Mentiras, mitos, medias verdades…Todo sea por ganar dinero

Juan Torres López

El último libro de John K. Galbraith se tituló La economía del fraude inocente. En él explicaba cómo los economistas, una buena parte de ellos y en general la “ciencia” económica que predomina en los grandes centros académicos y de poder, se había convertido en un fraude. Él lo calificaba de inocente porque creía que la gran mayoría de quienes lo cometían seguramente no eran conscientes ni de la falsedad que había tras sus proposiciones ni del daño que hacían.

Efectivamente, no podemos saber qué hay detrás o dentro del alma de tantos economistas que defienden como si fueran científicas, objetivas y neutras las ideas y propuestas de política económica que dominan el mundo y que sostienen, como ha dicho el Papa Francisco, “una economía que mata”.

Es posible que sea un fraude inocente, como decía Galbraith, pero fraude lo es y bien grande.

La primera enseñanza que recibe cualquier estudiante que comienza a estudiar economía es que el problema económico básico es la escasez. Así se explica que casi 30.000 personas mueran cada día de hambre en el mundo, que alrededor de un 40% de la población mundial no tenga acceso a saneamiento decente o que incluso los gobiernos de los países más ricos realicen permanentes recortes en los gastos destinados a suministrar bienes y servicios esenciales para la mayoría de la población.

¡Es tan lógica la cuestión que no sorprende que la gente lo crea! Si los recursos son escasos, como efectivamente lo son, pues nada es ilimitado, es lógico que una gran parte de la humanidad tenga que seguir padeciendo todavía problemas de insatisfacción.

Lo que ocurre es que no se cuenta que con solo 10 o 15 días del gasto militar mundial anual (1,7 billones de dólares) sería suficiente para financiar los programas de desarrollo que permitirían satisfacer las grandes necesidades básicas de toda la población mundial.

Dicen los liberales que pagamos muchos impuestos. Ok! Aceptemos el reto y eliminemos todos ellos, absolutamente todos los impuestos de cualquier tipo que se pagan en el planeta y establezcamos solamente una tasa de 20 céntimos por cada 100 dólares de cualquier tipo de transacción financiera que se haga en el planeta (ojo, comparen ese porcentaje con lo que cualquier persona puede pagar en impuestos sobre el total de su renta). Pues bien, con esa tasa, solo con 20 céntimos por cada 100 dólares de transacción financiera (según el Banco Internacional de Pagos, el volumen total es de 9.765 billones, millones de millones, de dólares en 2015), con solo esa tasa minúscula sería suficiente para financiar todo el gasto público mundial sin necesidad, como he dicho, de pagar ni un solo impuesto más. ¿Cómo se puede decir entonces que el problema económico básico es la escasez?

Los estudiantes de economía no dejan ahí las mentiras, los mitos, las medias verdades que pueblan los manuales que estudian o las clases de sus profesores.

Acto seguido, les enseñan que los seres humanos somos un homo oeconomicus, egoístas, plenamente racionales y que solo buscamos la máxima utilidad o beneficio individual. Algo que se ha demostrado falso incluso a través de experimentos realizados por investigadores que han recibido el Premio Nobel de Economía (un premio, por cierto, que no instituyó Alfred Nobel sino el Banco de Suecia con el evidente fin de hacer creer que la economía es una ciencia objetiva y neutra como pueda serlo la física o la química). Y más adelante los estudiantes estudian, como si eso pudiera darse en la realidad, el funcionamiento de un mercado “de competencia perfecta” (en donde, por ejemplo, se supone que la información de todos los que actúan en él es perfecta y gratuita) que sirve para decir que todos los mercados son infalibles y que hay que dejarlos en plena libertad, justificando así sin fundamento científico ninguno que en el capitalismo se mercantilicen el trabajo, los recursos naturales o el dinero, la vida misma, es decir, lo que no fue creado para ser usado por los seres humanos como una mercancía y lo que nos deshumaniza y destruye la naturaleza.

No para ahí el fraude. El conocimiento económico convencional está lleno de otras falsedades que se siguen repitiendo día tras día a pesar de que hay multitud de evidencias empíricas que ponen de relieve todo lo contrario de lo que se afirma.

Se insiste en que hay que reducir salarios o flexibilizar las relaciones laborales (reducir los derechos sociales y la protección a los trabajadores) para crear empleo, cuando hasta los organismos económicos más conservadores, como la OCDE, han reconocido que los efectos de ese tipo de medidas no son los de crear empleo; o a pesar de que los datos muestran que lo que ocurre en la realidad es justamente lo contrario, es decir, que es cuando los salarios son más altos cuando se crea más empleo.

Se dice que no deben subir los impuestos porque entonces caerá la renta o la actividad económica, pero los datos muestran que los países con sistemas fiscales más potentes tienen renta per capita más elevada o mejores tasas de crecimiento. Si afirma que los bancos centrales deben ser independientes para que así controlen mejor la inflación pero si se quita a Estados Unidos, Alemania y Austria de las estadísticas, resulta que en los demás no hay evidencia de que su independencia lleve consigo tasas de inflación más bajas. Se dice que hay que reducir la deuda porque, si no, no habrá crecimiento económico pero cuando se analizan los datos con rigor resulta que la evidencia no es esa y que hay crecimiento con niveles incuso elevados de deuda (lo cual, naturalmente no quiere decir que haya que defender la deuda que es la esclavitud que la banca impone a los pueblos). Se dice que conviene que las naciones abran sus puertas al comercio internacional con plena libertad, pero la realidad es que los países que más se han beneficiado de este último han sido justamente los que más se han protegido y los que siguen haciéndolo mientras que imponen a los demás políticas liberalizadoras que los ricos no se aplican a sí mismos. Se dice que la deuda que soportamos es porque hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, pero no se cuenta que la gran parte de ella es el resultado de los intereses injustificados que los bancos privados imponen por prestar un dinero que crean de la nada y sin ningún coste. E incluso nos dicen que el dinero que prestan a sus clientes es una parte de los depósitos de otros cuando la realidad es que el dinero que prestan lo crean, como digo, de la nada, haciendo simples anotaciones escriturales, lo que permitió decir al premio Nobel de Economía Maurice Allais que no hay diferencia ninguna entre los bancos creadores de dinero de la nada y los falsificadores de dinero, salvo en que son distintos quienes se benefician de ello.

Cada día estamos oyendo que las pensiones públicas son insostenibles y se anima a la gente a que cree fondos de ahorro privados, ocultando que lo que tendrían que ahorrar para llegar a tener una pensión decente está fuera de sus posibilidades, que esos fondos son súper arriesgados y muy poco rentables o que son tan insostenibles si hay un boom demográfico como los públicos. Y eso, sin contar que mienten también cuando hacen las proyecciones demográficas para asustar a la gente y hacerles creer que en el futuro va a ocurrir lo que nunca ha ocurrido en la historia de la humanidad ni es razonable que pueda ocurrir. Y, por supuesto, no le cuentan a la gente que los economistas que hacen esos planteamientos y defienden la privatización de las pensiones no han acertado nunca, ni en uno solo de sus modelos predictivos.

Sin ir más lejos, en los últimos tiempos venimos oyendo que la seguridad social tiene déficit (y es cierto que con los salarios cada vez más bajos sus ingresos bajan) pero no dicen que eso también se debe a que el gobierno imputa a la seguridad social gastos muy cuantiosos que no le corresponden. Nos dicen que el euro es la salvación de todos nuestros males, pero no dicen que ninguna de las consecuencias que dijeron que iba a tener sobre las economías europeas se ha hecho realidad.

Cada dos por tres oímos que las empresas privadas son más eficientes que las públicas pero cuando se analizan los datos se comprueba que eso no es verdad. Que hay empresas públicas extraordinariamente eficientes y otras privadas que son todo lo contrario y que las empresas públicas españolas presentan peores indicadores de eficiencia y rendimiento después de ser privatizadas. O que estudios realizados sobre más de 700 bancos públicos y privados de todo el mundo demuestra que los primeros se han comportado mucho mejor antes y durante la crisis.

En mi libro Economía para no dejarse engañar por los economistas (Deusto 2016) desarrollo todas estas mentiras, mitos y medias verdades y algunos más y muestro los datos que sin lugar a dudas indican que el discurso económico que sirve para justificar la política económica de los últimos decenios es efectivamente un auténtico fraude intelectual. Allí muestro que la economía que mayoritariamente se enseña en las universidades y las argumentaciones de los gobiernos y los organismos internacionales para justificar las medidas económicas que imponen está llena de errores y falsedades.

Y muestro también algo que es lo esencial de todo esto. Que estos discursos y doctrinas no solo tienen errores, sino que tienen unos propósitos muy claros (aunque no todos los economistas que cometen ese fraude lo sepan o sean conscientes de ello): da la casualidad de que siempre benefician a los mismos, a los más ricos.

Si las mentiras económicas afectaran por igual a todos los grupos de la población se podría pensar que se trata solo de una ciencia fallida, que todavía no ha encontrado el tipo de análisis adecuado o que no dispone de medios suficientes para analizar la realidad con el necesario rigor. Pero cuando se comprueba que esos errores siempre, absolutamente siempre, terminan beneficiando a los mismos, produciendo una desigualdad creciente y cada vez más concentración de la riqueza y del poder de decisión, es demasiado ingenuo creer eso. No queda más remedio que pensar que se trata de una ciencia cómplice, una ciencia, digámoslo claro con las palabras de Papa, que mata.

Para poder ayudar a que mejore la situación de los seres humanos, para evitar el innecesario sufrimiento de tantos millones de personas por culpa de las injusticias económicas hay que combatir la mentira y para ello hay que empezar por aprender a descubrirlas y por poner en evidencia a quienes mienten.