LA CORRUPCIÓN DE LA DEMOCRACIA

Evaristo Villar

Éxodo 104 (may.-jun)
– Autor: Evaristo Villar –
 
POR si no estuviéramos suficientemente convencidos de la necesidad de “regenerar la política” nos acaba de llegar un libro póstumo de Vidal-Beneyto, “La corrupción de la democracia”. Como él mismo lo califica en la introducción, se trata de “un dispositivo de ataque, un arma de guerra” contra los riesgos que amenazan los cimientos de nuestra existencia colectiva, principalmente en estos momentos en que la corrupción, como una pandemia incontenible, infecta todos los ámbitos de la vida asociada, gobernativos y laborales, recreativos y de ocio y está pervirtiendo la naturaleza y los fines de la vida política, de la realidad económica y de las prácticas sociales y culturales.

A lo largo de este texto “que se apoya en gran medida en artículos” ya publicados antes, Vidal-Beneyto aborda la corrupción radical de la democracia, profundizando luego en su verdadera causa, la deriva de los valores públicos, y analizando a continuación la quiebra de la política, los conflictos y alternativas y los avatares de los sujetos, para recalar, finalmente, en los desafueros del capitalismo.

La corrupción política, según el autor, no sólo pone fin al Estado de Derecho, violando las normas destinadas a proteger el interés general, sino que conlleva la desaparición de la cultura ciudadana y conduce al neocorporativismo y la mafia al sustituir la lealtad jurídica, debida a la comunidad, por bastardos intereses individuales o del grupo de vasallaje. Y si esto es así, más que la denuncia de los casos concretos de corrupción –que habrá que hacer siempre–, lo que habrá que atacar en firme es la corrupción del propio sistema que se manifiesta en procesos como los siguientes: en la “guerra económica” que, liderada por las empresas públicas y las multinacionales, enfrenta a unos países con otros con el arma letal de la corrupción; en la mitificación que se hace del “principio de competencia”, que eleva la corrupción a la categoría de estrategia básica en la conquista del mercado; y en la financiación de los partidos políticos y en los costes astronómicos de las campañas electorales, que están transmutando la corrupción política en “corrupción de la propia democracia” (p. 38).

Y aquí, en la corrupción de la democracia, es donde, a mi juicio, el texto de Vidal-Beneyto alcanza una particular densidad, haciendo una valoración crítica en primer lugar, y avanzando luego algunas propuestas de cara al futuro.

La crítica se basa en las insuficiencias o paradojas que la misma democracia plural y representativa presenta. Porque, convertida, más que en un medio, en fin en sí misma, la democracia “revela su inadecuación radical a la realidad presente”, debido a las disfunciones estructurales y a las contradicciones sustantivas que esa imagen presenta. Lo cual se evidencia en la renuncia que se hace de “la voluntad política” en beneficio de la lucha por la conquista y uso del poder a toda costa, de una parte (p. 189), y de otra, en la “situación ambigua y confusa” que este panorama crea en la ciudanía (p. 29).

Esta inadecuación a la realidad, a pesar de haberse impuesto de forma unánime y universal como régimen político, se hace sentir, a juicio del autor, en algunas paradojas como las siguientes: entre la imagen de fin o límite que representa y el enclaustramiento del potencial emancipatorio que ella misma alberga; entre la perfección conceptual que se le otorga y lo muy poco que tienen que ver con ella sus realizaciones directas o representativas; entre el reconocimiento general de la inviabilidad de su forma clásica y su presencia dominante en el discurso de los políticos occidentales; entre el plazo corto del ejercicio democrático y el plazo

largo de las transformaciones políticas; entre su asociación general al binomio Estado-nación y el cuestionamiento que hoy día se hace de este mismo binomio; entre su pretendida neutralidad axiológica en el pluralismo reinante y la indeterminación que ella misma instala en el seno de la comunidad; entre la proclamación general de los derechos y libertades de la primera, segunda y tercera generación y la mitificación que luego se hace de la primera (libertades), relegando al olvido las otras dos (la igualdad y la solidaridad).

Difícil superar estas paradojas que, desde el punto de vista filosófico, representan un verdadero límite a la imaginación y a la utopía. Porque atribuir las disfunciones de las actuales democracias a la corrupción de los partidos o al desinterés general por la política sería confundir los efectos con las causas, pues mientras no se invente otra cosa, seguirá siendo verdad que la democracia es “el peor de los regímenes posibles, con exclusión de todos los demás”.

La causa está en querer aplicar un sistema político que se viene fraguando desde hace casi dos siglos a una realidad totalmente otra, profundamente transformada por “los enormes avances tecnológicos y la masmediatización del acontecer cotidiano; por la planetarización de la vida económica; por la emergencia de la sociedad civil mundial; por la explosión demográfica; la complejidad de las interacciones y de los sistemas, etc.” (pp. 29-36).

El fracaso de este intento lo estamos ya padeciendo: “la democracia se nos ha muerto de frustración, de apatía, de hipermediación publicitaria, de adicción al poder. Lo que ahora tenemos ante nosotros es su cadáver y todos sabemos que lo único que cabe hacer con los cadáveres es enterrarlos o resucitarlos”. Resucitar ese cadáver quiere decir “refundar la democracia” enraizándola en el “ejercicio de la razón pública” (179). Porque todo el proceso seguido en los últimos 200 años, con sus indiscutibles logros, han supuesto una cierta pereza de la razón crítica que ha permitido sacralizar la democracia representativa (liberada inicialmente por una élite dominante, luego por los partidos políticos centralizados y finalmente colonizada por los mass media o “democracia de opinión”) sin indagar otras alternativas que pudieran devolver al pueblo el protagonismo que se le ha arrebatado (pp. 191 y ss.).

En definitiva, es necesario reconocer que “el régimen democrático actual es incapaz de poner en práctica los valores que lo fundan”. Necesita “reinventar los principios y valores democráticos en su conjunto: Estado de derecho e igualdad ante la ley; autonomía del individuo; derechos humanos en su totalidad; bien común/interés general: transparencia; participación/ciudadanía”, etcétera (p. 36). Y, a partir de estas reivindicaciones, explorar las vías y modos de construir, desde y para la realidad de hoy, un sistema socio-político en el que el pueblo recupere su protagonismo y sea capaz de recuperar para bien de todas y todos los valores antes señalados.

Como dirá Federico Mayor Zaragoza en el prólogo, José Vidal-Beneyto “nos ha dejado un legado de lucidez, de espíritu de lucha, de insumisión, de tesón y tozudez… para hacer posible que el futuro sea el de nuestro anhelo de conciliación, de solidaridad, de paz y no el que diseñan, desde turbias instancias, quienes han hecho de la Tierra un mercado”.

LOS FEMINISMOS: ESPACIOS DE RELACIÓN, TRANSFORMACIÓN Y LIBERTAD

Montserrat Otero Vidal

Éxodo 104 (may.-jun)
– Autor: Montserrat Otero Vidal –
 
ME gustaría compartir con las personas lectoras de ÉXODO una práctica política que intentamos llevar a cabo en Ca la Dona y la Xarxa Feminista de Catalunya. Dos espacios creativos y diversos en los que combinamos la experiencia vital de ser mujer con el deseo de vivir la política como un espacio de relación entre mujeres con distintas maneras de entender la vida, el mundo y los feminismos. Feminismos, así, en plural, porque existen diversos enfoques y diversas aproximaciones que nos enriquecen, nos hacen crecer personalmente y nos hacen más libres.

Las Jornadas Feministas Estatales celebradas con mucho éxito el pasado diciembre en Granada han mostrado, una vez más, esta diversidad, pues las diferencias entre las mujeres se han ampliado y también visibilizado. Especialmente, gracias a la llegada de mujeres muy jóvenes que están ensanchando el espectro generacional con nuevos enfoques y por los debates como el de la prostitución/trabajo sexual o la contracepción que provocan posicionamientos extremos. De la experiencia política de estos últimos años queremos compartir y contrastar varias realidades y algunos desafíos:

_ Las diferencias entre nosotras se han ampliado: Ahora somos más diversas que hace 10 años y mucho más que hace 20 o 30 años por la incorporación de mujeres muy jóvenes que propician, por tanto, la convivencia en el movimiento de un abanico de mujeres muy amplio que va desde los 70 años hasta los 20 y pocos, cada una con su recorrido vital determinado.

_ Mujeres de otros orígenes, mujeres diferentes: También se han ampliado las diferencias por la incorporación de mujeres de otros países y de otros orígenes, cada una con su sentir, con su visión del mundo, con su experiencia y con su práctica, particular y diversa.

_ Cuidado de las relaciones con esmero: La gestión de esta diversidad requiere una atención especial a la práctica de la relación política porque fácilmente se pueden originar conflictos. No se puede poner en peligro la continuidad del movimiento feminista (MF). Es demasiado importante y valiosa la incorporación de estas nuevas experiencias y nuevas energías porque la sustantividad de las aportaciones de las mujeres más jóvenes redibuja al conjunto del MF con sus modos de pensar y actuar.

TRANSFORMACIONES CONCEPTUALES

Además, este aumento de diversidad se da en un contexto donde el marco conceptual del feminismo se está abriendo a nuevos enfoques que cuestionan y redefinen los conceptos de mujer, de sexo y de género, planteando unos debates que nos implican y nos movilizan a todas. Si queremos vivir comprometidas con nuestro momento histórico, hemos de saber ver lo que está en juego, lo que nace o lo que brota con un nuevo sentido o una nueva interpretación de la realidad.

El debate de las identidades está expresando nuevas estrategias de rebeldía a los estereotipos de género, de insumisión a los roles establecidos y de transgresión al sistema neoliberal y heteropatriarcal vigente todavía. Debates y estrategias que a pesar de tensionar los límites del feminismo y plantear desafíos, impulsan la lucha feminista contra la opresión y violencia de género y dan continuidad a nuestra lucha de todas las formas posibles aunando esfuerzos y buscando todas las alianzas posibles.

OTROS DESAFÍOS PARA EL MOVIMIENTO FEMINISTA

Algunas mujeres sienten, sentimos, el deseo de establecer alianzas y complicidades con mujeres de otros movimientos sociales (antisistema, okupas, alternativas, o de grupos mixtos) e incluso con personas intersexuales, transexuales, o transgénero que, como nosotras, luchan contra los pilares básicos del patriarcado. A pesar de que nuestra sociedad todavía está lejos de aceptar la diversidad de sexos-géneros humanos, algunas pensamos que ha llegado el momento de debatir cómo establecer políticas de alianza, de qué manera, hasta dónde y cuándo. Sin duda, es un desafío para las relaciones políticas entre mujeres y los distintos grupos encontrar la manera de articular unas alianzas para contribuir a un trasvase de experiencias y energías, en definitiva, ver cómo nos contaminamos unas a otras y todos y todas, en conjunto.

Existe otro nivel de desafíos políticos que se da en el interior de cada cual, en el terreno personal, y que son fundamentales: no es posible una transformación colectiva sin transformaciones individuales. Otro mundo es posible si mujeres y hombres somos capaces de llevar a la práctica de nuestra vida personal otras perspectivas y otras actitudes, si somos capaces de transformar nuestro imaginario.

HACIA OTRA POLÍTICA NO-HETEROPATRIARCAL

Hacer política implica experimentar y probar. Implica crear redes de relación y de interconexión sumando diversidades y evitando divisiones y exclusiones. Trabajemos para crear vínculos y puentes de relación, para alcanzar consensos cuando sea posible y gestionar con inteligencia los disensos, incluso en aquellas diferencias o posicionamientos que parecen insalvables.

Sabemos que el pensamiento conforma y nuestras palabras construyen realidad, busquemos, pues, esta interlocución política que moviliza el imaginario y el orden simbólico superando el pensamiento dicotómico y la rigidez mental del pensamiento único. Al mismo tiempo, demos voz a la experiencia vital de las mujeres desde lo radical y originario, desde la sensibilidad y el amor a la vida, poniendo en el centro de nuestras relaciones el cuidado y la genealogía de todas las mujeres que nos han precedido y que nos animan a continuar.

Ni en la Xarxa Feminista ni en Ca la Dona tenemos una fórmula mágica que diga cómo se han de gestionar estos desafíos. Lo que sí tenemos son las ganas de asumirlos y sabemos que es en las relaciones donde transformamos nuestro entorno. Esta experiencia es política y sin ningún tipo de duda nos trasciende, trastorna el patriarcado, y transforma el mundo.

BRIGADAS VECINALES DE OBSERVACIÓN DE DERECHOS HUMANOS

Varios Autores

Éxodo 104 (may.-jun)
– Autor: Varios Autores –
Una respuesta desde abajo a la violencia policial
 
LOS HECHOS: ¿POR QUÉ SE FRAGMENTA LA VIDA SOCIAL EN LOS BARRIOS?

La idea de “seguridad ciudadana” que orienta los controles de identidad policiales está produciendo una continua violencia –no sólo sobre las víctimas de los controles, sino sobre los barrios en su conjunto– al agredir el hábitat de la vida cotidiana y la sociabilidad básica en las ciudades.

Las órdenes dictadas desde el Ministerio del Interior son claras: medio millón de identificaciones y veintidós mil detenciones a lo largo de 2010(1). Pese a que apenas se puede expulsar al 2% de las personas identificadas sin documentación legal en España, estas prácticas policiales se desarrollan de manera continua. Las consecuencias probables de la falta administrativa (que no delito), que es vivir sin papeles en España, son: la detención en comisaría; la extensión de una orden de expulsión (que generalmente no se ejecutará pero que servirá para recaudar 300 euros en forma de tasa por la revocación); el ingreso en el Centro de Internamiento de Extranjeros (espacio de impunidad denunciado por diversas organizaciones por sus condiciones denigrantes y los malos tratos y tortura); y el continuo señalamiento que impide a muchas personas realizar sin miedo tareas cotidianas como bajar con sus hijos al parque.

LA RESPUESTA DE LAS BRIGADAS VECINALES

Frente a estos efectos se producen resistencias individuales y también alianzas entre personas afectadas y no afectadas por los controles de identidad. Muchas víctimas de controles, además de ir acumulando rabia por la discriminación sufrida, inventan tácticas de fuga, nuevas relaciones e itinerarios con el fin de hacer frente a esta hostilidad. Otros vecinos no afectados directamente también resisten a estas prácticas de la policía observándola, interpelándola o mostrando voluntariamente su documentación con el objeto de evidenciar el carácter racista y clasista de los controles. Pero además de estas respuestas individuales se están tejiendo otras de carácter colectivo que pretenden afrontar el acoso policial apelando a la práctica de la solidaridad vecinal.

Las Brigadas Vecinales de Observación de Derechos Humanos pretenden incidir sobre los controles selectivos de tres formas distintas y complementarias: visibilizando en los barrios la sistemática violación de derechos que se ejerce sobre una parte del vecindario; recogiendo información válida para la elaboración de informes de denuncia sobre su carácter racista; y extendiendo el conocimiento sobre los propios derechos entre el vecindario.

Se trata de jugar con el injusto privilegio que otorga el régimen de fronteras al asignar a unas personas mayores derechos por su posesión de un simple DNI español o de una tarjeta comunitaria. Este capital, en forma de carnet, permite a algunos vecinos y vecinas cuestionar la actuación policial: no se trata de un gesto paternalista hacia quienes no tienen derechos, sino de llevar al límite los derechos diferenciales de los que se dispone para evidenciar la injusticia luchando con lo que “se tiene” (en este caso una supuesta identidad nacional legitimada). Esta experiencia confronta directamente la sensación ampliamente difundida de que la ciudadanía solicita más policía para protegerse del “inmigrante”.

MODO DE ACTUACIÓN Y EFICACIA SOCIAL

Situándose en los lugares donde la policía realiza controles o redadas (salidas de estaciones de metro, puertas de colegios, locutorios, etc.), las Brigadas observan y documentan la actuación, denuncian lo que allí ocurre e informan sobre distintos derechos y recursos. Con su acción, las Brigadas intentan invertir la lógica del control social para neutralizar sus consecuencias en la reproducción de desigualdades sociales. Vigilando a los vigilantes, buscan detener las actuaciones discriminatorias por parte de las autoridades y sus efectos de criminalización y estigmatización sobre la población migrante. Su visible “uniforme”, chalecos naranjas, intenta dar la vuelta al emergencialismo continuo al que se somete a la población a través de los discursos mediáticos y de la presencia de los dispositivos de seguridad ciudadana en las calles. Se trata de una respuesta colectiva que cuestiona mediante la acción directa no violenta la proliferación de las políticas de control naturalizadas que afectan a todos y todas las vecinas de los barrios y benefician a los grupos sociales más privilegiados. En los meses de experiencia, las Brigadas han producido un cierto efecto inhibidor sobre los miembros de las fuerzas de seguridad al lanzar un mensaje de combate a la impunidad. Además, las Brigadas han ido acumulando información sobre el perfil racial de los controles con el fin de realizar una denuncia pública mediante la elaboración de un informe. Pero sobre todo, están consiguiendo visibilizar la discriminación allí donde hace acto de presencia la violencia estatal, transmitiendo al mismo tiempo a muchos vecinos y vecinas que en su ciudad existe un apoyo mutuo entre personas que atraviesa nacionalidades. Los encuentros en las salidas de metro y en las calles están permitiendo entablar multitud de diálogos con los vecinos y vecinas, rehabilitando el espacio común como foro público que trasciende el mero tránsito para la producción y el consumo. En estas conversaciones se da cita la diversidad de posturas con respecto a las políticas discriminatorias, desde las más indignadas a las que más las justifican. Pero el mero hecho de hablar sobre ello nos permite a todos y todas no ser meros consumidores de discursos producidos en otros lugares de poder.

Desde su creación, muchas personas han ido pasando por los talleres de puesta en situación, y cada vez son más los vecinos y vecinas de distintos barrios que se están poniendo el chaleco naranja para poner fin a la indiferencia frente a los controles de identidad y hacer de esta acción directa no violenta una herramienta eficaz para luchar contra el régimen de fronteras de nuestra ciudad.

Para contactar: brigadasvecinales_ ddhh@nodo50.org o el blog http://www.brigadasvecinalesddhh. blogspot.com.

I FORO SOCIAL DE RIVASVACIAMADRID

Carlos Pereda

Éxodo 104 (may.-jun)
– Autor: Carlos Pereda –
 
Amigas, amigos:

Mis palabras quieren traeros el calor humano, la crítica social y la razón utópica de la Asamblea de Movimientos del Foro Social Mundial de Madrid. Se me ha invitado a hablar aquí en cuanto persona, una más, de las que han participado activamente en ese espacio en los últimos tres años. Un tiempo en el que hemos ido caminando juntos, poco a poco, bastantes colectivos de la comunidad de Madrid, y también de Rivas, en el que vamos definiendo por consenso un marco político común y formas concretas de organización e intervención social. Esta experiencia es lo que voy a intentar transmitiros brevemente.

Después de múltiples debates y de los tres Foros celebrados en enero de 2008, de 2009 y de 2010, tenemos claro que coincidimos en rechazar este mundo tal como está: un capitalismo rampante que explota a la mano de obra asalariada, manipula a los consumidores y destruye el planeta; una cultura autoritaria y patriarcal, que jerarquiza las relaciones sociales según diferencias de clase, sexo y etnia; una política nacional e internacional centralista y jerarquizada, que ahonda las desigualdades Norte-Sur y mantiene costosos ejércitos y fuerzas policiales al servicio del orden establecido; unos medios de comunicación en manos del poder económico y político, que no dejan espacio a otros modelos de sociedad y criminalizan la protesta. ¿Cuántas veces nos han pedido el carnet de identidad por salir a la calle a decir estas cosas?

También estamos de acuerdo en que la desunión de las personas y los colectivos con orientación crítica nos debilita, pues impide aglutinar la fuerza suficiente para avanzar en el establecimiento de otras formas de vida y de sociedad. Pensamos, además, que la articulación de los movimientos sociales críticos es necesaria para recobrar la confianza en que el cambio es posible y superar la sensación de impotencia de los sectores más explotados de la población, en España y a nivel mundial.

Uno de los temas que hemos trabajado en común ha sido la crisis. Para nosotros, como para los millones de personas que se agrupan en los movimientos antiglobalización, la crisis que estamos pasando es la última expresión de un sistema injusto, que viene de atrás. En palabras del Foro Social Mundial de Belén, “estamos ante una crisis global provocada por el capitalismo, que no tiene salida dentro de este sistema”.

Las medidas anticrisis adoptadas en España, en coincidencia con las del G-20, el FMI y la Comisión Europea, se están orientando a reactivar las finanzas y el modelo neoliberal de producción y consumo, es decir, a rehabilitar las mismas instituciones y modus operandi que dieron lugar a la creciente especulación financiera e inmobiliaria, al reparto desigual de la renta, a la insostenibilidad ambiental del modelo y, en última instancia, a la crisis. La banca y las grandes empresas, que acumularon en años pasados enormes beneficios, están socializando ahora sus pérdidas y el gobierno hace recaer sobre la población trabajadora la mayor parte de los costes. Las últimas gotas que pueden colmar el vaso son el plan de ajuste aprobado ayer por el Parlamento y las reformas que se avecinan del mercado laboral y de las pensiones. Como ha dicho hace unos días uno de los economistas más lúcidos de nuestro país, José Manuel Naredo, “el gobierno pretende apretar las tuercas a los más débiles, siguiendo los dictados más obtusos e impopulares de las fuerzas económicas, que recomiendan hacer sacrificios humanos para aplacar la ira de los dioses del mercado”.

Es absolutamente impresentable que ya en el otoño de 2008 el gobierno socialista se pusiera de acuerdo con el Partido Popular y con los banqueros –¿quién dijo que nunca se ponían de acuerdo?– para crear un fondo de 30.000 millones de euros, ampliables a 50.000, a cargo del Tesoro, a fin de evitar preventivamente la quiebra de bancos y cajas y que, sin embargo, no se tomaran medidas de fondo –que se podían tomar, máxime en un momento de crisis– para repartir el empleo, redistribuir la renta y la riqueza, socializar la banca y promover una economía social y cooperativa, orientada a satisfacer las necesidades de la población y no la acumulación de capital. Estas fueron algunas de nuestras propuestas para salir de la crisis, que aprobamos por unanimidad, después de amplios debates, en la asamblea general que tuvo lugar en el Patio Maravillas el 19 de septiembre de 2009. Como veis, no nos quedamos cortos en nuestras aspiraciones, pero es que creemos que hay que hacer un corte de mangas al sistema actual y a sus instituciones, cambiar el chip, y plantear muy clarito que otro mundo es posible, y que lo tenemos que construir desde abajo.

El último Foro de Madrid, del pasado mes de enero, se centró, como ahora el de Rivas, en el objetivo común planteado por el Consejo Internacional del Foro Social Mundial que persigue “enlazar las respuestas y alternativas de los movimientos sociales y la sociedad civil ante las crisis, porque no sólo enfrentamos una crisis global financiera o económica, sino también ambiental, alimentaria, energética, de civilizaciones, en fin, humanitaria”. Los ejes de los debates mantenidos en 78 talleres y 7 espacios de encuentro, y las propuestas de acción a las que hemos llegado se han plasmado en un documento colectivo, también trabajado de forma horizontal, que aprobamos en la asamblea del pasado 27 de abril en la sede de Médicos del Mundo

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AMÉRICA LATINA: NUEVA IZQUIERDA, VIEJOS PROBLEMAS

Juan Carlos Monedero

Éxodo 104 (may.-jun)
– Autor: Juan Carlos Monedero –
 
POR las mismas fechas en que el preso Orlando Zapata moría en una cárcel cubana tras una larga huelga de hambre, aparecía en Macarena, al sur de Bogotá, una fosa común con 2000 personas asesinadas por el ejército colombiano. No una ni diez ni cien: dos mil seres humanos intencionalmente ejecutados por las fuerzas encargadas de garantizar en última instancia la Constitución de su país. Eran parte de lo que, en un exceso eufemístico, se llamaron los “falsos positivos”: campesinos, sindicalistas y personas sin recursos económicos asesinados por militares colombianos y presentados como guerrilleros con el fin de cobrar la recompensa ofrecida por el Gobierno (al tiempo que se mantenía la guerra sucia contra cualquier tipo de oposición). El entonces Ministro de Defensa, Manuel Santos, no vería castigada en las elecciones de junio de 2010 aquella aberración y solventaría sin mayor problema su camino al Palacio de Nariño para continuar, ya con la banda presidencial cruzándole el pecho, la tarea securitaria articulada junto al saliente Presidente Uribe, fiel aliado occidental pese a estar acusado por los propios servicios de inteligencia norteamericanos de estrechas vinculaciones con el narcotráfico. Esa vinculación entre los intereses norteamericanos y los de una pequeña élite latinoamericana, siempre otorgó a los gobernantes del Sur una sensación de impunidad apenas rota con la irrupción sorpresiva de Chávez en el gobierno de Venezuela a finales de los noventa. No deja de ser sintomático que la principal contendiente del ex teniente coronel Hugo Chávez en las elecciones de 1988 era una ex Miss Universo en un país que en ese momento tenía tasas de pobreza que excedían el 60%. Misses en la CNN y millones de pobres en los cerros. Cada cual en su sitio.

América Latina, en la condición de patio trasero de los Estados Unidos, siempre ha estado al servicio de los intereses estadounidenses. Estos han sido, en cualquier caso, económicos y, de vez en cuando, también geopolíticos cuando se trataba de la lucha por la hegemonía mundial. Esta asunción está tan interiorizada que en el libro de 1997 de Zbiegnev Brzezinski (el mentor de Samuel Huntington y director de la Trilateral) El gran tablero mundial. La supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos, hoja de ruta de la política exterior norteamericana en los últimos 15 años, ni siquiera se consideraba al continente latinoamericano. Tanta era la asunción de que América Latina era política doméstica dictada desde Washington. El modelo neoliberal no nació en Europa con Margaret Thatcher en 1979 (ni siquiera un año antes, con la elección de un Papa polaco con un férreo ideario anticomunista), y tampoco en 1980 con la llegada de Ronald Reagan a la Casa Blanca como punto de llegada de una estrategia conservadora que había empezado en la lucha contra el mayo del 68.

El neoliberalismo irrumpe en lo económico con la disolución del modelo de Bretton Woods en 1973, con la creación ese año del primer gobierno en la sombra de la globalización –la Trilateral– y, sobre todo, con el golpe de Estado contra Salvador Allende y la Unidad Popular el 11 de septiembre de ese relevante año. Los años setenta, ochenta y noventa son décadas donde América se puso al servicio del mantenimiento de la tasa de beneficio del Norte, primero a través del servicio de la deuda, luego a través de la construcción en el Sur de modelos exportadores (aunque quedasen sin abastecer los mercados nacionales) y, finalmente, con tratados de libre comercio articulados para que tanto Estados Unidos como la Unión Europea exportaran sus bienes y, en el mejor de los casos, usaran el suelo latinoamericano como lugar de ensamblado de piezas construidas en el Norte (la maquila), campo abierto para explotaciones mineras muy perjudiciales para el medio ambiente o dedicaran el grueso de sus suelos a forraje para alimentar el ganado que consumirá ligada el mundo rico (la agroindustria, ligada por otro lado a los transgénicos y al robo de patentes de los pueblos ancestrales).

Es en ese contexto en donde deben entenderse las respuestas populares latinoamericanas al modelo neoliberal de los últimos veinte años y que terminaron consolidando un panorama novedoso con gobiernos de lo que se ha llamado “nueva izquierda”. A diferencia de la izquierda tradicional, esta nueva izquierda bebe más de la sociedad civil que de los partidos (fue la sociedad civil, entre ellos la iglesia popular, quien sufrió y combatió las dictaduras una vez prohibidos los partidos), y se caracterizan por su firmeza “anti imperialista” (Estados Unidos como un enemigo que se esfuerza en parecer tal), un compromiso económico redistribuidor y una política clara de recuperación de las riquezas naturales. Son estos factores los que llevan a que sean recurrentemente señalados como un nuevo “eje del mal”, ahora con epicentro caribeño. Hugo Chávez, que ha ganado 13 elecciones sancionadas como limpias por los organismos internacionales, es un dictador. Mientras, cada día la prensa venezolana o las televisiones invitan a derrocar por la fuerza al Presidente Chávez o, incluso, proponen su asesinato. ¿Qué pasaría si alguien se atreviera a decir lo mismo en España del Rey? Pero los sectarios siempre son los que no piensan como nosotros.

Chávez, Evo Morales, Correa, Lugo, Lula, los Kirchner, Daniel Ortega, Funes no salen de la nada. Las diferentes crisis de la deuda y el llamado “efecto tequila”, el fraude electoral mexicano de 1988, el caracazo de 1989, la derrota sandinista vinculada al sostenimiento de la contra por los EEUU, el levantamiento zapatista de 1994, el default argentino, la corrupción que terminó llevando al banquillo a buena parte de los dirigentes latinoamericanos de los 80 y 90, son todos elementos que fueron preparando la llegada de esas nuevas fuerzas políticas que, sin embargo, han heredado un pasado duro en forma de debilidad partidista e institucional, fuertes liderazgos –encargados ahora de compensar la fragmentación social, la apatía histórica y la ausencia de consolidación estatal–, retórica popular (descalificada como populista) y un nuevo impulso hacia la integración latinoamericana que ha hecho de la identidad regional uno de los elementos de refuerzo de los esfuerzos transformadores en curso y una garantía frente a la estrategia golpista tradicional impulsada por los Estados Unidos.

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LOS CRISITANOS DE BASE Y LA REGENERACIÓN POLÍTICA

Evaristo Villar

Éxodo 104 (may.-jun)
– Autor: Evaristo Villar –
 
EN un país como el nuestro, tradicionalmente católico y que sigue siéndolo (el 73,7% de los españoles se declara católico según el último sondeo de mayo 2010 del Centro de Investigaciones Científicas), no sería necesario justificar a estas alturas la presencia y posible aportación de los cristianos a la necesaria regeneración de la política. Porque, como evidencia la historia, el cristianismo siempre ha sido, contra la voluntad mediática actual de silenciarlo, un factor socio-político importante en España.

También es verdad que, en determinadas etapas de nuestra historia, el catolicismo oficial, que es el que suele tener algún eco en la prensa mayorista, ha ignorado o se ha opuesto abiertamente a los vientos de modernización y de cambio que han soplado en la sociedad civil. Pero, aún en estas ocasiones de mayor ensimismamiento y ofuscación eclesiástica, nunca han faltado grupos y movimientos cristianos en las bases –generalmente disidentes, mal vistos o simplemente ignorados por las jerarquías de turno– que desde su fe, han apostado abiertamente por la regeneración socio-política del país.

Y no es menester acudir, para justificar todo esto, al emblemático caso de Carlos Alfonso Comín, como él mismo diría, “cristiano en el partido y comunista en la Iglesia”. El apretado elenco de testimonios del más alto nivel que recoge Rafael Díaz Salazar en el segundo capítulo de su libro, Nuevo socialismo y cristianos de izquierdas, Ediciones HOAC 2001, certifica abiertamente esta presencia durante la turbulenta etapa de la dictadura franquista y la consiguiente transición a la democracia. Desde la dirección del Partido Comunista de España, pasando por las apreciaciones de los máximos dirigentes políticos de la izquierda parlamentaria como Felipe González y Santiago Carrillo y relevantes intelectuales como Felipe Melchor, Miguel Ángel Quintanilla o Ignacio Sotelo existe un persistente reconocimiento de la labor de esta corriente cristiana entre las bases de los incipientes partidos y sindicatos.

Algunas expresiones como las siguientes son particularmente llamativas: “quienes desarrollan una actividad más intensa y extensa en el nuevo movimiento obrero son, incuestionablemente, los católicos” (Informe del PCE 1965); “las fuerzas de oposición al franquismo que poseen hoy día más grande influencia en el movimiento obrero y universitario son los comunistas y los católicos” (S. Carrillo 1965); “los católicos progresistas constituyen un sector con personalidad propia que está en la base de ciertos movimientos, sindicatos y partidos y hay que tenerlos en cuenta” (F. González 1976); “los cristianos no sólo votan a los partidos marxistas, sino que son marxistas, dirigentes de partidos marxistas y teóricos creadores que se inspiran en los principios del marxismo” (M. A. Quintanilla, 1976); “en España una izquierda cabal y coherente sólo la he encontrado entre los llamados cristianos de base” (I. Sotelo 1976).

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Pero si nos preguntamos ahora por las razones de peso que mueven a estos cristianos de base o el por qué, contra viento y marea, esta presencia en las mediaciones socio-políticas, encontraremos pronto la respuesta. De una parte, no se trata de seguir nada preestablecido, de desplegar ningún programa escrupulosamente delineado, les basta con ser honestos con la realidad, que ya encierra en sí misma suficiente oferta de desafíos y de promesas en cada momento. En esto coinciden con tantas y tantos otros que han empeñado su vida en hacer una tierra más habitable, luchando por la igualdad y la justicia, por la libertad y dignidad de todos los seres humanos. Para nuestro propósito, este aspecto no necesita ahora mayor detenimiento. Lo que sí precisa una mayor claridad, porque se supone que es lo más característico de estas personas y colectivos, es la referencia específica que hacen de su militancia a Jesús de Nazaret, cuya vida, discurso y praxis ha seguido siendo, a muchos siglos de distancia, fuente inagotable de su inspiración y praxis socio-política.

Como bien sabemos, esta inspiración se desprende fácilmente desde la memoria acumulada en los evangelios, singularmente desde el primero en el tiempo, el Evangelio de Marcos (el resto del NT es ya una “actualización” del mensaje original recogido en Marcos). A la luz de la nueva “hermenéutica simbólica” (cfr. Juan Mateos y L. Alonso Schökel, Nuevo testamento, Cristiandad), Marcos no pretende narrar una historia, sino transmitir una enseñanza; no relatar sucesos, sino mostrar las huellas que ellos dejaron. Sus relatos son composiciones organizadas de acuerdo a un plan pedagógico al servicio de la transmisión cultural de un mensaje fundamentalmente ético. Relatos figurados detrás de los cuales subyace la realidad histórica del hombre de Galilea. Con su peculiar forma de expresarse, Marcos concentra su plan pedagógico en la frase “Reino o Reinado de Dios” (dos sustantivos que, traduciendo la misma raíz griega, se aplican diferentemente de acuerdo al contexto: Reinado cuando se refiere al principio soberano y Reino cuando se trata de la consecuencia social y política de la aceptación de esa soberanía). Pues bien, si los cristianos de base han estado y siguen estando en la acción política pública, es, entre otras razones, por haber descubierto en ella un lugar privilegiado para seguir actualizando en nuestros días y en nuestros contextos la misma propuesta del Reino de Dios que inspiró la praxis socio-política de Jesús en sus días.

Sin entrar ahora en la metafísica que también animó la vida de Jesús y que recogió suficientemente la tradición cristiana posterior –que se ha calificado como “secreto mesiánico”–, la mayor preocupación del relato de Marcos parece centrarse en la visibilidad sociocultural de Reino de Dios, lo que en palabras más seculares podríamos llamar “sociedad alternativa”. Una forma de sociedad a la que, según se desprende del texto, se llega desde un doble movimiento: uno de salida de la sociedad montada sobre un sistema viejo y caduco y otro de entrada en la nueva sociedad recreada sobre otros valores alternativos. En este proceso no caben reformismos. La sociedad vieja se ha levantado sobre dos pilares engañosos que mutuamente se han legitimado: la propiedad privada, desde el punto de vista socio-económico, y el colaboracionismo religioso-cultural, desde el punto de vista político.

La propiedad privada, en primer lugar, piedra angular del viejo sistema, se ha creído un derecho natural, innato, y, como tal, se ha considerado inmutable. Así entendida, la propiedad privada ha legitimado la acumulación, la desigualdad, la injusticia, autorizando a unos pocos el dominio de la tierra que, además de arruinar el planeta, ha normalizado la esclavitud y el genocidio, poniendo las cosas en lugar del ser humano. De la propiedad ha nacido el mercado y el dinero, la necesidad de alambradas y de fronteras que parcializan la tierra, los ejércitos y las armas para defender todo esto. Y curiosamente, el sistema religioso, lejos de reaccionar contra este disparate, ha legitimado, más bien, en nombre de Dios esta imposición sobre el ser humano y la misma tierra. Ha asumido o al menos tolerando como algo natural la esclavitud o pérdida de libertad, la estratificación o pérdida de la igualdad radical y la apropiación o quiebra de la justa solidaridad.

Frente a todo esto, el proyecto que se dibuja en Marcos apuesta por la plenitud humana y cósmica que se desprende del Reino de Dios anunciado por Jesús, invitando a tener el coraje suficiente para dar el paso desde la sociedad vieja a la sociedad alternativa. En definitiva, se trata de mover los pies para ir saliendo del sometimiento y entrando en el ámbito de la libertad, para romper con la lógica darwinista y estratificadora del sistema y caminar hacia la reconstrucción de la igualdad, para romper con la injusta legalidad de la apropiación de la tierra e instaurar una solidaridad cósmica y universal acorde con la naturaleza misma del ser humano. En este sentido, y sin necesidad de acudir en todo a una justificación trascendente o mágica, el proyecto de Reino de Dios, presentado por el evangelista Marcos, tiene una indudable dimensión sociopolítica que, traducido convenientemente a nuestro momento histórico, ofrece una real alternativa al sistema imperante.

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Cómo se ha venido traduciendo este mensaje en los momentos cruciales de la historia no sólo por la Iglesia oficial –lo que es suficientemente conocido– sino principalmente por el “cristianismo de base”, es una clave necesaria –generalmente olvidada por analistas e historiadores– tanto para hacer justicia a la historia como para entender la diversidad de tendencias que hoy mismo existen en la Iglesia. Tarea importante ésta, sin duda, pero que rebasa los límites de este trabajo. Mi aportación pretende ser más modesta, me voy a limitar exclusivamente a los tiempos que nos son más cercanos.

En concreto, me voy a referir a algunos colectivos de católicos españoles que cubren un espacio que se extiende desde la segunda mitad del pasado siglo hasta hoy; que producen una cultura literaria y una práctica socio-política desde la inspiración cristiana; y que esta inspiración los impulsa hacia una política de izquierdas (¿hacia socialismo democrático?). Siendo realistas, hay que reconocer que 50/60 años en la era del conocimiento (como se califica a la actual) es una enormidad. Antes los cambios de era duraban miles de años, siglos; ahora, cada año que pasa va haciendo viejo todo lo anterior.

Pues bien, como en los cambios de época, también en estos colectivos se advierten solapamientos internos y diferencias, en parte impuestas por la tensión que se produce entre el nuevo contexto socio-político y cultural que está naciendo y el viejo que se resiste a desaparecer, y en parte también por el lugar social donde arraigan. En este sentido, “no se puede hablar de un movimiento uniforme”, puesto que los colectivos no están articulados, pero sí se puede descubrir entre ellos una corriente o inspiración interna que, desde distintos ángulos, marcha en la misma dirección. Por señalar solamente algunos que conozco mejor y que pueden considerarse representativos de otros muchos de ámbito estatal y de los diferentes sectores de la acción pública, señalo los siguientes: la HOAC, la JOC, VO, Comunidades Cristianas Populares, Cristianos por el Socialismo, Iglesia de Base de Madrid y Redes Cristianas.

En la relación entre religión y política, el cristianismo de base asume que la religión es un factor determinante que favorece y acompaña la elaboración cultural y la acción política de los y las creyentes. Tratándose de sujetos que han tenido y siguen teniendo una repercusión cultural y política en la izquierda, es obligado clarificar desde el principio estas dos cuestiones: a) ¿De dónde sacan su inspiración específica los cristianos de izquierda? Del proseguimiento de las causas que motivaron el mensaje y la praxis de Jesús. Y b) ¿dónde despliegan su acción? En dos escenarios, uno intraeclesial y otro socio-político.

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LA PLAZA DE LAS MUJERES

Cándida Martínez López

Éxodo 104 (may.-jun)
– Autor: Cándida Martínez López –
 
HACE algunas semanas una ilustre investigadora en historia de las Mujeres, Mary Nash, recibía el doctorado honoris causa en la Universidad de Granada. Es la segunda mujer que obtiene la máxima distinción académica en la centenaria y prestigiada institución granadina. ¡Sólo dos mujeres! En el hermoso edificio renacentista que ocupa el Rectorado, Mary Nash habló de los inicios de la historia de las mujeres en España y Europa, de feminismo, y de los conceptos y metodologías creados por los Estudios de las Mujeres que han transformado la perspectiva analítica de las ciencias sociales. Lo hizo con el rigor y la brillantez que la suelen acompañar. Una situación, la vivida esa mañana, que es fiel exponente de cómo las mujeres hemos ido ocupando y transformando la plaza pública, como lugar metafórico del saber, del prestigio y del poder.

Me vinieron a la mente numerosas reflexiones sobre el proceso histórico vivido por las mujeres para acceder a la plaza pública, y sobre sus aportaciones teóricas para reconstruir ese espacio en igualdad. Al hilo de ello me animé a trasladar al papel algunas de ellas: qué está suponiendo la irrupción de las mujeres, con voz propia, en los espacios públicos; las exigencias y aportaciones de las nuevas ciudadanas, o qué viejos y nuevos obstáculos pueden arruinar o invisibilizar uno de los cambios más pacíficamente subversivos producidos en la historia: el protagonismo de las mujeres en la plaza pública.

1. LA ENTRADA DE LAS MUJERES EN LA PLAZA PÚBLICA O EL ÉXITO DE SU PALABRA

Desde que se constituyeron las primeras democracias, allá en la antigua Grecia, las mujeres estuvieron excluidas del espacio de los iguales. Al negárseles el ejercicio de la ciudadanía quedaron al margen de la polis, y, relegadas al ámbito privado, se consideró el silencio como una de sus mejores virtudes.

La arquitectura social y política de nuestras sociedades se levantó y consolidó, desde entonces, a partir de esa división de papeles sociales entre hombres y mujeres. Mientras que el colectivo masculino era definido como portador del “logos”, de la creatividad, de la palabra pública y del poder, las mujeres aparecían ligadas a la naturaleza, mediatizadas por su biología, recluidas en el silencio, socializadas en el “no poder”. Si la diferencia entre los sexos era considerada natural, las relaciones de desigualdad entre ellos también lo eran, luego no era teóricamente posible ni aceptable cambio alguno en la situación. Y así se ha argumentado y justificado durante siglos por filósofos, políticos, científicos y por las religiones.

En la sociedad contemporánea, de la mano del pensamiento y de la práctica feministas, se inició una fase de deconstrucción de esta tradición intelectual occidental, a la que ha seguido una tarea de reconstrucción desde nuevas perspectivas. El acceso de las mujeres a la educación y al voto comenzó a quebrar ese modelo y ha llevado a redefinir los principios mismos de la ciudadanía y de la democracia. Y, sobre todo, ha abierto la posibilidad de cambiar los papeles sociales atribuidos a hombres y mujeres, y, con ello, la pérdida de los ancestrales privilegios masculinos.

¿Cómo han conseguido las mujeres salir del silencio impuesto y hacer oír su voz en la plaza pública? Aunque la presencia de las mujeres en el espacio público tiene una amplia trayectoria histórica, es con el movimiento feminista cuando éstas se plantean una acción colectiva con estrategias orientadas a eliminar las desigualdades de género creadas desde siglos. Para ello se organizaron e iniciaron una andadura, con voz propia, que ha trastocado las tradicionales fronteras de los espacios sociales y políticos atribuidos a ambos sexos.

La toma de la palabra pública de las mujeres ha significado su entrada en el ágora como colectivo, la afirmación del yo-nosotras, la publicidad de sus creaciones y opiniones, y la posibilidad de establecer pactos y alianzas entre las mujeres, y, por ello mismo, también con los hombres, desde el mutuo reconocimiento como iguales. Hasta hace muy poco, la ausencia de las mujeres de los centros de decisión y de prestigio no planteaba problemas ni en la normativa de la teoría democrática, ni en los presupuestos de los análisis sociales. Sin embargo la irrupción de las mujeres en la esfera pública ha provocado una importante convulsión en los supuestos tradicionalmente aceptados. Esta evolución se expresa abiertamente, al menos, en el ámbito político, con los cambios en la consideración de la ciudadanía, y en la producción del pensamiento, con la incorporación de nuevas teorías y enfoques analíticos desde los Estudios de las Mujeres.

Al pretender consolidarse como ciudadanas de pleno derecho, las mujeres detectaron que el conocimiento podía abrirles las puertas para un futuro propio que antes les había sido negado. El movimiento feminista ha necesitado repensar el mundo para explicar a las mujeres y las claves de su dominación histórica, pero también ha querido repensar el mundo desde la perspectiva de las mujeres. La crítica feminista al saber científico y las nuevas propuestas teóricas y metodológicas han comenzado a crear fisuras en el paradigma intelectual que legitimó durante siglos la supremacía masculina, han replanteado conceptos y saberes tradicionales para desvelar la secular invisibilidad de las mujeres, y están creando conocimiento nuevo desde una rica pluralidad de enfoques.

Muchos de esos nuevos presupuestos han tenido su trabazón a través de conceptos, entre ellos el de “género”, que están permitiendo detectar la especificidad de la experiencia femenina, la pluralidad de sus trayectorias vitales, y, al tiempo, establecer las pautas de su integración en los procesos históricos y sociales.

Junto a la relevancia de las teorías, metodologías y análisis efectuados por los Estudios de las Mujeres, hay un hecho sumamente relevante, el que las mujeres hayamos comenzado a aparecer también como organizadoras de sentido, como nuevas creadoras de orden. Con ello se ha iniciado un pacífico y subversivo cambio en el tradicional orden de la producción del conocimiento hasta hace poco basado en la “auctoritas” masculina. La profusión y capacidad transformadora de las investigaciones, espacios y redes de Estudios de las Mujeres han supuesto una cierta convulsión en el modelo que había legitimado durante tantos siglos la supremacía masculina del conocimiento y del poder.

Uno de los elementos primordiales del cambio reside, precisamente, en la feminización del “auctor”, es decir, en la afirmación, por parte de las mujeres, de la propia autoría, de la capacidad de crear teorías y enfoques metodológicos propios, en el hecho de reconocerse con capacidad de innovar y de crear, de considerarse artífices de significado del mundo y, por tanto, con capacidad de transformarlo.

Se ha pasado del silencio y la exclusión, de la suplantación del nombre y de la obra de las mujeres, a la conciencia de que el mundo también ha sido y es nuestro y, sobre todo, a la conciencia de que es necesario crear otra aproximación al conocimiento que no sea parcial y excluyente. Pero sabemos que es el inicio de un largo camino, aún sin terminar de recorrer, porque todo pensamiento innovador implica riesgo, incluso una cierta extravagancia, es más, implica libertad, y eso aún cuesta admitirlo en las mujeres.

2. PARIDAD Y PODER MIXTO, O LAS EXIGENCIAS DE LAS NUEVAS CIUDADANAS

A pesar de esos riesgos, o tal vez por ellos, si hoy contamos con leyes que impulsan la igualdad entre hombres y mujeres se debe, también, a ese nuevo caudal de saberes que ha sustentado y dado argumentos a los movimientos de las mujeres en favor de su igualdad y libertad. Detrás de los gobiernos paritarios, de la mayor presencia de las mujeres en los centros donde se toman las decisiones, están la teorización y los análisis sobre el poder y los mecanismos de exclusión de las mujeres, o sobre cómo debe de producirse su inclusión.

En sólo un siglo hemos pasado de la lucha en favor del voto de las mujeres a la aspiración del poder compartido. Iniciamos el siglo XX con el debate del sufragismo y lo cerramos con el de la sociedad paritaria o mixta, y con ello las mujeres han contribuido a replantear, como antes señalaba, los propios fundamentos de la democracia. La reconsideración de la ciudadanía provocada por el feminismo no ha concernido sólo a las mujeres, sino a otros grupos marginados de la toma de decisiones, y, por ende, al conjunto del sistema democrático.

Replantear la composición y funciones de la ciudadanía ha significado replantear la raíz misma de los modelos políticos existentes, basados, entre otras cuestiones, en la exclusión de las mujeres. La ausencia de las mujeres de los centros de decisión públicos y su no consideración como ciudadanas de pleno derecho ha sido uno de los grandes caballos de batalla del siglo XX.

Hoy la paridad y la consecución de un poder mixto son los eslóganes de esta exigencia democrática renovada. Ambas propuestas son testigos de una radicalización de la crítica respecto a la concepción misma de la democracia occidental. Ahora bien, no es posible hablar de paridad sin hablar de la libertad de las mujeres. Entre la igualdad y la libertad nos encontramos, sin duda, como afirma Geneviéve Fraisse. Y entre ambas están hoy situadas las piezas sobre las que se ha de construir el nuevo modelo de relaciones, esa forma nueva de estar en la plaza pública.

Nuestra irrupción en la plaza pública, en la toma de decisiones, está provocando, pues, un cambio histórico de dimensiones aún difíciles de valorar para nosotras. Pero a nadie se nos escapa que es muy frágil, que apenas ha echado a andar, que hay que cuidarlo, que tiene muchas amenazas, que necesita complicidades.

3. LA EXPERIENCIA DE LAS MUJERES, U OTRA FORMA DE ESTAR EN LA PLAZA PÚBLICA

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OLIGARQUÍAS ELECTIVAS vs. REDEMOCRATIZACIÓN RADICAL

Jaime Pastor

Éxodo 104 (may.-jun)
– Autor: Jaime Pastor –
 
UNA reflexión sobre el estado actual de la democracia “realmente existente” en nuestra área geográfica no puede hacer abstracción del contexto global en el que ésta sobrevive, sobre todo cuando nos encontramos en medio de una crisis sistémica y multidimensional como la que nos afecta en la actualidad.

Debemos partir, por tanto, de que este momento histórico es cualitativamente diferente del que caracterizó al desarrollo de este tipo de “democracias” en las sociedades de los países miembros de la OCDE después de la Segunda Guerra Mundial. Fue en el periodo excepcional que caracterizó a los “treinta gloriosos” posteriores cuando se pudo producir ese pacto interclasista que dio lugar a los distintos regímenes de bienestar en el mundo euro-occidental y, en ese marco, a la configuración de una democracia liberal relativamente estable. El “acontecimiento global” del año 68 expresó la voluntad de una nueva generación política de querer ir más allá del Estado de bienestar y de la política institucional de los viejos partidos de derechas y de izquierdas (incluidos los partidos comunistas); pero finalmente, a partir de 1973, una onda larga neoliberal se fue imponiendo frente a aquélla con el fin de frenar la “sobrecarga de demandas” desde abajo y la crisis de “gobernabilidad” que afectaba a un capitalismo en crisis.

Así, desde los años 80 se mostraba cada vez con mayor dramatismo lo que Bob Jessop ha definido como “la paradoja de Offe”: “mientras que el capitalismo no puede coexistir con el Estado de bienestar, tampoco puede existir sin él” (2008: 334). En efecto, la tensión entre las necesidades del nuevo régimen de acumulación capitalista (con ataques al salario directo, indirecto y diferido de la fuerza de trabajo), por un lado, y la garantía del mantenimiento de un cierto grado de legitimación social entre la mayoría de la población (cada vez más limitada por esos mismos ataques), por otro, ha conocido distintas fases (resistencias con derrotas en los años 80, triunfalismo capitalista tras la caída del bloque soviético a comienzos de los 90, fin de la “globalización feliz” a finales de los 90) hasta llegar a la crisis actual. Pese a sus dificultades, el capitalismo logró dominar esa tensión sin grandes sobresaltos e incluso convirtiendo en “sentido común” su individualismo posesivo y consumista; pero el grado de financiarización que ha conocido ha acabado conduciendo al estallido de “burbujas” sucesivas cuyas consecuencias hoy recaen en las capas populares mediante nuevos “planes de ajuste” que, además de no ser suficientes para crear las bases de un nuevo “crecimiento” económico, no dejarán de generar un mayor déficit de legitimidad del sistema y de las democracias realmente existentes. Porque es ahora cuando el gran capital parece dispuesto, también en el “Norte”, a buscar una huida hacia delante frente a la magnitud de la crisis disponiéndose a prescindir incluso de unos Estados asistenciales cada vez más adelgazados justamente cuando los efectos del “descensor social” en marcha son más patentes.

DINERO, PODER Y “DESDEMOCRATIZACIÓN”

Este pronóstico se basa en que si bien durante el período de expansión económica la tendencia a la configuración de partidos “catch-all” y el neocorporativismo basado en la concertación patronal-sindicatos mayoritarios fueron relativamente funcionales al capitalismo, la intensificación de la ola neoliberal y, ahora, el estallido de la crisis sistémica han ido minando sus bases y, como consecuencia, más que a un proceso de profundización democrática a lo que estamos asistiendo es a otro inverso de “desdemocratización” o, “deconsolidación” de la democracia. Si por esto último entendemos, de nuevo con Offe, el “deterioro cualitativo en un proceso en el que se van socavando lentamente las instituciones y los principios democráticos” (2009: 108), no es difícil encontrar en nuestra realidad más cercana ejemplos de la tendencia a pasar de un “Estado social y democrático de derecho” a otro asistencial, oligárquico y securitario. Algunos, como Crouch, hace tiempo que pronosticaban ya que entrábamos en una “post-democracia”, mientras que otros se limitan a constatar que la democracia estaría “en suspenso” (Bassas, 2010), sobre todo a la vista del sometimiento tan brutal a la “dictadura de los mercados” que pretende instaurarse a escala global en el momento histórico actual.

En esas condiciones, sucintamente expuestas, el problema de encontrar mediaciones políticas que ayuden a construir una “democracia fuerte”, empleando la fórmula de Benjamin Barber, no es fácil de resolver, ya que las propuestas de reforma en un sentido más representativo, deliberativo o participativo no sólo chocan con la firme resistencia de las elites políticas a renunciar a sus privilegios sino que, sobre todo, tropiezan con la estrecha asociación de las mismas con el poder del dinero.

Porque nunca como hoy “poder estatal y poder de la riqueza se conjugan tendenciosamente en una sola y misma gestión erudita de los flujos de dinero y de poblaciones. Juntos se aferran en reducir los espacios de la política” (Rancière, 2006: 135).

Es evidente, además, como ocurre en el caso español, que los sistemas de democracia partidaria que se han ido conformando ponen la búsqueda de la “gobernabilidad” por encima del criterio de asegurar la representatividad plural de la población. Así ocurre con los sistemas electorales por los que se opta con el fin de, por ejemplo, reforzar el bipartidismo y las listas cerradas, o exigiendo mociones de censura “constructivas” para derribar gobiernos; o, en fin, estableciendo “cuartas cámaras” como los Tribunales Constitucionales, controlados por los grandes partidos y convertidos en garantes de un fundamentalismo constitucional resistente a la evolución de las realidades sociales y políticas internas, mientras se pliegan ante las que vienen del exterior, ya sea de la Unión Europea o de un derecho mercantil privado al servicio de los poderes económicos transnacionales. Por no hablar de la supervivencia de una institución antidemocrática como la monarquía en viejas y nuevas democracias europeas que, pese a no gobernar, mantienen un poder simbólico y fáctico nada despreciable en momentos de crisis.

Por eso reivindicar hoy un parlamento, elegido por sufragio universal directamente proporcional mediante listas no bloqueadas de partidos, como sede efectiva de la soberanía popular, es una demanda elemental que sin embargo parece ya “utópica”, en el sentido negativo del término. Lo mismo ocurre con la apuesta tan necesaria por superar uno de los principales déficit de la transición política española: la construcción de una república federal, plurinacional, pluricultural1 y solidaria, libremente pactada desde el reconocimiento del derecho a la autodeterminación de los pueblos que forman parte del Estado español; un proceso que debería extenderse a escala europea frente a una despótica Unión Europea, convertida en instrumento disciplinario neoliberal similar al papel que ha jugado y todavía juega el Fondo Monetario Internacional en otras regiones y, ahora, en la misma Europa.

El paso de la “gobernabilidad” a la “gobernanza” (neologismo que ha acompañado al auge neoliberal), con el consiguiente peso creciente de los grupos de presión ligados al capital financiero y las empresas transnacionales (que son, en realidad, quienes están detrás de ese sujeto abstracto tan recurrido ahora con la crisis: “los mercados”) ha contribuido, además, a la extensión de una de las grandes lacras del sistema político actualmente dominante: la corrupción, cada vez más generalizada bajo el “efecto riqueza”, bajo sus distintas formas. ¿Qué respuestas tendríamos si algún partido con peso parlamentario asumiera una lucha consecuente contra el poder de los corruptores, rechazando cualquier tipo de presión sobre los representantes y proponiendo reformas que restringieran drásticamente los gastos durante las campañas electorales, que evitaran la consolidación de una “clase política” mediante la limitación del tiempo de permanencia en los cargos electos, el establecimiento de fórmulas de rendición de cuentas, rotación y revocación de representantes, de retribuciones salariales equivalentes a la del sueldo medio de un empleado público y de prohibición de volver a presentarse a quienes hayan sufrido condena por corrupción? ¿Qué pasaría si una Iniciativa Legislativa Popular a favor de la creación de una nueva Cámara mediante el viejo y sin embargo olvidado sistema del sorteo (Cancio, 2009) –y, por tanto, basado en el principio de que cualquiera pudiera participar en el gobierno– llegara a algún parlamento electo para su aprobación? Me temo que, más allá de la demagogia con la que, en el mejor de los casos, contestaran afirmativamente a algunas de esas propuestas, la gran mayoría de la “clase política” se opondría a las mismas en nombre de la preservación de una “libre competencia no falseada” y de la “meritocracia” del político profesional.

Pero el problema está en que en esta materia ni siquiera bastaría con esas medidas de control para luchar contra la corrupción, ya que ésta se ha visto estimulada por un neoliberalismo que, bajo el creciente poder de esos “lobbies” transnacionales, ha ido privatizando amplias esferas de la economía y de servicios públicos y ha fomentado así burbujas como la inmobiliaria, de la que, como hemos comprobado suficientemente en el caso español, se ha beneficiado una larga lista de alcaldes y concejales. Haría falta, por tanto, revertir esos procesos mediante una desmercantilización creciente de aquellos sectores y bienes comunes tan necesarios para garantizar el acceso de la población a derechos sociales fundamentales. Nos topamos así, por tanto, con la estrecha asociación entre la “corrupción de la democracia” (Vidal Beneyto, 2010) y un capitalismo basado en la propiedad privada de los sectores estratégicos de la economía, incluyendo en ellos el de los medios de comunicación, cada vez más dominante en la construcción de una falsa realidad alienante. Por eso quizás el caso italiano, con la “berlusconización” del sistema político, sea el paradigma del horizonte que nos amenaza.

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LACRISIS DE LA DEMOCRACIA Y LA BÚSQUEDA DE NUEVOS RUMBOS

José Comblin

Éxodo 104 (may.-jun)
– Autor: José Comblin –
 
LA democracia está en crisis en el mundo entero, en primer lugar en Europa y en los Estados Unidos. Es un clamor universal. En América Latina también la democracia está en crisis, aunque las manifestaciones puedan ser un poco diferentes.

Para nosotros cristianos, esta crisis no nos sorprende tanto, porque el concepto de democracia vigente en el mundo occidental siempre nos pareció superficial y destinado a ocultar un problema mucho más fundamental. El concepto de democracia pertenece al universo cultural de la modernidad. Ésta se inspira en la filosofía y la política de la antigua Grecia. El problema griego era el de saber cuál sería el mejor sistema de orden en la ciudad: que las decisiones sean tomadas por uno solo, el rey, o bien por una aristocracia, o bien por todos los ciudadanos. De todos modos, los esclavos y los extranjeros no participan, pues no eran ciudadanos, lo que significa que aun en la democracia solamente una pequeña minoría participaba en las decisiones. Los que no tenían poder ninguno no participaban.

En la tradición cristiana que se inspira en la Biblia, la cuestión fundamental es justamente lo que pasa con los que no tienen ningún poder. El punto de partida no es una reflexión teórica sobre el modo de gobernar que sea más eficaz. El punto de partida es el hecho social básico, que es la dominación de la muchedumbre de los sin poder por las minorías que tienen todo el poder, aunque la distribución pueda ser variable entre ellos.

La Biblia nos presenta una visión del mundo en la que una minoría detenta todos los poderes y oprime a las mayorías, exigiendo de ellas que trabajen en favor del crecimiento de su poder: la sociedad se divide entre dominadores y dominados. Es lo que la modernidad quería negar: creían que la democracia instituida después de las revoluciones en Inglaterra, Estados Unidos y Francia iba a constituir una sociedad de hombres libres, iguales y fraternos (¡no pensaban en las mujeres!). En la sociedad moderna ya no existiría la dominación. Mejor dicho, no se consideraba el problema de la dominación, sino más bien el problema de la división del poder entre todos los poderosos.

Jesús piensa lo siguiente de la situación política del mundo: “Sabéis que los jefes de las naciones las gobiernan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder” (Mt 20,25). Esta es la situación y el desafío de la política. Hay una minoría que oprime y una mayoría que es oprimida. Jesús lo constata en su tiempo. No inventa porque se ubica en la línea de los profetas. Todavía es el problema actual.

El desafío es: ¿cómo superar la situación de dominación, que es el primer problema de la política? Pues, para gobernar con justicia, es necesario reprimir a los dominadores y liberar a los dominados.

Esto es lo que se explicita en la figura del rey en el Salmo 72. En una sociedad de dominación, el papel del rey, o sea, de la autoridad política es reprimir a los poderosos y levantar a los oprimidos.

Esta doctrina estuvo en la base de la doctrina política de la cristiandad. La Iglesia creó la figura del rey cristiano y el rey cristiano era el defensor de los pobres y el que reprimía a los señores de la tierra que dominaban a los pobres campesinos.

La figura del rey cristiano es parte de una ideología más completa que es el código del caballero cristiano. Éste es el defensor de las viudas y de los huérfanos. Su espada está al servicio de los oprimidos y su arma ayuda a luchar contra los opresores del pueblo. El ideal del caballero cristiano fue enseñado a los hijos de la nobleza, aunque no siempre los niños aplicaban en su edad adulta las lecciones que habían aprendido sobre el noble caballero.

La ilusión fue que durante siglos el clero creyó que podría por ese medio buscar la justicia. Creyó que su influjo sobre la nobleza y los monarcas sería suficiente para garantizar la justicia. Sin embargo la alianza entre la jerarquía y la nobleza era demasiado estrecha. Casi todos los obispos eran de familias nobles y no tenían voluntad de exigir la aplicación del ideal de justiciero que su familia no aplicaba. Sin embargo, es bueno saber que durante toda su historia algunos no perdieron de vista que el problema político básico era la lucha contra los poderosos, contra los dueños de la tierra y todos sus poderes. Defendió esa doctrina aunque no logró realizarla en la práctica.

Vino la democracia moderna con su ideología optimista. Creyeron que por una Constitución se podía establecer la igualdad entre todos los habitantes del país. Creyeron que los tribunales aplicarían las leyes de la misma manera a todos y creyeron que la elección de representantes sería la garantía de que los pobres podrían exigir justicia porque ellos mismos harían las leyes.

La democracia sería el advenimiento de la libertad, igualdad, fraternidad, el reino de la razón sobre la fuerza, el Estado en manos de la nación, y la nación una sociedad justa. El poder estaría en manos de la nación, y, por lo tanto, ya no habría problema de dominación. Las antiguas clases privilegiadas que mantenían un poder dominante, el clero y la nobleza, habían perdido su fuerza, ya no había clase privilegiada.

Sin embargo durante todo el siglo XIX en las naciones que habían adoptado un régimen republicano y proclamado una constitución democrática, la burguesía se reservó a sí misma todas las facultades inscritas en la estructura del Estado. Desde el principio del siglo XX la clase obrera pudo conquistar ciertos derechos y una condición que estuvo mejorando progresivamente aunque en nivel diferente según los Estados. Durante un cierto tiempo los trabajadores de la industria tuvieron a su disposición el arma de la huelga. Eran indispensables para la producción y los patronos tuvieron que hacer concesiones. Sin embargo esta situación que hizo posible el Estado de Bienestar social entre 1945 y 1975, no sobrevivió.

La modernidad imaginó que bastaría suprimir la monarquía absoluta y las clases privilegiadas, el clero y la nobleza, para establecer el reino de la política. Las instituciones políticas democráticas podrían actuar con plena libertad.

Sin embargo se puso de manifiesto muy pronto que el poder de las fuerzas económicas que eran del clero y de la nobleza no había desaparecido, sino que había sido reemplazado por nuevos actores. La sociedad industrial dio origen a nuevas clases dominantes: los señores de la industria, del comercio, de los bancos. Éstos aprendieron el arte de manipular las instituciones democráticas para que fueran instrumento de su poder creciente.

A partir de la década de los 70 la nueva revolución industrial permitió la constitución de nuevas fuerzas económicas mundiales, multinacionales de un poder inimaginable. Empezó un movimiento de concentración de la riqueza en pocas manos. Los Estados fueron perdiendo poco a poco cualquier posibilidad de controlar las fuerzas económicas. La economía está en manos de grupos mundiales que hacen de los Estados la garantía de su autonomía y de su total libertad de movimientos. El papel del Estado consiste en mantener la tranquilidad de la población para que las empresas y las instituciones financieras puedan funcionar sin problema.

Desde entonces la democracia se transformó en una teoría política vacía de contenido real, porque las fuerzas económicas imponen su voluntad a los Estados. Los Estados nuevos son más vulnerables porque no pueden contar con el apoyo de organizaciones ciudadanas fuertes. Los Estados nuevos fueron en poco tiempo conquistados por las grandes fuerzas multinacionales. Fue lo que sucedió en América Latina.

La democracia quedó vacía de contenido porque el Estado fue obligado a conceder la plena autonomía a las multinacionales. Éstas pueden mover sus capitales en el mundo entero sin control. Disponen de 37 paraísos fiscales en los que todas las transacciones son posibles sin que los Estados lo sepan. Los paraísos fiscales disponen de la protección de las grandes potencias que se han colocado a su servicio.

Las multinacionales mueven el comercio que es principalmente comercio interno dentro de ellas, lo que no permite ningún control. Las multinacionales se unen, las más fuertes conquistan las más débiles de tal modo que puedan constituir casi monopolios. Las grandes compañías pueden contar con la exención de los impuestos y reciben innumerables ventajas de los Estados. Si un Estado no les concede las ventajas ambicionadas, las multinacionales amenazan: pueden inmediatamente trasladar sus medios de producción, sus fábricas para otro país que les ofrece las ventajas que fueron rechazadas.

Las multinacionales han logrado que se impusiera en la conciencia del mundo que los Estados no podían tomar iniciativas económicas y debían entregar toda la economía a empresas privadas. Con esa privatización, los Estados han perdido la fuerza económica que les daban las empresas estatales. Fue un extraordinario éxito de una inmensa campaña de publicidad que logró convencer a la gran mayoría de la clase intelectual y a casi todos los economistas. El mayor triunfo de las multinacionales fue el haber conquistado las mentes de las clases dirigentes y de sus asesores intelectuales. Los partidos políticos se han transformado en movimientos de divulgación de la ideología neoliberal, funcionan como funcionarios de las multinacionales, que además les dan buenas retribuciones.

En Europa, los gobiernos nacionales han perdido el 80% de su autonomía porque las grandes decisiones son tomadas por las instituciones de la Unión Europea que no han sido elegidas democráticamente y en donde los pueblos no tienen ni voz, ni voto. En los Estados Unidos la mitad de los electores no vota: son los pobres. Ya saben que nada va a cambiar y que de todos modos los que gobiernan son las fuerzas económicas.

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LA POSDEMOCRACIA EN SIETE PARADOJAS

José Vidal-Benyto

Éxodo 104 (may.-jun)
– Autor: José Vidal-Benyto –
 
LA escasa viabilidad del relanzamiento democrático toma pie en un sistema político, la consabida democracia plural y representativa, cuyas disfunciones estructurales y contradicciones sustantivas revelan su inadecuación radical a la realidad presente. Inadecuación, que ni los retoques de procedimiento, ni siquiera la eventual recomposición global de todo el paisaje político, pueden subsanar. Inadecuación que da lugar a una situación, ambigua y confusa que, a falta de mejor denominación, podemos calificar, siguiendo a Václav Havel, de posdemocracia.

Siete contradicciones/paradojas nos ayudarán a elucidar sus características más determinantes.

PRIMERA PARADOJA

La democracia es hoy no sólo un régimen político que se ha impuesto de forma unánime y universal, sino también, y quizás sobre todo, una concepción del mundo que a muchos les parece y, en cualquier caso, funciona como in-superable. El triunfo de la democracia es tan absoluto que la posibilidad de encontrar una alternativa práctica o incluso teórica para su sustitución aparece no ya como impracticable, sino, lo que es más, como inconcebible, como no pensable. Ni siquiera en una perspectiva utópica disponemos de propuestas políticas para la convivencia colectiva que no pasen por la democracia. La democracia pierde así su dimensión instrumental y adquiere condición teleológica, configurándose como un fin en y por sí misma, un fin que es además el fin final. De tal modo, que el horizonte democrático, sin posible más allá, transforma –primera paradoja– la condición emancipatoria y de progreso, propia de la democracia, en mecanismo de confinamiento, en instrumento de clausura. Esta democraciacierre lleva el curso político a su término extremo, su advenimiento inmoviliza el discurrir histórico. Los “posmodernos” que nos predican el fin de la historia andan por esas ramas.

SEGUNDA PARADOJA

Esa aceptación unánime y universal, esa condición de modelo único e incuestionable es simultánea de la conciencia, cada vez más generalizada, y ésta es la segunda paradoja, que sus actuales malfunciones hacen que tenga muy poco que ver con cualquier versión de la democracia pluralista, desde la directa hasta la representativa. Es decir, la convierten en inservible.

He escrito en otro lugar que, a partir de la Revolución francesa, la extensión y enraizamiento de los derechos y libertades producen una profunda democratización de muchas pautas colectivas y bastantes comportamientos sociales. Sin embargo, en el ámbito específicamente político, la generalización del voto (que pasa de censitario a universal) no lleva consigo una presencia más efectiva de los ciudadanos; al contrario, se traduce –ejemplificación de la paradoja– en una creciente desparticipación, en una, hasta hoy, irrecuperable atonía ciudadana.

Sus múltiples expresiones, al mismo tiempo efectos y causas, las vemos en el deterioro, cuando no extinción, de muchas prácticas democráticas (conversaciones sobre temas públicos, lectura de revistas políticas, asistencia a debates y reuniones, afiliación a partidos y sindicatos, participación en manifestaciones, contribución a causas colectivas, etc.); en la ritualización del voto, en la transformación de la representación parlamentaria, que de mandato de contenido específico y vinculante se convierte en delegación de carácter general y auto-nomizado, en la oligocratización y burocratización de los partidos que transforma a los militantes en funcionarios, en la mitificación del consenso, entendido como la reducción de lo políticamente opcionable, etc.

TERCERA PARADOJA

Estas disfunciones no son de ahora. Se advierten ya en los años cincuenta y, aunque no tengan la extensión e intensidad que luego irán adquiriendo, originan, a partir de entonces, una importante reflexión respecto de su etiología y de su terapia.

El agotamiento de la democracia como sistema político sitúa la gobernabilidad en el corazón de la teoría democrática y genera una abundantísima bibliografía politológica, cuyo hilo conductor es la rebaja del umbral ciudadano. Así, la escuela pluralista, tomando apoyo en la irreversibilidad de la apatía ciudadana, transforma la democracia en una poliarquía de asociaciones y partidos que limita la participación a los realmente interesados en los asuntos cívicos, único modo de hacer posible el funcionamiento comunitario. La tradición utilitarista, que domina el pensamiento político anglosajón, recurre a la estrategia del ticket gratuito (free ride) para justificar el desinterés del ciudadano racional y legitimar, con ello, tanto el ritualismo electoral como el declive de la militancia política y sindical. La corriente elitista y su pesimismo básico, que comparten con la escuela pluralista la concepción del poder como suma-cero, y encuentran en el neocorporativismo de los años ochenta su última encarnación, margina del ejercicio del poder a la supuesta incompetente mayoría para poder confiarlo a reducidas minorías profesionales como condición socialmente necesaria y, por ende, políticamente legítima del buen gobierno democrático. El conocido informe de la Comisión Trilateral sobre la gobernabilidad de las democracias1 es la más brillante formulación de este consensus científicopolítico.

Ahora bien, esta casi unánime coincidencia, desde hace más de treinta años, de los politólogos europeos y norteamericanos en que el modelo democrático, en sus versiones clásicas, ya no puede funcionar, no ha impedido –tercera paradoja– que el discurso de los líderes políticos occidentales siga recitando en todos los tonos su impracticable contenido doctrinal e incluso postule la elevación del dintel democrático y la necesidad de reforzar los instrumentos tradicionales de la democracia –militancia y participación–, haciendo de su uso la piedra angular de su pervivencia.

CUARTA PARADOJA

En sociedades plurales y complejas como las nuestras, el rasero más fiable para medir la efectividad de su valencia democrática es la alternancia en el poder. Visto desde abajo, cuantas más oportunidades y medios tengan los ciudadanos para decidir el rumbo del Gobierno y para cambiar a sus gobernantes, más democrático será su régimen político. Desde arriba, la moral del éxito, que rige los destinos de nuestra contemporaneidad, es tan absoluta que los políticos sólo piensan en la conquista y conservación del poder, la cratología es su primer saber y la contienda electoral su actividad privilegiada.

La convergencia de estas dos urgencias –la alternancia gobernante y la seducción electoral– hace del plazo corto el soporte, por excelencia, del ejercicio democráti- co actual. Pero, al mismo tiempo, la ciencia social nos enseña –cuarta paradoja– que el tiempo de las transformaciones políticas reales, en definitiva, el único tiempo históricamente válido, es el plazo largo, pues sólo él es capaz de marcar con trazo profundo la vida de los hombres y de los pueblos.

QUINTA PARADOJA

Estado y democracia son dos formalizaciones políticas de decurso entrecruzado y, con frecuencia, interdependiente, aunque no conozcamos, con suficientes certeza y detalles, los modos y grados de esa interconexión. A este respecto, los grandes debates del siglo XIX sobre el antagonismo entre liberalismo y democracia (tan brillantemente lanzado por Tocqueville) y sobre las divergencias entre república y democracia (que Hamilton inicia con tanto brío) que prometían ser de gran fecundidad se nos han agotado en el XX sin habernos llevado demasiado lejos. En cualquier caso, una gran mayoría de los tratadistas coincide en que la democracia moderna es indisociable del Estado-nación y que el contenido y características de éste encuentran su espejo en aquélla. Estado liberal y democracia liberal, Estado del bienestar y democracia social- liberal son términos entre los que no existe una correlación estricta, pero sí una clara homología. Por lo demás, nadie pone en duda que la prevalencia contemporánea de la democracia representativa sobre la directa se debe a la dimensión y funciones del Estado-nación en los dos últimos siglos.

Ahora bien, si el modelo democrático en que vivimos corresponde esencialmente al Estado-nación, ¿cómo podemos consagrar su incuestionabilidad cuando, al mismo tiempo –quinta paradoja–, ese Estado-nación es objeto de un cuestionamiento casi unánime, su descrédito, por ineficaz y opresivo, es general, se le desposee de su competencia territorial, tanto por exceso –mundialización de la vida económica y social e integraciones políticas supranacionales– como por defecto –emergencia de contextos territoriales subestatales con vocación de entidades autónomas o nacionales–, y su pérdida de legitimidad parece irrecuperable?

SEXTA PARADOJA

El pluralismo propio de la democracia y la neutralidad del Estado de derecho exigen la eliminación de toda referencia a cualesquiera valores dominantes de contenido sustantivo en la formulación de las reglas del juego democrático. Esta exigencia se considera como indispensable, pues es la garantía de igual tratamiento para los comportamientos de sus ciudadanos y para las expresiones culturales de sus grupos étnicos y sociales. Pero, a su vez, esta exigencia –sexta paradoja– instala la indeterminación axiológica en el corazón de la democracia y cuestiona radicalmente el porqué de su obligatoriedad.

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