LA IRRELIGIONACIÓN COMO MODO DE ENCUENTRO ENTRE LAS RELIGIONES

Andrés Torres-Queiruga

Número 81 (nov.-dic.’05)
– Autor: Andrés Torres-Queiruga –
 
Diálogo interreligioso e inculturación

¿Cómo se realiza el encuentro entre las religiones? Ante todo, es evidente que, por diferentes que sean las posturas, en general todas participan de un nuevo clima común, más abierto, más flexible, más dialogante y por tanto más arriesgado, pero también más prometedor para el futuro. El fenómeno mismo de que se haya hecho corriente hablar de diálogo interreligioso (o incluso intrarreligioso, como hace sobre todo Raimon Panikkar), supone una ganancia apreciable. Paul Ricoeur lo ha expresado con una bella metáfora, hablando de una “hospitalidad interconfesional, comparable a la hospitalidad lingüística (langagière) que preside a la traducción de una lengua en otra”.

De modo significativo, lo reconocía hace ya tiempo incluso el documento Diálogo y anuncio del Consejo Pontificio para el Diálogo entre las Religiones; reconocimiento que dentro de la Iglesia católica le confería un notable carácter oficial y que desde entonces se ha ido afirmando con insistencia (acaso con el bache importante de la Dominus Jesus, en 2000). “Una valoración justa de las otras tradiciones religiosas, afirma, supone normalmente un contacto estrecho con ellas. (…) Hay que acercarse a estas tradiciones con gran sensibilidad, puesto que contienen valores espirituales y humanos. Exigen nuestro respeto, dado que en el curso de los siglos han dado testimonio de los esfuerzos llevados a cabo para encontrar las respuestas ‘a los enigmas recónditos de la condición humana’ (Nostra Aetate,1) y han sido el lugar de expresión de la experiencia religiosa y de las más profundas aspiraciones de millones de sus adeptos, algo que aún hoy siguen haciendo.” (nº 14).

Se ha hablado también de otras categorías. El brasileño Afonso Soares, pensando sobre todo en las religiones afro-americanas, ha insistido en la de sincretismo, por parecerle que reconoce mejor la legitimidad y la presencia distinta y actuante de las distintas tradiciones en un mismo sujeto o comunidad. A ella alude también Aloysius Pieris, que la prefiere a la de síntesis, que también cita, y añade la de simbiosis, en la que todas las religiones “estimuladas por la postura propia de cada cual con respecto a las aspiraciones liberacionistas de los pobres (…), se redescubren y se reformulan en su especificidad como respuesta a las posturas de las demás”.

Pero es indudable que el avance de más hondo calado se ha producido con la casi unánime acogida del concepto de inculturación, que, aparte de ser reconocido oficialmente como “un hermoso neologismo”, ha representado uno de los avances teóricos más importantes en este campo. El principio radical ha sido expresado con energía por Juan Pablo II en 1982: “Una fe que no se hace cultura es una fe que no ha sido plenamente recibida, ni enteramente pensada, ni enteramente vivida”.

En efecto, dado que la fe, como toda experiencia, no puede existir en “estado puro”, sino ya siempre interpretada en una cultura concreta, su propia expansión cultural la obliga al diálogo y al intercambio.

Sea cual sea la postura que se tome al respecto, en definitiva esto hizo comprender que es preciso aplicar a todo encuentro cultural lo que Ambroise Gardeil dijera más en concreto: “No pedimos a aquel que quiera convertirse una doble conversión: la primera al catolicismo, la segunda a la escolástica”. El no haber comprendido esto a tiempo ha llevado a consecuencias nefastas, como lo muestra el triste recuerdo de las polémicas acerca de los intentos de Mateo Ricci en China y Roberto De Nobili en la India. En esta perspectiva, la categoría de inculturación debe ser recibida con los brazos abiertos. Sin embargo, eso no puede disimular sus límites. Raul Fornet Betancourt, entre otros críticos, está ya pidiendo una aguda revisión.

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