JOAQUÍN GARCÍA ROCA

José Ramón López de la Osa Y Evaristo Villar

Éxodo 112 (en.-feb) 2012
– Autor: José Ramón López de la Osa Y Evaristo Villar –
 
Cuando se leen los trabajos de Joaquín García Roca se percibe inmediatamente que este hombre no es alguien que se haya dedicado al cultivo de la sociología académica, ni tampoco un teólogo al uso. Es un reconocido sociólogo, un gran teólogo y conocedor del mundo filosófico. No en vano tiene un doctorado en cada una de esas disciplinas. Investigador inquieto e incansable, tiene una curiosidad científica infinita pero que él siempre ha filtrado a través de su experiencia vital y su compromiso social, por eso sus temas de estudio y de trabajo han estado siempre relacionados con la solidaridad, las migraciones, la educación, el bienestar social y, también, cómo no (y este es su último trabajo, por cierto, premiado), la Espiritualidad para voluntarios. Es de esas personas que infunden respeto y a las que uno les concede sin ningún reparo la autoridad. No por su lejanía y formalidad sino justo por lo contrario: por su conocimiento de los problemas, su rigor analítico y su competencia, su cercanía y su cordialidad. Pensamos en él, como en tantas otras ocasiones, a la hora de pulsar algunos aspectos del complejo problema de Europa en nuestra revista.

Echando una mirada amplia sobre la UE, vemos que hemos ido del tratado de Maastricht y pasando por la entrada del euro (lo que supuso una de las cesiones más extraordinarias de soberanía que se habían conocido hasta entonces), a una situación de reforzamiento de las políticas nacionales, llegando a un momento como el actual donde tenemos problemas serios para avanzar en formas de soberanía compartida que nos permitan el establecimiento de una Unión Europea con un papel más identificado y relevante en la gobernanza actual. ¿Qué se ha hecho bien y qué se está poniendo en peligro gravemente en este proceso?

En tiempos de la dictadura, Europa era la solución, en tiempos de la democracia, la Unión Europea se ha convertido en una pesadilla. Para una generación de españoles, Europa era más que un territorio, era el lugar por excelencia de la libertad, de los derechos humanos, de la tolerancia, de la acogida de los exiliados y represaliados de la guerra civil. Allí fuimos a ampliar estudios, allí aprendimos otros modos de proyectar el futuro. ¿Qué sucedió para que ese sueño emancipador se haya convertido en un lastre de donde proceden actualmente las malas noticias? Europa exige recortes sociales… demanda más austeridad… requiere sacrificios. La construcción europea tiene graves problemas de diseño. Para unos ese defecto de diseño se reduce a la ausencia de mecanismos para garantizar la productividad y la competitividad, para mí el defecto de diseño es la articulación de los tres generadores cuyas lógicas no han sabido conciliarse: un Mercado Común, un Proyecto político y una sociedad civil europea. La racionalidad del mercado se apoderó de las otras dos racionalidades, y los Estados y los mundos sociales se han sometido a la única racionalidad mercantil, que imposibilitan construir Europa más allá de la racionalidad del mercado, y buscar una salida a sus crisis más allá del mercado. Es el mercado quien inicialmente construyó el ADN de Europa y a quien se le confía la resolución de sus problemas. Todas las instituciones locales, nacionales e internacionales quedan sometidas a la ley del mercado, aunque produzca enormes pirámides de sacrificios, debilite la democracia y desmovilice a la ciudadanía. Este imperio del mercado ahora domina la escena política europea más aplastantemente que nunca. Su última versión es el capital financiero que se reproduce a sí mismo y se independiza del proyecto político y de la sociedad civil europea. Hasta llegar a creer que la solución actual es la provisión de liquidez por parte de los bancos centrales, la estabilidad financiera y el estímulo a la demanda.

¿Cómo es posible que lo que tenía en un principio un aspecto liberador se haya convertido en el mayor productor de incertidumbre y miedo? Cuando Europa se convierte en mercado, la economía devora la noción de persona ya que la reduce a un simple titular de dinero y a los pueblos en simples deudores que concurren en el mercado global. Una moneda única no puede sobrevivir sin un proyecto político, es difícilmente viable con 17 soberanías políticas, económicas y fiscales. Uno de sus arquitectos, J. Delors, lo ha reconocido abiertamente: la crisis financiera mundial ha precipitado la crisis del euro, pero esta hubiera llegado un día u otro debido a la falta de rigor y de coordinación de sus políticas públicas. “Europa se hará por la moneda o no se hará”, decía uno de sus fundadores. Mientras el mercado común se construye como un casino, dispuesto a conseguir un rendimiento espectacular en el plazo más breve posible, la unión política se construye sobre la centralidad de la ciudadanía y la sociedad civil se construye sobre relatos compartidos y sobre la convivencia de tradiciones e historias distintas.

Europa, sin estas energías emancipadoras, podrá ser malamente un mercado que se afirma frente a otras regiones mundiales, más interesadas en salvar la competitividad sobre el dólar y sobre los países asiáticos; pero le falta su alma y su identidad.

Vivimos una situación paradójica: por un lado Europa ha sido la cuna de la democracia, y si con algo nos hemos sentido identificados en nuestra andadura política y social ha sido con esta forma de organización. En cambio, ahora se están reforzando los nacionalismos y la crisis parece ser una de las causas. Hay quien habla incluso de período postdemocrático. ¿Qué democracia nos espera?

Los espacios regionales son los más idóneos para afrontar los desafíos de un mundo único e intercomunicado, pero la UE se ha quedado sin energías utópicas, la Europa de los mercaderes y la Europa burocrática de Bruselas ha agotado aquellas energías que la convirtieron en tierra de asilo, en fermento de los derechos humanos, en cuna del Estado social; su horizonte se ha empequeñecido y se ha teñido de pesimismo. Le importa más ser un fortín que una sociedad abierta y beneficiosa para todos los países del mundo que tienen una necesidad urgente de salir del subdesarrollo. En su diseño original triunfa la lógica económica, que siempre es excluyente frente a terceros, se imponen los más fuertes que crean un núcleo duro (Alemania y Francia), se construye de forma radial (centros y periferias) más que en forma de red.

Ante la falta de energía utópica, los poderes públicos siguen orientados a lo nacional, organizados según el patrón del Estado nacional y territorial. Es imposible entender algunas de sus medidas, sin aludir a sus intereses nacionales, lo que explica el desmedido interés alemán por la deuda ya que son sus bancos los beneficiados, el interés francés por la agricultura. Nos quedamos, de este modo, con el mercado y desplazamos la construcción política y social, que nos incapacita para crear una política unitaria sobre la energía nuclear, sobre el empobrecimiento estructural de los países subdesarrollados, sobre el paro y las desigualdades sociales crecientes en su interior, sobre el deterioro del medio ambiente, sobre la investigación biotécnica. En su célula madre hay una expropiación de la ciudadanía y de la participación interesada en el desarrollo del Estado social, en el control del capitalismo salvaje globalizado, en el respeto a los derechos humanos, en la defensa del asilo y del refugio, en la disposición a compartir el mundo con otros seres humanos ya que como decía Hanna Arendt “son los hombres y no el hombre quien habita la tierra”. son las energías utópicas que la crisis actual ha debilitado.

Un organismo así origina extremismos identitarios que empiezan a tener un amplio apoyo social, y se sostiene sobre una especie de fascismo social, que sacrifica la democracia ante las exigencias del capitalismo financiero, promueve la segregación social de los excluidos.

Hay que inventar nuevas y plurales formas de democracia; sin descalificar la democracia electoral, que se sustancia en el voto, ni la democracia liberal que se sustancia en el individuo, es necesario apostar por nuevas formas de democracia participativa e intercultural. Aunque sea difícil de organizar, los movimientos sociales, las diásporas culturales, las minorías étnicas, las regiones y comunidades territoriales, las sociedades pluriculturales deben desempeñar un mayor papel en la organización de la democracia europea.

Recientemente se ha modificado un artículo de la Constitución española para cumplir de forma más rigurosa las medidas de reducción del déficit, como manda el texto del Tratado, pero se echan de menos medidas exigentes para incentivar el crecimiento. Los grandes partidos siguen las directrices de Alemania. Política y socialmente, ¿qué va a suponer esto visto desde la óptica de la ciudadanía?

Como resultado de lo dicho, ha preocupado más crear las condiciones propicias al mercado, que favorecer el uso democrático de los recursos y el reconocimiento de los derechos civiles, políticos y sociales sin los cuales no hay organización humana posible. Sin embargo la Europa del mercado no se ha complementado por una Europa de los ciudadanos, ni la Europa-fortín se ha conciliado con la Europa-asilo. Se posponen otras formas de integración, política, cultural y social. De modo que el vino nuevo se debía conservar en odres viejos: nada sobre los mecanismos de coordinación política, nada sobre la ciudadanía europea, nada sobre el funcionamiento de las instituciones comunes. Bastaría, torpemente, con revisar la Constitución en lo referente a la capacidad de endeudamiento de los Estados miembros, a sus irregularidades contables y a la solvencia de su sistema bancario. El reforzamiento de algunas fronteras ante la circulación de las personas y la discriminación racial que impregna algunas políticas nacionales europeas indican el desinterés por las cuestiones de ciudadanía.

El imperio del mercado comporta, en sus entrañas, una contradicción con el principio democrático ya que como advierte Adam Smith el poder de los ciudadanos (democracia) se concilia mal con el poder de la propiedad (capitalismo).

Parece obvio que hay que tomar medidas en orden a contener el gasto, por lo tanto es justo asumir prácticas de mayor austeridad y para ello se están pidiendo grandes esfuerzos, pero, en cambio, las esperanzas que se ofrecen parecen muy inciertas. ¿Qué se puede hacer por quienes se están quedando en la cuneta? La cantidad de gente que está cayendo en niveles de pobreza absoluta crece por días. ¿En momentos de crisis los derechos humanos se relativizan?

Ante la pobreza, que persiste y se amplía a nivel europeo, hay que activar medidas de redistribución; no existe menos riqueza sino menos igualdad y más diferencia entre los primeros y los últimos. Esta transformación requiere de tres vías: la vía cultural y ética, la vía de presión y movilización social, y la vía política e institucionalización legislativa. De la ruta ético-cultural se espera que introduzca en la realidad una tensión que actúa como un horizonte de expectativas y una especie de utopía-energía para la promoción de alternativas. Es importante una revolución cultural de las expectativas que no se conforme con crecer sino que se pregunte para qué crecer, a costa de quién se crece. No tiene sentido crecer para seguir creciendo. Esta ruta cultural se despliega en la educación de los sentimientos y convicciones morales, en la promoción de virtudes públicas como la colaboración y la solidaridad y en estilos de vida sostenibles.

De la movilización ciudadana se espera que las organizaciones locales e internacionales inauguren nuevas formas de participación, que como frenos de emergencia, se disparen en contacto con el sufrimiento humano, con la exclusión, con la inhumanidad. La construcción europea, en expresión de Walter Benjamin, se ocupó más de los motores del desarrollo que de los frenos de emergencia. Qué son, sino frenos de emergencia, los movimientos sociales que proponen alternativas mundiales a la crisis, las redes internacionales que gritan a favor de la tasa Tobin y del comercio justo, o el clamor de los indignados. Esta movilización ciudadana logra nuevos derechos que permiten conmover y revertir los cimientos de una sociedad en nombre de otro mundo posible, en organizaciones cívicas que promueven la participación ciudadana y en voluntariados que configuran la economía del don.

Pero no basta domiciliar la caridad en los sentimientos morales ni en la movilización ciudadana sino también requiere ser institucionalizada a través de conquistas legales e instituciones públicas. El debilitamiento actual de los sistemas de protección no trae nada bueno a los que están peor situados. Se necesita institucionalizar las tres generaciones de derechos de forma que nadie quede desprotegido mediante conquistas legislativas que puedan ser exigidas vía derecho: la renta de ciudadanía, los servicios sociales, sanitarios y educativos, y en general lo que hemos identificado como estado social.

Nuestras sociedades son plurales y complejas, y Europa hace mucho que camina en esa dirección. La diversidad y el pluralismo pueden ser una vacuna contra el dogmatismo y la intolerancia, pero ese pluralismo demanda unos valores sustanciales comunes y un texto que los recoja. ¿Nos hubiera ayudado en esta coyuntura actual el haber tenido ya la Constitución europea?

Una Constitución es un elemento necesario ya que el Estado nacional resulta un marco demasiado estrecho para afrontar los problemas actuales y los riesgos globales, tanto económicos, sociales, y culturales, sin un proyecto político de gobernanza. Sin embargo no va a ser una constitución lo que funde la identidad europea, en un momento en que las fronteras no están aún fijadas, ni están definidos los derechos de los ciudadanos de los países miembros, ni se ha logrado una política común exterior, policial, medioambiental, social y laboral. La constitución europea, si quiere ser algo más que un texto muerto, que dure al menos cinco años, ha de nacer de un proceso abierto, experimental y plural. La Unión Europea necesita de un largo periodo de experimentación ya que necesita formas mixtas de gobernación, de recreación de las historias nacionales, de articular unidad y diversidad, de reconocimiento de identidades plurales, de la solidaridad nacional que no pueden ser resueltas todavía. Creo que es mejor mantener vivo el poder constituyente que cerrarlo de golpe desde la centralidad de una nación o de una ideología o de unos grupos de poder, como sucedería actualmente. Europa debe ser un proceso constituyente, propicio a la colaboración de abajo arriba, antes que un poder constituido. Tendrán que desaparecer las definiciones excluyentes del extranjero, socializar las historias nacionales que permitan pasar de enemigos a colaboradores, y comprender que ser europeo se puede conciliar con identidades múltiples, ser español, alemán o griego. Incluso que tu historia puede ser tan válida como la mía. Y llegar a entender, como propone el historiador Joseph Fontana en Europa ante el espejo, que una de las pocas lecciones de la historia que parecen tener validez universal es que ninguna muralla protege permanentemente a una colectividad de los invasores que la amenazan, si no consigue establecer alguna forma de pacto con ellos.

La constitución europea tendrá que librarse del sueño nefasto del siglo XX que llevó a muchos Estados europeos a intentar crear naciones culturalmente homogéneas con identidades unitarias. Europa nunca fue una sociedad homogénea ni cultural ni lingüística, ni religiosamente, aunque se intentara por todos los medios.

La población europea ha cambiado mucho en los últimos 50 años, la inmigración ha dibujado un mapa diferente y por ello las religiones ocupan un papel relevante en la nueva configuración. Hay valores, por ejemplo, como los de “libertad religiosa” o “libertad de conciencia” que son básicos en nuestro esquema de libertades. ¿Cómo está cambiando la influencia de las religiones la cultura europea?

Europa se ha construido durante miles de años en oleadas de inmigrantes que ocuparon territorios. Llegaron los romanos y se quedaron, llegaron los fenicios y los celtas y se quedaron, llegaron los árabes y muchos se quedaron, llegaron los pensionistas nórdicos y se quedaron en las costas mediterráneas. Todo el mundo ha venido de algún otro lugar, y cuando llegan los últimos, la bienvenida siempre resulta una tarea exigente. Europa se ha construido como un estrato geológico formado por movimientos migratorios que intercambian y comunican entre ellos. Hoy no buscan espacios ni tierras sino trabajo, bienestar y oportunidades económicas. En contradicción con su propia historia, Europa renuncia a ser tierra de asilo y se sirve de un lenguaje militarista para afrontar los procesos migratorios: invasión, oleadas, expolio. Europa está atrapada en una seria contradicción con respecto a las personas inmigrantes. Por una parte se les necesita como trabajadores y por otra no son aceptados de buen grado como ciudadanos y molestan en los parques, en las discotecas y en los servicios públicos, ya que sobrecargan los presupuestos gubernamentales de bienestar y confrontan el sentido de la propia identidad. Requiesti ma non benvenuti, como dicen los italianos.

La Unión aplica políticas restrictivas a la ampliación de derechos favoreciendo así el miedo al inmigrante, al que atribuyen quitar trabajo, traer enfermedades ya vencidas, disparar la delincuencia y hacer peligrar el Estado de Bienestar. Sin ellos no subsiste el proyecto europeo, y con ellos resulta imposible.

En esta quiebra del proyecto europeo sitúo yo la gran aportación de las religiones. La crisis actual no ha creado condiciones favorables para el ejercicio de la fraternidad, más bien en contexto de escasez el otro es un competidor, las casas se blindan, los extranjeros se reducen a extraños. La experiencia religiosa por antonomasia consiste en reconocer que fuera de la propia tribu existen seres iguales a nosotros, que el mundo alberga a otros seres parecidos pero con igual dignidad y derecho. En la base de la Unión Europea está la responsabilidad no solo por los que pertenecen al mismo círculo sino también por los perdedores, dejándose así afectar por el sufrimiento de las víctimas de esta historia nuestra. Al servicio de esta responsabilidad universal ante el sufrimiento, que concilia el universalismo moral con la solidaridad y la compasión deben estar las religiones en esta hora. Y su gran mensaje hoy es anunciar que se puede y se debe universalizar desde las víctimas de la crisis y no desde los vencedores, desde los marginalizados o excluidos y no desde los banqueros. El lugar de la salida de la crisis son los últimos ya que cuando ellos tienen reconocidos sus derechos los tenemos todos.

Uno de los temas de debate en el proceso de elaboración de la Constitución europea era la mención expresa del origen cristiano de Europa. ¿Qué papel jugará el cristianismo en Europa?

La Unión Europea ha ido construyendo su propio proyecto frente a otros modos de entender el futuro. Como ha señalado Rifkin en El Sueño europeo, mientras la mayoría de los inmigrantes llegados a Estados Unidos optó por olvidar su pasado y sacrificar su presente para obtener futuras recompensas, los europeos quieren preservar y cultivar su herencia cultural, disfrutar de una buena calidad de vida aquí y ahora, y alumbrar un mundo de paz sostenible en un futuro próximo o lejano. En consecuencia, la construcción europea tiene distintas fuentes, distintas tradiciones y distintas sabidurías.

El cristianismo tendrá un papel en Europa en la medida en que respete esta pluralidad y sirva, fomente y proteja la esfera de solidaridad universal. Lo cual compromete al cristianismo en la construcción de la laicidad como característica de un proyecto político europeo de convivencia.

La laicidad, como proceso socio-cultural intenta ampliar la libertad cultural y gestionar la diversidad, que permita a la gente vivir de acuerdo con sus preferencias, escoger entre opciones disponibles y ampliar las alternativas para ser y hacer aquello que valoran en la vida. Impide la exclusión basada en el modo de vida, en elementos étnicos, raciales, sexuales o religiosos. Como realidad política, el principio de laicidad se opone a la imposición de una religión, ideología o pensamiento. El principio de laicidad es un modo de ser Estado ante la configuración plural de la sociedad civil, un modo de proteger la libertad religiosa, la libertad de creer o no creer, de expresar o practicar una fe de forma libre y pacífica.

Los obispos europeos, con ocasión del debate sobre la Constitución de la Unión Europea, afirmaron que “la laicidad es una de las aportaciones que los mismos cristianos deben hacer a la construcción de la convivencia”. Lo cual desautoriza a los que se niegan a construir una cultura laica en el modo de relacionarse el Estado con las confesiones políticas y las diásporas culturales. La laicidad, la religión cristiana y el proyecto político europeo no sólo son compatibles sino que se pueden dinamizar y enriquecer mutuamente. Un proyecto laico europeo acaba con el monopolio de la fuerza física para resolver conflictos, que justificó la venganza privada, la guerra de religiones, la coacción y la violencia. Asimismo, cuestiona el monopolio de cualquier tipo de saber, incluso de saber científico, que desprecia otros conocimientos como la intuición, la poesía, la historia, las culturas populares. Ha sido el gran aprendizaje de la reciente crisis global haber mostrado la debilidad del conocimiento económico y financiero para prever catástrofes. Cuestiona también el monopolio de la religión y de una ética para ordenar la convivencia y promover convicciones, símbolos y buenas prácticas para la construcción de valores comunes y compartidos, sobre lo que no debe volver a producirse en ningún caso (por ejemplo, ninguna cultura reclama legítimamente el derecho a practicar la esclavitud, o la necesidad de una guerra de religiones) o sobre lo que debe preservarse (la paz, la confianza, el respeto, la tolerancia, la libertad religiosa).

Los cristianos tenemos razones suficientes para estimar lo común; cuando se pierde lo común, nos perdemos a nosotros mismos. Es el verdadero sentido de la invocación a la ley natural, que se despliega hoy en los derechos humanos, que son la capacidad moral de la humanidad para descubrir y proteger las condiciones necesarias para la dignidad humana. Al aceptar el premio Nobel de la Paz, Martin Luther King proclamó una “fe audaz” en que “en todas partes la gente pueda tener tres comidas al día para su cuerpo, educación y cultura para su mente y dignidad, igualdad y libertad para su espíritu”.

Creer en la ley natural significa reconocer que en la historia del otro hay también verdad, bondad e inteligencia. Lo extraordinario y difícil en la sociedad laica es reconocer la igualdad, reconocer que fuera de la propia tribu existen seres iguales a nosotros, con igual dignidad y derecho, reconocer que según San Pablo “Dios es todo en todos”.

La eliminación de la Educación para la ciudadanía se ha hecho invocando las Directivas europeas. ¿Consideras, como creen los obispos, que este hecho es una buena noticia?

La invocación a las directivas europeas es un pretexto para justificar una decisión discutible y sumamente ideológica. El ministro del ramo alude por igual al Consejo de Europa y a la “evidencia científica comparada”, ambas estrategias de inmunización. Yo creo por el contrario que la eliminación es una medida ingenua, irracional y contraproducente. Es ingenuo creer que los contenidos doctrinarios circulan por la única vida de la EpC., ya que impregnan, por igual, la historia, las matemáticas, la geografía y la religión. Haría bien la jerarquía comprometiéndose en la lucha contra lo doctrinario en todos los campos, empezando por sus instituciones.

Es irracional sustraer a los jóvenes de una oportunidad educativa de socializar los valores comunes. Es un error preparar a los jóvenes para un universo de medios y secuestrar los fines. Esta debería ser la prioridad de la Iglesia en un momento en que importa más tener trabajo y crecer que saber para qué se trabaja y para qué se crece. Hacer de los jóvenes algo más que un candidato a la producción y al consumo es el gran desafío hoy de la educación. Si en lugar de socializar los valores, nos conformamos con que los jóvenes conozcan las leyes hacemos un flaco servicio al uso público de la razón. Lo denunciaba Hannah Arendt con ocasión del proceso contra el criminal Eichman, a quien, según ella, le aquejaba la falta de reflexión para distinguir lo bueno y lo malo. De este modo nos previno contra ese fenómeno contemporáneo que es “la tendencia a rechazar el juzgar en general. Se trata de la desgana o incapacidad de relacionarse con los otros mediante el juicio… En eso consiste el horror y, al mismo tiempo, la banalidad del mal”.

Es contraproducente identificar la educación cívica con la enseñanza de leyes, constituciones e instituciones nacionales y europeas. Este es el mayor error a largo plazo. Si algún peligro tiene nuestro tiempo es el positivismo de la ley, que identifica los valores éticos con lo legislado y lo instituido, confunde lo ético con la ley. El cardenal Ratzinger en su diálogo con Habermas se pregunta quién podrá alimentar los valores de la sociedad laica. Confía la alimentación de los valores de la sociedad laica a las llamadas minorías creativas, en las que “laicos y católicos, los que creen y los que no creen como las ramas del árbol con muchos pájaros deben andar los unos al encuentro de los otros con una nueva capacidad de apertura. Los creyentes no renuncian nunca de buscar, y quien busca, por otra parte, está tocado por la verdad y como tal no puede ser clasificado como un hombre sin fe o sin principios morales inspirados de la fe cristiana”.

Es la trampa que el presidente del tribunal constitucional de Italia. Zagrebelsky, denunciaba en su diálogo con el teólogo Ratzinger que interese más la Vida que las personas vivientes, más la Familia que las personas que viven en familia. La solidaridad actual permite hablar más de las personas vivientes que de la Vida, más de las personas que viven en familia que de la Familia, más de Educación para la Ciudadanía que de Educación cívica y constitucional. Mientras el derecho es un conjunto de proposiciones legales, que se expresa en códigos y comportamientos abstractos, el ejercicio de la ciudadanía se expresa en concretas actitudes, acciones y hábitos del corazón.