La corrupción, ¡basta ya!

Se dice que la corrupción es tan antigua como la humanidad. Y es cierto. Pero también es verdad que hay momentos en los que la corrupción se muestra más corrosiva. Y este que estamos atravesando parece justamente uno de ellos.

El pillo y el cacique, desde siempre —como nos enseña la literatura—, han sido, igual que el muérdago pegado al árbol, inseparables parásitos  de la buena sociedad española. Pero con la crisis actual, omnipresente y crónica, su presencia está siendo explosiva. Tampoco supone un consuelo saber que el fenómeno de la corrupción está expandido, como mancha de aceite, sobre todo el ancho mundo. Particularmente, la corrupción de aquí está haciendo una España vergonzante, delictiva y miserable.

La corrupción ha superado ya casi todas las líneas rojas. Para el 63,9% de las respuestas del último CIS del 2014, es el mayor problema en España. Aunque aparece habitualmente más ligada a la banca, a la financiación de los partidos políticos y al negocio de la construcción, lo cierto es que, desde la monarquía hacia abajo, las prácticas corruptas están presentes en todas las instituciones del Estado y hasta en las mismas iglesias. Y se mueve hábilmente en ambientes como el soborno, la malversación de fondos públicos, el robo, el fraude, el impago de impuestos, la extorsión, el favoritismo y el nepotismo. Tampoco el comportamiento moral de la sociedad en su conjunto se libra de este azote que pervierte los valores comunes y convierte la articulación sociopolítica, la democracia, en una farsa.

No se puede sino estar de acuerdo con el juicio que hace la ONU sobre esta lacra: “La corrupción es una plaga insidiosa que tiene una amplia gama de efectos corrosivos en las sociedades. Socava la democracia y el estado de derecho, conduce a la violación de los derechos humanos, pervierte los mercados, erosiona la calidad de vida y fomenta el crimen organizado, el terrorismo y otras amenazas contra la seguridad” (Convención de Naciones Unidas contra la corrupción, 2004).

Desde Éxodo, sumamos nuestras voces a la indignación general ante la corrupción y gritamos: ¡Basta ya! Estamos decididos y decididas a no permitir que las manzanas podridas nos arruinen toda la cosecha. La regeneración moral que necesitamos solo podrá llegar por caminos como los siguientes: la educación de la ciudadanía en valores (entre los que destacan el aprecio y el respeto a las personas) y la decidida entrega de los corruptos y corruptas en manos de la justicia. Asegurando previamente que la aplicación de la justicia sea también justa.