LÓGICA DEL CAPITALISMO Y LÓGICA DEL REINO

José Arregui

Exodo 107 (ener.-febr) 2011
– Autor: José Arregui –
 
Es el título que me propusieron y así lo mantengo. Pero advierto de entrada que las páginas que siguen, en el mejor de los casos, sólo podrán responder de manera indirecta y difusa a la contraposición “lógica del capitalismo – lógica del Reino”.Para poder desarrollar el tema con rigor, debería saber sobre economía en general y sobre capitalismo en particular mucho más que los cuatro tópicos y vaguedades que todo el mundo sabe (y casi todo el mundo padece). Me limito, pues, a señalar algunos aspectos del anuncio y de la praxis de Jesús que se situaron en su tiempo en franca oposición a la lógica de la ganancia y la explotación y que siguen teniendo hoy tanto valor como entonces.

1. CAMBIAN LOS TIEMPOS, NO LA LÓGICA

Desde la II Guerra Mundial se viene diciendo que nos hallamos en una sociedad postcapitalista y postindustrial, que la información se ha vuelto más decisiva que la producción, que el flujo financiero constante y global ha sustituido al capital estable, que el capital financiero es mucho más internacional que el proletariado, que el proletariado ha desaparecido y dado lugar a una clase media socialmente mayoritaria y bien acomodada (cada vez peor acomodada, por cierto), que la miseria social de la clase obrera del primer capitalismo poco tiene que ver con el actual Estado del bienestar…

Todo eso es verdad. Hoy, sin duda, Marx tendría que reescribir El Capital. Pero no quita que, con todas las transformaciones sociales y económicas que se han dado en la historia, siguen persistiendo –incluso reforzados y agravados por la globalización– algunos mecanismos inhumanos que han caracterizado al capitalismo en todas sus versiones, en todos los tiempos, también en los tiempos de Jesús: el acaparamiento de unos bienes por unos pocos y su explotación por medio del trabajo ajeno, el enriquecimiento de unos pocos gracias a la plusvalía lograda a costa del trabajador, la libertad de mercado sin igualdad de oportunidades, democracia política sin democracia económica, igualdad de voto sin igualdad social, laissez-faire teórico en un mercado (salarios, precios…) fuertemente controlado por unos pocos poderosos…

Todo esto que el actual capitalismo neoliberal exhibe con tanta obscenidad y cinismo ya existía en tiempo de Jesús, aunque todavía no había nacido Marx ni se hablaba de capital. Y todo eso lo supo ver y denunciar Jesús, aunque no había leído a Marx. Pero había leído a los profetas: “Escuchad esto, los que aplastáis al pobre y tratáis de eliminar a la gente humilde, vosotros que decís: ‘Disminuiremos la medida, aumentaremos el precio y falsearemos las balanzas para robar; compraremos al desvalido por dinero, y al pobre por un par de sandalias; venderemos hasta el salvado del trigo’ ” (Am 8,6). Cambian las culturas, pero no cambian apenas las pasiones humanas. Cambian los modelos económicos, pero persisten la explotación de muchos por unos pocos y el enriquecimiento de unos pocos a costa de muchos. Antes robaban falsificando balanzas romanas. Hoy se roba a escala planetaria inyectando o retirando dinero en los bancos, según convenga, para derrocar a un demócrata o sostener a un dictador. Cambian los tiempos, sigue la lógica.

¿Hay esperanza de que las cosas vayan a cambiar? La pregunta es tanto más inquietante cuanto más insegura es la respuesta. Jesús se la hizo también, y optó por la esperanza, es decir, practicó la esperanza. Y, vistos los resultados que obtuvo en su tiempo y vista la situación después de 2000 años, tal vez se pueda decir que Jesús fracasó. Pero ser cristiano consiste en creer que su fracaso, junto con el fracaso de todos los hombres y mujeres de bien, es semilla y levadura de Reino. Ser cristiano consiste en reconocer la pascua (el paso, la presencia, la solidaridad de Dios) precisamente en el fracaso de Jesús y de todos los mártires de Dios, y seguir aplicando la lógica y la praxis compasiva de Jesús a pesar del fracaso, porque así es mejor, porque nos hace más felices, porque es la única forma de que alguna vez la tierra llegue a ser Reino de Dios, tierra sin males. Nuestro tiempo es muy distinto del de Jesús, pero si queremos transformar el mundo de acuerdo a su esperanza, nuestra lógica tendrá que ser la suya.

2. OTRO MUNDO EN ESTE MUNDO

Jesús era un artesano (“carpintero”), como su padre José, pero puede ser llamado con razón “un campesino judío”, no sólo porque estaba plenamente arraigado en una cultura campesina, sino también porque nació, creció y vivió en una aldea rural de Galilea, donde –aparte unos pocos pescadores en el lago de Galilea y de una incipiente industria de salazón del pescado, de la que parecen existir huellas en Magdala, y aparte, por supuesto, de los imprescindibles “artesanos”– la inmensa mayoría de la población vivía del campo.

Y el campo –el campo galileo, en particular– padecía en tiempo de Jesús una profunda crisis estructural, económica, social, familiar. La razón fundamental es fácil de entender: Herodes el Grande (36 a. C. – 4 d. C.) y su hijo Herodes Antipas (4 d. C. – 39 d. C.), que había heredado Galilea, habían gravado a la población con un drástico aumento de impuestos, para poder así hacer frente a sus grandes proyectos y construcciones. Muchos pequeños propietarios, no pudiendo hacer frente a tales impuestos, se vieron obligados a vender sus tierras para seguir explotándolas en calidad de arrendatarios. Esa fue la suerte de la mayoría de los labradores propietarios. Así, todo el territorio, que había estado secularmente distribuido en pequeñas propiedades familiares, sufrió un proceso de intensa latifundización. La familia herodiana, así como las principales familias sacerdotales y la aristocracia político-religiosa (“saduceos”) se hicieron dueños de casi toda la tierra. Los propietarios vivían en Jerusalén o en otras ciudades, que la gente del campo y de las aldeas miraba con profundo rencor.

Por otro lado, la antigua y tan revolucionaria “ley jubilar”, por la que cada “siete semanas de años” (cada 50 años) las tierras vendidas (al igual que otros bienes) debían volver a sus antiguos propietarios (Lv 25,10.13), había quedado prácticamente anulada, si es que alguna vez se había cumplido. Pero apuntaba un ideal y denunciaba la realidad existente como no querida por Dios. ¿No era la tierra propiedad sagrada dada por Dios a los “padres” y a sus descendientes para vivir? ¿Cómo amar la tierra como tierra de Dios, si se había vuelto ajena y motivo de conflicto?

La situación de los arrendatarios no era mucho mejor, pues con lo que producía la tierra apenas llegaba para pagar la renta, y no quedaba para vivir. Las deudas eran una plaga terrible que acababa en hambre, en cárcel, en muerte. Y obligaron a muchos a dejar de ser arrendatarios y convertirse en simples jornaleros, contratados al día por el mísero jornal que el dueño quisiera pagarles. Pero ser jornalero significaba bajar todavía más en la escala de la miseria: la familia solo comía cuando algún señor contrataba al padre de familia; y, por supuesto, no existía ninguna cobertura social. Un jornalero iba camino de convertirse de hecho en esclavo. ¿Cómo era concebible que los hijos de Israel, el pueblo escogido de Dios, fueran esclavos? ¿Cómo Dios podía permitir tanta afrenta? Pero ¿acaso lo permitía Dios?

Jesús nunca pensó que las cosas fueran como eran porque Dios lo permitiera. Tampoco se dedicó a resolver ese tipo de enigmas teológicos. La miseria de los campesinos (y pescadores y artesanos) de Galilea le quemaba las entrañas y la compasión de Dios le encendía. Le animaba una certeza profunda, más allá del optimismo y del pesimismo: la certeza de que Dios es ternura liberadora y transformadora, de que un nuevo mundo como Dios sueña está emergiendo y de que él, precisamente él, es el profeta a quien Dios pide anunciar y encarnar la transformación, la liberación, la recreación del mundo. A eso llamaba Jesús “reino o reinado de Dios”.

El reino de Dios es “la política de Dios en el mundo” (L. Boff). Y de esa “política” liberadora de Dios son elementos constitutivos el consuelo de las lágrimas, la desaparición del hambre, la curación de las enfermedades, la remisión de las deudas, la destrucción de los barrotes, la recuperación de la tierra… No es extraño, aunque no por ello deja de ser revelador, que en sus parábolas Jesús narre historias de pobres hombres vendidos como esclavos con toda su familia para pagar sus deudas (Mt 18,23-35), de pobres jornaleros que pasan el día en la plaza sin que nadie les contrate para llevar un bocado de pan a su mujer y sus hijos (Mt 20,1-16), de arrendatarios que en su ira llegan a matar al hijo del propietario explotador de la viña que cuidan (Mc 12,1-8).

Y no es extraño, pero es muy revelador, que Jesús enseñe a orar diciendo: “Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a los que nos deben” (Mt 6,12; Lc 11,4). En Jesús volvió a reavivarse aquel ideal del año sabático (cada siete años) y del año jubilar (cada cincuenta años) por el que todas las deudas habían de quedar anuladas y las propiedades debían volver a sus dueños originarios. El perdón de las deudas (en primer lugar, por supuesto, el perdón de la deuda exterior de los países pobres) es elemento sustancial del Evangelio, del Reino de Dios, de la fe cristiana (¿cómo es posible que la jerarquía eclesiástica que habla tanto diga tan poco o no diga nada acerca de esto?). Nuestro perdón de las deudas no es condición para que Dios nos perdone, pues no tiene “nada que perdonarnos”, y si tuviera algo que perdonarnos, nos perdonaría aunque nosotros no perdonáramos. No es esa la cuestión del evangelio de Jesús, sino esta otra: ¿cómo encarnaremos en el mundo el misterio de Dios si no es perdonando las deudas? El perdón de las deudas no es condición para Dios, sino sacramento de Dios.

Jesús esperaba otro mundo en este mundo. Esperaba, es decir, respiraba la promesa de Dios, la espiraba en las palabras que pronunciaba, la anticipaba en su praxis sanadora. Esa esperanza espiritual y práxica, anticipadora, Jesús la expresa en los evangelios con el lenguaje apocalíptico común en la época: ángeles y trompetas y un “Hijo del hombre” sentado como juez, terremotos y cataclismos y terribles señales en el cielo… Se discute si Jesús utilizó este lenguaje, si habló del Hijo del hombre, si contó con un fin cósmico del mundo. Lo lógico es pensar que compartió el imaginario y el vocabulario apocalíptico, aunque sin interesarse –como era habitual– por cómputos temporales y cálculos de fechas, y poniendo mucho más el acento en la liberación que en el juicio. Pero lo esencial del lenguaje apocalíptico, al menos en Jesús, no es tanto el fin cósmico de este mundo, sino la transformación de este mundo en otro distinto: “Levantad la cabeza, se acerca vuestra liberación” (Lc 21,28).

Esa esperanza apasionada y activa es la que Jesús compartió. ¿Fue Jesús demasiado optimista? Habría que responder con las palabras que hace poco pronunció Z. Bauman en San Sebastián: “Un optimista es quien cree que este es el mejor de los mundos posibles y no se puede mejorar. Y el pesimista, el que cree que quizás el optimista tenga razón”. Ni el optimismo ni el pesimismo transforman el mundo. ¿Entonces qué? Primero, convencerse de que “el mundo tal vez se pueda mejorar”; y segundo, seguir en el empeño a pesar del fracaso. Es lo que hizo Jesús. Es lo que le hizo feliz. Es la bienaventuranza a la que nos llama: Sé cómo te gustaría que el mundo fuera, y eso te hará feliz. Esa es la experiencia humana, la experiencia ética y también, en el fondo, la experiencia espiritual.

3. EL DINERO COMO MAMÓN

El dinero es un invento antiguo bien práctico. Sería muy engorroso tener que ir al supermercado cargado de cosas, para adquirir unos productos a cambio de otros: manzanas por naranjas, leche por vino, patatas por pan, gallinas por pantalones, queso por aceite y azúcar… Eso fue más o menos bien cuando la mitad del mundo por lo menos vivía del campo y la otra mitad hacía jabón, zapatos o armarios. Pero pronto se complicaron las cosas y a veces faltaba y otras veces sobraba qué comprar o con qué pagar (cosa que, por cierto, también pasa ahora, pero esa es otra historia). El dinero fue, pues, en cualquiera de sus modalidades, un buen invento, pero su historia está, desde el principio, llena de abusos y extorsiones.

Llama poderosamente la atención cuánto y cuán duramente habla Jesús del dinero. Lo denuncia como ídolo que fácilmente se apodera de la vida erigiéndose como fin en vez de ser simple medio: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6, 24). El dinero se erige en señor de manera inconsciente y enmascarada, lo cual lo hace más peligroso aún. El mismo Jesús, dice el Evangelio, experimentó su tentación: “Todo esto te daré si postrándote me adoras” (Mt 4,9). En la discusión sobre la licitud del tributo a Roma, Jesús no se pronuncia directamente sobre la cuestión que le plantean, pero aprovecha para reafirmar la rotunda oposición que existe entre el dinero y Dios, pues el dinero sirve al César, y el César es enemigo de Dios, es decir, de la libertad y de la fraternidad: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

¿Cuál es la lógica evangélica, la conducta sabia y humanizadora en relación al dinero? Jesús la cifra en una doble vertiente inseparable: no acumular, sino compartir; desprendimiento y generosidad. Acumular –lo que sea, también el dinero– es un mecanismo psicológico que responde al sentimiento de amenaza y a la búsqueda de seguridad. Pues bien, dice Jesús, acumular es “insensato” (Lc 12,20), porque cuanto más se posee, más se desea: “Tened mucho cuidado con toda clase de avaricia; que aunque se nade en la abundancia, la vida no depende de las riquezas” (Lc 12,15). El seguimiento requiere, pues, el desprendimiento radical del dinero y de cuanto significa. Pero el desprendimiento no puede ser real, si no se comparte: “Si quieres ser perfecto, ve a vender todo lo que tienes y dáselo a los pobres. Luego ven y sígueme” (Mt 19,21). No se trata de mero desapego interior, sino de efectivo compartir. En la parábola del administrador sagaz, Jesús califica al dinero de “injusto”, en una expresión que nos podría parecer demasiado categórica: “Ganaos amigos con el dinero injusto” (Lc 16,9), como si la injusticia fuese inherente al dinero como algo constitutivo, y como si la única manera de reparar la injusticia del dinero fuese compartirlo, “hacerse amigos”.

Al final –sea o no histórica la noticia–, Jesús será vendido por unas miserables monedas. El dinero, una vez más, como el símbolo de la gran traición a la justicia, a la humanidad, al Evangelio, a Dios.

4. BIENAVENTURADOS PRIMERO LOS POBRES

“Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios”. Es difícil imaginar cómo se pueda expresar con mayor nitidez y contundencia la “lógica del Reino” en lo que tiene precisamente de más opuesto a la lógica del capitalismo en cualquiera de sus versiones. El capitalismo dice: “Primero el negocio, luego los pobres. Y lo que es bueno para el negocio, eso será lo mejor para los pobres”. Y se aduce como contraprueba el estrepitoso fracaso económico y social del sistema comunista (aunque no se dice que, al fin y al cabo, el comunismo ha sido un capitalismo de Estado, cuando no de Partido). Jesús dice: “Primero los pobres, luego el negocio. Y lo que sea bueno para los pobres, es decir, lo que lleve a que los pobres dejen de serlo, eso será a la larga lo mejor para todos; acabará siendo incluso el mejor negocio, solo que mejor distribuido”. ¿Acaso no ha quedado meridianamente claro que la actual crisis es fruto directo de la aplicación de los principios neoliberales de la economía, de la ganancia como norma fundamental y del laissez-faire en provecho del capital? ¿Acaso no ha escrito recientemente J. Stiglitz que la economía no tendrá remedio mientras no se envíe a la cárcel a los banqueros? Yo no creo en la cárcel, pero hay que buscar el modo de impedir que siga pasando lo que ha pasado y que los que lo han hecho lo sigan haciendo.

Claro, Jesús no se preocupó de la salud de la economía, sino de la salud de las personas y del pueblo en su conjunto. Lo cual no quiere decir que ambas –la salud de la economía y la salud de la gente– no estén en relación. En cualquier caso, Jesús no habló y obró desde análisis teóricos ni económicos ni siquiera teológicos. Él hablo y actuó desde lo que sus ojos veían y sus entrañas sentían, desde la ira profética y desde la compasión solidaria. Y dijo (versión de Lucas): “Dichosos vosotros los pobres, porque Dios os prefiere, porque Dios es rey y está de vuestro lado, porque seréis los primeros beneficiados de su señorío. Dichosos vosotros, los pobres, porque pronto dejaréis de serlo, porque pronto dejaréis de tener hambre, porque pronto dejaréis de llorar. Dichosos vosotros, los pobres, porque cuando dejéis de serlo, seréis los principales artífices del mundo nuevo”. En Jesús hallamos también la llamada profética a las “Bienaventuranzas” como actitud espiritual y práctica (versión de Mateo): “Dichosos los ‘pobres de espíritu’, es decir, los que se pongan de su lado. Dichosos los que lloran con los que lloran, los que sienten y practican la misericordia, los que viven y siembran la paz”.

Jesús miró el mundo, juzgó la realidad, se decidió a actuar desde la perspectiva de los pobres, “pobres económicos” y “pobres sociológicos (J. Sobrino), de aquellos “que se ven privados de sus derechos y son oprimidos por los poderosos” (G. Theissen), desde aquellos “que mueren antes de tiempo” (G. Gutiérrez). El mensaje y las opciones de Jesús están absolutamente determinadas por la prioridad de los pobres. El Reino primero para los pobres. Las Bienaventuranzas primero para los pobres. Y esa prioridad define el contenido del Reino y de las Bienaventuranzas: el Reino de Dios es que los pobres dejen de serlo, que no haya hambre en el mundo ni presos en las cárceles, y eso es lo que anuncian las Bienaventuranzas de Lucas, mientras que las Bienaventuranzas de Mateo proclaman que la solidaridad con los pobres, la no violencia activa, la misericordia, la mansedumbre… son el camino para que el Reinado de Dios se realice y que aquellos que lo recorren serán felices al recorrerlo. La pobreza es un mal, pero los que optan por los pobres son bienaventurados. La verdadera opción a favor de los pobres ha de brotar de la compasión y de la solidaridad, y la compasión y la solidaridad hacen feliz al que las siente y practica. Por eso son bienaventurados los “pobres de espíritu”.

5. BIENAVENTURADOS TAMBIÉN LOS RICOS

Sí, también para los ricos hay bienaventuranza. El Reino de Dios es buena noticia, es evangelio para todos. El Reino de Dios invierte la realidad, pero la inversión no consiste en que los oprimidos se vuelvan opresores y los opresores oprimidos, en que los pobres sean ricos y los ricos pobres, en que los desgraciados sean felices y los felices desgraciados. La inversión consiste en que los opresores se vuelven hermanos y los ricos solidarios y, en consecuencia, ya no hay oprimidos ni pobres.

Los evangelios ponen en boca de Jesús palabras durísimas contra los ricos: “¡Ay de vosotros los ricos, pues ya habéis recibido vuestro consuelo!” (Lc 6,24). “Le es más fácil a un camello entrar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios” (Mt 19,24). ¿Será, pues, imposible? “Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible” (Mt 19,26). El Evangelio es para el rico –empezando por mí– la posibilidad de quedar libres de las garras de Mamón, la oportunidad de ser más dichosos por la solidaridad que por la posesión. El Evangelio es la promesa de que aquello que es posible para Dios sea también posible para el rico.

Jesús no hacía análisis de realidad ni proyectos de acción. Pero contaba parábolas que describen y narran el mundo como es y el mundo como Dios lo sueña. “Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino, y todos los días celebraba espléndidos banquetes. Y había también un pobre, llamado Lázaro, tendido en el portal” (Lc 16,19- 20). Así es el mundo. Nadie nace pobre por voluntad divina ni por ley alguna natural: es el rico el que hace que el pobre deba yacer miserable y llagado. Ahora bien, ese pobre se llama Lázaro, es decir, “Dios ayuda”. Es el único nombre propio que aparece en las parábolas de Jesús y basta por sí solo para revelar la preferencia de Dios.

Pero la preferencia de Dios es tan poderosa que la situación se invierte en “el más allá”: cielo para el pobre, infierno para el rico –anónimo–. ¿Queda el rico condenado a un infierno eterno? No podemos entenderlo así. Jesús no se interesa de describir “el más allá”, sino el mundo nuevo en este mundo que urge a edificar. Y la inversión no significa que se truecan los papeles: si fuera eso, el Evangelio no habría traído nada decisivamente nuevo. La inversión es la tarea a la que la parábola nos llama en el “más acá”: que el rico no acumule, para que el pobre no deba vivir a la puerta echado en su miseria; que el rico deje de serlo, para que también el pobre deje de serlo, y crezca la bienaventuranza de Dios y de todas las criaturas.

Es la historia de Zaqueo, el rico ladrón transformado por el encuentro con Jesús. “Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (Lc 19,9). Zaqueo devuelve lo robado –y además “la mitad de mis bienes”– porque se siente feliz, y descubre que es más feliz siendo generoso o, dicho de otra forma, haciendo que el mundo ya no se divida entre pobres y ricos. Esa es la lógica del Evangelio, la lógica de Jesús, contra la lógica del capitalismo.