MEMORIA HISTÓRICA

Varios Autores

Éxodo 101 (nov.-dic’09)
– Autor: Varios Autores –
 
AUNQUE hayan pasado ya demasiados años desde el final de la Guerra Civil Española y de la muerte del dictador, la memoria sigue quemando como un ascua, hiriendo la conciencia colectiva de este pueblo diverso y plural. ¿Por olvido de las víctimas o indolencia de los verdugos, por miedo de aquellas o incapacidad de estos, por desinterés de todos? Pero lo cierto es que el proyecto de un pueblo unido y cohesionado no se construye sobre las heridas abiertas del pasado. Necesita restablecer la paz con su historia.

Son varias, a nuestro entender, las razones que se pueden aducir para explicar este vacío o pérdida de la memoria colectiva. En primer lugar, el silencio que impuso la dictadura sobre los perdedores de la Guerra civil y que tuvo su correlato en el miedo de los ciudadanos, solo roto en privado en algunos actos heroicos, a recordar a sus muertos. Por su parte, la transición política, con su peculiar distinción entre ética y oportunidad política, ha arrojado durante demasiado tiempo a los perdedores de la Guerra Civil al anonimato y al olvido, defendiendo en privado una justicia que les era debida y negándose sistemáticamente luego en la esfera pública.

Las consecuencias son evidentes. La amnesia colectiva ha dominado la pulsión social y la expresión política en este país durante las últimas décadas. Ni la dignidad de los combatientes republicanos que defendieron la legalidad democrática ha tenido su justo reconocimiento; ni la crueldad de los consejos de guerra o los lacerantes procesos políticos e ideológicos del franquismo, que llevaron a la expulsión del país o a la muerte a miles de ciudadanos honestos, su implacable rechazo. Tampoco ha habido reparación por la humillación y no apertura de las fosas comunes o la presencia ofensiva de los símbolos franquistas en un contesto democrático. Otros pueblos, con menos recursos, han demostrado mayor humanidad y coraje en rehacer su propia historia.

Si la Ley de la Memoria Histórica (diciembre 2007) tuviera voluntad política de cumplir sus mismos propósitos (“renovar y ampliar derechos a favor de quienes padecieron persecución o violencia por razones políticas, ideológicas o de creencia durante la Guerra Civil y la dictadura” y “fomentar la reflexión de nuestro pasado para evitar que se repitan situaciones de intolerancia y violación de derechos humanos como las entonces vividas, art. 1,1), aunque tarde, aún estaríamos en camino de recuperar la dignidad como pueblo y de restablecer parte de la justicia debida a “nuestras” víctimas. De lo contrario, será otra ocasión perdida si desde el poder político no se impulsa con decisión el proceso, venciendo los miedos y apostando por recuperar la historia de este pueblo complejo en toda su integridad.

Sobre la jerarquía de la Iglesia católica española, víctima unas veces y verdugo otras, pende una grave responsabilidad. No basta con pronunciar palabras de reconciliación y unidad. Necesita superar pronto ese reduccionismo selectivo que está aplicando en el ensalzamiento a sus propias víctimas y en el olvido de las ajenas. Y, sobre todo, necesita mostrar su capacidad para pedir perdón por su apuesta mayoritaria al lado de los golpistas en aquellos primeros momentos y también durante las largas décadas posteriores de la represión. Pero tampoco se debe silenciar que, a parte de las víctimas civiles, existen las víctimas eclesiásticas que sigue propiciando la propia jerarquía eclesiástica sobre las que nunca ha pronunciado una palabra de reconocimiento ni un gesto de reconciliación.