LA CRISIS Y LOS DIOSES

Antonio Zugasti

Éxodo 105 (oct.-nov.)
– Autor: Antonio Zugasti –
 
NOSOTROS ESPERÁBAMOS…

En un primer momento pareció que esta crisis iba a suponer un golpe muy serio para el capitalismo. Los más optimistas pensaban incluso que la crisis podría resultar un desastre mortal para él. Desde luego era una opinión muy común que el sistema capitalista exigía unas reformas muy profundas. Hasta Sarkozy habló de la refundación del capitalismo.

Por supuesto había motivos sobrados para eso y más: el capitalismo con sus mercados financieros había puesto a la economía mundial al borde del colapso. Sin que hubiera ninguna causa objetiva en el mundo real, ninguna catástrofe había ocurrido en la economía productiva. Únicamente por el mal funcionamiento interno del sistema.

Ya anteriormente el capitalismo se había mostrado incapaz de resolver los grandes problemas de la humanidad como el hambre y el deterioro ecológico, que tiene su cara más visible en el imparable calentamiento del planeta.

También había desaparecido el argumento que se había esgrimido como su justificación más sólida: la capacidad del capitalismo para crear riqueza. Pues ahora vemos que el capitalismo actual no tiene como objetivo prioritario la creación de riqueza, sino la apropiación de la riqueza que otros crean. Esa, y no otra, es la finalidad de la especulación. La especulación financiera, o de cualquier otro tipo, no aumenta un gramo la riqueza existente en el mundo, pero permite que algunas personas se apropien de la parte del león en esa riqueza. Pero este hecho no altera lo más mínimo el discurso de los apologistas del capitalismo. Como si ese dato no existiera.

Además ahora con la crisis también se veían obligados a pedir la suspensión provisional, un paréntesis en la vigencia de su núcleo fundamental, su más preciado fetiche, el mercado. Antes no se cansaban de exigir que el Estado desapareciera de la esfera económica en favor del mercado, y ahora reclaman una intervención urgente y masiva de los estados. Aparecía claramente que el mercado nos había llevado a esta situación, y que el mercado era incapaz de sacarnos de ella.

Oráculos fundamentales del capitalismo, las agencias de calificación, fallan estrepitosamente. Los organismos económicos internacionales como el FMI demuestran su total inutilidad. Los grandes directivos de la banca y las finanzas, con retribuciones de escándalo, resultan ser unos irresponsables que han llevado a sus empresas a la ruina. Los paraísos fiscales son refugios de piratas donde miles de millones desaparecen sin que ninguna autoridad mundial pueda tener la menor intervención.

PERO VAN YA TRES AÑOS…

Había, pues, motivos sobrados para una reacción contundente de las fuerzas de izquierda y progresistas de todo el mundo que supusiera, si no la desaparición del capitalismo, por lo menos reformas muy profundas, que implicaran una exigencia de responsabilidades y un control democrático del mundo de las finanzas.

Esto es lo que lógicamente parece que debería de haber ocurrido. Pero ¿qué ha ocurrido realmente? Pues ha ocurrido que el capitalismo sufrió un terremoto, y la que se ha derrumbado ha sido la izquierda. Algo debía de estar gravemente dañado en la estructura básica de esa izquierda.

Porque no es que se hayan caído unas cuantas tejas del tejado de la izquierda, es que el derrumbe ha sido espectacular. Miren Etxezarrta, catedrática de economía, en una entrevista publicada en Diagonal, reconoce: “Las clases populares no hemos reaccionado: nos están dando todas las tortas que quieren”. Un columnista de Público, J. C. Escudier, que no es del PP precisamente, llega a hablar de la muerte de la izquierda: “Sólo el fallecimiento explicaría que, ante una crisis que ha conmovido los cimientos del capitalismo, la izquierda haya sido incapaz de elevarse sobre el caos para ofrecerse siquiera como posibilidad”. Mirando al panorama político europeo vemos que, efectivamente, la situación, si no es de muerte, sí de una agonía muy avanzada: hace algo menos de una década en Europa había 13 gobiernos más o menos socialistas. Ahora quedan tres, España, Portugal y Grecia, y los tres en situación muy precaria.

Lo que hemos visto es una confirmación de la tesis que Naomi Klein expone en su libro “La doctrina del shock”, según la cual el capitalismo se aprovecha de las crisis, incluso las provoca, para introducir impopulares medidas de choque económico que serían rechazadas en otras condiciones.

La patronal exige reformas laborales restrictivas de los derechos de los trabajadores, así como rebajadas en sus cotizaciones a la seguridad social. Recorte de las pensiones. Recorte de los gastos sociales. Congelaciones salariales. Todo bajo la espada de Damocles de un paro que ellos pueden hacer crecer a su gusto.

Fuera de nuestras fronteras, o mejor, por encima de todas las fronteras, se cierne la sombra amenazadora de ¡los mercados! El mundo de las finanzas, ese que hace dos años pedía ayuda desesperadamente para evitar el caos, ahora exige imperiosamente. La capitulación incondicional de Zapatero y su gobierno deja entrever la gravedad de la amenaza. Y deja patente la inoperancia total de toda la izquierda política. Pero además es que la izquierda social está totalmente grogui, incluso antes de entrar en batalla. Llevada como cordero al matadero, acepta resignadamente su suerte.

Ni intelectuales, economistas o sociólogos han sido capaces, que yo sepa, de dar una explicación convincente de esta atonía social. No quiero decir que no se hayan expuesto razones de la crisis en sí misma, que sobre eso se han dado muy buenas y sólidas explicaciones. Tampoco hablo de que no existan propuestas en el terreno económico muy sensatas y certeras para avanzar hacia una salida razonable de la crisis.

Me refiero a comprender la incapacidad de la izquierda, incluso la incapacidad de la mayor parte de la humanidad, perjudicada por la crisis y sus pretendidas soluciones, para oponer una resistencia seria a la gestión capitalista de la crisis. Es verdad que algunos pequeños grupos pretenden ofrecer una resistencia numantina, pero ya sabemos cómo acabó lo de Numancia.

¿Por qué? ¿Por qué ese fatalismo ante una crisis y una vía de salida que perjudica a la gran mayoría de los seres humanos? Unos seres humanos que son capaces de luchar ásperamente con un vecino por un euro, pero se dejan arrebatar pasivamente miles de millones por unas nebulosas organizaciones financieras. ¿Por qué? ¿Da alguien una respuesta? ¿Nos planteamos siquiera la pregunta?

COSAS DE LOS DIOSES

En esta incertidumbre viene a mi memoria una frase de José Luis Sampedro que leí hace bastante tiempo. Citando a Antonio Machado decía: una sociedad no cambia mientras no cambie de dioses, y José Luis Sampedro completa la frase diciendo: y el Dios de esta sociedad es el dinero.

Un catedrático de economía y un poeta nos llevan al terreno religioso, el de las creencias, la motivación más fuerte que puede sacudir al ser humano. Pero, ¿es ese un terreno adecuado para buscar la explicación a fenómenos económicos y sociales? Cuando en los medios de comunicación lo que encontramos son cifras, miles y miles de millones, porcentajes, estadísticas, cotizaciones… ¿Qué sentido tiene hablar de cambio de dioses, cuando el mismo hecho religioso también está en crisis? ¿No podemos pensar que se trata de una escapatoria más o menos idealista para no afrontar el núcleo duro de la dificultad, que son las estructuras económicas?

Por ahí irían las objeciones dentro del pensamiento clásico de la izquierda. Pero es que precisamente estas reflexiones nos las tenemos que plantear ante el fracaso de la izquierda basada en ese pensamiento clásico. Lo que está implícito en esa afirmación: una sociedad no cambia si no cambia de dioses, es que el fundamento último sobre el que se construyen todas las estructuras sociales no es la estructura económica —como se viene manteniendo habitualmente en la izquierda de tradición marxista—, sino los valores y las creencias más profundas de los seres humanos. Y ahí están las creencias religiosas.

Porque, a pesar de todos los ateísmos, parece imposible para el ser humano vivir sin alguna clase de dioses. Cuando los dioses sobrenaturales se alejan —incluso cuando quedan relegados a unas figuras que tienen más de folclore tradicional o de rito mágico que de presencia actuante en la vida humana—, entonces es preciso buscar el ídolo que llene su hueco, que dé sentido a la vida humana, que le preste el respaldo que necesita su existencia indigente y frágil. La oculta sensación de finitud, el desvalimiento radical que, en el fondo, experimentamos todos los seres humanos, y que nos puede llevar a una angustia existencial, está exigiendo un refugio, un brazo fuerte en el que apoyarnos y sentirnos protegidos.

Pero además, en la sociedad capitalista la sensación de desamparo se acentúa con la disolución de muchos lazos que habían protegido a los seres humanos hasta la llegada de la cultura moderna. En otras culturas el hombre y la mujer se sentían seres sociales, identificados con un grupo, el clan, la tribu, la aldea de la que formaban parte y que ejercía un papel integrador y protector.

Con el capitalismo esos lazos sociales tienden a desaparecer. La sociedad se considera como una simple suma de individuos aislados que compiten entre sí en una implacable lucha por la riqueza. El ser humano, desarraigado, arrancado de la concha protectora del grupo, se encuentra en el fragor del combate sin más apoyo que sus propias fuerzas. Porque también el consuelo que sus creencias tradicionales le prestaban tiende a debilitarse en una sociedad cada vez más secularizada y en la que Dios ha pasado a ocupar un lugar muy oscuro en la privacidad del individuo.

El ser humano, desarraigado, arrancado de la concha protectora del grupo, se encuentra en el fragor del combate sin más apoyo que sus propias fuerzas En estas condiciones ¿dónde podemos apoyarnos para sentirnos seguros? Una idea flota en el ambiente: conseguir la riqueza es el único camino para sentirse firme en medio del torbellino. Fomenta la autoestima del hombre. El que la consigue considera que ha triunfado, que es una persona capaz y valiosa. Los demás le respetan y le envidian. Se propuso un objetivo y lo ha alcanzado. La vida adquiere sentido. La riqueza le da además seguridad frente a todos los avatares de cada día. Le da confianza, le salva, le promete la felicidad.

En toda religión hay una idea de paraíso, de felicidad, que habitualmente se pone en un lejano más allá. Esa idea del paraíso no podía faltar en la religión capitalista. Pero no la pone en un brumoso más allá. Lanza el deslumbrante fogonazo de los placeres inmediatos que una cultura hedonista ofrece a los que puedan pagarlos. El futuro queda arrinconado por la apremiante invitación a sumergirse en un presente embriagador. Es aquí y ahora donde podemos disfrutar el paraíso. El dinero abre su puerta. Por él hay que luchar.

Artículo completo en edición impresa. Pídela aquí