LIBERTAD DE INFORMACIÓN Y OPINIÓN EN LA IGLESIA

Pedro Miguel Lamet

Exodo 108 (marz.-abr.) 2011
– Autor: Pedro Miguel Lamet –
 
El siglo XX ha sido el siglo de las comunicaciones. El XXI ya es el de la comunicación instantánea y a la carta. Estamos asistiendo a una revolución que remueve los cimientos del mundo, que se cuela en nuestras propias casas y, aunque potencia el intercambio, amenaza en cierto modo con vaciarnos el cerebro. El mando a distancia y el ordenador, con su acceso a Internet, los videojuegos y la aldea global están transformando nuestras costumbres y especialmente las de los más jóvenes, y también, sobre todo por medio de la televisión, la de los más pobres, débiles y manejables.

Por un lado está la globalización, ese proceso generalizado de interdependencia económica como consecuencia de la apertura de las economías nacionales al exterior y de la consiguiente internacionalización de los mercados, tanto de bienes como de servicios, noticias, modas y opiniones.

Desde el punto de vista político todo ello está suponiendo una amenaza de hecho a la democracia como tal. Mientras la eficacia y el crecimiento económico son los únicos raseros que cuentan para medir las actividades humanas, un mundo internacionalizado aleja las decisiones de las bases sociales y la participación ciudadana.

Es evidente que hoy día el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial o las Agencias de Calificación Financieras restringen las opciones democráticas de los pueblos en materia económica y social. Así las cosas, los bancos, los especuladores y las instituciones financieras se convierten en los reales actores políticos.

Los Medios de Comunicación, la facilidad para viajar, la literatura, los deportes, todo contribuye a que cada vez el individuo esté más integrado en el mundo, y sienta que pertenece a una comunidad desterritorializada. Todo ello ha simplificado de tal manera el intercambio de ideas, ha pasivizado de tal modo al individuo, que surge por generación espontánea una galopante trivialización. Es el efecto basura. Y los ejemplos mediáticos más cercanos son los llamados programas del corazón y del famoseo o “Gran Hermano”.

LA NOTICIA RELIGIOSA

La pregunta obvia de un cristiano se repite cada día ante esta preocupante experiencia. “Esto ha cambiado. ¿Qué pasa? ¿Por qué ya no salen tantas noticias sobre la Iglesia en la radio, la prensa y la televisión?”. ¿Y por qué las que aparecen son precisamente las negativas, como la abrumadora acusación de pederastia? Los grandes medios laicos, salvando contadas excepciones de órganos informativos identificados precisamente con la derecha política, apenas hablan de lo que ocurre en la Iglesia.

Pero, pese a todo, el que tiene una buena noticia entre sus manos no puede contenerse y corre a los vecinos a decírsela.

De esta necesidad habló Jesús al referirse a predicar el Evangelio sobre las azoteas y a no ocultar la luz bajo un cacharro. Él mismo utilizó una barca o el monte para ser oído por la multitud. Sus discípulos viajaron conforme a las posibilidades de su época, hablaron en el areópago y ante los tribunales; llegaron a servirse de las instituciones romanas, y así nació el púlpito, símbolo de otras muchas tribunas que hoy transformaron los poderosos medios informativos y de comunicación.

Pero en los medios de masas los codificadores sufren mediaciones muy particulares.

En este sentido el periodista es el representante de un equipo humano que elige la forma y el contenido de los mensajes periodísticos, dentro de un abanico más o menos amplio de posibilidades combinatorias con finalidades semánticas dadas.

En este proceso, los periódicos y emisoras no sólo informan, sino que opinan sutilmente ya en la misma forma de titular, de situar en el espacio su información, de ilustrarla e incluso de calificarla. A ello contribuye la orientación política y económica de los dueños de cada medio, sus intereses, el de sus consumidores habituales, espectadores, oyentes o lectores.

LA ESTRATEGIA DE LA TELARAÑA

Hoy la situación se ha agravado con los grandes medios u oligopolios de comunicación, que pueden manejar y manipular las noticias con un alcance mundial. El poder político puede convertir un trust de comunicación en un instrumento de sus intereses. Sólo la libertad de expresión y el sano combate de las ideas de diversas tendencias, propias de la sociedad democrática, pueden contrarrestar el poder de los monopolios.

La maraña provocada puede embotar al consumidor, acosado de informaciones, pero también le permite mayor libertad de elección. Es muy distinto dejarse influir por el El Mundo, Abc, La Razón, Público o El País, los nuevos periódicos gratuitos, tipo Adn o Metro, la cadena COPE o la SER, una web o un blog particular y casi underground de Internet o la publicidad orquestada de una multinacional que se sirve de vallas publicitarias, cintas de vídeos, cd, dvd, lectores de mp3, teléfonos multitarea o anuncios en periódicos.

Frente a este sigiloso peligro de totalitarismo del exceso de consumo informativo, se da también en algunas comunidades sociales una dictadura rígida que no permite explícitamente el pluralismo de información por las conveniencias de los que detentan el poder.

En muchos medios basta con una llamada del presidente del Gobierno o de tal o cual ministro o banquero para parar, edulcorar o modificar un título o una noticia. El dinero, el poder político y los dueños del mundo –hoy es un hecho– tienen en sus manos los hilos de la opinión pública, que, con todos sus defectos y limitaciones, sólo cuenta con una rebaja, la de la libertad democrática. Así se creó, por ejemplo, Green Peace, hoy si se quiere también convertida en un poder o un grupo de presión. O el movimiento del 0,7, Manos Unidas, ONG, movimientos antiglobalización y tantas asociaciones o grupos que han conseguido crear opinión pública frente a los poderes establecidos.

LA RESPUESTA DE LA IGLESIA

Puede decirse que hasta finales de los años cincuenta no se despertó por primera vez en la historia de la Iglesia un interés específico por estos medios. Antes Gregorio XVI escribe Mirari Vos, donde dice que la libertad de conciencia es absurda, la prensa “execrable” y que “cada vez que aparece una novedad la Iglesia es golpeada por ella”. Pío IX piensa que una revista es un pequeño libro apresurado frente al que hay que defenderse porque no se somete a censura previa. Sólo León XIII les dice a los periodistas “Pido vuestro auxilio”.

En 1957 aparece la encíclica Miranda prorsus de Pío XII, que comienza a ocuparse explícitamente “de los nuevos modos de radiodifusión, cinematografía y televisión”.

En 1965 se clausura el Concilio Vaticano II, que elabora el decreto Inter mirífica. Luego aparecerían documentos como la Communio et Progressio, la Evangelii Nuntiandi, Aetatis Novae y la Redemptoris Missio que enfocan desde un ángulo positivo las comunicaciones sociales.

La Conferencia de Metropolitanos ya creó una Comisión de Prensa, y la Conferencia Episcopal Española instituye la Comisión de Medios de Comunicación propiamente dicha a primeros de marzo de 1966. Un aspecto especialmente dominante en sus mensajes es la formación del usuario y el influjo de los medios en la familia, además de las reivindicaciones de la Iglesia en cumplimiento de los Acuerdos Iglesia-Estado. Recientemente Benedicto XVI ha dicho que “la búsqueda y presentación de la verdad sobre el hombre constituyen la más alta vocación de la comunicación social”.

LIBERTAD DE INFORMACIÓN, SECRETISMO Y EVANGELIZACIÓN

“No hay en el mundo señorío como la libertad de corazón”, decía Baltasar Gracián. La libertad de expresión e información es anterior a un corazón libre, es un derecho de la persona. “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.” (Declaración Universal de Derechos Humanos, Artículo 19).

Pío XII llegó a decir que incluso era necesaria una opinión pública en la Iglesia, lo que supone un contraste de pareceres y sobre todo libertad de información.

El Vaticano II defiende en la Lumen Gentium la libertad de opinión de los fieles ante la jerarquía (n. 119). El decreto Inter mirífica habla de este derecho humano (n. 5).

El propio Juan Pablo II en un discurso a los periodistas de 1986 dice que el periodista debe ser “el hombre de la verdad”, y añade: “Es necesario tener el coraje y la sinceridad de proclamar abiertamente que todas las formas de deformación y falsificación constituyen una verdadera y propia desnaturalización del periodismo”.

Mi experiencia profesional es que una vez más la Iglesia no siempre cumple institucionalmente lo que predica.

EXPERIENCIAS DE UN INFORMADOR

1. EL VATICANO II Y EL FRANQUISMO

Mi primer artículo fue publicado en los años 60 en la primitiva Vida Nueva. Aquel trabajo, un símbolo de lo que sería mi trayectoria como periodista, consistía en una encuesta en la calle sobre el Concilio que alboreaba. Eran los tiempos del disenso y la contestación, donde por primera vez la gente podía expresar libremente lo que pensaba.

Durante los años sesenta y setenta, cuando la revista Vida Nueva daba cuenta de la maravillosa y refrescante aventura del posconcilio, la censura franquista miraba con lupa cuanto escribíamos en Vida Nueva a través del Ministerio de Información y Turismo (Manuel Fraga). Había que enviar diez ejemplares de la revista al Ministerio, donde daban el visto bueno para que el número saliera a la venta y a los suscriptores. Siendo director José Luis Martín Descalzo la revista llegó a ser mutilada, materialmente despojada de su información política. Viví por entonces otra anécdota reveladora: Hace aproximadamente treinta años conducía yo, con el entonces dominico Andrés Barriales, un espacio informativo en la cadena COPE, aquella balbuciente red de emisoras de la Iglesia, que se caracterizaba por hacer un esfuerzo de denuncia social y pluralismo.

Recuerdo que en uno de aquellos espacios informativos conectamos con Radio Vaticano, la emisora del Papa, para dar cumplida cuenta de las noticias del día en la Ciudad Eterna. Pregunté al entonces responsable del programa español, Ricardo Sanchís, qué opinaba el general de los jesuitas, Pedro Arrupe, de un súbdito suyo, que se encontraba en Valencia encarcelado por el régimen. Sanchís replicó: “El padre Arrupe dice que si la cárcel es por el Evangelio, bendita sea la cárcel”.

2. PONTIFICADO DE JUAN PABLO II.

a. El caso “prelatura”

Pasaron los años y curiosamente los problemas para la libertad comenzaron a proceder del interior de la Iglesia.

Ya dentro del pontificado de Juan Pablo II, un buen día llegó a nuestra redacción un manojo de papeles, sin remite. Al abrirlo, pudimos comprobar por sus membretes que eran cartas de altos dicasterios vaticanos sobre un tema secreto y tabú: El proyecto de erección en Prelatura Personal del Opus Dei. El entonces director de la revista, Bernardino M. Hernando, de acuerdo con la redacción, decidió que el pueblo de Dios debía conocer la intención del Opus de convertirse en prelatura. Pero alguien debió enterarse antes de que apareciera publicado y dio “el chivatazo” a las altas jerarquías del Opus.

Lo que se organizó no puede ser resumido en unos breves párrafos. Miembros de la Obra fueron a arrodillarse a los pies de varios cardenales, a superiores generales de órdenes religiosas, y en definitiva a la casa editora de Vida Nueva, PPC, para impedir que aquel texto saliera. Al final la casa editora obligó al director a que fuera retirado, literalmente arrancado, el “pliego” o dossier en que se contaba la noticia bomba. Pero a los que presionaban aquella vez el tiro le salió por la culata. Vida Nueva ya tenía impresa la portada con el título: “El Opus Dei quiere transformase”. Y entre paréntesis “jurídicamente”. Encartada en aquel número iba una octavilla impresa que decía que la revista aparecía mutilada “en contra de la voluntad del director y de los redactores de Vida Nueva”. Al día siguiente un diario de mucha mayor difusión, El País, contaba ampliamente la historia que había sido censurada en el semanario católico. La Oficina de Información del Opus continuó desmintiendo la noticia hasta que al cabo de los años, tal como informamos, el Opus Dei efectivamente se convirtió en prelatura personal.

Aquello fue un antecedente de lo que vendría después. El pontificado del papa Wojtyla se esforzó en controlar la libertad de expresión y opinión dentro de la Iglesia esforzándose en uniformar la teología, el catecismo, la enseñanza religiosa y los medios de comunicación de la Iglesia. Después supimos que nos leían con lupa en Nunciatura y subrayaban en rojo los temas que concernían a la Teología de la Liberación, el celibato, la ordenación de la mujer, el Opus Dei, América Latina, la crítica a las instituciones y hasta los chistes. Curiosamente los chistes de Quique, Cortes o Nando, cuando trataban de Dios y los santos no creaban problemas, pero si incluían obispos, suscitaban en seguida la indignación y protestas de sectores oficiales.

b. El caso Luciani (1984)

Otro caso revelador. Un buen día llegó a mis manos un dossier sobre la prematura desaparición del papa Juan Pablo I, escrito por un sacerdote que trabajaba en la Comisión de Catequesis de la Conferencia Episcopal, Jesús López Sáez, que estaba muy preocupado por las extrañas circunstancias que rodearon la muerte del papa Luciani. Posteriormente este sacerdote ha publicado tres libros monográficos sobre el tema. La tesis de Jesús López en su artículo coincidía en línea generales con la de Yallop: Había muchas contradicciones en la muerte de Juan Pablo I y muchos cabos sueltos. Pensé que Vida Nueva debía publicar aquel informe como una opinión más. Y así lo hice.

Nunca pude imaginar que se iba a provocar tan tremendo revuelo. El obispo Antonio Montero, a la sazón presidente de PPC y de la Comisión de Medios, me llamó inmediatamente y me indicó que sin demora debía escribir una carta, como director, pidiendo perdón a la Santa Sede, pues era tanto como considerar al Papa actual encubridor de un asesinato. Escribí la carta en la que decía que ni por asomo había intención de ofender a nadie y menos a la Santa Sede y la llevé personalmente al nuncio.

Otro dato que explica la situación que se comenzaba a vivir en los medios de comunicación de la Iglesia se produce durante una visita Ad límina de los obispos españoles. Cuando el obispo Montero es presentado como presidente de la Comisión de Medios de Comunicación, el Papa le pregunta:

—Dígame, ¿Vida Nueva es de la Iglesia? _ —Bueno, propiamente es de un sodalicio compuesto por clérigos y seglares… _ —Y el Ya ¿es de la Iglesia?

El obispo vuelve a contestar que el rotativo madrileño pertenecía a los Propagandistas, pero que no es directamente propiedad de la jerarquía.

Juan Pablo II no quería medios de expresión y opinión pública en la Iglesia y de la Iglesia, sino de propaganda exclusiva del vértice de la Iglesia. Cuando se aproximaba la tormenta que acabaría definitivamente con la controlada libertad de expresión de la que disfrutábamos, el cardenal Enrique y Tarancón me decía: “Tú aguanta, no te vayas, que te echen y que te indemnicen”. Julián del Olmo, entonces redactor-jefe de la revista, solía decirme: “Convéncete, Pedro: Ya no se contentan con fidelity; quieren High fidelity.”

En 1987 fui destituido de director de VN. Escribí aquel día un artículo en El País en el que afirmaba que mi destitución era todo un símbolo de un nuevo periodo de catacumbas y autoritarismo dentro la Iglesia. Todo mi equipo acabó por dimitir y marcharse detrás. Lo que sucedió después en los medios de comunicación eclesiasles es bien conocido: la libertad de información y expresión en la Iglesia sigue hoy bantante hipotecada en los medios propios, y fuera la Iglesia ha perdido en los medios laicos mucha presencia como noticia. Debo añadir que pocos meses después Jesús López, el autor del dossier sobre Luciani, fue destituido de su cargo en la Comisión de Catequesis de la Conferencia Episcopal.

A mi salida de un medio religioso fui llamado a trabajar en medios laicos. El hoy desaparecido Diario 16 siempre me permitió —he de confesarlo— la libertad de expresión e información que nunca tuve en la Iglesia. Sin embargo poco a poco comenzaban a llegar las quejas de nunciatura a mis superiores religiosos. El nuncio Mario Tagliaferri me llegó a decir: “No entiendo cómo usted escribe esas informaciones. Me han dicho que es de buena familia y que incluso ha escrito vidas de santos”. Le contesté: “Monseñor ¿no es el Santo Padre el que defiende precisamente que los periodistas debemos contar la verdad? Si informo parcialmente, dígamelo y estoy dispuesto a corregir, porque la información no es algo estático, es un fieri. Pero, si cuento la versión de ambas partes en un conflicto, ¿no estoy sirviendo a la verdad y por tanto a Jesús?“.

c. El tabú de la salud papal

Publiqué un artículo sobre el Parkinson. Meses después el portavoz vaticano, doctor Navarro Valls, después de desmentirlo, tuvo que admitir con otro nombre técnico el hecho del Párkinson. “El papa tiene una enfermedad de origen piramidal”, dijo en Bosnia.

Pero el sector “papolátrico” pretendía mantener en secreto los cada día más evidentes problemas físicos de Juan Pablo II. El 23 de marzo de 1996 publiqué otro artículo reproducido en todo el mundo, donde hablaba de rumores en Roma sobre el cáncer del Papa (hoy puedo decir que mi fuente no era cualquiera, sino un religioso enfermero próximo al pontífice). Su delgadez y las posibles metástasis –escribía–, que explicarían la complicación ósea y las caídas, podrían corroborar la hipótesis del cáncer, probablemente originado tras el atentado y ulterior operación de colon. En opinión de no pocos observadores extraña la escasa transparencia de la curia vaticana en cuestiones de capital interés y sobre las que el pueblo fiel tendría el derecho de conocer toda la verdad.

Por aquellos meses aparecía mi biografía de Juan Pablo II Hombre y Papa, que molestó a algunos teólogos oficialistas. En ella recogía las diversas corrientes disidentes dentro de la Iglesia. Pero eso resultaba intolerable para la dominante corriente “papolátrica”, para quien el Papa por definición es el conjunto de todos los bienes sin mezcla de mal alguno y que desconoce simplemente la historia de la Iglesia, llena de santidad y pecado, grandezas y miserias. Tampoco aceptaban que previamente hubiera publicado otros libros, como mi biografía de Pedro Arrupe, donde se recoge la destrucción sistemática de una de las más importantes figuras de la Iglesia actual, y el proceder auténtico de un hombre libre y santo.

De nuevo vuelve a cerrarse el círculo, esta vez en torno a mis superiores de la Compañía de Jesús. Una carta nada menos que del “número dos” del Vaticano, cardenal Angelo Sodano, venía a decir: “Callen a ese jesuita que tanto daño está haciendo a la Iglesia”.

Opté por aceptar el silencio en temas religiosos para no verme obligado a abandonar la Compañía y, supuesto que la censura previa no es factible en un periodismo de elaboración casi instantánea, sugerí que me permitieran escribir de otros temas sociales y humanos. En realidad el Syllabus o “la verdad” impuesta desde arriba seguía vigente por encima de los derechos humanos, entre ellos la libertad de información y opinión, que representaba la Pacem in terris, una encíclica que pone al hombre en el centro de los derechos.

Con la llegada del papa-teólogo la libertad de información y expresión en la Iglesia ha mejorado. Es de agradecer que Joseph Ratzinger en sus propios libros sobre Jesús no quiera imponerse doctrinalmente como papa, sino, como él mismo ha dicho, ofrecer su opinión de un teólogo que además es papa. Se diría que actualmente, más que el pontífice son algunos obispos y conferencias episcopales los que amordazan con sus llamadas y prohibiciones a veces dictatoriales, y más en España que en otros países. Es más, el propio Benedicto XVI ha sufrido en propia carne la ambigüedad reinante en los medios y la explotación de sus palabras, como en el caso de su conferencia en Colonia o sus palabras sobre el preservativo, cuyo alcance mediático no llegó él mismo a sopesar.

Hoy asistimos a cierto periodismo católico servil y de propaganda, no en servicio a la verdad de lo que ocurre, sino a la verdad impuesta desde un dualismo teológico; no desde el concepto de Pueblo de Dios del Concilio, que también participa del Espíritu Santo. En una palabra, y como decía Shakespeare, “me pueden encerrar en una nuez, pero soy dueño de los espacios infinitos”.

LA TRANSMISIÓN DE LA BUENA NOTICIA

Pues bien, volviendo a la Buena Noticia, no puede escamotearse de este proceso contemporáneo. Los evangelizadores, hombres de Iglesia, pastores o predicadores son, quiéranlo o no, materia noticiable. Y no pueden argüir que son “materia reservada”, para huir de la información. Están en la sociedad y son tratados con las “leyes informativas”, que no miran las intenciones secretas, sino los hechos y su interés informativo, que los periodistas solemos llamar feeling periodístico.

El resultado es desgraciadamente muy ambiguo. La solución para evitar esta ambigüedad no está en crear medios de difusión “piadosos”. Nadie impide que se predique, por ejemplo, por la radio. Pero ésta exige un lenguaje peculiar, un lenguaje radiofónico. Una vez más la credibilidad está en la vida. La muerte martirial de los jesuitas en El Salvador o de los trapenses en el norte de África (admirablemente recogida por el film De dioses y hombres) alcanzaron un eco mundial. Estos hechos valían por sí mismos.

La Iglesia debe reconsiderar su lenguaje. ¿Es en sí misma para el hombre de hoy una buena noticia el ir por la calle con un ropaje negro como distintivo del evangelizador? ¿Saben los clérigos no ya comunicarse a través de los medios, sino simplemente expresar de forma convincente su predicación, su lenguaje habitual en la calle o en el bar?

Los obispos a veces se quejan de que son manipulados por los medios de comunicación, pero no son conscientes de que dan pie a esa manipulación por sus términos abstractos, trasnochados, decimonónicos, ininteligibles, ambiguos, condenatorios para los comunicadores y receptores de la información, especialmente los jóvenes.

Algunos obispos, como por ejemplo Helder Cámara, Pedro Casaldáliga o el cardenal Tarancón, supieron en su día encontrar el lenguaje y la credibilidad de sus mensajes. Ello requiere saber hablar para el hombre de hoy. Una reconversión cultural, que no se llevará a cabo mientras la Iglesia esté de espaldas o en lucha con la cultura contemporánea. Requiere pasar de una actitud a la defensiva a la postura del diálogo que inauguró el Concilio y que parece olvidada para muchos.

Eso no quita responsabilidad a los comunicadores y a los medios que sirven. Con la posible manipulación hay que contar siempre, porque habrá disidentes como los hubo en el pasado. Pero es demasiado fácil echar las culpas al mensajero cuando a veces ni siquiera hay mensaje.

Escribe Robert White: “Durante siglos una de las grandes tentaciones ha sido la identificación del reino de Dios con una nación triunfalista, con leyes y con un gobierno que supuestamente reflejan perfectamente el espíritu del evangelio. O si no se identifica con un estado, entonces se trata de identificar el evangelio con un movimiento político utópico o con un mito cultural. Inevitablemente, esto identifica el reino de Cristo con un reino de poder. Podemos decir lo mismo con respecto a la inculturación del evangelio en una cultura. Pensar que es posible crear una cultura o un sistema de significación que refleje casi perfectamente el espíritu del evangelio es buscar el poder cultural. Igualmente, pensar que podemos crear un ‘mass media’ que represente perfectamente el evangelio es una tentación. Un ‘poder estético’ es, tal vez, peor que un poder político”.

La tecnología y el progreso son, como todo en la vida, bienes ambivalentes. No buenos ni malos en sí. Depende del uso que le demos.

La información puede convertirnos en enanos mentales y teledirigidos como marionetas. Pero es al mismo tiempo el resorte que utilizamos para romper con todas las dictaduras que pretenden impedirnos pensar.

El hombre en su realización terrena, por su finitud y contingencia, no puede alcanzar toda la verdad. Pero la adquiere a retazos, en un proceso de aciertos y errores. Tiene pues derecho a ser informado y a informar.

En este juego de responsabilidades no excuso a los profesionales de la información y opinión: “Son tres las mayores tentaciones que pueden asaltar a los profesionales de los medios de comunicación –ha afirmado el vaticanista Luigi Accatoli, de Il corrriere della sera–: la del poder (servir al poder, o ligarse a una parte política para tener protección, o para favorecer los intereses de la propiedad), la de la audiencia (aumentar la difusión y ampliar el público que nos sigue para incrementar los ingresos publicitarios) y la del tiempo real (batir en rapidez a la competencia, descuidando la comprobación y profundización, para sacar una ventaja de imagen). La mayor de esas tres tentaciones es la de la audiencia, porque está ligada más directamente al beneficio comercial”.

En todo caso no creo, como tanto se ha dicho, que exista una campaña orquestada contra la Iglesia. Es evidente que en medio de un mercado libre donde la Iglesia ya no está protegida desde arriba ha surgido un neoanticlericalismo provocado en parte por los mensajes de la Iglesia jerárquica del “no a todo”. Todos vivimos dentro de un mundo cruel, competitivo y comercializado. La Iglesia es un factor más utilizado por unos y por otros en la batalla política. En este sentido la Iglesia no es la única víctima del deterioro al que asistimos de los valores tanto espirituales como humanos. Quizás su error ante el fenómeno del consumismo salvaje y la caída de los principios tradicionales es pretender encerrarse en sus cuarteles de invierno. Su única alternativa válida, también en este campo, sería en mi modesta opinión, aunque comporte riesgos, bajar de lo alto del castillo a charlar y beber un vaso con la gente y de igual a igual, en la plaza del pueblo, como hicieron su fundador y primeros seguidores en los albores del cristianismo. Como hizo Juan XXIII aquel día que pidió un trago a unos obreros que trabajaban en los jardines vaticanos. “Espera un momento –exclamó agitando el tinto– deja que prepare el vaso”. A pesar de ser Papa, nunca dejó de ser uno más.