Nazismo económico1

José Ignacio González Faus

Comparemos: por un lado, la propuesta andaluza de expropiar a los Bancos las casas inutilizadas, para dar vivienda a ­desahu­ciados y las críticas destempladas de cierta prensa: “robo, atraco, ataque a la propiedad”. Por otro lado, el Banco de España propone crear trabajo con un salario inferior al mínimo legal (que en España es el más bajo de la zona euro, y no es ya salario mínimo sino salario mierda).

¿Dónde está la moral, al menos desde una óptica cristiana?

Veamos. “Todo hombre tiene derecho a encontrar en la tierra cuanto necesita. Los demás derechos, sean los que sean, incluido el de propiedad y comercio libre, están subordinados a ello: no deben estorbar sino facilitar su realización. Y es un grave y urgente deber social reconducirlos a su finalidad primera” (Pablo VI, Pop. Prog. 22).

“El hombre, en cuanto a su persona, y por consiguiente en cuanto a sus bienes, más es de la república que de sí mismo… Mediando una justa causa, puede disponer la república de los bienes de cualquier particular, porque los bienes de éste más son de la república que suyos… (Por eso) el que se exime fraudulentamente de pagar los tributos no puede estar tranquilo en conciencia y está obligado a restituir… Es una ­iniquidad que se grave más a los que deberían estar menos gravados… Y así se hace ahora: que exentos los ricos, pagan tributos los pobres” (Francisco de Vitoria, Sentencias morales I, 93- 94 y103-104).

Corrijo la primera frase, matizando que el hombre es tanto (no más) de la república como de sí mismo. Pero me pregunto por qué nuestras derechas exaltan al P. Vitoria como gloria española, “prez de nuestro siglo de oro y padre del derecho de gentes”, cuando tan poco caso le hacen. ¿No deberían decir (con su jerga) que Vitoria era un perfecto cabrón y un comunista camuflado?.

Dicho lo cual, saquemos algunas consecuencias de los textos citados.

1.

El 25 de marzo del año pasado este periódico publicó un artículo titulado: ¿Crear empleo o crear esclavitud? Los hechos van respondiendo a aquella pregunta.

2.

Vivienda y empleo dignos son derechos primarios irrenunciables que están muy por encima del (supuesto) derecho a poseer una gran fortuna. Por tanto, si la iniciativa privada no puede o no sabe crear empleo, recae sobre los gobernantes la obligación grave de satisfacer esos derechos. Si no ¿para qué gobiernan? Pero ya nos avisan los sabios que “salir de la crisis” significará sólo que ya no estamos en recesión, mientras que el empleo seguirá siendo precario y los salarios más bajos. (Añadamos que el PP sí ha creado empleo; pero sólo para cargos y dirigentes del partido, que tienen sueldos dobles).

3.

“Los Bancos se hicieron para el hombre, no el hombre para los banqueros”, parafraseando una conocida frase evangélica. El dinero que tienen los Bancos no es suyo: lo tienen para ayudar a invertir a quienes crean riqueza, no para hacer negocios ellos. Si quieren negociar con ese dinero ajeno y les sale mal es problema suyo; pero eso no les autoriza a dejar de dar créditos. Clama al cielo que un banquero, condenado por la justicia e indultado por el gobierno socialista, se jubilara con una pensión de 88 millones (más otros 11 de un seguro acumulado). Ya el editorial de este diario consideraba esa cifra como “astronómica”. Démosle un millón (que ya lo quisieran muchos) y digamos que aquel señor es moralmente un ladrón que robó 87 millones. Si fuera católico habría que negarle la comunión como pecador público.

4.

Todo esto no afecta sólo al PP. Rubalcaba y otras prominentes figuras del PSOE tienen fortunas de más del millón de euros. Ese solo dato ya explica la crisis actual del partido, porque es profundamente antisocialista. Sueño que esos millonarios del PSOE se reunirán un día y, además de las propuestas que están haciendo, sensatas quizá pero inútiles (pues Rajoy ya declaró que, para él, eso de dialogar significa: “haga Vd todo lo que yo digo y comparta las responsabilidades”), nos comuniquen que han decidido reducir sus fortunas a unos dos o trescientos mil euros y, con todo lo que pase de ahí, buscar modos de invertir, sin más objetivo que crear empleo y sin buscar beneficios. Eso sería socialismo. Y así no necesitarían adornarse con lo que antaño llamé Izquierdas de plástico”.

Un sistema montado para satisfacer los caprichos de unos pocos y no las necesidades de todos, es puro nazismo económico tan intolerable como fue antaño el nazismo racial. Europa puede imponernos una reducción sensata y justa de nuestra deuda. Pero no puede exigir que esa reducción se haga precisamente recortando gastos sociales y derechos primarios, sobre todo cuando nosotros no hemos elegido a esos poderes. Menos aún debe alabar tales atrocidades como si pensara que los destinatarios de esos recortes no son personas sino una raza infrahumana (son PIGS, cerdos, como ya se dijo; y es sabido que del cerdo “se aprovecha todo”).

Sin una revisión muy seria de nuestra moral de la propiedad, no habrá salida para este mundo. Por supuesto, lo dicho vale también, y primariamente, para la Iglesia, las órdenes religiosas y para mí. 

1. Publicado en RD el 24/06/2013.

Comunicado sobre la situación de Guatemala

Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII

Guatemala se encuentra inmersa en una coyuntura política muy delicada, que podría desencadenar más violaciones a los derechos humanos y perpetuar la impunidad. Esta crisis hunde sus raíces en la falta de voluntad por parte del Estado en dar cumplimiento a los Acuerdos de Paz firmados en 1996. Ningún Gobierno, desde la firma de dichos Acuerdos, ha manifestado la voluntad de abordar las causas que dieron origen al enfrentamiento armado. Por el contrario, se fortalece un modelo económico que concentra la riqueza en pocas manos, dejando a la inmensa mayoría de la población hundida en la pobreza, la exclusión y el racismo, tal como señalan los obispos guatemaltecos en su último comunicado.

Organizaciones de Derechos Humanos han registrado, entre 2012 y lo que llevamos de año, 274 agresiones a defensores de derechos humanos y sociales. Se han incrementado las amenazas, secuestros, allanamientos a sedes de organizaciones sociales, violaciones sexuales, torturas y asesinatos de líderes comunitarios. Entre febrero y abril de 2013 fueron asesinados 8 líderes de organizaciones sociales. Otros están en prisión por su resistencia a las concesiones extractivas y a la explotación irresponsable de los recursos naturales del país. 27 vecinos de San Rafael Las Flores han sido encarcelados por su oposición a la minería. Ha habido asesinatos de campesinos que resisten al alza del coste de la energía eléctrica y de quienes se oponen al proyecto hidroeléctrico en Santa Cruz Badilas (Huehuetenango) y en las Verapaces. Se ha decretado el estado de sitio en varios municipios del oriente del país.

Se criminaliza la lucha social de los campesinos que reivindican tierra, de las organizaciones que ofrecen resistencia a la explotación minera y de las organizaciones sociales, activistas de derechos humanos, ONGs y religiosos que acompañan al pueblo. El gobierno del general Otto Pérez Molina implementa un modelo autoritario que genera violencia y corrupción. Ha hecho caso omiso a la multitud de consultas comunitarias respecto a la explotación minera y ha dado continuidad al terror selectivo. En el marco del juicio que se lleva a cabo contra el ex-presidente de facto, general Efraín Ríos Montt, y del responsable de la temida G-2, coronel Rodríguez, acusados de genocidio, un grupo de militares retirados y de la derecha neoliberal ha publicado en diversos medios una serie de señalamientos e injurias contra miembros de la Iglesia comprometidos con los pobres.

La Junta Directiva de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII, en nombre de la misma, sensible al dolor y esperanza del pueblo guatemalteco, expresa su preocupación por la situación que vive Guatemala. Condena la escalada de violencia represiva contra activistas de derechos humanos, líderes sociales y personalidades religiosas, el desconocimiento por parte del gobierno guatemalteco de la voluntad soberana del pueblo expresada en todas las consultas comunitarias realizadas a lo largo y ancho del país, en las que rechaza la extracción minera. Asimismo, denuncia la campaña de tergiversación y calumnias, por parte del gobierno, militares y derecha guatemalteca, contra la Iglesia que, siendo fiel a Jesús, está al lado de los pobres y de sus anhelos de justicia y dignidad.

Nos hacemos eco del Comunicado de la Conferencia Episcopal de Guatemala en el que, con motivo del XV aniversario del asesinato del obispo Juan Gerardi, “pastor bueno que entregó su vida al servicio de los pobres y defensor de la dignificación de las víctimas de la violencia”, denuncia la situación de violación a los más elementales derechos humanos, la injusticia del sistema y la entrega de los recursos naturales del país a las empresas multinacionales a espaldas de la población, y llama al pueblo católico y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a trabajar por otra Guatemala distinta, en palabras de monseñor Gerardi.

Nos solidarizamos con los anhelos de justicia y paz del pueblo guatemalteco, con sus luchas en defensa de sus derechos y con los agentes de pastoral que lo acompañan. Exigimos, finalmente, al Gobierno de Otto Pérez Molina respeto a los derechos humanos, garantías y libertades constitucionales de la población guatemalteca y la realización de un diálogo serio y responsable con todos los sectores sociales y populares.

Carta del Foro de “Curas de Madrid” al papa Francisco

Foro de Curas de Madrid

Estimado Papa Francisco:

Somos un grupo de algo más de un centenar de sacerdotes, conocidos desde el 2007 como “Foro Curas de Madrid”, que venimos animando, desde hace bastante tiempo, la fe y el seguimiento de Jesús en comunidades cristianas, parroquias de barrio, movimientos populares y sociales e instituciones académicas. Nuestra voz va cobrando cada día mayor relevancia pública a través de gestos y documentos que, inspirados en el Evangelio, intentan reflejar periódicamente nuestra toma de postura ante el difícil proceso social y eclesial que estamos atravesando.

Desde este contexto concreto y generalmente difícil en que desarrollamos nuestra actividad, nos gustaría compartir brevemente con usted algunas de las preocupaciones que nos produce la situación de la Iglesia tanto local como universal. Antes, sin embargo, queremos manifestarle nuestra alegría por su elección como sucesor de Pedro, vínculo de unión entre el mundo católico, y hacerle llegar nuestra felicitación cordial por haber asumido con humildad este servicio de tan alta responsabilidad.

Hemos de confesarle que muchas de las palabras y gestos que le hemos escuchado y visto hacer desde que asumió su nueva tarea pastoral nos están sabiendo a Evangelio. No es nuestro propósito hacer ahora un recuento de todo esto; la prensa mundial lo pone a diario de manifiesto, lo que es para nosotros motivo de satisfacción. Pero sí queremos decirle que, a nuestro entender, dejan traslucir su marcado interés por una forma de presencia cristiana en el mundo sencilla en las formas y firme en la opción por los pobres. Nos emociona este nuevo aire que, desde Roma, usted parece querer que se difunda por toda la Iglesia católica, aire en el que nosotros personalmente nos sentimos cómodos.

Pero en esta sencilla carta queremos, como hemos dicho antes, hablarle también de algunas de nuestras más importantes preocupaciones. Por lo que diremos a continuación, al igual que a los cristianos y cristianas del siglo XIII, nos preocupa grandemente la deriva que está siguiendo actualmente la Iglesia en el mundo en general y, muy en concreto, en nuestro país. Nos atrevemos a pensar que también a usted le sigue pareciendo que conserva su vigencia aquel mandato que, según San Buenaventura, recibió San Francisco de Asís directamente de Jesús: “Francisco, ve y restaura mi casa, mira que está en ruinas”. Nos consta que el espíritu franciscano ha venido modulando su vida desde hace tiempo, hasta el punto de haber querido que su nombre de papa se identifique con el del santo pobre y de los pobres. A la vista de los indicadores que también hoy amenazan ruina en nuestra Iglesia, es indudable que seguirá oyendo esa imperiosa invitación de Jesús a restaurar su casa. Entre los factores que, a nuestro juicio, están hoy causando ruina cabe señalar por su importancia aquellos que tienen que ver o son consecuencia directa del uso abusivo del poder, la pompa y el dinero entre sus más altas jerarquías, y esa terrible forma de corrupción moral que es la pederastia, en la que por desgracia ha caído un elevado número de miembros del clero. Conductas de este tipo son las que están haciendo que la imagen pública de la Iglesia, más que una Buena Noticia para el mundo o una “tradición de sentido” que da razones para la esperanza, aparezca como una secta cerrada y sospechosa, preocupada sobre todo por satisfacer sus propios y a veces turbios intereses. ¡Cómo nos gustaría, siguiendo la inspiración de estos sus primeros gestos, volver a respirar aquel aire fresco con el que soñaba el papa bueno, Juan XXIII!

No dudamos que usted ya dispone de un buen análisis de la situación y del programa de reformas que necesita esta Iglesia para volver a Jesús y ponerse a la altura de nuestro tiempo. Nos alegraría en gran manera coincidir con usted en las apuestas de ese programa, así como en la necesidad y urgencia de la reforma. A la luz de la imagen que ha venido reflejando desde su elección, nos hemos percatado de la importancia que tiene para usted esa sección de Iglesia pobre y entre los pobres, frecuentemente silenciada por la jerarquía. Muchos de nosotros estamos trabajando en esos lugares, ignorados por el sistema, pero cargados de valores humanos y evangélicos. Nos gustaría ver este sector de Iglesia colocado como piedra angular de su proyecto de renovación y poder decirle que, desde nuestros modestos lugares de trabajo, puede contar con nuestra complicidad, apoyo y colaboración.

Conocedores como somos de la gran diversidad de la Iglesia actual y de los muchos problemas que la afectan, pero con la experiencia que hemos ido acumulando en largos años de servicio desinteresado, nos proponemos expresarle con humildad lo que a nuestro juicio debería formar parte irrenunciable de un programa de transformación evangélica de la Iglesia. No pretendemos sentar cátedra de nada, ni dar lecciones a nadie. Simplemente queremos hacer uso de esa “parresia” profética a la que usted nos invita, para expresarle por escrito lo que tantos grupos de católicos nos hemos venido repitiendo desde hace años, sin que haya tenido el menor apoyo y acogida por parte de la jerarquía.

En primer lugar, nosotros estamos experimentando a diario la “sensación de cansancio”, de miedo al riesgo y la falta de vitalidad que está afectando muy seriamente a gran parte de la Iglesia, sobre todo a sus cuadros docentes y directivos, y al pueblo cristiano en general. Somos conscientes de que, sobre todo en las últimas décadas, la dirección de la Iglesia ha vivido más pegada a la doctrina –muchas veces ideología– que a la práctica, más pendiente de la ortodoxia que de la ortopraxis. Esto la ha llevado a colocar la ley antes y por encima del ser humano y a dar mayor importancia al Derecho Canónico que al mismo Evangelio. Por mantener férrea y acríticamente el dogma, se ha perdido el corazón. Y con el corazón se ha perdido la frescura y creatividad, la cercanía y la compasión.

En esta perspectiva nos parece urgente que nuestra Iglesia vuelva a esa manifestación fresca y libre de la fe de la que ha sido privada durante las últimas décadas; al desarrollo normal y sin censura de las disciplinas del saber teológico, pastoral y litúrgico; a la revitalización del diálogo ecuménico, macroecuménico, interreligioso e intercultural, vía necesaria para la consecución de la paz y de justicia en el mundo de hoy. Nos gustaría contar cuanto antes con la rehabilitación de los teólogos, muchos católicos y católicas que han sido censurados y castigados por el noble ejercicio de pensar. ¡Cómo nos gustaría ayudarle a invertir esta práctica equivocada! ¡Que nunca más el pensar creativo pueda ser un delito en la Iglesia de Jesús! Necesitamos no solo el discurso imaginativo de nuestros poetas y artistas, de nuestros teólogos y escritores, sino también la creatividad y frescura de los pastores que, según su propia expresión, quieran “oler a oveja” sin peligro de ser arrojados fuera del establo.

En segundo lugar, consideramos que también es tarea urgente que debe afrontar la Iglesia la de hacer que en su seno se articule real y eficazmente el estatuto de igualdad de todos sus miembros, tal y como se refleja en la Carta a los Gálatas (3,28). Es una contradicción que, siendo la común dignidad de todos los seres humanos parte esencial del mensaje que anunciamos, la articulación de dicha igualdad esté mucho más y mejor desarrollada en la sociedad civil que en el seno de nuestras comunidades. En este sentido nos parece urgente en concreto que nuestra Iglesia abandone de una vez el patriarcalismo y deje de ser una institución que tiene vetadas muchas de sus funciones a más de la mitad de sus miembros, es decir, a las mujeres, así como a una buena parte de los hombres, a los que niega el acceso al sacerdocio, y lo que ello conlleva, bien porque hayan optado por el matrimonio o porque hayan hecho pública manifestación y ejercicio de su homosexualidad. También nos parece urgente que la Iglesia abandone el carrerismo y la cooptación del poder, y deje de ser esa institución en la que la opinión de la inmensa mayoría del pueblo que la forma no es tomada en cuenta a la hora de elegir a sus dirigentes, ni cuando se discuten y adoptan decisiones que van a afectarle directamente.

Respecto a nuestra presencia dentro de la sociedad de la que formamos parte, nos parece urgente que la Iglesia, recuperando el espíritu del Vaticano II que se manifiesta en la constitución Gaudium et Spes, deje de presentarse ante el mundo como quien se considera depositaria de una sabiduría más alta y de una moral más profunda que la del resto de la humanidad, máxime cuando hay mucha sabiduría acumulada por la Modernidad de la que todavía no se ha hecho eco. La experiencia e investigación científica están alumbrando cada día dimensiones de la realidad que generalmente se rechazan en la Iglesia por pereza mental o en nombre de una misteriosa revelación o tradición secular difíciles de argumentar. Necesitamos volver a mirar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo con ojos de complicidad y de colaboración en orden a abordar conjuntamente los grandes retos tanto de convivencia humana como del cuidado necesario del planeta Tierra que tenemos urgentemente planteados.

No podemos seguir estando ajenos a los grandes problemas de justicia social y cósmica que afectan a la humanidad. En este sentido, nos ha resultado alentador escuchar de su boca que le gustaría “una Iglesia pobre y de los pobres”. En nuestros barrios estamos siendo testigos de las víctimas que está causando el neoliberalismo inhumano que hoy campa a sus anchas: con sus drásticos recortes de los servicios sociales, con las masas de parados, principalmente jóvenes y mujeres, con los desahucios que destrozan la vida de tantas familias, con los impuestos, injustamente aplicados, que están esquilmando las clases media y baja. Y, ante tan desolador panorama, nos duele en el alma el escandaloso silencio que guarda la jerarquía de nuestro país sobre estos dramas que afectan gravemente a la ciudadanía, cuando se sigue mostrando incontinentemente locuaz en otros temas que importan menos a la gente. Necesitamos que nuestra Iglesia rompa con esa, al menos aparente, complicidad que mantiene con el poder político, renuncie a todos sus privilegios, y recupere la libertad profética para defender, junto a otras muchas instituciones, que ya lo están haciendo, la dignidad y los derechos de los más pobres.

Cada época tiene, según la Biblia, su propio “kairós”, su propio momento en el que a la humanidad se le ofrece la ocasión de dar un salto a mejor. ¿Será este, con su llegada, el kairós adecuado para la transformación evangélica de la Iglesia? Para esta tarea, estimado Papa Francisco, no lo dude, puede contar con nosotros.

Carta de Ada Colau al Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy

Ada Colau

Sr. Mariano Rajoy. Señores diputados y diputadas del PP, miembros del Gobierno de España. Les escribe Ada Colau, pero esta vez no como portavoz de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), sino como una ciudadana cualquiera.

Estos últimos días han sido intensos. La Sra. Delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, y otros miembros del gobierno y de su partido, así como algunos medios de comunicación, han lanzado graves acusaciones contra mi persona. Se han dicho muchas mentiras o medias verdades deformadas: que si era filo terrorista, simpatizante de no sé qué, condenada en juicios inexistentes, anti sistema por acciones pacíficas varias, subvencionada con millones de euros… Es igual. Los abogados me dicen que debo denunciar, y en algunos casos graves lo haré, pero no vale la pena perder tiempo respondiendo a la difamación. Sin embargo, se han acumulado algunos malentendidos de fondo que creo sería oportuno aclarar.

En primer lugar, ustedes no han entendido el movimiento de la PAH.

Dejen que les cuente. La PAH es un movimiento ciudadano en el que participan miles de personas, la mayoría afectadas, algunas otras solidarias, todas movilizadas por la defensa del derecho a la vivienda. Es un movimiento apartidista, muy plural y transversal, en el que personas muy distintas hemos coincidido movidas por la indignación frente al abuso de las entidades financieras y la complicidad que éstas han encontrado tanto en su gobierno como en el anterior. Por ello les digo que sus acusaciones de que el PSOE mueve los hilos de la PAH son ridículas y demuestran un desconocimiento de la realidad preocupante. Deberían venir a nuestras reuniones y comprobarlo. En ellas encontrarán votantes de todos los partidos y abstencionistas; clases medias y bajas; inmigrantes y autóctonos; jóvenes y mayores… vamos, la ciudadanía en general.

En segundo lugar, la PAH no tiene, ni necesita, “lideresas”. Parece que ustedes se han empecinado en buscar cabecillas a los que poder decapitar, como forma rápida de acabar con una protesta que a las entidades financieras, y ahora parece que también a ustedes, les resulta molesta. Yo no soy nadie importante ni especialmente brillante. Soy temporalmente una portavoz, pero como yo hay miles de personas igual o más implicadas. Esa es la fuerza del colectivo: somos un movimiento profundamente democrático, que apuesta por la descentralización y el protagonismo de todas y cada una de las personas que en él participan. Ese es uno de los ingredientes secretos que explican que en los momentos más difíciles, las personas saquen lo mejor de sí mismas. Empoderamiento y solidaridad nos hacen imparables.

Y, finalmente, hablemos de los escraches. Les molesta que podamos ir a protestar frente a su casa. Lo entiendo. A mí tampoco me gustaría. Pero si alguna vez acudieran a un desahucio, entenderían que se trata de algo infinitamente más molesto. Hay miles de personas en una situación límite, en la calle y con deudas, en paro, sin tener qué comer… y todo ello a pesar de que viven rodeadas de abundancia. Miles de familias en la calle viven en el país de Europa que más viviendas vacías acumula. Pasan hambre en un estado que permite que cada día se tiren toneladas de alimentos en buenas condiciones. Y ustedes gobiernan ese país, por ello no debería sorprenderles que esas familias llamen a su puerta, después de haber intentado en vano llamar su atención. Este movimiento, absolutamente ejemplar, ha agotado todas las vías que la insuficiente democracia española ofrecía: durante más de cuatro años hemos intentado negociar con las entidades financieras, hemos hablado con los partidos políticos, con servicios sociales, ayuntamientos… hemos puesto recursos en los juzgados y hemos recogido como hormiguitas casi un millón y medio de firmas. Pero nada, el Partido Popular no se ha movido ni un milímetro y anuncia que rechazará las medidas de la Iniciativa Legislativa Popular.

Qué casualidad. Justo en el momento en que la PAH cuenta con más apoyo social (entre el 80% y el 90% según todas las encuestas). Cuando ya se han entregado el millón y medio de firmas de la ILP. Cuando la presión social les ha obligado a admitir a trámite esa ILP que no pensaban ni debatir. Cuando llega una sentencia europea que da la razón a las personas afectadas y dice que las miles de ejecuciones hipotecarias y desahucios que se han producido los últimos años en España son ¡legales! Justo en este momento, cuando parecería que ya nada más puede retrasar la necesaria reforma legislativa, ustedes nos salen con una campaña de criminalización como única respuesta. En lugar de escuchar el clamor popular, intentan generar confusión llegando a comparar nuestras acciones pacíficas con el terrorismo de ETA o la Alemania nazi. Hay que ser mala gente para decir algo así.

Recuerden que en este tema de los desahucios de momento los únicos domicilios violados y los únicos muertos los ha puesto la población. No sus señorías, que hasta la fecha se han limitado a mirar desde lejos, y desde la comodidad, un drama que podrían haber evitado si hubieran actuado donde les compete, en el Congreso. Por supuesto que la ciudadanía no es tonta y en seguida ha visto que en toda esta campaña de difamación no se buscaba más que hacer ruido para desviar la atención. Pero no les va a funcionar. La realidad es tozuda y miles de personas estafadas y desahuciadas no van a desaparecer por mucho que su gobierno las ignore.

Dejen que termine usando el paralelismo con la Alemania nazi al que ustedes recurren con tanta ligereza. Si bien la gravedad no es comparable, en ambos casos estamos hablando de situaciones de vulneraciones sistemáticas de derechos humanos. En España, afortunadamente, no estamos frente a campos de concentración, deportaciones ni asesinatos masivos. Pero sí tenemos violentos desalojos, miles de personas empobrecidas que ven comprometidas sus necesidades básicas, condenadas de por vida a la exclusión social y la economía sumergida. Y todo para mantener unos privilegios y unos beneficios astronómicos a las élites financieras.

Décadas después del nazismo, la sociedad alemana aún no se ha perdonado a sí misma el no haber sabido reaccionar a tiempo para evitar la barbarie. Pues bien, en España miles de ciudadanas y ciudadanos hemos decidido que en el futuro queremos poder mirarnos al espejo. Una democracia que permite la vulneración sistemática de derechos humanos, e incluso la promueve, no es democracia, por mucho que se vote cada cuatro años. Democracia será cuando el interés general se anteponga a los dictados de los mercados. Cuando nada sea más importante que la vida y la dignidad de las personas.

Sr. Presidente nunca es tarde para rectificar. No teman los escraches, no teman a la población. Bajen a la calle y hablen con la gente. Hagan justicia y detengan los desahucios. Hay vidas en juego que no pueden esperar más.

Comunismo para la ciudadanía

Carlos Fernández Liria

A derecha e izquierda del espectro político siempre es preciso admitir que existe una idea políticamente irrenunciable, la idea de una república en la que los legislados sean a la vez legisladores, es decir, la idea de una sociedad de hombres libres e iguales, de una comunidad de ciudadanos.

Sobre este tema, hace ya varios años, publiqué, junto con Luis Alegre Zahonero y Pedro Fernández Liria, un libro ilustrado por Miguel Brieva y titulado Educación para la Ciudadanía. Democracia, Capitalismo y Estado de Derecho (Akal, 2009). En el fondo, sosteníamos la tesis de que el capitalismo es incompatible con las condiciones materiales necesarias que
hacen posible la “ciudadanía”, al menos si con esta palabra nos referimos a algo que de verdad tenga que ver con lo que pensaron al respecto los filósofos de la Ilustración1. O por las mismas razones: que el capitalismo es incompatible con esa
realidad política irrenunciable a la que solemos llamar Estado de Derecho.

Nuestra postura se resume fácilmente: hay que ser comunista para defender esas cosas. De lo contrario, se trata de una farsa. El motivo de que haya que ser tan radical es que el capitalismo es radicalmente incompatible con el Estado de Derecho. Es cierto que, en general, los filósofos de la Ilustración no desembocaron en este resultado. Les faltaba un elemento para ello: haber leído a Marx. Eso hace que en muchos de ellos (por ejemplo, en Locke o en el propio Kant), el cinismo y la ambigüedad sean difíciles de distinguir. Pero, tras El Capital de Marx, es imposible ya defender al mismo tiempo la condición ciudadana y el capitalismo sin movilizar inmensas dosis de mala fe.

Nuestra tesis causó mucho revuelo en los medios de la extrema derecha neoliberal, sobre todo porque les habíamos tocado una fibra sensible: reivindicábamos el comunismo no para defender lo que ellos solían considerar los “valores comunistas”, sino,
precisamente para defender esos “valores liberales” (aunque más bien eran “republicanos”, y, además, no eran valores, sino principios) que ellos consideraban de su patrimonio. En esto habíamos dado en el clavo.

Sin embargo, en un cierto sentido, nuestra postura molestó todavía más en ciertos medios de izquierda. Nuestro acercamiento a filósofos como Kant, nuestra defensa del imperio de la ley y del concepto de ciudadanía, fue vista con mucha suspicacia,
interpretándose que nos aproximábamos a viejas posturas socialdemócratas y reformistas muy sospechosas (Bernstein, Volpe, etc.).

Es en este punto respecto al que quiero comenzar por proponer alguna aclaración. No es lo mismo defender una vía socialdemócrata al comunismo que defender una vía comunista hacia la socialdemocracia. Algunos somos comunistas para poder ser socialdemócratas, o quizás sea mejor decir para poder ser republicanos.

Hay un prejuicio muy extendido a este respecto y también un error. Más precisamente, se trata de un error muy común entre los comunistas y de un prejuicio muy interesado entre los anticomunistas. Es la idea de que los comunistas tenemos en la cabeza el proyecto de una sociedad inédita, más allá de la idea de ciudadanía o de Estado de Derecho, y, en general, de
todas las instituciones “burguesas” ligadas al pensamiento clásico republicano. Es más, en este sentido, los comunistas tendríamos una carta inesperada guardada en la manga: un nuevo tipo de hombre, un “hombre nuevo”, más allá de la ciudadanía y del derecho, más allá del imperio de la ley, al que los derechos consagrados en la condición ciudadana le vendrían pequeños. Al final, siempre se acababa por desembocar en una especie de hipotético atleta moral que haría innecesarios la ley y el derecho. Por este camino el pensamiento comunista se convirtió en el hazmerreír del siglo XX, y la cosa, en efecto, daría mucha risa si no hubiera venido políticamente acompañada de desastres antropológicos que en ocasiones rayaron el genocidio2. Aunque ahora ya no se habla tanto del “hombre nuevo”, esta idea de que el “comunismo” es un más allá de todo lo conocido y que para hacerse una idea hay que estar en condiciones de entender a Badiou o algo así, continúa aún inspirando
mucho sarcasmo. Por ejemplo, el filósofo José Luis Pardo suele burlarse de todo ello con oportuna mala leche, reclamando a estos señores que hoy han llegado a autodenominarse comunistas (Zizek, Badiou, Rancière, Toni Negri, cierta izquierda lacaniana…), una definición mínima de “comunismo” que vaya más allá de la reivindicación franciscana del hermano sol y la
hermana luna con la que termina el famoso libro Imperio 3.

Es cierto que a todo esto subyace una tozuda convicción del marxismo: la idea de que una futura sociedad comunista tendría que venir a sustituir a una sociedad burguesa respecto a la cual el Estado de Derecho no sería más que una superestructura. De este modo, en ese hipotético futuro histórico, estaríamos abocados a inventar algo mejor que el Estado y algo mejor que el Derecho, algo mejor que la “ciudadanía” (liberal, burguesa, republicana), tal y como fue pensada desde la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, algo más ingenioso incluso que los propios derechos humanos. Mejor que individuos y ciudadanos, el marxismo imaginó un futuro de camaradas.

Hay algunas versiones más actualizadas de este proyecto político, pero en el fondo es lo mismo. Pensemos, por ejemplo, en un libro de última hora: La nueva razón del mundo4, de Cristian Laval y Pierre Dardot. En definitiva, frente a la
biopolítica neoliberal que ha sustituido al Imperio de la Ley, estamos atados de pies y manos, pues no podemos reivindicar, precisamente, un Imperio de la Ley. No nos queda, pues, más que “inventar” una biopolítica de izquierdas, crear una nueva
subjetividad no liberal. Es verdad que Laval y Dardot critican a Negri por su idea de que el “hombre nuevo” ya está aquí, entre nosotros, construido por el nuevo “capitalismo cognitivo” (y que por lo tanto se trataría de darle la vuelta como un guante para obtener el comunismo)5. Dichos autores prefieren escudarse en un foucaultiano “ya lo inventaremos”6. En todo caso, la cosa está clara: se trata de inventar una gubernamentalidad de izquierdas; es lo único que puede oponerse a la
gubernamentalidad neoliberal que ha terminado con el Imperio de la Ley. “La única vía práctica”, se nos dice, “consiste en promover desde ahora formas de subjetivación alternativas al modelo de la empresa de sí”. O sea, hay que inventar una subjetividad distinta a la del “emprendedor” (ese sujeto neoliberal que ha venido a sustituir al trabajador sindicado y
protegido por convenios colectivos). Por supuesto, ni por un momento se piensa que valga con instaurar condiciones para ejercer eso a lo que siempre hemos llamado “ciudadanía”. Nada de ciudadanos. Ni que decir tiene que este sujeto alternativo estará conformado por valores comunitarios: se trata de “establecer con los demás relaciones de cooperación, de puesta en común y de compartir”7. “La invención de nuevas formas de vida sólo puede ser una invención colectiva, debida a la multiplicación y a la intensificación de las contra-conductas de cooperación”8. Así, pues, solo una religión puede salvarnos. Cada religión imagina el hombre nuevo a su manera. Y la nueva izquierda también tiene su propuesta.

En todos estos planteamientos es como si el problema se centrara en encontrar una buena idea de lo que queremos conseguir. Y lo peor viene al intentar explicitarla, porque se empiezan a barajar tópicos en los que se alude a una forma de “vida
comunitaria” que remite a Francisco de Asís, a una “democracia efectiva” o “radical”, a un “poder de las masas” o de la “multitud”, un “sin Estado, ni Ley”, una “asamblea permanente”, es decir, fórmulas demasiado negativas, vacías y generales, más propias de un programa religioso que político.

Pero es que, además de toda esta vaciedad, este diagnóstico marxista no responde a la realidad política de nuestros días. Porque, actualmente, más que faltar ideas muy imaginativas para una futura sociedad imprevisible lo que faltan son ideas muy
imaginativas para apuntalar una sociedad que conserve el sentido común. El problema ya no es el de si hay que optar por vías más o menos radicales hacia una sociedad radicalmente distinta. Se trata ahora más bien de que tenemos la impresión de que cada vez hace falta ser más radical para conservar un poco de sentido común. Hace ya tiempo que estamos en esta situación. Ya no hay opción entre reforma o revolución. Sobre todo porque ahora la revolución la están haciendo y a lo bestia los de
la clase contraria, el uno por ciento de la población más rica y poderosa. Ahora, para ser moderado, para ir un poco más despacio, para reivindicar el derecho a la reforma (por ejemplo, el derecho a reformar la Universidad o la Sanidad, en lugar de demolerlas), hay que ser muy revolucionario, muy antisistema.

Durante el 15 M se inventaron algunos lemas afortunados que describían bienesta encrucijada: “no es que seamos antisistema”, se dijo, “el sistema es antinosotros”. En efecto, estamos viviendo, a nivel mundial y a nivel nacional, una salvajada, un disparate, un chiste cruel, una broma brutal, un sarcasmo, una tomadura de pelo, un crimen. Desde que en los años ochenta comenzó la revolución de los ricos contra los pobres, el capitalismo rueda sin frenos hacia el abismo a un ritmo acelerado. Y nos arrastra a todos con él. Tiene toda la razón Naomi Klein al diagnosticar nuestro sistema económico como un “capitalismo del desastre”9. Los negocios ya no funcionan bien más que en condiciones sociales decatástrofe.

El sistema es ya tan revolucionario (de extrema derecha, pero revolucionario, al fin y al cabo), que los antisistema nos hemos vuelto conservadores. Pensemos en Juventud sin Futuro. Sus campañas (por ejemplo, “no nos vamos, nos echan”) no se han caracterizado por gritar “la imaginación al poder” ni nada parecido. La moderación de sus reivindicaciones (casa, salud, trabajo, pensión) contrasta con la radicalidad de su posible solución, necesariamente anticapitalista. Para ser moderado, para conservar un poco de modesta sensatez, actualmente hay que ser antisistema. En cambio, los apologetas del capitalismo se prestan gustosos a cualquier locura revolucionaria. Para salvar la economía huyen hacia adelante dispuestos a sacrificar la humanidad y destruir el planeta. Como dijo Walter Benjamin –pero mucho más que cuando él lo dijo–, lo que necesitamos es un freno de emergencia. Necesitamos parar esta demencia.

Benjamin pensaba que ese freno de emergencia era el comunismo. Y lo que pasa es que algunos lo seguimos pensando. Cuando al comienzo de la
crisis se dijo que el capitalismo había fracasado y que había que inventar otra cosa, cuando lo decían quienes lo decían, en los telediarios, en la
prensa más canalla del país, uno se preguntaba a qué diablos se estaban refiriendo. La receta contra la crisis, al final, ha sido más y más capitalismo. Y en verdad, no es extraño, porque el capitalismo es un sistema económico muy poco flexible, para el que no caben medias tintas.
Inventar otra cosa habría sido reinventar lo que ya estaba inventado, el comunismo. Lo que parece cada vez más difícil es empeñarse en ser anticapitalistas esquivando esa palabra maldita.

Se objetará, por supuesto, ¿pero es que vamos a negar la posibilidad misma de la socialdemocracia, la posibilidad de una vía intermedia capaz de introducir en el capitalismo un poco de sentido común? Pues, sí, en efecto, los que somos comunistas lo somos porque negamos esa posibilidad, porque la consideramos incompatible con la naturaleza misma del capitalismo. Podemos tener razón o no. Pero el asunto es si la tenemos en este punto, no en otros que se suelen esgrimir mucho más aparatosamente.

Ensayemos una definición de lo que estoy entendiendo por comunismo. No estamos ante un misterio insondable. Lo que necesitamos contra el capitalismo es algo muy concreto: una alteración radical en la propiedad de los medios de producción que haga posible a la instancia política ejercer un control democrático sobre la producción en el marco de una economía institucionalizada. El capitalismo actual está institucionalizado y dirigido políticamente por corporaciones que no obedecen a ningún poder legislativo, al margen de cualquier control democrático. Nuestras democracias son libres de todo en unas condiciones en las que no hay nada que hacer. Casi todo lo que afecta sustancialmente a la vida de las personas viene decidido por poderes económicos que negocian en secreto y actúan en la sombra chantajeando a todo el cuerpo social. Un pestañeo de los llamados mercados basta actualmente para anular el trabajo legislativo de generaciones enteras. No hay leyes, ni constituciones que puedan resistirse a la dictadura ciega de los poderes financieros. Es el Cuarto Reich. Los nuevos nazis no son menos totalitarios que los anteriores (aunque tienen un estilo muy distinto), pero sí están mucho más locos. Como ha dicho Naomi Klein, los mercados tienen el carácter de un niño de tres años. Sus rabietas viajan en tiempo real conmocionando el planeta. Ni Nerón, ni Calígula estaban tan locos ni eran tan imprevisibles.

Es verdad que en Europa hubo algo parecido a la socialdemocracia en la segunda mitad del siglo XX (de hecho ahí tenemos una buena imagen de lo que podría ser y no fue), pero, en el fondo, lo que había no era socialdemocracia, sino privilegios. Con un cierto nivel de privilegios, es cierto que el capitalismo se parece bastante a la socialdemocracia, pero el truco no es la socialdemocracia, sino los privilegios. Eso sin contar con que, desde luego, la existencia de la URSS ponía a la clase obrera europea en buena situación para negociar, cosa que ya no es así. A partir de un cierto nivel económicamente privilegiado, es muy fácil hacer pasar por una conquista democrática lo que no es más que un éxito mercantil. Todo parece entonces muy democrático, pero porque la democracia ahí es superflua (todo el mundo es libre de votar lo que quiera, pero todo el mundo prefiere votar porque las cosas sigan más o menos como están). En encubrir este hecho sangrante –literalmente sangrante– se invirtieron tales dosis de cinismo, tales montañas y cordilleras de propaganda, que aquí la discusión sí se hace de verdad difícil. En Educación para la Ciudadanía hemos llamado a este fenómeno el “espejismo trascendental de nuestra mirada política”, el “nuevo racismo de nuestro tiempo”. Señalas un coágulo del tiempo y lo consideras una obra de la libertad. Da un poco igual ya si se trata de un código genético ario conformado por la evolución natural o de una conquista aria en la historia. El caso es que determinados coágulos sanguíneos o históricos resultan ser una encarnación del lógos, un pedazo de carne en el que se materializa la razón. Con determinado nivel de privilegios históricos, si concedes a una población la libertad de reunión, de asociación, de prensa y de voto, la gente se reúne, se asocia, se expresa y vota por quedarse como estaba. La gente razona y la realidad pasa y, mira tú por dónde, la cosa coincide. Con unos cuantos pastorcitos de belén escribiendo en la prensa, el milagro se completa: se llama “estado de derecho” al resultado, suponiendo que, puesto que las personas votan y se expresan libremente para seguir como están, así sería también si votaran y se expresaran por cambiar de situación. Pero no es así: a lo largo del siglo XX, todos las victorias electorales anticapitalistas fueron corregidas de inmediato por un golpe de Estado, un bloqueo o una guerra civil financiada por los que habían perdido las elecciones. Lo que entonces se llamó democracia no fue más que el paréntesis entre dos golpes de Estado. O lo que Santiado Alba llamó la pedagogía del millón de muertos: cada cuarenta años más o menos, matas a casi todo el mundo y luego dejas votar a los supervivientes. Al final, siempre habrá intelectuales para celebrar la resurrección de la democracia. O cuando las cosas se ponen feas otra vez, como por ejemplo ahora en España, para rememorar el consenso del 78… y no, por supuesto, el del 36 10.

Lo que plantea el comunismo es que la economía no puede institucionalizarse democráticamente, sometiéndose al poder legislativo, sin suprimir la propiedad privada sobre los medios de producción, es decir, sobre las condiciones de existencia de la población. Lo sabemos por experiencia y lo sabemos también en la medida en que la economía marxista explica muy plausiblemente por qué es así. Una vez más, esto es discutible, pero el asunto es que es esto y no otra cosa lo que hay que discutir.

Así pues, el misterio se puede aclarar. ¿Quién lo iba a pensar? “Comunismo” es, en realidad, exactamente lo que pretenden ser (sin lograrlo en absoluto) nuestras orgullosas democracias constitucionales. Ya es difícil negar –cada vez hay más gente que abre los ojos– que lo que hemos venido llamando “democracias” no son sino dictaduras económicas ataviadas con una fachada parlamentaria. Lo que frente a ello llamamos “comunismo” no es, sin embargo, más que aquello que pretendíamos ser: democracias parlamentarias en las que las leyes pueden someter a los poderes económicos. Es absurdo plantear que el parlamento puede legislar lo que ya siempre se ha decidido de antemano en la Bolsa. La cosa está cada vez más clara: las leyes no pueden hablar por favor a los negocios, tienen que imponerse coactivamente. Pero para eso tienen que tener la sartén por el mango. Y el mango son los medios de producción. Eso es lo que pensamos los que nos llamamos “comunistas”.

En este punto, suele interrumpirse con una exclamación. ¿Ah sí? ¿Y qué comunistas son esos que han defendido eso? ¿No nos estamos ahora inventando un comunismo que defiende lo que jamás ha defendido ningún comunista? Pero, ¿seguro que es así? ¿De verdad que se nos ve tan solos y tan minoritarios a los comunistas que defendemos este punto de vista? ¿No será más bien que hay mucha propaganda al respecto y no precisamente en manos comunistas? De entre los autodenominados comunistas, el único político que podría haber ganado las elecciones (bien que se aplicaron para impedirlo con una buena campaña de calumnias en el grupo PRISA), fue Julio Anguita. ¿Lo que decía machaconamente Anguita –y lo que sigue diciendo– no era precisamente lo que hemos apuntado en el párrafo anterior? ¿Se recuerda a Anguita diciendo que el orden constitucional no es más que una superestructura burguesa del capitalismo destinada a ser abolida? No, el orden constitucional español es impracticable bajo condiciones capitalistas; eso es lo que no paró y no para de repetir. Al parecer, legislatura tras legislatura, a partir de la Transición, hacía falta ser comunista para decir eso… a favor de la Constitución. Y cuánto se burlaron de Anguita por aquel entonces… “Afortunadamente, no creemos que la Constitución diga lo que dice Anguita, porque, mire usted, si así fuera, habría que cambiarla”, solía replicarse desde el PSOE y el PP. Pues ya está, ya la han cambiado; y lo hicieron de común acuerdo el PSOE y el PP (316 votos a favor, y 5 en contra), un memorable mes de agosto de 2011, mientras la gente estaba en la playa. Y mira por dónde, la cambiaron precisamente para blindar la salvaje soberanía de los mercados sobre el poder legislativo.

Respecto a qué tenga que ver todo esto que venimos diciendo con aquello que se llamó “socialismo real”, hay que decir que mucho, siempre y cuando se deshagan algunos espejismos. Por ejemplo: siempre y cuando no llamemos “socialismo real” sólo a lo que se dio en aquellos países que lograron resistir algo de tiempo (entre cinco y setenta años) la agresión imperialista, sino también a todos los proyectos socialistas, comunistas o anarquistas que fueron derrotados mediante golpes de Estado, invasiones militares, bloqueos económicos, etc. El que los países socialistas no hayan sido democráticos puede significar tan sólo que no hay ningún país en guerra que pueda permitirse el lujo de la democracia. De hecho, los que lo intentaron sucumbieron bien pronto. Como ya he dicho muchas veces, el socialismo nunca pudo optar entre Allende o Fidel Castro. Era o Castro vivo, o Allende muerto.

El socialismo real nunca ha sido democrático. Lo que no se dice tanto es que, siempre que lo fue o intentó serlo, el capital logró acabar con el socialismo y con la democracia. Es esa curiosa forma por la que el capitalismo –al contrario que el socialismo– siempre ha sido compatible con la democracia. Bajo el capitalismo, los comunistas tienen derecho a presentarse a las elecciones. A ganarlas no, porque entonces se acabó la democracia, las elecciones y los derechos. Cuando se habla del socialismo real del siglo xx, se ponen como ejemplo cinco o seis dictaduras. Lo que no se mencionan son los veinte o veinticinco casos en que las democracias socialistas pagaron con golpes de Estado, guerras, bloqueos o invasiones, la osadía de pretender ser socialistas y democracias al mismo tiempo.

La historia del siglo XX  no demostró en absoluto que el socialismo fuera incompatible con la democracia. Lo que demostró es que el socialismo democrático no tenía fuerza para resistir las invasiones, las guerras y los golpes de Estado. Una y otra cosa son asuntos bien distintos. Que cada uno se pregunte por qué se empeña en no distinguirlos. Y eso que hay una posibilidad para defender lo mismo sin mentir. Pues podría defenderse que el socialismo siempre será esencialmente dictatorial porque es esencialmente inevitable que entre en guerra con los poderes económicos que dominan el planeta y, por tanto, nunca se podrá permitir el lujo de la democracia. De hecho, por ahí iban los tiros del concepto de dictadura del proletariado. Pero si se plantean las cosas así, la tesis fuerte que se está defendiendo es la de que el socialismo (al menos si se pretende democrático) no es una buena idea para ganar guerras. Si se quiere, el resultado es el mismo, pero la diferencia es que así no hace falta ser un caradura o un mentiroso para sostenerlo.

Y en eso, es verdad, los comunistas aún no hemos tenido una buena idea. No se nos ha ocurrido aún la manera por la que podríamos conservar la democracia y las libertades estando en guerra. Hay que decir que bajo el capitalismo no es en absoluto distinto. Aunque cuando va ganando (y suele ir ganando), el capitalismo puede disimular un poco. Seguramente, al socialismo le pasaría lo mismo, aunque nunca ha ido ganando. La verdad es que en este nuevo siglo, el llamado socialismo del siglo XXI en Latinoamérica –que solo ha sido una excepción en el hecho de haber logrado derrotar los golpes de Estado de rigor– no sólo no ha suprimido la democracia, sino que ha dado al mundo entero una verdadera lección de democracia. No sólo es que los países del ALBA jamás hayan sido tan democráticos como hoy en día, sino que, de hecho, no hay en el planeta países tan democráticos (ningún país soportaría la prueba de fuego de que la gente pobre gane las elecciones catorce veces seguidas, como ha ocurrido en Venezuela; o varias veces seguidas, como viene ocurriendo en Bolivia o en Ecuador).

En este terreno, si alguien tiene buenas ideas que las suelte. Los comunistas les estaremos superagradecidos. Pensemos, por ejemplo, en las iniciativas que proponen juzgar a los poderes financieros, empezando por las agencias de evaluación de deuda. No cabe duda de que estas instituciones están jugando con el destino de la población mundial para hacer sus propios negocios privados 11. Ahora bien, estas iniciativas, si quieren tomarse en serio (y no son un mero medio de seguir escribiendo artículos en El País o hablando en El gato al agua), tendrán que enfrentarse tarde o temprano al dilema de exigir algo equivalente al viejo concepto comunista de “dictadura del proletariado”. Es una total ingenuidad creer que los poderes económicos van a doblegarse a la autoridad del poder judicial, cuando no se doblegan ni ante el poder ejecutivo ni ante el poder legislativo. Sin asegurarse el monopolio en el ejercicio de la violencia, la democracia no tiene ninguna posibilidad de hacerse oír. Cómo hacer esto posible, eso sí que es un problema difícil de resolver. Y no qué debamos entender bajo el término “comunismo”.

Se puede ser muy explícito. Cabría definir un Estado comunista como un estado democrático en el que los derechos civiles, políticos y sociales básicos no dependan del impulso político (o no) de un eventual gobierno comunista, sino que se hallen consagrados como tales derechos fundamentales y amparados (con carácter incondicional) por las correspondientes instituciones de garantía. Creo que es perfectamente factible ligar esta definición de comunismo al concepto de república que se defendió en el ala derrotada de la revolución francesa. Lo han demostrado a mi entender de forma incontrovertible Toni Domenech, Florence Gauthier, Joan Tafalla, Joaquin Mirás, o, en general, el grupo editorial de la revista Sin Permiso. Se comprende que haya quien prefiera discutir con otros interlocutores más fáciles. Pero por lo menos no deberían sentirse tan cargados de razón. En su conferencia en el congreso “¿Qué es comunismo?” (UCM, 2 de diciembre de 2011), Domenech habló del comunismo “pantópico” trazando una línea de continuidad entre Espartaco, Müntzer y Robespierre (tras cinco siglos de revueltas campesinas en defensa de las tierras comunales europeas) y dejando muy claro que el trasfondo social del jacobinismo planteó muy explícitamente la cuestión de los medios de producción como condición de la ciudadanía, “en una revolución que lo único que tuvo de burguesa fue la contrarrevolución” 12. Lo del comunismo “pantópico” no es un capricho retórico. Si hay derecho a llamar a eso “comunismo” es porque, como venimos diciendo, uno no se autodenomina comunista porque quiera defender una especie de sociedad repleta de valores comunitarios que luego resultan materializarse en el Gulag. Somos comunistas porque estamos seguros de que sin una propiedad colectiva de los medios de producción no hay ninguna posibilidad para la ciudadanía. Esto no se ha expresado con estas palabras hasta Marx, pero es absurdo pensar que a lo largo de la historia no ha sido esa precisamente la convicción que ha movido todas las revoluciones desde los tiempos de Espartaco. El mérito científico y político de Marx fue explicar por qué el capitalismo era una nueva piedra en el camino, quizás la más peligrosa de todas (porque, como demostró Polanyi, era capaz, mucho más que de atentar contra la justicia social, de destruir la sociedad misma, y, tal y como el ecologismo no ha cesado de advertir, de destruir incluso el único planeta con el que contamos para la vida humana).

El problema es cómo se cuentan las cosas. Escuchando, por ejemplo, cómo se explayan Jose Luis Pardo o Savater sobre el tema, uno tiene la impresión de que las cosas son más o menos así: teníamos –no se sabe por qué– las –siempre imperfectas, pero siempre reformables– condiciones de la ciudadanía, y entonces vinieron los comunistas a proponer un paraíso de perfecciones comunitarias, movilizando para ello sangrientas revoluciones y proponiendo masas de cadáveres por el bien de la Historia 13. Y no digo que cosas así no se hayan dicho entre las filas comunistas, porque estupideces siempre se dicen en todas las corrientes políticas. Pero la realidad es muy distinta. Porque, para empezar –aunque esto es una discusión histórica– los comunistas han sido los que más han luchado por esos derechos y libertades de la ciudadanía que teníamos no se sabe por qué. Esos derechos y libertades no han llovido del cielo, sino que fueron arrancados a sangre y fuego en una batalla de clases en la que las internacionales comunistas tuvieron un papel primordial durante dos siglos. La resistencia europea contra el fascismo fue mayoritariamente comunista. Y fueron los comunistas los que derrotaron a Hitler. Sin el comunismo y los comunistas muriendo a paletadas, los derechos y libertades constitucionales en los países capitalistas habrían sido tan inexistentes como están a punto de llegar a ser ahora que los comunistas van perdiendo la batalla. Pero, como digo, esto es una discusión histórica. No se trata de contabilizar los muertos para reclamarlos como propios, sino de no insultar a los muertos contando mentiras históricas. En todo caso, en esto es muy difícil ponerse de acuerdo. Cada uno elige a sus historiadores más competentes. Aquí, existe Joseph Fontana y existe Pío Moa. También hay otros, desde luego, no digo que no.

Por parte de marxistas y no marxistas se nos objeta mucho –a Luís Alegre o a mí– que nuestra postura es cualquier cosa menos marxista. Por parte de autores marxistas, se nos ha dicho ya de todo 14. Por el otro lado, José Luis Pardo ha dicho recientemente que debemos basarnos en unos inexistentes textos de un ultimísimo Marx 15. La verdad es que ese Marx tan postrero resulta ser para nosotros el Marx de El capital, es decir, de una obra que le ocupó toda su vida y que, ciertamente, dejó inacabada (en todo caso son los últimos 24 años de su vida). Pero nuestra lectura digamos que “republicana” de Marx no nos la sacamos de la manga. Hemos intentado mostrar en un libro bastante gordo 16 que no hay otra forma de articular una lectura coherente de esa obra. Puede que estemos equivocados, pero lo primero es aislar cuál es el punto sensible de la discusión (con los marxistas y con los no marxistas). Lo que he comenzado defendiendo en estas páginas es que el comunismo no es un fin, sino un medio para conseguir otra cosa, otra cosa que, por otra parte, es tan irrenunciable que hasta los más corruptos mafiosos de nuestra casta política dicen defenderla: el orden constitucional del estado de derecho. El comunismo no es una idea mejor que el orden republicano de la ciudadanía. Es, hemos dicho, la única manera de lograr que ese orden no sea una farsa. Esta idea de que el comunismo es un medio y no un fin, la expresa Marx con una fórmula muy afortunada en un conocido texto del Libro III de El Capital:

“El reino de la libertad sólo comienza allí donde cesa el trabajo determinado por la necesidad y la adecuación a finalidades exteriores; con arreglo a la naturaleza de las cosas, por consiguiente, está más allá de la esfera de la producción material propiamente dicha. Así como el salvaje debe bregar con la naturaleza para satisfacer sus necesidades, para conservar y reproducir su vida, también debe hacerlo el civilizado, y lo debe hacer en todas las formas de sociedad y bajo todos los modos de producción posibles. Con su desarrollo se amplía este reino de la necesidad natural, porque se amplían sus necesidades; pero al propio tiempo se amplían las fuerzas productivas que las satisfacen. La libertad en este terreno sólo puede consistir en que el hombre socializado, los productores asociados, regulen racionalmente ese metabolismo suyo con la naturaleza poniéndolo bajo su control colectivo, en vez de ser dominados por él como por un poder ciego, que lo lleven a cabo con el mínimo empleo de fuerzas y bajo las condiciones más dignas y adecuadas a su naturaleza humana. Pero éste siempre sigue siendo un reino de la necesidad. Allende el mismo empieza el desarrollo de las fuerzas humanas, considerado como un fin en sí mismo, el verdadero reino de la libertad, que sin embargo sólo puede florecer sobre aquel reino de la necesidad como su base. La reducción de la jornada laboral es la condición básica” 17.

En este texto, el comunismo se plantea inequívocamente como una opción interna al orden de la necesidad. Aunque, eso sí, como una condición imprescindible para el “reino de la libertad”, un reino en el que sea posible “el desarrollo de las fuerzas humanas, considerado como un fin en sí mismo”. El capitalismo no puede reducir la jornada laboral. No puede generar ocio –más que bajo la forma bastarda del paro. No puede hablarse de ciudadanía ni de república bajo condiciones capitalistas. El comunismo es una modificación estructural fundamental en el reino de la necesidad, una modificación capaz de hacer que el desarrollo técnico e industrial produzca ocio y tiempo libre. El comunismo es –como planteó Lafarge, el yerno de Marx– el derecho a la pereza de la humanidad, ese derecho sin el cual no puede comenzar un reino de la libertad.

El éxito de la burguesía fue la derrota de la Ilustración. Para ver triunfar la Ilustración habrá que esperar a una hipotética victoria del comunismo. Lo que nos hace falta no es la superación de lo moderno, la postmodernidad, y mucho menos un comunismo que venga a crear un “hombre nuevo” y una sociedad inesperada más allá de todo lo previsto. Lo que nos hace falta es más modernidad, la modernidad misma, la modernidad al fin. En suma: la modernidad que fue derrotada cuando triunfó la burguesía.

El género humano ya ha progresado mucho hacia lo mejor 18. La ciencia progresa. El derecho progresa. Por procedimientos científicos, una vez que se ha descubierto, no es posible olvidar el teorema de Pitágoras. Por procedimientos jurídicos –con la Constitución y su referencia a los derechos humanos sobre la mesa– es imposible arrebatarle el voto a la mujer una vez que se le ha otorgado. O restaurar la esclavitud. Son cosas que para el derecho no tienen vuelta atrás. Se pueden destruir los derechos de la ciudadanía, pero es muy difícil no saber entonces lo que se está retrocediendo en derecho. La humanidad ha progresado de forma inequívoca en cosas muy importantes que han quedado incrustadas en la condición de la ciudadanía. Hay victorias que quizás sean parciales o socialmente precarias, pero que son racionalmente irrenunciables y señalan un camino inequívoco para una Ilustración de la Humanidad. Hemos prohibido la esclavitud, aunque no la hayamos vencido por completo. En la lucha de las mujeres o de los homosexuales ha habido victorias inconmensurables que han plantado cara a milenios de tradiciones y costumbres. Por ejemplo, el control patriarcal de la virginidad de la mujer con vistas al matrimonio en muchos países es ya impracticable y delictivo, ha sido prácticamente erradicado. O la estigmatización de los homosexuales. Por muy inseguras, parciales o insatisfactorias que sean estas victorias no deben nunca dejar de ser proclamadas como un ensordecedor grito popular de “sí se puede”.

El progreso es posible. Ya hemos progresado mucho. Es la prueba de que podemos progresar mucho más. Pero hay un terreno en el que no cesamos de retroceder. La ciudadanía no cesa de perder más y más terreno frente a los poderes financieros que dominan este mundo capitalista. El capitalismo ocupa cada vez más espacio en este mundo. De hecho, ya casi no cabe en el mundo, pues está en camino de destruirlo 19. Es o él o nosotros.

Y no hay que obsesionarse con el término. No hace falta inventar el postcomunismo, ni el neocomunismo. Ni siquiera hace falta empecinarnos en autodenominarnos “comunistas”. “Comunismo” es un nombre que hace honor a millones de hombres que lucharon para que este mundo no se convirtiera en esto que se ha convertido, en nuestro mundo de hoy, un mundo en el que la política está enteramente secuestrada por los poderes económicos y en el que el imperio de la ley es un puro papel mojado. Hubo, sin duda, muchos otros hombres que lucharon por lo mismo sin ser comunistas. Cuando el ser humano lucha políticamente suele luchar en general por la Justicia, la Libertad, la Fraternidad. Esto atañe a los liberales, los cristianos, los republicanos, y a los comunistas también. Pero el asunto es quiénes habían diagnosticado mejor el problema. Hoy parece difícil releer el Manifiesto Comunista y no asentir sobre ese diagnóstico. El capitalismo ha disuelto todo lo sólido en el aire. En su lugar tenemos un mundo basura. Quizás alguien pueda inventar un término más adecuado para explicar que el problema fundamental está en la propiedad privada de los medios de producción, es decir, en el capital. Yo no me resistiré mucho a un cambio terminológico. Pero el diagnóstico seguirá siendo el mismo.

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1 He continuado insistiendo en lo mismo en ¿Para qué servimos los filósofos?, La Catarata, Madrid, 2011.

2 Educación para la Ciudadanía. Democracia, Capitalismo y Estado de Derecho (Akal, 2009), capítulo V.

3 Cfr., por ejemplo, José Luis Pardo, Viejos y nuevos filósofos, El País, 18 de noviembre de 2011.

4 Laval, C., y Dardot, P., La nueva razón del mundo. Ensayo sobre la sociedad neoliberal, Gedisa, Barcelona, 2013.

5 Ob. cit., pág. 404. Cfr. también “Ya somos hombres nuevos”, entrevista de Jean Birnbaum con A. Negri, Le Monde, 13 de julio de 2007.

6 Ibíd., pág. 398.

7 Ibíd., pág. 407.

8 Ibíd., pág. 408

9 Klein, N., La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre. Paidos, 2007.

10 Cfr., por ejemplo, Jose Luis Pardo, El ciclo que viene, El País, 5 de junio de 2013.

11 ¿Qué buenas ideas se te ocurren tras ver documentales como Inside Job o The corporation?

12 Puede escucharse la conferencia en la página de La Caverna UCM http://blip.tv/lacavern a/episode-5880718.

13 Por ejemplo, José Luis Pardo, Viajeros al tren, en http://metafisicacritic aypolitica.files.wordpress.com/2012/04/viajeros-al-tren.pdf.

14 En nuestro artículo Comunismo, Democracia y Derecho se citan algunas referencias de una larga polémica. Cfr.: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=119482.

15 Burn, Baby, Burn (ponencia transcrita en: http://metafisicacritic aypolitica.files.wordpress.com/2013/05/burnbaby-burn1.pdf).

16 El orden de El Capital, Akal, Madrid, 2011.

17 Marx, K., El Capital, Libro III, Siglo XXI, volumen 8, pág. 1044.

18 En ¿Para qué servimos los filósofos? (La Catarata, 2012), he tratado este asunto con más detenimiento

19 No puede dejarse de reflexionar sobre la gráfica de Mathis Wackernagel que citaba en http://blogs.publico.es/dominiopublico/267/%C2%BFquien-cabeen-el-mundo/.

Inteligencia colectiva y revitalización de la participación democrática

José Ángel Medina

Desde que la especie humana comenzó a poblar la Tierra las soluciones colectivas han sido las protagonistas de su bienestar. Las condiciones intelectuales del ser humano en comparación con otras especies han dado lugar a una historia plagada de soluciones que han permitido mejorar las condiciones de vida de las personas.

Las soluciones colectivas han sido a menudo de carácter cuantitativo. Los seres humanos han sido conscientes de que muchas de las tareas, de las funciones o de los retos a los que se han enfrentado para asentarse en un territorio, vivir en él, y acrecentar su calidad de vida eran realizables sólo en el caso de que sumaran sus fuerzas, sus ideas o sus habilidades.

En otras ocasiones los seres humanos no sólo han sido capaces de descubrir las oportunidades que les brindaba la adición entre unos y otros, sino que han ido más allá y han inventado soluciones que requerían de una mezcla de más calado que la suma de esfuerzos: la multiplicación. La unión simple de oportunidades ha dado paso a la combinación de unos factores con
otros, de manera que se multiplican, se reparten, se condicionan y se coordinan y se conjuntan, y el resultado es una solución superior a una mera agregación de trabajo.

Así ha sido posible desarrollar las comunidades, fabricar utensilios, sanar a las personas, cuidar de la especie, dominar la fuerza, alimentarse, y nos hemos encontrado con el arte, la filosofía, la agricultura, la ética, la industria y un sinfín de actividades nacidas de la capacidad del ser humano para llegar a soluciones colectivas.

Todo esto a pesar de que la historia tal y como nos la han narrado habitualmente parece que se sustenta en la acción de individuos aislados (especialmente hombres) que con su genio o su suerte han hecho avanzar nuestra especie a empellones. Sin
dudar en absoluto de las competencias de Aristóteles, es necesario poner sobre la mesa que la verdadera grandeza del desarrollo humano es el aprendizaje, el descubrimiento, la invención y la sabiduría nacida de la combinación de unas cuantas personas unidas.

Las soluciones hechas por y para los colectivos son a menudo superiores a las que son ideadas y aplicadas por seres humanos aislados. Algunas de las características del pensamiento colectivo pueden explicar esa superioridad:

– El pensamiento colectivo maneja mucha más cantidad de información puesto que más cerebros acumulan, de forma absoluta, más datos sobre la realidad.

– El cerebro colectivo maneja más puntos de vista sobre una situación que un cerebro aislado. Una de las características de la sabiduría es la capacidad para acercarse a las situaciones, los problemas y las tareas desde diferentes perspectivas. Al estar formado por cerebros diferentes, el pensamiento colectivo tiene distintas perspectivas per se.

– De la misma manera el cerebro colectivo contiene una mayor diversidad de acentos, de matices, de soluciones. La diversidad es la base de la supervivencia biológica, y también lo es de la supervivencia “intelectual”. A muchas personas la diversidad de un colectivo les parece un problema, cuando lo que es realmente es una oportunidad.

– El proceso de aportación y discusión del grupo permite explicitar paradojas, tensiones conceptuales yprocesos dialécticos. El cerebro individual soporta muy mal las tensiones, las contrariedades y las paradojas. En un colectivo esto es posible y, por lo tanto, se convierte en susceptible de alimentar el proceso productivo.

– El hecho de que el pensamiento colectivo sea un pensamiento en interacción (es una conducta de varias personas) provoca diferentes recorridos de procesamiento de la información en cada persona que no se darían en ausencia de esta interacción. Esto permite a los grupos y colectivos el acceso a lo que se mencionaba anteriormente: la multiplicación de ideas, es decir, a que las ideas no se contrarresten, compitan o se sumen, sino que interactúen unas con otras para dar lugar a soluciones que no hubieran aparecido si no se hubiera dado la interacción.

– El grupo como cerebro colectivo también puede procesar en paralelo con la división del grupo en subgrupos u otras técnicas de fragmentación y producción. Mientras que el cerebro individual ha de procesar las tareas necesariamente en serie, una detrás de otra.

– El pensamiento colectivo tiene acceso a un mayor control de calidad, puesto que la diversidad y las diferentes perspectivas permiten mejorar ostensiblemente la capacidad para detectar fallos, incorrecciones o puntos de mejora.

– El cerebro individual, cuando se carga de emociones negativas, se hace más rápido, pero también más simple y unidireccional. Al cerebro colectivo le pasa lo mismo, sin embargo, el hecho de que no todas las sensibilidades emocionales se acoplen a la vez le permite ser menos vulnerable a los bloqueos producidos por las emociones negativas.

– El pensamiento colectivo puede resolver el problema de las significaciones individuales enfrentadas dando lugar a la
significación colectiva, aquel proceso por el que un colectivo obtiene valoración, reconocimiento, poder y control.

– Los grupos, cuando piensan en soluciones y alternativas, suelen arriesgar más, tienen mayor capacidad de resistencia o pueden acumular más poder.

Naturalmente estas potencialidades del pensamiento colectivo y sus soluciones no aparecen por sí solas, es necesario poner las condiciones para que esto sea así de hecho. A menudo el pensamiento colectivo es descartado porque al no propiciarse las circunstancias para que las soluciones colectivas aparezcan éste no se hace visible o lo hace de manera poco relevante, inútil o negativa.

Es cierto que una persona sola no necesita comunicarse consigo misma, mientras que un conjunto de personas sí necesitan de la comunicación y, por lo tanto, de lo que ésta acarrea: más tiempo, problemas de comprensión, significaciones no compartidas… Esto se resolvería si tuviéramos un sistema que permitiera conectar la corteza cerebral de todas las personas de un grupo, pero, mientras no se pueda, las personas deben encontrarse, intercambiar, interactuar, discutir, inventar y contarse lo que cada quién tiene en su cabeza, poniéndolo en palabras, haciéndolo salir de manera que sea accesible para el resto.

No siempre la forma en la que se pone en práctica esa acción, la del acceso mutuo a las ideas, pareceres, opiniones, posiciones, opciones y propuestas de otras personas se hace de forma adecuada. Y a esto se le añade que los colectivos han sido siempre bastante vulnerables a las acciones voluntarias o no que generan inestabilidad, y, sobre todo, que dificultan la aparición de las potencialidades de los colectivos como forma de encontrar soluciones para el bienestar y la felicidad.

A menudo la historia de los seres humanos se ha comparado con una historia del poder, y no resulta extraño comprobar cómo muchos de los acontecimientos relacionados con esa historia tienen que ver con la sustracción, la devolución, la conquista o la apropiación del poder colectivo por parte de personas aisladas.

En los últimos 150 años el desarrollo y entronización del capitalismo salvaje ha contribuido sobremanera a
la expropiación de las soluciones colectivas al conjunto de las personas.

Y esto ha sido así por varias razones entre las que se pueden destacar tres.

En primer lugar, la esencia misma del capitalismo, que consiste en esquilmar los territorios, los recursos y a las personas para trasvasar sus capacidades y sus posibilidades de muchas personas a sólo unas pocas. Las soluciones colectivas que, como
tales, benefician a una cantidad grande de personas son, digamos, “perjudiciales” para el capitalismo. Porque reparten la riqueza (sea ésta de la índole que sea), y porque hacen a las personas más poderosas.

En segundo lugar, la maquinaria propagandística del capitalismo y los mercados, que necesitan a toda costa que cada persona se vea, se perciba y se sienta como un ente completamente independiente. Separado del territorio en el que vive y de las personas con quienes lo comparte. De esta manera aseguran más fácilmente la capacidad de consumo del género humano (y sus
beneficios), y previenen la aparición (o reaparición) de soluciones colectivas que pueden trastocar su imperio.

En tercer lugar, la globalización y la concentración de poder creciente, que al dificultar notablemente el control de las personas sobre los elementos que le permiten vivir con bienestar priva a las soluciones colectivas de posibilidades de ser consideradas como alternativas interesantes, o simplemente como alternativas, desplazándolas a un submundo donde se depositan, después de despojarlas de cualquier atractivo, las rarezas de algunos individuos.

En la situación en la que nos encontramos actualmente están empezando a suceder algunas cosas que tienen mucho interés para la capacidad de la inteligencia colectiva para mejorar y conservar la vida humana.

La crisis económica y financiera y sus consecuencias para una gran mayoría de personas están haciendo de un tiempo a esta parte que haya una parte de la sociedad que está redescubriendo el poder colectivo, la inteligencia colectiva como una oportunidad para cambiar su forma de vivir.

En algunos casos (los más visibles, puesto que son los que más atención reciben los medios de comunicación) las soluciones colectivas que se están revitalizando son las que al principio denominábamos de suma. Más gente, mejor. Las tomas, las manifestaciones, las ocupaciones, las protestas en la calle o las huelgas dependen en su mayoría de la cantidad de gente que
participe en ellas y no tanto de lo que haga ese grupo de personas.

Estas acciones, que consiguen objetivos importantes, no sirven para algunas finalidades como crear alternativas, analizar situaciones, promover cambios o estabilizar soluciones.

A través de un sinfín de movimientos sociales que vienen desde muy atrás en el tiempo y que han confluido en un crisol (que a menudo despreciamos por ser mediático pero que no deja de ser un crisol), como los movimientos previos en torno a y posteriores al 15M, se han ido afinando y desarrollando un conjunto de formas de encontrarse y pensar de forma colectiva: los procedimientos asamblearios.

Las asambleas tienen demasiada historia y el sentido de asamblea se ha ido abriendo y difuminando y, en algunos casos, pervirtiendo hasta convertirse en un concepto demasiado objetivo, hasta el punto de que se llama asamblea el conjunto de
personas que coordinan las acciones de un centro social ocupado y el conjunto de personas que poseen acciones de una multinacional. De ahí que se utilice el término procedimiento asambleario.

Los procedimientos asamblearios a los que nos referimos: con voluntad y talante participativo, abiertos, igualitarios y útiles para el conjunto de la comunidad han ido tomando cuerpo durante largo tiempo y su narración sería extensa. Lo que nos interesa realmente es cómo han vuelto a resurgir las asambleas populares como una forma de actuar políticamente. Podríamos decir que algunas personas de las comunidades y los colectivos han recordado que son capaces de unirse a otras personas para PENSAR. A pesar del buen número de ellas que llevan desde siempre creyendo en ello.

Las asambleas son procedimientos a través de los que un grupo de personas ejerce su libertad de participación para influir de manera contingente y real en sus condiciones de vida, obviamente para mejorarlas.

Junto con las asambleas y procedimientos asamblearios también han retornado los fantasmas y los errores, las dificultades y los retos. La dificultad de poner en marcha procedimientos asamblearios relevantes y útiles, la falta de aprendizaje democrático casi inherente a nuestra civilización occidental capitalista, y los problemas intrínsecos del trabajo colectivo,
acechan en cualquier rincón para que algo o alguien vuelva a poner delante de nuestros ojos que las personas que mejor trabajan son las que lo hacen solas.

La inteligencia colectiva y sus posibilidades de mejorar las cosas tienen en los procedimientos asamblearios un aliado excepcional, es un instrumento óptimo para el pensamiento colectivo. Pero las asambleas han de ser eficaces. Pero ¿qué significa eficaz? ¿cuál es el modelo de eficacia que hay que tener en cuenta?

Hay personas que argumentan que la eficacia de una asamblea reside en lo que pasa en ella. Hay otras, sin embargo, la mayoría, que piensan que una asamblea es eficaz en la medida en que produzca cambios y resultados fuera de ella. Este debate entre un modelo u otro de eficacia puede superarse con un concepto que supere a ambos, integrándolos.

De esta manera, la eficacia de la asamblea podría entenderse como la capacidad de cubrir satisfactoriamente tres variables: la identidad, la legitimidad y la producción.

En primer lugar, la identidad. Las personas se acercan a los grupos y a los colectivos porque creen que les une algo a ellos, se identifican con ellos. La identidad colectiva de las comunidades, grupos y movimientos es el punto de partida, el marco en el que nace y se desarrolla la participación colectiva. Las asambleas son una fuente importante de identidad colectiva. Lo son en sí mismas porque la práctica totalidad de los grupos que utilizan las asambleas participativas como forma de organización son grupos que integran en sus planteamientos y su naturaleza la democracia, la horizontalidad, la participación, la solidaridad y la confianza en las otras personas.

Así pues el mero hecho de realizar una asamblea incide directamente en la identidad colectiva de las personas que participan en ella. Los procedimientos y los mecanismos que en las asambleas se utilizan deben ser coherentes y consecuentes con esa
fuente de identidad. El acceso libre a la participación, el consenso, el control crítico, la creatividad, el turno de palabra, la mediación y otros mecanismos han de garantizar que la identidad colectiva se mantiene.

En segundo lugar, la legitimidad. La legitimidad asamblearia tiene dos vertientes, una externa y una interna. La legitimidad externa tiene que ver con que las decisiones, propuestas y acciones que se derivan de asambleas participativas suelen tener un grado alto de adhesión por parte de las personas que pertenecen al colectivo, pero no han participado (o no lo han hecho de forma activa) en ellas. La legitimidad interna tiene que ver con que las asambleas participativas son, en su esencia y en su desarrollo, procedimientos que aseguran y garantizan que cada una de las personas que interviene en ellas está legitimada para hacerlo, independientemente de sus competencias, de quién es o de qué es lo que diga y cómo lo diga.

Por último, la producción. Una asamblea participativa es un procedimiento que se utiliza para que un grupo o una comunidad haga algo: producir cambios, desarrollar proyectos, cambiar valores o actitudes, y una larga lista de objetivos, diferentes según los colectivos. Esos resultados colectivos deben llevar aparejadas acciones que se derivan de las asambleas: decisiones, propuestas, ideas, sondeos, comisiones, documentos, acuerdos…

Las asambleas, por tanto, deben asegurar también que las cosas que tienen que ocurrir de hecho ocurran. Por esa razón la dinamización o coordinación de las asambleas debe moverse en la fina línea que separa la directividad (y la falta de libertad) de la consecución de objetivos mediante los instrumentos adecuados. Cada una de las tres variables es igual de importante para que una asamblea sea eficaz. A menudo no se ponen las condiciones adecuadas para que esto ocurra y se van
perdiendo oportunidades. La primera variable que se ve afectada es la producción (sí pasan cosas, pero no sale nada de las asambleas hacia fuera); la segunda es la legitimidad (muchas cosas que se deciden en una asamblea son virtualmente inútiles);
por último, la identidad es la que se mantiene casi siempre, aunque no se haga nada.

Las asambleas deben adquirir el compromiso colectivo de mejorar su eficacia. Y para ello deben:

– convertirse en espacios que faciliten el aprendizaje democrático

– crear más espacios de decisión que los propios de las asambleas

– mejorar las resoluciones técnicas de cada una de las tareas que deben realizar en colectivo

– evaluar mejor las asambleas

– distinguir qué elementos se ponen en marcha para facilitar o asegurar cada una de las tres variables.

Actualmente, el descontento social y la intensa marea de participación colectiva son una situación inmejorable para mejorar y acrecentar la capacidad de los grupos para hacer asambleas eficaces. Con el tiempo puede que las asambleas participativas sean el modelo general de intercambio de ideas y toma de decisiones, sustituyendo a la jerarquía y el poder acumulado como forma de organización.
Es la hora de las asambleas, es la hora del poder colectivo.

José Manuel Caballero Bonald

Evaristo Villar y Juanjo Sánchez

 

Cuando preparábamos este número de nuestra revista dedicado a “la hora de la ciudadanía”, escuchamos su lúcido y valiente discurso en la recepción del Premio Cervantes. Y nos dijimos de inmediato: deberíamos entrevistar a Pepe Caballero Bonald.
La ciudadanía, como la poesía, ¿no encierra una apuesta decidida contra la “sumisión”?

Creo que sí, que todo ciudadano digno debe situarse en el polo opuesto de la sumisión. Su papel es, en este sentido, el de un crítico del poder, sea este del signo que sea, debe oponerse de algún modo a todo lo que derive hacia las injusticias, los abusos, las corrupciones… En eso coincide el ciudadano con uno de los nutrientes esenciales del poeta: la desobediencia a las normas lastradas por la injusticia del tiempo.

La escritura, dices bellamente en tu discurso, otorgó a Cervantes nuevas coyunturas para “recorrer los caminos irrestrictos de la libertad”. ¿Podríamos afirmar eso mismo de tu biografía de ciudadano como escritor, como poeta?

Ojalá coincidiera en algo mi biografía de escritor o de ciudadano con la de Cervantes. Cervantes basó en la libertad la razón de ser de su obra y de su manera de vivir. Defendió al desvalido, a los perseguidos por la justicia, fue en todo momento un defensor a ultranza de la libertad… Seguir el rumbo moral trazado por Cervantes, evocar las lecciones que en este sentido abundan en su obra, es, sin duda, un ejemplo de conciencia vigilante.

El objetivo de la ciudadanía es alcanzar la soberanía social, justamente el extremo opuesto a la sumisión. ¿Te parece que la democracia realmente existente se orienta a ese horizonte o más bien es víctima del poder económico y nos lleva ineludiblemente a la decepción? ¿Puede la poesía, como afirmas, liberarnos de esta decepción?

La poesía dispone a veces de un poder terapéutico en el que no suele creerse. La poesía puede ayudarnos a sortear las trampas de la historia, puede neutralizar la decepción. Quien lee poesía, si lo hace desde una exigente capacidad reflexiva, se dará cuenta sin duda de que tiene mucho de consoladora.

“Siempre hay que esgrimir la palabra contra los desahucios de la razón”, decías en tu discurso. La eliminación de la asignatura Educación para la ciudadanía, ¿no tiene bastante que ver con uno de esos desahucios de la razón para que la gente “ejerza de obediente”, como denunciabas también en tu discurso?

La Educación para la ciudadanía me parece una asignatura ineludible para la formación integral de la persona, y eso hay que empezar a asimilarlo desde la niñez, al margen de cualquier tipo de adoctrinamiento, manejando valores morales fundamentales. Lo que se aprende en la escuela ya no suele olvidarse y jugará siempre un papel esencial en la forja del ciudadano. La falta de educación en este sentido genera a la larga toda clase de averías morales en la conducta, afecta de modo negativo a la personalidad del adulto.

¿Cabe actualmente soñar con una educación para la ciudadanía orientada a la soberanía popular intercultural, inclusiva, mestiza, planetaria? ¿Es el proyecto de Ley del ministro Wert un buen punto de partida? ¿O es más bien un proyecto sin poesía, sin rebelión contra la sumisión?

No conozco a fondo esa reforma educativa del ministro Wert. Pero, por lo que sé, se trata de una ley en muchos aspectos alarmante, en cierto modo retrógrada y elitista. Pienso que no poco de lo que se había ganado se está perdiendo ahora. Valores educativos que parecían ser como el aviso primero de una reforma alentadora, se están anulando de repente. Y eso puede ser muy grave.

Tu poesía se alza bajo el signo de la libertad, de la desobediencia, de la transgresión. Manual de infractores titulaste uno de tus mejo res poemarios… ¿Acaso una educación para la ciudadanía excesivamente ‘ideologizada’? ¿Has sentido por eso también los golpes del “desahucio”?

Ningún programa de educación ciudadana puede estar parcialmente ideologizado, manipulado en beneficio de un sector político, social o religioso. Eso sería lo más parecido que hay a un despropósito. Y en cuanto a los desahucios siempre han sido para mí la expresión máxima de la crueldad, del desprecio a los derechos humanos, en cuyo texto canónico se defiende taxativamente el derecho de toda persona a una casa digna. Poner en la calle, condenar a alguien a vivir en la calle, sea por el motivo que sea, es sencillamente una vileza.

En este tiempo de una “renuente crisis de valores” que mantiene a la sociedad “decepcionada, perpleja y zaherida”, como expresas en tu discurso, ¿ves signos de una ciudadanía digna de ese nombre?

Los veo… Aquí y allá van apareciendo movimientos reivindicativos que me parecen tan oportunos como necesarios. Eso me resulta de algún modo esperanzador, me sirve de contrapartida alentadora frente a otras frustraciones.

¿Te has sentido tentado en algún momento de mezclarte con los ciudadanos “transgresores” del Movimiento Altermundialista del Foro Social Mundial o del 15M, por ejemplo, y de poner palabra a sus reivindicaciones?

Me he sentido solidario en muchas ocasiones de algunos de esos movimientos. Sólo existe para mí en este sentido una restricción: la absoluta renuncia a la violencia. Estoy al lado de todos los que se manifiestan pacíficamente en demanda de causas justas y dignas.

Después de imponer la austeridad, sobre todo a los más débiles, ahora los poderes se llenan la boca con el mito del crecimiento. ¿Podrá éste acaso sacarnos del hoyo y la decepción? ¿No hará falta más bien toda una ‘revolución ciudadana’, una ‘revuelta cívica’ que alcance a la raíz de la crisis, de la corrupción, de la perversión de la democracia?

Sí, supongo que sí, que haría falta eso que se llama una “revuelta cívica”. Ya se está produciendo en cierta manera, pero de modo fragmentario y puntual. Haría falta que esos esfuerzos aislados, intermitentes, se aunaran en una causa común. Aunque sólo fuese para mantener algunas básicas parcelas de la democracia, esas que ahora parecen estar en peligro de degradación.

A ese cambio radical convoca la poesía en cuanto llamada a la transgresión, a la libertad. No así parece hacerlo la religión, las iglesias, que más bien se suman al “cortejo triunfal de bienpensantes”, como denuncias en Manual de infractores… ¿Sostienes esta sospecha? ¿La religión más bien como educación para la obediencia y la sumisión?

Observo por ahí señales más que evidentes de que las viejas pautas del nacionalcatolicismo, que han permanecido latentes en la sociedad española desde la muerte de Franco, resurgen de pronto. La actividad de la Conferencia Episcopal me parece nefasta a este respecto, no acepta perder un ápice del poder que tenía cuando se alió con la dictadura.

En nuestra revista sostenemos que esa función de la religión y las iglesias es una perversión del evangelio, que, en verdad, la religión debería ser un poderoso fermento de transgresión, de libertad, y por tanto de ciudadanía. ¿Te sumas a esta idea? ¿O la consideras utópica?

Me sumo a esa idea, incluso aunque pueda ser una utopía. La utopía también es, ya se sabe, una esperanza consecutivamente aplazada.