José Manuel Caballero Bonald

Evaristo Villar y Juanjo Sánchez

 

Cuando preparábamos este número de nuestra revista dedicado a “la hora de la ciudadanía”, escuchamos su lúcido y valiente discurso en la recepción del Premio Cervantes. Y nos dijimos de inmediato: deberíamos entrevistar a Pepe Caballero Bonald.
La ciudadanía, como la poesía, ¿no encierra una apuesta decidida contra la “sumisión”?

Creo que sí, que todo ciudadano digno debe situarse en el polo opuesto de la sumisión. Su papel es, en este sentido, el de un crítico del poder, sea este del signo que sea, debe oponerse de algún modo a todo lo que derive hacia las injusticias, los abusos, las corrupciones… En eso coincide el ciudadano con uno de los nutrientes esenciales del poeta: la desobediencia a las normas lastradas por la injusticia del tiempo.

La escritura, dices bellamente en tu discurso, otorgó a Cervantes nuevas coyunturas para “recorrer los caminos irrestrictos de la libertad”. ¿Podríamos afirmar eso mismo de tu biografía de ciudadano como escritor, como poeta?

Ojalá coincidiera en algo mi biografía de escritor o de ciudadano con la de Cervantes. Cervantes basó en la libertad la razón de ser de su obra y de su manera de vivir. Defendió al desvalido, a los perseguidos por la justicia, fue en todo momento un defensor a ultranza de la libertad… Seguir el rumbo moral trazado por Cervantes, evocar las lecciones que en este sentido abundan en su obra, es, sin duda, un ejemplo de conciencia vigilante.

El objetivo de la ciudadanía es alcanzar la soberanía social, justamente el extremo opuesto a la sumisión. ¿Te parece que la democracia realmente existente se orienta a ese horizonte o más bien es víctima del poder económico y nos lleva ineludiblemente a la decepción? ¿Puede la poesía, como afirmas, liberarnos de esta decepción?

La poesía dispone a veces de un poder terapéutico en el que no suele creerse. La poesía puede ayudarnos a sortear las trampas de la historia, puede neutralizar la decepción. Quien lee poesía, si lo hace desde una exigente capacidad reflexiva, se dará cuenta sin duda de que tiene mucho de consoladora.

“Siempre hay que esgrimir la palabra contra los desahucios de la razón”, decías en tu discurso. La eliminación de la asignatura Educación para la ciudadanía, ¿no tiene bastante que ver con uno de esos desahucios de la razón para que la gente “ejerza de obediente”, como denunciabas también en tu discurso?

La Educación para la ciudadanía me parece una asignatura ineludible para la formación integral de la persona, y eso hay que empezar a asimilarlo desde la niñez, al margen de cualquier tipo de adoctrinamiento, manejando valores morales fundamentales. Lo que se aprende en la escuela ya no suele olvidarse y jugará siempre un papel esencial en la forja del ciudadano. La falta de educación en este sentido genera a la larga toda clase de averías morales en la conducta, afecta de modo negativo a la personalidad del adulto.

¿Cabe actualmente soñar con una educación para la ciudadanía orientada a la soberanía popular intercultural, inclusiva, mestiza, planetaria? ¿Es el proyecto de Ley del ministro Wert un buen punto de partida? ¿O es más bien un proyecto sin poesía, sin rebelión contra la sumisión?

No conozco a fondo esa reforma educativa del ministro Wert. Pero, por lo que sé, se trata de una ley en muchos aspectos alarmante, en cierto modo retrógrada y elitista. Pienso que no poco de lo que se había ganado se está perdiendo ahora. Valores educativos que parecían ser como el aviso primero de una reforma alentadora, se están anulando de repente. Y eso puede ser muy grave.

Tu poesía se alza bajo el signo de la libertad, de la desobediencia, de la transgresión. Manual de infractores titulaste uno de tus mejo res poemarios… ¿Acaso una educación para la ciudadanía excesivamente ‘ideologizada’? ¿Has sentido por eso también los golpes del “desahucio”?

Ningún programa de educación ciudadana puede estar parcialmente ideologizado, manipulado en beneficio de un sector político, social o religioso. Eso sería lo más parecido que hay a un despropósito. Y en cuanto a los desahucios siempre han sido para mí la expresión máxima de la crueldad, del desprecio a los derechos humanos, en cuyo texto canónico se defiende taxativamente el derecho de toda persona a una casa digna. Poner en la calle, condenar a alguien a vivir en la calle, sea por el motivo que sea, es sencillamente una vileza.

En este tiempo de una “renuente crisis de valores” que mantiene a la sociedad “decepcionada, perpleja y zaherida”, como expresas en tu discurso, ¿ves signos de una ciudadanía digna de ese nombre?

Los veo… Aquí y allá van apareciendo movimientos reivindicativos que me parecen tan oportunos como necesarios. Eso me resulta de algún modo esperanzador, me sirve de contrapartida alentadora frente a otras frustraciones.

¿Te has sentido tentado en algún momento de mezclarte con los ciudadanos “transgresores” del Movimiento Altermundialista del Foro Social Mundial o del 15M, por ejemplo, y de poner palabra a sus reivindicaciones?

Me he sentido solidario en muchas ocasiones de algunos de esos movimientos. Sólo existe para mí en este sentido una restricción: la absoluta renuncia a la violencia. Estoy al lado de todos los que se manifiestan pacíficamente en demanda de causas justas y dignas.

Después de imponer la austeridad, sobre todo a los más débiles, ahora los poderes se llenan la boca con el mito del crecimiento. ¿Podrá éste acaso sacarnos del hoyo y la decepción? ¿No hará falta más bien toda una ‘revolución ciudadana’, una ‘revuelta cívica’ que alcance a la raíz de la crisis, de la corrupción, de la perversión de la democracia?

Sí, supongo que sí, que haría falta eso que se llama una “revuelta cívica”. Ya se está produciendo en cierta manera, pero de modo fragmentario y puntual. Haría falta que esos esfuerzos aislados, intermitentes, se aunaran en una causa común. Aunque sólo fuese para mantener algunas básicas parcelas de la democracia, esas que ahora parecen estar en peligro de degradación.

A ese cambio radical convoca la poesía en cuanto llamada a la transgresión, a la libertad. No así parece hacerlo la religión, las iglesias, que más bien se suman al “cortejo triunfal de bienpensantes”, como denuncias en Manual de infractores… ¿Sostienes esta sospecha? ¿La religión más bien como educación para la obediencia y la sumisión?

Observo por ahí señales más que evidentes de que las viejas pautas del nacionalcatolicismo, que han permanecido latentes en la sociedad española desde la muerte de Franco, resurgen de pronto. La actividad de la Conferencia Episcopal me parece nefasta a este respecto, no acepta perder un ápice del poder que tenía cuando se alió con la dictadura.

En nuestra revista sostenemos que esa función de la religión y las iglesias es una perversión del evangelio, que, en verdad, la religión debería ser un poderoso fermento de transgresión, de libertad, y por tanto de ciudadanía. ¿Te sumas a esta idea? ¿O la consideras utópica?

Me sumo a esa idea, incluso aunque pueda ser una utopía. La utopía también es, ya se sabe, una esperanza consecutivamente aplazada.