LIBERACIÓN. Por un cambio radical

Como se dice en alguna de las colaboraciones de este número, “algo muy serio debe de estar sucediendo en el mundo y en el seno de la Iglesia para que personas no creyentes, y además de izquierdas,  sientan la necesidad de pronunciarse públicamente en defensa de un Papa”. Dejemos que el lector descubra por su cuenta ese “motivo tan serio” y valore personalmente los argumentos que obligan a estos intelectuales a defender  la labor que está haciendo el papa Francisco.

Por nuestra parte y a la vista de los destrozos que el neoliberalismo sin frenos está causando en las clases sociales más frágiles, ante la destrucción planetaria que estamos haciendo del medio ambiente y frente a la represión que la política oficial ejerce diariamente sobre los movimientos sociales, pensamos que ha llegado el momento de emprender un cambio de rumbo.

Esto nos ha llevado a pensar un número especial, singular. Su temática es la crisis global de la política, pero en él se habla tanto o más de religión, de cristianismo. Y esto  no se debe a una repentina conversión neoconservadora, sucumbiendo a la ola que sopla en estos tiempos con furia inusitada a nivel planetario. Evidentemente, no. Más bien todo lo contrario.

Este número de ÉXODO quiere ser, como se dice en el subtítulo, un alegato por un cambio radical de la política que englobe  la economía, la ecología y la religión. Radical, porque, pensamos, estamos en una hora decisiva de la humanidad. Y la radicalidad requerida les puede venir, como sugiere con gran convicción Michael Löwy en su entrevista, del “cristianismo de liberación”. Porque tanto la política como la religión son liberadoras, o no son. De ahí el título global del número,  LIBERACIÓN.

No valen ya, pues, las medias tintas. Ante todo lo que nos está pasando, es preciso radicalizar la política, las políticas democráticas constantemente recortadas y agredidas y la defensa del sistema tierra cada día en mayor peligro de extinción. Con las frágiles armas de los Derechos Humanos necesitamos enfrentar la lógica de un sistema como el nuestro, el capitalismo, poderosísimo e “intrínsecamente perverso” (como advierte Löwy), que todo lo convierte en mercancía y cuya religión está exigiendo a diario, como el dios Moloc, insaciables  sacrificios humanos. En su último ritual, sobre el altar de Mercado, exige abiertamente  la inmolación del mismo planeta.

El reto es de enormes proporciones, pero en ello está en juego la esencia misma de nuestra libertad.  Vamos a necesitar  mucho valor, constancia y compromiso con el presente y el futuro para defender al ser humano sobre una tierra habitable. Somos conscientes de que nos estamos enfrentando a la mayor religión del planeta que expande su doctrina a través de unos medios de comunicación poderosísimos y unas “iglesias” que bendicen la acumulación, el consumo y la sumisión del ser humano como signos de la bendición del dios Mercado.

Para hacer frente a este reto, se necesitan todas las manos para ir trazando entre todos, creyentes y no creyentes, un camino de salida al sistema actual. De poco nos sirven las quejas cuando hacemos tan poco para salir del atolladero. Y tenemos brillantes recuerdos de hasta dónde podemos alargar juntos el camino cuando, al esfuerzo de la ciencia y de la técnica por cambiar las cosas, le añadimos un suplemente de espíritu.

Particularmente los cristianos, junto a tantas otras cosas que es preciso olvidar, llevamos en la mochila dos fuerzas de enorme importancia. La memoria de tantos espacios donde se ha apostado, desde los comienzos,  por la liberación del ser humano y el reto permanente por liberar el Evangelio de tantas adherencias —entre ellas,  como se dirá en este número, la misma religión dogmatizada y ritualista— como se le van pegando en la historia.