LA POSDEMOCRACIA EN SIETE PARADOJAS

José Vidal-Benyto

Éxodo 104 (may.-jun)
– Autor: José Vidal-Benyto –
 
LA escasa viabilidad del relanzamiento democrático toma pie en un sistema político, la consabida democracia plural y representativa, cuyas disfunciones estructurales y contradicciones sustantivas revelan su inadecuación radical a la realidad presente. Inadecuación, que ni los retoques de procedimiento, ni siquiera la eventual recomposición global de todo el paisaje político, pueden subsanar. Inadecuación que da lugar a una situación, ambigua y confusa que, a falta de mejor denominación, podemos calificar, siguiendo a Václav Havel, de posdemocracia.

Siete contradicciones/paradojas nos ayudarán a elucidar sus características más determinantes.

PRIMERA PARADOJA

La democracia es hoy no sólo un régimen político que se ha impuesto de forma unánime y universal, sino también, y quizás sobre todo, una concepción del mundo que a muchos les parece y, en cualquier caso, funciona como in-superable. El triunfo de la democracia es tan absoluto que la posibilidad de encontrar una alternativa práctica o incluso teórica para su sustitución aparece no ya como impracticable, sino, lo que es más, como inconcebible, como no pensable. Ni siquiera en una perspectiva utópica disponemos de propuestas políticas para la convivencia colectiva que no pasen por la democracia. La democracia pierde así su dimensión instrumental y adquiere condición teleológica, configurándose como un fin en y por sí misma, un fin que es además el fin final. De tal modo, que el horizonte democrático, sin posible más allá, transforma –primera paradoja– la condición emancipatoria y de progreso, propia de la democracia, en mecanismo de confinamiento, en instrumento de clausura. Esta democraciacierre lleva el curso político a su término extremo, su advenimiento inmoviliza el discurrir histórico. Los “posmodernos” que nos predican el fin de la historia andan por esas ramas.

SEGUNDA PARADOJA

Esa aceptación unánime y universal, esa condición de modelo único e incuestionable es simultánea de la conciencia, cada vez más generalizada, y ésta es la segunda paradoja, que sus actuales malfunciones hacen que tenga muy poco que ver con cualquier versión de la democracia pluralista, desde la directa hasta la representativa. Es decir, la convierten en inservible.

He escrito en otro lugar que, a partir de la Revolución francesa, la extensión y enraizamiento de los derechos y libertades producen una profunda democratización de muchas pautas colectivas y bastantes comportamientos sociales. Sin embargo, en el ámbito específicamente político, la generalización del voto (que pasa de censitario a universal) no lleva consigo una presencia más efectiva de los ciudadanos; al contrario, se traduce –ejemplificación de la paradoja– en una creciente desparticipación, en una, hasta hoy, irrecuperable atonía ciudadana.

Sus múltiples expresiones, al mismo tiempo efectos y causas, las vemos en el deterioro, cuando no extinción, de muchas prácticas democráticas (conversaciones sobre temas públicos, lectura de revistas políticas, asistencia a debates y reuniones, afiliación a partidos y sindicatos, participación en manifestaciones, contribución a causas colectivas, etc.); en la ritualización del voto, en la transformación de la representación parlamentaria, que de mandato de contenido específico y vinculante se convierte en delegación de carácter general y auto-nomizado, en la oligocratización y burocratización de los partidos que transforma a los militantes en funcionarios, en la mitificación del consenso, entendido como la reducción de lo políticamente opcionable, etc.

TERCERA PARADOJA

Estas disfunciones no son de ahora. Se advierten ya en los años cincuenta y, aunque no tengan la extensión e intensidad que luego irán adquiriendo, originan, a partir de entonces, una importante reflexión respecto de su etiología y de su terapia.

El agotamiento de la democracia como sistema político sitúa la gobernabilidad en el corazón de la teoría democrática y genera una abundantísima bibliografía politológica, cuyo hilo conductor es la rebaja del umbral ciudadano. Así, la escuela pluralista, tomando apoyo en la irreversibilidad de la apatía ciudadana, transforma la democracia en una poliarquía de asociaciones y partidos que limita la participación a los realmente interesados en los asuntos cívicos, único modo de hacer posible el funcionamiento comunitario. La tradición utilitarista, que domina el pensamiento político anglosajón, recurre a la estrategia del ticket gratuito (free ride) para justificar el desinterés del ciudadano racional y legitimar, con ello, tanto el ritualismo electoral como el declive de la militancia política y sindical. La corriente elitista y su pesimismo básico, que comparten con la escuela pluralista la concepción del poder como suma-cero, y encuentran en el neocorporativismo de los años ochenta su última encarnación, margina del ejercicio del poder a la supuesta incompetente mayoría para poder confiarlo a reducidas minorías profesionales como condición socialmente necesaria y, por ende, políticamente legítima del buen gobierno democrático. El conocido informe de la Comisión Trilateral sobre la gobernabilidad de las democracias1 es la más brillante formulación de este consensus científicopolítico.

Ahora bien, esta casi unánime coincidencia, desde hace más de treinta años, de los politólogos europeos y norteamericanos en que el modelo democrático, en sus versiones clásicas, ya no puede funcionar, no ha impedido –tercera paradoja– que el discurso de los líderes políticos occidentales siga recitando en todos los tonos su impracticable contenido doctrinal e incluso postule la elevación del dintel democrático y la necesidad de reforzar los instrumentos tradicionales de la democracia –militancia y participación–, haciendo de su uso la piedra angular de su pervivencia.

CUARTA PARADOJA

En sociedades plurales y complejas como las nuestras, el rasero más fiable para medir la efectividad de su valencia democrática es la alternancia en el poder. Visto desde abajo, cuantas más oportunidades y medios tengan los ciudadanos para decidir el rumbo del Gobierno y para cambiar a sus gobernantes, más democrático será su régimen político. Desde arriba, la moral del éxito, que rige los destinos de nuestra contemporaneidad, es tan absoluta que los políticos sólo piensan en la conquista y conservación del poder, la cratología es su primer saber y la contienda electoral su actividad privilegiada.

La convergencia de estas dos urgencias –la alternancia gobernante y la seducción electoral– hace del plazo corto el soporte, por excelencia, del ejercicio democráti- co actual. Pero, al mismo tiempo, la ciencia social nos enseña –cuarta paradoja– que el tiempo de las transformaciones políticas reales, en definitiva, el único tiempo históricamente válido, es el plazo largo, pues sólo él es capaz de marcar con trazo profundo la vida de los hombres y de los pueblos.

QUINTA PARADOJA

Estado y democracia son dos formalizaciones políticas de decurso entrecruzado y, con frecuencia, interdependiente, aunque no conozcamos, con suficientes certeza y detalles, los modos y grados de esa interconexión. A este respecto, los grandes debates del siglo XIX sobre el antagonismo entre liberalismo y democracia (tan brillantemente lanzado por Tocqueville) y sobre las divergencias entre república y democracia (que Hamilton inicia con tanto brío) que prometían ser de gran fecundidad se nos han agotado en el XX sin habernos llevado demasiado lejos. En cualquier caso, una gran mayoría de los tratadistas coincide en que la democracia moderna es indisociable del Estado-nación y que el contenido y características de éste encuentran su espejo en aquélla. Estado liberal y democracia liberal, Estado del bienestar y democracia social- liberal son términos entre los que no existe una correlación estricta, pero sí una clara homología. Por lo demás, nadie pone en duda que la prevalencia contemporánea de la democracia representativa sobre la directa se debe a la dimensión y funciones del Estado-nación en los dos últimos siglos.

Ahora bien, si el modelo democrático en que vivimos corresponde esencialmente al Estado-nación, ¿cómo podemos consagrar su incuestionabilidad cuando, al mismo tiempo –quinta paradoja–, ese Estado-nación es objeto de un cuestionamiento casi unánime, su descrédito, por ineficaz y opresivo, es general, se le desposee de su competencia territorial, tanto por exceso –mundialización de la vida económica y social e integraciones políticas supranacionales– como por defecto –emergencia de contextos territoriales subestatales con vocación de entidades autónomas o nacionales–, y su pérdida de legitimidad parece irrecuperable?

SEXTA PARADOJA

El pluralismo propio de la democracia y la neutralidad del Estado de derecho exigen la eliminación de toda referencia a cualesquiera valores dominantes de contenido sustantivo en la formulación de las reglas del juego democrático. Esta exigencia se considera como indispensable, pues es la garantía de igual tratamiento para los comportamientos de sus ciudadanos y para las expresiones culturales de sus grupos étnicos y sociales. Pero, a su vez, esta exigencia –sexta paradoja– instala la indeterminación axiológica en el corazón de la democracia y cuestiona radicalmente el porqué de su obligatoriedad.

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