Migrantes y refugiados. La batalla se libra en el discurso

Javier Fariñas Martín

Tic, tac. Uno. Tic, tac. Dos. Tic, tac. Tres. Tic, tac. Cuatro.

Cada número con su nombre.

Con sus apellidos.

Con su historia.

Con su vida.

Con todo.

O con nada.

Tic, tac. Cinco.

Y así hasta 68,5 millones.

De personas.

Durante el año 2017, cada dos segundos una persona tuvo que emprender un desplazamiento forzoso en el mundo. Si esa larga hilera se hubiera organizado, cada dos segundos hubiéramos visto cómo un hombre, una mujer, una niña o un niño, dejaba su casa con un destino más o menos incierto. Así hasta completar una lista de más de 68 millones de historias personales. De ellos, 25,4 millones fueron refugiados. Son datos del informe Tendencias Globales 2017 de ACNUR, la agencia de Naciones Unidas para los Refugiados, publicado en junio de 2018. Según indican, han contabilizado casi tres millones más de refugiados que en el año anterior. Se trata del mayor incremento experimentado en los últimos años. Entre los países causantes de tal crisis humanitaria se encuentran viejos conocidos como Siria, República Democrática de Congo o Sudán del Sur, junto a nuevos inquilinos de este poco glamuroso hábitat como Bangladesh, que ha recibido a cientos de miles de rohingyas procedentes de Myanmar.

Si en lugar de una simple enumeración, ACNUR hubiera incluido la filiación de esa eterna lista, las causas y consecuencias del fenómeno migratorio cambiarían. Porque el número asusta (68,5 millones), pero en (demasiadas) ocasiones nos conformamos con cuantificar los fenómenos para no encontrarnos con las personas (68,5 millones) que hay detrás.

Una de ellas es Dinai But Ruach, de Sudán del Sur, 18 años. Cambió su país natal por Etiopía en 2017. Vive en Gure Shombola, un nuevo campo abierto por uno de los países que ha hecho de la acogida algo habitual. Etiopía, con 889.400 personas refugiadas dentro de sus fronteras, se ha convertido en el noveno país más acogedor del mundo. «Sudán del Sur no es bueno para nosotros. Hubo peleas, disparos, se llevaron niños. Las casas, incluida la mía, fueron destruidas». Son palabras de Dinai.

¿Más nombres?

Tic, tac.

Mutaybatu. De profesión, abuela. 55 años. Es una rohingya sin protagonismo en los informativos. Huyó como pudo. «Caminamos durante 10 días y luego cruzamos en bote. Fue un viaje lleno de dificultades, no teníamos comida, de vez en cuando comíamos lo que podíamos encontrar como hierbas y malezas u hojas de los árboles».

El rostro del éxodo

Nombres aparte, en una generalización apresurada, se puede afirmar que la mayoría de desplazados forzosos, ya sean migrantes o refugiados, son naturales de países en desarrollo; que casi dos tercios de las personas que tienen que salir de sus hogares son desplazados que se quedan en su propio país a expensas de que la situación mejore; y que la mayoría de los que salen de sus fronteras lo hacen para quedarse en las naciones limítrofes. Etiopía, país del que hablábamos antes, es un ejemplo. Uganda, que ha absorbido buena parte de las víctimas de la crisis de Sudán del Sur, otro. En la zona de los Grandes Lagos, la mezcla de refugiados congoleños, ruandeses o burundeses es una realidad. Los rohingyas en Bangladesh. Los centroamericanos por cualquier país de la zona. Los venezolanos que han optado por países del entorno… Lo que puede parecer la excepción resulta que es la norma. OXFAM Intermón en su informe Origen, tránsito y devolución. Las personas refugiadas y la crisis política de la UE advierte que «las lógicas de movilidad internacional tienen un patrón esencialmente regional […]. Perder esta perspectiva lleva a hablar de ‘llegadas masivas’, ‘asaltos’ y ‘crisis de fronteras’ de Europa, alimentando una percepción distorsionada de la realidad. La opinión pública y los electores de los Estados miembros son cada vez más sensibles al discurso del miedo, la seguridad y la identidad, sustrato del discurso antiinmigración». El número de migrantes y refugiados que optan por dar el salto a Occidente es minoritario, a pesar de que los medios de comunicación y los políticos solo se fijan en esa parte (interesada) del fenómeno.

Y se detienen en ello, sobre todo, cuando surgen líderes políticos que exacerban sus proclamas contra los migrantes y refugiados –el celebérrimo Donald Trump y otros tantos como él, entre los que encontramos a varios presidentes y líderes europeos–, o cuando un niño llamado Aylan yace en la mesa de nuestro salón a la hora de la comida; o cuando otro llamado Adou pasa la frontera hispanomarroquí dentro de una maleta; o cuando los centroamericanos pretenden atravesar el muro que divide Estados Unidos de México aupados (literalmente) a un tren apodado La Bestia; o cuando se cuentan por decenas o centenares los caídos en el desierto del Sahara o ahogados en el Mediterráneo. O cuando.

En definitiva, caemos en la cuenta de su existencia cuando han dejado de existir. Cuando mueren o en las ocasiones en las que su periplo se convierte en una aventura tan épica que llama nuestra atención. La migración y el éxodo se han convertido en dos realidades peligrosas. En 2017, ACNUR reconocía que uno de cada 49 personas que se planteó ese reto falleció o desapareció. Entre enero y julio de 2018, el porcentaje se elevó peligrosamente: uno de cada 31 no logró el objetivo.

El Mare Nostrum se puede haber convertido en la gran valla fronteriza de nuestro continente. Tan solo entre junio y julio de 2018 fallecieron en sus aguas 850 migrantes, casi un 30 por ciento más que el año pasado en esos dos meses. Todo parece indicar que el endurecimiento del control fronterizo es causa directa de esos fallecimientos. Así lo señaló Matteo de Bellis, investigador de Amnistía Internacional al presentar el informe Between the devil and the Deep blue sea, cuando indicó que «el reciente aumento del número de muertes en el mar no es solo una tragedia; es una vergüenza». Algunos periodistas expertos en el fenómeno migratorio como Naiara Galarraga Gortázar se refieren al Mediterráneo como «el mayor cementerio de inmigrantes y refugiados del mundo».

A pesar de todo, el tópico sigue haciendo que nos preguntemos por qué quieren venir. Por qué lo siguen intentando. Por qué no se cansan. Parte de las respuestas tienen que ver con las guerras, la corrupción, el hambre, la falta de perspectivas de futuro o la persecución por causas políticas o por la condición sexual o religiosa de los migrantes o refugiados. La inclusión de todas esas motivaciones en un saco común hace que en muchas ocasiones no seamos capaces de desmarañar a aquellos que buscan migrar solo por una legítima aspiración de una vida mejor de aquellos que viven amenazados en sus países por su condición sexual o religiosa, o por disentir del partido en el poder.

Las todavía recientes devoluciones en caliente que el Ejecutivo español autorizó el pasado mes de agosto mostraron esta realidad con precisión. Se expulsó por la puerta de atrás con tanta premura a un grupo de 116 subsaharianos –pasaron apenas 29 horas en Ceuta– en base a un acuerdo bilateral con Marruecos fechado en 1992, que no tuvieron tiempo de la asistencia que reconoce el propio acuerdo y que se incluye también en cualquier protocolo de actuación internacional sobre migración. La llegada a Ceuta del centenar largo de subsaharianos llegó pocas semanas después de otra, mucho más numerosa, en la que superaron vallas y concertinas más de 600 personas. En la hemeroteca abierta que es Internet encontramos en numerosos medios una frase atribuida al ministro del Interior español, Fernando Grande Marlaska: «¡Les quiero fuera ya!». Desde el Ejecutivo se justificó la acción en base al acuerdo del 92 y exponiendo que ni había menores ni solicitantes de asilo. Debido al número de personas, 116, y a las prisas con las que se ejecutó la acción, la duda es más que razonable sobre el incumplimiento de la palabra dada y firmada.

Volvamos a las causas del fenómeno migratorio o de refugio. Junto a las ya enumeradas, encontramos otra no menos frecuente: la migración o el éxodo por causas medioambientales. Fenómenos meteorológicos extremos –las sequías están causando en los últimos años estragos en numerosos países en desarrollo– generan hambrunas sistemáticas en zonas determinadas del planeta. Junto a estos efectos causados por la naturaleza –en los últimos años países como Zimbabue, Zambia, Sudán del Sur o algunas zonas del Cuerno de África han visto severamente comprometidas sus cosechas por sequías severas–, están aquellos provocados por la codicia de las grandes multinacionales, que esquilman los recursos naturales de América del Sur, Asia o África sin rubor. Los casos de abusos de las grandes corporaciones, capaces de desecar estados de India tan solo para fabricar refrescos; legitimadas para devastar el Delta del Níger a través de la explotación petrolífera; o para arrasar con la gran reserva de la biosfera mundial, la Amazonia, son más que frecuentes. La política de tierra quemada, el acaparamiento sistemático de tierras o la imposición del uso de transgénicos, está provocando millones de desplazamientos. ¿Por qué? Porque en su lugar de origen ya no quedan recursos de los que vivir. Aunque no se quiera ver así el fenómeno, estamos ante una migración forzosa, en la que Occidente tiene mucho que ver. Es culpable o cómplice, por acción o por omisión.

Sin ánimo de agotar la casuística del fenómeno migratorio, apuntamos una opción más: el ser humano tiene derecho a migrar. Nadie puede impedir –teóricamente– a un semejante que migre. Apelar a la Declaración de los Derechos Humanos, después de la retahíla de dramas directos e indirectos enumerados, puede parecer una boutade. Pero, ante todo, cualquier persona tiene derecho a migrar, aunque para unos sea más fácil que para otros. No todos los individuos son contemplados bajo el mismo prisma. Hay migrantes de primera y de segunda. Estos últimos son los protagonistas de los párrafos anteriores, aquellos que llegan a Occidente con un sueño en la maleta y un futuro por escribir. Los privilegiados, por el contrario, son las élites deportivas, económicas o culturales. Cuando el migrante brilla en cualquiera de estas lides no hay mares que cruzar en patera ni vallas que saltar. La enumeración de sus nombres podría ocupar buena parte de estas páginas. Da igual de dónde procedan. Si el migrante –porque ellos también lo son– descuella en el deporte de élite, en la música o es, simplemente, rico, no hay trabas. La cuestión, por tanto –y esto sería tema para otra reflexión–, no es si somos capaces de acoger al migrante, sino de qué condiciones deben concurrir en él o en ella para que le abramos los brazos y le consideremos uno de los nuestros. Pero, repito, eso es tema de otro debate. Mientras tanto,  la sociedad,  como la clase política, debe afrontar el reto de dar respuesta a una realidad para la que no cabe la indiferencia, y que en ocasiones solo provoca hostilidad.

En el informe Antinmigración. El auge de la xenofobia populista en Europa, elaborado por la Fundación porCausa, «hoy la antinmigración se produce en un contexto económico y tecnológico muy diferente, en el que la imbricación de intereses, el acceso a la información y la capacidad de cruzar fronteras de forma legal o irregular hacen mucho más difícil introducir medidas proteccionistas extremas. Pero esta dificultad no ha hecho más que disparar la frustración de sociedades que han sido al mismo tiempo castigadas por la Gran recesión y espoleadas por un discurso populista que ofrece soluciones simples a desafíos extremadamente complejos». Europa, la humanista y garante de las libertades, Europa debe dar un paso al frente, que no siempre tiene la valentía de ejecutar.

En un mundo de apariencias, la dirigencia europea parece dispuesta a terminar de una vez por todas con las causas que generan un fenómeno migratorio cada vez más relevante y con una mayor presencia en los medios de comunicación. Repetimos: en apariencia. Para explicar este posicionamiento, pueden servir como ejemplo el discurso de Jean-Claude Juncker en el último Debate sobre el Estado de la Unión, que tuvo lugar el pasado mes de septiembre. En su intervención, el presidente de la Comisión Europea recordó que «África no necesita caridad, sino una cooperación auténtica y justa». Esa relación «auténtica y justa» –reiteramos las palabras del luxemburgués– evitaría un flujo migratorio que, en la actualidad, parece difícil de frenar, y más teniendo en cuenta por dónde irán las políticas europeas en el futuro.

La Unión Europea, que se ha jactado históricamente de ser el principal donante de los países en desarrollo, para el período 2021-2027 –en lo que el organismo continental denomina como el Marco Financiero Plurianual (MFP)– va a destinar a África subsahariana, según Euractiv, 28.300 millones de euros, un 7 por ciento más que la cantidad destinada al mismo fin en el MFP para el período 2014-2020. Euractiv advierte también que la fijación de la Comisión Europea con África también tiene que ver, y mucho, con el tema de seguridad, ya que para el sexenio 2021-2027 prevé destinar 30.830 millones de euros a cuestiones relacionadas con África subsahariana: en concreto a aquellos que quieren venir a territorio europeo. La migración y la gestión fronteriza son las partidas beneficiarias de tal cantidad. Por tanto, la UE dedicará más fondos a proteger las fronteras que a promover el desarrollo en el vecino continente del Sur. En concreto, Euractiv explica que a la gestión de las fronteras dedicará 18.800 millones de euros, lo que supone cuadriplicar la partida dedicada a este fin en el MFP 2014-2020, cuando la cantidad ascendió a 5.600 millones. Euractiv reconoce que «al menos la mitad de estos fondos podrían terminar dedicados a contrarrestar la migración irregular, ejecutar devoluciones y apoyar a los Estados miembros con recursos adicionales para proteger sus fronteras en caso de situaciones de emergencia».

Este discurso ­–pero también esta forma de hacer política– no resulta en absoluto contradictorio con los que pronunciaron los presidentes de las principales instituciones europeas en otoño de 2017 cuando recibieron el Princesa de Asturias de la Concordia. Jean-Claude Juncker, de la Comisión; Donald Tusk, del Consejo Europeo; y Antonio Tajani, del Parlamento Europeo. Los tres aprovecharon la coyuntura para apoyar al Gobierno de España en un asunto interno y para resaltar la importancia del ombligo europeo. Poco quedó del compromiso con los menos favorecidos. Hay que empeñarse en encontrar entre líneas lo que hubiera sido muy fácil explicitar: la UE es solidaria y hermana de los pueblos que también ayudan a construir Europa. Pero aquello no salió de sus bocas.

Entre el discurso político y la realidad

Icónica fue la imagen del entonces primer ministro italiano, Enrico Letta, en el funeral en Lampedusa (en realidad, la primera Lampedusa, aquella que se llevó el 3 de octubre de 2013 la vida de, al menos, 366 personas). Allí aparecía solo y consternado, arrodillado ante uno de los féretros que componían una hilera interminable. Sí, el primer ministro arrodillado cuando a las familias se les impidió acudir. Letta protagonizó una imagen perfecta en cuanto a composición, estética, pero también indicativa de la preocupación de la clase dirigente europea ante el problema migratorio, que no es otro que un problema de imagen política, de qué mensajes lanzar a la opinión pública para obtener el rédito electoral pertinente. La fotografía de Letta es una de tantas.

En julio de 2018 Austria asumió la presidencia rotatoria de la Unión Europea. En esta cita, el presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani, fue preguntado por el fenómeno migratorio y por la llegada de personas a territorio europeo, procedentes especialmente de África subsahariana. Ante esta realidad, y ante la posibilidad de que para 2050 la población africana alcance los 2.500 millones de personas, Tajani reconoció que si la UE no actúa, los flujos que ahora conocemos serán una minucia con los que se aventuran para tal fecha. De forma más o menos literal, el político italiano señaló que «Veremos movimientos bíblicos de personas del sur al norte». El aviso para navegantes de Tajani encontró su complemento en las palabras de Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, para quien «la afirmación de que no estamos haciendo nada por África no se ajusta a lo que en realidad estamos haciendo». El tercer protagonista del solemne evento, el canciller austriaco Sebastian Kurz, anunció un cambio de paradigma en la política europea sobre el fenómeno migratorio. Entre julio y diciembre de 2018 la prioridad de la UE será garantizar las fronteras del conglomerado europeo. El lema de esta presidencia es “Una Europa que protege”. La pregunta es a quién y cómo.

Un barco, el Aquarius, y alguna que otra irrupción numerosa por la frontera mediterránea, han destapado las incongruencias de un sistema que ha dado la espalda definitivamente a los vecinos del Sur. El primer –y mediatizado– episodio del Aquarius, en junio de 2018, abrió la caja de Pandora de la confusión. Mientras que algunos países, con Italia a la cabeza, ladeaban enérgicamente la cabeza ante la posibilidad de que el barco, con un puñado de migrantes a bordo, pudiera tomar tierra en algunos de sus puertos, el Gobierno español ofreció los espigones de Valencia como toma de tierra con la realidad. El desembarco, con amplia cobertura mediática y política oscureció lo que vino después: el olvido de los que allí llegaron. Algunos líderes europeos tuiteaban y pregonaban futuras políticas y proponían miradas más limpias sobre un fenómeno viciado desde su origen. Agua de borrajas, como casi siempre.

Dos meses más tarde, el segundo –y menos mediatizado– episodio del Aquarius, con otros cuantos migrantes a bordo (Tic, tac. Uno. Tic, tac, dos…) nos devolvió a la realidad. Los puertos no se abrieron. Las proclamas buenistas se tornaron pragmáticas. Europa first. E, incluso, Matteo Salvini, el rostro más visible del Gobierno de Italia, puso en los dos platillos de la balanza del bien y del mal el hundimiento del puente de Génova y la no llegada del Aquarius a puerto italiano alguno. Era el 14 de agosto: «En un día tan triste, noticias positivas. El ‘Aquarius’ atracará en Malta y los inmigrantes a bordo se distribuirán entre España, Francia, Luxemburgo, Portugal y Alemania. Como prometí, no en Italia, ya hemos hecho suficiente», dijo.

Este tipo de discursos y actitudes no es, por extraño que nos parezca, nada más que la consecuencia de una política migratoria común que comenzó a fraguarse en el ya lejano 1985 cuando se rubricó el Acuerdo de Schengen, que supuso la eliminación de las fronteras exteriores entre los países firmantes. Este acuerdo, que afecta en primer lugar y teóricamente a los residentes de la zona Schengen, contempla asimismo unas pautas sobre cómo acceder a la misma, así como a la concesión de visados para tal fin. En 2004, y para fortalecer la vigilancia del entorno Schengen, nació la Agencia Europea de Gestión de la Cooperación Operativa en las Fronteras Exteriores de la Unión Europea (Frontex), cuyo presupuesto no ha dejado de crecer desde entonces (de los 6,2 millones de 2005 a los 302 millones de 2017).

Desde entonces hasta la fecha se han rubricado tratados como los de Maastricht, Ámsterdam o Lisboa, en los que se ha insistido en la competencia migratoria en los tratados de la propia Unión Europea; o se han producido diversas crisis migratorias –algunas de ellas con España como protagonista, como la ‘crisis de las vallas’ en 2005, que provocó el refuerzo de las vallas de Ceuta y Melilla; o la ‘crisis de las pateras’, un año más tarde, con intentos de entrada a través de embarcaciones por el archipiélago canario–; hasta llegar a la Agenda Europea sobre Migración, del año 2015, que de momento es el último instrumento comunitario para abordar el fenómeno migratorio. Esta Agenda, según la Fundación porCausa «consolida las tendencias que venían planteándose a medida que se adoptaba un enfoque común: securitización, privatización, externalización y asistencia humanitaria de la política migratoria común basada en el control de las fronteras exteriores».

El Consejo Europeo, en su reunión de junio de 2018 abordó la crisis de migrantes y refugiados iniciada en 2015. Para el Consejo, las medidas adoptadas fueron satisfactorias porque «El número de cruces ilegales de fronteras detectados hacia la UE se ha reducido en un 95 por ciento en comparación con las cifras máximas que se alcanzaron en octubre de 2015». Por tanto, marcos como la Agenda Europea sobre Migración provocan el rédito deseado, aunque pasemos por alto que «una población 70 veces más grande que la que intenta acceder a Europa de manera irregular vive en la Unión como inmigrantes legales» y que «la mayor parte de ellos procede de otros Estados miembros», tal y como asegura OXFAM Intermón en Origen, tránsito y devolución. Las personas refugiadas y la crisis política de la UE.

¿Y la ciudadanía?

La solución al fenómeno migratorio y de refugio debe ser holística. Aunque los dirigentes de las naciones y las organizaciones regionales, transnacionales y mundiales tienen que asumir su cuota de responsabilidad, no es menos cierto que la sociedad también ha de sentirse interpelada por esta realidad. Si tomamos como referencia la UE, los eurobarómetros de octubre de 2017 y marzo de 2018 marcan una tendencia peligrosa para la integración de los que han nacido fuera de la Unión. Los eurociudadanos creen que la población no unionista es mucho mayor a lo que realmente es.

Junto a esa percepción de que son más de los que son, migrantes y refugiados se enfrentan a otro tópico, el que les coloca como depredadores que esquilman los recursos públicos de los países de acogida. Este efecto se produce, de manera singular, en épocas de vacas flacas económicas. Cuando las economías europeas bufaban como un tren de vapor en medio de una llanura, nadie reparaba en la presencia benéfica de migrantes procedentes de cualquier parte del mundo. Pero con el arranque de una crisis de la que la sociedad no termina de ver el fin, las cosas cambiaron. Esa falsa intuición es el germen de la aparición de una aversión, cuando no xenofobia, hacia aquellos que quieren vivir entre nosotros. Percepción o intuición que se revelan falsas. El Centro Nacional de Investigación Científica de Francia (CNRS) ha estudiado el impacto económico de migrantes y refugiados en 15 países de la Unión Europea entre 1985 y 2015. Son tres décadas de estudio que rompen con el estigma. Aunque la repercusión es mayor entre los migrantes que en el caso de los refugiados, en ambos casos su influencia es positiva. El diario El País, que recogía el 20 de junio de 2018 las principales conclusiones del estudio del CNRS, señalaba que «en el caso de los inmigrantes, cuando su tasa sube en un punto, el PIB per capita mejora en los cuatro años siguientes, llegando a una subida del 0,32 por ciento en el segundo año tras la llegada. Los efectos también son positivos en el ingreso de impuestos y, aunque más modestos, en la reducción del paro». Hyppolyte d’Albis, coautor del estudio, advertía que «el impacto de los solicitantes de asilo es mejor que el de los migrantes permanentes. Esto se debe a que, en general, los que piden asilo no pueden trabajar durante el tiempo en que la administración revisa su solicitud». Con mayor o menor celeridad, en cualquier caso, migrantes y refugiados son causa directa de una mejora de la economía europea. Aunque no queramos verlo.

Desde Hospitalidad.es –iniciativa impulsada por las organizaciones del Sector Social de la Compañía de Jesús– están desarrollando la campaña «Desmontando mitos xenófobos», que incide en seis falsas verdades que se cuelan en el imaginario colectivo. Aunque hacen referencia a España, la clave de esas afirmaciones puede extrapolarse a buena parte de la UE. A la tergiversación de la realidad, responden con datos. Uno: ‘España no puede absorber a millones de africanos’. Según Hospitalidad.es, tomando datos de ACNUR, desde 2005 han llegado a España por canales irregulares 221.190  personas. Ni son millones, ni son solo africanos: menos del 12 por ciento de la población extranjera en España es de origen africano. Dos: ‘Hay llegadas masivas’. En 2015 la UE recibió a más de un millón de personas. Hasta mediados de 2018 la cifra había caído hasta 60.000. En España, había llegado un migrante o refugiado por cada 2.000 personas–. Tres: ‘No podemos dar papeles a todos’. En cuanto a los cacareados ‘papeles para todos’, durante 2017 se repatriaron como media, cada día, a 26 personas, según datos del Informe CIE SJM. Además, dos tercios de las solicitudes de asilo fueron denegadas. Cuatro: ‘Hay un efecto llamada’. Falso. El cierre de otras rutas mediterráneas, como la que unía Libia e Italia, o Turquía y Grecia provocan el traslado de las vías de acceso a Europa. En este caso, Hospitalidad.es reconduce el mensaje y puntualiza que no hay ‘un efecto llamada’, sino “un ‘efecto expulsión’ de millones de personas huyendo de una situación de violencia y pobreza en busca de un futuro digno y en paz”. Cinco: ‘Nos vienen a invadir’. Los datos contrarrestan esta advertencia. Según Eurostat en Europa hay una persona migrante por cada 100.000 habitantes. Los eurociudadanos creen que la población no unionista es mucho mayor a lo que realmente es. Comparar esta situación con la de países como Líbano o Jordania, que entre ambos acogen a cerca de dos millones de ciudadanos sirios, es una ofensa al sentido común. Y seis: ‘Son un gasto para España’. La respuesta la ha dado el CNRS líneas arriba.

En el informe Antinmigración. El auge de la xenofobia populista en Europa, de la Fundación porCausa, recuerdan que «El discurso antinmigración es proteccionista (‘roban nuestros empleos y agotan nuestro sistema de protección’), identitario (‘destruyen nuestros valores y cultura’) y alarmista (‘los terroristas son inmigrantes’). Y, ciertamente, es populista en la medida en que transmite una visión distorsionada de la realidad para ofrecer soluciones simples a problemas complejos. Por eso sus impulsores son extremadamente peligrosos, porque consiguen ‘contaminar’ la posición de los partidos tradicionales por una doble vía: el endurecimiento de la retórica y las políticas de los partidos de gobierno conservadores y centristas; y la relegación de los partidos de izquierda a una posición defensiva en la que la mera protección de los derechos fundamentales deja poco espacio a la propuesta de políticas alternativas».

Lo que es cierto –como indica el título del último informe de Karibu sobre los Centros de Internamiento de Extranjeros, del que también se ocupa este número– es que «Urge otra mirada, urge otro modelo de acogida».

Tic, tac. Uno.

Tic, tac. Dos.