EL BIEN COMÚN DE LA HUMANIDAD Y DE LA TIERRA

Leonardo Boff

Éxodo 100 (sept.-oct.09)
– Autor: Leonardo Boff –
Declaración universdal ante la Asamblea Generla de la ONU
 
1. LA TIERRA Y LA HUMANIDAD, UNA ÚNICA GRAN ENTIDAD

Llegamos a un momento de la historia y de la conciencia humana en que vemos la urgencia de poner en el centro de nuestras preocupaciones colectivas la Vida, la Humanidad y la Tierra. Tierra y Humanidad forman una única y gran entidad. Ambas comparten un destino común. La Tierra está insertada dentro de un vasto y complejo cosmos en evolución. Ella está viva, es la Madre Tierra que se autorregula, articulando, en un equilibrio sutil, lo físico, lo químico y lo biológico de tal forma que se hace siempre propicia a la vida. Produjo, en su billonaria historia, toda una comunidad de vida única. Desde dentro de esta comunidad de vida emergió la comunidad de la vida humana –la Humanidad– como la parte consciente e inteligente de la misma Tierra.

2. LOS SERES HUMANOS, CUIDADORES Y GUARDIANES DE LA TIERRA

Pertenecemos todos a la Tierra. Ella no nos pertenece porque fue ella quíen nos generó. Este sentimiento de pertenencia se fortalece cuando vivimos el cuidado para con ella, el respeto ante su inmensa biodiversidad, el parentesco con todos los seres vivos, la gratitud por todo lo que ella nos regala, la conciencia del lugar que nos ha reservado en el conjunto de los seres y la reverencia ante el misterio del Ser que ella siempre suscita.

La misión señalada a los seres humanos es la de ser los guardianes y los cuidadores de su vitalidad y de su integridad. Pero, debido al excesivo consumo y despilfarro, la Tierra ha ultrapasado en mucho su capacidad de reposición de los bienes y servicios que nos brinda. Tenemos que ayudarla a rescatar su vitalidad e integridad.

Ahora llegamos a un momento crítico en que debemos sumar esfuerzos para garantizar el destino común y evitar que la crisis se transforme en una tragedia. Está en nuestras manos poner en marcha una visión compartida de valores y principios que funden otra forma de habitar este planeta, mediante otros modos de producir con sostenibilidad, de distribuir con equidad, de consumir con solidaridad, de conservar con celo la herencia natural y cultural que hemos recibido del pasado y garantizar el bien vivir de las presentes y de las futuras generaciones. Por eso, tenemos que incluir en el contrato social planetario el contrato natural. La preservación de la naturaleza y de la Tierra son las precondiciones necesarias de todos los demás contratos e iniciativas humanas.

3. ALIANZA GLOBAL O ÉTICA DE LA RESPONSABILIDAD COLECTIVA

Los retos ambientales, especialmente el calentamiento global, los económicos, financieros, políticos, sociales, culturales, éticos y espirituales están todos interconectados y nos obligan a nosotros, los pueblos de la Tierra, a que proclamemos nuestra responsabilidad unos hacia los otros y juntos, con gran esperanza, busquemos soluciones incluyentes.

Pesan sobre la Tierra y la Humanidad graves amenazas, incluso de la eventual desaparición de nuestra especie humana y de peligrosos daños a la biosfera. Ante esta catástrofe evitable, tenemos todos la obligación ética de asumir nuestra responsabilidad colectiva para evitar una tragedia colectiva y para forjar un futuro esperanzador para la Humanidad, para toda la comunidad biótica y para la integridad del planeta Tierra.

O hacemos una alianza global para cuidar unos a otros, la Humanidad y la Tierra, o arriesgamos la destrucción de nuestro futuro común. Esta alianza será fundada en una ética de la responsabilidad colectiva, del cuidado esencial, de la compasión para con todos los que sufren en la Humanidad y en la naturaleza, de la solidaridad a partir de los últimos, del respeto ante todo ser y del uso compartido, sostenible, equitativo y pacífico de los bienes y servicios de la Madre Tierra.

Somos ciudadanos de diferentes naciones y al mismo tiempo somos ciudadanos planetarios, viviendo relaciones circulares entre lo local y lo global. La comunidad de pueblos es simultáneamente una comunidad de bienes comunes que forman el Bien Común y que deben servir a la vida de todos, de las presentes y de las futuras generaciones y de la comunidad de los demás seres vivientes. Hay que crear una política y una ética globalizadas que respeten e incluyan las muchas experiencias y tradiciones culturales de los diferentes pueblos. Se trata de reafirmar el Bien Común de la Humanidad y de la Tierra de forma que dé otra configuración a la aventura humana en este pequeño planeta.

4. EL BIEN COMÚN INCLUYE A TODOS Y TRASCIENDE A TODAS LA NACIONES Y CULTURAS

El Bien Común de la Humanidad y de la Tierra tiene las características de universalidad y de gratuidad. Es decir, tiene que involucrar todas las personas, a los pueblos y a la comunidad de vida. De este Bien Común Mundial nadie puede ser excluido. Además, por su naturaleza, es algo gratuitamente ofrecido a todos y no es objeto de compra o venta ni está bajo la lógica de la competencia.

El Bien Común de la Humanidad y de la Tierra trasciende las naciones y las culturas y está vinculado íntimamente con la vida y los medios de la vida, independientemente de los costos implicados para su disponibilidad. Representa lo que es vital, esencial e insustituible. Por eso, aparece bajo la forma de derechos humanos personales, sociales y ambientales. Estos derechos no pueden ser considerados como necesidades que deben ser atendidas por el mercado, sino que son intrínsecos a los ciudadanos, como realmente derechos incondicionales, anteriores al mercado y no dependientes del nivel económico o cultural de los sujetos.

Cada persona y todos son responsables por el Bien Común de la Humanidad y de la Tierra especialmente la comunidad política representada por el Estado que públicamente tiene la gestión democrática del Bien Común. Rige una solidaridad colectiva en el usufructo de los bienes esenciales a la vida y en la manutención de la comunidad biótica terrenal.

5. EL BIEN COMÚN O LOS INTERESES COMUNES Y VALORES INTRÍNSECOS DE LA COMUNIDAD MUNDIAL

El Bien Común de la Humanidad y de la Tierra representa los intereses comunes y también aquellos bienes que, aunque estén bajo la soberanía nacional, poseen un valor intrínseco para toda la comunidad mundial. La soberanía territorial de los Estados tiene que asumir una función social mundial. Más que una soberanía-dominio es una soberanía-servicio. Ya no existen bienes no pertenecientes a nadie sino que todo lo existente compone el Bien Común de la Tierra y de la Humanidad como la Antártida, los fondos marinos lejanos, la estratosfera, la Luna, Marte y otros planetas.

_ El bien de la TIERRA. Estos son algunos de los bienes fundamentales que constituyen el Bien Común de la Humanidad y de la Tierra: El primero es sin duda la propia Tierra. Ella se pertenece a sí misma o al conjunto de los ecosistemas que la componen. Es un don del universo que apareció en nuestra galaxia a partir de un sol ancestral que originó el sol actual alrededor del cual la Tierra gira como uno de sus planetas. Por el hecho de que comparece como un superorganismo vivo que se autoorganiza y autorregula y porque es Madre Tierra, generadora de todos los demás vivientes, es portadora de dignidad. Esta dignidad reclama respeto y veneración y hace que ella sea sujeto de derechos: derecho de ser cuidada, protegida y mantenida en condiciones de continuar produciendo vidas y de coevolucionar, ya que está evolucionando desde hace varios millones de años.

_ El bien de la BIOSFERA. En conexión con ella, la biosfera de la Tierra es un patrimonio común de toda la vida de la cual la Humanidad es su tutora. Dentro de la biosfera se encuentran todos los ecosistemas y la inmensa biodiversida sea de los seres vivos visibles –una pequeña minoría–, sea de los invisibles –un, gran mayoría- como las bacterias, hongos, virus y microorganismos. Nosotros mismos dependemos de la biosfera y somos ecodependientes de todos los demás seres.

_ El bien de los RECURSOS NATURALES. Pertenecen al Bien Común de la Humanidad y de la Tierra todos los recursos naturales, incluyendo los genes, los microorganismos, el aire, la tierra, la flora, la fauna y en especial las muestras representativas de los ecosistemas naturales. Hay que incluir en el Bien Común de la Humanidad de la Tierra la infraestructura física, química, informacional, sin la cual sería imposible la emergencia y la sustentación de la vida en sus diferentes formas. _ El bien del AGUA. Especialmente el agua, los océanos y las florestas pertenecen al Bien Común de la Humanidad y de la Tierra. El agua es un bien natural, común, esencial y insustituible. Todos tienen derecho al acceso a ella, independientemente de los costos implicados en su captación, reserva, purificación y distribución que serán asumidos por el poder público y por la sociedad. Como tal no puede ser transformada en mercancía porque la vida es sagrada y no objeto de trueques. Lo mismo hay que decir de las florestas tropicales y subtropicales, en donde se encuentra la más grande biodiversidad y la humedad de la Tierra. Son las florestas que impiden que los cambios climáticos hagan inviable la vida en el planeta, porque son las grandes secuestradoras de dióxido de carbono. Sin florestas no hay vida ni biodiversidad. Los océanos son los grandes depósitos de vida, los reguladores de los climas, el punto de equilibrio de la base física y química de la Tierra. Océanos y florestas constituyen a la vez un problema vital y ambiental.

_ El bien de los CLIMAS. Los climas de la Tierra pertenecen al Bien Común de la Humanidad y de la Tierra, porque son condición esencial de la manutención de la vida. Como son preocupación común de la Humanidad deben ser tratados globalmente con una responsabilidad compartida. Por el hecho de que somos esencialmente seres sociales, todos tienen el derecho internacional a la solidaridad y a la compasión, especialmente en los momentos en que se encuentran en necesidad.

_ El bien de los BIENES COMUNES PÚBLICOS. En el ámbito del Bien Común de la Humanidad y de la Tierra deben estar incluidos los bienes comunes públicos que sirven directamente a la vida como los genes, las semillas, el agua, la electricidad, los servicios de correo, de telefonía, de comunicación como el internet, las carrreteras, los ferrocarriles, los puertos, los aeropuertos, los transportes colectivos, la salud, la educación, la seguridad. w El bien de los SABERES. Pertenecen al Bien Común también los distintos saberes acumulados por los pueblos y por la investigación humana, especialmente la tecnociencia y la nanotecnología. Ésta propicia la creación de nanopartículas que pueden salvaguardar y potenciar la vida como aquellas que se replican y pueden aniquilar todo tipo de vida, lo que demanda especial cuidado por parte de la sociedad mundial y de los poderes públicos.

_ El bien de la HUMANIDAD COMO UN TODO. El gran Bien Común de la Humanidad y de la Tierra es la misma Humanidad como un todo. Es un valor intrínseco único y un fin en sí mismo. Pertenece al reino de la vida, marcada por alta complejidad, capaz de conciencia, sensibilidad, inteligencia, fantasía creadora, amor y apertura al Todo. Tiene raíces cósmicas, biológicas, culturales y espirituales y se presenta como un proyecto infinito. Testimonia la clara percepción de ser portadora de una inviolable dignidad. Nunca está terminada y por esto se encuentra siempre en construcción. Puede intervenir en los procesos naturales, moldear su historia e interrogarse sobre su destino y del universo. Cometen crimen contra la dignidad de la Tierra quienes destruyen las condiciones de su vida y reproducción.

_ El bien del SER HUMANO. El ser humano es el único ser hablante. Ha creado expresiones de sí mismo por las muchas lenguas, en la técnica, en el arte, en la música, en el pensamiento, en los muchos saberes, en innumerables monumentos, en las más diferente formas de convivencia social y política y en las religiones. Todas estas expresiones pertenecen al Patrimonio Común de la Humanidad. Cometen crimen contra la dignidad de la Tierra los que hacen guerras y construyen una máquina de muerte que puede eliminar de la faz de la Tierra la vida humana y dañar profundamente toda comunidad de vida.

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POLÍTICA DE BLOQUES Y CIUDADANÍA PLANETARIA

Javier de Lucas

Éxodo 100 (sept.-oct.09)
– Autor: Javier de Lucas –
 
Cuando los amigos de la revista ÉXODO –concretamente, Miguel Ángel de Prada– tuvieron la amabilidad de invitarme a participar en este número 100 y me propusieron el tema, acepté con un optimismo que ahora me parece una muestra insólita de ingenuidad. En efecto, hablar del fin de la política de bloques y de la apertura hacia una ciudadanía universal como balance y hasta como símbolo de las transformaciones que todos esperábamos hace 20 años, al caer el muro, me parecía una propuesta particularmente adecuada. Pero, pasado el primer entusiasmo propio del discurso que enuncia ideas regulativas (si no pura y simplemente utopías, aunque sea en el sentido más noble y riguroso del término, el que recuerda en sus trabajos mi amigo y colega Miguel Ángel Ramiro, muy alejado de los tópicos que lo han devaluado casi sin remisión), se impone la constatación de la dificultad de presentar un balance que vaya más allá del desencanto, de la consabida frustración ante las limitaciones de una –una más– de esas buenas propuestas destinadas al baúl de las ensoñaciones.

Es cierto que en 1989 pudimos creer que se había alcanzado el final del mundo bipolar y que, en los años que siguieron, la caída de la inmensa mayor parte del bloque del Este (del que en rigor sólo subsiste hoy Corea del Norte y, en cierto sentido y con los matices necesarios, Cuba) parecía el paso –traumático, sí, pero obligado– a una nueva era. Un mundo multilateral, poliárquico, que comportaba incertidumbres, pero también ofrecía la oportunidad de acercarse a lo que los estoicos concibieron como cosmopolitismo. Sería la hora decisiva para implantar sólidamente los cimientos de una verdadera sociedad internacional, que fuera mucho más allá del denostado remedo de la Organización de las Naciones Unidas, esa continua frustración. Sería la hora, pues, de superar el lastre de una noción elitista de la ciudadanía que confiere derechos de primera clase a los ciudadanos de los países ricos y aherroja a los demás en una condición de infrasujetos. La hora de la universalidad de los derechos y de una ciudadanía universal.

Pronto vimos que no era así. No hace falta para ello apuntarse a las filas neoconservadoras de quienes, rizando el rizo de la filosofía de la Historia redescubierta por Fukuyama, nos advertían acerca de la emergencia de nuevos bloques, ahora en clave etnocultural: me refiero, como es obvio, a las propuestas de Hungtinton y de sus epígonos, como Sartori y tutti quanti. Desaparecido el comunismo, enemigo exterior de la democracia y de los derechos humanos, enemigo por tanto de la civilización que encarna Occidente, la figura del Otro –hostil, incompatible, y al mismo tiempo imprescindible para las versiones maniqueas y schmittianas del Nosotros– es sustituida por esa amalgama de Islamismo fundamentalista y terrorismo internacional en cuyo nombre nos hemos visto embarcados en una guerra de cruzada cuyos desastrosos resultados seguimos viviendo hoy, incluso después de sustituir a Bush. Salíamos de otra versión de la política de bloques cuando nos vimos frenados por la crisis.

Otra vuelta de tuerca, en efecto. Cuando concebíamos la esperanza de que el cambio de administración norteamericana podía significar una recuperación del multilateralismo, si no incluso del proyecto ideal del cosmopolitismo, nos topamos con esa consecuencia natural del modelo liberal atomista (fundamentalista asimismo, Stiglitz dixit) que es la crisis. Podemos discutir si la forma en que estalló –la putrefacción de la burbuja financiera, la caída de Lehmann Brothers, el fraude Madoff– era la más previsible. Pero difícilmente se puede negar que no faltó quien nos advirtiera que esa sociedad líquida a la que nos había abocado el paradigma atomista tan caro al liberalismo económico, esa contaminación del mundo de la vida por el imperativo economicista de la presunta racionalidad del mercado, desembocaría fatalmente en esta segunda depresión. Otra cosa es si sabremos aprovechar la oportunidad en la que consiste toda crisis para construir algo nuevo, o si nos empeñaremos, como el Príncipe de Salina, en encontrar los cambios que permitan que todo siga igual. Igual para unos pocos, porque la salida de la crisis, esa que el FMI y los medios afines fervorosamente aplauden hoy (“ya hemos entrado en la recuperación”), se parece mucho más a la lección que nos enseñara Orwell en Animal Farm –ya saben, el principio neorevolucionario que afirma que “todos los animales son iguales pero unos son más iguales que otros”– que no a un verdadero cambio de paradigma, que es lo que necesitamos. Dicho de otro modo, la pretendida superación de la crisis significa en el fondo poder recuperar (para algunos, insisto) su modo de vida, el orden de las cosas “natural”. Aquel en el que, como sabemos desde el Platón de la República, la armonía universal es el resultado de que cada quien se mantenga en su sitio, que ocupe su lugar y desempeñe su función, en su bloque.

Es tal la utilización de la crisis como argumento que se utiliza para justificar todos los rotos y descosidos, que casi nadie parece esforzarse en tratar de argumentar a favor de unas medidas que ya sólo apelan al trágala como única actitud de los ciudadanos ante lo que está cayendo. Sin que nos detengamos a examinar de qué crisis hablamos y de qué seguridad en riesgo. Porque esa crisis que hemos aprendido a temer –la crisis económica que en su origen es financiera– no puede hacer que perdamos de vista que vivimos en las sociedades más seguras que haya conocido la historia de la Humanidad, en particular si hablamos en términos de la seguridad humana. Mientras que la inseguridad humana azota a más de la mitad del planeta, como atestigua el reciente informe de 2009 sobre desarrollo humano. Pongamos las cosas en su sitio: es comprensible la preocupación por la pérdida de valor de nuestros activos financieros. Es aún más lógica la reacción ante el incremento de la tasa de paro y ante un futuro en el que el trabajo no aparece como un derecho garantizado sino como una condición precaria. Pero si hay que hablar de verdad de inseguridad, volvamos la atención a quienes carecen de las más imprescindibles garantías en torno a indicadores básicos: el acceso al agua potable, a los medicamentos y al tratamiento médico imprescindible, a una nutrición mínimamente equilibrada. Por no hablar del acceso a la educación, la protección frente a la enfermedad o a los desastres naturales.

Mientras tanto, lo único que existe es nuestra crisis financiera. Un argumento apabullante que permite eludir cualquier intento de discusión simplemente con el alegato retórico. Volvemos a la lógica del principio TINA (there is not alternative) que sustituye el debate sobre cómo y quién establece unas prioridades que debieran ser políticas, por un pretendido discurso tecnoeconómico que impone la solución supuestamente racional que está más allá del debate y de la voluntad popular. Pues bien, en esa generalización del ver, oír y, sobre todo, callar que se impone para que los de siempre paguen los platos rotos que han dejado los antaño masters del universo, ha llegado muy pronto el turno al socorrido chivo expiatorio de la inmigración, o, para ser más exactos, a inmigrantes y refugiados. Así, en los últimos meses y al socaire de la crisis, se multiplican los discursos acerca de la urgencia de ofrecer respuestas adecuadas –véase contundentes, eficaces– frente al escenario de presión insoportable de los movimientos migratorios (y de refugiados) que pretenden llegar y aun instalarse en el privilegiado territorio de la Unión Europea, tanto los inmigrantes en sentido estricto como los refugiados. La propia UE ha dado muestras evidentes de la necesidad de avanzar en esa vía en el segundo semestre de 2008. Y el Gobierno español parece seguir un camino similar con sus recientes propuestas de reforma de la Ley de Asilo y de la mal llamada Ley de Extranjería.

El caso es que lo más preocupante, si se me permite enunciarlo así, no es –no es sólo– el daño que se acusa a esos grupos de población extranjera (inmigrantes, demandantes de asilo), estigmatizados y aun perseguidos de forma indiscriminada y vergonzosa, como lo acaba de ilustrar en España el bochornoso episodio de las redadas a la carta impuestas a la policía en aras de mostrar que se lucha denodadamente contra la inmigración ilegal, presentando irresponsablemente a los irregulares, una vez más como ejército de reserva de la delincuencia, cuando no su vanguardia. Lo peor es el daño que se causa al Estado de Derecho, a la democracia y sí, también a la cohesión social y a la capacidad de aunar esfuerzos para salir de la crisis. Por eso es tan difícil resistirse a evocar la actualidad de la alternativa propuesta por la jurista francesa Danièle Lochak ante los desafíos de la inmigración: Face aux migrations, Etat de Droit ou état de siége. De suyo, tal alternativa no es una novedad y subyace a un reiterado enfoque del pretendido dilema entre libertad y seguridad, que aflora sobre todo ante amenazas graves como el terrorismo o la delincuencia organizada. Se trata de la tentación de optar por una lógica jurídica de la excepcionalidad, de la derogación o al menos suspensión de alguno de los principios y reglas del Estado de Derecho cuando se trata de regular el estatus jurídico de quienes son identificados como amenaza. En el caso que nos ocupa, no necesariamente presentados de forma expresa como agentes de un grave riesgo sino, al menos de partida, sólo como manifiestamente diferentes qua extranjeros.

De eso se trata, de afirmar o, lo que es más grave, de construir mediante el Derecho una visión de ajenidad radical que recupera la argumentación clásica –predemocrática– acerca del estatus demediado que corresponde al extranjero. Un trato discriminatorio, desigualitario, cuya justificación radicaría en el hecho de la diferencia y en la provisionalidad de su presencia. En efecto, esa presencia es concebida, si no como una sorpresa o como un riesgo sujeto a sospecha, sí como un fenómeno coyuntural, provisional, estrictamente dependiente de unas circunstancias (la necesidad de acudir a trabajadores que desempeñen tareas no cubiertas por la mano de obra nacional) que, al cambiar, modifican necesariamente la aceptación de esa presencia. Y los hacen manifiestamente no-deseables, o, por decirlo de otra forma, retornables, expulsables.

Más muros, más bloques

No ha cambiado la política de bloques sino que sólo se ha producido un desplazamiento de decorado. Parece difícil negar que, 20 años después de 1989, hay más muros, más bloques, aunque unos y otros sean, en apariencia, de naturaleza distinta a los del siglo XX. Digo en apariencia, porque lo cierto es que los muros que proliferan en el continente americano, en el mar Mediterráneo y en el Atlántico, en Oriente medio y en Afganistán, pero también en el seno de Europa, en las ciudades de Italia o Francia, del Reino Unido, los Países Bajos o Epaña, no son strictu sensu una novedad.

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MANIFIESTO DEL EQUIPO DE REDACCIÓN DE ÉXODO 100

Varios Autores

Éxodo 100 (sept.-oct.09)
– Autor: Varios Autores –
 
La primera página de EXODO, allá por septiembre de 1989, concentraba toda una declaración de intenciones. La revista nace, decía el editorial de aquel NÚMERO CERO en clara alusión a la experiencia del pueblo hebreo recogida en la Biblia, como una exigencia de la vida misma…, como un desafío a las tramas esclavizadoras…, para poner en crisis ciertas seguridades…, para dar testimonio de lo que se recrea, de aquello que libera, de lo que abre caminos y esperanzas; y se propone denunciar, por el contrario, lo que paraliza, lo que mata, aquello que esclaviza, margina, excluye, divide. Los propósitos de entonces coincidían y coinciden ahora con los que animan el Centro Evangelio y Liberación al que pertenece la revista.

Han pasado 20 años. Quede para otros, sobre todo para los lectores de ÉXODO, cuya fidelidad agradecemos, evaluar hasta qué punto se han cumplido aquellos compromisos, cuál ha sido la aportación real de la revista a la hora de fomentar la esperanza y la utopía de una tierra nueva, juzgar la oportunidad y el acierto de los temas elegidos a la vez que se valoran las formas de abordarlos. A nosotros nos toca expresar el mayor de los reconocimientos a quienes han colaborado desinteresadamente en la revista durante estos dos decenios, confirmando una y mil veces que la generosidad no supone merma alguna en la calidad de la contribución.

Hemos llegado al número 100. En éste, como en los noventa y nueve números anteriores, ÉXODO trata de afrontar los retos del presente, de estar, en frase del Concilio Vaticano II, muy atenta a los signos de los tiempos. Al fin y al cabo, una constante en su trayectoria ha sido poner la reflexión lo más cerca posible de los hechos, enlazar la perspectiva y la prospectiva, dar publicidad a las actuaciones de quienes, creyentes o no, sostienen nuestra esperanza persistiendo cada día en la brecha.

Este número 100 sale a la luz en una hora y en unas circunstancias inquietantes y compremetedoras a las que se ha bautizado con la palabra crisis seguida de global y planetaria, los dos apellidos que la identifican. La cosa comenzó, al menos eso dicen los expertos, con unas grietas (¿butrones?), fruto de la codicia, que han hecho que el edificio financiero se tambalee y cuyas secuelas se han ido expandiendo como un virus hasta inocular el descontrol, cuando no la parálisis, en el conjunto del sistema económico. Y de aquellas codicias neoliberales han surgido estas miserias: la inseguridad, la pobreza creciente, la desconfianza, un aumento del paro cada vez más preocupante en nuestro país, el estado del bienestar encausado, y, por encima de todo, el hecho inhumano de que los marginados de este mundo lo son cada vez más, y prácticamente irrecuperables aquellos a los que el sistema capitalista centrifugó hace tiempo. En este contexto, los objetivos del Milenio (erradicar el hambre, etc.) están siendo postergados, diezmada la colaboración con los países ¡en vías de desarrollo! y rebajada injustamente la solidaridad con los empobrecidos del tercer y cuarto mundo.

El apellido global identifica los aspectos expansivos de la crisis, pero alude además a ciertos efectos intensivos que alcanzan a la vida política y social, y que nos hacen vivir, en palabras de J. Vidal-Beneyto, bajo el signo de la perplejidad. Desorientado por la anomia que inficiona los diferentes ámbitos de la vida pública, boquiabierto ante el espectáculo de ese nepotismo rampante que se ha instalado en la vida pública y cuyas mañas adquieren una sofisticación rayana en el descaro, atónito ante el imperio “sin complejos” de la corrupción, huérfano de referencias normativas estables para los comportamientos colectivos, exangüe por la pertinaz sangría de los valores públicos, confuso ante esa especie de juego de ping-pong practicado por partidos políticos más obsesionados por la consecución del poder o por perpetuarse en él que por la búsqueda del bien común, perplejo, en suma, el ciudadano de a pie no logra sustraerse fácilmente a la tentación de convertirse en un pasota de los asuntos públicos, en un egoísta movido únicamente por los intereses de su propio terruño.

Ahora bien, la onda expansiva de la crisis no se limita al ámbito político y socio- cultural. Hace mucho que su detonante, la codicia, expolia los entornos vitales y damnifica el medio ambiente. Sin pretender ser exahustivos, ahí está el cemento de ese urbanismo irracional que invade y asfixia los espacios naturales; la emisión de gases, por su parte, envenena la atmósfera y provoca que la temperatura del planeta suba cada vez más, con los riesgos consiguientes para una biodiversidad también amenazada por el vertido de sustancias que desequilibran los ecosistemas; la masa de bosque tropical disminuye sin tregua; sumemos a todo lo anterior la amenaza nuclear y otras plagas de las que sólo los humanos somos causa, y podremos concluir hasta dónde llega nuestro olvido de la encomienda bíblica de cuidar la creación y lo fatuos y estúpidos que somos al poner en peligro la supervivencia del planeta.

La globalización derrite las fronteras del mundo, generaliza los bienes, los recursos y los progresos a la vez que expande la codicia y propaga la corrupción, la injusticia, la amenaza, poniendo, en contrapartida, barreras a la consecución del bien común, a la solidaridad, a la implantación universal de los derechos humanos, a la cooperación, a la hospitalidad…. Por otra parte, mientras los responsables de la crisis van saliendo de ella airosos y beneficiados, a las víctimas se las condena a cargar con sus dolorosas consecuencias. Esa es la flagrante contradicción de nuestras modernas sociedades ilustradas: exaltan la libertad, la individualidad y el beneficio hasta tales extremos, que olvidan la igualdad, la justicia y la solidaridad. Una contradicción, no exenta de cinismo, que lleva aparejada una profunda crisis ética, cultural y religiosa. Sí, también las religiones parecen cultivar con tal intensidad el interés de su supervivencia, están tan preocupadas por la subsistencia o incremento de su relevancia política y social, en defender como única verdad lo que cada una considera verdadero, que no es extraño que proliferen los fundamentalismos, el integrismo, la intolerancia, el fanatismo, el rechazo del otro, del diferente, del crítico, del disidente… Algunas instituciones religiosas, y en particular nuestra Iglesia, exigen cada vez más obediencia, reclaman cerrar filas frente a la sociedad global multicultural para mejor defenderse del temido relativismo y practicar el seguidismo de la autoridad por encima del seguimiento del evangelio.

No todo es, sin embargo, tan negro. Están teniendo lugar numerosos e importantes logros en diferentes campos, surgen avances tecnológicos espectaculares en ámbitos como la comunicación, la medicina, la biología, la genética, etc. Y habría que estar ciegos para no percibir las luchas, las conquistas, los empeños y las acciones liberadoras que llevan a cabo muchas presonas, organizaciones y grupos comprometidos con los pobres y oprimidos, ellos sí que son los brotes verdes donde alienta la esperanza. La misma crisis podría convertirse en un kairós, en ocasión propicia para acometer las transformaciones necesarias y abrir caminos hacia otro mundo posible.

ÉXODO quiere manifestar cuáles son sus opciones y sus apuestas, sus compromisos y su horizonte utópico en esta encrucijada.

Ante todo, manifestamos nuestra enérgica protesta contra la terapia de salida a la crisis económico-financiera propuesta por los poderosos de turno empeñados en salvar a los grandes imperios, bancos y empresas a costa de los derechos y las condiciones laborales de los trabajadores. Es injusto que las secuelas de la crisis recaigan sobre los perdedores, mientras que la mayoría de sus promotores vuelven a ser reintegrados a sus puestos y blindadas sus escandalosas remuneraciones. En este sentido, no basta con una operación de cosmética coyuntural, se impone, más bien, una radical transformación del sistema capitalista a fin de recuperar la ética pública de la responsabilidad y de la transparencia, el control democrático de la economía, de los flujos de capital y armamento, implementar la lucha contra la exclusión y favorecer la solidaridad y la hospitalidad con los más débiles como referencia ineludible de una economía humana y, por lo mismo, eminentemente social.

Manifestamos nuestra decidida apuesta por una regeneración de la política que gestione lo público con la vista puesta en el bien común, y por ahondar en la democracia a nivel local y global. Es preciso y urgente recuperar los valores públicos, la transparencia en el ejercicio del poder, la prioridad del bien común sobre los intereses individualistas, el avance del bienestar y el ineludible compromiso por la justicia y la igualdad. Rechazamos, por tanto, el patente descaro, o el velado cinismo, tanto da, de quienes sostienen que la política es la pura y descarnada lucha por el poder, de igual modo que el sistema democrático es un mero reparto o alternancia del poder entre diversas élites.

Esta exigencia de regeneración radical de la vida política se ha de corresponder con una revitalización de la ciudadanía, auténtico sujeto político y social de la misma. Una ciudadanía libre, implicada, participativa, una ciudadanía que no sólo tolera sino que valora la riqueza que pueden aportar las diferencias, que apuesta por el diálogo entre culturas y entre religiones, defiende a las minorías relegadas y despliega todos sus sensores para detectar y atender oportunamente las causas perdidas.

ÉXODO apuesta resueltamente por la sostenibilidad como dimensión esencial de todos y de cada uno de los dominios en los que se desenvuelve la vida de los seres humanos: la economía, el desarrollo científicotécnico, la configuración de nuestros pueblos y ciudades, la relación con la naturaleza. Este principio de sostenibilidad exige superar la lógica del dominio, de la explotación, tan implantada en el corazón del capitalismo, reclamando, en consecuencia, la limitación del crecimiento expoliador del planeta. El desarrollo científicotécnico, imprescindible para el incremento del bienestar individual y social, ha de armonizarse con el principio del respeto y del cuidado de nuestra común madre tierra y con el consiguiente cambio de actitudes en el uso y disfrute de sus bienes.

Sólo una transformación socio-política de esa envergadura podría poner las bases para una ética intercultural, ecopacifista y feminista en la que primen las relaciones de igualdad, de respeto y de reconocimiento del otro diferente. El pilar de una ética así lo constituye el diálogo crítico y constructivo entre las diferentes culturas, civilizaciones y tradiciones religiosas, y ese mismo pilar será la condición para construir un mundo más justo y solidario. Ese es el proyecto en el que trata de implicarse ÉXODO, consciente de que un mundo globalizado necesita un conjunto de valores, normas y fines que obliguen globalmente, un proyecto, en suma, de ética mundial, como exige Hans Küng. Y al involucrarse en ese proyecto, nuestra revista desea poner todo el énfasis posible en afirmar que lo primordial de nuestras reivindicaciones lo constituye la autoridad moral de los olvidados de la tierra. ÉXODO quiere dar voz al silencio de estos olvidados, defender su dignidad frente a los intereses de los supuestos vencedores y a la indecencia de los tranquilamente bien acomodados, apostar por la acogida y la hospitalidad de quienes buscan en nuestro país un futuro más humano.

Por último, aunque no lo menos importante, ÉXODO apuesta por la espiritualidad. Creemos que la genuina espiritulidad, que viene de más atrás que las religiones instituidas y apunta más allá de los intereses de éstas, es una dimensión realmente vital del ser humano, ya que le abre a los demás y a la trascendencia, como puso de manifiesto Jesús de Nazaret. Esa condición contradice todo dogmatismo, malcasa con los integrismos fanáticos, se expresa en el diálogo entre las distintas religiones y debería impregnar las deseables relaciones entre la religión y la laicidad, entre la fe y la ciencia. La espiritualidad constituye, además, el humus de la solidaridad y de la entrega desinteresada a la causa de los más débiles, los pobres, los excluidos, los torturados, los asesinados, los detenidos, los obligados a exiliarse, los oprimidos, las víctimas, en resumidas cuentas, de ésta y de las otras crisis de la historia. En ella encontramos la fuerza liberadora que nos impulsa más allá del conformismo; ella es la que inspira nuestro desacuerdo con la institución eclesiástica cuando se preocupa más por el propio reconocimiento social que por el seguimiento evangélico; y es la misma espiritualidad que nos sitúa en éxodo permanente, empeñados en mostrar que otro mundo es posible, ya que creemos que la tierra se ha revelado gracias a Jesús de Nazaret como el lugar privilegiado para que se cumpla la utopía del Reino de Dios.

EXODO 100

Éxodo 100 (sept.-oct.09)
 
Dedicamos especialmente este número 100 a dos grandes amigos claretianos y miembros del Consejo de Redacción de ÉXODO desde sus primeros días: Paco Velasco, muerto el 5 de junio de 2003 en Santo Domingo de la Calzada, y José María Calvo, en Santa Cruz de Tenerife el 15 de septiembre de 2009. Ambos consagraron su vida a proclamar el Evangelio desde los pobres, marginados y excluidos, desde las víctimas del sistema. Hombres como Paco y Chema, con su rica humanidad, ennoblecen la tierra donde pisan y la comunidad humana en la que viven. El Equipo de Redacción de ÉXODO ha tenido el privilegio de gozar, durante mucho tiempo, de su buen hacer, de su cariño y amistad. ¡Que el Padre de nuestro Señor Jesucristo ponga un final pleno a sus vidas en éxodo permanente por causa del Reino!

PEDRO CASALDÁLIGA

ÉXODO celebra su número 100 y tiene muchos motivos para celebrarlo; muchos tenemos motivos para celebrar este jubileo de comunicación libre, oportuna, solidaria. Yo me siento particularmente comprometido y en cierta medida responsable porque, desde la primera hora de la revista y desde su prehistoria con Misión Abierta, el equipo fundador ha sido y es gente muy mía, hasta el punto de estar encardinado a nuestra Prelatura de São Félix do Araguaia.

El título de la revista es una expresiva afirmación de su proceso y de la opción inclaudicable por una sociedad alternativa y por una Iglesia “otra”, Iglesia y Sociedad que son posibles, necesarias, urgentes. Siempre “en rebelde fidelidad”. La revista es una historia de éxodos, de “salidas” hacia tierra extraña, de terca esperanza al servicio de la utopía humanizadora que, a la luz de la fe cristiana, es la propia utopía de la vida y muerte y resurrección de Jesús de Nazaret: el Reino, ese Reino proyecto de Dios, pasión total de nuestras vidas. En éxodo estamos, hacia la tierra de la libertad, a la búsqueda de “la Tierra sin Males” que proclaman nuestros pueblos de Amerindia.

ÉXODO está en la frontera del diálogo, es una revista puente a varios niveles, sin claudicaciones, sin ambigüedades, sin crispación, a la luz de la verdad buscada y de la convivencia ensayada diariamente en asambleas y congresos, en gestos y campañas de solidaridad.

La revista mantiene su testimonio cristiano siempre en un diálogo abierto ecuménicamente, macroecuménicamente. En sus páginas caben todas las “fes”, todas las dudas, los silencios agnósticos y la forja simultánea de una religión y de una laicidad adultas, corresponsables.

Cada número de ÉXODO es una monografía de alguno de los temas más candentes de nuestra hora. Voces consagradas, contribuciones pioneras muchas veces, de un humanismo y de una religión humanizadores. Sin exhibicionismo, ÉXODO viene siendo una plataforma profética, una instancia revolucionaria.

No es un éxodo hacia dentro desentendiéndose de la responsabilidad que nos cabe a todos a la hora del pensamiento y de la acción. Los teólogos de la liberación nos recuerdan que incluso hay que “practicar a Dios”. ÉXODO propone en todos sus números un pensamiento práxico. Somos lo que hacemos y hacemos lo que pensamos. Es un éxodo hacia dentro urgiendo la radicalidad.

Los fundadores de la revista confiesan que “aunque nos ha costado algún trabajo, es nuestro trabajo”. Es una misión, y venciendo censuras y estrecheces continúa siendo y ensanchando la “misión abierta” de aquellas primeras horas. Se ha merecido un reconocimiento plural, una muy buena imagen en el mundo intercultural e interreligioso.

Hay que seguir, en éxodo siempre. En utopía diaria. “Pueden quitárnoslo todo, menos la fiel esperanza”. Me permito decir, en la síntesis de un soneto, lo que siento, lo que agradezco, lo que amo en el fondo y trasfondo de la revista, del personal que la escribe y de todos los lectores y lectoras que la agradecemos. Con el soneto va un abrazo entrañable, de ternura y de compromiso.

EN ÉXODO

La vida sobre ruedas o a caballo, _ yendo y viniendo de misión cumplida, _ árbol entre los árboles me callo _ y oigo cómo se acerca Tu venida. _ Cuanto menos Te encuentro, más Te hallo, _ libres los dos de nombre y de medida. _ Dueño del miedo que Te doy vasallo, _ vivo de la esperanza de Tu vida. _ Al acecho del Reino diferente, _ voy amando las cosas y la gente, _ ciudadano de todo y extranjero. _ Y me llama Tu paz como un abismo _ mientras cruzo las sombras, guerrillero _ del Mundo, de la Iglesia y de mí mismo.