Mujeres jóvenes y la Iglesia

Raquel Lara Agenjo y María Isabel Herrera Navarrete

Somos mujeres… que vivimos en un mundo regido por unos parámetros que determinan claramente los modelos de vida y las relaciones entre las personas. Siendo conscientes de nuestro punto de partida, la dependencia ontológica, biológica y social en la que se asienta el paradigma patriarcal, os compartimos algunas reflexiones resultado de las experiencias que vivimos como mujeres, obreras, cristianas y feministas, en definitiva, personas “comprometidas” en un movimiento juvenil eclesial conscientes de formar parte de una sociedad y de una Iglesia fuertemente marcadas por el sistema capitalista patriarcal que a las mujeres nos sitúa y delimita a unas tareas y roles determinados.

Herederas de una historia… Consideramos importante tomar conciencia de la historia que nos precede en la que “la mujer” ha sido invisibilizada, lo que supone hacer un esfuerzo extra para reivindicar y hacer valer que las mujeres existimos, pero, a la vez, todo ello lleva consigo, por parte de la sociedad, un ejercicio de concienciación hasta lograr reconocer a las mujeres en su singularidad, valía y diversidad; supone romper una mentalidad y una forma de entender el mundo y las relaciones asentadas en el patriarcado, mentalidad que pretende mantenernos sumisas e invisibilizadas. En todo este proceso de emancipación y de toma de conciencia por parte de las mujeres, de su valor y significación en la sociedad y en la historia, ha sido determinante el papel y la lucha histórica de otras compañeras que nos han precedido y legado el testigo, a todas ellas les mostramos nuestro reconocimiento y agradecimiento por lo que ahora somos.

No podemos olvidar las aportaciones y la lucha de mujeres como Rosa Parks, la cual, con la audacia y la fuerza del “NO ME LEVANTO”, se enfrentó a la actitud obediente y sumisa que provocaba pobreza y exclusión. Concepción Gimeno de Flaquer, propulsora del Sufragismo Católico Español, mujer convencida de que Jesucristo fue el primer feminista porque abogó por los derechos de las mujeres en igualdad con los hombres. Ellas son el germen de una nueva manera de sentir, pensar, organizarse; ellas nos legaron una inquietud y una lucha que está aún en sus comienzos porque, al igual que les ocurrió a ellas, hoy en día no es fácil ser mujer en un mundo pensado y estructurado por y para hombres, blancos y heteros. Sin embargo, las leyes que hoy amparan a las mujeres existen gracias a la lucha de las feministas: el derecho al voto, al divorcio, a poder trabajar, estudiar, opinar, a poder quedarse con los hijos; ninguna ley a favor de la mujer ha sido un regalo de la sociedad patriarcal y dualista “ni ha caído del cielo” sino que es el resultado de la lucha y conquista de las mujeres.

Como responsables estatales de la JOC, nuestra participación, tanto en espacios eclesiales como sociales, lleva consigo el desenvolvernos en espacios en su mayoría dinamizados y copados por hombres. Nos encontramos con situaciones donde nos es difícil encontrar el espacio y el momento para aportar y que nuestra aportación sea tenida en cuenta. Ejemplo de ello, es la historia que nos precede donde se ha potenciado la desigualdad y la subordinación de la mujer al hombre; esta subordinación y desigualdad es mucho más evidente si eres una persona “racializada” o perteneces a un colectivo minoritario.

“Hombre y mujer creados a su imagen y semejanza de Dios”. En la JOC hemos aprendido que lo que decimos de Dios está conectado a nuestras experiencias, a nuestras vivencias y que nuestra idea de Dios, así como nuestra relación con Él viene marcada por la “construcción social y cultural de género”.

Después del Vaticano II empezó a oírse cada vez más la voz de la mujer reivindicando espacios dentro de la Iglesia. Hoy no es posible pensar sobre Dios, la fe o la Iglesia sin tener en cuenta la contribución de la mujer.

Lo que podemos decir sobre Dios no es neutral, sino que tiene sus efectos positivos o negativos en la sociedad. El discurso patriarcal y androcéntrico ha promovido la exclusión de la mujer en el campo público y una subordinación de esta a la imaginación y necesidades de un mundo diseñado por y para hombres.

La relectura del Vaticano II hecha por la teología latinoamericana nos ha permitido descubrir la “indisolubilidad” del anuncio del Evangelio y la lucha por la justicia.

La teología latinoamericana desde la perspectiva de la mujer nace unida a la “opción por los pobres”. Al principio esta manera de hacer teología no se movía principalmente por la “lucha por la igualdad” y la “lucha contra el machismo”, sino que en una sociedad donde la diferencia por el hecho de ser mujer era un dato constitutivo, se luchaba principalmente por construir un “discurso inclusivo”.

Después de un primer momento en el que la teología feminista reivindicó la igualdad se pasó a la reivindicación del “derecho a la diferencia” y a la afirmación de la mujer como diferente, incluso en la manera de sentir y de pensar a Dios. Posteriormente la teología feminista, que ya no teme darse ese nombre, se atrevió a hacer preguntas fundamentales que cuestionaban la estructura del pensamiento teológico elaborado hasta este momento, poniendo en cuestión la teología dominante patriarcal y machista.

Posteriormente la teología latinoamericana va a encontrar en la “perspectiva de género” un ángulo más adecuado desde donde construir su reflexión sin perder la perspectiva de los que están al margen de la sociedad y del progreso, pero que la lucha por la liberación social, económica y política, que la teología de la liberación reivindicaba no contempló ni alcanzó en sus comienzos.

En el momento presente la teología feminista se va a ocupar de “exclusiones” igualmente necesitadas de liberación, como puede ser la liberación de la mujer, la exclusión sexual y de género, así como las raciales y étnicas, para acabar comprendiendo la necesidad de dar un paso de calidad a fin de alcanzar esa liberación que la mitad de la población espera.

Es importante señalar que en esta última etapa se ha dado una apertura a la reflexión ecológica en cuanto a los derechos de la tierra y de la naturaleza íntimamente unidos a la reflexión sobre los derechos de la mujer, en tanto que los derechos de la mujer desgraciadamente siguen siendo conculcados en la sociedad y en la Iglesia, porque en la medida que el “ecofeminismo” significa el fin de todas las formas de dominación, la teología no puede ser ajena a él.

A pesar de los grandes avances que históricamente se han dado en el proceso de la liberación de la mujer, sin embargo, a nivel eclesial queda mucho camino por andar. En la práctica constatamos una gran diferencia entre la emancipación de la mujer en la sociedad, a pesar de que ello es aún insuficiente, y el rol de la mujer en la Iglesia. Gracias al Concilio Vaticano II, que aportó un nuevo paradigma para la comprensión y participación de las mujeres en la Iglesia y en la sociedad, podemos mirar con valentía y esperanza la necesidad imperiosa de trabajar por la liberación de la mujer, siendo fieles al mensaje del Evangelio que es Buena Noticia para todos los que sufren cualquier tipo de opresión o exclusión. Sin duda, necesitamos una Iglesia que verdaderamente se crea que, por el bautismo, todos somos Pueblo de Dios y que la mujer, ya sea laica o religiosa, también tiene un papel activo y protagonista dentro de ella.

“Como mujer joven, obrera y cristiana, nos sentimos llamadas a engendrar el Reino de Dios en nosotras mismas y en nuestro ambiente”. Desde nuestra experiencia cotidiana vemos a Dios, Madre-Padre, reflejado en muchas de las personas, gestos, situaciones, acontecimientos que nos rodean. Como militantes de la JOC, Dios es siempre el “principio esperanza”, aquél que posibilita que las personas “descartadas” –fundamentalmente mujeres, jóvenes y migrantes– puedan redescubrir y recuperar su dignidad como personas, así como su protagonismo y su responsabilidad en la construcción de la fraternidad universal; porque el proyecto que nos ofrece Dios en la persona de Jesucristo y que a nosotros nos ha llegado a través de la Iglesia Católica, es un proyecto inclusivo que reconoce e integra las diferencias, un proyecto universal que no anula la particularidad de cada uno ni de cada ser, es un proyecto global de un mundo donde quepamos todas las personas sin distinción de sexo, etnia, lengua, cultura, religión, etc. Es, sin lugar a dudas, un proyecto de liberación integral.

Para nosotras, el Evangelio es grito de denuncia y de anuncio, es palabra que anima e interpela. Es palabra que convoca y que crea, bisturí que disecciona y capacidad para ponernos en pie y levantar nuestra voz allí donde se asienta la injusticia.

Nuestra experiencia es que el Evangelio acogido en comunidad aplicado a la vida es palabra que invita a ser testigos de una nueva forma de relacionarnos, de tratarnos, de sentir, de pensar, de mirar, de vivir. Es palabra que alienta e invita a mirar el futuro con esperanza, haciéndonos testigos de un estilo de vida que pone en el centro a la persona. Es una palabra que nos lanza continuamente a las periferias sociales y existenciales para ayudar a restablecer en cada una su dignidad y su protagonismo en la tarea de “reconstruir la casa común”.

Por una Iglesia que acoja la aportación del feminismo y la lucha de las mujeres por sus derechos y la liberación de cualquier tipo de opresión que denigre al ser humano.

Jesús, a pesar de las tensiones que pudiera provocar en su entorno, inauguró nuevas relaciones de género. ¡Gracias Jesús por romper los esquemas del patriarcado!

Desde esta fe en Jesús de Nazaret nos experimentamos mujeres empoderadas, nos sabemos llamadas, elegidas, reconocidas y enviadas por Dios a engendrar un mundo donde mujeres y hombres podamos crecer felices en igualdad y dignidad. Entendemos que las personas somos seres en construcción y que los elementos culturales nos configuran y determinan muchísimo, por lo tanto, lo masculino y femenino puede cambiar, existe pluralidad de combinaciones. El hecho de integrar la perspectiva de género ha sido y es profundamente liberador para nosotras y otras/os jóvenes, es una herramienta necesaria para desarrollar nuevos modos de ser persona –mujer y hombre– ser familia y comunidad, nuevas formas de amar y ser amadas, reivindicando el amor propio, el respeto para que la diferencia nunca pueda ser motivo de desigualdad ni opresión.

El Evangelio camino de liberación: Creemos en la fuerza divina del amor, por eso, queremos vivir el amor desde nuestros cuerpos de mujer sin miedos, sin más prohibiciones que las que dicta el respeto y el amor que recibimos de Dios Padre/Madre. Es urgente una liberación y evangelización en y desde las fronteras del mundo, para dar pasos hacia una Iglesia de brazos abiertos, que fomente la acogida, que luche por la inclusión y justicia social para crear una casa común libre de discriminación sexista, racista o de clase. Es necesaria una espiritualidad que respete la persona e incluya nuestros cuerpos.

Lo que excluye no es de Dios. La Palabra de Dios y, por tanto, los hechos que en Él se inspiren, nunca podrán oprimir o legitimar discriminación y violencia para las mujeres, ni para nadie. Es muy importante descubrir que no somos cristianos cuando discriminamos a nuestra hermana. Las personas cristianas tenemos el deber y la responsabilidad de alzar la voz ante este atentado a la vida, posibilitando que todas las personas puedan tener una vida digna, porque el Evangelio, ante todo, es una invitación a proponer formas alternativas de reorganización la vida en todas sus dimensiones, económica y política, etc. de modo que permitan recomponer a las personas que sufren opresión, así como a recomponer las relaciones entre las personas con la naturaleza.

El compromiso cristiano, un continuo “nadar a contracorriente”. Con Jesús se hizo presente “el año de gracia del Señor”. Él quería dar paso a un mundo de justicia y de cuidados, un mundo de hombres y mujeres libres viviendo fraternalmente y para ello se enfrenta al sistema patriarcal, dualista y andrógeno que se constituye desde el poder y nos dirige hacia un futuro de exclusión y muerte, comienza una etapa nueva en la historia de la humanidad.

La tarea no fue fácil para Él, tampoco para nosotras; como mujeres laicas comprometidas a veces se nos hace difícil permanecer en la brecha con esperanza porque vivimos realidades juveniles muy precarias y dolorosas, pero desde nuestra fe en el Dios de Jesús nos sentimos responsables de desenmascarar las mentiras, detectar los signos de opresión y señalar las causas y los responsables de las injusticias, vengan de donde vengan, haciendo posible la transformación de las estructuras para que nadie ponga coto a la vida y a los derechos de las personas.

Estamos convencidas que el estilo de vida de la persona cristiana tiene que ser ‘antisistema’ porque así fue Jesús. Él siempre estuvo del lado de las personas que el sistema excluyó y descartó. Somos muchos los y las cristianas que pensamos de esta manera y que desde un estilo de vida que surge de nuestra fe en Jesús de Nazaret queremos colaborar día a día para que el proyecto humanizador del Reino de Dios y su justicia sea una realidad. Es el sistema capitalista patriarcal el que alimenta y sostiene las causas que están provocando las diferencias entre las personas y un desequilibrio medioambiental que ya es irreversible. Conscientes de ello, queremos situarnos como “fermento en la masa”, de manera que nuestro compromiso en la sociedad vaya en la dirección de la defensa de los derechos humanos y la promoción y desarrollo de todas las personas sin discriminación de ningún tipo.

En definitiva, desde nuestro ser cristianas comprometidas en el día a día, descubrimos que para ir gestando ese “otro mundo posible desde Jesús” es fundamental practicar estos cuatro convencimientos:

– “Gritar en un mundo donde cada vez hay más silencios impuestos”, recogiendo la responsabilidad que tenemos para recuperar el grito, de la misma manera que nos propone el Evangelio.

– “Aprender a desobedecer con creatividad y responsabilidad”. Necesitamos ser conscientes e identificar las causas con las que este sistema nos oprime y nos esclaviza, ayudándonos a dar respuestas colectivas que creen luz allí donde permanece la oscuridad de la precariedad y la violencia.

– “Acuerparnos”, como dicen las compañeras de “Territorio Doméstico”. Es decir, apoyarnos y enredarnos, continuar siendo capaces de tejer redes, mantas de afecto, de calor, para seguir el camino con paso firme hacia el sueño de Dios junto a otras hermanas y hermanos de camino.

– “Ser agentes de esperanza”. Descubriendo la importancia de ser generadoras de esperanza ante la vida tan precaria que vivimos las personas jóvenes. Porque las y los jóvenes estamos llamados a ser esa semilla, ese dinamismo que posibilite la construir un mundo nuevo en justicia y paz verdaderas.

Dios, que es amor, desea irrumpir en la vida de todas las personas para inundarlas de su vida y de su paz, y por nuestra parte, junto a otras muchas compañeras y compañeros de camino, queremos colaborar y hacer lo que esté en nuestras manos para que así sea. Desde nuestra condición de mujeres jóvenes, fieles al proyecto y a la vocación a la que el Padre-Madre Dios nos llama en Jesús, nos sentimos gestando una transformación social y eclesial desde nuestro ser femenino.