LAS VÍCTIMAS EN LA EXPERIENCIA DE VIDA Y TEOLOGÍA CRISTIANAS

Jon Sobrino

Éxodo 101 (nov.-dic’09)
– Autor: Jon Sobrino –
 
JESÚS ACABÓ SU VIDA COMO UNA VÍCTIMA

Hay muertes que llevan consigo un elemento añadido de escándalo irrecuperable para la razón y también para la fe. Escándalo mayor es la muerte de niños, que no han cumplido sus días y, que incluso, inocentes, han muerto asesinados. Niños, y también hombres, mujeres, ancianos, son asesinados inicuamente por regímenes de seguridad nacional, o mueren por “daños colaterales” o mueren a causa del hambre perfectamente superable.

Y escándalo es también la muerte por asesinato de los que han trabajado y luchado por la justicia: desde los profetas de Israel hasta los innumerables mártires y caídos en los últimos treinta años en América Latina. Ante la muerte de “víctimas” permanece el escándalo: a los mejores, a quienes defienden al oprimido, la injusticia les da muerte. En la tradición cristiana se comprende el destino de los seres humanos desde el destino de Jesús. Lo que hay que tener muy claro es que no acabó su vida “cumplidos sus años”, sino como una víctima; y que la resurrección no consistió en devolver a la vida un cadáver, sino en hacer justicia a una víctima.

Esto, tan evidente en el Nuevo Testamento, no ha solido serlo sin embargo. Y, consecuentemente, tampoco lo ha sido poner la muerte de Jesús en relación con la realidad crucificada de las víctimas de la historia.

LA PRIMERA PREDICACIÓN CRISTIANA SOBRE LAS VÍCTIMAS

La resurrección de Jesús fue proclamada como un drama en dos actos: “Ustedes, por mano de los paganos, lo mataron en una cruz. Pero Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte” (Hech 2,24). La resurrección de Jesús es, pues, presentada como respuesta de Dios a la acción injusta y criminal de los seres humanos, como lo expresa el “pero”. Y por ser respuesta, para comprenderla bien hay que tener presente la Cusa de la cruz de Jesús. No cualquiera ha sido resucitado, sino Jesús de Nazaret, el que anunció el reino de Dios a los pobres y los defendió, y por ello fue perseguido, condenado a muerte y ejecutado, y quien en todo momento mantuvo confianza en un Dios que es Padre.

Resurrección dice, pues, antes que nada, hacer justicia a una víctima, no sólo revivir un cadáver, por más que esto sea un presupuesto lógico.

LA ESPERANZA DE LAS VÍCTIMAS

Este hecho fundamental introduce la esperanza en la historia, en los seres humanos, en la conciencia colectiva, como una especie de existencia histórico que puede configurarlo todo. En directo, se trata de una esperanza para las víctimas. Y entendemos aquí por víctimas tanto a las grandes masas de pobres y oprimidos, a las que se les da muerte lentamente, como a los que son asesinados por denunciar la injusticia y buscar activamente la justicia.

Si el resucitado es una víctima, la esperanza que desencadena es esperanza en directo para las víctimas: éstas pueden esperar la justicia y la vida que les ha sido negada de mil maneras.

Jesús, conectando con los profetas de su pueblo, programáticamente anuncia la llegada del reino “únicamente a los pobres”, como dice J. Jeremías; y en concreto, les dice: “ustedes comerán, reirán” (Lc 6,21 s.); no así los ricos, que “pasarán hambre y llorarán” (Lc 6,25). Esa parcialidad de la realidad de Dios y de sus promesas, llena de compasión y justicia, resplandece, límpidamente, en la resurrección de Jesús.

Resulta, ciertamente, audaz hablar de la esperanza de las víctimas, especialmente cuando por víctimas entendemos no tanto individuos que libremente se deciden a luchar por la justicia, sino las mayorías pobres y oprimidas.

A veces, a los pobres se da por supuesto que les es fácil tener esperanza en otra vida más allá de la muerte, porque la vida de aquí les es sumamente hostil, lo cual sería la condición de posibilidad de la religión, según Marx, y de lo que se aprovecharían las religiones para medrar.

Yo pienso que no podemos penetrar hasta el fondo de las víctimas. Es fácil conocer sus esperanzas concretas, pero cuál sea su esperanza global, en plenitud, ése es su secreto. Desde fuera, pienso que pueden encontrar esperanza en la resurrección de Jesús, un crucificado como ellos, cuando les es anunciada como “buena noticia”.

LA ESPERANZA DE LAS NO-VÍCTIMAS: EL CAMINO A SEGUIR

¿Y la esperanza de los no-pobres, de las no-víctimas?

Se requiere, como primera condición para generar esta esperanza, que la muerte propia sea producto de entrega por amor a los otros y a lo que en los otros hay de desvalido, pobre, indefenso, producto de la injusticia, entonces se da un parecido entre esa vida y esa muerte y la vida y la muerte de Jesús. Y sólo entonces se puede participar también desde un punto de vista cristiano en la esperanza de la resurrección.

Y, en segundo lugar, la respuesta al escándalo de la muerte que parece poner fin a toda esperanza, seamos pobres o no-pobres, es indeclinablemente personal. Pero parece que el camino a seguir es que nos propongamos combatir la injusticia que da muerte a las víctimas, que nos planteemos lo que podemos hacer por ellas y lo que podemos hacer para que las víctimas tengan esperanza. Lo cual significa simplemente que debemos olvidarnos de nosotros mismos acompañándonos del recuerdo de las víctimas y que se convierte en un desvivirse por ellas. Allá donde hay amor, los pobres pueden tener esperanza, y nosotros con ellos.

SI EL PRIMOGÉNITO ES UNA VÍCTIMA, LOS POBRES Y LAS VÍCTIMAS SON EL CENTRO DE LA IGLESIA

En la resurrección, Jesús vive en plenitud, pero mantiene sus llagas. Nosotros vivimos en las llagas de la historia, pero podemos participar en la plenitud. Lo importante es saber cómo podemos vivir ya como resucitados. Para ello se requiere vivir en la historia algo de “plenitud” que consiste en el amor y algo de “triunfo” que está en la superación del egoísmo. Cumplimos todo esto cuando, obrando libremente, vencemos a nuestro egocentrismo y amamos; y cuando en situaciones de gran sufrimiento, vivimos con gozo, cantamos y lo celebramos juntos, sin lugar para la tristeza; y, cuando para “bajar de la cruz a los crucificados” actuamos como resucitantes, respondiendo, como dice Casaldáliga, “a cada acto de fe en la resurrección con un acto de justicia, de servicio, de solidaridad, de amor”.

En la primera generación de cristianos se mantuvo la intuición de que Jesús no resucitó aisladamente, sino “como el primogénito de muchos hermanos” (cf. Rom 8,29; 1 Cor 15, 3…). Si esto es así, entonces bien podemos entender la comunidad escatológica como comunidad de pobres y víctimas y, en concreto, la Iglesia como Iglesia de los pobres. Desde América Latina se afirma que los pobres son “su principio de estructuración, organización y misión” (I. Ellacuría).

La vida cristiana es “en comunidad” y en el centro está el primogénito, “una víctima”. Los pobres y las víctimas no sólo son destinatarios de la acción ética de la Iglesia, sino su centro.

Pero Jesús es también el primogénito en caminar hacia Dios. Camino con confianza en un Dios que es Padre y en disponibilidad a un Padre que es Dios, caminó descansando en el Padre y abierto a un Dios que no le dejaba descansar. La resurrección fue el encuentro definitivo con ese Dios Padre.

Nosotros estamos en camino hacia ese mismo Dios. Este misterio último lo vivimos en nuestras experiencias de cada día sin que nos sea dado alcanzar lo que siempre está más delante de nosotros.

Si caminamos en la historia, intentando bajar de la cruz a los crucificados, mostrando ternura a las víctimas despreciadas y silenciadas, quizás desde dentro podemos dejar que el misterio último, Dios, configure nuestras vidas. Y quizás tengamos la esperanza de que al final del caminar nos encontraremos con ese Dios en la comunidad de los resucitados.

LA REALIDAD DEL MARTIRIO Y LAS VÍCTIMAS

Quiero relacionar ahora la realidad del martirio con las víctimas. La pregunta fundamental es ésta: ¿qué causa fundamental defendían los mártires y por qué les arrebataron la vida? Vale para esto el ejemplo de don Pedro Casaldáliga. Él ha expresado más de una vez el deseo de ser mártir. Pero creo entender lo que quiere decir. Don Pedro no es masoquista, no hace falta más que ver cómo canta a la vida. Menos aún es arrogante, como aquellos cristianos de los primeros siglos que buscaban activamente en el martirio una perfección mayor, hasta el punto de que la jerarquía tuvo que frenarlos y condenarlos. Seguramente su deseo consiste en expresar con radicalidad su amor a las víctimas, que con ellas quiere solidarizarse hasta el final. Es la desmesura del amor. Así lo ve don Pedro en Jesús, el hermano mayor, primogénito de la resurrección, pero antes primogénito de la fe y primogénito en la entrega.

Cuando don Pedro ha defendido a las víctimas –y de ello tenemos ejemplos impresionantes– se trata por supuesto de una defensa concreta e inmediata, pero con ello quiere defender también una causa mayor: la justicia, la defensa del derecho de los indios a sus tierras y a la vida. Esta causa –defensa de las víctimas y fidelidad hasta el final en presencia de injusticia, violencia, asesinato– ha marcado la vida entera de don Pedro.

El martirio aprehendido en su realidad remite –mejor que cualquier dogma o canon– a la cruz de Jesús. Y desde ahí puede remitir a su resurrección. Es la experiencia de don Pedro: “Desde mi fe cristiana ésta es la alternativa: vivos, vivas, o resucitados, resucitadas; vivos aquí mortalmente, vivos ‘allá’ resucitadamente… La muerte, por la que ‘pasamos’ (toda muerte es pascual), nos es connatural ciertamente… La resurrección no nos es con-natural: es puro don gratuito del Dios de la vida”

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