales y un postmodernismo cuanto menos equívoco– no supieron descubrir y denunciar la gravedad del escamoteo y la pobreza del engaño. Hasta que ya fue dolorosamente tarde, parecían no darse cuenta que no contaban apenas en el proyecto: las grandes empresas y los capitales financieros se apoderaron del proceso de construcción y ganaron hegemonía de manera inexorable. Y así, como mínimo desde los años 90 hasta la fecha, la construcción de la Unión Europea es, para quienes apostaron en su momento por la construcción de una Europa de derechos y ciudadanía, la historia de un pacto traicionado y una subversión democrática. Una historia que no protagoniza -sino que padece- la inmensa mayoría de la población que se aleja cada vez más del proceso europeo y de quienes lo dirigen.

EL TRATADO DE MAASTRICHT

Contrariamente a como se quiere presentar, el Tratado de Maastricht de 1992 no representó ningún avance político. La modificación e integración que supone del Tratado de París de 1951 (o Tratado de las Comunidades Europeas), del Tratado de Roma de 1957 y del Acta única Europea de 1986, añadió el sistema de Cooperación en Asuntos de Interior y Justicia y hubiera podido enorgullecerse de sentar las bases para una Política Exterior y de Seguridad Común (PESC) si no hubiera demostrado una vez tras otra las debilidades y enfrentamientos de los países miembros de la UE en un tema tan fundamental como la guerra y la paz, y no sólo más allá de las fronteras europeas.

En la operación de maquillaje, también se quiso presentar el Tratado de Maastricht como la consagración de la “Europa de los ciudadanos” al reconocer el derecho de voto en las elecciones municipales a los residentes de la UE, con independencia de su nacionalidad de origen2. Pero lo cierto es que el protagonismo real que la ciudadanía europea debería haber jugado y conquistado, por historia y acervo democrático, está ausente. Y aunque introduce el principio de subsidiariedad -del cual ya ahora nadie habla- el Tratado de Maastricht sólo se justifica por su aportación clave a la unión económica y monetaria, fijando al alza, y con acento germánico, los requisitos para la construcción europea. Lo fundamental, la razón de ser del Tratado, sin hipocresías ni funambulismos, fue el anuncio de creación de la nueva moneda europea y los criterios por los que podrían acceder a la misma los Estados miembro que decidieran formar parte también de la unión monetaria.

Si repasamos las tres fases que se acordaron en Maastricht encontraremos la raíz de los grandes males que asolan una Unión Europea en profunda crisis: en primer lugar, y para 1990 hasta 1993, la liberalización completa de capitales; en segundo lugar, la elaboración y sometimiento de programas que respondieran a los criterios de convergencia económica por parte de cada uno de los Estados (con el gran protagonismo para la reducción de la inflación, y control del déficit y la deuda pública); y en tercer lugar, y resumiendo, a partir de enero de 1999, la creación de la moneda única bajo una única institución rectora de la política monetaria -y al margen de todo control democrático. El Banco Central Europeo fue concebido en el limbo de la responsabilidad política, con el exclusivo propósito de controlar la inflación. Ni el BCE ni los bancos centrales de cada país pueden prestar directamente a los Estados, obligados a acudir a los mercados privados de capitales. Esto significa, en relación a la anterior disyuntiva de la que antes hablaba, que para los países que formaron la eurozona desde el inicio3 y como muy plásticamente describe Rosa María Artal4, la Europa azul del predominio del capital y el control a la inflación ganó definitivamente a la Europa roja (o, por lo menos, socialdemócrata) de las políticas de empleo (y por extensión, de los derechos de la ciudadanía, de los trabajadores y trabajadoras europeos).

A partir de la consagración de los criterios de Maastricht y hasta nuestros días (basta con reseguir los sucesivos acuerdos, declaraciones y tratados) sólo se abordará el paro como resultado de rigideces excesivas en el mercado de trabajo. El mantra se repite hasta la náusea: el desempleo es responsabilidad de los propios trabajadores y trabajadoras que no aceptan los necesarios ajustes, y de los sindicatos que defienden rigideces incompatibles con la confianza y seguridad que deben tener los empresarios para la creación de empleo. Desde los Bancos Centrales de cada Estado (el Banco de España se ha mostrado inasequible al desaliento al respecto) hasta las organizaciones de la patronal (con la CEOE en versión española) hasta el Consejo Económico y Financiero, han venido reiterando, fuera cual fuera la coyuntura económica, su imperativa recomendación de mayor flexibilidad (o pérdida de derechos) tanto en la fijación de los salarios como en las condiciones de contratación (y despido).

DEL PACTO DE ESTABILIDAD Y CRECIMIENTO HASTA LA MODIFICACIÓN DE LA CONSTITUCIÓN

Los principios del Tratado de Maastricht se reforzarán y endurecerán con el “pacto de estabilidad”, firmado en Dublín en diciembre de 1996. De hecho, se consideran “imprescindibles” para cualquier política económica “sólida”. Pero dicha solidez no existe. Los principios fundadores de Maastricht abandonan las políticas sociales a los Estados, pero limitan las posibilidades de gasto y endeudamiento de cada país miembro.

Los Economistas Europeos, en su último Euromemorandum5, explicaban que las medidas de restricción fiscal (que tienen en definitiva su origen en el Tratado de Maastricht) han deprimido la demanda en Europa, han colocado la economía en una situación de virtual estancamiento, y agravarán aún más las dificultades de los países con déficit. Insisten en que la crisis no fue causada por el déficit público, y que el gran aumento de la deuda pública es más bien el resultado de las medidas adoptadas para rescatar a los bancos, las políticas expansivas para contrarrestar la crisis, y una fuerte disminución de los ingresos fiscales. Así, a medida que la deuda pública va aumentando, las mismas instituciones financieras que se beneficiaron del rescate se aprovechan de los desequilibrios en la zona del euro, especulando contra los eslabones más débiles. A ello contribuye la prohibición de emisión de Eurobonos o la imposibilidad de recurrir directamente al BCE por parte de los Estados –cuando el BCE presta a la banca privada al 1% los fondos se recolocarán a distintos tipos a cada Estado que emita deuda, según la “prima de riesgo” que interesadamente fijen agencias tipo Moody’s o Standard&Poor’s6. Desde finales de 2009, se ha creado un círculo vicioso en el que los inversores financieros– y las agencias privadas de calificaciónhan interactuado para hacer subir las tasas de interés de la deuda de los países periféricos de la eurozona, hasta lograr que sea prohibitivamente costoso para estos países conseguir nueva financiación.

LA ESTRATEGIA DE LISBOA, O EL CANTO DEL CISNE DE LA SOCIALDEMOCRACIA EUROPEA

Cuando se puso en marcha en marzo del 2000, la Estrategia de Lisboa se presentó como un concepto benigno para promover la renovación económica, social y ecológica de la Unión Europea. Se intentó plasmar en una coyuntura en la que había una mayoría de gobiernos más o menos de centro-izquierda de países de la UE, y en los que la socialdemocracia tenía cierta influencia dominante. Sin renunciar para nada a Maastricht, Lisboa prometía construir una “Nueva Economía” basada en la liberación de los mercados financieros, la innovación financiera e Internet. Con todo ello se pretendía a una “sociedad de la información” y a una “economía basada en el conocimiento”, y se proclamó que la UE iba a convertirse en la región económica más competitiva del mundo7.

Aunque ahora resulte doloroso recordarlo, se preveía una tasa de crecimiento anual del PNB de un 3 %, y conseguir el pleno empleo con más y mejores trabajos y mayor cohesión social, imitando el supuesto milagro USA de finales de los años 1990, pero con la promesa de mantener una “dimensión social” más equilibrada, acorde con la historia europea. Sin embargo, todo el proyecto tenía los pies de barro, y cuando llegó la recesión económica en el 2001, la UE la padeció con mayor rigor que los EE.UU. El Grupo Euromemorandum y otras voces críticas del otro lado del Atlántico caracterizaron esta crisis como el estallido de una burbuja especulativa (la primera de los tiempos más recientes)… y como ha sucedido con la del 2008, tampoco en aquella ocasión el centro-izquierda tenía ningún “plan B”. Y así se intensificaron todas las tonalidades del azul en una Europa en la que los gobiernos de Tony Blair y Gerhard Schröder se alinearon con los de Aznar, Berlusconi, Chirac, Rasmussen, Balkenende y Barroso.

Con esta pléyade en el timón de la UE, la Estrategia de Lisboa dio paso a recortes de impuestos para la riqueza y el patrimonio, menor tributación para las rentas más altas y los beneficios de las empresas, y propició el surgimiento de un mercado dual de trabajo con un amplio segmento caracterizado por bajos salarios, mayor flexibilidad y menor protección. Las políticas “activadoras” del mercado de trabajo sólo significaron recortes en la cuantía y duración de los beneficios sociales mientras se inventaban nuevos mantras al estilo de: “hacer que el trabajo recompense”, lo cual significaba simplemente la pérdida de protección y derechos al tiempo que los salarios perdían peso en la distribución global de la renta. Empezaron ya entonces las rebajas en la edad de jubilación y los recortes en los sistemas sistema de salud y cómputo de pensiones.

En el año 2005, ante el fracaso de los objetivos inicialmente perseguidos, se encargó a un grupo de expertos una revisión de la estrategia a “mitad del camino”. José Manuel Barroso, en calidad de nuevo Presidente de la Comisión Europea, propuso subsanar el error con mayores errores, y así alentó la liberalización financiera y más “reformas estructurales” referidas a bienes y servicios8 y a los mercados laborales mientras una nueva palabra enriquecía el neolenguaje de la UE: la “flexicurity” tomada de Dinamarca y trasplantada sin más a mercados laborales en los que la precariedad causaba serios estragos9 En resumen, la estrategia de Lisboa supuso –aparte de la liberalización del mercado financiero y de los bienes y servicios– más erosión social y laboral, agudizando el problema de la justicia distributiva y dando impulso al trasvase de rentas de abajo hacia arriba.

DE UN INTENTO DE CONSTITUCIÓN EUROPEA FRACASADO, AL FRACASO DEL “TRATADO DE REFORMA” (2009)

La hegemonía azul de la UE gana en osadía y pretende elevar a rango de Constitución Europea los principios rectores de Maastricht. Cuentan con el denuedo de importantes medios de comunicación y la retórica de líderes políticos que “venden” la necesidad de imponer a nivel supranacional la constitucionalización de los principios fundacionales. Sin embargo, la ciudadanía de los únicos países en los que se sometió a votación (Holanda, Francia e Irlanda) la rechazaron.

Siguiendo el Euromemorandum de los Economistas Europeos del año 200710, y tras la decepción de quienes esperaban que tras el “No” francés y holandés al borrador de constitución del 2005 se abriría una consulta amplia y participativa a los pueblos de la Unión Europea, los líderes políticos se inclinaron por una reforma del Tratado sin ningún tipo de consultas. Eliminaron el término “constitución” y otros símbolos, pero el texto que finalmente se aprobó, a espaldas a la ciudadanía, contiene más del 90 % del contenido del texto anterior en el nuevo “Tratado de Reforma”, manteniendo y acrecentando el déficit democrático de la Unión, el carácter neoliberal de las orientaciones de política económica y el refuerzo del componente militar de las políticas de la UE. En definitiva, el “Tratado de Reforma” tiene esencialmente el mismo contenido que el fracasado “Tratado de Constitución”, eliminando del proceso de ratificación todo vestigio de expresión de la voluntad popular.

Cuando en octubre del 2010 el Consejo Europeo (formado por los jefes de Estado y Gobierno de los 27 países que forman la UE) aprobó la reforma, defraudó también las expectativas de la Comisión y el BCE que querían, ya entonces, un mecanismo de sanciones automáticas para los países que incumplieran el Pacto de Estabilidad. Se pedían sanciones para los países que mostrasen una deriva presupuestaria “poco saludable” aunque no hubieran superado los límites de déficit y deuda11. Pero lo que no lograron reflejar en el texto comunitario, lo iban a imponer en las respectivas constituciones de cada país.

CUANDO LOS PRINCIPIOS RECTORES DE MAASTRICHT OCUPAN LAS CONSTITUCIONES: GOBERNANZA, “SEMESTRE EUROPEO” Y EL PACTO DEL EURO

A mediados del pasado año podíamos leer en la prensa que la UE. había iniciado tres nuevas reformas que abarcaban el crecimiento, la gobernanza y, sin duda, la reforma estelar: El Pacto del Euro con el que pretende mejorar la competitividad y “contribuir a un crecimiento más acelerado y sostenible a medio y largo plazo, generar niveles más elevados de ingresos para los ciudadanos y conservar nuestros modelos sociales”. Una retórica que a estas alturas sabemos perfectamente que no es de fiar, a pesar de que la firmaran los 27 jefes de Gobierno de la UE en marzo del 2011.

Cada línea de los cientos de folios de nueva legislación es un alegato en favor de los recortes y la austeridad. Jacques Delors, europeísta por encima de toda sospecha, llegó a calificar al Semestre Europeo como “el documento más reaccionario producido jamás por la Comisión”. Mientras el Pacto del Euro reclama una “regla de gasto” o un “freno al endeudamiento” en la Constitución para evitar que el gasto supere al crecimiento de la economía, también pide a los Gobiernos que no dejen quebrar a las entidades financieras “por el riesgo de colapso del sistema”. En el caso del paquete de gobernanza, la austeridad se aplicará directamente en forma de tijera en el gasto público, con amenazas de multas y sanciones a los países que se encaminen al incumplimiento del Pacto de Estabilidad12 e impondrá la tutela de la deuda pública y un ritmo de reducción de la misma hasta los niveles aceptados.

El Gobierno de España fue pionero en “constitucionalizar” el espíritu del Tratado de Maastricht al llevar al Parlamento, el pasado verano, la modificación de la Constitución Española en el sentido reseñado, aunque ello signifique el recorte de los servicios públicos, en especial de los de salud, en la pendiente de la devaluación democrática. También Susan George13 a pesar de su declarado europeísmo, nos alertaba del control financiero en la gobernanza europea, en tanto que otra mujer notable, Naomi Klein14, asimilaba la reducción del Estado del Bienestar que la constitucionalización de los principios de Maastricht pueden suponer, a una parte importante de la gran rapiña, del gran saqueo. El desastre puede ser de proporciones incalculables ya que quienes nos lo imponen deberían defender, por mandato democrático, los intereses de la ciudadanía.

También en esta ocasión la importancia de la medida rebasa Europa. No ha estado tan alejada ni en concepto ni en el tiempo de la constitucionalización del “tope” al déficit público en los Estados Unidos. No hay que ser demasiado lúcido para entender que dichas limitaciones a la soberanía de los pueblos vienen dictadas por los intereses de los grandes capitales financieros y formuladas por las instituciones que los representan. En el caso de Europa se trata también de la extensión de los dictados de desigualdad y privatización que rigen el “modo USA”. Lo explicaba muy bien Noam Chomsky15 en un artículo de mayor extensión. A nivel interno de cada país han convergido diversos factores que crearon un círculo vicioso de extrema concentración de riqueza, sobre todo en la fracción superior del 1 por ciento de la población como ya nos recordó Joseph Stiglitz en su artículo publicado en Vanity Fair16. En él nos alerta de la concentración del poder político en manos de los poderosos, lo cual provoca una fiscalidad sesgada, desregulación, y muchos elementos más que en algunos casos limitan –no se sabe de qué lado- con la corrupción.

En cambio, para la mayoría de la población los salarios reales se han estancado, y han ganado menos por más horas de trabajo. Las deudas y el desmantelamiento del entramado regulador a partir de la década de los 80 aumentó la precariedad, el paro y el desasosiego, mientras que para los muy ricos se extendía la póliza de seguro llamada “demasiado grandes para quebrar”. Chomsky17 lo escribe con toda claridad: los bancos y las empresas de inversión pueden realizar transacciones de riesgo, con grandes beneficios, y en caso de peligro, acudir al Estado para el rescate con el dinero de los contribuyentes. Y nos alerta: Desde los años de Reagan, cada crisis ha sido más extrema que la anterior para la población en general.

A MANERA DE EPÍLOGO

La crisis política está poniendo al orden del día en Europa propuestas altamente antidemocráticas, con una peligrosa tendencia hacia soluciones autoritarias, con la subordinación de las políticas nacionales ante la conservadora política europea común. En Grecia, Portugal e Irlanda se ha suspendido de modo efectivo el control democrático sobre la política económica, mientras en Hungría se emprende un camino autoritario y demasiado peligroso. Un futuro nada risueño para una Unión Europea que nació –dicen– para preservar la paz y defender la democracia.

Lo que vivimos en España con la reforma de la Constitución demuestra hasta qué punto la crisis ya no es solo económica o financiera, sino política. La concentración de las rentas y la riqueza en pocas manos ha provocado la perversión de la democracia, porque los grandes poderes económicos determinan -aunque pueda significar su propia destrucción- las reglas de la economía. Hace poco afirmaba Robert Reich18 que las desigualdades están arruinando la economía, y no puedo estar más de acuerdo. Ni los EE.UU. ni la UE podrán recuperarse mientras no se impongan las políticas que revierten el grado de desigualdad social, y si ese no es el caso, la narrativa europea sólo puede terminar mal, porque quienes podrían rectificar las políticas persisten -a sabiendas- en el error. A estas alturas ya no vale pensar que se trata sólo de una equivocación de doctrina o de políticas económicas. La saña con que hunden las políticas keynesianas (prohibiéndolas constitucionalmente, tal como ya las expulsaron de la Unión Europea con los últimos Tratados y el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, y ahora de la Constitución española) no va sólo contra los servicios públicos, que ya de por sí sería muy grave. Va contra la creación de puestos de trabajo y las políticas de empleo, va contra un mínimo de bienestar. A estas alturas, todos los determinantes de salud han encendido sus señales de alerta. Y todo eso significa mayor desigualdad y mayores dificultades para desandar lo andado, hacia una senda de mayor equidad. Y por tanto, todo nos aleja, de una manera que parece irreversible, del retorno hacia sociedades más estables, menos bárbaras, más solidarias y democráticas

1 Este texto está inspirado y sigue en gran medida los principales argumentos de los distintos Euromemorandums anuales realizados por el Grupo de Economistas Europeos por una Política Económica Alternativa.

2 También se aprobó la libre circulación y residencia entre los estados miembros y mayores atribuciones al Parlamento Europeo.

3 Finalmente, el 1 de enero del 2002, en once de los estados miembros las monedas nacionales dieron paso a la nueva moneda europea, mientras se abría una senda de los bajos crecimientos (y aún así, insostenibles), altas tasas de paro y crecientes desigualdades. En la actualidad, son 17 los países que integran la Eurozona.

4 Rosa Maria Artal (2011) “La Energía Liberada”, Aguilar, p. 79.

5 Economistas Europeos por una Política Económica Alternativa en Europa –Grupo EuroMemo–, La integración europea en la encrucijada: Profundizar la democracia para lograr la estabilidad, la solidaridad y la justicia social –EuroMemorandum 2012–.

6 El BCE presta a la banca privada al 1% unos fondos que serán recolocados en bonos o deuda del Estado, según países, del 3%, al 15% en el caso de las economías más vulnerables, como Grecia.

7 Economistas Europeos por una Política Económica Alternativa en Europa (Grupo EuroMemorándum) Europa en Crisis: Crítica del fracaso de la UE en responder a la crisis, Euromemorandum 2009-10.

8 Se trata de la famosa “Directiva de Servicios”, también conocida como Bolkestein (2006), para liberalización de servicios, afectando también servicios públicos fundamentales.

9 Ver al respecto Barbarà, Antoni; Benach, Joan; Martínez-Castells Angels, y Declaración en: http://dempeusperlasalut.wordpress. com/2010/03/07/dossier-de-la-jornada-salut-a-europa.

10 Grupo EuroMemorandum Pleno Empleo con trabajo digno, Servicios Públicos potentes y Cooperación Internacional Alternativas.

11 Establecidos en el 3% y el 60% del PIB, respectivamente.

12 El Pacto de Estabilidad fija el límite para el déficit en el 3% del PIB y de la deuda en el 60% del PIB.

13 http://www.tni.org/es/interview/acabemos-con-el-control-financiero- en-la-gobernanza-europea

14 http://www.thenation.com/article/162809/daylight-robberymeet- nighttime-robbery democráticas a la pobreza y a la precariedad en Europa – EuroMemorandum 2007–.

15 http://www.huffingtonpost.com/noam-chomsky/us-global-power_ b_851992.html

16 http://www.vanityfair.com/society/features/2011/05/top-onepercent- 201105

17 Chomsky. Ibídem.

18 http://robertreich.org/post/9789891366.

JOAQUÍN GARCÍA ROCA

José Ramón López de la Osa Y Evaristo Villar

Éxodo 112 (en.-feb) 2012
– Autor: José Ramón López de la Osa Y Evaristo Villar –
 
Cuando se leen los trabajos de Joaquín García Roca se percibe inmediatamente que este hombre no es alguien que se haya dedicado al cultivo de la sociología académica, ni tampoco un teólogo al uso. Es un reconocido sociólogo, un gran teólogo y conocedor del mundo filosófico. No en vano tiene un doctorado en cada una de esas disciplinas. Investigador inquieto e incansable, tiene una curiosidad científica infinita pero que él siempre ha filtrado a través de su experiencia vital y su compromiso social, por eso sus temas de estudio y de trabajo han estado siempre relacionados con la solidaridad, las migraciones, la educación, el bienestar social y, también, cómo no (y este es su último trabajo, por cierto, premiado), la Espiritualidad para voluntarios. Es de esas personas que infunden respeto y a las que uno les concede sin ningún reparo la autoridad. No por su lejanía y formalidad sino justo por lo contrario: por su conocimiento de los problemas, su rigor analítico y su competencia, su cercanía y su cordialidad. Pensamos en él, como en tantas otras ocasiones, a la hora de pulsar algunos aspectos del complejo problema de Europa en nuestra revista.

Echando una mirada amplia sobre la UE, vemos que hemos ido del tratado de Maastricht y pasando por la entrada del euro (lo que supuso una de las cesiones más extraordinarias de soberanía que se habían conocido hasta entonces), a una situación de reforzamiento de las políticas nacionales, llegando a un momento como el actual donde tenemos problemas serios para avanzar en formas de soberanía compartida que nos permitan el establecimiento de una Unión Europea con un papel más identificado y relevante en la gobernanza actual. ¿Qué se ha hecho bien y qué se está poniendo en peligro gravemente en este proceso?

En tiempos de la dictadura, Europa era la solución, en tiempos de la democracia, la Unión Europea se ha convertido en una pesadilla. Para una generación de españoles, Europa era más que un territorio, era el lugar por excelencia de la libertad, de los derechos humanos, de la tolerancia, de la acogida de los exiliados y represaliados de la guerra civil. Allí fuimos a ampliar estudios, allí aprendimos otros modos de proyectar el futuro. ¿Qué sucedió para que ese sueño emancipador se haya convertido en un lastre de donde proceden actualmente las malas noticias? Europa exige recortes sociales… demanda más austeridad… requiere sacrificios. La construcción europea tiene graves problemas de diseño. Para unos ese defecto de diseño se reduce a la ausencia de mecanismos para garantizar la productividad y la competitividad, para mí el defecto de diseño es la articulación de los tres generadores cuyas lógicas no han sabido conciliarse: un Mercado Común, un Proyecto político y una sociedad civil europea. La racionalidad del mercado se apoderó de las otras dos racionalidades, y los Estados y los mundos sociales se han sometido a la única racionalidad mercantil, que imposibilitan construir Europa más allá de la racionalidad del mercado, y buscar una salida a sus crisis más allá del mercado. Es el mercado quien inicialmente construyó el ADN de Europa y a quien se le confía la resolución de sus problemas. Todas las instituciones locales, nacionales e internacionales quedan sometidas a la ley del mercado, aunque produzca enormes pirámides de sacrificios, debilite la democracia y desmovilice a la ciudadanía. Este imperio del mercado ahora domina la escena política europea más aplastantemente que nunca. Su última versión es el capital financiero que se reproduce a sí mismo y se independiza del proyecto político y de la sociedad civil europea. Hasta llegar a creer que la solución actual es la provisión de liquidez por parte de los bancos centrales, la estabilidad financiera y el estímulo a la demanda.

¿Cómo es posible que lo que tenía en un principio un aspecto liberador se haya convertido en el mayor productor de incertidumbre y miedo? Cuando Europa se convierte en mercado, la economía devora la noción de persona ya que la reduce a un simple titular de dinero y a los pueblos en simples deudores que concurren en el mercado global. Una moneda única no puede sobrevivir sin un proyecto político, es difícilmente viable con 17 soberanías políticas, económicas y fiscales. Uno de sus arquitectos, J. Delors, lo ha reconocido abiertamente: la crisis financiera mundial ha precipitado la crisis del euro, pero esta hubiera llegado un día u otro debido a la falta de rigor y de coordinación de sus políticas públicas. “Europa se hará por la moneda o no se hará”, decía uno de sus fundadores. Mientras el mercado común se construye como un casino, dispuesto a conseguir un rendimiento espectacular en el plazo más breve posible, la unión política se construye sobre la centralidad de la ciudadanía y la sociedad civil se construye sobre relatos compartidos y sobre la convivencia de tradiciones e historias distintas.

Europa, sin estas energías emancipadoras, podrá ser malamente un mercado que se afirma frente a otras regiones mundiales, más interesadas en salvar la competitividad sobre el dólar y sobre los países asiáticos; pero le falta su alma y su identidad.

Vivimos una situación paradójica: por un lado Europa ha sido la cuna de la democracia, y si con algo nos hemos sentido identificados en nuestra andadura política y social ha sido con esta forma de organización. En cambio, ahora se están reforzando los nacionalismos y la crisis parece ser una de las causas. Hay quien habla incluso de período postdemocrático. ¿Qué democracia nos espera?

Los espacios regionales son los más idóneos para afrontar los desafíos de un mundo único e intercomunicado, pero la UE se ha quedado sin energías utópicas, la Europa de los mercaderes y la Europa burocrática de Bruselas ha agotado aquellas energías que la convirtieron en tierra de asilo, en fermento de los derechos humanos, en cuna del Estado social; su horizonte se ha empequeñecido y se ha teñido de pesimismo. Le importa más ser un fortín que una sociedad abierta y beneficiosa para todos los países del mundo que tienen una necesidad urgente de salir del subdesarrollo. En su diseño original triunfa la lógica económica, que siempre es excluyente frente a terceros, se imponen los más fuertes que crean un núcleo duro (Alemania y Francia), se construye de forma radial (centros y periferias) más que en forma de red.

Ante la falta de energía utópica, los poderes públicos siguen orientados a lo nacional, organizados según el patrón del Estado nacional y territorial. Es imposible entender algunas de sus medidas, sin aludir a sus intereses nacionales, lo que explica el desmedido interés alemán por la deuda ya que son sus bancos los beneficiados, el interés francés por la agricultura. Nos quedamos, de este modo, con el mercado y desplazamos la construcción política y social, que nos incapacita para crear una política unitaria sobre la energía nuclear, sobre el empobrecimiento estructural de los países subdesarrollados, sobre el paro y las desigualdades sociales crecientes en su interior, sobre el deterioro del medio ambiente, sobre la investigación biotécnica. En su célula madre hay una expropiación de la ciudadanía y de la participación interesada en el desarrollo del Estado social, en el control del capitalismo salvaje globalizado, en el respeto a los derechos humanos, en la defensa del asilo y del refugio, en la disposición a compartir el mundo con otros seres humanos ya que como decía Hanna Arendt “son los hombres y no el hombre quien habita la tierra”. son las energías utópicas que la crisis actual ha debilitado.

Un organismo así origina extremismos identitarios que empiezan a tener un amplio apoyo social, y se sostiene sobre una especie de fascismo social, que sacrifica la democracia ante las exigencias del capitalismo financiero, promueve la segregación social de los excluidos.

Hay que inventar nuevas y plurales formas de democracia; sin descalificar la democracia electoral, que se sustancia en el voto, ni la democracia liberal que se sustancia en el individuo, es necesario apostar por nuevas formas de democracia participativa e intercultural. Aunque sea difícil de organizar, los movimientos sociales, las diásporas culturales, las minorías étnicas, las regiones y comunidades territoriales, las sociedades pluriculturales deben desempeñar un mayor papel en la organización de la democracia europea.

Recientemente se ha modificado un artículo de la Constitución española para cumplir de forma más rigurosa las medidas de reducción del déficit, como manda el texto del Tratado, pero se echan de menos medidas exigentes para incentivar el crecimiento. Los grandes partidos siguen las directrices de Alemania. Política y socialmente, ¿qué va a suponer esto visto desde la óptica de la ciudadanía?

Como resultado de lo dicho, ha preocupado más crear las condiciones propicias al mercado, que favorecer el uso democrático de los recursos y el reconocimiento de los derechos civiles, políticos y sociales sin los cuales no hay organización humana posible. Sin embargo la Europa del mercado no se ha complementado por una Europa de los ciudadanos, ni la Europa-fortín se ha conciliado con la Europa-asilo. Se posponen otras formas de integración, política, cultural y social. De modo que el vino nuevo se debía conservar en odres viejos: nada sobre los mecanismos de coordinación política, nada sobre la ciudadanía europea, nada sobre el funcionamiento de las instituciones comunes. Bastaría, torpemente, con revisar la Constitución en lo referente a la capacidad de endeudamiento de los Estados miembros, a sus irregularidades contables y a la solvencia de su sistema bancario. El reforzamiento de algunas fronteras ante la circulación de las personas y la discriminación racial que impregna algunas políticas nacionales europeas indican el desinterés por las cuestiones de ciudadanía.

El imperio del mercado comporta, en sus entrañas, una contradicción con el principio democrático ya que como advierte Adam Smith el poder de los ciudadanos (democracia) se concilia mal con el poder de la propiedad (capitalismo).

Parece obvio que hay que tomar medidas en orden a contener el gasto, por lo tanto es justo asumir prácticas de mayor austeridad y para ello se están pidiendo grandes esfuerzos, pero, en cambio, las esperanzas que se ofrecen parecen muy inciertas. ¿Qué se puede hacer por quienes se están quedando en la cuneta? La cantidad de gente que está cayendo en niveles de pobreza absoluta crece por días. ¿En momentos de crisis los derechos humanos se relativizan?

Ante la pobreza, que persiste y se amplía a nivel europeo, hay que activar medidas de redistribución; no existe menos riqueza sino menos igualdad y más diferencia entre los primeros y los últimos. Esta transformación requiere de tres vías: la vía cultural y ética, la vía de presión y movilización social, y la vía política e institucionalización legislativa. De la ruta ético-cultural se espera que introduzca en la realidad una tensión que actúa como un horizonte de expectativas y una especie de utopía-energía para la promoción de alternativas. Es importante una revolución cultural de las expectativas que no se conforme con crecer sino que se pregunte para qué crecer, a costa de quién se crece. No tiene sentido crecer para seguir creciendo. Esta ruta cultural se despliega en la educación de los sentimientos y convicciones morales, en la promoción de virtudes públicas como la colaboración y la solidaridad y en estilos de vida sostenibles.

De la movilización ciudadana se espera que las organizaciones locales e internacionales inauguren nuevas formas de participación, que como frenos de emergencia, se disparen en contacto con el sufrimiento humano, con la exclusión, con la inhumanidad. La construcción europea, en expresión de Walter Benjamin, se ocupó más de los motores del desarrollo que de los frenos de emergencia. Qué son, sino frenos de emergencia, los movimientos sociales que proponen alternativas mundiales a la crisis, las redes internacionales que gritan a favor de la tasa Tobin y del comercio justo, o el clamor de los indignados. Esta movilización ciudadana logra nuevos derechos que permiten conmover y revertir los cimientos de una sociedad en nombre de otro mundo posible, en organizaciones cívicas que promueven la participación ciudadana y en voluntariados que configuran la economía del don.

Pero no basta domiciliar la caridad en los sentimientos morales ni en la movilización ciudadana sino también requiere ser institucionalizada a través de conquistas legales e instituciones públicas. El debilitamiento actual de los sistemas de protección no trae nada bueno a los que están peor situados. Se necesita institucionalizar las tres generaciones de derechos de forma que nadie quede desprotegido mediante conquistas legislativas que puedan ser exigidas vía derecho: la renta de ciudadanía, los servicios sociales, sanitarios y educativos, y en general lo que hemos identificado como estado social.

Nuestras sociedades son plurales y complejas, y Europa hace mucho que camina en esa dirección. La diversidad y el pluralismo pueden ser una vacuna contra el dogmatismo y la intolerancia, pero ese pluralismo demanda unos valores sustanciales comunes y un texto que los recoja. ¿Nos hubiera ayudado en esta coyuntura actual el haber tenido ya la Constitución europea?

Una Constitución es un elemento necesario ya que el Estado nacional resulta un marco demasiado estrecho para afrontar los problemas actuales y los riesgos globales, tanto económicos, sociales, y culturales, sin un proyecto político de gobernanza. Sin embargo no va a ser una constitución lo que funde la identidad europea, en un momento en que las fronteras no están aún fijadas, ni están definidos los derechos de los ciudadanos de los países miembros, ni se ha logrado una política común exterior, policial, medioambiental, social y laboral. La constitución europea, si quiere ser algo más que un texto muerto, que dure al menos cinco años, ha de nacer de un proceso abierto, experimental y plural. La Unión Europea necesita de un largo periodo de experimentación ya que necesita formas mixtas de gobernación, de recreación de las historias nacionales, de articular unidad y diversidad, de reconocimiento de identidades plurales, de la solidaridad nacional que no pueden ser resueltas todavía. Creo que es mejor mantener vivo el poder constituyente que cerrarlo de golpe desde la centralidad de una nación o de una ideología o de unos grupos de poder, como sucedería actualmente. Europa debe ser un proceso constituyente, propicio a la colaboración de abajo arriba, antes que un poder constituido. Tendrán que desaparecer las definiciones excluyentes del extranjero, socializar las historias nacionales que permitan pasar de enemigos a colaboradores, y comprender que ser europeo se puede conciliar con identidades múltiples, ser español, alemán o griego. Incluso que tu historia puede ser tan válida como la mía. Y llegar a entender, como propone el historiador Joseph Fontana en Europa ante el espejo, que una de las pocas lecciones de la historia que parecen tener validez universal es que ninguna muralla protege permanentemente a una colectividad de los invasores que la amenazan, si no consigue establecer alguna forma de pacto con ellos.

La constitución europea tendrá que librarse del sueño nefasto del siglo XX que llevó a muchos Estados europeos a intentar crear naciones culturalmente homogéneas con identidades unitarias. Europa nunca fue una sociedad homogénea ni cultural ni lingüística, ni religiosamente, aunque se intentara por todos los medios.

La población europea ha cambiado mucho en los últimos 50 años, la inmigración ha dibujado un mapa diferente y por ello las religiones ocupan un papel relevante en la nueva configuración. Hay valores, por ejemplo, como los de “libertad religiosa” o “libertad de conciencia” que son básicos en nuestro esquema de libertades. ¿Cómo está cambiando la influencia de las religiones la cultura europea?

Europa se ha construido durante miles de años en oleadas de inmigrantes que ocuparon territorios. Llegaron los romanos y se quedaron, llegaron los fenicios y los celtas y se quedaron, llegaron los árabes y muchos se quedaron, llegaron los pensionistas nórdicos y se quedaron en las costas mediterráneas. Todo el mundo ha venido de algún otro lugar, y cuando llegan los últimos, la bienvenida siempre resulta una tarea exigente. Europa se ha construido como un estrato geológico formado por movimientos migratorios que intercambian y comunican entre ellos. Hoy no buscan espacios ni tierras sino trabajo, bienestar y oportunidades económicas. En contradicción con su propia historia, Europa renuncia a ser tierra de asilo y se sirve de un lenguaje militarista para afrontar los procesos migratorios: invasión, oleadas, expolio. Europa está atrapada en una seria contradicción con respecto a las personas inmigrantes. Por una parte se les necesita como trabajadores y por otra no son aceptados de buen grado como ciudadanos y molestan en los parques, en las discotecas y en los servicios públicos, ya que sobrecargan los presupuestos gubernamentales de bienestar y confrontan el sentido de la propia identidad. Requiesti ma non benvenuti, como dicen los italianos.

La Unión aplica políticas restrictivas a la ampliación de derechos favoreciendo así el miedo al inmigrante, al que atribuyen quitar trabajo, traer enfermedades ya vencidas, disparar la delincuencia y hacer peligrar el Estado de Bienestar. Sin ellos no subsiste el proyecto europeo, y con ellos resulta imposible.

En esta quiebra del proyecto europeo sitúo yo la gran aportación de las religiones. La crisis actual no ha creado condiciones favorables para el ejercicio de la fraternidad, más bien en contexto de escasez el otro es un competidor, las casas se blindan, los extranjeros se reducen a extraños. La experiencia religiosa por antonomasia consiste en reconocer que fuera de la propia tribu existen seres iguales a nosotros, que el mundo alberga a otros seres parecidos pero con igual dignidad y derecho. En la base de la Unión Europea está la responsabilidad no solo por los que pertenecen al mismo círculo sino también por los perdedores, dejándose así afectar por el sufrimiento de las víctimas de esta historia nuestra. Al servicio de esta responsabilidad universal ante el sufrimiento, que concilia el universalismo moral con la solidaridad y la compasión deben estar las religiones en esta hora. Y su gran mensaje hoy es anunciar que se puede y se debe universalizar desde las víctimas de la crisis y no desde los vencedores, desde los marginalizados o excluidos y no desde los banqueros. El lugar de la salida de la crisis son los últimos ya que cuando ellos tienen reconocidos sus derechos los tenemos todos.

Uno de los temas de debate en el proceso de elaboración de la Constitución europea era la mención expresa del origen cristiano de Europa. ¿Qué papel jugará el cristianismo en Europa?

La Unión Europea ha ido construyendo su propio proyecto frente a otros modos de entender el futuro. Como ha señalado Rifkin en El Sueño europeo, mientras la mayoría de los inmigrantes llegados a Estados Unidos optó por olvidar su pasado y sacrificar su presente para obtener futuras recompensas, los europeos quieren preservar y cultivar su herencia cultural, disfrutar de una buena calidad de vida aquí y ahora, y alumbrar un mundo de paz sostenible en un futuro próximo o lejano. En consecuencia, la construcción europea tiene distintas fuentes, distintas tradiciones y distintas sabidurías.

El cristianismo tendrá un papel en Europa en la medida en que respete esta pluralidad y sirva, fomente y proteja la esfera de solidaridad universal. Lo cual compromete al cristianismo en la construcción de la laicidad como característica de un proyecto político europeo de convivencia.

La laicidad, como proceso socio-cultural intenta ampliar la libertad cultural y gestionar la diversidad, que permita a la gente vivir de acuerdo con sus preferencias, escoger entre opciones disponibles y ampliar las alternativas para ser y hacer aquello que valoran en la vida. Impide la exclusión basada en el modo de vida, en elementos étnicos, raciales, sexuales o religiosos. Como realidad política, el principio de laicidad se opone a la imposición de una religión, ideología o pensamiento. El principio de laicidad es un modo de ser Estado ante la configuración plural de la sociedad civil, un modo de proteger la libertad religiosa, la libertad de creer o no creer, de expresar o practicar una fe de forma libre y pacífica.

Los obispos europeos, con ocasión del debate sobre la Constitución de la Unión Europea, afirmaron que “la laicidad es una de las aportaciones que los mismos cristianos deben hacer a la construcción de la convivencia”. Lo cual desautoriza a los que se niegan a construir una cultura laica en el modo de relacionarse el Estado con las confesiones políticas y las diásporas culturales. La laicidad, la religión cristiana y el proyecto político europeo no sólo son compatibles sino que se pueden dinamizar y enriquecer mutuamente. Un proyecto laico europeo acaba con el monopolio de la fuerza física para resolver conflictos, que justificó la venganza privada, la guerra de religiones, la coacción y la violencia. Asimismo, cuestiona el monopolio de cualquier tipo de saber, incluso de saber científico, que desprecia otros conocimientos como la intuición, la poesía, la historia, las culturas populares. Ha sido el gran aprendizaje de la reciente crisis global haber mostrado la debilidad del conocimiento económico y financiero para prever catástrofes. Cuestiona también el monopolio de la religión y de una ética para ordenar la convivencia y promover convicciones, símbolos y buenas prácticas para la construcción de valores comunes y compartidos, sobre lo que no debe volver a producirse en ningún caso (por ejemplo, ninguna cultura reclama legítimamente el derecho a practicar la esclavitud, o la necesidad de una guerra de religiones) o sobre lo que debe preservarse (la paz, la confianza, el respeto, la tolerancia, la libertad religiosa).

Los cristianos tenemos razones suficientes para estimar lo común; cuando se pierde lo común, nos perdemos a nosotros mismos. Es el verdadero sentido de la invocación a la ley natural, que se despliega hoy en los derechos humanos, que son la capacidad moral de la humanidad para descubrir y proteger las condiciones necesarias para la dignidad humana. Al aceptar el premio Nobel de la Paz, Martin Luther King proclamó una “fe audaz” en que “en todas partes la gente pueda tener tres comidas al día para su cuerpo, educación y cultura para su mente y dignidad, igualdad y libertad para su espíritu”.

Creer en la ley natural significa reconocer que en la historia del otro hay también verdad, bondad e inteligencia. Lo extraordinario y difícil en la sociedad laica es reconocer la igualdad, reconocer que fuera de la propia tribu existen seres iguales a nosotros, con igual dignidad y derecho, reconocer que según San Pablo “Dios es todo en todos”.

La eliminación de la Educación para la ciudadanía se ha hecho invocando las Directivas europeas. ¿Consideras, como creen los obispos, que este hecho es una buena noticia?

La invocación a las directivas europeas es un pretexto para justificar una decisión discutible y sumamente ideológica. El ministro del ramo alude por igual al Consejo de Europa y a la “evidencia científica comparada”, ambas estrategias de inmunización. Yo creo por el contrario que la eliminación es una medida ingenua, irracional y contraproducente. Es ingenuo creer que los contenidos doctrinarios circulan por la única vida de la EpC., ya que impregnan, por igual, la historia, las matemáticas, la geografía y la religión. Haría bien la jerarquía comprometiéndose en la lucha contra lo doctrinario en todos los campos, empezando por sus instituciones.

Es irracional sustraer a los jóvenes de una oportunidad educativa de socializar los valores comunes. Es un error preparar a los jóvenes para un universo de medios y secuestrar los fines. Esta debería ser la prioridad de la Iglesia en un momento en que importa más tener trabajo y crecer que saber para qué se trabaja y para qué se crece. Hacer de los jóvenes algo más que un candidato a la producción y al consumo es el gran desafío hoy de la educación. Si en lugar de socializar los valores, nos conformamos con que los jóvenes conozcan las leyes hacemos un flaco servicio al uso público de la razón. Lo denunciaba Hannah Arendt con ocasión del proceso contra el criminal Eichman, a quien, según ella, le aquejaba la falta de reflexión para distinguir lo bueno y lo malo. De este modo nos previno contra ese fenómeno contemporáneo que es “la tendencia a rechazar el juzgar en general. Se trata de la desgana o incapacidad de relacionarse con los otros mediante el juicio… En eso consiste el horror y, al mismo tiempo, la banalidad del mal”.

Es contraproducente identificar la educación cívica con la enseñanza de leyes, constituciones e instituciones nacionales y europeas. Este es el mayor error a largo plazo. Si algún peligro tiene nuestro tiempo es el positivismo de la ley, que identifica los valores éticos con lo legislado y lo instituido, confunde lo ético con la ley. El cardenal Ratzinger en su diálogo con Habermas se pregunta quién podrá alimentar los valores de la sociedad laica. Confía la alimentación de los valores de la sociedad laica a las llamadas minorías creativas, en las que “laicos y católicos, los que creen y los que no creen como las ramas del árbol con muchos pájaros deben andar los unos al encuentro de los otros con una nueva capacidad de apertura. Los creyentes no renuncian nunca de buscar, y quien busca, por otra parte, está tocado por la verdad y como tal no puede ser clasificado como un hombre sin fe o sin principios morales inspirados de la fe cristiana”.

Es la trampa que el presidente del tribunal constitucional de Italia. Zagrebelsky, denunciaba en su diálogo con el teólogo Ratzinger que interese más la Vida que las personas vivientes, más la Familia que las personas que viven en familia. La solidaridad actual permite hablar más de las personas vivientes que de la Vida, más de las personas que viven en familia que de la Familia, más de Educación para la Ciudadanía que de Educación cívica y constitucional. Mientras el derecho es un conjunto de proposiciones legales, que se expresa en códigos y comportamientos abstractos, el ejercicio de la ciudadanía se expresa en concretas actitudes, acciones y hábitos del corazón.