Luces proféticas en la oscuridad de la crisis ecosocial

Santiago Álvarez Cantalapiedra

Tiempos de revolución

Hace cincuenta años se vivieron tiempos convulsos. Empiezan a llegar los relatos conmemorativos de los acontecimientos del sesenta y ocho. Es muy probable que la mayoría se centren en el mayo francés. Sin embargo, lo excepcional de aquel año fue que lo que ocurrió no acaeció en un único lugar y de una sola forma. Fue un año de revueltas generalizadas, pero también de lamentables asesinatos. El Che caía en octubre en el municipio boliviano de la Higuera, y con su muerte quedaba cercenada la esperanza de extender la revolución por todo el mundo. Unos meses antes, el cuatro de abril, Martin Luther King era asesinado en Memphis, justo un año después de haber pronunciado en la iglesia de Riverside, en Nueva York, las siguientes palabras: «Estos son tiempos de revolución. En todo el mundo los hombres se sublevan contra los viejos sistemas de explotación y opresión, y de la matriz de un mundo precario nacen nuevos sistemas de justicia e igualdad. Los descalzos y descamisados de la tierra se levantan como nunca antes lo habían hecho». Palabras que expresaban el sentir común que estaba en el ambiente de la época y correspondían a los deseos de cambio presentes en muchos lugares del planeta.

En los EEUU la minoría afroamericana reivindicaba sus derechos civiles y los estudiantes luchaban contra la Guerra de Vietnam al tiempo que pretendían derrocar viejos esquemas con las armas de la contracultura. En Europa, universitarios de distintos países protagonizaban unas movilizaciones que culminarían en la primavera del sesenta y ocho. Se rechazaba el productivismo industrialista y el consumismo alienante del capitalismo tardío. La declaración de principios en la entrada principal de la Sorbona rezaba así: «Queremos que la revolución que comienza liquide no sólo la sociedad capitalista sino también la sociedad industrial. La sociedad de consumo morirá de muerte violenta. La sociedad de la alienación desaparecerá de la historia. Estamos inventando un mundo nuevo original. La imaginación al poder». En las asambleas estudiantiles de Nanterre y la Sorbona palpitaban pulsiones antiautoritarias, hermanadas de alguna manera con aquellas que, al otro lado del telón de acero, en Praga, reivindicaban ante la dominación soviética un socialismo con rostro humano.

También en ese año Henri Lefebvre publica su obra más conocida: Le Droit à la ville (El derecho a la ciudad). A través de los procesos de urbanización capitalista, que en aquellas fechas se empiezan a acelerar en todo el mundo, la ciudadanía está siendo desposeída de la ciudad. El movimiento ciudadano que surge como respuesta a esta tendencia empezará a combinar en su discurso viejas reclamaciones del movimiento obrero y sindical con nuevas demandas relativas al hábitat urbano y a los servicios sociales que deben prestar las administraciones. Con ello surgirá la controversia de si el foco de la lucha y la centralidad movimentista debían situarse en el lugar de trabajo o desplazarse al espacio público de la ciudad o del barrio. Eso en lo que atañe a los países del Norte, pues en los países subdesarrollados y dependientes de la periferia capitalista la urbanización adquiere desde sus inicios el rostro de la marginación. En América Latina, por ejemplo, el éxodo urbano había hecho brotar alrededor de las ciudades gigantescos cinturones engordados con la población expulsada del campo. La concentración de la tierra en manos de latifundistas y la apropiación capitalista de los territorios ancestrales de los pueblos originarios destierran a campesinos e indígenas y los convierten en parias en su propio país. Ante esta realidad, sindicalistas cristianos latinoamericanos empezaron a hablar del pobretariado para referirse a estos desheredados que, antes de convertirse en víctimas de la más descarnada explotación laboral en el mundo urbano, habían sufrido ya la rapiña y la expulsión de su hábitat natural.

Mil novecientos sesenta y ocho fue también el año en que se celebró en Medellín la II Asamblea General de la Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM), en la que participaron como ponentes Samuel Ruiz (Obispo de San Cristóbal de las Casas, México) y Leónidas Proaño (Obispo de Riobamba, Ecuador), exponentes de una comunidad más amplia de obispos proféticos que estaba surgiendo por entonces en aquel continente: Sergio Méndez Arceo (México), Helder Cámara (Brasil), Manuel Larraín (Chile), o los asesinados Óscar A. Romero (El Salvador) y Juan Gerardi (Guatemala). Medellín representó el giro de ciertos sectores oficiales de la iglesia latinoamericana hacia la realidad de los pobres. A diferencia del Concilio Vaticano II, celebrado pocos años antes, cuya preocupación principal había sido cómo hablar de Dios en medio de una cultura y una sociedad profundamente secularizada como la europea, la cuestión fundamental plateada en Medellín fue cómo anunciar el Evangelio en un mundo –como el latinoamericano– marcado por la marginación de amplios sectores sociales (campesinos, indígenas y afrodescencientes).

Mil novecientos sesenta y ocho fue también el año en que llegó a Brasil Pere Casaldàliga. Llegó como misionero a un país de la periferia del capitalismo mundial, y pronto se hizo consciente de que evangelización significaba en demasiadas ocasiones occidentalización y dominio colonial. En aquella época, gracias a Casaldàliga y a otros muchos, la pastoral cristiana se empieza a tomar en serio el desafío de la inculturación de la fe.

Tiempos de contrarrevolución conservadora

Las ilusiones de cambio se frustraron pronto. No llegó, o pasó rápido, el tan anhelado tiempo de revolución del que hablaba Martin Luther King. En su lugar, el mundo se encontró en los años setenta con una más de las recurrentes crisis del capitalismo, que unida al afán de las elites por contener el espíritu contestatario de la época, provocaría en el transcurso de apenas un par de lustros una auténtica contrarrevolución que se prolongó durante más de tres largas décadas. Y todo ello en un momento en que empezaba a ser evidente que el planeta atravesaba una crisis ecológica profunda de carácter global.

En 1972 los esposos Meadows publicaron su célebre informe al Club de Roma sobre Los límites al crecimiento, primer aldabonazo en la conciencia social acerca de las consecuencias de seguir por la senda del crecimiento ilimitado en un mundo finito. Las manifestaciones del deterioro ecológico se mostraban por todos los lados: en los océanos, con la sobrexplotación pesquera, la contaminación de las aguas y la desaparición de los arrecifes coralinos; en los continentes, con los cambios en los usos del suelo, las amenazas a los bosques y el avance de la desertificación; en la atmósfera, con la pérdida de la calidad del aire y el incremento de la concentración de los gases de efecto invernadero.

Las fuentes energéticas que alimentan al sistema socioeconómico anunciaban en aquel tiempo escenarios de escasez no muy lejanos y continuos choques de oferta de naturaleza geopolítica, por lo que el sistema económico se encontró de pronto atenazado entre sus propias contradicciones internas y los shocks externos que le imponían las rivalidades internacionales y los límites naturales. Las circunstancias sugerían encontrar respuestas a las contradicciones internas y externas que se venían amontonando. Antes de que finalizara la década se dio con una salida, pero no en el sentido esperado. Frente a las legítimas aspiraciones sociales, políticas y ecológicas que se venían fraguando en los años anteriores, lo que se impuso finalmente fue la contrarrevolución neoliberal. Y con ella, un programa de restauración capitalista, pues –lo ha señalado David Harvey– el neoliberalismo no ha sido otra cosa que un proyecto político para restablecer las condiciones de acumulación de capital y restaurar el poder de las elites económicas.

En el plano económico el neoliberalismo emprendió el camino inverso a la dirección que aconsejaba la crisis ecosocial que comenzaba a despuntar. La crisis ecológica y social de la que se empieza a tomar conciencia en aquellos años puso de manifiesto, al menos, dos cosas: la primera, que el capitalismo socava las bases sociales y naturales sobre las que descansa, comprometiendo con ello no sólo su propio funcionamiento sino también la reproducción de la vida humana en el planeta; la segunda, que había otros ejes de dominación añadidos al del mercado capitalista que se debían tener en consideración, como el eje patriarcal o el del racismo. Todo ello ya se apuntaba en los tiempos de rebeldía de finales de los sesenta y principios de los setenta del siglo pasado, y lo que aconsejaba era desmercantilizar y despatriarcalizar la vida social, desmaterializar la economía abandonando el extractivismo, acercar la actividades de producción y consumo para evitar el derroche energético con largos desplazamientos innecesarios y desconcentrar, descentralizar, decolonizar y democratizar las relaciones económicas nacionales e internacionales. Sin embargo, el orden neoliberal ha ido en sentido opuesto impulsando la globalización productiva y la desregulación financiera, y aplicando políticas de ajuste –tanto en el interior de las sociedades como en las relaciones entre ellas– que han conducido a una trasferencia masiva de rentas, primero de la periferia hacia el centro (a través de la crisis de la deuda de los años ochenta) y después de abajo hacia arriba (con la reciente crisis financiera). Como corolario de esos procesos se ha producido una intensificación del extractivismo a escala global.

El orden global neoliberal ha facilitado a los países ricos la apropiación del espacio ecológico-ambiental de los países pobres. Los viejos procesos de acaparamiento y concentración de la tierra que secularmente ha llevado a cabo la oligarquía latifundista local se han visto complementados en las últimas décadas con masivas compras internacionales de vastas extensiones de territorito por grandes corporaciones y fondos financieros. Esta concentración de la propiedad de la tierra en pocas manos significa ahora la integración de la agricultura en un modelo global de explotación industrial flexible capaz de producir, alternativamente, alimentos para las personas o forraje para la ganadería, agrocombustibles para los vehículos de motor o fibras para la industria textil. El uso que se dé a la tierra dependerá de las expectativas de rentabilidad que se abran en los mercados internacionales. Esto revela la amplitud de sectores y agentes que hoy están interesados por el control de un territorio. Deja de ser el hogar que alberga a comunidades y culturas indígenas y campesinas ocupadas en el cultivo de alimentos para pasar a ser visto simplemente como un factor económico por el que pugnan diferentes agentes vinculados a sectores financieros, energéticos, extractivos o biotecnológicos.

Esta acumulación por desposesión está propiciando la expulsión de campesinos e indígenas de su hábitat, provocando la destrucción de sus culturas y un éxodo masivo a las ciudades. Y no sólo implica la destrucción de comunidades y la expulsión de sus pobladores, también supone la sustracción de porciones de biosfera cuando la tierra es destinada a plantaciones de cultivo industrial o su conversión en tierras muertas cuando se dedica a la minería u otras actividades extractivas. Estos procesos son los que están detrás de la urbanización sin precedentes y del cambio en el uso del suelo que vivimos en la actualidad a escala planetaria, y que constituyen las principales tendencias subyacentes del progresivo deterioro ecológico actual.

Tiempos de profetas

La larga noche neoliberal vino acompañada de una profunda involución en la Iglesia católica en relación con lo que representó el Concilio Vaticano II y las Conferencias del Episcopado Latinoamericano en Medellín y Puebla. El neoconservadurismo y el espíritu restauracionista de Karol Wojtyla, en perfecta comunión con Thatcher y Reagan, se extendió entre un catolicismo que, tras vivir su particular primavera en los sesenta, no logró vencer –al igual que las otras primaveras que soñaron con revitalizar otros mundos posibles– las resistencias de las fuerzas más reaccionarias.

Sin embargo, en la oscuridad es cuando más brillan los profetas. En medio de la larga noche neoliberal y del crudo invierno eclesial no han dejado de alumbrar personas que, como Chico Mendes o Pere Casaldàliga, lograron combinar la reforma agraria con la defensa de la Amazonía y la lucha campesina con la causa de los pueblos indígenas. Chico Mendes se comprometió en la organización y defensa de los seringueiros (recolectores de caucho) frente a los intereses de hacendados, ganaderos y grandes madereros, colaboradores necesarios de un agribusiness cada vez más siniestro y global. Casaldàliga no ha dejado nunca de acompañar el anuncio del Evangelio con la denuncia de la violencia ejercida sobre los indios y campesinos sin tierra por los latifundistas. Voces proféticas que nacen de una tierra y de un pueblo atormentado, y que se retroalimentan ‒a través del Foro Social Mundial y del movimiento alterglobalizador‒ con otras similares que surgen en distintos lugares del planeta.

Como se afirma en Laudato si’ no hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis ecosocial. En esta crisis, los ritmos de las expulsiones se están acelerando. Los efectos del calentamiento global están echando a la gente de sus lugares de origen, y próximamente será necesario realojar a cientos de millones de personas que hoy viven en deltas que quedarán sumergidos, en zonas de litoral que se verán inundadas y en regiones semiáridas que se volverán completamente inhóspitas. Es en los tiempos oscuros cuando más falta hacen los profetas. Lo característico en ellos es el anuncio y la denuncia. No lo uno sin lo otro, sino ambos aspectos juntos para no ser cómplices del miedo paralizador que provoca en la gente sencilla la negatividad de la historia que tanto beneficia proclamarla al poder que atemoriza. Lo dijo Martin Luther King: «La oscuridad no se puede expulsar con más oscuridad, solo la luz lo logrará».

Pere Casaldàliga es ejemplo de una vida consagrada al binomio anuncio/ denuncia, sin descuidar otros no menos importantes como el de la paz y la justicia, la igualdad y la libertad o la sobriedad y la sostenibilidad. Como todos los profetas, es un amante de los binomios más que las dicotomías, y eso le ha permitido vivir sin separar la teoría de la praxis, la espiritualidad del compromiso, la fe de la justicia.