La exhortación Evangelii Gaudium desde la mirada de un ateo

Luis Vega Domingo

“Me corresponde, como Obispo de Roma, estar abierto a las sugerencias que se orienten a un ejercicio de mi ministerio que lo vuelva más fiel al sentido que Jesucristo quiso darle y a las necesidades actuales de la evangelización”, escribe el Papa en el crucial documento titulado Evangelii Gaudium (La alegría del Evangelio)”.

Una Iglesia que vuelva al mensaje esencial del Evangelio, una Iglesia más democrática, descentralizada y volcada en su vocación misionera. Esa es la iglesia que sugiere Francisco y que perfila en Evangelii Gaudium (“La alegría del Evangelio”), la exhortación apostólica de 142 páginas, en su versión en español y que el Papa ha escrito como colofón a la reunión que en octubre de 2012 los obispos de todo el mundo celebraron en el Vaticano para discutir sobre cómo anunciar el Evangelio en el mundo actual.

No se puede negar que con la llegada de Francisco I se han abierto las ventanas del búnker del Vaticano y ha empezado a entrar algo de aire fresco. Para los creyentes, y los que no lo somos, es una esperanza que deseamos que no se trunque, una vez más.

Hasta el momento solamente están siendo buenas palabras y pocos hechos, pues la batalla que tiene que dar si quiere que la Iglesia Católica se mezcle con los ciudadanos y sus problemas, pasa por arrojar del mercado, como parece que hizo con los
filisteos, a la siniestra curia romana y su Congregación de la Fe, ambos aparatos ejecutivos de la Iglesia que se encargan de vigilar su inmovilismo.

Podemos resumir con una reflexión rápida los importantes problemas con los que se encuentra y que no aborda, de una manera clara, en su Evangelii Gaudium:

– Curia romana y Congregación
de la Fe
– El Banco Vaticano
– Pederastia sin fin
– Papel de la mujer en el rol religioso
– Pérdida de captación de vocaciones
y de creyentes
– Misoginia, homofobia… posiciones
ultraconservadoras

El documento de 162 páginas intenta desmarcarse de los malos modos a que nos tienen acostumbrados las directivas vaticanas… y eso, sin duda, es un paso adelante, pero para poder conseguir que cale en los ciudadanos debe, con cierta urgencia, convertir las formas en realidades.

En un rápido análisis podemos resumir los diez puntos básicos del escrito:

* “La actividad misionera representa aún hoy en día el mayor desafío para la Iglesia y la causa misionera debe ser la primera”, se lee en el documento. “Es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares,
en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo”. Llegando “hasta la humillación si es necesario”, subraya el Papa. Faltaría resaltar: Respetando todas las creencias e ideologías.

* Más democracia y participación. “Ni el Papa ni la Iglesia tienen el monopolio en la interpretación de la realidad social o en la respuesta de soluciones para los problemas contemporáneos”, destaca en otro pasaje del documento. Sin duda, este reconocimiento de la diversidad de opciones y la necesidad de aceptarlos democráticamente es una de las afirmaciones de su escrito, pero… ¿esto no se contradice con la fe? ¿Y cómo va a resolver esta apuesta con la práctica real de sus funcionarios
en el Vaticano?

* Revisar costumbres. “Hay normas o preceptos eclesiales que pueden haber sido muy eficaces en otras épocas pero que ya no tienen la misma fuerza educativa”, enfatiza. Y citando a san Agustín asegura que los preceptos añadidos posteriormente por la Iglesia deben exigirse con moderación “para no hacer pesada la vida de los fieles” y para evitar convertir esa religión
“en una esclavitud”.

* “A los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas”, les abronca Francisco. Y no sólo eso: les anima aemplearse a fondo, no tanto en predicar lo que no hay que hacer sino en insistir en lo que podemos hacer mejor.

* Entre las normas a revisar el Papa parece sugerir la posibilidad de estudiar que los divorciados casados en segundas nupcias puedan recibir la comunión. “La eucaristía no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles”, escribe en ese sentido, haciendo un llamamiento a la Iglesia a considerar “con prudencia y audacia” posibles cambios en ese sacramento. Interesante este cambio de planteamiento, pero hoy sin ningún avance real.

* Respecto al aborto Francisco no tiene, sin embargo, ninguna duda. “No debe esperarse que la Iglesia cambie su postura sobre esta cuestión. Quiero ser completamente honesto al respecto. Este no es un asunto sujeto a supuestas reformas o modernizaciones”, deja claro, tras quejarse de que la opción de la Iglesia ante el aborto con frecuencia se presenta como “algo ideológico, oscurantista, conservador”. ¿Qué es si no? Por aquí no se vislumbra ningún avance.

* Tampoco la ordenación de las mujeres como sacerdotes se le pasa a Francisco por la cabeza. “El sacerdocio reservado a los varones es una cuestión que no se pone en discusión”, sentencia. Pero aboga, eso sí, por una mayor presencia de las mujeres en la Iglesia. La mujer sigue siendo ciudadana de segunda categoría, que necesita tutela del varón.

* El documento incluye en ese sentido duras críticas al capitalismo feroz. “Algunos todavía defienden que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social”.

* El Papa aboga por “una reforma financiera que no ignore la ética” y que pasa por “un cambio de actitud enérgico por parte de los dirigentes políticos”.

* “La posesión privada de los bienes se justifica para cuidarlos y acrecentarlos de manera que sirvan mejor al bien común, por lo cual la solidaridad debe vivirse como la decisión de devolverle al pobre lo que le corresponde”.

Probablemente es la primera vez que la Iglesia, en palabras de su máximo dirigente, denuncia el capitalismo sin florituras, pero… ¿actuará en consecuencia? Es otra de las cosas que están por ver.

En definitiva, un buen punto de partida, que deseamos que pueda concretarse y llegar a buen puerto. En España, este avance en intentar acercarse a las realidades y problemas de los ciudadanos se debería concretar con un primer paso, que es la denuncia de los privilegios que les ofrece el Concordato de 1979.