La ética del cuidado para la transformación de la Iglesia

Montserrat Escribano Cárcel

Dice Joaquín García Roca que: “Cuidar es hoy el epicentro de políticas públicas, de movimientos sociales y de prácticas ciudadanas […] Es a la vez una perspectiva que inaugura una nueva mirada cordial y cooperante, un nuevo modelo frente a los modelos disciplinarios, y una nueva cultura que se origina del acceso de las mujeres al espacio público, de la emergencia de la conciencia ecológica, y de la transformación de las instituciones tutelares” [1]. Parece que una nueva comprensión de los cuidados está tomando cuerpo entre nuestras relaciones personales e institucionales. Se presenta como una nueva perspectiva, un nuevo enfoque capaz de hacernos descubrir otras realidades de la vida humana. Esta novedad se ha hecho evidente, en gran parte, a partir del pensamiento y la investigación de teóricas, pensadoras y mujeres que han hecho de la práctica del cuidado su horizonte vital. La pregunta que surge es si en el interior de la iglesia esta perspectiva del cuidado ha arraigado de un modo tan visible que podamos afirmar que también es “epicentro”.

Uno de los ámbitos donde más se aprecia su desarrollo es en la «ética del cuidado». Según Lydia Feito Grande, se trata de un programa de fundamentación que se pregunta por las razones y los valores subyacentes a la tarea del cuidar. Supone la realización de valores que van más allá de la corrección deontológica y que aspiran a una cierta perfección personal y de las instituciones. Por ello, cuestiona cómo podemos alcanzar lo que es bueno, lo que nos hace felices y no solo aquello que consideramos correcto. La perspectiva del cuidado gravita, según Feito Grande, en una llamada a la solicitud y a la responsabilidad por el otro humano, que no puede sernos ajeno y que se convierte en un mandato moral, no solo privado, sino también político [2]. Esta perspectiva se está aplicando, de modo interseccional, en diversos ámbitos eclesiales de la diócesis de Valencia. En ellos está suponiendo, aunque de modo incipiente, una transformación de la vida eclesial que ayuda a entender vivamente la realidad del Reino o lo que el papa Francisco ha señalado como la necesidad de una «iglesia en salida».

Comienzo por el ámbito teológico. En él, la clave del cuidado ha sido incorporada por teólogas feministas como Marta Alonso [3] o Antonina Wozna [4]. Sus investigaciones han ampliado las posibilidades interpretativas y permiten que la clave del cuidado, aplicada a la teología, sea un punto nuclear desde el que repensar el resto. La presencia de esta clave se ha hecho común en las tareas que realizamos en el Seminario teológico Hágase. Este pequeño espacio reflexivo, dentro de la Facultad de Teología San Vicente Ferrer, nos sirve para profundizar, de un modo más ético y actualizado. Algunas de las múltiples posibilidades que nos abre el cuidado son la oportunidad de hacer relecturas bíblicas y de determinados teólogos a partir de claves como la reciprocidad, el cuidado o la diversidad. Nos interesan enormemente por tratarse muchas veces de relatos fundacionales, con una presencia honda en la liturgia, en las representaciones plásticas que nos rodean o porque han servido de fundamentación para construir la mayoría de las asimetrías eclesiales padecidas, especialmente, por las mujeres. Así que, aplicar metodologías de análisis, hermenéuticas críticas feministas e incorporar bibliografías de teólogas es, para las teólogas que formamos el Hágase, una tarea de reconocimiento, de reciprocidad y de ir haciendo real la posibilidad política de aparición. Estas claves desvirtúan y se apartan de otras teologías en las que a las mujeres se las presentó como, poco más, que un complemento peligroso y desestabilizador [5].

La aplicación de claves feministas a la teología como son el cuidado, el sostenimiento o el género evidencian que la relación, estrecha y amorosa, entre el Dios trinitario y la humanidad va siempre de la mano de la responsabilidad, la denuncia, el alivio y el cuidado de toda vida. Precisamente, estas claves se hacen patentes en el trabajo que estos años está realizando Cáritas. Uno de estos espacios es, por ejemplo, el programa Jere Jere. En él se atiende a mujeres en contexto de prostitución y trata. Las responsables y voluntarias acompañan sus necesidades de autocuidado y apoyan sus procesos de búsqueda de alternativas para la inserción sociolaboral. Además, este trozo del «hospital de campaña» del que habla Francisco, incluye también la tarea de denuncia frente a los consumidores de prostitución y la concienciación ciudadana ante estos graves modos de violencia.

Quiero, por último, destacar las importantes consecuencias políticas que tiene la incorporación de la clave del cuidado en nuestros espacios y dinámicas eclesiales. Considero que, entre otros muchos valores que aporta, nos permite calibrar más acertadamente la ausencia de reconocimiento de las mujeres bautizadas como sujetos de pleno derecho. No se trata solo de aumentar la cuota de presencia, sino también que pueda acceder a todos los puestos de decisión económica, teológica, doctrinal o litúrgica. Se trata pues de que podamos decidir la agenda eclesial en su conjunto y no, únicamente, que se visibilice o se consideren aquellas tareas que ya realizamos. En tiempos de clericalismo y de acedía espiritual no parece lícito mantener estructuras y mentalidades patriarcales, sino más bien poner nuestra atención orante en las periferias.

[1] Joaquín García Roca (2017), “La construcción social del cuidado”, en Rosa María Belda Moreno (ed.), Documentación Social 187, p. 127.

[2] Lydia Feito Grande (2017), “Ética del cuidado en las profesiones socio-sanitarias”, en Rosa María Belda Moreno (ed.), Documentación Social 187, pp. 29-47.

[3] Marta Alonso (2011), El cuidado, un imperativo para la bioética, Madrid. Universidad Pontificia de Comillas.

[4] Antonina Wozna (2018), Némesis: concepto de justicia en la ética feminista de Mary Daly. Aportación a la visión tradicional de la justicia, la justicia de la representación y la justicia del cuidado. [En prensa].

[5] Natalia Imperatori-Lee (2016), “No solo un complemento”, Iglesia Viva, 268, pp. 117-120.