Martín Luther King, profeta de esperanza

Alfredo Abad

La imagen que nos ofrece el pastor bautista Martín Luther King Jr., en mucho de lo que nos ha llegado de él, se concentra en su lucha con la segregación racial. Es evidente que en este campo el premio Nobel de la paz de 1964 reconocía su resistencia no violenta a esa discriminación, y a esa causa dedicó el premio otorgado por el Comité Nobel del Parlamento Noruego. De hecho el inicio de su discurso se refiere a la “guerra para terminar con la larga noche de la injusticia racial”, pero también se refiere a su fe audaz en el futuro de la humanidad que se niega a aceptar, entre otras cosas, que el hombre sea incapaz de influir en el curso de los acontecimientos que le rodean y se niega a aceptar “la idea de que la humanidad está trágicamente vinculada a la opaca medianoche del racismo y de la guerra, que hacen imposible alcanzar el amanecer de la paz y la fraternidad”.

En el tiempo que vivimos la conmemoración en este año del 50 aniversario de su asesinato en Memphis (Tennessee), un 4 de abril de 1968, tiene que alentarnos a seguir combatiendo todas las fobias que nos sumen en la oscuridad, entre ellas la racista, pero también la xenófoba, aporofobia, sexista y todas las formas de segregación y discriminación que minan la dignidad humana y desintegran la cohesión social. Quiero señalar en estas líneas la que considero mayor virtud del profeta Martin Luther King Jr.: La esperanza.

El teólogo alemán Jürgen Moltmann escribía el mismo año de la muerte del pastor bautista sobre este que tomo partido por los negros y los pobres, pero que “nunca olvidó que los blancos también estaban necesitados de liberación y redención de su orgullo y de su angustia”. El modo de combatir la decadencia de las exclusiones fue para Martín Luther King Jr. inclusivo, desde el amor a los enemigos, como cita en uno de sus sermones en su libro La fuerza de Amar (1963), sin aceptar la injusticia ni la falta de humanidad, sin destruir a la persona pero combatiendo la opresión. Moltmann refiere también que Luther King hablaba desde un ámbito de verdad que no dependía del poder político y sus reglas del juego, un hombre inmune a la angustia, el miedo y la seducción del poder. Esto fue lo que le convirtió en una auténtica amenaza para el poder, Moltmann propone que “hay que reducir el póker del poder al ajedrez de la razón”.

Aunque no era un protestante liberal, y así lo expresa en sus trabajos sobre el concepto de Dios en Karl Barth o en su comparación entre las teologías de Tillich y Wieman, Martín Luther King Jr. profesaba una convicción profunda en el uso de la inteligencia al acercarse a los textos bíblicos, rechazando los fundamentalismos literalistas. Este aspecto es obvio en sus sermones, como lo es en su aproximación a la no-violencia como método. En su libro Los viajeros de la libertad (publicado en castellano en 1963 por Ed Fontanella) cite entre las fuentes de su pensamiento a Walter Rauschenbusch, con el que llega a la conclusión de que cualquier religión que se precie de interesarse por las almas de los hombres y no se interese por las condiciones sociales y económicas que mortifican el alama, es espiritualmente una religión moribunda. Se refiere a su caminar hacia la no-violencia como un “peregrinaje intelectual” y a que aprendió que el inseparable gemelo de la injusticia racial era la injusticia económica.

En numerosas ocasiones hace referencia, este pastor bautista nacido en Atlanta, cuanto le debe la segregación y la injusticia económica a la complicidad de los silencios y a la falta de compromiso de todos los que han perdido la esperanza del cambio. Moltmann, en el mismo artículo citado hace referencia a Rauschenbusch que dijo “La cristiandad ascética llamó al mundo malo y lo abandonó. La humanidad está esperando una cristiandad revolucionaria que llame al mundo malo y lo cambie”.

Luther King fue parte de esa cristiandad revolucionaria, es famosa la cita de su último discurso que se refiere a que cuando nos presentemos ante Dios se nos reclamará no haber hecho lo suficiente. En su libro ¿A dónde vamos?: caos o comunidad (1967, publicado en castellano en 1967 por Ed Ayma) hace referencia a esa misma cuestión: “Ni el negro no el blanco han hecho lo suficiente para esperar la llegada de un nuevo día. (…) La libertad no se conquista con un pasivo y sufrido acatamiento; la libertad se conquista con la lucha contra el sufrimiento”. En ese mismo libro expresa la necesidad de que el entendimiento se construya, no es algo que nos vamos a encontrar en cualquier momento, sino que debemos crearlo.

La principal herramienta que dio aliento a este profeta fue su inquebrantable esperanza en una nueva humanidad. Como señala uno de sus biógrafos no estuvo sólo preocupado por la segregación en los estados del Sur de los Estados Unidos, sino por el alma de América, sometida al poder del dinero y a los silencios cómplices que habían desvirtuado la democracia y que junto a las leyes que ampliaban el marco de las libertades dictaba otras que lo restringían, como ocurrió con la integración en las escuelas. Una de sus denuncias, fue que tras trescientos años de esclavitud y cien años desde la modificación de las enmiendas a la Constitución, XIII aboliendo la esclavitud (1865), XIV consagrando la igualdad de derechos (1866), y XV estableciendo el sufragio universal (1870) “sin distinción de raza, color o previa servidumbre” no se había avanzado lo suficiente y la segregación y la injusticia seguían reinando con la connivencia de los que defendían sus privilegios. Para Martín Luther King esta ausencia de coherencia y de esperanza provocó, entre otras razones, los acontecimientos de 1965.

Su esposa, Coretta Scott King, en el prólogo de su libro El clarín de la conciencia de todo el mundo (1967), pide que se le recuerde “como un tambor mayor de la justicia, un tambor mayor de la paz, un tambor mayor de la razón” y anima a buscarle donde los individuos valerosos se enfrenten en los males de la sociedad. En este libro reclama, basándose en la historia de las revoluciones en Estados Unidos, como animó la esperanza la lucha con el poder absolutista y se alcanzó la república democrática, pero señalando que las naciones desarrolladas no pueden ser una isla de prosperidad inmensa en un océano de miseria: “La tempestad no se calmará hasta que los frutos de aquella isla permitan a cada hombre vivir con la dignidad y el decoro que exige la condición humana”.

Martín Luther King señala que el amparo de esa prosperidad son el aislamiento y las armas. Idénticos recursos a los que hoy en día se aplican levantando muros y creando en nuestras sociedades modernas amparo a la brecha de la desigualdad, mortandad en las fronteras cerradas a la migración y el refugio y criminalización de los otros considerándolos una amenaza y aplicando políticas de securitización que resultan criminales por necesidad. Estos reflejos son la negación de la esperanza en una nueva humanidad, preocupada la vieja humanidad por garantizar sus privilegios. Con el mayo del 68 todavía alentando el teólogo francés Georges Casalis reclamaba “Una teología del Dios déspota, reinando sobre un universo aterrorizado, deja paso a una teología de la solidaridad humana, animada, fundada, inspirada, transfigurada por la presencia de Cristo en la historia (…) confesado como liberador de su pueblo”.

He escogido expresamente citar a dos teólogos que escriben, con esperanza, el mismo año de la muerte de Martin Luther King Jr. Mucho ha llovido desde entonces y las teologías de la liberación, negra, feminista, etc. pueden bien reclamarse en la herencia de estos mismos impulsos, porque son teologías de la esperanza.

Finalmente, en su libro Porque no podemos esperar (1964) (publicado en castellano en 1964 por Ed Aymá) este profeta de la esperanza denunciaba el “tokenism” entendiendo que este “trozo de metal utilizado como una moneda” era el gran frustrador de los sueños y las aspiraciones. Se refería a las fichas que sustituían al dinero y a las que se podía negar su valor, decía: “El tokenism es un pagaré. La democracia en su acepción más verdadera, es el pago en efectivo”. Vivimos en una sociedad donde el vacío de contenidos de las democracias las convierte en democracias “zombies”, según la noción de Ulrich Beck, donde la participación ciudadana se ha hecho simbólica e insignificante por lo que se atreve a habla de democracias que parecen vivas, pero que en realidad están muertas, vacías de vida y vacías de esperanza, añado. Necesitamos recuperar el impulso esperanzador de las mujeres y los hombres que se crean que se puede cambiar y que se puede aspirar a una humanidad más fraterna. Para Martín Luther King el regateo de las libertades, señala en este mismo libro, afecta a toda la sociedad y la superación de las discriminaciones en los derechos civiles mejora toda la sociedad. Por eso, nosotros hoy y rindiéndole homenaje, tampoco podemos esperar.