GENOCIDAS EN EL CONGO FINANCIADOS POR LA IGLESIA?

Pepe García Botía

Éxodo 101 (nov.-dic’09)
– Autor: Pepe García Botía –
 
El miércoles 25 de noviembre, en las letras más grandes de la portada, el diario Público expresaba: “Crímenes de guerra en Congo financiados con dinero español”. Al día siguiente la portada exhibía el titular: “La Iglesia financia a la guerrilla hutu”. El diario hacía alarde de un “informe confidencial” que había obtenido de un Grupo de Expertos de la ONU encargado de investigar los medios de financiación de la guerrilla FDLR que está realizando masacres en la R.D. del Congo. Y alguien habría transmitido a este Grupo de Expertos las acusaciones y pruebas contra la Fundación S’Olivar, de Mallorca y presidida por Juan Carrero; y contra Inshuti, de Manresa y presidida por Joan Casòliva.

Pertenezco a Umoya-Comités de Solidaridad con África Negra. Desde hace unos 18 años esta región africana es prioritaria en nuestro trabajo y contamos con una extensa red de informadores locales e internacionales. Son numerosos y de muy variada índole los testimonios que hemos recogido de protagonistas directos de lo que ha sucedido y sucede en esta zona. Nos interesa especialmente conocer la verdad que cuentan las víctimas –el pueblo que sufre–, que en más ocasiones de las que pensamos no coinciden con las verdades que cuentan los agresores, los poderosos o los medios de comunicación. Expondré un par de ejemplos de estas verdades que contradicen las informaciones “oficiales”. Se refieren a diciembre del año pasado. Luego habrá que ver si hay alguna forma para saber quién dice la verdad y quién miente (o por el contrario quedarnos turbados por no poder discernir la verdad de la mentira). Informadores de las víctimas nos decían en distintas conversaciones en relación al conflicto en el este del Congo:

_ Que los cascos azules de la ONU (la MONUC) en vez de defender a la población de los ataques del CNDP (el año pasado el problema era el grupo armado CNDP), lo que hacían era suministrar armamento y alimentos al CNDP. También que el general Nkunda (del CNDP) está usando los helicópteros de la MONUC en sus desplazamientos. _ Que habían visto a cascos azules intercambiando armamento con el CNDP a cambio de minerales –coltán, casiterita– que luego transportaban en los helicópteros de la MONUC hacia Ruanda.

Es decir que la MONUC estaba ayudando a los agresores en vez de combatirlos. ¿Quién decía la verdad y quién mentía? ¿Esos congoleños mentían? ¿La ONU mentía en sus informes? ¿Cómo saberlo?

El año pasado en diciembre el CNDP producía masacres de población congoleña en Kivu Norte. Esto es un hecho verificable. Los cascos azules de la MONUC debían ayudar al ejército congoleño a defender a la población civil ante las masacres y otras atrocidades que cometía el CNDP. Hay un hecho que puede servirnos para discernir: en Goma –capital de Kivu Norte– se producían importantes manifestaciones en donde la población congoleña gritaba ¡exigiendo que los cascos azules abandonaran el Congo! Si los cascos azules estaban para defender a la población ante las masacres del CNDP ¿qué pedía la población? ¿Quedarse indefensa?

No. Según nuestros informadores lo que pasaba era que siempre que el ejército congoleño estaba en vías de vencer al CNDP, entonces intervenía la MONUC interponiéndose para que cesara la lucha y evitar su victoria. Pero cuando vencía el CNDP al ejército congoleño la MONUC nunca aparecía. ¡La población exigía que se fueran los cascos azules porque mientras estuvieran allí, el ejército congoleño no podría vencer al CNDP! Por desgracia esta información de las manifestaciones de los congoleños contra la MONUC ha llegado a pocos sitios porque los medios de comunicación sociales occidentales no la recibieron o no la transmitieron (aunque la prensa congoleña sí refleja estos hechos, pero claro ¿quién lee la prensa congoleña?).

Volvamos ahora a los anteriores titulares. De nuevo dos verdades enfrentadas: los que acusan de que los fondos que reciben estas organizaciones españolas los destinan a financiar a la guerrilla FDLR; y ellos que dicen que las acusaciones son absurdas y tan falsas como las pruebas. ¿A quién creer? Usemos un poco de sentido común. ¿Cuántos soldados forman el FDLR? ¿5.000, 7.000, 9.000…? ¿Cuánto dinero se necesita para mantener un ejército así? ¿De dónde podrían sacar tales sumas de dinero estas ONG y cómo las enviarían o usarían sin dejar rastro? ¿Cómo habrían logrado engañar durante años a las instituciones donantes si todos los años han de presentar los justificantes de todos los gastos y las cuentas han de cuadrar?

Hay una contradicción muy grande en este caso. Por una parte están los acusadores, quienes dicen tener pruebas. Y por otra los distintos organismos oficiales de Baleares y Manresa que habiéndoles dado subvenciones y recibido la correspondiente justificación de las mismas, y viendo que las cuentas cuadran con las actividades realizadas, no encuentran motivo de desvío de fondos y apoyan con fuerza a la Fundación S’Olivar e Inshuti respectivamente, pues tienen constancia y pruebas suficientemente contundentes de que el dinero se empleó para las actividades solicitadas y no para otros fines.

¿Qué ganarían estas ONG si esta trama fuera cierta? Hay un hecho constatable: todas han realizado las tareas para las que pidieron las subvenciones, luego poco o nada les quedaría de ese dinero para desviarlo al FDLR… una guerrilla de miles de guerrilleros escondida y dispersa en la selva del Congo. ¿Y qué interés tendrían estas ONG en financiar a un grupo que está realizando masacres de población civil congoleña?

¿Qué ganarían los acusadores si sus acusaciones fueran admitidas por la ONU aunque fueran falsas? Principalmente poner fuertes trabas a las acciones de Juan Carrero, promotor de una querella ante la Audiencia Nacional española cuya consecuencia ha sido que el juez D. Fernando Andreu Merelles haya emitido órdenes de búsqueda y captura contra 40 altos cargos de la cúpula militar de Ruanda, imputándoles los crímenes de genocidio y contra la humanidad entre otros. Esa cúpula que además ha promovido la invasión del Congo, produciendo 5 millones de muertos con el objetivo de saquear las inmensas riquezas mineras congoleñas. ¿Podría ser que esos acusadores sean en realidad agentes del poder ruandés que podrían haber dicho incluso que eran miembros del FDLR y que como tales afirmaban que estas ONG eran su fuente de financiación? Umoya, que seguimos los acontecimientos de esta región desde hace tantos años, sólo vemos como probable esta última posibilidad, pues hemos constatado en innumerables ocasiones que el actual poder ruandés suele usar la mentira, el chantaje y la amenaza (y el hacerse la víctima en momentos en donde su papel ha sido realmente el de agresor), como sus principales medidas de actuación de cara al exterior. Conocemos también a Juan Carrero y no nos cabe duda de su gran humanidad.

Desde 1994 el Consejo de Seguridad de la ONU ha tomado siempre medidas que según nuestro análisis han favorecido siempre a Kagame –actualmente en el poder en Ruanda– y perjudicado al pueblo congoleño y ruandés –las víctimas–. ¿A favor de quién se pondrá en este caso? Nuestros informadores nos dicen que el FDLR se financia con el saqueo de minas congoleñas de coltán y casiterita. Minerales que vende a ¡Kagame!, su supuesto enemigo.

EL OLVIDO DEL DESIERTO

Pilar Yuste

Éxodo 101 (nov.-dic’09)
– Autor: Pilar Yuste –
 
Mientras cerramos esta edición la vida dibuja un rostro concreto a un artículo sobre el olvido (que no memoria) que sufre el pueblo saharaui. Una saharaui agoniza en el aeropuerto de Lanzarote. No es desconocida. Amineto Haidar es un símbolo de resistencia y dignidad de un pueblo que ya lo es en sí. No es la primera vez que se ve obligada a emprender una huelga de hambre, ni la primera en mirar a la muerte de frente. Sufrió todo tipo de torturas durante los cuatro años de encierro en una cárcel clandestina marroquí, y pertenece a un pueblo que ve cómo los años de desierto van borrando sus legítimos derechos.

La llamada Gandhi saharaui venía de recoger uno más de sus galardones en reconocimiento de su defensa pacífica de los derechos humanos. Por ello sorprende escuchar opiniones de condena sobre su huelga de hambre (se calcula que Gandhi realizó unas 17, y algunos confesos terroristas con dos han tenido suficiente para ser escuchados) a personas que no cuestionan la enésima vulneración de sus derechos realizada por Marruecos al despojarle de su pasaporte, y de España al admitir a una ciudadana expulsada sin el mismo. Y sorprende que el ministro de Justicia marroquí diga que ella “ha provocado esta situación” y que “las víctimas de la acción de esta mujer son Marruecos y España” –sic-.

Lo que es obvio es que este gesto está rescatando la cuestión saharaui de un vergonzante olvido. Una de las mayores lacras de nuestra reciente historia, sencillamente porque se está produciendo ahora mismo en contra de todas las orientaciones históricas y de derecho internacional, manteniendo una irregular situación perpetuada desde 1975. La responsabilidad española comienza con un proceso de descolonización que eufemísticamente podemos calificar de inconcluso. Marruecos no consiguió demostrar su derecho de pertenencia sobre esta colonia española, y recurrió al fósforo blanco y el napalm para asolar a los disidentes de la invasión de la marcha verde. Así se aboca a conciudadanos nuestros (muchos conservan su DNI como su más preciado tesoro) a un infernal exilio en el desierto argelino en el que ha sido capaz de crear un estado de la nada. Y continuamos cediendo con una pleitesía absoluta a los chantajes de una monarquía torturadora que no cuenta con otra virtud que el apoyo norteamericano y francés. Paradójicamente como país no sólo no nos beneficiamos económicamente del expolio (algo que además de inmoral sería ilegal), sino que ante la prohibición de vender armas a un gobierno de estas características, sencillamente se las regala. Y así, por ejemplo, nuestro gobierno regaló ocho bombarderos a Marruecos en enero de 2008, para “fortalecer la especial relación de hermandad entre las Fuerzas Armadas de España y Marruecos”.

Pax iusticiae. Por ello conviene recordar que cuando en 1991 el Frente Polisario pactó ante la ONU un alto el fuego que vendría seguido de un referéndum de autodeterminación, nadie podría imaginar que seríamos pasivos espectadores de su boicot. La paciencia de este pacífico pueblo se acaba, pero sin duda hay mucha más violencia en el silencio cómplice que en un supuesto fin del armisticio.

Por eso necesitamos recordar (volver a pasar por el corazón), hacer memoria viva, y hacerlo de modo crítico y profético.

El pueblo español es solidario en general, y muy especialmente con Sáhara con iniciativas de todo tipo:

-Asociaciones: muchas en la Coordinadora Estatal de Asociaciones de Solidaridad con Sáhara (CEAS) con el programa estrella de Vacaciones en paz (once mil peques).

-Ayuntamientos y Comunidades Autónomas: Caravanas solidarias y proyectos.

-Económicas: WSRW, Observatorio de Recursos Naturales de Sáhara Occidental. Toda una lección de resistencia eficiente.

-Políticas: Consejo de la Juventud, “Todosconelsahara.com” para el reconocimiento del F. Polisario como interlocutor. No olvidemos que no formamos parte de los 81 países que reconocen la RASD (República Árabe Saharui Democrática).

-Artísticas: Fisáhara y Artifarity, “El Sáhara no se vende”, la Noche en Blanco en Madrid.

-Culturales: Ante el nulo apoyo del Instituto Cervantes para la promoción del castellano en un pueblo que siempre ha sido fiel a nuestra lengua, el proyecto de un Bibliobús español es financiado por… el Gobierno Vasco.

-Deportivas: Sáhara Maratón, y los sencillos proyectos de Fundación Estudiantes.

-Educativas: Iniciativas de Universidades, o el proyecto ACERCÁNDONOS nacido en el IES Ramiro de Maeztu de Madrid y en Estudiantes. Nuestra asociación, que también trabaja en la formación en valores dentro del centro y en África negra, tiene a “Sáhara en el corazón del Ramiro”. Siete jóvenes saharauis estudiando en Madrid –en los campamentos no hay secundaria–, pequeños proyectos educativos, viajes a Tindouf con nuestro alumnado (un proyecto al que se han sumado otros institutos). La dureza de su paisaje, de la pobreza y de la injusticia contrasta con la hospitalidad de su pueblo. No vuelven los mismos.

¿Solidaridad sin justicia? Si ninguna causa social recibe tanto apoyo social, ¿por qué consentimos que nuestros sucesivos gobiernos miren para otro lado? Como comentaba diplomáticamente Brahim Gali (histórico dirigente Polisario) “quizá su democracia sea demasiado joven”. Y en nuestras manos está dejar de consentirlo.

Utopías hechas historia: El sistema TDT me ha obligado a tirar mi viejo televisor. Me dolió sobre todo por una pegatina desgastada, Free East Timor, que pegué cuando usamos el aparato en un acto en apoyo a esta antigua colonia portuguesa invadida por Indonesia en el contexto de la fiesta del PCE. Si ellos pudieron…

RECUPERAR LA MEMORIA HISTÓRIACA

Varios Autores

Éxodo 101 (nov.-dic’09)
– Autor: Varios Autores –
Foro de Curas de Madrid
 
Vuelve a estar de actualidad la cuestión aún pendiente de la reconciliación entre españoles después de la guerra civil. Vuelve también a plantearse, a partir de declaraciones de algunos obispos y de sus actuaciones u omisiones, el papel que la Iglesia tuvo como cómplice y/o como víctima durante la guerra y la posguerra y el papel que hoy siguen teniendo sus declaraciones ante la opinión pública.

En este contexto, el Foro Curas de Madrid queremos exponer nuestra opinión formada desde la relación con tantas personas de nuestros barrios que lucharon en uno u otro bando o con sus familiares cercanos y desde la lectura del Evangelio. Consideramos que reconocer la dignidad de tantas personas que dieron sus vidas por construir una sociedad más justa e igualitaria, y el derecho de sus familiares a recoger y honrar sus restos, no significa abrir heridas e incitar al odio, sino practicar un deber humanitario de piedad para con las víctimas y con aquellos que durante demasiado tiempo han tenido que vivir su dolor de manera clandestina y vergonzante.

Han pasado más de 70 años desde el comienzo dela guerra civil española y creemos que, para asegurar la concordia y la convivencia de nuestro futuro, la forma más firme es recuperar nuestra memoria histórica, con el fin de honrar y recuperar a quienes se esforzaron por conseguir un régimen democrático en España, a quienes sufrieron las consecuencias del conflicto civil y a los que lucharon contra la dictadura. La Ley de la Memoria Histórica (diciembre 2007) lo dice así: “Se trata de renovar y ampliar derechos a favor de quienes padecieron persecución o violencia por razones políticas, ideológicas o de creencia durante la guerra y civil y la dictadura (Art. 1,1).

La Ley insiste en que se trata de reconocer y homenajear a todos los hombres y mujeres que fueron víctimas de la guerra civil o posteriormente de la represión de la dictadura franquista e hicieron posible el régimen democrático instaurado con la Constitución en 1978 con su defensa de los principios y valores democráticos.

Creemos que esta es la forma adecuada y positiva de cerrar las heridas abiertas, de satisfacer a cuantos sufrieron las consecuencias de la guerra civil y de la dictadura franquista y de hacer que nuestra democracia quede reconocida y honrada.

En el mismo espíritu, hacemos nuestras las palabras de la Ley (Art. 1,1) de “Fomentar la reflexión de nuestro pasado para evitar que se repitan situaciones de intolerancia y violación de derechos humanos como las entonces vividas”.

En consecuencia:

1. Consideramos legítimas y justas cuantas disposiciones de esa Ley pretenden localizar, identificar y honrar a cuantos, todavía, no se les ha reconocido este derecho de reparación, por respeto a ellos mismos y a sus familias.

2. Desde el hecho histórico de que esta fue una guerra que acabó con el lamentable final de “vencedores y vencidos”, consideramos unilateral y contraproducente que el reconocimiento de las víctimas haya sido aplicado únicamente al bando de los vencedores y descartado para el bando de los vencidos. Ese procedimiento no es justo, no ha facilitado el reencuentro entre los españoles ni encarna el espíritu de conciliación, magnanimidad y perdón tan propio y universal del Evangelio. Abogamos por tanto por aplicar lo que es un derecho individual de justicia, –expresado detalladamente en la Ley de la Memoria Histórica– y no por el olvido, que supondría un cierre en falso de las heridas abiertas.

3. Desde el espíritu de generosidad, reconciliación y perdón, invocado por la jerarquía, hubiera sido altamente positivo reconocer la equivocación por la opción unilateral y excluyente asumida por ella en favor de la dictadura y no haber contribuido a reconocer los derechos de quienes lucharon contra ella. La palabra perdón en esa situación, y a tiempo, hubiera abierto los ánimos y hubiera propiciado la concordia. Nadie puede predicar y exigir coherencia a otros, si previamente no la cumple en sí mismo.

4. No entramos a juzgar el contexto y los factores que desencadenaron el conflicto de unos contra otros, pero resulta perentorio reconocer que la persecución religiosa –con sus ruinas y muchas víctimas– desatada durante la guerra civil afectó especialmente a la Iglesia católica y no se puede justificar y debiera ser también objeto de un perdón público, aunque sea difícil de concretar.

5. En todo caso, y esto es muy importante, miramos a un pasado que nos pertenece, pero miramos sobre todo al futuro. Y, en ese sentido, no hay como mirar a las causas que provocaron esa locura colectiva: la exclusión de unos por otros. Debemos dejar como periclitada la absurda guerra de las dos Españas, esa división que encasilla a los buenos españoles como católicos, neoliberales, de derechas y a los malos como republicanos, ateos, de otras religiones y socialistas o de izquierdas.

Sin entrar ahora en el grado de culpabilidad de unos y otros, se trata de un cambio radical, de pedir perdón por haber sido excluyentes y por habernos considerado poseedores únicos de la nacionalidad, de la verdad faltaba la premisa de reconocer al otro el derecho a vivir y expresar libremente su verdad y eran previsibles los efectos: ¡Con nosotros o contra ellos! Es indudable que hubo un condicionamiento histórico-cultural que nos predispuso y enajenó hasta llegar hasta donde llegamos.

Hay que pedir perdón por la brutal persecución que ejercimos unos y otros sobre la otra parte: odiamos y nos odiaron; despreciamos y nos despreciaron, excluimos y nos excluyeron; matamos y nos mataron. Pedir perdón y arrepentirse por el absolutismo de ambas partes.

Hacemos nuestra la súplica de Azaña en medio de la contienda: “Paz – Piedad – Perdón” y el reconocimiento que hizo la Asamblea Conjunta de Obispos y Sacerdotes en 1971 : “Pedimos perdón porque nosotros no supimos a su tiempo ser verdaderos ministros de reconciliación en el seno de nuestro pueblo, dividido por una guerra entre hermanos”. Súplica y reconocimiento que hoy siguen teniendo actualidad.

Abogamos, pues, porque haya beatificación de todas las víctimas, en altares sagrados o profanos, con elevación a la gloria de Bernini o de otra gloria civil cualquiera, pero sin ninguna discriminación de las víctimas, desterrado para siempre el veneno que nos lanzó los unos contra los otros y que haga imposible la predicción de aquellos versos de Antonio Machado:

Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón.

LAS VÍCTIMAS EN LA EXPERIENCIA DE VIDA Y TEOLOGÍA CRISTIANAS

Jon Sobrino

Éxodo 101 (nov.-dic’09)
– Autor: Jon Sobrino –
 
JESÚS ACABÓ SU VIDA COMO UNA VÍCTIMA

Hay muertes que llevan consigo un elemento añadido de escándalo irrecuperable para la razón y también para la fe. Escándalo mayor es la muerte de niños, que no han cumplido sus días y, que incluso, inocentes, han muerto asesinados. Niños, y también hombres, mujeres, ancianos, son asesinados inicuamente por regímenes de seguridad nacional, o mueren por “daños colaterales” o mueren a causa del hambre perfectamente superable.

Y escándalo es también la muerte por asesinato de los que han trabajado y luchado por la justicia: desde los profetas de Israel hasta los innumerables mártires y caídos en los últimos treinta años en América Latina. Ante la muerte de “víctimas” permanece el escándalo: a los mejores, a quienes defienden al oprimido, la injusticia les da muerte. En la tradición cristiana se comprende el destino de los seres humanos desde el destino de Jesús. Lo que hay que tener muy claro es que no acabó su vida “cumplidos sus años”, sino como una víctima; y que la resurrección no consistió en devolver a la vida un cadáver, sino en hacer justicia a una víctima.

Esto, tan evidente en el Nuevo Testamento, no ha solido serlo sin embargo. Y, consecuentemente, tampoco lo ha sido poner la muerte de Jesús en relación con la realidad crucificada de las víctimas de la historia.

LA PRIMERA PREDICACIÓN CRISTIANA SOBRE LAS VÍCTIMAS

La resurrección de Jesús fue proclamada como un drama en dos actos: “Ustedes, por mano de los paganos, lo mataron en una cruz. Pero Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte” (Hech 2,24). La resurrección de Jesús es, pues, presentada como respuesta de Dios a la acción injusta y criminal de los seres humanos, como lo expresa el “pero”. Y por ser respuesta, para comprenderla bien hay que tener presente la Cusa de la cruz de Jesús. No cualquiera ha sido resucitado, sino Jesús de Nazaret, el que anunció el reino de Dios a los pobres y los defendió, y por ello fue perseguido, condenado a muerte y ejecutado, y quien en todo momento mantuvo confianza en un Dios que es Padre.

Resurrección dice, pues, antes que nada, hacer justicia a una víctima, no sólo revivir un cadáver, por más que esto sea un presupuesto lógico.

LA ESPERANZA DE LAS VÍCTIMAS

Este hecho fundamental introduce la esperanza en la historia, en los seres humanos, en la conciencia colectiva, como una especie de existencia histórico que puede configurarlo todo. En directo, se trata de una esperanza para las víctimas. Y entendemos aquí por víctimas tanto a las grandes masas de pobres y oprimidos, a las que se les da muerte lentamente, como a los que son asesinados por denunciar la injusticia y buscar activamente la justicia.

Si el resucitado es una víctima, la esperanza que desencadena es esperanza en directo para las víctimas: éstas pueden esperar la justicia y la vida que les ha sido negada de mil maneras.

Jesús, conectando con los profetas de su pueblo, programáticamente anuncia la llegada del reino “únicamente a los pobres”, como dice J. Jeremías; y en concreto, les dice: “ustedes comerán, reirán” (Lc 6,21 s.); no así los ricos, que “pasarán hambre y llorarán” (Lc 6,25). Esa parcialidad de la realidad de Dios y de sus promesas, llena de compasión y justicia, resplandece, límpidamente, en la resurrección de Jesús.

Resulta, ciertamente, audaz hablar de la esperanza de las víctimas, especialmente cuando por víctimas entendemos no tanto individuos que libremente se deciden a luchar por la justicia, sino las mayorías pobres y oprimidas.

A veces, a los pobres se da por supuesto que les es fácil tener esperanza en otra vida más allá de la muerte, porque la vida de aquí les es sumamente hostil, lo cual sería la condición de posibilidad de la religión, según Marx, y de lo que se aprovecharían las religiones para medrar.

Yo pienso que no podemos penetrar hasta el fondo de las víctimas. Es fácil conocer sus esperanzas concretas, pero cuál sea su esperanza global, en plenitud, ése es su secreto. Desde fuera, pienso que pueden encontrar esperanza en la resurrección de Jesús, un crucificado como ellos, cuando les es anunciada como “buena noticia”.

LA ESPERANZA DE LAS NO-VÍCTIMAS: EL CAMINO A SEGUIR

¿Y la esperanza de los no-pobres, de las no-víctimas?

Se requiere, como primera condición para generar esta esperanza, que la muerte propia sea producto de entrega por amor a los otros y a lo que en los otros hay de desvalido, pobre, indefenso, producto de la injusticia, entonces se da un parecido entre esa vida y esa muerte y la vida y la muerte de Jesús. Y sólo entonces se puede participar también desde un punto de vista cristiano en la esperanza de la resurrección.

Y, en segundo lugar, la respuesta al escándalo de la muerte que parece poner fin a toda esperanza, seamos pobres o no-pobres, es indeclinablemente personal. Pero parece que el camino a seguir es que nos propongamos combatir la injusticia que da muerte a las víctimas, que nos planteemos lo que podemos hacer por ellas y lo que podemos hacer para que las víctimas tengan esperanza. Lo cual significa simplemente que debemos olvidarnos de nosotros mismos acompañándonos del recuerdo de las víctimas y que se convierte en un desvivirse por ellas. Allá donde hay amor, los pobres pueden tener esperanza, y nosotros con ellos.

SI EL PRIMOGÉNITO ES UNA VÍCTIMA, LOS POBRES Y LAS VÍCTIMAS SON EL CENTRO DE LA IGLESIA

En la resurrección, Jesús vive en plenitud, pero mantiene sus llagas. Nosotros vivimos en las llagas de la historia, pero podemos participar en la plenitud. Lo importante es saber cómo podemos vivir ya como resucitados. Para ello se requiere vivir en la historia algo de “plenitud” que consiste en el amor y algo de “triunfo” que está en la superación del egoísmo. Cumplimos todo esto cuando, obrando libremente, vencemos a nuestro egocentrismo y amamos; y cuando en situaciones de gran sufrimiento, vivimos con gozo, cantamos y lo celebramos juntos, sin lugar para la tristeza; y, cuando para “bajar de la cruz a los crucificados” actuamos como resucitantes, respondiendo, como dice Casaldáliga, “a cada acto de fe en la resurrección con un acto de justicia, de servicio, de solidaridad, de amor”.

En la primera generación de cristianos se mantuvo la intuición de que Jesús no resucitó aisladamente, sino “como el primogénito de muchos hermanos” (cf. Rom 8,29; 1 Cor 15, 3…). Si esto es así, entonces bien podemos entender la comunidad escatológica como comunidad de pobres y víctimas y, en concreto, la Iglesia como Iglesia de los pobres. Desde América Latina se afirma que los pobres son “su principio de estructuración, organización y misión” (I. Ellacuría).

La vida cristiana es “en comunidad” y en el centro está el primogénito, “una víctima”. Los pobres y las víctimas no sólo son destinatarios de la acción ética de la Iglesia, sino su centro.

Pero Jesús es también el primogénito en caminar hacia Dios. Camino con confianza en un Dios que es Padre y en disponibilidad a un Padre que es Dios, caminó descansando en el Padre y abierto a un Dios que no le dejaba descansar. La resurrección fue el encuentro definitivo con ese Dios Padre.

Nosotros estamos en camino hacia ese mismo Dios. Este misterio último lo vivimos en nuestras experiencias de cada día sin que nos sea dado alcanzar lo que siempre está más delante de nosotros.

Si caminamos en la historia, intentando bajar de la cruz a los crucificados, mostrando ternura a las víctimas despreciadas y silenciadas, quizás desde dentro podemos dejar que el misterio último, Dios, configure nuestras vidas. Y quizás tengamos la esperanza de que al final del caminar nos encontraremos con ese Dios en la comunidad de los resucitados.

LA REALIDAD DEL MARTIRIO Y LAS VÍCTIMAS

Quiero relacionar ahora la realidad del martirio con las víctimas. La pregunta fundamental es ésta: ¿qué causa fundamental defendían los mártires y por qué les arrebataron la vida? Vale para esto el ejemplo de don Pedro Casaldáliga. Él ha expresado más de una vez el deseo de ser mártir. Pero creo entender lo que quiere decir. Don Pedro no es masoquista, no hace falta más que ver cómo canta a la vida. Menos aún es arrogante, como aquellos cristianos de los primeros siglos que buscaban activamente en el martirio una perfección mayor, hasta el punto de que la jerarquía tuvo que frenarlos y condenarlos. Seguramente su deseo consiste en expresar con radicalidad su amor a las víctimas, que con ellas quiere solidarizarse hasta el final. Es la desmesura del amor. Así lo ve don Pedro en Jesús, el hermano mayor, primogénito de la resurrección, pero antes primogénito de la fe y primogénito en la entrega.

Cuando don Pedro ha defendido a las víctimas –y de ello tenemos ejemplos impresionantes– se trata por supuesto de una defensa concreta e inmediata, pero con ello quiere defender también una causa mayor: la justicia, la defensa del derecho de los indios a sus tierras y a la vida. Esta causa –defensa de las víctimas y fidelidad hasta el final en presencia de injusticia, violencia, asesinato– ha marcado la vida entera de don Pedro.

El martirio aprehendido en su realidad remite –mejor que cualquier dogma o canon– a la cruz de Jesús. Y desde ahí puede remitir a su resurrección. Es la experiencia de don Pedro: “Desde mi fe cristiana ésta es la alternativa: vivos, vivas, o resucitados, resucitadas; vivos aquí mortalmente, vivos ‘allá’ resucitadamente… La muerte, por la que ‘pasamos’ (toda muerte es pascual), nos es connatural ciertamente… La resurrección no nos es con-natural: es puro don gratuito del Dios de la vida”

Artículo completo en edición impresa. Pídela aquí

LA DEUDA HISTÓRICA DE LA IGLESIA ESPAÑOLA

Pedro Miguel Lamet

Éxodo 101 (nov.-dic’09)
– Autor: Pedro Miguel Lamet –
 
Un escalofrío les recorrió la columna vertebral cuando escucharon la noticia por la radio. “¡La iglesia de los jesuitas arde en llamas!”. Aquella lacónica información cambiaría la vida de tres hombres jóvenes que iniciaban su camino en la Compañía de Jesús. Uno era vasco, otro asturiano y el tercero madrileño. Se llamaban Pedro Arrupe, José María Díez-Alegría y José María de Llanos. Los tres me relatarían en primera persona cómo tuvieron que vestirse apresuradamente de paisano y experimentar miedo físico cuando les insultaban por las calles de “cuervos” o “grajos”. Tuvieron que hacer su atillo y largarse de España, después de que El Sol en su edición del 14 de octubre de 1931 publicara los siguientes titulares: “España ha dejado de ser católica. Se acuerda disolver la Compañía de Jesús y nacionalizar sus bienes. Se aprueba el divorcio y desaparece la calificación de hijos ilegítimos”.

Ellos partieron para el destierro. Pero los que se quedaron en España vivirían una tremenda tragedia de confrontación, dolor y muerte: la guerra civil que dividió nuestro país en dos trincheras. Lamentablemente una de ellas sería identificada con la Iglesia católica. La ley por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y la Dictadura, más conocida como Ley de Memoria Histórica, aprobada por el Congreso de los Diputados el 31 de octubre de 2007, nos replantea una vieja pregunta: ¿Qué parte de responsabilidad tuvo la Iglesia en aquella contienda? ¿Fue solo víctima o también causante? Si es así, ¿ha lavado su cuota de culpa pidiendo perdón? ¿Ha saldado su deuda histórica como lo pretende hacer la sociedad civil? ¿No sería mejor olvidar? Para responder a estas preguntas hay primero que analizar los antecedentes de la verdadera situación que condujo a aquel drama humano que tendría un importante componente religioso.

LA IGLESIA Y LA SEGUNDA REPÚBLICA

¿Qué había pasado en España para que el catolicismo se convirtiera en la bestia negra de la Segunda República? La llamada “cuestión religiosa” tenía antecedentes en vecinos países mediterráneos. Las “Leyes de Separación” promovieron en Francia en 1905 la aconfesionalidad del Estado y la libertad de conciencia y cultos, que condujeron a la educación laica, la disolución de órdenes monásticas y la expropiación de bienes eclesiásticos. Unas medidas que copiaron a su modo los portugueses con la política laicista de 1911, y que, incluso en la dictadura de Salazar, supusieron una ruptura definitiva con el estado confesional. En Italia el gran recorte de las prerrogativas de la Iglesia –libera Chiesa in libero Stato– sería una consecuencia de la famosa “cuestión romana”.

El problema en España llegará a revestir tintes dramáticos. El diplomático vaticano Domenico Tardini, entonces en el vértice de la Sagrada Congregación de Asuntos Extraordinarios, escribía en sus notas de viaje de 1934: “Los españoles son así: enredo, lío, mezcla de bondad y malicia, de fe e incredulidad, de Iglesia y anticlericalismo”. No deja de ser curioso que una revista italiana, Vita e Pensiero, denunciara en 1931 la escasa sensibilidad social de la Iglesia española, el sometimiento secular de la jerarquía y el clero a la dinastía y el poder; el raquitismo, el atraso de la Acción Católica; y hasta la escasa práctica y superficialidad, dentro de la apariencia tradicional de la religiosidad de nuestro país. Algo que el gran lúcido cristiano y a la vez anticlerical Pérez Galdós ya había evidenciado mucho antes.

Resulta también llamativo que tras la proclamación de la República, las primeras reacciones de la Santa Sede fueran mesuradas y cautas. El nuncio Tedeschini se mostró cortés y deferente con el nuevo presidente de la República, y, según el posibilista Ángel Herrera Oria, director del prestigioso diario católico El Debate, estaba en escasa armonía con el integrista cardenal Segura, que se había manifestado claramente en contra. Estas negociaciones habían conducido incluso a un primer acuerdo (septiembre de 1931) que reconocía la personalidad jurídica de la Iglesia, autorizaba la existencia de las órdenes religiosas y permitía el ejercicio de la enseñanza.

El clima se enrareció en la calle por enfrentamiento entre las bases católicas y progresistas. Parece que, tras la forzada dimisión del cardenal Segura, los ministros intentaron salvar las órdenes de la extinción. Pero el gobierno no pudo con la presión de los diputados republicanos y socialistas. La disolución de la Compañía de Jesús se presentó pues como una salida de compromiso de Azaña, junto a la regulación de las demás órdenes, mediante el sibilino subterfugio de prohibir los “votos que impliquen obediencia a autoridades distintas del Estado” –el cuarto voto al Papa de los jesuitas– y la prohibición de la enseñanza a todas. La laicidad del Estado y las medidas como el divorcio y la enseñanza laica provocaron la declaración conjunta de los obispos rechazando la Constitución, y la encíclica de Pío IX Dilectissima nobis que condenaba el régimen republicano.

LOS ACTORES DEL DRAMA

La guerra estaba declarada. ¿Quiénes eran los actores de este drama que a la larga nos conduciría a las trincheras? Se puede decir que un buen número de intelectuales eran partidarios de una simple separación Iglesia-Estado. Las clases medias progresistas consideraban a la Iglesia como un enemigo político, y los socialistas la veían más como una antagonista social, una colaboradora del capitalismo después de su principal enemigo, los patronos. No faltaba en este debate la fuerte oposición de los anarquistas, que lanzaban sus ataques desde la calle y la prensa. Se ha hablado mucho de “conspiración masónica”. Pero esta tesis, sostenida por De la Cierva y últimamente por César Vidal, ha sido desbancada por los mejores especialistas en el tema como Ferrer Benimelli, victor Manuel Arbeloa y Pedro Álvarez. La masonería influyó en la política republicana sólo como un actor más, sin que se le pueda imputar el protagonismo.

En la cúpula vaticana el nuncio Tedeschini y el secretario de Estado Pacelli no comulgaban con la postura más intransigente de Pío IX. Entre los obispos dominaba el conservadurismo, defensor del Estado confesional. Pero no se puede comparar la postura de los integristas Segura y Gomá con la de Vidal i Barraquer, cuyos archivos, publicados por Batllori y Arbeloa, muestran un interlocutor válido con el gobierno en el primer bienio. El prelado catalán, que se entrevistará en secreto con varios miembros del gobierno, no dudó en criticar el documento colectivo de los obispos en una curiosa carta al provincial de los jesuitas, padre Murall. ¿Y qué hacían los curas de a pie? Sus sermones, dada la situación y su formación tradicional, no podían incitar a otra cosa que la confrontación. Entre los laicos se daban los dos extremos: el ala de carlistas, integristas, monárquicos de Renovación y Acción Española; y la de católicos abiertos representados por Alcalá Zamora, Miguel Maura Ossorio y Gallardo, línea de la que participaba también Unió Democrática de Catalunya. Renglón aparte merecen la Asociación Católica Nacional de Propagandistas y El Debate de Herrera Oria, junto a un sector renovado de la Acción Católica, los sindicatos confesionales y Acción Popular, que derivaría luego en la CEDA, con Gil Robles al frente, y que a partir de una postura posibilista terminó endureciéndose.

Pero quizás el fulminante del enfrentamiento, más que la secularización de los cementerios y del divorcio, fue el debate sobre la enseñanza. Aun admitiendo que los católicos fueran partidarios de una enseñanza confesional, elitista y segregacionista, se olvidan figuras comprometidas con las clases obreras y los pobres como los padres Vicent, Ferrís, Nevares, Rubio, Poveda, y los laicos Monedero, Ballester, Herrera Oria y Luz Casanova, entre otros. Lo grave es que la defensa de la enseñanza laica no era una mera aspiración a la neutralidad religiosa, sino también un revanchismo frente al poder secular de la Iglesia. Azaña pensaba que la educación católica se caracterizaba por un integrismo lesivo a los ideales de un Estado moderno y democrático y no consideraba la intromisión del Estado contraria a la libertad, sino necesaria a la “salud pública”.

Pese a las reacciones virulentas, en aquel catolicismo español no era todo oro lo que relucía. Desde el siglo XIX en la clase trabajadora campesina y las clases medias había comenzado a penetrar un proceso de secularización que se traducía en un descenso de la práctica religiosa y un debilitamiento de la fe. Ya Galdós se indignaba con el bajo nivel del clero y la ausencia de un catolicismo renovador, que apuntará luego en revistas aperturistas como Cruz y Raya o en las denuncias de falta de compromiso con las clases trabajadoras de los padres Peiró, Sarabia y Arboleya. Pero en general la teología escolástica del tiempo era un muro berroqueño frente a la renovación que apuntaba allende nuestras fronteras.

Todo ello, como suele suceder en tiempos de persecución, lejos de dar paso a la revisión de planteamientos, condujo a cerrar filas en torno a procesiones y peregrinaciones multitudinarias. En caseríos del País Vasco no faltaron gentes que aseguraban haber visto apariciones de la Virgen de luto, rezando por España. En medio de tal confusión de intereses, donde el sentimiento imperaba sobre la racionalidad, la pregunta clave es siempre la misma: ¿Fue la republicana una política que buscaba una sociedad laica mediante una simple separación Iglesia-Estado? ¿O bien se distinguió por un sesgado anticlericalismo desde el poder civil conculcando derechos y libertades como los de asociación, expresión y enseñanza?

La respuesta parece obvia. Junto a políticos y agentes que buscaban la mera separación Iglesia y Estado para modernizar las instituciones, otros, por el anticlericalismo de sus medidas, provocaron directamente la confrontación. No se puede decir que la aconfesionalidad del Estado, el dejar de financiar al clero y la secularización de los cementerios tuvieran que conducirnos al derramamiento de sangre. Como dice Tuñón de Lara, la famosa frase de Azaña “España ha dejado de ser católica” en su discurso en la noche del 13 de octubre “era inoportuna e impropia de un gobernante de todos, creyentes y no creyentes”. La división de las dos Españas, que provocaba el famoso artículo 24, no sólo ponía en bandeja una justificación a la campaña de la derecha conservadora, sino que se volvería a la larga contra los trabajadores, principales víctimas de cuanto vendría después.

La Iglesia, en la que, como en el Gobierno, no faltaron sectores posibilistas partidarios de la convivencia, pecó en lo de siempre: el inmovilismo que le hacía una vez más perder el tren de la historia y en el incorregible alineamiento político de su jerarquía. Sin duda parte del odio que estalló aquellos días respondía a una soterrada dinamita de su entonces omnímoda secular tutela de las conciencias. Pero no fue la laicidad, sino un laicismo militante agresivo y la respuesta de una derecha que siempre identificaba catolicismo con esencias patrias lo que al final desencadenó la tragedia.

LAS VÍCTIMAS Y EL “NACIONALCATOLICISMO”

El aumento de la conflictividad social durante el bienio conservador desembocó en los sucesos revolucionarios de octubre de 1934 en Asturias en los que el Ejército tuvo que sofocar una insurrección proletaria. El episodio se saldó con la muerte de cerca de 1.400 personas y con 3.000 heridos, y durante el cual el anticlericalismo resurgió brutalmente. Durante la insurrección encontraron la muerte 34 religiosos en episodios como el asesinato de los ocho hermanos de La Salle y un padre pasionista del valle de Turón a la vez que resultaron dañadas o destruidas 58 iglesias, el palacio episcopal y la Cámara Santa de la catedral. Estos hechos de Asturias, avivados por la propaganda partidista que reclamó el castigo y represión de los revolucionarios, evidenciaron el grado de radicalización y división de la sociedad española en dos sectores que unos meses más tarde se enfrentaron nuevamente de manera general y trágica durante la Guerra Civil.

No voy a dar cuenta detallada de la horrible y demencial matanza de sacerdotes, religiosos y simples laicos católicos, amén de la destrucción del patrimonio artístico e histórico, realizados por el bando republicano. Antonio Montero Moreno habla en su conocido libro sobre el tema (Historia de la persecución religiosa en España, 1936-1939, 4ª ed, Madrid, 2000) de 6.832 víctimas religiosas asesinadas en el territorio republicano, de las cuales 13 eran obispos, 4.184 sacerdotes, 2.365 religiosos y 283 religiosas. Vicente Cárcel Ortí, más recientemente, en su “Catálogo de los mártires cristianos del siglo XX”, solicitado por el papa Juan Pablo II en el marco del Gran Jubileo del Año 2000, amplía la estimación con 3.000 seglares, en su mayoría pertenecientes a la Acción Católica, con lo cual la cifra se redondearía en torno a 10.000 el número de víctimas pertenecientes a organizaciones eclesiásticas. La clase obrera asumió la responsabilidad de aquella matanza: “La clase obrera ha resuelto el problema de la Iglesia, sencillamente no ha dejado en pie ni una siquiera (iglesias) (…) hemos suprimido sus sacerdotes, las iglesias y el culto”, llegó a afirmar en un artículo de La Vanguardia de la época.

Por otra parte es obvio el apoyo y soporte ideológico de la Iglesia católica al gobierno franquista, que sería recompensado con una situación privilegiada de aquélla. Este escenario, conocido como “nacionalcatoliscimo”, se hizo más patente tras la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial, que se pondría de manifiesto entre otros aspectos en los actos religiosos y ceremonias fúnebres en memoria de las víctimas. Los entierros de “mártires” fueron celebrados por todo el país en actos y solemnidades litúrgicas y sus nombres escritos en las fachadas de las iglesias.

Artículo completo en edición impresa. Pídela aquí

MEMORIA Y DEMOCRACIA. LA PUGNA POR EL PASADO

Antonio García Santesmases

Éxodo 101 (nov.-dic’09)
– Autor: Antonio García Santesmases –
 
Durante años se entendió que la transición española a la democracia era ejemplar por haber sido capaz de echar al olvido los agravios del pasado. A partir de un determinado momento –que yo creo podemos situar a mitad de los años noventa– esta percepción comenzó a cambiar. Hacer una breve genealogía de este proceso puede ayudarnos a comprender los problemas que suscita en España el tema de la memoria y la disputa en torno a la percepción del pasado que se da en nuestro país. No existe ningún país en el que se dé una visión compartida e indiscutible acerca del pasado pero hay interpretaciones claramente hegemónicas. No es el caso de España. En España compiten al menos tres grandes discursos acerca de nuestro pasado, discursos que operan a la hora de enjuiciar la necesidad de proceder a recuperar trozos de la memoria perdida acerca de ese mismo pasado.

ECHAR AL OLVIDO

Podríamos decir que la primera etapa cubre desde la muerte de Franco hasta el final del gobierno del PSOE en marzo de 1996. Son casi veinte los años que incluyo en este período y por ello ya adelanto que habría que realizar un esfuerzo por diferenciar distintos momentos pero me parece que subyace en todo el período un hilo conductor. Todo comienza, a mi juicio, con el triunfo de la reforma política y la imposibilidad de llevar a cabo una ruptura democrática. Recordemos que los planteamientos de la oposición democrática hablaban de realizar un gobierno provisional que planteara un referéndum sobre la forma de Estado y abriera la posibilidad de un proceso constituyente. Al fracasar la ruptura el cauce que se siguió implicó elaborar la Constitución del 78 a partir de unas elecciones que no estaban convocadas como elecciones constituyentes.

Esas Cortes que no eran constituyentes tomaron algunas medidas para evitar perturbaciones a la hora de la elaboración del texto constitucional; todo el proceso se realizó controlando al máximo el debate y evitando cualquier autonomía de los propios diputados. Se optó por la elección de una ponencia constitucional que elaborara el texto en un régimen de silencio y de ocultamiento a la opinión pública hasta llegar a un acuerdo. Concluidos los trabajos de la ponencia se procedió a un debate en la comisión del Congreso de los Diputados y en el Senado; un debate en el que las intervenciones estaban controladas por los portavoces de los grupos parlamentarios.

La importancia dada al monopolio de la voz y a la disciplina de voto estaba fundada en la necesidad que tenían las élites políticas de controlar el proceso, de evitar lo ocurrido en la Segunda República donde era muy difícil mantener acuerdos dada la personalidad indómita de los diputados de las Cortes republicanas(recordemos todos los avatares vividos en torno a la cuestión religiosa que provocaría la dimisión de Alcalá Zamora como presidente del gobierno y el acceso a la presidencia del consejo de ministros de la gran revelación de la república, del político más capaz de aquellos años, de Manuel Azaña).

Este proceso de control de las deliberaciones para propiciar los acuerdos venía unido a la necesidad de crear un clima político propicio para el entendimiento, un clima donde era esencial no echarse en cara las interpretaciones del pasado, no exigir cuentas por lo ocurrido, no aprovechar el proceso para poner en su sitio a verdugos y víctimas. De alguna manera se asumió que la historia de España había sido suficientemente trágica como para no repetir un combate fratricida. Este esfuerzo por no repetir los errores del pasado iba unido a la necesidad de recordar para mejor olvidar; no era el momento de pedir cuentas, de debatir sobre quiénes tenían razón y quiénes estaban equivocados, o dicho de otra manera, quiénes tenían credenciales democráticas y quiénes venían de la dictadura. Los constituyentes subordinaron muchas cosas para alcanzar el consenso porque conocían la historia de España y que la desmemoria era la mejor manera de evitar la repetición de los peores momentos de esa misma historia.

Es comprensible que los que actuaron de aquella manera se lleven las manos a la cabeza cuando se les reprocha que permitieran que la aprobación de la amnistía y la amnesia sobre el pasado fueran unidas. Ellos eran muy conscientes de lo que querían, de lo que querían los otros y de lo que al final resultó. Y estaban orgullosos del consenso alcanzado. El miedo a un golpe militar (que se produjo aunque fracasara el 23 F del 81), la desestabilización provocada por el terrorismo de ETA y la división interna de la derecha política española provocaron que este designio de recordar para olvidar mejor, de echar al olvido los agravios padecidos, de no remover el pasado, fuera el criterio fundamental de los gobiernos de Felipe González.

Es esa la razón por la que considero que ese espíritu de la transición dura hasta el final de aquellos catorce años de gobierno. Bien es cierto que el esfuerzo por no remover los demonios familiares iba unido a la ilusión de encontrar en Europa la gran solución a todos nuestros problemas pretéritos y futuros. Es esta la razón por la cual fue el joven Ortega el filósofo de referencia durante aquellos años. Se trataba de vertebrar la nación, de realizar el papel que había sido incapaz de llevar a cabo la débil burguesía progresista; se trataba de consolidar la democracia, subordinar el poder militar al poder civil y conseguir la integración en Europa. Rememorando al joven Ortega, los problemas de España, de su identidad siempre compleja y fracturada, acabarían siendo resueltos-disueltos en un ámbito supranacional, en la entonces denominada Comunidad Económica Europea.

Y el hecho es que si nos situamos a la altura de 1986 la desaparición de las dictaduras en Portugal, en Grecia y en España se había producido sólo una década antes y por fin asistíamos a una vinculación al proyecto europeo en un momento donde todo eran parabienes si comparábamos la situación con la trágica historia de los españoles en los años treinta. La transición había sido ejemplar y aquella España que tanto impresionaba a Gerald Brenan de anarquistas y carlistas dispuestos a vencer o morir; aquella España trágica estaba definitivamente enterrada en el pasado. La modernización económica provocaría el prodigio de vivir sin identidad, sin raíces y sin querellas con el pasado. Sólo los hombres y los pueblos que saben olvidar –se repetía una y otra vez– son capaces de alcanzar si no la felicidad, al menos la estabilidad política.

LA QUERELLA ENTRE LOS NACIONALISMOS (DOS MEMORIAS EN PUGNA)

El final de los gobiernos del PSOE se produjo en un contexto de ruido y furia con procesos judiciales abiertos, acusaciones de corrupción y una fuerte deslegitimación de la política. No se criticaba tanto las políticas realizadas (fueran éstas la política económica que había provocado fuertes controversias con los sindicatos, o la política exterior que había ocasionado fuertes conflictos con los movimientos pacifistas con motivo de la permanencia de España en la OTAN) cuanto la pérdida de legitimidad de la política misma.

El PSOE tardaría años en recuperarse de aquel final tan aciago de los gobiernos de Felipe González. Entre tanto el Partido Popular se encontraba con la paradoja de que no podía desarrollar su programa porque no tenía mayoría absoluta, porque tenía un pacto parlamentario con los grupos nacionalistas. El pacto se mantuvo toda la legislatura de 1996 al año 2000 pero, más allá de los acuerdos parlamentarios, algunos sucesos muy relevantes revelaban que no era posible seguir con la política de pensar que la modernización económica provocaría la resolución de todos los problemas sociales o que la integración europea resolvería todos los problemas nacionales.

Todo cambiaba porque en la propia Europa se reconocían Estados como Croacia, porque Yugoslavia se desmembraba, porque Chequia y Eslovaquia se separaban y porque los nacionalismos periféricos empezaron a pensar que había que producir una segunda transición. El acuerdo entre el PNV, CIU y el BNG en torno a la llamada Declaración de Barcelona dibujaba un horizonte claramente confederal donde la aspiración máxima de los nacionalistas volvía a aparecer: toda identidad cultural implicaba una identidad nacional que a su vez exigía –para poder realizarse en plenitud– tener un Estado propio.

Ese planteamiento confederal remitía a una lectura de la historia de España donde lo decisivo era enfatizar el conflicto entre el centro y la periferia y subrayar que esa era la fisura fundamental en la historia de España. Ante ese proceso de reafirmación de los nacionalismos periféricos el nacionalismo conservador español reaccionó elaborando una lectura alternativa de la historia de España. Las naciones sin Estado, a juicio de los conservadores, no eran naciones sino regiones y la historia de España mostraba la existencia de una nación antigua y venerable (algunos hablaban de 3000 años; otros más modestos sólo de 500) que no estaba puesta en cuestión.

Uno podía visitar el museo de historia de Cataluña y contrastar la interpretación que allí se daba de la historia de España con las exposiciones sobre Cánovas, Sagasta, Maura que iban realizando los gobiernos del Partido Popular. El tema de la memoria había vuelto a adquirir una enorme dimensión en nuestras vidas hasta el punto de que eran muchos los que comenzaban a alarmarse y clamaban por dejar de hablar de esencias nacionales y comenzar a tratar los auténticos problemas de los españoles. Era una pretensión loable pero vana porque era mucho lo que no se había debatido en la ejemplar transición española y eran muchos los ejemplos foráneos que mostraban que las heridas no cicatrizan bien si no somos capaces de mirar con claridad al pasado.

Durante años la izquierda prefirió rehuir el combate; la transición estaba bien como estaba, la necesidad de echar al olvido las querellas del pasado había sido un acierto y no era bueno volver y volver sobre los agravios sufridos; los hijos y nietos de las víctimas de la represión franquista debían saber que todavía no tocaba, que todavía no era el momento, que la democracia era demasiado frágil y era preferible no tocar los cimientos si queríamos consolidar la Constitución del 78.

Ese fue, y todavía sigue siendo, el discurso que se repite en los aniversarios constitucionales pero cada vez es cierto que con una voz más desfalleciente porque las querellas del pasado han vuelto al presente y ya no cabe esquivar el problema.

LA LLEGADA DE UNA NUEVA GENERACION

La querella entre los nacionalismos, entre el nacionalismo español conservador y los nacionalismos periféricos, fue subiendo de tono en la segunda legislatura de José María Aznar. Subió de tono porque Aznar, tras alcanzar la mayoría absoluta, pensó que era el momento de desarrollar su propio programa político. Un programa en el que era esencial la renacionalización de España. Aznar pensó que esa tarea sólo la podían desarrollar las fuerzas liberalconservadoras porque dada la distancia electoral con el Partido Socialista (hablamos del año 2000) habría gobiernos del Partido Popular por mucho tiempo en España.

Artículo completo en edición impresa. Pídela aquí

ÉTICA, DEMOCRACIA, MEMORIA HISTÓRICA

Francisco Fernández Buey

Éxodo 101 (nov.-dic’09)
– Autor: Francisco Fernández Buey –
 
El don de prender en lo pasado la chispa de la esperanza reside sólo en aquel historiador que está penetrado de lo siguiente: ni siquiera los muertos estarán seguros si el enemigo vence. Y este enemigo no ha dejado de vencer. Walter Benjamin

Si Walter Benjamin levantara la cabeza en su tumba de Port Bou y pudiera ver lo que ha ocurrido en España desde su muerte seguramente podría seguir diciendo que lo que escribió en una de sus tesis sobre la historia es verdad: ni siquiera los muertos están seguros cuando el enemigo vence. Y tal vez podría añadir que ni siquiera estarán seguros los muertos cuando el enemigo en que él pensaba deja de vencer (al menos electoralmente).

En la España negra que salió de la guerra civil las familias republicanas apenas podían hablar de sus muertos. Desde luego, no en público. Incluso en las capitales de las provincias que, por su situación geográfica o por otras razones, habían quedado en la zona de los vencedores se impuso un tétrico silencio sobre las personas que habían permanecido fieles a la II República y que en las décadas de los cuarenta y los cincuenta aún poblaban las cárceles del franquismo como prisioneros políticos. Aquellas personas y muchas otras que tuvieron que exiliarse al final de la guerra civil eran casi innombrables.

Yo mismo he sido testigo de situaciones así, durante mi infancia, en una de esas capitales: hablar de los muertos republicanos, de los asesinados, de los desaparecidos, encarcelados, detenidos y purgados por haber defendido o seguir defendiendo los ideales republicanos era un tema tabú. Algunos tardamos años en saber qué había ocurrido realmente con nuestros abuelos precisamente porque se había impuesto entonces el más triste de los silencios a este respecto. Aún recuerdo una frase tremenda de los mayores a una pregunta impertinente sobre esto durante mi infancia: “Niño, tú cuando digan bacín dices presente”. Creo que empecé a saber qué había pasado realmente con nuestros abuelos republicanos (o que sencillamente habían denunciado desmanes de los franquistas por razones morales) cuando entendí el significado de la palabra “bacín”.

Muchos, tal vez la mayoría, de los súbditos de la dictadura franquista crecimos bajo aquella oscura concepción ético-política del bacín. Lo que quiere decir: escuchando cada día insultos dirigidos por arriba, por los que mandaban entonces, a las personas que resistieron a la barbarie y teniendo que callar, por miedo, incluso en el ámbito familiar, cuando el tema de la conversación incluía preguntas sobre padres, abuelos, tíos o tías de los que apenas se tenía noticia. En aquellos tiempos del bacín hasta la palabra “cárcel” parecía impronunciable.

Es cierto que ya en la década de los sesenta, cuando surgieron los primeros movimientos importantes de protesta en las minas, en las fábricas y en las universidades, la cosa cambió. Pero cambió, por lo general, en las grandes ciudades; cambió poco en las pequeñas ciudades y en los pueblos, a los que apenas llegaban los ecos y rumores de la resistencia antifranquista. Y, en cualquier caso, siguió dominando el silencio impuesto por el miedo a la dictadura. Y esto no sólo a la hora de recordar a los familiares republicanos, sino también cuando se pretendía hablar de las detenciones, encarcelamientos, juicios y ejecuciones de aquellas personas que se habían ido incorporado a la resistencia.

Frecuentemente se alaba desde las altas instancias y entre historiadores conservadores lo que representó por aquel entonces la nueva ley de prensa de Fraga Iribarne; pero pocas veces se recuerda lo que el mismo Fraga Iribarne dijo de los mineros asturianos y de sus familias cuando éstos y éstas se rebelaron o lo que él y otros jerarcas de la época dijeron de los estudiantes y de los obreros que creaban sus propias organizaciones al margen del Movimiento Nacional, de los sindicatos verticales y del SEU. Y sin recordar esto último los más jóvenes difícilmente podrán explicarse ahora el silencio sobre las víctimas que todavía siguió imperando en aquellos años. Pues si para algunos la nueva concepción éticopolítica del desarrollismo, basada en la idea del fin de las ideologías, fue quizás motivo suficiente para seguir cultivando el olvido, para la mayoría de los familiares de los republicanos y de las víctimas del franquismo seguía vigente la ley no escrita del bacín.

Digo esto porque, habiendo sido así nuestra historia, parece sorprendente que tantos años después haya renacido en España, y con tanta fuerza, el recuerdo entre los nietos de los republicanos represaliados y se hayan consolidado organizaciones como la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. Algunas personas se preguntan: ¿por qué ahora cuando ha pasado ya tanto tiempo desde la guerra civil y desde el final de la dictadura franquista? No pocos jóvenes interpelan sobre esto a sus mayores con palabras parecidas a las que usaban los niños con los que Primo Levi discutía en las escuelas italianas, años después de los hechos, a propósito de los campos de exterminio nazis: de la misma manera que éstos preguntaban ingenuamente a Levi por qué no organizaron la fuga en masa de los campos, también ahora se pregunta a veces a los mayores por qué no reivindicaron ellos la memoria de sus padres, de sus hermanos, de sus tíos, en aquellos años sombríos del franquismo.

La respuesta es obvia para cualquier persona de edad y que tenga sentido común, pero no por obvia menos relevante para el diálogo entre generaciones. Esa respuesta dice sencillamente: porque los familiares de las víctimas no podían hablar entonces y porque, al no poder hablar, ni siquiera pudieron comunicar en muchos casos a los más próximos la dimensión del horror; porque lo pasado y sufrido por tantos y tantos republicanos fue durante mucho tiempo, mientras duró la dictadura, casi un secreto familiar. Para una parte importante de la población española el asesinato, la condena sin juicio, el “paseo”, las desapariciones, los trabajos forzados, el encarcelamiento de tal o cual persona en este o aquel pueblo, eran sólo rumores, insistentemente negados o desmentidos en general por los medios de comunicación del momento. Así lo vivieron. Y en esas condiciones poco se puede hacer por la verdad concreta, pues el principio imperativo del bacín suele determinar, por abajo, el conformismo que anida en la sospecha siempre inducida por los que mandan: “Tal vez sea verdad, pero, aun así, algo (se supone que malo) habrían hecho esos…”.

La verdad es que la ética pública decae hasta la perversión en un régimen dictatorial. En condiciones extremas, en las que no se sabe ya si esto es un ser humano, decía Primo Levi, es difícil, muy difícil, si no imposible, hablar de moralidad, particularmente entre las víctimas, a las que se humilla y se degrada. En esas situaciones, para más inri, los que mandan pretenden que Moral no hay más que una, la suya. En tales condiciones resulta ser una heroicidad no sólo, por supuesto, la conducta del buen samaritano evangélico, sino incluso el comportamiento más simple y elemental de solidaridad simpatética entre humanos. Salvando las diferencias que haya que salvar, que evidentemente son muchas, algo parecido a eso pasó aquí con las víctimas republicanas del régimen franquista y sus familiares más directos: donde el miedo se impone, y aquella dictadura era el imperio del miedo, es difícil el ejercicio moral responsable, de manera que aquello que habitualmente llamamos moralidad se convierte entonces en sinónimo de heroicidad.

Esto es lo primero que hay que saber para entender por qué ha tardado tanto en promulgarse en este país una ley de la memoria histórica y por qué hasta hace relativamente poco tiempo no han tenido el eco que merecían sus esfuerzos las asociaciones para la recuperación de la memoria histórica. Los muertos enterrados en fosas comunes y los represaliados del franquismo no han podido descansar en paz porque tampoco aquí el enemigo dejó de ganar desde 1939.

Para rehabilitar el buen nombre de las víctimas había que saber, y el régimen franquista impidió a la población hasta el conocimiento de los nombres de las víctimas. Para rehabilitar a las víctimas había que dar voz a sus familiares, y el régimen franquista les tapó la boca por ser hijos de los perdedores. Para rehabilitar a las víctimas desde el punto de vista jurídico había que investigar en concreto las injusticias de lo que se autodenominó justicia, y el régimen franquista negó a los familiares toda posibilidad de investigar y revisar procesos o de abrir las tierras en las que suponían que habían sido arrojados sus mayores. Para rehabilitar a las víctimas hacían falta asociaciones específicas en los pueblos y en las ciudades, y el régimen franquista prohibió todo tipo de organización en ese sentido.

No hay, por tanto, razón para exigir ahora a los familiares, al cabo del tiempo, más de lo que hicieron entonces, que fue esencialmente lo que podían hacer: conservar la memoria de la ofensa, los papeles de los seres queridos cuando los hubo, las cartas en que contaron sus esperanzas, las palabras pronunciadas un día, los objetos con que trabajaron o quisieron.

Pero dicho eso, y contestada la pregunta ingenua sobre la responsabilidad moral de unos y otros en los años del franquismo, queda una segunda pregunta, justificada ésta, que todos deberíamos hacernos: ¿Por qué no se empezó inmediatamente después de la muerte del Dictador, en los inicios de lo que se llamó transición política, la rehabilitación de las víctimas republicanas?

Para contestar bien a esta otra pregunta se ha de empezar reconociendo que los gobernantes de la fase de la transición política en España no fueron particularmente sensibles al tema de la memoria histórica. De hecho, como se ha denunciado luego en tantas ocasiones, los diferentes gobiernos que ha habido en España entre los años 1977 y 2004 se dedicaron más bien a obstaculizar todos los intentos de recuperación de esa parte de la memoria histórica, intentos alentados, desde la sociedad civil, por las distintas asociaciones que se fueron creando al respecto en esos años y también por algunos partidos políticos minoritarios, como Izquierda Unida y Esquerra Republicana de Catalunya.

En esto hay que decir que la política dominante en España ha estado incluso por detrás de lo que se ha ido haciendo en otros países cuyas poblaciones sufrieron el nazismo, el fascismo y otros regímenes dictatoriales antes y después de la segunda guerra mundial. Oficialmente aquí se impuso la impunidad y se pretendió imponer el olvido. Primero, poco después de la muerte de Franco, aduciendo el riesgo de una nueva guerra civil; después, y como consecuencia de los pactos políticos y sindicales a los que llegaron las principales fuerzas parlamentarias, argumentado que lo que importa es el presente y que no conviene hurgar en las heridas del pasado por el efecto perverso que esto puede llegar a tener para la convivencia en el futuro.

El politicismo dominante durante una transición que, contra lo que se dice habitualmente, no tuvo nada de modélica o ejemplar, se llevó por delante las convicciones éticas elementales en este asunto. Eran tiempos en los que incluso la izquierda parlamentaria, el PSOE y el PCE, condicionada por los pactos que ella misma había firmado, repetía sin parar unas palabras que no eran suyas, que tomaron prestadas y que siempre han servido para acogotar a las buenas gentes que querían rehabilitar la memoria de los republicanos y de las víctimas del franquismo: “Una cosa es la ética y otra la política”. Con el presupuesto, al decir eso, claro está, de que la defensa de las convicciones éticas ha de quedar sometida al primado no de la política en general, sino de una política, que en este caso, como en casi todos, es la política que hacen los que mandan, los que no han dejado de ganar

Artículo completo en edición impresa. Pídela aquí

INVISIBLES

Eduardo Galeano

Éxodo 101 (nov.-dic’09)
– Autor: Eduardo Galeano –
 
EL HÉROE

¿Cómo hubiera sido la guerra de Troya contada desde el punto de vista de un soldado anónimo? ¿Un griego de a pie, ignorado por los dioses y deseado no más que por los buitres que sobrevuelan las batallas? ¿Un campesino metido a guerrero, cantado por nadie, por nadie esculpido? ¿Un hombre cualquiera, obligado a matar y sin el menor interés de morir por los ojos de Helena?

¿Habría presentido ese soldado lo que Eurípides confirmó después? ¿Que Helena nunca estuvo en Troya, que sólo su sombra estuvo allí? ¿Que diez años de matanzas ocurrieron por una túnica vacía? _ Y si ese soldado sobrevivió, ¿qué recordó? _ Quién sabe. _ Quizás el olor. El olor del dolor, y simplemente eso. _ Tres mil años después de la caída de Troya, los corresponsales de guerra Robert Fisk y Fran Sevilla nos cuentan que las guerras huelen. Ellos han estado en varias, las han sufrido por dentro, y conocen ese olor de podredumbre, caliente, dulce, pegajoso, que se te mete por todos los poros y se te instala en el cuerpo. Es una náusea que jamás te abandonará.

AMERICANOS

Cuenta la historia oficial que Vasco Núñez de Balboa fue el primer hombre que vio, desde una cumbre de Panamá, los dos océanos. Los que allí vivían, ¿eran ciegos?

¿Quiénes pusieron sus primeros nombres al maíz y a la papa y al tomate y al chocolate y a las montañas y a los ríos de América? ¿Hernán Cortés, Francisco Pizarro? Los que allí vivían, ¿eran mudos?

Lo escucharon los peregrinos del Mayflower: Dios decía que América era la Tierra Prometida. Los que allí vivían, ¿eran sordos?

Después, los nietos de aquellos peregrinos del norte se apoderaron del nombre y de todo lo demás. Ahora, americanos son ellos. Los que vivimos en las otras Américas, ¿qué somos?

FUNDACIÓN DE LAS DESAPARICIONES

Miles de muertos sin sepultura deambulan por la pampa argentina. Son los desaparecidos de la última dictadura militar.

La dictadura del general Videla aplicó en escala jamás vista la desaparición como arma de guerra. La aplicó, pero no la inventó. Un siglo antes, el general Roca había utilizado contra los indios esta obra maestra de la crueldad, que obliga a cada muerto a morir varias veces y que condena a sus queridos a volverse locos persiguiendo su sombra fugitiva.

En la Argentina, como en toda América, los indios fueron los primeros desaparecidos. Desaparecieron antes de aparecer. El general Roca llamó conquista del desierto a su invasión de las tierras indígenas. La Patagonia era un espacio vacío, un reino de la nada, habitado por nadie.

Y los indios siguieron desapareciendo después. Los que se sometieron y renunciaron a la tierra y a todo, fueron llamados indios reducidos: reducidos hasta desaparecer. Y los que no se sometieron y fueron vencidos a balazos y sablazos, desaparecieron convertidos en números, muertos sin nombre, en los partes militares. Y sus hijos desaparecieron también: repartidos como botín de guerra, llamados con otros nombres, vaciados de memoria, esclavitos de los asesinos de sus padres.

PADRE AUSENTE

Robert Carter fue enterrado en el jardín.

En su testamento había pedido descansar bajo un árbol de sombra, durmiendo en paz y en oscuridad. Ninguna piedra, ninguna inscripción.

Este patricio de Virginia fue uno de los más ricos, quizás el más, entre todos aquellos prósperos propietarios que se independizaron de Inglaterra.

Aunque algunos padres fundadores de los Estados Unidos tenían mala opinión de la esclavitud, ninguno liberó a sus esclavos. Carter fue el único que desencadenó a sus cuatrocientos cincuenta negros para dejarlos vivir y trabajar según su propia voluntad y placer. Los liberó gradualmente, cuidando de que ninguno fuera arrojado al desamparo, setenta años antes de que Abraham Lincoln decretara la abolición.

_ Esta locura lo condenó a la soledad y al olvido. _ Lo dejaron solo sus vecinos, sus amigos y sus parientes, todos convencidos de que los negros libres amenazaban la seguridad personal y nacional.

Después, la amnesia colectiva fue la recompensa de sus actos.

LA JUSTICIA VE

La historia oficial de Brasil sigue llamando inconfidencias, deslealtades, a los primeros alzamientos por la independencia nacional.

Antes de que el príncipe portugués se convirtiera en emperador brasileño, hubo varias tentativas patrióticas. Las más importantes fueron las de Minas Gerais y Bahía.

El único protagonista de la Inconfidencia mineira que fue ahorcado y descuartizado, Tiradentes, el sacamuelas, era un militar de baja graduación. Los demás conspiradores, señores de la alta sociedad minera hartos de pagar impuestos coloniales, fueron indultados.

Al fin de la Inconfidencia bahiana, el poder colonial indultó a todos, con cuatro excepciones: Manoel Lira, João do Nascimento, Luis Gonzaga y Lucas Dantas fueron ahorcados y descuartizados. Los cuatro eran negros, hijos o nietos de esclavos.

Hay quienes creen que la Justicia es ciega.

OLYMPIA

Son femeninos los símbolos de la revolución francesa, mujeres de mármol o bronce, poderosas tetas desnudas, gorros frigios, banderas al viento.

Pero la revolución proclamó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, y cuando la militante revolucionaria Olympia de Gouges propuso la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, la guillotina le cortó la cabeza.

_ Al pie del cadalso, Olympia preguntó: _ Si las mujeres estamos capacitadas para subir a la guillotina, ¿por qué no podemos subir a las tribunas públicas?

_ No podían. No podían hablar, no podían votar. _ Las compañeras de lucha de Olympia de Gouges fueron encerradas en el manicomio. Y poco después de su ejecución, fue el turno de Manon Roland. Manon era la esposa del ministro del Interior, pero ni eso la salvó. La condenaron por su antinatural tendencia a la actividad política. Ella había traicionado su naturaleza femenina, hecha para cuidar el hogar y parir hijos valientes, y había cometido la mortal insolencia de meter la nariz en los masculinos asuntos de estado.

Y la guillotina volvió a caer.

LOS INVISIBLES

En 1869, el canal de Suez hizo posible la navegación entre dos mares.

Sabemos que Ferdinand de Lesseps fue autor del proyecto, que el pachá Said y sus herederos vendieron el canal a los franceses y a los ingleses a cambio de poco o nada, que Giuseppe Verdi compuso la ópera “Aída” para que fuera cantada en la inauguración y que noventa años después, al cabo de una larga y dolida pelea, el presidente Gamal Abdel Nasser logró que el canal fuera egipcio.

¿Quién recuerda a los ciento veinte mil presidiarios y campesinos, condenados a trabajos forzados, que construyendo el canal cayeron asesinados por el hambre, la fatiga y el cólera?

En 1914, el canal de Panamá abrió un tajo entre dos océanos.

Sabemos que Ferdinand de Lesseps fue autor del proyecto, que la empresa constructora quebró, en uno de los más sonados escándalos de la historia de Francia, que el presidente de los Estados Unidos, Teddy Roosevelt, se apoderó del canal y de Panamá y de todo lo que encontró en el camino, y que sesenta años después, al cabo de una larga y dolida pelea, el presidente Omar Torrijos logró que el canal fuera panameño.

¿Quién recuerda a los obreros antillanos, hindúes y chinos que cayeron construyéndolo? Por cada kilómetro murieron setecientos, asesinados por el hambre, la fatiga, la fiebre amarilla y la malaria.

LAS INVISIBLES

Mandaba la tradición que los ombligos de las recién nacidas fueran enterrados bajo la ceniza de la cocina, para que temprano aprendieran cuál es el lugar de la mujer, y que de allí no se sale.

Cuando estalló la revolución mexicana, muchas salieron, pero llevando la cocina a cuestas. Por las buenas o por las malas, por secuestro o por ganas, siguieron a los hombres de batalla en batalla. Llevaban el bebé prendido a la teta y a la espalda las ollas y las cazuelas. Y las municiones: ellas se ocupaban de que no faltaran tortillas en las bocas ni balas en los fusiles. Y cuando el hombre caía, empuñaban el arma.

En los trenes, los hombres y los caballos ocupaban los vagones. Ellas viajaban en los techos, rogando a Dios que no lloviera.

Sin ellas, soldaderas, cucarachas, adelitas, vivanderas, galletas, juanas, pelonas, guachas, esa revolución no hubiera existido. A ninguna se le pagó pensión.

DECIDME CÓMO ES UN ÁRBOL

Evaristo Villar

Éxodo 101 (nov.-dic’09)
– Autor: Evaristo Villar –
Memoria de la prisión y de la vida
 
Decidme cómo es un árbol, de Marcos Ana, no te va a dejar indiferente. Es un testimonio apasionado y apasionante, un testigo palpitante de nuestra reciente historia. Se presenta como Memoria de la prisión y de la vida, lo que ya previene suficientemente al lector sobre el paisaje donde se le invita a entrar. No es precisamente ningún paraíso terrenal primigenio. En realidad, es justamente su reverso. Contrariamente al paraíso del Edén, éste es un Gulap, un Guantánamo o un Abu Ghraib cualquiera. No se trata de ninguna utopía o ficción literaria. Es real como la vida misma. Este infierno existió en la España dominada por la dictadura franquista. Aunque, como se puede constatar en Marcos Ana, también existió paralelamente la utopía. Esa otra dimensión irrenunciable y velada de la vida que ni el infierno puede extinguir. Marcos Ana emerge en esta historia como testigo indomable de esta doble cara de nuestro mundo: como víctima de todos los Guantánamos de la historia y como referente luminoso de esa utopía grande como el mundo mismo: las muchas vidas victimadas por y para los demás.

¿Qué es en realidad este libro? El autor lo presenta como memoria de 23 años de prisión, con dos condenas a muerte, y como memoria de toda una vida vivida con dolor, lucidez y pasión. No se agota en el recuento de la historia de una vida, aunque es el relato de su vida; ni en el proceso lógico de un discurso bien trabado, ideológica y poéticamente desarrollado, aunque el relato rebosa de ideas y poesía; tampoco se encierra el libro en los imponentes y fríos muros de una cárcel o en el miserable recinto de una celda de castigo, aunque existen muros infranqueables, celdas miserables, pasillos y antros de inhumana tortura. El libro es todo eso y mucho más. El libro es reclusión y apertura, dolor y bienestar (bien-ser), soledad y compañía, miedo y entereza, noches interminables de insomnio y mañanas de luz que se acercan con sigilosos pasos. En el patio, “donde los hombres giran bajo un cielo de estaño”, aparece despistado, alguna vez, algún pájaro y en el estiércol que todo lo invade nace de vez en cuando alguna flor. Se trata de una memoria que, como tal, recuerda, actualiza y reflexiona generosamente. Ahora, ya en la última etapa de una vida limpia y honesta, Marcos Ana aparece para reivindicar una vida que el tiempo va borrando sin remedio y para gritar con coraje: ¡que no se vuelva a repetir! No es sólo una historia, ni sólo una recreación poética. Es una biografía éticamente provocativa que evoca y convoca al género humano a hacer simple y llanamente humanidad.

De este libro de Marcos Ana se pueden decir muchas más cosas. Se puede hablar, como en parte hemos hecho, de lo que trata, deteniendo nuestra marcha en algunas episodios que tejen como un paño multicolor su exuberante paisaje: podemos recorrer el “tubo de los Cerrojos” y sentir en propia piel la tortura de un ser humano hasta el borde de la extenuación y la resistencia; podemos entrar en la “soledad” de una celda, antesala de un ser condenado a muerte, y sentir “el miedo” que te congela la sangre al escuchar tu nombre en la lista de los que van a ser “paseados” al despertar el alba; puedes observar cómo las madres, las mujeres y las novias se agarran como enredaderas a los muros y barrotes de la cárcel donde tienen enterrado el corazón…Y puedes también salir al patio siempre cuadrado y ver “un trocito de cielo por donde a veces pasan una nube perdida y algún pájaro huyendo de sus alas”. Y en la oscuridad de la noche, como “un profesor de sueños”, imaginar la imposible libertad, la ternura del amor inalcanzable, la inabarcable humanidad que se desata en hilos de ternura por todo el Planeta.

Pero más que lo que dice Marcos Ana es el cómo lo dice: “Mi vida se ha formado en el sacrificio de la lucha, en una entrega total, sin reservas ni cálculos personales…”. Y añade: “Fui y soy un hombre abierto y razonable, en el Partido y fuera de él, en la cárcel y en la libertad, también en mi vida personal. He valorado y respetado siempre, sin sectarismo, la ideología de los demás. No soy un comunista acuartelado en mis ideas. Confío en ellas y por eso me gusta sopesar las de los otros”. Y también: “Soy un ferviente partidario de la unidad porque solos no podemos construir el futuro”. Y, finalmente: “Estoy orgulloso de mi vida, de los camaradas que me acompañaron en la lucha, de las nobles ideas que dieron sentido a mi existencia, y sigo pensando que vivir para los demás es la mejor manera de vivir para uno mismo”.

También es importante recoger, aunque sólo sea una muestra, lo que otros hombres geniales han percibido de su vida y testimonio. Es particularmente emotiva la carta de Pablo Neruda ante la orden de expulsión en 72 horas movida por la embajada franquista y dictada por el ministro del Interior días antes del homenaje popular “a Marcos Ana y a los presos políticos españoles” en el teatro de Caupolicán de Santiago de Chile: “¿A quién puede ocurrírsele que se calle un hombre que ha pasado nueve mil días y nueve mil noches en los presidios? Y cuando esa prisión ha sido injusta y esa injusticia sigue encarcelando a otros valiosos seres humanos, ¿a quién se le ocurre pedirle a Marcos Ana que no nos diga su verdad, que no nos cuente su historia…?”.

Saramago, por su parte, escribe en el prólogo de este libro: “Este libro demuestra, como un soplo de aire fresco que llega para derrotar al cinismo, a la indiferencia, a la cobardía. También demuestra que hay una posibilidad real de acceder a la esfera de lo verdaderamente humano. Marcos Ana ha estado ahí. Estuvo y estará mientras viva. Agradezcámosle la sencillez, la naturalidad con que es un hombre. Entero, auténtico, completo”.

MARCOS ANA

Evaristo Villar y Juanjo Sánchez

Éxodo 101 (nov.-dic’09)
– Autor: Evaristo Villar y Juanjo Sánchez –
 
“Soy salmantino. Nací el 20 de enero de 1920, en la pedanía San Vicente, del municipio de Alconada, pero vivíamos en Ventosa del Río Almar, en el seno de una familia pobrísima de jornaleros del campo. Mis padres, Marcos y Ana, eran gente noble y sencilla, esclavos de una tierra que no les pertenecía. Mi padre, de una humanidad natural, era analfabeto y mi madre, una mujer de una inteligencia natural y de una ternura que recordaré siempre”.

Católico en su infancia, socialista en su juventud y comunista hoy, su vida ha sido una pasión constante en defensa de los oprimidos y desheredados. Detenido al final de la Guerra Civil, pasó 23 años en la cárcel durante la represión franquista y fue condenado dos veces a muerte. Desde la cárcel de Burgos, donde pasó los últimos 16 años, escribió los poemas más hermosos que le han dado a conocer en todo el mundo, contribuyendo a desencadenar un movimiento internacional de solidaridad con los represaliados españoles de la dictadura. Desde entonces se ha convertido en uno de los más brillantes símbolos laicos de la memoria necesaria y de la solidaridad internacional.

¿Para qué recuperar ahora la memoria de una historia dramática ya casi olvidada?

La recuperación de la memoria histórica no es para pedir cuentas a nadie por las responsabilidades personales contraídas en el pasado, sino para situar la Historia en su lugar, arrancar del olvido a nuestras víctimas y cancelar de una vez los procesos y condenas incoados por un régimen ilegal, impuesto por las armas frente a la legalidad de la República.

Lo que se pretende es que lo que hemos sufrido aquí, en España, no sea posible ya nunca más para nadie. Se dice, con acierto, que los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla. Es necesario conocer la historia no para emponzoñarse en ella. Siempre he dicho que la venganza no es un ideal político, ni corresponde al espíritu revolucionario. Es de justicia cerrar las heridas, pero no en falso. Hay que pasar página, pero después de haberla leído.

¿Puede ser inocente la amnesia o enfermedad del olvido de la historia?

Hay intereses evidentes en la amnesia, es verdad. Si no se puede permitir el odio, sí es necesario reivindicar la justicia. Dice Saramago en el prólogo de mi libro, continuando el título de mi libro (Decidme cómo es un árbol): “díganme cómo es la justicia, no me digan cómo es la dignidad”. Porque Saramago parte del supuesto de que la dignidad ya la he puesto yo con mi propia vida. Yo aprendía la dignidad en una familia de jornaleros sin tierra, profundamente católica. Mis padres, cuando pasaba el amo, no sólo se quitaban la gorra, sino que se hacían la señal de la cruz como si fuera el mismo Dios redivivo.

Pero vuelvo a repetir, no podemos confundir la justicia con la venganza. Yo me sentiría profundamente desgraciado si, después de 23 años de cárcel, al salir en libertad me hubiera preocupado por buscar al que me golpeó para romperle la cabeza. Yo no he luchado por eso. La única venganza que me puede satisfacer es ver que un día triunfan los ideales por los que yo he luchado y por los que tantos hombres y mujeres en este país perdieron su libertad y su vida. Esta es mi venganza. Lo otro nunca se me ocurrió ni pensarlo.

De una familia pobre y tradicionalmente cristiana…

Sí. Recordando a mis padres, los católicos honestos me merecen mucho respeto. Os daré un poema que desde la cárcel escribí a los católicos y que un sacerdote, por atreverse a leerlo en una prédica dominical, fue duramente sancionado… El poema termina así: “Escúchame, quienquiera que tú seas / si es que el amor a Dios el alma te ilumina / no puedes de este mundo así marcharte / emprender la gran senda con las manos vacías / llegar ante las puertas de Dios, que tu fe sueña / existe bajo el Arco del Eterno Cobijo / para decir: “Señor, no traigo nada / dame un puesto al amor de tu lumbre divina”. /Porque el Señor, tu Dios, te contestaría: / ”vete, rompe tus pies por los bermejos hielos infinitos / apóyate en la vara nudosa de tus oídos / serás un caminante para siempre, si no hallas / la palma del amor que no quisiste / tomar del árbol que plantó mi sangre”.

Tzvetan Todorov habla de los abusos o trampas de la memoria. La recuperación de la memoria se puede convertir en una trampa o trofeo particular de un grupo de poder.

En los centros de la memoria hay nietos de fusilados y lo que yo advierto es que lo único que buscan es que haya luz. La recuperación no puede ensuciarse con bajas revanchas. Hay que conseguir algunas reparaciones. En el otro bando se han reparado, hasta tal punto que algunas víctimas ya están en los altares. En el nuestro, que fue el legal, después de más de treinta años de democracia, no se ha reparado nada. Nadie exige reparaciones económicas ni prebendas de ningún tipo. Queremos justamente reconocimiento de nuestra dignidad. Una dignidad que, por miedo, se ha ocultado frecuentemente. Aquí trabaja conmigo una chica que hace muy poco conoció que su abuelo había sido asesinado por defender la República. Y su madre le recomienda que no se signifique para que no le pase lo que le pasó a su abuelo…

Exigencias, sí. ¿Y cuáles pueden ser las trampas? La recuperación de la memoria ¿supone volver patas arriba toda la historia? ¿Existen algunos límites infranqueables?

El miedo es hoy por hoy una trampa y un límite “políticamente” infranqueable. Necesitamos romper esta coraza con el coraje aquel que demostró Suárez el 9 de abril de 1977 al legalizar el Partido Comunista de España. Tras de este gesto se rompieron todos los miedos, se desvanecieron todos los fantasmas y Madrid se convirtió en una fiesta. Pero una fiesta que, en modo alguno, pretendía abdicar de la memoria. Aún recuerdo con emoción aquella tarde, después de la fiesta, que relato con temblor en mi libro: “Me senté en la terraza de un bar, que hacía esquina con Padilla, frente al colegio de los Calasancios que fue en tiempos pasados la temible cárcel de Porlier. Pedí un café y me quedé mirando fijamente el edificio, ensimismado, como si quisiera revivir su historia y rescatar del olvido a mis camaradas. Allí estuve condenado a muerte, allí di el último abrazo a centenares de compañeros antes de caer asesinados con las últimas estrellas de la madrugada. Desfilaron por mi recuerdo escenas de heroísmo y dolor, despedidas inolvidables que aún estremecen mi corazón”.

Repito, el miedo es la coartada, el límite, la trampa. No podemos seguir siendo desagradecidos y rácanos con quienes tanto arriesgaron por salvar nuestra libertad. Los únicos límites para la memoria los ponen el odio y la venganza.

¿Qué juicio te merece el Proyecto de Ley de la Memoria Histórica, desde su diseño jurídico? Y ¿por qué ahora en España?

La ley que se aprobó al final de 2007 e intentaba dar una base institucional necesita desarrollo. Tiene cosas positivas como acabar con la simbología franquista. Pero lo que nos preocupaba a nosotros, como ocurrió en Portugal, Italia y Alemania, era que, una vez aprobada la ley, quedaran anulados todos los procesos y sentencias dictados por tribunales ilegales. Ya en el 2002 el Parlamento Europeo, con la abstención del PP, aprobó una resolución que afirmaba que el régimen franquista había sido impuesto por las armas, y, por tanto, era ilegítimo. Y en el año 2006 se vuelve a confirmar la misma resolución. Con esto por delante, no se concibe que se esté tardando tanto en recuperar la memoria histórica. En 1963 fue asesinado Julián Grimau. Y su mujer, llorando, me dice: “pero, Marcos, llevamos ya 30 años de democracia. ¿Cuántos años más tendremos que seguir esperando para que mi marido sea rehabilitado?”. Y así piensan miles de personas que sufrieron injustamente aquel pasado.

Entonces, ¿cuál es tu impresión sobre el desarrollo práctico que esta Ley está teniendo?

Mi impresión es que el Gobierno ha promulgado la Ley y luego la ha dejado abandonada. Pero no se puede olvidar que esta Ley está ya en la memoria y en las manos de los ciudadanos y ciudadanas que, con dificultad, van desarrollando algunos aspectos. La Barranca (Logroño), por ejemplo, es un monumento enorme, un cementerio civil como medio campo de fútbol, y mantiene enhiesto un muro de piedra donde están grabados los nombres de todas víctimas. Habrá que estar siempre vigilantes para que esto no despierte el odio de algunas gentes. Ya hemos sufrido bastante en este país como para agrandar ahora el sufrimiento. Se pretende transmitir otra grandeza: el reconocimiento y la generosidad con las víctimas.

Es verdad que el Gobierno ha tenido muchas dificultades por la crispación que provoca siempre en la extrema derecha que acaba siempre pervirtiéndolo todo.

Nos preguntamos si habrán leído tu libro y tus poemas que, a pesar de todo lo sufrido, no rezuman precisamente odio ni deseos de venganza.

Sí. En este libro, escrito en 2007 y que va ya por la 6ª edición, nadie podrá ver odio ni deseos de revancha. Es un libro abierto. Hay respeto para todos. El odio no cabe en nosotros. Suelo contar una anécdota de Simón Sánchez Montero, que me recuerda escenas vividas por mí mismo, que dice que, cuando estaba siendo torturado, ensangrentado y deshecho y el policía no conseguía arrancarle nada, le cogió por la solapa y, encendido, le espetó: “pero vosotros ¿por qué lucháis?”. Y él, estremecido por el dolor de la tortura, le dijo mirándole a los ojos: “pues mira, yo lucho por una sociedad donde nadie pueda hacer lo que tú estás haciendo conmigo”. Ese es el fondo de nuestra mentalidad. La revancha no está en nuestro diccionario.

Pero en los dos bandos se cometieron los mismos atropellos…

Eso dice frecuentemente la extrema derecha. Y hay en ello una pequeña parte de razón. Sin tratar de justificarlas nunca, hay que admitir que en ambos campos se cometieron auténticas barbaridades. Eran los comienzos de la Guerra Civil, cuando todas las pasiones estaban desatadas. Hubo entonces gente que pretendió tomarse la justicia por sus manos. Pero eso, en el bando republicano, duró muy poco, porque esa no era la política del Gobierno de la República. Y esos disparates no se pueden comparar con la sistemática política de represión que llevó después la dictadura.

¿Y por qué el ensañamiento contra la Iglesia católica?

Siempre me ha sorprendido el hecho de que después de ganar una guerra injusta no haya habido oficialmente ningún gesto de generosidad ni grandeza. Porque la dictadura, que estuvo tan asociada a la Iglesia jerárquica, continuó matando durante 40 años. Esto me obliga a hacer alguna reflexión del tenor de la siguiente: ¿Cómo es posible que algunos de los disparates mayores que se hicieron durante la Guerra Civil fueran precisamente en algunos pueblos contra la presencia de la Iglesia católica (quema de iglesias, de conventos, asesinato del cura del pueblo)? ¿Qué había hecho la Iglesia para ser tratada de esa manera? Porque la gente que lo hacía no se había significado nunca por ser precisamente incendiaria o desalmada. ¿Por qué, entonces, ese odio contra la Iglesia? Los católicos también deberían preguntarse por qué la Iglesia fue tratada de ese modo. Y no se puede olvidar que, nada más comenzada la guerra, el cardenal Gomá proclamó: “benditos sean los cañones si en las brechas que abren florecen las rosas del evangelio”. Y luego esa Iglesia paseó a Franco bajo palio.

¿No hubo del lado republicano voces que se levantaran contra la barbarie?

Habría muchas voces que reseñar. Pero me voy a fijar sólo en ésta. Cuando, ya en democracia, el Comité Central del Partido Comunista estaba en la calle Santísima Trinidad, mi despacho estaba al lado del de Dolores Ibárruri, la “Pasionaria”. Por entonces, como siempre, yo me encargaba de la solidaridad que hacíamos desde el Partido. Pues bien, un día nos dicen desde el control de entrada que había allí unas monjas que querían ver a la Pasionaria. Bajé yo y me encontré con tres viejecitas muy arrugadas y con un hermoso ramo de flores en la mano. Las subí hasta la Pasionaria y entonces nos contaron la historia: su convento, durante los primeros días de la guerra, fue ocupado por milicianos incontrolados que hacían toda clase de desmanes. Esto llegó a oídos de la Pasionaria que, al mando de una compañía del 5º Regimiento, expulsó a aquellos desalmados ocupas y dejó allí un retén para defender el convento. Y resulta que estas tres mojas, que eran de aquella época, enteradas de la presencia de Dolores en Madrid, fueron a agradecerle el gesto con un ramo de flores.

Abriendo aún más el baúl de tus recuerdos, ¿qué procesos de recuperación de la memoria o de reconciliación te han causado mayor impresión?

Me acuerdo de los procesos llevados a cabo en Alemania, Portugal, Argentina, etcétera. En esta última estaba la ESMA, que fue un lugar de torturas y ahora es un centro de memoria. El poeta Gelman y yo presidimos su inauguración. Estos países han resuelto sus problemas; nosotros, no: por miedo a que la memoria nos abra las heridas y nos vuelva otra vez al pasado, no lo hemos hecho. Algunos ya a mediados de los cincuenta planteamos la necesidad de la reconciliación. En muchos de mis poemas llamo a la reconciliación de los españoles. Ya no era rentable preguntar a nadie “en qué bando estuviste”, sino “¿por quién estás tú hoy, por la libertad o por la dictadura?”. Y nunca debemos confundir la reconciliacion con el olvido.

Se destaca mucho hoy día tanto entre los estudiosos del “holocausto” como entre los teólogos de la liberación esta pregunta: ¿por qué las víctimas tienen una autoridad moral?

Para mi esa autoridad moral está en la generosidad y en la esperanza de las víctimas, sin atisbo de rencor.

Dices en tu libro: “yo conocí, como tantos compañeros, la pérdida de libertad, sufrí la tortura, viví al borde de la muerte, cometieron conmigo las más humillantes vejaciones. Podía haberme convertido en una bestia llena de odio. Pero, al contrario, mi experiencia personal me llevó a la conclusión de que nunca sería capaz de ejercer la violencia contra nadie. Precisamente porque la he sufrido”. Violencia no, pero ¿y la justicia? ¿Dónde queda la justicia?

En la cárcel de Burgos, entre los presos comunes, había un chico joven que yo apreciaba mucho. Este chaval tenía una única obsesión: salir de la cárcel para abrir la barriga al que lo había denunciado. Este modo de hacer justicia, de ojo por ojo, se puede entender en un preso común. Pero en un hombre que lucha por ideas no cabe esa miserable venganza. La única venganza que cabe es la que se debe mantener frente al sistema represivo y cruel.

¿Puede haber reconciliación sin perdón? ¿Puede pasar el perdón por encima de la justicia? ¿Qué lugar ocupa el perdón en todo el proceso?

Perdón, sí, olvido, no, porque sería una injusticia. Aquí, en el barrio del Retiro donde vivo, que es un barrio de derechas, todo el mundo me conoce. Ellos saben que he sido y sigo siendo comunista. Un comunista que sabe distinguir entre las ideas, los hombres y los partidos. La bondad de las ideas está por encima de la conducta de los hombres y de los partidos, que son instrumentos que pueden fallar. Yo lucho por un mundo donde la guerra y el hambre desaparezcan para siempre. Donde las desigualdades no sean tan insultantes como son en nuestros días, donde el sol salga y caliente para todos. Como veis, es un ideal que está muy cerca de Cristo. ¿No es esto reconciliación, perdón y deseo de justicia? Yo escribí un poema desde la cárcel que expresa muy bien mi actitud en la vida: “Si salgo un día a la vida / mi casa no tendrá llaves; siempre abierta, como el mar / el sol y el aire… Mi casa y mi corazón / nunca cerrados: que pasen / los pájaros, los amigos / el sol y el aire”.

¿Qué piensas de la actitud que está teniendo hoy día la Iglesia ante las víctimas de la Guerra Civil y la dictadura? Algunos teólogos gustan de calificarla “comunidad de memoria”.

La Iglesia en este tema tiene una actitud militante. Está muy en sintonía con la extrema derecha del país. Quizás recuerdan el azote que supuso para ella los primeros meses de la guerra. Pero a mí me ofende la opulencia religiosa y su parafernalia. Ésta va contra la actitud del evangelio y de Cristo, que es para mí mucho más grave. La Iglesia tiene una actitud radical y beligerante casi siempre frente a los sectores progresistas. Siempre se coloca del lado de los poderosos. Aunque recuerdo también a algunos sacerdotes y comunidades que terminaron sacrificando su vida, asesinados por defender a los pobres. En mi biografía siempre se dice: católico en su adolescencia, socialista en su juventud, hoy comunista. Siempre he estado apasionado por las causas que me han parecido justas. Y entiendo que para los cristianos debe ser muy triste el papel que está jugando hoy la Iglesia.

En algún lugar de tus memorias hablas de cómo se te vino abajo el mundo religioso por su incoherencia e irracionalidad. Y citas una frase de Primo Levi a propósito de los horrores del nazismo: “debo admitir que la experiencia de Auschwitz ha borrado de mí cualquier rastro de formación religiosa: existe Auschwitz, entonces no puede existir Dios”. ¿Influyó en esta caída la incoherencia y actitud de la Iglesia o el descubrimiento de otras cosmovisiones?

En mí ha pesado mucho la incoherencia e irracionalidad de la Iglesia. Porque yo, antes que otra cosa, fui militante católico. Desde la parroquia íbamos a los actos políticos de izquierda, de la Juventud Socialista, a repartir una revista que se llamaba “Hosanna”. Un día escuché a un orador que estaba hablando de mí, de mis padres, de nuestra pobreza y me quedé prendado. El orador, que no nos conocía pero que reflejaba perfectamente lo que nosotros estábamos viviendo, era Federico Melchor, que encontré luego en París. Desde aquel día siempre me ofrecí voluntario para ir a repartir la revista en los actos de la Juventud Socialista Unificada, porque vi claramente que ése era mi campo. E ingresé en la agrupación. Sin embargo, lo que no pude decir nunca a los compañeros es que durante el día cumplía mis tareas como militante y por la noche me arrodillaba para hacer mis oraciones. Tendría entonces 14 años.

¿Y cómo lo veían en la parroquia?

Pues no lo entendían, claro. Había un padre dominico que vivía cerca de mi casa y que me quería mucho, hasta me daba chocolatinas. Pues bien, este buen hombre llegó a proponer a mis padres mi ingreso en el seminario. Él pagaría mis estudios. Mis padres estaban de acuerdo, pero mi hermana Margarita, la mayor, decididamente lo impidió. Un día, después de ingresar yo en la Juventud Socialista, me llamó y discutimos mucho. Yo le decía: “pero bueno, ¿Dios tiene un poder ilimitado o no?”. Y él respondía: “hijo mío, el poder de Dios no tiene ni principio ni fin”. Y yo le respondía: “entonces ¿por qué ha hecho tan mal este mundo?”. Y él respondía: “hijo mío, porque Dios nos concedió el libre albedrío y respeta como un padre a sus hijos aunque vayan por mal camino”. Y yo insistía: “es que un padre, si tuviera el poder de Dios, haría un hijo perfecto”.

La dialéctica seguía y yo ingenuamente entonces insistía: “¿y Dios conoce el fin de las cosas?”. “Hijo mío, Dios conoce el principio y el fin del mundo que él ha creado”. “Pues entonces, Entrevista insistía yo, ha jugado con nosotros como con soldaditos de plomo. Pues ya sabe, de antemano, cuál es el final de cada cual”. Así fui llegando a un momento en que ya me dije: “es absurdo que yo esté aquí entre absurdas penitencias, esperando la misericordia divina cuando hay que luchar por cosas más tangibles”.

En definitiva, yo sé que, si Dios existe, forzosamente tiene que compensarme. Pues voy a procurar ser bueno en este mundo, vivir para los demás que es la mejor manera de vivir para uno mismo.

¿Viviste alguna vez, entre los condenados a muerte, la experiencia de que “Dios está con las víctimas, como les gusta repetir a los teólogos de la liberación?

No. Equivocado o no, yo tenía una formación muy seria. Hay una anécdota que la cuento muchas veces. A fuer de repetirla, me sé de memoria el telegrama que envió el capellán general de prisiones al capellán de la cárcel donde yo estaba. Dice así: “la misión del guardián de prisiones es impedir la fuga física del preso para que cumpla su condena y la misión del capellán es impedir la fuga espiritual del recluso para que, concentrado en su dolor, se redima ante Dios y ante los hombres”. Bien claro, ¿no?

También he visto escenas en la prisión, pocas, de hombres que parecían ateos y muy enteros y, a la hora de la verdad, aceptaban la presencia del sacerdote. En esas circunstancias hay gente que se agarra a todo. Personalmente mi postura se ha mantenido siempre en esta filosofía práctica: voy a comportarme lo mejor que pueda en este mundo, voy a ser generoso y caritativo, voy a vivir para los demás y entonces, ¿qué temor le voy a tener al más allá? Si existe algo me premiarán. Pero tengo un gran respeto y admiración por los que mantienen coherentemente su creencia. Miles de católicos murieron a nuestro lado defendiendo lo mismo que nosotros. Y en la cárcel lucharon por la libertad de conciencia ante quienes nos obligaban a ir a misa a la fuerza. Paro ellos, esta obligación era un sacrilegio… Muchas veces pienso que en esto de la religión me gustaría estar equivocado.