Inteligencia colectiva y revitalización de la participación democrática

José Ángel Medina

Desde que la especie humana comenzó a poblar la Tierra las soluciones colectivas han sido las protagonistas de su bienestar. Las condiciones intelectuales del ser humano en comparación con otras especies han dado lugar a una historia plagada de soluciones que han permitido mejorar las condiciones de vida de las personas.

Las soluciones colectivas han sido a menudo de carácter cuantitativo. Los seres humanos han sido conscientes de que muchas de las tareas, de las funciones o de los retos a los que se han enfrentado para asentarse en un territorio, vivir en él, y acrecentar su calidad de vida eran realizables sólo en el caso de que sumaran sus fuerzas, sus ideas o sus habilidades.

En otras ocasiones los seres humanos no sólo han sido capaces de descubrir las oportunidades que les brindaba la adición entre unos y otros, sino que han ido más allá y han inventado soluciones que requerían de una mezcla de más calado que la suma de esfuerzos: la multiplicación. La unión simple de oportunidades ha dado paso a la combinación de unos factores con
otros, de manera que se multiplican, se reparten, se condicionan y se coordinan y se conjuntan, y el resultado es una solución superior a una mera agregación de trabajo.

Así ha sido posible desarrollar las comunidades, fabricar utensilios, sanar a las personas, cuidar de la especie, dominar la fuerza, alimentarse, y nos hemos encontrado con el arte, la filosofía, la agricultura, la ética, la industria y un sinfín de actividades nacidas de la capacidad del ser humano para llegar a soluciones colectivas.

Todo esto a pesar de que la historia tal y como nos la han narrado habitualmente parece que se sustenta en la acción de individuos aislados (especialmente hombres) que con su genio o su suerte han hecho avanzar nuestra especie a empellones. Sin
dudar en absoluto de las competencias de Aristóteles, es necesario poner sobre la mesa que la verdadera grandeza del desarrollo humano es el aprendizaje, el descubrimiento, la invención y la sabiduría nacida de la combinación de unas cuantas personas unidas.

Las soluciones hechas por y para los colectivos son a menudo superiores a las que son ideadas y aplicadas por seres humanos aislados. Algunas de las características del pensamiento colectivo pueden explicar esa superioridad:

– El pensamiento colectivo maneja mucha más cantidad de información puesto que más cerebros acumulan, de forma absoluta, más datos sobre la realidad.

– El cerebro colectivo maneja más puntos de vista sobre una situación que un cerebro aislado. Una de las características de la sabiduría es la capacidad para acercarse a las situaciones, los problemas y las tareas desde diferentes perspectivas. Al estar formado por cerebros diferentes, el pensamiento colectivo tiene distintas perspectivas per se.

– De la misma manera el cerebro colectivo contiene una mayor diversidad de acentos, de matices, de soluciones. La diversidad es la base de la supervivencia biológica, y también lo es de la supervivencia “intelectual”. A muchas personas la diversidad de un colectivo les parece un problema, cuando lo que es realmente es una oportunidad.

– El proceso de aportación y discusión del grupo permite explicitar paradojas, tensiones conceptuales yprocesos dialécticos. El cerebro individual soporta muy mal las tensiones, las contrariedades y las paradojas. En un colectivo esto es posible y, por lo tanto, se convierte en susceptible de alimentar el proceso productivo.

– El hecho de que el pensamiento colectivo sea un pensamiento en interacción (es una conducta de varias personas) provoca diferentes recorridos de procesamiento de la información en cada persona que no se darían en ausencia de esta interacción. Esto permite a los grupos y colectivos el acceso a lo que se mencionaba anteriormente: la multiplicación de ideas, es decir, a que las ideas no se contrarresten, compitan o se sumen, sino que interactúen unas con otras para dar lugar a soluciones que no hubieran aparecido si no se hubiera dado la interacción.

– El grupo como cerebro colectivo también puede procesar en paralelo con la división del grupo en subgrupos u otras técnicas de fragmentación y producción. Mientras que el cerebro individual ha de procesar las tareas necesariamente en serie, una detrás de otra.

– El pensamiento colectivo tiene acceso a un mayor control de calidad, puesto que la diversidad y las diferentes perspectivas permiten mejorar ostensiblemente la capacidad para detectar fallos, incorrecciones o puntos de mejora.

– El cerebro individual, cuando se carga de emociones negativas, se hace más rápido, pero también más simple y unidireccional. Al cerebro colectivo le pasa lo mismo, sin embargo, el hecho de que no todas las sensibilidades emocionales se acoplen a la vez le permite ser menos vulnerable a los bloqueos producidos por las emociones negativas.

– El pensamiento colectivo puede resolver el problema de las significaciones individuales enfrentadas dando lugar a la
significación colectiva, aquel proceso por el que un colectivo obtiene valoración, reconocimiento, poder y control.

– Los grupos, cuando piensan en soluciones y alternativas, suelen arriesgar más, tienen mayor capacidad de resistencia o pueden acumular más poder.

Naturalmente estas potencialidades del pensamiento colectivo y sus soluciones no aparecen por sí solas, es necesario poner las condiciones para que esto sea así de hecho. A menudo el pensamiento colectivo es descartado porque al no propiciarse las circunstancias para que las soluciones colectivas aparezcan éste no se hace visible o lo hace de manera poco relevante, inútil o negativa.

Es cierto que una persona sola no necesita comunicarse consigo misma, mientras que un conjunto de personas sí necesitan de la comunicación y, por lo tanto, de lo que ésta acarrea: más tiempo, problemas de comprensión, significaciones no compartidas… Esto se resolvería si tuviéramos un sistema que permitiera conectar la corteza cerebral de todas las personas de un grupo, pero, mientras no se pueda, las personas deben encontrarse, intercambiar, interactuar, discutir, inventar y contarse lo que cada quién tiene en su cabeza, poniéndolo en palabras, haciéndolo salir de manera que sea accesible para el resto.

No siempre la forma en la que se pone en práctica esa acción, la del acceso mutuo a las ideas, pareceres, opiniones, posiciones, opciones y propuestas de otras personas se hace de forma adecuada. Y a esto se le añade que los colectivos han sido siempre bastante vulnerables a las acciones voluntarias o no que generan inestabilidad, y, sobre todo, que dificultan la aparición de las potencialidades de los colectivos como forma de encontrar soluciones para el bienestar y la felicidad.

A menudo la historia de los seres humanos se ha comparado con una historia del poder, y no resulta extraño comprobar cómo muchos de los acontecimientos relacionados con esa historia tienen que ver con la sustracción, la devolución, la conquista o la apropiación del poder colectivo por parte de personas aisladas.

En los últimos 150 años el desarrollo y entronización del capitalismo salvaje ha contribuido sobremanera a
la expropiación de las soluciones colectivas al conjunto de las personas.

Y esto ha sido así por varias razones entre las que se pueden destacar tres.

En primer lugar, la esencia misma del capitalismo, que consiste en esquilmar los territorios, los recursos y a las personas para trasvasar sus capacidades y sus posibilidades de muchas personas a sólo unas pocas. Las soluciones colectivas que, como
tales, benefician a una cantidad grande de personas son, digamos, “perjudiciales” para el capitalismo. Porque reparten la riqueza (sea ésta de la índole que sea), y porque hacen a las personas más poderosas.

En segundo lugar, la maquinaria propagandística del capitalismo y los mercados, que necesitan a toda costa que cada persona se vea, se perciba y se sienta como un ente completamente independiente. Separado del territorio en el que vive y de las personas con quienes lo comparte. De esta manera aseguran más fácilmente la capacidad de consumo del género humano (y sus
beneficios), y previenen la aparición (o reaparición) de soluciones colectivas que pueden trastocar su imperio.

En tercer lugar, la globalización y la concentración de poder creciente, que al dificultar notablemente el control de las personas sobre los elementos que le permiten vivir con bienestar priva a las soluciones colectivas de posibilidades de ser consideradas como alternativas interesantes, o simplemente como alternativas, desplazándolas a un submundo donde se depositan, después de despojarlas de cualquier atractivo, las rarezas de algunos individuos.

En la situación en la que nos encontramos actualmente están empezando a suceder algunas cosas que tienen mucho interés para la capacidad de la inteligencia colectiva para mejorar y conservar la vida humana.

La crisis económica y financiera y sus consecuencias para una gran mayoría de personas están haciendo de un tiempo a esta parte que haya una parte de la sociedad que está redescubriendo el poder colectivo, la inteligencia colectiva como una oportunidad para cambiar su forma de vivir.

En algunos casos (los más visibles, puesto que son los que más atención reciben los medios de comunicación) las soluciones colectivas que se están revitalizando son las que al principio denominábamos de suma. Más gente, mejor. Las tomas, las manifestaciones, las ocupaciones, las protestas en la calle o las huelgas dependen en su mayoría de la cantidad de gente que
participe en ellas y no tanto de lo que haga ese grupo de personas.

Estas acciones, que consiguen objetivos importantes, no sirven para algunas finalidades como crear alternativas, analizar situaciones, promover cambios o estabilizar soluciones.

A través de un sinfín de movimientos sociales que vienen desde muy atrás en el tiempo y que han confluido en un crisol (que a menudo despreciamos por ser mediático pero que no deja de ser un crisol), como los movimientos previos en torno a y posteriores al 15M, se han ido afinando y desarrollando un conjunto de formas de encontrarse y pensar de forma colectiva: los procedimientos asamblearios.

Las asambleas tienen demasiada historia y el sentido de asamblea se ha ido abriendo y difuminando y, en algunos casos, pervirtiendo hasta convertirse en un concepto demasiado objetivo, hasta el punto de que se llama asamblea el conjunto de
personas que coordinan las acciones de un centro social ocupado y el conjunto de personas que poseen acciones de una multinacional. De ahí que se utilice el término procedimiento asambleario.

Los procedimientos asamblearios a los que nos referimos: con voluntad y talante participativo, abiertos, igualitarios y útiles para el conjunto de la comunidad han ido tomando cuerpo durante largo tiempo y su narración sería extensa. Lo que nos interesa realmente es cómo han vuelto a resurgir las asambleas populares como una forma de actuar políticamente. Podríamos decir que algunas personas de las comunidades y los colectivos han recordado que son capaces de unirse a otras personas para PENSAR. A pesar del buen número de ellas que llevan desde siempre creyendo en ello.

Las asambleas son procedimientos a través de los que un grupo de personas ejerce su libertad de participación para influir de manera contingente y real en sus condiciones de vida, obviamente para mejorarlas.

Junto con las asambleas y procedimientos asamblearios también han retornado los fantasmas y los errores, las dificultades y los retos. La dificultad de poner en marcha procedimientos asamblearios relevantes y útiles, la falta de aprendizaje democrático casi inherente a nuestra civilización occidental capitalista, y los problemas intrínsecos del trabajo colectivo,
acechan en cualquier rincón para que algo o alguien vuelva a poner delante de nuestros ojos que las personas que mejor trabajan son las que lo hacen solas.

La inteligencia colectiva y sus posibilidades de mejorar las cosas tienen en los procedimientos asamblearios un aliado excepcional, es un instrumento óptimo para el pensamiento colectivo. Pero las asambleas han de ser eficaces. Pero ¿qué significa eficaz? ¿cuál es el modelo de eficacia que hay que tener en cuenta?

Hay personas que argumentan que la eficacia de una asamblea reside en lo que pasa en ella. Hay otras, sin embargo, la mayoría, que piensan que una asamblea es eficaz en la medida en que produzca cambios y resultados fuera de ella. Este debate entre un modelo u otro de eficacia puede superarse con un concepto que supere a ambos, integrándolos.

De esta manera, la eficacia de la asamblea podría entenderse como la capacidad de cubrir satisfactoriamente tres variables: la identidad, la legitimidad y la producción.

En primer lugar, la identidad. Las personas se acercan a los grupos y a los colectivos porque creen que les une algo a ellos, se identifican con ellos. La identidad colectiva de las comunidades, grupos y movimientos es el punto de partida, el marco en el que nace y se desarrolla la participación colectiva. Las asambleas son una fuente importante de identidad colectiva. Lo son en sí mismas porque la práctica totalidad de los grupos que utilizan las asambleas participativas como forma de organización son grupos que integran en sus planteamientos y su naturaleza la democracia, la horizontalidad, la participación, la solidaridad y la confianza en las otras personas.

Así pues el mero hecho de realizar una asamblea incide directamente en la identidad colectiva de las personas que participan en ella. Los procedimientos y los mecanismos que en las asambleas se utilizan deben ser coherentes y consecuentes con esa
fuente de identidad. El acceso libre a la participación, el consenso, el control crítico, la creatividad, el turno de palabra, la mediación y otros mecanismos han de garantizar que la identidad colectiva se mantiene.

En segundo lugar, la legitimidad. La legitimidad asamblearia tiene dos vertientes, una externa y una interna. La legitimidad externa tiene que ver con que las decisiones, propuestas y acciones que se derivan de asambleas participativas suelen tener un grado alto de adhesión por parte de las personas que pertenecen al colectivo, pero no han participado (o no lo han hecho de forma activa) en ellas. La legitimidad interna tiene que ver con que las asambleas participativas son, en su esencia y en su desarrollo, procedimientos que aseguran y garantizan que cada una de las personas que interviene en ellas está legitimada para hacerlo, independientemente de sus competencias, de quién es o de qué es lo que diga y cómo lo diga.

Por último, la producción. Una asamblea participativa es un procedimiento que se utiliza para que un grupo o una comunidad haga algo: producir cambios, desarrollar proyectos, cambiar valores o actitudes, y una larga lista de objetivos, diferentes según los colectivos. Esos resultados colectivos deben llevar aparejadas acciones que se derivan de las asambleas: decisiones, propuestas, ideas, sondeos, comisiones, documentos, acuerdos…

Las asambleas, por tanto, deben asegurar también que las cosas que tienen que ocurrir de hecho ocurran. Por esa razón la dinamización o coordinación de las asambleas debe moverse en la fina línea que separa la directividad (y la falta de libertad) de la consecución de objetivos mediante los instrumentos adecuados. Cada una de las tres variables es igual de importante para que una asamblea sea eficaz. A menudo no se ponen las condiciones adecuadas para que esto ocurra y se van
perdiendo oportunidades. La primera variable que se ve afectada es la producción (sí pasan cosas, pero no sale nada de las asambleas hacia fuera); la segunda es la legitimidad (muchas cosas que se deciden en una asamblea son virtualmente inútiles);
por último, la identidad es la que se mantiene casi siempre, aunque no se haga nada.

Las asambleas deben adquirir el compromiso colectivo de mejorar su eficacia. Y para ello deben:

– convertirse en espacios que faciliten el aprendizaje democrático

– crear más espacios de decisión que los propios de las asambleas

– mejorar las resoluciones técnicas de cada una de las tareas que deben realizar en colectivo

– evaluar mejor las asambleas

– distinguir qué elementos se ponen en marcha para facilitar o asegurar cada una de las tres variables.

Actualmente, el descontento social y la intensa marea de participación colectiva son una situación inmejorable para mejorar y acrecentar la capacidad de los grupos para hacer asambleas eficaces. Con el tiempo puede que las asambleas participativas sean el modelo general de intercambio de ideas y toma de decisiones, sustituyendo a la jerarquía y el poder acumulado como forma de organización.
Es la hora de las asambleas, es la hora del poder colectivo.