La crisis política catalana

Emmanuel Rodríguez

La crisis catalana es un episodio extraordinario, casi estrambótico, de autonomía de lo político. Autonomía llevada a niveles de delirio, pero con escasas consecuencias reales más allá de algunos golpes, unos pocos juicios y un achicharrante estrés emocional para unos y otros. Todo ocurre, es preciso recordarlo, dentro de la Unión Europea, único ámbito territorial decisivo para las provincias española y catalana. Y todo ello también dentro del marco de una sociedad pacificada y poco dispuesta a llegar al enfrentamiento armado por las cuestiones en liza. Así se explica que el desastre nunca lo sea del todo. Que cada cual pueda recuperar su vida cotidiana sin mayores traumas. Que la crisis no afecte a los empleos, a la economía (lo de las sedes se desarrolla en el nivel de lo simbólico). Y así se explica también que este conflicto, incluso cuando parece desbarrar, nunca lo hace del todo. La cuestión catalana se manifiesta en términos postmodernos, con grandes narrativas pero sin materialidad evidente, como una gigantesca guerra cultural.

Aun, por tanto, con presos y con una increíble inflación verbal (independencia, sedición, gobierno en el exilio), este conflicto sigue siendo una bicoca para ambas élites institucionales que, debemos recordar, nunca han dejado de ser los actores principales del conflicto. En primer lugar, el PP y los exconvergentes del PDeCat, dos partidos atosigados por los escándalos de corrupción, que han sufrido el desgaste de la aplicación de las políticas de austeridad dictadas por Europa. Pero que ahora se nos presentan, no sin contradicciones, como los campeones de sus respectivos demos (catalán y español), haciendo gala de gran política, con una épica que les estaba vedada por su posición subalterna en el concierto europeo. Esa triste realidad, que intentan conjurar, es la que constituye ese muñeco de paja llamado régimen del ’78. En segundo lugar, están los partidos-relevo, Ciudadanos-Ciutadans y ERC, que heredarán la tierra que han dejado sus hermanos mayores, y que azuzan el conflicto como quien sabe que lo tiene todo por ganar.

Sea como sea, ¿cómo se ha llegado a una situación en la que se ha amagado con la independencia y con una intervención directa del Estado? “Debilidad” es, sin duda, la palabra y la llave. Debilidad de aquellos que impulsaron el Procés. En primer lugar, los ex-convergentes, en caída libre desde hace años, azotados por la sobrevenida desnudez del santurrón de su fundador, mostrado al público como un archimillonario andorrano. Los ex-convergentes se ataron a un palo que no era el suyo (el soberanismo) con tal de encontrar algo para seguir flotando. Debilidad de Esquerra, partido complejo, pero que nunca pensó en gobernar y que aún hoy en día lo más probable es que acabe engullido, de una u otra forma, por su hermano mayor, siempre con más sentido de empresa. Entre los soberanistas, a los que no se les puede acusar de debilidad es a los miembros de la CUP, que desde el comienzo vieron en el procés la oportunidad para llevar al sistema de partidos catalán hasta el límite de sus incongruencias. Por una extraña alineación gravitatoria, todo ha salido de acuerdo a su propio guión. Han sido los únicos en no equivocarse en sus predicciones: no habrá pacto entre élites, los ex-convergentes amagarán con desobedecer aunque no quieran y el Estado reprimirá.

Debilidad también del partido Beta español (el Alfa es siempre el PSOE). Los populares, a su vez desnudos por sus múltiples chanchullos, llevan media década desangrándose entre escándalos de corrupción y su propia guerra interna. Solo así se explica que el PP haya decidido arrollar en una pelea que tenía ganada. Tras las jornadas del Parlament del 6-7 de septiembre, cuando JpS y CUP aprobaron las leyes que permitían el referéndum, sin más discusión ni apoyos parlamentarios, el PP simplemente tenía que haber dejado las cosas estar; y el referéndum hubiera acabado en algo parecido a lo que fue el 9N. Pero no. El Estado ha sobreactuado, enviando a miles de policías, de guardias civiles, alimentando el guerracivilismo con declaraciones calculadamente incendiarias. Ha sido un espectáculo para los suyos, para los siete millones de votantes que aún les quedan. Pero con la particularidad de que, como toda representación a tiempo real y con actores reales, algo podía salir mal.

Debilidad también de todos los terceros actores, que no han sabido generar una posición propia en cinco años de procesisme, que no han sido siquiera capaces de generar un análisis mínimamente complejo de lo que propiamente no es más que la variante catalano-espanyola de la descomposición social y política de Occidente (dicho con una fórmula muy de principios del siglo xx).

Debilidad en última instancia de la sociedad, y en todas las direcciones que se quiera. Desde una sociedad española que desconoce sencillamente lo que en Catalunya ocurre, y viceversa. Hasta un malestar que no ha encontrado más forma de expresión que la nacional. Valga decir que una de las cosas que más sorprende del independentismo catalán es la insondable vacuidad de sus contenidos: sean sociales, económicos o incluso culturales. Apenas un proyecto resumido en una idea, “independencia”, sobre la que se concitan esperanzas diversas cuando no antagónicas: la solución a casi cuarenta años de desindustrialización especialmente vividos en la Cataluña interior; la propia precariedad social implícita en un modelo económico en el que sólo el turismo y el sector inmobiliario muestran algo de dinamismo; la particular crisis de las clases medias catalanas, que se refleja en jóvenes formados sin posición ni expectativa de tenerla; la propia degeneración del régimen político en su versión catalana (lo que podríamos llamar el carácter patrimonial que CiU-PSC mantenían sobre las instituciones de autogobierno).

Lo más sorprendente, no obstante, es que a pesar de esta debilidad el conflicto catalán ha sido el colofón al 15M, si bien en un sentido negativo. Nunca en los años previos, los viejos actores institucionales han tenido tanto margen de maniobra, hasta el punto de dominar la calle y cabalgar el malestar como dueños y representantes legítimos de sus respectivas huestes, trapos y banderas. Catalunya parece ser la restauración de lo viejo, a través como siempre de la integración de lo nuevo. La reforma constitucional ya en marcha es simplemente eso.

Más grave aún. Al processisme, esta izquierda le ha ofrecido un lenguaje, que ya en el 15M era solo una muletilla de una intuición más profunda. Le ha dado palabras como proceso constituyente, régimen del ’78 y, sobre todo, democracia. Con este regalo lingüístico, ha transformado a las izquierdas, nuevas y viejas, que sin movilización son solo institución, en un contenedor vacío, sin capacidad de análisis, ni respuesta. El agujero es mayor en aquellos que han quedado más atrapados en esta gigantesca guerra cultural, aquellos que han asumido completamente la literalidad de los términos del conflicto. Así, por ejemplo, la bandera de “un sol poble”, que el PSUC agitó para apaciguar la agresiva conflictividad obrera de los años setenta y asegurar una transición pacífica, hoy se emplea para unificar por abajo a una sociedad quebrada frente al ataque a las instituciones catalanas practicadas por el Estado. Fuera de Catalunya es la misma bandera que identifica el pueblo de Catalunya con el soberanismo, y que comparte la épica de los procesos de liberación nacional, en una época, un país y una posición geopolítica que nada tienen que ver con la Guinea Bissau de Amilcar Cabral o la Argelia de Ben Bella. Nada más regocijante para los que comparten esta mirada que considerar que lo que hoy moviliza el PP-Ciutadans es una caterva de facinerosos y franquistas: un cuerpo por tanto “externo” al pueblo. Y nada más del gusto progre que esgrimir superioridad moral, también melancólica, frente a los fachas españolistas o españoles (según se encuentre el observador). Entender los rasgos neocon de estas movilizaciones, en las que efectivamente hay falangistas, pero sobre todo segmentos importantes de población modesta y hasta hace poco despolitizada, queda como una tarea pendiente para otra generación. Réquiem, otra vez, para la extrema izquierda.

En definitiva, la izquierda de 2017 no entiende el teatro de lo político: se lo toma demasiado en serio, porque quiere ser parte del mismo. Pero tampoco entiende los niveles materiales del conflicto: por ausencia de luchas materiales en las que apoyarse. Valga decir la realidad de las periferias metropolitanas de Barcelona y Tarragona que han permanecido completamente al margen del procesismo y que en las recientes elecciones se han inclinado en parte a Ciudadanos, resultado inesperado de la propia crisis de la izquierda catalana. De esta Catalunya se puede decir que es un fantasma político. Durante décadas fue el gran caladero de votos del PSC. Previamente también lo había sido del PSUC. Pero se trata de un voto que lleva treinta años diluyéndose en la abstención y en las vidas anónimas de una clase obrera pulverizada. En muchos de estos lugares, el gesto más elemental de desafección política (el abandono del voto) supera de largo el 50 %.

Su desaparición del espectro es compleja. Sin embargo, la respuesta de estos fallos en el radar reside en casi todo lo importante que haya podido ocurrir en Catalunya desde el año 73. Una economía industrial en picado que ha pasado de suponer más del 40% del PIB, a apenas rebasar el 20%. Una progresiva rarefacción y terciarización del empleo, cada vez más precarizado y peor remunerado. También una secuencia compleja de derrotas políticas que comienzan hacia 1976, cuando se quebró violentamente la oleada de huelgas de ese invierno-primavera, que detuvieron la actividad durante semanas en el Baix Llobregat y en buena parte del Vallés Oriental. Las prácticas asamblearias y autónomas del movimiento obrero catalán tuvieron, efectivamente, que ser “tamizadas” (subordinadas, sería una palabra más adecuada) por los pactos de la Transición. La integración del PCE-PSUC, los pactos de la Moncloa, el nuevo reparto político-electoral, la formación de una nueva burocracia sindical desmocharon al movimiento obrero catalán.

Sobre estos mimbres y como en forma de titulares, se puede hacer un balance:

  1. Las élites institucionales españolas y catalanas han salido curiosamente reforzadas de este conflicto. El PP ha conseguido recuperar una iniciativa política que no ha tenido desde 2011 y lo ha hecho sobre la base de un revitalizado nacionalismo español. Aunque los inmediatos beneficiarios hayan resultado ser Ciudadanos, el PP conoce bien la posición subsidiaria de este partido, y puede disponerse en el medio plazo a recuperar ese voto. Por su parte, la propia ex-convergencia de la mano de su presidente ha salido notablemente reforzada al llevar al extremo el agonismo teatral del procés. La lista del presidente puede llegar a ser la más votada el 21 de diciembre.
  1. Los terceros actores difícilmente salvarán una situación que no han sabido afrontar antes. Recordemos, para el caso, la vacilante actitud del Podemos catalán, que nació de la mano de un xulo madrileny pero que no supo aprovechar “su momento Lerroux”. Nadie o muy pocos estaban dispuestos a organizar a ese conjunto de abandonados por la sociedad civil y política catalana (y también española), a ayudarles a articular una mínima expresión política autónoma. Y hoy Podem es el mismo poti-poti de familias enfrentadas y vacío político. También hay que analizar la posición de els Comuns, que siempre guiados, como un misil ante el calor, por el oportunismo electoral, han seguido atados a un discurso ambiguo que tiene su origen en su doble clientela: las clases medias progres de Barcelona, de raíz política catalanista, y los desarrapados movilizados por Podemos. Impotentes en un marco fabricado para aniquilarlos, hoy En Comú, proclama por boca de alguno de sus líderes el un sol poble. La izquierda catalana trata de resolver su propia impotencia frente al nacionalismo catalán conservador, cuando este se valida ante el nacionalismo agresivo español.

En ningún caso, parece que los resultados del 21 de diciembre vayan a resultar concluyentes. En cierto modo, se puede decir que el procés no sólo no ha terminado, sino que va camino de ser la forma de la política catalana durante la próxima década.