LA NECESIDAD DE UN NUEVO RELATO

Antonio García Santesmases

Éxodo 89 (may.-jun’07)
– Autor: Antonio García Santesmases –
 
Treinta años después de las primeras elecciones democráticas vivimos en un clima de crispación que no ha tenido igual en los años que hemos tenido de democracia. Sería fácil afirmar que todo se debe a una competencia feroz entre los partidos que no se corresponde con las diferencias reales entre las distintas opciones políticas. Sería fácil repetir ese diagnóstico pero no lo voy a hacer porque creo que no se corresponde a la verdad. No estamos ante la pelea de una clase política que vive de espaldas a las preocupaciones de los ciudadanos,que está enfrascada en problemas que sólo a esa misma clase política importa.

Pienso,por el contrario,que nos encontramos ante una opinión pública soliviantada,conmovida en su emocionalidad más primaria,a la que se apela a las vísceras para reaccionar y movilizarse ante lo que los medios adictos a la derecha consideran la ruptura de los pactos básicos que dieron lugar a la transición política.

Tengo la impresión de que muchos lectores de la revista Exodo no frecuentan los medios de comunicación de la derecha ni escuchan las emisoras del mundo católico-conservador y,por ello,quizás no perciben de la misma manera la ofensiva ante la que nos encontramos. Una ofensiva que no ha tenido parangón en otros momentos de nuestra historia democrática. Todo comienza con el diagnóstico realizado por estos medios acerca del proyecto del presidente Zapatero. Todos ellos han caracterizado con la mayor dureza su pretensión de efectuar algunos cambios en la cultura política heredada de la transición democrática.

Podemos comenzar con la caracterización realizada acerca del personaje y de sus propósitos para comprender la magnitud del desafío ante el que nos enfrentamos.

¿ESTAMOS ANTE UNA SEGUNDA TRANSICION?

Si uno lee a los columnistas de la derecha la situación que vivimos se resume de la siguiente manera: un presidente del gobierno que accede al poder de una manera inesperada,fruto de un atentado terrorista,que cambia abruptamente la percepción de la población, llega al ejecutivo decidido a realizar la política que no pudo llevarse a cabo por los límites impuestos al proceso de transición.

Según la interpretación de estos medios si bien la izquierda tuvo que asumir los condicionamientos de aquel proceso y aceptar que no era posible realizar su proyecto,en el fondo de su corazón seguía anidando una voluntad de revancha que ha aparecido en cuanto ha tenido ocasión. Ese revanchismo está unido a la reivindicación de los peores elementos de un modelo que los españoles de bien creían definitivamente olvidado: la reivindicación del republicanismo trasnochado; la defensa del laicismo sectario; la apuesta por un federalismo inviable. Todo envuelto en un inconfundible olor a masonería bienintencionada que pretende resolver los graves problemas de la coyuntura internacional con un pacifismo blando,dispuesto a rendirse a cualquier precio ante el enemigo- sea éste el terrorismo etarra,el islamismo radical- e incapaz de defender con vigor los principios y los valores del mundo occidental.

Este presidente incapaz e insolvente,con sus buenas intenciones y sus resentimientos,nos ha llevado al borde del abismo; es hora de acabar con su gestión antes de que sea demasiado tarde; hay que lograr que su etapa de gobierno quede reducida a un paréntesis en la historia de España y en la historia del socialismo. Sólo con la derrota de Zapatero las cosas volverán a su cauce y podremos poner a los nacionalismos en su sitio; combatir de verdad el terrorismo hasta derrotarlo; ocupar el lugar que nos corresponde en la escena internacional; y enterrar todo este conjunto de soflamas moralizantes,tan bienintencionadas – concederán los más benévolos- como inconsistentes.

Esta interpretación de los columnistas liberalconservadores ha ido configurando un clima de crispación que no habíamos visto en España: las recomendaciones a Zapatero para que sin dilación acompañe a su abuelo en el cementerio; la equiparación de la educación para la ciudadanía con el dictado totalitario del nazismo; la confusión en torno a la cuestión nacional,y otras muchas cuestiones han ido modulando los sentimientos del bloque liberalconservador hasta un nivel de excitación emocional tan intenso que cuesta recordar algo parecido.

Algunas personas de izquierda no aceptan este diagnóstico y acostumbran a relativizar la novedad de este comportamiento aludiendo al hecho de que la derecha siempre actúa de la misma manera. Creo que no es cierto. La derecha española fue extremadamente dura con Felipe Gónzalez al final de su mandato; para entonces éste llevaba catorce años en el gobierno y al final de su gestión se habían ido acumulando problemas de corrupción de enorme gravedad. No es habitual que acaben envueltos en escándalos el director de la Guardia Civil,el gobernador del Banco de España y el ex presidente del gobierno de Navarra entre otros. Es bien cierto que los medios de la derecha elevaron la tensión (como reconoció posteriormente Luis María Anson) para lograr la derrota de Felipe Gónzalez porque no veían otra manera de acabar con su liderazgo,dado el apoyo electoral del que éste disfrutó hasta el final.

La situación ahora es muy distinta. A Zapatero no se le reprochan temas de corrupción; lleva muy poco tiempo gobernando,y sin embargo,suscita un odio visceral que no se daba en el caso de Felipe Gónzalez. ¿Cuál es el motivo?

El primero y esencial es que Zapatero aparece Punto de mira ante la opinión pública como alguien que reconoce con orgullo ser heredero de los que perdieron la guerra civil. Zapatero es hijo de un vencido. Al principio parecía que el asunto no tenía relevancia pero eso era lo que creíamos ingenuamente. La realidad ha desmentido nuestros asertos. Zapatero ha removido uno de los puntos clave de la transición. Ha decidido dar cauce a la reivindicación de algunos de los grupos que pretendían hacer justicia a las victimas del franquismo,dev olverles su dignidad y recuperar su memoria. Es verdad que lo ha hecho con suma prudencia pero,sin embargo,la polvareda levantada es tal que refleja mejor que todos los análisis posibles los límites de la democracia española.

La transición se realizó desde el miedo. Miedo a repetir los errores del pasado,miedo a provocar un conflicto fratricida entre los españoles,miedo a polarizar la sociedad y crear un clima de guerra civil. Ese miedo es el que provoca que se decida que hay que echar al olvido los agravios,los recuerdos de la represión,los momentos de dolor,que no es el momento de pedir un ajuste de cuestas ni de dar cauce a una justicia reparativa. Esa política marca la especificidad de la transición española. En otros países el recuerdo remite a lo vivido en una guerra mundial,a la responsabilidad ante el crecimiento y el desarrollo del nazismo,a la claudicación de muchos ciudadanos ante el totalitarismo. Cuesta mucho reconocer que una gran mayoría no supo estar a la altura y decir no cuando todavía era tiempo. Baste con pensar en la polémica suscitada acerca de las últimas revelaciones de G.Grass.

Nuestro caso es distinto. Se afirma que,ante la realidad dramática de una guerra civil,la memoria debe ser total,que no cabe realizar una memoria selectiva, que sólo mire a un lado. Nada más justo pero hay que añadir que uno de los bandos,el que triunfa en la guerra civil,utiliza selectivamente la memoria durante años y años para recordar a los caídos por Dios y por España. El otro bando tiene que exiliarse,viv e en las cárceles,o espera agazapado la oportunidad de ir rehaciendo su vida. Muchas de esas historias particulares,de esos padecimientos específicos, tuvieron que ser olvidados cuando llegó la transición porque la prioridad era consolidar la democracia.

Lo ocurrido con la propuesta de Zapatero demuestra que hay una España republicana que esperaba su oportunidad. En cuanto esa España ha querido levantar la voz,ha sido tan duramente denostada,que hay que concluir que existe un franquismo en España que es cualquier cosa menos residual. No es una anécdota la importancia de escritores como Pio Moa,César Vidal o José María Marco,y su enorme capacidad de ventas. Han estado en el ranking de los bestsellers durante meses.

En todo este enorme y terrible drama hay una dificultad casi imposible de salvar: la incapacidad de la derecha cultural española para equiparar el franquismo con el nazismo y el fascismo italiano. Una imposibilidad que redunda en la dificultad para construir un relato de la historia de España que sea creíble. Los mismos que critican a Zapatero por dar alas a los que quieren reivindicar la memoria histórica son los que,a su vez, reivindican una interpretación exclusiva de la historia de España. Por un lado afirman que a nadie le preocupa lo que ocurrió hace más de setenta años en la guerra civil. Por otro,sin embargo, proclaman con orgullo que somos una gran nación que no tiene complejos en afirmar sus raíces (unos remontan esas raíces a hace más de tres mil años y otros,más modestos,se conforman con quinientos años). La derecha va recuperando el terreno en el campo de la historiografía mientras la izquierda ha ido cediendo el terreno en manos en unos casos de los nacionalismos periféricos y en otro de los cosmopolitas apátridas. Por ello es tan difícil desconectar el tema de la memoria de la cuestión de la nación.

II. ESPAÑA: NACIÓN DE NACIONES

Toda la legislatura ha estado marcada por dos objetivos que hoy están puestos en cuestión: el proceso de paz en el país vasco y la reforma de los estatutos de distintas autonomías,comenzando con la catalana. No era poca cosa conseguir acabar de una vez por todas con la pesadilla etarra y lograr asentar una nueva concepción de la nación española.

Es mucho más doloroso el primer fracaso,pero es mucho más significativo,desde la perspectiva con la que enfocamos este trabajo,el segundo.

Antes de que se produjera el atentado de la T4 en Barajas y el comunicado de Eta del pasado mes de junio se habían acumulado muchos datos que Punto de mira Zapatero ha removido uno de los puntos clave de la transición. Ha decidido dar cauce a la reivindicación de algunos de los grupos que pretendían hacer justicia a las victimas del franquismo, devolverles su dignidad y recuperar su memoria reflejaban lo difícil que era modificar el imaginario español. Desde las elecciones de marzo del 2.004 hasta el 30 de diciembre del 2.006 trascurren casi tres años. Tres años completos si contamos desde las elecciones autonómicas catalanas de noviembre del 2.003 hasta las autonómicas de noviembre del 2.006. Tres años donde Cataluña hace una oferta a España que es recibida con una inequívoca muestra de recelo,de desconfianza,de hostilidad.

Comienza la desazón cuando se descubre que el Conseller en Cap J. L. Carod Rovira ha negociado con representantes de la banda terrorista Eta las condiciones para el abandono de las armas. Cuando se produce el atentado del 11 de marzo del 2.004 y se piensa en las primeras horas que ha sido Eta todo fue responsabilizar a Carod Rovira- Maragall-Zapatero “que estarán contentos con haber evitado la sangre en su tierra y haber logrado que el atentado sea en Madrid”. Todo el que vivió aquellas primeras horas difícilmente podrá olvidar el odio acumulado contra el gobierno catalán.

El descubrimiento de la verdad de la autoría de los atentados provocó el vuelco de la opinión pública que todos recordamos,pero el daño estaba hecho. Un daño que vendría a identificar a Ezquerra Republicana de Cataluña con todo el espectro de la compleja vida política catalana. Si toda Cataluña era igual a Ezquerra y si Ezquerra era igual a Batasuna- Eta la demonización estaba asegurada.

Una población como la española,agotada por años de terrorismo,era continuamente bombardeada con un mensaje simple pero eficaz: el terrorismo etarra tiene su raíz en el nacionalismo vasco; el nacionalismo vasco es etnicista; todos los nacionalismos son perniciosos; el nacionalismo catalán es aún más peligroso que el vasco porque pretende acabar con el Estado y romper España.

Es comprensible que este discurso que ha calado tanto en lugares como Madrid y Valencia (y ello explica algunas de las razones del descalabro electoral de los socialistas) sembrara de inquietud a muchos ciudadanos de la España periférica y a muchos progresistas de la España central,que no entendían cómo se producía esa identificación grosera entre los distintos nacionalismos y esa reducción de todos ellos a una pandemia fruto de una enfermedad peligrosa y violenta.

Sería un buen ejercicio académico estudiar la prensa de Madrid en todo el período anterior y posterior a la negociación del Estatuto de Cataluña y captar la dureza de los comentarios en contra del intento del parlamento catalán. Pondré un ejemplo entre otros muchos. Cuando los representantes del parlamento catalán intervienen en las Cortes Españolas para presentar su proyecto las críticas subieron de tono y se cebaron en la presidenta del Partido de los socialistas de Cataluña,en Manuela de Madre.

El hecho de que esta mujer reivindicara como propia la lengua y cultura catalana; el que mostrara que había emigrado de su tierra andaluza pero había encontrado en Cataluña una tierra de acogida; el que se manifestara a favor de poder simultanear la identidad catalana con la europea y con la española; el que defendiese el modelo cívico de un nacionalismo que logra mantener su identidad sin tener que reivindicar la necesidad de tener un Estado propio…todo ello era demasiado para una mentalidad acostumbrada a polarizar a la opinión pública. Los matices no cabían entre los que piensan que sólo cabe optar entre la defensa incondicional del Estado o la necesidad de contar con un Estado propio para poder realizar en plenitud la identidad nacional. Esta crítica despiadada venía por un lado de los conservadores españoles que seguían defendiendo su tesis favorable a una apuesta por esa España sin complejos que remonta su existencia a más de quinientos años y que no puede admitir otra nación que lo que ellos entienden como nación española. Hasta ahí no había demasiadas sorpresas.

Más grave era lo ocurrido en las filas socialistas. La apuesta parlamentaria del gobierno durante esta legislatura se basaba en alcanzar un acuerdo parlamentario con Ezquerra republicana,con el Bloque Nacional Galego y con Izquierda Unida. Zapatero debía su elección como secretario general del PSOE al voto de los socialistas catalanes. Tenía una deuda con Maragall y había quedado comprometido por unas palabras pronunciadas en plena campaña electoral a las elecciones autonómicas donde se comprometía a apoyar lo que saliera del parlamento catalán.

Esta perspectiva del gobierno no era compartida por muchos de los socialistas que habían sido protagonistas de los gobiernos de Felipe González. Tampoco era compartida por el diario El País.

Para todos ellos el apoyo de los socialistas catalanes era imprescindible si se quería tener una mayoría parlamentaria en Madrid. Aceptaban de buen grado los votos del Psc pero no habían asumido la novedad de la izquierda catalana.

Ese fue,a mi juicio,el mayor handicap. El hecho realmente nuevo de la España de los años setenta frente a la España de los años treinta se basaba en que el socialismo era hegemónico en Cataluña. Esto no había ocurrido en los años treinta. Gracias a la imbricación entre los catalanistas progresistas,que venían de los medios estudiantiles,y de los trabajadores inmigrantes,se había constituido un partido que lograba grandes resultados en las elecciones municipales,que daba mayorías en el parlamento en las generales pero que siempre sucumbía en las autonómicas. Y eso fue así hasta que se juntaron dos elementos: el final del gobierno de Pujol tras veintitrés años y el contar con un líder electoralmente potente como Pascual Maragall.

El proyecto de Maragall era enormemente ambicioso porque pretendía implicar a España en un nuevo relato. Los nacionalistas más radicales siempre le advirtieron que era más utópica la España federal con la que soñaba que la Cataluña independiente a la que ellos aspiraban.

Si algo demuestra el proceso que hemos vivido es lo difícil que es para muchos aceptar la combinación de dos elementos centrales en la reflexión política actual. Me refiero a la nación y al Estado. Ni toda nación para sobrevivir puede tener un Estado propio; ni todo Estado para legitimarse puede contar con una nación homogénea.

Si sólo cupieran esas dos posibilidades entonces tendrían razón los nacionalistas más radicales que piensan que una vez definida la identidad lingüística,cultural,simbólica,histórica,de un pueblo, éste constituye una nación que sólo puede realizarse en plenitud contando con un Estado propio.

Los nacionalistas de Estado piensan que para legitimarse,el Estado necesita homogeneizar la población,reducir sus diferencias,trascender sus particularidades,hasta hacerlas compartir un único relato y un proyecto de vida en común.

Para los que defendemos la posibilidad de una nación de naciones ese modelo no es aplicable a España. No somos Francia. Tenemos un Estado en el que habitan distintas naciones. Unos pensaran que son naciones incompatibles que están a la espera de poder saltar hasta constituir Estados propios. Otros pensamos que cabe entender la propia realidad nacional española como una realidad compleja en la que habitan distintas identidades nacionales en su seno. Por ello era tan importante haber sido sensibles a las palabras de Manuela de Madre – de una inmigrante de Huelva que se marcha a vivir a Cataluña – y vive su nueva tierra y su nueva patria de adopción,como algo propio sin renegar de su tierra andaluza. Era muy importante que esas palabras hubieran sido acogidas de otra manera.

Hubiera sido muy deseable esa capacidad de escucha para acabar con los tópicos acerca de la imposibilidad de mantener distintas identidades y para no seguir pensando que nación como madre no hay más que una. Desgraciadamente no fue así. Fue especialmente dolorosa esa incomprensión por parte de muchos socialistas. Era como si los que en los años ochenta se vivieron depositarios de una tradición nacional,y fueron incluso definidos como un gobierno de jóvenes nacionalistas,no comprendieran que la nación se dice de muchas formas y que en Cataluña se estaba jugando la oportunidad de vivir su propia aventura nacional; de vivir de nuevo embarcados en una nueva travesía que conjugara lo español y lo catalán. Es cierto que no era algo nuevo en la vida española. Era asumir de nuevo la vieja batalla de Azaña favorable a unir la causa del liberalismo español y del nacionalismo catalán.

¿Fue capaz Madrid de entenderlo?; ¿estuvo Cataluña a la altura?; ¿qué refleja lo ocurrido acerca de de la transición política española? Muchas son las preguntas que se acumulan y que el tiempo irá despejando. Un tiempo a la espera de lo que decida el Tribunal Constitucional,pero muchos tenemos un mal sabor de boca por todo lo ocurrido. Dice Pujol que Cataluña se miró en el espejo y no acabó de gustarse tras lo ocurrido. El nacionalismo español más tradicional apareció y mostró su peor faz. La izquierda española no estuvo,creo ,a la altura de las circunstancias.

III. ¿ALIANZA DE CIVILIZACIONES?

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