Algunas actuaciones pastorales que parecen transgresión de la ley

Jesús Copa Mota

Desde la Parroquia Santa María la Antigua, en Madrid, a petición de la revista ÉXODO, quiero relatar algunas experiencias de actuaciones pastorales, anómalas, comparadas con las que habitualmente se nos presenta en las parroquias.

Ya desde mis primeros años de trabajo pastoral en las parroquias, donde ha transcurrido mi vida sacerdotal —cualquier otra actividad que haya ejercido en la Iglesia ha sido siempre compartiendo tiempos y posibilidades con mi estancia en una parroquia—, comprendí que no tenía que ser más exigente con demandas parroquiales extralegales que con las que estaban en total normalidad legal, porque, si lo importante es la respuesta al que demanda, no encontraba diferencias sustanciales. Como decía, desde mi inicio pretendí en las demandas parroquiales que los acercamientos fueran en sinceridad mutua y hacer un diálogo sin prejuicios legales. Traté siempre bien fueran las que fueran sus situaciones; eso sí, exigiendo una definición interior de su fe. Por ejemplo, cuando vienen pidiendo casarse en la Iglesia les hago dos preguntas previas. Primera, que se quieren sin dudarlo. Y segunda, que si piden casarse por y en la Iglesia aceptan a Dios y las exigencias que tiene el matrimonio para los cristianos. A los que solicitan bautismo para su hij@, que se comprometen a educarlo en la fe en Dios y que con el bautismo lo incorporan a la Iglesia de Cristo.

También desde el inicio tenía bien comprobado que tanto los casados legalmente como los que no lo estaban tenían generalmente unas respuestas y una vida semejantes. A veces, ni unos ni otros acudían a la parroquia ni eran asiduos a la práctica dominical. Por eso no encontraba motivos para ser duro con nadie, aunque a todos les recomendaba hacer las cosas con coherencia y compromiso.

Más tarde se me han presentado casos un tanto más especiales, como matrimonios homosexuales o de lesbianas que solicitaban el bautismo para sus hij@s, o bien adoptados o hij@s de una de las mujeres de la pareja. En muchos casos con una expresión más explícita y comprometida en la educación de sus hij@s. Así que no encontré motivos para negarles el bautismo y registrarles como hijos de esas parejas del mismo sexo.

Se me han presentado casos de bendición de matrimonios que, por su situación legal, no tenían acceso al matrimonio canónico. Hablo de sacerdotes secularizados sin haber recibido la exención de su celibato por parte de la Iglesia, o de parejas divorciadas, a las que iniciar su nulidad de matrimonio conllevaba un tiempo y sobre todo un coste económico imposible para ellos. No les he negado la bendición de sus matrimonios. Mi razonamiento era el siguiente: si hay bendición para el agua, para un edificio, para un coche, para un bar, para un animal de trabajo o de compañía, ¿qué impide hacer un rito de bendición para estos matrimonios entre creyentes y dejar un mensaje cristiano en su vida de pareja?

He incorporado a la pastoral parroquial a sacerdotes secularizados o exreligiosas, no podía desperdiciar su voluntariado, su formación, su compromiso generoso, activo y creyente.

No he negado ninguna responsabilidad en el gobierno de la parroquia a personas que se ofrecieran, fuera cual fuera su estado legal según el Derecho Canónico. Tampoco he negado la comunión de la Eucaristía a ningún divorciad@, si las personas consideraban que te­nían las condiciones interiores para hacerlo. Ahora me alegro de haber procedido así, porque en la Exhortación Pastoral del Papa Francisco dice que la comunión no es un privilegio, ni un premio para “los buenos” sino pan para alimentar nuestra debilidad. Cuando alguna mujer me ha pedido confesión y entre sus vergüenzas y pesos estaba el de haber abortado, no la he mandado a penitenciarios de pecados reservados; hemos reflexionado juntos en la misericordia de Dios, que no es ruin ni vengativo como para castigarla ni para condenarla a no tener más hijos si la pareja deseaba tenerlos.

Resumiendo, no quiero caer en la tentación de creerme que todo lo he hecho bien. La duda y la debilidad son mis compañeras de fatigas, y si esto lo leyeran todas las gentes a las que he atendido, dirían que soy mentiroso, porque a ella o a él no les traté tan cordialmente, ni los acogí de la forma como solo Dios Padre es capaz de hacerlo. No he negado nunca a nadie ningún sacramento. Pero a veces, por mi manera de ser y por las condiciones del día a día que las parroquias tenemos y mantenemos, ha supuesto que algunas personas salieran rebotadas, sintiéndose mal acogidas. Tampoco han entendido, a veces, algunas normas elementales de funcionamiento pastoral como: no hacemos bodas los domingos o festivos, o no bautizamos individualmente, o los sábados no bautizamos porque son los días reservados para bodas, o su hijo ya no es un bebé, tiene que esperar a que comience la catequesis a los 7 años y en el proceso de la catequesis se bautiza, etc.

Por cierto que a la hora de concluir me viene a la mente una lectura libre de la actuación de Jesús de Nazaret frente al fariseísmo y sus preceptos. De todos es bien conocida la actitud de Jesús ante el sábado y otros mandatos rituales y cómo siempre deja meridianamente claro que el ser humano es más importante que todos esos preceptos. Así que, si a veces hacemos reflexiones descalificantes a propósito de los 613 preceptos que todo judío para ser perfecto tenía que cumplir, ¿nos hemos dado cuenta de que pasan de mil los preceptos que tenemos que cumplir para estar a bien con la legalidad de la Iglesia Institución? Me llama poderosamente la atención de que en algunas iglesias locales, diocesanas o parroquiales, se exige a los padrinos el estar confirmados… ¿y a los padres? 

 

Jesús y su familia en los evangelios. Una relación conflictiva y superadora

Evaristo Villar

En la cultura y espiritualidad cristiana domina, en general, el monolitismo referente a la familia. Se habla de la “familia cristiana” como institución unívoca que prolonga la familia modélica de Jesús. Pero, a la luz de la exégesis, ¿fue tan modélica la familia de Jesús?

1. El conflicto en la familia de Jesús

Entre la extrañeza por las obras que hace y el poco aprecio de sus paisanos por la humildad de su origen, los tres evangelios sinópticos dejan constancia de la familia nuclear de Jesús: “¿No es este el carpintero [Mt 13,55 dice “el hijo del carpintero”, y Lc 4, 22, el “hijo de José”], el hijo de María y hermano de Santiago y José, de Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas con nosotros”, Mc 6,3?1

Como atestigua Lucas en el libro de los Hechos 1, 14, parte de esta familia se encuentra en la naciente Iglesia después de la pascua. Santiago, a quien se conoce como “hermano del Señor” (Gal 1,9), presidió la Iglesia madre de Jerusalén (Hch 15,13), y, junto a Pedro y Juan, “dio la mano” a Pablo y Bernabé cuando tuvieron que acudir a Jerusalén para dar cuenta de su predicación entre los gentiles (Gal 2,9). Este dato se mantiene también durante el s. II en la tradición extracanónica2.

Pero, contrariamente a esta aparente “armonía familiar”, los evangelios sinópticos, más pegados al tiempo real de Jesús, dan algunas noticias sobre el comportamiento de la familia de Jesús antes de la pascua. Y no son precisamente apologéticas. Reflejan grandes tensiones entre Jesús y sus familiares. Una relación nada cómplice que va desde el escepticismo que refleja el evangelio de Juan (“es que ni siquiera sus hermanos creían en él”, Jn 7,5) hasta el conflicto, como veremos a continuación. El modo extraño de comportarse Jesús acaba rompiendo la armonía de la familia que llega a pensar que padece “trastorno mental”. Y, para salvar ante el pueblo su reputación, la familia se siente en la obligación de recluirlo.

La escena que cuenta Marcos (Mc 3, 21-31), seguido de Mateo y de Lucas, es paradigmática. Jesús está en casa de Pedro y una multitud, descontenta con el sistema (“no podían ni comer”), se apiña a su entorno. Pero “al enterarse los suyos se pusieron en camino para echarle mano, pues decían que había perdido el juicio… Llegó su madre con sus hermanos y, quedándose fuera, lo mandaron llamar”.

La fama de la familia, en especial de María, su madre, está en entredicho. “El hijo sensato, como rezaba el refrán popular, es alegría del padre, pero el hijo necio es pena para la madre” (Prov 10,1). En una sociedad agraria como aquella, el reconocimiento de la madre está en el número y valía de hijos varones; pero el fracaso de estos acarrea también el fracaso de la madre. Por esta razón han venido su madre y sus hermanos para retornarlo a la cordura familiar.

Entre la multitud, sentada en semicírculos a los pies de Jesús, alguien le pasa el aviso: “Tu madre y tus hermanos te buscan ahí fuera”. Ni siquiera entran para no hacerse cómplices de sus extravíos. Sin inmutarse, Jesús reacciona con una pregunta: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?”. A nadie, y menos a su madre, le podía dejar buen estómago esta respuesta. Si no fuera por la aclaración que, después de observar la reacción del auditorio, él mismo hace, cabría pensar en una grave desconsideración con su familia y hasta de una humillación pública de su madre. Pero no parece ser esa la intención de Jesús. En su respuesta deja claro que lo que más profundamente vincula a los seres humanos no es el origen, sino la participación en el mismo proyecto. “Mi madre y mis hermanos, dice, son quienes se ponen en camino para hacer lo que Dios anhela”. La participación en el Reino de Dios, viene a decir, no se funda tanto en la sangre o la carne, representada allí por su madre, cuanto en el proyecto de fraternidad que constituye a la gente por igual en hermanos y hermanas.

Reforzando esta escena emblemática de la casa de Pedro  —pero ahora sin la presencia de los familiares directos— está esta otra que narra exclusivamente Lucas en 11, 27-28. Para todo el mundo es notorio que el establishment judío no soporta de buen grado la transformación física y mental de la gente que sigue y oye los discursos de Jesús. El poder oficial le acusa de magia por la terapia que practica y le exige señales del cielo para acreditar el origen divino de sus poderes. En estas, una mujer que lo viene siguiendo y conoce perfectamente el bienestar y la esperanza que infunde en las masas, grita mirando a Jesús y contra la ceguera de los dirigentes: “dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron”. Jesús no la desmiente, pero aclara en seguida que la dicha, aun de esa madre afortunada, no está tanto en la vinculación natural con él, sino en la fidelidad de ambos al proyecto global de Dios: “Dichosos, mejor, los que escuchan el mensaje de Dios y lo cumplen”.

Mantener estos datos conflictivos, contra la poderosísima tendencia de esa primera época cristiana a convertir a Jesús en leyenda y objeto de culto es, a juicio de Gerd Theissen, profesor de Nuevo Testamento en Heidelberg, un buen indicio de su historicidad3.

2. Apuntando directamente a las causas

El extraño comportamiento de Jesús con su madre y sus hermanos apunta directamente a las causas: su modelo de familia, como luego veremos, no coincide con el que ellos representan. El de Jesús es justamente la alternativa a la familia patriarcal. Frente a la dependencia y sumisión de la primera, Jesús apuesta abiertamente por la autonomía y la igualdad en las funciones y en los sexos. Veamos algunos ejemplos paradigmáticos:

. El referente a la paz y la espada, en Lc 12 51-53: “¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? Os digo que paz no, sino división. Porque, de ahora en adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; se dividirá padre contra hijo e hijo contra padre, madre contra hija e hija contra madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra”. La decisión a favor o en contra de Jesús está causando, en las comunidades de Lucas, una división profunda en el seno de las familias. No hay paz, sino guerra porque, en el fondo, se están enfrentando dos proyectos alternativos, el de la verticalidad patriarcal y el de horizontalidad del proyecto de Jesús. Y todo esto se manifiesta tanto en el conflicto generacional que enfrenta a los hijos con los padres como en el conflicto de género que rompe la dependencia de las mujeres frente a los varones.4

. Odiar a la propia familia (Lc 14, 26). La expresión, para nuestra sensibilidad, resulta hiriente. No nos está permitido odiar a nadie y menos a la propia familia. Tampoco, así como suena, encaja bien en el pensamiento real de Jesús. Este aparece más certeramente expresado en este dicho a propósito de los enemigos: “Os han enseñado que se mandó: amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos” (Mt 5, 43). Los paralelismos con otros lugares del Antiguo y Nuevo Testamento han inclinado a los exégetas a traducir el verbo griego “miseo” (odiar) por “amar menos” o “amar más” (como en Mt 10,37). Las nuevas Biblias castellanas5 entienden adecuadamente la opción alternativa por el seguimiento de Jesús al traducir este semitismo por “preferir”: ”Si uno quiere ser de los míos y no me prefiere a su padre y a su madre…”. Superado este semitismo, estamos, como en el dicho anterior sobre la paz y la espada, ante la doble ruptura generacional y de género. Ante el peligro de convertir la familia en gueto privilegiado y clasista, excluyente de los extraños y frecuente foco de egoísmo colectivo y posesivo, Jesús ofrece un proyecto de familia abierta, levantada sobre la gratuidad y la universalidad6.

. El divorcio o la igualdad del hombre y la mujer (Mc 10, 11; Mt 19, 8; Lc 16,18). Los tres evangelios sinópticos reflejan este dicho de Jesús. Pero, mientras Marcos lo acomoda a la mentalidad grecorromana, más liberal, Lucas se mantiene más pegado a la tradición androcéntrica judía: “Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio; y el que se casa con una repudiada comete adulterio”. Como afirma Dominic Crossan7, Jesús no se opone directamente al divorcio, sino a la legislación judía que lo convierte en privilegio exclusivo del varón. En este contexto jurídico, contra el que Jesús reacciona, se rompe el proyecto ideal del Génesis 2, 24 que apunta a la constitución, desde el amor, de un solo ser sin sometimientos ni dominios en la pareja. La ley judía está siendo injusta porque deshumaniza a la mujer y a toda la familia sometiéndolos al capricho y dominio del patriarca. El conflicto, una vez más, surge entre la igualdad que propugna el Reino y el sometimiento vigente en la familia patriarcal, reflejo, a su vez, del dominio de la clase dominante sobre el pueblo.

3. La alternativa de Jesús o la familia Dei

El tipo de familia que propone Jesús es en definitiva una respuesta crítica y, a la vez, una propuesta alternativa al modelo patriarcal vigente. Surge como reacción espontánea a la provocación ética que está generando la realidad sociopolítica y religiosa de la Galilea de su tiempo. Una realidad impuesta desde el poder que está dejando fuera de las instituciones oficiales a mucha gente. No podía ser nunca bueno un sistema que ignora y excluye a la mayoría social. Y la familia androcéntrica y patriarcal, que reproduce en el espacio doméstico este mismo desajuste social, es, por este motivo, rechazable. La alternativa de Jesús apuesta por una forma de articulación social que, invirtiendo el (des)orden establecido por las instituciones oficiales del imperio y del templo, comienza desde abajo, desde las víctimas que estas mismas instituciones están creando. Su propuesta o tipo de familia que Jesús propone y pone él mismo en marcha se concentra en lo que él mismo consideraba la familia Dei8. En esquema, se reduce a las dos claves siguientes:

Frente a la familia patriarcal fundada sobre la propiedad de los bienes y de las personas que se convierte en un sistema cerrado, excluyente, y frecuentemente posesivo, el nuevo proyecto se levanta sobre la sociabilidad y la gratuidad de los bienes y las personas, abierto a la inclusión y la universalidad. Y frente a la verticalidad que se impone desde arriba y reproduce el viejo (des)orden de autarquía y sumisión, Jesús propone un nuevo tipo desde abajo que se levanta desde la autonomía e igualdad de todos los miembros. Al poder monárquico y absoluto de la figura del padre que todo lo somete y domina se opone la toma de conciencia de la igual dignidad desde la que todas y todos son hermanos: “vosotros, en cambio, no llaméis a nadie ‘padre’ vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro ‘Padre’: el del cielo” (Mt 23, 9).

De entre la multitud de gente que lo seguía, algunas personas se comprometen con el nuevo modelo. Provienen desde distintas situaciones. Un colectivo amplio lo constituyen los que nada tienen, víctimas del sistema; otros lo hacen por vocación.

El primer grupo lo constituyen los que Holl calificó de “malas compañías”, es decir, los pobres y mendigos, los sin hogar y sin tierra, desarraigados y siempre en camino. Entre los segundos se cuentan los que, por opción, han dejado casa, hacienda o familia. Unos y otros van creando en torno a Jesús círculos de pertenencia de forma espontánea, desde los “meros oidores de su palabra” y los discípulos y discípulas que lo siguen de forma itinerante entre las aldeas hasta los mismos labradores que ponen su casa y sus bienes a disposición de los que anuncia un nuevo estilo de vida, el del Reino de Dios.

Una reflexión final

Pretender trasladar la realidad de hoy al evangelio y querer descubrir en él la presencia explícita de todos y cada uno de los tipos de convivencia que hoy se dan, es, quizás, demasiado artificial. Pero tampoco sería correcto dejar tanta vida fuera del evangelio.

Hay, a mi modo de ver, dos instancias desde las que todos estos tipos de familia entran por la puerta grande en la nueva Familia de Jesús o Familia Dei: desde la situación de exclusión, rechazo y marginación de la que —si no jurídicamente en algunos países— están siendo objeto sociopolítica y religioso-culturalmente en la “buena sociedad” y en las viejas iglesias. Son ellos hoy aquellas “malas compañías” de las que quiso rodearse Jesús en su día. Esto en primer lugar. Y, luego, desde el principio del amor, omnipresente en todos los rincones de los evangelios9. También hoy se puede oír la propuesta de Jesús: “amadlos como yo los he amado”.

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[1] No voy a entrar en este trabajo en el tema  de la filiación de Jesús, de la que sus paisanos no parecen dudar, ni en el significado preciso del término “hermanos” en los evangelios canónicos. Para el propósito que persigo, me basta el concepto genérico de familia. Para una mayor precisión,  cfr. Antonio Piñero, Guía para entender el Nuevo Testamento, Trotta, 2006, p.174ss. 

[2]  Cfr. El Evangelio según Tomás, llamado “el quinto evangelio” 12,  en  Aurelio de Santos Otero, Los evangelios apócrifos,  BAC, 1988, p. 691;  y el fragmento 6 del Evangelio a los Hebreos recogido por Antonio Piñero en Todos los evangelios, Edaf, 2009, p. 622.  

[3] Cfr. Gerd Theissen y Annett Merz, El Jesús histórico, Sígueme 1999, p. 142.

[4] De este conflicto también se hace eco el Evangelio de Tomás, pero ignorando llamativamente la división de género.  Cfr. Aurelio de Santos Otero, Los evangelios apócrifos 16, p. 692.

[5] Cfr. L. Alonso Schökel y Juan Mateos en la Nueva Biblia Española, Cristiandad, 1975.   

[6]El Evangelio según Tomás recoge en varios lugares este dicho de Jesús, números  55 y 101. En este último, incompleto, destaca la supremacía del seguimiento de Jesús desde el reconocimiento del importante papel que han tenido sus padres, y,  en concreto, el de su madre, por haberle dado la vida.  cfr. Antonio Piñero, Todos los evangelios, p. 430. Cfr. también, Xabier Pikaza, El hijo del hombre. Historia de Jesús Galileo, Trant lo Blanch, 2007, pp. 268-269.

[7] Cfr. John Dominic Crossan, Jesús: Vida de un campesino judío, Crítica, 1994, p. 350.

[8] Cfr. J. Jeremías en Teología del Nuevo testamento, I, Salamanca, 1985, pp 200-101. En esta imagen, el padre de familia (oikodespotes) es el Padre del cielo, el primogénito,  hecho hombre, viene a ser el Señor de la casa, y los/as que deciden seguirle son todos y todas hermanos.

[9] Es tan omnipresente este principio que hasta la misma ciencia lo está descubriendo como componente fontal de toda realidad, como afirma el ciéntífico y teólogo irlandés Diarmuid O’Murchu: “No hay límites para la energía del amor, que engendra siempre formas de vida superiores  y más complejas, y en ese mismo engendramiento nos damos cuenta de una cualidad esencial benigna con la que está dotada toda la realidad, ante la que la “perpetuación de las especies” y “la supervivencia del más apto” se convierten en fuerzas motivadoras de importancia secundaria”, en Teología cuántica. Implicaciones espirituales de la nueva física”, Editorial Abya Yala, 2014, p. 217.

La Iglesia, pueblo de Dios, convocada a dar respuesta a los retos de la familia actual

Benjamín Forcano

El Evangelio de la familia, tema para el Sínodo de 2015

El tema elegido para el Sínodo del 2015 trata de: “Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización”. El documento preparatorio, si atendemos al cuestionario enviado y a las respuestas recibidas, se elabora sobre tres puntos fundamentales: 1. El Evangelio de la Familia hoy. 2. Situación familiar actual. 3. Sus desafíos y propuestas.

La Iglesia católica siempre se ha ocupado de la familia, dándole un puesto prioritario y eminente, por ser núcleo vital de la sociedad y de la comunidad eclesial. Es, dice el Documento, “parte integrante de su misión”.

Analizado el documento -que será el Intrumentum Laboris del Sínodo de 2015-, me propongo hacer algunas reflexiones.

El Evangelio de la Familia

1. Cristo manfiesta el hombre al propio hombre

No hay duda de que, como cristianos, la revelación de Dios es para nosotros luz que nos guía en la comprensión de la relación entre el hombre y la mujer, su amor y la fecundidad de esta su relación. El Vaticano II nos repite que “Cristo manifiesta el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (GS, 229). En sintonía perfecta, el Instrumentum Laboris asume esta verdad: “El fundamento del anuncio de la Iglesia acerca de la familia radica en la predicación y vida de Jesús”. “El amor de Dios resplandece de modo peculiar en la familia de Nazaret, punto de referencia seguro para toda familia. En ella brilla el amor verdadero, al que deben mirar todas nuestras realidades familiares, para obtener luz, fuerza y consolación”.

2. El seguimiento de Jesús, norma para todo cristiano y para todo matrimonio y familia

1. La vida de toda persona cristiana tiene como cimiento el seguimiento de Jesús. 2. El seguimiento de Jesús es para vivir como Él y hacer propios su proyecto, valores, opciones y comportamiento. Lo que hoy necesitamos, en este Occidente “cristiano”, para una nueva economía y política, para una convivencia más igualitaria, justa y fraterna, para unos matrimonios más estables, responsables y libres, es un cuadro de valores que debieron sernos sagrados e intocables y que hoy se los ha atropellado o diluido en la marea ingobernable del neoliberalismo consumista.

Frente a la simplicidad y seducción del Evangelio, nos hemos entretenido en imponer normas que atemorizaban más que atraían a la gente: “La moral cristiana, recalca de nuevo el Papa Francisco, no es una moral estoica, es más que una ascesis, no es una mera filosofía, ni un catálogo de pecados y errores”. “Sin amor, el edificio moral de la Iglesia puede convertirse en un castillo de naipes” (GE, cfr. 25-39).

3. Qué hacer para seguir a Jesús

Los evangelistas no pueden ser más claros: hablan de quienes quieran seguir a Jesús y explican qué deben hacer para ello.

Primero, Se trata de abrazar un proyecto que coloca en el centro de la vida los valores por los que Jesús ha luchado y vivido y que, inevitablemente, entrarán en conflicto con los valores de otros proyectos, que supondrán afrontar la incomprensión, la malquerencia, la persecución e incluso la muerte. A Él, esto le supuso la desaprobación y rechazo de los poderes establecidos de su tiempo, civiles y religiosos.

Segundo, Jesús sabe que a sus seguidores les va a tocar actuar en circunstancias parecidas, y se lo deja dicho: “Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío”. Tener que llevar la cruz de Jesús adviene por seguirle, por adoptar su estilo de vida. No hay que buscarla, vendrá como una consecuencia impuesta por otros: “Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os expulsen y os insulten y propalen mala fama de vosotros por causa de este Hombre. Alegraos ese día” (Lc 6, 22-23).

Tercero, el seguimiento de Jesús tiene sentido porque anunciamos y practicamos un proyecto de convivencia distinto, con unos valores que tocan lo más genuino del ser humano. Valores que están a la vista en las páginas del Evangelio:

1. Todos vosotros sois hermanos y, si hermanos, iguales, y, si iguales, merecedores de mismo trato y amor.

2. El que aspire a ser el mayor, que sea servidor de todos. Que nadie se tenga en más que nadie; la soberanía de quien me sigue está en servir, no en mandar.

3. Los últimos son los primeros. Debéis tener como predilectos a los últimos, ellos son los preferidos de Dios y, para Él, serán los primeros.

4. Hacer un bien a los más pequeños es como hacerlo a mí mismo. Los pobres son mis vicarios: los que me representan y hacen mis veces.

5. Y la sentencia última de la vida se hará en base a cómo os habéis portado con mis hermanos los más pequeños.

Si esto es lo primero, si de ello vivimos y con ello actuamos, estoy seguro que sabremos aplicarlo en el matrimonio y en la familia y encontrar solución a los problemas y desafíos -matrimoniales y familiares- que en ella se nos vayan planteando.

4. La enseñanza y pautas del Magisterio

Es éste otro punto por el que, según el Documento Preparatorio, llega la manifestación del designio de Dios acerca del matrimonio y de la familia. Y, a decir verdad, el Magisterio eclesiástico ha seguido pegado a esta realidad, acompañándolo con multitud de declaraciones. El contenido del cuestionario enviado, este Magisterio se limita con buen sentido a lo enseñado en el Concilio Vaticano II (Documentos) y a otras declaraciones, todas ellas posteriores al concilio.

Seguramente en la mente de los recepcionistas del Cuestionario ha estado presente la postura de la Iglesia que, hasta las vísperas mismas del concilio, se expresaba con ideas y planteamientos desfasados e inmóviles, reflejo no del Evangelio, sino de paradigmas culturales del pasado. Dichos planteamientos han sonado en la enseñanza de la Iglesia, han llegado a los fieles, no se los ha cumplido mucho en la práctica y serán un plato fuerte para los padres sinodales, que habrán de discernir entre la escucha de las voces del “pueblo de Dios” y el acatamiento de las normas de ese Magisterio.

He tenido oportunidad de ver las respuestas que, sobre el Cuestionario, han enviado a Roma las Conferencias de Alemania, Francia, Bélgica, Suiza y Japón. En el parangón de las respuestas hay diferencias. Pero, respecto a preguntas sobre el conocimiento y aceptación del Magisterio sobre diversos temas, hay una fuerte coincidencia. Me limito a reproducir las respuestas dadas por la Conferencia Episcopal Alemana, indicativa de otras muchas, ya que todas ellas, de una manera u otra, ponen el dedo en la misma llaga.

Primera pregunta: ¿Cuál es el real conocimiento… de la Gaudium et Spes, de la Familiaris Consortio, y de otros documentos del Magisterio post-conciliar sobre el valor de la familia según la Iglesia católica?

Los documentos eclesiales son desconocidos, o conocidos por unos pocos y por lo tanto de poca importancia para la conducta personal. La mayoría de los creyentes piensan que la Iglesia tiene, por un lado, una actitud pro familia, pero por otro lado, posee una moral sexual lejana de la vida real.

Allí donde es conocida la enseñanza de la Iglesia, ésta es aceptada de modo parcial. La idea del matrimonio como sacramento, que comporta la fidelidad y exclusividad del cónyuge, así como la transmisión de la vida, es algo normalmente aceptado por los que se casan en la Iglesia… En cambio, las afirmaciones de la Iglesia sobre las relaciones sexuales prematrimoniales, la homosexualidad, los divorciados vueltos a casar, y el control de la natalidad, son temas que encuentran poquísimos consensos o son rechazados abiertamente.

Segunda pregunta: ¿Es comúnmente aceptado, en cuanto tal, el concepto de ley natural en relación a la unión entre el hombre y la mujer, de parte de los bautizados en general?

El concepto de “ley natural” también es familiar para la mayoría de los fieles, pese a que en algunas respuestas, los creyentes rechazaron expresamente responder esta pregunta, diciendo que este concepto les resulta simplemente desconocido. Como resultado, muchos aspectos de la moral sexual de la Iglesia, en particular, las declaraciones del Magisterio respecto a los métodos de anticoncepción y sexualidad extraconyugal no se entienden o no son compartidas por la mayoría de los creyentes.

Tercera pregunta: ¿Es una realidad pastoral relevante en la Iglesia particular la convivencia ad experimentum? ¿Es posible estimar numéricamente un porcentaje?

-Convivencia prematrimonial: Casi todas las parejas que piden el matrimonio religioso ya conviven desde hace años (se estima que va desde el 90% al 100%). Esta realidad es valorada de modo positivo por los católicos, más o menos igual que el conjunto de la población, como lo demuestra una reciente encuesta. También aumentan los matrimonios de parejas que ya tienen hijos. Pero la convivencia no se ve tanto como un “experimento”, sino como un momento normal, una etapa preliminar del matrimonio, que es vivida como la oportunidad de afianzar la relación y en segundo momento contraer matrimonio, si es que la relación es estable…

-La convivencia de hecho, sin reconocimiento civil o religioso, es un fenómeno en crecimiento. En Alemania, de las parejas heterosexuales, que forman un mismo hogar, en el 2012, el 87% eran casadas y el 13% eran parejas de hecho. Los católicos en Alemania aceptan, sin mayores problemas, la convivencia de parejas no casadas. En este sentido sólo un 3% asume un estricto rechazo al respecto.

-También los separados y divorciados vueltos a casar. En Alemania uno de cada tres matrimonios termina en divorcio, aunque recientemente el número total anual de divorcios va a la baja. Algunos estudios concluyen que los matrimonios de los católicos son un poco más estables que el promedio.

-Los bautizados no viven su situación como una condición irregular. En este contexto, ellos sin duda rechazan los términos “regular” e “irregular”, porque son términos percibidos como marginadores y discriminadores, especialmente respecto a las familias, que de todos modos ya se enfrentan con difíciles condiciones de vida. Ellos juzgan la separación que se ha producido y la creación de una nueva relación como moralmente justificada y, por el contrario, a veces sostienen que sería un pecado permanecer en una relación insostenible.

La mayoría de los católicos, incluso los que viven en un matrimonio intacto, no pueden entender la enseñanza de la Iglesia sobre este punto. Es más, exigen una pastoral basada en el respeto frente al problema de la conciencia del individuo y una actitud misericordiosa en relación al quiebre, que permita un nuevo comienzo y la readmisión a los sacramentos, en particular a la Eucaristía. Ellos, subrayan, que en general, en una nueva relación también se viven los valores cristianos, como el amor, la lealtad, la responsabilidad en la pareja y con sus hijos. La readmisión a los sacramentos es pedida, sobre todo, por los católicos que participan en la vida parroquial.

Cuarta pregunta: ¿Existe en el país una ley civil de reconocimiento de las uniones de personas del mismo sexo equiparadas, de algún modo, al matrimonio?

Desde el año 2000, en Alemania existe el Instituto de Uniones Civiles Registradas, abierto a las parejas del mismo sexo y que en los últimos años han sido casi equiparadas al matrimonio. El derecho de adoptar niños, actualmente está reservado solo para las parejas unidas en matrimonio. En 2012 había 32.000 uniones civiles registradas en Alemania y 17.992.000 parejas casadas.

Los obispos alemanes se han expresado en repetidas ocasiones contra la igualdad jurídica del matrimonio y de las uniones registradas, señalando que el matrimonio tiene una importancia diferente, porque está orientado a la concepción de los hijos y a la formación de una familia y que esto debería estar expresado también en el estatus jurídico de las respectivas instituciones. En el futuro, se prevé una discusión respecto a si las dos instituciones jurídicas deberían ser transformadas en una única institución: “matrimonio”, abierto ya sea a las parejas heterosexuales como a aquellas homosexuales. Aquí también la Iglesia católica toma una posición abiertamente negativa y amonestadora, porque ve una equiparación de cosas que “per se” son diferentes.

En general para los católicos alemanes, la tolerancia y el respeto individual hacia las personas homosexuales es muy importante. En este contexto, existe en los católicos alemanes una clara tendencia a admitir, como un imperativo de justicia, el reconocimiento legal de las uniones homosexuales y la igualdad de trato respecto al matrimonio. En cambio, la apertura del matrimonio, en cuanto tal, a parejas homosexuales, es más bien rechazada. Sin embargo, muchos creen que es justo y positivo ofrecer un rito de bendición a las parejas homosexuales.

Historicidad del Magisterio eclesiástico

Las respuestas mantenidas por el Magisterio serán seguramente el punto que más discusión suscite en el Sínodo. Por una doble razón: porque se las ha mantenido contra viento y marea, al margen del sentir del pueblo y, en especial, al margen de las búsquedas y propuestas de numerosos teólogos moralistas y pastoralistas, que ya habían formulado antes, durante y después del concilio.

La indiferencia y alejamiento de muchos planteamientos y normas del Magisterio es un hecho evidente y fue enconándose con el paso del tiempo. Estaba en juego no el Evangelio sino en unos paradigmas culturales que no expresaban la verdad de esos temas de acuerdo con los nuevos resultados de las ciencias.

El Evangelio es universal, la vida de Jesús nos proporciona principios y valores que valen para todo tiempo, pero al darles encarnación y expresión concretas, resultan relativos y mudables, pues tras una formulación de la Patrística o de la Edad Media, se encuentran presupuestos científicos, antropológicos y filosóficos, cosmológicos, que pueden ignorar o contradecir dimensiones y propiedades del ser humano, que nunca lograremos poseer totalmente. Esta tarea no es ajena al Evangelio, pero no viene descrita por él. Y entonces resulta lógico e inevitable que el evangelizador, al resolver problemas y situaciones concretas, lo haga con el uso y recursos que le prestan las ciencias humanas, las cuales, lejos de sospechar, impedir o negar la fe, le ayudan a explorar ese ámbito de verdad, propio de la inteligencia y del saber humano.

Quiere esto decir que la Iglesia deberá compartir la verdad del Evangelio de la familia con la verdad de las ciencias, ya que ellas tienen autonomía y método propio y no deben ser suplantadas por la teología. Es, creo, lo que en los 50 últimos años –colaboración entre las ciencias y la teología- no se ha dado, por considerarse la Iglesia poseedora y portadora de toda verdad.

En medio de los cambios culturales de nuestro tiempo, sería absurdo volver al lenguaje y fórmulas del pasado, aferrándonos a una verdad monolítica, sin atender al contexto actual y a las circunstancias propias de nuestra época y de cada sujeto humano, que marcan el ritmo y grado de su crecimiento: “Más que el temor a equivorcarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en unas estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite: ´Dadles vosotros de comer´” (Mc 6, 37. (EG, Nº 46-49).

La familia: una perspectiva jurídica

Mª Pilar Sánchez Álvarez

Día 1 de septiembre. Empieza el nuevo curso. Me reincorporo a mi despacho y al conectarme al correo electrónico me llega esta convocatoria: “El día tres de septiembre comparece en calidad de imputada ante la justicia Ana Gomendio, consejera delegada del IVIMA por la venta de 3000 viviendas públicas al fondo buitre Goldman Sachs–Azora. Los delitos que se le imputan son los de prevaricación y malversación de caudales públicos. Nada de esto es nuevo, desde hace ya más de un año la PAVPS ha venido denunciando a través de múltiples acciones y manifestaciones la venta de estas tres mil viviendas a un precio inferior al que costaron, lo que ha supuesto una pérdida patrimonial para tod@s l@s madrileñ@s. Vender las viviendas a los fondos buitres con los inquilinos dentro sin respetar sus derechos como adjudicatarios de estas viviendas públicas es un escándalo de proporciones mayúsculas que tenemos que frenar”.

Y vinieron a mi memoria los rostros de padres, madres, sus hijos, es decir, de familias víctimas de esta venta de viviendas. De personas y familias defraudadas por los poderes públicos, encargados de su protección.

Y no pude por menos que pensar: ¿cuántos derechos vulnera este comportamiento? Obviamente, el artículo 47 de la Constitución española de 1978 que establece que “todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada”, estableciendo la obligación de los poderes públicos de promover las condiciones necesarias para hacer efectivo este derecho, pero también el artículo 39 de la Constitución Española: “1. Los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia. 2. Los poderes públicos aseguran, asimismo, la protección integral de los hijos, iguales éstos ante la ley con independencia de su filiación, y de las madres, cualquiera que sea su estado civil. La ley posibilitará la investigación de la paternidad”.

La familia es mucho más que un concepto jurídico que goza de una especial protección porque no sólo es una “comunidad de amor y solidaridad” sino que es la base de la sociedad y, según afirma Ralph Linton en su obra El estudio del hombre, “todos los sistemas sociales conocidos contienen instituciones que corresponden, de modo general a lo que llamamos familia”1.

La familia no se presenta como un concepto perfecto, cerrado e inmutable, sino que es dinámico, sobre el que todas las legislaciones han convenido en la necesidad de su protección, aunque en el momento actual el derecho se enfrenta al gran reto de proteger a todos los tipos de familia por igual, aun cuando haya algunas a las que la legislación no reconozca como tales, pero la sociedad sí y los vínculos que se crean entre sus miembros son idénticos a los de la familia tradicional. Se ha llevado a cabo un cambio importante de las estructuras familiares y nos encontramos con familias extendidas, alternativas, familias que implican la convivencia estable sin matrimonio (con o sin hijos) monoparentales, familias integradas por personas del mismo sexo (con o sin hijos) y familias tradicionales. Así, establecer quién es parte de una familia y cuál es la realidad que debe ser tutelada por el Derecho es el gran reto que éste tiene ante sí2.

Esta protección a la familia, que en el derecho español se recoge en el artículo 39 de nuestra Constitución, se inspira en diversas normas del Derecho Internacional. Así, la Declaración Universal de Derechos Humanos de 10 de diciembre de 1948 dispuso que “la familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado” (art. 16.3).

En este mismo sentido, el artículo 10 del Pacto Internacional de Derechos económicos, sociales y culturales, de 16 de diciembre de 1966 protege a la familia cuando establece que: “Se debe conceder a la familia, que es el elemento natural y fundamental de la sociedad, la más amplia protección y asistencia posibles, especialmente para su constitución y mientras sea responsable del cuidado y la educación de los hijos a su cargo. El matrimonio debe contraerse con el libre consentimiento de los futuros cónyuges”.

En sentido muy similar se expresa el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de 1966, en su artículo 23, que recoge también esta rotunda protección a la familia, reconociéndola como “el elemento natural y fundamental de la sociedad” que tiene así mismo, “derecho a la protección de la sociedad y del Estado”. 2. Se reconoce el derecho del hombre y de la mujer a contraer matrimonio y a fundar una familia si tienen edad para ello. 3. El matrimonio no podrá celebrarse sin el libre y pleno consentimiento de los contrayentes. 4. Los Estados Partes en el presente Pacto tomarán las medidas apropiadas para asegurar la igualdad de derechos y de responsabilidades de ambos esposos en cuanto al matrimonio, durante el matrimonio y en caso de disolución del mismo. En caso de disolución, se adoptarán disposiciones que aseguren la protección necesaria a los hijos.

Si nos centramos en el ámbito europeo, la Carta Social Europea de 18 de octubre de 1961 recoge también la protección a la familia: “a fin de realizar las condiciones de vida indispensables para un pleno desarrollo de la familia, célula fundamental de la sociedad, las Partes contratantes se comprometen a promover la protección económica, jurídica y social de la familia, en particular por medio de prestaciones sociales y familiares, de apoyo a la construcción de viviendas adaptadas a las necesidades de las familias, de ayuda a los matrimonios jóvenes o de cualquier otra medida adecuada” (art. 16).

La Unión Europea, pese a reconocer que no tiene competencia para legislar en materia de familia, ni que en ningún documento conste una definición de la “familia europea” sí que ha entendido la idoneidad de regular aspectos como la conciliación de la vida familiar y la vida profesional, la igualdad profesional entre hombres y mujeres, así como sobre la protección y el desarrollo de la infancia.

La preocupación para la Unión Europea se centra en la necesidad de definir las líneas directrices de una política familiar integrada, que respete la libre elección de los padres, supere el enfoque estrictamente económico de las políticas que sean exclusivamente de prestación y sea una política familiar voluntarista, coherente y coordinada que ponga al niño en el centro del debate europeo y reconozca sus derechos (Informe sobre la protección de la familia y del niño (A4-004/99), p. 22)3

El Comité Económico y Social Europeo, en su dictamen sobre “el papel de la política familiar en el cambio demográfico: compartir las mejores prácticas entre los Estados miembros (2011/C 218/02) 1.1. recoge que “las políticas familiares que se llevan a cabo en Europa tienen fuentes de inspiración y contenidos diferentes, pero un objetivo común: apoyar a las familias. Las políticas nacionales y regionales más globales, las políticas de inversión y de formación, de vivienda y de empleo, pueden hacer de este o de aquel Estado miembro o de esta o de aquella región un territorio atractivo para las familias y constituir un medio ambiente favorable para ellas”.

De conformidad con lo que afirmábamos anteriormente, si bien es cierto que no existe un concepto de familia, sí que se le reconoce un papel importante como “portadora de elementos favorables al desarrollo económico y al equilibrio social” al menos desde cuatro puntos de vista concretos:

1. La familia es un lugar de solidaridad afectiva, económica y social que a muchos les permite reaccionar mejor a los avatares de la vida económica.

2. La familia es un lugar de creación económica directa, porque está en el origen de lo que los economistas denominan “capital humano”.

3. También es preciso destacar el papel de la familia en el valor del “capital humano” gracias a la educación dada, los valores transmitidos, el apoyo y el estímulo que transmiten los padres a los hijos, etc.

4. La familia es un agente que estimula la economía perdurablemente y que moviliza las capacidades económicas de los padres para atender a las necesidades de la familia.

Dictamen del Comité Económico y Social Europeo sobre “La familia y la evolución demográfica” (SOC 245 – CESE 55/2007), p. 12.

La Unión Europea, pese a querer alejarse de esa imagen en muchos de sus documentos, afronta la protección de la familia desde la necesidad de su estabilidad para contribuir a la estabilidad de la economía.

Como ya hemos expuesto, los poderes públicos tienen la obligación de proteger a la familia, pero no son los únicos. El Código Civil también establece la obligación de los cónyuges de “actuar en interés de la familia”, vinculándose así familia y matrimonio, familia y pareja. Desde la perspectiva del Derecho nos podríamos preguntar si sólo hay familia si existe matrimonio, o al menos convivencia como unión de hecho (inscrita en un registro). El Derecho debe garantizar la igualdad de todos los españoles ante la Ley y de conformidad con esta obligación contenida en el artículo 14 de la Constitución, no puede existir discriminación. La convivencia estable, que genera no sólo vínculos afectivos, sino también económicos, que produce efectos frente a terceros es una realidad que la legislación reconoce, protege y regula. Siempre y cuando quede plasmada en algún registro. Pero la mera convivencia no produce los mismos derechos (por ejemplo, pensemos en una pensión de viudedad) ni genera los mismos efectos frente a terceros. Ahí encontramos uno de los grandes retos a los que se enfrentan el Derecho y la sociedad.

La Constitución de 1978, en su artículo 32, afirma que “el hombre y la mujer tienen derecho a contraer matrimonio con plena igualdad jurídica. La ley regulará las formas de matrimonio, la edad y capacidad para contraerlo, los derechos y deberes de los cónyuges, las causas de separación y disolución y sus efectos”.

La legislación española regula el matrimonio entre personas del mismo sexo, recogiendo el sentir de la sociedad que ya había plasmado una resolución del Parlamento Europeo de 8 de febrero de 1994 en la que expresamente se pedía a la Comisión Europea que presentase una propuesta de recomendación a los efectos de poner fin a la prohibición de contraer matrimonio a las parejas del mismo sexo y garantizarles los plenos derechos y beneficios del matrimonio.

Así, nos adentramos en la perspectiva jurídica del matrimonio. El matrimonio tendrá los mismos requisitos y efectos cuando ambos contrayentes sean del mismo o de diferente sexo. Y, en todo caso, los cónyuges tienen la obligación de “actuar en interés de la familia” (artículo 67 del Código Civil). Comparto en este punto con ustedes la perplejidad que año tras año sufro cuando en el módulo que sobre derecho de familia imparto en un máster, un grupo numeroso de alumnos desconoce las obligaciones que conlleva este artículo 67, es decir, que conlleva el matrimonio:

A. Los cónyuges son iguales en derechos y deberes (artículo 66 del Código Civil).

B. Los cónyuges deben respetarse y ayudarse mutuamente y actuar en interés de la familia (artículo 67 del Código Civil).

C. Los cónyuges están obligados a vivir juntos, guardarse fidelidad y socorrerse mutuamente. Deberán, además, compartir las responsabilidades domésticas y el cuidado y atención de ascendientes y descendientes y otras personas dependientes a su cargo (artículo 68 del Código Civil).

D. Se presume, salvo prueba en contrario, que los cónyuges viven juntos (artículo 69 del Código Civil).

E. Los cónyuges fijarán de común acuerdo el domicilio conyugal y, en caso de discrepancia, resolverá el Juez, teniendo en cuenta el interés de la familia (artículo 70 del Código Civil).

F. Ninguno de los cónyuges puede atribuirse la representación del otro sin que le hubiere sido conferida (artículo 71 del Código Civil).

La forma exclusiva y excluyente de matrimonio en España desde los Decretos del Concilio de Trento hasta la Ley de matrimonio civil de 1870, fue la canónica. Con la aprobación de la Constitución de 1978, el Código Civil equipara la forma de contraer matrimonio civil a la canónica, produciendo ambas formas de celebración los mismos efectos.

Con relación a la ruptura del matrimonio, la legislación ha sufrido grandes transformaciones. Así, actualmente desde la reforma incorporada por la Ley 15/2005 se establece que la separación o el divorcio puede solicitarse por ambos cónyuges o por uno solo de ellos, una vez transcurridos tres meses desde la celebración del matrimonio, derogándose el artículo 82 del Código Civil que elimina todo elemento causal, sea por hechos culposos o por cese de la convivencia. Todavía en los despachos de abogados matrimonialistas esbozamos una sonrisa cuando algún cónyuge acude a nosotros y apasionadamente nos dice: “ni yo ni nadie le concederá el divorcio, es una mala madre”, la frase resuena antigua, pero la preocupación surge cuando esta afirmación parte desde la convicción profunda de la persona.

La evolución en materia de separación, nulidad y divorcio asiste a la incorporación de nuevas fórmulas para la resolución de los conflictos de pareja y familia, como la mediación. El Derecho, permeable a las aportaciones de otras ciencias, como la psicología, valida los acuerdos adoptados por los cónyuges a través de un proceso de mediación. Nadie mejor que los propios cónyuges conocen las necesidades y peculiaridades de su pareja y familia, nadie mejor que ellos para establecer los pactos que diseñarán las nuevas relaciones que se establezcan y que respeten los derechos y obligaciones de padres e hijos.

Finalmente, para concluir con estas pinceladas sobre la familia y la protección que le dispensa el derecho, quería recoger el comentario de una joven abogada, madre de un hijo biológico y madre “acogedora” de otro. Me contaba que la Mutualidad de la Abogacía no le reconocía el derecho a una prestación (equiparable a la baja por maternidad) porque sólo está prevista para el supuesto de nacimiento o adopción y el acogimiento familiar no se asimila a una adopción, aun cuando su dedicación a su hijo sea igual o mayor que la que dedica a su hijo biológico. Y me pregunto, pero ¿los hijos no eran iguales ante la Ley? ¿Y sus madres?

Parece indudable que las normas deben modificarse y establecer los derechos y obligaciones de los miembros de la familia, sea esta del tipo que sea. 

……………………………

1. Forcano, Benjamín: Nueva ética sexual. Editorial Trotta,  Madrid 1996 (p.244).

2. Jiménez Hernández, Vania Karina: La crisis en la percepción de la familia. Un enfoque de género. Biblioteca jurídica virtual del Instituto de investigaciones jurídicas de la UNAM. www.juridicas.unam.mx

3. Documentos de la Unión Europea sobre la familia. Selección de textos. IPF: Instituto de política Familiar. Madrid 2013.

La familia en la Biblia. Una enseñanza, un manifiesto cristiano (Xabier Pikaza)

Evaristo Villar

Cuando este número de Éxodo está entrando en imprenta, aparece el libro de nuestro amigo y gran especialista en el tema, Xabier Pikaza, sobre La familia en la Biblia. Sin tiempo para hacer nuestra propia presentación, como hubié­ramos deseado, ofrecemos algunos párrafos tomados directamente de su presentación y conclusión. Estamos seguros que los lectores podrán apreciar la originalidad y riqueza que promete este libro que acaba de aparecer.

No hay en el mundo un libro de familia tan valioso como la Biblia,  no sólo para judíos y cristianos, sino para aquellos que quieran seguir abriendo un camino de vida, en línea mesiánica. Pienso que la Biblia, manual de cabecera de judíos y cristianos, sigue siendo el texto clave de nuestra identidad, de forma que debemos retornar a ella para entender lo que somos y anticipar lo que debemos ser en horas inciertas como son las nuestras…

Me voy a ocupar de la Biblia, entendida como Escuela y Libro de Familia, en un camino largo, que va de los Patriarcas y el Éxodo de Egipto, hasta Jesús y Pablo, con el Apocalipsis. Ella no resuelve todos los problemas que hoy tenemos, pero nos permite plan­tearlos con claridad, abriendo caminos de futuro, a medida que recorremos su historia, como iré mostrando. Las revoluciones esperadas no han dado el fruto que habíamos pensado, pero estoy convencido de que podemos acudir a la raíz del tema, que es la formación de la familia, en la línea de la Biblia… 

Estoy convencido de que, en un sentido muy profundo, la misma existencia de la humanidad depende de la forma en que entendamos y solucionemos los tema de familia, con sus tres ejes centrales: atracción afectiva (expresada de modo ejemplar en la pareja), transmisión de vida (reproducción y educación de hijos) y convivencia social (vinculada a la fraternidad universal).

Sin amor mutuo de adultos, con vinculación estable de personas (especialmente varones y mujeres), y sin acogida/educación personal de los niños/hijos en un contexto de madurez afectiva, es decir, relacional, la concordia sobre el mundo cesa, y la misma humanidad corre el riesgo de caer en manos de la opresión de algunos y/o de la violencia de todos, que puede llevarnos a la muerte. No es problema de números (¡muchos hablan de un peligro de super-población!), sino de identidad; si ellos “quieren”, los seres humanos pueden suicidarse, y lo harán, si no cuidan la familia.

Así pienso que en este tiempo crucial en el que estamos llamados a crear nuevas formas de vida, resulta clave la enseñanza de la Biblia (quizá con otras tradiciones religiosas y humanistas), no para saber simplemente lo que dice, sino para optar por lo que pide, según esta encrucijada: “Pongo ante ti la vida y la muerte… Elige la vida y vivirás…” (cf. Dt 30, 19-20). Para iluminar esa opción de vida he querido escribir esta “guía de familia en la Biblia”.

 En medio de una escandalosa y obscena injusticia social, con diferencias abismales entre ricos y pobres, iniciamos la nueva navegación de lo que algunos llaman la post-modernidad. Desde ese fondo, tomando como base lo dicho en este libro, quiero señalar algunas tareas abiertas, en clave de humanidad:

1. Educación en el amor. Quizá la primera y mayor de las tareas sea la educación en el amor y la palabra, no sólo para el matrimonio, sino también para la vida de los niños. Ciertamente, son importantes nuevas “políticas” sociales, que reconozcan el valor de la familia, creando condiciones económicas, no al servicio del puro capital (como es ahora), sino del despliegue y de la comunión de vida.

2. Más que la pobreza, el riesgo para la familia es el capitalismo, es decir, una cultura donde la vida de los hombres y mujeres (y el nacimiento y educación de los niños) está en manos del capital monetario, al que le importa ante todo su ganancia. Ciertamente, para mantenerse y “disfrutar” del capital, el sistema necesita  “producir” nuevas vidas humanas, para poder así perpetuarse, pues sin ellas muere. Pero como no sabe ni quiere comprometerse en ellos, y como además las vidas no se producen, sino que se engendran en amor y generosidad (cosa que no tiene), el sistema corre el riesgo de destruirse a sí mismo.

3. Fidelidad. En principio, el matrimonio es un compromiso de personas, que quieren vivir en amor fecundo, por encima del “dictado” del puro dinero, en igualdad dialogal, sin dominio del hombre sobre la mujer. Entendido así, es una vocación, una llamada al encuentro renovado de unos seres que, al conocerse progresivamente, descubren su verdad, cada uno en el otro. Ésta es una vocación de Reino, que los esposos han de actualizar en cada momento, una experiencia que la Iglesia debe potenciar y ensayar entre los creyentes, abriéndola a todos los hombres y mujeres, pero sin imponerla.

4. Control de la natalidad. Éste es un problema médico y antropológico moderno, planteado y formulado en la segunda mitad del siglo XX por el papa Pablo VI, en su encíclica Humanae Vitae (1968), donde rechaza el uso de los anticonceptivos químicos y de otros medios físicos (preservativos), que se empezaban a emplear normalmente para evitar que la mujer quedara encinta. Han pasado casi cincuenta años, y una parte considerable de la iglesia empieza a plantear el tema de otra forma, insistiendo en la libertad creadora de los esposos/padres, para que los niños nazcan de su deseo y  amor generoso, no por imposición de la naturaleza. En ese nivel, el tema físico/químico de los anticonceptivos o medios de regulación de la natalidad queda en segundo plano…

 5. ¿Revolución de la familia? Estamos superando ya un estadio cósmico-biológico de la humanidad y del conocimiento, que había culminado en el pensamiento racional de Grecia y en la ciencia moderna. Lo que ahora empieza es totalmente distinto, una etapa de la humanidad que ha de fundarse en la palabra personal: Hombres y mujeres estamos descubriendo con Jesús nuestro “fondo divino”, pero no en un plano cósmico-biológico (como el de los dioses antiguos del neolítico), sino a través de la palabra, que nos hace creadores de lo que somos y de lo que podemos “engendrar” suscitando nueva vida humana. Hasta ahora, básicamente, hemos creado familia por impulso de la naturaleza, y hemos terminado cayendo en manos de la idolatría de un capital anti-humano. Ahora debemos crearla libremente, por nuestra palabra, en amor gratuito, liberándonos de la imposición del capital absolutizado. Somos responsables de Dios sobre la tierra, estamos llamados a crear su familia, con Cristo y desde Cristo (hijo de Dios).

6. Más allá del sistema, ante el mundo de la vida. La ciencia nos ha permitido no sólo dominar amplias parcelas del mundo, convirtiendo la tierra en una especie de gran empresa/fábrica destinada a producir bienes de consumo para los más ricos. Podemos comunicarnos casi de un modo total e instantáneo, en el plano de los conocimientos objetivos.  Pero hemos dividido la humanidad en dos grupos enfrentados (ricos y pobres) y, sobre todo, nos hemos perdido en el campo del mundo de la vida.

Eso significa, como he dicho, que podemos tener casi todo lo que deseamos, pero corremos el riesgo de destruirnos a nosotros mismos, pues hemos “perdido” la orientación en el mundo de la vida.  Tenemos cosas (¡los privilegiados!), pero no sabemos para qué, ni sabemos si podremos dejárselas a nuestros hijos, pues posiblemente seamos incapaces de “engendrarles” en amor, como auténticas personas. Éste es el problema, y está centrado en el “mundo de la vida”, es decir, en el campo de las relaciones familiares donde se sitúa el matrimonio (y las diversas formas de vinculación personal humana), con la apertura hacia los más pobres. El futuro será de aquellos que sean capaces de crear vida, de abrir caminos de auténtica familia, de manera que el recuerdo del pasado se vincule con la esperanza del futuro.

Ni oasis ni “omertá”

José María Mena

Aquí hubo mucho que denunciar pero no denunciantes; Pujol se benefició de un provechoso silencio cooperador y cómplice

Se hablaba del oasis catalán, pero todos sabíamos que nunca existió. Un oasis es un vergel en el desierto, y en sentido figurado, un refugio frente a las penalidades. Un oasis implica una diferencia abismal entre un exterior tórrido, estéril y hostil, en que se muere de sed, y un plácido interior, fértil, fresco y acogedor. Cataluña es un país normal, una nación normal, como otra cualquiera, con penalidades similares a las demás, sin diferencias abismales con el mundo exterior. No es un plácido vergel interno, ni está rodeada por un mortífero desierto externo.

En un país normal hay cosas, historias y gentes buenas, medianas y malas. Hay muchas buenas personas con sus virtudes individuales y colectivas, sus problemas, defectos y contradicciones, su generosidad y sus utopías, sus lealtades y fidelidades. También hay malas personas con su ­egoísmo, su avaricia, su doblez. Esta mala gente, cuando tiene poder económico, social o político, se sirve de él.

La fingida confesión del patriarca, ­fríamente calculada, es el inicio de su estrategia de contraataque ante la rotura del silencio.

Por eso, lamentablemente, es normal que haya tantos Bárcenas y Millet. No es normal, sin embargo, que tengamos que soportar la farsa de la identificación de todo un pueblo y sus sentimientos, con un líder, su familia y su amplio entorno, que se sirven de los símbolos, lealtades y fidelidades para mandar y comerciar, enriqueciéndose impunemente.

No hay impunidad sin silencios, porque no hay justicia sin pruebas, sin denunciantes. Durante casi una generación, aquí hubo mucho que denunciar pero no ha habido denunciantes, salvo voces excepcionales clamando en el desierto. Un desierto de silencio social, político y mediático que aparentaba ser un plácido ­oasis. Cuando Maragall denunció lo del 3% tampoco habló nadie. Muchas murmuraciones, pero ni un testigo, ni un perjudicado, ni un mínimo asidero para una actuación judicial eficaz. Instalada en un clamoroso silencio reinaba la voracidad desinhibida de la familia Pujol y su corte.

Por eso algunos dicen ahora que se ha roto la omertá catalana. Pero, igual que nunca hubo oasis catalán, nunca hubo omertá catalana. La omertá es la ley del miedo, del silencio de la mafia. Aquí nunca se impuso el silencio con miedo. Solo hay un provechoso pacto de silencio cooperador o cómplice. Voluntaria e interesadamente, callan los que piden y los que dan, los que ofrecen y los que aceptan, los que obtienen ventajas y los que las esperan.

Son los que aún le exculpan o disculpan, dispuestos a creer en la farsa del mito personalista, en que hay un desierto exterior.

El escándalo producido por la exhibición desvergonzada de riqueza de los hijos del patriarca, con colección de automóviles de lujo incluida, y la explosiva denuncia de la novia de uno, resentida o arrepentida, rompieron el silencio e hicieron inaplazable la jugada del viejo líder. No es creíble que su pretendida autoinculpación, parcial e inveraz, obedezca a un cristiano acto de contrición. Su fingida confesión, fríamente calculada, es el inicio de su estrategia de contraataque ante la rotura del silencio, las noticias de Andorra y el inminente acoso de Montoro. La confesión quiso ser un cortafuegos, aunque ya era ineficaz frente a tantos vientos contrarios. Él mismo ha acabado de incendiar su espejismo del oasis catalán. Ya no será honorable, pero aún puede asegurar el botín familiar.

Regateará al Parlament. Eternizará los procesos judiciales, fraccionándolos y enredándolos con toda suerte de líos de competencias, obstrucciones, prescripciones y jurisprudencias sorprendentes. Otra vez, trabas pujolistas procurando impedir o estorbar el descubrimiento de la verdad. Este es también el evidente propósito de la querella de Pujol en Andorra contra un empleado bancario para anular, por pretendidamente ilícitas, las informaciones que facilitó. Y completará su estrategia escenificando de nuevo su sobreactuación victimista, con la inestimable ayuda del pendenciero Montoro.

El ministro, ciego para lo de su casa, dice que tenía a la vista datos contra los Pujol desde hace catorce años. O sea, que reconoce implícitamente que ellos también participaron en el pacto del silencio. Insinúa que actúa ahora porque Pujol y sus herederos políticos han lanzado un pulso al Estado. O sea, reconoce que su actuación es una represalia. Alimenta la farsa de identificar el pulso soberanista con el viejo líder y su amplio entorno político y económico, como si toda Cataluña fuera, fuéramos, una misma y única cosa. Justamente, lo que conviene al rancio discurso victimista.

Pujol, tras el primer gesto de la confesión-cortafuegos, con fingida melancolía, llamará ingratos a sus secuaces que le abandonan, a sus cómplices que le rehúyen, a sus leales que le reprueban y rechazan. Y finalmente conectará con sus fieles de fe ciega, que siempre le quedarán, buena gente ante la que fingir una heroica autoinmolación. Son los que aún le exculpan o disculpan, dispuestos a creer en la farsa del mito personalista, en que hay un desierto exterior, mortífero como el infierno, y dispuestos a creer también en aquel espejismo de un celestial oasis que nunca existió.

Carta al papa Francisco. Mi vela en este anuncio de mi próxima Pasacua

H. Emili Boïls i Conejero

Querido Santo Padre:

Sí, querido desde el mismísimo instante en que apareció en la logia vaticana tras su elección. Como en tantos que lo estábamos esperando, capté inmediatamente de qué iba a ir su pontificado. Su pectoral de latón. Su anillo pastoral de ídem. Su rechazo de la estola ostentosa llena de brocados de oro y de vanidades renacentistas.

Y, sobre todo, su pedir oraciones para usted, que ya lo creo que las necesita para desempeñar semejante acción universal.

Le escribo porque el Espíritu Santo me ha devuelto la vida a través de usted. (Me ahorro ya el tener que dirigirme a usted como santísimo, beatísimo Padre, y otras hierbas…) Personalmente, le estaba esperando desde mi muy amado y siempre presente Juan XXIII, al que le debo mi conversión, mi retorno a la Iglesia, que no a la Institución eclesiástica, mi paz y mi equilibrio interior, mi apostolado.

Le escribo desde una periferia muy periférica: el mundo de la Homotropía, que es como más o menos científicamente se ha de denominar al colectivo gay. Porque yo soy homosexual, o gay, por la gracia de Dios. Porque el Señor así lo ha querido para mí y para tantos otros hermanos/as y amigos/as que compartimos nuestro signo. La cuestión estriba en cómo se viva o se desviva nuestra peculiaridad. Por mi parte, yo soy uno de esos homosexuales que aman al Señor, observan sus leyes evangélicas, no canónicas, donde todo es condenación y nada caritativas, e intentamos ser mejores cada día, consecuentes con el don singular que se nos ha concedido, y, sobre todo, en haberme dado por completo a la reparación, vindicación y evangelización de nuestro signo y éxodo en el que he invertido mi ya larga vida.

Le escribo para pedirle que haga usted también lío con nuestra causa. Que no balconee con nuestro sufrimiento, postración y casi absolutas dificultades en vivir.

Nadie puede amar si no es amado. Y nosotros no somos amados dentro de la Institución eclesiástica. En la Iglesia, sí, porque la Iglesia como tal es Evangelio puro, y en él estamos y cabemos todos. ¿No vino Jesús a buscar a los pecadores, a los desvalidos, a los marginados todos, y qué somos nosotros, quizá los más marginados de la historia? No­sotros no somos pecadores de oficio, si acaso, lo somos de precipicio, a donde nos abocan todos, sociedad y tonsurados. ¿Recuerda usted haber oído alguna vez que en las largas retahilas de peticiones que se hacen en la misa y en la Liturgia de las Horas, se pida por los pobres, desgraciados y repudiados homosexuales? Yo no. Nunca. ¿No es esto una gravísima omisión evangélica? No somos. No contamos. No estamos presentes de alma, fe y espíritu; de cuerpo, sí, a veces, cada vez menos. No podemos acercarnos a la confesión porque nos sientan en seguida en un potro de tortura, y no en un bálsamo de amor, ternura y acogida.

Usted y un servidor, dicho con toda humildad, nos parecemos mucho. Nacimos un mismo año, 1936, el mismo mes, diciembre, yo el 8, luminosa festividad soleada y mediterránea de la Inmaculada, y usted el 17. Somos sagitarios (ja, ja!) Y me parece adivinar que tan constitutivamente sanguíneo como un servidor nos iremos haciendo mayores, pero jamás viejos. Cruzamos el siglo XX y el Concilio.

No me pierdo ni una sola de sus actuaciones y de su ministerio. Le sigo, como seguí a mi Juan XXIII, porque, después del fallecimiento del único superior que me acogió, me quiso, me sostuvo y me comprendió hasta el fondo durante treinta y tres años, no he vuelto a encontrar a nadie que atienda, comprenda y acepte sin condiciones ni prejuicios o prevenciones mi vida interior, además de la exterior. Algo muy, muy penoso. Y si existen, yo no sé dónde están. Volver a explicar a nadie si fue antes el huevo o la gallina, ya no me toca ni me apetece en absoluto: que aprendan ellos. Nosotros, los gays, ya sabemos lo que somos. Quienes han de aprenderlo y aceptarlo son los heteros, especialmente los más recalcitrantes, sean obispos o cardenales. Como no contamos abiertamente entre las filas de los fieles infieles, nos ha tocado montárnoslo por nuestra cuenta, en cuanto a prácticas religiosas se refiere. Pero, a veces, sin guías firmes, debidamente documentados y testimoniales. Y eso, con toda modestia, ha intentado hacer un servidor con mis hermanos y hermanas de signo y éxodo.

Resultado: incomprendido y rechazado, tanto por los de fuera como por los de dentro. Creo que no existe en el mundo religioso apostolado más duro, más ingrato y estéril como éste de intentar encauzar, corregir y dignificar a este mundo que no es neurótico en sí mismo, pero que puede enloquecer ante tantísima presión social, laboral, familiar y religiosa.

Échenos una mano. Tome cartas en el asunto. Asesórese de equilibrados informadores, no de resabiados, oscurantistas y encubridores de su marca dentro de las filas eclesiásticas. Lo estamos esperando desde hace cinco mil años de judaísmo y de dos mil de cristianismo. Y ya le llegó su hora. Preparada con crímenes, persecuciones, violentaciones, desprecios… y muchas lágrimas, oraciones, suicidios y esperanzas.

Lo esperamos del Concilio Vaticano II, y no nos llegó. Y después, tal vez forzado por las circunstancias, por aquel documento apostólico de mi también muy amado papa Pablo VI. No nos defraude. Levante el espeso telón que nos oculta. No somos sexo solamente. Hay mucho y muy bello a aportar en nuestro colectivo cuando nos dejan expresarlo. Yo odio también con toda mi alma esas astracanadas, esas manifestaciones de lo más grotesco, banal, estúpido e hiriente que es para la sociedad y para mí mismo y tantos otros congéneres que no participamos en ello, de la cabalgata del día del orgullo gay. Yo me siento profundamente avergonzado. Destruye en una tarde lo que tan costosamente edificamos algunos día a día, sudor a sudor, acogida de los muchos heridos por nuestra condición que no acuden jamás a esos esperpentos. Los Gabrieles, los Cristóbales, los Juanjos, los Joséluises, y un etcétera largo que son los que acojo de continuo. La retaguardia del dolor, del sufrimiento, de las decepciones, de los que nunca encuentran el amor humano que los redima, según cr­een ellos mismos. Yo les hablo del amor de Dios.

Por eso opté, porque el Señor así me lo inspiró, en comprometerme como hermanito de la amistad, ya que tampoco entre las diversas fraternidades de mis hermanos seguidores de nuestro fundador común, el padre Carlos de Foucauld, existía este apostolado concreto, en iniciar este camino de llegar hasta ellos y hasta todos, como quien quiere ir hasta los pobres más pobres evangélicos, hasta los más abandonados entre los abandonos, si es que no lo somos no­sotros en propia carne y espíritu. Somos la única tragedia humana que hace reír. Que no se le puede entender y acoger porque está envuelta en un ¿aura? de befa y mofa. Sic. Somos pájaros de vuelo desorientado. Y, con frecuencia, sin nido propio. Sólo somos lo que ocultamos. (Sigmund Freud).

La terrible farsa de las apariencias. Y un corazón desorientado es una fábrica de fantasmas. San Agustín.

Perdonémonos mutuamente. Trabajemos por este inédito e insospechado ecumenismo, porque sólo el que conoce a Dios conoce al hombre. Romano Guardini. Recemos todos, meditándolos y repararándolos, los salmos 30 y 33. Dios hablará.

Mi canto del cisne existencial no es tal, sino anuncio, por ley de vida, de mi canto de la Angélica de una verdad que amo y que ya se acerca, porque, como reza el oficio de difuntos, cuando todo esto de aquí se acabe, descansaré en paz. Sí, yo también iré a la vida, a la Luz, al AMOR. Beata Isabel de la Trinidad.

Rezo mucho por usted. Rece usted también siempre por mí.

Lo necesito tanto como usted.

Su más solidario y ferviente hijo. Beso su mano.

 

 

Educación y nuevos modelos de familia

Elena Martín

Al reflexionar acerca de las relaciones entre los modelos de familia y la educación, podemos distinguir, al menos, dos vías de influencia. Por una parte, la aparición y consolidación de estructuras familiares diversas “nos educa” a los adultos, por otra, puede estar modificando la forma en que “educamos” a niños, niñas y adolescentes.

La segunda idea viene siendo la que mayor atención ha recibido y en estas líneas también se analizará con más detenimiento, pero no querríamos entrar en ello sin antes plantear, aunque sea de forma somera, la repercusión que estos cambios sociales pueden llegar a tener en quienes nos hemos educado en una cultura con un tipo de estructura familiar predominante.

La fuerza de las creencias sociales y personales

Aceptar la pluralidad de modelos de familia con los que hoy en día convivimos ha supuesto uno de los mayores retos sociales y personales. Los seres humanos tenemos resistencia al cambio. Desenvolverse en situaciones conocidas y previsibles resulta psicológicamente mucho más confortable que afrontar la incertidumbre que conlleva toda transformación. Las creencias desde las que interpretamos el mundo tienen unas raíces profundas y a menudo no se han sometido a revisión. Estamos convencidos de que las cosas son como nosotros las vemos, y la fuerza de esa concepción nos lleva a pensar que no hace falta argumentarlo: “es evidente”, “siempre ha sido así”.

Este proceso de resistencia, característico de las creencias implícitas, se hace más fuerte en el caso de los modelos familiares por la carga emocional y moral de esta estructura social. La familia desempeña un papel fundamental en el desarrollo de los seres humanos –con sus luces y sus sombras–. A ello hay que añadir la dimensión referida a las relaciones afectivas y sexuales entre los miembros que la componen, que con demasiada frecuencia deja traslucir creencias muy estereotipadas.

A diferencia de otros cambios personales, que dependen en mayor medida de nuestra actitud individual, la presencia de las familias “alternativas”, como han venido nombrándose, se ha impuesto en la realidad cotidiana y es difícil cerrar los ojos ante ello. Con independencia de la respuesta que ello genere en cada uno, no puede resultar indiferente a nadie. De ahí su clara influencia educativa. Todos y todas nos vemos afectados por el cambio y a todos nos está “educando”, siempre que estemos de acuerdo que educar es un proceso que no necesariamente produce efectos positivos. Educar supone que por el hecho de estar participando en determinadas actividades recurrentes los seres humanos vamos construyendo y reconstruyendo, en un proceso que se prolonga a lo largo de la vida, nuestra forma de concebir el mundo y de actuar en él.

La capacidad de poner en duda nuestras propias creencias y adoptar nuevas perspectivas es un gran avance para el ser humano, que si somos capaces de analizar, podría generalizarse a otros ámbitos de controversia. Si comprobamos en un tema concreto que nuestras ideas podían no ser las que mejor explican el mundo, debería ser más fácil poner entre interrogantes otras creencias. Por otra parte, la aceptación de la diversidad de modelos familiares es un ejemplo de haber comprendido que la realidad es demasiado compleja para poder responder a una única forma de organización. Las personas somos diversas y las relaciones sociales, aun basándose en principios comunes, pueden verse satisfechas de distintas maneras.

El papel de la familia en la educación para una diversidad de modelos familiares

La familia, como el resto de los contextos educativos, difícilmente podrá contribuir a que sus hijos e hijas vivan la variedad de formas familiares con la normalidad con la que viven que las casas de sus amigos sean distintas o que las actividades de ocio que hagan difieran entre sí, a no ser que los progenitores no aceptan ellos mismos esta realidad. Las concepciones sociales dominantes impregnan las experiencias vitales y si no hemos cambiado los adultos, es difícil que podamos educar en nuevas formas de concebir el mundo.

En las familias hay momentos en los que se habla explícitamente de un tema, pero la influencia educativa se ejerce la mayoría de las veces de una forma implícita, no intencional, a través de las cosas que hacemos o dejamos de hacer y de lo que decimos sin tener conciencia de los valores que se transmiten con ello. Cuando por ejemplo en la cena nuestra hija comenta que “los dos papás de mi amiga Ana han venido a buscarla al cole” y la miramos con cara de estupor, estamos mandando un mensaje claro aunque no digamos nada. Muchas veces los niños ven con envidiable normalidad lo que a nosotros puede todavía resultarnos extraño.

Si tenemos en cuenta que estamos asistiendo a un cambio social, y que el respeto a las distintas formas de familia todavía no se ha normalizado, lo más adecuado es proponerse tratar el tema de forma explícita para ayudar a nuestros hijos e hijas a ir formando su propio criterio. Como en el resto de los temas, no se trata de adoctrinar a los menores en nuestros principios. El objetivo de la educación es ayudarles a saber analizar la realidad, a argumentar, a contrastar puntos de vista de una forma racional y a actuar en consecuencia. Pero ello no significa que tengamos que ser neutrales. Presentaremos nuestro punto de vista, respetaremos el de los demás y procuraremos que nuestros argumentos y nuestros comportamientos se abran camino en la mente de nuestros hijos. Por otra parte, es probable que nuestras propias ideas se modifiquen con el tiempo. Analizar con ellos esta evolución, como demostración de la naturaleza dinámica de las ideas, resulta muy educativo.

Como sabemos, es fundamental enseñar con el ejemplo. Ello implica ser respetuosos en nuestra propia familia con la diversidad de formas de ser y modos de relacionarse. No significa adoptar una posición relativista en la que todo es válido. Lo que supone es que no podemos defender posturas por el mero hecho de que sean las nuestras. Dar ejemplo conlleva también que de hecho nuestras relaciones reflejen esa normalidad; que nuestras amistades y nuestros círculos de relación incluyan distintos tipos de familias de acuerdo a su creciente presencia en la sociedad. No se trata de buscar artificialmente estas relaciones, sino de estar seguro que no se evitan.

Por último, las familias se enfrentan a una prueba de fuego cuando sus hijos e hijas crean su propia unidad familiar. Convivir en pareja, sin casarse ni por la vía civil ni por la religiosa, es un cambio que la sociedad actual tiene mayoritariamente asumido. Las familias monoparentales, fruto de una separación, así como las reconstituidas, también se aceptan. Sin embargo la opción de las mujeres de tener hijos sin pareja o las familias formadas por dos miembros de un mismo sexo encuentran mucha más resistencia. Las distintas formas de tener hijos con los que compartir el proyecto de vida (adopciones, métodos de reproducción asistida) suscitan especial rechazo.

La familia ha dejado de hecho de definirse por determinadas características biológicas o administrativas (unión mediante el matrimonio de un hombre y una mujer que tienen hijos en común) para entenderse como “un proyecto de vida en común que se quiere duradero y en el que se generan fuertes sentimientos de pertenencia a dicho grupo, existe un compromiso personal entre sus miembros y se establecen intensas relaciones de intimidad, reciprocidad y dependencia”1. Sin embargo, siguen presentes algunos mitos como la necesidad de una figura masculina o el riesgo de “transmitir” la homosexualidad, que están haciendo más difícil la integración social de estas formas de organización familiar. Los estereotipos sexistas y homófobos se reflejan en estas resistencias, favorecidos en muchos casos por algunas posiciones morales defendidas desde ciertos credos religiosos.

Estas ideas no se sustentan en datos empíricos. La investigación en este campo ha puesto de manifiesto que no existen diferencias en el desarrollo entre los niños y niñas pertenecientes a los distintos modelos de familia2. Los problemas aparecen únicamente en las familias homoparentales y se deben al rechazo que en ocasiones sufren estos niños en la escuela por parte de sus compañeros. Es, como decíamos, la dificultad de la sociedad para cambiar y no las relaciones que se establecen en las nuevas familias la responsable de los perjuicios que puedan estar experimentando los menores. Las funciones de la familia –ofrecer un entorno de seguridad emocional y estimulante desde el punto de vista cognitivo que permita satisfacer las necesidades básicas de los menores– pueden alcanzarse desde cualquiera de las formas de familia que hasta el momento conocemos. Conseguirlo o no depende de las relaciones que se establecen en su seno, no de su estructura.

Las familias, no obstante, deben ser conscientes de lo que su organización supone para la educación de los hijos y garantizar las condiciones necesarias para asegurar el adecuado equilibrio entre el control y el afecto. El desarrollo implica contar con figuras estables de referencia que muestran un cariño incondicional y por ello son capaces de poner los límites que todo ser humano necesita. Límites que en un primer momento son externos y progresivamente la persona va haciendo suyos, con el objetivo de autorregular su vida. Es preciso por tanto establecer normas y controles, pero procurando que los hijos entiendan que responden a la preocupación por su bienestar. Un adolecente puede no compartir la decisión de sus padres de prohibirle tener una moto, pero el efecto será muy distinto si considera que se imponen porque quieren “fastidiarle como siempre” a si entiende que lo hacen por miedo a que tenga un accidente aunque él no crea que sea un temor razonable.

En algunos casos, actuar de acuerdo a esta pauta de crianza puede resultar más difícil. En las familias monoparentales, por ejemplo, mantener este equilibrio entre control y afecto puede suponer más esfuerzo. No se puede compartir con un otro las decisiones, con la tensión emocional que ello implica. Tampoco se cuenta con el impagable recurso de otra persona que excusa tu conducta y media para restablecer la relación cuando has perdido el control de la situación excediéndote con tu hijo. Los padres o madres que optan por este modelo de familia deben ser conscientes de sus peculiares necesidades e intentar asegurar las condiciones más adecuadas para el desarrollo. Sin duda, estas dificultades no son exclusivas de los nuevos modelos familiares. Es más, suele ser más habitual que las familias alternativas estén más atentas a estas necesidades que las tradicionales, que sin embargo son requisitos de toda relación familiar.

La aportación de las escuelas

Educar no es sencillo y las familias no tienen por qué estar siempre preparadas para ello. Ser biológicamente capaz de procrear no garantiza ser culturalmente capaz de educar. Necesitarían a menudo un apoyo con el que no es frecuente contar. Por otra parte, como hemos analizado, el cambio de creencias y de conducta no es fácil. De ahí la importancia de la intervención de la escuela, que es una institución en la que se planifican deliberadamente los aprendizajes que se quieren favorecer y a la que asiste toda la población infantil y juvenil, durante la etapa obligatoria.

Una de las vías más importantes de intervención es introducir los modelos de familia en el currículum. Es decir, estudiar en clase las distintas formas de familia al igual que se analizan otros aspectos del entorno. Por supuesto, no se trata de presentar definiciones abstractas sino de buscar ejemplos próximos y pensar juntos acerca de las experiencias comunes que todos tienen y la riqueza de la diversidad que cada una entraña.

Una vez más, la normalidad, es decir la igualdad de trato a todos los tipos de familia, es el mejor ejemplo y la vía privilegiada de aprendizaje. Ello no significa, sin embargo, que no haya que ajustar las situaciones educativas a las necesidades específicas de cada caso. Un ejemplo que puede parecer trivial pero sucede todos los cursos escolares es la celebración del día del padre y del día de la madre. Los docentes debemos ser sensibles a lo que significa esta fecha para los distintos alumnos y alumnas.

Hay otros aspectos de la relación familia-escuela que también deben adaptarse a los modelos familiares. Las familias monoparentales tienen a veces más dificultades para asistir a todas las actividades o reuniones previstas. Los progenitores que están separados siguen teniendo derecho a recibir la información de sus hijos e hijas, y la escuela debe a su vez actuar de acuerdo a las medidas judiciales establecidas. Son solo algunos ejemplos de la respuesta a la diversidad. Pueden parecer temas formales, y en ese sentido menores, pero no lo son ya que reflejan la normalización de los distintos modelos familiares.

Ciertamente, todo lo dicho implica un importante cambio en la escuela que es difícil que se produzca si la mentalidad de los docentes y de las propias familias no se modifica a su vez. Pero estas transformaciones tienen lugar en la medida en que la institución empieza de hecho a funcionar de otra manera. Las personas vamos habituándonos a lo que antes nos resultaba extraño hasta que en un momento determinado –aunque pueda tardar en llegar- lo que nos produce extrañeza son precisamente nuestras conductas y costumbres anteriores. La administración y los equipos directivos asumen una gran responsabilidad en promover esta nueva cultura, pero a su vez dependen de que se produzca o no el encargo social de educar a las nuevas generaciones en esta dirección.

Volvemos entonces al punto de partida: el cambio social. El avance de la sociedad –que estará como en otros casos impulsado por vanguardias más progresistas– que promoverá políticas familiares, escolares, sociales, mediáticas, acordes con su forma de entender el mundo. Es importante que no caigamos en un falso dualismo lineal según el cual primero tendría que darse un cambio social para que las concepciones personales se modificaran. El proceso es recursivo, las transformaciones en un nivel permiten y a su vez se reflejan en el otro. De ahí que nuestra responsabilidad sea también doble, reflexionar y poner en duda nuestras propias creencias y las conductas que las reflejan, y velar por que las administraciones impulsen políticas respetuosas con las distintas formas en las que las personas deciden establecer sus relaciones familiares. 

…………………………………….

1. Rodrigo y Palacios (1998). Familia y desarrollo humano. Madrid: Alianza.

2. Arránz, E.,;Oliva, A.; Olabarrieta.F. y Antolín, L. (2010). Análisis comparativo de las nuevas estructuras familiares como contextos potenciadores del desarrollo psicológico infantil. Infancia y aprendizaje, 33 (4), 503-513.

 

 

Cuestionario de Éxodo a diversos modelos de familia

Evaristo Villar, Benjamín Forcano, Miguel Á de Prada

En las entrevistas de Éxodo pretendemos recoger aquellas reflexiones que, a partir de la vivencia de las personas seleccionadas, pueden alumbrar la temática que abordamos en cada número de la revista. En esta ocasión, Éxodo se asoma a la pluralidad de situaciones de convivencia familiar hoy en España y nos ha parecido más adecuado abrir esta sección a cuatro situaciones protagonistas de una diversidad todavía más amplia, presentes en la cotidianidad de la vida, a veces ocultas pero emergiendo con valores nuevos; a veces en proceso de cambio durante una larga trayectoria. Situaciones mestizas que colorean posiciones de pareja homosexual de gays y cristianos, pareja cercana a las bodas de oro en comunidad cristiana de base y movimientos sociales, familia homoparental de dos madres con hijo o pareja sin reconocimiento legal con hijo en común. Apuestas diversas pero coincidentes en el compromiso, el respeto y, cómo no, en el amor.

PRESENTACIóN DE LAS SITUACIONES SELECCIONADAS

Pareja homosexual  y condición de igualdad en la diversidad

Javier Gómez  y Manuel Ródenas

Javier y Manuel contrajeron matrimonio hace 8 años. Juntos han vivido abiertamente  su condición de gays y cristianos, defendiendo la compatibilidad de la fe cristiana dentro de su orientación. A través del movimiento asociativo han desarrollado actividades de voluntariado y reivindicación de sus derechos y de todas las formas de expresión de la afectividad, tratando de construir puentes entre todos.

Familia católica, cerca de las bodas de oro, en comunidad de base

José María Navarro y Pilar García

Autopresentación: Nuestra andadura como pareja comenzó en 1968; pertenecemos a familias católicas practicantes de la clase media de la época y nos casamos por la iglesia. Hemos tenido tres hijos y cinco nietos, a los que hemos intentado transmitir los valores que nosotros consideramos fundamentales, a la vez que procurábamos ser respetuosos con sus opciones de vida.

Desde nuestra participación en distintos movimientos y grupos, hemos luchado siempre por una presencia cristiana más enraizada en las realidades sociales como alternativa a la mostrada por la iglesia oficial; desde hace muchos años pertenecemos a la comunidad cristiana de base Santo Tomás de Aquino. Entendemos que el mensaje de Jesús no es nunca excluyente y es por esto que nos posicionamos de una manera muy distinta a las directrices que impone la Iglesia institucional en materias como sexualidad, educación, formas de familia, etc. Aunque, como se desprende de lo anterior, la fe en Jesús de Nazaret está integrada en nuestra vida, las respuestas al presente cuestionario están expresadas fundamentalmente desde nuestra condición de ciudadan@s pertenecientes a una sociedad laica, democrática y plural.

Familia homoparental, dos madres y un hijo

Dina Verónica Gallegos Fernández, Mª del Pilar Rovira Balán y Samuel Alejandro

Autopresentación: Somos una familia homoparental, conformada por dos mujeres y un niño de 3 años. Nos conformamos como familia en México desde 2005, después en 2007 en España por lo civil y religiosamente; volvimos a México y en 2014 homologamos nuestro matrimonio allí. Nuestro hijo nació en mayo de 2011 llevando únicamente los apellidos de Pilar, pero en el 2014 llevamos a cabo el trámite de reconocimiento y ahora Samuel lleva los apellidos de ambas. Tratamos de pasar el mayor tiempo juntos: entre semana los tres coincidimos en casa para comer y cenar, creemos que reunirnos en torno a la mesa nos ofrece un espacio de convivencia muy importante; los fines de semana también los pasamos en familia. Nosotras por las mañanas trabajamos como docentes de educación superior y por las tardes asistimos con nuestro hijo a diversas terapias de rehabilitación, ya que Sammy, como le decimos cariñosamente, ha nacido con osteogénesis imperfecta (huesos de cristal). Nos reconocemos como católicos y nuestro hijo ha sido bautizado; oramos en familia y asistimos a misa. Nos gustaría participar más activamente en la iglesia, como tuvimos oportunidad de conocer en España a las comunidades de base, pero estas opciones son menos accesibles en nuestro país y en particular en la ciudad donde vivimos. Intentamos llevar una vida cristiana en la vida cotidiana y especialmente en la familia, basada en el respeto, la tolerancia y el amor. Nuestro hijo es un niño que va creciendo en una familia creyente y respetuosa de las creencias de cada uno.

Reconocimiento y cariño, también incomprensión entre amigos y familiares.

En el colegio de nuestro hijo nos hemos presentado como sus madres y no nos han puesto impedimentos para recibirlo; lo mismo hacemos en todos los sitios donde nos presentamos, lo hacemos como familia. En nuestro trabajo los compañeros saben que somos una familia, algunos lo expresan y otros hacen de cuenta como si no supieran nada, de alguna forma la invisibilidad a la que quieren llevarnos es algo que no nos afecta, comprendemos que detrás de eso hay muchos miedos personales. Tenemos muchas amistades que nos tratan con respeto, tienen claro que somos una familia y que somos igualmente respetuosas con sus opciones de vida; los hijos de nuestras amistades aprecian al nuestro, sin embargo por los tiempos y la diferencia de edad convivimos muy poco. Los vecinos de casa también saben que somos una familia homoparental con un hijo: con algunos lo compartimos abiertamente y existe un aprecio y respeto mutuo; con otros simplemente creemos que no merece la pena, ya que son personas conflictivas desde nuestra perspectiva. Pero lo más duro y lo más reconfortante está dentro de la familia. En el caso de la familia de Pilar nos aceptan, reconocen y quieren como familia; sin embargo en el caso de Dina las cosas son un poco diferentes con mi madre y hermanas. Éstas no han terminado de aceptarme como soy y tampoco a mi esposa; Samuel sí es bien recibido y muy querido. Por el contrario otros familiares nos aceptan y conviven con nosotros como una familia completa.

Pareja heterosexual sin formalizar con hijo en común

Patricia V. Martínez

P.V.M y su pareja se acercan a la cuarentena. Llevan 7 años juntos y tienen un bebé de un año. Universitarios y urbanitas, de inquietudes culturales y creativas alargan la etapa hedonista de los veinte (trabajar, salir, ir de compras, viajar). No existen traumas, ni luchas especialmente remarcables; desarrollan sus actividades laborales en un entorno competitivo y, en ocasiones, hostil.

Se consideran una pareja normal y corriente, compenetrada y honesta. Conscientes de la vulnerabilidad legal de su situación, dado que la ley española no la contempla, y del que el entorno suele considerar su opción como negativa, afirman el compromiso por el proyecto conjunto de convivencia y crianza del hijo desde una posición coherente y consecuente con la forma de pensar y sus prioridades: amor y compromiso.

ÉXODO LES HA PLANTEADO CUATRO CUESTIONES:

1.

¿Creéis que en todo tipo de familia  o situación de convivencia hay unos “elementos-valores” comunes?, ¿cuáles?

Pareja homosexual y condición de igualdad en la diversidad

No creemos en los tipos de familia, menos aún desde una visión cristiana, sino en la condición de igualdad de todos los seres humanos y de respeto entre todos sus miembros y en la familia que, por definición de la realidad y por antonomasia, es diversa. Esta diversidad en la familia sólo es visible cuando se dan las condiciones de respeto y garantías de protección.

Los elementos fundamentales que encontramos en la familia son la existencia de un grupo de personas que conviven con amor, compromiso, lealtad, ayuda mutua, solidaridad, bien común, crecimiento y desarrollo de todos sus miembros.

Familia católica, cerca de las bodas de oro,  en comunidad de base

Pensamos que toda situación de convivencia tiene que estar sustentada por unos valores que posibiliten la autonomía y el pleno desarrollo de cada uno de sus miembros.

La familia es el núcleo donde ir realizando entre tod@s este trabajo de convivencia y, por tanto, donde desarrollar unos valores fundamentales que irán determinando nuestra forma de ser y actuar, tanto dentro de la propia familia como en los distintos ámbitos en que nos movemos, ya que no consideramos la familia como un compartimento estanco. Esto lo vemos igual para cualquier tipo de familia o convivencia. Los que nosotros consideramos valores primordiales para ese desarrollo integral serían: cariño, cuidado, gratuidad, respeto, cooperación y solidaridad, clima de igualdad, fomento de la escucha y el diálogo…

Por supuesto, esta forma de comunicación comporta también unos derechos y unas obligaciones de tod@s para con tod@s.

Familia homoparental, dos madres y un hijo

No siempre los hay, aun cuando debería haberlos. Los fundamentales para nosotras son respeto, amor y honestidad.

Pareja heterosexual sin formalizar con hijo en común

Considero que así es. Unos valores que son universales y que suelen coincidir independientemente de la fe religiosa, la carencia de ella o cualquier rama o tendencia espiritual que pueda influir en el comportamiento de la persona.

A mi juicio, en el primer lugar de todos se sitúa obrar bien, ser buena persona y actuar como tal, lo que en un aspecto práctico se traduce en no herir o dañar al prójimo, ser honesto, respetar, cuidar, compartir y comprender.

2.

Si partimos de que la pluralidad de modelos de familia o formas de convivencia son un hecho socio-cultural, ¿son todos igualmente válidos?; ¿por qué?

Pareja homosexual y condición de igualdad en la diversidad

La legislación española ha adoptado desde el Código Civil hace casi diez años el concepto de familia acorde con la realidad. No existen tipos de matrimonios sino el matrimonio, al que acceden los ciudadanos con independencia de su sexo y su orientación sexual y en ese sentido se desarrolla bajo la Ley, la Familia, que merece toda la protección del ordenamiento jurídico español,  al margen de cuáles sean las características de los miembros que la conforman.

Familia católica, cerca de las bodas de oro, en comunidad de base

Es muy posible que al tener estructuras distintas haya también diferencias o distintos modos de enfoque en la convivencia, pero no necesariamente en cuanto a la transmisión de valores, por lo que nos parecen todos los modelos arriba citados igualmente válidos. Además, creemos que es imprescindible, para vivir en sociedad, respetar la libertad de otras formas de entender la vida y vivir el amor.

Familia homoparental, dos madres y un hijo

No son todos del todo válidos en la consideración social o religiosa, por lo que no aparecen con el mismo valor. El sistema reproduce un patrón muy arraigado y tanto el estado como la iglesia, cada uno a su manera, desean seguir manteniendo el control o el equilibrio y lo hacen a través de la familia, como tradicionalmente se ha hecho.

Pareja heterosexual sin formalizar con hijo en común

Por supuesto que son todos válidos. Si yo acepto y tampoco me cuestiono las condiciones que otros han elegido para vivir su vida, ¿por qué la mía ha de ser rechazada? Considero que la opción de vida se ve sumamente influida por el entorno pero en último término la decisión es personal. En mi caso concreto, que vivo en pareja, tenemos un hijo y no pensamos en “formalizar” nuestra situación, mi decisión no pasa por un proceso de meditación extremo. Es una decisión consensuada en la que ambos estamos de acuerdo en lo más básico: que el valor de nuestra unión la construimos todos los días y no está alterada, dañada o incompleta por no seguir los cauces convencionales y generales.

Se da la circunstancia de que es el entorno el que trata de situarte en el camino de lo común, considerando como anormal y en cierto modo negativa nuestra opción, como si de esta forma no fuéramos una familia del todo. Los comentarios suelen ser siempre los mismos: “a mí me daba igual, me casé por mis padres”, “si no formalizas el vínculo nada te diferencia de cualquier otra relación”, “es una muestra de amor”, “yo tenía ganas de un fiestón con mi gente”, “es por el bien y seguridad de tus hijos, por temas legales”… En todos estos casos, uno calibra si conecta con algunos de estos motivos que llevan a la gente a casarse y si en algo nos estamos equivocando para más adelante retomar la posición de siempre: diariamente no dedico tiempo a pensar en ello, no es importante para mí.

3.

Desde la situación en que os encontráis, ¿en qué basáis la validez de la misma: en la llamada ley natural, en el código específico de alguna religión, en la determinación colectiva de una sociedad laica o en la decisión personal?

Pareja homosexual y condición de igualdad en la diversidad

Es desde la coherencia personal y conforme a  la propia naturaleza de cada uno donde se desa­rrolla el modo de relacionarse y de construir uniones afectivas auténticas. Quizá lo que haya que cuestionar sea la validez de los enfoques que limitan el ejercicio y la libertad de expresión de las personas, el reconocimiento y respeto a su propia identidad y a conformar uniones afectivas en coherencia consigo mismas.

Familia católica, cerca de las bodas de oro, en comunidad de base

La nuestra fue una opción personal. Es verdad que entonces no se podía concebir otra manera distinta de la regulada por la Iglesia Católica y el estado confesional, pero nosotros pertenecíamos ya a alguno de los grupos críticos que surgieron en esa época y, por tanto, nuestra decisión la tomamos con libertad y conscientes del proyecto que queríamos construir en común.

Hoy, cuarenta y tantos años después, tras mucho trabajo de reconstrucción y mucho aprendizaje, seguimos eligiendo la misma opción de vida y compromiso junto a nuestra Comunidad de Base.

Familia homoparental, dos madres y un hijo

Nos amparamos en el reconocimiento del matrimonio civil y en el derecho que nos proporciona, así como en nuestro conjunto de creencias, en cuanto que somos personas dignas, hijas de Dios y que él nos quiere como somos.

Pareja heterosexual sin formalizar con hijo en común

No creo que los valores difieran, lo que creo es que es escogido porque representa determinada forma de ver y actuar en la vida. En mi caso concreto, conecto con lo que considero un sentido de libertad innegable y con lo que entiendo como una posición coherente y consecuente con lo que pienso y creo y son mis prioridades (amor y compromiso); rechazo ante el despilfarro, la dádiva y los acuerdos sociales preestablecidos con los que no comulgo.

Como opción sujeta al razonamiento lógico es susceptible de cambiar en tanto lo hagan las variables en juego. Más allá de lo sentimental pienso en el marco legal y los hijos. La ley no contempla esta situación y esto nos hace vulnerables.

4.

La irrupción de nuevas formas de convivencia o familiares suele presentarse como portadora de valores que quizá no han sido tenidos en cuenta suficientemente en las formas anteriores. Desde esta situación en que os encontráis, ¿qué valores os parece que aporta que no tienen en cuenta el resto de modelos?

Pareja homosexual y condición de igualdad en la diversidad

La evolución de las sociedades implica el conocimiento y el reconocimiento de la diversidad como valor positivo. Sólo en las sociedades civil y socialmente desarrolladas ob­ser­vamos cómo las personas viven con mayor felicidad cuando no tienen miedo de expresar su auténtico modo de ser y cuando sus respectivos ordenamientos jurídicos les protegen y establecen mecanismos que eviten cualquier fórmula de discriminación o menoscabo para las mismas.

Por tanto, es la consideración de diversidad lo que permite que las sociedades se desarrollen y que sus miembros  puedan evolucionar aportando cada uno lo mejor de sí mismos.

Familia católica, cerca de las bodas de oro, en comunidad de base

Quizás, el considerar que las nuevas formas de convivencia aportan otros valores distintos o poco desarrollados en los modelos anteriores, puede obedecer a que muchas veces transmitimos contravalores en nuestras propias familias, por ejemplo, en las familias nucleares se ha educado, con frecuencia, en la desigualdad de géneros, manteniendo el rol de la mujer siempre en un segundo lugar.

En las respuestas anteriores hemos hablado siempre del ideal, de los valores que deberíamos inculcar y vivir; en base a esto, y tratándose de valores humanos, no vemos que se aporten distintos valores en función de la opción tomada, sino más bien, desde la ética que rija nuestra vida. Por nuestra parte, sí podemos decir que la visibilización de estas otras formas de familia, muchas veces rechazadas socialmente, ha ampliado nuestra mirada, a veces un poco miope, y nos ha enriquecido y enseñado a valorar lo diferente

Familia homoparental, dos madres y un hijo

Son los mismos, básicamente, y están más o menos presentes en todas las familias.

* * *

La pequeña cala realizada a la diversidad de situaciones de convivencia actual permite múltiples comentarios que cada lector puede realizar. Por nuestra parte destacamos lo siguiente:

 La constatación de la coincidencia de las respuestas en que no existen modelos de convivencia o de familia más completos que otros, siempre que se basen en los valores del respeto, el compromiso y la honestidad entre las personas convivientes. Por ello el reconocimiento de la legislación española de un solo tipo de matrimonio, acogiendo a familias heterosexuales y homosexuales, parece un logro que permite reflejar la diversidad real en condiciones de respeto y garantizando su protección. Pero aún hoy día no se contemplan todas las situaciones, lo que deja a la intemperie a las mismas.

 Por otro lado, aparecen varias situaciones que indican la incomprensión de familiares y amigos ante el modelo diverso de convivencia elegido, aunque también se da cuenta del reconocimiento que se va consiguiendo. Estas formas diversas, inicialmente rechazadas, están sirviendo para ampliar tanto la mirada sobre el propio modelo tradicional como para saber valorar la diferencia. ¡Quizá estemos aprendiendo y quizá en algún momento sepamos agradecer a los pioneros su tarea de desbroce!

 Varias de las personas entrevistadas refieren una vinculación creyente y eclesial pero no se observa que, hasta el momento, la acogida eclesial a estos modelos diversos de convivencia o al esfuerzo por la reconstrucción del modelo tradicional esté suponiendo ningún apoyo para el propio crecimiento.

 

 

La dimensión formal de las familias en España

Javier Elzo

Vamos a trabajar en estas breves páginas, exclusivamente, en la presencia meramente formal y cuantitativa de las distintas acepciones que la familia (a veces con otro término, como unión familiar, parejas, etc.) ha adoptado en nuestra sociedad: nuclear, unipersonal, de hecho y de derecho, del mismo y diferente sexo, monoparental, reconstituida, etc. Siendo lo anterior extremadamente importante, sin embargo no consideramos que sea lo esencial a la hora de hablar de la familia.

La primera cuestión es precisamente la delimitación-definición de lo que cabe entender por familia y a continuación los diferentes tipos o modelos familiares, pero no en razón de su configuración formal, cuestión a la que nos limitamos en estas páginas, sino en razón de los valores de sus padres y de sus hijos, del clima interno familiar, de la capacidad educadora de la familia, del modelo educativo imperante, y ello, insistimos fuertemente en este punto, más allá del modelo formal en el que se asienta la rica realidad familiar.

Pero este punto escapa a las páginas asignadas a este texto y nos limitamos a señalar al lector interesado un breve elenco de publicaciones en las que hemos trabajado estas cuestiones, más de contenido que meramente formales, en el estudio de la familia española del presente siglo1. Pero debemos detenernos en la dimensión formal de los diferentes tipos o modalidades de familia.

Introducción:  Algunas definiciones utilizadas por el INE y fuentes para este trabajo

Me basaré en este texto exclusivamente en los datos que nos ofrece el INE. Lo que no siempre resulta fácil pues a veces introducen nuevas variables al referirse al mismo concepto haciendo complicada la comparación. Cuestiones técnicas en las que no puedo entrar. Pero sugiero vivamente que se consulte un listado de “definiciones” que utiliza el INE, particularmente al final de su nota de prensa de 12 de diciembre de 2013.

Señalemos también que las fuentes utilizadas por el INE son dos: los Censos de población y vivienda principalmente. Utilizaré los de 2001 y 2011. Pero desde el año 2013 trabajan también con la Encuesta Continua de Hogares. En la nota de prensa del 10/04/14 puede leerse la metodología que utilizan y algunos resultados. Pero por problemas de espacio no puedo ocuparme aquí de esta importante y novedosa fuente.

Presentamos, de entrada, unos indicadores básicos que provienen esencialmente del servicio de prensa del INE el 12 de diciembre de 2013, para dar paso a continuación a los diferentes tipos de hogares existentes en España y a su cuantificación. Ver tabla 1.

Tabla 1. Principales indicadores de hogares en 2011 y su variación respecto a 2001

  Censo 2001 Censo 2011 Variación absoluta 2001-2001

Variación relativa 2011-2001 En %

Número de hogares 14.187.169 18.083.692 + 3.896.523

+ 27,5 %

Hogares unifamiliares 2.876.572 4.193.319 + 1.316.747

+45,8 %

Tamaño medio del hogar 2,86

personas

2,58

Personas

- 0.29

-10,0 %

Personas entre 25 y 34 años que viven solas 443.675 607.806 + 164.131

+ 37,0 %

Personas entre 25 y 34 años que viven en pareja sin hijos 1.003.329 1.394.865 + 391.536

+ 39,0%

Personas de 65 y + años 6.796.936 7.933.773 + 1.136.837

+ 16,7 %

Personas de 65 y + años que viven solas 1.358.937 1.709.186 + 350.249

+ 25,8 %

Número de parejas 9.510.817 11.473.534 + 1.962.717

+ 20,6 %

Parejas sin hijos 3.042.409 4.413.304 + 1.370.895

+ 45,1 %

Parejas con 1 o 2 hijos 5.473.743 6.429.044 + 955.301

+ 17,4 %

Parejas con 3 hijos o más 994.665 631.186 - 363.479

- 38,5 %

Parejas de derecho 8.947.032 9.806.022 + 858.990

+ 9,6%

Parejas de hecho 563.785 1.667.512 + 1.103.727

+ 195,8 %

Familias reconstituidas 235.385 496.135 + 260.750

+ 110,8 %

Fuente: INE. Nota de prensa del 12 de diciembre de 2013

El número de hogares está aumentando

Constatemos, en primer lugar, que el número de hogares en España alcanza los 18.083.692, según los Censos de Población y Viviendas 2011, lo que supone un incremento del 27,5 % respecto al año 2001. En realidad es el número de miembros en cada hogar el que viene descendiendo en España durante los últimos 40 años. 3,82 personas de media convivían en un hogar el año 1970; 3,59 el año 1981; 3,26 el año 1991; 2,86 el año 2001 y que queda reducido a 2,58 el año del último censo en 2011. Cada vez hay menos gente en cada vivienda. De ahí también que se hayan construido más viviendas. Demasiadas a lo que parece, pero también había más demanda.

También aumentan las personas que viven solas

Los técnicos las denominan hogares unipersonales o unifamiliares y con esa denominación aparecen en la tabla 1. Los hogares unipersonales mantienen la tendencia creciente de las cuatro últimas décadas y ya representan el 23,2 % del total de hogares españoles, cuando ese porcentaje era del 7,8 % el año 1970. Entre 2001 y 2011 el porcentaje de hogares unipersonales casi se dobla, hay un 45,8 % más. Es muy llamativo observar (véase para el detalle de datos la Nota del Prensa del INE ya referenciada del 12 de diciembre de 2013) que entre los solteros, casados y divorciados abundan los hombres sobre las mujeres viviendo solos, mientras que entre los viudos son muchas más las mujeres que viven solas. Vivir en hogares unipersonales en el caso de los hombres es consecuencia, particularmente, de su soltería o de un fracaso matrimonial. En el caso de la mujer, de su mayor esperanza de vida y quizás también (no he comprobado en detalle el dato) las mujeres se casan (unen, forman pareja, etc.) en segundas nupcias con mayor frecuencia que los hombres. Lo veremos más abajo en detalle.

Tabla nº 2. Personas que viven solas, según el sexo, a tenor del Censo de 2011.

Condición Valores absolutos

Porcentaje

sobre total de hogares

Mujer sola de menos de 65 años 1.054.513

5,83 %

Mujer sola de 65 y más años 1.279.486

7,07 %

Mujeres que viven solas 2.333.999

12,9 %

Hombres solos de menos de 65 años 1.429.621

7,91 %

Hombres solos 65 y más años 429.700

2,38

Hombres que viven solos 1.859.321

10,28

Total hogares unipersonales 4.193.320

23,19 %

Total de hogares en 2011 18.083.692

100 %

   Datos del Censo de 2011, elaboración de JE.

En la tabla 1 también hemos tenido ocasión de comprobar que el aumento del número de personas que viven solas ha aumentado entre las personas de 65 y más años de edad, así como entre las personas más jóvenes, quienes tienen, en el momento de administrar la encuesta, entre 25 y 34 años de edad. En el primer caso señalado, personas de 65 y más años habría el año 2011 más de un millón setecientas mil personas viviendo solas en su domicilio en España, un 25,8 % más que el año 2001, diez años antes. Es salto es espectacular y merece, en sí mismo considerado, un apartado al que aquí no podemos consagrar. Pero nótese también que entre las personas más jóvenes (entre 25 y 34 años de edad) en los años que median entre el censo de 2001 y el de 2011, el porcentaje de los que viven solos ha aumentado en un 37 %. Cifra aún más espectacular. Indicador básicamente de que en la actualidad la media de los jóvenes se casan (unen, hacen pareja, etc.) pasados los treinta años… y que muchos se separan o divorcian en los primeros años de vida en común. Tampoco podemos ocuparnos aquí de este tema.

Limitándonos ahora a los datos del Censo de 2011, hemos profundizado en el sexo de las personas que viven solas y hemos construido esta Tabla 2.

La tabla 2 nos complementa el perfil de los hogares unifamiliares, hogares donde viven personas solas. Casi llegan al 25 % de los hogares españoles, aunque el número de personas que viven solas en España es el 9 % del total pues, no se olvide, el número medio de personas por hogar era en el censo de 2011 de 2,58.

Pero más importante a señalar es que si bien no hay mucha diferencia entre el porcentaje de mujeres que viven solas (12,90 del total de hogares) respecto del de los hombres (10,28), sin embargo, y de forma muy significativa, los hombres de 65 y más años son un tercio menos que las mujeres, lo que se explica en gran medida por la superior longevidad de las mujeres. Por otra parte los hombre de 65 y menos años son, en número, algunos más que las mujeres, lo que se explica, aunque en menor medida, por su renuencia a casarse.

Parejas, según su número  de hijos

Estamos ante lo que se ha estado denominando como familia nuclear: una pareja con o sin hijos. En la tabla 1 constatamos su número y evolución entre los censos de 2001 y 2011. Retengamos lo esencial.

Tabla 3. Tipos de familia según nacionalidad

 

Censo 2011

Incremento

2001-2011

En %

Según Tipo de pareja Valores absolutos

En % verticales

Parejas  españolas 9.880.642

86,1

- 9,6

Parejas extranjeras 1.022.770

8,9

248,5

Hombre español y cónyuge extranjero 322.795

2,8

136,4

Mujer española y cónyuge extranjero 247,327

2,2

Total de parejas 11.473.534

100%

-

 

El número de parejas ha aumentado en el periodo considerado en cerca de dos millones. En el censo de 2011 hay un 20,6 % de parejas más que en el censo de 2001. Al boom de nacimientos en España entre 1970 y 1975 “le ha llegado el momento de formalizarse en parejas”, -teniendo en cuenta que muchas parejas se constituyen con treinta y más años de edad-, a partir del año 2002 y durante toda la década que comprenden los censos de 2001 y 2011 que estamos analizando. Más interesante es constatar que han aumentado en un 45 % el número de parejas que no tienen hijos, pero en solo un 17 % las que tienen uno o dos hijos y ha disminuido en un 48,5 el número de parejas con tres o más hijos. La conclusión es clara: aumento de parejas, sí, pero básicamente de parejas sin hijos y notabilísimo descenso de parejas con tres o más hijos, siendo el aumento de parejas con uno o dos hijos inferior al aumento general de parejas. Luego notable descenso de la natalidad que no llega ni de lejos a cubrir la reproducción natural de la sociedad española. Dentro de unos años habrá más personas mayores de 65 años que menores de 15. Será la pirámide de edades invertida. O cambia la actual tendencia de baja natalidad, o se produce una gran masa de inmigrantes. Si solamente se da la primera realidad, España, poco a poco va desapareciendo. Si aumenta fuertemente el número de inmigrantes, España será cada vez más mestiza. Habrá cada vez más parejas mestizas.

Parejas según su nacionalidad

Detengámonos un momento en la evolución actual de las parejas según su nacionalidad. Es lo que ofrecemos en la tabla 3.

Según el censo de 2011 la inmensa mayoría de parejas siguen estando conformadas por parejas donde ambos son de nacionalidad española, lo que no significa, exactamente, que ambos cónyuges hayan nacido en España pues uno -o los dos- han podido nacionalizarse español. Estamos hablando del 86,1 % de parejas en España el año 2011 pero, regístrese el dato, representaban porcentualmente un 9,6 % menos que diez años antes. Por el contrario el porcentaje de parejas extranjeras (ambas extranjeras) había aumentado en 248,5 % y el de parejas con un cónyuge español y el otro extranjero lo hacía en un 136,4 %, cuando en la pareja el hombre era español y cuando lo era la mujer.

Parejas interreligiosas

Llamadas también interconfesionales o mixtas, como lo hace el Código de Derecho Canónico, exigirían al menos un apunte propio. Pero no he encontrado referencia alguna en España al número de familias, uniones familiares, matrimonios, etc., entre personas de diferente signo religioso que hayan decidido compartir su vida en alguna de las modalidades posibles que arriba hemos mentado. La Web de la Conferencia Episcopal Española en su Comisión de Relaciones Interconfesionales, siguiendo las directrices del Código de Derecho Canónico (cánones 1124-1128), escribe sobre la preparación, celebración y acompañamiento posterior a los matrimonios mixtos, entre otros documentos de interés pastoral. Pero no hay –o yo al menos no he encontrado– un solo dato estadístico (tampoco en la Oficina de estadística de la CEE) sobre el número de matrimonios mixtos que haya habido en España. Al menos de los que la Iglesia pudiere tener conciencia. No es que sea lo esencial, ciertamente, pero parece conveniente sobre qué universo de personas se ha “pastoreado”.

El INE ni siquiera menciona la expresión matrimonios, uniones, parejas, etc., interreligiosas o interconfesionales. El INE utiliza la expresión de matrimonios mixtos cuando se trata de matrimonios de diferentes nacionalidades, pero es fácil darse cuenta de que matrimonios de diferentes nacionalidades no supone necesariamente matrimonios interreligiosos: es el caso de españoles casados con latinoamericanos de religión católica. Para el INE –salvo error por mi parte, que no creo pues he buceado en el interior del INE– ese matrimonio sería calificado de mixto. Luego matrimonio mixto no tiene la misma significación en el INE que en la Iglesia católica y se presta a equívocos a los escasos investigadores a quienes estas cosas interesen.

Sea lo que sea, los datos obtenidos sobre la modalidad de matrimonios (exclusivamente matrimonios, no parejas de hecho o uniones libres) canónicos o civiles tampoco nos muestra la modalidad de matrimonios interreligiosos en España. Así, según el INE, el año 2012 hubo en España 165.101 matrimonios de los cuales 61.809 según la Iglesia católica (el 37 %) y 102.334 exclusivamente civiles (como los denominan) que conformarían el 62 % de matrimonios en España el año 2012. El 1 % restante, 958 en valores absolutos, el INE lo encuadra bajo la denominación de matrimonios “según otra religión”. Pero no podemos decir cuántos interreligiosos. Cabe hipotetizar que los hubo bajo la denominación de matrimonios según la Iglesia católica o según otra religión pero ninguna información sobre el número de los mismos. Obviamente su cuantificación no interesa al INE.

Parejas de hecho y de derecho

Aunque en la tabla 1 ya nos hemos referido a esta modalidad, trasladamos los datos allí ofrecidos con alguna ampliación significativa en la tabla nº 4.

Tabla 4. Evolución de los tipos de pareja (mismo sexo, distinto sexo) según los Censos de 2001 y de 2011.

 

Censo de 2001

Censo de 2011

Incremento

2001-2011

En %

Según Tipo de pareja Valores absolutos

En  %

Verticales

Valores absolutos

En % verticales

Parejas de distinto sexo 9.500.343

99,9

11.418.614

99,5

20,2

Parejas del mismo sexo femenino (a) 3.478

0.0

17.067

0,1

390,7

Parejas del mismo sexo masculino (b) 6.996

0.1

37.853

0,3

441,1

Parejas del mismo sexo (a + b) 10.474

0,1

54.920

0,47

524,3

Total de parejas 9.510.817

100 %

11.473,534

100%

20,6

Fuente: Instituto Nacional de Estadística. Censo de población y vivienda 2011. Nota de prensa 12 diciembre 2013 (Completado por los propios datos del INE por JE)[1]


Las parejas de derecho siguen siendo mucho más numerosas que las de hecho, aunque en los 10 últimos años se ha producido un descenso significativo del número de parejas de derecho (casi un 10 %) y un incremento muy significativo del número de parejas de hecho. En efecto, en las parejas de hecho con sus dos miembros solteros el incremento ha sido del 249,5 %. Y en las de otro tipo (por ejemplo un soltero con alguien que habría estado casado, o parejas de personas que anteriormente hubieran estado casadas con otras personas), del 136,4 %. En definitiva, según el Censo de 2011 las parejas de hecho ya conforman el 14,5 % de las parejas en España.

 

Parejas del mismo y distinto sexo

La inmensa mayoría de las parejas en España son de diferente sexo. Según el censo de 2001 sumaban el 99,9 % de las parejas. En el censo de 2011, ya aprobada la ley que formalizaba el matrimonio entre personas del mismo sexo, la cifra desciende un poco: el 99,5 % del número de parejas son de distinto sexo. Por su parte, las parejas del mismo sexo se han multiplicado por cinco en los 10 últimos años y se sitúan en 54.920 según el censo de 2011 cuando el número de parejas de diferente sexo arrojaba, siempre según el INE, la cifra de 11.418.614. Ver datos en la tabla 5.

Es evidente, sin embargo, que más allá de las diferencias, tanto en valores absolutos como en valores porcentuales entre parejas del mismo sexo y parejas de diferente sexo, la cifra de casi 55.000 parejas del mismo sexo es mucho más que una anécdota o una cifra residual. Es una realidad estadísticamente relevante. Anótese también que las parejas del mismo sexo masculinas siguen siendo más del doble que las femeninas.

Hogares monoparentales

En la nota de prensa del INE de 12/12/13 en su página 4 podemos leer una tabla de hogares según estructura, tabla de la que extraemos estos datos, aunque algunos repetidos, por haber sido presentados anteriormente, al objeto de facilitar la lectura, particularmente si se lee en formato electrónico. Ver tabla 6.Ya hemos hablado más arriba de los hogares unipersonales (el 23 % de los hogares en el Censo de 2011), así como los conformados por parejas que viven sin hijos (21 %) y con hijos (35 % en números redondos). Con estos datos recordados, presentamos en la tabla 5, el 7,5 % de hogares donde vive una madre que vive sola con sus hijos y el 3,2 % de hogares conformados por un padre que vive solo con hijos. Sumando ambas situaciones tendríamos que, a tenor del Censo de 2011, habría en España un 10,7 % de familias monoparentales siendo claramente mayoritarias las conformadas por la madre con sus hijos, aunque haya aumentado en la década anterior a la del Censo de 2011 el porcentaje de familias monoparentales con padre (el 59,7 %) en mayor proporción que el porcentaje de familia monoparentales con madre (44,8 %).

Tabla 5: La dimensión de los hogares monoparentales y su evolución según los censos de 2001 y 2011.

Diferentes tipos de hogares

Censo 2011

Variación
  Valores absolutos

En  %

Verticales

2011 – 2001
Hogar unipersonal 4.199.319

23,2 %

+ 27,5 %

Hogares formados por parejas sin hijos 3.804.677

21,0 %

+ 55,4 %

Hogares formados por parejas con hijos 6.321.923

34,6 %

+ 9,1 %

Hogares con una madre sola con hijos 1.359.376

7,5 %

+ 44,8 %

Hogares con un padre solo con hijos 573.732

3,2 %

+ 59,7 %

Hogar con al menos dos personas que no forman familia 246.835

1,4 %

+ 77,3 %

Otro tipo de hogar 1.823.680

10,1 %

- 9,9 %
Total de hogares 18.083.692

100 %

+ 27,5 %

Podemos dar un paso más y con riqueza de información suplementaria. Según la nota de prensa de 10 de abril de 2014 en base a la encuesta continua de hogares de 2013 (recuerden que hablamos de datos provisionales) bajo el epígrafe de “Hogares monoparentales” podemos leer que “los hogares monoparentales, es decir, los que están formados por uno solo de los progenitores con hijos, están mayoritariamente integrados por madre con hijos (1.412.800, el 82,7 % del total, frente a 294.900 de padre con hijos). El número de hogares formados por madre con hijos ha crecido en más de 53.000 desde el censo de 2011. Por el contrario, el de padres con hijos ha disminuido en 40.000. En un 43,7 % de los hogares de madres con hijos la madre está viuda, en un 35,7 % separada o divorciada, en un 12,6 % soltera y en el 8,0 % casada. El 56,4 % de los 178.000 hogares de madre soltera con hijos está formado por mujeres de 40 o más años”.

Ya pasados del espacio que nos han asignado para este texto limitémonos a señalar las diferentes situaciones de la madre que vive sola con sus hijos: el 43,7 % por viudedad, luego estamos ante una situación sobrevenida. En todos los demás casos es consecuencia de una decisión adoptada.

Nos parece capital señalar que el número de madres viviendo solas con algún hijo menor de 25 años es de 693.167, el 3,83 % de hogares en el censo de 2011, y que el número de padres viviendo con algún hijo de menos de 25 años es de 180.826, el 1,0 % del total de hogares del mismo censo. Estos hogares, especialmente cuando los hijos sean de corta edad, son los que debieran tener prioridad asistencial, si la educación de las nuevas generaciones es prioritaria como a veces se oye decir.

Familias reconstituidas

Señalemos, por último, que, según la Nota del INE del 12 de diciembre de 2013, habría en España casi medio millón de parejas que tienen algún hijo que no es común a los dos miembros de la pareja. Añaden en la nota que “en los 10 últimos años esta cifra ha aumentado en un 110,8 %, debido al incremento de rupturas matrimoniales”