Lo que nos está pasando. Un comentario

Juanjo Sánchez

IGNACIO SÁNCHEZ-CUENCA, Atado y mal atado. El suicidio institucional del franquismo y el surgimiento de la democracia, Alianza Editorial, Madrid, 2014, 367 págs.

Esta no va a ser una reseña al uso de un libro. Quiere ser, más bien, tan solo un comentario de algunos puntos o momentos de este excelente libro de Ignacio Sánchez-Cuenca, uno de los analistas más rigurosos y lúcidos de la historia social y política de este país, que ha aceptado, además, regalarnos el primer artículo de análisis, en la sección A fondo, de este número de ÉXODO.

Un comentario de datos y reflexiones que, en mi opinión, iluminan y ayudan a interpretar “qué es lo que nos está pasando”, como decimos en el título de la colaboración del autor en este mismo número de la revista. Porque eso es, justamente, lo que nos interesa, aquí y ahora, de este lúcido libro.

Un comentario, por tanto, claramente situado y motivado por “lo que está pasando” en nuestros días en este país. ¿Y qué es “lo que está pasando”? Está pasando lo que pasa también a nivel europeo e incluso a nivel global: la avalancha de una peligrosa oleada de pensamiento y actitudes autoritarios, cargados de furia y resentimiento, que invaden nuestra sociedad y sus instituciones y están poniendo en peligro las bases y el espíritu de la democracia.

Una oleada autoritaria de extrema derecha que, en nuestro suelo y país, se reviste de la ideología particular que tuvimos que soportar durante más de cuarenta años: un régimen dictatorial, que Franco, su artífice, pensó dejar “atado y bien atado” para la posteridad tras su desaparición.

Y bien, la primera de las tesis o reflexiones que sostiene Ignacio Sánchez-Cuenca es que, como ha expresado genialmente en el título de su libro, ese régimen dictatorial quedó “atado, sí, pero muy mal atado”. Que bastó tan solo un año para que ese nudo atado del franquismo pudiera ser desatado y deshecho.

Pero lo más sorprendente de este hecho –señala el autor– es que no se debió a una revolución o acción violenta de la oposición. El nudo fue desatado por las mismas fuerzas del régimen sucesor de la dictadura, votando a favor de la famosa Ley de Reforma Política el 18 de noviembre de 1976. Lo cual constituyó una decisión de consecuencias absolutamente decisivas: fue, sin duda, afirma Sánchez-Cuenca, el episodio más importante de la transición española a la democracia” (p. 11)

Y es que fue, ciertamente, una decisión singular y difícilmente imaginable. La Ley de Reforma Política, subraya el autor, “significó el suicidio del régimen. Las Cortes franquistas sancionaron una Ley que hacía posible la desaparición del sistema político del franquismo.” (p. 12) Un cambio, sin duda, drástico y profundo, que “supuso, efectivamente, una suerte de suicidio institucional”, una especie de “voladura controlada” (p. 12) una “forma de abdicación colectiva (p. 13) o, como ya entonces políticos y periodistas lo calificaron, un “harakiri” en toda regla.

¿Cómo pudo darse tamaña decisión?, pregunta con toda razón el autor Y añade sin dudar: “A mi juicio, esta es la cuestión fundamental de la transición española”. (p. 14) Extraña por eso sobremanera que no haya encontrado mayor eco entre los historiadores, de forma que aún nadie haya dado a ese decisivo interrogante “una respuesta rigurosa”. A ese objetivo dedicó Sánchez-Cuenca la investigación que recoge este fascinante libro.

¿Cómo interpretar este hecho extrañamente singular? –se imponía, sin duda preguntar. ¿Acaso se trató de una decisión fruto de la magnanimidad del franquismo, o tal vez de una conciencia lúcida de haber llegado la hora de dejar paso a la democracia? Evidentemente, nada más lejos de la realidad. Como señala el autor, “la élite franquista se propuso dirigir y mantener el control sobre el proceso de cambio político”. Y así fue, de hecho, a todo lo largo de la de la andadura hacia la democracia. Porque había que garantizar a toda costa “el continuismo legal” de la transición: “el nuevo régimen tenía que nacer del viejo” (p.13). La legalidad de lo que surgiera debía brotar de la legalidad de lo viejo. Esta función de control sobre el proceso condicionó fatalmente la transición española.

La condicionó desde la propia transición. Ignacio Sánchez-Cuenca pone, con razón, especial énfasis en subrayar este afán controlador, y lo hace con gran originalidad: desmontando el profusamente comentado “mito” de la ejemplaridad de nuestra transición. Lo que aparentemente podría percibirse como “magnanimidad” o grandeza de espíritu: la increíble “singularidad” de la decisión a favor de la Ley de Reforma Política por parte de las Cortes franquistas a costa de su propia existencia, ese impensable suicido institucional del franquismo, se reveló, sobre todo en la “primera transición” (desde la muerte de Franco hasta la aprobación de la Ley de Reforma Política), radicalmente engañosa. El autor lo muestra con acierto y lucidez analizando minuciosamente hasta qué punto el famoso y profusamente encomiado espíritu de diálogo de pacto y consenso entre las fuerzas del régimen y las del cambio político brilló más bien justamente por su ausencia en la mencionada primera fase de la transición. Hasta la aprobación de la Ley de Reforma Política –afirma Ignacio—“nada se negoció” (p. 328) El elogiado consenso es, en verdad, un mito construido proyectando sobre esta primera fase de la transición lo que solo se dio en la segunda fase, a raíz de las primeras elecciones en las que las fuerzas de izquierda lograron un empate con las fuerzas del sistema franquista. Es decir, el consenso no fue obra de la magnanimidad de las fuerzas franquistas, sino fruto de la presión de la oposición, sin la cual, ciertamente, no se habría llegado a un cambio realmente democrático. Mientras lo que hicieron las fuerzas franquistas hasta ese momento fue controlar y torpedear cuanto conducía a ese cambio, ya fuera la aprobación de la decisiva Ley de Reforma Política, la Ley de Amnistía o la legalización de todos los partidos, incluido el Partido Comunista, piedra de toque de una real voluntad democrática.

Pero esta actitud en absoluto magnánima, no de pacto y consenso, sino de control y vigilancia, siguió condicionando, más allá de la transición, nuestra andadura democrática con intentos de interrumpirla o por lo menos de controlarla. ¿No es justamente ese talante lo que heredaron del franquismo los partidos de la derecha intransigente, la arrogancia de afirmarse en la práctica, velada o abiertamente, árbitros de la calidad democrática y el derecho de ser los sujetos naturales del poder político, del gobierno en este país?

¿No es esa actitud, justamente, la que está detrás de “lo que nos ha sucedido” y de “lo que nos está pasando” en nuestros días? ¿No aclara ella la furia con la que se han abordado, desde esas fuerzas extremas (“¡A por ellos!”), importantes acontecimientos de nuestra vida democrática reciente, como, sobre todo, el problema catalán o también la moción de censura al gobierno popular, descalificando a ambos como “golpismo”, pero también, y ya situándose al límite de la Constitución y la democracia, la reacción virulenta contra la exhumación de los restos de Franco y la declaración abierta de adhesión al franquismo?

¿No era y es esto “lo que nos está pasando”? ¿Esto, que hunde sus raíces en aquella historia que Ignacio Sánchez-Cuenca disecciona lúcidamente en este libro?… Aunque tal vez debamos ya decir “lo que nos ha pasado” o lo que nos estaba pasando”, pues tras la aciaga noche pasada del 2 de diciembre, todo puede ser peor… ¡La amenazante oleada autoritaria, aquí con tintes franquistas, nos ha alcanzado de lleno!