JESÚS DE NAZARET Y LA HISTORIA

Carmen Bernabé

Ex106 (nov.-dic-2010)
– Autor: Carmen Bernabé –
 
PERTINENCIA Y NECESIDAD DEL ENFOQUE HISTÓRICO EN EL ESTUDIO DE JESÚS DE NAZARET

El cristianismo se caracteriza por creer que Dios se ha hecho carne e historia en Jesús de Nazaret, por confesar que en un hombre concreto Dios se hizo presente de forma única. La fe cristiana posterior profundizó esta primera confesión creyente, la desarrolló y le dio expresión teórica y sistemática a la luz del pensamiento filosófico griego y con sus categorías. Ahora bien, esta cristología desarrollada tiene en sus orígenes las afirmaciones creyentes que unos testigos hicieron respecto a una persona histórica con una vida concreta. Es cierto que la fe cristológica no tiene como objeto únicamente al Jesús de la historia ni se basa solamente en la vida de Jesús pues es fundamental para ella la experiencia pascual que es don recibido y es verdad que el Cristo confesado es algo más que el Jesús de la historia, pero no es menos cierto que la realidad histórica del confesado no es un mero presupuesto como pretendía Bultmann sino algo fundamental.

Aquel al que la fe confiesa como resucitado, glorificado e Hijo de Dios tuvo unas actitudes y no otras, hizo unas opciones concretas que le llevaron a vivir como vivió y a morir como murió. ¿Es posible decir que el Glorificado lo sería independientemente del mensaje, o de las actitudes y opciones que hubiera tomado durante su vida? Precisamente la confesión de fe subraya que éstas no fueron irrelevantes e indica que la glorificación de Jesús de Nazaret está íntimamente unida a su forma concreta de existencia. La fe cristológica postpascual, aunque tiene mucho de don, tiene sus orígenes y pone sus fundamentos en la existencia histórica de Jesús de Nazaret, el crucificado glorificado.

Confesar que en Jesús de Nazaret Dios se hace presente de una forma única tiene también que ver con la forma de ser y actuar de Jesús pues la fe postpascual comenzó a fraguarse ya antes de Pascua.

Una frase de Rahner resume de forma magnífica lo que he pretendido exponer en lo que precede: ”No se trata, por tanto, de que sepamos cómo es Dios y luego tengamos que espiar cómo esa realidad divina se mezcla con la humana de Jesús. El hombre Jesús de Nazaret, la historia de un judío del siglo I que murió ejecutado en una cruz como consecuencia de unas opciones humanas concretas, es la exégesis de Dios (Jn 1,18), su parábola viviente (Jn 14,9). Dios no es lo que queda en Jesús una vez se resta su humanidad y su historia de la cantidad total de información. La divinidad sólo se vislumbra en esa aventura humana. Más allá de ella nos quedamos sin ninguna información sobre la divinidad de Jesús” (¿Qué debemos creer todavía?, Sal Terrae, 1980:110-112).

El camino de acceso a la divinidad de Jesús pasa necesariamente por el encuentro con su humanidad; su divinidad sólo puede ser dicha por nosotros a partir de su humanidad (J. Vitoria).

SENTANDO LAS BASES DEL ESTUDIO: EL JESÚS RECORDADO

Ponernos de acuerdo en los conceptos es necesario para poder entendernos. Por eso es bueno comenzar diciendo a qué nos referimos cuando hablamos de ciertos nombres: Se suele distinguir entre el Jesús histórico: la reconstrucción, siempre limitada y con un margen hipotético que se hace a partir de los datos evangélicos críticamente analizados; el Jesús real que es el Jesús terreno total que nunca es captable de forma exhaustiva y completa por la ciencia histórica.

Para llegar al Jesús histórico tenemos los evangelios que son documentos en los que se evoca de forma suficiente al Jesús histórico mientras se proyecta en ellos la fe cristológica, la interpretación creyente de aquél, el Jesús recordado. El estudio crítico descubre la reelaboración de los acontecimientos históricos realizada por las comunidades y los evangelistas en los evangelios.

UN CONSENSO Y UN DISENSO RAZONABLES

Hay una cierta crítica que para negar el valor de la búsqueda del Jesús histórico aduce que los investigadores no se ponen de acuerdo y que hay tantas imágenes de Jesús como estudiosos. Sin embargo, esto no es cierto. El estudio del Jesús histórico no es una selva donde cada estudioso tiene una posición y nadie se pone de acuerdo. Se van alcanzando consensos importantes y hay algunos puntos en los que la inmensa mayoría está de acuerdo.

El boceto que presentamos a continuación está hecho sobre los puntos de consenso.

LOS TRAZOS DEL BOCETO DE JESÚS DE NAZARET UN HOMBRE EN PROCESO Y RELACIÓN

Todas las fuentes coinciden en que Jesús dejó la vida en la aldea y fue al encuentro de Juan Bautista que se encontraba predicando el bautismo de conversión a orillas del Jordán y había dado comienzo un movimiento renovador centrado en el rito bautista como signo preparatorio para el juicio definitivo de Dios que anunciaba cercano.

Es probable que Jesús fuera discípulo suyo durante un periodo indeterminado de tiempo después de acogerse al bautismo como tanta gente que acudía a Juan; aunque es cierto que las fuentes no son claras en esto quizá porque ese presentaba ciertos problemas a las comunidades que recordaban y confesaban a Jesús como superior a Juan. De hecho le presentan como “el precursor” de Jesús.

Es común a las fuentes que la experiencia del bautismo y la realidad vivida en el entorno del Bautista supuso para Jesús de Nazaret un momento privilegiado para la definición de su propio camino. Esto parece ser lo que está detrás del relato de la hierofanía. Jesús deja el desierto y vuelve a las aldeas y comienza a proclamar que el tiempo definitivo de Dios está comenzando, ya está haciéndose presente. Frente al subrayado de juicio propio del mensaje de Juan, Jesús proclama la presencia cierta y activa de la salvación de Dios en el presente. Al contrario que los apocalípticos que veían necesaria la abolición del mundo presente para la implantación de la salvación definitiva, Jesús, en línea con los profetas, proclamaba que la salvación ya dejaba ver sus brotes en la historia presente, a pesar de sus sombras.

Pero la experiencia vivida en el movimiento del Bautista ayudó a configurar el ser y la misión de Jesús. Y eso sucede también con otras personas con las que se encuentra. Jesús aparece como un ser humano que va descubriendo su camino y cómo vivirlo desde los ojos de Dios –lo que suele denominarse “la voluntad de Dios”– y en ese descubrimiento le ayudan las personas y las situaciones que descubre a su alrededor: el sufrimiento de la gente, sus necesidades, los encuentros personales… Y así es recordado también en los evangelios, en permanente relación con la gente y la realidad.

UN SÍMBOLO QUE PONE IMAGEN A SU TAREA Y A SU ENSEÑANZA: EL REINO DE DIOS

“El reino de Dios está llegando, convertíos y creed en el evangelio”, ésta parece haber sido la proclamación con la que Jesús comienza su ministerio separado y distinto del de Juan Bautista.

Reino de Dios, más que un concepto era un símbolo evocador para hablar de Dios y de su relación con los seres humanos. Era poco utilizado en tiempos de Jesús aunque lo había sido en dos momentos históricos de gran dificultad para el pueblo de Israel: el destierro de Babilonia (siglo VI a.C.) y la crisis seléucida (siglo II a.C.).

Tanto en el DeuteroIsaías (is 52,7) como en el libro de Daniel (cc. 2-7) el símbolo había servido para dar esperanza y para animar la resistencia activa al pueblo que estaba sufriendo una situación de injusticia y opresión política especialmente dura y difícil. Reino de Dios era por tanto un símbolo que procedía del ámbito socio-político de la experiencia y evocaba a quienes lo escuchaban la configuración de un tipo de relaciones más justas.

El término griego utilizado para hablar del reino de Dios (basileia tou theou), igual que el castellano, permite una traducción del término reino en dos sentidos: por una parte, connota la soberanía ejercida; y por otra, el lugar o el grupo sobre el que se ejerce. En el caso de Jesús se refiere a la soberanía de Dios ejercida como posibilidad liberadora y gratuita que se ofrece y que puede acogerse o no, pero si se acepta supone un grupo donde se hagan visibles sus efectos bienhechores.

En medio de una situación de desarraigo, endeudamiento general, y falta de horizontes como era la Palestina de la primera mitad del siglo I, Jesús se atreve a anunciar que la salvación de Dios está comenzando a ser una realidad, que la soberanía liberadora de Dios ya ha comenzado a experimentarse, y que, a pesar de las apariencias, su salvación se experimenta ya en la historia. Frente a los apocalípticos que anunciaban el mundo nuevo de Dios sólo tras la destrucción de este mundo al que veían totalmente dominado y corrompido por el mal, Jesús anuncia que la salvación de Dios ya está presente e imbricada en este mundo presente que sí tiene futuro. Su mirada era capaz de percibirla. Aunque, tal y como se aprecia en algunos de sus dichos, esperaba la plenitud del reino de Dios para el futuro, aseguraba –con sus palabras y sus obras– que la salvación ya había comenzado y que Dios ya estaba haciéndose presente en medio de su pueblo y, por tanto, que la salvación escatológica y definitiva había comenzado ya en la historia.

Para poder apreciar y experimentar esa buena noticia Jesús pedía una “metanoia”. Este concepto de metanoia –normalmente traducido por conversión– es clave para comprender el mensaje de Jesús, aún más, es su condición de posibilidad. Significa dar la vuelta, cambiar de perspectiva desde donde se mira la realidad, y es que el lugar vital y existencial donde cada persona está colocada condiciona de forma decisiva lo que percibe de la realidad. Lo que Jesús pedía era que se mirara desde otro lugar, o lo que es lo mismo, con otros valores como guía que permitieran reconocer y vivir la buena noticia de la presencia germinal del reinado de Dios. Este lugar desde donde mirar la realidad, del que Jesús afirmaba era la perspectiva de Dios, era el lugar de los más necesitados y excluidos, y las “gafas”, los valores, eran los del reino.

UN HOMBRE CON UNA EXPERIENCIA RELIGIOSA DETERMINANTE Y CONFIGURADORA

En el fondo y sustentando la novedosa y contracultural propuesta de Jesús, de sus palabras, de sus acciones, así como de su pretensión de autoridad bastante inaudita, a saber, que su ministerio y su persona estaban en estrecha relación con la llegada del reino de Dios que anunciaba, parecen haber existido tanto una toma de conciencia de la realidad como una profunda experiencia religiosa, ambas en estrecha relación. La experiencia de Dios le lleva a mirar la realidad con otros ojos y a tratar de cambiarla pues parece haber entendido que Dios la mira de otra forma –o como suele enunciarse más habitualmente, que la voluntad de Dios para la realidad y los seres humanos era otra muy distinta–. La toma de conciencia de la realidad le lleva a intuir que esa no puede ser la voluntad de Dios para los seres humanos, que esa situación no es a la que están llamados. Y esto supone a su vez una experiencia concreta de Dios, que se transparenta en sus acciones y en su enseñanza.

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