LAS ÉTICAS TEOLÓGICAS FEMINISTAS

Lucía Ramón Carbonell

Éxodo (spet.-0ct.’09)
– Autor: Lucía Ramón Carbonell –
Hacia la libertad de las mujeres
 
1. Alteridad, discriminación y feminismo

Las éticas teológicas feministas plantean en toda su radicalidad dos cuestiones fundamentales: el respeto y el reconocimiento de la alteridad y la posibilidad de establecer relaciones personales y sociales de reciprocidad y justicia. ¿Cómo promover y establecer relaciones igualitarias, de no dominación, entre los diferentes por cuestión de sexo, raza, clase social o cualquier otro motivo? ¿Cómo desarrollar una relación piadosa con lo otro, con la realidad? Y utilizo el término no en el sentido religioso, sino en el sentido más laico y radical, tal y como lo emplea la gran María Zambrano.

A pesar de la innovación que introducen las éticas teológicas feministas en el universo simbólico cristiano, muchos creyentes consideran que ya ha pasado el tiempo del feminismo. Habríamos llegado ya a algo así como el final de la historia también en este terreno. Desde esta perspectiva un planteamiento feminista no dejaría de ser una protesta irrelevante e innecesaria sobre lo obvio: la casi total igualdad de derechos y de oportunidades entre varones y mujeres. Ante esta posición bastante generalizada cabe preguntarse: ¿necesitamos el feminismo todavía como teoría y análisis de la realidad, como propuesta utópica y como movimiento social? Y en relación al tema que nos ocupa: ¿debe pasar la ética, y la ética teológica en particular, por el crisol del feminismo?

Desgraciadamente la realidad desmiente el sueño (o el opio) de la igualdad en el que muchas mujeres hemos crecido ya a partir de la democracia y que sigue siendo una utopía para la inmensa mayoría de las mujeres. Los datos claman al cielo y provocan la reflexión. Según los informes de Naciones Unidas, y otras instituciones como Amnistía Internacional o el Banco Mundial, varones y mujeres vivimos en mundos diferentes. La diferencia sexual es determinante para el empobrecimiento o el acceso a la riqueza y a las oportunidades educativas, sanitarias, sociales y de todo tipo.

El número de niñas y mujeres desaparecidas en el mundo desde los años 90 –que es el diferencial entre las mujeres que existen y las que deberían existir si no hubiese discriminación- alcanza casi los cien millones. El 67% de los pobres en el mundo son mujeres. Ellas representan el 70% de adultos analfabetos, el 80% de la población desnutrida y el 67% de los niños no escolarizados. Aunque su trabajo representa el 52% sólo poseen el 1% de la tierra, el 2% del crédito agrícola y el 10% del dinero en propiedad. Una de cada tres mujeres sufre malos tratos o abusos sexuales y el 47% de las mujeres manifiesta que su primera relación sexual fue forzada.

La justicia, el bien y la felicidad son los grandes territorios de la ética, y sin duda en estos terrenos, si nos alejamos de las abstracciones hay un subtexto de género que debe tomarse en consideración para un análisis certero y más objetivo de la realidad y para cualquier consideración ética sobre los grandes problemas de nuestro mundo. Desde la perspectiva de la ética teológica feminista, la salvación, es decir, el bien y la felicidad en términos individuales, comunitarios y cósmicos, es entendida como Shalom. En continuidad con la tradición bíblica la salvación es paz, plenitud de vida para todos los vivientes y para toda la creación empezando por los últimos y los más vulnerables, comunión en la diversidad y vida y goce de vivir compartidos. Y ésta sólo se realiza allí donde se dan y se practican la justicia, la reciprocidad y el reconocimiento.

2. El feminismo como proyecto de emancipación

No es casual que el discurso que a continuación voy a citar lo pronunciara Sojourner Truth, cristiana y feminista, en los albores del movimiento feminista. Ella fue la única mujer negra presente en la Primera Convención Nacional sobre los Derechos de la Mujer, que tuvo lugar en Worcester, Massachusetts, en 1850. No deja de ser paradójico que esta esclava emancipada y analfabeta tuviera que reivindicar su dignidad como mujer, negra y trabajadora, ante un auditorio hostil de varones y mujeres sufragistas blancas, apelando a la memoria de un varón, campesino y judío. Para ella, Jesús, el Cristo, inspiraba su lucha por la emancipación de las mujeres y su rebeldía moral: “Ese hombre de ahí dice que a las mujeres hay que ayudarlas a subir a los carruajes, y alzarlas sobre las zanjas, y dejarles el mejor sitio en todas partes. ¡A mí nadie me ayuda nunca a subir a los carruajes ni a pasar sobre los charcos, ni me dejan ningún sitio mejor! ¿Y no soy yo una mujer? ¡Miradme! ¡Mirad mi brazo! ¡He arado y plantado, y cosechado en los graneros, y ningún hombre podía superarme! ¿Y no soy yo una mujer? ¡Podía trabajar tanto y comer tanto como un hombre –cuando podía conseguirlo– y aguantar el azote también! ¿Y no soy yo una mujer? He tenido trece hijos, y los vi vender a casi todos como esclavos, y cuando lloraba con el dolor de una madre, ¡nadie sino Jesús me escuchaba! ¿Y no soy yo una mujer? ¡Luego ese hombrecillo de negro de allí dice que las mujeres no pueden tener tantos derechos como los hombres porque Cristo no era mujer! ¿De dónde salió vuestro Cristo? ¡De Dios y de una mujer! El hombre no tuvo nada que ver con él. Si la primera mujer que Dios creó fue suficientemente fuerte para dar la vuelta al mundo ella solita, todas estas mujeres juntas deben ser capaces de ponerlo derecho otra vez, y ahora que están pidiendo hacerlo, los hombres más vale que las dejen”.

No podemos sentir como ajena una cuestión en la que Jesús tomó posición de forma inequívoca. Hoy, como en tiempos de Jesús, la discriminación está matando a las mujeres en todo el mundo. Se trata de una lenta agonía, silenciosa e invisible, que hace falta denunciar como uno de los pecados más graves de nuestro tiempo. Un signo del antireino en la historia. En los evangelios uno de los signos de la irrupción del reino de Dios es precisamente la sanación de las mujeres de todas sus dolencias. También hoy la salud de las mujeres ha de ser considerada un indicador teológico. Preservarla y cuestionar la discriminación como una realidad que enferma gravemente a las mujeres forma parte del anuncio integral del Evangelio.

Uno de los indicadores de la irrupción del reino de Dios en los evangelios es la salud y la sanación integral de las mujeres. Sin la salud y la plenitud de vida de las mujeres no hay salvación. Por ello las teologías feministas indagan las causas profundas, económicas, sociales, psicológicas y espirituales del empobrecimiento de las mujeres en todas sus dimensiones vitales. También indagan las causas y las consecuencias de la violencia contra las mujeres y la feminización de la pobreza y proponen alternativas. Porque la violencia contra las mujeres y la tolerancia o la indiferencia respecto de ella suponen un embrutecimiento inaceptable de la humanidad del mismo modo que la pobreza de las mujeres nos empobrece a todos. Finalmente propone la creación de un nuevo paradigma teológico inclusivo y liberador para toda la humanidad que posibilite un nuevo orden de relaciones, una comunión auténtica entre todos los seres humanos, varones y mujeres y con toda la creación.

3. Eva y Pandora: el género culpable

Pero a pesar de los antecedentes evangélicos en la tradición teológica, literaria y filosófica de occidente la mujer ha jugado un papel secundario pero imprescindible para explicar acontecimientos decisivos. Sin “la mano femenina” era difícil “explicar” problemas acuciantes como el origen del mal, del dolor o de la muerte, que se remontaban a la imprudencia de Pandora o de Eva. Arquetipos interesados y misóginos que están en el trasfondo de la antropología, la ética y la política en occidente. También de los padres de la Ilustración y de nuestro modelo social y político actual. Uno de los primeros teólogos cristianos, Tertuliano, escribía: “… Deberías llevar siempre luto, ir cubierta de harapos y abismarte en la penitencia, a fin de redimir la falta de haber sido la perdición del género humano… Mujer, eres la puerta del diablo. Fuiste tú quién tocó el árbol de Satán y la primera en violar la ley divina”. Siglos más tarde, Rousseau justificará la exclusión de la mujer del espacio público y político, y su especialización en la reproducción, recurriendo de nuevo ¡al pecado original!, del que hace a la mujer principal responsable.

Como ha mostrado el historiador Jean Delumeau, en la historia del cristianismo va a aparecer muy pronto la figura de la mujer como un “agente de Satán”. Eva, la seductora, la que trajo el mal al mundo por su comercio con la serpiente, es un arquetipo omnipresente en nuestra cultura. Ella representa a la mujer como género culpable, ocasión del pecado y tentación. Para los teólogos, siguiendo a San Agustín, su cuerpo impuro y sucio la aleja más de Dios que el del varón y se interpone entre ellos. El varón deberá alejarse de ella si quiere estar cerca de Dios y también alejarla de las cosas sagradas, que ella contamina por su cuerpo impuro y corrompe por la debilidad de su voluntad.

Esta consideración de la mujer como mal y la maldición de ser mujer es uno de los aspectos de la antropología y la ética teológica que necesita una urgente revisión. Hasta muy recientemente los pilares fundamentales del discurso teológico-eclesiástico sobre la mujer, que todavía pervive en el imaginario colectivo sobre lo femenino, han sido la consideración de la mujer como “agente de Satán”, tentadora y pecadora, como “varón defectuoso o fallido”, el modelo de la “mujer custodiada” y la sublimación de la maternidad como meta y vía de expiación-realización para la mujer. Las mujeres, constitutivamente más débiles y proclives al mal que los varones, debían permanecer en estado de sujeción y ser custodiadas por ellos de cualquier tentación e incluso de sí mismas, de su propia naturaleza fácilmente corruptible.

Frente a esta concepción, Ivone Gebara ha puesto en el centro de la teología la realidad del mal padecido por las mujeres, especialmente cuando es infligido por los varones y por un orden social patriarcal que se basa en el sacrificio natural de las mujeres. Como ha señalado Elisabeth Schüssler Fiorenza, las mujeres son educadas para la “domesticidad”, para el papel social de madre-esposas, es decir, para el trabajo gratuito y no remunerado en nombre del amor, tanto en la familia como en la Iglesia y en la sociedad.

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