JOSÉ IGNACIO GONZÁLEZ FAUS

Evaristo Villar y Juanjo Sánchez

– Autor: Evaristo Villar y Juanjo Sánchez –
 
José Ignacio González Faus es un teólogo muy particular. Es uno de esos pocos escritores que desbordan originalidad, imaginación, creatividad. En sus manos la “teología de cada día” adquiere toda esa honda inmediatez y frescura que reflejan los relatos del Evangelio. Puede tratar académicamente los más profundos misterios de la cristología y de la eclesiología, creando adhesión cordial en el lector, sin perder esa fina ironía y esa crítica sana que lo acompañan a lo largo de toda su enorme producción teológica. No es necesario citar aquí la larga lista de obras mayores y menores que jalonan toda su vida. Los amigos de Éxodo, y antes de Misión Abierta, ya tienen suficiente noticia de su fecundo y original trabajo teológico y espiritual. Basta resaltar aquí ese su estilo tan personal en el que la parábola, la metáfora, el relato simbólico, la anécdota histórica, la carta resultan en sus manos géneros literarios que rebosan espíritu y vida. Para muchos de nosotros González Faus es uno de los grandes teólogos creyentes de nuestro tiempo. Buen conocedor del alma latinoamericana y de sus ansias de justicia y libertad, José Ignacio sigue siendo, además de fundador, responsable académico del Centro de Estudios “Cristianisme i Justicia”.

“Si Dios no es salvación, has dicho tú, me interesa tan poco como el saber que en otro planeta hay unos seres con cuatro ojos. Si lo es, entonces no puedo evitar la sospecha de que sea una proyección de mi necesidad de salvación”. ¿Cómo salir de este dilema? ¿Cómo te las arreglas tú?

¡Qué cosas dice uno a veces! Ahora se me ocurre preguntarte: si salimos del dilema, ¿qué queda de la fe?

Es decir, el dilema entre salvación o proyección de deseos, no es exclusivo de la fe religiosa, sino propio de todo lo que yo llamo “estructura creencial” de la persona. Ella nos aboca a que las grandes decisiones que configuran y “salvan” nuestra vida hayan de tomarse mucho más por una forma de opción “creyente” que por la conclusión de un argumento irrefutable (así, el casarse, elegir profesión, apoyar una u otra causa, buscar caminos de superación…). Porque estamos hechos así, todo lo que nos parece salvador nos ha de resultar sospechoso.

¿Quieres ejemplos? Si un hombre le dice a una mujer “te quiero mucho”, y ella no pregunta algo así como “¿de veras?, ¿no me engañas?, ¿no les dirás eso a todas?, etc.”, será señal de que aquel amor significa poco para ella. O, si tú y yo tenemos una quiniela en común, y tú estás fuera, y te llamo para decirte que hemos sacado un pleno al quince y que además somos los únicos… y tú me preguntas qué tiempo hace por aquí en lugar de decir “no me estarás tomando el pelo” o cosa parecida, está claro que el premio significa muy poco para ti. Nos constituye una cierta necesidad de salvación y ello nos da esa estructura creencial a que me refería.

Si el ser humano consigue la salvación por la práctica del amor y la justicia, ¿qué papel juegan entonces las religiones en la salvación?

No sé si te das cuenta de que tu pregunta supone ya una fe en que así se consigue la salvación… Pero dejemos eso. Vista la configuración de nuestro mundo, las religiones han de ser necesarias en algún sentido y no necesarias en otro. Si Dios quiere que todos los hombres se salven ha de ofrecerles caminos, por así decir, “extraoficiales”. En mi experiencia personal, se identifican mi fe y mi seguridad de estar salvado. Pero también me he cansado de escribir, y quizá me lo habrás leído en algún sitio, que Dios (aunque quiera que todos los hombres se salven) no quiere (hoy) que todos los hombres sean creyentes, sino que todos saquen de ellos mismos la mejor versión posible de cada cual. Por eso el amor y la práctica de la justicia, por más que broten necesariamente de la experiencia cristiana de Dios, han de ser accesibles a todos los que (sin ninguna culpa propia) no creen en Dios o creen de otra manera.

La cristología está siendo cuestionada hoy tanto por la crisis interna del propio cristianismo como por la presencia de las religiones y la incipiente teología del pluralismo religioso. ¿Es éste un fenómeno típico de nuestro tiempo?

Aquí hay que ir “pasito a pasito” como aquella mula de Francisco Javier. Lo primero que hay que decir a propósito del tema de las religiones es que, cuando aparece un problema en la historia, de momento nunca hay soluciones sino sólo caminos. Y que las prisas por solucionar son malas consejeras. Las soluciones, cuando las haya, son necesarias pero tienen su tiempo. Enseñando la cristología aprendí que muchas gentes de los primeros siglos vivieron su fe con fórmulas que hoy consideraríamos nosotros erróneas o aun heréticas o que, al menos, eran falsas soluciones del problema que entonces planteaba la cristología. No obstante, quizá fueron mejores cristianos que muchos otros que han podido disponer de aquellas soluciones.

Vale, no hay que precipitarse. Pero, ¿ cómo vivir en la incertidumbre?, ¿qué hacer en el entre tanto?

También he dicho en otros sitios que una actitud cristiana que me parece fundamental, siempre que nos encontramos ante cosas que parecen irreconciliables en el mundo de la fe, y donde creemos ver verdad en ambos campos, es la apuesta por la doble fidelidad. Recuerdo esa misma apuesta, en mi juventud, en el dilema marxismo-cristianismo; la recuerdo en el campo de ciencias y fe (con el admirable ejemplo de Teilhard de Chardin). La apuesta por una doble fidelidad es una apuesta creyente por la meta, que reconoce la provisionalidad de todos los senderos o pasos.

Es así como creo que hay que acercarse hoy al problema que nos plantea el tema de las religiones de la tierra. Es evidente el texto bíblico de que “Dios quiere que todos los hombres se salven”; y parece obligado admitir que eso se refiere no sólo a que su conciencia personal puede ser recta, sino también a que el grupo o religión en que están puede ser camino de salvación (y aquí incluyo incluso algunas formas de ateísmo). Por otro lado, un cristiano se encuentra con la proclamación bíblica de Jesucristo como “único Mediador” y Salvador de todos. ¿Cómo se compaginan? De momento, quizá no lo sabemos aunque podamos intuir algo. Es hora de apostar por la doble fidelidad, aunque sea crucificándose en ella.

“Apostar por la doble fidelidad”. ¡Pues no dices nada! Pero sigamos con el tema, ¿es Jesucristo el único y definitivo Mediador de la salvación de Dios? ¿Cuál es Su originalidad?

Único y definitivo no significan lo mismo. Pero otra vez habrá que ir por pasos. En el caso de que la razón demostrara la existencia de Dios (que a Voltaire le parecía “evidente”) a lo más que llegamos es al Dios del deísmo: una especie de Relojero supremo o de Motor inmóvil con el que el hombre no puede comunicar por su misma grandeza y trascendencia. Surge entonces la pregunta religiosa que es la pregunta por el contacto o la relación con Dios. Y como respuesta a ella aparecen las religiones o lo que cabría llamar “el hecho creyente”.

Estas respuestas son diferentes. En el hinduismo, que es antes que nada una mística, parece que el hombre cree encontrar a Dios en su misma intimidad, en la que cabe una experiencia de unidad (según otros incluso de identidad) con Él. A pesar de la total alteridad de Dios, que los Upansihads subrayan tan radicalmente, persiste la fórmula de identificación “athman-Brahman” (algo así como “alma-Dios”). Y yo no veo, contra lo que opinaba el cardenal Ratzinger, que esa experiencia suponga la impersonalidad de Dios: al menos no necesariamente.

En el judaísmo e islamismo es posible al hombre relacionarse con Dios porque él ha hablado, a través de algún profeta, y como Legislador: entregando la Torah o dictando el Corán. Con la diferencia de que, en el primer caso, Dios habla a partir de una acción liberadora y para garantizar esa liberación conseguida. Mientras que en el caso del Islam se manifiesta más bien para corregir de una vez todas las desviaciones de las religiones anteriores.

Sí, pero a ninguno de los profetas de estas religiones se le atribuye un papel “mediador” como se le atribuye a Jesucristo en el cristianismo…

En el cristianismo, Dios habla mucho más pero habla también mucho menos. Se entrega silenciosamente. Su posibilidad de comunicación se hace “carne”: uno de nosotros. Vive esta misma vida nuestra por solidaridad con la mala trayectoria humana. Se somete a ella y, desde dentro y soportándola, la transforma. Así Dios se da a conocer sobre todo como Amor (esa es Su verdad), mientras que en los otros casos Dios se revela más bien como Legislador o Trasmisor de algún código. Por eso he dicho en algún sitio que el cristianismo “no es una religión del libro” (como las otras dos). Posee un libro (por así decir) pero no es religión del libro…