Mesa por la hospitalidad de Madrid: todos a una

José Luis Segovia Bernabé

De poco ha servido la voz profética del Papa Francisco exhortando a  Europa a la hospitalidad para con los desplazados por los conflictos bélicos, la hambruna o la falta de oportunidades. Sin embargo, si en algún campo concreto puede verificarse la acción unitaria de Iglesia, ese es el de la movilidad humana.

La Iglesia ha acuñado un término, “refugiado de hecho”, que impide olvidarnos de los millones de desplazados forzosos, susceptibles de diversos tipos de protección jurídica internacional (que no se agota en el estatuto de refugiado). Reconoce a los miles personas que aguardan la diletante y angustiosa resolución de sus expedientes en territorio nacional, a las que siguen ruta hacia otros países de Europa o son devueltas por éstos (“dublines”), o a las que son desoídas y devueltas ilegítimamente en caliente en la Frontera Sur, entre otras situaciones de vulneración de derechos.

En la archidiócesis de Madrid, nada más visibilizarse la crisis de los refugiados, el arzobispo Osoro tomó la iniciativa. Una densa Carta Pastoral establecía los criterios fundamentales de actuación: a nadie se debe dar por caridad lo que le es debido en justicia, la responsabilidad directa de los Estados en la cobertura de los derechos de los refugiados o la necesidad de elevar los listones de protección social para evitar agravios comparativos, entre otros. Asimismo, inmediatamente, constituyó la Mesa por la Hospitalidad. Sería una especie de “gabinete de crisis”, observatorio de la realidad, órgano coordinador de la solidaridad y plataforma de concienciación de la comunidad cristiana y de la sociedad. Se articuló trasversalmente, contando con la Delegación Diocesana de Migraciones-Asti, Caritas Madrid, Justicia y Paz, Confer Madrid, y la experiencia del SJM de los jesuitas y de la Comunidad de San Egidio. En este sentido, debe destacarse la “nueva cultura organizacional” que  incipientemente se ha puesto en marcha. A destacar: la “verticalidad cooperativa” que posibilita asumir sin dificultad las líneas estratégicas que se plantean desde la Comisión Episcopal de Migraciones o la Red Intereclesial Migrantes con Derechos y alcanzar, hacia abajo, el territorio a través de la estructura parroquial. La efectiva “coordinación horizontal” da pie al trabajo entre diferentes organismos diocesanos sin competir entre sí y sin otro protagonismo que el de ser la Iglesia diocesana. La misma que reza, catequiza, celebra, apuesta por los pobres y anhela justicia, más allá de los “apellidos”. La “flexibilización formal” posibilita la concurrencia de distintos niveles organizacionales sin someterse a otros criterios de jerarquía o de territorio más que los mínimamente imprescindibles. “El trabajo en red” otorga mayor visibilidad, eficacia y eficiencia a la acción. Igualmente, consciente de que fuera de la Iglesia se echan demonios, es capaz de “generar sinergias” con iniciativas ciudadanas y, por supuesto, se mantiene en permanente diálogo con los poderes públicos, directos responsables de la política de asilo y refugio.

Desde estos criterios, la Mesa acordó abrir una cuenta corriente y que los ofrecimientos de ayuda material y voluntariado se canalizaran a través de Caritas de cada una de las ocho Vicarías territoriales y de Confer Madrid. Igualmente, una representación de la Mesa, en nombre de la diócesis, asiste a las reuniones con las autoridades. Cada cierto tiempo se difunde un sencillo boletín con el fin de informar y sensibilizar a toda la diócesis. Por otra parte, más que por crear recursos paralelos, se ha apostado por el apoyo a los itinerarios generales de inclusión social de Caritas. Igualmente se ha optado por dar soporte al proyecto de Hospitalidad que llevan a cabo los jesuitas para mejorar las condiciones de acogida e integración de las personas en situación de refugio en Madrid y promover una cultura de la hospitalidad en la sociedad civil. Finalmente se avala, con toda la Iglesia española, el empeño de la Comunidad de San Egidio por articular un corredor humanitario que posibilite la llegada de personas refugiadas con alta vulnerabilidad, pendiente en este momento de la –esperemos inmediata– aprobación del gobierno español.

De momento, la Mesa, más que satisfecha de lo poco que ha hecho, se siente agraciada porque la realidad de los refugiados nos ha desinstalado y nos ha hecho “ser” más una Iglesia de puertas abiertas, unida en la diversidad, que quiere hacer creíble y significativo al Dios de Jesucristo que apuesta por la fraternidad universal. Para alcanzarlo, tendrá que recordar a los poderes públicos que, solo para cumplir los ya cicateros compromisos asumidos por los Estados de la Unión a dos años vista, de seguir al presente ritmo de acogida en España, habrá que esperar casi… ¡hasta mediados del siglo que viene! “Estoy a la puerta y llamo” (Ap 3,20). Ojalá no sigamos sordos.