LA MEMORIA BIOCULTURAL

Carlos Pereda

Éxodo 103 (marz.-abr.’10)
– Autor: Carlos Pereda –
La importancia ecológica de las sobidurías tradicionales
 
Conocí a Víctor y a Narciso en la presentación de su libro en Madrid hace más o menos un año y tengo que reconocer que quedé impactado. Lo saben bien mis amigos y mis hijos a quienes regalé su libro convencido de que valía la pena. Los autores son investigadores de la Universidad Nacional de México que han dedicado más de tres décadas a la exploración de los saberes y las prácticas de los pueblos tradicionales e indígenas del mundo y que ahora recogen los resultados de su trabajo en este libro de 230 páginas, editado por Icaria y que próximamente aparecerá en inglés.

La tesis central es que las culturas indígenas, generalmente ignoradas o desvalorizadas por nuestra cultura occidental, alojan sabidurías milenarias donde se concentra la memoria biocultural de la especie humana; sabidurías que pueden ser vitales para esbozar soluciones a escala civilizatoria a los problemas actuales. Desde que el Homo sapiens surgió en África hace unos 200.000 años, la especie humana ha colonizado prácticamente todo el planeta, aprendiendo cada pueblo a utilizar de manera específica los recursos disponibles en su hábitat. El resultado fue una rica diversidad cultural que puede ser entendida desde tres dimensiones básicas: genética, lingüística y cognitiva.

Cada genoma individual es un libro de historia de toda la especie y la interpretación y comparación de genomas de diferentes grupos humanos permite a los especialistas entender los procesos del pasado. Los lenguajes también se han diversificado y evolucionado con el tiempo hasta configurar unas 7.000 lenguas vivas (en el siglo XV eran 12.000). Y sobre la diversidad genética y lingüística aparecen los conocimientos: creencias y saberes, formas de organización y decisión de las comunidades, arte, instrumentos y herramientas, vestimentas y sistemas de alimentos, bebidas y medicinas, etc. De todas estas expresiones destacan los conocimientos sobre la naturaleza, transmitidos por vía oral de generación en generación, por medio de los cuales la especie humana fue moldeando sus relaciones con el medio ambiente (etnoecología).

El libro ayuda a superar prejuicios muy arraigados y a poner en valor a las culturas tradicionales. En primer lugar, no se trata de culturas muertas ya que entre 1.300 y 1.600 millones de personas mantienen patrones tradicionales de producción campesina, que se contraponen al modelo agroindustrial moderno. Unas culturas que se originaron hace 10.000 años, cuando los seres humanos aprendieron a domesticar y a cultivar a pequeña escala plantas y animales y a dominar ciertos metales, en lo que se dio en llamar “revolución neolítica”; se lograron entonces altos niveles de diversidad, autosuficiencia y productividad ecológica, basada en el uso de energía solar y biológica.

En segundo lugar, el conocimiento tradicional tiene carácter científico, resultado de una larga historia de relación y aprendizaje en el uso de los recursos circundantes, que son transmitidos y mejorados por vía oral de generación en generación. Se trata, como reconoció Levi-Strauss, de una aproximación a la naturaleza que “requirió una actitud mental verdaderamente científica, una curiosidad asidua y perpetuamente despierta, un gusto del conocimiento por el placer de conocer… que sigue siendo el sustrato de nuestra civilización” (El pensamiento salvaje, 1962).

Por último, los pueblos tradicionales aportan también sabiduría, que se basa en la experiencia concreta y en las creencias compartidas por los individuos acerca del mundo en que viven. La intuición, las emociones, los valores éticos se encuentran embebidos en la manera de mirar las cosas y de relacionarse con el contexto. La naturaleza y la cultura forman parte del mismo mundo; los valores locales encuentran su raíz en el mundo mítico y los ritos que actualizan tales mitos. La naturaleza es a la vez entendida y respetada, es vista como una fuerza de vida que es imposible de controlar pero que es fundamental para la existencia humana y que es preciso cuidar y mantener como el legado más precioso.

LA BANCA ÉTICA, SEMILLA DE UNA NUEVA ECONOMÍA

Benjamín Forcano

Éxodo 103 (marz.-abr.’10)
– Autor: Benjamín Forcano –
 
Deseo presentar las interesantes ideas que sustentan la posición de Joan Antoni Melé, acerca de un cambio radical sobre nuestro modelo económico actual.

En su experiencia siempre abrigó el sentimiento de que el intrincado mundo de la economía iba mal, pues acababa por apoderarse de la mayoría, como si el objetivo prioritario de la existencia fuera ganar dinero. En su actividad de enseñante y de conferenciante encuentra acuerdo en la mayoría, aun cuando declara sin rodeos que estamos equivocados y nos manipulan indebidamente.

Voy a referirme a tres aspectos suyos fundamentales: 1. La crisis que estamos sufriendo. 2. La responsabilidad personal frente al dinero. 3. El compromiso de todos por preservar el sentido de la vida.

LA CRISIS

Es lo primero, porque a todos nos afecta. ¿Cómo es posible que hoy, disponiendo de tanta riqueza, ten gamos que padecer tantos conflictos a nivel individual y colectivo?

1. CRISIS DEL MODELO ECONÓMICO

Técnica y científicamente hemos avanzado tanto que mucha gente apenas puede entender ese avance. Pero lo que sí entendemos todos es que la situación medioambiental es insostenible: el aire, las aguas, el suelo están contaminados, de modo que nos parece cierto lo que muchos biólogos afirman: la tierra está enferma y, si no reaccionamos a tiempo, la situación puede ser irreversible.

Reaccionar a tiempo significa admitir que las cosas las hemos hecho mal y que en ellas todos tenemos una parte de responsabilidad. Hemos avanzado mucho en el campo de la medicina, en el campo de lo social y hemos gritado que la guerra es una barbarie y, sin embargo, nos toca hoy vivir conflictos armados absolutamente crueles.

Sufrimos la enorme crisis económica actual y, sin embargo, jamás como ahora ha habido tanto dinero sobre la tierra. Y, paradójicamente, no hemos tenido dinero para erradicar el hambre y sí lo hemos tenido para cubrir el déficit de entidades bancarias que han perpetrado barbaridades con el dinero de sus ahorradores.

La globalización ha flexibilizado las fronteras, haciendo posible la circulación de las mercancías y ha provocado un crecimiento económico especulativo irreal. No es justo que teniendo más riqueza que nunca, haya más pobreza que nunca. No es justo que miles de personas lleguen en pateras a nuestras playas jugándose la vida.

Las desigualdades y la pobreza han hecho que existan mil millones de personas analfabetas, que mil millones de niños vivan en la pobreza, que cuatrocientos millones no tengan acceso al agua potable, que unos 29.000 niños hayan muerto cada día en el 2003 antes de alcanzar los cinco años de edad. Y, sin embargo, con un uno por ciento de lo que el mun- do invierte cada año en armas, se podría poner a cada niño en una escuela.

Contamos con el hecho de que los bancos, a partir de 1989, perdiendo su relación con la economía productiva real, impulsaron la circulación del dinero de forma ficticia y virtual, sin correspondencia con una verdadera creación de riqueza. El dinero se hinchó como un globo multiplicando su valor hasta que reventó: sobraba el dinero falso y faltaba el dinero verdadero. Se hacía patente una conclusión: la codicia de los individuos es la que produce el dinero especulativo y lo que estalla es simplemente una dirección falsa dada al dinero: una crisis de conciencia y de valores.

La economía especulativa trata de estrangular nuestra conciencia y de que le entreguemos a ojos ciegas nuestra vida. Ella asegura nuestra felicidad.: “Tráigame todo su dinero y le ´regalaremos´ cosas que le harán acreedor a la envidia de todos sus invitados”.

Y no debemos preocuparnos. Ella negocia con nuestro dinero, sin nosotros saberlo, metiéndolo en energía nuclear, tabaco, industria armamentística… Increíble: protestamos contra la guerra del Irak y, al mismo tiempo, la financiamos con nuestro dinero.

La economía especulativa es una mentira si su funcionamiento no atiende al impacto y consecuencias que produce en todos los seres humanos y en el medio ambiente. El beneficio es bueno, pero a condición de que no se pervierta. Y se pervierte cuando se busca por sí mismo y para sí solo. El beneficio no causa la riqueza, deriva de ella. Si el beneficio se convierte en fin de sí mismo, entonces ya no importa el modo como se logra: contaminando, esclavizando…

Se trata, por tanto, de dar una nueva dirección a nuestro modelo económico, el cual depende de cada uno de nosotros. Pero esto no es posible sin un cambio radical en nuestra manera de pensar y de actuar sobre el dinero. ¿Qué dirección debiéramos darle a nuestro dinero?

2. LA BANCA ÉTICA INDEPENDIENTE

Todos en la vida nos guiamos por unos valores que mueven nuestra voluntad y acción, nuestros beneficios. Pero si queremos llegar a una convivencia en paz debemos regirnos por el principio: “Lo tuyo me interesa tanto como lo mío”.

Esta manera de negociar nuestro dinero y beneficios dio origen a la banca ética independiente. Con el capital de sus clientes, la banca ética promueve la agricultura ecológica, el comercio justo, la cooperación al desarrollo, la tecnología medioambiental, etc. Y, como consecuencia, no conoce la “crisis” especulativa. Da opción a que los consumidores conscientes, que se mueven por valores como la solidaridad, la integridad, la paz, la justicia y la sostenibilidad, puedan poner su dinero allí donde se protegen y potencian esos valores. Es la semilla de la “nueva economía” que pretende ser verdaderamente útil para los seres humanos y que comienza inevitablemente con la conquista de la responsabilidad individual. “Hay que comprender que es posible cambiar el mundo con el dinero de uno, por poco que sea, si este ´uno´ somos todos” (Joan A. Melé, Dinero y conciencia. ¿A quién sirve mi dinero?, Plataforma Editorial, 2009, p, 47). EL PASO DECISIVO

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LA SOBERANÍA ALIMENTARIA

ISAM Madrid

Éxodo 103 (marz.-abr.’10)
– Autor: ISAM Madrid –
Apuntes
 
¿QUÉ ES LA SOBERANÍA ALIMENTARIA?

Según la definición dada por La Vía Campesina: La soberanía alimentaria es el DERECHO de los pueblos, de sus Países o Uniones de Estados a definir su política agraria y alimentaria, sin dumping frente a países terceros. Es el derecho de los campesinos a producir alimentos y el derecho de los consumidores a poder decidir lo que quieren consumir, y cómo y quién se lo produce.

La soberanía alimentaria supone priorizar la producción agrícola local para alimentar a la población, e incluye el acceso de los/as campesinos/as y de los sin tierra a la tierra, al agua, a las semillas y al crédito. De ahí la necesidad de reformas agrarias, de la lucha contra los OGM (Organismos Genéticamente Modificados), a favor del libre acceso a las semillas y de mantener el agua como bien público que se reparta de una forma sostenible.

La soberanía alimentaria también incluye el derecho de los países a protegerse de las importaciones agrícolas y alimentarias demasiado baratas. Mantener unos precios agrícolas ligados a los costes de producción sería posible si los países tuvieran el derecho de gravar con impuestos las importaciones demasiado baratas, si se comprometieran a favor de una producción campesina sostenible y si controlaran la producción en el mercado interior para evitar unos excedentes estructurales.

La soberanía alimentaria establece para la agricultura la prioridad de producir para alimentar a la población, en lugar de producir para el comercio internacional. La participación de los pueblos en la definición de la política agraria es clave, así como el reconocimiento de los derechos de los/as campesinos/ as que desempeñan un papel esencial en la producción agrícola y en la alimentación.

¿DE DÓNDE PROCEDE EL CONCEPTO DE SOBERANÍA ALIMENTARIA?

El concepto de soberanía alimentaria fue desarrollado por La Vía Campesina y llevado al debate público con ocasión de la Cumbre Mundial de la Alimentación en 1996, y ofrece una alternativa a las políticas neoliberales. Desde entonces, dicho concepto se ha convertido en tema importante en el debate agrario internacional, inclusive en el seno de las instancias de las Naciones Unidas. Fue el tema principal del foro de ONG paralelo a la Cumbre Mundial de la Alimentación de la FAO de junio del 2002, así como de noviembre del 2009.

La Vía Campesina es una organización compuesta por 148 organizaciones de campesinos e indígenas que agrupan a 200 millones de personas, con implantación en 69 países.

¿CÓMO RESPONDE LA SOBERANÍA ALIMENTARIA A LOS RETOS EUROPEOS Y MUNDIALES?

La soberanía alimentaria otorgaría a los pueblos y a la UE el derecho a definir su política agrícola y alimentaria a partir de las necesidades de la población y su medio ambiente, y no a partir de las reglas del comercio internacional inscritas en la ideología del libre comercio. Por ejemplo, le corresponde a la UE prohibir el cultivo y la importación de OGM si sus ciudadanos/ as no los quieren, sin que la OMC lo pueda impedir…

La soberanía alimentaria, al situar a campesinas y campesinos en un rol central en la alimentación de la gente de su región, les otorga un sentido y una legitimidad social que la política europea actual (conocida como PAC) a menudo les ha negado. La soberanía alimentaria de hecho se opone a la concentración actual del “poder alimentario” en manos de la industria y las grandes distribuidoras. Le corresponde al poder político, por ejemplo a la UE, regular la producción, los mercados y la distribución teniendo en cuenta a todos los actores de la cadena alimentaria. La soberanía alimentaria no sólo implica un derecho, sino también un deber: el de no perjudicar a las economías agrícolas y alimentarias de otras regiones del mundo. Todo dumping, es decir, toda ayuda que permita exportar a un precio inferior al coste de producción, debería prohibirse. La soberanía alimentaria no sólo se ocupa de alimentar a la población actual, sino también a las generaciones futuras, y por tanto integra la conservación de los recursos naturales y el medio ambiente. Para ello deben desarrollarse los modos de producción agrícola que disminuyen las emisiones de gases de efecto invernadero y favorecen la biodiversidad y la salud. Reduciendo la necesidad de transporte y cambiando los modos de producción demasiado intensivos, se abordan directamente los retos climáticos y medioambientales.

¿QUÉ HACE NUESTRA SOCIEDAD POR LA SOBERANÍA ALIMENTARIA?

En el Estado español, Plataforma Rural lleva desde 1996 trabajando por construir la Soberanía Alimentaria en lo local. Esta organización aglutina a organizaciones rurales y urbanas, de agricultores, de consumidores, ecologistas, ONG para el desarrollo y otras en esta línea, y de este encuentro han salido numerosas campañas (contra la PAC, contra los transgénicos, etc.) y proyectos (Red estatal de Semillas, Universidad Rural Paulo Freire, etc.) en la línea de la Agroecología y de la Soberanía Alimentaria, alcanzando una legitimidad y unos impactos sobre la sociedad que ninguno de estos actores podría alcanzar aisladamente. Con el apoyo de Plataforma Rural, La Vía Campesina-Europa lanzó en 2008 una propuesta para construir Foros locales por la Soberanía Alimentaria en el Estado español. De esta forma, en pocos meses se han constituido en diversos territorios (Madrid, Catalunya, Galiza, Euskadi, Aragón, Pais Valencià, etc.) plataformas que agrupan a colectivos y personas para desarrollar conjuntamente la lucha contra la globalización agroalimentaria, y a la vez apoyar y construir en lo local alternativas a la misma.

¿QUÉ PODEMOS HACER EN CONCRETO?

Entrar en contacto con estas y otras organizaciones y apoyar iniciativas y acciones locales y nacionales, como la producción campesina sostenible y ecológica, la defensa de las semillas locales, las acciones contra los OGM y el dumping, etc. También es importante llevar este debate a otras organizaciones, así como a los gobiernos y parlamentos.

La única solución duradera para eliminar el hambre y reducir la pobreza es a través del desarrollo económico local. Una forma de lograr dicho desarrollo es crear circuitos locales de producción y consumo, donde las familias de agricultores/as vendan sus productos y compren lo que necesitan en poblaciones locales. El dinero circula varias veces dentro de la economía local, generando empleo en los pueblos y permitiendo a los agricultores ganarse la vida. Por el contrario, si lo que los/as agricultores/ as producen es exportado, a precios del mercado internacional (precios bajos), y si la mayor parte de lo que compran es importado (a precios altos), todas las ganancias del sistema son extraídas de la economía local y contribuyen sólo al desarrollo de economías lejanas (como en Wall Street). Por lo tanto, la soberanía alimentaria, con su énfasis en los mercados y economías locales, es esencial para luchar contra el hambre y la pobreza.

Frente a la globalización económica guiada por las grandes corporaciones multinacionales, y las políticas desmedidas de libre comercio que devastan las comunidades rurales en todo el mundo, las personas debemos unirnos en un clamor conjunto por la soberanía alimentaria.

DECLARACIÓN UNIVERSAL DE BIEN COMÚN DE LA TIERRA Y DE LA HUMANIDAD

M. D'Escoto y L. Boff

Éxodo 103 (marz.-abr.’10)
– Autor: M. D’Escoto y L. Boff –
 
Artículo 1

El Bien Común supremo y universal, condición para todos los demás bienes, es la misma Tierra que, por ser nuestra Gran Madre, debe ser amada, cuidada, regenerada y venerada como a nuestras madres.

I. El BCTH pide que entendamos la Tierra como viva y sujeto de dignidad. No puede ser apropiada de forma individual por nadie, ni hecha mercancía, ni sufrir agresión sistemática por ningún modo de producción. Pertenece comunitariamente a todos los que la habitan y al conjunto de los ecosistemas.

II. El BCMTH exige proteger y restaurar la integridad de los ecosistemas, con especial preocupación por la diversidad biológica y por todos los procesos naturales que sustentan la vida.

III. El BCMTH es fortalecido cuando todos los seres son vistos como interconectados y con valor intrínseco, independientemente de su uso humano.

Artículo 2

Para asegurar el BCMTH es necesario reducir, reutilizar y reciclar materiales usados en la producción y en consumo, garantizar que los residuos puedan ser asimilados por los sistemas ecológicos y buscar el bien vivir a partir de la soportabilidad de los ecosistemas, en cooperación con los otros y en armonía con los ritmos de la naturaleza.

I. El BCTH resulta de la utilización sostenible de los bienes renovables como agua, suelos, productos forestales y vida marina de forma que puedan ser repuestos y garantizados para las actuales y las futuras generaciones.

II. El manejo de los bienes no renovables, como minerales y combustibles fósiles, debe ser realizado de tal forma que disminuya su extinción y no dañe gravemente el BCTH.

Artículo 3

Adoptar patrones de producción y consumo que garanticen la vitalidad y la integridad de la Madre Tierra, la equidad social en la Humanidad, el consumo responsable y solidario y el bien vivir comunitario.

I. El BCMTH requiere la utilización sostenible de las energías disponibles, privilegiando las matrices renovables y otras fuentes alternativas como la energía del sol, del viento, de las mareas y la agroenergía.

II. El BCMTH es potenciado cuando se disminuye al máximo la polución de cualquier parte del ambiente de forma a evitar los efectos perversos del calentamiento global y no permitir el aumento de sustancias radioactivas, tóxicas…

III. El BCMTH no es compatible con la existencia de armas nucleares, biológicas y químicas y otras armas de destrucción masiva que deben ser eliminadas totalmente.

Artículo 4

La biosfera es un BCTH y es patrimonio compartido por todas las formas de vida, de la cual los seres humanos son tutores.

Artículo 5

Pertenecen al BCMTH los recursos naturales, como el aire, los suelos, la fertilidad, la flora, la fauna, los genes, los microorganismos y las muestras representativas de los ecosistemas naturales y el espacio exterior.

I. El agua pertenece al BCTH porque es un bien natural, común, vital e insustituible para todos los seres vivos, especialmente para los humanos que tienen derecho a su acceso, independientemente de los costos de su captación, reserva, purificación y distribución que serán asumidos por el poder público y por la sociedad.

II. Los océanos son un BCMTH porque constituyen los grandes repositorios de vida, los reguladores de los climas y de la base física y química de la Tierra.

III. Los bosques pertenecen al BCMTH, contienen la mayor biodiversidad del planeta, la humedad necesaria para el régimen de lluvias y son los grandes secuestradores de dióxido de carbono.

IV. Los climas pertenecen al BCMTH porque son la condición esencial de la manutención de la vida y los cambios climáticos deben ser tratados globalmente y con una responsabilidad compartida.

Artículo 6

Pertenecen al BCMTH los alimentos en su diversidad y los recursos genéticos filogenéticos necesarios para su producción sobre los cuales es interdictado todo tipo de especulación mercantil.

Artículo 7

Son Bienes Públicos de la Humanidad las energías necesarias a la vida, la salud y la educación, los medios de comunicación, la Internet, los correos y los transportes colectivos. Las medicinas producidas por laboratorios privados, después de cinco años pasan a pertenecer al Bien Común de la Humanidad y en emergencias hacerlas inmediatamente públicas.

Artículo 8

Las actividades petroleras y mineras y los agrocarburantes deben estar sometidos a un control estatal y social en razón de los efectos dañinos que pueden tener sobre el BCMTH.

Artículo 9

El gran BCTH son los seres humanos, hombres y mujeres, portadores de dignidad, conciencia, inteligencia, amor, solidaridad y responsabilidad.

I. Hay que afirmar la dignidad inherente de todos los seres humanos y su potencial intelectual, artístico, ético y espiritual.

II. La misión de los seres humanos es de cuidar y proteger la Tierra y la Humanidad como herencias recibidas del universo.

III. Las comunidades en todos los niveles tienen la obligación de garantizar la realización de los derechos y de las libertades fundamentales, creando las condiciones para que cada persona realice su pleno potencial y aporte al BCMTH.

Artículo 10

Pertenecen al BCTH todos los saberes, artes y técnicas acumuladas a lo largo de la historia.

I. El BCTH requiere reconocer y preservar los saberes tradicionales y la sabiduría espiritual de todas las culturas que contribuyen a cuidar de la Tierra, a desarrollar el potencial de la Humanidad y a favorecer el Bien Común.

II. El Bien Común de la Humanidad pide incrementar con recursos financieros, técnicos, sociales e intelectuales a los pueblos pobres y vulnerables para que alcancen un modo de vivir sostenible y colaboren con el Bien Común.

III. El BCMTH cobra la erradicación de la pobreza como un imperativo humanitario, ético, social, ambiental y espiritual.

IV. La justicia social y ecológica no pueden ser disociadas porque ambas sirven al BCTH.

V. Pertenece al BCTH la equidad de género, la superación de todo tipo de discriminación, la protección de los niños y niñas contra toda violencia y la seguridad social de todos aquellos que no pueden mantenerse por su propia cuenta.

Artículo 11

Pertenecen al BCTH todas las formas de gobierno que respetan los derechos de cada ser humano y de la Madre Tierra y propician la participación activa e inclusiva de los ciudadanos en la toma de decisiones, favorecen el acceso irrestricto a la justicia y cuidan del entorno ecológico.

Artículo 12

El BCTH demanda que se protejan las reservas naturales incluyendo tierras salvajes y áreas marinas, los sistemas de sustento de la vida en la Tierra, las semillas, la biodiversidad y se rescaten especies amenazadas y ecosistemas devastados.

I. Controlar la introducción de especies exógenas y someter rigurosamente al principio de prevención a todos los organismos genéticamente modificados para que no causen daños a las especies nativas y a la salud de la Madre Tierra y de la Humanidad.

II. Garantizar que los conocimientos de los varios campos del saber que son de vital importancia para el BCTH sean considerados de dominio público.

III. Es vedado patentar recursos genéticos fundamentales para la alimentación y la agricultura y los descubrimientos técnicos patentados deben guardar siempre su destinación social.

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CARTA DE LA TIERRA

Varios Autores

Éxodo 103 (marz.-abr.’10)
– Autor: Varios Autores –
Naciones Unidas
 
La Carta de la Tierra es una declaración internacional de principios, propuestas y aspiraciones para una sociedad mundial sostenible, solidaria, justa y pacífica en el siglo XXI.

- Promovida en el entorno de las Naciones Unidas y de sus organizaciones, ha sido traducida a más de 30 lenguas desde su lanzamiento en el año 2000. Desde entonces la Carta ha ido ganando difusión y reconocimiento en todos los países. La declaración contiene un planteamiento global y conciso de los retos del planeta, así como propuestas de cambios y de objetivos compartidos que pueden ayudar a resolverlos. Está redactada en un estilo accesible y positivo. -Aunque abarca muchas áreas de atención y de detalle, su resumen es muy simple: todos somos uno. La Carta llama a la humanidad a desarrollar una visión universal y de conjunto en una coyuntura crítica de la historia. La Carta de la Tierra no pretende ser la única respuesta posible a los problemas actuales de la humanidad, y tampoco ser exhaustiva. No obstante, al tener un contenido consistente, trabajado, fruto de un diálogo internacional muy amplio, goza de aceptación generalizada.

- La visión del documento muestra que la protección del medio ambiente, los derechos humanos, el desarrollo equitativo de los pueblos y la paz son interdependientes e indivisibles. Todos los problemas están relacionados: los ambientales, los sociales, los económicos, los políticos y los culturales, lo cual invita a promover soluciones que los tengan en cuenta conjuntamente. Por ello la Carta de la Tierra es ante todo una declaración solidaria, que habla de responsabilidad global, no sólo de ecología o sostenibilidad ambiental. – En definitiva, la Carta de la Tierra trata de proporcionar una base ética y democrática para la sociedad global del siglo XXI y es una llamada de atención sobre la mentalidad irracional y egocéntrica de unos pocos, pero influyentes, que junto con la pasividad de la mayoría, está produciendo estragos sociales y ambientales a tal escala que se está poniendo en peligro el futuro de la humanidad. La declaración hace ver que se puede vivir y disfrutar en la Tierra sin destruirla y sin causar daño a las comunidades y seres vivos que la habitan. “El proceso requerirá un cambio de mentalidad y de corazón”, afirma el texto final de la Carta.

LA HISTORIA RECIENTE

Los organizadores de la Cumbre de Río, especialmente Maurice Strong, secretario general de la Cumbre y presidente del Consejo de la Tierra, y Mijaíl Gorbachov, presidente de Green Cross International, deciden en 1994 retomar la elaboración de una Carta de la Tierra, con el apoyo de Ruud Lubbers, primer ministro del gobierno de los Países Bajos. Lo hacen de una forma nueva, como una iniciativa de la sociedad civil, más que de organismos internacionales.

Se trata de promover un diálogo mundial para formular una Carta de la Tierra que nazca desde abajo hacia arriba. Tras esta nueva orientación está la preocupación –compartida por representantes de gobiernos, empresas y sociedad civil– porque el debate respecto al desarrollo sostenible está siendo demasiado limitado en su visión.

En la sostenibilidad no se están abordando asuntos cruciales como la solidaridad, la paz, la diversidad cultural, la justicia social o la democracia. Es patente la necesidad de un documento mundial de referencia que sintetice los muchos asuntos en juego en torno a la sostenibilidad, no sólo los ecológicos, de forma tal que la mayoría de la gente y las organizaciones lo puedan comprender y aplicar fácilmente.

Aunque el papel legislativo de los gobiernos es esencial, las leyes y otras normas carecen de una dimensión ética explícita y clara que refleje los valores humanos que se poseen universalmente. Las Naciones Unidas y los gobiernos no son capaces de resolver por sí mismos los problemas mundiales. Los grandes programas o agendas internacionales no sirven de mucho a los gobiernos. Sigue siendo por ello clave ese impulso por parte de la sociedad civil.

Se forma en 1997 la Comisión de la Carta de la Tierra, compuesta por 23 personalidades de varios continentes, para organizar un proceso mundial de consultas a través del cual se va a dar forma al texto de la Carta.

Participan, entre otros, además de Lubbers, Gorbachov (premio Nobel de la Paz 1990), y Strong, Amadou Toumani Touré (actual presidente de Malí), Mohamed Sahnoun (Argelia), Federico Mayor Zaragoza (España), Mercedes Sosa (Argentina), Leonardo Boff (Brasil), Erna Witoelar (Indonesia),Wangari Maathai (premio Nobel de la Paz 2004, Kenya), A.T. Ariyaratne (Ceilán), Wakako Hironaka (Japón).

Durante estos cinco años, a través de una secretaría de apoyo ubicada en San José de Costa Rica, se impulsan consultas y discusiones que involucran a 46 países y miles de personas, en uno de los procesos más abiertos y participativos que se hayan dado en relación con un documento internacional. Participan cientos de organizaciones no gubernamentales, comunidades, colectivos, sociedades profesionales y expertos internacionales.

La versión final de la Carta se aprueba por la Comisión en la reunión celebrada en la sede de la Unesco en París en marzo de 2000. El lanzamiento oficial de la Carta de la Tierra tiene lugar en el Palacio de la Paz en La Haya el 29 de junio de 2000, en un acto presidido por la reina Beatriz de Holanda.

LA CARTA DE LA TIERRA Primera Constitución magna de la Tierra

PREÁMBULO

Estamos en un momento crítico de la historia de la Tierra, en el cual la humanidad debe elegir su futuro. A medida que el mundo se vuelve cada vez más interdependiente y frágil, el futuro depara, a la vez, grandes riesgos y grandes promesas. Para seguir adelante, debemos reconocer que en medio de la magnífica diversidad de culturas y formas de vida, somos una sola familia humana y una sola comunidad terrestre con un destino común. Debemos unirnos para crear una sociedad global sostenible fundada en el respeto hacia la naturaleza, los derechos humanos universales, la justicia económica y una cultura de paz. En torno a este fin, es imperativo que nosotros, los pueblos de la Tierra, declaremos nuestra responsabilidad unos hacia otros, hacia la gran comunidad de la vida y hacia las generaciones futuras.

LA TIERRA, NUESTRO HOGAR

La humanidad es parte de un vasto universo evolutivo. La Tierra, nuestro hogar, está viva con una comunidad singular de vida. Las fuerzas de la naturaleza promueven a que la existencia sea una aventura exigente e incierta, pero la Tierra ha brindado las condiciones esenciales para la evolución de la vida. La capacidad de recuperación de la comunidad de vida y el bienestar de la humanidad dependen de la preservación de una biosfera saludable, con todos sus sistemas ecológicos, una rica variedad de plantas y animales, tierras fértiles, aguas puras y aire limpio. El medio ambiente global, con sus recursos finitos, es una preocupación común para todos los pueblos. La protección de la vitalidad, la diversidad y la belleza de la Tierra es un deber sagrado.

LA SITUACIÓN GLOBAL

Los patrones dominantes de producción y consumo están causando devastación ambiental, agotamiento de recursos y una extinción masiva de especies. Las comunidades están siendo destruidas. Los beneficios del desarrollo no se comparten equitativamente y la brecha entre ricos y pobres se está ensanchando. La injusticia, la pobreza, la ignorancia y los conflictos violentos se manifiestan por doquier y son la causa de grandes sufrimientos. Un aumento sin precedentes de la población humana ha sobrecargado los sistemas ecológicos y sociales. Los fundamentos de la seguridad global están siendo amenazados. Estas tendencias son peligrosas, pero no inevitables.

LOS RETOS VENIDEROS

La elección es nuestra: formar una sociedad global para cuidar la Tierra y cuidarnos unos a otros o arriesgarnos a la destrucción de nosotros mismos y de la diversidad de la vida. Se necesitan cambios fundamentales en nuestros valores, instituciones y formas de vida. Debemos darnos cuenta de que, una vez satisfechas las necesidades básicas, el desarrollo humano se refiere primordialmente a ser más, no a tener más. Poseemos el conocimiento y la tecnología necesarios para proveer a todos y para reducir nuestros impactos sobre el medio ambiente. El surgimiento de una sociedad civil global está creando nuevas oportunidades para construir un mundo democrático y humanitario. Nuestros retos ambientales, económicos, políticos, sociales y espirituales, están interrelacionados y juntos podemos proponer y concretar soluciones comprensivas.

RESPONSABILIDAD UNIVERSAL

Para llevar a cabo estas aspiraciones debemos tomar la decisión de vivir de acuerdo con un sentido de responsabilidad universal, identificándonos con toda la comunidad terrestre, al igual que con nuestras comunidades locales. Somos ciudadanos de diferentes naciones y de un solo mundo al mismo tiempo, en donde los ámbitos local y global se encuentran estrechamente vinculados. Todos compartimos una responsabilidad hacia el bienestar presente y futuro de la familia humana y del mundo viviente en su amplitud. El espíritu de solidaridad humana y de afinidad con toda la vida se fortalece cuando vivimos con reverencia ante el misterio del ser, con gratitud por el regalo de la vida y con humildad con respecto al lugar que ocupa el ser humano en la naturaleza.

Necesitamos urgentemente una visión compartida sobre los valores básicos que brinden un fundamento ético para la comunidad mundial emergente. Por lo tanto, juntos y con una gran esperanza, afirmamos los siguientes principios interdependientes, para una forma de vida sostenible, como un fundamento común mediante el cual se deberá guiar y valorar la conducta de las personas, organizaciones, empresas, gobiernos e instituciones transnacionales.

I. RESPETO Y CUIDADO DE LA COMUNIDAD DE LA VIDA

1. Respetar la Tierra y la vida en toda su diversidad.

a. Reconocer que todos los seres son interdependientes y que toda forma de vida, independientemente de su utilidad, tiene valor para los seres humanos.

b. Afirmar la fe en la dignidad inherente a todos los seres humanos y en el potencial intelectual, artístico, ético y espiritual de la humanidad.

2. Cuidar la comunidad de la vida con entendimiento, compasión y amor.

a. Aceptar que el derecho a poseer, administrar y utilizar los recursos naturales conduce hacia el deber de prevenir daños ambientales y proteger los derechos de las personas.

b. Afirmar que a mayor libertad, conocimiento y poder, se presenta una correspondiente responsabilidad por promover el bien común.

3. Construir sociedades democráticas que sean justas, participativas, sostenibles y pacíficas.

a. Asegurar que las comunidades, a todo nivel, garanticen los derechos humanos y las libertades fundamentales y brinden a todos la oportunidad de desarrollar su pleno potencial.

b. Promover la justicia social y económica, posibilitando que todos alcancen un modo de vida seguro y digno, pero ecológicamente responsable.

4. Asegurar que los frutos y la belleza de la Tierra se preserven para las generaciones presentes y futuras.

a. Reconocer que la libertad de acción de cada generación se encuentra condicionada por las necesidades de las generaciones futuras.

b. Transmitir a las futuras generaciones valores, tradiciones e instituciones que apoyen la prosperidad a largo plazo de las comunidades humanas y ecológicas de la Tierra. Para poder realizar estos cuatro compromisos generales, es necesario:

II. INTEGRIDAD ECOLÓGICA

5. Proteger y restaurar la integridad de los sistemas ecológicos de la Tierra, con especial preocupación por la diversidad biológica y los procesos naturales que sustentan la vida.

a. Adoptar, a todo nivel, planes de desarrollo sostenible y regulaciones que permitan incluir la conservación y la rehabilitación ambientales, como parte integral de todas las iniciativas de desarrollo.

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LA EXPANSIÓN DEL CAPITALISMO GLOBAL CHOCA CON LA BIOSFERA

Ramón Fernández Durán

Éxodo 103 (marz.-abr.’10)
– Autor: Ramón Fernández Durán –
 
Según la Sociedad Geológica de Londres, la de mayor historia y quizás la más prestigiosa del planeta, en el último siglo la tierra ha entrado en una nueva era geológica: el Antropoceno. Habría tocado a su fin el Holoceno, la etapa histórica que coincide con el inicio de la agricultura y la expansión y evolución de las civilizaciones humanas que conocemos, es decir, grosso modo los últimos 12.000 años. El trecho interglacial que define el Holoceno, inusualmente estable en términos de temperatura global, ha terminado. Estaríamos por tanto en una nueva era histórica marcada por la incidencia de la “especie humana” en el planeta Tierra. Se resumen a continuación algunas características más importantes de esta transformación.

UNA NUEVA ERA GEOLÓGICA: LA CRISIS ECOLÓGICA SE HACE MUNDIAL

El siglo XX inaugura un momento decisivo, e irrepetible, en la historia no sólo de la especie humana, sino del planeta Tierra. El hecho de que a finales del pasado siglo el sistema urbano-agro-industrial mundial derrochara casi 100.000 veces la energía consumida por los seres humanos a principios del neolítico ha sido determinante en el advenimiento de esta tremenda singularidad histórica. Es más, en el siglo XX dicho sistema ha utilizado más energía que en toda la historia anterior de la Humanidad. De esta forma, una sola especie, la especie humana, o mejor dicho, un sistema de poder que ha estructurado y condicionado a una gran parte de la misma, ha logrado desviar en su propio beneficio una gran parte de los recursos del planeta. El 40% de la llamada Producción Primaria Neta, es decir, de la biomasa global. Lo cual ha tenido impactos muy perniciosos en sectores claves para el mantenimiento de la vida: el agua potable, la tierra fértil, las pesquerías oceánicas, los bosques, la diversidad biológica y la atmósfera planetaria. Además, la explotación de pesquerías, bosques y tierras fértiles parece que ha llegado a su máximo histórico, y enfrenta un declive progresivo a resultas de su creciente agotamiento y del cambio climático en marcha. El siglo XX, por tanto, es un fragmento diminuto, pero la escala de las transformaciones que ha presenciado empequeñece toda la historia humana anterior.

En las dos o tres últimas décadas el sistema urbano-agro-industrial ha actuado por encima de la capacidad de regeneración del planeta Tierra, gracias al incremento de la capacidad de carga y a la intensificación de los procesos productivos (destructivos) que posibilitan los combustibles fósiles. Lo cual tocará muy pronto su límite en este siglo por el inicio inexorable del declive energético. Pero el sistema mundo capitalista, así como las sociedades que lo componen, vivieron hasta hace poco de espaldas a este hecho incontrovertible, y todavía lo siguen haciendo en muy gran medida, auspiciados por la tremenda capacidad de enmascaramiento y ocultación que posibilitan la Sociedad de la Imagen y la Aldea Global. Sin embargo, la crudísima realidad les obliga a no poder soslayar ya los límites biofísicos a su despliegue y funcionamiento, pues éstos son una de las causas principales de la actual Crisis Global, que ha disparado las contradicciones internas del mismo. La guerra silenciosa, mortífera y en acelerado ascenso contra la Naturaleza llevada a cabo por la expansión a escala planetaria del sistema urbano-agroindustrial ya no se puede ocultar, y está actuando actualmente como un auténtico boomerang contra el mismo.

El enorme despliegue del capitalismo urbano-agro-industrial a escala global, así como el incremento hasta ahora imparable de la población que ha llevado aparejado, no hubieran sido posibles sin ciertas ayudas decisivas. La energía abundante y barata, sobre todo de origen fósil (petróleo, carbón y gas natural), y la disposición también barata y abundante de recursos asimismo claves para su despliegue: agua, minerales (incluido el uranio), alimentos y biomasa. Y por supuesto, por la oferta imparable de fuerza de trabajo asalariada, y asimismo de trabajo doméstico no remunerado (prioritariamente femenino) que hacía viable su reproducción. Son estos factores los que han hecho posible un crecimiento económico mundial sin parangón, a través de un metabolismo urbano-agro-industrial cada día más consumidor de recursos y crecientemente generador de residuos e impactos ambientales y sociales de todo tipo, que han alcanzado definitivamente una dimensión planetaria. Pero, igualmente, todo ello no hubiera sido factible sin un sistema tecnológico, una Megamáquina global, cada día más sofisticada, que ha hecho viable dicho despliegue. Y, por supuesto, unas megaestructuras de poder político, económico y financiero que lo impulsaron. Todo ello forma un Todo, interrelacionado, que en el siglo XXI se empieza a agrietar y desmoronar, por sus contradicciones internas y especialmente por chocar con los límites geofísicos y biológicos planetarios.

LA REPERCUSIÓN GLOBAL DEL METABOLISMO URBANOAGRO- INDUSTRIAL MUNDIAL

La ideología dominante a lo largo del siglo XX, de fuerte raíz en la llamada economía neoclásica (conformada a finales del siglo XIX), con su fe en el crecimiento continuo y el progreso indefinido, sostiene que la expansión del actual modelo productivo y de acumulación se produce como en una burbuja aislada y autosostenida, pero eso es una tremenda falacia. En primer lugar, tal modelo descansa sobre otro “mundo invisible” que es el ámbito de la reproducción doméstica, que opera en general fuera de la lógica del mercado, con una estructura claramente patriarcal, y sin el cual ese “mundo ideal” sería sencillamente inviable. En segundo lugar, el metabolismo del capitalismo global no se puede entender sin un consumo creciente de recursos de todo tipo (inputs biofísicos), en concreto materiales y energía que son extraídos del medio natural, ocasionando importantes impactos sobre el entorno de muy diversa naturaleza (los outputs biofísicos) que son vueltos a lanzar al medio natural. La economía neoclásica para nada considera la necesidad insoslayable de disponer de dichos inputs biofísicos, pues los da por supuestos, y piensa que estarán ahí disponibles ad eternum para ser utilizados sin freno y sin impacto por parte del carrusel imparable de la producción y el consumo.

Este auge perverso del metabolismo urbano-agro-industrial se aceleró aún más en la segunda mitad del siglo XX, en especial en las dos últimas décadas, tras las crisis energéticas de los setenta, cuando el capitalismo alcanza una dimensión y profundidad verdaderamente globales. Y para nada fue ajeno a ello la utilización masiva del petróleo. Sólo el uso de los combustibles derivados del crudo permite comprender cómo el comercio mundial pudo multiplicarse por 50 en la segunda mitad del siglo pasado, dos veces más que la producción industrial. La explosión de la movilidad motorizada que lo hizo factible se debió a que el consumo de petróleo se multiplicó por ocho en los últimos cincuenta años del siglo, lo que permitió que el metabolismo urbanoagro- industrial operara a una escala cada vez más global, mundializando por consiguiente sus impactos. Los impactos ambientales del actual capitalismo global se recrudecen en los espacios periféricos y semiperiféricos, mientras que se contienen en mayor medida en los espacios centrales, como resultado de las relaciones de poder mundial. De esta forma, las repercusiones negativas del metabolismo urbano-agro-industrial se están exportando cada vez más hacia la periferia. Así, el capitalismo global adopta una configuración geográfica de Estados y regiones metropolitanas “ganadoras”, es decir, acumuladoras de capital y atractoras de población, así como sobreconsumidoras de recursos (directos e indirectos) y sobregeneradoras de residuos; mientras que otros Estados y regiones se configuran como espacios “perdedores”, de donde se extraen cada vez más los recursos (con fuertes impactos medioambientales), los capitales y la población, actuando además crecientemente como sumideros de los residuos del sistema urbano-agro-industrial a escala mundial, junto con los mares, los océanos y la atmósfera planetaria.

EL IMPACTO EN LA HIDROSFERA Y LA CONVERSIÓN DEL AGUA EN EL “ORO AZUL

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EN BÚSQUEDA DE LA DIMENSIÓN CULTURAL DE LA SOSTENIBILIDAD

Victor Manuel Toledano y Narciso Barrera-B

Éxodo 103 (marz.-abr.’10)
– Autor: Victor Manuel Toledano y Narciso Barrera-B –
Entre tradición y modernidad
 
Si aceptamos que vivimos las consecuencias de una profunda crisis como resultado del despliegue de la civilización industrial, es decir del mundo moderno, entonces una de las claves para la correcta comprensión de esa crisis atañe a la significación cultural de los mundos que se ubican antes y/o periféricos a ese mundo moderno. Lo tradicional como opuesto a lo moderno conduce a una primera exploración, aunque sea ésta general y esquemática, que nos ayuda a una adecuada interpretación de la crisis contemporánea. Esta división permite, en especial, trazar por contraste los valores supremos del mundo moderno, es decir adquirir distancia suficiente para ubicar los principales rasgos de la modernidad.

Si los mundos tradicionales se hunden hasta lo más remoto de la historia humana, el mundo moderno resulta un engendro de apenas unos trescientos años. Un origen difícil de precisar pero que se ubica en algún punto donde confluyen industrialismo, pensamiento científico, mercado dominado por el capital y uso predominante de energías fósiles. A pesar de esta frontera difusa, vista en la perspectiva de la historia de la especie humana, con unos 200.000 años de antigüedad, el advenimiento de la era moderna ocurrió en apenas “un abrir y cerrar de ojos”. A partir de entonces y en unas cuantas décadas se pasó de un metabolismo orgánico a un metabolismo industrial. La crispación que hoy vivimos se debe, fundamentalmente, a lo ocurrido en los últimos cien años, un lapso que equivale solamente al 0,05% en la historia de la especie humana. En el parpadeo del último siglo, todos los procesos socioecológicos se aceleraron, incrementando sus ritmos a niveles nunca vistos y generando fenómenos de tal complejidad que la propia capacidad del conocimiento humano ha quedado desbordada. El siglo XX ha sido entonces el periodo de consolidación y expansión planetaria del mundo moderno, industrial, capitalista, racional, tecnocrático e individualista. ¿De qué manera y en qué intensidad dichas transformaciones cambiaron la visión humana del mundo?

LA ECOLOGÍA SAGRADA

Durante más del 99% de su historia, el ser humano aprendió a convivir y a dialogar con la naturaleza, al considerarla una entidad sagrada cuyos elementos principales, esto es, los no-humanos, tenían la capacidad de decidir el curso de la vida al estar cargados de fuerzas y sustancias sobrenaturales. De allí el intenso diálogo con sus deidades. Esta ecología sagrada, como la ha llamado Fikret Berkes, dotó a los seres humanos de una comprensión integral de la realidad y de la cual él mismo se ubicó como un componente más. Ello le permitió mantener una relación de respeto hacia los entes naturales, cuidando no traspasar los límites de los procesos de dicha naturaleza sacralizada. Todo ello mediante un fértil conocimiento sobre su entorno y una constante negociación con los elementos que la constituían.

Así, la distancia entre el sujeto y la realidad quedó trascendida, naciendo el encantamiento, la magia, el rito, el mito y, varios miles de años después, la religión. Esta visión sagrada del mundo permitió la cohesión social al establecerse un conjunto de normas cuya transgresión —o el sacrilegio— fueron oportunamente castigadas. Dicha normatividad garantizó tanto un aprovechamiento adecuado de la naturaleza como la salud de los individuos, el uso de los alimentos y las relaciones sociales y sexuales. Mediante estas instituciones se intentó establecer un equilibrio entre el trabajo de los humanos y los nohumanos, incluyendo a los entes sobrenaturales, con el objeto de lograr una sana convivencia basada en la reciprocidad y el trabajo en comunidad. Dicha visión sagrada sobre el mundo, lograda a través del animismo, totemismo y el naturalismo, fue el soporte que permitió al Homo sapiens no sólo su permanencia y expansión planetaria, sino su avance en términos de organización social y productiva, comunicación interindividual y grupal, conocimientos y tecnologías.

Durante miles de años, el animal humano incrementó sus poblaciones, colonizó todos los ámbitos del planeta, se hizo sedentario, domesticó plantas y animales, dominó nuevos metales y materiales, aprendió a modelar el paisaje y manejar el agua, y terminó formando núcleos urbanos y sociedades cada vez más complejas y estratificadas. El cosmos sagrado fue la clave, su fórmula secreta. Y lo sagrado, afirma Roger Caillois, es una energía peligrosa, incomprensible, difícilmente manejable, pero enormemente eficaz. Por ello, el mono desnudo ha sido un prolífico, casi obsesivo, creador de creadores.

LA VISIÓN PROFANA DE LA NATURALEZA

Esta visión sagrada del mundo se resquebrajó, primero, con el advenimiento de los grandes monoteísmos (cristianismo, judaísmo, islamismo, hinduismo), con dioses humanizados, urbanos, masculinos e intolerantes y con poca conexión con el mundo de la naturaleza. Varios siglos después, un segundo quiebro se produjo con el arribo de una manera no religiosa de mirar el mundo, esto es, la ciencia. El surgimiento del pensamiento científico cambió la visión que se tenía hasta entonces sobre la naturaleza, a la cual concibió como un sistema externo, como una máquina que había que analizar y fraccionar con el objeto de lograr su dominio y “explotación racional”, y cuyas partes podían ser sustituibles. Así se trastocó el pensamiento organicista mediante la lógica mecanicista.

En su extraordinaria obra Los Sonámbulos: historia de la cambiante cosmovisión del hombre, Arthur Koestler hace notar cómo en el cortísimo lapso de solamente cinco generaciones (de Copérnico a Newton), el Homo sapiens sufrió el más decisivo de los cambios en su visión, modificando una tradición de 200.000 años. Los siguientes tres siglos imprimieron una historia continua de transformaciones vertiginosas, inusitadas y hasta compulsivas. La ciencia apuntaló a través de la tecnología el desarrollo del capitalismo y éste impulsó a niveles inimaginables el desarrollo de la ciencia. Dicho contubernio racionalista dio lugar a una nueva etapa del devenir humano: la civilización industrial.

El conocimiento tecno-científico permitió la construcción de máquinas cada vez más sofisticadas, de edificios, puentes, aparatos, carreteras, sustancias artificiales, fuentes de energía, materiales diversos, medicamentos, medios de comunicación y de transporte y, finalmente, de armas y otros instrumentos de destrucción masiva. El poder de la especie humana se multiplicó a niveles sin precedentes, tanto para construir como para destruir. El mundo moderno, profano, racionalista y pragmático, que fue y sigue siendo un producto del conocimiento racional, modificó radicalmente visiones, instituciones, reglas, costumbres, comportamientos y relaciones sociales. Aquí, el conocimiento triunfó sobre la creencia.

La ciencia dio lugar al nuevo “cosmos oficial” del mundo moderno. El conocimiento científico alimenta la visión tanto del macrocosmos (fundamentalmente derivado del trabajo de astrónomos y astrofísicos) como del microcosmos (proveniente de la citología, la bioquímica, la biofísica, la biología molecular y la genómica). Sobre este cosmos profano que vislumbra de manera variopinta todo ciudadano moderno, se montan, a manera de componentes no deseados, de asistentes no invitados al convite, toda una serie de otros cosmos, secundarios, subalternos, marginales o alternativos, que se empeñan por mantener vigente, de mil y una maneras, un cosmos sagrado. En la segunda metrópoli más grande del mundo, esto es, en la ciudad de México, el número y la variedad de prácticas mágico-religiosas para curar las dolencias del ser humano es de tal envergadura que rivaliza y hasta quizás supera al sistema público y privado de medicina occidental o moderna 6. Y lo mismo puede decirse, por ejemplo, del estado de California en los Estados Unidos de Norteamérica, la primera economía del mundo en donde la oferta de paradigmas curativos alternativos enraizados en una visión sagrada o espiritual es casi infinita.

Pero el imperio de la razón, el triunfo del pensamiento objetivizante, que fue el elemento esencial para el advenimiento del mundo moderno, generó a su vez una nueva contradicción. El racionalismo, que ineludiblemente separa al sujeto del objeto de su observación y análisis, profanó una visión del mundo que había prevalecido y operado exitosamente durante el largo pasado, quebrando la unidad que existía entre individuo, sociedad y naturaleza, un logro obtenido mediante la sacralización de la realidad.

Una nueva escisión de la existencia hizo su aparición en el ser moderno, la misma que lo envió nuevamente a los tiempos arcaicos, un retorno tan paradójico como inesperado. Ante ello, sin embargo, esta vez la visión secularizada, objetiva y finalmente científica de la realidad, prometió mitigar la angustia mediante una oferta tentadora: la construcción de un mundo pleno de satisfactores, cómodo y seguro, donde quedarían satisfechas la mayor parte de las necesidades terrenales. Este “mundo feliz” tendría como sus fundamentos el uso creciente y perfeccionado de los conocimientos científicos y tecnológicos, puntualmente orientados, como veremos después, por un “ente” económico superior: el mercado. La fe en el progreso, el desarrollo y un futuro cada vez mejor compensó la ausencia de creencias divinas en lo que devino la nueva concepción moderna y racional de la realidad y terminó por sustituirlas.

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EL CAMBIO CLIMÁTICO

Ladislao Martínez

Éxodo 103 (marz.-abr.’10)
– Autor: Ladislao Martínez –
Un problema urgente
 
El cambio climático es, con toda probabilidad, el problema ambiental más grave que enfrenta la humanidad. El último informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), fechado en 2007, es concluyente al respecto. Once de los doce años más cálidos desde 1850 están entre 1995 y 2006. La temperatura media global ha aumentado 0,74ºC de 1906 a 2005. Al tiempo que la tendencia al aumento de la temperatura de los últimos cincuenta años prácticamente dobla la de los cien anteriores. El incremento de gases de invernadero, lejos de reducirse, sigue creciendo y lo hace a velocidad mayor de la prevista.

Pero esto no es ni mucho menos un informe alarmista, sino el informe de conclusión redactado para lograr el consenso científico. Muchísimos especialistas, entre los que se cuentan los más prestigiosos expertos, tienen una percepción aún más pesimista. Es claro también el consenso sobre que es preciso empezar a reducir las emisiones mundiales en este decenio y hacerlo de forma rápida, si se quiere evitar que la temperatura aumente más de 2ºC, cifra a partir de la cual pueden desencadenarse fenómenos catastróficos irreversibles.

También en el año 2007 se produjeron significativas novedades relacionadas con el cambio climático. La primera de ellas fue la presentación por parte del Gobierno británico del llamado “informe Stern”, que dibujaba un escenario catastrófico en caso de no actuar para solventar este problema. Poco después fue la aparición en muchos cines del documental “Una verdad incómoda” en el que el ex vicepresidente de los EE.UU., Albert Gore, desmenuzaba de forma clara y sencilla las causas y previsibles consecuencias del problema. Todo ello fue acompañado en nuestro país de una masiva presencia mediática que se ha traducido en una creciente preocupación social. Hay que resaltar que desde esa fecha las noticias sobre el cambio climático son motivo de editoriales frecuentes, noticias de portada, amplios despliegues informativos, referencias tangenciales en muchas noticias de distintas secciones y comentarios en los artículos de opinión. Ante esta secuencia de acontecimientos, buena parte de la izquierda ha reaccionado colocando el cambio climático como uno de los más graves problemas que debe enfrentar la humanidad, pero no han faltado reacciones sorprendentes de algunos sectores que se autoproclaman más radicales. Hay quien señala que, aunque el problema existe, está siendo deliberadamente exagerado por sectores de las elites políticas y económicas para servir de cortina de humo ante los “de verdad” graves y viejos problemas sociales. La prueba del “9” sería que tanto Blair como Gore son políticos a los que sus actuaciones pasadas no colocan precisamente en la izquierda consecuente.

Para quien escribe estas notas es evidente que lo que procede es la lectura contraria y que más bien, ante este tipo de comportamientos, lo que toca preguntar es el motivo por el que sectores de la izquierda son tan reticentes a incorporar a su discurso las críticas sociales que vienen del ecologismo. En mi opinión este rechazo obedece a tres claves: muchos problemas ecologistas tienen una notable dificultad objetiva que los hace incomprensibles para quien no dispone de un mínimo de cultura científica (el cambio climático es uno de ellos), además su toma en consideración con coherencia impide el despliegue de discursos trillados que en sus orígenes eran de izquierda, y por último, una cierta intuición de que el grueso de la ciudadanía –también muchos izquierdistas– disfruta de privilegios que no son universalizables y a los que, en un mundo más igualitario, tendría que renunciar. Paradójicamente tras una fraseología que se pretende de izquierdas hay un sustrato material objetivo de derechas.

Y es que, volviendo al debate del cambio climático, si bien es cierto que los antes citados aldabonazos sobre la dimensión del problema provienen de ciertas elites político-económicas, no es menos cierto que los mismos hechos vienen siendo voceados desde hace años por el movimiento ecologista y descritos por la comunidad científica.

Pero sobre todo es que la descripción de las consecuencias del cambio climático dejan poco margen para la duda sobre cuál debe ser la actitud de una izquierda que sea consecuente. ¿Debe ser la izquierda indiferente al hecho de que el cambio climático afecte preferente a los pobres? ¿No debe preocupar que el calentamiento resulte en cambios repentinos en las tónicas meteorológicas regionales, tales como las lluvias monzónicas del sur de Asia o el fenómeno de El Niño, cambios que tendrían graves consecuencias para la disponibilidad de agua y para las inundaciones en las regiones tropicales, además de amenazar los medios de subsistencia de millones de personas? ¿Es poco de izquierdas remarcar que como consecuencia de la reducción en el rendimiento de las cosechas, especialmente en África, cientos de millones de personas podrían quedar sin capacidad para producir o adquirir alimentos suficientes? ¿Se debe ser indiferente al hecho de que inicialmente, la fusión de los glaciares aumentará el peligro de inundaciones y, a continuación, el suministro de agua se verá considerablemente reducido y que, no mucho después, ello amenazará al 16,5% de la población mundial y, en particular, a la del subcontinente indio, ciertas partes de China y la región andina de Sudamérica?

O por recurrir a fenómenos ya ocurridos descritos por un organismo como la OMS, el cambio climático provoca en la actualidad más de 160.000 víctimas cada año. También, en su informe correspondiente al año 2008, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) señala, entre otras muchas cosas: “El ciclón tropical que más muertes causó en 2008 fue Nargis, que se formó en el norte del océano Índico y asoló Myanmar a principios de mayo, causando la muerte de casi 78.000 personas y destrozando miles de hogares. Fue el ciclón más devastador que pasó por Asia desde 1991 y provocó el peor desastre natural jamás registrado en Myanmar”. O…: “En 2008 la temporada de huracanes en el Atlántico fue devastadora, pues causó numerosas víctimas y una destrucción generalizada en el Caribe, América Central y los Estados Unidos de América. Por primera vez en la historia seis ciclones tropicales (Dolly, Edouard, Fay, Gustav, Hanna e Ike) llegaron a tierra en los Estados Unidos de forma consecutiva y, también por primera vez en la historia, tres huracanes de gran intensidad (Gustav, Ike y Paloma) asolaron Cuba. Hanna, Ike y Gustav fueron los huracanes que provocaron mayor mortandad en la temporada, ya que causaron varios cientos de víctimas en el Caribe, entre las que se cuentan 500 muertos en Haití”. Los ciclones son fenómenos naturales en ciertas regiones, pero el aumento de su número y su intensificación son debidos al cambio climático.

En el mismo informe se añade: “En varios países de Asia meridional, entre ellos la India, Pakistán y Viet Nam, las fuertes lluvias monzónicas y lluvias torrenciales provocaron crecidas repentinas que causaron la muerte de más de 2.600 personas y causaron el desplazamiento de 10 millones de personas en la India. Al oeste de Colombia, precipitaciones continuas superiores a lo habitual desembocaron 30 A FONDO en graves inundaciones que afectaron por lo menos a medio millón de personas y causaron amplios daños y deslizamientos de tierras durante la segunda mitad del año”. La intensificación de los fenómenos extremos (lluvias torrenciales o sequías) son otras consecuencias del cambio climático.

No parece por tanto en modo alguno exagerado afirmar que se trata de una agresión de los países industrializados a los países pobres comparable a la que representa el pago de la deuda.

La tarea de la izquierda no es en modo alguno minusvalorar la importancia del cambio climático porque ahora es reconocido como problema por sectores que no lo son. Antes al contrario debe esforzarse por generalizar y asentar el conocimiento que se tiene del mismo. No resulta previsible que “pase de moda” 5 ya que, por su propia naturaleza, sus manifestaciones serán más y más visibles y su incidencia sobre la vida cotidiana de las personas será tan marcada que en modo alguno podrá ignorarse. Es importante ahora organizar a la sociedad para luchar con el problema y evitar la tentación, común a “expertos” y ONG ambientalistas, de dejar en manos de “los que saben” un problema tan complejo. Se trata de mostrar su relación con miles de luchas sectoriales (por el territorio, contra las infraestructuras de transporte, contra las centrales térmicas, luchas de solidaridad con los países empobrecidos…) y crear las condiciones que apunten a su solución.

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OPCIÓN ESENCIAL POR LA TIERRA

Leonardo Boff

Éxodo 103 (marz.-abr.’10)
– Autor: Leonardo Boff –
Cómo salvar la casa común
 
LA OPCIÓN ESENCIAL

La marca registrada de la Iglesia de la liberación, y de su correspondiente reflexión, consiste en la opción preferencial por los pobres, contra la pobreza y en favor de la vida. En los últimos años empezó a percibirse que la misma lógica que explota a las personas, a otros países y a la naturaleza, explota también a la Tierra como un todo, a causa del consumo y de la acumulación a nivel planetario. De ahí la urgencia de incluir en la opción por los pobres al gran pobre que es la Tierra. Hoy lo más importante no es la opción por el desarrollo –ni aunque fuera sostenibleni por los ecosistemas en sí, sino por la Tierra. Ella es la condición previa para cualquier otra realidad. Hay que salvar la Tierra.

El informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) que involucró a 2.500 científicos de 130 países, reveló dos datos aterradores. Primero, que el calentamiento planetario es irreversible y que ya estamos dentro de él; la Tierra está buscando un nuevo equilibrio. Segundo, que el calentamiento es un fenómeno natural, pero que se aceleró enormemente después de la revolución industrial debido a las actividades humanas, hasta el punto de que la Tierra ya no consigue autorregularse.

Según James Lovelock, en La venganza de Gaia (2007), anualmente se lanzan a la atmósfera cerca de 27.000 millones de toneladas de dióxido de carbono, que, condensadas, equivaldrían a una montaña de un kilómetro y medio de altura con una base de 19 kilómetros de extensión. Es la causa del efecto invernadero que, según el Grupo, puede elevar todavía la temperatura planetaria en este siglo entre 1,8 y 6,4 grados centígrados. Con las medidas que tal vez se lleguen a tomar, es posible que el aumento se quede en 3 grados, pero no menos de eso. Las consecuencias serán incontrolables: los océanos subirán de 18 a 59 cm., inundando ciudades costeras, como Río de Janeiro; habrá una devastación fantástica de la biodiversidad y millones de personas correrán peligro de desaparecer.

EL MUNDO HA PERDIDO SU ENCANTO

Hay dos pensadores que nos ayudan a entender esta crisis: Max Weber y Friedrich Nietzsche. Para Weber la sociedad moderna se caracteriza por el proceso de secularización por el desencantamiento del mundo. No es que hayan desaparecido, que están ahí, e incluso retornan con un renovado fervor. Pero ya no son lo que produce la cohesión social. Ahora predominan la producción y la función, y no tanto el valor y el sentido. El mundo ha perdido su encanto. Nietzsche, por su parte, anunció la muerte de Dios. Pero hay que entender bien a Nietzsche, que no dice Dios murió, sino que nosotros lo hemos matado. O sea: Dios está socialmente muerto. Ya no se hace comunidad ni se fundamenta la cohesión en su nombre.

Por miles de años la religión ha sido la que re-ligaba a las personas y creaba el nexo social. Ahora ya no. Eso no significa que ahora impere el ateísmo. Lo opuesto a la religión no es el ateísmo, sino la ruptura y la quiebra de la relación. Hoy vivimos colectivamente rotos por dentro y desamparados. Prácticamente nada nos invita a vivir juntos y a construir un sueño común. Sin embargo, la humanidad necesita algo que le confiera un sentido para vivir y que le proporcione una imagen coherente de sí misma y una esperanza para el futuro.

En el año 2000 la Carta de la Tierra nos hacía esta seria advertencia: “Estamos en un momento crítico de la historia de la Tierra, en el cual la humanidad debe elegir su futuro. La elección es nuestra: o formamos una alianza global para cuidar la Tierra y cuidarnos unos a otros o nos arriesgamos a nuestra propia destrucción y a la devastación de la diversidad de la vida”.

La tierra sobrepasó sus límites Si la crisis económico-financiera es preocupante, la crisis de la nososteniblidad de la Tierra se presenta amenazadora. Los científicos que siguen el estado del Planeta, especialmente la Global Foot Print Network, habían hablado del Earth Overshoot Day, del día que se sobrepasaron los límites de la Tierra. Y exactamente el 23 de septiembre de 2008 la Tierra sobrepasó en un 30% su capacidad de reposición de los recursos necesarios para las demandas humanas. En este momento necesitamos más de una Tierra para atender a nuestra subsistencia.

¿Cómo garantizar la sostenibilidad de la Tierra ya que es la premisa para resolver las demás crisis: la social, la alimentaria, la energética y la climática? Ahora ya no tenemos un arca de Noé que salve a algunos y deje perecer a todos los demás.

Como aseveró recientemente con mucha propiedad el secretario general de esta casa, Ban Ki-Moon: “no podemos dejar que lo urgente comprometa lo esencial”. Lo urgente es resolver el caos económico, pero lo esencial es garantizar la vitalidad y la integridad de la Tierra.

Es importante superar la crisis financiera, pero lo imprescindible y esencial es: ¿cómo vamos a salvar la Casa Común y la humanidad que es parte de ella?

Esta ha sido la razón para adoptar la resolución sobre el Día Internacional de la Madre Tierra (International Mother Earth Day) que se celebrará el 22 de abril de cada año.

Dado el agravamiento de la situación ambiental de la Tierra, especialmente bajo el calentamiento global, tenemos que actuar juntos y rápido. Caso contrario, hay el riesgo de que la Tierra pueda continuar pero sin nosotros.

En nombre de la Tierra, nuestra Madre, de sus hijos e hijas sufrientes, y de los demás miembros de la comunidad de vida, quiero agradecer a la Asamblea General de la ONU por haber aprobado esta resolución.

LA TIERRA, MADRE UNIVERSAL

A este propósito, quisiera hacer una breve presentación del fundamento de la Tierra como nuestra Madre.

Desde la más alta ancestralidad, las culturas y las religiones testimonian la creencia de la Tierra como Gran Madre, Inana, Terra Mater, Magna Mater y Pachamama.

Los pueblos originarios de ayer y de hoy tenían y tienen clara conciencia de que la Tierra es generadora de todos los vivientes. Solamente un ser vivo puede producir vida en sus más diferentes formas. La Tierra es, pues, la Madre universal.

Durante siglos y siglos predominó esta visión hasta la emergencia del espíritu científico en el siglo XVI. A partir de entonces la Tierra ya no es vista como Madre, sino como una realidad sin espíritu, entregada al ser humano para ser sometida, incluso con violencia. La madre-naturaleza que debía ser respetada, se transformó en naturaleza-salvaje que debe ser dominada. La Tierra fue convertida en un baúl lleno de recursos, disponibles para la acumulación y el consumo de los seres humanos.

En este paradigma no se plantea la cuestión de los límites de aguante del sistema-Tierra ni de los recursos naturales escasos. Se presupone que los recursos son infinitos y que podemos ir creciendo ilimitadamente en dirección al futuro. Lo que efectivamente es una ilusión.

La preocupación principal es: ¿cómo ganar más? Y en razón de ganar cada vez más se ha creado un archipiélago de riqueza rodeado de un mar de miseria.

El PNUD del año 2007 lo confirma: el 20% de los más ricos absorbe el 82,4% de las riquezas mundiales mientras que el 20% de los más pobres tiene que contentarse solamente con el 1,6%. Es decir, una ínfima minoría monopoliza el consumo y controla los procesos económicos que implican devastación de la naturaleza y gran injusticia social. Pero desde los tardíos años 70 del siglo pasado se ha constatado que un planeta pequeño, viejo y limitado como la Tierra ya no puede soportar un proyecto ilimitado. Se necesita otro modelo que tenga como eje la Tierra, la vida y el bien vivir planetario dentro de un espíritu de colaboración y de cuidado. La preocupación central es: ¿cómo vivir y producir en armonía con los ciclos de la Tierra y con los seres humanos distribuyendo equitativamente los beneficios entre todos? ¿Cómo vivir más con menos?

En este contexto es donde se ha rescatado la visión de la Tierra como Madre. Ya no es la percepción de los antiguos sino una constatación empírica y científica. Ha sido mérito de los científicos James E. Lovelock, Lynn Margulis y José Lutzenberger en los años 70 del siglo pasado, haber mostrado que la Tierra es un superorganismo vivo. Ella articula permanentemente lo físico, lo químico y lo biológico de forma tan sutil y equilibrada que, bajo la luz del sol, está siempre propicia a producir y mantener la vida. Por millones y millones de años el nivel de oxígeno, esencial para la vida, se mantiene en 21%, el nitrógeno, importante para el crecimiento, es de 79% y el nivel de sal en los mares es del orden de 3,4% y asi todos los demás elementos necesarios para la vida. No es que sobre la Tierra haya vida, la Tierra misma está viva y es llamada Gaia, la diosa griega para la Tierra viviente.

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¿DÓNDE ESTAMOS? DESDE KYOTO A COPENHAGUE Y DESPUÉS

Tom Kucharz

Éxodo 103 (marz.-abr.’10)
– Autor: Tom Kucharz –
Emergéncia climática después del fracaso de la Cumbre de Copenhague
 
Según la agenda de las cumbres internacionales, nosotros, en los países del Sur, tenemos que adaptarnos al Cambio Climático. Y yo me pregunto: ¿por qué no se adaptan ustedes a consumir menos?” (Conversación entre un líder sindical de Bolivia y un eurodiputado).

“Kyoto ha sido un factor positivo para Europa, que nos ha enseñado el camino para ser menos dependientes de los combustibles fósiles que importamos, que nos ha hecho ser más eficaces y eficientes en el uso de la energía y que nos ha llevado a ser líderes en sectores industriales nuevos aún por desarrollar plenamente” (Llorenc Serrano i Giménez, secretario confederal de Medio Ambiente de CCOO).

“Si se concreta en Copenhague una revolución industrial para producir energía con muchas menos emisiones, se pueden hacer fortunas… La escala de la tarea es enorme. Limitar emisiones de CO2 al nivel que los científicos proponen para no superar un calentamiento global de más de 20C significaría construir centrales nucleares, parques eólicos y paneles solares a una escala nunca vista” (Financial Times, 24 de septiembre 2009).

INTRODUCCIÓN

Los hechos están ahí: cada año se producen 315.000 muertos y hay 325 millones de afectados por el Cambio Climático, aumentan el hambre, la escasez de agua, las enfermedades, los desastres meteorológicos, los incendios forestales y las zonas costeras afectadas por tormentas. En 2025 habrá 36 países con 1.400 millones de personas afectados por escasez de agua. Para muchos países, pero principalmente los del Sur Global, los impactos del calentamiento global se han convertido en una cuestión de vida y muerte. Sin embargo, mientras en la década de los noventa las emisiones globales de gases de efecto invernadero (GEI) crecieron un 1% anual, el ritmo de aumento entre 2000 y 2008 fue del 3,5% por año.

La falta de voluntad política de los Estados con mayor responsabilidad en la emisión de gases de efecto invernadero en lograr un acuerdo ambicioso y vinculante en la Cumbre de Copenhague, en diciembre 2009, así como su criminal actitud de evadir responsabilidades, coloca la lucha contra el Cambio Climático en un punto de inflexión. Pero es importante, en este punto, recordar que la crisis ambiental global no es un asunto nuevo, ni tampoco la ausencia de voluntad política de buscar soluciones reales a los problemas medioambientales. Hace 30 años, después de las medidas fracasadas de “controlar y prevenir”, se inventó el concepto “Desarrollo Sostenible” y siguió aumentando la contaminación. En el periodo desde la firma de la Convención Marco sobre Cambio Climático de Naciones Unidas (CMNUCC) en la Cumbre de Río en 1992, las políticas medioambientales globales han sido enmarcadas en línea del racionamiento del mercado capitalista y se convirtieron en una de las vías a través de las cuales la revolución neoliberal ha afectado más y más áreas de la vida humana (Charkiewitz 2009).

Sí, el Cambio Climático está en la agenda política internacional, pero si el clima fuese un banco ya hubiera sido rescatado. Cuando se derrumbaron Lehman Brothers y otros bancos, se gestó inmediatamente un “consejo de crisis” para “salvar” al sistema financiero internacional, re-distribuyendo billones de euros de la clase trabajadora al capital privado. En cambio, si analizamos las prioridades del G-20, el sistema climático no parece recibir la misma categoría de “relevancia sistémica” como los bancos que operan internacionalmente. Los responsables políticos del Gobierno español reconocen incluso –confidencial o abiertamente– que la prioridad de cualquier gobierno de la UE tras la crisis económica y financiera de 2008 es “volver” al crecimiento económico y revitalizar el sistema financiero y el comercio internacional.

Desde el punto de vista de la flagrante irresponsabilidad política, los programas gubernamentales en repuesta a la crisis económica global, la relación de fuerzas (generalmente hablando), los tiempos científicos para actuar (hablamos de entre 7 y 10 años) y los procesos acelerados de destrucción medioambiental en la mayoría de los países del mundo, estamos en la peor de las situaciones para frenar el Cambio Climático.

EL PROTOCOLO DE KYOTO

En la ciudad japonesa de Kyoto, en 1997, fueron adoptados por primera vez objetivos obligatorios de reducción de GEI en forma de un tratado de derecho internacional. El Protocolo de Kyoto obligaba a los países industrializados –llamados países del anexo 1– a una reducción del 5,2% en relación a las emisiones de 1990 para el periodo 2005-12. Con la inclusión de “mecanismos flexibles” (Mecanismos de Desarrollo Limpio, Comercio de Carbono, etcétera.) y unos objetivos muy poco ambiciosos, “Kyoto” fue descafeinado y debilitado por la presión de EEUU, país que finalmente no ratificó el texto (aunque retrasó el proceso de ratificación hasta 2005). Con Kyoto se abrió la puerta al “Derecho de contaminar la atmósfera” y a la introducción de mecanismos de mercado en la economía política del Cambio Climático. El Protocolo de Kyoto establece reglas políticas para la gestión económica del fenómeno de la crisis capitalista (Brunnengräber, 2009). Aun así, el protocolo es –hasta la fecha– el único instrumento multilateral vinculante que sirve para recordar a los gobiernos sus obligaciones. Tal vez por ello, EEUU, los países exportadores de petróleo de Oriente Medio y la UE se empeñan tanto en “matar Kyoto” para apartar la “responsabilidad diferenciada” y el carácter obligatorio de cualquier acuerdo internacional.

COPENHAGUE

La 15ª Conferencia de las Partes (COP15) de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, integrada por 193 Estados, tenía dos grandes objetivos. Por una parte, el proceso de negociación de la Acción Cooperativa a Largo Plazo se enfrentaba a que entre todos los países se alcanzase de manera completa, eficaz y sostenida una solución coordinada para más allá de 2012. Así, respetando el principio de responsabilidades comunes pero diferenciadas entre países, y reconociendo el 4º informe del IPCC (Panel Intergubernamental de Cambio Climático) como referencia común, debía desarrollarse un acuerdo técnico y político que englobase los cuatro bloques acordados en la COP13 de Bali: mitigación, adaptación, transferencia de tecnología y financiación. Paralelamente, transcurría el proceso de negociación del Protocolo de Kyoto, donde se debían acordar las nuevas obligaciones legalmente vinculantes para que todos los países enriquecidos, recogidos en el Anexo I del Protocolo de Kyoto, recortasen sus emisiones, más allá de los compromisos existentes para 2012 –según marca este protocolo–, lo que supondría un segundo período de cumplimiento de Kyoto (Cotarelo, 2010).

“En una conferencia diseñada para limitar la emisión de GEI muy poco se ha hablado en realidad sobre reducción”, concluye la red internacional “Justicia Climática, Ahora” en su comunicado final. “Los países enriquecidos continúan retrasando la puesta en marcha de reducciones drásticas, mientras desvían la carga de la responsabilidad a los países emergentes y no pagan tampoco las reparaciones por los daños causados al mundo”. La cumbre de Copenhague ha sido conducida por los intereses propios de cada país y por las “soluciones” comerciales que han mostrado ser inútiles e incluso causantes de enormes impactos socio – ambientales, como es el caso de los agrocombustibles a escala industrial y la compra y venta de derechos de emisiones en el mercado de carbono.

De acuerdo con Pablo Cotarelo, de Ecologistas en Acción, “si se hace lo que establece la ciencia según la senda marcada por la CMNUCC, las condiciones socioeconómicas mundiales dan un vuelco. El nivel de reducciones que plantea el IPCC para los países industrializados y las necesidades de financiación de éstos a los países empobrecidos siguiendo los plazos que refleja su 4º Informe, supone la pérdida de privilegios para las empresas más influyentes del mundo, cuya nacionalidad pesa, y mucho, en las decisiones de sus países de origen. Consecuencia: cuando el proceso de negociación se acerca a los momentos decisivos, los países hegemónicos pueden cambiar las reglas”.

El fracaso de Copenhague significa un punto de inflexión en la forma de entender el proceso internacional para afrontar el reto del cambio climático. Domina claramente la lógica geopolítica en la toma de decisiones, en lugar del espíritu democrático que sería el adecuado para un proceso internacional de negociación sobre bases científicas.

EEUU, en una actitud arrogante, egocéntrica y prepotente, se ha burlado del mundo, y sobre todo de los países más vulnerables, evadiendo su responsabilidad y diciendo –palabras más, palabras menos– que “todo el mundo tiene que asumir su parte”. Y, lo que es igualmente grave, el Gobierno de Obama ha dinamitado el sistema de Naciones Unidas. En la COP15 se ha instaurado el modo de negociación en pequeños grupos de países selectos, como es habitual en la Organización Mundial de Comercio, donde se toman las decisiones importantes y luego se llevan al plenario. Especialmente en los últimos días de la cumbre de Copenhague, EEUU reunió un grupo reducido de países pretendiendo sacar adelante un texto sin cifras de reducción de emisiones para los países industrializados, ni siquiera un objetivo global de reducción de las mismas y con términos demasiado vagos como para ser considerado seriamente. Sin embargo, una vez que alcanzaron la redacción conjunta del texto, lo presentaron como el “Acuerdo de Copenhague”, cuando todavía no había sido llevado al plenario para que se aprobara por el resto de los países. En consecuencia, los países del ALBA –liderados por Bolivia–, Sudán y Tuvalu, rechazaron el texto, porque no incluye una cifra de reducción de emisiones para los países desarrollados, algo fundamental para frenar el Cambio Climático. Otro punto de conflicto es el objetivo de limitar el aumento de la temperatura global en 20C, que el “acuerdo” recoge como objetivo para estabilizar el clima, mientras más de 100 países habían dicho que ellos necesitan un objetivo de 1,5oC para evitar los peores escenarios en África, los pequeños estados insulares y las regiones cercanas a montañas con glaciares.

Juan Buades, del Grupo de Investigación en Sostenibilidad y Territorio (GIST), piensa que “el verdadero problema es que la declaración que salió de la Conferencia deja prácticamente inalterado el contenido y las medidas adoptadas en el Protocolo de Kyoto, como por ejemplo que el cambio climático tiene que atacarse a través de mecanismos neoliberales como el ‘Mercado de Carbono’ o la Reducción de Emisiones por Deforestación y Degradación (REDD). De manera muy concreta, este fracaso implica que hay regiones del planeta donde el aumento de la temperatura promedio superior a 1,5 grados centígrados hará desaparecer a varios Estados insulares en el 2050. Es por eso que todos los países de África, una parte de Asia y América Latina pretenden que haya una reducción sustancial de las emisiones de GEI antes de 2020, porque las consecuencias van a ser desastrosas y los costos altísimos”.

La posición de la UE ha sido irresponsable e hipócrita al apoyar el llamado “Acuerdo de Copenhague”, que ni es legalmente obligatorio ni tampoco resuelve la necesidad de financiación de las medidas para la supervivencia en los países más afectados por el calentamiento global. Además, la presidencia danesa de la COP15 ha violado permanentemente los principios de Naciones Unidas. Desde el primer día que presentó un borrador que nadie sabía dónde había salido, apostó por reuniones secretas y cerradas, un proceso no transparente, lo que generó desconfianza entre los países. Asimismo excluyó la mayoría de la sociedad civil acreditada de las negociaciones en la segunda semana de la cumbre. Se denunció que los observadores de las ONG “han sido reprimidos duramente cuando únicamente cumplían con su cometido y compromiso social”.

El documento final habla de un “compromiso de los países desarrollados para proveer recursos nuevos y adicionales”, sobre todo en relación a evitar emisiones de la deforestación y degradación de bosques (REDDplus), con la idea de convertir los últimos ecosistemas naturales en espacios privatizados para el mercado de carbono, y de inversiones a través de las instituciones internacionales, de un total de 30.000 millones de dolares en el periodo 2010- 12. En 2020 se pretende movilizar incluso 100.000 millones de dolares cada año para los países empobrecidos, provenientes de “una amplia variedad de fuentes, público y privado, bilateral y multilateral, incluyendo fuentes alternativas de finanzas”. Intenciones muy peligrosas que pueden albergar una nueva especulación financiera en los mercados internacionales de comercio de carbono y la generación de nuevas deudas ilegítimas para los países del Sur.

En definitiva, el fracaso de la COP-15 nos ha situado ante un escenario político nuevo. Ha fracasado definitivamente el “multilateralismo” basado en la dominación de las grandes potencias geopolíticas como Estados Unidos y la Unión Europea, y crece el número de países que ya no se dejan chantajear por un G-7 o G-20. El carácter multilateral de la Convención Marco y la participación igualitaria de todos los países del mundo, independientemente de su poder, tamaño o capacidad de influencia, se encuentra en peligro. Y se ha evidenciado que la lucha contra el cambio climático sólo es viable a partir de un cambio del sistema económico y debe articularse liderado por los movimientos populares y los afectados. En consecuencia, resulta esencial desarrollar enfoques alternativos a las políticas climáticas hasta ahora dominantes, sobre todo en el seno de la “sociedad civil”. Pero se plantea la pregunta: ¿los movimientos sociales somos capaces de conseguir un acuerdo internacional, vinculante, justo y urgente sin la Convención Marco de Naciones Unidas?

REPARAR LA DEUDA CLIMÁTICA

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