La Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible y la deriva de la sociedad global

Carlos Gómez Gil

Una nueva cumbre mundial en Naciones Unidas con el pomposo nombre de “Agenda 2030 para el desarrollo sostenible”, nuevos acuerdos aprobados desde el convencimiento de ser incumplidos desde el momento mismo de adoptarse como ya se ha hecho con otros muchos anteriores, más promesas vacías, renovadas palabras huecas, alegrías, parabienes y felicitaciones que sonrojan a cualquiera que conozca en detalle la naturaleza de lo que se anuncia a los cuatro vientos en comparación con las políticas que cada día llevan a cabo quienes han firmado los solemnes acuerdos de la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible.

La nueva hoja de ruta del desarrollo mundial, aprobada en la 70º Asamblea General de las Naciones Unidas con la rúbrica de 190 jefes de estado mundiales, ha sido presentada con la fanfarria habitual, anunciándonos tanta dicha y felicidad para los habitantes de este castigado planeta que no se acaba de entender bien que haya tardado tantos años en acordarse. Sin embargo, cualquiera que repase las hemerotecas y los documentos institucionales posteriores a la Cumbre del Milenio, en la que se aprobó la Declaración del Milenio que daba cuerpo a los Objetivos de Desarrollo del Milenio del año 2000, aprobados también con gran júbilo por la 55º Asamblea General de Naciones Unidas, encontrará las mismas alegrías, los mismos anuncios de júbilo y satisfacción, junto a oxidadas promesas de erradicar el hambre y la pobreza en el mundo, alcanzar el 0,7% y convertir el planeta en un paraíso de bienestar para los más desdichados.

Lo del 0,7% se ha convertido ya en un clásico desde que este compromiso mundial fue acordado también por las Naciones Unidas en el año 1972 hasta el punto que de la misma forma que no hay boda en la que se deje de gritar “vivan los novios”, no hay cumbre mundial en la que todos los países se comprometan a dar el 0,7%. Pero ahora, en esta nueva Agenda de Desarrollo Sostenible lo retrasan para el año 2030, una curiosa forma de decir que la comunidad internacional no tiene ninguna intención de dar respuesta a un solemne compromiso adoptado hace más de cuarenta años, que se dice pronto.

Pero si la Agenda de Desarrollo Sostenible (ODS) es la sucesora de los compromisos y acuerdos recogidos en los Objetivos de Desarrollo del Milenio, que abarcaban desde el año 2000 hasta 2015, no se entiende bien que no se haya procedido a realizar una evaluación exhaustiva y minuciosa del cumplimiento político y técnico de estos acuerdos, más allá de los avances macroeconómicos derivados del crecimiento de la economía mundial que se nos vende como si fueran un logro de las políticas de cooperación mundial. Esto sucede, por ejemplo, con la reducción de la pobreza en el mundo a partir de la cuantificación del Banco Mundial del dólar diario de la meta 1 del objetivo 1 de los ODM, vinculado esencialmente al formidable crecimiento de la economía en China e India, pero acompañado de un gigantesco avance de la desigualdad, la destrucción medioambiental y el deterioro de la salud, como demuestran las catástrofes apocalípticas que con periodicidad se producen en estos países, dejando un rastro de centenares de muertos y heridos. Sin hablar de los graves problemas metodológicos para el acceso a datos precisos sobre la evolución de la pobreza en el mundo. El propio BM estima que se carece de datos precisos para monitorear la pobreza en la mitad de los 155 países estudiados y que no menos de 57 países contaban con una o ninguna estimación sobre las tasas de pobreza. Por tanto, avanzamos en construir acuerdos que no están anclados en datos precisos.

Sin embargo, en esta ocasión, la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible se aprueba coincidiendo con uno de los dramas humanitarios y políticos más grandes que se viven en Europa y Oriente Medio desde la Segunda Guerra Mundial a raíz de la crisis de los refugiados sirios, dejando patente la dejadez y el abandono deliberado de los países occidentales en atender sus obligaciones más elementales hacia la vida de cientos de miles de personas. Creo que es un buen termómetro de la verdadera validez de unos acuerdos para el año 2030, cuando en este desgraciado 2015 van a dar por finiquitado los anteriores Objetivos de Desarrollo del Milenio sin realizar la mínima autocrítica sobre las razones y responsables de su incumplimiento, y cuando a las puertas de Europa y en los propios países centroeuropeos a cientos de miles de refugiados, mujeres, niños, ancianos y heridos, se les niega hasta la atención más elemental a la que tienen derecho como recoge la Convención de Ginebra de 1951 y el Protocolo de Nueva York de 1967 que obliga a todos los países firmantes. ¿Para qué presentar ampulosos acuerdos repletos de palabrería hueca si a las puertas de nuestras casas podemos hacer realidad cosas tan simples como impedir que se ahoguen quienes huyen del horror de una guerra y no lo hacemos?

A diferencia de los Objetivos del Milenio, que contaban con 8 objetivos, 18 metas y 48 indicadores, los Objetivos de Desarrollo Sostenible cuentan con 17 objetivos y 169 metas, dejándose los indicadores para marzo de 2016, cuando serán finalmente aprobados. Estos ODS ponen un mayor hincapié en elementos más ambiguos que serán de aplicación tanto para los países empobrecidos como para los países desarrollados, siendo así una agenda de carácter universal. En esta ocasión, se diluyen algunos de los problemas más graves y precisos en materia de lucha contra la pobreza, siendo sustituidos por otros conceptos más imprecisos, plásticos y ambiguos, como la desigualdad, la sostenibilidad, el crecimiento económico, la promoción de sociedades pacíficas o promover los derechos. Todo ello alimentado por la apoteosis del mercado, al que bajo la excusa de promover sectores dinámicos de la economía, apoyar al sector privado y al libre comercio, se le da una relevancia como nunca ha tenido en la historia de unos acuerdos de esta naturaleza por la comunidad internacional, mediante esas perversas alianzas público-privadas que tanto daño están haciendo en no pocos espacios de las políticas de la cooperación mundial. De hecho, esta dimensión económica del mercado es la más importante en el conjunto de los ODS, hasta el punto que se han eliminado objetivos y metas que puedan entorpecer su avance. Por ejemplo, la FAO propuso algo tan sensato como una apelación a la limitación de la especulación con los alimentos básicos en los mercados mundiales de valores agrícolas si de verdad se quería no ya acabar, sino reducir el hambre en el mundo, algo que finalmente se eliminó. Algo parecido sucedió con el objetivo referido a los derechos humanos, donde se sustituyó el peligroso término de “garantizar” por otro más impreciso de “promover”. Ahora bien, cómo vamos a creer que países como Estados Unidos van a promover los derechos humanos siendo como es, junto a Somalia y Sudán del Sur, los únicos países del mundo que se niegan a firmar la Convención de los Derechos del Niño de 1989, país que también junto a buena parte de los países europeos se niegan a firmar la Convención de los Derechos de los Trabajadores inmigrantes de 1990, por señalar solo algunos tratados internacionales en materia de derechos humanos de los muchos que se niegan a suscribir países firmantes de los ODS. Y eso por no hablar de ese objetivo 16 que se compromete a promover sociedades pacíficas, todo un sarcasmo cuando ha sido solemnemente suscrito por los principales países exportadores de armas en el mundo y generadores de conflictos.

Precisamente por ello no hay compromisos vinculantes ni son de obligado cumplimiento, sin que se hayan articulado sanciones para aquellos países signatarios de la Agenda 2030 ni tampoco mecanismos de imposición y control sobre su respeto. Todos los Objetivos de Desarrollo Sostenible son simplemente voluntarios, cada país los llevará a cabo si los estima conveniente y tenemos sobradas razones para saber cuales son las conveniencias de buena parte de los Estados firmantes de estos acuerdos.

Ahora bien, en línea con lo que se ha señalado desde algunas organizaciones sociales, cuatro son los puntos de debilidad sobre este nuevo acuerdo de Naciones Unidas que le restan valor y capacidad de transformación en los avances sobre el desarrollo mundial. En primer lugar, la negativa a establecer mecanismos claros contra los flujos financieros ilícitos, la eliminación de los paraísos fiscales, y actuar contra la evasión fiscal que tanto daño hace a los Estados y en particular a los países en desarrollo. En segundo, la imposibilidad de que quienes vendan, promuevan y fomenten el comercio de armas en el mundo digan comprometerse con la promoción de la paz, que es tanto como decir que Volkswagen ha venido luchando contra las emisiones de CO2 en el mundo. En tercer lugar, la imposibilidad de eliminar la pobreza en el mundo desde un sistema económico, político e institucional basado en alimentar situaciones de pobreza y acumulación formidables. Y, por último, erosionar las políticas de cooperación mundial y los compromisos en materia de lucha contra la pobreza que son sustituidos por la fe absoluta en unos mercados y un sistema económico que ha alimentado un disparate de escala global sin mecanismos correctivos, de control o de supervisión.

Mención aparte merece el Gobierno de España, que ha protagonizado el mayor proceso de destrucción de unas políticas de cooperación y ayuda al desarrollo en menos tiempo jamás visto en la historia de los países donantes, con unas políticas de recorte y desmantelamiento de servicios públicos que han alimentado pobreza y desigualdad a niveles que lideran las estadísticas de la Unión Europea, con una fuerte involución en materia de derechos sociales y civiles, pero que firma sin reparo alguno estos objetivos, señalando que las alianzas público-privadas en las que van a entrar todos los sectores de la sociedad van a ser muy productivas. No esperábamos menos de este Gobierno que ha construido sus políticas a base de cinismo y falsedades. Pero sí esperábamos mucho más de unas ONGs que, salvo honrosas excepciones, han alabado con elogios sonrojantes unos acuerdos, una cumbre e incluso el documento oficial elaborado por el Gobierno español del PP cuya lectura solo certifica la deriva social, política y moral de las políticas de solidaridad en nuestra sociedad.

Carlos Gómez Gil es Doctor en Sociología, profesor universitario de cooperación al desarrollo e investigador de RIOS (Red de Investigadores y Observatorio de la Solidaridad), codirigiendo la revista Esbozos.