IÑAKI GABILONDO

Evaristo Villar y Juanjo Sánchez

nº 85 octubre 06
– Autor: Evaristo Villar y Juanjo Sánchez –
 
Iñaki Gabilondo nació en San Sebastián en el seno de una familia numerosa. Sus excepcionales dotes personales, su inusitada capacidad de trabajo y su impecable profesionalidad le han colocado a la cabeza de nuestros mejores comunicadores de todos los tiempos. Iñaki es un melómano apasionado, un lector empedernido y viajero ilusionado. Con más de 40 años en la radio y actualmente en La Cuatro de TV quizás haya sido “Hoy por Hoy” el programa líder que le ha colocado durante muchos años a la cabeza del ranking de audiencia en la radio española.

Los sondeos del Instituto Gallup le han situado en el primer puesto del ranking “Credibilidad de Periodistas”. PR Noticias le ha reconocido como el periodista más influyente. Iñaki Gabilondo es uno de los periodistas españoles más premiado; será difícil que ninguno de los premios importantes del periodismo español esté ausente en su vitrina. Citamos sólo el último, la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales (2006).

Iñaki nos recibió con un caluroso apretón de manos y durante la entrevista se mostró muy cordial y diáfano. ¿Te ha sorprendido que el Consejo de Redacción de Éxodo haya pensado unánimemente en ti para esta entrevista?

Me extrañó, sí, porque yo tengo muchas más preguntas que respuestas. En todo este tipo de debates yo ando buscando. Espero, no obstante, poder compartir mis dudas con vosotros. A lo mejor os valen mis perplejidades.

Tú que llevas tanto tiempo en esto de la información desde los más importantes medios del país, ¿consideras acertada nuestra percepción de que existe una crispación desmesurada, más allá de lo razonable, en la sociedad española actual?, ¿que la sociedadse está dividiendo, polarizando quizás en exceso?

Desde hace algún tiempo yo estoy preocupado por la deriva de los partidos políticos y los medios de comunicación que nacieron al servicio de grandes y nobles causas y que ahora no lo parecen tanto. Ya no se ve tan claro que los partidos políticos estén al servicio de la democracia y que los medios de comucación defiendan los sueños de libertad del hombre. Creo que hoy necesitan reflexionar seriamente sobre su deriva actual, porque, probablemente, sin caer en la cuenta y manteniendo todavía la retórica fundacional, están empezando a convertirse, exagerando un poco, en un cierto peligro para la sociedad.

Parece muy serio lo que acabas de decir, ¿puedes aclararlo un poco más?

Lo que digo lo afirmo muy desde dentro, desde lo que, a mi juicio, podría llegar a pasar si no somos autocríticos. Vamos a ver: que el bien común es teóricamente el gran objetivo de los partidos políticos nadie puede dudarlo. Pero lo que actualmente se advierte es que el único objetivo que parece acabar moviendo a los partidos es el poder. La lucha por el poder será siempre necesaria como medio para alcanzar otros fines. Pero, si los partidos políticos no son alguna vez autocríticos, la lógica del poder puede llegar a cegarlos y a concentrar todo su esfuerzo en eso, en la sola conquista del poder. Y esto ya no es bueno, es peligroso. Respecto a los medios de comunicación, y mirando desde dentro, habría que decir algo parecido. No es que, desde mi punto de vista, los medios hayan perdido su aliento fundacional. Lo que pasa es que la lógica del editor, el interés de la empresa periodística se ha apoderado de la inspiración original, y entonces los propios intereses pueden ir acabando con los iniciales sueños de libertad. A veces, dicho sea en broma, suelo decir que cada diez años debería haber dos meses sin prensa, sin radio y sin televisión para permitir que este mundo se regenere un poco.

Quieres decir que la práctica habitual, que la cotidianidad, por el lógico desgaste, acaba desvirtuando o pervirtiendo los más nobles ideales, o ¿adviertes que hay algún otro tipo de intencionalidad?

Sinceramente, yo creo que la deriva actual puede estar inducida. En parte sin quererlo, es verdad, como consecuencia de esta corriente de circulación de la acción política.

Pero tampoco descarto que dicha deriva esté inducida con una calculada intencionalidad. En este sentido, creo que en España, desde el 11 de marzo de 2004, se ha puesto en marcha una estrategia, en parte calculada y en parte derivada de la propia ira, encaminada a sobreexcitar cuanto pueda ser sobreexcitado y a tensionar cuanto pueda ser tensionado. Lo que estamos comprobando ahora no es el resultado de la tensión natural de las cosas, sino de una decisión previamente tomada. Una tensión que, intuyo, se podría expresar del siguiente modo: “la calle nos ganó; pero, si queréis calle, tendréis calle”. Esta actitud empezó a notarse pronto. Por lo cual nos va a costar mucho llegar a discernir cuánto hay de realidad social en el debate actual y cuanto hay de realidad inducida. Inducida, a mi modo de ver, en dos aspectos: inducida como cálculo estratégico para toda la legislatura y, también , inducida como consecuencia de la ira.

En definitiva, pienso que los partidos políticos tienen que reestudiar más a fondo su pensamiento y su acción en la sociedad. Y lo mismo tienen que hacer los medios de comunicación. Porque, en estos momentos, la suma de los partidos políticos en tensión y de los medios de comunicación en competencia están provocando una tal crispación social que deberíamos tener mucho cuidado no sea que algún día no se nos escape de las manos.

Algo que nos deja perplejos en este panorama es el posicionamiento unilateral de la jerarquía eclesiástica. En algún momento has dicho tú que te resulta “inconcebible”. A nosotros nos resulta, sencillamente, escandaloso. ¿Qué significa esa actuación?

La posición de la jerarquía católica a mi también me causa escándalo, un gran escándalo. Yo creo que la Iglesia tiene una responsabilidad muy importante en la concordia ciudadana. La Iglesia no puede ser ni la abanderada ni el escenario de la discordia social. Y los hechos, aunque ella lo desmienta, están demostrando que hoy día está siendo lugar de confrontación y fuente de discordia. Y esto es completamente intolerable. Cuando la Iglesia ha liderado sus grandes causas y lo ha hecho en nombre de sus grandes principios siempre ha ido con la cara por delante. Ahora parece no querer dar la cara. Cuando la COPE está descargando esa agresividad tremenda y descarada contra todo lo que se mueve en este país, la iglesia jerárquica mira hacia otra parte, como si ella no tuviera ninguna responsabilidad.

A este propósito, un día le dije al obispo Blázquez: “mire usted, yo ya sé que la COPE no dice lo que ustedes le dicen que tiene que decir. Tampoco a mi me dice Polanco lo que tengo que decir, aunque ustedes me reprochen eso. Pero le digo una cosa. Un medio de comunicación, en sus programas fundamentales, no está transmitiendo exactamente lo que sus patronos quieren decir, pero está mostrando lo que sus patronos están dispuestos a entender como aceptable. Porque bastaría que mañana la COPE empezara a decir que el Papa tiene que ser mujer, que habría que enajenar los bienes de la Iglesia, etc. para que la Conferencia Episcopal apareciera cerrando la emisora. De manera que lo que se oye es lo que marca los límites de lo que la empresa acepta”. Pues bien, si esto es así, tendremos que aceptar que la COPE dice lo que sabe que a la jerarquía católica le parece aceptable. Y en este sentido, la jerarquía católica está haciendo jugar a la Iglesia un juego de crispación social inaceptable y ofensivo para la paz ciudadana.

¿Y cuáles pueden ser las consecuencias de todo esto?, ¿adónde nos puede estar llevando?

Me parece -lo digo con toda honestidad- que esta actitud de la jerarquía está haciendo daño a la sociedad. Lo que me preocupa son las heridas sociales, las tensiones sociales que ya empiezan a aflorar. Me preocupa, y mucho, que la gente empiece a mirarse con recelo, que se creen grupos de ciudadanos enemigos. Eso es intolerable. Y los que estamos participando en este juego somos muy culpables, pero en un grado distinto. No sé la responsabilidad que yo puedo tener, aunque yo creo que estoy jugando con honradez. En todo caso, soy un ciudadano particular. Para mi, la jerarquía eclesiástica, por lo que representa, me parece que tiene mayor responsabilidad. Lo he dicho por la antena, se lo he dicho a monseñor Amigo, a monseñor Blázquez y se lo digo a quienquiera que tenga ocasión. Incluso, cuando me han preguntado mi opinión sobre Federico Jiménez Losantos, les he dicho: mira, de Federico Jiménez Losantos podemos hablar mucho, pero no es ésta la cuestión, no es él la categoría; la categoría está en que un personaje como él, con un pensamiento, a mi juicio, completamente incendiario, está participando en un medio de comunicación cuya titularidad pertenece a la Conferencia Episcopal. Esa es la categoría. Todo lo demás es secundario.

Cuando los comunicadores habláis de la Iglesia católica ¿sois conscientes de la gran diversidad que tanto en el discurso como en la praxis existe actualmente en ella?

Yo sí, por supuesto. Por eso, cuanto he dicho hasta ahora sobre la actual posición de la Iglesia, me he cuidado mucho de referirme no a la Iglesia en general, sino a la jerarquía católica en concreto. Conozco la existencia de otras miradas distintas dentro de la fe y de la Iglesia. Por supuesto que las conozco. Y, naturalmente, yo nunca haré una argumentación anti-Iglesia, sino anti-jerarquía de la Iglesia. Esto lo tengo bastante claro.

Yo tengo una hermana misionera, he conocido muy de cerca y seguido con gran complicidad y con toda mi solidaridad muchos movimientos cristianos de base. Estuve en el Salvador en el primer aniversario de la matanza de los jesuitas de la UCA y, en solidaridad con ellos, hice un programa en directo desde allí. Es más, mi escándalo es mayor porque vengo de una familia muy católica, con algún miembro, como digo, en las fronteras misioneras de la Iglesia. Soy agnóstico, pero mantengo vivo ese trasfondo religioso en que hemos sido educados todos los que venimos de una familia católica. Y, por supuesto, con un respeto superlativo a la fe. Si no fuera por esto, mi indignación no sería tan grande. Lo miraría como un fenómeno menor. Pero me siento dolido en nombre de la gran cantidad de gente cuya fe y cuya manera de entender la vida debería merecer otra cosa. Soy, en consecuencia, muy severo con la jerarquía católica española en estos momentos de crispación. Más que alinearse escandalosamente con algunas posiciones que están jugando a la confusión y la crispación entre los ciudadanos, se esperaría de ella un debate sereno que llevara hacia la convergencia y la concordia. Nunca se podría esperar de la Iglesia que sea una de las causas de desintegración social.

¡Todavía sobre la Iglesia dos preguntas muy concretas. No sabemos si coincides con nuestra idea de que la Iglesia, dada su constitución dogmática y vertical, no acaba de encajar bien en una sociedad democrática. Quizás esté temiendo que, en un contexto así, se le escapan parcelas de poder. Y la segunda, – has aludido antes al destrozo de tejidos que causan algunas posturas- ¿adónde puede conducirnos esta posición de la Iglesia?

Parecería que Roma (y comienzo por la Iglesia en general, luego nos referimos a la Iglesia española en particular) después de un papado que aspiraba a la conquista universal, estuviera tratando de hacer un regreso hacia el interior de las murallas para purificar la doctrina contaminada en contacto con el exterior. No lo sé, lo que veo es que la Iglesia no está acertando en la comunicación con las transformaciones culturales de nuestro tiempo. La Iglesia está fracasando, a mi juicio, de una manera estrepitosa en el entendimiento de una nueva sociedad. Se le está yendo. Las respuestas que el hombre de hoy anda buscando ya no las encuentra en la Iglesia. Por eso digo que se está distanciando de la realidad.

En lo que toca a la Iglesia en España, he comparado algunos discursos 1949, y son clavados. Lo cual me hace pensar si lo que dicen tiene que ver algo con la Iglesia o más bien con esa idea política de que sólo hay una forma de entender España que es la tradicional católica. La prueba está en que esa especie de tentación ha llevado a los actuales dirigentes de la Iglesia española a plantearse la quimera de si la unidad de España es un bien moral. A mi, todo esto me sorprende porque se está dando la sensación de un enorme desconcierto. Cuando estás asistiendo al fenómeno de que la sociedad se te está yendo porque ya no estás dando respuestas a sus interrogantes más serios, tú te pertrechas en un atrincheramiento doctrinal inamovible y te alineas con la desfasada idea política de que España o es católica o no es. ¿Por qué todo esto?

Y ¿adónde puede conducirnos semejante postura?

No lo sé. Pronosticar el futuro es equivocarse, la vida da muchísimas vueltas. Yo tengo la impresión de que no va a tardar mucho en aparecer un formidable movimiento de tipo espiritualista. Se han pasado. La trituradora de la competitividad, del beneficio al galope, del todo rápido, ahora y ya, está quemando etapas demasiado aprisa. Es toda una locura en la que estamos metidos. El hombre está lleno de preguntas sin respuestas, está metido en un montón de territorios fronterizos entre la razón y la pasión… Y sospecho que hay aquí un espacio muy rico para la exploración. Muchas cosas andan por ahí flotando.

En este momento la gente no encuentra ya en la Iglesia oficial ni consuelo ni respuestas. Y a lo mejor tampoco tendría por qué encontrarlas. Se señala incluso a la Iglesia como uno de los males de nuestro mundo… No sabría pronosticar. La sensación de lo sagrado anda siempre por ahí brotando en un sin fin de cosas, construyendo ¡otro mundo sin saber muy bien hacia dónde… Pero de lo que sí estoy convencido es de que la jerarquía católica y la española, para empezar, por ahí no van a ninguna parte. Están dejando fuera del territorio de la fe a muchísima gente. Y esto es muy grave.

Saliendo del campo meramente eclesiástico, no sabemos si compartes la opinión de que, de esta situación de crispación y división, los grupos que más salen ganando son los más fundamentalistas, los más violentos. ¿Qué opinión te merece el retorno de la kale borroka en el actual esfuerzo por la pacificación de Euskadi? ¿No hay también ahí un rebrote de los grupos más fundamentalistas frente a los moderados?

Hombre, claro. La historia de la humanidad es una lucha de la moderación frente al extremismo, de la razón frente a la averna. “Gritad, gritad, seréis un millón de años más jóvenes”, diría el escritor polaco Jerzy Lec. Gritar es lo más fácil, es lo primero que aprenden los niños. Y España es uno de los países que han tenido malas experiencias al respecto. Aquí la moderación las ha pasado siempre moradas frente a los griteríos de izquierda y derecha.

En la kale borroka hay mucho de religioso, quizás en el peor de los sentidos. Hay una especie de mística en esos grupos incendiarios. Yo creo que en Euskadi habría que secularizar la política, porque actualmente está muy “religiosada”. Los grupos y los bandos se comportan prácticamente como si estuviéramos entre los albigenses y los cruzados del siglo XIII. Hay que secularizar las cosas. La política es una manera de solucionar las tensiones y los diferentes intereses entre los hombres. No es menos, pero tampoco es mucho más. Echarle a esta tarea política la trascendencia de que en cada momento, en cada gesto, en cada posición estamos tocando casi, casi la bomba atómica, es llevar las cosas a unos terrenos realmente desorbitados. Es propiciar el crecimiento de peligrosos extremismos y, consiguientemente, el debilitamiento y aniquilación de los moderados.

Por otra parte, la banalización de la vida acaba debilitando la sociedad. La falta de voluntad, el todo fácil, del aprenda fácil inglés (¡nada se aprende fácilmente, nada!), el todo ya, ahora, enseguida, sin esfuerzo, etc. constituye una mentalidad que está desmusculando la sociedad. Cuando los anhelos de la vida se reducen a tener un mejor coche, mejor modelo de móvil, etc. ¿qué se puede esperar? Yo nunca soy muy pesimista, porque los pesimistas también se equivocan. Pero sí creo que, hoy por hoy, no estamos en el momento más brillante de la humanidad. Y me fastidia que quienes se han presentado ante la sociedad como guías, faros, o referencias de la sociedad no lo sean. Vivimos un poco en el desconcierto, pero esperamos que el faro nos guíe, de algún modo, hacia el puerto.