La democracia ayer y hoy

Antonio García Santesmases

Desde hace años asistimos a una impugnación de la democracia establecida. Son muchos los que ponen en cuestión los procedimientos y los resultados de los regimenes políticos vinculados a la democracia liberal. En el caso  de España se concreta esta crítica en una puesta en cuestión del régimen constitucional del 78 y en la necesidad de proceder a una segunda transición que logre superar las deficiencias, los errores y las carencias de la transición producida en los años setenta. Intentaré en este artículo exponer los parámetros de la transición del 78 y mostrar los nuevos elementos que aparecen a partir de la crisis económica del 2.007; centrándome  especialmente en lo ocurrido a partir de la llegada a la esfera pública de una nueva generación que vive en un contexto muy distinto al que tuvieron que afrontar los dirigentes políticos que lideraron el consenso de 1.978.

I- LA TRANSICION DEL 78  Y EUROPA COMO SOLUCION.

La transición a la democracia remite a un proceso que comienza con la muerte del dictador y concluye con la victoria del Partido socialista el 28 de octubre del 82.  La salida de la dictadura tenía una serie de condicionantes y de límites,  que fueron respetados escrupulosamente por las fuerzas políticas de la oposición. El fundamental tuvo que ver con la pervivencia de la institución monárquica para establecer una continuidad entre la dictadura y la democracia sin que hubiera ruptura con la legalidad establecida;  la pervivencia de la monarquía  permitió el triunfo de la reforma política y poder transitar de la ley a la ley, como defendían entonces los reformistas del franquismo,  protagonistas principales de aquel proceso.

Salvada la permanencia de la monarquía había una serie de temas que habían dividido a los españoles que había que intentar solventar; fundamentalmente la articulación del poder territorial, la cuestión religiosa y el sistema electoral. La posición que mantenían los reformistas del régimen franquista era evitar la republica como forma de Estado, impidiendo  la recuperación del laicismo y  la puesta en cuestión de la unidad nacional. La monarquía parlamentaria, el Estado de las autonomías y el Estado aconfesional  fueron las fórmulas que permitieron el consenso constitucional. Atrás quedaban las propuestas de una república laica y  el reconocimiento del derecho de autodeterminación de las nacionalidades.

La ley electoral aprobada permitía asegurar un bipartidismo corregido que ha funcionado durante años; es cierto que ha sido un bipartidismo donde han jugado un papel muy relevante los partidos nacionalistas. Hoy asistimos a la emergencia de nuevas fuerzas que ponen en cuestión el modelo y nos permiten experimentar las paradojas  del multipartidismo. Si por democracia entendiéramos solo la competencia por el liderazgo político este sería el tema esencial. Pero la democracia era entonces y es hoy algo más;  en el caso español estaba muy vinculada a la aspiración a encontrar un lugar  en el mundo europeo; hoy a sobrevivir ante la crisis del propio modelo europeo.

El proceso de la transición se produce en un momento en el que la inmensa mayoría de las fuerzas políticas coinciden en que es el momento de   conseguir la incorporación al proyecto europeo. Si en algún momento de nuestra historia aparece con inequívoca claridad que España  – la España de la dictadura – es  el problema y  Europa – la Europa de las libertades y de la democracia – es la solución es en los años setenta y a comienzo de los ochenta del pasado siglo. Se vuelve a recuperar el proyecto de la generación del 14 formulado por Ortega.  Hay que incorporarse a Europa porque Europa ha logrado la paz tras dos guerras mundiales; ha conseguido extender el bienestar a grandes mayorías de la población  y ha posibilitado una superación de los conflictos religiosos y de los extremismos ideológicos. Europa es la democracia. Una democracia unida al bienestar, a la paz y a la laicidad.

Si hoy nos preguntan por la diferencia entre uno y otro momento histórico no cabe duda que es enorme;   hoy la situación  en Europa es muy distinta. Nos basta con abrir   la prensa para  leer que “estamos en guerra”;  para recordar que “el modelo del bienestar no se puede mantener” y  para advertir que  “la religión ha vuelto en su cara más agresiva y fundamentalista”. ¿Puede sobrevivir la democracia ante estos tres retos?; ¿puede hacerlo en países como España donde unido a estas tres encrucijadas nos vemos abocados a preguntarnos si podremos sobrevivir como nación? Estos son los desafíos  con los que nos enfrentamos.

Aquel mundo de la transición era un mundo donde había dos bloques militares, donde tenían un gran peso los partidos comunistas en Francia y en Italia y  donde en España parecía que el gran problema era el papel que iba a jugar el Pce en la nueva democracia.  Hoy no existe la Unión soviética y, tras la caída del comunismo, son  los nacionalismos por un lado y  los fundamentalismos por otro los que ponen en cuestión el orden europeo.

Existe también una contestación social articulada desde una nueva izquierda. Una nueva izquierda muy  minoritaria en la mayor parte de los países europeos. No así en España donde ha tenido los mejores resultados en toda la democracia y constituye un motivo de esperanza.

El  hecho es que el actual orden europeo no sabe cómo gestionar la pluralidad cultural y religiosa y  no tiene los recursos de antaño para garantizar la lealtad de las poblaciones. La desigualdad ha ido aumentando, la pobreza ha resurgido y ante las nuevas formas de exclusión social y de precariedad hay una demanda constante de sentido, de encontrar un sentido a la propia vida, aunque para algunos la vía pueda llegar a ser- por duro y sorprendente que nos parezca-  inmolarse en un atentando terrorista.

II- EUROPA COMO PROBLEMA.

Para todos los derrotados en la guerra civil española Europa era la gran esperanza. Abandonados por las potencias democráticas, al optar Francia e Inglaterra por la política de no intervención, toda su aspiración se centraba en conseguir que los aliados, los triunfadores sobre Hitler y Mussolini, se hicieran cargo de su error y remediasen aquel crimen. Querían que Franco corriera la suerte de los derrotados en la guerra mundial y que España se pudiese vincular al proceso posterior a la segunda guerra mundial. Si hubiera sido así  los españoles hubiéramos podido gozar de   los treinta años de la edad de oro donde hubo crecimiento económico y pleno empleo, redistribución de la riqueza y sindicatos fuertes, economía mixta y acceso a la educación como un mecanismo decisivo para asegurar la movilidad social. España quedó fuera y eso marcó nuestra historia; los vencidos en la guerra civil volvían a ser olvidados por los vencedores en la segunda guerra mundial.

Hoy –  y aquí está la gran novedad de los últimos años – las noticias que llegan de Europa no trasmiten esperanza, no permiten colmar las aspiraciones a una vida digna. Y este es el  mensaje que reciben las nuevas generaciones para las que la transición queda muy lejos. Todo lo que llega de Bruselas son malas noticias:  imposiciones, restricciones, llamadas a la austeridad, a no vivir por encima de las posibilidades, a restringir el gasto público, a reformar la legislación laboral, a debilitar el poder de los sindicatos, a poner coto a la función pública y al empleo estable.

Cuando oímos hablar de flexibilidad, de precariedad, de desregulación nos echamos a temblar. En seguida asociamos la flexibilidad, no a pensar libremente y sin ataduras, sino a las manos libres del empresario para contratar y despedir; cuando oímos la palabra precariedad no pensamos en  la necesidad de asumir la fragilidad existencial inherente a toda vida humana,  sino que en seguida pensamos en políticas económicas que impiden planificar la propia biografía  ; cuando, en fin, aparece la desregulación no pensamos en acabar con regulaciones obsoletas sino en un capital financiero que no quiere impedimentos en su desarrollo ni controles fiscales por parte de los poderes públicos. Es como si el lenguaje filosófico más complejos se utilizara para hacer realidad los principios más simples del neoliberalismo.

¿Qué ven las nuevas generaciones? No sólo una perversión del lenguaje. Ven que  la realidad europea actual remite a un mundo de austeridad impuesto que impide el afianzamiento, el fortalecimiento, la pervivencia de las instituciones y las prácticas democráticas. Y a partir de ahí  desconfían de la política porque no  ven cómo  impedir este proceso de imposición de la austeridad. Cada vez  que alguien osa intentarlo    es conminado (pensemos en Grecia) a aceptar los dictados de los mercados si quiere  obtener financiación para seguir pagando las pensiones y los sueldos de los funcionarios.   En ese contexto de incertidumbre, de angustia, de no saber cuanto durará este proceso de desmantelamiento del Estado del bienestar Europa emite otros dos mensajes   que hablan de otras dos amenazas: la primera es que estamos en guerra, en  una guerra especial donde no hay ejércitos sino acciones terroristas masivas e imprevisibles;   la segunda es que los que ejecutan estos crímenes, los que  pretenden acabar con nuestros valores y con nuestras vidas están entre nosotros. Hay que afrontar un doble  reto y permitir que el Estado contribuya a las acciones bélicas que sean necesarias y  recurra a medidas excepcionales para garantizar nuestra seguridad. El Estado del bienestar no se puede mantener y el Estado de derecho debe ser puesto en cuestión ante los imperativos bélicos, impera la razón de Estado.  ¿Sin Estado del bienestar y sin Estado de derecho podemos hablar de democracia?

III- ESTAMOS EN GUERRA.

Por guerra los españoles siempre hemos pensado   en la guerra civil española; hemos estado ausentes de la primera y de la segunda guerra mundial. No hemos vivido guerras como la de los norteamericanos en Vietnam o batallas como la de los franceses en Argelia o la de los rusos en Afganistán.

No hemos vivido guerras pero sí hemos sufrido años y años la lacra del terrorismo etarra.  Y lo que ahora vemos es todavía peor. El terrorismo etarra era sanguinario pero tenía objetivos militares o policiales; con el tiempo fue extendiendo sus objetivos para – de nuevo la importancia del lenguaje, en este caso macabro – “socializar el sufrimiento”. En el caso del yihadismo la socialización de ese sufrimiento no tiene límites y puede ocurrir en un aeropuerto, una estación de metro, o en un estadio deportivo; tomando un café en una terraza o acudiendo a un concierto. Toda la población se convierte en objetivo.

Tras cada uno de los atentados nos bombardean con un doble mensaje. Los dirigentes políticos condenan la atrocidad, llaman a la unidad de las fuerzas democráticas y afirman que es la hora de actuar con contundencia. Invitan a la población a mostrar la repulsa ante lo ocurrido y a preservar en la defensa de nuestros valores. Inmediatamente aparecen los expertos que nos dicen que estamos ante un problema gravísimo; que debemos hacernos a la idea de que es cuestión de tiempo que afecte a nuestras ciudades  y señalan que los terroristas están entre nosotros porque no se han integrado en el modelo europeo, sea éste el modelo republicano francés o el modelo multicultural británico. Y añaden que  están dispuestos a perder sus vidas con tal de posibilitar  la victoria del Islam  sobre  Occidente.

Si a cualquiera de los constituyentes del 78 les dicen que no va a haber conflicto entre los bloques militares, que la Unión soviética va a desaparecer, que la unidad alemana se va a producir y sobre todo que estamos ante un choque de civilizaciones no lo hubieran creído, hubieran pensado que una hipótesis de ese tipo era pura alucinación. Por ello solo  contrastando ambos momentos- el que vivíamos en 1.978 y el que vivimos en este 2.016-  se puede entender la perplejidad del europeo actual, que se pregunta una y mil veces cómo hemos podido llegar a esta situación.

Para responder a esta cuestión  hay que partir, al menos, del fracaso de la primavera árabe;  tras lo vivido parece como si sólo fuera posible transitar de unas dictaduras militares y policiales corruptas a un resurgir  del islamismo radicalizado  para volver otra vez  a la dictadura. Lo ocurrido en Egipto da que pensar: dictadura de Mubarak, caída del dictador tras la primavera árabe, triunfo de los hermanos musulmanes y nuevo golpe militar.

El nuevo terrorismo tiene una base territorial muy potente, una base que Occidente combate teniendo que cargar con aliados que desmienten todos sus valores; sea el presidente de Siria o el líder de Rusia.

La conexión de la guerra  de Siria con los atentados en las ciudades europeas y los desplazamientos de refugiados que huyen de esa misma guerra y quieren penetrar en suelo europeo forman un cuadro espeluznante que el europeo medio vive lleno de  miedo y de  perplejidad. Cada nuevo atentado llena los informativos, concentra los titulares y nos confirma lo que llevamos años sospechando: que   el mundo internacional lleva desbocado desde hace muchos años. Si la guerra es inevitable ¿cabe hablar de democracia?

IV – DEMOCRACIA Y LAICIDAD.

También aquí el contraste no puede ser más abrupto. Al producirse la transición española la fuerza del marxismo aparecía como el gran reto para el cristianismo. Había que buscar el camino de hacer real las promesas religiosas buscando las mediaciones económicas, políticas y sociales más efectivas. La primacía del pobre, del excluido, del olvidado, hacía necesaria una estrategia efectiva para acabar con la acumulación de riqueza. Hoy esa acumulación ha continuado, la austeridad se ha impuesto, las desigualdades se han incrementado pero el nuevo malestar es recogido por grupos que ponen en cuestión los valores de la república, de la laicidad, de la ciudadanía. Es todo el proyecto ilustrado el que está puesto en cuestión. ¿Cabe democracia sin Estado social, sin Estado de derecho, sin ilustración?

De nuevo aquí es imprescindible ser conscientes del lenguaje que empleamos. Oímos hablar de espiritualidad, de libertad  de conciencia, a muchos líderes políticos que a  la vez que  defienden un modelo económico que pone en cuestión todos estos valores. Por ello hay que evitar dos peligros. El primero es considerar que nuestro modelo está tan asentando, es tan superior, que de nada tenemos que arrepentirnos. Los neoconservadores nos advierten del peligro de  caer en el relativismo y  poner en tela de juicio nuestros valores, sucumbiendo a  un escepticismo pernicioso que hace el juego a los terroristas; basta de buenismos bienintencionados  la contundencia bélica es imprescindible; ellos o nosotros. Los neoconservadores proclaman que hay que acabar con una izquierda acomplejada incapaz de comprender que no se puede bajar la guardia, que no se pueden buscar motivos en mentes asesinas, que nuestros valores no pueden ser equiparados con los suyos. Hay que poner encima de la mesa nuestros principios y afianzar nuestros sistemas educativos. Sólo así preservaremos nuestros valores y seremos capaces de vencer.

Todas estas proclamas, difundidas con gran estridencia,  no quieren admitir que existe una conexión entre la exclusión social y la violencia; no están dispuestas a aceptar que el neoliberalismo en economía y  el neoimperialismo en política exterior  constituye una combinación explosiva; una combinación que se visualiza en la manera como se pasa  del choque de civilizaciones a la guerra contra el terrorismo  a toda velocidad.

Hay que recuperar la distancia y la perspectiva.  No se puede tolerar la caza del disidente a la que asistimos;  caracterizar como cobardes, acomplejados y  relativistas a todos aquellos analistas  que se atreven a  hacer  preguntas incomodas es una temeridad para nuestras democracias. Bien es cierto que en la guerra la primera víctima es la verdad pero hay que rebelarse frente a ello o nuestra democracia sufrirá un serio retroceso.

Pero también existe  otro peligro. El peligro que acecha a muchas personas de izquierda  al  pensar que todo se reduce a un conflicto económico por defender los intereses estratégicos de las grandes potencias. Para entender los acontecimientos que estamos viviendo tenemos que asumir  que los valores de la republica, de la laicidad y de la ciudadanía, hoy   no están asegurados y no lo están porque es el mismo  proyecto ilustrado  el que tampoco está asegurado. La razón es obvia: por mucho que lo intente el mundo educativo poco pueden hacer  los valores ilustrados ante el mercado neoliberal y ante los integrismos religiosos.

Los docentes pueden intentar compensar la desigualdad, pueden defender una laicidad inclusiva, pueden  difundir una educación para la ciudadanía pero estos valores culturales poco peso tienen  frente a la fuerza de las armas,  al poder del dinero y a la capacidad de seducción de los integrismos religiosos.

V- LOS RETOS Y EL CASO ESPAÑOL

El lector que haya llegado hasta aquí pensará  que es tal la catarata de desafíos  que parece no faltar nada: ni guerras ni políticas de austeridad, ni pérdida de sentido ni falta de identidad y eso que todavía  no hemos llegado a profundizar en el  problema español.  En el caso español compartimos con los europeos el desmantelamiento del Estado del bienestar y los efectos del reto terrorista sobre el Estado de derecho y sobre los valores laicos pero además estamos ante otra encrucijada.

Ante la crisis del modelo europeo son ya muchos los países  que han reaccionado  reafirmando  su identidad nacional. Una identidad, en unos casos, de un nacionalismo de Estado que trata de preservar su especificidad y hacer,  como ocurre en el caso alemán, que más que una Alemania que se va haciendo europea contemplemos la realidad de una Europa  que se quiere someter al dictado alemán. Pero a la vez asistimos al intento de las naciones sin Estado por romper sus vínculos con los Estados de origen y provocar una secesión  hasta conseguir  un Estado propio, como ocurre en el caso de Cataluña.

Esto choca también con el modelo del 78. En aquel momento se pensaba que el proceso de integración europeo permitiría ir relajando las pretensiones independentistas al diluirlas dentro de un proyecto supranacional donde las soberanías fueran compartidas. ¿Para qué reclamar un Estado propio cuando ya los Estados no son soberanos? Muchos  pensábamos  que la gran mayoría compartía esta relativización  de la soberanía y que por ello   la apuesta nacionalista iría diluyéndose.

No ha sido así. Ni los nacionalismos de Estado ni las naciones sin Estado están por la labor. No existe una identidad europea que permita superar las querencias de los Estados; éstos tratan de  recuperar el control de las políticas que tienen que ejecutar. Tampoco   ha disminuido la pulsión de los que prefieren formar un todo aparte antes que seguir siendo partes de un todo superior.

La democracia  española necesita perentoriamente rehacer las fracturas en el proceso territorial interno para lograr que la nación no se rompa, para lograr que las partes colaboren en un todo armónico donde sea posible conciliar la diversidad con la solidaridad, la diferencia con la fraternidad, la peculiaridad con la cohesión. Si esto no se logra la democracia española pasará por una dura prueba.

A este proceso de unir lo diverso, de hacer compatibles tradiciones y sentimientos, se une la necesidad de reformular el proyecto europeo.  Esto no  es posible sin  aprender de los  errores cometidos y apostar por un nuevo contrato social.  La autonomía concedida a los poderes económico-financieros ha provocado una disminución del poder político y de las instituciones democráticas. Estas no son capaces de garantizar la lealtad de las poblaciones ni la integración de las minorías culturales. Los sistemas educativos y las políticas de inclusión tampoco son suficientes. ¿Cómo salir de esta situación?

Hay que entrar en el mundo económico y en el mundo de las religiones. No es posible que perviva la democracia aceptando  la supremacía de los mercados y  que sea vencido el fundamentalismo perpetuando  un positivismo incapaz de asumir los límites del proyecto ilustrado.

No basta con decir que deseamos más Europa o con predicar que queremos más ilustración. Las dos cosas son imprescindibles para revitalizar la democracia pero si se trata de dar más poder a la  Europa económico- financiera o de seguir inmersos en una  ilustración positivista poco habremos aprendido y poco habremos avanzado.

Necesitamos recuperar la Europa social frente a los mercados, la Europa laica frente a los integrismos y  la Europa federal frente a los nacionalismos. Para que esta propuesta tenga sentido hay que matizar, que precisar, que depurar las palabras.  Entre otras cosas porque para  las nuevas generaciones  estas formulaciones remiten  a un lenguaje tan vacío como el de la propia transición española.

Algo hemos vivido los últimos meses en España que puede ser importante para comprender los desafíos ante los que nos enfrenta mos. Son muchos los miembros de la generación de la transición  que se sienten injustamente tratados  porque piensan que aquel fue un paso adelante muy importante y no soportan el adanismo  de las nuevas generaciones. Es muy humano, es muy comprensible pero es inevitable. Hay generaciones que matizan el modelo vigente,  que procuran complementar el cuadro hegemónico, que buscan la manera de aportar sin poner en cuestión el marco dominante.

Pero existen también las generaciones disruptivas, las  que se sienten llamadas a dar una patada al tablero y cambiar los temas de la conversación. Los que hemos vivido el modelo anterior no podemos aferrarnos a él como si fuera insuperable y no pudiera ser modificado. Se trata de entrar en diálogo con la nueva generación  partiendo de un hecho inexorable: las experiencias de unos y otros son muy distintas  y  muchos de estos jóvenes viven un mundo que  para ellos comenzó en el 2.008 y  desde entonces han visto una naturalización del espanto de tal intensidad, que todo el marco  se tambalea.  Si a eso añadimos que  han encontrado que alguien de su generación ha hecho en público las preguntas que ellos se hacían y ha puesto en cuestión las supuestas  verdades que nos han traído hasta aquí podemos comenzar a entender lo que nos pasa.

No es  el menor reto de la democracia el propiciar  la conveniencia de fomentar un diálogo intergeneracional donde se puedan recordar los sueños que se frustraron, las promesas que no se cumplieron y los principios que se abandonaron. Sólo tras una prueba de veracidad cabe retomar el proyecto y darle nueva vida. Este es el punto de mira del que debemos partir. Hay crisis económica, hay crisis política, hay crisis cultural pero también  asistimos a  una ruptura generacional.

Un diálogo que está enmarcado en el otro conflicto que  conforma el día a día de nuestra democracia. El que afecta a nuestro propio ser como nación. No se trata  sólo de  plantear si incrementamos  el gasto en sanidad, en educación, en pensiones o en la cobertura de desempleo, si invertimos en infraestructuras o en investigación científica, si mantenemos un modelo de crecimiento urbano o rompemos con un modelo depredador del medio ambiente. Todo ello es decisivo pero la pregunta esencial para un país es previa, o si se quiere paralela, y remite a la cuestión de si podemos/ si queremos vivir juntos: las distintas generaciones y las distintas naciones que conforman el Estado.  Esa es la gran cuestión que hay que decidir y a la  que el reto del independentismo catalán nos aboca inexorablemente: Hay que decidirlo  en los procesos electorales o con una consulta, pero según como sea nuestra respuesta encaminaremos nuestros pasos en una o en otra dirección. Si queremos vivir juntos decidiremos repartir nuestros beneficios y asumir nuestros costes entre todos, porque todos nos sentiremos partes de un proyecto de vida en común. Si decidimos romper porque ya no podemos convivir, porque no soportamos al otro, porque preferimos caminar a nuestro aire, sin cortapisas ni dependencias, formaremos un proyecto que de sentido a muchos, quizás a la mayoría, pero que romperá  la convivencia de años y dejará heridas en unos y otros.

Tenemos que saber que no estamos únicamente ante  un problema de carpintería  constitucional, de encontrar la ley que nos permita pactar los porcentajes que justifiquen una secesión y los tiempos para repetir el proceso si la mayoría a favor de la secesión no se produce. Tenemos que pensar que un proceso de este tipo – por más leyes de la claridad a la canadiense que apliquemos – afecta a los sentimientos, a la formas de vida, a las experiencias y ese proceso no es posible sin provocar fracturas emocionales,  sin que haya vencedores y vencidos.

No se trata solo de manifestar lo que uno prefiere, sino de analizar lo que puede ocurrir.  En mi caso prefiero la España federal en una Europa federal, antes que una España sin Cataluña en una Europa en proceso de renacionalización.  Es una apuesta que considero deseable pero comprendo que muchos otros no la comparten y que cualquier proyecto  tendrá que cargar con un mundo de pasiones desatadas que será muy difícil articular, encauzar y  controlar. Y esa es la primera tarea de la política democrática: evitar que las pasiones estallen encauzando los sentimientos. Sin sentimientos no hay tensión vital y sin esa tensión la democracia perece. Pero si los sentimientos los llevamos a la incompatibilidad radical la convivencia se hace imposible. Imposible porque  las minorías culturales o religiosas no se ven incluidas en el proceso democrático e imposible porque las naciones no se viven parte del mismo Estado.