¿DOMINIO O CUIDADO DE LA TIERRA?

Yayo Herrero

Exodo 107 (ener.-febr) 2011
– Autor: Yayo Herrero –
 
Hace ya más de 30 años, el conocido informe Meadows, publicado por el Club de Roma, constataba la evidente inviabilidad del crecimiento permanente de la población y sus consumos en un planeta que, sin embargo, presenta límites físicos. Alertaba de que si no se revertía la tendencia al crecimiento en el uso de bienes naturales, en la contaminación de aguas, tierra y aire, en la degradación de los ecosistemas y en el incremento demográfico, se incurría en el riesgo de llegar a superar los límites del planeta.

Más de 30 años después, una nueva versión del Informe Meadows , o la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio revelan que la humanidad ha sobrepasado los límites del planeta y se estima que, aproximadamente, las dos terceras partes de los servicios de la naturaleza se están deteriorando ya.

La ignorancia de los límites al crecimiento y la hipertrofia de un sistema económico que se basa en el crecimiento continuo han generado una profunda crisis que presenta múltiples dimensiones: ecológica, social, económica… Más bien, nos situamos ante una crisis de civilización, de la forma en la que los seres humanos habitamos el mundo.

UNA PROFUNDA CRISIS ECOLÓGICA

La crisis ambiental se materializa en una serie de problemas que se encuentran interconectados, se realimentan unos a otros y requieren la misma solución: ajustar con criterios de equidad los sistemas socioeconómicos a las capacidades de la naturaleza.

Nos hallamos ante un cambio global, cuya dimensión más conocida es el cambio climático. Éste está provocado por un aumento enorme y rapidísimo de la presencia de gases de efecto invernadero en la atmósfera.

La consecuencia del incremento del efecto invernadero es un calentamiento significativo de la atmósfera terrestre que provoca cambios en las dinámicas que regulan el clima; una alteración global de los regímenes de precipitaciones (cantidad de lluvias, distribución, fenómenos catastróficos); modifica las dinámicas de las aguas marinas (nivel, temperatura, corrientes); interfiere en las interacciones que se dan en los ecosistemas, además de conducir a una diferente distribución de tierras y mares por el ascenso del nivel del mar.

La subida rápida de la temperatura media del planeta influye en los ciclos de vida de animales y plantas, que, sin tiempo para la readaptación, serán incapaces de alimentarse o de reproducirse. También supone la reaparición de enfermedades ya erradicadas de determinadas latitudes. La alteración del régimen de lluvias implica sequías y lluvias torrenciales que dificultan gravemente la supervivencia de las poblaciones que practican la agricultura y ganadería de subsistencia. El deshielo de los polos derivará en la inundación progresiva de las costas y la pérdida de hábitat de sus pobladores. La reducción de las poblaciones de determinadas especies animales y vegetales repercute en la supervivencia de otras especies dependientes de estas, y la cadena de interdependencias arrastra a todo su ecosistema. Estos cambios pueden evolucionar hacia unas nuevas condiciones de vida diferentes a las que propiciaron la existencia de la especie humana y del resto de especies que coevolucionaron con ella.

Un segundo elemento relevante es el agotamiento de los recursos naturales. Nos encontramos ante lo que hace años Hubbert denominó el “pico del petróleo”, es decir ese momento en el cual se ha llegado al punto de extracción máxima. Una vez alcanzado este pico, la extracción comenzaría a declinar.

La economía occidental ha crecido al “abrigo” de la energía barata y aparentemente inagotable que proporcionaba el petróleo. Este ha servido para mover máquinas e impulsar vehículos de automoción, para producir electricidad, ha permitido que las personas puedan trabajar a decenas de kilómetros de su lugar de residencia y que se nutran a diario con alimentos baratos producidos a grandes distancias. El petróleo es imprescindible en la agricultura intensiva y en la producción de insumos agrícolas, lo es también en la fabricación de ropas, casas, muebles, carreteras, envases… Vivimos en un mundo construido con petróleo y su agotamiento, inevitablemente obliga a replantearse todo el modelo de vida.

Un tercer problema grave es la pérdida de biodiversidad. Se afirma que nos encontramos ante la sexta gran extinción masiva, y la primera provocada por una especie, la humana. La biodiversidad está en la misma base de la vida en la Tierra, y es el principal sustento de nuestra existencia. Esta dependencia permanece oculta e invisible a la lógica económica. No hay reemplazo posible y a nuestro alcance para reconstruir artificialmente la biodiversidad, y su pérdida está afectando ya a ciclos vitales como el del agua o el del carbono.

LA CRISIS SOCIAL

La crisis ecológica se da en un entorno profundamente desigual. El mundo se encuentra polarizado entre un Norte rico y consumista y un Sur empobrecido y con dificultades de acceso a los recursos básicos. Esta polarización económica se manifiesta en todos los indicadores al uso. La relación de riqueza entre la quinta parte más pobre y la quinta parte más rica era de 1 a 30 en 1970, pero aumentó de 1 a 74 en 2004. En 1960, el 70% de los ingresos globales beneficiaban al 20% de los habitantes más ricos; treinta años más tarde ha aumentado al 83%, mientras que la del 20% más pobre ha retrocedido del 2,3% al 1,4%.

La cantidad de cereales destinados al ganado y a la ganadería en los países del Norte es superior en un 25% a los consumidos por las personas en los países del Sur. Las vacas que sobrealimentan a los habitantes ricos del planeta reciben 2¤ diarios de subvenciones, lo cual supone más de lo que reciben 2.700 millones de seres humanos.

Según el informe Planeta Vivo , se calcula que a cada persona le corresponden alrededor de 1,8 hectáreas de terrenos productivos. Pues bien, la media de consumo mundial supera las 2,2 has y este consumo no es homogéneo. Mientras que en muchos países del Sur no se llega a las 0,9, un ciudadano de Estados Unidos consume en promedio 8,6 hectáreas, un canadiense 7,2, y un europeo medio unas 5 has.

CUANDO LA “PRODUCCIÓN” ESTÁ LIGADA A LA DESTRUCCIÓN DE LA VIDA

El paradigma económico que sostiene el modelo capitalista reduce la consideración de valor a lo monetario. Con este criterio de valoración, muchas cosas quedan ocultas a los ojos de la economía convencional. En los indicadores al uso suma positivamente el valor mercantil de lo producido, pero no restan los deterioros asociados o la merma de riqueza natural. Al contabilizarse sólo la dimensión creadora de valor económico y vivir ignorantes de los efectos negativos que comporta esa actividad, se alentó el crecimiento de esa “producción” (en realidad extracción y transformación) de forma ilimitada, cifrándose el progreso de la sociedad en el continuo aumento de los “bienes y servicios” obtenidos y consumidos.

La ceguera de los instrumentos económicos ante los motivos reales de la bonanza económica de los últimos años (el crecimiento excesivo del crédito y la burbuja inmobiliaria, la hipertrofia de determinados sectores o la dependencia de la financiación exterior) pone de manifiesto la necesidad de superar indicadores como el PIB para interpretar el éxito económico y adoptar otros indicadores que consideren otras dimensiones como son los flujos físicos, la apropiación de la producción primaria neta o los tiempos necesarios para las tareas de reproducción social.

En los mercados capitalistas, la obligación de acumular determina las decisiones que se toman sobre qué se produce, cómo y cuánto se produce, acerca de cómo estructurar los tiempos, los espacios o las instituciones legales. Pero desde el punto de vista de la sostenibilidad, la economía debe ser el proceso de satisfacción de las necesidades que permiten el mantenimiento de la vida para todas las personas. Este objetivo no puede compartir la prioridad con el lucro. Si prima la lógica de la acumulación, las personas no son el centro de la economía. El beneficio no se puede conciliar con el desarrollo humano, o es prioritario uno, o lo es el otro y esta opción determina las decisiones que se toman en lo social y en lo económico.

LIBRARNOS DEL CRECIMIENTO: MENOS PARA VIVIR MEJOR

Al mirar el desastre que se avecina, resulta evidente que la humanidad tiene que cambiar para adaptarse a este momento de transformaciones graves y cada vez más aceleradas.

Es urgente afrontar la raíz de la crisis: el conflicto básico entre un planeta Tierra con recursos limitados y finitos y un sistema socioeconómico impulsado por la dinámica de la acumulación del capital que se basa en la expansión continua.

Hoy nos encontramos atrapados en la lógica del crecimiento. Si nuestro sistema económico crece arrasa los sistemas naturales, genera unas enormes desigualdades sociales y pone en riesgo el futuro de los seres humanos, pero si no crece, se desvertebra la sociedad basada en el empleo remunerado, con una enorme conflictividad social y un gran sufrimiento por parte de los sectores más desfavorecidos.

Necesitamos, por tanto, salir de esta lógica absurda. La imposibilidad del crecimiento desbocado en un planeta con límites deja como única opción la reducción radical de la extracción de energía y materiales, así como la generación de residuos, hasta ajustarse a los límites de la biosfera. Mientras no salgamos del fundamentalismo económico del crecimiento, el proceso económico seguirá siendo incompatible con la sostenibilidad y la equidad.

Una razonable reducción de las extracciones de la biosfera obliga a plantear un radical cambio de dirección. Descolonizar el ”imaginario económico” y cambiar la mirada sobre la realidad, promover una cultura de la suficiencia y la autocontención, cambiar los patrones de consumo, reducir drásticamente la extracción de materiales y el consumo de energía, controlar la publicidad, apostar por la organización local y las redes de intercambio de proximidad, restaurar la agricultura campesina, disminuir el transporte y la velocidad y aprender de la sabiduría acumulada en las culturas sostenibles y los trabajos que históricamente han realizado las mujeres, son algunas de las líneas directrices del cambio de la sociedad del crecimiento a una vida humana que se reconozca como parte de la biosfera.

Georgescu-Roegen, ante la pregunta de qué puede hacer la humanidad ante la crisis actual destaca que “no cabe duda de que debemos adoptar un programa de austeridad (…) Además de renunciar a todo tipo de instrumentos para matarnos los unos a los otros, también deberíamos dejar de calentar, enfriar, iluminar, correr en exceso, y así sucesivamente”.

En una economía circunscrita a los límites de la biosfera, la energía fósil deberá tender a desaparecer. Si descartamos la energía nuclear por sus riesgos, sus costes y por estar basada en un recurso no renovable, sólo nos quedan las energías renovables, es decir: la solar, la eólica y, en una pequeña parte, la biomasa e hidráulica. Estos dos últimos recursos, debiendo ser compartidos con otros usos distintos a la producción de energía como la alimentación, necesariamente tienen que ser utilizados a escala limitada.

Podemos vivir con renovables, pero con estilos de vida mucho más sencillos. No dan para una movilidad masiva en coche, para puentes de tres días en la otra punta de Europa, para vacaciones anuales en otro continente, para usar el aire acondicionado a nivel particular o para tener segundas residencias que se ocupan 50 días al año.

La reducción de la extracción es necesaria también para otros minerales, que también se aproximan a su propio pico de extracción o incluso para bienes renovables, como el agua, que ya son escasos, no sólo por problemas de coyuntura, sino por problemas estructurales derivados del enorme incremento de la escala de uso.

En un mundo lleno y progresivamente devastado, no se trata de que la oferta responda a los deseos de las personas, sino de saber cuánto es razonable consumir y gestionar la demanda para que se corresponda con lo que es físicamente posible. Teniendo en cuenta que una gran parte de la población del planeta no tiene acceso a los mínimos de subsistencia, es obvio que son los países, y dentro de ellos las personas que sobreconsumen, quienes deberán reducir significativamente su huella ecológica.

La naturaleza nos proporciona el modelo para una economía sostenible y de alta productividad. La economía de la naturaleza es “cíclica, totalmente renovable y autorreproductiva, sin residuos, y cuya fuente de energía es inagotable en términos humanos: la energía solar en sus diversas manifestaciones (que incluye, por ejemplo, el viento y las olas). En esta economía cíclica natural cada residuo de un proceso se convierte en la materia prima de otro: los ciclos se cierran”.

UN CAMBIO RADICAL EN EL MODELO DE TRABAJO

Ajustarse a los límites del planeta requiere reducir y reconvertir aquellos sectores de actividad que nos abocan al deterioro e impulsar aquellos otros que son compatibles y necesarios para la conservación de los ecosistemas y la reproducción social.

Nuestra sociedad ha identificado el trabajo exclusivamente con el empleo remunerado. Se invisibilizan así los trabajos que se centran en la sostenibilidad de la vida humana (crianza, alimentación, cuidados a personas mayores o enfermas, discapacidad o diversidad funcional) que siendo imprescindibles, no siguen la lógica capitalista. Si los cuidados y la reproducción social siguiesen una lógica de mercado, muchas personas no podrían simplemente sobrevivir.

El sistema capitalista no puede pagar los costes de reproducción social, ni tampoco puede subsistir sin ella, por eso esa inmensa cantidad de trabajo, impregnada de la carga emocional y afectiva que les acompaña, permanecen ocultos y cargados sobre las espaldas de las mujeres. Ni los mercados, ni el Estado, ni los hombres como colectivo se sienten responsables del mantenimiento último de la vida. Son las mujeres, organizadas en torno a redes femeninas en los hogares, las que responden y actúan como reajuste del sistema. Cualquier sociedad que se quiera orientar hacia la sostenibilidad debe reorganizar su modelo de trabajo para incorporar las actividades de cuidados como una preocupación social y política de primer orden.

EL ESPINOSO TEMA DEL EMPLEO

Pero además es necesaria una gran reflexión sobre el mundo del actual empleo remunerado. El gran escollo que se suele plantear al hablar de transición hacia un estilo de vida mucho más austero es el del empleo. Históricamente, la destrucción de empleo ha venido en los momentos de recesión económica. Es evidente que un frenazo en el modelo económico actual termina desembocando en el despido de trabajadores y trabajadoras. Sin embargo, algunas actividades deben decrecer y el mantenimiento de los puestos de trabajo no puede ser el único principio a la hora de valorar productivo. Hay trabajos que no son socialmente deseables, como son la fabricación de armamento, las centrales nucleares, el sector del automóvil o los empleos que se han creado alrededor de las burbujas financiera e inmobiliaria. Las que sí son necesarias son las personas que desempeñan esos trabajos y por tanto, el progresivo desmantelamiento de determinados sectores tendría que ir acompañado por un plan de reestructuración en un marco con fuertes coberturas sociales públicas que protejan el bienestar de trabajadores y trabajadoras.

Una red pública de calidad de servicios básicos como son la educación, la sanidad, la atención a personas mayores, enfermas o con diversidad funcional requiere personas. Igualmente las tareas de rehabilitación, de reparación, las que giran en torno a las energías renovables o a la agricultura ecológica pueden generar empleo; en general, todas las que tengan que ver con la sostenibilidad, necesitan del esfuerzo humano.

IGUALDAD Y DISTRIBUCIÓN DE LA RIQUEZA

Tradicionalmente, se defiende que la distribución está supeditada al crecimiento de la producción. La economía neoclásica presenta una receta mágica para alcanzar el bienestar: incrementar el tamaño de la “tarta”, es decir, crecer, soslayando así la incómoda cuestión del reparto. Sin embargo, hemos visto que el crecimiento contradice las leyes fundamentales de la naturaleza y que no puede tener más que un carácter transitorio y a costa de generar una gran destrucción. Así, el bienestar vuelve a relacionarse con la cuestión esencialmente política de la distribución.

Reducir las desigualdades nos sumerge en el debate sobre la propiedad. Paradójicamente nos encontramos en una sociedad que defiende la igualdad de derechos entre las personas que la componen y que sin embargo asume con toda naturalidad enormes diferencias en los derechos de propiedad. En una cultura de la sostenibilidad habría que diferenciar entre la propiedad ligada al uso de la vivienda o el trabajo de la tierra, de aquellas otras ligadas a la acumulación ya sea en forma de bienes inmuebles o productos financieros y poner coto a estas últimas, ya que suponen situar fuera del alcance de otras personas la posibilidad de satisfacer necesidades básicas.

A fin de limitar la acumulación y reducir gradientes de desigualdad es fundamental modificar el sistema monetario internacional para establecer regulaciones que limiten la expansión financiera globalizada, regular la dimensión de los bancos, controlar su actividad, aumentar el coeficiente de caja, limitar las posibilidades de creación de dinero financiero y dinero bancario y suprimir los paraísos fiscales de modo que no constituyan vías de escape para que los oligarcas sitúen su patrimonio y negocios fuera de las leyes estatales.

Apostar por la redistribución equitativa de la riqueza supone unos servicios públicos fuertes, una fiscalidad progresiva y que la prioridad del gasto público se oriente al bienestar: sanidad, educación, protección y cuidado de la población.

CRISIS DE VALORES

Víctor Codina

Exodo 107 (ener.-febr) 2011
– Autor: Víctor Codina –
 
COMPOSICIÓN DE LUGAR

Siempre he pensado que todo escritor, también el teólogo, antes de redactar sus textos debería decir dónde vive, en qué trabaja, cuánto gana, cuáles son sus amistades y afinidades…

Por esto, antes de hablar de la crisis de valores del capitalismo neoliberal, quiero afirmar que escribo estas páginas desde Bolivia, donde hace 29 años que resido y trabajo, alternando mi actividad de profesor de teología en la Universidad Católica Boliviana con pastoral en sectores populares, comunidades de base, formación de laicos; gano una miseria y menos ahora que me acabo de jubilar como profesor de teología.

Decir Bolivia, quizás para muchos no signifique nada especial, muchos en España confunden Bolivia con Colombia, pero Bolivia es uno de los países más pobres de América Latina, aunque ahora está viviendo un histórico proceso de cambio político, social y popular, que en medio de sus claras ambigüedades, ideologizaciones, contradicciones, polarizaciones y exageraciones, está intentando revertir su situación de pobreza, dependencia, exclusión, marginación y enclaustramiento marítimo y social.

Pero, sin embargo, Bolivia, es un país de riquezas inmensas, con yacimientos de oro, plata, estaño y litio, con autoabastecimiento petrolífero y de gas, cultivos de todo tipo, maderas preciosas, rica ganadería, energía hidráulica, etc. Pero además Bolivia posee una gran riqueza y diversidad étnica y cultural que la Nueva Constitución ha reconocido al definir a Bolivia como un “Estado plurinacional” (expresión que la progresista España nunca ha conseguido aceptar, pues identifica Estado y nación…).

Por esto Bolivia es un caso típico para preguntarse por qué tanta riqueza no consigue que la gente viva una vida digna, por qué hay tanta pobreza, por qué una tercera parte del país vive en situación de marginación, por qué tantos bolivianos y bolivianas han tenido que emigrar al exterior y concretamente a España, donde los hombres trabajan en el campo o la construcción, mientras que las mujeres cuidan a niños y a personas ancianas, a las que pasean por la calle en su silla de ruedas…

Escribo este artículo en vísperas de Navidad, las calles de las ciudades están iluminadas, hay ferias navideñas, la gente compra para preparar la cena de Nochebuena, adquieren regalos para los niños, buscan su arbolito de Navidad y su pesebre. Hay atascos de coches y autobuses por las calles, por todas partes gente con paquetes y cestas de aguinaldo. Parecería que todo es como en los países ricos del primer mundo…

Pero las calles de Cochabamba, donde resido, están inundadas de mujeres de Potosí (de cuyo Cerro rico de plata España extrajo inmensas riquezas), que con sus niños piden limosna y esperan algunos dulces, regalos y juguetes de la gente de la ciudad. En La Paz, una campaña de la radio católica Fides “por la sonrisa de un niño” ha recolectado 50.000 juguetes que mañana distribuirá en el estadio y en un coliseo cerrado de La Paz. No quiero ahora juzgar si esta campaña es asistencialista y paternalista, sino que solo quiero señalar un dato significativo: desde la noche de ayer y durante la noche de hoy, centenares de niños con sus madres duermen en la calle, a las afueras del estadio arropados con cartones y mantas, pues las noche de La Paz (3.700 metros) son siempre frías, para asegurarse que mañana, cuando a las 5 abran las puertas del estadio, serán los primeros en entrar y podrán asegurarse un lugar para poder recibir sus juguetes: un camioncito para los niños, una muñeca para las niñas…

Desde esta composición de lugar intentaré hacer un análisis coprológico, en expresión acuñada por Ellacuría, sobre el capitalismo, lo que ha destruido y lo que está absolutizando.

DESDE LAS VÍCTIMAS

No es lo mismo hablar del capitalismo desde Europa que desde África o América Latina. Desde las víctimas del sistema capitalista se comprende mejor lo que es el capitalismo. Los países pobres no son simplemente pobres sino empobrecidos, son víctimas de un sistema injusto, que explota a personas y pueblos. A los antiguos imperios coloniales han sucedido luego las empresas multinacionales capitalistas que explotan los recursos naturales con su tecnología avanzada y su capital, a costa del empobrecimiento de los pueblos y la destrucción de su suelo…

Pero a esto se une la imposición de una cultura globalizada, la american way of life, que destruye las culturas tradicionales y que a través de los medios de comunicación impone unos valores y pautas de consumo totalmente ajenas y deshumanizadoras. ¿Qué sentirán y pensarán los campesinos y habitantes de los barrios marginales de las ciudades al ver continuamente en sus pantallas de TV coches de último modelo, ciudades norteamericanas modernas, productos de belleza femenina antiarrugas, alimentos selectos, métodos para adelgazar, universidades famosas… cuando ellos no tienen agua corriente, ni letrinas, ni a veces luz todo el día, han de atravesar caminos polvorientos o embarrados, sus centros de salud y educación son de baja calidad o inexistentes? Este modelo de vida se les presenta como apetecible, deseable, el ideal a alcanzar. No es extraño que intenten emigrar al exterior para participar de estos paraísos de bienestar.

Al grito de los pobres se añade ahora el grito de la tierra, explotada, malherida, mercantilizada, polucionada, con todos los cambios climáticos y desastres ecológicos que conocemos. El capitalismo no solo es salvaje y cruel con las personas sino con la misma naturaleza, sin tener en cuenta sus consecuencias actuales y futuras para las nuevas generaciones. No es casual que los grandes países capitalistas se nieguen a firmar los protocolos que exigen cambios en sus emisiones de gases contaminantes. Está dentro de su lógica mercantilista.

ENFOQUE ESTRUCTURAL

Evidentemente no se trata de problemas meramente personales sino sistémicos. No se trata de una persona concreta que sea abusiva, ni de que una empresa determinada explote a otros, sino de un sistema de valores que se encarnan y cristalizan en estructuras de poder y de ideología que impregnan todo el ambiente social, en el cual sin duda viven personas honradas y de buena voluntad pero que se sienten impotentes ante esta estructura global. La ideología de la ganancia a toda costa, del dinero y del capital, de la libertad omnímoda y salvaje son las que contaminan toda la sociedad.

Los valores que se propugnan son el individualismo total, el consumo, la explotación inmisericorde, la mercantilización de todo, la ganancia y el lucro por encima de todo. Todo esto se encubre bajo la ideología del progreso, de la modernidad, de la ilustración, del bienestar, de la técnica, del futuro… frente a oscurantismo y subdesarrollo de los países tradicionales y de sus culturas ancestrales. Con la caída del socialismo del Este hemos llegado al fin de la historia (F. Fukuyama). Es más, el capitalismo tiene una inmensa capacidad de resistencia, de reforma, de resiliencia, de camuflarse, de revivir, de adaptarse ante las continuas crisis, siempre diciendo que en adelante todo va a mejorar.

No quisiéramos caer en el mito contrario del “bon sauvage”, como si las culturas tradicionales fuesen un modelo ideal, sin defectos ni abusos. En las culturas originales y tradicionales, rurales, campesinas, indígenas, además de atraso económico y de subdesarrollo hay defectos y errores personales, abusos de todo tipo, egoísmos, excesos, violencia de las personas y grupos. Sin embargo perviven una serie de valores comunitarios y estructurales que el capitalismo neoliberal ha ido destruyendo. Estos pueblos, aunque de hecho sean hoy pobres y empobrecidos, poseen una sabiduría milenaria, anterior al mismo cristianismo.

Frente al sentido comunitario y solidario de muchas de estas culturas tradicionales, su sentido del compartir y de la reciprocidad, el capitalismo ha introducido un individualismo feroz, un egoísmo a ultranza.

Frente a una vida sencilla y frugal contenta con lo más elemental, se ha introducido el valor consumo.

Frente a un sentido de armonía cósmica con la naturaleza, la madre tierra, la Pachamama andina, el capitalismo ha introducido el valor mercantilista de la tierra, abusando de los recursos naturales, con un antropocentrismo egoísta y salvaje.

Frente a un sentido sencillo y pudoroso de la sexualidad y una visión humana del sexo, del matrimonio y de la familia, el capitalismo ha invadido con una ideología del sexo como juego, del placer por el placer, de la pornografía y del abuso de la mujer, con una concepción egoísta y muy poco seria de la familia y el matrimonio.

Frente a un sentido de la gratuidad y de la fiesta como celebración comunitaria y sueño utópico de la sociedad del futuro, el capitalismo ha pervertido la fiesta, ha absolutizado lo útil, el ahorro y el trabajo como lo único valioso, del cual la fiesta sería una interrupción desagradable pero necesaria para poder luego trabajar más y ganar más.

Frente a un sentido integral de la persona y de la vida, que valora lo afectivo, lo simbólico y lo gratuito, el capitalismo defiende un racionalismo frío y calculador, la razón instrumental frente a la razón simbólica.

Frente al valor de la honestidad, de la autenticidad y transparencia, el capitalismo defiende bajo capa de progreso la doble moral, la hipocresía, el silencio bancario, los paraísos fiscales, el blanqueo de dinero.

Frente a un sentido pacifista de los pueblos, el capitalismo, tremendamente machista, defiende el armamentismo, vende armas a los países pobres y se aprovecha de sus luchas y rencillas tribales para ganar a costa de vida humanas, fabrica minas personales y luego ofrece la tecnología antiminas para eliminarlas, sin que le importen las víctimas inocentes, muchas veces niños y niñas, que quedan sin piernas o sin brazos.

En un palabra, frente al “vivir bien” que las culturas tradicionales defienden, es decir una vida humana, sencilla, igualitaria y compartida, el sistema capitalista defiende el que algunos “vivan mejor” a costa de que otros vivan inhumanamente. Frente a la civilización que Ellacuría llama de la pobreza (sencillez y austeridad compartidas) el capitalismo ofrece la civilización de la riqueza: lucro, desigualdad, consumo, abuso, discriminación

DESHUMANIZACIÓN

Pero los valores del capitalismo no sólo causan víctimas hacia fuera, sino que deshumanizan a sus mismos defensores. Estos antivalores capitalistas deshumanizan y convierten la vida en algo a la larga insoportable, no es raro que aumenten los suicidios en estos países tan “avanzados”, que el dolor, el sufrimiento, el fracaso y la muerte resulten incomprensibles e inaceptables. Existe como un tedio de la vida, una tristeza y una náusea existencial (tipo Bonjour tristesse de Françoise Sagan), una depresión, que se busca vencer a toda costa con el alcohol, el sexo (el turismo sexual en Tailandia o Cuba) y sobre todo con las drogas. El fenómeno del narcotráfico con grandes ganancias, con la lucha de los cárteles, el ajuste de cuentas y la violencia constantemente en aumento, supone que sobre todo en los países ricos hay gente drogadicta, que necesita drogas para sobrevivir, para soportar la vida, una vida que cada vez carece más de sentido y de ilusión.

IDOLATRÍA

Detrás de esta economía de mercado neoliberal se halla una antropología donde el capital está por encima de la persona humana, del trabajo y de la dignidad humana. El capitalismo, como el comunismo del Este, no sólo contiene errores económicos sino antropológicos y teológicos.

En efecto, detrás de estos antivalores del capitalismo se esconde algo más grave, una idolatría del capital, del dinero, verdadero dios al que se ofrecen sacrificios sangrientos de víctimas que mueren cada día. Hay también sacerdotes, templos y víctimas como en los antiguos sacrificios rituales. Son esos dioses desconocidos que los profetas de Israel denunciaban (L. Sicre), a los que se ofrecen sacrificios, los que dominan el panorama económico, cultural y espiritual del mundo capitalista. El capitalismo es una idolatría de la tierra y de sus valores mundanos, frente a los valores humanos, religiosos y espirituales de las personas. El dios de la codicia, el dios sirio Mammón de los negocios (Mt, 6,24; Lc 16,9.11.13), pasa por delante de los pobres. Bíblicamente hay una alianza entre Yahvé y los pobres y hay un pacto entre Mammón y la idolatría de la riqueza (A. Pieris).

Frente a las culturas tradicionales que son profundamente religiosas, el capitalismo alza la bandera del placer terreno, de la libertad total, del poder económico y el dinero como supremos valores, del egoísmo individualista sin ningún control social, del mundo enemigo de Dios.

Pero el capitalismo neoliberal no quiere aparecer como ateo o materialista y lo que hace es camuflarse con el ropaje de la civilización cristiana occidental. No critica la religión, la manipula, secuestra sus símbolos y fiestas religiosas como la Navidad, para convertirlas en fiestas del consumo al servicio del mercado y de los ricos. La caída del comunismo de los países del Este ha servido para afianzar el mundo del capitalismo como el único que trae salvación, el único correcto y útil al progreso, el más afín al cristianismo.

De nada han servido las críticas al capitalismo que hace la encíclica Centesimus annus (vg. 19, 36,39,41..) de Juan Pablo II, ni sus anteriores advertencias en Laborem exercens y Sollititudo rei socialis sobre el grave riesgo de subordinar el trabajo humano y el bien común de la sociedad al capital y al mercado neoliberal. El capitalismo es visto por algunos cristianos como el Reino de Dios (Camdessus), como el único que salva, aunque la gente le vuelva el rostro como ante el Siervo de Yahvé (como afirma el teólogo neoconservador Michael Novak). José María Mardones ha demostrado ampliamente la contradicción e incompatibilidad entre la teología neoconservadora que pretende justificar teológicamente la razón capitalista, con la vida y mensaje de Jesús de Nazaret. Esto se ve claramente cuando se reflexiona desde las periferias.

La misma encíclica Caritas in veritate de Benedicto XVI, a pesar de sus grandes valores, no hace una crítica frontal al neoliberalismo. ¿Somos más sensibles a los errores marxistas y comunistas que a los del capitalismo neoliberal, sin advertir que ambos sistemas son materialistas y ateos, uno teórico y otro práctico, aunque el capitalismo lo disimule? ¿Por qué se ha criticado y condenado a la teología de la liberación y no se dice nada de los teólogos como Novak que sacralizan el capitalismo como fuente de salvación? ¿Por qué los que como Hans Küng critican, con razón, los defectos, incoherencias y falta de apertura de la Iglesia son tan poco críticos frente al sistema capitalista dominante? ¿Por qué la moral clásica ha sido tan sensible a los pecados sexuales hasta llegar a decir que no hay parvedad de materia en los asuntos del sexo y es tan amplia, elástica, y poco concreta en temas sociales y frente al capitalismo, como ya afirmaba Ives Calvez?

EPÍLOGO: “¿ESTOS NO SON HOMBRES?”

El día 21 de diciembre de 1511, cuarto domingo de Adviento, el dominico Fray Antonio de Montesinos, al comentar en su homilía las palabras de Juan Bautista “una voz clama en el desierto”, pronunció en isla La Española (actual Santo Domingo, capital de la República Dominicana), en presencia del almirante Diego de Colón, hijo de Cristóbal, y de los españoles que le acompañaban, el siguiente sermón:

“Esta voz dice que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tantas infinitas dellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos de sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren, y por mejor decir, los matáis, por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine y conozcan a su Dios y criador, sean baptizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos? ¿Estos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened por cierto que en el estado que estáis no os podéis salvar más que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Cristo”1

En el 2011 se cumplen 500 años de este sermón profético que indignó a Diego de Colón y su séquito y en cambio despertó de su sueño letárgico a Bartolomé de las Casas, hasta entonces cura español encomendero con eslavos indios.

Ciertamente la colonia española y el capitalismo neoliberal de hoy no se identifican, pero los valores en juego son los mismos: la idolatría del oro por la cual se somete, se oprime y al final se mata a los seres indefensos, la usurpación de las riquezas de la tierra, la manipulación de la religión como cobertura ideológica para encubrir sus verdaderos intereses de codicia de riquezas, la insensibilidad ante las víctimas, la destrucción de la tierra y de las culturas originarias, el sueño letárgico con que se vive y se autoengañan y deshumanizan los defensores de la primacía del dinero sobre las personas. A esto se puede añadir el racismo, el machismo y la violencia sexual sobre las mujeres.

¿Surgirá algún Antonio de Montesinos o Bartolomé de las Casas hoy que sea capaz de denunciar todo lo que estos antivalores capitalistas han destruido y los valores que han absolutizado? ¿Surgirán economistas honestos capaces de buscar alternativas al actual sistema? ¿O nos contentaremos con simples adaptaciones y remodelaciones del sistema capitalista?

Los 50.000 niños de La Paz han sonreído al recibir sus juguetes. ¿Se habrán dado cuenta de que sólo se les devuelve una miseria frente a lo que se les ha robado durante siglos?

DEMOCRACIAS EN DECLIVE

Juan Diego García

Exodo 107 (ener.-febr) 2011
– Autor: Juan Diego García –
 
El sistema democrático experimenta un notable desgaste en las denominadas democracias consolidadas de Europa mientras en los Estados Unidos padece un proceso de deterioro acusado que restringe los espacios democráticos con prácticas que se creían sepultadas tras la pesadilla del macartismo y la discriminación racial institucionalizada.

En el Viejo Continente, aunque se mantienen las formas del sistema democrático se vive desde hace más de una década un paulatino proceso de desmantelamiento del Estado de Bienestar, una limitación cada vez mayor de los derechos civiles, un incremento del rechazo a las minorías con expresiones crecientes de racismo y xenofobia, el repunte electoral de la extrema derecha y la renovación de un espíritu colonialista de nuevo tipo que va desde las aventuras individuales en ultramar hasta el compromiso cada vez más estrecho con la estrategia imperialista de los Estados Unidos, principalmente a través de la OTAN, convertida ya en una especie de brazo armado del capitalismo occidental.

La burguesía europea renuncia a un modelo de capitalismo con rostro humano alcanzado con tantos esfuerzos después de la Segunda Guerra Mundial y en lugar de la Europa de la ciudadanía se levanta sin prisa pero sin pausa la Europa de los mercaderes procediendo a desmantelar el entramado de seguridades en todos los órdenes que si bien no anula la lucha de clases sí proporciona cierta estabilidad y un control así sea temporal de las tendencias más dañinas del sistema. Con independencia del color político de los gobernantes se avanza en el desmonte del fundamento institucional en el cual se desarrolla el juego democrático. La estrategia en curso intenta regresar al capitalismo clásico, a la plena libertad del capital, a un estado de cosas que si bien asegura enormes e inmediatas ganancias a las clases propietarias también agudiza las contradicciones naturales del sistema y engendra tensiones revolucionarias, tal como sucedió en el pasado. Ni siquiera las voces sensatas del reformismo burgués que ven con claridad estos riesgos merecen la menor atención, y envalentonada por la debilidad temporal de las fuerzas del trabajo la derecha continúa aplicando las mismas fórmulas que han llevado a la presente debacle, a una crisis cuyas dimensiones aún no se pueden calibrar y que bien puede calificarse como igual o peor que la Gran Depresión de 1929.

El deterioro de la democracia empieza por su base material cuando fallan los mecanismos que garantizan la satisfacción de las necesidades básicas comunes (empleo, salud, educación, pensiones, vivienda, etc.). En contraste con la seguridad de antaño ahora se impone un mundo de competencia despiadada y cálculo frío en el cual la condición del ciudadano –ese logro fundamental del humanismo– se reemplaza por la del simple consumidor. El deterioro del valor de la persona como tal es evidente y en su lugar el mercado en su “sabiduría” establece el dogma conocido de “tanto tienes, tanto vales”. Pero el desgaste de la base material de la democracia se produce al tiempo que se vienen abajo otros elementos claves del sistema y el panorama se transforma sin cesar en todos los ámbitos de la vida cotidiana.

La política llega a su punto más bajo de valoración por parte de la ciudadanía. Es común que se asocie esta actividad con la corrupción, el engaño y la inconsecuencia. Las promesas electorales se formulan a sabiendas de su incumplimiento posterior y líderes que en su momento despiertan las esperanzas de amplios sectores de la ciudadanía (Obama o Zapatero, por ejemplo) terminan convertidos en simples instrumentos en manos de fuerzas minoritarias pero muy poderosas; esas que realmente deciden. Si el voto de millones de personas vale menos que el de un banquero, el elector caerá primero en el desaliento o la indiferencia para pasar luego a la indignación, la protesta y la búsqueda de caminos diferentes (no necesariamente los mejores).

Los partidos ya no son los canales idóneos de la participación política; de hecho, han perdido sus señas de identidad ideológica y sus estructuras internas son todo menos democráticas. Socialistas y socialdemócratas ya no abogan siquiera por las fórmulas más moderadas del keynesianismo mientras los democrata-cristianos abandonaron hace años el ideal de un capitalismo reformado y de rostro humano. Ambos han claudicado y actúan hoy como los más convencidos neoliberales y proceden en consecuencia. Los gobiernos y los parlamentos deciden poco o nada; las decisiones importantes las dictan abiertamente minoritarios grupos de banqueros y especuladores, las grandes fortunas, la burguesía parasitaria y decadente y las empresas multinacionales que acumulan riqueza y poder a veces muy por encima de naciones enteras. No resulta extraño entonces que la ética pública también se deteriore. La ciudadanía observa atónita el espectáculo de gobernantes histriónicos, corruptos, de un machismo vulgar y una vida licenciosa opuesta al más elemental respeto por la moral. No faltan aquellos a quienes se vincula abiertamente con la mafia o con los entramados del delito de cuello blanco (las mafias de salón). El cinismo, la mentira y el juego sucio se ponderan más que el comportamiento consecuente y limpio, por lo común valorado como muestra de debilidad o falta de liderazgo. Los gobernantes se aseguran la total impunidad por sus actos públicos y el juego de saltar de la política a los negocios y de éstos a la política ya es pan de cada día diluyendo la indispensable distancia entre los asuntos públicos y los privados. La política, más que un servicio se convierte en una inversión de réditos seguros y no falta el dirigente que afirme sin ruborizarse que “vine a la política a forrarme”. Y efectivamente, lo alcanzó con creces. En estas condiciones ¿no es entonces explicable que colectivos cada vez más amplios de ciudadanos se abstengan de participar en los eventos electorales y hagan oídos sordos a los llamados de los políticos? ¿Resulta extraño acaso que más y más personas pasen del enfado y el estupor iniciales al convencimiento de la necesidad de buscar caminos alternativos que superen el orden existente?

Las calles de Francia, Reino Unido, Italia, Grecia, Chequia, España, Portugal y otros lugares de Europa son hoy escenario de gigantescas manifestaciones de descontento, de huelgas generales, movilizaciones populares y abiertos rechazos a las medidas gubernamentales. El malestar ya es inocultable y nadie comprende cómo, precisamente en el momento en que se genera más riqueza que nunca antes en la historia humana, se intente convencer a la ciudadanía de la inevitabilidad de un futuro con más trabajo y menos bienestar. Resulta todo un sarcasmo que hoy, cuando hay riqueza suficiente para todos (inclusive para la periferia pobre del sistema mundial), se imponga la reducción aún mayor de la parte que corresponde a las clases laboriosas mientras crecen sin medida los beneficios del capital.

Una respuesta más contundente y eficaz por parte de la ciudadanía obedece a varios factores, empezando por la falta de un programa común que dé forma a las propuestas y concrete soluciones, aunque hay que registrar que se han dado avances en esta dirección. Como reacción primera es comprensible que se proponga detener el proceso de deterioro veloz de lo actual (en todos los ámbitos) y se busque la reivindicación de lo perdido. Es ciertamente atinado y realizable exigir, por ejemplo, el control riguroso del capital financiero por parte de las autoridades y la creación de un sólido sistema bancario de carácter público; lo es igualmente una profunda reforma del sistema fiscal de suerte que el capital aporte de manera proporcional a sus beneficios y se cumpla el principio democrático según el cual debe pagar más impuestos quien más renta percibe o que se incrementen los salarios y en general el gasto social no solo por razones de justica sino porque, como se sabe, es una manera demostrada de aumentar el empleo, el consumo y, por ende, la actividad económica. Desde una perspectiva más global, habría que destacar la exigencia de una Europa diferente en la cual no solo se buscara igualar los niveles de bienestar tomando como punto de referencia los estándares más altos (y no los más bajos, como hasta ahora), para lo cual sería necesario poderes estatales y supranacionales que tengan la capacidad de controlar la dinámica patológica del capitalismo (en particular del capital financiero). Una Europa diferente debería, en consecuencia, apostar con entusiasmo por una política de paz y neutralidad. Por el momento, reivindicaciones como éstas surgen como la expresión dispersa de muy diversos grupos e iniciativas ciudadana pero van calando cada vez más en sectores amplios de la población.

La conciencia ciudadana avanza pero en su contra opera el papel alienante de los medios de comunicación que aún engañan a demasiados, deformando la realidad. Funcionando como una enorme fábrica de mentiras, los llamados mass media (en particular la televisión) están muy lejos de ser entes neutrales y “profesionales” dedicados a informar con objetividad. En lugar de ello, hasta las entidades públicas –que se financian con el dinero de todos– deforman y acomodan según el interés, ya sea de los gobiernos, ya sea de sus propietarios y de las grandes empresas multinacionales. Los medios que no se acomodan a este perfil pueden contarse con los dedos de una mano o sencillamente sobreviven en una cierta marginalidad. El deterioro de la democracia está muy bien reflejado en esta negación evidente de la llamada libertad de prensa y del derecho ciudadano a la información. Medios novedosos como la red (internet) aún permiten un cierto juego pero ya están siendo controlados y no está lejano el momento en que también se cierren estos espacios de libertad. El sistema “echelon” de los Estados Unidos hace de moderno Gran Hermano; al menos del que se tiene noticia, pues la tecnología moderna permite que la vigilancia llegue ya a niveles que ni Beria ni Macarthy imaginaron.

Contra una reacción más contundente de la ciudadanía también conspiran las reservas materiales que aún conservan las familias (por cierto, cada vez más reducidas) dejando aún un cierto margen a la esperanza de que las cosas mejoren en el futuro inmediato aunque ya las encuestas de opinión indican que el pesimismo crece y las familias reestructuran sus consumos y limitan al máximo sus gastos en previsión de días peores. Pero la pobreza y la miseria, aunque en expansión, todavía no afectan a la mayoría de la población. Sin embargo, los conocidos como “tres tercios” que componen el tejido social –los integrados al sistema, los amenazados de exclusión y los marginados– han cambiado sus proporciones en los últimos años reduciendo a los integrados y aumentando al resto, con cuadros ya muy preocupantes de pobreza y hasta de miseria en el seno de estas sociedades ricas en las cuales se supone que el orden democrático garantiza unos mínimos indispensables para todos y suficientes oportunidades para avanzar en el bienestar. Este desgaste de las bases materiales de la democracia introduce angustia y desazón en quienes siempre creyeron imposible su descenso social, miedo creciente en aquellos que se ven amenazados de exclusión y sentimientos de impotencia y rabia en la masa creciente de miserables para los cuales ya nadie augura una salida. Tiene un sabor amargo la democracia con hambre. Si por ahora las explosiones sociales de descontento no constituyen amenazas inmediatas, el deterioro de esa reserva acumulada tras dos o tres décadas de mejoramiento material puede sorprender a los más optimistas. El señor Strauss-Kahn, director del FMI –ciertamente bien informado–, llamaba hace poco la atención sobre este particular y venía a decir que de no corregirse estas dinámicas, Europa podría vivir explosiones sociales de grandes dimensiones. De hecho, ya está ocurriendo.

Pero probablemente el factor que más limita una respuesta ciudadana más contundente es el escaso desarrollo de una organización adecuada a las circunstancias del presente. La dispersión es su característica más notoria. La crisis de los partidos políticos ha permitido que en su lugar aparezcan mil iniciativas sectoriales o regionales que si bien recogen reivindicaciones muy sentidas y legítimas, por su particularismo no consiguen coordinar esfuerzos y dar a sus protestas una forma política conforme a las circunstancias. Las luchas obreras, las exigencias regionales, las reivindicaciones de tipo étnico o de género –entre las más destacadas– no encuentran por el momento una forma de coordinación que les permita traducir su enorme presencia social en una fuerza política que consiga detener el rumbo suicida de los acontecimientos, el desgaste de la democracia y, más aún, imponer soluciones. Todo ello permite que el sistema siga haciendo de las suyas sin preocuparse por la ola de descontento que genera. Todo trascurre como si la clase dominante asumiera que aunque la democracia se deteriore y crezca la protesta, ya habrá suficientes policías para asegurar el control.

Y la guerra, esa maldición bíblica que se creía superada en la modernidad y tras el fin del comunismo no solo no ha desaparecido sino que permanece y se profundiza como una realidad que ya no golpea tan solo allende los mares. Las guerras de rapiña y las guerras imperialistas son, como se sabe, parte constitutiva de la democracia estadounidense y en medida creciente en esa vorágine de muerte y destrucción también se precipita la civilizada Europa que volviendo a sus tradiciones colonialistas abandona no solo la idea de construir una UE de prosperidad compartida, un continente de pacífica convivencia con el mundo, sino que se sube al carro de guerra de los Estados Unidos. Desaparece la bandera de la paz y en su lugar surge la enseña siniestra de la muerte. Se convierte pues en un reto fundamental que los pueblos de la vieja Europa y –por qué no– también las gentes de Norteamérica rescaten lo mejor de su tradición democrática y se decidan a detener el proceso actual que conduce a la barbarie.

No están muy descaminados quienes comparan la presente coyuntura con aquella de la Gran Depresión. En efecto, luego de los “alegres años veinte” de repente todo se vino abajo, las calles se llenaron de hordas nazis, la escasa democracia de entonces se ahogó en sus propias contradicciones y el mundo se vio abocado al fascismo y la guerra. Por supuesto, nada de esto es inevitable y una formidable movilización ciudadana puede detener a la derecha enloquecida y conjurar la guerra con una profunda revolución social. Ahora bien, si se concluye que definitivamente el mal reside en el sistema mismo y que tarde o temprano la democracia y la paz resultan incompatibles con el capitalismo, se habrá iniciado el camino de la búsqueda de alternativas diferentes. Podríamos estar a las puertas de un nuevo amanecer.

Un tal convencimiento parece ampliarse con gran rapidez porque el sistema no solo avanza arrollando todas las instituciones democráticas que los pueblos se han dado en las últimas décadas sino porque en su dinámica cancerosa –ligada a un consumismo enfermizo– el capitalismo destruye la naturaleza en una medida que en muchas ocasiones pone en peligro a la misma especie humana. Los llamados de atención de científicos y de grupos de activistas de la ecología sobre los cambios drásticos que impone a la naturaleza el carácter depredador de la actividad económica desenfrenada alcanzan hoy su plena confirmación y, aunque a regañadientes, los mismos gobiernos asumen como tarea tomar medidas radicales para cambiar los parámetros de la producción y del consumo. Sin embargo, está en la naturaleza misma de este sistema que las utilidades del capital sean siempre prioritarias de suerte que las solemnes declaraciones oficiales se convierten en papel mojado y el consumismo feroz y la destrucción generalizada del medio ambiente no se detienen.

Si el sistema se vuelve incompatible con la convivencia democrática y destruye no solo a los seres humanos sino al medio y los recursos que aseguran la existencia a éstas y las futuras generaciones, es un imperativo inaplazable buscar una alternativa que ya no solo es posible sino urgente y necesaria

JUAN TORRES

Evaristo Villar/Juanjo Sánchez/Carlos Pereda

Exodo 107 (ener.-febr) 2011
– Autor: Evaristo Villar/Juanjo Sánchez/Carlos Pereda –
Entrevista
 
¿Rehenes del capitalismo? ¿Cómo se explica que “se haya caído todo y no se haya hundido nada”: ni los bancos, ni el sistema de especulación financiera, ni los paraísos fiscales, ni las agencias de calificación…?

He tratado de explicar eso en un libro de casi 300 páginas, de modo que no es fácil resumir mi opinión en unas pocas líneas. Digamos que los de arriba han sido capaces de convencer a los de abajo de que lo que le proponían era lo mejor y que los de abajo no han sido capaces ni de darse cuenta de lo que de verdad estaba pasando ni de poner en marcha procesos que evitaran que los primeros sacaran sus intereses adelante.

Dicho de otra manera, aunque se ha venido abajo el edificio financiero, el del poder del que gozan los grandes amos del mundo apenas se ha resquebrajado gracias, sobre todo, a que disponen de una gran capacidad de convicción porque dominan los medios de comunicación y adoctrinamiento.

¿Es la crisis actual una estafa? ¿Qué es lo que pone en quiebra además de la economía?

Yo creo que sí. O mejor dicho, una sucesión de estafas: cambios legales permitiendo que se acumulara un riesgo impresionante para que se pudiera ganar más en los mercados financieros, complicidad de las autoridades que decían una cosa mientras hacían otra, estafa de las agencias de calificación que han mentido y ayudado a que se cometan los engaños, estafa de los bancos a millones de clientes a quienes han dado gato por liebre… y estafa en las soluciones, que se presentan como las que permiten resolver los problemas que hay sobre la mesa cuando en realidad van a volver a provocarlos porque se orientan a apuntalar el modelo que ha producido la crisis.

¿Qué causas previas la han provocado? ¿Cuál es el cometido fundamental de los bancos y de la banca, de las Agencias rating y los paraísos fiscales en la actual desorganización de la economía mundial?

Es complejo. De modo inmediato, la crisis la ha provocado la masiva difusión de hipotecas basura y de los productos financieros derivados de ellas (muy rentables pero de extraordinario riesgo). Pero eso ha sido posible porque lo han permitido las autoridades, lo que significa que hay una regulación inadecuada. Y, sobre todo, ha podido haber tantos capitales especulativos involucrados en el proceso porque en los últimos tres decenios ha aumentado extraordinariamente la desigualdad. En los ocho años de Bush, el 75% de los ingresos fue a parar al 1% más rico. Y semejante concentración de la riqueza no va al consumo de bienes y servicios, sino al ahorro en los mercados financieros en los que la especulación producía ganancias extraordinarias. Así que no solo debemos quedarnos en las causas inmediatas sino en las que hay detrás de ellas.

¿Por qué la crisis parece tener en España mayor profundidad (alto índice de paro, remisión del flujo migratorio) que en el resto de países “ricos”? ¿Están el capitalismo y el mundo empresarial españoles más volcados en la especulación (inmobiliaria) que en la producción?

Porque, efectivamente, en España ha coincidido la crisis de financiación con el estallido de un modelo que era insostenible, basado en la construcción orientada al mercado especulativo y basado en la generación de deuda.

Eso, a su vez, es el resultado de la “especialización” impuesta a España en los últimos años. Los grandes capitales europeos han comprado nuestros mejores activos (empresas, cadenas de distribución, sectores enteros…). A eso se añade que al estar en el euro y no tener casi capacidad de maniobra, sobre todo devaluando nuestra moneda para defendernos, apenas si nos hemos podido defender. Luego, el estallido de la crisis de la deuda nos ha colocado en una posición especialmente difícil porque los bancos españoles están especialmente expuestos, aunque tardíamente, a esa deuda.

¿Cómo está afectando la crisis a los sectores de mayor riesgo: mujeres, jóvenes, o emigrantes?

Lógicamente, en mayor medida, puesto que afrontan la crisis con peor situación de partida. Las mujeres están sufriendo un notable incremento de las horas de trabajo no pagado y además aunque parece que consolidan su situación en el empleo lo hacen en puestos de trabajo de peor calidad. Además, las medidas de recuperación han estado orientadas a las actividades más masculinizadas y los recortes sociales les van a afectar más directa y negativamente. Los jóvenes registran un desempleo sencillamente escandaloso que está gestando un conflicto social sin precedentes que viviremos en menos tiempo de lo que creemos. A los inmigrantes les está afectando de modo más desigual aunque en ellos se concentran los mayores problemas de exclusión y carencias extremas por la menor disponibilidad de redes familiares.

¿Qué tiene esto que ver con la actual desarticulación o eliminación de la izquierda política?

Tiene mucho que ver porque esto produce mucha menor respuesta. Digamos que es causa y consecuencia. El neoliberalismo desmanteló la resistencia política, inicialmente con gobiernos y represión muy sanguinarios, y más adelante dominando los medios de información y apli- cando una gran actividad de legitimación. Obviamente, también la izquierda política es autorresponsable de su pérdida de peso porque en gran parte no ha sido capaz de superar ese velo dogmático e incluso totalitario que procede de lecturas muy lineales del desarrollo histórico.

¿Por qué causas el neoliberalismo está destruyendo el ecosistema? ¿Cuáles son las raíces desertizadoras de la especulación financiera?

El neoliberalismo desnaturaliza la vida, la convierte en un espacio para la ganancia y por eso también desnaturaliza la naturaleza, valga la redundancia, la convierte en mercancía, o mejor, no la toma en cuenta cuando de lo que se trata es de ganar dinero.

¿Hay salidas a la actual situación? ¿Qué juicio te merecen las reuniones del G-20, el reforzamiento del FMI, las actuaciones de los bancos centrales, las multimillonarias aportaciones de rescate y estímulo de los gobiernos democráticos?

¿Que si hay salidas? Claro que sí. Es tan fácil descubrirlas como preguntarse si se puede seguir siempre por el camino por donde vamos. Hay que darle la vuelta a las cosas. Ya sabemos a dónde lleva dejar plena libertad a los capitales, permitir que los más ricos apenas tributen, que se premie la actividad improductiva y que la actividad empresarial generadora de riqueza tenga encima siempre la losa de la especulación o que nos dejemos llevar por los valores-basura hoy día dominantes. Todo el sistema económico se ha asentado en condiciones orientadas a permitir que ganen más las grandes empresas, las que pueden desplazarse de un sitio a otro y los grandes bancos. Y el resto, que en realidad es el que crea la riqueza real, está supeditado a ello. Hay que restablecer, pues, las condiciones que permitan que la lógica de la vida económica sea la que se orienta a satisfacer las necesidades humanas y sabemos cómo hacerlo, pero la voluntad que predomina es la de quienes solo buscan su propio beneficio.

¿Cómo está afectando el neoliberalismo rampante al proyecto democrático?, ¿hay que volver a un capitalismo socialdemócrata o apostar por la superación del capitalismo?

No es cuestión solo de términos. Lo que hemos visto es que este modo de funcionar destruye las democracias. No valen las preferencias de la ciudadanía sino la de los poderes que están fuera del ámbito de la representación popular. Y hemos visto que es el propio sistema el que falla. Alguien dijo que el problema es que el capitalismo es compatible con la esclavitud, pero no la democracia. Pues ese es el problema, que el capitalismo es compatible con todas estas cosas que están pasando, pero la verdadera democracia que se basa en la auténtica participación de todos, en la satisfacción general, pues no. Y hasta los propios líderes conservadores tuvieron que reconocer que esta crisis no tenía salida dentro del sistema. Otra cosa es el intento banal de conseguirlo pero es imposible. Podremos estar así decenios pero el mundo no tiene solución sobre las bases en las que está organizado este sistema económico.

Las salidas que se están imponiendo ¿son, en verdad, “ineludibles”, “necesarias”, “lo que hay que hacer”…, tal como lo afirman hasta la saciedad los mercados, los bancos centrales, los gobiernos, o son una absoluta tomadura de pelo a la ciudadanía común, a los trabajadores, a la gente de a pie, y más aún a los pobres? ¿No son dignas de una “rebelión social” en toda regla? ¿Hay indicios y condiciones para ella?

¿Qué van a decir? La mejor prueba de que no lo son es que no toman las que dicen que van a tomar (acabar con los paraísos fiscales, regular de otro modo…) y que las que toman ni resuelven los problemas ni tienen que ver con las causas que han provocado la crisis.

¿Qué horizonte nos espera a dos, cinco, diez años vista a los países más avanzados? ¿Y por qué crecen, mientras tanto, justamente los países emergentes?

Creo que los próximos años van a ser de incremento de las convulsiones sociales, de los conflictos por la supervivencia. Y los países más ricos sufriremos en mayor medida estos problemas porque es nuestro modo de vida el principal responsable de ellos. Estamos ante una encrucijada histórica, o avanzamos hacia la justicia o se impone un desorden brutal e ingobernable, no solo entre nosotros sino entre los seres humanos y la naturaleza. Y queda poco tiempo para que nos decidamos a dónde queremos llegar.

¿REHENES DEL CAPITALISMO?

Exodo 107 (ener.-febr) 2011
 
Ante los fenómenos que está produciendo esta crisis holística de principios del tercer milenio y que afecta principalmente al mundo occidental, muchas personas se están preguntando: ¿estamos llegando al final del capitalismo? La tesis de Manuel Wallerstein, planteada hace ya muchos años, se pone de actualidad porque el sistema toca ya unos límites, económicos y ecológicos, que son infranqueables.

La crisis está acelerando el desmantelamiento del Estado de Bienestar: se limitan los derechos civiles y sociales (empleo, educación, salud, pensión, vivienda); se incrementa el apoyo a los mercados y al sector financiero (libertad plena del capital y creciente fragilidad del sector laboral); se degrada la práctica política reduciéndola a mera gestión de la economía y las finanzas privadas; repunta la extrema derecha; se rechaza a los inmigrantes y otras minorías marginadas. La ciudadanía se estremece ante estas transformaciones pero se encuentra perpleja y perdida, acosada por unos medios de comunicación domesticados por el poder.

Por otra parte, esta situación está invirtiendo los valores. El individualismo se impone sobre el sentido social y comunitario de la vida; el consumo abusivo sobre la necesidad y la utilidad; el mercantilismo sobre la gratuidad y el respeto a la Tierra; la corrupción, la usura y la doble moral sobre la ética; el poder y el armamentismo sobre la igualdad y la paz; el vivir bien, en definitiva, sobre el buen vivir.

Ante un sistema así, profundamente inhumano e inmoral, que pone al capital por encima del trabajo y al dinero por encima de las personas, la tesis del final del capitalismo suena bien. Pero ese sueño, al menos a corto plazo, se está debilitando. Nuevamente comienza a cundir el fantasma de que el capitalismo tiene una inmensa capacidad de resistencia y de camuflaje, de adaptación y supervivencia.

¿Rehenes entonces del capitalismo? ¿Hasta cuándo? Cometeríamos un grave error si limitáramos esta nueva embestida del neoliberalismo al solo ámbito financiero o de la economía. Su rancia ofensiva afecta muy sustancialmente al proyecto político, y fundamentalmente al proyecto democrático. ¿Cómo explicar, fuera de este vendaval, la actual desarticulación o eliminación no solo de los movimientos sociales críticos y ciudadanos, sino de la misma izquierda política, precisamente cuando más se los necesita?

Nos preguntaremos también desde Éxodo por qué esta ofensiva está teniendo tintes tan dramáticos en España. ¿Es que nuestro sector laboral es menos eficaz, el mundo empresarial más especulador que productivo y nuestros políticos más mediocres?

Un panorama sombrío que es preciso iluminar con la fe y la esperanza de que otra situación no sólo es posible, sino que ya está en marcha en tantas y tantas experiencias que surgen de la creatividad invencible de la gente, ríos pequeños y grandes que necesitan confluir en un caudal poderoso de justicia y libertad.