LOS ROSTROS DE DIOS Y SUS DIVERSOS CAMINOS

Marcelo Barros

Éxodo (junio- julio) 2011
– Autor: Marcelo Barros –
 
En la realidad latinoamericana, uno de los hechos más significativos y relevantes para todo el continente ha sido la emergencia y el fortalecimiento de movimientos indígenas y afro-descendientes que se organizaron en confederaciones regionales, se articularon en otras organizaciones populares en el campo y en las ciudades y se afirmaron en el plano social y político, hasta el punto de influir profundamente en la realidad social y política de varios países latinoamericanos y elegir gobiernos que los apoyaban. En este proceso social y político latinoamericano ha sido fundamental la participación de cristianos, así como la influencia de una teología que une fe y política, espiritualidad y compromiso social liberador.

Un fenómeno, no nuevo en esta construcción, pero que se ha manifestado más intensamente en los tiempos recientes, ha sido el Pluralismo cultural y religioso. Se trata de un hecho que desafía a las religiones, antes poco habituadas a convivir con el diferente, y merece una mayor profundización por parte de los grupos de teología.

1. EL PROYECTO TEOLÓGICO DE ASETT Y EL NACIMIENTO DE ESTA COLECCIÓN

Ya en octubre de 2001, en su asamblea general en Quito, la ASETT, Asociación Ecuménica de Teólogos/as del Tercer Mundo, decidió explicitar y profundizar la íntima relación y mutua fecundación existentes entre la Teología de la Liberación y la emergente Teología del Pluralismo Cultural y Religioso. En algunas Iglesias cristianas latinoamericanas, la Teología de la Liberación surgió y creció a partir de las prácticas de las comunidades y los movimientos populares.

Desde el inicio, los diversos segmentos de este tipo de teología se fueron concretizando en teologías contextuales, como teologías indias, afro-americanas y también en teologías feministas de la liberación, además de reflexiones específicas como la eco-teología, la lectura bíblica popular en América Latina y otras interpretaciones. La Teología del Pluralismo Religioso se desarrolló más en los sectores más abiertos del cristianismo europeo y norteamericano. Fue una derivación de lo que apartir de los años 60 se llama “Teología de las Religiones”, reflexión teológica sobre el sentido y el valor positivo de las otras religiones. En la Iglesia católica esta reflexión se desarrolló sobre todo en la línea del Concilio Vaticano II. En los ambientes evangélicos, el Consejo Mundial de las Iglesias en su Asamblea de Nueva Delhi de 1961 ya defendía la libertad de conciencia religiosa de toda persona humana.

En 1969, el Consejo aprobó el proyecto de un encuentro con creyentes de otras tradiciones. En 1970 se celebró el coloquio de Ajaltoun, en Líbano, sobre la necesidad de un apertura de las Iglesias al pluralismo y al diálogo con las otras tradiciones religiosas. A partir de ahí varios teólogos evangélicos profundizaron también una teología positiva y valorativa de otras religiones.

Durante siglos, las Iglesias se proclamaron el único camino de salvación. Este tipo de visión subsiste todavía en algunos grupos cristianos y en ciertas publicaciones, como se sobreentiende en el best-seller norteamericano “Cabana” y se halla claramente explícito en el comentario que se convirtió en un segundo libro sobre el tema: “Encuentro con Dios en Cabana”. Este segundo libro revela un amplio conocimiento bíblico y capacidad de revisar las visiones usuales y tradicionales sobre Dios. Sin embargo, deja clara su posición contra cualquier visión pluralista o que relativice la fe cristiana. Se trata de la teología de grupos baptistas norteamericanos.

A diferencia de este tipo de teología, en la Iglesia católica y en algunas Iglesias históricas, algunos, a partir de Karl Rahner, siguieron la intuición que posteriormente se denominó inclusivista (en Cristo todas las religiones son salvíficas y por lo tanto tienen valor positivo). Teólogos como los católicos Jean Danielou e Yves Congar, así como los evangélicos Jacques Ellul, Paul Tillich y otros fueron elaborando las tesis que superaron el pensamiento eclesiocéntrico de tipo exclusivista. En generaciones posteriores, algunos mostraron que Dios no hizo alianza exclusiva con nadie. Teólogos/as pluralistas han acentuado el papel central y específico del Espíritu de Dios que se revela y da su gracia y salvación a toda la humanidad en las formas más diversas y a través de las más diferentes culturas y religiones. El hecho de que el cristianismo sea en Asia una religión minoritaria y tenga que dialogar con las grandes tradiciones orientales contribuyó a que teólogos como Tissa Balasuriya, Michael Amaladoss, Aloysius Petris, Samuel Rayan y muchos otros pudieran desarrollar una teología de tipo pluralista. En Europa y en América del Norte, Paul Knitter, John Hick, Jacques Depuis, Hans Küng, además de algunas teólogas feministas como Elizabeth Fiorenza y, en Brasil, Ivona Gebara, profundizaron estas intuiciones y desarrollaron una teología nueva y más abierta a otras tradiciones espirituales. Esta Teología del Pluralismo cultural y religioso ha desafiado y exigido una nueva elaboración de la teología cristiana e incluso de la Teología de la Liberación. No obstante ser conscientes de la dimensión inmensa de esta tarea, la Comisión Teológica Latinoamericana de ASETT planeó la organización y coordinación de una colección teológica, hecha de consuno por diversos autores y autoras, con el propósito de poner en marcha una reflexión más directa y sistemática sobre este asunto.

Antes de esta colección, algunos trabajos y artículos procedentes de la teología india, de la teología negra y de la teología feminista ya reflexionaban sobre elementos de una teología de la liberación a partir de los presupuestos de la teología del Pluralismo cultural y religioso. En la misma colección de Teología y Liberación, trabajo fundamental de los teólogos y teólogas de la liberación, en los años 80, el libro sobre Teología India se titulaba “El rostro indio de Dios”. Partía de la referencia de la conferencia episcopal de Puebla sobre los rostros de Cristo en los pobres y excluidos. Entre tanto, por el mismo hecho de traducir como “rostro de Dios” y profundizar sobre elementos de las religiones indígenas como salvíficos, ya preanunciaba una apertura pluralista a las tradiciones religiosas indígenas.

A partir de los años 90, las teologías indias, negras y feministas de liberación elaboraron presupuestos nuevos, que podemos calificar como “caminos para una teología pluralista de la liberación”. Lo hicieron por el hecho de partir siempre de la praxis de las comunidades y los movimientos populares, generalmente más abiertos a cierto pluralismo concreto de convivencia cultural y religiosa. De momento, el objetivo de esas reflexiones era comprender y valorizar la contribución de las culturas y religiones indígenas para la trayectoria liberadora de las comunidades, y no tanto profundizar la relación entre una teología del pluralismo cultural y religioso y los datos de la fe cristiana, en el método de la Teología de la Liberación. Seguía faltando este tipo de trabajo más sistemático y directo. Por eso, la Comisión Teológica Latinoamericana de ASETT tuvo en cuenta contribuciones ofrecidas por los compañeros de estos diversos campos de la teología latino americana, pero resolvió reunir reflexiones y profundizar, lo más sistemáticamente posible, la relación entre la Teología de la Liberación y la Teología del pluralismo cultural y religioso. Planeamos una colección de cinco libros, organizados a partir del método consagrado en América Latina de “ver, juzgar y actuar”. Aun sabiendo que en este camino metodológico las etapas se solapan de algún modo y cada paso incluye algo del siguiente, estamos convencidos de que esta metodología favorece una reflexión más centrada en la realidad. Los títulos y temas de los cinco volúmenes y de cada uno de sus tomos se concibieron y realizaron a partir de muchos diálogos de equipo y también de diversas consultas a compañeros y compañeras de América Latina. El primer inspirador y mayor realizador de esta colección fue José María Vigil, con una tenacidad y una eficacia realmente impresionantes. Todo lo llevó a cabo en constante y cuidadoso diálogo con el resto de los integrantes del equipo, Luiza Tomita (entonces coordinadora de la Comisión Teológica) y Marcelo Barros.

2. LOS CINCO LIBROS DE LA SERIE “POR LOS MUCHOS CAMINOS DE DIOS”

En la línea de partir de la realidad era normal que el primer volumen de la colección tuviese como título y tema los “desafíos del pluralismo religioso para la teología de la liberación”. El segundo volumen es una tentativa de responder a estas cuestiones. En él se elabora una “teología latinoamericana pluralista a partir de la fe cristiana”. El tercer volumen se constituyó ya como una “teología latinoamericana pluralista de la liberación”. El cuarto volumen, “Teología Pluralista Libertadora Intercontinental”, sigue el mismo esquema, pero en un ámbito intercontinental, y no únicamente latinoamericano. El quinto volumen, “Para una Teología Planetaria”, elabora una teología no sólo cristiana, sino multirreligiosa y pluralista de la liberación.

El primer volumen lleva un prefacio de Don Pedro Casaldáliga y una introducción esclarecedora de los organizadores de la colección. Abre luego la reflexión con un texto de Paul Knitter, teólogo norteamericano que ya hace tiempo aboga por un diálogo más profundo entre la tología latinoamericana y la Teología del Pluralismo. Faustino Teixeira, teólogo brasileño, profundiza en el desafío del pluralismo religioso para la teología latinoamericana. Recorremos a continuación los campos concretos de las teologías indias, negras y feministas. Concluimos con un capítulo sobre la Espiritualidad del Pluralismo Religioso (de José María Vigil) y una tentativa de síntesis, por supuesto provisional, del libro y del tema.

El segundo libro contó con un prefacio del obispo metodista argentino Frederico Pagura, expresidente del Consejo Latinoamericano de las Iglesias (CLAI). Luego, José María Vigil nos recuerda que el lugar privilegiado para el diálogo interreligioso es la opción por los pobres. El padre José Comblin nos ofrece un texto de fuerte tenor crítico con relación al cristianismo y a las religiones oficiales (La teología de las religiones a partir de América Latina). Nuevamente Vigil nos introduce en la relación con las religiones indígenas y negras latinoamericanas y caribeñas en un estudio sobre “El macroecumenismo como teología latinoamericana de las religiones”. Luiz Carlos Susin nos ofrece una reflexión sobre “El Absoluto en los fragmentos” (La universalidad de la revelación en las religiones). Despúes de otros sugestivos estudios, el libro se concluye con un epílogo del teólogo Diego Irarrazaval, que fue presidente de ASETT. Él traza una especie de “balance teológico del tema”. La edición italiana del segundo volumen añadió un texto del teólogo italiano Carlo Molari. Como teólogo europeo entró en diálogo con sus colegas latinoamericanos.

El tercer volumen trae un prefacio de Leonardo Boff, y también un epílogo que resume el libro a cargo de Diego Irazaval. La edición italiana añade también un texto del teólogo italiano Maurilio Guasco, que continúa el diálogo entre los hermanos de la teología europea y los de la teología latinoamericana.

El cuarto volumen tiene un prefacio de Paul Knitter y consiguió la colaboración de buenos teólogos y teólogas de los diversos continentes. Así, de América Latina contamos con la colaboración de Faustino Teixeira, Diego Irarrazaval y otros. De Asia colaboraron Tissa Balasuriya, K. C. Abraham y Edmund Chia. De África, Ramatathe Dolamo y Mary Getui. De las minorías indígenas y negras de Estados Unidos hay un buen trabajo de Dwight Hopkins. Además, la participación de Raimon Panikkar une el mundo occidental al mundo hindú.

El quinto volumen no lleva prólogo, pero sí una introducción a cargo de la Comisión Teológica de ASETT. Entre sus trabajos cuenta con textos como la pregunta fundamental: “¿Es posible una teología interreligiosa?” (de Edmund Chia). Dentro de esta perspectiva, el libro presenta diversos ensayos desafiantes: “Ser un cristiano hindú” (de Michael Amaladoss), “Teología para una espiritualidad Trans-religiosa (Marcelo Barros), “Contribución de las tradiciones africanas autóctonas a este debate” (Laurenti Magesa), “Una perspectiva musulmana” (Irfan Omar), “Reflexiones Budistas sobre Teología Inter-religiosa” (David Loy) y, finalmente, una tentativa de síntesis elaborada por la Comisión Teológica de ASETT sobre la construcción de esta posible “teología planetaria”.

Al leer y releer estos textos, más de un interesado en estos temas desearía una mayor profundización. En todo caso, esta colección cumple ya su tarea fundamental de lanzar el reto y de haber dado unos buenos pasos en este camino misterioso y palpitante.

1. Traducido del portugués por Gilberto Canal. Toda la colección se titula “Por los muchos caminos de Dios”, y el primer volumen fue publicado por ed. Verbo Divino, Quito 2003, y el resto, por Abya Yala, Quito 2004, 2006 y 2010.

EL VATICANO II, TUMBA DEL RÉGIMEN DE CRISTIANADAD

Benjamín Forcano

Éxodo (junio- julio) 2011
– Autor: Benjamín Forcano –
 
Me agrada sobremanera abordar este tema cuando han pasado 50 años de la celebración del Vaticano II. Y me agrada porque soy uno entre muchos de los que hicimos del Vaticano II motor y referencia de nuestro vivir en la Iglesia. Fuimos partícipes de un acontecimiento que conmovió a la Iglesia católica y la puso ante los ojos del mundo entero.

El acontecimiento duró tres años (1962-1965) pero fue tal su incidencia que resultó imposible encerrarlo en el espacio de un corto tiempo o neutralizarlo por tendencias opuestas.

El ya largo posconcilio ha revelado todo lo que de positivo y antagónico había en la Iglesia. Como ya sabíamos, la reacción había de llegar, pues no todos –lo hemos visto y sufrido– estaban dispuestos a dejarse convertir por el espíritu y doctrina conciliar. Eran siglos de visión distinta, de doctrina uniforme, de ritos establecidos, de prácticas estereotipadas, de normas precisas, de sumisión incondicional, que copaban palmo a palmo el territorio de nuestra alma. Y el Vaticano II decretaba un reordenamiento.

El drama era inevitable para la mayoría que estaba educada para seguir como sagrados los dictados de una autoridad indiscutible. Pero la renovación, fermentando, había entrado también en la conciencia eclesial y estalló en el aula conciliar. La Iglesia, por más murallas que se levantasen, percibía los cambios de la modernidad, los nobles propósitos de las revoluciones, los logros de la ciencia, la confrontación de la nueva hermenéutica con el Evangelio y su radical requerimiento a cambiar y mudarse.

Las aguas no se han sosegado afortunadamente, siguen vivas, aun cuando remeros y navegantes de alto grado pretendan conducirlas a recintos estancados o hacerlas discurrir por otros cauces. La Iglesia es más grande que la Jerarquía y no pierde el caminar de la historia ni el espíritu del Evangelio. Siempre fue así, y pese a todo, resulta indomable el mensaje del Evangelio y las aspiraciones de la dignidad de las personas y de los pueblos.

Reivindicamos, pues, algo que nos pertenece por ley y por historia, por derecho y por espíritu. Sería una claudicación retornar a algo que tuvo sentido pero que no volverá. El Vaticano II empalma con la Tradición, pero no es el concilio de Trento ni el Vaticano I.

Y hay quien no se guarda de ocultar sus reticencias y críticas desenfadadas al Vaticano II como si fuera el causante del desconcierto y males actuales de la Iglesia. Fue Joseph Ratzinger, entonces teólogo y cardenal, quien en 1985 afirmó que “los veinte años del posconcilio habían sido decididamente desfavorables para la Iglesia”. Le llovieron réplicas, entre otras, la del teólogo E. Schillebeeckx: “Ahora parece que sea sólo el cardenal Ratzinger el único autorizado para interpretar auténticamente el concilio. Esto va contra toda la tradición. En este sentido afirmo que se está traicionando el espíritu del concilio“ (Soy un teólogo feliz, p. 42).

Todo lo dicho me permite suscribir como propias las palabras del recordado y querido teólogo José Mª González Ruiz: “El Vaticano II es la tumba de la cristiandad”. Sentencia confirmada por el teólogo J. B. Metz: “Hoy, la Iglesia se encuentra ante un cambio que, a mi juicio, es el más profundo de su historia desde la época primitiva. De una Iglesia de Europa (y de Norteamérica) culturalmente más o menos unitaria y, por lo tanto, monocéntrica, la Iglesia está en camino hacia una Iglesia universal, con múltiples raíces culturales y, en este sentido, culturalmente policéntrica. El último concilio puede entenderse como expresión institucionalmente manifiesta de este paso” (Cfr. Concilium, Unidad y pluralidad: problemas y perspectivas de inculturación, nº 224, julio 1989, p. 91).

PARA COMPRENDER LO QUE ESTÁ PASANDO EN LA IGLESIA

No veo complicado explicar lo que en las últimas décadas está sucediendo en la Iglesia, si presentamos debidamente el escenario histórico de los hechos y logramos relacionar el desenvolvimiento actual con el pasado.

La historia de la Iglesia católica es bimilenaria. Venimos de una historia en que, hasta el Vaticano II, ha estado vigente el modelo eclesiológico tridentino. Dicho modelo ha estado sustentando el llamado “régimen de cristiandad” y, más cerca de nosotros, el “nacionalcatolicismo”. Siglos y siglos de historia dejan poso y configuran las estructuras, el sentir, el pensar y el actuar de la cristiandad.

Me limito a examinar un período de historia cercano a nosotros: el que va desde los años 50 hasta hoy, destacando tres hechos principales: _ El concilio Vaticano II. _ La restauración del papa Juan Pablo II. _ Y la transición democrática de nuestro país.

I. LAS TRANSFORMACIONES BÁSICAS DEL VATICANO II

1. Modelo eclesiológico tridentino

Me refiero al momento de la Iglesia reformada de Gregorio VII y postridentina. Sus rasgos fundamentales serían:

1. La religión católica es la única verdadera: (Concilio de Florencia, 1542 , DS 1351). (Pío IX, Syllabus, Enchiridion Symbolorum, 1960) (1540).

2. La Iglesia es como un Estado, en cuya cumbre está el Papa, asistido por las congregaciones romanas y que justifica su hegemonía sobre los demás Estados (Colección de encíclicas y documentos pontificios, Madrid, 1955, pp. 1 ss.).

3. El estatuto constituyente de la Iglesia se caracteriza por la desigualdad, a base de dos géneros de cristianos: los clérigos y los laicos (Constitución sobre la Iglesia, Vaticano I, 1870).

La desigualdad se despliega de arriba abajo, en una visión piramidal y estamental: la pirámide tiene un vértice, el papa: de él deriva el poder de los obispos, la nobleza eclesiástica; y, más abajo, está el bajo clero, los llamados propiamente “sacerdotes”. Estos grados agotan el derecho y la autoridad. Finalmente, está el estamento laical, base inmensa de la pirámide: vasallos, siervos de la gleba, gente menuda (Pio X, Vehementer, 12.)

4. Esta estructura eclesiástica sería de derecho divino y, por lo tanto, inmutable. Como también el poder que ella tiene y de ella deriva.

5. Esta Iglesia realiza el Reino de Dios desde el “poder eclesiástico”, que desciende piramidalmente hasta los mismos fieles. El pueblo no tiene más que recibir y poner en práctica lo que reside en las altas esferas.

6. Para esta Iglesia el reino de Dios es cosa del “más allá”, “asunto de la otra vida”, no un proyecto histórico con exigencias de transformación para la sociedad presente, sino un símbolo de resignación histórica y de evasión de la historia: “La diferencia de clases en la sociedad civil tiene su origen en la naturaleza humana y, por consiguiente, debe atribuirse a la voluntad de Dios” (Pío IX, Syllabus, Enchiridion Symbolorum, 1960) (1540).

7. Esta Iglesia olvida la característica fundamental del Reino de Dios que anuncia Jesús: un Reino de los pobres y para su liberación. Es decir, mientras en las altas esferas se libran batallas por la dominación del mundo, la inmensa base eclesial no tiene más condición, y ésta querida por Dios, que someterse y no contar para nada.

2. Modelo eclesiológico del Vaticano II

El gran cambio operado por el Vaticano II aparece sobre todo en la “Lumen Gentium” y la “Gaudium et Spes”. Podemos concretarlo en los siguientes puntos:

1. El punto de gravitación en la Iglesia es, según el Vaticano II, la comunidad (pueblo de Dios) y no la jerarquía. “Pueblo de Dios” es para el concilio esa realidad englobante de la Iglesia, que remite a lo básico y común de nuestra condición eclesial, es decir, nuestra condición de creyentes. Y, en esa condición, estamos todos, sin excepción. La división de clérigos/laicos queda superada con un planteamiento nuevo: lo sustantivo en la Iglesia es la comunidad, la jerarquía lo relativo, que no tiene razón de ser en sí y para sí, sino en referencia y subordinación a la comunidad.

2. La función de la jerarquía es redefinida con relación a Jesús, siervo sufriente y no pantocrátor (señor de este mundo); solo desde un crucificado por los poderes de este mundo se puede fundar y justificar la autoridad de la Iglesia. La jerarquía es un ministerio (diakonia=servicio) que exige reducirse a la condición de siervo. Ocupar ese lugar (el de la debilidad e impotencia) es lo suyo, lo verdaderamente propio.

3. Desaparece la Iglesia como “sociedad de desiguales”: “No hay por consiguiente en Cristo y la Iglesia ninguna desigualdad” (LG, 12).

Ningún ministerio puede ser colocado por encima de esta dignidad común. La mayor dignidad está en la igualdad común. Los clérigos no son los “hombres de Dios” y los laicos “los hombres del mundo”. Esa dicotomía es falsa. Hablamos correctamente si, en lugar de clérigos y laicos, hablamos de comunidad y ministerios.

4. Todos los bautizados son consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo (LG, 10). No sólo, por tanto, los curas son “sacerdotes” sino que, junto al ministerio de ellos, el sacerdocio es común. Este cambio en el concepto de sacerdocio es fundamental: “En Cristo se ha producido un cambio de sacerdocio” (Hb 7,12). En efecto, el primer rasgo del sacerdocio de Jesús es que “se hace en todo semejante a sus hermanos”.

Según esto, la Iglesia entera, pueblo de Dios, prosigue el sacerdocio de Jesús, sin perder la laicidad, en el ámbito de lo profano y de lo inmundo, de los “echados fuera”; sacerdocio no centrado en el culto sino en el mundo real. Este sacerdocio pertenece al plano sustantivo, el otro –el presbiteral– es un ministerio y no puede entenderse desentendiéndose del común. Y el sacerdocio común es superior y el presbiteral, como ordenado al común, es inferior.

3. El desafío central del concilio Vaticano II

Está claro que el desafío central, al que se enfrentaba el concilio, era el de someter a revisión el patrimonio cristiano heredado. Llevábamos cuatro siglos bajo la inspiración y dominio del concilio de Trento. La conciencia eclesial se había abierto camino en el mundo moderno y había madurado, en convivencia y diálogo con él, sus problemas, sus nuevas búsquedas y soluciones. De esa conciencia brotaban varias consecuencias:

1ª) La Iglesia no podía erigirse ya más como una realidad frente al mundo, como una “sociedad perfecta”, paralela, que proseguía su curso en autonomía, previniéndose y fortaleciendo sus muros contra los errores e influencia del mundo. Esa antítesis de siglos debía superarse.

2ª) El concilio se proponía aplicar la renovación al interior de la Iglesia misma, pues la Iglesia no era el Evangelio ni era seguidora perfecta del mismo, en ella vivían mujeres y hombres, los mismos que en todas las demás partes y desde su condición limitada y pecadora se habían establecido en ella muchas costumbres, leyes y estructuras que no respondían a la enseñanza y práctica de Jesús.

3ª) La misión de la Iglesia es la misma misión de Jesús, una misión universal. Y para entenderla y hacerla auténtica no tiene sino volver a Jesús.

Como universal que es, el Evangelio traspasa todo modelo cultural concreto, ninguno puede reivindicarlo en exclusiva. Este es el problema. El Evangelio ha sido anunciado y debía encarnarse en todo lugar y conyuntura histórica. Lo fue durante veinte siglos, pero en modelos occidentales y europeos. Y eso es lo que a nosotros nos llegó. Y, aun dentro de esa cultura, la llegada se quedó muy atrás, pues nos asentamos en el modelo judaicohelénico- romano y nos detuvimos en el patrístico medieval. Trento fue la meta y la medida. No logramos asimilar la posterior evolución moderna.

Con razón ha podido escribir el teólogo Hans Küng: “Se requiere un cambio de rumbo de parte de la Iglesia, y de la teología: abandonar decididamente la imagen del mundo medieval y aceptar consecuentemente la imagen moderna del mundo, lo que para la misma teología traerá como consecuencia el paso a un nuevo paradigma” (Küng, H., Ser cristiano, p. 173) *.

II. LA RESTAURACION DEL PAPA JUAN PABLO II

1. El Papa Wojtyla y el Vaticano II

Juan Pablo II ha tenido una forma muy personal de entender el Papado. Más de 26 años dando la vuelta al mundo acaban por dibujar un perfil de este insigne viajero y apóstol. Pero no sólo eso. Juan Pablo II representa un modo de entender el cristianismo tan fuerte y definido que uno se pregunta si la Iglesia va a poder emprender nuevos rumbos o va a sentirse esclava de este modo wojtyliano de anunciar el Evangelio. La Iglesia Institución, vista en su aparato clerical y organizativo, ha cobrado tanta relevancia y uniformidad con Juan Pablo II, que incita a reflexionar si esto no se ha hecho en base a desmedular la Iglesia de esa savia original, la más profunda y reveladora de su mensaje, que es el amor, la democracia y la libertad.

Muchos llegaron a creer en un principio que este Papa iba a ser la confirmación del Vaticano II, pero pronto se vio que los vientos iban por otros derroteros.

2. Wojtyla: involución contra renovación

Wojtyla traía otro modelo. Y a él iba a consagrar toda su energía. Esto auspiciaba una fuerte contradicción dentro de la Iglesia: se habían abierto caminos nuevos y, ahora, el pontificado de Juan Pablo II, comenzaba a marcar otra dirección. Grandes sectores de la cristiandad advertían la contraposición: involución contra renovación, autoritarismo contra democracia, clericalismo contra pueblo de Dios, clasismo contra igualdad, etcetera.

3. El liderazgo de Juan Pablo II

La muerte de Juan Pablo II fue un hecho de primera magnitud. Juan Pablo II había hecho del planeta tierra su casa. Y su mensaje de amor a la humanidad, de condena de la guerra, de promover la justicia y atender a los más pobres, llegó a todos los rincones de la tierra.

Este liderazgo externo contrasta con otro más deslucido, al interior de la Iglesia, que ha provocado en amplios sectores de ella crítica y distanciamiento. Con Juan Pablo II, la minoría perdedora del Vaticano II sacó cabeza y programaba pasos y estrategias para reconquistar el espacio perdido.

Juan Pablo II venía de una formación tradicionalista, marcada además por un contexto sociopolítico antinazista, y también profundamente anticomunista y en cierto modo antieuropeo. Su patria había sufrido la humillación de diversos imperios y en todos sus hijos estaban abiertas las heridas, curadas en buena parte por la religión católica.

Todo esto le había hecho ver que Europa no caminaba en la dirección de su pasado cristiano, sino que avanzaba por las sendas de la secularización y del laicismo, del ateísmo y de un materialismo hedonista y consumista.

Su visión de la modernidad era negativa y la opción de Wojtyla iba a ser la de restaurar, recristianizar a Europa, reconducir todo al pasado. Los males presentes era preciso remediarlos reintroduciendo la imagen de una Iglesia preconciliar: una Iglesia centralizada, androcéntrica, clerical, compacta, bien uniformada y obediente, antimoderna.

No es de extrañar que el gran teólogo Schillebeeckx escribiera: “El concilio Vaticano II consagró los nuevos valores modernos de la democracia, de la tolerancia, de la libertad. Todas las grandes ideas de la revolución americana y francesa, combatidas por generaciones de papas; todos los valores democráticos fueron aceptados por el concilio… Existe ahora la tendencia a ponerse contra la modernidad, considerada como una especie de anticristo. El Papa actual parece negar la modernidad con su proyecto de reevangelizar Europa: es necesario –dice– retornar a la antigua Europa de Cirilo y Metodio, santos eslavos, y de san Benito. El retorno al catolicismo del primer milenio es, para Juan Pablo II, el gran reto. En el segundo milenio, Europa ha decaído y, con ella, ha decaído toda la cultura occidental. Para reevangelizar Europa es necesario superar la modernidad y todos los valores modernos y regresar al primer milenio… Es la cristiandad premoderna, agrícola, no crítica, la que, según el pensamiento del Papa, es el modelo de la cristiandad. Yo critico este retorno porque los valores modernos de la libertad de conciencia, de religión, de tolerancia, no son, desde luego, los valores del primer milenio” (Soy un teólogo feliz, pp. 73-74).

4. Alcance universal de la restauración

Pasado el primer año del Pontificado, la restauración era manifiesta pero se reforzaba con el nombramiento del cardenal Ratzinger, teólogo y, a partir de entonces, guardián doctrinal de la restauración. Fue en el 1985, cuando el cardenal, ya sin equívocos, afirmó que “los veinte años del posconcilio habían sido decididamente desfavorables para la Iglesia”.

La restauración alcanzó a la Iglesia universal en todos los niveles y estamentos: sínodos, conferencias episcopales, reuniones del episcopado latinoamericano, congregaciones religiosas, la CLAR (confederación de religiosos y religiosas latinoamericanos), obispos, teólogos, profesores, publicaciones, revistas, etc.

Para llevar a cabo la restauración había que volver a los instrumentos de poder y había que contar con movimientos fuertes e incondicionales. Tales fueron principalmente el Opus Dei, Comunión y Liberación, Neocatecumenales,Legionarios de Cristo, etc.

Este breve recuento de lo ocurrido nos hace ver la situación vivida –“larga noche invernal”, la llamó el gran teólogo K. Rahner– sembrando en muchos cansancio y en no pocos otros desencanto y alejamiento.

A este giro involutivo ha acompañado la pérdida de credibilidad en la Iglesia. Condiciones demasiado negativas impedían encontrar en la Iglesia estructuras de acogida que invitaran a la confianza, al respeto y al diálogo. III. LA IGLESIA EN LA TRANSICIÓN DEMOCRÁTICA ESPAÑOLA

1. La transición democrática de España: en España se esperaba un cambio

Sin duda son muchos los españoles que, en el momento actual, se han preguntado por el papel que está jugando en nuestra sociedad la jerarquía católica. Pienso que, con mayor o menor convicción, los españoles estábamos intuyendo o esperando un cambio. Y ese cambio se produjo siendo nosotros protagonistas: elaboramos y aprobamos una Constitución que plasmaba ese cambio y lo recogía en una nueva normativa constitucional, vinculante para todos. No era un cambio cualquiera. Pasábamos de una dictadura a una democracia; de un Estado confesional, políticamente hipotecado, a otros secular y aconfesional; de una situación que encubría la negación o discriminación de derechos fundamentales para muchos ciudadanos a otra en que se proclamaba la igualdad de todos con unos mismos derechos y obligaciones; de un régimen de nacionalcatolicismo en que, para ser buen español, se exigía ser católico, a otro en el que se declara que la persona humana, cualquiera que ella sea, tiene derecho a la libertad religiosa: a ser creyente, a serlo de una u otra manera, a no serlo de ninguna.

Estos y otros no eran cambios irrelevantes. Cambios que, por necesidad, iban a afectar a la Iglesia católica. En un primer tiempo, hay aceptación de la nueva situación democrática, y la Jerarquía se compromete a respetarla, sin inmiscuirse en la ideología e intereses particularistas de ningún partido. Seguramente muchos se sorprenderán al oír una cita como ésta, suscrita por la Conferencia Episcopal Española en el año 1973: “Los obispos pedimos encarecidamente a todos los católicos españoles que sean conscientes de su deber de ayudarnos, para que la Iglesia no sea instrumentalizada por ninguna tendencia política partidista, sea del signo que fuere. Queremos cumplir nuestro deber libres de presiones. Queremos ser promotores de unidad en el pueblo de Dios educando a nuestros hermanos en una fe comprometida con la vida, respetando siempre la justa libertad de conciencia en materias opinables” (Asamblea Plenaria (17ª), 1973).

Pero, progresivamente, va asomando un recelo, una crítica a la democracia, que se muestra en oposición cada vez más fuerte a leyes que se consideran hostiles y perjudiciales a la Iglesia.

En los últimos años sobre todo, ha sido notorio su giro hacia la derecha, propiciando la vinculación con los partidos de derecha, cuestionando abiertamente al Gobierno socialista, movilizando la calle, participando en las manifestaciones, proponiendo incluso la objeción frente a algunas leyes.

Todo esto ha ido acompañado con la divulgación de escritos y pronunciamientos que pretendían sustraer al Parlamento y al Estado el poder moral de legislar, siendo éste, como es, uno de los aspectos esenciales de todo Estado de Derecho.

En el fondo, era una manera de golpear y deslegitimar la democracia y reivindicar el poder hegemónico que la Iglesia había tenido en otros tiempos.

2. ¿Añoranza y regreso al régimen de cristiandad?

No deja de ser paradójico que, en una situación democrática donde existen condiciones de libertad como no las hubo nunca, vienen algunos obispos a denunciar que la “Iglesia” con este Gobierno se siente acosada y perseguida: “Se da una crítica y manipulación de los hechos de la Iglesia, un cerco inflexible y permanente por medio de los medios de comunicación. Somos una Iglesia, crecientemente marginada. No nos dejemos engañar. Lo que hoy está en juego no es un rechazo del integrismo o del fundamentalismo religioso, no son unas determinadas cuestiones morales discutibles. Lo que estamos viviendo, quizás sin darnos cuenta de ello, es un rechazo de la religión en cuanto tal, y más en concreto de la Iglesia católica y del mismo cristianismo” (Mons. Fernando Sebastián, Situación actual de la Iglesia: algunas orientaciones prácticas, Madrid, ITVR, 29–III- 2007).

Seguramente es verdad lo que un buen sociólogo me decía: la jerarquía no es creíble porque vive en otro mundo, añoran hábitos hegemónicos de poder y dominio de otra época, no están dispuestos a despojarse -dejarse morir- para iniciar una adaptación que les haga valorar la nueva situación.

Las cosas son así. Ha habido en los últimos siglos una positiva evolución de la conciencia social y eclesial. El concilio Vaticano II lo entendió perfectamente y, por primera vez, hubo una reconciliación oficial con el mundo moderno, con la democracia, la igualdad, el pluralismo y la libertad. Pero eso no es lo que se daba antes. Y, cuando el cambio de todo esto ocurre, no se lo quiere reconocer como un bien y progreso, se dirige la vista a otra parte y se inventa un falso enemigo a quien culpar de todo. Lo que es una situación objetiva irreversible –hemos pasado de una época teocrática e imperialista a otra humanocéntrica y democrática– se la interpreta como un cúmulo de males, provocados por un partido y por un gobierno.

Ahí está, creo yo, una de las claves para entender lo que está pasando en la Iglesia.

Por tanto, los desasosiegos y premoniciones negativas de la Jerarquía se deben a que sufren una descolocación en el tiempo en que vivimos. Vivir en democracia es algo que le ocurre por primera vez. Y los hábitos democráticos no se improvisan, hay que aprenderlos, cultivarlos, amarlos.

Todo parece indicar que la Iglesia de Benedicto XVI con los vientos a favor camina hacia el preconcilio, hacia un régimen de cristiandad periclitado: da trato de favor a los neoconservadores, pone en entredicho el diálogo ecuménico, se sitúa de espaldas a la legítima autonomía de la cultura y de las ciencias, pospone, frente a problemas internos que han sido ya replanteados, las grandes causas de la humanidad que, por ser primeras y prioritarias, deben unirnos a todos.

Ese modelo de Iglesia autoritaria y neoconservadora, no servidora y anunciante de un Reino de hermanos y hermanas, en igualdad, libertad y amor, es el que dicta el regreso al pasado y el miedo a una auténtica inserción en el presente.

¿RETORNO A LA CRISTIANDAD O CONVERSIÓN AL EVANGELIO?

Varios Autores

Éxodo (junio- julio) 2011
– Autor: Varios Autores –
 
¿Retorno a la situación de cristiandad o conversión a las exigencias del Evangelio? Desde los movimientos de Iglesia de Base no cabe alternativa: la cristiandad es una forma histórica que ha adoptado la institucionalización eclesial; el Evangelio es el mensaje programático. Pero la dificultad, como casi siempre, está en la práctica. Confesamos de entrada que cuando hablamos de la Iglesia no excluimos nada de su cuerpo social, aunque, por el peso institucional y mediático que acapara, tengamos que referirnos mayormente a la jerarquía.

Hoy día se habla, más que nunca, de la vuelta de la Iglesia no al Evangelio, sino a sus cuarteles de invierno. El filósofo y analista Paolo Flores d’Arcais quiere ver en un gesto aparentemente rutinario, como el traslado del cardenal Angelo Scola desde Venecia a Milán, un paradigma de lo que se quiere en el vaticano para la Iglesia actual: de una parte, el papa Ratzinger trata de presentar a Scola como su legitimo heredero de cara a la sucesión (una especie de investidura), y, de otra, pretende fortalecer en la Iglesia los movimientos más integristas –como los catecumenales, los carismáticos y Comunión y Liberación– precisamente en Milán donde aún aletea el espíritu de apertura conciliar impulsado por el cardenal Martini. Más al fondo, apunta de nuevo el objetivo malogrado en Ratisbona de crear con los sectores más conservadores del monoteísmo judío e islámico una triple Santa Alianza contra la modernidad secular y atea, que, según la mentalidad de Benedicto XVI, está paganizando y sumiendo en el relativismo cultural y el vacío espiritual a la sociedad occidental.

Por su parte, la jerarquía eclesiástica española no ha dejado de dar señales en las últimas décadas de su particular deriva nacionalcatólica. No en vano la “transición religiosa” se sigue considerando una de las asignaturas pendientes de la transición democrática en España. Algunos datos de última hora junto a otros de la pasada década confirman suficientemente esta impresión: su posicionamiento moral frente a leyes aprobadas en el Parlamento (matrimonio homosexual, educación para la ciudadanía, interrupción voluntaria del embarazo, muerte digna, etc.); manifestaciones en las calles presididas por los obispos donde se defiende abiertamente un modelo único de familia, la presencia de la religión católica en la escuela pública, la subvención estatal de la misma Iglesia; reiterados viajes de Benedicto XVI, subvencionados en su mayor parte por el erario público, con el intento de recatolizar desde España la secularizada sociedad europea y latinoamericana; mantenimiento de medios de comunicación sectarios y oscurantistas (Cope, tv13), mientras se silencia la voz de la disidencia y se guarda silencio ante la crisis o la corrupción política.

A la vista de este panorama, la conversión al Evangelio es urgente y condición necesaria de supervivencia de la comunidad eclesial. La sangría creciente que supone el abandono juvenil es alarmante: según el Instituto de la Juventud, en los diez últimos años se ha reducido del 30 al 10% el número de jóvenes que se considera practicante; y, según Metroscopia (julio 2011), la confianza que inspiran los obispos en la ciudadanía es la más baja de todas las instituciones del país.

En estas páginas vamos a defender la vuelta directa al Evangelio desde la situación histórica que estamos atravesando: secularizada, multicultural y posmoderna; en búsqueda constante del sentido de la vida y la muerte pero reivindicando firmemente los mayores logros de modernidad, reflejados en las distintas generaciones de los derechos humanos, y aplicados con actitud compasiva. Otra Iglesia, ya esbozada en la teología de la liberación y las comunidades de base, que se reclama seguidora de Jesús de Nazaret y de su Evangelio, a contracorriente de una Iglesia secuestrada por una jerarquía, cada vez más aislada, que parece haber perdido el rumbo del mensaje de Jesús.

EL PERIODISMO ES NOTICIA

Evaristo Villar

Exodo 108 (marz.-abr.) 2011
– Autor: Evaristo Villar –
Tendencias sobre comunicación en el siglo xxi
 
Por los temas que toca, su actualidad y la solvencia con que lo hace, este pequeño libro, de no más de 142 páginas, merece especial reconocimiento y consideración. Su autor, Pascual Serrano, cofundador de www.rebelion.org, es suficientemente conocido por los lectores de Éxodo. Ha participado en reiteradas ocasiones (en número 84 de 2006, Una nueva forma de informarse, y en el 100 de 2009, La Red, ¿libres o enredados?) en temas de gran calado y hemos presentado en la sección de libros alguna de sus más importantes producciones sobre la información (Desinformación. Cómo los medios ocultan el mundo, Península 2009). Este mismo número lo abrimos con una colaboración suya desde el “Punto de mira”.

El interés de este librito no se merma por el hecho de tratarse de una recopilación de artículos previamente publicados (alguno en esta misma revista). Pascual Serrano ha tenido el cuidado de ajustarlos de nuevo al momento actual que estamos atravesando. Aunque los planteamientos puedan ser los mismos (los títulos son bien reveladores al respecto), los datos que va generando la realidad son siempre cambiantes. Vale la pena hacer una lectura reposada de este breve texto, confrontándolo con esas cuestiones mayores que afectan al ámbito de la comunicación y que generalmente son silenciadas por los medios comerciales, como por ejemplo el papel de los medios en la actual crisis y la propia crisis de los medios, o la eclosión del periodismo alternativo y su relación con los movimientos sociales, o el siempre polémico tema de la objetividad y el compromiso del periodista, o la dicotomía entre medios públicos y privados, etc.

¿Por qué, más en concreto, me parece interesante este librito? Sin ir más lejos, su mismo título lo señala: “el periodismo es noticia”. Siendo por definición un medio de comunicación, de información, resulta que el periodismo se está convirtiendo él mismo en noticia; es decir, la herramienta sustituye el objeto por el que existe. Quizás venga a cuento a este propósito aquel proverbio chino que dice que “cuando el sabio apunta a la luna, el necio se queda mirando al dedo”. Pero entendiendo que la necedad o cortedad de miras no son achacables en este caso a quien mira, sino al poderoso dedo informativo que no permite ir más arriba ni más al fondo de lo que él es y representa. Su pretensión no parece ser otra que ésta: “así es la realidad como os la estoy contando”. Y aquí está su novedad: el comunicador se transmuta en creador, el mensajero se impone sobre el mensaje, el medio oculta, transmuta y hasta falsea la realidad que debiera comunicar (pp. 13-17). El periodismo deja así de ser una herramienta para la comunicación y la información, y se convierte en apologista de lo que él mismo se inventa. La apreciación de Campoamor (“en este mundo traidor, nada es verdad ni mentira; todo es según el color del cristal con que se mira”) parece en este caso acertada.

Pero han llegado los analistas críticos e independientes, los Observatorios de medios (39-53), ha llegado también internet y ese omnipotente “cuarto poder” ha empezado a tambalearse, le ha nacido inesperadamente un contrapoder formidable y con futuro. Hasta hace bien poco el imperio de las pocas y poderosísimas agencias de noticias y de los medios generalistas era único, absoluto e incuestionable. Según el Instituto Gutenberg lo fiscalizaban todo menos a sí mismas (p. 43). Pero con la llegada de las redes sociales y la telefonía móvil este imperio se está debilitando, quizás de forma imparable. La cercanía y frescura de las nuevas herramientas, su rapidez y libertad de toda censura está desenmascarando la dependencia y complicidad del autoproclamado periodismo independiente y profesional, su sometimiento a los grandes holdings de la información, a las multinacionales financieras y bancarias, su obediencia y servilismo a los grandes lobbies ideológico-políticos, sus verdaderos y secretos intereses privados. La consecuencia es evidente: la enorme crisis de autoridad que están atravesando, dada su falta de objetividad, neutralidad e imparcialidad. Por más que se afanen en silenciar a las voces heterodoxas y disidentes (p. 13), el periodismo de los medios generalistas se está desmoronando (pp. 22-24).

Desde una posición crítica y de compromiso, nunca desde la neutralidad, Pascual Serrano apuesta decididamente por la información alternativa (pp. 73-80). Su presencia “ha revolucionado” el periodismo actual hasta el punto de estar despertando a los pueblos del determinismo y del interminable letargo estratégicamente programado. Gracias a su presencia el pueblo y los movimientos sociales están rompiendo el “corsé democrático” que ampara ese periodismo meramente formal y comercial. Ya no se puede poner la suerte de la democracia bajo su protección, ni ligarla a lo que ellos entienden por “libertad de expresión”. Precisamente el gran acierto de los medios alternativos no está solo en haber desenmascarado los grandes intereses ocultos de la prensa comercial, sino también el estar recuperando la frescura de una realidad que late bajo el espeso manto ideologizado que le han echado encima. Un paradigma evidente de esta revolución mediática está emergiendo en el panorama informativo de los países latinoamericanos antegradas en el ALBA (121-123).

IFORO SOCIAL MUNDIAL DE MADRID TEMÁTICO

Carlos Pereda

Exodo 108 (marz.-abr.) 2011
– Autor: Carlos Pereda –
 
La Asamblea que convocó las ediciones del Foro Social Mundial de Madrid en 2008, 2009 y 2010 nos llama ahora a celebrar, durante los días 6 y 7 de mayo de 2011, el I Foro Temático “Alternativas a los mercados”. El objetivo común es compartir las resistencias y planes de acción alternativos frente a la crisis global actual. Creemos que otro mundo es posible y que hay que construirlo desde abajo, con la participación de todos y todas. Porque son los “mercados” los que nos han llevado a esta crisis –que no sólo es económica, sino también política, ambiental y humanitaria– y, si nos plegamos a sus dictados, se seguirán sucediendo las catástrofes sociales y ecológicas.

“Los pueblos de todos los continentes libramos luchas donde nos oponemos con gran energía a la dominación del capital, que se oculta detrás de la promesa de progreso económico… Y denunciamos a los agentes del sistema (bancos, transnacionales, conglomerados mediáticos e instituciones internacionales) que, en búsqueda del máximo lucro, mantienen con diversos rostros la explotación de los pueblos y la manipulación ideológica” (Declaración de la Asamblea de Movimientos Sociales al término del FSM de Dakar, febrero de 2011).

Muchas personas estamos convencidas de que para abordar la crisis, que ya lleva tres años, hay que incidir en las causas que la han provocado. Causas que ponen en cuestión el modelo social en su conjunto: un capitalismo que en aras del beneficio de unos pocos explota a la clase trabajadora, manipula las conciencias y destruye el medio ambiente; una cultura patriarcal y autoritaria, que jerarquiza las relaciones entre pueblos, sexos y etnias; y una política dominada por los mercados financieros que, con la colaboración activa de los gobiernos y los agentes sociales que les apoyan, hace recaer sobre la población trabajadora la mayor parte de los costes.

Madrid no escapa a esta crisis: 540.000 parados; 20.000 embargos y desahucios en los últimos tres años; más de 7.000 millones de euros de endeudamiento del Ayuntamiento debido a proyectos megalómanos; privatizaciones de la Sanidad, de los polideportivos, de Caja Madrid y hasta del Canal de Isabel II; ley de dependencia congelada y suspensión de otras ayudas sociales; redadas de inmigrantes a pesar del reciente mandato de la ONU; especulación del suelo y chanchullos tipo Gurtel…

La preparación del Foro Temático de Madrid se ha llevado a cabo de forma abierta y asamblearia, a partir de las aportaciones de los 120 movimientos que han querido participar en los diez ejes previstos, tal como recoge el presente Programa, y seguirá transcurriendo de forma democrática y participativa en cada una de sus sesiones y debates, hasta culminar en la Asamblea prevista para el sábado 7 de mayo, en la que podéis participar, hacer propuestas y aportar ideas todas y todos cuantos queráis. En el Foro queremos llegar a consensos de acción para construir otra sociedad y otro Madrid posibles, que se base en la justicia, la participación y la solidaridad.

LAS REDES SOCIALES Y LO SOCIAL

Borja Agirre

Exodo 108 (marz.-abr.) 2011
– Autor: Borja Agirre –
 
Internet es un pequeño milagro. De entre las múltiples formas que internet podría haber tomado, se escogió la más horizontal y libertaria, en pleno auge del neoliberalismo. La gran fuerza de internet es el llamado “principio de neutralidad de la red”, que se traduce en que ningún nodo de la red, ni ningún contenido, será priorizado frente a otros. De esta forma, desde el punto de vista de internet, tiene la misma prioridad el New York Times que el más humilde blog.

Internet es una red de redes, y no tiene ningún centro. Esta es su característica principal, su gran propuesta alternativa. Los efectos de este espíritu igualitario están a la vista: mayor difusión de noticias alternativas (ej. WikiLeaks), problemas de la industria cultural para controlar la cultura, productos de gran complejidad creados de forma colaborativa (ej. Wikipedia, GNU/Linux), etcétera.

En todo caso, para los más jóvenes, y muchos no tan jóvenes, internet es esencialmente las redes sociales, y sobre todo, Facebook, Twitter y Tuenti, a las que acompañan otras como YouTube, Flickr, etc. Son el punto de partida para entrar en internet, y poco a poco se va convirtiendo en su espacio social real; quedar fuera de las redes significa la marginación social. Las redes sociales son la nueva “plaza del pueblo”.

Es mucho lo que se ha escrito y descrito sobre las redes sociales. En este artículo vamos a centrarnos en un elemento específico: su relación con la transformación social.

Desde este punto de vista, los efectos de estas redes son muy visibles. Las redes sociales son un claro punto de acceso de muchos jóvenes a determinadas causas sociales; pero este acceso da lugar a un determinado activismo. Mediante las redes sociales se crea un compromiso más débil con las causas sociales que la militancia tradicional; pero, a cambio, es mucho más masiva. Es lo que algunos autores llaman el “vínculo débil”, la “multitud”, etc.

Buena parte de la izquierda tradicional no comprende bien la fuerza de este nuevo agente social. Acostumbrada a las grandes cosmovisiones e ideologías fuertes y consistentes, y a la creación de sólidos grupos de militantes, no ve con buenos ojos a estos miles de jóvenes que se movilizan individualmente por causas puntuales, sin un gran análisis de fondo. Sin embargo, estas redes son el germen de nuevas formas de actuar políticamente. El ejemplo y prototipo más claro lo tenemos en la preciosa revolución (inacabada) de la plaza Tahrir de El Cairo, donde una multitud sorprendentemente plural invadió pacíficamente las calles, unidas por un único objetivo: derrocar al tirano.

Estas nuevas estrategias pueden ser desconcertantes para quienes conciben el cambio social como la toma del poder político (de forma electoral o militar): a diferencia de las antiguas estrategias, se orientan hacia fines muy específicos y concretos; se basan en una adhesión personal, no grupal, a la causa; se orientan más a la acción que a la teoría; son plurales y tolerantes por definición; son mejores “derrocando dictadores” que proponiendo alternativas; y sobre todo, son demoledoras cuando alcanzan una determinada masa crítica.

Sin duda, en los próximos años vamos a ir viendo más ejemplos de esta forma de acción socio-política. Por ahora, el activismo en las redes sociales se dirige especialmente a la protección de la libertad en la propia internet: podemos destacar que en España, el punto de inflexión lo ha marcado la aprobación de la injusta Ley Sinde, que ha generado campañas como #nolesvotes; o, a nivel más global, las acciones del peculiar y caótico movimiento Anonymous, que ataca virulentamente a los servidores informáticos de empresas e instituciones consideradas represoras de internet. Pero los objetivos de estas acciones surgidas de las redes sociales irán ampliándose con el tiempo.

Por otra parte, también distorsionan la realidad quienes idealizan las redes sociales y ven una “sustitución” de las antiguas formas de compromiso social. En Egipto, sin duda, las redes sociales han ayudado a llevar a miles de jóvenes a las calles, pero la base organizativa inicial han seguido siendo determinados colectivos sociales y religiosos bien organizados. Y han seguido siendo necesarias algunas personas con fuertes compromisos con la causa, que arriesgaron la vida para detener a los tanques en la calle.

Ambas estrategias, la de las redes y la de los colectivos militantes, no son excluyentes una de otra. Al contrario, pueden reforzarse mutuamente si se dan las condiciones. Las redes sociales también colaboran a la multi-militancia, en la que una persona puede estar fuertemente comprometida con uno o dos colectivos, pero estar presente en muchos más. De esta forma, cada persona puede convertirse en una red de contactos por sí misma, e incrementar el diálogo entre diferentes causas sociales; esto es algo esencial para estos tiempos de cambio que nos ha tocado vivir.

Obviamente, las grandes élites se han dado cuenta hace tiempo del potencial y el peligro que supone internet y las redes sociales, y se han creado iniciativas bien organizadas para controlar las redes. Vamos a detallar a continuación algunas de las formas en que lo realizan.

En primer lugar, hay que destacar que, mientras que internet no tiene dueño, las redes sociales sí lo tienen, y el dueño normalmente es norteamericano, incluso en el caso de la muy española Tuenti. Uno puede crear en internet un blog y tener el control total sobre él, tanto técnico como de contenidos; eso no es posible en las redes sociales, donde el aspecto técnico es invisible para el usuario, y los derechos sobre los contenidos (fotos incluidas) en muchos casos son cedidos a la empresa. Eso aleja el control ciudadano sobre la propia red, en concreto de casos de censura (que ya se han dado) o de utilización no deseada de los datos publicados por cualquier persona.

Las redes sociales, efectivamente, son una fuente de información excelente tanto para las administraciones como para empresas. Se ha desarrollado toda una rama de la informática, llamada Minería de Datos, que provee de complejísimos algoritmos para obtener a partir de grandes bancos de datos información detallada sobre cualquier asunto que se desee, sea lícito o no.

Por otra parte, las redes sociales, pese a su nombre, están pensadas para utilizarse individualmente. Aunque existen facilidades para crear grupos, son muy pocas las herramientas colaborativas que se ponen a su disposición. Por eso, Twitter y Facebook siguen “enlazando” a blogs creados ad hoc por los propios activistas para causas concretas.

Las redes sociales crean una especie de “gran asamblea”. Y, como cualquier activista sabe, las asambleas grandes, en las que no hay colectivos de tamaño intermedio, pueden ser fácilmente manipulables. Un informe reciente afirma que casi la mitad del contenido total de Twitter lo escribe un 0,1% de sus usuarios. También es conocida la organización de pequeños ejércitos de usuarios-robot entrenados por colectivos fundamentalistas o con mucho dinero (especialemente en EEUU, Israel, etc.), para influir políticamente en los contenidos de las redes.

Por último, debe prestarse atención al hecho de que, en los países pobres, hay una brecha digital que deja en manos de las clases más altas el acceso a las redes sociales. Quien posee una BlackBerry tiene más fácil publicar en Twitter. Este hecho nos hace sospechar de algunas supuestas “revoluciones Twitter” que se han dado en los últimos años. También hay una clara brecha por género, aunque se está reduciendo año tras año.

Sin embargo, en general, los jóvenes de hoy en día, en todo el mundo, sea cual sea su procedencia o clase social, viven y respiran en las redes sociales con naturalidad pasmosa. Las redes les enseñan una manera de relacionarse, de comunicarse, de informarse de lo que pasa y de “mojarse” con las causas que les parecen justas, junto a otras personas. Si la juventud es el futuro, no podemos perder de vista su manera, diferente a otras, de observar la realidad y zambullirse en ella. Algo nuevo está viniendo.

LA WEB 2.0: HERRAMIENTA Y RETO

Cristina Ruiz Fernández

Exodo 108 (marz.-abr.) 2011
– Autor: Cristina Ruiz Fernández –
El potencial de las redes sociales como canal de comunicación horizontal y participativo
 
Anadie se le escapa que Internet ha provocado que cambien, en las últimas dos décadas, innumerables aspectos de nuestras vidas cotidianas y del conjunto de la sociedad. Desde el modo de comprar un billete de avión hasta las reuniones de alto nivel en gobiernos o empresas, pasando por las conferencias de un lado a otro del mundo, los ritmos de trabajo e incluso las estructuras mentales a la hora de leer y escribir.

Ese cambio ha ido más allá, especialmente en el último lustro. La revolución la han provocado los sistemas de autopublicación y gestión de contenidos conocidos como CMS (por las siglas en inglés Content Management System). Estos sistemas hacen posible que cualquiera, con unos conocimientos mínimos de informática, pueda publicar sus escritos o imágenes de manera rápida y sencilla.

Nacen así las páginas personales, los foros y los cuadernos de bitácora modernos –conocidos como blogs– que han provocado un cambio en el paradigma de la comunicación. Ya no existe un solo emisor del mensaje, sino que cualquiera –con tal de que tenga un ordenador con acceso a Internet, cosa que no siempre se cumple en los países empobrecidos del Sur– puede convertirse en emisor y crear discurso público, con mayor o menor audiencia.

Un paso más allá son las llamadas redes sociales, la famosa web 2.0. Actualmente las que están en boga son: el omnipresente Facebook, el cada vez más poderoso Twitter y varias más, que tienen mayor éxito en unos países que en otros; Tuenti en España; Orkut en América Latina y especialmente en Brasil; LinkedIn, especializada en contactos profesionales… Hoy son estas y mañana serán otras, puesto que se trata de un mundo en constante movimiento y avance.

COMUNICACIÓN HORIZONTAL

Lo importante no es la red social “de moda” del momento, sino el cambio en el esquema de comunicación que se está produciendo y el ritmo al que podemos acceder a la información hoy en día. Se trata de una comunicación con una horizontalidad mucho mayor, en la que ya no somos espectadores pasivos, por ejemplo, ante una pantalla de televisión, sino que tenemos la posibilidad de comunicarnos de forma directa e inmediata con los medios, las marcas, las instituciones o los personajes públicos, prácticamente en un diálogo de igual a igual.

Otra cosa es la fuerza que esa comunicación pueda tener de facto aunque, cuando son muchas las personas que se unen espontáneamente en torno a un tema, sí se ha demostrado que es posible ejercer una presión real. Uno de los casos recientes ha sido la protesta –que se convirtió en un clamor en Twitter– contra la decisión de los eurodiputados de no volar en turista ni reducir sus dietas, pese a la crisis. Una cascada de críticas obligó a algunos políticos y partidos a dar explicaciones y reconsiderar su voto sobre este asunto en el Parlamento Europeo. Es solo un caso entre muchos que demuestran el poder creciente de estas herramientas que, como ya se ha repetido en numerosas ocasiones, también han tenido un papel clave en las revoluciones del Magreb en los últimos meses.

UN PATIO DE VECINOS GLOBAL

Además del carácter horizontal de este tipo de medios de comunicación, otro de sus aspectos más destacados es la forma en la que potencia el clásico efecto “boca a boca”. Es lo que recientemente se ha llamado “efecto viral”, ya que se extiende pasando de una persona a otra como un virus.

Son muchas las empresas que han aprovechado esa cualidad de las redes sociales para emprender campañas de publicidad originales y con resultados muy positivos. Para estas iniciativas virales la clave está en la confianza que depositamos en aquellas personas que conocemos. Si un artículo, charla, producto o idea nos viene recomendada por un amigo que es de nuestra confianza prestaremos mucha más atención que si nos llega sin referencias. Es la recomendación “de patio de vecinos” ampliada a un recinto mucho más extenso que el patio de nuestra casa, pero con las mismas características y resultados.

Por supuesto que estas nuevas herramientas de comunicación presentan problemas y limitaciones. Uno de los principales es su carácter efímero –algunos estudios cifran la “vida” de un mensaje enviado en Twitter en trece minutos–, otro es la apabullante cantidad de información, que puede terminar provocando una saturación y también una cierta desinformación por no poder abarcarlo todo.

Hay también quien critica el hecho de que estas herramientas estén controladas por grandes empresas, que manejan el discurso mundial. Otro punto negativo es, en ocasiones, la información falaz o poco contrastada que pueden difundir los usuarios, dado que estos instrumentos no están sometidos a las normas de la ética periodística. Pero, en contraposición a ello, son las propias personas que utilizan las redes sociales quienes ejercen un fuerte autocontrol, evidenciando los casos de manipulación y alzando su voz cuando lo que se dice no es correcto o no está contrastado. Un paradigma de ello es la enciclopedia colaborativa Wikipedia en la que cualquier internauta puede escribir libremente y donde, desde el trabajo voluntario, miles de personas trabajan para contrastar y corregir los datos que se publican.

¿Y EN LA IGLESIA?

Aunque a menudo la Iglesia católica presenta resistencia a los avances de la sociedad, en el caso de las redes sociales sí se están llevando a cabo intentos tímidos y, fundamentalmente, desde la Iglesia más institucional. Esto plantea un reto, porque la horizontalidad y la libertad de expresión que caracterizan este ámbito no suelen ser rasgos frecuentes en la iglesia jerárquica.

Hay posturas encontradas y, mientras Benedicto XVI bendijo las redes sociales e instó a los cristianos a unirse a ellas el pasado mes de enero en su mensaje para la 45ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, Antonio María Rouco las estigmatizó diciendo que “propician un estilo de vida virtual, vacío de encuentros y relaciones verdaderamente personales”. Opiniones contrastadas, pero ambas coinciden en otorgarle importancia a estas herramientas, que cuentan con un gran poder de influencia.

Por este motivo, eventos como la Jornada Mundial de la Juventud no han dudado en potenciarlas y, a la fecha (en la fecha) de redacción de este artículo, contaban con más de 245.000 seguidores en las páginas de los distintos idiomas en Facebook, 120.000 de los cuales en la versión en castellano, 43.000 en la versión en inglés y 12.000 en la versión en francés, por citar algunos idiomas, aunque hay unos veinte más (desde el tagalo al árabe o al checo).

También los grupos de presión vinculados a los sectores más conservadores están haciendo uso de estas herramientas, muy especialmente de los blogs que se abren como tribunas de opinión para las voces más reaccionarias. En ocasiones bajo el anonimato y en otras con nombre y apellidos, las bitácoras en Internet se están convirtiendo en amplificadores de los movimientos de derecha en cuestión religiosa.

Sin embargo, la Iglesia de base y los movimientos sociales más críticos en su seno tienen más dificultades para desarrollarse y contar con una presencia fuerte en el ámbito de las redes sociales. La falta de presupuesto y de dedicación temporal son las dos causas principales, así como la poca presencia de jóvenes que puedan manejar con más facilidad estas herramientas, aunque, con un poco de dedicación y mente abierta, hay personas de más de 90 años manejando blogs y perfiles en Facebook.

Se trata de una herramienta cuyo potencial, en este sector, se está desaprovechando y que se debería fomentar como instrumento para tener voz y para alzarla. Para aprovechar esa viralidad que pueda extender el Reino de Dios y el mensaje de Jesús, al tiempo que para visibilizar otro tipo de Iglesia abierta, dialogante y progresista.

BOLIVIA: ¿LIBERTAD DE EXPRESIÓN O LIBERACIÓN?

Alejandro Dausá

Exodo 108 (marz.-abr.) 2011
– Autor: Alejandro Dausá –
 
Bolivia, año 2008. Transcribo palabras textuales de un presentador de televisión: “… En la Santa Biblia está… el diablo, satanás, la bestia está sobre Bolivia… los israelitas estuvieron en cautiverio siglos pero al final de cuentas el Padre todopoderoso, Jehová, condujo a su pueblo a un lugar donde vivieron con plena autonomía… ahí nace la palabra autonomía, cuando el pueblo de Dios buscaba su liberación, su autonomía… igual está sucediendo con Bolivia…”. Sigue: “… en Rusia ¿saben qué hacían con los viejos y las viejas? los mataban y los hacían jabón, en China comunista igual, en Cuba también. ¿Por qué los mataban a los viejos y a las viejas? ¡Porque eran una carga para el Estado! ¡Ese es el destino de nuestros abuelitos y abuelitas!… Un odio de quinientos años que esta raza maldita del occidente, aymaras y quechuas han guardado en su corazón y en la sangre por generaciones; un odio hacia nosotros los cambas, los mestizos, y ahora pretenden destruirnos matándonos…”.

Esas manifestaciones pudieran parecer pintorescas, si no fuera porque atizaron graves situaciones de violencia. Es conveniente recordar que el concepto autonomía fue uno de los principales estandartes de grupos opuestos al proceso de cambio, cuyas estrategias incluyeron un proyecto secesionista, una masacre de campesinos en el oriente boliviano, la destrucción y saqueo de numerosas instituciones, y el financiamiento de un grupo de mercenarios con reconocida experiencia bélica en Bosnia. En esa coyuntura histórica, una singular comprensión de la libertad de expresión fue manipulada por poderosos medios de comunicación para alentar y justificar diferentes ejercicios de disciplinamiento contra sectores populares. Por ejemplo, en plena plaza principal de la capital del país se montó un espectáculo vergonzoso, con campesinos maniatados, azotados y obligados a arrodillarse para renegar públicamente de su adhesión al presidente Morales. Solaz para las cadenas televisivas, que repitieron una y otra vez las imágenes, a modo de amenaza.

No es casual que en Bolivia el concepto “libertad de expresión” sea utilizado como divisa por el monopolio mediático. Hasta la década de los ´80, un porcentaje importante de medios estaban en manos de la iglesia católica y unas pocas familias propietarias de periódicos. Sin embargo, con la implementación del modelo neoliberal, empresarios de diferentes rubros comenzaron a invertir en ese ámbito. Hoy la iglesia sigue ocupando el primer lugar, pero surgieron además cinco o seis grandes emprendimientos multimediáticos. Aunque la Constitución señala en su artículo 107 que los medios “no podrán conformar de manera directa o indirecta monopolios u oligopolios” no se ha elaborado aún una ley de medios, y casi todo sigue igual.

En lo que sí se ha logrado avanzar es en la ley contra el racismo y toda forma de discriminación, aprobada a finales del año 2010 con fortísima resistencia de la mediocracia, que organizó movilizaciones, huelgas de hambre de periodistas empleados en sus empresas, campañas millonarias, levantamiento de firmas, así como numerosas gestiones de denuncia en instancias internacionales, apelando de nuevo al manido argumento del “atropello a la libertad de expresión”. En realidad, ven peligrar parte de su aparato disciplinador, esto es, la ofensiva simbólica imprescindible y la licencia ilimitada para la instalación de imaginarios colectivos orientados a mantener subordinadas a las mayorías del país. El rechazo de los oligopolios no se produjo tanto como reacción a posibles medidas de control y resguardo ante expresiones discriminatorias, sino como respuesta exasperada al resquebrajamiento de uno de los fundamentos históricos, raigales y más sólidos del colonialismo: aquel que se ocupa de humillar abierta o solapadamente a determinados grupos y clases sociales, a fin de mantenerlos hundidos a partir de su presunta incapacidad irremediable.

Hay que recordar que en Bolivia funcionó históricamente un sistema de castas que naturalizó el sometimiento de grandes grupos humanos, a los cuales se les convencía de su inferioridad natural (y por lo tanto, de su natural obligación para con las élites de poder).

Se confunde aviesamente libertad de expresión con libertad de prensa y libertad de empresa, en particular cuando la primera comienza a ser reivindicada por campesinos e indígenas, que simultáneamente cuestionan las pretensiones totalizantes del empresariado mediático.

La libertad de expresión no existe como un ente etéreo, o como un valor aséptico, ajeno a estructuras, posibilidades materiales de ejercerlo e intereses sectoriales. Al respecto, vale citar las reflexiones del teólogo boliviano Miguel Miranda ante el embate de los monopolios mediáticos contra la ley antirracismo: “… En suma, tras esta cruzada de ´defensa de la libertad de expresión´ sólo está camuflándose la defensa del monopolio y la hegemonía en la producción y reproducción del imaginario dominante de símbolos, ideas y representaciones de la realidad social por una clase social dominante. La hegemonía del poder mediático en manos del gran capital. La ´libertad de expresión´ en boca de las clases dominantes sólo es pretensión de ´libertad irrestricta´ para las empresas de información y comunicación social. Es la pretensión de dominio absoluto en el ámbito de la producción y reproducción del imaginario social. A ese poder irrestricto la mencionada Ley pone unos límites concretos. Los límites que marca la emergente conciencia de la dignidad de todas las personas y grupos sociales en el país, en un momento histórico en que las fuerzas progresistas queremos empujar a dar un salto cualitativo en el proceso de descolonización y democratización”.

No es casual que en el corazón de los procesos de transformación social que experimentan algunos países de América Latina aparezca el tema de la democratización de la comunicación. Tampoco es fortuita la reacción de los medios hegemónicos, que en numerosas ocasiones funcionan como partidos de oposición a los cambios. El ejercicio de “pronunciar el mundo”, tal y como sugería Paulo Freire, se convierte en un campo de batalla de primer orden.

LO QUE ES MEJOR QUE NO SE VEA

Pablo Elorduy

Exodo 108 (marz.-abr.) 2011
– Autor: Pablo Elorduy –
 
El autor, del colectivo editor de Diagonal, reflexiona en torno a los ejes de la comunicación y los medios. El pasado 3 de marzo, el periódico quincenal Diagonal (www.diagonalperiodico.net) cumplió 6 años.

Diagonal quizá no es el periódico más apropiado para diagnosticar el estado actual de la libertad de expresión. Un periódico con pocos medios como el que hacemos tiene dificultades para expresarse libremente en la medida en que su repercusión, aunque crece, es escasa. El muro, o como se le quiera llamar, que blinda a los grupos mediáticos y excluye al resto del panorama de la comunicación, o la expresión, en este caso, separa a unos y otros, se delimita de modo preciso aquello que la gente puede ver y aquello que es mejor que no vea. No hay apenas prohibiciones, pero hay trabas, silencios y confusión. Tan pronto Gadafi es uno más, y así se trataba su nombre cuando aparecía en las páginas salmón, tan pronto se convierte el objetivo y se le bombardea con las mismas armas que aparecen en las páginas salmón. Una confusión, hecha efectiva mediante la descontextualización de problemas y malas noticias, en la que está metida la sociedad en su conjunto: aquello que somos.

En este ruido, se puede decir prácticamente todo, por eso es ruido. Internet y las redes sociales son las nuevas formas de acercarse a aquello que está pasando, desde lo macro hasta lo pequeño. Seguramente, desde el punto de vista tecnológico, nunca ha sido más fácil hacer un periódico; sólo desde el punto de vista tecnológico, claro. La dificultad que tenemos que superar es la de definir aquello que no va a contribuir a generar ruido, a obturar más si cabe las redes de comunicación. En eso estamos, y en ese camino nos topamos con que, de vez en cuando, sí que hay cosas que no quieren que contemos. Ha pasado con los controles de identidad racistas que los fotógrafos de Diagonal han mostrado a la opinión pública en nuestras páginas y en la exposición Fronteras Invisibles. En el caso de Edu León, los nervios de determinados agentes ante la presencia de un cámara de fotos han bastado para que este reportero haya sido agredido y llevado a juicio.

Los medios son un reflejo de lo que pasa, en último caso, y lo que pasa a menudo tiene que ver con la ausencia de redes, de puntos de encuentro, en definitiva, de comunicación Sin resignarnos a ser una mera contraposición a los grandes medios de comunicación, la labor de nuestros medios tienen su propia apuesta organizativa y comunicativa. El fin de un proyecto como el nuestro debe ser la consolidación y creación de redes que dejen indicios en el camino para otras redes, presentes y futuras, para cambiar un sistema que condena a unos y ensalza a otros, un 1% escaso, que tiene derecho a todo contra todos. Recuperar la noción de lo que es común debe ser uno de los objetivos, no de los medios, sino de todos los movimientos que se oponen a la lógica que justifica la guerra y el calentamiento global para que unos pocos podamos seguir viviendo un sueño que se acaba. Nuestros periódicos, radios, web, revistas, etc. serán lo que nosotros queramos que sean. John Downing, teórico y activista de la comunicación alternativa, nos explicaba hace ya casi un año en Diagonal que “los medios comunitarios no son sólo un producto de los movimientos sociales sino que también los nutren, incluso cuando se encuentran en una de sus fases subterráneas”.

Dentro de esta era de la información cibernética, que facilita la proliferación de medios diferentes a los empresariales y donde es más fácil romper su cerco informativo, proyectos que no se pueden considerar alternativos, como Wikileaks, sufren también las consecuencias de la lucha por publicar información que no proviene de ningún servicio de prensa, ni es filtrado por intereses electorales de cara a la siguiente llamada a las urnas. Sin tantas fuentes como Wikileaks pero formados por una base militante, nuestro periódico y otros proyectos parecidos en el Estado Español como La Directa en Catalunya o Novas de Galiza, por citar aquellos que se imprimen en el papel, salen a la calle gracias al apoyo de quienes intentamos formar redes, defender lo común, apoyarnos mutuamente. Muchas más personas de las que hacen el periódico, quienes se manifiestan contra la guerra y nos lo cuentan, quienes denuncian la especulación de turno, quienes se ríen con los chistes o se ponen a pensar con los debates o con un artículo. Pensándonos como vecinos, como colectivo, y no desde la individualidad y el subjetivismo, tendremos ganado mucho como sociedad, y podremos ejercer de otro modo, sin tanto ruido y con más alegría, eso que llamamos libertad de expresión.

LIBERTAD DE INFORMACIÓN Y OPINIÓN EN LA IGLESIA

Pedro Miguel Lamet

Exodo 108 (marz.-abr.) 2011
– Autor: Pedro Miguel Lamet –
 
El siglo XX ha sido el siglo de las comunicaciones. El XXI ya es el de la comunicación instantánea y a la carta. Estamos asistiendo a una revolución que remueve los cimientos del mundo, que se cuela en nuestras propias casas y, aunque potencia el intercambio, amenaza en cierto modo con vaciarnos el cerebro. El mando a distancia y el ordenador, con su acceso a Internet, los videojuegos y la aldea global están transformando nuestras costumbres y especialmente las de los más jóvenes, y también, sobre todo por medio de la televisión, la de los más pobres, débiles y manejables.

Por un lado está la globalización, ese proceso generalizado de interdependencia económica como consecuencia de la apertura de las economías nacionales al exterior y de la consiguiente internacionalización de los mercados, tanto de bienes como de servicios, noticias, modas y opiniones.

Desde el punto de vista político todo ello está suponiendo una amenaza de hecho a la democracia como tal. Mientras la eficacia y el crecimiento económico son los únicos raseros que cuentan para medir las actividades humanas, un mundo internacionalizado aleja las decisiones de las bases sociales y la participación ciudadana.

Es evidente que hoy día el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial o las Agencias de Calificación Financieras restringen las opciones democráticas de los pueblos en materia económica y social. Así las cosas, los bancos, los especuladores y las instituciones financieras se convierten en los reales actores políticos.

Los Medios de Comunicación, la facilidad para viajar, la literatura, los deportes, todo contribuye a que cada vez el individuo esté más integrado en el mundo, y sienta que pertenece a una comunidad desterritorializada. Todo ello ha simplificado de tal manera el intercambio de ideas, ha pasivizado de tal modo al individuo, que surge por generación espontánea una galopante trivialización. Es el efecto basura. Y los ejemplos mediáticos más cercanos son los llamados programas del corazón y del famoseo o “Gran Hermano”.

LA NOTICIA RELIGIOSA

La pregunta obvia de un cristiano se repite cada día ante esta preocupante experiencia. “Esto ha cambiado. ¿Qué pasa? ¿Por qué ya no salen tantas noticias sobre la Iglesia en la radio, la prensa y la televisión?”. ¿Y por qué las que aparecen son precisamente las negativas, como la abrumadora acusación de pederastia? Los grandes medios laicos, salvando contadas excepciones de órganos informativos identificados precisamente con la derecha política, apenas hablan de lo que ocurre en la Iglesia.

Pero, pese a todo, el que tiene una buena noticia entre sus manos no puede contenerse y corre a los vecinos a decírsela.

De esta necesidad habló Jesús al referirse a predicar el Evangelio sobre las azoteas y a no ocultar la luz bajo un cacharro. Él mismo utilizó una barca o el monte para ser oído por la multitud. Sus discípulos viajaron conforme a las posibilidades de su época, hablaron en el areópago y ante los tribunales; llegaron a servirse de las instituciones romanas, y así nació el púlpito, símbolo de otras muchas tribunas que hoy transformaron los poderosos medios informativos y de comunicación.

Pero en los medios de masas los codificadores sufren mediaciones muy particulares.

En este sentido el periodista es el representante de un equipo humano que elige la forma y el contenido de los mensajes periodísticos, dentro de un abanico más o menos amplio de posibilidades combinatorias con finalidades semánticas dadas.

En este proceso, los periódicos y emisoras no sólo informan, sino que opinan sutilmente ya en la misma forma de titular, de situar en el espacio su información, de ilustrarla e incluso de calificarla. A ello contribuye la orientación política y económica de los dueños de cada medio, sus intereses, el de sus consumidores habituales, espectadores, oyentes o lectores.

LA ESTRATEGIA DE LA TELARAÑA

Hoy la situación se ha agravado con los grandes medios u oligopolios de comunicación, que pueden manejar y manipular las noticias con un alcance mundial. El poder político puede convertir un trust de comunicación en un instrumento de sus intereses. Sólo la libertad de expresión y el sano combate de las ideas de diversas tendencias, propias de la sociedad democrática, pueden contrarrestar el poder de los monopolios.

La maraña provocada puede embotar al consumidor, acosado de informaciones, pero también le permite mayor libertad de elección. Es muy distinto dejarse influir por el El Mundo, Abc, La Razón, Público o El País, los nuevos periódicos gratuitos, tipo Adn o Metro, la cadena COPE o la SER, una web o un blog particular y casi underground de Internet o la publicidad orquestada de una multinacional que se sirve de vallas publicitarias, cintas de vídeos, cd, dvd, lectores de mp3, teléfonos multitarea o anuncios en periódicos.

Frente a este sigiloso peligro de totalitarismo del exceso de consumo informativo, se da también en algunas comunidades sociales una dictadura rígida que no permite explícitamente el pluralismo de información por las conveniencias de los que detentan el poder.

En muchos medios basta con una llamada del presidente del Gobierno o de tal o cual ministro o banquero para parar, edulcorar o modificar un título o una noticia. El dinero, el poder político y los dueños del mundo –hoy es un hecho– tienen en sus manos los hilos de la opinión pública, que, con todos sus defectos y limitaciones, sólo cuenta con una rebaja, la de la libertad democrática. Así se creó, por ejemplo, Green Peace, hoy si se quiere también convertida en un poder o un grupo de presión. O el movimiento del 0,7, Manos Unidas, ONG, movimientos antiglobalización y tantas asociaciones o grupos que han conseguido crear opinión pública frente a los poderes establecidos.

LA RESPUESTA DE LA IGLESIA

Puede decirse que hasta finales de los años cincuenta no se despertó por primera vez en la historia de la Iglesia un interés específico por estos medios. Antes Gregorio XVI escribe Mirari Vos, donde dice que la libertad de conciencia es absurda, la prensa “execrable” y que “cada vez que aparece una novedad la Iglesia es golpeada por ella”. Pío IX piensa que una revista es un pequeño libro apresurado frente al que hay que defenderse porque no se somete a censura previa. Sólo León XIII les dice a los periodistas “Pido vuestro auxilio”.

En 1957 aparece la encíclica Miranda prorsus de Pío XII, que comienza a ocuparse explícitamente “de los nuevos modos de radiodifusión, cinematografía y televisión”.

En 1965 se clausura el Concilio Vaticano II, que elabora el decreto Inter mirífica. Luego aparecerían documentos como la Communio et Progressio, la Evangelii Nuntiandi, Aetatis Novae y la Redemptoris Missio que enfocan desde un ángulo positivo las comunicaciones sociales.

La Conferencia de Metropolitanos ya creó una Comisión de Prensa, y la Conferencia Episcopal Española instituye la Comisión de Medios de Comunicación propiamente dicha a primeros de marzo de 1966. Un aspecto especialmente dominante en sus mensajes es la formación del usuario y el influjo de los medios en la familia, además de las reivindicaciones de la Iglesia en cumplimiento de los Acuerdos Iglesia-Estado. Recientemente Benedicto XVI ha dicho que “la búsqueda y presentación de la verdad sobre el hombre constituyen la más alta vocación de la comunicación social”.

LIBERTAD DE INFORMACIÓN, SECRETISMO Y EVANGELIZACIÓN

“No hay en el mundo señorío como la libertad de corazón”, decía Baltasar Gracián. La libertad de expresión e información es anterior a un corazón libre, es un derecho de la persona. “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.” (Declaración Universal de Derechos Humanos, Artículo 19).

Pío XII llegó a decir que incluso era necesaria una opinión pública en la Iglesia, lo que supone un contraste de pareceres y sobre todo libertad de información.

El Vaticano II defiende en la Lumen Gentium la libertad de opinión de los fieles ante la jerarquía (n. 119). El decreto Inter mirífica habla de este derecho humano (n. 5).

El propio Juan Pablo II en un discurso a los periodistas de 1986 dice que el periodista debe ser “el hombre de la verdad”, y añade: “Es necesario tener el coraje y la sinceridad de proclamar abiertamente que todas las formas de deformación y falsificación constituyen una verdadera y propia desnaturalización del periodismo”.

Mi experiencia profesional es que una vez más la Iglesia no siempre cumple institucionalmente lo que predica.

EXPERIENCIAS DE UN INFORMADOR

1. EL VATICANO II Y EL FRANQUISMO

Mi primer artículo fue publicado en los años 60 en la primitiva Vida Nueva. Aquel trabajo, un símbolo de lo que sería mi trayectoria como periodista, consistía en una encuesta en la calle sobre el Concilio que alboreaba. Eran los tiempos del disenso y la contestación, donde por primera vez la gente podía expresar libremente lo que pensaba.

Durante los años sesenta y setenta, cuando la revista Vida Nueva daba cuenta de la maravillosa y refrescante aventura del posconcilio, la censura franquista miraba con lupa cuanto escribíamos en Vida Nueva a través del Ministerio de Información y Turismo (Manuel Fraga). Había que enviar diez ejemplares de la revista al Ministerio, donde daban el visto bueno para que el número saliera a la venta y a los suscriptores. Siendo director José Luis Martín Descalzo la revista llegó a ser mutilada, materialmente despojada de su información política. Viví por entonces otra anécdota reveladora: Hace aproximadamente treinta años conducía yo, con el entonces dominico Andrés Barriales, un espacio informativo en la cadena COPE, aquella balbuciente red de emisoras de la Iglesia, que se caracterizaba por hacer un esfuerzo de denuncia social y pluralismo.

Recuerdo que en uno de aquellos espacios informativos conectamos con Radio Vaticano, la emisora del Papa, para dar cumplida cuenta de las noticias del día en la Ciudad Eterna. Pregunté al entonces responsable del programa español, Ricardo Sanchís, qué opinaba el general de los jesuitas, Pedro Arrupe, de un súbdito suyo, que se encontraba en Valencia encarcelado por el régimen. Sanchís replicó: “El padre Arrupe dice que si la cárcel es por el Evangelio, bendita sea la cárcel”.

2. PONTIFICADO DE JUAN PABLO II.

a. El caso “prelatura”

Pasaron los años y curiosamente los problemas para la libertad comenzaron a proceder del interior de la Iglesia.

Ya dentro del pontificado de Juan Pablo II, un buen día llegó a nuestra redacción un manojo de papeles, sin remite. Al abrirlo, pudimos comprobar por sus membretes que eran cartas de altos dicasterios vaticanos sobre un tema secreto y tabú: El proyecto de erección en Prelatura Personal del Opus Dei. El entonces director de la revista, Bernardino M. Hernando, de acuerdo con la redacción, decidió que el pueblo de Dios debía conocer la intención del Opus de convertirse en prelatura. Pero alguien debió enterarse antes de que apareciera publicado y dio “el chivatazo” a las altas jerarquías del Opus.

Lo que se organizó no puede ser resumido en unos breves párrafos. Miembros de la Obra fueron a arrodillarse a los pies de varios cardenales, a superiores generales de órdenes religiosas, y en definitiva a la casa editora de Vida Nueva, PPC, para impedir que aquel texto saliera. Al final la casa editora obligó al director a que fuera retirado, literalmente arrancado, el “pliego” o dossier en que se contaba la noticia bomba. Pero a los que presionaban aquella vez el tiro le salió por la culata. Vida Nueva ya tenía impresa la portada con el título: “El Opus Dei quiere transformase”. Y entre paréntesis “jurídicamente”. Encartada en aquel número iba una octavilla impresa que decía que la revista aparecía mutilada “en contra de la voluntad del director y de los redactores de Vida Nueva”. Al día siguiente un diario de mucha mayor difusión, El País, contaba ampliamente la historia que había sido censurada en el semanario católico. La Oficina de Información del Opus continuó desmintiendo la noticia hasta que al cabo de los años, tal como informamos, el Opus Dei efectivamente se convirtió en prelatura personal.

Aquello fue un antecedente de lo que vendría después. El pontificado del papa Wojtyla se esforzó en controlar la libertad de expresión y opinión dentro de la Iglesia esforzándose en uniformar la teología, el catecismo, la enseñanza religiosa y los medios de comunicación de la Iglesia. Después supimos que nos leían con lupa en Nunciatura y subrayaban en rojo los temas que concernían a la Teología de la Liberación, el celibato, la ordenación de la mujer, el Opus Dei, América Latina, la crítica a las instituciones y hasta los chistes. Curiosamente los chistes de Quique, Cortes o Nando, cuando trataban de Dios y los santos no creaban problemas, pero si incluían obispos, suscitaban en seguida la indignación y protestas de sectores oficiales.

b. El caso Luciani (1984)

Otro caso revelador. Un buen día llegó a mis manos un dossier sobre la prematura desaparición del papa Juan Pablo I, escrito por un sacerdote que trabajaba en la Comisión de Catequesis de la Conferencia Episcopal, Jesús López Sáez, que estaba muy preocupado por las extrañas circunstancias que rodearon la muerte del papa Luciani. Posteriormente este sacerdote ha publicado tres libros monográficos sobre el tema. La tesis de Jesús López en su artículo coincidía en línea generales con la de Yallop: Había muchas contradicciones en la muerte de Juan Pablo I y muchos cabos sueltos. Pensé que Vida Nueva debía publicar aquel informe como una opinión más. Y así lo hice.

Nunca pude imaginar que se iba a provocar tan tremendo revuelo. El obispo Antonio Montero, a la sazón presidente de PPC y de la Comisión de Medios, me llamó inmediatamente y me indicó que sin demora debía escribir una carta, como director, pidiendo perdón a la Santa Sede, pues era tanto como considerar al Papa actual encubridor de un asesinato. Escribí la carta en la que decía que ni por asomo había intención de ofender a nadie y menos a la Santa Sede y la llevé personalmente al nuncio.

Otro dato que explica la situación que se comenzaba a vivir en los medios de comunicación de la Iglesia se produce durante una visita Ad límina de los obispos españoles. Cuando el obispo Montero es presentado como presidente de la Comisión de Medios de Comunicación, el Papa le pregunta:

—Dígame, ¿Vida Nueva es de la Iglesia? _ —Bueno, propiamente es de un sodalicio compuesto por clérigos y seglares… _ —Y el Ya ¿es de la Iglesia?

El obispo vuelve a contestar que el rotativo madrileño pertenecía a los Propagandistas, pero que no es directamente propiedad de la jerarquía.

Juan Pablo II no quería medios de expresión y opinión pública en la Iglesia y de la Iglesia, sino de propaganda exclusiva del vértice de la Iglesia. Cuando se aproximaba la tormenta que acabaría definitivamente con la controlada libertad de expresión de la que disfrutábamos, el cardenal Enrique y Tarancón me decía: “Tú aguanta, no te vayas, que te echen y que te indemnicen”. Julián del Olmo, entonces redactor-jefe de la revista, solía decirme: “Convéncete, Pedro: Ya no se contentan con fidelity; quieren High fidelity.”

En 1987 fui destituido de director de VN. Escribí aquel día un artículo en El País en el que afirmaba que mi destitución era todo un símbolo de un nuevo periodo de catacumbas y autoritarismo dentro la Iglesia. Todo mi equipo acabó por dimitir y marcharse detrás. Lo que sucedió después en los medios de comunicación eclesiasles es bien conocido: la libertad de información y expresión en la Iglesia sigue hoy bantante hipotecada en los medios propios, y fuera la Iglesia ha perdido en los medios laicos mucha presencia como noticia. Debo añadir que pocos meses después Jesús López, el autor del dossier sobre Luciani, fue destituido de su cargo en la Comisión de Catequesis de la Conferencia Episcopal.

A mi salida de un medio religioso fui llamado a trabajar en medios laicos. El hoy desaparecido Diario 16 siempre me permitió —he de confesarlo— la libertad de expresión e información que nunca tuve en la Iglesia. Sin embargo poco a poco comenzaban a llegar las quejas de nunciatura a mis superiores religiosos. El nuncio Mario Tagliaferri me llegó a decir: “No entiendo cómo usted escribe esas informaciones. Me han dicho que es de buena familia y que incluso ha escrito vidas de santos”. Le contesté: “Monseñor ¿no es el Santo Padre el que defiende precisamente que los periodistas debemos contar la verdad? Si informo parcialmente, dígamelo y estoy dispuesto a corregir, porque la información no es algo estático, es un fieri. Pero, si cuento la versión de ambas partes en un conflicto, ¿no estoy sirviendo a la verdad y por tanto a Jesús?“.

c. El tabú de la salud papal

Publiqué un artículo sobre el Parkinson. Meses después el portavoz vaticano, doctor Navarro Valls, después de desmentirlo, tuvo que admitir con otro nombre técnico el hecho del Párkinson. “El papa tiene una enfermedad de origen piramidal”, dijo en Bosnia.

Pero el sector “papolátrico” pretendía mantener en secreto los cada día más evidentes problemas físicos de Juan Pablo II. El 23 de marzo de 1996 publiqué otro artículo reproducido en todo el mundo, donde hablaba de rumores en Roma sobre el cáncer del Papa (hoy puedo decir que mi fuente no era cualquiera, sino un religioso enfermero próximo al pontífice). Su delgadez y las posibles metástasis –escribía–, que explicarían la complicación ósea y las caídas, podrían corroborar la hipótesis del cáncer, probablemente originado tras el atentado y ulterior operación de colon. En opinión de no pocos observadores extraña la escasa transparencia de la curia vaticana en cuestiones de capital interés y sobre las que el pueblo fiel tendría el derecho de conocer toda la verdad.

Por aquellos meses aparecía mi biografía de Juan Pablo II Hombre y Papa, que molestó a algunos teólogos oficialistas. En ella recogía las diversas corrientes disidentes dentro de la Iglesia. Pero eso resultaba intolerable para la dominante corriente “papolátrica”, para quien el Papa por definición es el conjunto de todos los bienes sin mezcla de mal alguno y que desconoce simplemente la historia de la Iglesia, llena de santidad y pecado, grandezas y miserias. Tampoco aceptaban que previamente hubiera publicado otros libros, como mi biografía de Pedro Arrupe, donde se recoge la destrucción sistemática de una de las más importantes figuras de la Iglesia actual, y el proceder auténtico de un hombre libre y santo.

De nuevo vuelve a cerrarse el círculo, esta vez en torno a mis superiores de la Compañía de Jesús. Una carta nada menos que del “número dos” del Vaticano, cardenal Angelo Sodano, venía a decir: “Callen a ese jesuita que tanto daño está haciendo a la Iglesia”.

Opté por aceptar el silencio en temas religiosos para no verme obligado a abandonar la Compañía y, supuesto que la censura previa no es factible en un periodismo de elaboración casi instantánea, sugerí que me permitieran escribir de otros temas sociales y humanos. En realidad el Syllabus o “la verdad” impuesta desde arriba seguía vigente por encima de los derechos humanos, entre ellos la libertad de información y opinión, que representaba la Pacem in terris, una encíclica que pone al hombre en el centro de los derechos.

Con la llegada del papa-teólogo la libertad de información y expresión en la Iglesia ha mejorado. Es de agradecer que Joseph Ratzinger en sus propios libros sobre Jesús no quiera imponerse doctrinalmente como papa, sino, como él mismo ha dicho, ofrecer su opinión de un teólogo que además es papa. Se diría que actualmente, más que el pontífice son algunos obispos y conferencias episcopales los que amordazan con sus llamadas y prohibiciones a veces dictatoriales, y más en España que en otros países. Es más, el propio Benedicto XVI ha sufrido en propia carne la ambigüedad reinante en los medios y la explotación de sus palabras, como en el caso de su conferencia en Colonia o sus palabras sobre el preservativo, cuyo alcance mediático no llegó él mismo a sopesar.

Hoy asistimos a cierto periodismo católico servil y de propaganda, no en servicio a la verdad de lo que ocurre, sino a la verdad impuesta desde un dualismo teológico; no desde el concepto de Pueblo de Dios del Concilio, que también participa del Espíritu Santo. En una palabra, y como decía Shakespeare, “me pueden encerrar en una nuez, pero soy dueño de los espacios infinitos”.

LA TRANSMISIÓN DE LA BUENA NOTICIA

Pues bien, volviendo a la Buena Noticia, no puede escamotearse de este proceso contemporáneo. Los evangelizadores, hombres de Iglesia, pastores o predicadores son, quiéranlo o no, materia noticiable. Y no pueden argüir que son “materia reservada”, para huir de la información. Están en la sociedad y son tratados con las “leyes informativas”, que no miran las intenciones secretas, sino los hechos y su interés informativo, que los periodistas solemos llamar feeling periodístico.

El resultado es desgraciadamente muy ambiguo. La solución para evitar esta ambigüedad no está en crear medios de difusión “piadosos”. Nadie impide que se predique, por ejemplo, por la radio. Pero ésta exige un lenguaje peculiar, un lenguaje radiofónico. Una vez más la credibilidad está en la vida. La muerte martirial de los jesuitas en El Salvador o de los trapenses en el norte de África (admirablemente recogida por el film De dioses y hombres) alcanzaron un eco mundial. Estos hechos valían por sí mismos.

La Iglesia debe reconsiderar su lenguaje. ¿Es en sí misma para el hombre de hoy una buena noticia el ir por la calle con un ropaje negro como distintivo del evangelizador? ¿Saben los clérigos no ya comunicarse a través de los medios, sino simplemente expresar de forma convincente su predicación, su lenguaje habitual en la calle o en el bar?

Los obispos a veces se quejan de que son manipulados por los medios de comunicación, pero no son conscientes de que dan pie a esa manipulación por sus términos abstractos, trasnochados, decimonónicos, ininteligibles, ambiguos, condenatorios para los comunicadores y receptores de la información, especialmente los jóvenes.

Algunos obispos, como por ejemplo Helder Cámara, Pedro Casaldáliga o el cardenal Tarancón, supieron en su día encontrar el lenguaje y la credibilidad de sus mensajes. Ello requiere saber hablar para el hombre de hoy. Una reconversión cultural, que no se llevará a cabo mientras la Iglesia esté de espaldas o en lucha con la cultura contemporánea. Requiere pasar de una actitud a la defensiva a la postura del diálogo que inauguró el Concilio y que parece olvidada para muchos.

Eso no quita responsabilidad a los comunicadores y a los medios que sirven. Con la posible manipulación hay que contar siempre, porque habrá disidentes como los hubo en el pasado. Pero es demasiado fácil echar las culpas al mensajero cuando a veces ni siquiera hay mensaje.

Escribe Robert White: “Durante siglos una de las grandes tentaciones ha sido la identificación del reino de Dios con una nación triunfalista, con leyes y con un gobierno que supuestamente reflejan perfectamente el espíritu del evangelio. O si no se identifica con un estado, entonces se trata de identificar el evangelio con un movimiento político utópico o con un mito cultural. Inevitablemente, esto identifica el reino de Cristo con un reino de poder. Podemos decir lo mismo con respecto a la inculturación del evangelio en una cultura. Pensar que es posible crear una cultura o un sistema de significación que refleje casi perfectamente el espíritu del evangelio es buscar el poder cultural. Igualmente, pensar que podemos crear un ‘mass media’ que represente perfectamente el evangelio es una tentación. Un ‘poder estético’ es, tal vez, peor que un poder político”.

La tecnología y el progreso son, como todo en la vida, bienes ambivalentes. No buenos ni malos en sí. Depende del uso que le demos.

La información puede convertirnos en enanos mentales y teledirigidos como marionetas. Pero es al mismo tiempo el resorte que utilizamos para romper con todas las dictaduras que pretenden impedirnos pensar.

El hombre en su realización terrena, por su finitud y contingencia, no puede alcanzar toda la verdad. Pero la adquiere a retazos, en un proceso de aciertos y errores. Tiene pues derecho a ser informado y a informar.

En este juego de responsabilidades no excuso a los profesionales de la información y opinión: “Son tres las mayores tentaciones que pueden asaltar a los profesionales de los medios de comunicación –ha afirmado el vaticanista Luigi Accatoli, de Il corrriere della sera–: la del poder (servir al poder, o ligarse a una parte política para tener protección, o para favorecer los intereses de la propiedad), la de la audiencia (aumentar la difusión y ampliar el público que nos sigue para incrementar los ingresos publicitarios) y la del tiempo real (batir en rapidez a la competencia, descuidando la comprobación y profundización, para sacar una ventaja de imagen). La mayor de esas tres tentaciones es la de la audiencia, porque está ligada más directamente al beneficio comercial”.

En todo caso no creo, como tanto se ha dicho, que exista una campaña orquestada contra la Iglesia. Es evidente que en medio de un mercado libre donde la Iglesia ya no está protegida desde arriba ha surgido un neoanticlericalismo provocado en parte por los mensajes de la Iglesia jerárquica del “no a todo”. Todos vivimos dentro de un mundo cruel, competitivo y comercializado. La Iglesia es un factor más utilizado por unos y por otros en la batalla política. En este sentido la Iglesia no es la única víctima del deterioro al que asistimos de los valores tanto espirituales como humanos. Quizás su error ante el fenómeno del consumismo salvaje y la caída de los principios tradicionales es pretender encerrarse en sus cuarteles de invierno. Su única alternativa válida, también en este campo, sería en mi modesta opinión, aunque comporte riesgos, bajar de lo alto del castillo a charlar y beber un vaso con la gente y de igual a igual, en la plaza del pueblo, como hicieron su fundador y primeros seguidores en los albores del cristianismo. Como hizo Juan XXIII aquel día que pidió un trago a unos obreros que trabajaban en los jardines vaticanos. “Espera un momento –exclamó agitando el tinto– deja que prepare el vaso”. A pesar de ser Papa, nunca dejó de ser uno más.