La misericordia, plenitud de la justicia. Llamada urgente y provocadora del papa Francisco

Juanjo Sánchez

El año pasado convocaba el papa Francisco un Año Jubilar bajo el signo de la misericordia. La Carta con la que abría ese tiempo singular: “El rostro de la misericordia”, es una llamada urgente a una conversión profunda, auténtica, de la Iglesia, es decir, a todos los seguidores de Jesús, a la misericordia como signo de la credibilidad y autenticidad de su fe. Es un documento rico, lúcido y provocador, que puede acompañar y enriquecer la reflexión desplegada en este número de Éxodo.

Su punto de partida es sumamente certero: no se trata tanto de una recomendación moral, cuanto de algo más radical: de una exigencia teológica. La llamada a la misericordia, a la compasión, brota de la misma fe en Dios, en el Dios de Jesús, que no es poder, sino amor, misericordia. La divinidad de Dios no es la omnipotencia, sino el amor, la misericordia, como reconoció lúcidamente santo Tomás de Aquino, a quien cita el papa Francisco y parecen olvidar más de un teólogo y más de un obispo…

Es de esa experiencia de Dios, experiencia teológica, profundamente espiritual y mística, no de otra fuente, de donde brota la exigencia profética “misericordia quiero, no sacrificios” (Os, 6,6), que recoge y proclama también Jesús de Nazaret (Mt 9, 23). Una exigencia que tanto en él como en los profetas y en los salmos no se diluye en un mero sentimiento piadoso, sino que toma cuerpo y se expresa en un compromiso de justicia y solidaridad con los oprimidos, hambrientos, forasteros, refugiados, desahuciados, excluidos y abatidos…

Los textos de la Escritura son inequívocos, y el papa Francisco los cita con gran convicción: “Este es el ayuno que yo deseo: romper las cadenas injustas… compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo, cubrir al desnudo y no abandonar a tus semejantes…” (Is 58,6s.) “El Señor libera a los cautivos…, el Señor protege a los extranjeros…” (Salmo 146, 7-9) “El Señor sana los corazones afligidos y venda sus heridas…” (Salmo 147, 3.6). Y si abrimos los evangelios nos encontramos con Jesús conmovido por “una intensa compasión” al ver las muchedumbres extenuadas y abandonadas a su suerte (Mt 9,36) y mostrando a sus discípulos inequívocamente, aunque en parábolas, el camino del seguimiento: “¿No tenías tú también tener compasión con tu hermano…?” (Mt 18, 33)…

Estos textos que cita el papa Francisco en su Carta muestran claramente que la misericordia implica para él, como primer momento del compromiso del seguimiento, la justicia, la denuncia de la estructuras económicas, políticas y sociales que generan pobreza, inequidad, exclusión y hasta el “deshecho” como “sobrantes” de los humanos expulsados y excluidos… Esas estructuras, especialmente económicas, son profundamente injustas, denunciaba ya en su primera exhortación apostólica Evangelii Gaudium; más contundentemente aún: “esa economía mata” (nº 53). De ahí que el compromiso del seguimiento evangélico conlleve una lucha decidida contra la idolatría del dinero, del poder, del consumo, de la violencia… (nnº 55-59). En otras palabras, la lucha por la justicia.

Este es el primer paso, “necesario e indispensable”, de la llamada de la misericordia a toda la Iglesia, afirma el papa en su Carta del Jubileo. Un paso que no se agota en el sentido de la justicia como como deber, sino entendido en el sentido bíblico de la justicia mesiánica que se desborda en la solidaridad, en la paz y el perdón, es decir, en la misericordia como plenitud de la justicia.

Conviene anotar y subrayar, finalmente, cómo el papa Francisco incide repetidamente, y con gran lucidez, en que ese compromiso con la misericordia como plenitud de la justicia es, en el evangelio, el “criterio”, la señal para discernir quién es realmente discípulo de Jesús, quién es genuinamente creyente en sentido cristiano. Y que, por tanto, de él depende la identidad y la credibilidad de la fe y de la Iglesia.