EL PERIODISMO ES NOTICIA

Evaristo Villar

Exodo 108 (marz.-abr.) 2011
– Autor: Evaristo Villar –
Tendencias sobre comunicación en el siglo xxi
 
Por los temas que toca, su actualidad y la solvencia con que lo hace, este pequeño libro, de no más de 142 páginas, merece especial reconocimiento y consideración. Su autor, Pascual Serrano, cofundador de www.rebelion.org, es suficientemente conocido por los lectores de Éxodo. Ha participado en reiteradas ocasiones (en número 84 de 2006, Una nueva forma de informarse, y en el 100 de 2009, La Red, ¿libres o enredados?) en temas de gran calado y hemos presentado en la sección de libros alguna de sus más importantes producciones sobre la información (Desinformación. Cómo los medios ocultan el mundo, Península 2009). Este mismo número lo abrimos con una colaboración suya desde el “Punto de mira”.

El interés de este librito no se merma por el hecho de tratarse de una recopilación de artículos previamente publicados (alguno en esta misma revista). Pascual Serrano ha tenido el cuidado de ajustarlos de nuevo al momento actual que estamos atravesando. Aunque los planteamientos puedan ser los mismos (los títulos son bien reveladores al respecto), los datos que va generando la realidad son siempre cambiantes. Vale la pena hacer una lectura reposada de este breve texto, confrontándolo con esas cuestiones mayores que afectan al ámbito de la comunicación y que generalmente son silenciadas por los medios comerciales, como por ejemplo el papel de los medios en la actual crisis y la propia crisis de los medios, o la eclosión del periodismo alternativo y su relación con los movimientos sociales, o el siempre polémico tema de la objetividad y el compromiso del periodista, o la dicotomía entre medios públicos y privados, etc.

¿Por qué, más en concreto, me parece interesante este librito? Sin ir más lejos, su mismo título lo señala: “el periodismo es noticia”. Siendo por definición un medio de comunicación, de información, resulta que el periodismo se está convirtiendo él mismo en noticia; es decir, la herramienta sustituye el objeto por el que existe. Quizás venga a cuento a este propósito aquel proverbio chino que dice que “cuando el sabio apunta a la luna, el necio se queda mirando al dedo”. Pero entendiendo que la necedad o cortedad de miras no son achacables en este caso a quien mira, sino al poderoso dedo informativo que no permite ir más arriba ni más al fondo de lo que él es y representa. Su pretensión no parece ser otra que ésta: “así es la realidad como os la estoy contando”. Y aquí está su novedad: el comunicador se transmuta en creador, el mensajero se impone sobre el mensaje, el medio oculta, transmuta y hasta falsea la realidad que debiera comunicar (pp. 13-17). El periodismo deja así de ser una herramienta para la comunicación y la información, y se convierte en apologista de lo que él mismo se inventa. La apreciación de Campoamor (“en este mundo traidor, nada es verdad ni mentira; todo es según el color del cristal con que se mira”) parece en este caso acertada.

Pero han llegado los analistas críticos e independientes, los Observatorios de medios (39-53), ha llegado también internet y ese omnipotente “cuarto poder” ha empezado a tambalearse, le ha nacido inesperadamente un contrapoder formidable y con futuro. Hasta hace bien poco el imperio de las pocas y poderosísimas agencias de noticias y de los medios generalistas era único, absoluto e incuestionable. Según el Instituto Gutenberg lo fiscalizaban todo menos a sí mismas (p. 43). Pero con la llegada de las redes sociales y la telefonía móvil este imperio se está debilitando, quizás de forma imparable. La cercanía y frescura de las nuevas herramientas, su rapidez y libertad de toda censura está desenmascarando la dependencia y complicidad del autoproclamado periodismo independiente y profesional, su sometimiento a los grandes holdings de la información, a las multinacionales financieras y bancarias, su obediencia y servilismo a los grandes lobbies ideológico-políticos, sus verdaderos y secretos intereses privados. La consecuencia es evidente: la enorme crisis de autoridad que están atravesando, dada su falta de objetividad, neutralidad e imparcialidad. Por más que se afanen en silenciar a las voces heterodoxas y disidentes (p. 13), el periodismo de los medios generalistas se está desmoronando (pp. 22-24).

Desde una posición crítica y de compromiso, nunca desde la neutralidad, Pascual Serrano apuesta decididamente por la información alternativa (pp. 73-80). Su presencia “ha revolucionado” el periodismo actual hasta el punto de estar despertando a los pueblos del determinismo y del interminable letargo estratégicamente programado. Gracias a su presencia el pueblo y los movimientos sociales están rompiendo el “corsé democrático” que ampara ese periodismo meramente formal y comercial. Ya no se puede poner la suerte de la democracia bajo su protección, ni ligarla a lo que ellos entienden por “libertad de expresión”. Precisamente el gran acierto de los medios alternativos no está solo en haber desenmascarado los grandes intereses ocultos de la prensa comercial, sino también el estar recuperando la frescura de una realidad que late bajo el espeso manto ideologizado que le han echado encima. Un paradigma evidente de esta revolución mediática está emergiendo en el panorama informativo de los países latinoamericanos antegradas en el ALBA (121-123).

IFORO SOCIAL MUNDIAL DE MADRID TEMÁTICO

Carlos Pereda

Exodo 108 (marz.-abr.) 2011
– Autor: Carlos Pereda –
 
La Asamblea que convocó las ediciones del Foro Social Mundial de Madrid en 2008, 2009 y 2010 nos llama ahora a celebrar, durante los días 6 y 7 de mayo de 2011, el I Foro Temático “Alternativas a los mercados”. El objetivo común es compartir las resistencias y planes de acción alternativos frente a la crisis global actual. Creemos que otro mundo es posible y que hay que construirlo desde abajo, con la participación de todos y todas. Porque son los “mercados” los que nos han llevado a esta crisis –que no sólo es económica, sino también política, ambiental y humanitaria– y, si nos plegamos a sus dictados, se seguirán sucediendo las catástrofes sociales y ecológicas.

“Los pueblos de todos los continentes libramos luchas donde nos oponemos con gran energía a la dominación del capital, que se oculta detrás de la promesa de progreso económico… Y denunciamos a los agentes del sistema (bancos, transnacionales, conglomerados mediáticos e instituciones internacionales) que, en búsqueda del máximo lucro, mantienen con diversos rostros la explotación de los pueblos y la manipulación ideológica” (Declaración de la Asamblea de Movimientos Sociales al término del FSM de Dakar, febrero de 2011).

Muchas personas estamos convencidas de que para abordar la crisis, que ya lleva tres años, hay que incidir en las causas que la han provocado. Causas que ponen en cuestión el modelo social en su conjunto: un capitalismo que en aras del beneficio de unos pocos explota a la clase trabajadora, manipula las conciencias y destruye el medio ambiente; una cultura patriarcal y autoritaria, que jerarquiza las relaciones entre pueblos, sexos y etnias; y una política dominada por los mercados financieros que, con la colaboración activa de los gobiernos y los agentes sociales que les apoyan, hace recaer sobre la población trabajadora la mayor parte de los costes.

Madrid no escapa a esta crisis: 540.000 parados; 20.000 embargos y desahucios en los últimos tres años; más de 7.000 millones de euros de endeudamiento del Ayuntamiento debido a proyectos megalómanos; privatizaciones de la Sanidad, de los polideportivos, de Caja Madrid y hasta del Canal de Isabel II; ley de dependencia congelada y suspensión de otras ayudas sociales; redadas de inmigrantes a pesar del reciente mandato de la ONU; especulación del suelo y chanchullos tipo Gurtel…

La preparación del Foro Temático de Madrid se ha llevado a cabo de forma abierta y asamblearia, a partir de las aportaciones de los 120 movimientos que han querido participar en los diez ejes previstos, tal como recoge el presente Programa, y seguirá transcurriendo de forma democrática y participativa en cada una de sus sesiones y debates, hasta culminar en la Asamblea prevista para el sábado 7 de mayo, en la que podéis participar, hacer propuestas y aportar ideas todas y todos cuantos queráis. En el Foro queremos llegar a consensos de acción para construir otra sociedad y otro Madrid posibles, que se base en la justicia, la participación y la solidaridad.

LAS REDES SOCIALES Y LO SOCIAL

Borja Agirre

Exodo 108 (marz.-abr.) 2011
– Autor: Borja Agirre –
 
Internet es un pequeño milagro. De entre las múltiples formas que internet podría haber tomado, se escogió la más horizontal y libertaria, en pleno auge del neoliberalismo. La gran fuerza de internet es el llamado “principio de neutralidad de la red”, que se traduce en que ningún nodo de la red, ni ningún contenido, será priorizado frente a otros. De esta forma, desde el punto de vista de internet, tiene la misma prioridad el New York Times que el más humilde blog.

Internet es una red de redes, y no tiene ningún centro. Esta es su característica principal, su gran propuesta alternativa. Los efectos de este espíritu igualitario están a la vista: mayor difusión de noticias alternativas (ej. WikiLeaks), problemas de la industria cultural para controlar la cultura, productos de gran complejidad creados de forma colaborativa (ej. Wikipedia, GNU/Linux), etcétera.

En todo caso, para los más jóvenes, y muchos no tan jóvenes, internet es esencialmente las redes sociales, y sobre todo, Facebook, Twitter y Tuenti, a las que acompañan otras como YouTube, Flickr, etc. Son el punto de partida para entrar en internet, y poco a poco se va convirtiendo en su espacio social real; quedar fuera de las redes significa la marginación social. Las redes sociales son la nueva “plaza del pueblo”.

Es mucho lo que se ha escrito y descrito sobre las redes sociales. En este artículo vamos a centrarnos en un elemento específico: su relación con la transformación social.

Desde este punto de vista, los efectos de estas redes son muy visibles. Las redes sociales son un claro punto de acceso de muchos jóvenes a determinadas causas sociales; pero este acceso da lugar a un determinado activismo. Mediante las redes sociales se crea un compromiso más débil con las causas sociales que la militancia tradicional; pero, a cambio, es mucho más masiva. Es lo que algunos autores llaman el “vínculo débil”, la “multitud”, etc.

Buena parte de la izquierda tradicional no comprende bien la fuerza de este nuevo agente social. Acostumbrada a las grandes cosmovisiones e ideologías fuertes y consistentes, y a la creación de sólidos grupos de militantes, no ve con buenos ojos a estos miles de jóvenes que se movilizan individualmente por causas puntuales, sin un gran análisis de fondo. Sin embargo, estas redes son el germen de nuevas formas de actuar políticamente. El ejemplo y prototipo más claro lo tenemos en la preciosa revolución (inacabada) de la plaza Tahrir de El Cairo, donde una multitud sorprendentemente plural invadió pacíficamente las calles, unidas por un único objetivo: derrocar al tirano.

Estas nuevas estrategias pueden ser desconcertantes para quienes conciben el cambio social como la toma del poder político (de forma electoral o militar): a diferencia de las antiguas estrategias, se orientan hacia fines muy específicos y concretos; se basan en una adhesión personal, no grupal, a la causa; se orientan más a la acción que a la teoría; son plurales y tolerantes por definición; son mejores “derrocando dictadores” que proponiendo alternativas; y sobre todo, son demoledoras cuando alcanzan una determinada masa crítica.

Sin duda, en los próximos años vamos a ir viendo más ejemplos de esta forma de acción socio-política. Por ahora, el activismo en las redes sociales se dirige especialmente a la protección de la libertad en la propia internet: podemos destacar que en España, el punto de inflexión lo ha marcado la aprobación de la injusta Ley Sinde, que ha generado campañas como #nolesvotes; o, a nivel más global, las acciones del peculiar y caótico movimiento Anonymous, que ataca virulentamente a los servidores informáticos de empresas e instituciones consideradas represoras de internet. Pero los objetivos de estas acciones surgidas de las redes sociales irán ampliándose con el tiempo.

Por otra parte, también distorsionan la realidad quienes idealizan las redes sociales y ven una “sustitución” de las antiguas formas de compromiso social. En Egipto, sin duda, las redes sociales han ayudado a llevar a miles de jóvenes a las calles, pero la base organizativa inicial han seguido siendo determinados colectivos sociales y religiosos bien organizados. Y han seguido siendo necesarias algunas personas con fuertes compromisos con la causa, que arriesgaron la vida para detener a los tanques en la calle.

Ambas estrategias, la de las redes y la de los colectivos militantes, no son excluyentes una de otra. Al contrario, pueden reforzarse mutuamente si se dan las condiciones. Las redes sociales también colaboran a la multi-militancia, en la que una persona puede estar fuertemente comprometida con uno o dos colectivos, pero estar presente en muchos más. De esta forma, cada persona puede convertirse en una red de contactos por sí misma, e incrementar el diálogo entre diferentes causas sociales; esto es algo esencial para estos tiempos de cambio que nos ha tocado vivir.

Obviamente, las grandes élites se han dado cuenta hace tiempo del potencial y el peligro que supone internet y las redes sociales, y se han creado iniciativas bien organizadas para controlar las redes. Vamos a detallar a continuación algunas de las formas en que lo realizan.

En primer lugar, hay que destacar que, mientras que internet no tiene dueño, las redes sociales sí lo tienen, y el dueño normalmente es norteamericano, incluso en el caso de la muy española Tuenti. Uno puede crear en internet un blog y tener el control total sobre él, tanto técnico como de contenidos; eso no es posible en las redes sociales, donde el aspecto técnico es invisible para el usuario, y los derechos sobre los contenidos (fotos incluidas) en muchos casos son cedidos a la empresa. Eso aleja el control ciudadano sobre la propia red, en concreto de casos de censura (que ya se han dado) o de utilización no deseada de los datos publicados por cualquier persona.

Las redes sociales, efectivamente, son una fuente de información excelente tanto para las administraciones como para empresas. Se ha desarrollado toda una rama de la informática, llamada Minería de Datos, que provee de complejísimos algoritmos para obtener a partir de grandes bancos de datos información detallada sobre cualquier asunto que se desee, sea lícito o no.

Por otra parte, las redes sociales, pese a su nombre, están pensadas para utilizarse individualmente. Aunque existen facilidades para crear grupos, son muy pocas las herramientas colaborativas que se ponen a su disposición. Por eso, Twitter y Facebook siguen “enlazando” a blogs creados ad hoc por los propios activistas para causas concretas.

Las redes sociales crean una especie de “gran asamblea”. Y, como cualquier activista sabe, las asambleas grandes, en las que no hay colectivos de tamaño intermedio, pueden ser fácilmente manipulables. Un informe reciente afirma que casi la mitad del contenido total de Twitter lo escribe un 0,1% de sus usuarios. También es conocida la organización de pequeños ejércitos de usuarios-robot entrenados por colectivos fundamentalistas o con mucho dinero (especialemente en EEUU, Israel, etc.), para influir políticamente en los contenidos de las redes.

Por último, debe prestarse atención al hecho de que, en los países pobres, hay una brecha digital que deja en manos de las clases más altas el acceso a las redes sociales. Quien posee una BlackBerry tiene más fácil publicar en Twitter. Este hecho nos hace sospechar de algunas supuestas “revoluciones Twitter” que se han dado en los últimos años. También hay una clara brecha por género, aunque se está reduciendo año tras año.

Sin embargo, en general, los jóvenes de hoy en día, en todo el mundo, sea cual sea su procedencia o clase social, viven y respiran en las redes sociales con naturalidad pasmosa. Las redes les enseñan una manera de relacionarse, de comunicarse, de informarse de lo que pasa y de “mojarse” con las causas que les parecen justas, junto a otras personas. Si la juventud es el futuro, no podemos perder de vista su manera, diferente a otras, de observar la realidad y zambullirse en ella. Algo nuevo está viniendo.

LA WEB 2.0: HERRAMIENTA Y RETO

Cristina Ruiz Fernández

Exodo 108 (marz.-abr.) 2011
– Autor: Cristina Ruiz Fernández –
El potencial de las redes sociales como canal de comunicación horizontal y participativo
 
Anadie se le escapa que Internet ha provocado que cambien, en las últimas dos décadas, innumerables aspectos de nuestras vidas cotidianas y del conjunto de la sociedad. Desde el modo de comprar un billete de avión hasta las reuniones de alto nivel en gobiernos o empresas, pasando por las conferencias de un lado a otro del mundo, los ritmos de trabajo e incluso las estructuras mentales a la hora de leer y escribir.

Ese cambio ha ido más allá, especialmente en el último lustro. La revolución la han provocado los sistemas de autopublicación y gestión de contenidos conocidos como CMS (por las siglas en inglés Content Management System). Estos sistemas hacen posible que cualquiera, con unos conocimientos mínimos de informática, pueda publicar sus escritos o imágenes de manera rápida y sencilla.

Nacen así las páginas personales, los foros y los cuadernos de bitácora modernos –conocidos como blogs– que han provocado un cambio en el paradigma de la comunicación. Ya no existe un solo emisor del mensaje, sino que cualquiera –con tal de que tenga un ordenador con acceso a Internet, cosa que no siempre se cumple en los países empobrecidos del Sur– puede convertirse en emisor y crear discurso público, con mayor o menor audiencia.

Un paso más allá son las llamadas redes sociales, la famosa web 2.0. Actualmente las que están en boga son: el omnipresente Facebook, el cada vez más poderoso Twitter y varias más, que tienen mayor éxito en unos países que en otros; Tuenti en España; Orkut en América Latina y especialmente en Brasil; LinkedIn, especializada en contactos profesionales… Hoy son estas y mañana serán otras, puesto que se trata de un mundo en constante movimiento y avance.

COMUNICACIÓN HORIZONTAL

Lo importante no es la red social “de moda” del momento, sino el cambio en el esquema de comunicación que se está produciendo y el ritmo al que podemos acceder a la información hoy en día. Se trata de una comunicación con una horizontalidad mucho mayor, en la que ya no somos espectadores pasivos, por ejemplo, ante una pantalla de televisión, sino que tenemos la posibilidad de comunicarnos de forma directa e inmediata con los medios, las marcas, las instituciones o los personajes públicos, prácticamente en un diálogo de igual a igual.

Otra cosa es la fuerza que esa comunicación pueda tener de facto aunque, cuando son muchas las personas que se unen espontáneamente en torno a un tema, sí se ha demostrado que es posible ejercer una presión real. Uno de los casos recientes ha sido la protesta –que se convirtió en un clamor en Twitter– contra la decisión de los eurodiputados de no volar en turista ni reducir sus dietas, pese a la crisis. Una cascada de críticas obligó a algunos políticos y partidos a dar explicaciones y reconsiderar su voto sobre este asunto en el Parlamento Europeo. Es solo un caso entre muchos que demuestran el poder creciente de estas herramientas que, como ya se ha repetido en numerosas ocasiones, también han tenido un papel clave en las revoluciones del Magreb en los últimos meses.

UN PATIO DE VECINOS GLOBAL

Además del carácter horizontal de este tipo de medios de comunicación, otro de sus aspectos más destacados es la forma en la que potencia el clásico efecto “boca a boca”. Es lo que recientemente se ha llamado “efecto viral”, ya que se extiende pasando de una persona a otra como un virus.

Son muchas las empresas que han aprovechado esa cualidad de las redes sociales para emprender campañas de publicidad originales y con resultados muy positivos. Para estas iniciativas virales la clave está en la confianza que depositamos en aquellas personas que conocemos. Si un artículo, charla, producto o idea nos viene recomendada por un amigo que es de nuestra confianza prestaremos mucha más atención que si nos llega sin referencias. Es la recomendación “de patio de vecinos” ampliada a un recinto mucho más extenso que el patio de nuestra casa, pero con las mismas características y resultados.

Por supuesto que estas nuevas herramientas de comunicación presentan problemas y limitaciones. Uno de los principales es su carácter efímero –algunos estudios cifran la “vida” de un mensaje enviado en Twitter en trece minutos–, otro es la apabullante cantidad de información, que puede terminar provocando una saturación y también una cierta desinformación por no poder abarcarlo todo.

Hay también quien critica el hecho de que estas herramientas estén controladas por grandes empresas, que manejan el discurso mundial. Otro punto negativo es, en ocasiones, la información falaz o poco contrastada que pueden difundir los usuarios, dado que estos instrumentos no están sometidos a las normas de la ética periodística. Pero, en contraposición a ello, son las propias personas que utilizan las redes sociales quienes ejercen un fuerte autocontrol, evidenciando los casos de manipulación y alzando su voz cuando lo que se dice no es correcto o no está contrastado. Un paradigma de ello es la enciclopedia colaborativa Wikipedia en la que cualquier internauta puede escribir libremente y donde, desde el trabajo voluntario, miles de personas trabajan para contrastar y corregir los datos que se publican.

¿Y EN LA IGLESIA?

Aunque a menudo la Iglesia católica presenta resistencia a los avances de la sociedad, en el caso de las redes sociales sí se están llevando a cabo intentos tímidos y, fundamentalmente, desde la Iglesia más institucional. Esto plantea un reto, porque la horizontalidad y la libertad de expresión que caracterizan este ámbito no suelen ser rasgos frecuentes en la iglesia jerárquica.

Hay posturas encontradas y, mientras Benedicto XVI bendijo las redes sociales e instó a los cristianos a unirse a ellas el pasado mes de enero en su mensaje para la 45ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, Antonio María Rouco las estigmatizó diciendo que “propician un estilo de vida virtual, vacío de encuentros y relaciones verdaderamente personales”. Opiniones contrastadas, pero ambas coinciden en otorgarle importancia a estas herramientas, que cuentan con un gran poder de influencia.

Por este motivo, eventos como la Jornada Mundial de la Juventud no han dudado en potenciarlas y, a la fecha (en la fecha) de redacción de este artículo, contaban con más de 245.000 seguidores en las páginas de los distintos idiomas en Facebook, 120.000 de los cuales en la versión en castellano, 43.000 en la versión en inglés y 12.000 en la versión en francés, por citar algunos idiomas, aunque hay unos veinte más (desde el tagalo al árabe o al checo).

También los grupos de presión vinculados a los sectores más conservadores están haciendo uso de estas herramientas, muy especialmente de los blogs que se abren como tribunas de opinión para las voces más reaccionarias. En ocasiones bajo el anonimato y en otras con nombre y apellidos, las bitácoras en Internet se están convirtiendo en amplificadores de los movimientos de derecha en cuestión religiosa.

Sin embargo, la Iglesia de base y los movimientos sociales más críticos en su seno tienen más dificultades para desarrollarse y contar con una presencia fuerte en el ámbito de las redes sociales. La falta de presupuesto y de dedicación temporal son las dos causas principales, así como la poca presencia de jóvenes que puedan manejar con más facilidad estas herramientas, aunque, con un poco de dedicación y mente abierta, hay personas de más de 90 años manejando blogs y perfiles en Facebook.

Se trata de una herramienta cuyo potencial, en este sector, se está desaprovechando y que se debería fomentar como instrumento para tener voz y para alzarla. Para aprovechar esa viralidad que pueda extender el Reino de Dios y el mensaje de Jesús, al tiempo que para visibilizar otro tipo de Iglesia abierta, dialogante y progresista.

BOLIVIA: ¿LIBERTAD DE EXPRESIÓN O LIBERACIÓN?

Alejandro Dausá

Exodo 108 (marz.-abr.) 2011
– Autor: Alejandro Dausá –
 
Bolivia, año 2008. Transcribo palabras textuales de un presentador de televisión: “… En la Santa Biblia está… el diablo, satanás, la bestia está sobre Bolivia… los israelitas estuvieron en cautiverio siglos pero al final de cuentas el Padre todopoderoso, Jehová, condujo a su pueblo a un lugar donde vivieron con plena autonomía… ahí nace la palabra autonomía, cuando el pueblo de Dios buscaba su liberación, su autonomía… igual está sucediendo con Bolivia…”. Sigue: “… en Rusia ¿saben qué hacían con los viejos y las viejas? los mataban y los hacían jabón, en China comunista igual, en Cuba también. ¿Por qué los mataban a los viejos y a las viejas? ¡Porque eran una carga para el Estado! ¡Ese es el destino de nuestros abuelitos y abuelitas!… Un odio de quinientos años que esta raza maldita del occidente, aymaras y quechuas han guardado en su corazón y en la sangre por generaciones; un odio hacia nosotros los cambas, los mestizos, y ahora pretenden destruirnos matándonos…”.

Esas manifestaciones pudieran parecer pintorescas, si no fuera porque atizaron graves situaciones de violencia. Es conveniente recordar que el concepto autonomía fue uno de los principales estandartes de grupos opuestos al proceso de cambio, cuyas estrategias incluyeron un proyecto secesionista, una masacre de campesinos en el oriente boliviano, la destrucción y saqueo de numerosas instituciones, y el financiamiento de un grupo de mercenarios con reconocida experiencia bélica en Bosnia. En esa coyuntura histórica, una singular comprensión de la libertad de expresión fue manipulada por poderosos medios de comunicación para alentar y justificar diferentes ejercicios de disciplinamiento contra sectores populares. Por ejemplo, en plena plaza principal de la capital del país se montó un espectáculo vergonzoso, con campesinos maniatados, azotados y obligados a arrodillarse para renegar públicamente de su adhesión al presidente Morales. Solaz para las cadenas televisivas, que repitieron una y otra vez las imágenes, a modo de amenaza.

No es casual que en Bolivia el concepto “libertad de expresión” sea utilizado como divisa por el monopolio mediático. Hasta la década de los ´80, un porcentaje importante de medios estaban en manos de la iglesia católica y unas pocas familias propietarias de periódicos. Sin embargo, con la implementación del modelo neoliberal, empresarios de diferentes rubros comenzaron a invertir en ese ámbito. Hoy la iglesia sigue ocupando el primer lugar, pero surgieron además cinco o seis grandes emprendimientos multimediáticos. Aunque la Constitución señala en su artículo 107 que los medios “no podrán conformar de manera directa o indirecta monopolios u oligopolios” no se ha elaborado aún una ley de medios, y casi todo sigue igual.

En lo que sí se ha logrado avanzar es en la ley contra el racismo y toda forma de discriminación, aprobada a finales del año 2010 con fortísima resistencia de la mediocracia, que organizó movilizaciones, huelgas de hambre de periodistas empleados en sus empresas, campañas millonarias, levantamiento de firmas, así como numerosas gestiones de denuncia en instancias internacionales, apelando de nuevo al manido argumento del “atropello a la libertad de expresión”. En realidad, ven peligrar parte de su aparato disciplinador, esto es, la ofensiva simbólica imprescindible y la licencia ilimitada para la instalación de imaginarios colectivos orientados a mantener subordinadas a las mayorías del país. El rechazo de los oligopolios no se produjo tanto como reacción a posibles medidas de control y resguardo ante expresiones discriminatorias, sino como respuesta exasperada al resquebrajamiento de uno de los fundamentos históricos, raigales y más sólidos del colonialismo: aquel que se ocupa de humillar abierta o solapadamente a determinados grupos y clases sociales, a fin de mantenerlos hundidos a partir de su presunta incapacidad irremediable.

Hay que recordar que en Bolivia funcionó históricamente un sistema de castas que naturalizó el sometimiento de grandes grupos humanos, a los cuales se les convencía de su inferioridad natural (y por lo tanto, de su natural obligación para con las élites de poder).

Se confunde aviesamente libertad de expresión con libertad de prensa y libertad de empresa, en particular cuando la primera comienza a ser reivindicada por campesinos e indígenas, que simultáneamente cuestionan las pretensiones totalizantes del empresariado mediático.

La libertad de expresión no existe como un ente etéreo, o como un valor aséptico, ajeno a estructuras, posibilidades materiales de ejercerlo e intereses sectoriales. Al respecto, vale citar las reflexiones del teólogo boliviano Miguel Miranda ante el embate de los monopolios mediáticos contra la ley antirracismo: “… En suma, tras esta cruzada de ´defensa de la libertad de expresión´ sólo está camuflándose la defensa del monopolio y la hegemonía en la producción y reproducción del imaginario dominante de símbolos, ideas y representaciones de la realidad social por una clase social dominante. La hegemonía del poder mediático en manos del gran capital. La ´libertad de expresión´ en boca de las clases dominantes sólo es pretensión de ´libertad irrestricta´ para las empresas de información y comunicación social. Es la pretensión de dominio absoluto en el ámbito de la producción y reproducción del imaginario social. A ese poder irrestricto la mencionada Ley pone unos límites concretos. Los límites que marca la emergente conciencia de la dignidad de todas las personas y grupos sociales en el país, en un momento histórico en que las fuerzas progresistas queremos empujar a dar un salto cualitativo en el proceso de descolonización y democratización”.

No es casual que en el corazón de los procesos de transformación social que experimentan algunos países de América Latina aparezca el tema de la democratización de la comunicación. Tampoco es fortuita la reacción de los medios hegemónicos, que en numerosas ocasiones funcionan como partidos de oposición a los cambios. El ejercicio de “pronunciar el mundo”, tal y como sugería Paulo Freire, se convierte en un campo de batalla de primer orden.

LO QUE ES MEJOR QUE NO SE VEA

Pablo Elorduy

Exodo 108 (marz.-abr.) 2011
– Autor: Pablo Elorduy –
 
El autor, del colectivo editor de Diagonal, reflexiona en torno a los ejes de la comunicación y los medios. El pasado 3 de marzo, el periódico quincenal Diagonal (www.diagonalperiodico.net) cumplió 6 años.

Diagonal quizá no es el periódico más apropiado para diagnosticar el estado actual de la libertad de expresión. Un periódico con pocos medios como el que hacemos tiene dificultades para expresarse libremente en la medida en que su repercusión, aunque crece, es escasa. El muro, o como se le quiera llamar, que blinda a los grupos mediáticos y excluye al resto del panorama de la comunicación, o la expresión, en este caso, separa a unos y otros, se delimita de modo preciso aquello que la gente puede ver y aquello que es mejor que no vea. No hay apenas prohibiciones, pero hay trabas, silencios y confusión. Tan pronto Gadafi es uno más, y así se trataba su nombre cuando aparecía en las páginas salmón, tan pronto se convierte el objetivo y se le bombardea con las mismas armas que aparecen en las páginas salmón. Una confusión, hecha efectiva mediante la descontextualización de problemas y malas noticias, en la que está metida la sociedad en su conjunto: aquello que somos.

En este ruido, se puede decir prácticamente todo, por eso es ruido. Internet y las redes sociales son las nuevas formas de acercarse a aquello que está pasando, desde lo macro hasta lo pequeño. Seguramente, desde el punto de vista tecnológico, nunca ha sido más fácil hacer un periódico; sólo desde el punto de vista tecnológico, claro. La dificultad que tenemos que superar es la de definir aquello que no va a contribuir a generar ruido, a obturar más si cabe las redes de comunicación. En eso estamos, y en ese camino nos topamos con que, de vez en cuando, sí que hay cosas que no quieren que contemos. Ha pasado con los controles de identidad racistas que los fotógrafos de Diagonal han mostrado a la opinión pública en nuestras páginas y en la exposición Fronteras Invisibles. En el caso de Edu León, los nervios de determinados agentes ante la presencia de un cámara de fotos han bastado para que este reportero haya sido agredido y llevado a juicio.

Los medios son un reflejo de lo que pasa, en último caso, y lo que pasa a menudo tiene que ver con la ausencia de redes, de puntos de encuentro, en definitiva, de comunicación Sin resignarnos a ser una mera contraposición a los grandes medios de comunicación, la labor de nuestros medios tienen su propia apuesta organizativa y comunicativa. El fin de un proyecto como el nuestro debe ser la consolidación y creación de redes que dejen indicios en el camino para otras redes, presentes y futuras, para cambiar un sistema que condena a unos y ensalza a otros, un 1% escaso, que tiene derecho a todo contra todos. Recuperar la noción de lo que es común debe ser uno de los objetivos, no de los medios, sino de todos los movimientos que se oponen a la lógica que justifica la guerra y el calentamiento global para que unos pocos podamos seguir viviendo un sueño que se acaba. Nuestros periódicos, radios, web, revistas, etc. serán lo que nosotros queramos que sean. John Downing, teórico y activista de la comunicación alternativa, nos explicaba hace ya casi un año en Diagonal que “los medios comunitarios no son sólo un producto de los movimientos sociales sino que también los nutren, incluso cuando se encuentran en una de sus fases subterráneas”.

Dentro de esta era de la información cibernética, que facilita la proliferación de medios diferentes a los empresariales y donde es más fácil romper su cerco informativo, proyectos que no se pueden considerar alternativos, como Wikileaks, sufren también las consecuencias de la lucha por publicar información que no proviene de ningún servicio de prensa, ni es filtrado por intereses electorales de cara a la siguiente llamada a las urnas. Sin tantas fuentes como Wikileaks pero formados por una base militante, nuestro periódico y otros proyectos parecidos en el Estado Español como La Directa en Catalunya o Novas de Galiza, por citar aquellos que se imprimen en el papel, salen a la calle gracias al apoyo de quienes intentamos formar redes, defender lo común, apoyarnos mutuamente. Muchas más personas de las que hacen el periódico, quienes se manifiestan contra la guerra y nos lo cuentan, quienes denuncian la especulación de turno, quienes se ríen con los chistes o se ponen a pensar con los debates o con un artículo. Pensándonos como vecinos, como colectivo, y no desde la individualidad y el subjetivismo, tendremos ganado mucho como sociedad, y podremos ejercer de otro modo, sin tanto ruido y con más alegría, eso que llamamos libertad de expresión.

LIBERTAD DE INFORMACIÓN Y OPINIÓN EN LA IGLESIA

Pedro Miguel Lamet

Exodo 108 (marz.-abr.) 2011
– Autor: Pedro Miguel Lamet –
 
El siglo XX ha sido el siglo de las comunicaciones. El XXI ya es el de la comunicación instantánea y a la carta. Estamos asistiendo a una revolución que remueve los cimientos del mundo, que se cuela en nuestras propias casas y, aunque potencia el intercambio, amenaza en cierto modo con vaciarnos el cerebro. El mando a distancia y el ordenador, con su acceso a Internet, los videojuegos y la aldea global están transformando nuestras costumbres y especialmente las de los más jóvenes, y también, sobre todo por medio de la televisión, la de los más pobres, débiles y manejables.

Por un lado está la globalización, ese proceso generalizado de interdependencia económica como consecuencia de la apertura de las economías nacionales al exterior y de la consiguiente internacionalización de los mercados, tanto de bienes como de servicios, noticias, modas y opiniones.

Desde el punto de vista político todo ello está suponiendo una amenaza de hecho a la democracia como tal. Mientras la eficacia y el crecimiento económico son los únicos raseros que cuentan para medir las actividades humanas, un mundo internacionalizado aleja las decisiones de las bases sociales y la participación ciudadana.

Es evidente que hoy día el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial o las Agencias de Calificación Financieras restringen las opciones democráticas de los pueblos en materia económica y social. Así las cosas, los bancos, los especuladores y las instituciones financieras se convierten en los reales actores políticos.

Los Medios de Comunicación, la facilidad para viajar, la literatura, los deportes, todo contribuye a que cada vez el individuo esté más integrado en el mundo, y sienta que pertenece a una comunidad desterritorializada. Todo ello ha simplificado de tal manera el intercambio de ideas, ha pasivizado de tal modo al individuo, que surge por generación espontánea una galopante trivialización. Es el efecto basura. Y los ejemplos mediáticos más cercanos son los llamados programas del corazón y del famoseo o “Gran Hermano”.

LA NOTICIA RELIGIOSA

La pregunta obvia de un cristiano se repite cada día ante esta preocupante experiencia. “Esto ha cambiado. ¿Qué pasa? ¿Por qué ya no salen tantas noticias sobre la Iglesia en la radio, la prensa y la televisión?”. ¿Y por qué las que aparecen son precisamente las negativas, como la abrumadora acusación de pederastia? Los grandes medios laicos, salvando contadas excepciones de órganos informativos identificados precisamente con la derecha política, apenas hablan de lo que ocurre en la Iglesia.

Pero, pese a todo, el que tiene una buena noticia entre sus manos no puede contenerse y corre a los vecinos a decírsela.

De esta necesidad habló Jesús al referirse a predicar el Evangelio sobre las azoteas y a no ocultar la luz bajo un cacharro. Él mismo utilizó una barca o el monte para ser oído por la multitud. Sus discípulos viajaron conforme a las posibilidades de su época, hablaron en el areópago y ante los tribunales; llegaron a servirse de las instituciones romanas, y así nació el púlpito, símbolo de otras muchas tribunas que hoy transformaron los poderosos medios informativos y de comunicación.

Pero en los medios de masas los codificadores sufren mediaciones muy particulares.

En este sentido el periodista es el representante de un equipo humano que elige la forma y el contenido de los mensajes periodísticos, dentro de un abanico más o menos amplio de posibilidades combinatorias con finalidades semánticas dadas.

En este proceso, los periódicos y emisoras no sólo informan, sino que opinan sutilmente ya en la misma forma de titular, de situar en el espacio su información, de ilustrarla e incluso de calificarla. A ello contribuye la orientación política y económica de los dueños de cada medio, sus intereses, el de sus consumidores habituales, espectadores, oyentes o lectores.

LA ESTRATEGIA DE LA TELARAÑA

Hoy la situación se ha agravado con los grandes medios u oligopolios de comunicación, que pueden manejar y manipular las noticias con un alcance mundial. El poder político puede convertir un trust de comunicación en un instrumento de sus intereses. Sólo la libertad de expresión y el sano combate de las ideas de diversas tendencias, propias de la sociedad democrática, pueden contrarrestar el poder de los monopolios.

La maraña provocada puede embotar al consumidor, acosado de informaciones, pero también le permite mayor libertad de elección. Es muy distinto dejarse influir por el El Mundo, Abc, La Razón, Público o El País, los nuevos periódicos gratuitos, tipo Adn o Metro, la cadena COPE o la SER, una web o un blog particular y casi underground de Internet o la publicidad orquestada de una multinacional que se sirve de vallas publicitarias, cintas de vídeos, cd, dvd, lectores de mp3, teléfonos multitarea o anuncios en periódicos.

Frente a este sigiloso peligro de totalitarismo del exceso de consumo informativo, se da también en algunas comunidades sociales una dictadura rígida que no permite explícitamente el pluralismo de información por las conveniencias de los que detentan el poder.

En muchos medios basta con una llamada del presidente del Gobierno o de tal o cual ministro o banquero para parar, edulcorar o modificar un título o una noticia. El dinero, el poder político y los dueños del mundo –hoy es un hecho– tienen en sus manos los hilos de la opinión pública, que, con todos sus defectos y limitaciones, sólo cuenta con una rebaja, la de la libertad democrática. Así se creó, por ejemplo, Green Peace, hoy si se quiere también convertida en un poder o un grupo de presión. O el movimiento del 0,7, Manos Unidas, ONG, movimientos antiglobalización y tantas asociaciones o grupos que han conseguido crear opinión pública frente a los poderes establecidos.

LA RESPUESTA DE LA IGLESIA

Puede decirse que hasta finales de los años cincuenta no se despertó por primera vez en la historia de la Iglesia un interés específico por estos medios. Antes Gregorio XVI escribe Mirari Vos, donde dice que la libertad de conciencia es absurda, la prensa “execrable” y que “cada vez que aparece una novedad la Iglesia es golpeada por ella”. Pío IX piensa que una revista es un pequeño libro apresurado frente al que hay que defenderse porque no se somete a censura previa. Sólo León XIII les dice a los periodistas “Pido vuestro auxilio”.

En 1957 aparece la encíclica Miranda prorsus de Pío XII, que comienza a ocuparse explícitamente “de los nuevos modos de radiodifusión, cinematografía y televisión”.

En 1965 se clausura el Concilio Vaticano II, que elabora el decreto Inter mirífica. Luego aparecerían documentos como la Communio et Progressio, la Evangelii Nuntiandi, Aetatis Novae y la Redemptoris Missio que enfocan desde un ángulo positivo las comunicaciones sociales.

La Conferencia de Metropolitanos ya creó una Comisión de Prensa, y la Conferencia Episcopal Española instituye la Comisión de Medios de Comunicación propiamente dicha a primeros de marzo de 1966. Un aspecto especialmente dominante en sus mensajes es la formación del usuario y el influjo de los medios en la familia, además de las reivindicaciones de la Iglesia en cumplimiento de los Acuerdos Iglesia-Estado. Recientemente Benedicto XVI ha dicho que “la búsqueda y presentación de la verdad sobre el hombre constituyen la más alta vocación de la comunicación social”.

LIBERTAD DE INFORMACIÓN, SECRETISMO Y EVANGELIZACIÓN

“No hay en el mundo señorío como la libertad de corazón”, decía Baltasar Gracián. La libertad de expresión e información es anterior a un corazón libre, es un derecho de la persona. “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.” (Declaración Universal de Derechos Humanos, Artículo 19).

Pío XII llegó a decir que incluso era necesaria una opinión pública en la Iglesia, lo que supone un contraste de pareceres y sobre todo libertad de información.

El Vaticano II defiende en la Lumen Gentium la libertad de opinión de los fieles ante la jerarquía (n. 119). El decreto Inter mirífica habla de este derecho humano (n. 5).

El propio Juan Pablo II en un discurso a los periodistas de 1986 dice que el periodista debe ser “el hombre de la verdad”, y añade: “Es necesario tener el coraje y la sinceridad de proclamar abiertamente que todas las formas de deformación y falsificación constituyen una verdadera y propia desnaturalización del periodismo”.

Mi experiencia profesional es que una vez más la Iglesia no siempre cumple institucionalmente lo que predica.

EXPERIENCIAS DE UN INFORMADOR

1. EL VATICANO II Y EL FRANQUISMO

Mi primer artículo fue publicado en los años 60 en la primitiva Vida Nueva. Aquel trabajo, un símbolo de lo que sería mi trayectoria como periodista, consistía en una encuesta en la calle sobre el Concilio que alboreaba. Eran los tiempos del disenso y la contestación, donde por primera vez la gente podía expresar libremente lo que pensaba.

Durante los años sesenta y setenta, cuando la revista Vida Nueva daba cuenta de la maravillosa y refrescante aventura del posconcilio, la censura franquista miraba con lupa cuanto escribíamos en Vida Nueva a través del Ministerio de Información y Turismo (Manuel Fraga). Había que enviar diez ejemplares de la revista al Ministerio, donde daban el visto bueno para que el número saliera a la venta y a los suscriptores. Siendo director José Luis Martín Descalzo la revista llegó a ser mutilada, materialmente despojada de su información política. Viví por entonces otra anécdota reveladora: Hace aproximadamente treinta años conducía yo, con el entonces dominico Andrés Barriales, un espacio informativo en la cadena COPE, aquella balbuciente red de emisoras de la Iglesia, que se caracterizaba por hacer un esfuerzo de denuncia social y pluralismo.

Recuerdo que en uno de aquellos espacios informativos conectamos con Radio Vaticano, la emisora del Papa, para dar cumplida cuenta de las noticias del día en la Ciudad Eterna. Pregunté al entonces responsable del programa español, Ricardo Sanchís, qué opinaba el general de los jesuitas, Pedro Arrupe, de un súbdito suyo, que se encontraba en Valencia encarcelado por el régimen. Sanchís replicó: “El padre Arrupe dice que si la cárcel es por el Evangelio, bendita sea la cárcel”.

2. PONTIFICADO DE JUAN PABLO II.

a. El caso “prelatura”

Pasaron los años y curiosamente los problemas para la libertad comenzaron a proceder del interior de la Iglesia.

Ya dentro del pontificado de Juan Pablo II, un buen día llegó a nuestra redacción un manojo de papeles, sin remite. Al abrirlo, pudimos comprobar por sus membretes que eran cartas de altos dicasterios vaticanos sobre un tema secreto y tabú: El proyecto de erección en Prelatura Personal del Opus Dei. El entonces director de la revista, Bernardino M. Hernando, de acuerdo con la redacción, decidió que el pueblo de Dios debía conocer la intención del Opus de convertirse en prelatura. Pero alguien debió enterarse antes de que apareciera publicado y dio “el chivatazo” a las altas jerarquías del Opus.

Lo que se organizó no puede ser resumido en unos breves párrafos. Miembros de la Obra fueron a arrodillarse a los pies de varios cardenales, a superiores generales de órdenes religiosas, y en definitiva a la casa editora de Vida Nueva, PPC, para impedir que aquel texto saliera. Al final la casa editora obligó al director a que fuera retirado, literalmente arrancado, el “pliego” o dossier en que se contaba la noticia bomba. Pero a los que presionaban aquella vez el tiro le salió por la culata. Vida Nueva ya tenía impresa la portada con el título: “El Opus Dei quiere transformase”. Y entre paréntesis “jurídicamente”. Encartada en aquel número iba una octavilla impresa que decía que la revista aparecía mutilada “en contra de la voluntad del director y de los redactores de Vida Nueva”. Al día siguiente un diario de mucha mayor difusión, El País, contaba ampliamente la historia que había sido censurada en el semanario católico. La Oficina de Información del Opus continuó desmintiendo la noticia hasta que al cabo de los años, tal como informamos, el Opus Dei efectivamente se convirtió en prelatura personal.

Aquello fue un antecedente de lo que vendría después. El pontificado del papa Wojtyla se esforzó en controlar la libertad de expresión y opinión dentro de la Iglesia esforzándose en uniformar la teología, el catecismo, la enseñanza religiosa y los medios de comunicación de la Iglesia. Después supimos que nos leían con lupa en Nunciatura y subrayaban en rojo los temas que concernían a la Teología de la Liberación, el celibato, la ordenación de la mujer, el Opus Dei, América Latina, la crítica a las instituciones y hasta los chistes. Curiosamente los chistes de Quique, Cortes o Nando, cuando trataban de Dios y los santos no creaban problemas, pero si incluían obispos, suscitaban en seguida la indignación y protestas de sectores oficiales.

b. El caso Luciani (1984)

Otro caso revelador. Un buen día llegó a mis manos un dossier sobre la prematura desaparición del papa Juan Pablo I, escrito por un sacerdote que trabajaba en la Comisión de Catequesis de la Conferencia Episcopal, Jesús López Sáez, que estaba muy preocupado por las extrañas circunstancias que rodearon la muerte del papa Luciani. Posteriormente este sacerdote ha publicado tres libros monográficos sobre el tema. La tesis de Jesús López en su artículo coincidía en línea generales con la de Yallop: Había muchas contradicciones en la muerte de Juan Pablo I y muchos cabos sueltos. Pensé que Vida Nueva debía publicar aquel informe como una opinión más. Y así lo hice.

Nunca pude imaginar que se iba a provocar tan tremendo revuelo. El obispo Antonio Montero, a la sazón presidente de PPC y de la Comisión de Medios, me llamó inmediatamente y me indicó que sin demora debía escribir una carta, como director, pidiendo perdón a la Santa Sede, pues era tanto como considerar al Papa actual encubridor de un asesinato. Escribí la carta en la que decía que ni por asomo había intención de ofender a nadie y menos a la Santa Sede y la llevé personalmente al nuncio.

Otro dato que explica la situación que se comenzaba a vivir en los medios de comunicación de la Iglesia se produce durante una visita Ad límina de los obispos españoles. Cuando el obispo Montero es presentado como presidente de la Comisión de Medios de Comunicación, el Papa le pregunta:

—Dígame, ¿Vida Nueva es de la Iglesia? _ —Bueno, propiamente es de un sodalicio compuesto por clérigos y seglares… _ —Y el Ya ¿es de la Iglesia?

El obispo vuelve a contestar que el rotativo madrileño pertenecía a los Propagandistas, pero que no es directamente propiedad de la jerarquía.

Juan Pablo II no quería medios de expresión y opinión pública en la Iglesia y de la Iglesia, sino de propaganda exclusiva del vértice de la Iglesia. Cuando se aproximaba la tormenta que acabaría definitivamente con la controlada libertad de expresión de la que disfrutábamos, el cardenal Enrique y Tarancón me decía: “Tú aguanta, no te vayas, que te echen y que te indemnicen”. Julián del Olmo, entonces redactor-jefe de la revista, solía decirme: “Convéncete, Pedro: Ya no se contentan con fidelity; quieren High fidelity.”

En 1987 fui destituido de director de VN. Escribí aquel día un artículo en El País en el que afirmaba que mi destitución era todo un símbolo de un nuevo periodo de catacumbas y autoritarismo dentro la Iglesia. Todo mi equipo acabó por dimitir y marcharse detrás. Lo que sucedió después en los medios de comunicación eclesiasles es bien conocido: la libertad de información y expresión en la Iglesia sigue hoy bantante hipotecada en los medios propios, y fuera la Iglesia ha perdido en los medios laicos mucha presencia como noticia. Debo añadir que pocos meses después Jesús López, el autor del dossier sobre Luciani, fue destituido de su cargo en la Comisión de Catequesis de la Conferencia Episcopal.

A mi salida de un medio religioso fui llamado a trabajar en medios laicos. El hoy desaparecido Diario 16 siempre me permitió —he de confesarlo— la libertad de expresión e información que nunca tuve en la Iglesia. Sin embargo poco a poco comenzaban a llegar las quejas de nunciatura a mis superiores religiosos. El nuncio Mario Tagliaferri me llegó a decir: “No entiendo cómo usted escribe esas informaciones. Me han dicho que es de buena familia y que incluso ha escrito vidas de santos”. Le contesté: “Monseñor ¿no es el Santo Padre el que defiende precisamente que los periodistas debemos contar la verdad? Si informo parcialmente, dígamelo y estoy dispuesto a corregir, porque la información no es algo estático, es un fieri. Pero, si cuento la versión de ambas partes en un conflicto, ¿no estoy sirviendo a la verdad y por tanto a Jesús?“.

c. El tabú de la salud papal

Publiqué un artículo sobre el Parkinson. Meses después el portavoz vaticano, doctor Navarro Valls, después de desmentirlo, tuvo que admitir con otro nombre técnico el hecho del Párkinson. “El papa tiene una enfermedad de origen piramidal”, dijo en Bosnia.

Pero el sector “papolátrico” pretendía mantener en secreto los cada día más evidentes problemas físicos de Juan Pablo II. El 23 de marzo de 1996 publiqué otro artículo reproducido en todo el mundo, donde hablaba de rumores en Roma sobre el cáncer del Papa (hoy puedo decir que mi fuente no era cualquiera, sino un religioso enfermero próximo al pontífice). Su delgadez y las posibles metástasis –escribía–, que explicarían la complicación ósea y las caídas, podrían corroborar la hipótesis del cáncer, probablemente originado tras el atentado y ulterior operación de colon. En opinión de no pocos observadores extraña la escasa transparencia de la curia vaticana en cuestiones de capital interés y sobre las que el pueblo fiel tendría el derecho de conocer toda la verdad.

Por aquellos meses aparecía mi biografía de Juan Pablo II Hombre y Papa, que molestó a algunos teólogos oficialistas. En ella recogía las diversas corrientes disidentes dentro de la Iglesia. Pero eso resultaba intolerable para la dominante corriente “papolátrica”, para quien el Papa por definición es el conjunto de todos los bienes sin mezcla de mal alguno y que desconoce simplemente la historia de la Iglesia, llena de santidad y pecado, grandezas y miserias. Tampoco aceptaban que previamente hubiera publicado otros libros, como mi biografía de Pedro Arrupe, donde se recoge la destrucción sistemática de una de las más importantes figuras de la Iglesia actual, y el proceder auténtico de un hombre libre y santo.

De nuevo vuelve a cerrarse el círculo, esta vez en torno a mis superiores de la Compañía de Jesús. Una carta nada menos que del “número dos” del Vaticano, cardenal Angelo Sodano, venía a decir: “Callen a ese jesuita que tanto daño está haciendo a la Iglesia”.

Opté por aceptar el silencio en temas religiosos para no verme obligado a abandonar la Compañía y, supuesto que la censura previa no es factible en un periodismo de elaboración casi instantánea, sugerí que me permitieran escribir de otros temas sociales y humanos. En realidad el Syllabus o “la verdad” impuesta desde arriba seguía vigente por encima de los derechos humanos, entre ellos la libertad de información y opinión, que representaba la Pacem in terris, una encíclica que pone al hombre en el centro de los derechos.

Con la llegada del papa-teólogo la libertad de información y expresión en la Iglesia ha mejorado. Es de agradecer que Joseph Ratzinger en sus propios libros sobre Jesús no quiera imponerse doctrinalmente como papa, sino, como él mismo ha dicho, ofrecer su opinión de un teólogo que además es papa. Se diría que actualmente, más que el pontífice son algunos obispos y conferencias episcopales los que amordazan con sus llamadas y prohibiciones a veces dictatoriales, y más en España que en otros países. Es más, el propio Benedicto XVI ha sufrido en propia carne la ambigüedad reinante en los medios y la explotación de sus palabras, como en el caso de su conferencia en Colonia o sus palabras sobre el preservativo, cuyo alcance mediático no llegó él mismo a sopesar.

Hoy asistimos a cierto periodismo católico servil y de propaganda, no en servicio a la verdad de lo que ocurre, sino a la verdad impuesta desde un dualismo teológico; no desde el concepto de Pueblo de Dios del Concilio, que también participa del Espíritu Santo. En una palabra, y como decía Shakespeare, “me pueden encerrar en una nuez, pero soy dueño de los espacios infinitos”.

LA TRANSMISIÓN DE LA BUENA NOTICIA

Pues bien, volviendo a la Buena Noticia, no puede escamotearse de este proceso contemporáneo. Los evangelizadores, hombres de Iglesia, pastores o predicadores son, quiéranlo o no, materia noticiable. Y no pueden argüir que son “materia reservada”, para huir de la información. Están en la sociedad y son tratados con las “leyes informativas”, que no miran las intenciones secretas, sino los hechos y su interés informativo, que los periodistas solemos llamar feeling periodístico.

El resultado es desgraciadamente muy ambiguo. La solución para evitar esta ambigüedad no está en crear medios de difusión “piadosos”. Nadie impide que se predique, por ejemplo, por la radio. Pero ésta exige un lenguaje peculiar, un lenguaje radiofónico. Una vez más la credibilidad está en la vida. La muerte martirial de los jesuitas en El Salvador o de los trapenses en el norte de África (admirablemente recogida por el film De dioses y hombres) alcanzaron un eco mundial. Estos hechos valían por sí mismos.

La Iglesia debe reconsiderar su lenguaje. ¿Es en sí misma para el hombre de hoy una buena noticia el ir por la calle con un ropaje negro como distintivo del evangelizador? ¿Saben los clérigos no ya comunicarse a través de los medios, sino simplemente expresar de forma convincente su predicación, su lenguaje habitual en la calle o en el bar?

Los obispos a veces se quejan de que son manipulados por los medios de comunicación, pero no son conscientes de que dan pie a esa manipulación por sus términos abstractos, trasnochados, decimonónicos, ininteligibles, ambiguos, condenatorios para los comunicadores y receptores de la información, especialmente los jóvenes.

Algunos obispos, como por ejemplo Helder Cámara, Pedro Casaldáliga o el cardenal Tarancón, supieron en su día encontrar el lenguaje y la credibilidad de sus mensajes. Ello requiere saber hablar para el hombre de hoy. Una reconversión cultural, que no se llevará a cabo mientras la Iglesia esté de espaldas o en lucha con la cultura contemporánea. Requiere pasar de una actitud a la defensiva a la postura del diálogo que inauguró el Concilio y que parece olvidada para muchos.

Eso no quita responsabilidad a los comunicadores y a los medios que sirven. Con la posible manipulación hay que contar siempre, porque habrá disidentes como los hubo en el pasado. Pero es demasiado fácil echar las culpas al mensajero cuando a veces ni siquiera hay mensaje.

Escribe Robert White: “Durante siglos una de las grandes tentaciones ha sido la identificación del reino de Dios con una nación triunfalista, con leyes y con un gobierno que supuestamente reflejan perfectamente el espíritu del evangelio. O si no se identifica con un estado, entonces se trata de identificar el evangelio con un movimiento político utópico o con un mito cultural. Inevitablemente, esto identifica el reino de Cristo con un reino de poder. Podemos decir lo mismo con respecto a la inculturación del evangelio en una cultura. Pensar que es posible crear una cultura o un sistema de significación que refleje casi perfectamente el espíritu del evangelio es buscar el poder cultural. Igualmente, pensar que podemos crear un ‘mass media’ que represente perfectamente el evangelio es una tentación. Un ‘poder estético’ es, tal vez, peor que un poder político”.

La tecnología y el progreso son, como todo en la vida, bienes ambivalentes. No buenos ni malos en sí. Depende del uso que le demos.

La información puede convertirnos en enanos mentales y teledirigidos como marionetas. Pero es al mismo tiempo el resorte que utilizamos para romper con todas las dictaduras que pretenden impedirnos pensar.

El hombre en su realización terrena, por su finitud y contingencia, no puede alcanzar toda la verdad. Pero la adquiere a retazos, en un proceso de aciertos y errores. Tiene pues derecho a ser informado y a informar.

En este juego de responsabilidades no excuso a los profesionales de la información y opinión: “Son tres las mayores tentaciones que pueden asaltar a los profesionales de los medios de comunicación –ha afirmado el vaticanista Luigi Accatoli, de Il corrriere della sera–: la del poder (servir al poder, o ligarse a una parte política para tener protección, o para favorecer los intereses de la propiedad), la de la audiencia (aumentar la difusión y ampliar el público que nos sigue para incrementar los ingresos publicitarios) y la del tiempo real (batir en rapidez a la competencia, descuidando la comprobación y profundización, para sacar una ventaja de imagen). La mayor de esas tres tentaciones es la de la audiencia, porque está ligada más directamente al beneficio comercial”.

En todo caso no creo, como tanto se ha dicho, que exista una campaña orquestada contra la Iglesia. Es evidente que en medio de un mercado libre donde la Iglesia ya no está protegida desde arriba ha surgido un neoanticlericalismo provocado en parte por los mensajes de la Iglesia jerárquica del “no a todo”. Todos vivimos dentro de un mundo cruel, competitivo y comercializado. La Iglesia es un factor más utilizado por unos y por otros en la batalla política. En este sentido la Iglesia no es la única víctima del deterioro al que asistimos de los valores tanto espirituales como humanos. Quizás su error ante el fenómeno del consumismo salvaje y la caída de los principios tradicionales es pretender encerrarse en sus cuarteles de invierno. Su única alternativa válida, también en este campo, sería en mi modesta opinión, aunque comporte riesgos, bajar de lo alto del castillo a charlar y beber un vaso con la gente y de igual a igual, en la plaza del pueblo, como hicieron su fundador y primeros seguidores en los albores del cristianismo. Como hizo Juan XXIII aquel día que pidió un trago a unos obreros que trabajaban en los jardines vaticanos. “Espera un momento –exclamó agitando el tinto– deja que prepare el vaso”. A pesar de ser Papa, nunca dejó de ser uno más.

LIBERTAD DE EXPRESIÓN: LA PALABRA EN DEMOCRACIA

José Antonio Pérez Tapias

Exodo 108 (marz.-abr.) 2011
– Autor: José Antonio Pérez Tapias –
 
DEMOCRACIA: DONDE LA CIUDADANÍA HABLA

No hay acción política sin palabra. Cuando en la vida pública no se abre paso un discurso en el que se explicite y articule el sentido de las decisiones por las que se rige, entonces dicha vida deja de ser propiamente política para situarse de suyo en el terreno de la “antipolítica”, de aquello que niega la política como tal, aunque se haya generado desde la política misma como distorsión o perversión de ella. Las dictaduras, como ejemplificación de la política que deviene antipolítica, dan muestras de un puro hacer que no requiere de palabras para dar cuenta de sí –otra cosa son las declaraciones incuestionables o las arengas dirigidas a masas condenadas a obedecer, cuya palabrería hay que clasificarla en el apartado del vocerío irracional–. Las reducciones de la democracia a tecnocracia, donde la voz del pueblo es despreciada para ensalzar la de los expertos, portadores de la única palabra pertinente para la gestión de lo público, constituyen otro caso de alienación de la palabra de una ciudadanía reducida a destinataria pasiva de una actividad de gobierno a la que de suyo no se la puede calificar de acción política. Ésta, como ya fue apreciado por los griegos cuando hablaron de praxis, necesita de la palabra de quienes la protagonizan como sujetos. Es inconcebible una acción política muda.

En democracia, la acción política requiere de la palabra de todos, al menos debe contar con la posibilidad de que cada uno pueda decir su palabra. La desacralización del poder y la secularización de la vida pública que la democracia supone implican la participación no sólo en los mecanismos de decisión sobre las cuestiones que afectan a todos, sino también, y previamente, en el debate público a través del cual se configura la voluntad colectiva que luego se plasma a través del ejercicio del voto, sea directamente o sea a través de los representantes libremente elegidos. Si la participación en la vida pública de quienes se tratan recíprocamente como ciudadanos, sujetos de derechos que han de ser salvaguardados y que están llamados a ejercer, exige el reconocimiento del pluralismo de “pensamientos, ideas y opiniones” que han de poder expresarse y difundirse libremente “mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción”, como expresamente se recoge en el artículo 20.1 de nuestra Constitución de 1978, es además porque al disfrute de esa capacidad le acompaña la convicción de que no hay una verdad absoluta que pueda imponerse a todos –correlato de la inexistencia de poder sagrado alguno, al que “religiosamente” haya que someterse–.

El pluralismo democrático que va con la libertad de expresión responde al “giro dóxico” que acompaña al logro de sociedades democráticas, es decir, al tránsito de verdades entendidas como universales y necesarias, por las que la vida colectiva habría de regirse, a verdades en todo caso ganadas a través del libre juego de las opiniones de los ciudadanos que, a falta de una autoridad con poder incuestionable, han de resolver mediante el consenso, y a través de inacabables disensos, lo que consideren las verdades que han de señalar el camino de su vida en común. Tal revalorización de la opinión (doxa) no implica un relativismo incurable, sino la negación de toda pretensión dogmática, condición sine qua non para que pueda haber construcción de sistemas democráticos, con la piedra angular de la libertad de expresión.

La opinión pública que, de manera sutilmente institucionalizada, ha de formar parte de la democracia en tanto “vía fluidificada” por la que, como dice Jürgen Habermas, también corre la soberanía del pueblo, es, no meramente el conjunto de opiniones heteróclitas sobre los más dispares asuntos de una población cuyos pareceres pueden ser objeto de análisis demoscópicos, sino sobre todo el juicio crítico operante por parte de una ciudadanía activa acerca de los asuntos que le importan. Como tal, y habida cuenta de ese sentido normativo del concepto de “opinión pública”, la opinión ciudadana relevante en la política de veras democrática es la opinión correspondiente a lo que Kant entendía como un “uso público de la razón”. De él depende la capacidad de darnos mutuamente razones de las posiciones defendidas en el espacio público, tanto para justificar las instituciones y procedimientos de los que en él nos dotamos para organizar la vida en común, como para dar cuenta del porqué de las decisiones que colectivamente adoptamos, las cuales no pueden sostenerse sobre la mera apoyatura de una mayoría numérica –por más que el ejercicio del voto, y la obtención de mayoría, sea indispensable en democracia–, sino que requieren la justificación razonada de aquello sobre lo que se ha deliberado y decidido. Es ese trámite el que reclama someterse los intereses, incluso los considerados legítimos, al filtro de la universalizabilidad, para poder argumentar que se pueden defender ante todos aun correspondiendo a una parte de la sociedad.

No cabe duda de que el ejercicio democrático de valiosa pluralidad de puntos de vista y de resolución argumentada de conflictos supone un indudable avance hacia esa sociedad en “proceso de ilustración” a la que Kant vinculaba el ejercicio crítico de la razón en su “uso público”. Para tan reputado filósofo de la Ilustración, adalid de la libertad de expresión, no es legítimo ningún poder externo que prive al hombre de la libertad de comunicar sus pensamientos en público, privándolo así de la libertad de pensar. Con la libertad de expresión va la libertad de pensamiento y de conciencia y el poder que no respete las tres no es digno de ser reconocido como legítimo; es un poder tiránico contrario a las exigencias de dignidad humana, la cual es lo que hay que respetar incondicionalmente cuando ya no es reconocible en el espacio público verdad absoluta alguna.

LIBRE EXPRESIÓN: BASE ÉTICA Y REGULACIÓN JURÍDICA, EN IDA Y VUELTA

Siendo, pues, la libertad de expresión tan fundamental para la democracia hasta el punto de que sin la primera no se da la segunda, podemos decir que en esa piedra angular de la democracia como sistema político –tal como la entendemos en el caso de las democracias constitucionales en las que el ser del Estado democrático va asociado a lo que entraña la condición de Estado de derecho– se hace patente, como desde Kant vislumbramos, el núcleo ético que la democracia implica. Éste no es otro que el respeto a la dignidad humana que se ve realzada en la condición del hombre como ciudadano, esto es, sujeto de derechos inviolables. La libertad de expresión tiene sus raíces en esa dignidad humana y desde esa matriz ético-política se constituye en piedra de toque de cualquier democracia que pretenda ser reconocida como tal. De suyo, si no concebimos un Estado democrático de derecho que no incorpore a su constitución o a su ordenamiento legal la Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, en la que el derecho a la libertad de expresión se recoge en su artículo 19, es por situar la dignidad humana indisolublemente unida a ese derecho cívico que no debe faltar en ninguna democracia que pretenda ser reconocida como tal.

El ejercicio de la libertad de expresión, siendo un derecho de los individuos, no hay que verlo limitado exclusivamente a la órbita de los comportamientos individuales. Hablamos de relaciones comunicativas en el seno de la ciudadanía y de los ciudadanos con las instancias de poder, hablamos de opinión pública, tanto desde un punto de vista descriptivo como desde otro normativo, hablamos de deliberación en torno a decisiones y justificación crítica de instituciones desde un “uso público de la razón”. Y todo ello requiere medios de comunicación, a través de los cuales no sólo han de tener cauce las opiniones de los individuos y de las asociaciones de todo tipo en que se integren, sino que también, y se puede decir que previamente, a través de ellos ha de fluir la información veraz y en el caudal suficiente para que la ciudadanía, desde el conocimiento de los hechos, pueda hacerse su composición de lugar y opinar con el debido fundamento.

Es decir, la libertad de expresión, que por un lado lleva aparejada la libertad ideológica y de conciencia –con su ramificación en la libertad religiosa–, por otro lleva consigo la libertad de prensa, así como las libertades cívicas de asociación, reunión y manifestación. Es todo ese conjunto de libertades el que reclama que la libertad de expresión, establecida desde una sólida base ética para desde ella desplegarse en el ámbito político, tenga a su vez una regulación jurídica para salvaguardar en primer lugar el derecho a ella, así como para asegurar el ejercicio del mismo a ciudadanos concurrentes en el espacio público en el que conviven, así como para clarificar y proteger las vías institucionales por las que puede ejercerse individual y colectivamente la libertad de expresión, así como para prever las situaciones conflictivas que puedan presentarse entre individuos y colectivos en el disfrute de un derecho cívico que es crucial, pero que no se afirma ni al margen de otros derechos, ni aisladamente respecto de los individuos, como si éstos vivieran cual islas en un océano social.

Dado que la calidad democrática de los Estados depende sobremanera de que haya una efectiva libertad de expresión, ésta es un bien jurídicopolítico de tal valor que la regulación legal del mismo ha de ser sumamente cuidadosa y encaminada en primer lugar a ampararlo frente a todo aquello que pueda socavarlo. Tanto es así que puede decirse que las democracias constitucionales que en verdad lo son arrostran los riesgos de los excesos que puedan cometerse en el ejercicio de la libertad de expresión antes que pasarse con medios de control que pudieran cercenarla. A ese respecto es sumamente indicativa la Primera Enmienda a la Constitución de los EEUU, donde se dice que “el Congreso no hará ley alguna que coarte la libertad de palabra o de imprenta”, y la historia a la que ha dado lugar, con sus regresiones y avances, la jurisprudencia derivada de ella.

Como el derecho a la libertad de expresión no se afirma en solitario, sino que se hace articulándolo con otros derechos de los ciudadanos, es fácil observar que, puesto que aquél se basa en la dignidad humana de quienes están llamados a la participación política –la vocación política hay que predicarla como universal en democracia–, lo que limite a la libertad de expresión por incurrir ésta en algún exceso que va más allá de lo que el derecho a ella permite ha de ser algo que igualmente tenga que ver de lleno con esa misma dignidad. Por ello, es el derecho al honor lo que se erige básicamente como contrapeso al derecho a la libertad de expresión, en tanto que las declaraciones públicas que de manera gratuita y abusiva dañen de manera grave la fama y buena imagen de otra persona no pueden verse recogidas bajo el alcance del derecho a la libertad de expresión. Dicho de otra manera, la calumnia no sólo es una conducta moralmente reprobable, sino que la legalidad de un Estado democrático de derecho, obligado a proteger también el buen nombre de los ciudadanos, la ha de contemplar en determinadas circunstancias como delito.

Por otra parte, si pensamos que una libertad de expresión no distorsionada por intereses espurios ha de conllevar un compromiso de veracidad, éste, siendo una condición ética para el ejercicio de ese derecho por parte de una ciudadanía cabal, en determinados casos también habrá que limitar el derecho a la misma para que la propia libertad de expresión no resulte totalmente pervertida por un uso envilecido de la misma a favor de ciertas mentiras. Siguiendo a Hannah Arendt en su defensa del valor de la verdad de los hechos –“verdad factual”– para una vida política digna, encontramos que la negación de la verdad de ciertos hechos como realmente ocurridos, más allá de las mentiras que un sistema político pueda soportar en su discurrir cotidiano a pesar de la desvirtuación de la política que ello pueda suponer, es incluso castigada penalmente como delictiva. Es el caso, por ejemplo, de la condena penal de ciertas manifestaciones de revisionismo histórico respecto al Holocausto nazi, negando la existencia de campos de exterminio donde fueron asesinados millones de judíos, como caso en los que la democracia debe protegerse a sí misma de una mentira corrosiva del compromiso de verdad sobre el que tiene que basarse y que atenta contra la dignidad de los ciudadanos y la memoria debida a las víctimas. La situación contraria es la de sistemas totalitarios que a la vez que niegan la libertad de expresión construyen su (falsa) legitimidad sobre la mentira organizada, aunque sea recurriendo a ese doble lenguaje que tanto criticó Orwell en su ficción antiutópica de 1984.

Los dos casos expuestos son extremos en los que el derecho penal ha de intervenir para limitar la libertad de expresión, aunque más exactamente habría que decir que lo hace para evitar distorsiones y perversiones en las que se prostituye dicha libertad de los ciudadanos. Es obligado procurar que dichas situaciones queden suficiente y claramente acotadas por las leyes, de manera que la libertad de expresión como tal no sufra recortes improcedentes. Si para esos casos que hemos citado vale considerar que se aplica a la libertad de expresión una especie de traslación de aquellos argumentos que por ejemplo Popper hizo valer a la hora de defender la intolerancia respecto a los intolerantes –es decir, en rigor la no permisividad respecto a quienes ponen en peligro las condiciones para la tolerancia–, también al hilo de ellos hay que traer una y otra vez a colación el famoso dicho de Voltaire en su Tratado sobre la tolerancia acerca de defender el derecho de cualquier ciudadano a decir lo que piensa, aunque uno no lo comparta en absoluto.

Por lo demás, no hace falta recurrir al derecho penal para esclarecer determinadas pautas conforme a las cuales ejercer la libertad de expresión de manera coherente con lo que supone la ciudadanía democrática. Si son criterios éticos insoslayables no incurrir en calumnia y mantener un compromiso de veracidad, a ellos hay que añadir un principio moral de prudencia cuya necesidad en nuestros comportamientos se acentúa desde el momento en que estamos metidos de lleno en una convivencia social sometida a circunstancias muy complejas. Puede ser ilustrativo al respecto la complementariedad de consideraciones hechas por Tzvetan Todorov, por una parte, y por Josep Ramoneda, por otra, a cuenta del famoso caso de las caricaturas de Mahoma publicadas en un diario danés y que tanto dieron que hablar e incluso que hacer, especialmente a la vista de las amenazas vertidas sobre el autor y el medio por parte del fundamentalismo islamista. Todorov, en su libro El miedo a los bárbaros, insiste con buen sentido en las necesarias dosis de prudencia que en casos como ése hay que aplicar, sin que eso tenga que venir dado por leyes restrictivas que impliquen algún tipo de censura. Ramoneda, en Contra la indiferencia, pone el acento en la necesaria defensa de la libertad de expresión por parte de los poderes públicos en casos como el comentado, por más que se piense que lo que desencadenó las injustificables amenazas uno no lo hubiera publicado por razones éticas, o estéticas, o de ambos tipos a la vez.

ENTRE LA MANIPULACIÓN MEDIÁTICA Y LA INDIFERENCIA SOCIAL: APARECE WIKILEAKS

La libertad de expresión, consustancial a la democracia, no sólo hay que defenderla desde su apoyatura ética y protegerla jurídicamente. Estamos obligados a dar la batalla política para sacarla adelante en las condiciones que una democracia cabal y una sociedad decente exigen. De poco sirve un planteamiento formalmente (ética y jurídicamente) inmaculado respecto a la libertad de expresión si luego los ciudadanos se ven de hecho muy recortados en la capacidad para ejercerla. No otra es la situación ante un panorama social en el que la colusión entre grandes poderes económicos y potentes grupos mediáticos apenas si deja espacio para que la ciudadanía pueda jugar su papel en la conformación democrática de la opinión pública. No la negación directa de los hechos, pero sí su escamoteo a través de una presentación interesada de los mismos, la cual en muchos casos se ve impulsada desde un cinismo político absolutamente descarado, es el problema al que se enfrentan ciudadanos mediáticamente desarmados ante quienes tienen fuerza para imponer su visión de las cosas y con ella la justificación ideológica de lo que sucede en el mundo. Los análisis acerca de la actual crisis económica que se han convertido en dominantes vendrían a confirmar este diagnóstico, corroborando el viejo dicho marciano de que las ideas dominantes –a la sazón, las de un neoliberalismo repuesto- son las ideas de la –ahora nueva– clase dominante.

Todos somos conscientes, sin embargo, de las nuevas posibilidades que han puesto en nuestras manos las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Internet y las llamadas redes sociales son cauces de comunicación que suponen medios y pautas nuevas no sólo en la libre comunicación entre individuos y grupos, sino en las maneras de hacer valer la libre expresión en el espacio público, esta vez en ese espacio público de una cultura digital que se extiende por todo el “mundo globalizado” a modo de ese omniabarcante Tercer Entorno del que hablaba el filósofo Javier Echevarría. Todo ello, unido a las posibilidades de una televisión ya también global –el caso de Al Yazira en las revoluciones democráticas del mundo árabe es, en sentido positivo, paradigmático–, así como a las de una telefonía con múltiples recursos incorporados –la fotografía desde un móvil de cualquier acto criminal, como es la represión de manifestantes en ciudades del Magreb o del Medio Oriente, es instrumento incontrolable de información y difusión de noticias–, brinda posibilidades inéditas para la libertad de expresión de los individuos en un nuevo ámbito de ciudadanía mundial. Aun así, no hay que apresurarse a echar campanas al vuelo viendo los intentos de controlar la red o las dificultades de ordenar la información que circula por ella para producir, tras comunicación efectiva, una consistente formación del juicio crítico de los ciudadanos. En cuanto a lo primero, valga como gigantesco botón de muestra las medidas del gobierno chino para impedir a sus ciudadanos el libre acceso a Google, inseparables de la grave quiebra de los derechos humanos que supone en China la constante persecución, represión y encarcelamiento de quienes hacen bandera de la libertad de expresión –desde Liu Xiaobo, Nobel de la Paz al que se impidió viajar a recoger el premio, hasta el artista Ai Weiwei, encarcelado también por sus críticas al gobierno–, cuando reivindican la democracia para su país o simplemente un desarrollo más justo y equilibrado de su crecimiento económico. Como escribe otro luchador por la libertad de expresión, Salman Rushdie, ésos y otros casos son los que desgraciadamente abundan cuando ciudadanos armados de coraje cívico “responden con la verdad a las mentiras de los tiranos” (El País, 25 abril 2011).

No obstante, las medidas de represión no son el único frente abierto contra la libertad de expresión. Hay otros que se sitúan en entornos sociopolíticos más apacibles. Uno de ellos es el que constituye ese “totalitarismo de la indiferencia social” al que el ya citado Ramoneda dirige su crítica. La banalización de todo tipo de mensaje a la que conduce la misma realidad de medios de comunicación en desaforada competencia, además de asfixiar el pluralismo en los brazos de una pluralidad viciada, alimenta la indiferencia de una sociedad modelada por sus fuertes hábitos de consumo y tendente al conformismo, como bien propicia el capitalismo en que se mueve, hoy recomponiéndose tras la sacralización de la productividad y el mito de la competencia.

Una palabra requiere el terremoto mediático provocado por WikiLeaks, el cual ha provocado, sin duda, que muchas cuestiones relativas a la libertad de expresión estén de nuevo en el escenario del debate público. Al invento del polémico Julian Assange debemos el conocimiento de los entresijos de incontables actividades bancarias, así como de numerosísimos recovecos políticos. Sin revelar apenas nada que nos fuera del todo desconocido, tanto respecto a la crisis económica como respecto a cuestiones políticas, sí es cierto que su efecto ha sido en muchos casos demoledor al poner frente al espejo la poco presentable conducta de poderes de este mundo. En el caso de las revelaciones dadas a conocer mediante la publicación de documentos de la diplomacia estadounidense –los papeles de WikiLeaks han sido acogidos por diarios tan respetables como El País, The Guardian, New York Times, La Repubblica, Le Monde o Der Spiegel– tenemos un conocimiento muy detallado de determinados criterios del Departamento de Estado del gobierno norteamericano, a partir de los cuales podemos hacernos un juicio más fundado sobre su proceder, pero además han proporcionado “información sensible” sobre los interlocutores de muy diferentes países. Basta tener presente cómo han influido en las mencionadas revoluciones árabes los detalles de las prácticas corruptas de sus dirigentes conocidos gracias a WikiLeaks, integrantes de oligarquías locales dedicadas a expoliar a sus pueblos a la vez que pactaban con empresas y gobiernos extranjeros el aseguramiento de su parte en los negocios que desde ellos se hacían. Una cosa es tener noticia de algo, y otra que te lo pongan delante en vivo y en directo, lo cual al expolio une un incremento considerable de humillación.

¿Hemos llegado a la “sociedad transparente”, como en algún momento pensó Vattimo? Podríamos decir, parafraseando a San Pablo y a Hölderlin, que donde abundan los focos sobreabunda la ocultación. A las nuevas revelaciones se añaden las nuevas formas de opacidad de las que se dotan poderes que no están dispuestos a la transparencia. La democracia necesita verse reforzada por los caminos que vaya desbrozando una libertad de expresión que ha de seguir trabajando por la libre información y por el fundado juicio crítico de la ciudadanía. Quizá algún día haya que hacer un homenaje al soldado Bradley Manning por poner a disposición de todos aquello que por su gravedad pensó que no podía quedar atado a la obligación de secreto que pudiera concernirle. Saber qué cosas han pasado en Afganistán o conocer más de cerca detalles de las barbaridades cometidas en Guantánamo nos incumbe a todos como ciudadanos. A Manning, que escribió que había visto “arreglos políticos casi criminales (y) cosas increíbles, horribles, que deben pertenecer al dominio público y no quedarse en un servidor en una oscura habitación de Washington”, su información le está costando una inhumana prisión –denunciada por Amnistía Internacional– y le puede suponer una condena de 52 años de cárcel. Habrá que aplicarle aquello de “no matar al mensajero, pero en todo caso, mientras le salvamos –como propone la periodista Nicole Muchnik en un lúcido artículo–, podemos quedarnos con estas palabras de Daniel Domsheit-Berg, colaborador de Assange hasta la ruptura con él precisamente por sus divergencias respecto a las zonas de sombra de un WikiLeaks que debía aplicarse a sí los criterios de transparencia que eran su razón de ser:

“Nuestra sociedad necesita ciudadanos emancipados, personas que no se abstengan de formular preguntas claves por miedo a llevarse una decepción. Nuestra sociedad necesita individuos despiertos, que no deleguen su responsabilidad en un mesías, un líder o un macho alfa, sino que estén en situación de distinguir la información buena de la mala y que, basándose en buenas informaciones, sean capaces de tomar buenas decisiones” (Epílogo de su libro Dentro de WikiLeaks).

Se trata, pues, de la libertad de expresión y, con ella, de nuestros derechos como ciudadanos, de nuestra dignidad como seres humanos.

LA MENTIRA, LA PERVERSIÓN, LOS INTERESES Y EL PODER DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

Pepe Mejía

Exodo 108 (marz.-abr.) 2011
– Autor: Pepe Mejía –
 
¿Pueden los medios de comunicación tergiversar la libertad de expresión e información? O lo que puede ser lo mismo haciéndonos la pregunta que se hace Miguel Miranda “¿Puede garantizarse la libertad de expresión en la sociedad cuando los grandes medios de comunicación social y agencias informativas están dominadas por el gran capital?”.

No es casualidad que los grandes propietarios de medios sean a la vez grandes propietarios de empresas, accionistas de la gran banca y terratenientes sin disimulo. Todo medio de comunicación responde a una determinada visión de la realidad, a determinada posición política .

Partiendo de la premisa que el flujo informativo es patrimonio de la sociedad y no le pertenece a nadie en particular, por ser un bien común, para las trabajadoras y trabajadores de la comunicación los lineamientos éticos y de responsabilidad social de los profesionales de la información constituyen un compromiso ético con la verdad y el pluralismo en democracia.

Pero en nuestras opulentas sociedades eso no basta. Y más adelante analizaremos ejemplos concretos de esta tergiversación de la libertad de expresión por los mismos medios de comunicación. Quizás lo que nos falta, y que no hemos desarrollado, es el necesario control social de la información. No es censura. No es violación de la santa sagrada libertad de expresión. Ejercer el control social de la información es garantizar la libertad de expresión y el flujo veraz de la misma. Evidentemente no sólo nos referimos a los medios de comunicación de capital privado sino también a los medios públicos para garantizar que no siguen consignas del gobierno de turno.

Uno de los más patéticos ejemplos en este apartado es Telemadrid 3. Desde que la derecha, y más concretamente Esperanza Aguirre, se hizo cargo del ente público madrileño, es un medio al servicio de los dictados del Gobierno de la derecha del PP.

El pasado martes 22 de marzo de 2011 el jugador de fútbol Fernando Torres visitó la localidad de Fuenlabrada, localidad en la que nació, para inaugurar una Ciudad Deportiva que lleva su nombre y recibió además la primera Medalla de Oro que concede esta ciudad. Los informativos de Telemadrid no dieron ninguna imagen. Sólo salió en Deportes. En Fuenlabrada gobierna el PSOE. Al director de Informativos, Agustín de Grado, le habrá parecido que esa visita pudiera ser electoral y propagandista. Sin embargo ese criterio no funciona cuando la protagonista es su patrona, Esperanza Aguirre.

Pero también existe la presión política hacia los medios. El 28 de marzo, Público informa que el PP gallego montó un acto con Rajoy en el barco de una familia de narcos. Después de la publicación de esta noticia, Rajoy –según Galicia confidencial– montó en cólera y llamó a Jacinto Rey –propietario de una constructora y del Xornal de Galicia, publicación de la que se hacía eco Público–, y le recordó que pronto sería el jefe del ejecutivo y con poder para contratar obras públicas de las empresas españolas. Al día siguiente, el director del Xornal de Galicia, José Luis Gómez, fue relevado de su puesto “por mutuo acuerdo”.

Otro aspecto que ayuda a la tergiversación de la libertad de expresión es la situación de los y las trabajadoras de los medios de comunicación.

Los asalariados pugnan por la estabilidad en el empleo, entre otras cosas porque es la única garantía de libertad de información. Al tiempo, los empresarios se empeñan a toda costa en la precariedad de sus obreros de la pluma, la cámara y el micrófono.

Cuanto más fácil es el despido, cuanto peores son las condiciones laborales, más aprieta la empresa al periodista para obligarlo a la prostitución ideológica, la tergiversación, la ocultación de información, la autocensura y la dedicación a los contenidos basura.

Tal es el caso –y no el único– de los y las periodistas del grupo Prisa, que edita el diario El País. “Los planes de recorte del empleo en el grupo Prisa tienen su origen en una gestión dudosa más obsesionada por los mercados bursátiles que por el verdadero periodismo”, ha declarado Elisabeth Costa, nueva secretaria general de la FIP, que asumirá ese puesto el próximo 5 de abril de 2011.

La representación sindical culpa de la mala gestión a Juan Luis Cebrián, quien fuera director de El País, por sus iniciativas temerarias, que han terminado en la venta de activos de Prisa al grupo estadounidense de inversores Liberty y con el traspaso de sus canales de televisión Cuatro y CNN+ a la principal cadena de televisión de España, en la que el propietario mayor es el jefe del Gobierno italiano, Silvio Berlusconi. Cebrián es un buen ejemplo del trasvase de intereses en detrimento de la libertad de expresión. Sus inicios fueron como profesional del periodismo para después ejercer funciones de gestión ejecutiva con el objetivo de defender los intereses estratégicos de los dueños del grupo al que representa.

Pero la situación laboral en El País es una dentro del océano de los medios de comunicación. Existe precariedad porque en las redacciones se tira de becarios. Existe precariedad porque se está mal pagando a profesionales que llevan más de veinte años de trayectoria. Se paga por piezas “leídas”. Se trabaja por horas contratadas. No se desplazan a redactores porque los desplazamientos se han encarecido. Los contratos que se firman tienen cada vez una caducidad más breve. Existen contratos por días, semanas y meses… Los medios generalistas trabajan cada vez más con “autónomos” y se potencia la figura del “colaborador” que no tiene despacho, ni silla, ni ordenador en la sede del medio sino que todo lo hace desde su casa, por internet. No es “teletrabajo”, es precariedad.

Sin embargo, la forma más habitual de tergiversar y conseguir objetivos no acordes con una información veraz es la descontextualización de las informaciones.

A principios de enero de 2011 fue agredido el consejero de Cultura de Murcia, Pedro Alberto Cruz. Algunos medios utilizaron las siguientes frases: “salvaje agresión”, “brutal agresión”, pero muy pocos explicaron en qué contexto se había producido: la aplicación de un plan de ajuste que garantiza el despido de trabajadores públicos. Pero tampoco explicaron que Cruz ha gestionado ingentes recursos que han ido a parar a algunos empresarios de la construcción y a otros no. No es mi intención justificar la agresión al consejero pero es que en la información sobre la agresión tampoco se informó, ni se investigó que hay un sector muy crítico con la labor de Cruz al frente de su consejería. Los medios llenaron sus espacios con la agresión pero no informaron sobre el conflicto social de los trabajadores públicos.

El portavoz del PP en la región, José Antonio Ruiz Vivo, reclamó “una profunda reflexión de aquellos que están sembrando vientos para que se recojan tempestades”. Y añadió: ”Desde luego, desde el Partido Popular no estamos dispuestos a que la ultraizquierda más rancia y agresiva llene nuestras calles de ‘cojosmanteca’ ni a que se atente contra la integridad física de las personas. Son los menos, pero, desgraciadamente, son los que hacen más ruido” .

Las informaciones aparecidas en prensa, después de la agresión, buscaban el objetivo de criminalizar la lucha de los empleados públicos.

En la misma línea, el pasado 21 de enero de 2011 fue agredido Fernando Santiago, periodista y presidente de la Asociación de Periodistas de Cádiz. Todos los medios publicaron la nota que hizo la APC y la FAAP pero nadie entrevistó o preguntó al presunto agresor, un ex operario de Delphi. En este caso tampoco los medios contextualizaron la información. No informaron de que la agresión se produce después de que Santiago tildara de “absentistas y flojos a muchos padres de familia”.

Nadie destacó esa otra agresión, en forma de escrito, contra todo un colectivo que ha perdido el trabajo y enfrenta una situación cada vez más tensa de sus familias. Dramas familiares por el cierre de la empresa.

“Cifra mágica. Es el grado de absentismo de la planta de Puerto Real de Delphi. No se dice que era la más alta de todas las de Delphi del mundo. Para recompensar tamaña dedicación al trabajo a sus ex les regalamos una paguita vía subsidio indefinido por la prejubilación o por lo que sea. Que no nos falte de ná. Los españoles a trabajar hasta los 67 y los de Delphi a vivir, que hay que escribir muchos cuplés” .

Tan importante es informar sobre un colectivo como informar sobre quién escribe. Fernando Santiago fue militante del Partido Socialista Andaluz, ex militante del PCE, de IU y de Nueva Izquierda. Además, es tertuliano de un programa dominical de la cadena SER y defensor incondicional de la gestión del PSOE y que quiso ser alcalde con IU. Entre sus múltiples tareas –en un colectivo ya de por sí precario y escaso de trabajo– trabaja para la Diputación cobrando un buen sueldo, además de escribir en el Diario de Cádiz y colaborar en una emisora de TV. Con esta trayectoria Santiago escribe sobre el absentismo en Delphi y que los salarios son muy elevados.

En una información más completa se tendría que haber puesto que los trabajadores de Delphi renunciaron a la mitad de su indemnización a cambio de que Delphi cediera sus terrenos a la Junta para la creación de empleo en la Bahía de Cádiz, para los ex de Delphi y para el resto de parados de la Bahía. Si informar sobre agresiones y descontextualizar para buscar un efecto de criminalización es habitual en la prensa generalista también es habitual informar sin publicar todos los datos.

El pasado 27 de marzo, The Sunday Times publicó una información por la cual periodistas suyos se habían hecho pasar por representantes de un grupo de presión y ofrecieron al eurodiputado navarro del PP, Pedro Zalba, sentarse en su consejo asesor con “influencia” en la legislación europea, a cambio de unos 100.000 euros anuales. El mismo día, la agencia EFE difundió una información en la que decía que Zalba “ha negado haber aceptado retocar una directiva comunitaria a cambio de dinero. Zalba ha asegurado que enmendó esta ley porque así la ‘mejoraba sustancialmente’ y ha denunciado haber sido víctima de una ‘trampa’ que le tendió un falso grupo de presión”.

La información de EFE ratifica que el eurodiputado aceptó enmendar una ley al dictado de un lobby. Pero la mayoría de los medios ponen énfasis de que no cobró por retocar la directiva.

Sin embargo, el pasado 28 de marzo el diario Público informó, bajo el título “Un eurodiputado del PP enmienda una ley al dictado de un lobby”, que “Pedro Zalba, pillado en un vídeo en el que se presta a colaborar con una firma británica”.

Además, Público aporta información sobre la connivencia/convivencia en Bruselas con más de 20.000 asesores de grandes empresas que fabrican leyes al dictado al margen del Parlamento y de la ciudadanía. Según EFE, citada por Público, “La enmienda que presentó, redactada por los reporteros, la ‘enriquecía y mejoraba’, motivo por el que accedió. A su juicio, protegía ‘a los pequeños inversores’ en la dirección que dictan las asociaciones de consumidores”.

El trabajo de The Sunday Times puso el foco en los eurodiputados que defienden intereses comerciales en lugar de sus electores. Los eurodiputados negocian y aceptan lo que un grupo de presión les diga que deben negociar y aceptar. Los medios no dicen nada de, en realidad, quién legisla en Europa.

Tan suculento debe ser hacer negocios en Europa que el ex presidente del PP de Cataluña y vicepresidente de la cámara europea, Alejo Vidal-Quadras, puso en nómina como secretario en Bruselas a Albert Fuertes, hermano de su esposa. Y el eurodiputado cacereño del PP Felipe Camisón (fallecido en mayo de 2009) contrató a su cónyuge como asistente, al igual que hizo la también diputada popular Cristina Gutiérrez-Cortines con su hija. Y otro ejemplo, Alfonso Guerra Reina, hijo del ex vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra, fue elegido a dedo como asistente del vicepresidente del Parlamento Europeo, el socialista Miguel Ángel Martínez.

El domingo 27 de febrero de 2011 murió –a la edad de 56 años en su domicilio de Málaga– Amparo Muñoz Quesada, Miss España en 1973. Todos los medios dieron cumplida información pero ninguno dijo que algunos medios, directores de algunas agencias que trabajan en lo que se denomina “prensa rosa”, ofrecieron en su momento, cuando la actriz era adicta a las drogas, dinero para publicar las llamadas exclusivas. Otro caso fue Sonia Martínez, la popular presentadora de TVE que murió de VIH. En la hemeroteca figuran “testimonios” de Sonia que hacen referencia a sus contactos sexuales con jugadores de fútbol. Las declaraciones fueron grabadas por una periodista, que ya murió, a cambio de dar dinero a Sonia. O el recorrido por los platós de televisión y las agencias de reportajes con el álbum familiar bajo el brazo de la madre de Irene Villa.

Como se ve, hay mucha miseria dentro de la profesión y muchas personas sin escrúpulos. No existe la ética y como vemos, hay diversas maneras de hacer información. Pero la que aporta más información y contextualiza es la que puede ofrecer una información más veraz.

Pero también en los medios se echa mano a los “apagones”. Invisibilizar un hecho, una noticia, aunque sea “importante” o haya tenido una repercusión. Esto lo sabemos muy bien los que estamos en los movimientos y hemos padecido (padecemos) el comportamiento de los medios en el tratamiento de la información en relación a nuestras movilizaciones o acciones.

El 22 de febrero –coincidiendo con la novena manifestación de funcionarios en Murcia contra los recortes salariales y de derechos laborales– la prensa generalista no informó de esta noticia. Sin embargo, dio cumplida cobertura a una protesta con similares motivos en Wisconsin, Estados Unidos.

¿A qué viene que se informe de una movilización por derechos en Estados Unidos y no se informe de otra que sucede en nuestro país?

La movilización en Murcia fue una de las más numerosas desde los tiempos del No a la Guerra: más de 60.000 personas y sin embargo no salió publicada.

Está claro el objetivo. Silenciar lo que se mueve en la actual coyuntura de aguda crisis que afecta sobremanera a más de cinco millones de paradas/os. No se quiere encender la chispa en forma de visibilizar un conflicto social. O al menos que no se visibilice desde esta prensa generalista atada a la publicidad, a sus compromisos empresariales y con el gobierno.

La invisibilidad también se ejerce desde las grandes agencias de noticias que son las que marcan la agenda internacional en connivencia con los intereses de las grandes potencias y empresas transnacionales.

El terremoto de Japón “apagó” informativamente los acontecimientos en Libia permitiendo a Gadafi “cebarse cómodamente, sin los focos internacionales, sobre los últimos reductos de la oposición”. El conflicto en Libia recobró su visibilidad con la resolución de Naciones Unidas, pero muchas otras realidades permanecen ocultas. Además de Japón y Libia existe Costa de Marfil “con gente armada en las calles, con los bancos cerrados y sin alimentos”. Sólo será de interés cuando el desastre ya sea mayor.

Además de apagones existen mentiras. Puras y simples. La más conocida, la cobertura de la guerra en Irak. Se dijo (y se machacó a través de los medios de comunicación) que Irak poseía armas de destrucción masiva.

Estados Unidos utilizó la tribuna de Naciones Unidas y con unas fotos hizo creer al mundo entero que, efectivamente, Irak tenía las tan temidas armas. Pues bien, a día de hoy no hay ningún rastro de esas “armas” y la prensa que en su día difundió tal mentira sigue como si nada.

Un fenómeno parecido al de William Randolph Hearst, propietario del New York Journal, empeñado en desatar la invasión norteamericana a Cuba en 1898, enviando a su afamado dibujante y grabador Frederic Remington a la isla para que le remitiera las pruebas dibujadas de supuestos actos bélicos contra EE.UU. Remington le informa desde La Habana que no hay ningún acto bélico y por lo tanto no hay dibujos que mandar. Hearst le responde en un cable que hizo historia: “ponga usted los dibujos, yo pondré la guerra”.

Existe mucha información que no se dá –o no se difunde– y que nos puede ayudar a comprender hechos, analizar, reflexionar y tomar decisiones.

Cuando habla José María Aznar, ex presidente de gobierno, presidente de la Fundación FAES y cualificado militante del PP, tenemos que tener presente que también lo hace como ejecutivo del magnate de la prensa Rupert Murdoch. O que José Botella, el cuñado de José María Aznar, fue fichado en Bruselas desde las oficinas del PP en esa capital. En el tribunal que lo examinó para funcionario estaba un miembro determinante, Gerardo Galeote, que presidía la delegación popular en Europa. En menos de dos años el hermano de Ana Botella –actual concejala en el ayuntamiento de Madrid y número dos después de Ruiz-Gallardón– se blindó con un sueldo europeo para toda la vida.

Pero en donde se mezclan más claramente los intereses personales, partidarios/políticos y económicos es en la trayectoria y figura de Rodrigo Rato. Primero como ministro en el gobierno de Aznar. Después como director del FMI impulsando las políticas que condicionan el desarrolla de muchos países. Y, finalmente, como presidente de Caja Madrid. Todo esto sin perder el carnet del PP, por supuesto.

El buen uso de la información y la investigación contrastando datos a veces da sinsabores. Si no que se lo pregunten al ex diputado Victorino Mayoral.

El defensor de la asignatura de educación ético-cívica, conocida como Educación para la Ciudadanía, simultaneaba sus distintos cargos como presidente de una ONG, la Liga de la Educación y la Cultura Popular, y la presidencia de la Fundación Cives.

ABC informó en su día que la ONG, una asociación sin ánimo de lucro, obtuvo al menos ocho millones de euros entre contratos y subvenciones desde el año 2000, fecha de su regreso al Congreso después de siete años en la política regional. Esta asociación y una de sus subordinadas, la Liga Extremeña de la Educación, obtuvieron igualmente en su día subvenciones de la Consejería de Educación de la Junta de Extremadura en sendas resoluciones firmadas por el propio Mayoral.

Mayoral, siendo diputado y defensor de valores éticos, mantenía vínculos –según el Registro Mercantil citado por ABC– con Editorial Popular S.A. que ha editado “material para la asignatura Educación para la Ciudadanía”.

Y para terminar. A los gestores de la comunicación, a los magnates, a los políticos que se sirven de este instrumento de socialización les recuerdo lo que dice Roger Waters en la canción The Wall: “no necesitamos control mental” “Todo ello no es más que otro ladrillo en el muro” “Todo ello no eres más que otro ladrillo en el muro”

HABLEMOS DE LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Pascual Serrano

Exodo 108 (marz.-abr.) 2011
– Autor: Pascual Serrano –
 
Nunca como hasta ahora, conceptos como la libertad de expresión o libertad de prensa habían sido tan recurridos por la derecha política y económica con tanta fruición. Estas libertades se han convertido en magnífica munición contra gobiernos que han intentado salirse, aunque sea mínimamente, de los cánones neoliberales. Es el caso de algunos gobiernos latinoamericanos. Por ejemplo, si el gobierno venezolano no cede el espacio radioeléctrico para una televisión privada y lo reserva para una televisión pública se le acusa de atentar contra la libertad de expresión, si el argentino quiere declarar de interés público el papel prensa para que deje de ser propiedad exclusiva de una empresa se le acusa de atentar contra la libertad de expresión. Y si el boliviano quiere terminar con la impunidad de la información racista y xenófoba en los medios le sucede lo mismo. De ahí la necesidad de retomar los conceptos y, muy importante, analizar hasta qué punto las libertades y los derechos relacionados con la información pueden desarrollarse en el marco del mercado o necesitan de la participación del Estado para su garantía. Y, simultáneamente, estudiar si, bajo el paraguas de la libertad de expresión, se desarrollan elementos que nada tienen que ver con ella, o incluso la obstaculizan.

Lo primero que observamos es que el modelo neoliberal entiende por libertad de expresión y libertad de prensa el uso oligopolístico por parte de quien tiene el potencial financiero suficiente para crear medios de comunicación masivos. Los grandes medios, en virtud de la arbitrariedad de sus propietarios y directivos, se arrogan el derecho de seleccionar los contenidos que consideren oportunos, de modo que los propietarios de un medio de comunicación no sólo tienen el poder de difundir unos contenidos, sino también de vetar otros, los que no son de su interés. De ahí que lo que reivindican las empresas de comunicación como libertad de expresión no es otra cosa que su derecho a la censura. Por ello, lo que desde una lectura progresista debemos reivindicar, más que un derecho a expresarse limitado por las posibilidades económicas y el beneplácito del empresariado mediático, es el derecho ciudadano a informar y estar informados. Es decir, el acceso de los ciudadanos a los medios de comunicación y la garantía de que, a través de éstos, se recibe una información plural y veraz. Es indiscutible que ninguno de esos dos derechos pueden ser garantizados por el mercado de los medios de comunicación sin la participación del Estado. Recordemos que el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) establece el derecho a “recibir informaciones y opiniones”. Sólo desde unos poderes públicos democráticos se pueden crear las condiciones para que los diferentes grupos sociales puedan tener voz en los medios sin depender del criterio de los propietarios. Y sólo mediante una legislación que vele por la veracidad y sancione la mentira, la manipulación, la injuria, la calumnia, el racismo o la xenofobia podremos asegurar que una sociedad puede estar bien informada. Las habituales propuestas de autorregulación generadas desde el lobby mediático empresarial son una falacia, ningún gremio se autorregula sólo sin la vigilancia de la ley y de los poderes públicos. Veamos el caso de los códigos deontológicos para los periodistas. Estas normas éticas no tienen ninguna vinculación para el profesional porque, en última instancia, el poder al que se ven sometidos en los medios privados es el del contratador. En el régimen actual de precarización laboral y despido libre ningún periodista puede apelar a ningún código ético para publicar o no determinada información porque el criterio último será del propietario o directivo que decide si el periodista seguirá trabajando o no para esa empresa.

La veracidad también merece especial atención. Algunas constituciones, como la española, recogen en su articulado el derecho a recibir una información “veraz”. Por lo tanto, si las noticias de nuestros medios no poseen la veracidad ni la calidad necesaria se estará atentando contra un derecho fundamental. Una vez más se requiere la presencia de poderes públicos que garanticen esa veracidad. Su ausencia ha demostrado que se puede crear un sistema con tanta ausencia de derecho a la información como el que pudiese haber en una dictadura. Si un régimen totalitario se caracteriza por proscribir determinadas informaciones mediante la fórmula de la censura, un régimen que se llame democrático y que no vele por la veracidad tendrá como consecuencia la difusión indistinta de verdades y mentiras, de modo que el ciudadano no podrá diferenciarlas, no sabrá, en consecuencia, cuál es la verdad, y terminará en una situación idéntica a la del régimen de una dictadura que censura la información. Durante la anterior legislatura, el Parlamento español, con la complicidad de los dos grandes partidos, abandonó en un cajón el Estatuto del Periodista aprobado en Comisión a iniciativa de Izquierda Unida. En él se establecían garantías para la independencia del periodista ante su empresa, mecanismos de participación democrática en los medios y sistemas de control público para garantizar la veracidad y la pluralidad. Los grandes grupos de comunicación se opusieron con contundencia argumentando que “en una sociedad democrática los periodistas deben quedar fuera de la regulación política”. En realidad se referían a que éstos quedasen fuera del imperio de la ley, sólo ante el imperio empresarial.

Todos los elementos de rigor, pluralidad o veracidad son ignorados por los lobbys empresariales creados en torno a la explotación propagandística del discurso de la libertad de expresión. Grupos como la Sociedad Interamericana de Prensa o Reporteros sin Fronteras siguen aplicando criterios de denuncia nacidos al servicio del empresariado, de ahí que nunca les hayamos escuchado preocuparse por unas condiciones laborales dignas para los periodistas, la denuncia de oligopolios –cuando no monopolios– en las estructuras de la distribución de la prensa o el castigo que sufren las asociaciones sin ánimo de lucro en la nueva Ley General de Comunicación Audiovisual española. El sesgo mercantilista de esta norma se aprecia en que a la hora de abordar los servicios de comunicación audiovisuales comunitarios sin ánimo de lucro, éstos son condenados a la precariedad y la marginalidad al establecer que “sus gastos de explotación anuales no podrán ser superiores a 100.000 euros en el caso de los servicios de comunicación audiovisual televisiva y de 50.000 euros en el caso de los servicios de comunicación audiovisual radiofónica”.

Por último no quiero olvidar la imprescindible relación de la libertad de prensa con los derechos sociales, siempre tan olvidados por los patrones mentales neoliberales. Es obvio que la principal condición para garantizar una adecuada libertad de expresión escrita es que la ciudadanía sepa leer y escribir. Sin embargo, casualmente, los gobiernos que más han sido acusados en América Latina por atacar a esta libertad son los que más se preocuparon por la alfabetización, y los que, conforme a los estudios de la UNESCO, antes lograron garantizarla: Cuba, Venezuela, Bolivia y Nicaragua. El hecho muestra que quienes dicen defender la libertad de prensa no están interesados en mejorar la cultura y el conocimiento de los ciudadanos, sino en mantener su régimen de oligopolio de la información.

La batalla de la comunicación es fundamental porque la derecha latinoamericana nunca se vio tan atemorizada por la vía electoral como en la última década. Desacreditados su líderes políticos y desveladas las injusticias e insostenibilidad medioambiental de su modelo económico, la lucha en el frente mediático se ha hecho fundamental, puesto que es en ese terreno donde su dominio sigue siendo abrumador. Para ello no han dudado en pulverizar cualquier principio ético de la información y prostituir términos otrora dignos como la libertad de expresión. Hace unos años un profesor venezolano fue preguntado en Madrid sobre si la libertad de expresión estaba en peligro en Venezuela. Respondió lo siguiente: “Sí, es verdad, está en peligro, la tienen secuestrada los medios de comunicación”.

La última cuestión que nos debemos plantear es cuál debe ser el papel de los gobiernos progresistas ante esta situación. Mi opinión es que el gobierno que se limite a indignarse ante las embestidas de la prensa es como el perro que ladra a la Luna, es como si se encolerizase por los ciclones o las lluvias torrenciales que destrozan cultivos y carreteras y no se pusiese a trabajar para paliar o prevenir esos daños. No permitiríamos a un ministro de Sanidad que saliese en público a criticar al germen del paludismo, le exigiríamos que pusiese en marcha las medidas contra la enfermedad. Eso mismo es lo que deben hacer frente a la canalla mediática que todos los días nos golpea: poner en marcha sistemas de exigencia de veracidad de la información, crear medios estatales que garanticen el derecho ciudadano a estar informado y dotar de recursos a las comunidades para que desarrollen sus propias estructuras de comunicación democráticas y alternativas. No se necesitan gobiernos que se quejen, sino que combatan. Del mismo modo, también los pueblos tienen que estar dispuestos a movilizarse en defensa de las medidas gubernamentales que surjan en la búsqueda de un modelo comunicacional democrático y participativo. Porque las libertades, incluida la de expresión, o son de todos y sin necesidad de disponer de dinero, o nunca son libertades.