JESÚS DE NAZARET EN LA VIDA DE PEDRO CASALDÁLIGA

José Antonio Pagola

Exodo (nov.-dic) 2010
– Autor: José Antonio Pagola –
 
Basta asomarse a la trayectoria vital de Pedro Casaldáliga y leer sus escritos para encontrarnos con un creyente apasionado, un seguidor fiel de Jesús, identificado radicalmente con su proyecto del reino de Dios. Pienso que Pedro Casaldáliga es en estos momentos un testigo singular de seguimiento a Jesús, que nos puede estimular como pocos a promover la conversión que más necesitamos en la Iglesia: volver a Jesús, el Cristo, para centrar nuestra fe con más verdad y más fidelidad en su persona y en su proyecto del reino de Dios.

Mi objetivo y mi deseo en esta breve comunicación es que podamos escuchar esta llamada a una conversión radical a Jesucristo. Sólo podré apuntar algunos rasgos.

1. FE APASIONADA POR JESÚS

Jesús es la pasión de Casaldáliga. Por eso desea contagiar a todos no una fe rutinaria, apagada y gastada, sino su fe ardiente, la que le quema a él por dentro:

Ya sé que hace mucho que lo sabéis, que os lo dicen, que lo sabéis fríamente porque os lo dicen con palabras frías…

Yo quiero que lo sepáis de golpe, hoy, quizá por primera vez, absortos, desconcertados, libres de todo mito…

Quiero que os lo diga el Espíritu ¡como un hachazo en tronco vivo! Quiero que lo sintáis como una oleada de sangre en el corazón de la rutina.

Quiero que tropecéis con Él como se tropieza con la puerta de la Casa… Quiero que lo encontréis, en un total abrazo, Compañero, Amor, Respuesta…

No podéis negarme que lo estáis esperando, con la loca carencia de vuestra vida repudiada como se espera el aliento para salir de la asfixia…

Se llama Jesús Se llama como nos llamaríamos si fuéramos de verdad nosotros. (Al acecho del Reino, pp. 332-333).

2. ¿QUIÉN ES JESÚS?

¿Quién es este Jesús, al que, según Pedro Casaldáliga, esperamos “como el aliento para salir de la asfixia”, al que podemos encontrar “en un total abrazo: Compañero, Amor, Respuesta”? Así lo describe Pedro en poema dirigido a María.

Enséñanos aquel Jesús verdadero, carne de tu carne, raza de tu pueblo, Verbo de tu Dios; más nuestro que tuyo, más del pueblo que de casa, más del mundo que de Israel, más del Reino que de la Iglesia. (Pedro Casaldáliga, p. 96).

Este es el Jesús que necesitamos recuperar en la Iglesia. Un Jesús vivo y concreto, que atrae e interpela, que sacude y enamora, un Jesús al que se puede seguir y amar como a nadie.

3. FIDELIDAD A JESÚS

Toda la vida de Pedro está transida por el deseo de ser fiel a Jesús, de seguir siempre sus pasos, creer sólo en su Dios. Así habla en un pequeño poema titulado “Jesús de Nazaret”.

¿Cómo dejarte ser sólo tú mismo, sin reducirte, sin manipularte? ¿Cómo creyendo en Ti no proclamarte, igual, mayor, mejor que el Cristianismo?… (Al acecho del Reino, p. 328).

Hemos de recuperar a Jesús como lo mejor, lo más valioso que tenemos en la Iglesia. Recuperar nuestra identidad irrenunciable de seguidores de Jesús. Caminar hacia una nueva fase de cristianismo, más inspirado y motivado por Jesús.

4. AL ACECHO DEL REINO

Seguir a Jesús significa para P. Casaldáliga identificarse con el proyecto del Reino de Dios y vivir entregado enteramente a construir un Reino de igualdad y fraternidad. El reino de Dios es el horizonte de todo su ser y su hacer. Lo dice continuamente:

Yo, pecador y obispo, me confieso de soñar con la Iglesia vestida sólo de Evangelio y sandalias, de creer en la Iglesia, a pesar de la Iglesia algunas veces; de creer en el Reino, en todo caso caminando en la Iglesia. (Todavía estas palabras, p. 56)

5. LO PRIMERO, LOS POBRES

La prioridad pastoral y evangélica de Pedro Casaldáliga han sido los pueblos indígenas. Por dos motivos: Primero porque son los más pobres, como personas y como pueblo. Segundo, porque “son los seres más evangélicos, porque siendo los más pobres, los más pequeños, los más desamparados, son también los más libres de espíritu, los más comunitarios y los que viven más armoniosamente con la naturaleza, con la tierra, con el agua, con la luz, con la fauna y con la flora” (Al acecho del Reino, p. 86). “Si la opción por los pobres es ponerse al lado de los pobres y contra su pobreza y marginación, la opción que también se haga por los ricos deberá ser al lado de sus personas, pero contra su lucro y privilegio” (Al acecho del Reino, p. 49).

Sólo voy a recoger aquí un grito de Pedro: “Todo es relativo menos Dios y el hambre”. El único absoluto es Dios, Dios al lado de las víctimas, los hambrientos, los últimos.

6. LA PASIÓN DE LA ESPERANZA

Pedro Casaldáliga vive habitado por la pasión de la utopía. Una utopía que describe así: “Una pasión escandalosamente inactual en esta hora de pragmatismos, de productividad, de mercantilismo total, de postmodernidad desesperanzada. Pero es, en otros términos, la pasión de la Esperanza; es, en términos cristianos, la pasión por el Reino, que es pasión de Dios y de su Cristo. Una pasión que, en primera y última instancia, coincide con la mejor pasión de la Humanidad misma, cuando quiere ser plenamente humana, auténticamente viva y definitivamente feliz” (Pedro Casaldáliga, p. 65).

Esta pasión por la Utopía está sostenida y alimentada por su esperanza en el Resucitado:

Yo pecador y obispo, me confieso… de cultivar la flor de la Esperanza entre las llagas del Resucitado. (“Yo, pecador y obispo, me confieso”, en Todavía estas palabras, p. 56).

Para conocer su esperanza militante, termino con un poema, que es todo un programa de vida de un testigo de esperanza:

Yo me atengo a lo dicho: La justicia, a pesar de la ley a pesar del dinero y la limosna La humildad, para ser yo, verdadero. La libertad para ser hombre, y la pobreza, para ser libre La fe cristiana para andar de noche, y, sobre todo, para andar de día. Y, en todo caso, hermanos yo me atengo a lo dicho: ¡La Esperanza! (Epílogo abierto de “Tierra Nuestra, Libertad” en Pedro Casaldáliga, p. 203).

BUSCAD EL REINO DE DIOS Y SU JUSTICIA

Comunidad Otra Voz de Iglesia

Exodo 106 (nov.-dic) 2010
– Autor: Comunidad Otra Voz de Iglesia –

Somos una comunidad cristiana de base afincada en el barrio de Moratalaz de Madrid. Nos empezamos a reunir en el año 1979 con objeto de estudiar y dialogar sobre el libro “La alternativa cristiana” de José María Castillo. Fue un revulsivo que hizo cambiar planteamientos y actitudes a la mayoría de nosotros.

Comenzamos a descubrir a un Jesús diferente y a situarlo en el centro de nuestra fe. Muy al principio, estábamos con la mentalidad propia de la época del nacional catolicismo. Es decir, prevalecían los ritos, los sacramentos, el sentimiento de culpabilidad, adorábamos a un Dios Juez, que premia a los buenos y castiga a los malos, etcétera.

oco a poco descubrimos a un Jesús que nos va liberando de los miedos porque nos anuncia una “buena noticia”, que quiere que seamos felices, que tengamos vida en plenitud, que pone a la persona por encima de normas, ritos…

Y, por encima de todo esto, descubrimos a un Jesús que lo único que buscó fue el reino de Dios y su justicia; a lo largo de estos años hemos ido profundizando en que ésta debe ser nuestra tarea primordial: promover el proyecto de Jesús, llevarlo adelante, poner las bases para un mundo justo, fraterno, solidario, como lo quería Jesús.

Por eso empezamos a ser sensibles ante el sufrimiento que hay en nuestro mundo: los millones de personas que pasan hambre, los que no tienen asistencia sanitaria ni vivienda, los enfermos, las mujeres maltratadas, los que están en la cárcel, etc., es decir todos los “pequeños”, los excluidos de quienes Jesús dijo siempre que eran sus preferidos.

Al escuchar las palabras de Jesús diciéndonos que somos todos hijos de un mismo Padre, que todos somos hermanos, nos damos cuenta de la profunda injusticia que se ha establecido en el mundo con la existencia de países ricos y otros cuyos habitantes apenas pueden vivir.

Poco a poco hemos ido descubriendo que antes dábamos importancia a cosas que eran intrascendentes y ahora comprendemos que Jesús nos invita buscar el “Reino de Dios y su justicia” como tarea primordial.

Hemos descubierto la radicalidad de Jesús, es decir, que la postura de Jesús ante la vida no fue de medias tintas. Jesús no fue un hombre extremista, sino radical. Hemos visto que sus planteamientos iban siempre a la raíz de los problemas. No se quedaba en las ramas o en cuestiones superficiales. El mensaje de Jesús supone la radical y total liberación de todos los elementos alienantes que se dan en la condición humana.

Y sus enseñanzas iban dirigidas a la gente de a pie. No a los letrados, a las personas doctas, intelectuales, fariseos o saduceos. Enseñaba al pueblo sencillo. Por ejemplo, les decía, “no podéis servir a dos señores a la vez, no podéis servir a Dios y al dinero”. Aquí no hay término medio, no hay posibles componendas entre Dios y el capital o los que siguen al capital. No hay neutralidad posible, hay que escoger entre dos señores. Jesús es radical frente al sistema, lo mismo frente al sistema judío basado en la Ley, que frente al imperio romano basado en la dominación. Jesús se enfrentó al sistema como uno de tantos, fue un profeta laico, y hemos aprendido de él lo que significa ser un ciudadano de a pie sin privilegios religiosos.

Este proceso no fue solamente intelectual, porque estimamos que las creencias deben estar vinculadas con la forma de vivir. El conocimiento y el recuerdo de Jesús es un recuerdo peligroso. El Mensaje de Jesús es revolucionario. En el Evangelio de Lucas, en el interrogatorio ante Pilatos, las masas le gritan tratando de acusarle: “Este solivianta al pueblo enseñando por todo el país empezando en Galilea” (Lc 23,5).

Soliviantar significa mover el ánimo de la gente para inducirla a adoptar una actitud rebelde u hostil en orden a cambiar el orden público y moral, dice el Diccionario de la Lengua. La manera de soliviantar no es violenta, es “enseñando”. La enseñanza es una forma de subvertir el orden establecido: poner las cosas patas arriba. Jesús no estaba de acuerdo con la escala de valores de aquella sociedad que no es muy distinta de la nuestra de ahora. Lo de arriba lo pone abajo. Lo que consideramos como perdido es lo que vale, lo que todo el mundo estima que es bueno, no es tan bueno. Lo que se tiene por poder es debilidad. Siempre prevalece la vida sobre la muerte, la verdad sobre la mentira, la libertad sobre la dependencia. Y siempre el amor por encima de todo.

Jesús está por el cambio, no puede dejar las cosas como están, porque el mundo que él vivía era injusto: unos vivían muy bien a costa de otros que lo estaban pasando mal. Lo cómodo es seguir como siempre sin cambiar nada. Jesús no puede quedarse impasible, mirando para otro lado, al ver las masas arrastrándose por la pobreza y la miseria. “Se me conmueven las entrañas al ver a esta gente” (Mc 8,2). La indiferencia se queda con los brazos cruzados, no hace nada ante el dolor ajeno. Y esto hace más daño que la violencia que causa el sufrimiento humano.

Todo esto nos motivó y nos llevó a la acción. Nuestra comunidad tomó el nombre de “Otra voz de la Iglesia” porque salió al barrio organizando charlas con estos planteamientos (que en muchos temas no coincidían con los de la Iglesia institucional). Por otra parte sus miembros, a título personal, fueron asumiendo compromisos de orden social o político.

¿QUIÉN DECÍS QUE ES JESÚS, DESDE VUESTRO AMBIENTE DE VIDA Y TRABAJO?

Benedictinas de la Natividad

Éxodo (nov.Doc.) 2010
– Autor: Benedictinas de la Natividad –
 
Para nosotras, benedictinas, como para todo el que ha leído el Evangelio y se ha sentido seducido por sus palabras y su vida, pensamos que no hay mejor respuesta que la que el evangelista pone en labios de san Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16).

Hijo de Dios, visto desde el lado de los teólogos a lo largo de veintiún siglos y vivido hasta la entrega y el martirio desde el principio del cristianismo hasta nuestros días, calculando y valorando lo que fenece o emerge, poniendo por encima de todo lo esencial de nuestra fe en el Hijo del Dios de Abraham, de Israel y de Jacob, el Dios vivo y verdadero, que es quien nos da el poder de hacer de cada instante un momento eterno.

¿Cómo reflejar este convencimiento en la propia vida y en la comunitaria?

Pensamos que tampoco encontraríamos mejor respuesta que en el esfuerzo gozoso de vivir el “Amaos” que el mismo Jesús nos pidió, ¿cómo? Viviendo en vigilancia o a la espera de sus manifestaciones constantes de amor “a la expectativa del don que nos va a traer la revelación de Jesucristo”, como nos dice san Pedro en su primera carta (1, 13). Estas manifestaciones en una vida comunitaria suelen venir siempre a través de las hermanas, sobre todo, cuando se vive en una confianza recíproca, donde una solicitud, una ayuda, un consejo es pedido o dado con una sonrisa o un gesto de amor desinteresado, entonces, te das cuenta de que estás viviendo en una fraternidad que ha entendido y se esfuerza por vivir la frase de san Juan: “En esto hemos conocido el amor, en que Él ha dado su vida por nosotros. Nosotros también debemos dar la vida por nuestros hermanos”.

Si llenamos el día con gestos que demuestran el amor mutuo es, sobre todo, porque hemos descubierto la fuerza y la fuente que es Jesucristo. Él nos amó primero, estamos persuadidas de que sólo desde esta vivencia se puede amar a todo el que se acerque al monasterio, los pobres (que no son pocos), los que necesitan una palabra de aliento, los que no creen en Cristo, pero sí esperan que tú se lo reflejes, etc. No siempre es fácil a primera vista, pero sabemos que desde éstos que tenemos cerca, estamos vertiendo nuestro amor sobre el mundo entero, entendiendo con Karl Rahner que “sólo hay dos palabras últimas: Dios y hombre”.

Desde nuestro trabajo: ¿Quién decimos que es Jesús? Contando con que “El trabajo que Dios quiere es que creamos en el que Él ha enviado” (Jn 6, 29) esta fe la vivimos con todo entusiasmo, sobre todo, en la oración litúrgica, de donde arranca nuestra oración personal, comenzando por el Adviento (que ya se avecina) con la plegaria bíblica: “Ven, Señor, Jesús”, hasta culminar en la muerte y resurrección del Señor, la experiencia pascual que lleva a la plenitud del ser cristiano.

Con esta fuerza contamos al vivir conscientes de que somos tarea de nosotros mismos. En el trabajo que Dios nos pide, o “regala” como colaboradores de Él en la creación y posibilidad de realización humana, está siempre el gozo de su presencia; al ser trabajos compatibles con la vida monástica según nos pide san Benito: “que todo se realice en el recinto del monasterio” va orientado al buen desarrollo de las relaciones humanas comunitarias, a poner el empeño en ser una comunidad viva (como decíamos más arriba), dichos trabajos marcan la propia identidad y el verdadero sentido del trabajo, no ser gravosas a nadie y poder ayudar a los necesitados.

Resumiendo: Cristo es: _ El que nos ama primero: “El Dios del feliz derroche”. _ El que nos capacita para amar en libertad: “Sólo desde el amor, la libertad germina”. _ El que da sentido, no sólo a la vida, sino a sus tareas: “Dios está sin mortaja, en donde un hombre trabaja y un corazón le responde”. _ Vigilancia. Oración. Amor fraterno. Trabajo. Siempre unidas a nuestra amada Iglesia con el “Maranhata”.

QUIÉN ES JESÚS PARA TI EN TU TRABAJO…

Luis Sandalio

Exodo (nov.-dic) 2010
– Autor: Luis Sandalio –
 
En nuestra casa de acogida y reciclado de personas hemos hecho esta pregunta y la primera reacción de Santiago, un hombre que pasa de los sesenta, fue así: “Nunca me había planteado así la pregunta: ‘QUIÉN’ es Jesús para mí…”

La mayoría lo van descubriendo poco a poco, muy poco a poco, y en esta lentitud tienen que desprenderse, como la culebra de su camisa, de muchas ideas equivocadas, de muchos prejuicios que se les han apegado y que dificultan enormemente la recomposición de la figura de Jesús allá en el hondón del alma donde surge.

¿Quién puede presumir de tener allá dentro la imagen de Jesús definida o acabada? ¡Si cuanto más agrandamos nuestro mundo interior, nuestro mundo de acogida, más necesidad sentimos de ayuda, de fortaleza, de esperanza, de sabiduría… para afrontar tantos retos, tantos obstáculos, tanta urgencia de encontrar nuevos caminos para no seguir desbarrando como siempre!

Y esto no lo dan los evangelios escritos ni las “vidas de Jesús” ni las imágenes prefabricadas según las necesidades o caprichos, acaso resbaladeros, de otras épocas… Esto sólo viene de ese brote que nace en los adentros y nos va configurando, mientras crece en nosotros, a su imagen y medida. Re-conocerlo a Él (siempre creciente) es re-conocernos a nosotros mismos (siempre cambiantes). Es dejarnos guiar mientras exploramos nuestras propias capacidades de respuesta. ¿Quién hay tan ignorante, sea cual sea la edad que tenga, que puede pretender tener la idea de sí mismo ya compuesta?

Así vamos aprendiendo a manejar esa otra barca sin remos ni motor ni timón que es nuestra Vida cuando ha fracasado después de tantas veces, tantos años… haber usado los remos sólo a fuerza de brazos y el motor sobreacelerado y el timón agarrotado por las prisas y las ansias. Pero poca gente se cree que hay otra forma diferente de que la barca nos lleve… Poca gente.

En nuestra casa vamos aprendiendo poco a poco y sin que nadie nos empuje, a invitar a Jesús a nuestra barca… (el mismo Santiago me decía hace un mes: “me tiene que enseñar a rezar, porque desde hace un mes y pico rezo todos los días; pero siempre lo mismo y eso no… no…” y no sabía acabar).

Primero para que la pacifique y nos enseñe dónde encontrar la paz, luego para que nos ayude a reparar las averías y calafatear las grietas; pero sobre todo para que la lleve Él, que es Espíritu y Vida; pues la mayoría de nosotros no hemos sabido qué hacer con nuestra vida; pero tampoco queremos repetir los mismos fallos.

La pregunta crucial que nos hacemos “¿Qué es lo que quiero realmente hacer con mi vida ahora que siento que puedo cambiar de rumbo?” va encontrando su destino: Jesús.

Algunos ya se la han contestado, otros le han visto merodear muy cerquita de su barca varada y rota, y sienten como que tienen ganas de repararla para invitarle a montar… Otros le ven a lo lejos pero les da miedo o cierto respeto… y algunos tienen incluso fecha exacta de cuándo se les subió a la barca y pusieron el timón en sus manos (Él, naturalmente, no lo cogió, sino que mirándole a los ojos le señaló claramente la dirección).

Entre todos estos que viven con nosotros y aquellos otros que pasan por nuestra casa o a los que nos encontramos en diversos sitios, nosotros, digo, vivimos el día a día con las orejas tiesas (como las ardillas, como las liebres); pero no para escapar a la menor señal de peligro, sino para no perdernos ninguna de las orientaciones, las señales y los hallazgos sorprendentes con los que el Gran Jefe nos regala cada día.

Y VOSOTROS, ¿QUIÉN DECÍS QUE SOY?

Jóvenes de Logroño

Ex106 (nov.-dic-2010)
– Autor: Jóvenes de Logroño –
 
Somos Daniel, María, Millán, Raquel, Rubén y Silvia. Tenemos entre veintidós y veintiséis años. Juntos formamos uno de los grupos jóvenes que han nacido de las Comunidades Cristianas de Base de Logroño. La mayoría hemos vivido en casa la tradición cristiana de las Comunidades de Base. Jesús ha estado presente en el estilo de vida que han llevado nuestros padres y madres, y en él nos han educado; es posible que esto influya en nuestra forma de ver a Jesús.

Por otro lado, también es cierto que todos nosotros procedemos, en mayor o menor medida, del mundo universitario, aunque cada uno de un ámbito distinto. Hay un veterinario, una informática, un economista, una física, un lingüista y politólogo, así como una enfermera. Como se ve, somos gente muy diversa y complementaria, pero con el empeño común de vernos una vez por semana para tratar diferentes temas de actualidad desde un punto de vista distinto y seguir creciendo como personas.

¿Quién es Jesús hoy? ¿Qué representa en nuestra vida? Estamos convencidos de que Jesús fue una persona adelantada a su tiempo, un ejemplo de justicia y de lucha por mantenerla, una persona que no se dejó arrastrar por la sociedad de su época; sus principios eran firmes y claros, y supo oponerse a las personas más poderosas de su entorno.

En cuanto a lo que representa concretamente en nuestra vida, vemos en él el impulso para dedicar la vida a los que nadie escucha, a abrir los ojos a la sociedad, partiendo de unos ideales y un mensaje que con el paso del tiempo ha ido deformándose y no ha sido respetado. Pero estamos convencidos de que el mensaje de Jesús es un mensaje que no caduca.

Tenemos claro que Jesús es para nosotros un modelo de comportamiento y nos marca el ideal de conducta que debemos seguir. Es la utopía de la vida que queremos llevar, la meta que tenemos, aunque sepamos que no vamos a alcanzarla. Jesús es un apoyo importante, esencial, tanto en los momentos buenos como en los malos, y su presencia nos acompaña en los momentos de reflexión.

De todas formas, también tenemos claro que para nosotros Jesús no es Dios, sino una persona humana. Jesús no nació siendo Dios, no vino de arriba, de las alturas, sino que tuvo un proceso de maduración personal a lo largo de treinta años, en el que evolucionó y fue aprendiendo y asimilando el mensaje de Dios. En él vemos a Dios más cercano. Jesús es, pues, un ser humano como nosotros en el que percibimos a Dios. Esto nos anima a intentar ser capaces de igualarle. Si una persona como nosotros pudo hacernos percibir a Dios (teniendo en cuenta las condiciones de su época y la lucha contra las tradiciones de la religión del lugar donde nació), también nosotros podemos intentar hacerlo.

Eso nos anima a asumir un compromiso directo, no mirando a las alturas para que Dios resuelva las cosas, sino siendo nosotros mismos los hacedores del Reino, es decir, de un mundo justo y mejor.

Aunque parezca bonito y esperanzador ver en Jesús un ideal de comportamiento, supone para nosotros una importante carga. Jesús es un personaje que nos causa crisis y dudas; nos causa problemas. Vivir en el mundo actual, en esta situación laboral y estudiantil, con los amigos, intentando mantener cierta coherencia con el modelo de Jesús es complicado para nosotros. Creemos que es bueno conocer la vida de Jesús para ver que él también cometió errores (por ejemplo, se puede observar esto en el pasaje de la mujer sirofenicia, en Mc 7,24-30). Sabemos que Jesús fue aprendiendo (de su primo Juan, de las mujeres, entre otros), tuvo miedo (no fue a ciertas ciudades importantes en su época, siempre caminaba por la ribera del lago de Tiberíades, etc.), había cosas que no sabía…; igual que nosotros.

No obstante, no creemos que en nuestro grupo hayamos reflexionado aún suficientemente sobre Jesús. Nos queda un trecho importante para conocerlo bien y responder ciertas preguntas: ¿Es él realmente el sentido de nuestra vida? ¿Es la razón de que vivamos como vivimos? ¿Es él quien ha marcado lo que hemos estudiado, la carrera que hemos elegido y el para qué la hemos estudiado? ¿Hasta qué punto Jesús marca nuestro tiempo de ocio y de neg-ocio?

LA IGLESIA CATÓLICA DE HOY ANTE JESÚS

Xabier Pikaza

Ex106 (nov.-dic-2010)
– Autor: Xabier Pikaza –
 
Quiero poner ante Jesús a la Iglesia católica, y de un modo especial a su Jerarquía, desde la perspectiva del Vaticano I (1869/1970), que ha marcado su camino hasta el momento actual. Me fijaré en dos temas básicos (Primado e Infalibilidad), para interpretarlos desde Jesús, como ha de hacerse en teología. No quiero criticar las declaraciones del Concilio, ni decir que estaban equivocadas, sino interpretarlas desde su contexto, y aplicarlas a la actualidad, según el evangelio.

VATICANO I, EL PODER CRISTIANO

Si Jesús viniera y preguntara a la Iglesia por su identidad y su poder, ella podría responder con el Vaticano I, diciendo que el Papa tiene en ella todos los poderes:

“Si alguno dijere que el Romano Pontífice tiene sólo deber de inspección y dirección, pero no plena y suprema potestad de jurisdicción sobre la Iglesia universal, no sólo en las materias que pertenecen a la fe y costumbres, sino también en las de régimen y disciplina de la Iglesia difundida por todo el orbe, o que tiene la parte principal, pero no toda la plenitud de esta suprema potestad; o que esta potestad suya no es ordinaria e inmediata, tanto sobre todas y cada una de las iglesias, como sobre todos y cada uno de los pastores y de los fieles, sea anatema” (Vaticano I, Denz- Hünermann 3064).

El texto dice que el Papa tiene “plena y suprema potestad de jurisdicción”, un poder ordinario e inmediato en toda la Iglesia (potestas ordinaria et immediata in tota Ecclesia). De esa forma asume la teología canónica de la reforma gregoriana del siglo XI (Gregorio VIII), pero que no se aplica ya en clave política (sobre la sociedad civil), sino sólo en clave eclesial (in universam Ecclesiam), es decir, sobre la comunidad de los creyentes, según el evangelio. Tomadas en sentido externo, esas palabras (potestad y jurisdicción) provienen de una práctica jurídico/política fundada en el imperio romano y en el feudalismo germano y en sí mismas son contrarias al evangelio. Por eso, ellas deben reinterpretarse desde la perspectiva de Jesús.

Esa jurisdicción y potestad debe entenderse y ejercerse según la “autoridad” (cf. Mc 10, 35-45; Mt 28, 16-20), es decir, desde Jesús que entrega su vida por los demás. Por eso, cuando se dice que el Papa posee la plena y suprema potestad de jurisdicción sobre la Iglesia universal, ha de añadirse que él no tiene poder ninguno en línea de jerarquía ontológica, de sacerdocio judío, política romana o autoridad feudal. Conforme al mensaje de Jesús, siendo cristiano, el Papa sólo tiene poder para entregarse gratuitamente, con los pobres y expulsados del mundo, en nombre de la Iglesia, al servicio del reino (cf. Jn 10, 18): no puede mandar como los ricos, sacerdotes y soldados (con medios coactivos), pues el evangelio sólo le ha dado un poder de gracia al servicio del Reino de Dios.

Además, el Concilio no dice que el Papa tenga potestad sobre (super) sino dentro (in) de la Iglesia, de manera que él aparece como representante de una comunidad que renuncia a todo poder y violencia. Eso significa que, estrictamente hablando, no tiene más potestad que otros cristianos, pues a todos ha dirigido Jesús las palabras esenciales sobre el poder (cf. Mc 9, 33-37 y 10, 35-45 par). Ni la Iglesia, ni el Papa en nombre de ella, pueden ejercer ninguna autoridad contra el evangelio, es decir, en contra del servicio amoroso del Reino de Dios. En esa línea, tener autoridad plena y suprema significa poder servir a todos, sin imponerse sobre nadie, siendo así portavoz y ejemplo de los pobres. Eso significa que esta proposición del Vaticano I ha de entenderse “desde Jesús”, es decir, desde el evangelio, y no desde un derecho imperial o feudal propio del siglo XI, o desde un absolutismo del siglo XIX.

Por eso hay que poner el “poder” de la Iglesia de hoy a la luz del evangelio, como poder de amor, al servicio de la fraternidad, sin privilegio, imposición o ventaja sobre nadie. Éste es el “derecho” del Papa (es decir, de la Iglesia), ésta su autoridad: ser signo de entrega y comunión fraterna, para vincular a los hermanos, no a través de un poder más alto (del que otros carecen), sino renunciando a todo poder. Un Papa que pretendiera tener más potestad que los “simples” creyentes, un Papa que quisiera situarse por encima de los pobres (y no a su servicio) dejaría de ser cristiano.

De esa forma, entendiendo el Vaticano I desde Jesús, como ha de hacerse, podemos afirmar que la autoridad de la Iglesia (Papa, concilios y pueblo cristiano) es “plena, suprema, inmediata”, siempre que sea cristiana, es decir, siempre que renuncie a toda superioridad e imposición, a todo mando y jer-arquía (sea en línea de mon-arquía o de olig-arquía), porque es la autoridad de los pobres, a quienes pertenece el evangelio, es decir, el futuro de la vida.

La Iglesia es, según eso, la comunidad de los excluidos y rechazados, a los que Cristo ha llamado, porque son hijos de Dios para formar una familia donde todos sean hermanos, hermanas y madres, sin que haya un padre humano (patriarcalista) por arriba de los otros (Mc 3, 31-35; Mt 23, 9). Por eso, si un Papa, o algún otro jerarca, pretendiera ser más que el resto de los fieles no sería cristiano. Jesús, Hijo de Dios, no ha reservado nada para sí, sino que ha concedido toda su autoridad a los creyentes. Pues bien, de un modo concordante, podemos añadir que el Papa sólo tiene “potestad plena, suprema e inmediata” en la medida en que la comparta con todos los hombres, dentro de la Iglesia, en una historia de gracia, al servicio del Reino de Dios.

VATICANO I, EL PRINCIPIO DE LA INFALIBILIDAD

En ese contexto podemos hablar de infalibilidad, un tema que para muchos constituye la piedra de tropiezo del papado. Pero, bien pensada, desde la raíz del evangelio, ese “dogma” constituye una fuente de gozo, la certeza de que en el camino de Jesús, en comunión con los pobres, compartiendo la vida con los demás, podemos ser y somos infalibles. Ésta es la formulación conciliar:

“El Romano Pontífice, cuando habla ex cátedra –esto es, cuando cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y costumbres debe ser sostenida por la Iglesia universal–, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición sobre la fe y las costumbres; y, por tanto, las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia (Denz-H., 3074).

El Vaticano I no quiso oponerse a la razón humana (es decir, a la verdad de los hombres y mujeres como tales), sino ofrecer, desde Jesús, verdad más alta, que es la verdad del evangelio, que se expresa en la comunión y el amor al servicio de los más pobres. Sólo de esa forma, al acoger y expresar el don de Dios (es decir, al situarse ante Jesús, en gesto de servicio a los pobres), el Papa/Iglesia es infalible, en materia de fe y costumbres (de fe y vida), cuando expresa y concretiza en su vida la Vida del Evangelio. Este dogma puede resultar y resulta escandaloso si se relaciona con pequeñas declaraciones que el mismo papado ha venido ofreciendo en los últimos tres siglos, sobre temas de política o cultura, de ciencia o vida social. Pero, tomado en sentido profundo, éste es un dogma esencial, porque permite que los cristianos sean conscientes de la firmeza del conocimiento de la fe, es decir, de la vida compartida.

En sentido radical, para los cristianos, sólo es infalible Cristo o, mejor dicho, una vida como la de Cristo, en amor abierto al conjunto de la Iglesia (de la humanidad), partiendo de los pobres. Pues bien, el lugar donde se expresa y cultiva esa infalibilidad es la comunión de los seguidores del evangelio, representados de un modo especial, no exclusivo, por el Papa, cuando asume, según Cristo, la vida del conjunto de la Iglesia, al servicio del evangelio.

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LA RESURRECCIÓN: UNA INMENSA ESPERANZA O UNA GRAN TORTURA…

Gonzalo de la Torre

Ex106 (nov.-dic-2010)
– Autor: Gonzalo de la Torre –
 
Ningún ser humano es ajeno al tema de la resurrección. Todas las culturas nos hablan de la vida que supera la muerte y nos proponen algún tipo concreto de supervivencia. Resucitar es sobrevivir, es seguir teniendo la posibilidad de relacionarnos con los demás, de hacer que los amores vividos permanezcan, crezcan y se fortalezcan. Creemos que la muerte afecta a nuestra corporalidad, pero no a nuestro espíritu: somos capaces de convertir la presencia de un cadáver en motivo de esperanza. Nos indigna el hecho de pensar irrealizable lo que en algún momento nos ilusionó como posible; esto hace que la idea de resurrección deje de ser esperanza y se convierta en tortura. Desengañarnos de la vida nos conduce a vivir cercanos a algún tipo de suicidio. Por eso, aceptar o negar la resurrección es un desafío a la esperanza. Aceptarla ciegamente nos conduce a ese modelo de fe que hoy brilla y mañana se desvanece. Aceptarla con argumentos nos lleva a hacer de ella algo más que una fantasía. Sabemos que somos fruto de una evolución, cuya finalidad es humanizarnos. Por eso trataremos de concebir la resurrección como la mejor forma de ser más plenamente humanos.

1. LA HERMOSA Y CONTRADICTORIA REALIDAD HUMANA

La Biblia habla de que somos una realidad sexuada, parecida a los animales por tener una materia común (la tierra), pero diferente a ellos por poseer la misma vida de Dios (Gn 1,24- 27; 2,7.19). Hemos sido colocados en un mundo fundamentalmente bueno para hacer el bien (Gn 1,4.10.12.18.21.25.31), aunque podemos elegir hacer el mal de acuerdo a nuestros intereses (Gn 3), y entonces asesinamos, explotamos, excluimos y empobrecemos a los demás…

La ciencia, por su parte, nos dice que el ser humano, al ser fruto de la evolución, tiene tendencias animales (los instintos, cuyo reino son los cerebros reptílico y límbico) y tendencias humanas (la razón, cuyo reino es nuestro tercer cerebro, llamado “neocortex”). En conclusión: nuestra conciencia se construye sobre una base animal. Y es precisamente la conciencia, colocada frente a la realidad de la muerte, la que nos lleva a percibirnos inmortales y a concretar dicha inmortalidad en una resurrección que nos permita seguir siendo humanos después de la muerte, en una dimensión superior a la de nuestro cuerpo mortal. Intuir una resurrección no realizable sería poseer un diseño defectuoso, lo cual sería un fracaso tanto para el ser humano como para su diseñador, que es Dios. La idea de fracaso desaparece cuando entendemos que lo evolutivo funciona a base de paciencia histórica.

2. ESTAMOS LLAMADOS A CONSTRUIR LO HUMANO, SIN DESTRUIR LO INSTINTIVO

El don de la inmortalidad (y por ende de la resurrección) no es un don para unos pocos, sino un don universal que pertenece a la esencia del ser humano, construido en forma evolutiva, con la capacidad de transformar materia en espíritu (partículas en hondas, nos diría la ciencia cuántica). Ciencia y teología coinciden en concebir al ser humano como un ser en permanente proceso de crecimiento. Esta transformación comenzó con la evolución cósmica hace unos 15.000 millones de años; prosiguió con la evolución biológica, hace unos 3.800 millones de años; continuó con la evolución de los primates, hace unos 60 millones de años; y se reorientó hacia la aparición de los homínidos, hace unos 7 millones de años.

El proceso de crecimiento humano no puede terminar con la muerte, pues se trata de una energía inteligente, y este tipo de seres continúan siempre evolucionando, transformándose. Nuestra experiencia humana nos lo dice: durante nuestra vida producimos y acumulamos energías que superan nuestros procesos biológicos. Creamos amor, justicia, verdad, fidelidad, solidaridad, igualdad, fraternidad… Estas energías, parte de nuestro proceso humano, están destinadas a crecer con nosotros después de nuestra muerte. El más allá y la resurrección que lo concreta son la forma de responder a nuestra misión de humanizarnos.

3. LOS QUE SIENDO HUMANOS SE PORTAN COMO FIERAS

La resurrección corporal es una de las formas posibles de ser inmortal, pero en la historia de las culturas no siempre ha sido la más obvia. En Israel la idea de la resurrección se aviva a partir del destierro, frente a la masacre causada por los babilonios en la destrucción de Judá, de Jerusalén y del templo: “Entre ruinas han quedado mis hijos, porque pudo más el enemigo que nosotros” (Lm 1,16).

De esta realidad injusta de muerte y de dolor va a brotar el concepto de resurrección. La muerte de aquellos que no debían morir y que son asesinados por su fe será el detonante final: “Tú, criminal, nos privas de la vida presente, pero el Rey del mundo nos resucitará a una vida eterna, a nosotros que morimos por sus leyes” (2 M 7,9.14). Al asesino que destruye la corporalidad hay que responderle con una corporalidad resucitada.

4. ¿QUÉ HACER CON NUESTRA CORPORALIDAD?

El cuerpo es parte esencial del proceso humano: es mediación de relación y de humanización. Esto lo logramos cuando, sin destruir nuestros instintos, construimos procesos humanizadores. Para nuestra humanización contamos con tres cerebros, en un proceso en el que lo instintivo puede ser transformado en energías superiores de amor y de justicia, llevando siempre la impronta de cada sujeto: su masculinidad o su feminidad. De esta manera, las cualidades de nuestro cuerpo mortal son asumidas por la energía que él mismo va produciendo. Es la primera forma de comenzar a ser inmortal, pues estas energías nunca mueren. Hay quienes enseñan que las energías que creamos quedan acumuladas o en nuestra conciencia, o en nuestra alma, o en nuestro espíritu, o en el cuerpo astral que nos envuelve… Dichas energías creadas por nosotros mismos, en compañía del Dios que nos inhabita, serían las encargadas de tomar la guía de nuestro ser, después de la muerte. Resucitar sería organizar todas estas energías en forma de un nuevo cuerpo, y así seguir relacionándose en una nueva dimensión. San Pablo lo concreta así: lo que primero aparece es lo animal, luego lo espiritual… Y a esto Dios le da el cuerpo apropiado… (cf. 1 Cor 15,46.38). Nada de lo vivido en el primer cuerpo se pierde, todo estará orientado a proseguir el proceso de humanización ya inaugurado.

Uno de los frutos de nuestra humanización es construir memoria, parte de la cual nos la llevamos y parte se queda en aquellos con los que hemos convivido. Esta es la conexión que nos seguirá uniendo a este mundo… Nuestra limitación humana suele convertir dicha memoria o en liberación, o en un prolongado llanto de soledad…

Llegamos a la resurrección a través de un largo proceso de cambios, en el que cabe la posibilidad del sufrimiento. Ser consciente de su significado nos facilita llegar a una mayor justicia, hasta disfrutar de ese Mayor y definitivo amor que es Dios. La torturadora idea del purgatorio se humaniza frente a esta realidad. Si comprendemos a fondo nuestro proceso de resurrección, estamos resucitando y purificándonos desde niños, entre procesos placenteros y cambios dolorosos.

5. EL GOZO DE INTUIR LA RESURRECCIÓN DE CRISTO Y NUESTRA PROPIA RESURRECCIÓN

a) Los relatos de la resurrección y de las apariciones de Jesús resucitado suelen tener muchas objeciones. Se llama la atención sobre el hecho de que los evangelios se escriben muchos años después de su muerte. ¿Estamos frente a relatos de verdaderas apariciones o frente a constataciones de fe que se quieren apoyar en la memoria del Maestro? Además, el hecho de ser perseguidos avivó en los cristianos y en las generaciones posteriores el deseo de recuperar por la resurrección el cuerpo injustamente asesinado… Así mismo, probar la resurrección desde el sepulcro vacío, desde los lienzos plegados o desde la ausencia del cadáver, termina probando nada…

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LA NOVEDAD DEL DIOS DE JESÚS: QUEDARSE EN LA SUPERFICIE O BUCEAR

Silvia Martínez Cano

Ex106 (nov.-dic-2010)
– Autor: Silvia Martínez Cano –
 
Podemos empezar este artículo diciendo que hoy en día todavía existe una comprensión patriarcal de Dios. Y es que la experiencia religiosa no puede separarse de la comprensión y vivencia de la realidad. Ésta se entreteje con los otros ámbitos de la dinámica personal y social del ser humano: la globalización, las redes de comunicación, el impacto visual de la imagen, la presencia de multitud de narraciones, experiencias y presencias a pequeña escala, la individualidad y el conocimiento de nosotros mismo cada vez más intenso… La estructura social, pese a los cambios de las últimas décadas, sigue conformando una jerarquía de sumisiones a la que llamamos patriarcado. Bajo criterio único (la fuerza, el éxito, el poder) maquilla la multiculturalidad tiñendo también la forma de articular nuestra relación con Dios. Existe una contradicción en la comprensión de Dios desde el poder, la norma y la culpabilidad que encontramos en el Dios de la historia de la Iglesia y las características de ternura y acogida que encontramos en relatos evangélicos como el Padre bueno de la parábola del hijo pródigo o las comidas de Jesús con los pecadores.

La reflexión teológica a lo largo de la historia reconoce este problema, siendo consciente de que los símbolos que se utilizan para hablar de Dios son finitos, y pueden manipularse para proyectar en algunos casos los deseos, las necesidades e intereses del que hace los enunciados. Tillich apunta a que una interpretación simplista de los mismos puede cambiar la identidad de aquello a lo que nos intentamos acercar. Los símbolos participan de aquello que simbolizan, en su significación y poder. Éste funciona, y consolida una estructura compleja, jerárquica, resistente al cambio, sostenido por asociaciones simbólicas que potencian lo masculino.

A) UNA IMAGEN DE DIOS INSUFICIENTE

El desarrollo de la teología a partir del Concilio Vaticano II ha hecho reflexionar acerca de quién es Dios. Invita, aunque no concreta, a valorar las metáforas sobre el Misterio (Gaudium et Spes 57-59) y rechaza aquello que la tradición ha degenerado y la propia comunidad eclesial y oficial ha manipulado (Sacrosantum Concilium 122-123). De igual manera, el esfuerzo de recuperación de las fuentes cristianas, y los métodos hermenéuticos, han hecho cuestionarse aquellas imágenes que no son buen reflejo de Dios y que siguen en nuestro imaginario colectivo. La crítica feminista parte de estas pretensiones, pero también de las experiencias de las mujeres que critican la presencia de un Dios patriarcal que les es insuficiente porque oculta el verdadero Dios Abba- Amma de Jesús.

1. Nos es insuficiente un Dios restrictivo e intervensionista Muchas personas en nuestras comunidades eclesiales conviven con una imagen de Dios legislador y represivo. Se rige por normas, impone caprichosamente lo que es molesto, y manda sistemáticamente lo que es desagradable. Reprime en lo sexual, en lo moral, en el pensamiento y en la praxis colectiva…; establece sus relaciones con la persona desde el “tengo que” o “debo de”. Exige, pide e impone a voluntad. Emerge así un Dios de cuyo capricho dependen las catástrofes y las guerras y éstas se asumen porque provienen de un poder mayor que regula el mundo, con lo que se educa a la persona a la resignación en un mundo determinado por Dios.

2. Nos es insuficiente un Dios utilitario

El encuentro con Dios se entiende como una relación utilitaria, al que sólo se le pide lo necesario y del cual se prescinde si se cree que se tiene todo. Se acude a él cuando la persona vive en un aprieto, para que resuelva el problema de forma casi mágica. Muchas personas acuden a rezar, buscando una intervención sobrenatural de Dios que solucione la enfermedad, la desdicha o el sufrimiento. Hace milagros cuando lo necesitamos. Es un Dios que está pendiente de los caprichos y deseos de los seres humanos, cubriendo sus errores y arreglando lo que no marcha bien. Es un tapa-agujeros. Vive para las personas, a su medida y antojo y resulta arbitrario, porque puede parecer que tiene preferencias por unos más que por otros. De esta manera nos quitamos de encima la responsabilidad de los males del mundo, justificando, así, la pasividad ante la realidad, esperando siempre de otros la transformación de las cosas.

3. Nos es insuficiente un Dios castigador

Dios se presenta muchas veces de forma amenazante, que vigila con severidad el comportamiento de las personas y las amenaza con juzgarlas duramente. Ello permite justificar las injusticias del orden constituido, y mantenerlas como están sin problemas de conciencia. Es un Dios que castiga al salirse de la norma, una norma impuesta mayoritariamente por varones y célibes. Prohíbe y no perdona nuestros fallos, y siempre permanece observándonos a modo de “gran hermano”, para controlar nuestro comportamiento, actitudes y acciones. Es el Dios que mide con distinto rasero a los hombres y a las mujeres y del que nos llegan desgracias (“¡castigo de Dios!”) por culpa de nuestras acciones. En la relación con Dios está siempre presente la culpabilidad.

4. Nos es insuficiente un Dios ausente

Asistimos después de veinte siglos a una reflexión teológica desencarnada, abstracta y cosificante de Dios. Presentamos a un Dios que está en el cielo y que no escucha ni interviene en las vidas de las personas, ni invita a retos en este mundo, ni interroga sobre las actitudes y las acciones del cada día. Mucha gente considera, en una visión pesimista del mundo, que Dios después de crear el mundo se olvidó de nosotros. Esta idea queda reforzada por las nuevas corrientes espiritualistas y esotéricas que entienden a la divinidad como un todo universal y cósmico con el que no se establece relación alguna. Dios se convierte en un ente vacío que se llena de palabras y discursos pero no influye en la vida diaria. Nuestra Iglesia está llena de discursos masculinos de este tipo, olvidando la importancia de la presencia del cuerpo, las relaciones y la presencia material del mundo y de cada uno de los seres que lo habita.

5. Nos es insuficiente un Dios racional

La concepción teológica aristotélicatomista ha producido, especialmente, una laicización y racionalización de la imagen de Dios, ajena a otras dimensiones imprescindibles de la persona como son las de carácter psicológico, antropológico, social, histórico y pastoral. Se trata de una visión de Dios colmada de atributos, relacionados casi exclusivamente con su trascendencia: misterio inescrutable, omnipotente, justo juez, señor de los ejércitos, luz inaccesible…, imagen absoluta, fría y lejana. Esta definición de Dios dificulta en gran medida la experiencia religiosa de las comunidades y creyentes menos formados, que tenderán a repetir estas fórmulas sin entenderlas ni hacerlas suyas, o las rechazarán, prefiriendo en gran medida una devoción popular afectiva-emotiva hacia Jesucristo, la virgen María o los santos. Cuando este vínculo emotivosocial se rompa, la relación con Dios se quebrará definitivamente.

6. Nos es insuficiente un Dios sádico

Las comunidades cristianas tenemos una gran tendencia a responsabilizar a Dios del sufrimiento. Muchas personas vuelcan la respuesta al problema del mal en Dios, como si Él fuera el artífice del mal del mundo 7. Este planteamiento acaba muchas veces en afirmaciones tales como “No hay mal que por bien no venga” o “Dios nos prueba” o “Hay que sufrir para ganarse el cielo”, entendiendo que el sufrimiento nos conviene. Dios se convierte en un ser que necesita de nuestros sacrificios y sufrimientos para convencerse de que merecemos la felicidad. Sólo a través del dolor llegamos a Él. El sometimiento de muchas mujeres pasa por asumir que deben sufrir para conseguir acercarse algo a Dios.

7. Nos es insuficiente un Dios violento, imagen ambigua de lo divino que legitima el uso de la violencia para avalar la interpretación radical de unos pocos. Suele estar vinculada a visiones de la realidad fundamentalista, tanto en el cristianismo como en otras religiones.

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LAS REBELIONES POLÍTICAS QUE CONOCIÓ JESÚS Y SU MENSAJE SOBRE EL REINO

Ariel Álvarez Valdés

Ex106 (nov.-dic-2010)
– Autor: Ariel Álvarez Valdés –
 
UNA NIÑEZ TURBULENTA

Cuando imaginamos la infancia de Jesús, en el pequeño pueblito de Nazaret, la suponemos tranquila, con san José trabajando serenamente entre virutas de madera, serrucho y formón, mientras el niño Jesús jugaba con carritos de madera hechos por su padre, y María cantaba lavando la ropa, rodeados todos por los bondadosos paisanos de la aldea.

Sin embargo no fue así. La época que le tocó vivir a Jesús estuvo marcada por protestas sociales, revueltas campesinas y sublevaciones políticas, algunas ocurridas muy cerca de donde Jesús vivía. Ninguno de estos movimientos rebeldes tuvo éxito. Todos fueron brutalmente reprimidos por las autoridades romanas, que en aquel tiempo eran los dueños del país. Pero el espíritu de las rebeliones permaneció siempre vivo en el escenario de Palestina, de modo que Jesús creció y vivió desde su más tierna infancia en medio de un ambiente generalizado de protestas y disturbios contra el poder de Roma, lo cual marcó de manera determinante su trayectoria como Maestro.

Aquellos levantamientos pueden clasificarse en tres categorías: los de tipo mesiánico, los teocráticos y los proféticos. Cuando Jesús se hizo mayor y fundó su propio movimiento, también revolucionario, tenía esos tres modelos para imitar e identificar a su grupo. ¿Cómo eran estos movimientos? ¿Qué modelo eligió Jesús para el suyo?

CONMOCIÓN A LA VUELTA DE CASA

En el año 4 a.C., cuando Jesús era apenas un niño de dos o tres años y vivía en Nazaret, murió el rey Herodes. Había gobernado el país por casi cuarenta años con mano de hierro y al filo de espada, por lo que su muerte generó un gran vacío de poder. Estallaron entonces violentas manifestaciones en todo el país.

La primera tuvo lugar muy cerca de la casa del niño Jesús, en Séforis. Ésta era una ciudad rica y pujante, a 6 kilómetros de Nazaret. La revuelta estaba encabezada por Judas, un personaje surgido de las clases más populares de Galilea, y que desde hacía tiempo lideraba un grupo de bandoleros. Aprovechando la muerte de Herodes, asaltó el palacio real de Séforis y se apoderó de las armas allí guardadas. Con ellas equipó a sus hombres, saqueó las reservas que había, y se proclamó rey de Israel. Gracias al apoyo de sus seguidores, llegó a controlar toda la región de Galilea, incluida Nazaret donde Jesús vivía con sus padres.

Poco después en la provincia de Perea, al este de Jerusalén, un hombre llamado Simón, exesclavo de Herodes, también se sublevó, y al frente de una horda numerosa prendió fuego a otro palacio real que Herodes tenía en Jericó, donde se proclamó rey.

Finalmente al sur, en la provincia de Judea, un pastor de enorme fuerza física llamado Atronges, tomó igualmente la corona real, y con sus cuatro hermanos, a quienes nombró generales, redujo y sometió a toda la región.

Los líderes de estas revueltas fueron apoyados por la gente, y gozaron de gran popularidad. Primero, porque eran todos judíos, y el pueblo hacía tiempo que añoraba un rey autóctono, pues Herodes no era judío, sino idumeo. Segundo, porque todos los cabecillas eran de origen humilde y a la vez carismáticos, como lo había sido el gran rey David. De modo que estos líderes en cierto modo habían logrado reavivar las esperanzas, nunca olvidadas, de un Rey Mesías que vendría a liberar al pueblo de la opresión extranjera.

CUANDO SE APLASTAN LOS SUEÑOS

La aparición de estos tres caudillos, autoproclamándose Mesías, fomentó motines entusiastas por todas partes, y pronto Palestina se vio envuelta en llamas y en delirios de liberación. Ante esta situación de revuelta generalizada, la reacción de Roma no se hizo esperar. El general Publio Varo, instalado en ese momento en Siria, tomó inmediatamente tres legiones y marchó contra los revoltosos. Primero se dirigió a Perea, donde sofocó el movimiento de Simón. Luego aplastó en Judea a los rebeldes de Atronges y crucificó a más de 2.000 sublevados cerca de Jerusalén. Pero el castigo más duro lo aplicó en Galilea, la patria de Jesús. Allí Varo puso sitio a Séforis, apresó y dio muerte a Judas, prendió fuego a la ciudad, destruyó completamente todos sus edificios reduciéndolos a cenizas, y finalmente a sus habitantes, por haber apoyado a Judas, los hizo vender como esclavos.

De esta manera, la brutal represión romana acabó con los experimentos mesiánicos que tanta expectativa habían despertado en el pueblo. La gran cantidad de tropas que Varo tuvo que emplear para derrotarlos demuestra el enorme apoyo popular del que habían gozado. Y el recuerdo de la “guerra de Varo”, como se la conoció desde entonces, quedó para siempre grabado en la memoria judía como uno de los episodios más sangrientos que debió afrontar el pueblo judío.

Mientras tanto, muy cerca de allí, el niño Jesús jugaba despreocupado en brazos de María, ajeno a los terribles escarmientos y crucifixiones de su patria, y sin entender todavía nada de Mesías ni de alzamientos.

SÓLO DIOS PODÍA COBRARLO

En el año 6 d.C, siendo ya Jesús un adolescente de unos 13 años, se produjo en el país la segunda oleada de resistencia contra Roma. Esta vez las consecuencias fueron más graves que las anteriores. Nuevamente el centro del estallido fue Galilea, donde vivía Jesús, por lo que él debió de haber conocido todos los detalles de estos disturbios.

El iniciador fue un maestro religioso, llamado Judas el Galileo; y la causa fue el cambio de administración del sur del país, es decir, las provincias de Judea, Samaria e Idumea. Hasta entonces estaban regidas por un gobernador judío. Pero en el año 6 los romanos lo destituyeron por mal comportamiento, anexaron el territorio a Roma y empezaron a administrarlo directamente a través de un Prefecto. Para ello crearon un nuevo impuesto llamado tributum soli (impuesto a la tierra).

El Sumo Sacerdote de Jerusalén acató la medida, para evitar males mayores, y ordenó aceptarla. Pero Judas desoyó la orden y reaccionó enérgicamente contra ella. Aunque había nacido en Gamala, al norte de la Galaunítide, y por lo tanto no le afectaba el nuevo impuesto, se trasladó a Jerusalén y desde allí empezó a exhortar a la población a no pagarlo. El argumento que esgrimía era claro: Dios es el único dueño de la tierra; por lo tanto, el emperador no tiene derecho a cobrar impuestos sobre el suelo de Israel.

La insurrección de Judas no era militar, como las anteriores, sino pacífica. Judas no pretendía proclamarse Mesías, sino que quería el reconocimiento de Dios como rey del país, y de sus derechos sobre la tierra. Era, pues, un movimiento “teocrático”, religioso, no violento, que buscaba imponer ideas, no estructuras. Pero al cuestionar un impuesto de Roma, desairaba la autoridad imperial, y con ella su presencia en Palestina. Por lo tanto, los romanos lo consideraron peligroso. Además, había logrado captar la aceptación de todo el país. Por eso lo persiguieron, lo atraparon, y lo mataron sin contemplaciones (Hch 5,37).

Mientras tanto el adolescente Jesús, con sus 13 años, aprendía de su padre José cómo ser un buen artesano en el taller de Nazaret.

LA ENSEÑANZA MISTERIOSA

Si bien el movimiento teocrático de Judas fue aplastado con facilidad, sus ideas perduraron por décadas en el ambiente palestino. Incluso Jesús tuvo la ocasión de opinar sobre ellas, en el conocido episodio del impuesto, que tuvo lugar en el año 30 en Jerusalén. Se le acercaron unos fariseos y herodianos, y lo interrogaron: “¿Es lícito pagar el impuesto al César o no?” (Mc 12,13-17).

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JESÚS DE NAZARET Y LA HISTORIA

Carmen Bernabé

Ex106 (nov.-dic-2010)
– Autor: Carmen Bernabé –
 
PERTINENCIA Y NECESIDAD DEL ENFOQUE HISTÓRICO EN EL ESTUDIO DE JESÚS DE NAZARET

El cristianismo se caracteriza por creer que Dios se ha hecho carne e historia en Jesús de Nazaret, por confesar que en un hombre concreto Dios se hizo presente de forma única. La fe cristiana posterior profundizó esta primera confesión creyente, la desarrolló y le dio expresión teórica y sistemática a la luz del pensamiento filosófico griego y con sus categorías. Ahora bien, esta cristología desarrollada tiene en sus orígenes las afirmaciones creyentes que unos testigos hicieron respecto a una persona histórica con una vida concreta. Es cierto que la fe cristológica no tiene como objeto únicamente al Jesús de la historia ni se basa solamente en la vida de Jesús pues es fundamental para ella la experiencia pascual que es don recibido y es verdad que el Cristo confesado es algo más que el Jesús de la historia, pero no es menos cierto que la realidad histórica del confesado no es un mero presupuesto como pretendía Bultmann sino algo fundamental.

Aquel al que la fe confiesa como resucitado, glorificado e Hijo de Dios tuvo unas actitudes y no otras, hizo unas opciones concretas que le llevaron a vivir como vivió y a morir como murió. ¿Es posible decir que el Glorificado lo sería independientemente del mensaje, o de las actitudes y opciones que hubiera tomado durante su vida? Precisamente la confesión de fe subraya que éstas no fueron irrelevantes e indica que la glorificación de Jesús de Nazaret está íntimamente unida a su forma concreta de existencia. La fe cristológica postpascual, aunque tiene mucho de don, tiene sus orígenes y pone sus fundamentos en la existencia histórica de Jesús de Nazaret, el crucificado glorificado.

Confesar que en Jesús de Nazaret Dios se hace presente de una forma única tiene también que ver con la forma de ser y actuar de Jesús pues la fe postpascual comenzó a fraguarse ya antes de Pascua.

Una frase de Rahner resume de forma magnífica lo que he pretendido exponer en lo que precede: ”No se trata, por tanto, de que sepamos cómo es Dios y luego tengamos que espiar cómo esa realidad divina se mezcla con la humana de Jesús. El hombre Jesús de Nazaret, la historia de un judío del siglo I que murió ejecutado en una cruz como consecuencia de unas opciones humanas concretas, es la exégesis de Dios (Jn 1,18), su parábola viviente (Jn 14,9). Dios no es lo que queda en Jesús una vez se resta su humanidad y su historia de la cantidad total de información. La divinidad sólo se vislumbra en esa aventura humana. Más allá de ella nos quedamos sin ninguna información sobre la divinidad de Jesús” (¿Qué debemos creer todavía?, Sal Terrae, 1980:110-112).

El camino de acceso a la divinidad de Jesús pasa necesariamente por el encuentro con su humanidad; su divinidad sólo puede ser dicha por nosotros a partir de su humanidad (J. Vitoria).

SENTANDO LAS BASES DEL ESTUDIO: EL JESÚS RECORDADO

Ponernos de acuerdo en los conceptos es necesario para poder entendernos. Por eso es bueno comenzar diciendo a qué nos referimos cuando hablamos de ciertos nombres: Se suele distinguir entre el Jesús histórico: la reconstrucción, siempre limitada y con un margen hipotético que se hace a partir de los datos evangélicos críticamente analizados; el Jesús real que es el Jesús terreno total que nunca es captable de forma exhaustiva y completa por la ciencia histórica.

Para llegar al Jesús histórico tenemos los evangelios que son documentos en los que se evoca de forma suficiente al Jesús histórico mientras se proyecta en ellos la fe cristológica, la interpretación creyente de aquél, el Jesús recordado. El estudio crítico descubre la reelaboración de los acontecimientos históricos realizada por las comunidades y los evangelistas en los evangelios.

UN CONSENSO Y UN DISENSO RAZONABLES

Hay una cierta crítica que para negar el valor de la búsqueda del Jesús histórico aduce que los investigadores no se ponen de acuerdo y que hay tantas imágenes de Jesús como estudiosos. Sin embargo, esto no es cierto. El estudio del Jesús histórico no es una selva donde cada estudioso tiene una posición y nadie se pone de acuerdo. Se van alcanzando consensos importantes y hay algunos puntos en los que la inmensa mayoría está de acuerdo.

El boceto que presentamos a continuación está hecho sobre los puntos de consenso.

LOS TRAZOS DEL BOCETO DE JESÚS DE NAZARET UN HOMBRE EN PROCESO Y RELACIÓN

Todas las fuentes coinciden en que Jesús dejó la vida en la aldea y fue al encuentro de Juan Bautista que se encontraba predicando el bautismo de conversión a orillas del Jordán y había dado comienzo un movimiento renovador centrado en el rito bautista como signo preparatorio para el juicio definitivo de Dios que anunciaba cercano.

Es probable que Jesús fuera discípulo suyo durante un periodo indeterminado de tiempo después de acogerse al bautismo como tanta gente que acudía a Juan; aunque es cierto que las fuentes no son claras en esto quizá porque ese presentaba ciertos problemas a las comunidades que recordaban y confesaban a Jesús como superior a Juan. De hecho le presentan como “el precursor” de Jesús.

Es común a las fuentes que la experiencia del bautismo y la realidad vivida en el entorno del Bautista supuso para Jesús de Nazaret un momento privilegiado para la definición de su propio camino. Esto parece ser lo que está detrás del relato de la hierofanía. Jesús deja el desierto y vuelve a las aldeas y comienza a proclamar que el tiempo definitivo de Dios está comenzando, ya está haciéndose presente. Frente al subrayado de juicio propio del mensaje de Juan, Jesús proclama la presencia cierta y activa de la salvación de Dios en el presente. Al contrario que los apocalípticos que veían necesaria la abolición del mundo presente para la implantación de la salvación definitiva, Jesús, en línea con los profetas, proclamaba que la salvación ya dejaba ver sus brotes en la historia presente, a pesar de sus sombras.

Pero la experiencia vivida en el movimiento del Bautista ayudó a configurar el ser y la misión de Jesús. Y eso sucede también con otras personas con las que se encuentra. Jesús aparece como un ser humano que va descubriendo su camino y cómo vivirlo desde los ojos de Dios –lo que suele denominarse “la voluntad de Dios”– y en ese descubrimiento le ayudan las personas y las situaciones que descubre a su alrededor: el sufrimiento de la gente, sus necesidades, los encuentros personales… Y así es recordado también en los evangelios, en permanente relación con la gente y la realidad.

UN SÍMBOLO QUE PONE IMAGEN A SU TAREA Y A SU ENSEÑANZA: EL REINO DE DIOS

“El reino de Dios está llegando, convertíos y creed en el evangelio”, ésta parece haber sido la proclamación con la que Jesús comienza su ministerio separado y distinto del de Juan Bautista.

Reino de Dios, más que un concepto era un símbolo evocador para hablar de Dios y de su relación con los seres humanos. Era poco utilizado en tiempos de Jesús aunque lo había sido en dos momentos históricos de gran dificultad para el pueblo de Israel: el destierro de Babilonia (siglo VI a.C.) y la crisis seléucida (siglo II a.C.).

Tanto en el DeuteroIsaías (is 52,7) como en el libro de Daniel (cc. 2-7) el símbolo había servido para dar esperanza y para animar la resistencia activa al pueblo que estaba sufriendo una situación de injusticia y opresión política especialmente dura y difícil. Reino de Dios era por tanto un símbolo que procedía del ámbito socio-político de la experiencia y evocaba a quienes lo escuchaban la configuración de un tipo de relaciones más justas.

El término griego utilizado para hablar del reino de Dios (basileia tou theou), igual que el castellano, permite una traducción del término reino en dos sentidos: por una parte, connota la soberanía ejercida; y por otra, el lugar o el grupo sobre el que se ejerce. En el caso de Jesús se refiere a la soberanía de Dios ejercida como posibilidad liberadora y gratuita que se ofrece y que puede acogerse o no, pero si se acepta supone un grupo donde se hagan visibles sus efectos bienhechores.

En medio de una situación de desarraigo, endeudamiento general, y falta de horizontes como era la Palestina de la primera mitad del siglo I, Jesús se atreve a anunciar que la salvación de Dios está comenzando a ser una realidad, que la soberanía liberadora de Dios ya ha comenzado a experimentarse, y que, a pesar de las apariencias, su salvación se experimenta ya en la historia. Frente a los apocalípticos que anunciaban el mundo nuevo de Dios sólo tras la destrucción de este mundo al que veían totalmente dominado y corrompido por el mal, Jesús anuncia que la salvación de Dios ya está presente e imbricada en este mundo presente que sí tiene futuro. Su mirada era capaz de percibirla. Aunque, tal y como se aprecia en algunos de sus dichos, esperaba la plenitud del reino de Dios para el futuro, aseguraba –con sus palabras y sus obras– que la salvación ya había comenzado y que Dios ya estaba haciéndose presente en medio de su pueblo y, por tanto, que la salvación escatológica y definitiva había comenzado ya en la historia.

Para poder apreciar y experimentar esa buena noticia Jesús pedía una “metanoia”. Este concepto de metanoia –normalmente traducido por conversión– es clave para comprender el mensaje de Jesús, aún más, es su condición de posibilidad. Significa dar la vuelta, cambiar de perspectiva desde donde se mira la realidad, y es que el lugar vital y existencial donde cada persona está colocada condiciona de forma decisiva lo que percibe de la realidad. Lo que Jesús pedía era que se mirara desde otro lugar, o lo que es lo mismo, con otros valores como guía que permitieran reconocer y vivir la buena noticia de la presencia germinal del reinado de Dios. Este lugar desde donde mirar la realidad, del que Jesús afirmaba era la perspectiva de Dios, era el lugar de los más necesitados y excluidos, y las “gafas”, los valores, eran los del reino.

UN HOMBRE CON UNA EXPERIENCIA RELIGIOSA DETERMINANTE Y CONFIGURADORA

En el fondo y sustentando la novedosa y contracultural propuesta de Jesús, de sus palabras, de sus acciones, así como de su pretensión de autoridad bastante inaudita, a saber, que su ministerio y su persona estaban en estrecha relación con la llegada del reino de Dios que anunciaba, parecen haber existido tanto una toma de conciencia de la realidad como una profunda experiencia religiosa, ambas en estrecha relación. La experiencia de Dios le lleva a mirar la realidad con otros ojos y a tratar de cambiarla pues parece haber entendido que Dios la mira de otra forma –o como suele enunciarse más habitualmente, que la voluntad de Dios para la realidad y los seres humanos era otra muy distinta–. La toma de conciencia de la realidad le lleva a intuir que esa no puede ser la voluntad de Dios para los seres humanos, que esa situación no es a la que están llamados. Y esto supone a su vez una experiencia concreta de Dios, que se transparenta en sus acciones y en su enseñanza.

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