La tierra y los campesinos

Soraya Arín

Los campesinos y la tierra han estado íntimamente relacionados, manteniendo una relación no solamente material sino también espiritual.

El pueblo campesino tiene un vínculo especial con la tierra, los animales y la naturaleza. Ellos crean su entorno y su territorio, donde están sus raíces, su cultura y su conocimiento. Esto le permite hacer una gestión de su entorno de la forma más respetuosa posible, ya que ellos y la tierra forman uno. La tierra no es una simple productora de alimentos como en la agroindustria o como los agricultores de tractor que no son conscientes de la repercusiones que ocasionan al medio ambiente tanto en su forma de producir, como en su comercialización y que esto haya llevado a la desaparición del campesinado (su cultura y saberes), todo por la competitividad.

La tierra es vida porque es el suelo de su historia, de su cohesión, de su supervivencia, de sus vivencias, en ella se vive. La tierra es la base de su cultura es fuente de su subsistencia, raíz de su organización comunitaria, y la fuente de la visión holística. Esta relación con la naturaleza y su entorno le da seguridad y sentido a su vida.

Las tierras muertas arrasadas por los agroquímicos no tienen olor, pero las tierras trabajadas con respeto, como hacía y hace el campesino, las tierras están vivas, huelen a vida, se las trabaja de forma autosuficiente y comunitaria, abonándolas con estiércoles animales, se las cava con azada o con tracción animal, incluso se mira al cielo y las estrellas para predecir el tiempo.

La relación con los animales no es mera obtención de productos y servicios, sino es mucho más profunda, ya que se mantiene una conexión de generaciones, ya que se seleccionan los animales de madres a hijas y vas creando un vínculo hacia la labor que desempeña. A través de este manejo de la tierra, el bosque y los animales se va creando una gestión del entorno que lo van conformando y se va cuidando ya que es el sustento no del yo sino del nosotros.

En la cultura campesina el yo queda relegado a un plano secundario a diferencia que en la sociedad capitalista, donde somos meros productores y consumidores, y tenemos una visión egocéntrica. El nosotros es fundamental en la cultura campesina, gracias a esa identidad comunitaria y esa conciencia colectiva ha sido posible que se perpetuase en el tiempo, con prácticas culturales como los trabajos comunales, tradiciones comunitarias, toma de decisiones colectivas. La comunidad se fortalece y toma conciencia de su identidad, por trabajar en común, por mantener su cultura y proteger su entorno, realizándose así como pueblo campesino libre que es poseedor de su tierra y su producción, en términos no solo de propiedad sino de pertenencia.

Habitar lo común es gestionar lo que le une, identificar las necesidades compartidas y buscar las fórmulas para resolverlas colectivamente. Habitar lo común es restituir la conciencia acerca de los límites de la actividad humana sobre el entorno natural inmediato, que nos ofrece el agua limpia, los medios para elaborar nuestros alimentos y los recursos para encontrar abrigo. Significa al mismo tiempo, ser los beneficiaros de los aspectos más válidos y recuperables de la herencia acumulada que nuestros antiguos nos han brindado, su capacidad para superar las adversidades desde el esfuerzo y el sacrificio, el trabajo en común y el ingenio creativo.

¿Acaso no nos sentimos comúnmente abrumados por la transcendencia de nuestras sociedades pasadas o cuando vemos guiños en nuestro mayores? ¿Nos conmueven quizás esos espacios sociales en la medida que recrean algo verdaderamente humano, frente al trazo humano imposible de descifrar en las creaciones de la producción tecnológica capitalista? La espiritualidad nace de esta visión y concepción en la que todos los seres que hay en la madre tierra tienen vida y se interrelacionan.